"Nada hay mejor para el hombre que comer y beber, y llegar a disfrutar de sus afanes. He visto que también esto proviene de Dios, porque ¿quién puede comer y alegrarse si no es por Dios? En realidad, Dios da sabiduría, conocimientos y alegría a quien es de su agrado; en cambio, al pecador le impone la tarea de acumular más y más, para luego dárselo todo a quien es de su agrado. Y también esto es absurdo; ¡es correr tras el viento!"
Eclesiastés 2:24-26
Hola a todos. Tengo que hacer un importante anuncio: ésta es la publicación número 100. Yo mismo no puedo creer que haya habido tantas publicaciones en este blog desde que lo empecé, cinco años atrás. Más de cinco años, en realidad. Y como celebración de las cien publicaciones, creo que es una coincidencia interesante que haya quedado éste como tema de la reflexión. La verdad es que no lo planeé. Venía pensando en qué iba a hacer para la centésima publicación, pero al parecer, el Espíritu Santo me ganó de mano. Suele pasar.
En la reflexión pasada hablé sobre la trascendencia, y dije que no se trata nada más de la vida después de la muerte, sino que podemos pensarla como una moneda de dos caras: por un lado, eso que queda en este mundo cuando yo me vaya; por otro lado, esos aspectos de la vida que están por fuera y por encima del día a día. Así y todo, la trascendencia, tal como quiero plantearla acá, forma parte del día a día. Porque pensar en la trascendencia de nuestras decisiones y actividades diarias les da un sentido, y las integra a todas entre sí. Digamos que pensar de manera trascendente nos vuelve más integrales a nosotros, menos divididos en nuestro interior entre diferentes piezas de un rompecabezas aparentemente caótico.
Pero el punto es que trabajar para la trascendencia a veces parecería no tener sentido, porque yo no sé que va a hacer mi próxima generación con lo que yo le aporte al mundo. Entonces, la vez pasada planteé que eso sólo pasa si lo pienso desde el lado del resultado. Pero si lo pienso desde el proceso, tal vez pueda encontrar la ganancia en el acto mismo de trabajar para construir ese legado. Y el legado es todo, absolutamente todo lo que hacemos: trabajo, estudio, hobby, relaciones interpersonales, formas de pensar, etc. Todo lo que nos hace ser quienes somos forma parte de lo que le dejamos al mundo. Y en este punto es donde está la clave para entender cómo podemos disfrutar de la trascendencia.
El pasaje de Eclesiastés nos plantea que "nada hay mejor para el hombre que comer y beber, y llegar a disfrutar" (2:24). Y dice que esto, disfrutar, "también proviene de Dios". Al leer esto uno podría pensar que proviene de Dios porque ahora, en el presente, Dios me da esas cosas, y me da esos "afanes" de los que habla el pasaje. Sin embargo, quiero proponer una idea distinta: Dios nos da esas cosas desde la creación misma del mundo. Dios creó todo para que fuera disfrutado o disfrutable. La palabra Edén nos lo comprueba, porque precisamente, ese es el significado: placer, dicha, disfrute. Entonces, cuando el Génesis dice que "Dios el Señor plantó un huerto en Edén, al oriente, y allí puso al hombre que había formado" (Génesis 2:8)*, lo que está diciendo es que Dios puso al hombre en ese huerto en un estado de placer, de dicha y de disfrute. La pregunta que podemos hacernos es: entonces, ¿qué es disfrutar?
Haciendo un juego de palabras en español, aunque por lo que vi en hebreo podría llegarse a esta conclusión haciendo un pequeño análisis semántico, podemos pensarlo de esta manera: dis-frutar es sacar fruto. Y el fruto tiene dos efectos por lo menos. Uno, generarnos placer al comerlo; otro, dar semilla para sembrar y seguir desarrollando la especie.
El primer efecto, el de generar placer, se relaciona directamente con el estado de Edén, el estado de dicha de la creación. O para decirlo más claramente: fuimos creados en una situación de dicha, de placer, de plenitud, de abundancia. En una situación de vida abundante, podríamos decir, pensando en lo que dijo Jesús acerca de su misión (Juan 10:10). Entonces, la dicha aparece asociada a una actividad creadora y creativa. A Dios le da placer crear lo que crea, y por lo tanto, esa creación está impregnada de placer, tiene una esencia placentera. No sé si les pasó alguna vez, pero estoy seguro de que sí: cuando mi actividad está creando algo, me da dicha. Creando lo que sea; no lo piensen desde el lado del arte, solamente, sino desde un proyecto personal cualquiera, incluso si es un hobby. No tengo hijos, pero todos los padres que conozco me hablan de lo lindo que es traer una vida al mundo; participar en la creación de otra persona.
Eso es crear, en un sentido amplio: darle vida a algo que no estaba integrado antes, generando en otra persona cosas nuevas. Es lo que pasa, por ejemplo, en una relación de pareja. Dos personas que no se conocían en algún momento, se van integrando hasta darle vida a una cosa nueva que antes no existía, que es esa relación. Eventualmente, eso puede llevar al punto máximo en el que generan las condiciones para la creación de una vida nueva, literalmente.
Esto me lleva otra vez a la cuestión de los límites, de la que ya hablé en otra oportunidad. Los límites son como las reglas del juego, las leyes espirituales "objetivas", podría decir. Dios creó el mundo, y por lo tanto es el único que realmente sabe cómo funciona. Cuando nos pone límites, simplemente nos está diciendo cómo funcionan las cosas. Si no me gusta o no estoy de acuerdo, está bien, pero tengo que saber que hay consecuencias por no seguir esas indicaciones. No son castigos, sino consecuencias. Por eso se nos marcan los límites. Si quiero tomar agua fría y la expongo al fuego de una hornalla, se va a calentar, me guste o no me guste. Lo mismo pasa con las leyes espirituales.
El problema de la caída del ser humano, es decir, de su expulsión del Edén (sí, fuimos expulsados del estado de dicha y placer, por eso en el estado en que están hoy las cosas nunca vivimos en dicha absoluta), es que quisimos ser los dioses de nuestro propio mundo, ser nosotros quienes definiéramos qué estaba bien y qué estaba mal, pero nos olvidamos que eso no está en nuestra esfera de capacidades. No somos los creadores, y por lo tanto no podemos cambiar el funcionamiento estructural del mundo. Es como querer cambiar el funcionamiento de una heladera. No se puede, funciona así. Puedo modificarla, si soy ingeniero, pero no puedo cambiar lo que depende de las leyes de la naturaleza. Las leyes espirituales también son leyes de la naturaleza.
Y ese, el querer ser dioses, el querer determinar qué estaba bien y qué estaba mal, era el único fruto del que se nos prohibió comer. Podíamos comer de todos los demás. Podíamos tomar decisiones propias, libres, autónomas en cualquier otro aspecto, pero fuimos a meternos con esa única cuestión que Dios nos advirtió que no tocáramos. Ese era el único límite que tenía el disfrute, en el sentido de placer, que había en el Edén.
Lo que quiero remarcar con esto es que existen límites sanos objetivos y Dios los conoce, y nos los marca. Pero dentro de esos límites, la cancha es enorme, y todo lo que está ahí está para generarnos placer. Lo que me resulta placentero nunca puede estar mal si está dentro de los límites sanos. Porque Dios mismo fue el que creó el placer. Eso es lo que nos dice la biblia misma, en el pasaje de Eclesiastés.
Entonces, todo lo placentero fue creado para que participemos de ello y encontremos dicha. No hay nada mejor que esto, según el pasaje. O sea, no solamente está permitido lo que nos genera placer, sino que es lo que Dios tiene en mente. ¡El plan original de Dios es que vivamos una vida de placer!
Creo que ya pueden ver por dónde viene la mano con este tema. Si vamos a trabajar y esforzarnos para la trascendencia y el resultado no depende de nosotros, al menos tenemos que intentar encontrar el máximo placer posible en el proceso. Hacer que ese proceso valga la pena. A veces tenemos que hacer trabajos que no nos resultan en sí placenteros, pero es importante entonces complementarlo con otras actividades que sí nos resulten placenteras. A veces vivimos situaciones que son desagradables, y llegan esos días en que decimos "«No encuentro en ellos placer alguno»" (Eclesiastés 12:1). Pero es importante que complementemos eso con otras situaciones o elementos que sí nos generen placer, como amistades, pareja, hobbies, etc.
Por supuesto, la clave principal del disfrute en el sentido del placer es una relación con Dios, y sobre todo, el reconocimiento de que Dios es nuestro dios, y no nosotros mismos, porque eso es lo que quebró el disfrute, la dicha, en primer lugar. Eso nos va a llevar a respetar otra vez los límites sanos que Dios nos pone y encontrarnos con un territorio inmenso lleno de oportunidades para experimentar placer sin apartarnos del plan de Dios, y eso nos lleva inevitablemente a un mayor nivel de felicidad. Y lo digo en serio.
La próxima vez voy a hablar del segundo sentido del disfrute, y después vamos a ver cómo se integra todo esto con la trascendencia, los procesos y los límites. Espero que esta reflexión haya sido útil. Aprovecho para saludar especialmente a todos los que siguen este blog, y a todos los que me hacen comentarios, ya sea acá (que son muy pocos) o en persona. Con que una sola persona me exprese que este blog le aporta algo, ya considero que es un esfuerzo digno de ser realizado. Da la "casualidad" que eso se relaciona con lo que voy a publicar la próxima vez.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
*Transcribí este pasaje en la traducción Reina Valera Contemporánea, porque me pareció más ajustada al texto hebreo, según lo que pude encontrar.
sábado, 24 de enero de 2015
lunes, 12 de enero de 2015
Eclesiastés 6 - Disfrutar la trascendencia (parte 1)
"Aborrecí también el haberme afanado tanto en esta vida, pues el fruto de tanto afán tendría que dejárselo a mi sucesor, y ¿quién sabe si éste sería sabio o necio? Sin embargo, se adueñaría de todo lo que con tantos afanes y sabiduría logré hacer en esta vida. ¡Y también esto es absurdo!
Volví a sentirme descorazonado por haberme afanado tanto en esta vida, pues hay quienes ponen a trabajar su sabiduría y sus conocimientos y experiencia, para luego entregarle todos sus bienes a quien jamás movió un dedo. ¡Y también esto es absurdo, y un mal enorme! Pues, ¿qué gana el hombre con todos sus esfuerzos y con tanto preocuparse y afanarse bajo el sol? Todos sus días están plagados de sufrimiento y tareas frustrantes, y ni siquiera de noche descansa su mente. ¡Y también esto es absurdo!
Nada hay mejor para el hombre que comer y beber, y llegar a disfrutar de sus afanes. He visto que también esto proviene de Dios".
Eclesiastés 2:18-24
Hola a todos. Pasó mucho tiempo desde la última publicación, pero pienso que alguno más o menos recordará de qué veníamos hablando. Quiero destacar que esto no es un estudio del libro de Eclesiastés, sino que son enseñanzas que me dejaron las experiencias de este año que pasó, y que tienen un correlato interesante con cosas que encontré en Eclesiastés. De alguna manera, el texto bíblico actúa acá dándole forma y sentido a todas esas experiencias que viví que en algún punto se salían de mis esquemas y estructuras, y por lo tanto me costaba entender o explicarme.
Hablé de la zona gris, ese momento de la vida donde muchas certezas que teníamos se van desdibujando o se vuelven borrosas. Hablé de la vida a todo color, donde la experiencia de la gama de grises se transforma, por el impacto de una relación viva y fresca con Jesús, en una gama de colores. Hablé de los resultados, que son siempre de Dios, los procesos, que son siempre nuestros, y los límites, que son materia prima para que podamos crear, "pintar", una vida plena, esa vida a todo color que Dios nos propone.
Y ahora quiero hablar de la trascendencia, y del disfrute. Es un tema largo, así que me vi obligado a dividirlo en al menos dos partes. En el transcurso de los últimos años, más y más me doy cuenta de que todo lo que hacemos cobra más relevancia si lo pensamos hacia adelante, si pensamos en el impacto que va a tener en nuestro futuro, o incluso más, en las futuras generaciones, nuestras o de nuestra sociedad. A algunos tal vez les parezca muy extraño esto, pero en algún momento de nuestra vida, pienso que todos nos cruzamos con este dilema. A eso le llamo trascendencia: al efecto posible que nuestras decisiones tengan en aquellos que van a quedarse en este mundo cuando nosotros nos hayamos ido. Y tiene un segundo significado, que tiene que ver con la parte de la existencia que está por fuera y por encima de la existencia terrenal, por llamarlo de algún modo, la eternidad.
No quiero ponerme demasiado filosófico, pero quiero invitarlos a que piensen en la eternidad no como la vida después de la muerte, sino como otro nivel de la vida. Si pensamos la vida como un edificio, digamos que la eternidad es el plano del edificio, que es lo único que permanece, por ejemplo, si el edificio se derrumba. El que conoce el plano, conoce el edificio. El que mira el plano, aprende más sobre el edificio. Si entro a un edificio, sólo veo la planta baja, pero si miro el plano veo todo el edificio al mismo tiempo.
Entonces, el pasaje nos plantea mucho de esto. Nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, todo lo que hacemos cobra sentido si lo hacemos pensando en la trascendencia, eso es algo que cualquiera podría darse cuenta sólo con pensarlo un poco. Si mi esfuerzo, mi afán, mi actividad, tienen un valor de trascendencia, de legado para las próximas generaciones, valen la pena. Es la famosa idea de dejar el mundo mejor que como lo encontré, aunque sea en algo chico.
Esto tiene que ver con toda mi obra, no sólo con mi trabajo y mi estudio. Tiene que ver con el trato con las personas, con la transmisión de los valores que sostengo, las formas de pensar, las experiencias, en fin, cualquier actividad constructiva en el sentido que sea. Pero el problema que nos plantea el pasaje, y la vida misma, es que no conozco a mi próxima generación. Entonces, "¿quién sabe si éste sería sabio o necio?" (2:19). El gran tema para Salomón es que, aun si él se esforzara por dejar un legado vasto y bien construido, nada le garantizaría que su sucesor cuidara bien ese legado y le diera buen uso.
Es ahí donde interviene, por supuesto, una buena crianza de nuestros hijos, o de la próxima generación en conjunto, con valores que apunten a darle buen uso a lo que recibimos de nuestros predecesores. Es lo que nos dice Deuteronomio 6:6-7, "grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes".
Pero incluso si me afano en educar a mis hijos lo mejor que puedo, no puedo (ni debería intentar) controlar su personalidad. Salomón se sintió descorazonado por esto, porque como dice el pasaje, afanarse y poner a trabajar todos nuestros recursos para darle un buen legado a alguien que después no mueve un dedo para aprovecharlo, o para expandirlo, es "un mal enorme". Casi podríamos decir que es un desperdicio de recursos.
Y ahí volvemos al punto de la reflexión pasada: el tema de pensar desde el punto de vista del resultado. En términos de resultado, el trabajo y la preocupación por la trascendencia pueden no traernos ninguna ganancia. Porque en última instancia, el resultado no depende de nosotros. No manejamos casi para nada las circunstancias ni las condiciones que al final determinan el resultado. Sólo las tenemos ahí alrededor nuestro como marco, como contexto a partir del cual trabajamos y construimos, y que es siempre limitado.
Pero al movernos dentro de ese contexto, al jugar con esas condiciones, integrarlas en el proceso, vamos encontrando a Dios, y las pistas que nos da sobre el camino más apropiado para seguir. Al enfocarnos en los procesos, la ganancia no está al final, sino en la marcha, en el día a día. Y es ahí donde a fin de cuentas, la trascendencia no tiene que ver con lo que viene nada más, sino que es algo cotidiano. Es mirar el plano del edificio mientras lo voy recorriendo. Por eso Jesús, al enseñar a sus discípulos a orar, dijo "venga tu reino" (Mateo 6:10).
De alguna manera, la vida nos plantea el interrogante: "¿qué gana el hombre con todos sus esfuerzos y con tanto preocuparse y afanarse bajo el sol?" (2:22). Y una posible respuesta, la que encontré en mi propia experiencia, es: gana lo que el camino mismo me va dando, aquello que voy cosechando mientras me esfuerzo, y no al final. Así, el resultado puede ser provechoso o infructífero, pero da igual, porque aproveché al máximo el proceso.
Y esto tiene que ver con la idea de disfrutar. El pasaje dice que lo mejor que puede hacer el hombre, o que le puede pasar, es "comer y beber, y llegar a disfrutar" (2:24). En medio de la vorágine de la vida, esto que parece algo obvio no es tan fácil ni nos viene dado así nomás. Creo que el desafío que nos plantea Dios al pensar en la trascendencia es el de disfrutar de la trascendencia, de ese proceso cotidiano de trabajar para dejar el mundo mejor que como lo encontré. Sólo si lo hago con ese propósito voy a encontrar el color en mi esfuerzo, pero la pregunta es: ¿cómo? De eso voy a hablar en la segunda parte.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Volví a sentirme descorazonado por haberme afanado tanto en esta vida, pues hay quienes ponen a trabajar su sabiduría y sus conocimientos y experiencia, para luego entregarle todos sus bienes a quien jamás movió un dedo. ¡Y también esto es absurdo, y un mal enorme! Pues, ¿qué gana el hombre con todos sus esfuerzos y con tanto preocuparse y afanarse bajo el sol? Todos sus días están plagados de sufrimiento y tareas frustrantes, y ni siquiera de noche descansa su mente. ¡Y también esto es absurdo!
Nada hay mejor para el hombre que comer y beber, y llegar a disfrutar de sus afanes. He visto que también esto proviene de Dios".
Eclesiastés 2:18-24
Hola a todos. Pasó mucho tiempo desde la última publicación, pero pienso que alguno más o menos recordará de qué veníamos hablando. Quiero destacar que esto no es un estudio del libro de Eclesiastés, sino que son enseñanzas que me dejaron las experiencias de este año que pasó, y que tienen un correlato interesante con cosas que encontré en Eclesiastés. De alguna manera, el texto bíblico actúa acá dándole forma y sentido a todas esas experiencias que viví que en algún punto se salían de mis esquemas y estructuras, y por lo tanto me costaba entender o explicarme.
Hablé de la zona gris, ese momento de la vida donde muchas certezas que teníamos se van desdibujando o se vuelven borrosas. Hablé de la vida a todo color, donde la experiencia de la gama de grises se transforma, por el impacto de una relación viva y fresca con Jesús, en una gama de colores. Hablé de los resultados, que son siempre de Dios, los procesos, que son siempre nuestros, y los límites, que son materia prima para que podamos crear, "pintar", una vida plena, esa vida a todo color que Dios nos propone.
Y ahora quiero hablar de la trascendencia, y del disfrute. Es un tema largo, así que me vi obligado a dividirlo en al menos dos partes. En el transcurso de los últimos años, más y más me doy cuenta de que todo lo que hacemos cobra más relevancia si lo pensamos hacia adelante, si pensamos en el impacto que va a tener en nuestro futuro, o incluso más, en las futuras generaciones, nuestras o de nuestra sociedad. A algunos tal vez les parezca muy extraño esto, pero en algún momento de nuestra vida, pienso que todos nos cruzamos con este dilema. A eso le llamo trascendencia: al efecto posible que nuestras decisiones tengan en aquellos que van a quedarse en este mundo cuando nosotros nos hayamos ido. Y tiene un segundo significado, que tiene que ver con la parte de la existencia que está por fuera y por encima de la existencia terrenal, por llamarlo de algún modo, la eternidad.
No quiero ponerme demasiado filosófico, pero quiero invitarlos a que piensen en la eternidad no como la vida después de la muerte, sino como otro nivel de la vida. Si pensamos la vida como un edificio, digamos que la eternidad es el plano del edificio, que es lo único que permanece, por ejemplo, si el edificio se derrumba. El que conoce el plano, conoce el edificio. El que mira el plano, aprende más sobre el edificio. Si entro a un edificio, sólo veo la planta baja, pero si miro el plano veo todo el edificio al mismo tiempo.
Entonces, el pasaje nos plantea mucho de esto. Nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, todo lo que hacemos cobra sentido si lo hacemos pensando en la trascendencia, eso es algo que cualquiera podría darse cuenta sólo con pensarlo un poco. Si mi esfuerzo, mi afán, mi actividad, tienen un valor de trascendencia, de legado para las próximas generaciones, valen la pena. Es la famosa idea de dejar el mundo mejor que como lo encontré, aunque sea en algo chico.
Esto tiene que ver con toda mi obra, no sólo con mi trabajo y mi estudio. Tiene que ver con el trato con las personas, con la transmisión de los valores que sostengo, las formas de pensar, las experiencias, en fin, cualquier actividad constructiva en el sentido que sea. Pero el problema que nos plantea el pasaje, y la vida misma, es que no conozco a mi próxima generación. Entonces, "¿quién sabe si éste sería sabio o necio?" (2:19). El gran tema para Salomón es que, aun si él se esforzara por dejar un legado vasto y bien construido, nada le garantizaría que su sucesor cuidara bien ese legado y le diera buen uso.
Es ahí donde interviene, por supuesto, una buena crianza de nuestros hijos, o de la próxima generación en conjunto, con valores que apunten a darle buen uso a lo que recibimos de nuestros predecesores. Es lo que nos dice Deuteronomio 6:6-7, "grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes".
Pero incluso si me afano en educar a mis hijos lo mejor que puedo, no puedo (ni debería intentar) controlar su personalidad. Salomón se sintió descorazonado por esto, porque como dice el pasaje, afanarse y poner a trabajar todos nuestros recursos para darle un buen legado a alguien que después no mueve un dedo para aprovecharlo, o para expandirlo, es "un mal enorme". Casi podríamos decir que es un desperdicio de recursos.
Y ahí volvemos al punto de la reflexión pasada: el tema de pensar desde el punto de vista del resultado. En términos de resultado, el trabajo y la preocupación por la trascendencia pueden no traernos ninguna ganancia. Porque en última instancia, el resultado no depende de nosotros. No manejamos casi para nada las circunstancias ni las condiciones que al final determinan el resultado. Sólo las tenemos ahí alrededor nuestro como marco, como contexto a partir del cual trabajamos y construimos, y que es siempre limitado.
Pero al movernos dentro de ese contexto, al jugar con esas condiciones, integrarlas en el proceso, vamos encontrando a Dios, y las pistas que nos da sobre el camino más apropiado para seguir. Al enfocarnos en los procesos, la ganancia no está al final, sino en la marcha, en el día a día. Y es ahí donde a fin de cuentas, la trascendencia no tiene que ver con lo que viene nada más, sino que es algo cotidiano. Es mirar el plano del edificio mientras lo voy recorriendo. Por eso Jesús, al enseñar a sus discípulos a orar, dijo "venga tu reino" (Mateo 6:10).
De alguna manera, la vida nos plantea el interrogante: "¿qué gana el hombre con todos sus esfuerzos y con tanto preocuparse y afanarse bajo el sol?" (2:22). Y una posible respuesta, la que encontré en mi propia experiencia, es: gana lo que el camino mismo me va dando, aquello que voy cosechando mientras me esfuerzo, y no al final. Así, el resultado puede ser provechoso o infructífero, pero da igual, porque aproveché al máximo el proceso.
Y esto tiene que ver con la idea de disfrutar. El pasaje dice que lo mejor que puede hacer el hombre, o que le puede pasar, es "comer y beber, y llegar a disfrutar" (2:24). En medio de la vorágine de la vida, esto que parece algo obvio no es tan fácil ni nos viene dado así nomás. Creo que el desafío que nos plantea Dios al pensar en la trascendencia es el de disfrutar de la trascendencia, de ese proceso cotidiano de trabajar para dejar el mundo mejor que como lo encontré. Sólo si lo hago con ese propósito voy a encontrar el color en mi esfuerzo, pero la pregunta es: ¿cómo? De eso voy a hablar en la segunda parte.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Eclesiastés 5 - Los procesos, los resultados y los límites
"Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de todos sus afanes. Sé además que todo lo que Dios ha hecho permanece para siempre; que no hay nada que añadirle ni quitarle; y que Dios lo hizo así para que se le tema" (Eclesiastés 3:12-14).
Hola a todos. Tal vez hayan notado que el pasaje que estoy citando es el mismo que usé la vez pasada. Eso es porque quería agregar una breve reflexión a lo que escribí. Había dicho que iba a hablar sobre el tema de el disfrute en el hombre, o mejor, el hombre en el disfrute, pero primero me gustaría hacer un pequeño puente entre el tema de la vida en color y el tema del disfrute.
La vez pasada terminé planteando la idea de que lo mejor que podemos hacer es "hacer las cosas bien", pero de manera libre y creativa, a través de una relación viva con el Dios vivo. Pero hay algo que me quedó en el tintero, y tiene que ver por un lado con la cuestión de los resultados, y por otro lado con la cuestión de los límites.
Sobre el tema de los resultados, me parece interesante lo que dice el pasaje, de que a lo que Dios hizo (o hace, en nuestra vida, por ejemplo), "no hay nada que añadirle ni quitarle". Es como si Dios quisiera llevarnos a ciertos puntos, a ciertos "lugares" de la vida, y en última instancia siempre llegamos a ello. El resultado de nuestra vida no siempre, y hasta diría que casi nunca, depende exclusivamente de nosotros. Hay puntos de llegada, o de "tránsito", por los que inevitablemente vamos a pasar.
Pero lo que sí depende de nosotros es el proceso. Nosotros somos los que vamos moldeando, con nuestras decisiones, el camino que nos lleva a esos puntos, y por lo tanto, depende de nosotros la cantidad de jugo que le saquemos a las experiencias que vivimos. Esto es especialmente cierto con las etapas menos agradables de la vida, donde nosotros tenemos en general la tendencia (entendible, por otro lado) a renegar de lo que vivimos y pelearnos con nuestras circunstancias. Nos enojamos con la vida, o con Dios, y nos frustramos. Creo que aún de nuestro enojo o frustración podemos sacar jugo, pero el punto es que esas instancias, esos momentos menos agradables, son oportunidades para crecer también. Es en medio del dolor donde a veces encontramos respuestas a cosas que no podíamos ver por otros medios. Digamos, nuestra actitud frente a lo que nos toca vivir determina cómo vamos a salir parados una vez que lleguemos a destino.
Nosotros tomamos libremente nuestras decisiones, todo el tiempo. Nadie nos obliga realmente a decidir nada. Incluso cuando estamos bajo amenaza, no estamos bajo obligación. Somos nosotros los que elegimos apartarnos de las consecuencias o ir hacia ellas. Todas las decisiones tienen consecuencias. Pero nunca las conocemos de antemano. Por eso, nuestras decisiones no pueden más que basarse en juicios de valor sobre la situación en sí, sobre cuál curso de acción me parece el adecuado y por qué.
Pero Dios sí las conoce de antemano. Él sabe de qué manera vamos a llegar a tal o cual punto, cómo vamos a llegar, y cuándo. Por eso, conoce profundamente nuestro interior, nuestras motivaciones. Por eso, continuamente trata de guiarnos hacia aquello que mejor resultado va a tener para nosotros, y nos guía de muchas maneras, pero siempre apuntando a que vivamos el proceso de la mejor manera posible, porque es el proceso lo único que depende de nosotros. Y entonces, cada decisión, buena y mala, terminamos tomándola en el momento oportuno, siempre. Si tomé esa decisión en ese momento, es porque era el momento de que tomara esa decisión.
Obvio, esto sólo puedo saberlo al mirar para atrás. No puedo usar eso como excusa para justificar cualquier decisión que vaya a tomar, diciendo "bueno, hago esto, total, es el momento oportuno". Porque "hacer las cosas bien" implica elegir adecuadamente los valores que guían nuestras decisiones.
Y creo que esto es lo que más quiere brindarnos Dios: valores apropiados, constructivos, para guiar nuestras decisiones. Y es acá donde se vincula con los límites. Dios nos pone límites, eso es cierto. Es indiscutible. Ejemplo obvio: "no matarás". Entonces, matar está mal, diría alguno. No sé hasta dónde los conceptos de "bien" y "mal" son útiles para explicar los modelos de acción que Dios nos propone. Más que decir que "está mal", diría que matar no lleva a ningún lado productivo o edificante. Entonces, Dios puso el límite. Pero ese límite no está para complicarnos la vida, o para convertirnos en personas limitadas. Somos, de por sí, personas limitadas, lo queramos o no. Pero los límites de Dios están ahí para optimizar el disfrute de la vida, son herramientas, materia prima a partir de la cual crear nuestra vida. Nunca Dios tuvo la intención de restringir nuestra libertad o felicidad, sino que nos dio una base desde la que construirla para que sea una libertad productiva, y una felicidad sólida. ¿Podemos elegir cruzar los límites de Dios? Sí. ¿Dios va a castigarnos? En este mundo, probablemente no. Pero ya el propio traspaso de los límites es algo que tarde o temprano se nos va a volver en contra. Nunca vamos a ser plenos si no nos movemos dentro de los límites que Dios establece.
Es como jugar un partido de fútbol y cruzar los límites de la cancha. El partido continúa, pero el equipo contrario gana la posesión de la pelota por mi traspaso. Eventualmente, esto puede llegar a resultar en una ventaja para el equipo contrario y en que mi equipo pierda. Algo parecido pasa con los límites que Dios establece para nuestra vida. No son muros, son líneas. Si los cruzo, me la complico más yo mismo, y muchas veces a otras personas también.
En mi experiencia, sólo al pasar por la zona gris descubrimos estas cuestiones sobre la importancia de los límites, porque mientras tanto, como tendemos a ver sólo en blanco y negro, también percibimos los límites de Dios en esos términos. Pero en la zona gris vemos que es todo mucho más complejo y más rico, y que todo lo que Dios establece lo hace para nuestro propio bien.
El pasaje dice que Dios hizo las cosas de esa manera para que se le tema. Y ahí hay un problema con la idea de "temor", y creo que hay que tener mucho cuidado. Porque sinceramente, a la luz del resto de la biblia, Dios no es un Dios que quiere generarnos miedo, sino todo lo contrario: espera que lo amemos, que entendamos su amor por nosotros, y que veamos que sólo quiere que seamos plenos, que vivamos completos, felices. Entonces, ¿qué es este temor? Por experiencia, puedo decir que identifico este "temor" con una sensación de "asombro reverente" hacia Dios. Experimentar la presencia misma de Dios, tener una relación concreta, real, viva con él, me llena de un asombro profundo que me lleva a caer rendido ante él, a tenerle una reverencia completa y profunda. Confío en su palabra, y hago todo lo posible por obedecer lo que me pide, porque realmente es alguien que me impacta profundamente. Creo que este asombro reverente es el "temor de Dios". Y mientras me deje llevar por esa sensación en particular, tengo la certeza de que voy a ir encontrando las pautas que Dios me va dando, las pistas que Dios va poniendo en mi camino, para llegar adonde quiere llevarme de la mejor manera posible. Eso es, para mí, "buscar a Dios". Dejarme guiar por el asombro reverente.
Para cerrar esta reflexión, quiero unir todo esto con el tema de la zona de colores: si entremezclamos las cosas que más amamos hacer con ese asombro reverente, el resultado no puede ser otro que una vida a todo color, donde Dios está en todo lo que vivimos, dándole a todo ese brillo especial, que lo consagra todo y hace que todo termine siendo una experiencia espiritual de gran impacto. Entonces, podemos darnos un margen de error, porque sin duda vamos a pifiarle a los límites de Dios en algún momento, vamos a "pintar fuera de la línea". Pero también podemos darnos margen para hacer las cosas que más nos hacen sentir plenos, aunque parezca que no tienen nada que ver con Dios ni con nada (escuchar música, dibujar, leer, escribir cuentos, sacar fotos, arreglar autos, y la lista es infinita). Al final, todo suma, porque la relación viva con Dios es lo que cambia todo.
Los resultados son siempre de Dios. Los procesos son en gran medida nuestros, por medio de las decisiones que vamos tomando. Y para tomar decisiones que sean provechosas, para nosotros y para los demás, Dios nos propone "límites", que son materia prima para una vida libre y dichosa. Los límites son en realidad valores, resortes para impulsarnos hacia arriba y adelante. Si dejamos que esos valores guíen todas nuestras decisiones, la vida va a estar llena de color. Y la única manera de hacer eso sin resignar nuestra libertad, es relacionarnos con Dios personalmente, hasta que su propia presencia en nuestra vida nos impregne de ellos.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hola a todos. Tal vez hayan notado que el pasaje que estoy citando es el mismo que usé la vez pasada. Eso es porque quería agregar una breve reflexión a lo que escribí. Había dicho que iba a hablar sobre el tema de el disfrute en el hombre, o mejor, el hombre en el disfrute, pero primero me gustaría hacer un pequeño puente entre el tema de la vida en color y el tema del disfrute.
La vez pasada terminé planteando la idea de que lo mejor que podemos hacer es "hacer las cosas bien", pero de manera libre y creativa, a través de una relación viva con el Dios vivo. Pero hay algo que me quedó en el tintero, y tiene que ver por un lado con la cuestión de los resultados, y por otro lado con la cuestión de los límites.
Sobre el tema de los resultados, me parece interesante lo que dice el pasaje, de que a lo que Dios hizo (o hace, en nuestra vida, por ejemplo), "no hay nada que añadirle ni quitarle". Es como si Dios quisiera llevarnos a ciertos puntos, a ciertos "lugares" de la vida, y en última instancia siempre llegamos a ello. El resultado de nuestra vida no siempre, y hasta diría que casi nunca, depende exclusivamente de nosotros. Hay puntos de llegada, o de "tránsito", por los que inevitablemente vamos a pasar.
Pero lo que sí depende de nosotros es el proceso. Nosotros somos los que vamos moldeando, con nuestras decisiones, el camino que nos lleva a esos puntos, y por lo tanto, depende de nosotros la cantidad de jugo que le saquemos a las experiencias que vivimos. Esto es especialmente cierto con las etapas menos agradables de la vida, donde nosotros tenemos en general la tendencia (entendible, por otro lado) a renegar de lo que vivimos y pelearnos con nuestras circunstancias. Nos enojamos con la vida, o con Dios, y nos frustramos. Creo que aún de nuestro enojo o frustración podemos sacar jugo, pero el punto es que esas instancias, esos momentos menos agradables, son oportunidades para crecer también. Es en medio del dolor donde a veces encontramos respuestas a cosas que no podíamos ver por otros medios. Digamos, nuestra actitud frente a lo que nos toca vivir determina cómo vamos a salir parados una vez que lleguemos a destino.
Nosotros tomamos libremente nuestras decisiones, todo el tiempo. Nadie nos obliga realmente a decidir nada. Incluso cuando estamos bajo amenaza, no estamos bajo obligación. Somos nosotros los que elegimos apartarnos de las consecuencias o ir hacia ellas. Todas las decisiones tienen consecuencias. Pero nunca las conocemos de antemano. Por eso, nuestras decisiones no pueden más que basarse en juicios de valor sobre la situación en sí, sobre cuál curso de acción me parece el adecuado y por qué.
Pero Dios sí las conoce de antemano. Él sabe de qué manera vamos a llegar a tal o cual punto, cómo vamos a llegar, y cuándo. Por eso, conoce profundamente nuestro interior, nuestras motivaciones. Por eso, continuamente trata de guiarnos hacia aquello que mejor resultado va a tener para nosotros, y nos guía de muchas maneras, pero siempre apuntando a que vivamos el proceso de la mejor manera posible, porque es el proceso lo único que depende de nosotros. Y entonces, cada decisión, buena y mala, terminamos tomándola en el momento oportuno, siempre. Si tomé esa decisión en ese momento, es porque era el momento de que tomara esa decisión.
Obvio, esto sólo puedo saberlo al mirar para atrás. No puedo usar eso como excusa para justificar cualquier decisión que vaya a tomar, diciendo "bueno, hago esto, total, es el momento oportuno". Porque "hacer las cosas bien" implica elegir adecuadamente los valores que guían nuestras decisiones.
Y creo que esto es lo que más quiere brindarnos Dios: valores apropiados, constructivos, para guiar nuestras decisiones. Y es acá donde se vincula con los límites. Dios nos pone límites, eso es cierto. Es indiscutible. Ejemplo obvio: "no matarás". Entonces, matar está mal, diría alguno. No sé hasta dónde los conceptos de "bien" y "mal" son útiles para explicar los modelos de acción que Dios nos propone. Más que decir que "está mal", diría que matar no lleva a ningún lado productivo o edificante. Entonces, Dios puso el límite. Pero ese límite no está para complicarnos la vida, o para convertirnos en personas limitadas. Somos, de por sí, personas limitadas, lo queramos o no. Pero los límites de Dios están ahí para optimizar el disfrute de la vida, son herramientas, materia prima a partir de la cual crear nuestra vida. Nunca Dios tuvo la intención de restringir nuestra libertad o felicidad, sino que nos dio una base desde la que construirla para que sea una libertad productiva, y una felicidad sólida. ¿Podemos elegir cruzar los límites de Dios? Sí. ¿Dios va a castigarnos? En este mundo, probablemente no. Pero ya el propio traspaso de los límites es algo que tarde o temprano se nos va a volver en contra. Nunca vamos a ser plenos si no nos movemos dentro de los límites que Dios establece.
Es como jugar un partido de fútbol y cruzar los límites de la cancha. El partido continúa, pero el equipo contrario gana la posesión de la pelota por mi traspaso. Eventualmente, esto puede llegar a resultar en una ventaja para el equipo contrario y en que mi equipo pierda. Algo parecido pasa con los límites que Dios establece para nuestra vida. No son muros, son líneas. Si los cruzo, me la complico más yo mismo, y muchas veces a otras personas también.
En mi experiencia, sólo al pasar por la zona gris descubrimos estas cuestiones sobre la importancia de los límites, porque mientras tanto, como tendemos a ver sólo en blanco y negro, también percibimos los límites de Dios en esos términos. Pero en la zona gris vemos que es todo mucho más complejo y más rico, y que todo lo que Dios establece lo hace para nuestro propio bien.
El pasaje dice que Dios hizo las cosas de esa manera para que se le tema. Y ahí hay un problema con la idea de "temor", y creo que hay que tener mucho cuidado. Porque sinceramente, a la luz del resto de la biblia, Dios no es un Dios que quiere generarnos miedo, sino todo lo contrario: espera que lo amemos, que entendamos su amor por nosotros, y que veamos que sólo quiere que seamos plenos, que vivamos completos, felices. Entonces, ¿qué es este temor? Por experiencia, puedo decir que identifico este "temor" con una sensación de "asombro reverente" hacia Dios. Experimentar la presencia misma de Dios, tener una relación concreta, real, viva con él, me llena de un asombro profundo que me lleva a caer rendido ante él, a tenerle una reverencia completa y profunda. Confío en su palabra, y hago todo lo posible por obedecer lo que me pide, porque realmente es alguien que me impacta profundamente. Creo que este asombro reverente es el "temor de Dios". Y mientras me deje llevar por esa sensación en particular, tengo la certeza de que voy a ir encontrando las pautas que Dios me va dando, las pistas que Dios va poniendo en mi camino, para llegar adonde quiere llevarme de la mejor manera posible. Eso es, para mí, "buscar a Dios". Dejarme guiar por el asombro reverente.
Para cerrar esta reflexión, quiero unir todo esto con el tema de la zona de colores: si entremezclamos las cosas que más amamos hacer con ese asombro reverente, el resultado no puede ser otro que una vida a todo color, donde Dios está en todo lo que vivimos, dándole a todo ese brillo especial, que lo consagra todo y hace que todo termine siendo una experiencia espiritual de gran impacto. Entonces, podemos darnos un margen de error, porque sin duda vamos a pifiarle a los límites de Dios en algún momento, vamos a "pintar fuera de la línea". Pero también podemos darnos margen para hacer las cosas que más nos hacen sentir plenos, aunque parezca que no tienen nada que ver con Dios ni con nada (escuchar música, dibujar, leer, escribir cuentos, sacar fotos, arreglar autos, y la lista es infinita). Al final, todo suma, porque la relación viva con Dios es lo que cambia todo.
Los resultados son siempre de Dios. Los procesos son en gran medida nuestros, por medio de las decisiones que vamos tomando. Y para tomar decisiones que sean provechosas, para nosotros y para los demás, Dios nos propone "límites", que son materia prima para una vida libre y dichosa. Los límites son en realidad valores, resortes para impulsarnos hacia arriba y adelante. Si dejamos que esos valores guíen todas nuestras decisiones, la vida va a estar llena de color. Y la única manera de hacer eso sin resignar nuestra libertad, es relacionarnos con Dios personalmente, hasta que su propia presencia en nuestra vida nos impregne de ellos.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
lunes, 27 de octubre de 2014
Eclesiastés 4 - La vida en color
"Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la mente humana el sentido del tiempo, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin. Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de todos sus afanes. Sé además que todo lo que Dios ha hecho permanece para siempre; que no hay nada que añadirle ni quitarle; y que Dios lo hizo así para que se le tema" (Eclesiastés 3:11-14).
Hola a todos. La vez anterior compartí una reflexión acerca de una experiencia que había atravesado, que me hizo reconsiderar algunos parámetros que había tenido como absolutos sobre qué es "hacer las cosas bien". Identifiqué esa experiencia como una zona gris, donde los blancos y negros con los que tendemos a medir nuestra vida y nuestras decisiones no eran tan claros, sino que todo lo iba construyendo sobre la marcha, con ciertas guías y, sobre todo, a partir de una relación viva, dinámica y cotidiana con Dios.
Pienso que en general, el principal problema que nos causan los blancos y negros cuando los sostenemos como absolutos es que nos desalientan a aceptar la realidad tal como es, tal como nos toca. Negamos que nos pasa tal o cual cosa porque nos parece ilógico desde nuestros parámetros. No sé si les ha pasado. Personalmente, hubo un tiempo en que me pasaba muy seguido, pero Dios fue trabajando eso en mí. La zona gris fue hasta ahora lo último que me enseñó al respecto.
El problema es que si no aceptamos la realidad tal como viene, si no aceptamos que esas cosas efectivamente nos pasan a pesar de que nos parezca ilógico, o malo, o lo que sea, no podemos empezar a trabajar para cambiar aquellas cosas que no me gustan de la situación. Y por otro lado, y lo que me parece más importante para esta reflexión, nos impide disfrutar de un montón de cosas, solamente porque no las entendemos o quedan fuera de nuestro esquema.
En el pasaje que compartí, hay varias ideas que me parecen centrales. Primero, quiero destacar que "Dios hizo todo hermoso en su momento" (3:11). Cada cosa que nos toca vivir o hacer, en su momento adecuado, es hermosa para Dios. Cada etapa, cada momento de la vida es importante. Creo que luchar contra lo que nos toca vivir sólo por el hecho de que sea desagradable nos quita la posibilidad de atesorar un montón de cosas. Alguien me habló hace poco de la importancia de "integrar" cada cosa que vivimos, lo agradable y lo desagradable, tratar de darle un sentido a cada una de esas cosas en nuestra vida, y simplemente seguir caminando.
Esto es especialmente cierto en la zona gris, donde muchas veces actuamos más por intuición o por experimentación que guiados por un mapa. Es en esta zona gris donde terminé de convencerme de que la vida es una gran escuela donde aprendemos a ser nosotros mismos en toda nuestra plenitud. Cada uno va aprendiendo a ser todo lo que puede llegar a ser. Y la única manera de aprender eso es viviendo, justamente. Viviendo intensamente. Dios quiere que seamos felices, pero la realidad es que, para alcanzar un estado mayor de felicidad cada vez, generalmente necesitamos dejar algo atrás, o atravesar ciertas experiencias desagradables. ¿Por qué? Bueno, no estoy seguro. Pero la verdad es que en este último tiempo, de cada acierto o momento lindo, aprendí algo que no sabía sobre mí, o alcancé un nuevo punto en mi crecimiento, y lo mismo de cada angustia, preocupación, miedo o inseguridad.
Ahora, si la zona gris es lo opuesto a los blancos y negros, uno pensaría por lógica, que al salir de la zona gris, tendría nuevos blancos y negros, pero más apropiados, o mejor definidos. Bueno, yo creo que la relación lógica cambia. En vez de salir a una nueva zona de blancos y negros, salimos a un área donde todo es de color. Cuando nos animamos a ser creativos con nuestra vida y tener la mente abierta, pasado ese tiempo de incertidumbre donde no sabemos bien como enfrentar las cosas que vivimos, al final de la zona gris todo adquiere un nuevo brillo. De la zona gris nos queda esa comprensión de que la vida es una gama, pero ya no de grises, sino de colores. Podríamos pensar en una especie de "zona iris". Pero me gusta pensarlo más como "una vida a todo color" en oposición a "una vida en blanco y negro".
Pero entonces, ¿cuándo termina la zona gris? Porque parece que es una experiencia muy buena, pero claramente no puede durar para siempre. Porque no podemos vivir sin certezas toda la vida. No podemos vivir siempre sin ver por donde vamos, sin entender lo que vivimos. Yo identifico como salida de mi zona gris el momento en el que hice el "click" y pude reconocer que Dios había estado siempre ahí, en todo lo que había hecho, incluyendo un montón de recursos e ideas personales, que yo mismo había desarrollado para enfrentar determinadas situaciones en determinados momentos. Ahí fue donde los grises fueron convirtiéndose en tonalidades de colores. Fui perdiendo el miedo a equivocarme, el miedo a fallarle a Dios, porque entendí que él cuidaba mis pasos y que, llegado el caso, él me perdonaba mis fallas, las dejaba atrás y me daba la mano para levantarme y seguir.
Pero eso también tiene que ver con que conservaba en mi mente, siempre, a lo largo de toda la zona gris, un principio fundamental que jamás abandoné, ni siento que pudiera abandonar: "teme al Señor tu Dios, sírvele solamente a él, y jura sólo en su nombre" (Deuteronomio 6:13), que también podemos considerar como "ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Deuteronomio 6:5). Es decir, en toda mi experimentación con la vida misma, siempre busqué la guía de Dios, lo que él quería que aprendiera en ese "valle tenebroso" del que hablaba la vez pasada. No imagino otra manera de salir de la zona gris, de la zona donde no hay certezas absolutas, sin la compañía del que siguió siendo cierto cuando todo era inseguro. Y no hablo ahora ni de su palabra, ni de la iglesia, ni de la religión. Hablo del Dios viviente, con el que sólo una relación fresca, activa y dinámica me condujo a través de la zona gris hacia donde brilla el sol y todo es de color.
Y siento que es muy difícil ahora que vuelva a cerrar blancos y negros. No sé, la vida es compleja, y podría pasarme, pero como ya experimenté en esa zona gris lo que es la complejidad de la vida, pienso que me sería muy difícil ahora volver a reducirlo a una estructura de blanco y negro. Porque ya saboreé lo que es la vida en color, y es mucho más hermosa. Encontré un principio nuevo: todo lo que el ser humano hace y disfruta pareciera ser un don de Dios, porque fue Dios el que puso el disfrute en el hombre, o más bien, al hombre en el disfrute. Voy a hablar de eso la próxima, pero es un poco lo que también descubrió Salomón, que después escribió Eclesiastés. Creo que Salomón vivió la experiencia de la zona gris, y de la vida a todo color.
En la zona gris, entonces, se nos mueve todo el tablero, la manera en la que entendíamos la vida ya no nos sirve del todo para explicar lo que vivimos o para resolver las situaciones que nos toca atravesar, y se desdibujan los blancos y negros, quedan borrosos. Atravesar la zona gris, decía la vez pasada, no es fácil y da un poco de miedo. Al otro lado, hay una región de colores intensos donde si "hago el bien" es a conciencia, y de manera libre y creativa, para que lo disfrute yo mismo y los demás, y no ya por "obligación" o para obligar a otros.
La riqueza de la zona gris termina estando en mostrarnos que muchas cosas no son en sí mismas buenas o malas, o correctas o incorrectas, sino que hay una amplia gama de grises, digamos, que hacen que en realidad la vida sea mucho más interesante y nos permite movernos con un poco más de libertad y de creatividad. Y el tesoro que está al otro lado, es una vida a todo color, cuando esa gama de grises se convierte en una paleta de colores, texturas y tonalidades con las que podemos dibujar sobre la hoja en blanco que nos había quedado. En realidad, pienso que en la zona gris "dibujamos a color", pero en la sombra, como decía la vez pasada. Cuando atravesamos la zona gris salimos a la luz, y ahí vemos los colores de nuestro dibujo, y podemos seguir dibujando, esta vez viendo con claridad los colores que usamos.
Para terminar, resalto esta parte del pasaje que mencioné al principio: "nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; Y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de sus afanes" (3:12). De eso se trata la vida en color: hacer el bien, y al mismo tiempo disfrutar de la vida. Y la clave que se nos ofrece para integrar esas dos cosas de manera coherente, es una relación viva, libre y creativa con un Dios que es también, él mismo, vivo, libre y creativo.
Hasta que nos volvamos a encontrar.
Hola a todos. La vez anterior compartí una reflexión acerca de una experiencia que había atravesado, que me hizo reconsiderar algunos parámetros que había tenido como absolutos sobre qué es "hacer las cosas bien". Identifiqué esa experiencia como una zona gris, donde los blancos y negros con los que tendemos a medir nuestra vida y nuestras decisiones no eran tan claros, sino que todo lo iba construyendo sobre la marcha, con ciertas guías y, sobre todo, a partir de una relación viva, dinámica y cotidiana con Dios.
Pienso que en general, el principal problema que nos causan los blancos y negros cuando los sostenemos como absolutos es que nos desalientan a aceptar la realidad tal como es, tal como nos toca. Negamos que nos pasa tal o cual cosa porque nos parece ilógico desde nuestros parámetros. No sé si les ha pasado. Personalmente, hubo un tiempo en que me pasaba muy seguido, pero Dios fue trabajando eso en mí. La zona gris fue hasta ahora lo último que me enseñó al respecto.
El problema es que si no aceptamos la realidad tal como viene, si no aceptamos que esas cosas efectivamente nos pasan a pesar de que nos parezca ilógico, o malo, o lo que sea, no podemos empezar a trabajar para cambiar aquellas cosas que no me gustan de la situación. Y por otro lado, y lo que me parece más importante para esta reflexión, nos impide disfrutar de un montón de cosas, solamente porque no las entendemos o quedan fuera de nuestro esquema.
En el pasaje que compartí, hay varias ideas que me parecen centrales. Primero, quiero destacar que "Dios hizo todo hermoso en su momento" (3:11). Cada cosa que nos toca vivir o hacer, en su momento adecuado, es hermosa para Dios. Cada etapa, cada momento de la vida es importante. Creo que luchar contra lo que nos toca vivir sólo por el hecho de que sea desagradable nos quita la posibilidad de atesorar un montón de cosas. Alguien me habló hace poco de la importancia de "integrar" cada cosa que vivimos, lo agradable y lo desagradable, tratar de darle un sentido a cada una de esas cosas en nuestra vida, y simplemente seguir caminando.
Esto es especialmente cierto en la zona gris, donde muchas veces actuamos más por intuición o por experimentación que guiados por un mapa. Es en esta zona gris donde terminé de convencerme de que la vida es una gran escuela donde aprendemos a ser nosotros mismos en toda nuestra plenitud. Cada uno va aprendiendo a ser todo lo que puede llegar a ser. Y la única manera de aprender eso es viviendo, justamente. Viviendo intensamente. Dios quiere que seamos felices, pero la realidad es que, para alcanzar un estado mayor de felicidad cada vez, generalmente necesitamos dejar algo atrás, o atravesar ciertas experiencias desagradables. ¿Por qué? Bueno, no estoy seguro. Pero la verdad es que en este último tiempo, de cada acierto o momento lindo, aprendí algo que no sabía sobre mí, o alcancé un nuevo punto en mi crecimiento, y lo mismo de cada angustia, preocupación, miedo o inseguridad.
Ahora, si la zona gris es lo opuesto a los blancos y negros, uno pensaría por lógica, que al salir de la zona gris, tendría nuevos blancos y negros, pero más apropiados, o mejor definidos. Bueno, yo creo que la relación lógica cambia. En vez de salir a una nueva zona de blancos y negros, salimos a un área donde todo es de color. Cuando nos animamos a ser creativos con nuestra vida y tener la mente abierta, pasado ese tiempo de incertidumbre donde no sabemos bien como enfrentar las cosas que vivimos, al final de la zona gris todo adquiere un nuevo brillo. De la zona gris nos queda esa comprensión de que la vida es una gama, pero ya no de grises, sino de colores. Podríamos pensar en una especie de "zona iris". Pero me gusta pensarlo más como "una vida a todo color" en oposición a "una vida en blanco y negro".
Pero entonces, ¿cuándo termina la zona gris? Porque parece que es una experiencia muy buena, pero claramente no puede durar para siempre. Porque no podemos vivir sin certezas toda la vida. No podemos vivir siempre sin ver por donde vamos, sin entender lo que vivimos. Yo identifico como salida de mi zona gris el momento en el que hice el "click" y pude reconocer que Dios había estado siempre ahí, en todo lo que había hecho, incluyendo un montón de recursos e ideas personales, que yo mismo había desarrollado para enfrentar determinadas situaciones en determinados momentos. Ahí fue donde los grises fueron convirtiéndose en tonalidades de colores. Fui perdiendo el miedo a equivocarme, el miedo a fallarle a Dios, porque entendí que él cuidaba mis pasos y que, llegado el caso, él me perdonaba mis fallas, las dejaba atrás y me daba la mano para levantarme y seguir.
Pero eso también tiene que ver con que conservaba en mi mente, siempre, a lo largo de toda la zona gris, un principio fundamental que jamás abandoné, ni siento que pudiera abandonar: "teme al Señor tu Dios, sírvele solamente a él, y jura sólo en su nombre" (Deuteronomio 6:13), que también podemos considerar como "ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Deuteronomio 6:5). Es decir, en toda mi experimentación con la vida misma, siempre busqué la guía de Dios, lo que él quería que aprendiera en ese "valle tenebroso" del que hablaba la vez pasada. No imagino otra manera de salir de la zona gris, de la zona donde no hay certezas absolutas, sin la compañía del que siguió siendo cierto cuando todo era inseguro. Y no hablo ahora ni de su palabra, ni de la iglesia, ni de la religión. Hablo del Dios viviente, con el que sólo una relación fresca, activa y dinámica me condujo a través de la zona gris hacia donde brilla el sol y todo es de color.
Y siento que es muy difícil ahora que vuelva a cerrar blancos y negros. No sé, la vida es compleja, y podría pasarme, pero como ya experimenté en esa zona gris lo que es la complejidad de la vida, pienso que me sería muy difícil ahora volver a reducirlo a una estructura de blanco y negro. Porque ya saboreé lo que es la vida en color, y es mucho más hermosa. Encontré un principio nuevo: todo lo que el ser humano hace y disfruta pareciera ser un don de Dios, porque fue Dios el que puso el disfrute en el hombre, o más bien, al hombre en el disfrute. Voy a hablar de eso la próxima, pero es un poco lo que también descubrió Salomón, que después escribió Eclesiastés. Creo que Salomón vivió la experiencia de la zona gris, y de la vida a todo color.
En la zona gris, entonces, se nos mueve todo el tablero, la manera en la que entendíamos la vida ya no nos sirve del todo para explicar lo que vivimos o para resolver las situaciones que nos toca atravesar, y se desdibujan los blancos y negros, quedan borrosos. Atravesar la zona gris, decía la vez pasada, no es fácil y da un poco de miedo. Al otro lado, hay una región de colores intensos donde si "hago el bien" es a conciencia, y de manera libre y creativa, para que lo disfrute yo mismo y los demás, y no ya por "obligación" o para obligar a otros.
La riqueza de la zona gris termina estando en mostrarnos que muchas cosas no son en sí mismas buenas o malas, o correctas o incorrectas, sino que hay una amplia gama de grises, digamos, que hacen que en realidad la vida sea mucho más interesante y nos permite movernos con un poco más de libertad y de creatividad. Y el tesoro que está al otro lado, es una vida a todo color, cuando esa gama de grises se convierte en una paleta de colores, texturas y tonalidades con las que podemos dibujar sobre la hoja en blanco que nos había quedado. En realidad, pienso que en la zona gris "dibujamos a color", pero en la sombra, como decía la vez pasada. Cuando atravesamos la zona gris salimos a la luz, y ahí vemos los colores de nuestro dibujo, y podemos seguir dibujando, esta vez viendo con claridad los colores que usamos.
Para terminar, resalto esta parte del pasaje que mencioné al principio: "nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; Y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de sus afanes" (3:12). De eso se trata la vida en color: hacer el bien, y al mismo tiempo disfrutar de la vida. Y la clave que se nos ofrece para integrar esas dos cosas de manera coherente, es una relación viva, libre y creativa con un Dios que es también, él mismo, vivo, libre y creativo.
Hasta que nos volvamos a encontrar.
jueves, 9 de octubre de 2014
Eclesiastés 3 - La zona gris
"El sabio tiene los ojos bien puestos, pero el necio anda a oscuras. Pero también me di cuenta de que un mismo final les espera a todos. Me dije entonces: «Si al fin voy a acabar igual que el necio, ¿de qué me sirve ser tan sabio?» Y concluí que también esto es absurdo, pues nadie se acuerda jamás del sabio ni del necio; con el paso del tiempo todo cae en el olvido, y lo mismo mueren los sabios que los necios" (Eclesiastés 2:14-16).
Hola a todos. Hasta ahora viene coincidiendo el número de capítulo de los pasajes con el número de reflexión de la serie, pero es sólo una coincidencia, recuerden que mi idea no es analizar acá pasaje por pasaje. Al menos no en principio, nunca se sabe si terminaré cambiando de parecer. Y eso tiene mucho que ver con la zona gris, el tema que quiero compartir hoy.
Me costó bastante seleccionar un pasaje de Eclesiastés para el tema, porque en realidad es el libro entero el que condensa la idea, entonces hubiera sido necesario hacer una selección de varios a lo largo de él y conectarlos entre sí. Tal vez me vaya refiriendo a ellos en la reflexión misma.
Desde el principio de nuestra vida se nos enseña o se nos dice cómo deberíamos hacer las cosas, qué camino seguir o cómo vivir. En realidad, nosotros mismos vamos buscando recetas, códigos que permanezcan allí, reglas de vida que orienten nuestras decisiones y acciones. A veces es un ideal, a veces una religión, a veces las pautas de comportamiento que nos trasmiten nuestros padres, y cosas así. Necesitamos algún marco de referencia que organice un poco nuestras vidas, algo que nos sugiera cómo funcionamos mejor, o en qué condiciones sacamos lo mejor de nosotros y el mejor provecho de esta vida. La vez pasada hablé un poco de esto. De hecho, si se fijan, el pasaje que tomé para esta reflexión es la continuación del que cité para la anterior.
El problema es que para organizar el gran caos que a veces parece nuestra vida, nuestra mente tiende a crear estructuras bien delimitadas y cerradas, formas de pensamiento que no sólo condicionan nuestro actuar, sino que moldean nuestra visión del mundo. Es lo mismo que pasa con las ciencias: cada una de ellas es un sistema que se espera que cierre en sí mismo, que explique y todo lo que haya que explicar sobre el tema que le toca, que no deje ningún cabo suelto. Lo que queda fuera de la ciencia, suele pensarse que es falso, o apenas válido.
El pasaje que elegí habla de la sabiduría. Podríamos pensar, para simplificar y que se entienda la idea, que acá la sabiduría contaría como "hacer las cosas bien". Me parece que esto es algo que tenemos bastante incorporado en nosotros, y no me parece que sea en sí un problema. Pero quiero compartir brevemente qué fue lo que me pasó en este último tiempo en relación con esto.
Desde hace varios años vengo aprendiendo más sobre Dios y sobre su palabra, y sobre la forma en que él ve y entiende la vida. Vengo aprendiendo, digamos, a "hacer las cosas bien" desde su punto de vista. El problema con esto es que yo ya traía otras opiniones sobre qué es "hacer las cosas bien", antes de conocer a Dios. A lo largo del camino de mi vida, mis experiencias y lo que fui recibiendo de otros me fueron llevando a construir una escala de valores, de parámetros, de blancos y negros. Había ciertas cosas que concebía como fundamentales para vivir adecuadamente, formas de hacer las cosas o de entenderlas que eran correctas y otras que no. Al mezclarse los dos parámetros, me quedó un edificio preciosamente construido de mandatos que eran básicamente míos. Yo mismo, sin darme cuenta, me armé una escala de valores absolutos para mi propia vida, y los convertí sin querer en ley.
El problema de la ley es el mismo que tuvieron los religiosos en la época de Jesús, y el mismo que tenemos muchas veces hoy. El celo excesivo por la ley nos convierte en legalistas, y entonces obedecemos la ley solamente porque es ley, y no por un acto de voluntad consciente, no por decisión y convicción. La cumplimos porque está. El problema de eso es que la ley no está hecha sólo para cumplirse, sino para impulsarnos a vivir una vida más plena. No voy a extenderme sobre eso ahora, porque no es el tema de la reflexión, pero para retomar lo que estaba contando, llegó un punto en que esa "ley personal" me empezó a poner trabas en el camino, no sólo porque me impedía a mí mismo hacer cosas que disfruto, sino porque había cosas que vivía que empezaba a no entender.
Digamos que mi ley me atrapó. Pero Dios, como siempre, cada vez que algo nos ata o nos apresa, se pone en movimiento para liberarnos. Mi planteo era, básicamente, el de Salomón: "Si al final voy a acabar igual que el necio, ¿de qué me sirve ser tan sabio?" (2:15). ¿De qué me sirve "hacer las cosas bien" si el resultado termina siendo igual que si no lo hiciera, o peor, en términos de disfrute? No es que estaba pasándola mal, pero sentía que había ciertos sueños que jamás iba a alcanzar, o ciertos parámetros o valores que me traían más problemas que beneficios.
Entonces me tocó vivir algo que, en cierta forma, hoy veo como la respuesta de Dios a ese problema. Y la respuesta fue: si esa escala de valores no te sirve para ser feliz, para ser pleno, algo anda mal con ella. Deberías revisarla. Y así fue, eso hice. Al principio, me desprendí de uno, después de otro, y así, lentamente, todo ese edificio de leyes y teorías que yo mismo me había impuesto para entender y vivir la vida se fue desarmando, desmoronando. Si alguna vez jugaron al jenga, creo que es la mejor comparación que se me ocurre ahora. Llegué a llamar a esa situación de cuestionamiento "la zona gris", donde los blancos y negros no son tan claros, donde en vez de absolutos, hay complejidad, y en vez de reglas, consignas y pautas, hay una hoja en blanco.
Pero pónganse a pensar un momento. Si la vida, decía al principio, se nos aparece como un desparramo de cosas, y las vamos ordenando justamente a través de los valores, entonces un derrumbe de esa escala de blancos y negros es fatal. Es casi una especie de "muerte" desde el punto de vista de entender las cosas, de encontrarle sentido a las cosas. Personalmente, creo que eso es lo que le pasó a Salomón, y lo que lo impulsó a escribir Eclesiastés. Su escala de valores murió. ¿Quiere decir que me convertí en una persona sin valores, sin códigos? Bueno, no. Pero todo lo que antes era blanco y negro, de pronto se convirtió en gris, se puso borroso, se transformó de afirmación a pregunta. Si antes lo pensaba como "esto es así", ahora lo pensaba como "¿esto es así?". Había entrado en una zona donde las cosas no son tan claras y simples, tan directas y evidentes. Había entrado en la zona gris.
Las estructuras muchas veces no nos dejan ver con claridad ni siquiera qué es lo que tenemos que renovar o actualizar para poder liberarnos de esa "ley" que nos imponemos a nosotros mismos. Salir de la estructura da un poco de miedo, miedo de que no tengamos parámetros con los que medir la vida, con los que comprenderla, con los que darle sentido. Entonces, muchas veces guíados por nuestros propios mandatos, exigencias, moldes, somos conducidos a un terreno donde esos parámetros dejan de funcionar o de servirnos para explicarnos lo que vivimos. Somos confrontados en nuestros fundamentos, en nuestros blancos y negros. Creo, sinceramente, que este es el cuestionamiento primario que dispara la reflexión de Salomón en Eclesiastés. ¿Para qué me sirven todos los absolutos que estaba manejando? ¿Es la vida realmente como yo la concebía? Pero entonces, ¿por qué me termino en el mismo lugar que cualquier otro que no "hace las cosas bien"?
Pero entonces, ¿qué me quedó? Porque nadie puede vivir en paz sin tener ninguna certeza de nada. Por eso desde el principio de los tiempos el ser humano trata de explicar las cosas que ve en el mundo. Bueno, lo único que me quedó en esta zona gris fue lo único que siempre me sostuvo en los momentos más caóticos o tormentosos de estos últimos años: mi relación con Dios. Y acá alguno podría decirme, "pero, ¿no era que se te derrumbaron los blancos y negros?" Sí. Y ese es el punto.
Creo que empecé a entender de verdad de qué se trata la vida junto a Dios en la zona gris. Cuando no queda nada absoluto, los valores se sostienen sobre la marcha, en el día a día, justamente en una interacción personal con Dios. Todos los que amamos a Dios, los que queremos seguir su propuesta de vida, tenemos que saber que recibimos el Espíritu Santo, y esto no es nada místico, o al menos no necesariamente. Es algo muy concreto. El Espíritu Santo es Dios marcándonos la cancha desde adentro, señalándonos en esta o aquella dirección momento a momento. Los absolutos, aunque algunos son definitivos y para toda situación ("no matarás", por ejemplo), otros son lo absoluto para ese momento particular, pero no como regla de vida.
Entonces, es en la relación fresca, cotidiana con Dios donde vamos encontrando parámetros y valores sanos para vivir. Pero estos parámetros que vamos encontrando son relativos, no absolutos. Son relativos a ese momento y a mí, no necesariamente aplicables a toda persona y toda situación. La zona gris se trata de eso. Se trata de lo particular, del caso por caso. La biblia nos enseña una serie de cosas que son claras y absolutas respecto de qué quiere Dios para nuestras vidas, pero después de todo lo que viví, me doy cuenta de que no son muchas, sino más bien pocas. En general, lo que más nos aporta son principios o marcos amplios para poder entender después esas indicaciones del paso a paso, del día a día, del momento a momento. Voy a hablar más sobre esto en otra reflexión, pero quiero decir una cosa más sobre la zona gris.
Entrar en la zona gris da miedo. Da miedo porque perdemos el control de todo. Si todo nos lo vamos a cuestionar, si la forma en la que estábamos acostumbrados a encarar las cosas ya no nos sirve y la vamos a descartar, ¿cómo encaramos cada situación? ¿Cómo enfrentamos la vida sin un modelo, sin un molde? Bueno, como dije antes, caso por caso, pero esto nos puede generar mucha incertidumbre, porque no sabemos qué puede llegar a pasar. Es como si sintiéramos que cualquier decisión que tomemos es peligrosa.
Lo identifico en algún punto con los "valles tenebrosos" de los que habla David en los Salmos. Pero si esa comparación es válida, también es válida la seguridad que David tiene sobre eso: "Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno, porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta" (Salmo 23:4). Estos valles son tenebrosos en el sentido de oscuros, hay penumbra, todo es gris. No entendemos bien por dónde estamos yendo ni hacia donde, nada es seguro, todo es posible. Pero lo único seguro es, precisamente, nuestro pastor. Si Dios va delante nuestro, junto a nosotros, no importa cuánto tropecemos, caigamos, nos lastimemos, siempre vamos a llegar a buen destino.
Puede ser un camino tortuoso y difícil, pero por eso, en la zona gris más que en ningún otro camino, es crucial aferrarse a Dios. Es crucial escuchar su voz y seguirlo, momento a momento. Porque las estructuras de largo plazo, los blancos y negros que nos sirven de GPS, no están. Cuando no tenemos GPS, necesitamos al guía que conoce los caminos y sabe por dónde y hacia dónde ir. Y Jesús estuvo en la oscuridad. Caminó también por su propia zona gris. El evangelio nos muestra muchos momentos de ese tipo. Personalmente, confío totalmente en él, como mínimo en ese sentido, en que sabe de qué se trata, sabe lo que es estar como perdido, como caminando a tientas.
Dios nos propone una alternativa bastante curiosa al tema de los blancos y negros: "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente" (Romanos 12:2). Dos ideas fundamentales: "no se amolden", y "sean transformados". El molde le da forma a algo, una forma acabada, cerrada. Pero la propuesta es que estemos en constante renovación, en permanente actualización. De eso se trata la zona gris. Probablemente, más adelante me extienda más sobre el tema, pero quería nada más plantear la idea. Los blancos y negros, los valores absolutos, son materia de Dios, no nuestra. Si nosotros tomamos por absoluta nuestra propia manera de entender los valores de Dios, corremos el riesgo de poner un tope, un freno, un techo, a nuestra vida. Limitaríamos nosotros mismos nuestra capacidad de imaginar, de crear, de soñar, de volar, de disfrutar. Y Dios quiere que disfrutemos. Para eso fuimos creados, en definitiva; es el sentido de la palabra "Edén" en hebreo, la dicha, la plenitud. Fuimos creados en Edén, o sea, fuimos creados en plenitud. Eso es lo que Dios quiere para nosotros.
Simplemente quería compartirles mi experiencia en la zona gris. Es un tema que daría para hablar muchísimo más, pero simplemente quiero dejarlos con esa idea, de que cuando nuestros valores y nuestra manera de ver el mundo y la vida se vuelve demasiado cerrada, Dios probablemente nos lleve a la zona gris, adonde esos valores absolutos no nos sirvan, para que podamos desarmarlos y empezar a construir de nuevo, de manera más fresca y renovada, y sobre la base de una relación auténtica y fluida con él. La zona gris nos enseña a no cerrar nuestro pensamiento, sino a abrirlo permanentemente, a ser renovados todo el tiempo en nuestra manera de pensar, como nos propone Pablo en la carta a los romanos. Ese es el secreto para aprender a volar alto. Ese es el camino de la libertad.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hola a todos. Hasta ahora viene coincidiendo el número de capítulo de los pasajes con el número de reflexión de la serie, pero es sólo una coincidencia, recuerden que mi idea no es analizar acá pasaje por pasaje. Al menos no en principio, nunca se sabe si terminaré cambiando de parecer. Y eso tiene mucho que ver con la zona gris, el tema que quiero compartir hoy.
Me costó bastante seleccionar un pasaje de Eclesiastés para el tema, porque en realidad es el libro entero el que condensa la idea, entonces hubiera sido necesario hacer una selección de varios a lo largo de él y conectarlos entre sí. Tal vez me vaya refiriendo a ellos en la reflexión misma.
Desde el principio de nuestra vida se nos enseña o se nos dice cómo deberíamos hacer las cosas, qué camino seguir o cómo vivir. En realidad, nosotros mismos vamos buscando recetas, códigos que permanezcan allí, reglas de vida que orienten nuestras decisiones y acciones. A veces es un ideal, a veces una religión, a veces las pautas de comportamiento que nos trasmiten nuestros padres, y cosas así. Necesitamos algún marco de referencia que organice un poco nuestras vidas, algo que nos sugiera cómo funcionamos mejor, o en qué condiciones sacamos lo mejor de nosotros y el mejor provecho de esta vida. La vez pasada hablé un poco de esto. De hecho, si se fijan, el pasaje que tomé para esta reflexión es la continuación del que cité para la anterior.
El problema es que para organizar el gran caos que a veces parece nuestra vida, nuestra mente tiende a crear estructuras bien delimitadas y cerradas, formas de pensamiento que no sólo condicionan nuestro actuar, sino que moldean nuestra visión del mundo. Es lo mismo que pasa con las ciencias: cada una de ellas es un sistema que se espera que cierre en sí mismo, que explique y todo lo que haya que explicar sobre el tema que le toca, que no deje ningún cabo suelto. Lo que queda fuera de la ciencia, suele pensarse que es falso, o apenas válido.
El pasaje que elegí habla de la sabiduría. Podríamos pensar, para simplificar y que se entienda la idea, que acá la sabiduría contaría como "hacer las cosas bien". Me parece que esto es algo que tenemos bastante incorporado en nosotros, y no me parece que sea en sí un problema. Pero quiero compartir brevemente qué fue lo que me pasó en este último tiempo en relación con esto.
Desde hace varios años vengo aprendiendo más sobre Dios y sobre su palabra, y sobre la forma en que él ve y entiende la vida. Vengo aprendiendo, digamos, a "hacer las cosas bien" desde su punto de vista. El problema con esto es que yo ya traía otras opiniones sobre qué es "hacer las cosas bien", antes de conocer a Dios. A lo largo del camino de mi vida, mis experiencias y lo que fui recibiendo de otros me fueron llevando a construir una escala de valores, de parámetros, de blancos y negros. Había ciertas cosas que concebía como fundamentales para vivir adecuadamente, formas de hacer las cosas o de entenderlas que eran correctas y otras que no. Al mezclarse los dos parámetros, me quedó un edificio preciosamente construido de mandatos que eran básicamente míos. Yo mismo, sin darme cuenta, me armé una escala de valores absolutos para mi propia vida, y los convertí sin querer en ley.
El problema de la ley es el mismo que tuvieron los religiosos en la época de Jesús, y el mismo que tenemos muchas veces hoy. El celo excesivo por la ley nos convierte en legalistas, y entonces obedecemos la ley solamente porque es ley, y no por un acto de voluntad consciente, no por decisión y convicción. La cumplimos porque está. El problema de eso es que la ley no está hecha sólo para cumplirse, sino para impulsarnos a vivir una vida más plena. No voy a extenderme sobre eso ahora, porque no es el tema de la reflexión, pero para retomar lo que estaba contando, llegó un punto en que esa "ley personal" me empezó a poner trabas en el camino, no sólo porque me impedía a mí mismo hacer cosas que disfruto, sino porque había cosas que vivía que empezaba a no entender.
Digamos que mi ley me atrapó. Pero Dios, como siempre, cada vez que algo nos ata o nos apresa, se pone en movimiento para liberarnos. Mi planteo era, básicamente, el de Salomón: "Si al final voy a acabar igual que el necio, ¿de qué me sirve ser tan sabio?" (2:15). ¿De qué me sirve "hacer las cosas bien" si el resultado termina siendo igual que si no lo hiciera, o peor, en términos de disfrute? No es que estaba pasándola mal, pero sentía que había ciertos sueños que jamás iba a alcanzar, o ciertos parámetros o valores que me traían más problemas que beneficios.
Entonces me tocó vivir algo que, en cierta forma, hoy veo como la respuesta de Dios a ese problema. Y la respuesta fue: si esa escala de valores no te sirve para ser feliz, para ser pleno, algo anda mal con ella. Deberías revisarla. Y así fue, eso hice. Al principio, me desprendí de uno, después de otro, y así, lentamente, todo ese edificio de leyes y teorías que yo mismo me había impuesto para entender y vivir la vida se fue desarmando, desmoronando. Si alguna vez jugaron al jenga, creo que es la mejor comparación que se me ocurre ahora. Llegué a llamar a esa situación de cuestionamiento "la zona gris", donde los blancos y negros no son tan claros, donde en vez de absolutos, hay complejidad, y en vez de reglas, consignas y pautas, hay una hoja en blanco.
Pero pónganse a pensar un momento. Si la vida, decía al principio, se nos aparece como un desparramo de cosas, y las vamos ordenando justamente a través de los valores, entonces un derrumbe de esa escala de blancos y negros es fatal. Es casi una especie de "muerte" desde el punto de vista de entender las cosas, de encontrarle sentido a las cosas. Personalmente, creo que eso es lo que le pasó a Salomón, y lo que lo impulsó a escribir Eclesiastés. Su escala de valores murió. ¿Quiere decir que me convertí en una persona sin valores, sin códigos? Bueno, no. Pero todo lo que antes era blanco y negro, de pronto se convirtió en gris, se puso borroso, se transformó de afirmación a pregunta. Si antes lo pensaba como "esto es así", ahora lo pensaba como "¿esto es así?". Había entrado en una zona donde las cosas no son tan claras y simples, tan directas y evidentes. Había entrado en la zona gris.
Las estructuras muchas veces no nos dejan ver con claridad ni siquiera qué es lo que tenemos que renovar o actualizar para poder liberarnos de esa "ley" que nos imponemos a nosotros mismos. Salir de la estructura da un poco de miedo, miedo de que no tengamos parámetros con los que medir la vida, con los que comprenderla, con los que darle sentido. Entonces, muchas veces guíados por nuestros propios mandatos, exigencias, moldes, somos conducidos a un terreno donde esos parámetros dejan de funcionar o de servirnos para explicarnos lo que vivimos. Somos confrontados en nuestros fundamentos, en nuestros blancos y negros. Creo, sinceramente, que este es el cuestionamiento primario que dispara la reflexión de Salomón en Eclesiastés. ¿Para qué me sirven todos los absolutos que estaba manejando? ¿Es la vida realmente como yo la concebía? Pero entonces, ¿por qué me termino en el mismo lugar que cualquier otro que no "hace las cosas bien"?
Pero entonces, ¿qué me quedó? Porque nadie puede vivir en paz sin tener ninguna certeza de nada. Por eso desde el principio de los tiempos el ser humano trata de explicar las cosas que ve en el mundo. Bueno, lo único que me quedó en esta zona gris fue lo único que siempre me sostuvo en los momentos más caóticos o tormentosos de estos últimos años: mi relación con Dios. Y acá alguno podría decirme, "pero, ¿no era que se te derrumbaron los blancos y negros?" Sí. Y ese es el punto.
Creo que empecé a entender de verdad de qué se trata la vida junto a Dios en la zona gris. Cuando no queda nada absoluto, los valores se sostienen sobre la marcha, en el día a día, justamente en una interacción personal con Dios. Todos los que amamos a Dios, los que queremos seguir su propuesta de vida, tenemos que saber que recibimos el Espíritu Santo, y esto no es nada místico, o al menos no necesariamente. Es algo muy concreto. El Espíritu Santo es Dios marcándonos la cancha desde adentro, señalándonos en esta o aquella dirección momento a momento. Los absolutos, aunque algunos son definitivos y para toda situación ("no matarás", por ejemplo), otros son lo absoluto para ese momento particular, pero no como regla de vida.
Entonces, es en la relación fresca, cotidiana con Dios donde vamos encontrando parámetros y valores sanos para vivir. Pero estos parámetros que vamos encontrando son relativos, no absolutos. Son relativos a ese momento y a mí, no necesariamente aplicables a toda persona y toda situación. La zona gris se trata de eso. Se trata de lo particular, del caso por caso. La biblia nos enseña una serie de cosas que son claras y absolutas respecto de qué quiere Dios para nuestras vidas, pero después de todo lo que viví, me doy cuenta de que no son muchas, sino más bien pocas. En general, lo que más nos aporta son principios o marcos amplios para poder entender después esas indicaciones del paso a paso, del día a día, del momento a momento. Voy a hablar más sobre esto en otra reflexión, pero quiero decir una cosa más sobre la zona gris.
Entrar en la zona gris da miedo. Da miedo porque perdemos el control de todo. Si todo nos lo vamos a cuestionar, si la forma en la que estábamos acostumbrados a encarar las cosas ya no nos sirve y la vamos a descartar, ¿cómo encaramos cada situación? ¿Cómo enfrentamos la vida sin un modelo, sin un molde? Bueno, como dije antes, caso por caso, pero esto nos puede generar mucha incertidumbre, porque no sabemos qué puede llegar a pasar. Es como si sintiéramos que cualquier decisión que tomemos es peligrosa.
Lo identifico en algún punto con los "valles tenebrosos" de los que habla David en los Salmos. Pero si esa comparación es válida, también es válida la seguridad que David tiene sobre eso: "Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno, porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta" (Salmo 23:4). Estos valles son tenebrosos en el sentido de oscuros, hay penumbra, todo es gris. No entendemos bien por dónde estamos yendo ni hacia donde, nada es seguro, todo es posible. Pero lo único seguro es, precisamente, nuestro pastor. Si Dios va delante nuestro, junto a nosotros, no importa cuánto tropecemos, caigamos, nos lastimemos, siempre vamos a llegar a buen destino.
Puede ser un camino tortuoso y difícil, pero por eso, en la zona gris más que en ningún otro camino, es crucial aferrarse a Dios. Es crucial escuchar su voz y seguirlo, momento a momento. Porque las estructuras de largo plazo, los blancos y negros que nos sirven de GPS, no están. Cuando no tenemos GPS, necesitamos al guía que conoce los caminos y sabe por dónde y hacia dónde ir. Y Jesús estuvo en la oscuridad. Caminó también por su propia zona gris. El evangelio nos muestra muchos momentos de ese tipo. Personalmente, confío totalmente en él, como mínimo en ese sentido, en que sabe de qué se trata, sabe lo que es estar como perdido, como caminando a tientas.
Dios nos propone una alternativa bastante curiosa al tema de los blancos y negros: "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente" (Romanos 12:2). Dos ideas fundamentales: "no se amolden", y "sean transformados". El molde le da forma a algo, una forma acabada, cerrada. Pero la propuesta es que estemos en constante renovación, en permanente actualización. De eso se trata la zona gris. Probablemente, más adelante me extienda más sobre el tema, pero quería nada más plantear la idea. Los blancos y negros, los valores absolutos, son materia de Dios, no nuestra. Si nosotros tomamos por absoluta nuestra propia manera de entender los valores de Dios, corremos el riesgo de poner un tope, un freno, un techo, a nuestra vida. Limitaríamos nosotros mismos nuestra capacidad de imaginar, de crear, de soñar, de volar, de disfrutar. Y Dios quiere que disfrutemos. Para eso fuimos creados, en definitiva; es el sentido de la palabra "Edén" en hebreo, la dicha, la plenitud. Fuimos creados en Edén, o sea, fuimos creados en plenitud. Eso es lo que Dios quiere para nosotros.
Simplemente quería compartirles mi experiencia en la zona gris. Es un tema que daría para hablar muchísimo más, pero simplemente quiero dejarlos con esa idea, de que cuando nuestros valores y nuestra manera de ver el mundo y la vida se vuelve demasiado cerrada, Dios probablemente nos lleve a la zona gris, adonde esos valores absolutos no nos sirvan, para que podamos desarmarlos y empezar a construir de nuevo, de manera más fresca y renovada, y sobre la base de una relación auténtica y fluida con él. La zona gris nos enseña a no cerrar nuestro pensamiento, sino a abrirlo permanentemente, a ser renovados todo el tiempo en nuestra manera de pensar, como nos propone Pablo en la carta a los romanos. Ese es el secreto para aprender a volar alto. Ese es el camino de la libertad.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
miércoles, 24 de septiembre de 2014
Eclesiastés 2 - El máximo provecho
"Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era absurdo, un correr tras el viento, y que ningún provecho se saca en esta vida. Consideré entonces la sabiduría, la necedad y la insensatez —¿qué más puede hacer el sucesor del rey, aparte de lo ya hecho?—, y pude observar que hay más provecho en la sabiduría que en la insensatez, así como hay más provecho en la luz que en las tinieblas" (Eclesiastés 2:11-13).
Hola a todos. La vez pasada propuse una serie de reflexiones relacionadas en el libro de Eclesiastés, aunque no están basadas en él, sino en mi propia experiencia de la primera mitad del año. Pero este libro de la biblia le da sorprendente forma, sentido y contenido a esa experiencia. Quiero aclarar que, precisamente por no estar basada de manera directa en el texto bíblico, la cantidad de partes de esta "serie" no se corresponde con la cantidad de capítulos, ni el número o el orden se corresponden necesariamente con los capítulos. Creo que un estudio exhaustivo del libro de Eclesiastés llevaría como mínimo veinte partes, por lo que preferí hacer algo como esto y, en todo caso, motivarlos a que lean el libro entero, con la advertencia de que por momentos es un balde de agua fría sobre el mundo tal como se nos presenta. Lo bueno es que siempre termina encontrando un sentido, y en esta reflexión quiero resaltar cómo lo hace, o en qué lo encuentra.
El pasaje que cité es bastante claro, pienso, pero quiero desarrollar un poco la idea. Nuestra vida está expuesta a toda clase de tormentas, momentos donde se nos pone difícil, donde tenemos que remar, caminar cuesta arriba, o cualquier otra metáfora que se les ocurra. Tendemos a pensarla como un transcurrir calmo interrumpido por momentos de cambios, o sobresaltos, en el que vamos alcanzando resultados y éxitos si logramos superar los obstáculos.
Pero la vida nos sorprende muchas veces con que incluso cuando hacemos las cosas bien, de la nada nos pasa algo que desestabiliza nuestra tranquilidad, nuestra comodidad, o hasta nuestro bienestar. Creo que este es el problema de lo que voy a llamar acá "mentalidad de premio". Según este punto de vista, la vida nos premia si somos buenos, o nos castiga si somos malos. Es muy arriesgada esta forma de pensar, porque la vida es simplemente vida. Creo que eso es lo que me gusta de Eclesiastés: es muy realista, y reduce las cosas a su componente más simple. Si le damos a la vida características que no tiene, es lógico que después no nos cierre, no le veamos sentido a las cosas, nos parezca que es "un correr tras el viento" permanente.
Además, condiciona la imagen que vamos a tener de Dios. Si nos paramos en la mentalidad de premio, vamos a pensar que Dios es injusto. "No puede ser, yo soy buena persona, ¿por qué me pasa esto?". Se podrían cuestionar varias cosas de un pensamiento como ese, pero me voy a enfocar en esto: "No puede ser". Es evidente que si algo pasa, es porque sí puede ser. Nuestra tendencia es a evadirnos de las cosas tal como son. Nos enfocamos más en cómo deberían ser que en aceptar que son como son. Esto es, pienso yo, la principal fuente de la mayoría de nuestras frustraciones y desilusiones. No son frustraciones sobre el futuro, sino sobre el presente.
Es lo que dice el pasaje que cité al principio: "Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era un absurdo" (2:11). Lo que está expresando es, básicamente, que se puso a pensar en lo que hacía y en cuánto le costaba hacerlo, y no le encontró ningún sentido. Habrá dicho, ¿para qué hago todo esto? ¿Qué provecho saco? ¿En qué me beneficia realmente, si al final mi vida no depende de cuánto haga o no haga?
Hay una canción que me gusta mucho, que refleja esta sensación de manera muy realista. Dice, "Hold it all together, everybody needs you strong. But life hits you out of nowhere and barely leaves you holding on". Traducida, sería más o menos así: "Sostené bien todo, los demás necesitan que seas fuerte. Pero la vida te golpea de la nada y te deja apenas en pie". Y esta idea está siempre dando vueltas: tenemos que ser fuertes, no podemos permitirnos estar mal, llorar, ser débiles, etc.
Pero si vivimos nuestra vida con una mente atenta, deberíamos poder ver que siempre hay algún problema, o alguna cuestión que no cierra, o algo. Nunca está todo completamente bien. Y no sé si les ha pasado, pero llega un momento en el que nos cansamos de remarla, de luchar, a veces para conseguir cosas que al final parecen no valer la pena, o a las que parece que nunca vamos a llegar. Eclesiastés identifica dos tipos de cosas: los afanes y las cargas.
Los afanes vendrían a ser esas cosas que hacemos en el día a día, las tareas cotidianas, la rutina. Pueden ser las obligaciones o el ocio, aquellas cosas en que ocupamos regularmente nuestro tiempo. Son esas cosas en las que Salomón se pregunta, en este libro, ¿tiene realmente un sentido esto que hago? Las cargas son esas cosas que llevamos en la mochila de nuestra vida, las experiencias que nos fueron marcando y moldeando, y que por momentos puede ponerse muy pesada. ¿Cómo se puede alivianar la carga?
La canción que mencioné sigue así: "And when you're tired of fighting, chained by your control, there's freedom in surrender; lay it down and let it go": "cuando estás cansado de luchar, preso por estar en control, hay libertad si te entregás; apoyalo y soltalo". En Mateo 11:28-30, Jesús nos propone algo parecido: "Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soyu apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma". Cuanto más aferramos nuestra mochila, más nos pesa. Creo que el paso de aceptar que hay muchas cosas que no controlamos es difícil de dar, pensamos que si hacemos eso nos estamos dando por vencidos.
Pero ¿qué pasa si "darnos por vencidos" es la clave para salir adelante? Si pensamos que estamos solos en esto, obviamente no vamos a querer darnos por vencidos. Pero no lo estamos: Jesús nos dice que él está a nuestro lado, y que está dispuesto a recibir nuestras mochilas. Nos invita a contarle a él lo que nos pasa, y a valernos de sus recomendaciones y sus puntos de vista, y nos promete que si lo hacemos, nuestras vidas van a ser más livianas.
Esto es la sabiduría de la que habla Salomón. Los preceptos de Dios, su punto de vista, la manera en la que Dios nos dice que el mundo es y funciona. Él es el creador, sabe mejor que nosotros cómo funciona. Si nosotros elegimos ignorarlo, no vamos a recibir el castigo de Dios, pero eventualmente vamos a descubrir que la vida es ilógica, es absurda, no tiene sentido. Porque vamos a estar tratando de entenderla por nuestros medios, con nuestro propio punto de vista, que no tiene suficiente información. Nosotros no conocemos ni vamos a poder conocer jamás cómo son las cosas. Sólo podemos vivir. Por eso parece un absurdo sin sentido cuando no escuchamos lo que Dios nos dice o nos explica. Pero si nos acercamos a él, si le prestamos atención, si le creemos, todo empieza lentamente a cobrar sentido.
Y ahí está la conclusión a la que llega Salomón: hay más provecho en la sabiduría. ¿Por qué? Porque para Salomón, la sabiduría está relacionada con conocer y prestarle atención a Dios. Y al analizar lo que Dios le dice, cómo funcionan las cosas según él, encuentra maneras de actuar y de entender su vida que le dan un nuevo sentido a todo. No se trata del resultado que alcance, de cuánto logre, de qué tan lejos llegue, sino de todo lo que puede ir descubriendo en el proceso, y de lo liviana que la vida puede volverse. Pero solamente es posible esto cuando nos refugiamos en Jesús.
¿Eso quiere decir que los problemas se acaban? Para nada. Es más, a veces nos trae nuevos problemas, al mismo tiempo que hay otros que sí se acaban. Pero empezamos a desarrollar hábitos que le dan más sentido y más contenido a la vida. Gálatas 6:2 nos enseña, "ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo". Mateo 5:2 nos avisa, "dichosos los que lloran, porque serán consolados". A veces nos da miedo contarle a otro nuestras preocupaciones más profundas, nuestros miedos, las cosas que no entendemos de la vida, porque pensamos que no nos van a entender, o porque pensamos que somos los únicos que nos planteamos esas cosas. A veces es así, pero sinceramente, hay muchas personas que viven la vida con profundidad y que están dispuestas a escuchar y comprender a otros.
En lo personal, la mayoría de los que conozco son además personas que se apoyan en Cristo. Pero esto no es necesariamente una regla, porque también conozco personas que simplemente tienen esa capacidad o facilidad. Sin embargo, es más fácil comprender a otros y escucharlos si tengo una relación sincera y profunda con Cristo porque yo mismo experimenté lo que se siente ser escuchado y comprendido, entonces es más fácil hacerlo con otros. De nuevo, esto no necesariamente es una regla.
Y lo mismo pasa con llorar. Llorar en soledad da miedo, porque puede generar sensaciones feas y que no nos llevan a nada bueno. Pero en combinación con apoyarnos en Jesús y en nuestras personas de confianza, animarse a desahogarnos puede tener un efecto realmente sanador. Es cuestión de animarse a ser débil. Al fin y al cabo, ¿por qué tenemos que parecer siempre fuertes? ¿Quién nos engañó de esa manera? ¿Cuándo empezamos a pensar que podíamos lograr todo por nosotros mismos? Salomón seguramente nos diría "eso también es un absurdo, es correr tras el viento". Si no nos animamos a mostrar que somos débiles, nunca vamos a poder ser fuertes de verdad, sino que solamente vamos a tener la apariencia de ser fuertes. Por dentro, vamos a estar rotos, asustados y confundidos.
Para terminar, insisto en esto: a veces creemos que el sentido de lo que hacemos está en el resultado que obtengamos. Sin embargo, lo único que depende de nosotros es el proceso. Por eso nos desgastamos tanto para alcanzar el éxito, y nos frustramos cuando no lo alcanzamos; porque por enfocarnos tanto en el resultado, nos olvidamos de vivir intensamente el proceso, con sus luces y sombras, y sacar de ahí el máximo provecho posible. Esto sólo puedo lograrlo si me animo a compartir mis cargas con otros y a no ocultar mi debilidad, y si me enfoco en la sabiduría, que se trata básicamente de considerar a Dios, creerle lo que me dice. Si hacemos esto, empezamos a valorar el proceso por encima del resultado, la perspectiva cambia, y nos vamos volviendo conscientes del crecimiento que nos trae cualquier tormenta que atravesamos, si nos atrevemos a vivirla con intensidad. Y cuando descansamos, en los momentos de paz, reflexionamos sobre lo vivido, y nuestras fuerzas se ven renovadas, así como nuestra comprensión de las cosas. Posta.
La vida, en definitiva, se trata de los procesos, y sólo así podemos realmente vivir en paz. Por eso la sabiduría es una de las claves. Por eso, lo mejor que podemos hacer es refugiarnos en Dios, en su explicación de las cosas, en su manera de entender el mundo que él mismo creó. Y sólo así vamos a sacar el máximo provecho de una vida que a veces, si no, puede parecernos ilógica y sin mucho sentido. Por eso, el Salmo 46:1-3 dice: "Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes". Y la canción que mencioné dice, llegando al final, "come to me, find your rest in the arms of the God who won't let go", o sea, "vengan a mí, encuentren su descanso en los brazos del Dios que no los va a soltar".
"Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso" (Mateo 11:28). Amén.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hola a todos. La vez pasada propuse una serie de reflexiones relacionadas en el libro de Eclesiastés, aunque no están basadas en él, sino en mi propia experiencia de la primera mitad del año. Pero este libro de la biblia le da sorprendente forma, sentido y contenido a esa experiencia. Quiero aclarar que, precisamente por no estar basada de manera directa en el texto bíblico, la cantidad de partes de esta "serie" no se corresponde con la cantidad de capítulos, ni el número o el orden se corresponden necesariamente con los capítulos. Creo que un estudio exhaustivo del libro de Eclesiastés llevaría como mínimo veinte partes, por lo que preferí hacer algo como esto y, en todo caso, motivarlos a que lean el libro entero, con la advertencia de que por momentos es un balde de agua fría sobre el mundo tal como se nos presenta. Lo bueno es que siempre termina encontrando un sentido, y en esta reflexión quiero resaltar cómo lo hace, o en qué lo encuentra.
El pasaje que cité es bastante claro, pienso, pero quiero desarrollar un poco la idea. Nuestra vida está expuesta a toda clase de tormentas, momentos donde se nos pone difícil, donde tenemos que remar, caminar cuesta arriba, o cualquier otra metáfora que se les ocurra. Tendemos a pensarla como un transcurrir calmo interrumpido por momentos de cambios, o sobresaltos, en el que vamos alcanzando resultados y éxitos si logramos superar los obstáculos.
Pero la vida nos sorprende muchas veces con que incluso cuando hacemos las cosas bien, de la nada nos pasa algo que desestabiliza nuestra tranquilidad, nuestra comodidad, o hasta nuestro bienestar. Creo que este es el problema de lo que voy a llamar acá "mentalidad de premio". Según este punto de vista, la vida nos premia si somos buenos, o nos castiga si somos malos. Es muy arriesgada esta forma de pensar, porque la vida es simplemente vida. Creo que eso es lo que me gusta de Eclesiastés: es muy realista, y reduce las cosas a su componente más simple. Si le damos a la vida características que no tiene, es lógico que después no nos cierre, no le veamos sentido a las cosas, nos parezca que es "un correr tras el viento" permanente.
Además, condiciona la imagen que vamos a tener de Dios. Si nos paramos en la mentalidad de premio, vamos a pensar que Dios es injusto. "No puede ser, yo soy buena persona, ¿por qué me pasa esto?". Se podrían cuestionar varias cosas de un pensamiento como ese, pero me voy a enfocar en esto: "No puede ser". Es evidente que si algo pasa, es porque sí puede ser. Nuestra tendencia es a evadirnos de las cosas tal como son. Nos enfocamos más en cómo deberían ser que en aceptar que son como son. Esto es, pienso yo, la principal fuente de la mayoría de nuestras frustraciones y desilusiones. No son frustraciones sobre el futuro, sino sobre el presente.
Es lo que dice el pasaje que cité al principio: "Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era un absurdo" (2:11). Lo que está expresando es, básicamente, que se puso a pensar en lo que hacía y en cuánto le costaba hacerlo, y no le encontró ningún sentido. Habrá dicho, ¿para qué hago todo esto? ¿Qué provecho saco? ¿En qué me beneficia realmente, si al final mi vida no depende de cuánto haga o no haga?
Hay una canción que me gusta mucho, que refleja esta sensación de manera muy realista. Dice, "Hold it all together, everybody needs you strong. But life hits you out of nowhere and barely leaves you holding on". Traducida, sería más o menos así: "Sostené bien todo, los demás necesitan que seas fuerte. Pero la vida te golpea de la nada y te deja apenas en pie". Y esta idea está siempre dando vueltas: tenemos que ser fuertes, no podemos permitirnos estar mal, llorar, ser débiles, etc.
Pero si vivimos nuestra vida con una mente atenta, deberíamos poder ver que siempre hay algún problema, o alguna cuestión que no cierra, o algo. Nunca está todo completamente bien. Y no sé si les ha pasado, pero llega un momento en el que nos cansamos de remarla, de luchar, a veces para conseguir cosas que al final parecen no valer la pena, o a las que parece que nunca vamos a llegar. Eclesiastés identifica dos tipos de cosas: los afanes y las cargas.
Los afanes vendrían a ser esas cosas que hacemos en el día a día, las tareas cotidianas, la rutina. Pueden ser las obligaciones o el ocio, aquellas cosas en que ocupamos regularmente nuestro tiempo. Son esas cosas en las que Salomón se pregunta, en este libro, ¿tiene realmente un sentido esto que hago? Las cargas son esas cosas que llevamos en la mochila de nuestra vida, las experiencias que nos fueron marcando y moldeando, y que por momentos puede ponerse muy pesada. ¿Cómo se puede alivianar la carga?
La canción que mencioné sigue así: "And when you're tired of fighting, chained by your control, there's freedom in surrender; lay it down and let it go": "cuando estás cansado de luchar, preso por estar en control, hay libertad si te entregás; apoyalo y soltalo". En Mateo 11:28-30, Jesús nos propone algo parecido: "Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soyu apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma". Cuanto más aferramos nuestra mochila, más nos pesa. Creo que el paso de aceptar que hay muchas cosas que no controlamos es difícil de dar, pensamos que si hacemos eso nos estamos dando por vencidos.
Pero ¿qué pasa si "darnos por vencidos" es la clave para salir adelante? Si pensamos que estamos solos en esto, obviamente no vamos a querer darnos por vencidos. Pero no lo estamos: Jesús nos dice que él está a nuestro lado, y que está dispuesto a recibir nuestras mochilas. Nos invita a contarle a él lo que nos pasa, y a valernos de sus recomendaciones y sus puntos de vista, y nos promete que si lo hacemos, nuestras vidas van a ser más livianas.
Esto es la sabiduría de la que habla Salomón. Los preceptos de Dios, su punto de vista, la manera en la que Dios nos dice que el mundo es y funciona. Él es el creador, sabe mejor que nosotros cómo funciona. Si nosotros elegimos ignorarlo, no vamos a recibir el castigo de Dios, pero eventualmente vamos a descubrir que la vida es ilógica, es absurda, no tiene sentido. Porque vamos a estar tratando de entenderla por nuestros medios, con nuestro propio punto de vista, que no tiene suficiente información. Nosotros no conocemos ni vamos a poder conocer jamás cómo son las cosas. Sólo podemos vivir. Por eso parece un absurdo sin sentido cuando no escuchamos lo que Dios nos dice o nos explica. Pero si nos acercamos a él, si le prestamos atención, si le creemos, todo empieza lentamente a cobrar sentido.
Y ahí está la conclusión a la que llega Salomón: hay más provecho en la sabiduría. ¿Por qué? Porque para Salomón, la sabiduría está relacionada con conocer y prestarle atención a Dios. Y al analizar lo que Dios le dice, cómo funcionan las cosas según él, encuentra maneras de actuar y de entender su vida que le dan un nuevo sentido a todo. No se trata del resultado que alcance, de cuánto logre, de qué tan lejos llegue, sino de todo lo que puede ir descubriendo en el proceso, y de lo liviana que la vida puede volverse. Pero solamente es posible esto cuando nos refugiamos en Jesús.
¿Eso quiere decir que los problemas se acaban? Para nada. Es más, a veces nos trae nuevos problemas, al mismo tiempo que hay otros que sí se acaban. Pero empezamos a desarrollar hábitos que le dan más sentido y más contenido a la vida. Gálatas 6:2 nos enseña, "ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo". Mateo 5:2 nos avisa, "dichosos los que lloran, porque serán consolados". A veces nos da miedo contarle a otro nuestras preocupaciones más profundas, nuestros miedos, las cosas que no entendemos de la vida, porque pensamos que no nos van a entender, o porque pensamos que somos los únicos que nos planteamos esas cosas. A veces es así, pero sinceramente, hay muchas personas que viven la vida con profundidad y que están dispuestas a escuchar y comprender a otros.
En lo personal, la mayoría de los que conozco son además personas que se apoyan en Cristo. Pero esto no es necesariamente una regla, porque también conozco personas que simplemente tienen esa capacidad o facilidad. Sin embargo, es más fácil comprender a otros y escucharlos si tengo una relación sincera y profunda con Cristo porque yo mismo experimenté lo que se siente ser escuchado y comprendido, entonces es más fácil hacerlo con otros. De nuevo, esto no necesariamente es una regla.
Y lo mismo pasa con llorar. Llorar en soledad da miedo, porque puede generar sensaciones feas y que no nos llevan a nada bueno. Pero en combinación con apoyarnos en Jesús y en nuestras personas de confianza, animarse a desahogarnos puede tener un efecto realmente sanador. Es cuestión de animarse a ser débil. Al fin y al cabo, ¿por qué tenemos que parecer siempre fuertes? ¿Quién nos engañó de esa manera? ¿Cuándo empezamos a pensar que podíamos lograr todo por nosotros mismos? Salomón seguramente nos diría "eso también es un absurdo, es correr tras el viento". Si no nos animamos a mostrar que somos débiles, nunca vamos a poder ser fuertes de verdad, sino que solamente vamos a tener la apariencia de ser fuertes. Por dentro, vamos a estar rotos, asustados y confundidos.
Para terminar, insisto en esto: a veces creemos que el sentido de lo que hacemos está en el resultado que obtengamos. Sin embargo, lo único que depende de nosotros es el proceso. Por eso nos desgastamos tanto para alcanzar el éxito, y nos frustramos cuando no lo alcanzamos; porque por enfocarnos tanto en el resultado, nos olvidamos de vivir intensamente el proceso, con sus luces y sombras, y sacar de ahí el máximo provecho posible. Esto sólo puedo lograrlo si me animo a compartir mis cargas con otros y a no ocultar mi debilidad, y si me enfoco en la sabiduría, que se trata básicamente de considerar a Dios, creerle lo que me dice. Si hacemos esto, empezamos a valorar el proceso por encima del resultado, la perspectiva cambia, y nos vamos volviendo conscientes del crecimiento que nos trae cualquier tormenta que atravesamos, si nos atrevemos a vivirla con intensidad. Y cuando descansamos, en los momentos de paz, reflexionamos sobre lo vivido, y nuestras fuerzas se ven renovadas, así como nuestra comprensión de las cosas. Posta.
La vida, en definitiva, se trata de los procesos, y sólo así podemos realmente vivir en paz. Por eso la sabiduría es una de las claves. Por eso, lo mejor que podemos hacer es refugiarnos en Dios, en su explicación de las cosas, en su manera de entender el mundo que él mismo creó. Y sólo así vamos a sacar el máximo provecho de una vida que a veces, si no, puede parecernos ilógica y sin mucho sentido. Por eso, el Salmo 46:1-3 dice: "Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes". Y la canción que mencioné dice, llegando al final, "come to me, find your rest in the arms of the God who won't let go", o sea, "vengan a mí, encuentren su descanso en los brazos del Dios que no los va a soltar".
"Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso" (Mateo 11:28). Amén.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 5 de septiembre de 2014
Eclesiastés 1 - El síndrome del mundo caído
"Yo, el Maestro, reiné en Jerusalén sobre Israel. Y me dediqué de lleno a explorar e investigar con sabiduría todo cuanto se hace bajo el cielo. ¡Penosa tarea ha impuesto Dios al género humano para abrumarlo con ella! Y he observado todo cuanto se hace en esta vida, y todo ello es absurdo, ¡es correr tras el viento! Ni se puede enderezar lo torcido, ni se puede contar lo que falta" (Eclesiastés 1:12-15).
¡Hola a todos! Con este fuerte pasaje abro la reflexión después de tantos meses. Para ponerlos un poco al día a todos los que siguen el blog, estuve viviendo una primera mitad del año a todo trapo, no sólo en cuanto a actividades, sino en cuanto a experiencias de vida, atesorando aprendizaje, descubriéndome más a mí mismo y a la personas que me rodean, y conociendo un poco más el mundo, no en el sentido geográfico, sino, aunque suena bastante exagerado, en un sentido existencial. Comparto, de paso, que estoy muy agradecido con Dios por esta posibilidad de explorar la vida, a pesar de las dificultades, temores, inseguridades y riesgos que conlleva. Parado en el hoy, puedo afirmar sin titubeos que vale la pena.
Lo cierto es que quiero empezar a compartir un poco de todo lo que descubrí o viví en esta etapa. Probablemente haya varios cambios en formato, en ideas, en propuestas. O tal vez no, quién puede saberlo. Para entrar en tema, precisamente, quiero empezar compartiendo una serie de reflexiones relacionadas con el libro de Eclesiastés, el cual no había leído de antemano, o sea, antes de atravesar estos últimos varios meses, sino recién ahora, pero que sorprendentemente, o al revés, lógicamente, describe con impresionante precisión lo que la experiencia me enseñó previamente.
¡Hola a todos! Con este fuerte pasaje abro la reflexión después de tantos meses. Para ponerlos un poco al día a todos los que siguen el blog, estuve viviendo una primera mitad del año a todo trapo, no sólo en cuanto a actividades, sino en cuanto a experiencias de vida, atesorando aprendizaje, descubriéndome más a mí mismo y a la personas que me rodean, y conociendo un poco más el mundo, no en el sentido geográfico, sino, aunque suena bastante exagerado, en un sentido existencial. Comparto, de paso, que estoy muy agradecido con Dios por esta posibilidad de explorar la vida, a pesar de las dificultades, temores, inseguridades y riesgos que conlleva. Parado en el hoy, puedo afirmar sin titubeos que vale la pena.
Lo cierto es que quiero empezar a compartir un poco de todo lo que descubrí o viví en esta etapa. Probablemente haya varios cambios en formato, en ideas, en propuestas. O tal vez no, quién puede saberlo. Para entrar en tema, precisamente, quiero empezar compartiendo una serie de reflexiones relacionadas con el libro de Eclesiastés, el cual no había leído de antemano, o sea, antes de atravesar estos últimos varios meses, sino recién ahora, pero que sorprendentemente, o al revés, lógicamente, describe con impresionante precisión lo que la experiencia me enseñó previamente.
Titulé a esta primera reflexión "El síndrome del mundo caído". Hace tiempo que quiero compartir esta reflexión, a partir de una canción que escuché, que se llama "Blessings", que en un momento dice una frase que me marcó poderosamente: "The pain reminds this heart that this is not our home". Para los que no están familiarizados con el inglés, la traducción sería, más o menos, "el dolor le recuerda a nuestro corazón que éste no es nuestro hogar".
Precisamente, me parece que esto es a lo que hace referencia el pasaje que cité de Eclesiastés. Cuando caminamos por esta vida, creo que muchas veces nos parece un poco absurda. Cualquiera que sea honesto consigo mismo, y que se haya atrevido a soñar y a vivir con intensidad la vida, debería ser capaz de reconocer esa sensación. Queremos volar alto, dejar una huella en el mundo, hacer algo nuevo, que nadie hizo, sentir que nuestra vida impacta. Pero nos chocamos una y otra vez con esta sensación de que "no hay nada nuevo bajo el sol" (Eclesiastés 1:9). Nadie inventa nada, todo ya fue hecho y nadie parecería ser imprescindible.
Es interesante. Vivimos nuestras vidas envueltos en rutina, persiguiendo sueños pero repitiendo siempre los mismos errores, luchando con esas cosas que sentimos que no podemos cambiar, nuestras y externas. Buscamos un sentido a la vida, un hilo conductor, un propósito trascendente, y muchas veces se nos hace extremadamente difícil encontrarlo. En verdad, se nos dice que efectivamente hay un sentido, y podemos incluso creerlo con toda honestidad, pero sin embargo, muchas veces parecería como que la vida nos cuenta otra cosa. Por sí mismo, es como si todo lo que se hiciera efectivamente fuese absurdo, infructífero e insignificante. Y nos preguntamos, ¿para qué me esfuerzo para lograr esto? ¿Para qué me rijo por esta búsqueda? ¿Para qué me aferro a estos proyectos y planes tan altos?
Las respuestas a estos interrogantes podrían ser tan infinitos como infinitas personas hay, hubo y habrá en el mundo. La historia humana pareciera tratarse de esto. Es como un círculo repetitivo, un "loop", del que daría la impresión de que no se puede salir. Cada vez que nos frustramos porque las cosas no salen como creemos que deberían salir, la vida nos recuerda que todo es "correr tras el viento" (1:14). Creemos que si somos buenos merecemos una mejor vida o nos va a ir mejor, y sin embargo la vida viene como viene, las tormentas arrasan por igual a buenos y no tan buenos. Se nos reparten ciertas cartas, y parece como que en última instancia, de eso se tratase todo: de hacer lo mejor que nos salga con esas cartas que se nos repartieron, o abandonarnos a la suerte.
Y tal vez haya un poco de eso. Pero ese es el punto. "No hay nada nuevo bajo el sol". El dolor y la angustia, la sensación de querer y esperar algo más de la vida, nos recuerdan que no pertenecemos a "bajo el sol", sino a "por encima del sol". "Éste no es nuestro hogar", dice la canción. De donde venimos, las cosas sí tenían un sentido, y salían bien. Nuestra comprensión de la vida era mayor. Nosotros venimos de Dios, y por eso tenemos esas sensaciones de que la vida debería ser más que estos absurdos, que estas corridas tras el viento, sin significado. Acá, bajo el sol, vivimos en aflicción, en agotamiento, en confusión, en frustración y en desánimo, pero allá vivíamos en plenitud. ¿Por qué?
Bueno, creo que en este punto, Dios nos da una respuesta admirable: "el que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!»" (Apocalipsis 21:5). Por encima del sol, todo es siempre nuevo. No sólo eso, la biblia nos dice que "si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!" (2 Corintios 5:17), y que Dios "da vida a los muertos" y "llama las cosas que no son como si ya existieran" (Romanos 4:17). En contraste con lo que vengo diciendo, y con lo que plantea el rey Salomón en Eclesiastés, creo que estas declaraciones sobre Dios son muy fuertes y profundas. ¡Se puede salir del círculo repetitivo, del "loop"!
Es por eso que Dios nos dice que somos libres, porque si nos atrevemos a acercarnos a él, nos pone por encima de la historia. Es posible vivir otra vez por encima del sol, aunque estemos, en realidad, habitando debajo de él. Ésta es una sensación rara. Claro, saber cómo son las cosas nos hace más vulnerables a la evidencia de que vivimos en un mundo que no es como debería ser; en un mundo quebrado, en un mundo caído. Pero mientras tanto, Dios da vida a los muertos, descanso a los cansados, entendimiento a los confundidos, poder y esperanza a los frustrados y consuelo a los desanimados.
En definitiva, la clave de toda la vida, para disfrutarla al máximo en toda su complejidad, con sus luces y sombras, con lo blanco, lo negro y lo gris, es una buena, fluida, libre y creativa relación con Dios. No se trata de seguir una serie de reglas que este Dios nos impone o nos propone, o un código de vida saludable. Esto ocurre como consecuencia, de manera progresiva, muchas veces sin que activamente nos lo propongamos. Pero se trata de explorar, como si fuésemos niños aprendiendo a caminar, este mundo y esta vida de la mano de Jesús. Descubrir al Dios vivo y real que nos acompaña perceptiblemente, que nos sostiene, que no nos condena ni nos juzga, sino que nos comprende, y que nos sostiene cuando todo se vuelve borroso y confuso, es el primer paso para vencer el síndrome del mundo caído.
"El que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!»" (Apocalipsis 21:5). Amén.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 10 de abril de 2014
La frustración de la creación y lo que Dios está haciendo al respecto
Hola a todos. La vez pasada mencioné varios temas de los que voy a estar hablando en las próximas publicaciones. Me pareció apropiado, habiendo terminado las reflexiones sobre la creación, pensar en lo que pasó después con ella. Después voy a retomar desde donde habíamos quedado para empezar con la serie de reflexiones sobre el séptimo día.
Quiero hacer énfasis en que no soy teólogo, sino solamente una persona que vive en relación personal con Dios, y reflexiona al respecto, sobre la base de las experiencias que va viviendo. Por supuesto, tengo en mi cabeza un "equipaje teológico" que fui obteniendo a lo largo de los últimos años, pero las conclusiones que saco en estas reflexiones personales tienen más que ver con mi propia experiencia. Lo digo porque a veces me falta conocimiento sobre el contexto, y eso puede derivar en conclusiones muy parciales o poco acertadas. Sin embargo, como es Dios mismo el que se va dando a conocer a nosotros, cuando tenemos una actitud sincera y una relación viva con él, es difícil escribir algo que no se corresponda con cómo es Dios en realidad. En fin, sólo la aclaración.
Y eso me lleva a otra cuestión: en mi opinión, los primeros capítulos del Génesis tienen un alto contenido simbólico, y por eso pienso que lo más importante es ver qué mensaje se nos quiso transmitir a través de esos símbolos. No olvidemos que toda la Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento, fue escrito para conducirnos a Jesús. Por lo tanto, él es el centro de la biblia. Aunque muchas veces nos de datos muy precisos, y a pesar de que todo lo que se dice es cierto, siempre va a haber información que falta, porque fue inspirada por el Espíritu con el único propósito de explicar y comprender la obra de Cristo.
Digo esto para romper un poco con el mito de que la explicación bíblica de la creación se contradice con la explicación de la ciencia. Puede que sí y puede que no, o puede que en algunas cosas sí y en otras no, pero fundamentalmente, deberían pensarse como complementarias. La ciencia, es decir, el conocimiento humano, aporta a la comprensión de las cosas adicionales, de todo aquello que tiene que ver con el mundo material. La biblia sirve para conocer, ante todo, los procesos y fenómenos espirituales.
Texto: Génesis 3
Dios creó el universo teniendo en mente un orden determinado, del que fuimos hablando en las reflexiones pasadas. Lo que caracterizaba a la creación original era el equilibrio. Si pensamos en el ser humano, habíamos dicho en algún momento que era al mismo tiempo material y espiritual, y tenía conciencia de ambas cosas en igual proporción. Además, tenía una conciencia natural de su propósito, y obedecía a Dios de forma espontánea.
No sé qué les pasa a ustedes, pero yo, cuando miro al mundo que me rodea, lo que menos veo es equilibrio. No hace falta que describa a qué me refiero, supongo. Pero sólo por nombrar algunas cosas: personas maltratando a las personas, los más fuertes dominando a los más débiles, el ser humano desarrollando su cultura a expensas de su hábitat, cambios climáticos cada vez más abruptos, y la lista podría seguir.
La pregunta que uno se puede hacer es, ¿qué pasó en el medio? Bueno, creo que hay muchas respuestas a esa pregunta, todas ellas correctas. Quiero resaltar algunos puntos. Primero que nada, Dios le había dado al ser humano un sólo mandato, una sola regla para el código de convivencia: que no comiera del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Esto es problemático. Es decir, ¿qué representa este fruto? Personalmente, pienso que tiene que ver con lo que el apóstol Pablo dice acerca de la ley: "si no fuera por la ley, no me habría dado cuenta de lo que es el pecado" (Romanos 7:7), y "el pecado se aprovechó del mandamiento, me engañó, y por medio de él me mató" (Romanos 7:11).
Entonces, tal vez lo que Dios está haciendo al poner fuera del alcance del ser humano el conocimiento del bien y del mal, es protegerlos de sí mismos. Ahora, pensémoslo por un momento. El conocimiento del bien y del mal es atractivo, incluso parece bueno. Quiero decir, ¿quién no querría saber qué es bueno y qué es malo, y así poder vivir tranquilos y bien, como corresponde? Pero en realidad, es un truco. Saber lo que está mal me puede llevar a hacerlo, o a sentir remordimientos que me lleven cada vez a peores decisiones.
Para mí, de eso se trata la estrategia de la serpiente. En algún momento hablé sobre eso, cuando publiqué las reflexiones sobre la lucha espiritual. Lo que ella hace (o lo que él hace, si partimos de la base de que la serpiente representa al diablo), es convencer al ser humano de desobedecer y de tratar de ponerse a la altura de Dios. La humanidad desobedece el único mandamiento que había recibido. Es ahí donde empieza todo.
El ser humano era la corona de la creación, el encargado. Era, por así decirlo, el gobernador de la tierra, siendo Dios el presidente del universo. Pero a partir de su desobediencia, se produce una ruptura profunda, y una rebelión, a veces sutil, a veces abierta. La humanidad, a partir de entonces, va a ir dividiéndose en dos: los partidarios de Dios y los separatistas, por así decirlo. Si lo pensamos en profundidad, esta representación, esta metáfora, tiene muchísimo sentido. Unas nuevas leyes empiezan a regir en esta provincia rebelde, que queda ahora separada del resto del país. Queda fuera del país de Dios, como un estado independiente, o, hablando en términos bíblicos, queda fuera del reino de Dios. Lo llamativo es que, si pensamos en el ser humano de hoy, tenemos la tendencia a querer ser como Dios: estar al control de todas las cosas, saberlo todo, e incluso crear seres humanos, animales, y otras cosas.
Es interesante lo que pasa a continuación. Ninguno de los dos, ni Adán ni Eva, se hacen responsables por la decisión que tomaron. Adán culpa a Eva, y ella culpa a la serpiente. Por supuesto, la serpiente es la que empezó todo, y sin embargo, Eva habría podido decir que no, y lo mismo Adán. Pero ese es otro de los grandes signos de la caída que podemos ver en el ser humano de hoy: nadie se hace cargo de nada. Siempre la culpa la tiene otro.
Pero Dios juzga sobre la base de la verdad. Él sabe lo que pasó, y le paga a cada uno según su grado de responsabilidad. Por eso, condena primero a la serpiente, después a la mujer, y después al hombre. Ahora, hay que tener en claro una cosa, porque el ser humano, tratando de gobernarse así mismo, usa a Dios para sus propios fines. Personalmente pienso que esto enfurece a Dios. Pero a lo que voy es a esto: cuando condena a cada uno, no está estableciendo reglas, sino advirtiendo las consecuencias de lo que acaban de hacer.
La serpiente, es decir, el diablo, es condenada a arrastrarse por el suelo, es decir, expulsada definitivamente de la presencia de Dios, y para siempre. No olvidemos que Satanás solía ser un ángel de Dios. El Señor le anuncia ya su final, algo que los biblistas consideran una versión temprana del evangelio, la buena noticia.
La mujer se convertiría en lo que pasó a llamarse el "sexo débil". No lo fue desde el principio. La dominación del hombre sobre la mujer fue una consecuencia de la caída. Es una construcción social, lo cual no quiere decir que no tenga un sustento en la nueva realidad que se produjo a partir de ese momento.
El hombre se transformaría en el que realizaría las tareas más pesadas en la división del trabajo, para perjuicio propio, en definitiva. Claro, en la repartición, por este mismo motivo, empezaría a considerarse a sí mismo como superior a la mujer, otra construcción social, sin duda.
Y la consecuencia más terrible, tal vez, es esta: el ser humano es separado del árbol de la vida, es decir, se le niega la vida. Muere. Ahora conoce lo bueno y lo malo, sí, pero está sujeto a la muerte, por lo tanto, no le sirve de mucho. De hecho, al conocer lo malo, puede ser juzgado al hacerlo. A partir de ahí, el ser humano ya no va a poder participar del Edén, es decir, no va a poder encontrar gozo y plenitud en su vida. El propósito original de la humanidad se pierde. De hecho, se pervierte la creación entera. El Nuevo Testamento lo establece claramente: "la creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración", y "la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Romanos 8:19-21).
Entonces, el ser humano desobedece a Dios (lo que se conoce comúnmente como "pecado original"), se independiza, no se hace responsable, y se rompe el equilibrio entre el hombre, la mujer y el mundo que los rodea. Esto es la muerte. Todo se muere. La creación entera se quiebra, se pierde. Dicho así, suena extremadamente trágico. Éste no es el evangelio, claramente. Evangelio quiere decir "buenas noticias". Ésta fue la mala noticia.
La buena noticia, es que Dios tenía un plan para revertir esto, para restaurar la creación entera a su propósito original. Estas cosas, aunque nos cueste entenderlo o aceptarlo, tenían que pasar, era necesario. ¿Por qué? No lo sé. Pero no es algo que haya pasado sin que él lo esperara. Se lo veía venir, pero si el ser humano pudo desobedecerlo, es porque no estaba del todo convencido de la autoridad de Dios. Tal vez fue por eso que el Señor dejó que esto pasara, para que comenzara el largo período de aprendizaje del ser humano, la escuela que conocemos como "historia humana", en la que la humanidad aprende a obedecer a Dios.
Entonces, Dios no tenía un plan B, sino que esto formaba parte del plan A, el plan original. Una instancia que Dios habría preferido no tener que transitar, pero que evidentemente era necesaria. No sólo eso, era la mejor alternativa, porque Dios nunca se queda con opciones intermedias, siempre piensa en lo que es mejor desde el punto de vista objetivo. Él creo el mundo, así que el punto de vista objetivo es, sin duda, el suyo. Es el único que sabe cómo funcionan realmente las cosas, en todos los tiempos, pasado, presente y futuro, a la vez.
Pero, ¿cuál es ese plan? Bueno, está anticipado en el evangelio en miniatura que aparece en Génesis 3:15, "pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente [el pecado y la muerte] y la de ella [Cristo]; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le morderás el talón". También se empieza a entrever más adelante: "Desde entonces se comenzó a invocar el nombre del Señor" (Génesis 4:26). Al darse cuenta de lo que es la vida humana sin la obediencia a Dios, el ser humano empieza a ponerse voluntariamente bajo el paraguas de su soberanía.
Esto ocurre porque al cortarse la conexión con Dios, se interrumpe la alimentación de todo aquello que hacía al ser humano, que está relacionado con la esencia de Dios mismo. Fuimos creados, en definitiva, a su imagen y semejanza. Fuera de él, no somos ni siquiera humanos. Otra cosa que podemos ver en el mundo de hoy: somos cada vez menos humanitarios, menos humanos. El deseo de estar con Dios y vivir en armonía con él cumple la función de recalibrar nuestra frecuencia, nos reconecta. Y de esa manera, nos devuelve a la vida.
Y esto es posible por medio de lo que Jesús hizo, o, antes de Cristo, de lo que Jesús iba a hacer. Y esto es muy interesante. La restauración, la reconexión, la salvación, siempre vinieron por medio de la fe. Antes, la fe miraba hacia adelante, hacia el mesías que iba a venir, y hacia lo que él iba a hacer. Ahora, nuestra fe mira hacia atrás, a lo que él hizo, aunque también, obviamente, a las implicancias que eso tiene para nuestro futuro. Pero siempre fue por medio de la fe. Y la fe no es creer que Dios existe. La biblia da por sobreentendido el hecho de que Dios exista. La fe se trata de creer que Dios es soberano, y que la obediencia a él es lo único que nos puede hacer humanos plenos de nuevo. La fe es, en definitiva, creer que lo que Dios nos dice es cierto, y querer relacionarnos con él. Confiar en él. Eso es la fe.
Termino con este pasaje, para comprender en mayor profundidad lo que Dios hizo, está haciendo y va a hacer respecto de la frustración de la creación: "él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra" (Efesios 1:9-10).
Destaco esto: el buen propósito de Dios, establecido de antemano, en Cristo, es reunir, o sea, volver a unir, con él, todas las cosas. La palabra "religión" refiere al conjunto de cosas que el hombre tiene que hacer para volver a ligarse (religarse) con Dios. Lo que no nos damos cuenta es que no existe tal cosa, porque Dios ya hizo todo lo que había por hacer al respecto cuando envió a Cristo. Él es nuestra religión, ya no hay nada más que podamos hacer más que unirnos a él, en una relación personal. Ser buenas personas no nos devuelve a la vida. No nos restaura al propósito original. Dios no nos pide ser buenas personas. Él mismo se encarga de ir transformándonos, pero sólo si primero nos religamos a él por medio de una relación personal con Cristo. Esa es la buena noticia: la salvación es gratis. Es un regalo que viene por una relación afectiva con Dios.
Que el Dios de la creación y de la restauración despierte en nosotros el creciente deseo de obedecerlo por iniciativa propia, para que podamos disfrutar de toda la plenitud de la vida que Dios pensó para cada uno de nosotros. Amén.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Quiero hacer énfasis en que no soy teólogo, sino solamente una persona que vive en relación personal con Dios, y reflexiona al respecto, sobre la base de las experiencias que va viviendo. Por supuesto, tengo en mi cabeza un "equipaje teológico" que fui obteniendo a lo largo de los últimos años, pero las conclusiones que saco en estas reflexiones personales tienen más que ver con mi propia experiencia. Lo digo porque a veces me falta conocimiento sobre el contexto, y eso puede derivar en conclusiones muy parciales o poco acertadas. Sin embargo, como es Dios mismo el que se va dando a conocer a nosotros, cuando tenemos una actitud sincera y una relación viva con él, es difícil escribir algo que no se corresponda con cómo es Dios en realidad. En fin, sólo la aclaración.
Y eso me lleva a otra cuestión: en mi opinión, los primeros capítulos del Génesis tienen un alto contenido simbólico, y por eso pienso que lo más importante es ver qué mensaje se nos quiso transmitir a través de esos símbolos. No olvidemos que toda la Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento, fue escrito para conducirnos a Jesús. Por lo tanto, él es el centro de la biblia. Aunque muchas veces nos de datos muy precisos, y a pesar de que todo lo que se dice es cierto, siempre va a haber información que falta, porque fue inspirada por el Espíritu con el único propósito de explicar y comprender la obra de Cristo.
Digo esto para romper un poco con el mito de que la explicación bíblica de la creación se contradice con la explicación de la ciencia. Puede que sí y puede que no, o puede que en algunas cosas sí y en otras no, pero fundamentalmente, deberían pensarse como complementarias. La ciencia, es decir, el conocimiento humano, aporta a la comprensión de las cosas adicionales, de todo aquello que tiene que ver con el mundo material. La biblia sirve para conocer, ante todo, los procesos y fenómenos espirituales.
Texto: Génesis 3
Dios creó el universo teniendo en mente un orden determinado, del que fuimos hablando en las reflexiones pasadas. Lo que caracterizaba a la creación original era el equilibrio. Si pensamos en el ser humano, habíamos dicho en algún momento que era al mismo tiempo material y espiritual, y tenía conciencia de ambas cosas en igual proporción. Además, tenía una conciencia natural de su propósito, y obedecía a Dios de forma espontánea.
No sé qué les pasa a ustedes, pero yo, cuando miro al mundo que me rodea, lo que menos veo es equilibrio. No hace falta que describa a qué me refiero, supongo. Pero sólo por nombrar algunas cosas: personas maltratando a las personas, los más fuertes dominando a los más débiles, el ser humano desarrollando su cultura a expensas de su hábitat, cambios climáticos cada vez más abruptos, y la lista podría seguir.
La pregunta que uno se puede hacer es, ¿qué pasó en el medio? Bueno, creo que hay muchas respuestas a esa pregunta, todas ellas correctas. Quiero resaltar algunos puntos. Primero que nada, Dios le había dado al ser humano un sólo mandato, una sola regla para el código de convivencia: que no comiera del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Esto es problemático. Es decir, ¿qué representa este fruto? Personalmente, pienso que tiene que ver con lo que el apóstol Pablo dice acerca de la ley: "si no fuera por la ley, no me habría dado cuenta de lo que es el pecado" (Romanos 7:7), y "el pecado se aprovechó del mandamiento, me engañó, y por medio de él me mató" (Romanos 7:11).
Entonces, tal vez lo que Dios está haciendo al poner fuera del alcance del ser humano el conocimiento del bien y del mal, es protegerlos de sí mismos. Ahora, pensémoslo por un momento. El conocimiento del bien y del mal es atractivo, incluso parece bueno. Quiero decir, ¿quién no querría saber qué es bueno y qué es malo, y así poder vivir tranquilos y bien, como corresponde? Pero en realidad, es un truco. Saber lo que está mal me puede llevar a hacerlo, o a sentir remordimientos que me lleven cada vez a peores decisiones.
Para mí, de eso se trata la estrategia de la serpiente. En algún momento hablé sobre eso, cuando publiqué las reflexiones sobre la lucha espiritual. Lo que ella hace (o lo que él hace, si partimos de la base de que la serpiente representa al diablo), es convencer al ser humano de desobedecer y de tratar de ponerse a la altura de Dios. La humanidad desobedece el único mandamiento que había recibido. Es ahí donde empieza todo.
El ser humano era la corona de la creación, el encargado. Era, por así decirlo, el gobernador de la tierra, siendo Dios el presidente del universo. Pero a partir de su desobediencia, se produce una ruptura profunda, y una rebelión, a veces sutil, a veces abierta. La humanidad, a partir de entonces, va a ir dividiéndose en dos: los partidarios de Dios y los separatistas, por así decirlo. Si lo pensamos en profundidad, esta representación, esta metáfora, tiene muchísimo sentido. Unas nuevas leyes empiezan a regir en esta provincia rebelde, que queda ahora separada del resto del país. Queda fuera del país de Dios, como un estado independiente, o, hablando en términos bíblicos, queda fuera del reino de Dios. Lo llamativo es que, si pensamos en el ser humano de hoy, tenemos la tendencia a querer ser como Dios: estar al control de todas las cosas, saberlo todo, e incluso crear seres humanos, animales, y otras cosas.
Es interesante lo que pasa a continuación. Ninguno de los dos, ni Adán ni Eva, se hacen responsables por la decisión que tomaron. Adán culpa a Eva, y ella culpa a la serpiente. Por supuesto, la serpiente es la que empezó todo, y sin embargo, Eva habría podido decir que no, y lo mismo Adán. Pero ese es otro de los grandes signos de la caída que podemos ver en el ser humano de hoy: nadie se hace cargo de nada. Siempre la culpa la tiene otro.
Pero Dios juzga sobre la base de la verdad. Él sabe lo que pasó, y le paga a cada uno según su grado de responsabilidad. Por eso, condena primero a la serpiente, después a la mujer, y después al hombre. Ahora, hay que tener en claro una cosa, porque el ser humano, tratando de gobernarse así mismo, usa a Dios para sus propios fines. Personalmente pienso que esto enfurece a Dios. Pero a lo que voy es a esto: cuando condena a cada uno, no está estableciendo reglas, sino advirtiendo las consecuencias de lo que acaban de hacer.
La serpiente, es decir, el diablo, es condenada a arrastrarse por el suelo, es decir, expulsada definitivamente de la presencia de Dios, y para siempre. No olvidemos que Satanás solía ser un ángel de Dios. El Señor le anuncia ya su final, algo que los biblistas consideran una versión temprana del evangelio, la buena noticia.
La mujer se convertiría en lo que pasó a llamarse el "sexo débil". No lo fue desde el principio. La dominación del hombre sobre la mujer fue una consecuencia de la caída. Es una construcción social, lo cual no quiere decir que no tenga un sustento en la nueva realidad que se produjo a partir de ese momento.
El hombre se transformaría en el que realizaría las tareas más pesadas en la división del trabajo, para perjuicio propio, en definitiva. Claro, en la repartición, por este mismo motivo, empezaría a considerarse a sí mismo como superior a la mujer, otra construcción social, sin duda.
Y la consecuencia más terrible, tal vez, es esta: el ser humano es separado del árbol de la vida, es decir, se le niega la vida. Muere. Ahora conoce lo bueno y lo malo, sí, pero está sujeto a la muerte, por lo tanto, no le sirve de mucho. De hecho, al conocer lo malo, puede ser juzgado al hacerlo. A partir de ahí, el ser humano ya no va a poder participar del Edén, es decir, no va a poder encontrar gozo y plenitud en su vida. El propósito original de la humanidad se pierde. De hecho, se pervierte la creación entera. El Nuevo Testamento lo establece claramente: "la creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración", y "la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Romanos 8:19-21).
Entonces, el ser humano desobedece a Dios (lo que se conoce comúnmente como "pecado original"), se independiza, no se hace responsable, y se rompe el equilibrio entre el hombre, la mujer y el mundo que los rodea. Esto es la muerte. Todo se muere. La creación entera se quiebra, se pierde. Dicho así, suena extremadamente trágico. Éste no es el evangelio, claramente. Evangelio quiere decir "buenas noticias". Ésta fue la mala noticia.
La buena noticia, es que Dios tenía un plan para revertir esto, para restaurar la creación entera a su propósito original. Estas cosas, aunque nos cueste entenderlo o aceptarlo, tenían que pasar, era necesario. ¿Por qué? No lo sé. Pero no es algo que haya pasado sin que él lo esperara. Se lo veía venir, pero si el ser humano pudo desobedecerlo, es porque no estaba del todo convencido de la autoridad de Dios. Tal vez fue por eso que el Señor dejó que esto pasara, para que comenzara el largo período de aprendizaje del ser humano, la escuela que conocemos como "historia humana", en la que la humanidad aprende a obedecer a Dios.
Entonces, Dios no tenía un plan B, sino que esto formaba parte del plan A, el plan original. Una instancia que Dios habría preferido no tener que transitar, pero que evidentemente era necesaria. No sólo eso, era la mejor alternativa, porque Dios nunca se queda con opciones intermedias, siempre piensa en lo que es mejor desde el punto de vista objetivo. Él creo el mundo, así que el punto de vista objetivo es, sin duda, el suyo. Es el único que sabe cómo funcionan realmente las cosas, en todos los tiempos, pasado, presente y futuro, a la vez.
Pero, ¿cuál es ese plan? Bueno, está anticipado en el evangelio en miniatura que aparece en Génesis 3:15, "pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente [el pecado y la muerte] y la de ella [Cristo]; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le morderás el talón". También se empieza a entrever más adelante: "Desde entonces se comenzó a invocar el nombre del Señor" (Génesis 4:26). Al darse cuenta de lo que es la vida humana sin la obediencia a Dios, el ser humano empieza a ponerse voluntariamente bajo el paraguas de su soberanía.
Esto ocurre porque al cortarse la conexión con Dios, se interrumpe la alimentación de todo aquello que hacía al ser humano, que está relacionado con la esencia de Dios mismo. Fuimos creados, en definitiva, a su imagen y semejanza. Fuera de él, no somos ni siquiera humanos. Otra cosa que podemos ver en el mundo de hoy: somos cada vez menos humanitarios, menos humanos. El deseo de estar con Dios y vivir en armonía con él cumple la función de recalibrar nuestra frecuencia, nos reconecta. Y de esa manera, nos devuelve a la vida.
Y esto es posible por medio de lo que Jesús hizo, o, antes de Cristo, de lo que Jesús iba a hacer. Y esto es muy interesante. La restauración, la reconexión, la salvación, siempre vinieron por medio de la fe. Antes, la fe miraba hacia adelante, hacia el mesías que iba a venir, y hacia lo que él iba a hacer. Ahora, nuestra fe mira hacia atrás, a lo que él hizo, aunque también, obviamente, a las implicancias que eso tiene para nuestro futuro. Pero siempre fue por medio de la fe. Y la fe no es creer que Dios existe. La biblia da por sobreentendido el hecho de que Dios exista. La fe se trata de creer que Dios es soberano, y que la obediencia a él es lo único que nos puede hacer humanos plenos de nuevo. La fe es, en definitiva, creer que lo que Dios nos dice es cierto, y querer relacionarnos con él. Confiar en él. Eso es la fe.
Termino con este pasaje, para comprender en mayor profundidad lo que Dios hizo, está haciendo y va a hacer respecto de la frustración de la creación: "él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra" (Efesios 1:9-10).
Destaco esto: el buen propósito de Dios, establecido de antemano, en Cristo, es reunir, o sea, volver a unir, con él, todas las cosas. La palabra "religión" refiere al conjunto de cosas que el hombre tiene que hacer para volver a ligarse (religarse) con Dios. Lo que no nos damos cuenta es que no existe tal cosa, porque Dios ya hizo todo lo que había por hacer al respecto cuando envió a Cristo. Él es nuestra religión, ya no hay nada más que podamos hacer más que unirnos a él, en una relación personal. Ser buenas personas no nos devuelve a la vida. No nos restaura al propósito original. Dios no nos pide ser buenas personas. Él mismo se encarga de ir transformándonos, pero sólo si primero nos religamos a él por medio de una relación personal con Cristo. Esa es la buena noticia: la salvación es gratis. Es un regalo que viene por una relación afectiva con Dios.
Que el Dios de la creación y de la restauración despierte en nosotros el creciente deseo de obedecerlo por iniciativa propia, para que podamos disfrutar de toda la plenitud de la vida que Dios pensó para cada uno de nosotros. Amén.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 1 de abril de 2014
La creación - Día 7: el proceso terminado
Hola a todos. Dentro de poco voy a empezar a publicar una serie de reflexiones basadas en el libro de Isaías, todas ellas vinculadas a la idea del sábado, y pensé que era una buena idea conectarlo con el último día bíblico de la creación. Creo que para eso es importante que recopilemos un poco las reflexiones sobre el proceso en el que Dios hizo todo lo que existe. Hay un pasaje que me encanta, y por eso lo tomé en esta publicación, que tiene que ver con la obra de Jesús en relación con la creación. La idea es pensar, ahora, qué nos enseña el séptimo día.
En la introducción planteé la importancia de conocer y reflexionar en profundidad en el relato bíblico sobre la creación del mundo. Creo que hay gran confusión en el supuesto enfrentamiento entre ciencia y fe, como si fueran cosas opuestas. En algún momento voy a hablar de eso, pero en esa publicación dije que me parecía importante integrar lo que conocemos humanamente, a través de la ciencia, con la visión que la biblia nos ofrece, la cual creemos por fe, no porque no tenemos motivos, sino porque hemos llegado a descubrir que la biblia dice cosas totalmente ciertas. La fe no es ciega, se apoya en la evidencia vital de cada creyente. De ahí la importancia de relacionarnos con Dios de manera personal para poder conocer bien la Escritura. Es otro tema del que pronto voy a hablar.
También dije en la introducción que había descubierto muchas cosas que el relato del Génesis tenía para enseñarnos sobre nosotros mismos, sobre nuestra relación con Dios y sobre las cosas que él va haciendo en nuestra vida.
Día 1: la luz - Lo primero que Dios hizo fue encender la luz en medio de la oscuridad. Eso mismo hace en nuestras vidas. Ni bien lo recibimos en nuestro interior, enciende su luz, y nos hace empezar a ver qué cosas nos alejan de él, de sus bendiciones, de sus propósitos. Nos hace ver, en definitiva, qué cosas son perjudiciales para nuestras vidas y las de otros.
Día 2: el firmamento - Dios crea el cielo, al cual conocemos también como "firmamento". El cielo, a pesar de que parece algo volátil, es un elemento firme, que siempre está ahí, prácticamente inmutable. A través de él, Dios nos invita a pensar que primero que nada, está el cielo. Recién después está la tierra. Lo más importante son las cosas espirituales, y las materiales responden a las espirituales. Decía que era fundamental vivir con los pies en la tierra, pero siempre mirando al cielo primero, para tener un ancla en aquello que no cambia según las circunstancias. Sólo así alcanzamos la libertad con la que podemos identificar, justamente, al cielo, al aire.
Día 3: la tierra y la vegetación - Después, Dios crea la base firme sobre la que la vida puede desarrollarse. Sin esa base firme, no es posible. No podemos quedarnos sólo con el cielo, sino que tenemos que bajar eso a la tierra, a acciones prácticas y concretas. Esas prácticas son como semillas que sembramos, y que dan fruto. Cada decisión que tomamos se va ramificando, y disparando en otros decisiones propias que también se ramifican. Por eso, es importante prestar atención a qué semilla sembramos. Dios mismo, al hacernos, crea personas diferentes, a propósito, cada una con distintas características, para que cada uno siembre lo que tiene dentro. Dios no fabrica en cadena, sino artesanalmente.
Día 4: los astros - A veces nos quedamos con la idea de que el sol, la luna, las estrellas, los planetas, tienen una función solamente material: alumbrar, albergar vida, etc. Sin embargo, Dios nos dice que los creó por un motivo más importante: recordarnos que este mundo no es todo lo que hay, y que por encima nuestro, además, hay alguien que está en autoridad. Esta autoridad tiene que ver con que él mismo nos creo, y hasta nos puso en una posición de privilegio y de responsabilidad. Además, lo hizo para recordarnos que por encima de los tiempos y los cambios humanos, está él, eterno e invariable, siempre el mismo Dios. Él es soberano, tiene todo bajo control. Nada se le escapa. De la misma manera, se ofrece para conducirnos a nosotros, para ser quién guíe nuestras decisiones, y así encontrar los mejores caminos y destinos. Si lo permitimos, nosotros mismos nos convertimos en astros brillantes que ayudan a otros a encontrar esos caminos.
Día 5: los seres vivientes del agua y el cielo - Las primeras formas de vida que Dios crea aparecen en el agua y en el cielo. Compartí la idea de que Dios crea vida en donde no la hay, y que esa vida brota y se expande por todos lados. Se nos transmite la idea de mares rebosantes de vida, porque en definitiva, Dios nos da vida en abundancia. Y además, nos recuerda qué prioridades nos conviene tener: el cielo antes que la tierra. No es que la vida cotidiana no sea importante para Dios, sino todo lo contrario: es tan importante, que Dios quiere que bajemos el cielo a la tierra, para lo cual necesitamos dedicar nuestras mayores fuerzas a conocer y comprender ese "cielo", es decir, las cosas espirituales, las cosas de Dios. Si bebemos de la fuente que Dios nos provee, rebosamos de vida.
Día 6: los seres vivientes de la tierra - La ciencia nos enseña que los animales acuáticos, eventualmente, salieron del agua. La biblia nos recuerda que fue Dios el que hizo aparecer la vida en la tierra, lo cual nos recuerda que en todo el desarrollo de la existencia, la mano del Señor está permanentemente conduciendo los procesos, aunque no podamos darnos cuenta. Esto nos genera dudas y preguntas, y está bien que así sea. Algunas vamos a poder responderlas, otras tal vez no. Dije en esa publicación que me llamaba la atención las similitudes que Dios establece entre animales y seres humanos. Los dos son creados a partir de la tierra misma, para que no nos olvidemos, en definitiva, de que, aún si somos especiales para Dios, no somos tan diferentes del resto de la creación. Somos parte de ella, y si somos especiales es solamente por las condiciones en las que Dios nos creó, porque fuimos hechos a imagen y semejanza suya. Pero en definitiva, nos hizo pertenecer al llamarlo "reino animal" junto con otras especies, para que aprendamos a ser humildes, aún si aceptamos que nuestro propósito incluye el dominio sobre los animales. No podemos hacer cualquier cosa con el resto de la creación, porque Dios sigue estando en un "reino" superior al nuestro, y él es el dueño.
Día 6: el género humano - Finalmente, Dios describe, con más detalle, cómo fue creado el ser humano, para qué, y bajo qué condiciones. Se nos da el propósito de cuidar y cultivar la creación, es decir, se nos pone como administradores de algo que no nos pertenece. Como parte de esta administración, tenemos la libertad y la misión de crear cultura, y reproducirla en el tiempo. Dios crea, en cierta manera, la historia misma, al crear al ser humano como criatura creadora. Para hacer esto, a la vez, el ser humano necesita reproducirse a sí mismo biológicamente. Pero no se lo puede hacer de manera desordenada. Dios propone un orden: la familia. Entonces, a través de la familia, el hombre se reproduce física y culturalmente, porque pasa esa cultura a la siguiente generación. Así, el proceso de creación, termina siendo eterno, infinito. La creación se extiende a sí misma, bajo la dirección de Dios.
"Así quedaron terminados los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos. Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora. Ésta es la historia de la creación de los cielos y la tierra."
Génesis 2:1-4
Llegamos finalmente al punto final. Recién planteé la idea de que la creación estaba pensada para ser continua, infinita, eterna. Extendiéndose en el tiempo, pero en la eternidad, donde el tiempo no existe. ¿No es esto muy contradictorio? Bueno, sí, es contradictorio. Desde la lógica humana, Dios mismo es contradictorio. Hay que morir para poder vivir, hay que obedecer para poder ser libres, al mismo tiempo hay que ser libres para poder obedecer de verdad, y podría dar muchísimos ejemplos.
Pero justamente, eso es lo que quiero remarcar como conclusión de toda esta serie de reflexiones. Sin duda, debería dedicarle alguna publicación a la caída del ser humano, la frustración de la creación. Pero hoy quiero detenerme en que Dios, siendo eterno, ve las cosas desde una óptica que jamás vamos a poder abarcar del todo. La historia de la creación no se detuvo cuando Dios se "detuvo" a mirar para atrás, y ver todo lo que había creado. Dios no descansó en el sentido que nosotros lo entendemos. Su descanso pasa por otro lado.
Vayamos despacio. El texto dice que los cielos y la tierra quedaron terminados, junto con lo que hay en ellos. El proceso donde Dios tenía que crear cosas que no existían, acabó. A partir de ahí, como dice Eclesiastés 1:9, "no hay nada nuevo bajo el sol". Todo lo que el ser humano crea, construye, fabrica, lo hace a partir de cosas que ya existen. Podría dar miles de ejemplos, pero el espacio no me alcanzaría.
Dice después, el pasaje de Génesis, que "Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido". Quiero destacar esto: descansó porque había terminado su obra. O sea, Dios está enseñándonos que no podemos detenernos a descansar y relajarnos si no terminamos lo que empezamos. Por supuesto, no quiere decir que trabajemos las 24 horas del día sin dormir. Pero si nos fijamos, Dios tampoco hizo eso. A lo largo del proceso de creación, la biblia muestra que el Señor se detuvo a ver cómo iban quedando las cosas. Pero después de terminar toda su parte, se pone a contemplar su obra, y a disfrutar de ella.
Creo que esto es muy importante. ¿Cuándo fue la última vez que cada uno de nosotros se sentó a disfrutar de su obra, de su trabajo, del resultado de su esfuerzo? ¿A qué estamos esperando? ¿Será que nos embarcamos en demasiadas cosas a la vez, y mientras terminamos una estamos en medio de otra, en vez de poder frenar y descansar? ¿O será que nos han enseñado que frenar y disfrutar es una pérdida de tiempo? Voy a volver sobre esta idea cuando hable del tema de honrar el séptimo día, pero quiero insistir en que Dios descansó, paró para contemplar y disfrutar.
Contemplar y disfrutar. Meditar y divertirse. A veces las pensamos como cosas contrapuestas, pero me parece que el balance entre ambas es muy importante. Tenemos que detenernos a pensar sobre lo que venimos viviendo, reflexionar sobre lo que podemos aprender en base a la experiencia de nuestra vida, sacar conclusiones, pensar sobre nosotros mismos y los que nos rodean, y ver qué deseos, sueños y planes tenemos para el futuro. Pero también tenemos que tomarnos un tiempo para relajarnos, descansar la mente, salir con nuestros amigos, hablar de cosas cotidianas y hasta superficiales, y como decimos habitualmente, "pasarla bien".
Dos cosas que van de la mano, y que refuerzan la otra cosa de la que venía hablando: las responsabilidades. Si una de las tres patas falla, pienso que fallan todas, y me da la impresión de que esto es lo que Dios quiere enseñarnos al descansar en el séptimo día. Por eso, Dios santificó ese séptimo día, lo consagró, lo apartó especialmente para descansar. Tres pilares para nuestras vidas: meditar, divertirnos, trabajar.
Espero que toda esta serie de publicaciones haya sido de mucha bendición. No estoy seguro de cuál va a ser el tema de la próxima, probablemente la caída. Pero es importante tener en cuenta este proceso de creación del mundo, del primer al séptimo día. El proceso de intervención de Dios en nuestra vida se parece, pienso, al de la creación: crea la luz, nos conecta con el cielo, como resultado nos ordena la vida en la tierra, nos da dirección al tomar decisiones, eso crea vida en nosotros en rincones donde no la había y acomoda nuestras prioridades, eso después se extiende, se multiplica y da frutos, y trae como consecuencia que empecemos a alcanzar nuestros propósitos al convertirnos en administradores de lo que nos rodea, para poder finalmente encontrar ese balance entre meditar, descansar y hacer.
Que Dios, creador de todo lo que existe, desarrolle en nosotros la confianza necesaria para creer las cosas que nos enseña, y la sabiduría para detenernos a reflexionar, sin descuidar los momentos de distensión, y sin olvidar nuestras responsabilidades, para que vivamos la vida plena que él soñó para nosotros, una vida donde podamos disfrutar, es decir, sacar jugo, tanto a lo bueno como a lo no tan agradable. En fin, que Dios, que nos creó incluso a nosotros, nos recree todo el tiempo, haciendo algo nuevo en nosotros hasta que alcancemos la mejor versión posible de nosotros mismos. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
En la introducción planteé la importancia de conocer y reflexionar en profundidad en el relato bíblico sobre la creación del mundo. Creo que hay gran confusión en el supuesto enfrentamiento entre ciencia y fe, como si fueran cosas opuestas. En algún momento voy a hablar de eso, pero en esa publicación dije que me parecía importante integrar lo que conocemos humanamente, a través de la ciencia, con la visión que la biblia nos ofrece, la cual creemos por fe, no porque no tenemos motivos, sino porque hemos llegado a descubrir que la biblia dice cosas totalmente ciertas. La fe no es ciega, se apoya en la evidencia vital de cada creyente. De ahí la importancia de relacionarnos con Dios de manera personal para poder conocer bien la Escritura. Es otro tema del que pronto voy a hablar.
También dije en la introducción que había descubierto muchas cosas que el relato del Génesis tenía para enseñarnos sobre nosotros mismos, sobre nuestra relación con Dios y sobre las cosas que él va haciendo en nuestra vida.
Día 1: la luz - Lo primero que Dios hizo fue encender la luz en medio de la oscuridad. Eso mismo hace en nuestras vidas. Ni bien lo recibimos en nuestro interior, enciende su luz, y nos hace empezar a ver qué cosas nos alejan de él, de sus bendiciones, de sus propósitos. Nos hace ver, en definitiva, qué cosas son perjudiciales para nuestras vidas y las de otros.
Día 2: el firmamento - Dios crea el cielo, al cual conocemos también como "firmamento". El cielo, a pesar de que parece algo volátil, es un elemento firme, que siempre está ahí, prácticamente inmutable. A través de él, Dios nos invita a pensar que primero que nada, está el cielo. Recién después está la tierra. Lo más importante son las cosas espirituales, y las materiales responden a las espirituales. Decía que era fundamental vivir con los pies en la tierra, pero siempre mirando al cielo primero, para tener un ancla en aquello que no cambia según las circunstancias. Sólo así alcanzamos la libertad con la que podemos identificar, justamente, al cielo, al aire.
Día 3: la tierra y la vegetación - Después, Dios crea la base firme sobre la que la vida puede desarrollarse. Sin esa base firme, no es posible. No podemos quedarnos sólo con el cielo, sino que tenemos que bajar eso a la tierra, a acciones prácticas y concretas. Esas prácticas son como semillas que sembramos, y que dan fruto. Cada decisión que tomamos se va ramificando, y disparando en otros decisiones propias que también se ramifican. Por eso, es importante prestar atención a qué semilla sembramos. Dios mismo, al hacernos, crea personas diferentes, a propósito, cada una con distintas características, para que cada uno siembre lo que tiene dentro. Dios no fabrica en cadena, sino artesanalmente.
Día 4: los astros - A veces nos quedamos con la idea de que el sol, la luna, las estrellas, los planetas, tienen una función solamente material: alumbrar, albergar vida, etc. Sin embargo, Dios nos dice que los creó por un motivo más importante: recordarnos que este mundo no es todo lo que hay, y que por encima nuestro, además, hay alguien que está en autoridad. Esta autoridad tiene que ver con que él mismo nos creo, y hasta nos puso en una posición de privilegio y de responsabilidad. Además, lo hizo para recordarnos que por encima de los tiempos y los cambios humanos, está él, eterno e invariable, siempre el mismo Dios. Él es soberano, tiene todo bajo control. Nada se le escapa. De la misma manera, se ofrece para conducirnos a nosotros, para ser quién guíe nuestras decisiones, y así encontrar los mejores caminos y destinos. Si lo permitimos, nosotros mismos nos convertimos en astros brillantes que ayudan a otros a encontrar esos caminos.
Día 5: los seres vivientes del agua y el cielo - Las primeras formas de vida que Dios crea aparecen en el agua y en el cielo. Compartí la idea de que Dios crea vida en donde no la hay, y que esa vida brota y se expande por todos lados. Se nos transmite la idea de mares rebosantes de vida, porque en definitiva, Dios nos da vida en abundancia. Y además, nos recuerda qué prioridades nos conviene tener: el cielo antes que la tierra. No es que la vida cotidiana no sea importante para Dios, sino todo lo contrario: es tan importante, que Dios quiere que bajemos el cielo a la tierra, para lo cual necesitamos dedicar nuestras mayores fuerzas a conocer y comprender ese "cielo", es decir, las cosas espirituales, las cosas de Dios. Si bebemos de la fuente que Dios nos provee, rebosamos de vida.
Día 6: los seres vivientes de la tierra - La ciencia nos enseña que los animales acuáticos, eventualmente, salieron del agua. La biblia nos recuerda que fue Dios el que hizo aparecer la vida en la tierra, lo cual nos recuerda que en todo el desarrollo de la existencia, la mano del Señor está permanentemente conduciendo los procesos, aunque no podamos darnos cuenta. Esto nos genera dudas y preguntas, y está bien que así sea. Algunas vamos a poder responderlas, otras tal vez no. Dije en esa publicación que me llamaba la atención las similitudes que Dios establece entre animales y seres humanos. Los dos son creados a partir de la tierra misma, para que no nos olvidemos, en definitiva, de que, aún si somos especiales para Dios, no somos tan diferentes del resto de la creación. Somos parte de ella, y si somos especiales es solamente por las condiciones en las que Dios nos creó, porque fuimos hechos a imagen y semejanza suya. Pero en definitiva, nos hizo pertenecer al llamarlo "reino animal" junto con otras especies, para que aprendamos a ser humildes, aún si aceptamos que nuestro propósito incluye el dominio sobre los animales. No podemos hacer cualquier cosa con el resto de la creación, porque Dios sigue estando en un "reino" superior al nuestro, y él es el dueño.
Día 6: el género humano - Finalmente, Dios describe, con más detalle, cómo fue creado el ser humano, para qué, y bajo qué condiciones. Se nos da el propósito de cuidar y cultivar la creación, es decir, se nos pone como administradores de algo que no nos pertenece. Como parte de esta administración, tenemos la libertad y la misión de crear cultura, y reproducirla en el tiempo. Dios crea, en cierta manera, la historia misma, al crear al ser humano como criatura creadora. Para hacer esto, a la vez, el ser humano necesita reproducirse a sí mismo biológicamente. Pero no se lo puede hacer de manera desordenada. Dios propone un orden: la familia. Entonces, a través de la familia, el hombre se reproduce física y culturalmente, porque pasa esa cultura a la siguiente generación. Así, el proceso de creación, termina siendo eterno, infinito. La creación se extiende a sí misma, bajo la dirección de Dios.
"Así quedaron terminados los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos. Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora. Ésta es la historia de la creación de los cielos y la tierra."
Génesis 2:1-4
Llegamos finalmente al punto final. Recién planteé la idea de que la creación estaba pensada para ser continua, infinita, eterna. Extendiéndose en el tiempo, pero en la eternidad, donde el tiempo no existe. ¿No es esto muy contradictorio? Bueno, sí, es contradictorio. Desde la lógica humana, Dios mismo es contradictorio. Hay que morir para poder vivir, hay que obedecer para poder ser libres, al mismo tiempo hay que ser libres para poder obedecer de verdad, y podría dar muchísimos ejemplos.
Pero justamente, eso es lo que quiero remarcar como conclusión de toda esta serie de reflexiones. Sin duda, debería dedicarle alguna publicación a la caída del ser humano, la frustración de la creación. Pero hoy quiero detenerme en que Dios, siendo eterno, ve las cosas desde una óptica que jamás vamos a poder abarcar del todo. La historia de la creación no se detuvo cuando Dios se "detuvo" a mirar para atrás, y ver todo lo que había creado. Dios no descansó en el sentido que nosotros lo entendemos. Su descanso pasa por otro lado.
Vayamos despacio. El texto dice que los cielos y la tierra quedaron terminados, junto con lo que hay en ellos. El proceso donde Dios tenía que crear cosas que no existían, acabó. A partir de ahí, como dice Eclesiastés 1:9, "no hay nada nuevo bajo el sol". Todo lo que el ser humano crea, construye, fabrica, lo hace a partir de cosas que ya existen. Podría dar miles de ejemplos, pero el espacio no me alcanzaría.
Dice después, el pasaje de Génesis, que "Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido". Quiero destacar esto: descansó porque había terminado su obra. O sea, Dios está enseñándonos que no podemos detenernos a descansar y relajarnos si no terminamos lo que empezamos. Por supuesto, no quiere decir que trabajemos las 24 horas del día sin dormir. Pero si nos fijamos, Dios tampoco hizo eso. A lo largo del proceso de creación, la biblia muestra que el Señor se detuvo a ver cómo iban quedando las cosas. Pero después de terminar toda su parte, se pone a contemplar su obra, y a disfrutar de ella.
Creo que esto es muy importante. ¿Cuándo fue la última vez que cada uno de nosotros se sentó a disfrutar de su obra, de su trabajo, del resultado de su esfuerzo? ¿A qué estamos esperando? ¿Será que nos embarcamos en demasiadas cosas a la vez, y mientras terminamos una estamos en medio de otra, en vez de poder frenar y descansar? ¿O será que nos han enseñado que frenar y disfrutar es una pérdida de tiempo? Voy a volver sobre esta idea cuando hable del tema de honrar el séptimo día, pero quiero insistir en que Dios descansó, paró para contemplar y disfrutar.
Contemplar y disfrutar. Meditar y divertirse. A veces las pensamos como cosas contrapuestas, pero me parece que el balance entre ambas es muy importante. Tenemos que detenernos a pensar sobre lo que venimos viviendo, reflexionar sobre lo que podemos aprender en base a la experiencia de nuestra vida, sacar conclusiones, pensar sobre nosotros mismos y los que nos rodean, y ver qué deseos, sueños y planes tenemos para el futuro. Pero también tenemos que tomarnos un tiempo para relajarnos, descansar la mente, salir con nuestros amigos, hablar de cosas cotidianas y hasta superficiales, y como decimos habitualmente, "pasarla bien".
Dos cosas que van de la mano, y que refuerzan la otra cosa de la que venía hablando: las responsabilidades. Si una de las tres patas falla, pienso que fallan todas, y me da la impresión de que esto es lo que Dios quiere enseñarnos al descansar en el séptimo día. Por eso, Dios santificó ese séptimo día, lo consagró, lo apartó especialmente para descansar. Tres pilares para nuestras vidas: meditar, divertirnos, trabajar.
Espero que toda esta serie de publicaciones haya sido de mucha bendición. No estoy seguro de cuál va a ser el tema de la próxima, probablemente la caída. Pero es importante tener en cuenta este proceso de creación del mundo, del primer al séptimo día. El proceso de intervención de Dios en nuestra vida se parece, pienso, al de la creación: crea la luz, nos conecta con el cielo, como resultado nos ordena la vida en la tierra, nos da dirección al tomar decisiones, eso crea vida en nosotros en rincones donde no la había y acomoda nuestras prioridades, eso después se extiende, se multiplica y da frutos, y trae como consecuencia que empecemos a alcanzar nuestros propósitos al convertirnos en administradores de lo que nos rodea, para poder finalmente encontrar ese balance entre meditar, descansar y hacer.
Que Dios, creador de todo lo que existe, desarrolle en nosotros la confianza necesaria para creer las cosas que nos enseña, y la sabiduría para detenernos a reflexionar, sin descuidar los momentos de distensión, y sin olvidar nuestras responsabilidades, para que vivamos la vida plena que él soñó para nosotros, una vida donde podamos disfrutar, es decir, sacar jugo, tanto a lo bueno como a lo no tan agradable. En fin, que Dios, que nos creó incluso a nosotros, nos recree todo el tiempo, haciendo algo nuevo en nosotros hasta que alcancemos la mejor versión posible de nosotros mismos. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
sábado, 29 de marzo de 2014
La creación - Día 6: el género humano
Hola a todos. Después de mucho tiempo, vuelvo a compartirles en este espacio una reflexión, que en cierta manera es una segunda parte de la anterior, aunque no tiene relación directa. A partir de la próxima publicación, voy a tratar de encadenar esta serie con otra, que me parece que puede llegar a ser muy enriquecedora. En la reflexión de hoy, por cuestiones de espacio, no voy a transcribir todo el pasaje, sino que les dejo el link para que lo puedan leer.
Texto: Génesis 2:7-25
Habrán notado que me corrí del capítulo 1 del Génesis. En el texto de la vez pasada ya se mencionaba la creación del hombre, sólo que la pasé por alto a propósito. Es decir, traté de enfocar la reflexión en la relación entre su creación y la del resto del reino animal. Pero para comprender en profundidad la creación del ser humano, me pareció más adecuado este pasaje.
Hay muchas cosas que, a mi entender, no quedan del todo claras en este pasaje, sobre todo si pensamos en el orden de la creación que nos da Génesis 1. Tal vez un biblista encuentre mucho más sentido en las cosas. Pero fuera de eso, y teniendo en cuenta que no podemos pretender comprender la escritura en su totalidad, porque no podemos jamás comprender a Dios en su totalidad, este pasaje puede llevar nuestra reflexión a un nivel muy profundo. Desde mi punto de vista, este pasaje es una versión simbólica, pero no por eso menos real, de la forma en que el ser humano llegó a existir. Nos dice, básicamente, aquello que necesitamos saber sobre la intención de Dios al crearnos, sobre la idea original que él tenía de nosotros, y por lo tanto sobre el nuevo estado que alcanzamos al acercarnos de corazón a Dios.
En primer lugar, quiero destacar algo que no es menor. En el texto, Dios forma al hombre de la tierra, material inerte, en principio. Sin embargo, le infunde vida. Es decir, el hombre está vivo porque Dios lo quiso así. Nuestra vida nos fue dada por Dios. No existe vida fuera de él. Su aliento es nada menos que nuestra existencia espiritual, y nuestro espíritu, entonces, proviene de Dios.
Dicho de otra manera: el hombre y Dios son, originalmente, desde el punto de vista existencial, inseparables. Por eso, todos tenemos una mínima conciencia de la existencia de lo espiritual aún desde pequeños. Por eso no han existido nunca sociedades que no tengan algún tipo de religión.
Ahora bien, Dios nos dio vida. ¿Para qué? La respuesta a esta pregunta podría ser larguísima y muy variada, pero quiero centrarme en un aspecto, que destaca en este pasaje. Dios nos puso en el jardín del Edén. La palabra Edén, escuché alguna vez, quiere decir algo así como "disfrute". Entonces, por un lado, Dios nos creo para que disfrutemos de la vida. ¿Qué finalidad tiene esto para él? No lo sé. Tal vez es un fin en sí mismo. Pero hay más. Nos puso en ese jardín del Edén para que lo cuidáramos y administráramos.
Si se fijan, el jardín que describe el pasaje no es otra cosa que este mundo. No describe un lugar extraño y misterioso, sino que da una localización geográfica para ese Edén. Esto es algo que me sorprende mucho. Estamos acostumbrados a creer que el paraíso está quién sabe dónde, pero la biblia nos muestra que Dios nos creó sobre este mismo mundo. Ese es su jardín. La llamada "expulsión" del ser humano del Edén es un hecho más bien espiritual que material. No fuimos expulsados de un lugar físico, sino de un lugar espiritual, de un estado espiritual, podríamos decir. De ese estado de disfrute. Si, como venimos diciendo, ese disfrute es el significado de la palabra vivir, nuestra expulsión es, precisamente, morir.
Entonces, Dios nos creó como administradores de su creación, incluso de ese árbol del que no podía participar. Adán tenía que cuidar ese árbol también, así como el árbol de la vida. Podríamos decir que Dios le dio el encargo de preservar la vida y la sabiduría, pero las dos le seguían perteneciendo a Dios mismo, y era en todo caso él quien decidía qué se podía hacer y qué no con cada uno de esos "árboles", con cada uno de esos dos elementos, la vida y la sabiduría. Era Dios quien tenía el derecho de regularlas.
Por otra parte, Dios dejó abierta la posibilidad de desarrollar una cultura, material y simbólica. Cuando hablo de cultura material me refiero a que en este jardín, el texto dice que había oro, resina y piedra. Es decir, Dios deja planteada la opción de construir viviendas, herramientas, elementos que ayuden al ser humano en su tarea. Crea al humano como creador. Y cuando digo cultura simbólica, hablo del encargo de ponerle nombre a las cosas. Al nombrar, el ser humano va creando una manera de pensar, de imaginar y de interpretar el mundo que lo rodea, es decir, la creación. Dios, al parecer, valora enormemente esto.
Esto es enormemente revelador para mí. Estamos acostumbrados a pensar que la cultura es algo malo. Que la tecnología es algo contrario a Dios, y que esta capacidad humana de razonar y hacerse una idea de las cosas es un problema. Sin embargo, está íntimamente relacionado con el propósito del hombre: administrar la creación. Si Dios no hubiera querido que el ser humano creara e imaginara, no le habría dado esas dos capacidades. No sólo podemos contribuir a la cultura humana, sino que tenemos que hacerlo, es parte de nuestra condición humana original, y de nuestra esencia como humanos.
Por último, como ya veíamos en la reflexión anterior, se le dio al hombre la función de procrear, de multiplicar la especie. Es interesante que una de las teorías sobre la historia humana que tradicionalmente se vio como opuesta al cristianismo, el materialismo histórico de Marx, arroja bastante luz sobre este tema. Según esta corriente, la historia consiste en el proceso por el que el ser humano produce (crea) y reproduce (multiplica) su existencia material y social. Dicho de otra manera, esa teoría está diciendo: la humanidad busca ante todo vivir, crear su propia vida, y para hacerlo fabrica elementos, y establece sociedades. La historia es la permanencia y al mismo tiempo la transformación de esos elementos, y del propio ser humano, en el tiempo. Nada que Dios no nos esté diciendo en su palabra: "sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla" (Génesis 1:28).
Para esta extensión del ser humano en el tiempo, Dios crea la familia. Porque eso es lo que el Señor estaba haciendo a lo largo de toda la creación, establecer un orden. Una organización de la creación basada en su sabiduría, que trasciende los tiempos, un conocimiento eterno. En esa organización, el ser humano es un administrador, pero no solitario. La familia es la unidad social básica desde el comienzo de los tiempos. En una época muy lejana, los historiadores coinciden en que la economía se basaba precisamente en la familia. Dios creó y crea individuos, pero los crea en medio de otros individuos, entrelazados unos con otros. Por eso el hombre y la mujer forman "un solo ser", y otras versiones dicen incluso, "una sola carne", al unirse por medio del matrimonio. Este es un tema para hablar en alguna ocasión también, la cuestión de las relaciones sexuales y el matrimonio. Existe una especie de idea común de que la biblia concibe las relaciones sexuales como un pecado. Si prestamos atención a este pasaje, descubrimos que esa idea es falsa. Hay muy pocas cosas de la vida humana que Dios prohíbe. Dios, más que prohibir, regula, pone orden. En definitiva, esa unión sexual es un acto creador, y no sólo pensándolo en términos de reproducción biológica. Crea mucho más que un nuevo ser, y aunque esto no puedo decirlo por experiencia, sí puedo afirmarlo por observación detenida. Al mismo tiempo, como unión entre el hombre y la mujer, el matrimonio es mucho más que la unión corporal, y por eso es un paso socialmente crucial. De hecho, todas las sociedades tuvieron siempre algún tipo de norma para esta unión.
En fin, como administrador, el ser humano parecería tener el encargo de terminar la obra creadora de Dios, expandirla, llevarla a nuevos límites. Podemos llegar a decir que la creación no terminó en el sexto día, ni en el séptimo, del que voy a hablar la próxima vez, sino que el proceso de creación del mundo sigue activo. No terminó. Por medio de nosotros, Dios tal vez pretendía continuar ese proceso indefinidamente.
Porque así es Dios: eterno, infinito, interminable. ¿Cómo podemos estar seguros de que, en cierta manera, el mundo que él creo no tiene esas mismas características? En el medio, hubo un problema: el ser humano creyó que, más que administrador, era dueño. Pero eso es tema para otro momento. Espero que esta reflexión haya sido de mucha bendición.
Que el Dios eterno, infinito e interminable restaure en cada uno de nosotros el propósito original de nuestra existencia, para que podamos experimentar el disfrute, el paraíso, al que no entramos al dejar este mundo, sino que entramos al acercarnos a Dios en este mismo mundo. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: Génesis 2:7-25
Habrán notado que me corrí del capítulo 1 del Génesis. En el texto de la vez pasada ya se mencionaba la creación del hombre, sólo que la pasé por alto a propósito. Es decir, traté de enfocar la reflexión en la relación entre su creación y la del resto del reino animal. Pero para comprender en profundidad la creación del ser humano, me pareció más adecuado este pasaje.
Hay muchas cosas que, a mi entender, no quedan del todo claras en este pasaje, sobre todo si pensamos en el orden de la creación que nos da Génesis 1. Tal vez un biblista encuentre mucho más sentido en las cosas. Pero fuera de eso, y teniendo en cuenta que no podemos pretender comprender la escritura en su totalidad, porque no podemos jamás comprender a Dios en su totalidad, este pasaje puede llevar nuestra reflexión a un nivel muy profundo. Desde mi punto de vista, este pasaje es una versión simbólica, pero no por eso menos real, de la forma en que el ser humano llegó a existir. Nos dice, básicamente, aquello que necesitamos saber sobre la intención de Dios al crearnos, sobre la idea original que él tenía de nosotros, y por lo tanto sobre el nuevo estado que alcanzamos al acercarnos de corazón a Dios.
En primer lugar, quiero destacar algo que no es menor. En el texto, Dios forma al hombre de la tierra, material inerte, en principio. Sin embargo, le infunde vida. Es decir, el hombre está vivo porque Dios lo quiso así. Nuestra vida nos fue dada por Dios. No existe vida fuera de él. Su aliento es nada menos que nuestra existencia espiritual, y nuestro espíritu, entonces, proviene de Dios.
Dicho de otra manera: el hombre y Dios son, originalmente, desde el punto de vista existencial, inseparables. Por eso, todos tenemos una mínima conciencia de la existencia de lo espiritual aún desde pequeños. Por eso no han existido nunca sociedades que no tengan algún tipo de religión.
Ahora bien, Dios nos dio vida. ¿Para qué? La respuesta a esta pregunta podría ser larguísima y muy variada, pero quiero centrarme en un aspecto, que destaca en este pasaje. Dios nos puso en el jardín del Edén. La palabra Edén, escuché alguna vez, quiere decir algo así como "disfrute". Entonces, por un lado, Dios nos creo para que disfrutemos de la vida. ¿Qué finalidad tiene esto para él? No lo sé. Tal vez es un fin en sí mismo. Pero hay más. Nos puso en ese jardín del Edén para que lo cuidáramos y administráramos.
Si se fijan, el jardín que describe el pasaje no es otra cosa que este mundo. No describe un lugar extraño y misterioso, sino que da una localización geográfica para ese Edén. Esto es algo que me sorprende mucho. Estamos acostumbrados a creer que el paraíso está quién sabe dónde, pero la biblia nos muestra que Dios nos creó sobre este mismo mundo. Ese es su jardín. La llamada "expulsión" del ser humano del Edén es un hecho más bien espiritual que material. No fuimos expulsados de un lugar físico, sino de un lugar espiritual, de un estado espiritual, podríamos decir. De ese estado de disfrute. Si, como venimos diciendo, ese disfrute es el significado de la palabra vivir, nuestra expulsión es, precisamente, morir.
Entonces, Dios nos creó como administradores de su creación, incluso de ese árbol del que no podía participar. Adán tenía que cuidar ese árbol también, así como el árbol de la vida. Podríamos decir que Dios le dio el encargo de preservar la vida y la sabiduría, pero las dos le seguían perteneciendo a Dios mismo, y era en todo caso él quien decidía qué se podía hacer y qué no con cada uno de esos "árboles", con cada uno de esos dos elementos, la vida y la sabiduría. Era Dios quien tenía el derecho de regularlas.
Por otra parte, Dios dejó abierta la posibilidad de desarrollar una cultura, material y simbólica. Cuando hablo de cultura material me refiero a que en este jardín, el texto dice que había oro, resina y piedra. Es decir, Dios deja planteada la opción de construir viviendas, herramientas, elementos que ayuden al ser humano en su tarea. Crea al humano como creador. Y cuando digo cultura simbólica, hablo del encargo de ponerle nombre a las cosas. Al nombrar, el ser humano va creando una manera de pensar, de imaginar y de interpretar el mundo que lo rodea, es decir, la creación. Dios, al parecer, valora enormemente esto.
Esto es enormemente revelador para mí. Estamos acostumbrados a pensar que la cultura es algo malo. Que la tecnología es algo contrario a Dios, y que esta capacidad humana de razonar y hacerse una idea de las cosas es un problema. Sin embargo, está íntimamente relacionado con el propósito del hombre: administrar la creación. Si Dios no hubiera querido que el ser humano creara e imaginara, no le habría dado esas dos capacidades. No sólo podemos contribuir a la cultura humana, sino que tenemos que hacerlo, es parte de nuestra condición humana original, y de nuestra esencia como humanos.
Por último, como ya veíamos en la reflexión anterior, se le dio al hombre la función de procrear, de multiplicar la especie. Es interesante que una de las teorías sobre la historia humana que tradicionalmente se vio como opuesta al cristianismo, el materialismo histórico de Marx, arroja bastante luz sobre este tema. Según esta corriente, la historia consiste en el proceso por el que el ser humano produce (crea) y reproduce (multiplica) su existencia material y social. Dicho de otra manera, esa teoría está diciendo: la humanidad busca ante todo vivir, crear su propia vida, y para hacerlo fabrica elementos, y establece sociedades. La historia es la permanencia y al mismo tiempo la transformación de esos elementos, y del propio ser humano, en el tiempo. Nada que Dios no nos esté diciendo en su palabra: "sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla" (Génesis 1:28).
Para esta extensión del ser humano en el tiempo, Dios crea la familia. Porque eso es lo que el Señor estaba haciendo a lo largo de toda la creación, establecer un orden. Una organización de la creación basada en su sabiduría, que trasciende los tiempos, un conocimiento eterno. En esa organización, el ser humano es un administrador, pero no solitario. La familia es la unidad social básica desde el comienzo de los tiempos. En una época muy lejana, los historiadores coinciden en que la economía se basaba precisamente en la familia. Dios creó y crea individuos, pero los crea en medio de otros individuos, entrelazados unos con otros. Por eso el hombre y la mujer forman "un solo ser", y otras versiones dicen incluso, "una sola carne", al unirse por medio del matrimonio. Este es un tema para hablar en alguna ocasión también, la cuestión de las relaciones sexuales y el matrimonio. Existe una especie de idea común de que la biblia concibe las relaciones sexuales como un pecado. Si prestamos atención a este pasaje, descubrimos que esa idea es falsa. Hay muy pocas cosas de la vida humana que Dios prohíbe. Dios, más que prohibir, regula, pone orden. En definitiva, esa unión sexual es un acto creador, y no sólo pensándolo en términos de reproducción biológica. Crea mucho más que un nuevo ser, y aunque esto no puedo decirlo por experiencia, sí puedo afirmarlo por observación detenida. Al mismo tiempo, como unión entre el hombre y la mujer, el matrimonio es mucho más que la unión corporal, y por eso es un paso socialmente crucial. De hecho, todas las sociedades tuvieron siempre algún tipo de norma para esta unión.
En fin, como administrador, el ser humano parecería tener el encargo de terminar la obra creadora de Dios, expandirla, llevarla a nuevos límites. Podemos llegar a decir que la creación no terminó en el sexto día, ni en el séptimo, del que voy a hablar la próxima vez, sino que el proceso de creación del mundo sigue activo. No terminó. Por medio de nosotros, Dios tal vez pretendía continuar ese proceso indefinidamente.
Porque así es Dios: eterno, infinito, interminable. ¿Cómo podemos estar seguros de que, en cierta manera, el mundo que él creo no tiene esas mismas características? En el medio, hubo un problema: el ser humano creyó que, más que administrador, era dueño. Pero eso es tema para otro momento. Espero que esta reflexión haya sido de mucha bendición.
Que el Dios eterno, infinito e interminable restaure en cada uno de nosotros el propósito original de nuestra existencia, para que podamos experimentar el disfrute, el paraíso, al que no entramos al dejar este mundo, sino que entramos al acercarnos a Dios en este mismo mundo. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
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