Hola a todos. Como ya saben o habrán visto, sigo con esta serie sobre 2 Corintios. La vez pasada había hablado sobre el ministerio del Espíritu, el servicio que realizamos para Dios en cuanto a anunciar su mensaje. Habíamos visto que somos como cartas escritas por Jesús con la tinta del Espíritu Santo, y que de eso se trata nuestra misión, acercar a otros a Jesús para que el velo sea quitado, y ellos puedan ver las cosas como Dios las muestra. En definitiva, como son.
Texto: 2 Corintios 4
El pasaje que nos toca hoy profundiza todavía más estas ideas de las que venimos hablando: trabajamos para que otros puedan acercarse a Dios, para que puedan ser aroma de Cristo, para que puedan verlo, y es Dios mismo el que se encarga de hacer todo, de principio a fin, siendo nosotros los canales por los que fluye su poder.
Este pasaje habla de un tesoro. Dice que llevamos en nuestro interior un tesoro. Ese tesoro no es otra cosa que la luz que brilla en el rostro de Jesús: la gloria de Dios. Sí, llevamos adentro de nosotros la gloria de Dios. ¿Cómo se produce esto? Bueno, Dios mismo enciende esa luz en nosotros. Como afirma Pablo, así como Dios ordenó que se hiciera la luz en el mundo, ordena que se haga la luz en nuestros corazones, y así ocurre: "Y dijo Dios: '¡Que exista la luz!' Y la luz llegó a existir" (Génesis 1:3).
Pero para que podamos tener acceso a esa luz, es necesario que ocurra algo primero. Ya lo veníamos viendo en el capítulo 3, y creo que esa idea está reforzada en este capítulo. Es necesario que veamos primero esa gloria de Dios. Que a través de la fe nos apropiemos de esa gloria. La fe, el paso de no creer en Jesús, en que él es la verdadera y definitiva provisión de Dios para el hombre, a creer, es lo que abre la puerta de nuestro corazón. Es el interruptor de esa luz. "Cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado" (3:16).
Y acá nos topamos con el gran problema de la espiritualidad. El gran obstáculo de la vida trascendente. Para poder tener este tesoro, esta gracia que nos salva, que nos reconstruye, que nos consuela; para poder, en definitiva, ser libres, como decía el capítulo 3, necesitamos ver lo invisible. Y para poder compartir nuestra fe con otros, necesitamos mostrar lo invisible.
Pablo afirma que los incrédulos están ciegos, pero la gran pregunta es: ¿quiénes son "los incrédulos"? Bueno, creo que la respuesta podría ser "cualquier persona que no cree en Jesús". Parece obvio, pero eso nos deja a nosotros, a todos, en un plano de igualdad: todos fuimos un día incrédulos. Todos nacemos ciegos. "El dios de este mundo ha cegado la mente de estos incrédulos, para que no vean la luz del glorioso evangelio de Cristo" (4:4). Nacemos ciegos porque el diablo mismo, el "dios" que controla el orden de lo terrenal, nos saboteó desde que entramos en el vientre de nuestras madres. Habíamos hablado bastante de esto en la serie sobre la lucha espiritual (están los links al costado del blog por si alguno quiere leer alguna de esas reflexiones), así que no voy a entrar en demasiados detalles.
Pero si quiero retomar una idea de esa serie: el gran engaño del diablo, su plan maestro, consiste en buena medida en engañar al ser humano para que no se fije más en las cosas que no son materiales, tangibles, concretas, y piense que el mundo se trata solamente de esas cosas, lo visible. En definitiva, nos hace ciegos a lo invisible.
La fe es lo único que puede abrir nuestros ojos otra vez a lo invisible. Esto es un proceso, pero a medida que vamos viendo más y más lo invisible, y cuando digo viendo me refiero al mismo tiempo a una forma "invisible" de ver ("ver" no es nada más percibir con los ojos, tiene que ver con la percepción integral de esas cosas que no son materiales), vamos siendo liberados más y más, y vamos reflejando cada vez más esa luz que se va encendiendo en nosotros.
Este es el tesoro de Dios, que llevamos en nuestro interior. "¡Levántate y resplandece, que tu luz ha llegado! ¡La gloria del Señor brilla sobre ti!" (Isaías 60:1). Llevamos con nosotros todo el tiempo esta gloria, esta luz de Cristo, que resplandece en medio de la oscuridad causada por la ceguera. Incluso los que todavía están ciegos pueden ver esa luz, y entonces pueden creer y recuperar también la vista. Por eso dice Pablo que "hemos renunciado a todo lo vergonzoso que se hace a escondidas" (4:2), y que "si nuestro evangelio está encubierto, lo está para los que se pierden" (4:3), o sea, los que no encuentran esta luz, porque siguen mirando sin mediación de la fe. Porque para los que se atreven a creer, el evangelio, esta gloria de Cristo, este tesoro de Dios, está perfectamente a la vista. Se refleja en cada cosa que hacemos, en cada cosa que decimos.
Por supuesto, es muy inocente verlo de forma tan lineal, porque somos seres humanos y nos equivocamos, y a veces no damos un buen testimonio de la verdad que descubrimos. Pablo se encarga de dejar bien claro esto cuando dice que "tenemos este tesoro en vasijas de barro para que se vea que tan sublime poder viene de Dios y no de nosotros" (4:7). Nosotros fallamos, tropezamos, somos vapuleados por las circunstancias, a veces derribados temporalmente. Pero la gloria de Cristo permanece, y se refleja aún en medio de todo eso. Incluso cuando las cosas no nos salen como lo hubiéramos querido, aún cuando no logramos "renunciar a todo lo vergonzoso" en la vida práctica, y nos quedamos con esa renuncia sólo en nuestra intención, incluso ahí el poder de Dios obra a través de nosotros. Dios no me necesita para llevar adelante su plan. Dios me quiere para llevar a delante su plan. Como decía en la reflexión del capítulo 1, todo se trata de Cristo. Si la muerte de Cristo obra en mi cuerpo, la vida de Cristo se manifiesta. Lo que resalta de mí al final termina siendo cada vez más lo invisible, lo que está por detrás, por encima y por fuera de mí; y la parte visible, mi parte de ser humano, queda en segundo plano justamente por causa de mi debilidad.
Dios, en todo esto, me sostiene con sus propias manos. Pablo es muy claro: ¿atribulados? Puede ser, pero angustiados jamás. ¿En apuros? Puede ser, pero no desesperados. ¿Perseguidos? Puede ser, pero nunca desamparados. ¿Derribados? Puede ser, pero jamás destruidos. "Ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús" (Romanos 8:1). El que hizo resucitar a Cristo nos va a hacer resucitar también a nosotros, y mientras tanto nos va preparando en vida para ese día.
Tenemos, entonces, un tesoro que se comparte al mismo tiempo que se acumula. Cuando más parte de este tesoro comparto, más acumulo, y cuanto más acumulo, inevitablemente más comparto. Vamos a volver sobre esto más adelante, pero es un punto muy importante. Compartir nuestro tesoro es una parte inevitable de tener ese tesoro. Se comparte prácticamente solo si realmente vivimos en el Espíritu de Cristo. Manifestamos la verdad y la gloria de Cristo cuanto más nos alejamos de lo oculto y vergonzoso. Y podemos hacer esto porque "tenemos la mente de Cristo" (1 Corintios 2:16).
Y por esta misma razón es que podemos ver lo invisible, que es lo que realmente importa. Porque nuestro tesoro forma parte de lo invisible, y eso es lo que hace que, irónicamente, lo hace tan visible por obra del Espíritu Santo. "Así que no nos fijamos en lo visible sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno" (4:18). Espero que esta reflexión haya sido de enorme bendición para ustedes, como lo fue para mí compartirlo.
Que el Dios invisible renueve sus mentes cada día más para que podamos ver su gloria y, al alejarnos más y más de lo vergonzoso, podamos resplandecer con la luz de Cristo y devolver la vista a los ciegos. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
sábado, 11 de mayo de 2013
martes, 7 de mayo de 2013
2 Corintios 3 - La carta de Cristo
Hola a todos. Sigo publicando esta serie sobre la segunda carta a los Corintios, que creo que es sumamente desconocida para muchos, y me parece que tiene mensajes muy importantes para todos. La vez pasada hablé sobre la importancia de reprender desde el amor y de ser aroma de Cristo, esparcir su fragancia. El tema de hoy tiene algo que ver, pero llevado a un nivel más alto.
Texto: 2 Corintios 3
Al principio de este capítulo, Pablo hace una pequeña aclaración. Hasta ese momento, parece como si estuviera tratando de justificarse a sí mismo. Sin embargo, dice en esta parte que esa no es su intención, ya que ellos mismos son la prueba de que el ministerio de Pablo es confiable. Dice que no necesita que nadie escriba una carta de recomendación a su favor, sino que ellos mismos son cartas escritas por Cristo y enviadas por él y los que estaban con él.
Esta verdad me parece muy potente. Somos cartas escritas por Cristo. Cartas en las que Jesús mismo va escribiendo lo que quiere comunicarles a las personas que nos rodean. Estas cartas, dice Pablo, no están escritas en tablas, con letra, sino que están escritas en nuestros corazones, con la tinta del Espíritu de Dios.
Esto es muy interesante. Jeremías había anunciado, muchos siglos atrás: "Éste es el pacto que después de aquel tiempo haré con el pueblo de Israel -afirma el SEÑOR-: Pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo" (Jeremías 31:33). En la carta, Pablo también nos habla del pacto, y distingue entre dos pactos: el antiguo y el nuevo. No es que el pacto haya cambiado de contenido, de hecho, pero si de forma.
El antiguo pacto tiene que ver con Abraham, y en particular con Moisés. En la carta está asociado a la ley, a la letra. Dice Pablo que el antiguo pacto traía condenación. Pero, ¿cómo puede ser esto?
Bueno, la biblia nos dice que la ley vino para que aumentara la transgresión, y para mostrarnos que somos desobedientes. "Ocurrió así para que el pecado se manifestara claramente, o sea, para que mediante el mandamiento se demostrara lo extremadamente malo que es el pecado" (Romanos 7:13). La ley pone de manifiesto cuán grande es la desobediencia del ser humano, y por lo tanto, lo condena de raíz.
Pero hay que tener cuidado con esto, porque aunque la ley me condena, Dios me perdona. Sin embargo,esto es muy difícil de comprender, y mucho más al ver el antiguo pacto, donde la ley parece tener una centralidad enorme. Naturalmente, tenemos un velo al leer el mensaje de Dios. Tenemos puesto un velo que nos impide entender. Y ese velo solamente se quita en Cristo. Para poder comprender el mensaje de Dios, tengo que acercarme al Señor.
El Señor, además, es el Espíritu. Y es este Espíritu el que está grabado en nuestros corazones desde el momento en que recibimos a Cristo. Esto es lo que nos transforma, y vuelvo a la idea, en cartas de Cristo. Cartas que expresan este pacto, cartas que dicen: "quiero hacer las paces con ustedes. Que ustedes sean mi pueblo y yo sea su Dios". Y esto es nuestro ministerio, nuestro servicio a Dios y a los demás, nuestra misión. No tanto ir por todos lados hablando sobre Jesús, porque "el reino de Dios no es cuestión de palabras sino de poder" (1 Corintios 4:20). Y ese poder está en el Espíritu de Dios.
Ese poder se manifiesta reflejando, como en un espejo, dice Pablo, la gloria de Dios. Las maravillas de su presencia y de su nombre. Lo que Dios es, sus cualidades, su poder, su amor, brillan en nosotros cada vez con más visibilidad, con más potencia, con más intensidad, cuanto más nos acercamos a Cristo. El mensaje se anuncia por sí mismo a través de toda nuestra vida. A veces esto también se manifiesta en forma de palabras, pero las palabras por sí mismas no son nada. Es principalmente mi vida la que tiene que brillar para mostrar la gloria de Dios.
Este es un ministerio poderoso. "Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (3:17). La ley me sometía a condenación, pero el Espíritu me libera de ella. Esto es la gracia de Dios. Esto es el pacto de gracia. Por eso dice Pablo que el ministerio del nuevo pacto es superior al del antiguo, y refleja con mucha más grandeza la gloria de Dios. Porque el antiguo pacto se enfoca en el juicio de Dios, pero el nuevo se enfoca en su inmenso amor por nosotros, que de por sí somos por nosotros mismos culpables. Las dos cosas están presentes en ambos pactos, porque es el mismo Dios. Pero el nuevo pone el énfasis ya no en el pecado del hombre, sino en el amor de Dios que es absolutamente superior a ese pecado. "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Romanos 5:20).
El amor de Dios trae libertad, y una libertad muy superior a la que podemos llegar a encontrar en este mundo. Nos abre los ojos para ver a Dios, una capacidad que el ser humano perdió desde la primera vez que desobedeció al Señor. Y al traernos libertad, nos renueva y nos llena de su gloria para que a través de esa carta escrita en nosotros podamos llevar esa misma libertad a otros, a través de la gloria de Cristo que se refleja en nuestras vidas. Esto es el nuevo pacto del que hablaba Jeremías, éste es el ministerio del Espíritu.
Espero que la reflexión haya sido de mucha bendición, tanto como lo fue para mí al hacerla la primera vez. En mi opinión, este es uno de los pasajes más importantes de toda la carta. Seguramente hay mucho más para decir de este capítulo, y si se les ocurre algo para agregar, no duden en comentar. Empieza a ser claro, me parece, que el ministerio del nuevo pacto es algo tan complejo que pareciera que a Pablo le lleva toda la carta explicarlo en detalle. Pero ya voy a volver sobre esta idea más adelante.
Que el Dios de la gracia infinita renueve sus vidas a la luz de su poderoso Espíritu, y que su gloria se refleje más y más en ustedes a medida que son transformados a su imagen por obra de Cristo, y a medida que su carta es escrita en sus corazones. ¡AMEN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 3
Al principio de este capítulo, Pablo hace una pequeña aclaración. Hasta ese momento, parece como si estuviera tratando de justificarse a sí mismo. Sin embargo, dice en esta parte que esa no es su intención, ya que ellos mismos son la prueba de que el ministerio de Pablo es confiable. Dice que no necesita que nadie escriba una carta de recomendación a su favor, sino que ellos mismos son cartas escritas por Cristo y enviadas por él y los que estaban con él.
Esta verdad me parece muy potente. Somos cartas escritas por Cristo. Cartas en las que Jesús mismo va escribiendo lo que quiere comunicarles a las personas que nos rodean. Estas cartas, dice Pablo, no están escritas en tablas, con letra, sino que están escritas en nuestros corazones, con la tinta del Espíritu de Dios.
Esto es muy interesante. Jeremías había anunciado, muchos siglos atrás: "Éste es el pacto que después de aquel tiempo haré con el pueblo de Israel -afirma el SEÑOR-: Pondré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo" (Jeremías 31:33). En la carta, Pablo también nos habla del pacto, y distingue entre dos pactos: el antiguo y el nuevo. No es que el pacto haya cambiado de contenido, de hecho, pero si de forma.
El antiguo pacto tiene que ver con Abraham, y en particular con Moisés. En la carta está asociado a la ley, a la letra. Dice Pablo que el antiguo pacto traía condenación. Pero, ¿cómo puede ser esto?
Bueno, la biblia nos dice que la ley vino para que aumentara la transgresión, y para mostrarnos que somos desobedientes. "Ocurrió así para que el pecado se manifestara claramente, o sea, para que mediante el mandamiento se demostrara lo extremadamente malo que es el pecado" (Romanos 7:13). La ley pone de manifiesto cuán grande es la desobediencia del ser humano, y por lo tanto, lo condena de raíz.
Pero hay que tener cuidado con esto, porque aunque la ley me condena, Dios me perdona. Sin embargo,esto es muy difícil de comprender, y mucho más al ver el antiguo pacto, donde la ley parece tener una centralidad enorme. Naturalmente, tenemos un velo al leer el mensaje de Dios. Tenemos puesto un velo que nos impide entender. Y ese velo solamente se quita en Cristo. Para poder comprender el mensaje de Dios, tengo que acercarme al Señor.
El Señor, además, es el Espíritu. Y es este Espíritu el que está grabado en nuestros corazones desde el momento en que recibimos a Cristo. Esto es lo que nos transforma, y vuelvo a la idea, en cartas de Cristo. Cartas que expresan este pacto, cartas que dicen: "quiero hacer las paces con ustedes. Que ustedes sean mi pueblo y yo sea su Dios". Y esto es nuestro ministerio, nuestro servicio a Dios y a los demás, nuestra misión. No tanto ir por todos lados hablando sobre Jesús, porque "el reino de Dios no es cuestión de palabras sino de poder" (1 Corintios 4:20). Y ese poder está en el Espíritu de Dios.
Ese poder se manifiesta reflejando, como en un espejo, dice Pablo, la gloria de Dios. Las maravillas de su presencia y de su nombre. Lo que Dios es, sus cualidades, su poder, su amor, brillan en nosotros cada vez con más visibilidad, con más potencia, con más intensidad, cuanto más nos acercamos a Cristo. El mensaje se anuncia por sí mismo a través de toda nuestra vida. A veces esto también se manifiesta en forma de palabras, pero las palabras por sí mismas no son nada. Es principalmente mi vida la que tiene que brillar para mostrar la gloria de Dios.
Este es un ministerio poderoso. "Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (3:17). La ley me sometía a condenación, pero el Espíritu me libera de ella. Esto es la gracia de Dios. Esto es el pacto de gracia. Por eso dice Pablo que el ministerio del nuevo pacto es superior al del antiguo, y refleja con mucha más grandeza la gloria de Dios. Porque el antiguo pacto se enfoca en el juicio de Dios, pero el nuevo se enfoca en su inmenso amor por nosotros, que de por sí somos por nosotros mismos culpables. Las dos cosas están presentes en ambos pactos, porque es el mismo Dios. Pero el nuevo pone el énfasis ya no en el pecado del hombre, sino en el amor de Dios que es absolutamente superior a ese pecado. "Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Romanos 5:20).
El amor de Dios trae libertad, y una libertad muy superior a la que podemos llegar a encontrar en este mundo. Nos abre los ojos para ver a Dios, una capacidad que el ser humano perdió desde la primera vez que desobedeció al Señor. Y al traernos libertad, nos renueva y nos llena de su gloria para que a través de esa carta escrita en nosotros podamos llevar esa misma libertad a otros, a través de la gloria de Cristo que se refleja en nuestras vidas. Esto es el nuevo pacto del que hablaba Jeremías, éste es el ministerio del Espíritu.
Espero que la reflexión haya sido de mucha bendición, tanto como lo fue para mí al hacerla la primera vez. En mi opinión, este es uno de los pasajes más importantes de toda la carta. Seguramente hay mucho más para decir de este capítulo, y si se les ocurre algo para agregar, no duden en comentar. Empieza a ser claro, me parece, que el ministerio del nuevo pacto es algo tan complejo que pareciera que a Pablo le lleva toda la carta explicarlo en detalle. Pero ya voy a volver sobre esta idea más adelante.
Que el Dios de la gracia infinita renueve sus vidas a la luz de su poderoso Espíritu, y que su gloria se refleje más y más en ustedes a medida que son transformados a su imagen por obra de Cristo, y a medida que su carta es escrita en sus corazones. ¡AMEN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 3 de mayo de 2013
2 Corintios 2 - Reprender en el amor
¡Hola a todos! Como les había dicho, voy a tratar de publicar cada tres o cuatro días, cuando pueda, porque tengo muchas otras reflexiones pendientes de publicación también, y para que puedan ir siguiendo la reflexión.
Antes de empezar, les recuerdo uno de los fundamentos básicos de este blog: la palabra de Dios es la palabra de Dios. No importa tanto todo lo que yo pueda llegar a decir, es simplemente mi experiencia o lo que yo entiendo de los pasajes que esté analizando. Por supuesto que Dios también me habla a mí al volver a ese pasaje y al publicar, pero lo que escribo sale mezclado con mis propios pensamientos. Lo más importante es que ustedes puedan tomarse uno o dos minutitos para pedirle a Dios que les hable a través de su palabra, y que en todo caso, de lo que yo haya escrito, quede en sus mentes aquello que él haya querido decirles. Y por eso es muy importante que antes de empezar a leer la reflexión, lean atenta y detenidamente el o los pasajes que esté citando. No los publico como parte de la reflexión por cuestiones de espacio, pero como ya les dije, si no tienen una biblia a mano, pueden entrar en http://www.biblegateway.com/, una biblia online que tiene incluso muchísimas traducciones diferentes, muchísimas versiones, digamos. Lo cual puede incluso ser muy útil para comparar.
Texto: 2 Corintios 2
Bueno, en la publicación pasada hablé del consuelo de Dios. Así empezaba de alguna manera esta carta a los corintios, y vamos a ver que el tema de la tristeza y el consuelo juega un papel importantísimo en esta carta. En este segundo capítulo, Pablo avanza un poco más. Creo que podríamos resumir su reflexión en la siguiente pregunta: ¿qué pasa cuando, en vez de las circunstancias, soy yo mismo el que les causo tristeza? Alguien podría preguntar, ¿de qué manera?
Pablo lo responde y se explaya bastante. La manera es reprendiendo. Cuando corregimos a alguien, cuando le marcamos una falta o un error, podemos llegar a causar mucha tristeza. Detengámonos un poco en esto. ¿Es malo, entonces, corregir a alguien? Mateo 7:4 dice: "¿Cómo puedes decirle a tu hermano: 'Déjame sacarte la astilla del ojo', cuando ahí tienes una viga en el tuyo?". Parecería que no es algo bueno. "No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes" (Mateo 7:1).
Pero ahí está el punto, ¿no? Ese pasaje de Mateo me parece muy revelador, desde el 1 al 5. No se trata de no juzgar. Es cierto que dice "no juzguen a nadie", pero no se queda ahí, sino que dice "para que nadie los juzgue a ustedes". Podríamos expresarlo así: si no están listos para recibir la corrección que otro les haga, no corrijan. Si no están dispuestos a que les marquen sus faltas, no marquen las de otros. Y creo que ésta es la idea. Para poder reprender a otro tengo que estar listo para reprenderme a mí mismo, o al menos para aceptar y recibir con humildad la reprensión de otros.
Proverbios 1:9 va todavía más lejos. Hablando de las correcciones de nuestros padres, aunque podríamos pensar también en las correcciones de cualquier otra persona que sea o más experimentada, dice que "adornarán tu cabeza como una diadema; adornarán tu cuello como un collar". ¿La reprensión puede entonces ser incluso un adorno? ¿Algo que nos haga lucir mejor, o que resalte nuestras cualidades? ¿Cómo puede la reprensión resaltar mis cualidades si está justamente marcando mis faltas?
Y acá volvemos a la idea de Pablo. El punto, el verdadero punto, está en la intención. "El Señor disciplina a los que ama, como corrige un padre a su hijo querido" (Proverbios 3:12). Por esto el otro pasaje de Proverbios también tomaba el ejemplo de un padre o una madre. Porque cuando uno de ellos ama a su hijo, lo reprende en lo que cree que no le hace bien. Se ocupa de su bienestar.
Ahora, esto me parece que es muy difícil. Si alguien me reprende, me marca mis errores o mis faltas, ¿cómo hago para aceptar humildemente esa corrección? Todos somos más o menos orgullosos, en un punto o en otro, y nos dolemos cuando nos reprenden. Están atacando nuestro orgullo, nuestra intención de ser personas que hacen las cosas bien. Pero, ¿es siempre así? Pienso que deberíamos estar siempre preparados para darle lugar a la corrección. A veces la persona nos corrige algo que no es cierto. Otras veces sí lo es, pero lo negamos por orgullo, porque reconocer mi error es reconocer mi vulnerabilidad a equivocarme, y eso implica a veces mirar lugares de mí mismo que no me gustan mucho, y además implica que hay cosas que tengo que cambiar. Me saca de mi zona de comodidad, digamos.
Pero es importante que al menos reflexionemos por un momento si lo que nos corrigen es cierto o no. Y si es cierto, tenemos que saber que la reprensión, aunque venga a través de una persona, viene de parte de Dios. Él mismo tiene un objetivo al corregirnos, y ahora vamos a pasar a eso. Pero es importante que al reprender tengamos en cuenta lo difícil que es aceptar la corrección. Y preguntarnos a nosotros mismos, precisamente: ¿cuál es mi objetivo al reprender?
Creo que hay algunos riesgos. De hecho, no necesariamente corrijo porque amo a la otra persona. Incluso un padre puede corregir a su hijo por motivaciones diferentes. En lo que respecta a la fe, que es de lo que habla Pablo, una motivación equivocada puede ser la de tener autoridad sobre la fe de otros. Por eso el capítulo anterior aclaraba, "no es que intentemos imponerles la fe, sino que deseamos contribuir a la alegría de ustedes" (1:24). Otro riesgo es que reprendamos porque consideramos que estamos más avanzados que la otra persona en la fe, y entonces sabemos qué está bien y qué esta mal, y por eso se lo marcamos. El otro riesgo es que, como yo aprendí mucho, estoy preparado para enseñarle a la otra persona cómo es mejor vivir. No quiero decir que esto no sea cierto, por supuesto. Estoy mejor preparado para reprender a otros si aprendí muchas cosas. Pero el problema es que la motivación sigue siendo la misma. En todos estos casos, la corrección apunta a mostrar lo que yo sé. Apunta a tener control sobre el comportamiento de otra persona.
Me parece que Pablo nos propone una mirada totalmente diferente, que se corresponde con el objetivo que él mismo tiene al reprender (el que dice en 1:24), y con el que Dios mismo tiene al reprendernos. El objetivo, al reprender, tiene que ser que el otro pueda ser un perfume agradable para Cristo y para los demás. Que al mirar su corazón, Dios pueda gozarse en él. Que esa otra persona pueda vivir con mayor intensidad en el amor y el gozo del Señor. Es lo que dice también Proverbios 13:18, "el que atiende a la corrección recibe grandes honores". Si el objetivo al reprender es el bienestar de esa otra persona, ESO es reprender con amor. Todo lo que no responde a esa motivación, en mi opinión, es egoísmo, y no es verdadera disciplina.
Ahora, si ésta es mi motivación, el método para reprender tiene que ser igualmente de edificación y no de tropiezo. Si mi motivación es correcta pero mi manera de reprender es dura e hiriente, entonces hay un problema. Porque yo también tengo que ser un perfume agradable para Cristo y para otros, y ahí volvemos al punto que planteaba Jesús en el pasaje de Mateo. Si yo no soy un perfume agradable, ¿cómo puedo pretender que lo sean los demás?
Por eso, para reprender tengo que tener: por un lado, humildad, para aceptar mi lugar como persona que también se equivoca y no considerarme superior a la otra persona, aunque en esa circunstancia concreta pueda estar en una mejor posición. En segundo lugar, paz, para que mi forma de decir las cosas no genere conflictos o enojos con esa persona, porque la idea es generar mejores relaciones, y no peores. En tercer lugar, tengo que tener la mayor calidez posible al corregir a esa persona, es decir, tratarla con amabilidad y consideración, con respeto y comprensión. Y por último, ser compasivo, comportarme con bondad, ser, precisamente, aroma de Cristo para esa persona.
Claro que esa persona puede tomarse a mal mi corrección, incluso aunque yo tenga todos estos reparos. Pero eso ya queda en la otra persona. Lo importante es que yo tenga la actitud adecuada, porque sino mi corrección es inválida. Si yo mismo no estoy dispuesto a pasar primero por la corrección mía y del Señor, no puedo corregir de manera válida a otra persona.
Para terminar, quiero agregar un caso que es muy frecuente. Cuando quiero corregir a alguien que me ofendió a mí, hay dos cosas que tengo que hacer sí o sí primero. Una es fijarme si yo mismo no ofendí también a esa persona, ocasionando su respuesta ofensiva. La otra es, en cualquier caso, perdonarlo, para poder amarlo de verdad y reprenderlo no para tener razón yo, sino para su propio bienestar. Pero perdonarlo en serio, perdonarlo, como dice Pablo, "en presencia de Cristo" (2:10). Dios me perdonó a mí, y me perdona constantemente, así que yo también puedo perdonar y sé lo que significa. Porque sino, como Pablo también dice, el diablo aprovecha cualquier oportunidad que tiene para sembrar discordia, y la reprensión, por todo lo que se pone en juego, es una ocasión ideal. No le demos cabida al diablo, ni le dejemos aprovecharse. Actuemos con amor.
Espero que la reflexión les haya sido de tanta bendición como a mí. Recuerden que a veces nos sentimos ofendidos por cosas que en realidad las otras personas no hicieron, sino que nuestra mente empieza a armar toda una situación que muchas veces no existe. Eso también es una trampa que el diablo usa seguido, y lo digo por experiencia. En esos casos, aunque la persona no me haya hecho nada y yo lo sepa, igual tengo que pasar por el proceso de perdonarla, porque adentro mío la imagen que tengo de la persona es negativa mientras no la perdone. Para perdonar, no hace falta que me pidan perdón. Sino Dios no nos habría perdonado.
Que el Dios justo y compasivo, que corrige a los que ama, los ayude a saber cuándo es necesario que corrijan a alguien, y llegado el caso les de la actitud correcta por medio del Espíritu de Cristo, que nos hace ser perfumes agradables para los demás. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Antes de empezar, les recuerdo uno de los fundamentos básicos de este blog: la palabra de Dios es la palabra de Dios. No importa tanto todo lo que yo pueda llegar a decir, es simplemente mi experiencia o lo que yo entiendo de los pasajes que esté analizando. Por supuesto que Dios también me habla a mí al volver a ese pasaje y al publicar, pero lo que escribo sale mezclado con mis propios pensamientos. Lo más importante es que ustedes puedan tomarse uno o dos minutitos para pedirle a Dios que les hable a través de su palabra, y que en todo caso, de lo que yo haya escrito, quede en sus mentes aquello que él haya querido decirles. Y por eso es muy importante que antes de empezar a leer la reflexión, lean atenta y detenidamente el o los pasajes que esté citando. No los publico como parte de la reflexión por cuestiones de espacio, pero como ya les dije, si no tienen una biblia a mano, pueden entrar en http://www.biblegateway.com/, una biblia online que tiene incluso muchísimas traducciones diferentes, muchísimas versiones, digamos. Lo cual puede incluso ser muy útil para comparar.
Texto: 2 Corintios 2
Bueno, en la publicación pasada hablé del consuelo de Dios. Así empezaba de alguna manera esta carta a los corintios, y vamos a ver que el tema de la tristeza y el consuelo juega un papel importantísimo en esta carta. En este segundo capítulo, Pablo avanza un poco más. Creo que podríamos resumir su reflexión en la siguiente pregunta: ¿qué pasa cuando, en vez de las circunstancias, soy yo mismo el que les causo tristeza? Alguien podría preguntar, ¿de qué manera?
Pablo lo responde y se explaya bastante. La manera es reprendiendo. Cuando corregimos a alguien, cuando le marcamos una falta o un error, podemos llegar a causar mucha tristeza. Detengámonos un poco en esto. ¿Es malo, entonces, corregir a alguien? Mateo 7:4 dice: "¿Cómo puedes decirle a tu hermano: 'Déjame sacarte la astilla del ojo', cuando ahí tienes una viga en el tuyo?". Parecería que no es algo bueno. "No juzguen a nadie, para que nadie los juzgue a ustedes" (Mateo 7:1).
Pero ahí está el punto, ¿no? Ese pasaje de Mateo me parece muy revelador, desde el 1 al 5. No se trata de no juzgar. Es cierto que dice "no juzguen a nadie", pero no se queda ahí, sino que dice "para que nadie los juzgue a ustedes". Podríamos expresarlo así: si no están listos para recibir la corrección que otro les haga, no corrijan. Si no están dispuestos a que les marquen sus faltas, no marquen las de otros. Y creo que ésta es la idea. Para poder reprender a otro tengo que estar listo para reprenderme a mí mismo, o al menos para aceptar y recibir con humildad la reprensión de otros.
Proverbios 1:9 va todavía más lejos. Hablando de las correcciones de nuestros padres, aunque podríamos pensar también en las correcciones de cualquier otra persona que sea o más experimentada, dice que "adornarán tu cabeza como una diadema; adornarán tu cuello como un collar". ¿La reprensión puede entonces ser incluso un adorno? ¿Algo que nos haga lucir mejor, o que resalte nuestras cualidades? ¿Cómo puede la reprensión resaltar mis cualidades si está justamente marcando mis faltas?
Y acá volvemos a la idea de Pablo. El punto, el verdadero punto, está en la intención. "El Señor disciplina a los que ama, como corrige un padre a su hijo querido" (Proverbios 3:12). Por esto el otro pasaje de Proverbios también tomaba el ejemplo de un padre o una madre. Porque cuando uno de ellos ama a su hijo, lo reprende en lo que cree que no le hace bien. Se ocupa de su bienestar.
Ahora, esto me parece que es muy difícil. Si alguien me reprende, me marca mis errores o mis faltas, ¿cómo hago para aceptar humildemente esa corrección? Todos somos más o menos orgullosos, en un punto o en otro, y nos dolemos cuando nos reprenden. Están atacando nuestro orgullo, nuestra intención de ser personas que hacen las cosas bien. Pero, ¿es siempre así? Pienso que deberíamos estar siempre preparados para darle lugar a la corrección. A veces la persona nos corrige algo que no es cierto. Otras veces sí lo es, pero lo negamos por orgullo, porque reconocer mi error es reconocer mi vulnerabilidad a equivocarme, y eso implica a veces mirar lugares de mí mismo que no me gustan mucho, y además implica que hay cosas que tengo que cambiar. Me saca de mi zona de comodidad, digamos.
Pero es importante que al menos reflexionemos por un momento si lo que nos corrigen es cierto o no. Y si es cierto, tenemos que saber que la reprensión, aunque venga a través de una persona, viene de parte de Dios. Él mismo tiene un objetivo al corregirnos, y ahora vamos a pasar a eso. Pero es importante que al reprender tengamos en cuenta lo difícil que es aceptar la corrección. Y preguntarnos a nosotros mismos, precisamente: ¿cuál es mi objetivo al reprender?
Creo que hay algunos riesgos. De hecho, no necesariamente corrijo porque amo a la otra persona. Incluso un padre puede corregir a su hijo por motivaciones diferentes. En lo que respecta a la fe, que es de lo que habla Pablo, una motivación equivocada puede ser la de tener autoridad sobre la fe de otros. Por eso el capítulo anterior aclaraba, "no es que intentemos imponerles la fe, sino que deseamos contribuir a la alegría de ustedes" (1:24). Otro riesgo es que reprendamos porque consideramos que estamos más avanzados que la otra persona en la fe, y entonces sabemos qué está bien y qué esta mal, y por eso se lo marcamos. El otro riesgo es que, como yo aprendí mucho, estoy preparado para enseñarle a la otra persona cómo es mejor vivir. No quiero decir que esto no sea cierto, por supuesto. Estoy mejor preparado para reprender a otros si aprendí muchas cosas. Pero el problema es que la motivación sigue siendo la misma. En todos estos casos, la corrección apunta a mostrar lo que yo sé. Apunta a tener control sobre el comportamiento de otra persona.
Me parece que Pablo nos propone una mirada totalmente diferente, que se corresponde con el objetivo que él mismo tiene al reprender (el que dice en 1:24), y con el que Dios mismo tiene al reprendernos. El objetivo, al reprender, tiene que ser que el otro pueda ser un perfume agradable para Cristo y para los demás. Que al mirar su corazón, Dios pueda gozarse en él. Que esa otra persona pueda vivir con mayor intensidad en el amor y el gozo del Señor. Es lo que dice también Proverbios 13:18, "el que atiende a la corrección recibe grandes honores". Si el objetivo al reprender es el bienestar de esa otra persona, ESO es reprender con amor. Todo lo que no responde a esa motivación, en mi opinión, es egoísmo, y no es verdadera disciplina.
Ahora, si ésta es mi motivación, el método para reprender tiene que ser igualmente de edificación y no de tropiezo. Si mi motivación es correcta pero mi manera de reprender es dura e hiriente, entonces hay un problema. Porque yo también tengo que ser un perfume agradable para Cristo y para otros, y ahí volvemos al punto que planteaba Jesús en el pasaje de Mateo. Si yo no soy un perfume agradable, ¿cómo puedo pretender que lo sean los demás?
Por eso, para reprender tengo que tener: por un lado, humildad, para aceptar mi lugar como persona que también se equivoca y no considerarme superior a la otra persona, aunque en esa circunstancia concreta pueda estar en una mejor posición. En segundo lugar, paz, para que mi forma de decir las cosas no genere conflictos o enojos con esa persona, porque la idea es generar mejores relaciones, y no peores. En tercer lugar, tengo que tener la mayor calidez posible al corregir a esa persona, es decir, tratarla con amabilidad y consideración, con respeto y comprensión. Y por último, ser compasivo, comportarme con bondad, ser, precisamente, aroma de Cristo para esa persona.
Claro que esa persona puede tomarse a mal mi corrección, incluso aunque yo tenga todos estos reparos. Pero eso ya queda en la otra persona. Lo importante es que yo tenga la actitud adecuada, porque sino mi corrección es inválida. Si yo mismo no estoy dispuesto a pasar primero por la corrección mía y del Señor, no puedo corregir de manera válida a otra persona.
Para terminar, quiero agregar un caso que es muy frecuente. Cuando quiero corregir a alguien que me ofendió a mí, hay dos cosas que tengo que hacer sí o sí primero. Una es fijarme si yo mismo no ofendí también a esa persona, ocasionando su respuesta ofensiva. La otra es, en cualquier caso, perdonarlo, para poder amarlo de verdad y reprenderlo no para tener razón yo, sino para su propio bienestar. Pero perdonarlo en serio, perdonarlo, como dice Pablo, "en presencia de Cristo" (2:10). Dios me perdonó a mí, y me perdona constantemente, así que yo también puedo perdonar y sé lo que significa. Porque sino, como Pablo también dice, el diablo aprovecha cualquier oportunidad que tiene para sembrar discordia, y la reprensión, por todo lo que se pone en juego, es una ocasión ideal. No le demos cabida al diablo, ni le dejemos aprovecharse. Actuemos con amor.
Espero que la reflexión les haya sido de tanta bendición como a mí. Recuerden que a veces nos sentimos ofendidos por cosas que en realidad las otras personas no hicieron, sino que nuestra mente empieza a armar toda una situación que muchas veces no existe. Eso también es una trampa que el diablo usa seguido, y lo digo por experiencia. En esos casos, aunque la persona no me haya hecho nada y yo lo sepa, igual tengo que pasar por el proceso de perdonarla, porque adentro mío la imagen que tengo de la persona es negativa mientras no la perdone. Para perdonar, no hace falta que me pidan perdón. Sino Dios no nos habría perdonado.
Que el Dios justo y compasivo, que corrige a los que ama, los ayude a saber cuándo es necesario que corrijan a alguien, y llegado el caso les de la actitud correcta por medio del Espíritu de Cristo, que nos hace ser perfumes agradables para los demás. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 30 de abril de 2013
2 Corintios 1 - Se trata de Cristo
Hola a todos. Después de un largo receso vuelvo a publicar. Tenía varias cosas en mente, pero después de conversar con un amigo sobre qué tan pertinente podía ser la segunda carta a los corintios, decidí publicar una serie de reflexiones personales que había hecho al respecto. Así que por varias publicaciones voy a estar hablando de 2 Corintios. Tengo la intención de publicar cada 3 o 4 días, para no extenderme demasiado a lo largo del tiempo y para que puedan ir siguiendo la serie. Veremos qué pasa con eso.
Texto: 2 Corintios 1
Leyendo de nuevo el texto encontré varias cosas que no había encontrado la primera vez, así que esta serie da la impresión que va a ser como la de Romanos, donde publicarla va a sumar mucho a la reflexión en sí. Insisto en algo que hace tiempo que no digo: si al leer el texto bíblico (o al leer mi reflexión) les surgen ideas nuevas, cosas que puedan agregar, ¡dejen un comentario! Recuerden que puede ser edificante para muchos.
Este primer capítulo creo que habla de varias cosas, pero lo llamativo es que vuelve siempre al mismo punto. Creo que hay algo que Pablo, y Dios a través de él, quiere dejar bien claro.
La carta empieza hablando del consuelo de Dios. Atravesamos diferentes sufrimientos a lo largo de nuestra vida, de diferentes tipos. El sufrimiento es algo a lo que estamos expuestos permanentemente, y es llamativo que Pablo abre su corazón de una manera radical al contarles cómo se sentían cuando estaban en la provincia de Asia. Incluso estaba mostrando su costado débil, al decir que sentían como si estuviesen condenados a muerte. Estaba dejándoles ver que él mismo era también una persona, igual que todos, y que su confianza en Dios a veces se veía atacada por las circunstancias.
Lo interesante es que Pablo le encuentra un sentido a ese sufrimiento. Dije algo de esto cuando publiqué la serie de las bienaventuranzas, en la reflexión sobre "los que lloran". Dios usa esas circunstancias que nos hacen sufrir para que podamos experimentar su consuelo. Podríamos pensar, "bueno, pero Dios podía evitarme el sufrimiento desde el principio sacándome de esa situación". Jamás. Alguien una vez me dijo, "si Dios deja que atravesemos esos sufrimientos, es porque sin dudas no había un camino mejor, aunque en el presente eso no parezca lógico". A veces esos sufrimientos los causamos nosotros mismos de varias maneras: cerrándonos en nuestra manera de pensar, aferrándonos demasiado a las personas, haciendo cosas que no nos convienen, y demás. Pero lo que es seguro es que si Dios lo permite, es porque tiene algo que enseñarnos o algo de lo que salvarnos, que seguramente podría terminar siendo mucho peor.
Dios es el Dios de toda consolación. Es el primero que nos trae consuelo y nos conforta. Cuando otra persona nos consuela, el consuelo es pasajero, es momentáneo. Pero cuando Dios mismo nos consuela, el consuelo es profundo y permanente. Buscar el consuelo de Dios nos trae esperanza. Consuelo y esperanza van de la mano. Si Dios me consuela, puedo mirar para adelante y creer que las cosas pueden cambiar. Si creo que las cosas pueden cambiar, recibo consuelo en esa certeza.
Todo esto tiene un propósito: que yo también pueda consolar a otros desde el consuelo del Señor. Si sufro es para que Dios me consuele, y si me consuela es para que yo también consuele a otros. Lo importante de todo esto es que Cristo es mi consuelo. Nadie más. Puedo por supuesto buscar consuelo en las personas, pero primero debería buscarlo en Cristo, sino mi consuelo va a ser incompleto.
Por eso, mi manera de consolar no se aplica. Si consuelo desde la lógica humana, estoy también consolando de manera incompleta. El consuelo se trata de Dios derramando su gracia sobre mí a través de Cristo Jesús, su provisión de paz para mi interior. Así se manifiesta la gracia en este caso. Su gracia es el consuelo. De la misma manera, es la gracia de Dios, que recibo por medio de Cristo, la que debería conducir mis decisiones y mis pensamientos para evitarme la mayor cantidad posible de sufrimientos. Es Cristo el que tiene que ser mi sabiduría. La sabiduría humana se basa en las apariencias, pero la de Dios se basa en Cristo.
Pero para que el consuelo se convierta en esperanza, necesito confiar en que es Dios el que obra, tanto para consolarme como para encargarse de las circunstancias. Pablo dice que cuando estaban en Asia sentían que iban a morir. Pero entonces recordaron, ¡Dios tiene el poder para resucitar a los muertos! No hay nada que temer. Incluso puede reanimar a los que viven como si estuvieran muertos: sus vidas están como apagadas, no encuentran un rumbo, o un sentido. O simplemente viven sin Jesús, y él mismo dijo "yo soy la resurrección y la vida" (Juan 11:25). Sin él, no hay vida. Hay solamente un impulso que anima nuestro cuerpo, pero la vida es estar cerca de Dios.
Ahora, esa confianza tiene su centro también en Cristo. Dice el texto que en Cristo, todas las promesas de Dios se convierten en "sí", y que podemos con total seguridad decir "amén" a todo eso, para la gloria de Dios. Me gusta cómo lo expresa la versión Reina Valera (1995): "porque todas las promesas de Dios son en él «sí», y en él «Amén», por medio de nosotros, para la gloria de Dios" (1:20). Es como que por medio de Cristo, Dios pone la firma en todas sus promesas. Y cuando traemos consuelo para otros, esto es lo que traemos: las promesas de Dios. Esta es la buena noticia que trae esperanza. Dios nos promete miles de cosas hermosas a lo largo de las Escrituras, y les pone la firma en Cristo. Y esas promesas son para que nosotros sepamos cuánto nos ama, y que él está al lado nuestro cuidándonos y animándonos siempre. Esta es también nuestra esperanza, la esperanza que compartimos con otros.
No sólo eso, sino que sella todo esto por medio de su Espíritu, que es el que nos da a nosotros la seguridad y confianza en que todas esas promesas sí o sí se van a cumplir en nuestras vidas. Es nuestra garantía, el sello de Dios. El Espíritu además es el que nos impulsa a compartir esto con las demás personas; este consuelo, esta esperanza. "Garantía de confianza", dice un slogan famoso. Ésta es la garantía que nos da Cristo por medio del Espíritu. Y por esta garantía podemos con total confianza hablarles a otros sobre estas promesas y este consuelo, no para imponerles nuestra fe, sino porque esta fe es lo que les puede dar poder. No para ser más o ser mejores, sino para que ellos puedan ser más fuertes. En definitiva, si Cristo es el centro de nuestro bienestar, eso es lo que vamos a querer compartir con los que necesitan consuelo. Si lo hacemos con sinceridad y espontaneidad, lo vamos a hacer por amor, es decir, por el único motivo de que esa otra persona alcance nuestro mismo bienestar. En la próxima publicación voy a volver sobre esta idea.
Pero esa "garantía de confianza", a diferencia de lo que pasa con los electrodomésticos, no se asegura para mí, que soy el producto. No soy yo el que soy totalmente confiable y puede garantizarse eso. Sino que es mi fabricante, Dios, el que es de confianza. La calidad no está en el producto, sino en el fabricante. Es importante que yo entienda esto, para que el consuelo que traigo sea genuino y conduzca a Cristo, porque al final, de eso se trata. Éste es el punto sobre el que Pablo vuelve una y otra vez en este capítulo. Todo, el consuelo, la sabiduría, la confianza, la garantía y el bienestar, todo conduce a Cristo. Todo gira alrededor de Cristo, todo se trata de Cristo. No hay otro hilo que conduzca este capítulo, ni esta carta, ni el mensaje de Pablo en general. No hay otra verdad: "Cristo es todo" (Colosenses 3:11).
Bueno, espero que esta reflexión haya sido de bendición. Cuando experimenten pruebas, dolor, sufrimiento, recuerden que no son los únicos: busquen consuelo, refúgiense en personas de confianza, y sobre todo, personas que buscan y reciben el consuelo de Dios. Pero sobre todas las cosas, refúgiense en Cristo, que es "sí" y "amén" a todas las promesas de Dios.
Que el Dios de toda consolación llene sus mentes y sus corazones, para que puedan confiar en medio del sufrimiento, y mirar adelante con esperanza de que las cosas pueden cambiar. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 1
Leyendo de nuevo el texto encontré varias cosas que no había encontrado la primera vez, así que esta serie da la impresión que va a ser como la de Romanos, donde publicarla va a sumar mucho a la reflexión en sí. Insisto en algo que hace tiempo que no digo: si al leer el texto bíblico (o al leer mi reflexión) les surgen ideas nuevas, cosas que puedan agregar, ¡dejen un comentario! Recuerden que puede ser edificante para muchos.
Este primer capítulo creo que habla de varias cosas, pero lo llamativo es que vuelve siempre al mismo punto. Creo que hay algo que Pablo, y Dios a través de él, quiere dejar bien claro.
La carta empieza hablando del consuelo de Dios. Atravesamos diferentes sufrimientos a lo largo de nuestra vida, de diferentes tipos. El sufrimiento es algo a lo que estamos expuestos permanentemente, y es llamativo que Pablo abre su corazón de una manera radical al contarles cómo se sentían cuando estaban en la provincia de Asia. Incluso estaba mostrando su costado débil, al decir que sentían como si estuviesen condenados a muerte. Estaba dejándoles ver que él mismo era también una persona, igual que todos, y que su confianza en Dios a veces se veía atacada por las circunstancias.
Lo interesante es que Pablo le encuentra un sentido a ese sufrimiento. Dije algo de esto cuando publiqué la serie de las bienaventuranzas, en la reflexión sobre "los que lloran". Dios usa esas circunstancias que nos hacen sufrir para que podamos experimentar su consuelo. Podríamos pensar, "bueno, pero Dios podía evitarme el sufrimiento desde el principio sacándome de esa situación". Jamás. Alguien una vez me dijo, "si Dios deja que atravesemos esos sufrimientos, es porque sin dudas no había un camino mejor, aunque en el presente eso no parezca lógico". A veces esos sufrimientos los causamos nosotros mismos de varias maneras: cerrándonos en nuestra manera de pensar, aferrándonos demasiado a las personas, haciendo cosas que no nos convienen, y demás. Pero lo que es seguro es que si Dios lo permite, es porque tiene algo que enseñarnos o algo de lo que salvarnos, que seguramente podría terminar siendo mucho peor.
Dios es el Dios de toda consolación. Es el primero que nos trae consuelo y nos conforta. Cuando otra persona nos consuela, el consuelo es pasajero, es momentáneo. Pero cuando Dios mismo nos consuela, el consuelo es profundo y permanente. Buscar el consuelo de Dios nos trae esperanza. Consuelo y esperanza van de la mano. Si Dios me consuela, puedo mirar para adelante y creer que las cosas pueden cambiar. Si creo que las cosas pueden cambiar, recibo consuelo en esa certeza.
Todo esto tiene un propósito: que yo también pueda consolar a otros desde el consuelo del Señor. Si sufro es para que Dios me consuele, y si me consuela es para que yo también consuele a otros. Lo importante de todo esto es que Cristo es mi consuelo. Nadie más. Puedo por supuesto buscar consuelo en las personas, pero primero debería buscarlo en Cristo, sino mi consuelo va a ser incompleto.
Por eso, mi manera de consolar no se aplica. Si consuelo desde la lógica humana, estoy también consolando de manera incompleta. El consuelo se trata de Dios derramando su gracia sobre mí a través de Cristo Jesús, su provisión de paz para mi interior. Así se manifiesta la gracia en este caso. Su gracia es el consuelo. De la misma manera, es la gracia de Dios, que recibo por medio de Cristo, la que debería conducir mis decisiones y mis pensamientos para evitarme la mayor cantidad posible de sufrimientos. Es Cristo el que tiene que ser mi sabiduría. La sabiduría humana se basa en las apariencias, pero la de Dios se basa en Cristo.
Pero para que el consuelo se convierta en esperanza, necesito confiar en que es Dios el que obra, tanto para consolarme como para encargarse de las circunstancias. Pablo dice que cuando estaban en Asia sentían que iban a morir. Pero entonces recordaron, ¡Dios tiene el poder para resucitar a los muertos! No hay nada que temer. Incluso puede reanimar a los que viven como si estuvieran muertos: sus vidas están como apagadas, no encuentran un rumbo, o un sentido. O simplemente viven sin Jesús, y él mismo dijo "yo soy la resurrección y la vida" (Juan 11:25). Sin él, no hay vida. Hay solamente un impulso que anima nuestro cuerpo, pero la vida es estar cerca de Dios.
Ahora, esa confianza tiene su centro también en Cristo. Dice el texto que en Cristo, todas las promesas de Dios se convierten en "sí", y que podemos con total seguridad decir "amén" a todo eso, para la gloria de Dios. Me gusta cómo lo expresa la versión Reina Valera (1995): "porque todas las promesas de Dios son en él «sí», y en él «Amén», por medio de nosotros, para la gloria de Dios" (1:20). Es como que por medio de Cristo, Dios pone la firma en todas sus promesas. Y cuando traemos consuelo para otros, esto es lo que traemos: las promesas de Dios. Esta es la buena noticia que trae esperanza. Dios nos promete miles de cosas hermosas a lo largo de las Escrituras, y les pone la firma en Cristo. Y esas promesas son para que nosotros sepamos cuánto nos ama, y que él está al lado nuestro cuidándonos y animándonos siempre. Esta es también nuestra esperanza, la esperanza que compartimos con otros.
No sólo eso, sino que sella todo esto por medio de su Espíritu, que es el que nos da a nosotros la seguridad y confianza en que todas esas promesas sí o sí se van a cumplir en nuestras vidas. Es nuestra garantía, el sello de Dios. El Espíritu además es el que nos impulsa a compartir esto con las demás personas; este consuelo, esta esperanza. "Garantía de confianza", dice un slogan famoso. Ésta es la garantía que nos da Cristo por medio del Espíritu. Y por esta garantía podemos con total confianza hablarles a otros sobre estas promesas y este consuelo, no para imponerles nuestra fe, sino porque esta fe es lo que les puede dar poder. No para ser más o ser mejores, sino para que ellos puedan ser más fuertes. En definitiva, si Cristo es el centro de nuestro bienestar, eso es lo que vamos a querer compartir con los que necesitan consuelo. Si lo hacemos con sinceridad y espontaneidad, lo vamos a hacer por amor, es decir, por el único motivo de que esa otra persona alcance nuestro mismo bienestar. En la próxima publicación voy a volver sobre esta idea.
Pero esa "garantía de confianza", a diferencia de lo que pasa con los electrodomésticos, no se asegura para mí, que soy el producto. No soy yo el que soy totalmente confiable y puede garantizarse eso. Sino que es mi fabricante, Dios, el que es de confianza. La calidad no está en el producto, sino en el fabricante. Es importante que yo entienda esto, para que el consuelo que traigo sea genuino y conduzca a Cristo, porque al final, de eso se trata. Éste es el punto sobre el que Pablo vuelve una y otra vez en este capítulo. Todo, el consuelo, la sabiduría, la confianza, la garantía y el bienestar, todo conduce a Cristo. Todo gira alrededor de Cristo, todo se trata de Cristo. No hay otro hilo que conduzca este capítulo, ni esta carta, ni el mensaje de Pablo en general. No hay otra verdad: "Cristo es todo" (Colosenses 3:11).
Bueno, espero que esta reflexión haya sido de bendición. Cuando experimenten pruebas, dolor, sufrimiento, recuerden que no son los únicos: busquen consuelo, refúgiense en personas de confianza, y sobre todo, personas que buscan y reciben el consuelo de Dios. Pero sobre todas las cosas, refúgiense en Cristo, que es "sí" y "amén" a todas las promesas de Dios.
Que el Dios de toda consolación llene sus mentes y sus corazones, para que puedan confiar en medio del sufrimiento, y mirar adelante con esperanza de que las cosas pueden cambiar. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
lunes, 1 de abril de 2013
Semana Santa - La pasión según Mateo
Jueves http://caminocondios.blogspot.com.ar/2013/03/jueves-santo-arresto.html
Viernes http://caminocondios.blogspot.com.ar/2013/03/viernes-santo-muerte.html
Sábado http://caminocondios.blogspot.com.ar/2013/03/sabado-santo-silencio.html
Domingo http://caminocondios.blogspot.com.ar/2013/03/domingo-santo-resurreccion.html
Viernes http://caminocondios.blogspot.com.ar/2013/03/viernes-santo-muerte.html
Sábado http://caminocondios.blogspot.com.ar/2013/03/sabado-santo-silencio.html
Domingo http://caminocondios.blogspot.com.ar/2013/03/domingo-santo-resurreccion.html
domingo, 31 de marzo de 2013
Domingo Santo - Resurrección
¡Hola a todos! Bueno, para todos los que amamos a Cristo hoy es un día de celebración. Recordamos nada menos que el día en que venció a la muerte, no sólo para él, sino también para cada uno de nosotros. Por eso, para terminar esta serie de reflexiones quería centrarme en este punto, en la celebración de la resurrección.
Texto: Mateo 28
Es llamativo el cambio que ocurrió en los discípulos en este día. Después del arresto de Jesús, como ya vimos, ellos de habían dispersado y escondido mientras hacían duelo por lo que había pasado con su Maestro. No habían entendido bien el anuncio que Jesús les había dado. Y era lógico, porque hasta ese entonces, ¿quién había resucitado?
Pero lo que quiero que pensemos en esa mañana es un poco lo que nos pasa a nosotros. A nosotros, que somos creyentes. Muchas veces lloramos la muerte de Jesús, y hacemos duelo también, y no está mal. Pero, ¿somos plenamente conscientes de que resucitó y de todo lo que eso implica? Si nos enfocamos solamente en su muerte corremos el riesgo de perder de vista el poder que tenemos en su vida nueva. De hecho, es una parte central de su mensaje. Jesús nos da la posibilidad de nacer de nuevo, de empezar de cero, digamos, por el hecho de que él mismo renació, por así decirlo.
Es curioso que nos olvidemos precisamente de este punto. De hecho, no hay milagro visible en que alguien muera. Por supuesto que la muerte de Jesús es en sí misma un milagro, por el poder que también manifiesta, pero, ¿quién no cree en la muerte? Sin embargo, sólo alguien con fe puede creer que haya resucitado. El texto muestra que él se le apareció a sus discípulos. Pero, ¿no será que también a nosotros puede aparecérsenos?
Y no me refiero a una aparición visible, como quien ve un fantasma, aunque no descartaría esa posibilidad también para casos particulares, y pienso por ejemplo en Saulo de Tarso, que iba a ser el apóstol Pablo justamente después de que se le apareciera el Señor. Pero aunque no sea de esa forma, ¿no será que nosotros también podemos encontrarnos con él?
Bueno, la respuesta es que sí. Esto no es solamente una posibilidad, sino que es algo que yo mismo experimenté en un momento de mi vida, y es lo que me llevó a seguirlo. Comprender que había resucitado no fue un acto racional de convicción, sino que primero tuve un encuentro profundo con él. Cómo es este encuentro, no sabría decirlo. Si fue emocional, mental, espiritual, aunque me inclino a creer que es más bien espiritual. Pero es concreto y real. No fue simplemente una emoción, una sensación, sino una presencia real.
Entonces, no hay motivo para que no busquemos a ese Jesús resucitado, para que no le pidamos que se nos revele, que nos deje encontrarlo. Cuando veo a María y Magdalena en el sepulcro me pregunto si más allá de perfumar el cuerpo de Jesús, no estarían expectantes también por esa promesa que él les había hecho. Especialmente María, que ya había creído todas las cosas hasta ese punto. Y por otro lado, el ángel tuvo que llevarlas al lugar para que vieran que no estaba allí. Necesitaban comprobarlo.
Quiero decir, todos los cristianos celebramos Semana Santa, como una fiesta, y en la teoría creemos que Jesús resucitó, pero, ¿cómo puede alguien creer en la resurrección de manera puramente teórica? ¡Es un milagro demasiado grande para que no lo hagamos parte de nuestra vida cotidiana, de nuestros pensamientos, de cada momento de nuestras vidas! Jesús está vivo, hoy mismo, y aunque ascendió al cielo, volvió al Padre, vive. Y nos dejó además su Espíritu, y esto tampoco podemos tomarlo sólo desde la teoría, porque es algo muy práctico. Jesús está vivo no solamente en sí mismo, sino dentro de nosotros. Dentro de cada uno de los que creemos en su nombre. No podemos quedarnos tibios ante esto. Cristo resucitó, y con él nosotros también resucitamos, de una vida sin color a una vida para Dios. Si reconozco en la cruz mi propia muerte, como decía el viernes, tengo que reconocer en el sepulcro vacío mi propia resurrección, y esta nueva vida que, aunque sea por agradecimiento, tengo que dedicarle a Dios.
Cristo mismo lo encomendó. Nos dio el encargo de anunciar este mensaje a todo el mundo. Pero como dice Pablo, "el reino de Dios no es cuestión de palabras sino de poder" (1 Corintios 4:20). Anunciar el mensaje no se trata en primer lugar de ir por la vida contándole a la gente sobre la muerte y resurrección de Jesús, o sobre la biblia, sino sobre todo animarse a descubrir al Jesús resucitado, animarnos a creer en serio en esto, día a día, relacionarnos personal e íntimamente con él y llenarnos así con el poder del Espíritu que vive en nosotros, para ir y transformar el mundo que nos rodea con esa nueva vida. Y esto, créanme, es posible.
Jesús resucitó. Está vivo. ¿Qué mejor manera de celebrar esto que buscar su poder para nuestras vidas cada día de nuestras vidas? Porque esa es la victoria sobre el mal: creer en que Jesús murió para pagar por mi desobediencia, pero que resucitó para limpiar mi cuenta y empezar una vida de obediencia desde cero. Y Cristo define la obediencia así: "¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él" (Juan 14:21). Hacer propios sus mandamientos. Entender que lo que nos manda es lo que realmente es bueno para todos, para el mundo, digamos, para la vida. Y cumplirlo por eso, no por obligación, sino porque entendemos que es lo mejor. Y dice: "y me manifestaré a él". Es una promesa. Y Dios cumple sus promesas.
Que el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos nos resucite a todos en nuestro corazón en este domingo de resurrección, y que podamos animarnos a creer de verdad, completamente, de todo corazón, en que Jesús está vivo y hoy mismo podemos encontrarnos con él cada vez que lo busquemos. "Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo" (Mateo 28:20). ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: Mateo 28
Es llamativo el cambio que ocurrió en los discípulos en este día. Después del arresto de Jesús, como ya vimos, ellos de habían dispersado y escondido mientras hacían duelo por lo que había pasado con su Maestro. No habían entendido bien el anuncio que Jesús les había dado. Y era lógico, porque hasta ese entonces, ¿quién había resucitado?
Pero lo que quiero que pensemos en esa mañana es un poco lo que nos pasa a nosotros. A nosotros, que somos creyentes. Muchas veces lloramos la muerte de Jesús, y hacemos duelo también, y no está mal. Pero, ¿somos plenamente conscientes de que resucitó y de todo lo que eso implica? Si nos enfocamos solamente en su muerte corremos el riesgo de perder de vista el poder que tenemos en su vida nueva. De hecho, es una parte central de su mensaje. Jesús nos da la posibilidad de nacer de nuevo, de empezar de cero, digamos, por el hecho de que él mismo renació, por así decirlo.
Es curioso que nos olvidemos precisamente de este punto. De hecho, no hay milagro visible en que alguien muera. Por supuesto que la muerte de Jesús es en sí misma un milagro, por el poder que también manifiesta, pero, ¿quién no cree en la muerte? Sin embargo, sólo alguien con fe puede creer que haya resucitado. El texto muestra que él se le apareció a sus discípulos. Pero, ¿no será que también a nosotros puede aparecérsenos?
Y no me refiero a una aparición visible, como quien ve un fantasma, aunque no descartaría esa posibilidad también para casos particulares, y pienso por ejemplo en Saulo de Tarso, que iba a ser el apóstol Pablo justamente después de que se le apareciera el Señor. Pero aunque no sea de esa forma, ¿no será que nosotros también podemos encontrarnos con él?
Bueno, la respuesta es que sí. Esto no es solamente una posibilidad, sino que es algo que yo mismo experimenté en un momento de mi vida, y es lo que me llevó a seguirlo. Comprender que había resucitado no fue un acto racional de convicción, sino que primero tuve un encuentro profundo con él. Cómo es este encuentro, no sabría decirlo. Si fue emocional, mental, espiritual, aunque me inclino a creer que es más bien espiritual. Pero es concreto y real. No fue simplemente una emoción, una sensación, sino una presencia real.
Entonces, no hay motivo para que no busquemos a ese Jesús resucitado, para que no le pidamos que se nos revele, que nos deje encontrarlo. Cuando veo a María y Magdalena en el sepulcro me pregunto si más allá de perfumar el cuerpo de Jesús, no estarían expectantes también por esa promesa que él les había hecho. Especialmente María, que ya había creído todas las cosas hasta ese punto. Y por otro lado, el ángel tuvo que llevarlas al lugar para que vieran que no estaba allí. Necesitaban comprobarlo.
Quiero decir, todos los cristianos celebramos Semana Santa, como una fiesta, y en la teoría creemos que Jesús resucitó, pero, ¿cómo puede alguien creer en la resurrección de manera puramente teórica? ¡Es un milagro demasiado grande para que no lo hagamos parte de nuestra vida cotidiana, de nuestros pensamientos, de cada momento de nuestras vidas! Jesús está vivo, hoy mismo, y aunque ascendió al cielo, volvió al Padre, vive. Y nos dejó además su Espíritu, y esto tampoco podemos tomarlo sólo desde la teoría, porque es algo muy práctico. Jesús está vivo no solamente en sí mismo, sino dentro de nosotros. Dentro de cada uno de los que creemos en su nombre. No podemos quedarnos tibios ante esto. Cristo resucitó, y con él nosotros también resucitamos, de una vida sin color a una vida para Dios. Si reconozco en la cruz mi propia muerte, como decía el viernes, tengo que reconocer en el sepulcro vacío mi propia resurrección, y esta nueva vida que, aunque sea por agradecimiento, tengo que dedicarle a Dios.
Cristo mismo lo encomendó. Nos dio el encargo de anunciar este mensaje a todo el mundo. Pero como dice Pablo, "el reino de Dios no es cuestión de palabras sino de poder" (1 Corintios 4:20). Anunciar el mensaje no se trata en primer lugar de ir por la vida contándole a la gente sobre la muerte y resurrección de Jesús, o sobre la biblia, sino sobre todo animarse a descubrir al Jesús resucitado, animarnos a creer en serio en esto, día a día, relacionarnos personal e íntimamente con él y llenarnos así con el poder del Espíritu que vive en nosotros, para ir y transformar el mundo que nos rodea con esa nueva vida. Y esto, créanme, es posible.
Jesús resucitó. Está vivo. ¿Qué mejor manera de celebrar esto que buscar su poder para nuestras vidas cada día de nuestras vidas? Porque esa es la victoria sobre el mal: creer en que Jesús murió para pagar por mi desobediencia, pero que resucitó para limpiar mi cuenta y empezar una vida de obediencia desde cero. Y Cristo define la obediencia así: "¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él" (Juan 14:21). Hacer propios sus mandamientos. Entender que lo que nos manda es lo que realmente es bueno para todos, para el mundo, digamos, para la vida. Y cumplirlo por eso, no por obligación, sino porque entendemos que es lo mejor. Y dice: "y me manifestaré a él". Es una promesa. Y Dios cumple sus promesas.
Que el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos nos resucite a todos en nuestro corazón en este domingo de resurrección, y que podamos animarnos a creer de verdad, completamente, de todo corazón, en que Jesús está vivo y hoy mismo podemos encontrarnos con él cada vez que lo busquemos. "Y les aseguro que estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo" (Mateo 28:20). ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
sábado, 30 de marzo de 2013
Sábado Santo - Silencio
Hola a todos.
Texto: Mateo 27:62-66
Creo que el sábado de la Semana Santa es el día más intrigante. Sólo uno de los evangelistas, Mateo, habla sobre ese día con toda claridad. El resto de los evangelios pareciera acompañar al Señor Jesús en su silencio. Después de haber sido crucificado y entregar su vida, fue sepultado, y ahí permaneció todo un día, sin que pasara nada más. ¿Alguna vez trataron de imaginar lo que los discípulos atravesaron durante ese día? Trato de pensar en todas las expectativas que tenían, en todo lo que habían vivido junto al Señor, y viene a mi mente lo que dije ayer: parecía que todo había terminado, que sus sueños, esperanzas y creencias estaban totalmente frustradas. El Cristo, el Mesías de los profetas, estaba muerto. ¿Acaso Dios se había olvidado de su pueblo?
Y Dios hizo silencio durante todo un día. No dijo que sí. No dijo que no. Dijo: no hay otra más que creer y esperar.
Lo interesante es que, mientras tanto, los jefes de los sacerdotes y los fariseos temían. El templo se había quebrado y el velo se había rasgado, y los rumores hablaban de gente que había regresado de la muerte. Con todo esto en mente fueron a buscar a Pilato para contarle que Jesús había afirmado que iba a resucitar. Le dijeron que los discípulos probablemente robarían el cuerpo, y que por lo tanto era necesario que sellaran el sepulcro.
Pero, ¿de qué tenían miedo? Si robaban el cuerpo pero nadie lo veía, hubiera sido poco creíble que Jesús hubiera resucitado. Si lo custodiaban sólo hasta el tercer día, como proponían los sacerdotes, los discípulos podían robarlo al cuarto día y crear el mismo supuesto engaño. ¿No podríamos pensar entonces que, en definitiva, tenían mucho miedo de que fuera cierto? ¿Qué tal si realmente resucitaba? Por lo menos, si el sepulcro estaba bien sellado, nadie iba a enterarse.
En definitiva, permanecían con la misma actitud obstinada aún a pesar de haber recibido las señales en el templo, es decir, a pesar de que pensaran que era cierto que iba a resucitar. Con sus actos estaban diciendo algo como "sabemos que al final tenías razón, pero salí de ahí si podés... ¡vamos a tapar la verdad con la piedra más pesada que podamos encontrar!"
Creo que es en el fondo un mecanismo de defensa. Aceptar públicamente el error que habían cometido hubiera sido el fin de sus días como sacerdotes, y tal vez incluso el fin de sus días, directamente. Hasta habían provocado muchos disturbios por causa de su condena hacia Jesús, así que ni los romanos les iban a tener contemplación.
Por otra parte, imagino que Pilato estaba harto del tema. Ya suficiente había tenido que soportar durante el arresto de Jesús, y supongo que habría pensado "buen, al menos ya me saqué este peso de encima". Pero no, ahora venían otra vez estos líderes religiosos diciendo que el que acababan de matar había dicho que podía resucitar. Ahora, Jesús había llegado a decirle a Pilato que su reino no era de este mundo (Juan 18:36), y los judíos le habían dicho que se proclamaba a sí mismo Hijo de Dios. ¿No podemos pensar que, hilando y uniendo toda la historia, Pilato también empezaba a pensar que había algo más ahí dando vueltas?
Él, que había tratado de ser lo más imparcial que pudo para no meterse en problemas con sus superiores, pienso que ahora que todo estaba jugado y la suerte estaba echada, quería ver en qué terminaba todo eso. Pienso que hay cierto tono de desafío en la respuesta de Pilato a las autoridades religiosas judías. "Vayan a asegurar el sepulcro lo mejor que puedan" (27:65), les dice. No sabemos cómo sigue la historia del procurador romano, ni si finalmente creyó en el Señor, ni si el Señor se le apareció también a él. Pero no podemos descartar esa posibilidad, después de todo lo que él también había vivido alrededor de estos sucesos.
De los discípulos ni siquiera se habla en este pasaje. Tal como Jesús había anunciado, se habían dispersado, y seguramente estarían escondidos llorando por la muerte de su Maestro, sin tener en cuenta todo lo que les había anunciado. Creían que ya había sido suficiente. ¿Y no nos pasa esto? Quiero decir, personalmente a mí me pasa. Me preocupo y hasta llego a sufrir por situaciones para las que el Señor me dejó promesas claras y contundentes. Me olvido de esas promesas, y recién cuando se cumplen recuerdo que ya me había sido anunciado. Creo que es natural: no estamos acostumbrados a mirar hacia aquello que no vemos. Lo mismo les pasó a los discípulos.
Y quiero terminar esta reflexión siguiendo esta idea con otra cosa que pensé mientras veía la película "La Pasión de Cristo". Cerca del final, la película muestra al diablo gritando en agonía. Cualquiera pensaría "bueno, murió Jesús, así que perdió. Sus seguidores perdieron. La humanidad perdió". Pero justamente la realidad es todo lo opuesto: la muerte de Jesús es la victoria de la humanidad. No es la resurrección lo único que aporta esperanza, sino que la muerte en sí misma es la derrota del diablo y del pecado. Jesús murió llevándose consigo la condena de la humanidad. Cualquiera que se une a Cristo en su muerte, ya no tiene ninguna condena posible. No fue Jesús el que fracasó en su misión, sino todo lo contrario: fue el diablo el que perdió la guerra, aún después de los numerosos esfuerzos que hizo para que Jesús no alcanzara su objetivo. Dios ganó. Y nosotros con él.
Y ahora, hago silencio, como Dios en aquel sábado.
Hasta mañana, si Dios así lo quiere.
Texto: Mateo 27:62-66
Creo que el sábado de la Semana Santa es el día más intrigante. Sólo uno de los evangelistas, Mateo, habla sobre ese día con toda claridad. El resto de los evangelios pareciera acompañar al Señor Jesús en su silencio. Después de haber sido crucificado y entregar su vida, fue sepultado, y ahí permaneció todo un día, sin que pasara nada más. ¿Alguna vez trataron de imaginar lo que los discípulos atravesaron durante ese día? Trato de pensar en todas las expectativas que tenían, en todo lo que habían vivido junto al Señor, y viene a mi mente lo que dije ayer: parecía que todo había terminado, que sus sueños, esperanzas y creencias estaban totalmente frustradas. El Cristo, el Mesías de los profetas, estaba muerto. ¿Acaso Dios se había olvidado de su pueblo?
Y Dios hizo silencio durante todo un día. No dijo que sí. No dijo que no. Dijo: no hay otra más que creer y esperar.
Lo interesante es que, mientras tanto, los jefes de los sacerdotes y los fariseos temían. El templo se había quebrado y el velo se había rasgado, y los rumores hablaban de gente que había regresado de la muerte. Con todo esto en mente fueron a buscar a Pilato para contarle que Jesús había afirmado que iba a resucitar. Le dijeron que los discípulos probablemente robarían el cuerpo, y que por lo tanto era necesario que sellaran el sepulcro.
Pero, ¿de qué tenían miedo? Si robaban el cuerpo pero nadie lo veía, hubiera sido poco creíble que Jesús hubiera resucitado. Si lo custodiaban sólo hasta el tercer día, como proponían los sacerdotes, los discípulos podían robarlo al cuarto día y crear el mismo supuesto engaño. ¿No podríamos pensar entonces que, en definitiva, tenían mucho miedo de que fuera cierto? ¿Qué tal si realmente resucitaba? Por lo menos, si el sepulcro estaba bien sellado, nadie iba a enterarse.
En definitiva, permanecían con la misma actitud obstinada aún a pesar de haber recibido las señales en el templo, es decir, a pesar de que pensaran que era cierto que iba a resucitar. Con sus actos estaban diciendo algo como "sabemos que al final tenías razón, pero salí de ahí si podés... ¡vamos a tapar la verdad con la piedra más pesada que podamos encontrar!"
Creo que es en el fondo un mecanismo de defensa. Aceptar públicamente el error que habían cometido hubiera sido el fin de sus días como sacerdotes, y tal vez incluso el fin de sus días, directamente. Hasta habían provocado muchos disturbios por causa de su condena hacia Jesús, así que ni los romanos les iban a tener contemplación.
Por otra parte, imagino que Pilato estaba harto del tema. Ya suficiente había tenido que soportar durante el arresto de Jesús, y supongo que habría pensado "buen, al menos ya me saqué este peso de encima". Pero no, ahora venían otra vez estos líderes religiosos diciendo que el que acababan de matar había dicho que podía resucitar. Ahora, Jesús había llegado a decirle a Pilato que su reino no era de este mundo (Juan 18:36), y los judíos le habían dicho que se proclamaba a sí mismo Hijo de Dios. ¿No podemos pensar que, hilando y uniendo toda la historia, Pilato también empezaba a pensar que había algo más ahí dando vueltas?
Él, que había tratado de ser lo más imparcial que pudo para no meterse en problemas con sus superiores, pienso que ahora que todo estaba jugado y la suerte estaba echada, quería ver en qué terminaba todo eso. Pienso que hay cierto tono de desafío en la respuesta de Pilato a las autoridades religiosas judías. "Vayan a asegurar el sepulcro lo mejor que puedan" (27:65), les dice. No sabemos cómo sigue la historia del procurador romano, ni si finalmente creyó en el Señor, ni si el Señor se le apareció también a él. Pero no podemos descartar esa posibilidad, después de todo lo que él también había vivido alrededor de estos sucesos.
De los discípulos ni siquiera se habla en este pasaje. Tal como Jesús había anunciado, se habían dispersado, y seguramente estarían escondidos llorando por la muerte de su Maestro, sin tener en cuenta todo lo que les había anunciado. Creían que ya había sido suficiente. ¿Y no nos pasa esto? Quiero decir, personalmente a mí me pasa. Me preocupo y hasta llego a sufrir por situaciones para las que el Señor me dejó promesas claras y contundentes. Me olvido de esas promesas, y recién cuando se cumplen recuerdo que ya me había sido anunciado. Creo que es natural: no estamos acostumbrados a mirar hacia aquello que no vemos. Lo mismo les pasó a los discípulos.
Y quiero terminar esta reflexión siguiendo esta idea con otra cosa que pensé mientras veía la película "La Pasión de Cristo". Cerca del final, la película muestra al diablo gritando en agonía. Cualquiera pensaría "bueno, murió Jesús, así que perdió. Sus seguidores perdieron. La humanidad perdió". Pero justamente la realidad es todo lo opuesto: la muerte de Jesús es la victoria de la humanidad. No es la resurrección lo único que aporta esperanza, sino que la muerte en sí misma es la derrota del diablo y del pecado. Jesús murió llevándose consigo la condena de la humanidad. Cualquiera que se une a Cristo en su muerte, ya no tiene ninguna condena posible. No fue Jesús el que fracasó en su misión, sino todo lo contrario: fue el diablo el que perdió la guerra, aún después de los numerosos esfuerzos que hizo para que Jesús no alcanzara su objetivo. Dios ganó. Y nosotros con él.
Y ahora, hago silencio, como Dios en aquel sábado.
Hasta mañana, si Dios así lo quiere.
viernes, 29 de marzo de 2013
Viernes Santo - Muerte
Hola a todos. Se me hizo un poco tarde hoy, pero quiero seguir con esta reflexión sobre la Semana Santa. Ayer tomé como foco el arresto de Jesús. Hoy me corresponde hablar acerca de su muerte. Como dije ayer, voy a tratar de ser breve, aunque es evidente que no es mi fuerte.
Texto: Mateo 27:1-61
En lugar de hablar sobre momentos, me gustaría esta vez hablar sobre tres elementos que creo ver en este episodio de la obra de Jesús. El primero de ellos es la diferencia entre arrepentimiento y remordimiento. Normalmente tendemos a asociar ambas cosas, pero si prestamos atención a este pasaje, podemos encontrar una diferencia muy clara. Pienso, por ejemplo, en la diferencia que hubo entre la actitud de Pedro y la de Judas. Conociendo el final de la historia, sabemos que Pedro se arrepintió por haber negado a Jesús. Tuvo su oportunidad, y la aprovechó. Incluso en el mismo momento en que lo hizo, recordó las palabras de Jesús, y podemos imaginar que deseó no haberlo hecho. Sin embargo, parece haber entendido que eso tenía que llevarlo a remediar su error, por ejemplo, cambiando su postura y defendiendo el mensaje de Cristo. Judas, por el contrario, decidió quitarse la vida. ¿Por qué?
Bueno, pienso que Judas no había entendido el mensaje del arrepentimiento. Por supuesto, se sintió miserable por haber derramado sangre inocente, pero pidió perdón a las personas equivocadas. A los jefes de los sacerdotes les daba igual si Judas se sentía culpable o no. Ellos ya habían conseguido lo que querían. Para Judas, no había vuelta atrás. El daño ya estaba hecho. Tal vez se sintió totalmente acorralado. ¿Y quién no se siente acorralado por sus propias equivocaciones de vez en cuando?
Pero su error estaba en pensar que no había vuelta atrás. Por supuesto, en el exterior, en las circunstancias, no había retorno: Jesús iba a ser entregado e iba a morir, y era su responsabilidad. Pero en su interior, en aquello que lo había conducido a hacer eso, sí había vuelta atrás. Adentro de nosotros, siempre hay vuelta atrás. Solamente tenía que adoptar una actitud humilde, reconocer que se había equivocado, y sin dudas Jesús mismo iba a estar dispuesto a perdonarlo. Ya vimos que perdonó a Pedro incluso antes de que llevara a cabo lo que Jesús sabía que iba a hacer: negarlo. Estoy seguro de que al recordar las palabras de Jesús, Pedro comprendió esto. Por eso Pedro no se quitó la vida.
2 Corintios 7:10 dice que "la tristeza que proviene de Dios produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte". Creo que la idea encerrada en este pasaje es clara: arrepentirse es reconocer que Dios puede cambiar lo que me hizo equivocarme. El remordimiento es ese sentimiento que me lleva a castigarme a mí mismos, sin tener en cuenta que Dios está siempre dispuesto a perdonarme. El arrepentimiento me conduce a Dios, y me aleja de las conductas autodestructivas. Dios tiene poder para limpiarme y para cambiar lo que no está bien en mí, y no lo hace castigándonos, sino enseñándonos y corrigiéndonos. Incluso nos ayuda a lidiar con las consecuencias de nuestros actos. Creo que el centurión que estaba junto a la cruz fue otro de los que comprendieron esta verdad liberadora.
El otro elemento que veo en este pasaje es la obstinación del pueblo judío, y esto tiene, en mi opinión, mucho para enseñarnos. Los judíos simplemente gritaban desordenadamente que crucificaran a Jesús y soltaran a Barrabás. Es evidente que no pensaban en lo que decían. Seguramente se dejaban llevar simplemente por sus pasiones, por sus frustraciones y por la voz de los líderes religiosos. Estaban confundidos y obnubilados. Pero, ¿no nos pasa esto a nosotros? ¿Cuántas veces participamos de ritos, liturgias o festividades religiosas sin detenernos a pensar en su significado, por ejemplo? Y pienso, incluso, en Semana Santa. ¿O cuántas veces cuestionamos a otras personas o a otras maneras de pensar sólo por el hecho de que no provengan del cristianismo tal como lo entendemos? Por supuesto que no por esto quiero decir que el mensaje de Dios es relativo. No, todo lo contrario: es absoluto. Pero, ¿no será que muchas veces sólo nos dejamos arrastrar por esquemas cerrados de comprensión de la fe cristiana? ¿Por qué a veces pensamos que una iglesia es mejor que otra, o que una determinada persona o congregación no es verdaderamente cristiana?
Por otra parte, la biblia dice que "la mente de ellos se embotó, de modo que hasta el día de hoy tienen puesto el mismo velo al leer el antiguo pacto. El velo no les ha sido quitado, porque sólo se quita en Cristo" (2 Corintios 3:14). Éste es el secreto del cristianismo: volver la mirada a Jesús. Pero no al Jesús escrito, al Jesús de la cruz de las iglesias, al Jesús de las imágenes. Al Jesús viviente, al que hoy, acá y ahora, está actuando en cada uno de los que creen en su nombre y lo aman. Jesús murió para romper ese velo y ayudarnos a entender a Dios. Entablar una relación personal, profunda e íntima con Cristo, con el Jesús que vive hoy mismo, es la única manera de entender su mensaje, y de hacerlo propio. Esto es lo que no comprendió el pueblo al condenar a Cristo. En cualquier caso, esto ocurrió para que se cumpliera lo que Dios había establecido. ¿No será que Dios quería mostrarnos que en realidad, todos y cada uno de nosotros condenó a Cristo al tener esa misma tendencia a ver todo desde nuestra propia mirada esquemática, cerrada? Y me incluyo. Pero otra vez: no olvidemos que Dios nos perdona por esto. Después de todo, ¡Jesús dio su vida también por esos judíos que lo condenaron!
Y finalmente, la muerte de Cristo nos habla de la entrega total de Jesús hacia el Padre. Este mensaje es intenso, y además central. La muerte de Jesús en sí misma no me salva. Lo repito: la muerte de Jesús en sí misma no me salva. Tengo que hacer propia esa muerte. ¿Qué significa eso? Que tengo que reconocer primero que nada que era necesario que él pagara una deuda vital que yo tenía para con Dios. Si no creo que yo soy por naturaleza desobediente a Dios y que por lo tanto merezco estar separado de él, no voy a aceptar que era necesario que Jesús muriera. En segundo lugar, tengo que aceptar que Jesús era y es efectivamente el Hijo de Dios y que sólo por eso su sacrificio valió para toda la humanidad. Dios cargando sobre sí mismo la deuda de desobediencia del ser humano. ¿Cómo? Siendo obediente hasta el final, incluso hasta en la decisión de dejarse morir.
Si no comprendo esto, no voy a creer que Jesús murió también por mí, personalmente. En definitiva, tengo que verme a mí mismo, a mi pecado, es decir, a mi desobediencia crónica al Señor, en esa cruz. Lo digo de nuevo: tengo que verme a mí mismo en esa cruz para que la muerte de Cristo valga para mí. Esto es creer en Cristo. La biblia dice que Jesús murió por todos, por supuesto. Pero si no hago mía esa muerte de Cristo, es como si la estuviera negando, declarándola inválida para mí. Por eso dije que por sí sola no alcanza: necesito creer en la muerte de Cristo para que valga para mí. "Por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe" (Efesios 2:8). ¡Mediante la fe! Si no hay fe de por medio, sigo estando separado de Dios, por más que Cristo haya pagado por mí. Porque no reconozco como válido el pago que él hizo.
Pero de nuevo: con Dios siempre hay vuelta atrás. Nunca es tarde para darse vuelta y decir "está bien, es cierto, Jesús murió también por mí. Aunque antes lo negué, o no lo consideré, o no lo entendí, ahora miro a Jesús y reconozco que ahí, en esa cruz, en esa mirada de paz aún en medio del dolor, está el pecado que vive en mí, pero el cuál Jesús condenó en la cruz para empezar a limpiarme y unirme de una vez y para siempre con el Padre". Repito: nunca es tarde. Dios espera siempre con los brazos abiertos, siempre, no importa qué hayamos hecho hasta ahora. Porque de todas maneras, hayamos hecho lo que hayamos hecho, el punto en el que reconozco eso es el comienzo de una etapa totalmente nueva en nuestras vidas, una etapa donde lo que antes fui empieza a desaparecer para dejar paso al nuevo ser humano que Dios está creando en mí, una nueva naturaleza "creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad" (Efesios 4:24). De hecho, cuando Jesús murió parecía que todo había terminado. Que las promesas, las ilusiones y esperanzas de los que lo habían seguido habían desaparecido. Pero en realidad, hoy sabemos que era todo lo contrario: nada había terminado, sino que eso era sólo el comienzo de una nueva era de la humanidad.
Que el Dios que dio su vida por cada uno de nosotros rompa el velo día a día, para que nuestra comprensión de toda su obra aumente y nos permita disfrutar cada vez más de una relación personal profunda con él mismo. Y si recién hoy se están planteando esto por primera vez, que Dios los ayude a recordar que con el mero hecho de aceptar que todo esto es cierto, ya están reconociendo su condición frente a él, y están tomando para ustedes mismos la muerte de Cristo, aunque no estén totalmente conscientes de eso, si es que no lo están. "Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús" (Romanos 8:1). ¡AMÉN!
Hasta mañana, si Dios así lo quiere.
Texto: Mateo 27:1-61
En lugar de hablar sobre momentos, me gustaría esta vez hablar sobre tres elementos que creo ver en este episodio de la obra de Jesús. El primero de ellos es la diferencia entre arrepentimiento y remordimiento. Normalmente tendemos a asociar ambas cosas, pero si prestamos atención a este pasaje, podemos encontrar una diferencia muy clara. Pienso, por ejemplo, en la diferencia que hubo entre la actitud de Pedro y la de Judas. Conociendo el final de la historia, sabemos que Pedro se arrepintió por haber negado a Jesús. Tuvo su oportunidad, y la aprovechó. Incluso en el mismo momento en que lo hizo, recordó las palabras de Jesús, y podemos imaginar que deseó no haberlo hecho. Sin embargo, parece haber entendido que eso tenía que llevarlo a remediar su error, por ejemplo, cambiando su postura y defendiendo el mensaje de Cristo. Judas, por el contrario, decidió quitarse la vida. ¿Por qué?
Bueno, pienso que Judas no había entendido el mensaje del arrepentimiento. Por supuesto, se sintió miserable por haber derramado sangre inocente, pero pidió perdón a las personas equivocadas. A los jefes de los sacerdotes les daba igual si Judas se sentía culpable o no. Ellos ya habían conseguido lo que querían. Para Judas, no había vuelta atrás. El daño ya estaba hecho. Tal vez se sintió totalmente acorralado. ¿Y quién no se siente acorralado por sus propias equivocaciones de vez en cuando?
Pero su error estaba en pensar que no había vuelta atrás. Por supuesto, en el exterior, en las circunstancias, no había retorno: Jesús iba a ser entregado e iba a morir, y era su responsabilidad. Pero en su interior, en aquello que lo había conducido a hacer eso, sí había vuelta atrás. Adentro de nosotros, siempre hay vuelta atrás. Solamente tenía que adoptar una actitud humilde, reconocer que se había equivocado, y sin dudas Jesús mismo iba a estar dispuesto a perdonarlo. Ya vimos que perdonó a Pedro incluso antes de que llevara a cabo lo que Jesús sabía que iba a hacer: negarlo. Estoy seguro de que al recordar las palabras de Jesús, Pedro comprendió esto. Por eso Pedro no se quitó la vida.
2 Corintios 7:10 dice que "la tristeza que proviene de Dios produce el arrepentimiento que lleva a la salvación, de la cual no hay que arrepentirse, mientras que la tristeza del mundo produce la muerte". Creo que la idea encerrada en este pasaje es clara: arrepentirse es reconocer que Dios puede cambiar lo que me hizo equivocarme. El remordimiento es ese sentimiento que me lleva a castigarme a mí mismos, sin tener en cuenta que Dios está siempre dispuesto a perdonarme. El arrepentimiento me conduce a Dios, y me aleja de las conductas autodestructivas. Dios tiene poder para limpiarme y para cambiar lo que no está bien en mí, y no lo hace castigándonos, sino enseñándonos y corrigiéndonos. Incluso nos ayuda a lidiar con las consecuencias de nuestros actos. Creo que el centurión que estaba junto a la cruz fue otro de los que comprendieron esta verdad liberadora.
El otro elemento que veo en este pasaje es la obstinación del pueblo judío, y esto tiene, en mi opinión, mucho para enseñarnos. Los judíos simplemente gritaban desordenadamente que crucificaran a Jesús y soltaran a Barrabás. Es evidente que no pensaban en lo que decían. Seguramente se dejaban llevar simplemente por sus pasiones, por sus frustraciones y por la voz de los líderes religiosos. Estaban confundidos y obnubilados. Pero, ¿no nos pasa esto a nosotros? ¿Cuántas veces participamos de ritos, liturgias o festividades religiosas sin detenernos a pensar en su significado, por ejemplo? Y pienso, incluso, en Semana Santa. ¿O cuántas veces cuestionamos a otras personas o a otras maneras de pensar sólo por el hecho de que no provengan del cristianismo tal como lo entendemos? Por supuesto que no por esto quiero decir que el mensaje de Dios es relativo. No, todo lo contrario: es absoluto. Pero, ¿no será que muchas veces sólo nos dejamos arrastrar por esquemas cerrados de comprensión de la fe cristiana? ¿Por qué a veces pensamos que una iglesia es mejor que otra, o que una determinada persona o congregación no es verdaderamente cristiana?
Por otra parte, la biblia dice que "la mente de ellos se embotó, de modo que hasta el día de hoy tienen puesto el mismo velo al leer el antiguo pacto. El velo no les ha sido quitado, porque sólo se quita en Cristo" (2 Corintios 3:14). Éste es el secreto del cristianismo: volver la mirada a Jesús. Pero no al Jesús escrito, al Jesús de la cruz de las iglesias, al Jesús de las imágenes. Al Jesús viviente, al que hoy, acá y ahora, está actuando en cada uno de los que creen en su nombre y lo aman. Jesús murió para romper ese velo y ayudarnos a entender a Dios. Entablar una relación personal, profunda e íntima con Cristo, con el Jesús que vive hoy mismo, es la única manera de entender su mensaje, y de hacerlo propio. Esto es lo que no comprendió el pueblo al condenar a Cristo. En cualquier caso, esto ocurrió para que se cumpliera lo que Dios había establecido. ¿No será que Dios quería mostrarnos que en realidad, todos y cada uno de nosotros condenó a Cristo al tener esa misma tendencia a ver todo desde nuestra propia mirada esquemática, cerrada? Y me incluyo. Pero otra vez: no olvidemos que Dios nos perdona por esto. Después de todo, ¡Jesús dio su vida también por esos judíos que lo condenaron!
Y finalmente, la muerte de Cristo nos habla de la entrega total de Jesús hacia el Padre. Este mensaje es intenso, y además central. La muerte de Jesús en sí misma no me salva. Lo repito: la muerte de Jesús en sí misma no me salva. Tengo que hacer propia esa muerte. ¿Qué significa eso? Que tengo que reconocer primero que nada que era necesario que él pagara una deuda vital que yo tenía para con Dios. Si no creo que yo soy por naturaleza desobediente a Dios y que por lo tanto merezco estar separado de él, no voy a aceptar que era necesario que Jesús muriera. En segundo lugar, tengo que aceptar que Jesús era y es efectivamente el Hijo de Dios y que sólo por eso su sacrificio valió para toda la humanidad. Dios cargando sobre sí mismo la deuda de desobediencia del ser humano. ¿Cómo? Siendo obediente hasta el final, incluso hasta en la decisión de dejarse morir.
Si no comprendo esto, no voy a creer que Jesús murió también por mí, personalmente. En definitiva, tengo que verme a mí mismo, a mi pecado, es decir, a mi desobediencia crónica al Señor, en esa cruz. Lo digo de nuevo: tengo que verme a mí mismo en esa cruz para que la muerte de Cristo valga para mí. Esto es creer en Cristo. La biblia dice que Jesús murió por todos, por supuesto. Pero si no hago mía esa muerte de Cristo, es como si la estuviera negando, declarándola inválida para mí. Por eso dije que por sí sola no alcanza: necesito creer en la muerte de Cristo para que valga para mí. "Por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe" (Efesios 2:8). ¡Mediante la fe! Si no hay fe de por medio, sigo estando separado de Dios, por más que Cristo haya pagado por mí. Porque no reconozco como válido el pago que él hizo.
Pero de nuevo: con Dios siempre hay vuelta atrás. Nunca es tarde para darse vuelta y decir "está bien, es cierto, Jesús murió también por mí. Aunque antes lo negué, o no lo consideré, o no lo entendí, ahora miro a Jesús y reconozco que ahí, en esa cruz, en esa mirada de paz aún en medio del dolor, está el pecado que vive en mí, pero el cuál Jesús condenó en la cruz para empezar a limpiarme y unirme de una vez y para siempre con el Padre". Repito: nunca es tarde. Dios espera siempre con los brazos abiertos, siempre, no importa qué hayamos hecho hasta ahora. Porque de todas maneras, hayamos hecho lo que hayamos hecho, el punto en el que reconozco eso es el comienzo de una etapa totalmente nueva en nuestras vidas, una etapa donde lo que antes fui empieza a desaparecer para dejar paso al nuevo ser humano que Dios está creando en mí, una nueva naturaleza "creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad" (Efesios 4:24). De hecho, cuando Jesús murió parecía que todo había terminado. Que las promesas, las ilusiones y esperanzas de los que lo habían seguido habían desaparecido. Pero en realidad, hoy sabemos que era todo lo contrario: nada había terminado, sino que eso era sólo el comienzo de una nueva era de la humanidad.
Que el Dios que dio su vida por cada uno de nosotros rompa el velo día a día, para que nuestra comprensión de toda su obra aumente y nos permita disfrutar cada vez más de una relación personal profunda con él mismo. Y si recién hoy se están planteando esto por primera vez, que Dios los ayude a recordar que con el mero hecho de aceptar que todo esto es cierto, ya están reconociendo su condición frente a él, y están tomando para ustedes mismos la muerte de Cristo, aunque no estén totalmente conscientes de eso, si es que no lo están. "Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús" (Romanos 8:1). ¡AMÉN!
Hasta mañana, si Dios así lo quiere.
jueves, 28 de marzo de 2013
Jueves Santo - Arresto
Hola a todos. Después de un breve descanso desde la serie sobre la lucha espiritual, aprovechando la fecha en la que estamos, se me ocurrió publicar una serie de reflexiones breves sobre los días de la llamada Semana Santa, es decir los días de la muerte y resurrección de Jesús. Por motivos de tiempo no pude empezar ayer, aunque tenía la idea de hacerlo con la entrada del Señor en Jerusalén. Así que empiezo hoy con el arresto.
Texto: Mateo 26:17-75
Creo que identifico al menos seis momentos en el arresto de Jesús. En primer lugar, la celebración de la cena de Pascua. Hay dos elementos importantes que quiero destacar de ese momento. En primer lugar, aún sabiendo que Judas iba a traicionarlo, no lo dijo abiertamente, y creo que podríamos pensar en que no quería generar discordia entre sus discípulos, o desconfianza, pero además podríamos pensar en que ya lo había perdonado en su corazón. No quería causarle problemas. Por otro lado hay en el pasaje dos símbolos importantes: el pan, que representa al cuerpo de Cristo, y el vino, que representa la sangre de Cristo.
El pan es un alimento básico, y lo era aún más para el pueblo judío. Por otro lado, el cuerpo de Cristo es en definitiva la iglesia. ¿No será que lo que Jesús estaba tratando de mostrarnos es que la iglesia como tal, es decir, el congregarnos, el unirnos, el amarnos, es un alimento esencial para mantenernos unidos a Cristo?
En cuanto a la sangre, es lo que sella el nuevo pacto. Es lo que nos proporciona el perdón para nuestro pecado, la que lava nuestra desobediencia. Hebreos lo expresa claramente: "Sin derramamiento de sangre no hay perdón" (Hebreos 9:22). La sangre es además la vida, los hebreos lo consideraban así. Se necesitaba el costo de una vida para pagar por el pecado, y Cristo representa en su muerte a toda la humanidad, la versión corregida de Adán. "Así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos" (Romanos 5:19).
El segundo momento es el abandono de los discípulos, que por otra parte Jesús mismo anuncia, aunque sus discípulos no lo creen posible. A veces pensamos que no vamos a apartarnos del Señor, y sin embargo lo que realmente cuenta es que volvamos a él después de habernos desviado. Creo que ambas cosas son muy importantes. Que pensemos que no vamos a desviarnos significa que no queremos hacerlo, y eso es lo que Dios espera de nosotros. Pero que sepamos que siempre podemos volver, también es muy importante. Por otra parte, cuando Pedro dice que moriría antes que dejarlo, no está diciendo algo que no vaya a ser cierto, sólo que va a cumplir su palabra recién después de la resurrección. De hecho, esto completa el cuadro que Jesús da durante la cena: no hay cristianismo sin el pan, que es la vida, y el vino, que es la muerte, pero tampoco sin resurrección. Jesús veía la resurrección en el momento previo a su muerte. Las tres cosas son una sola.
El tercer momento es la oración en Getsemaní. Es interesante que en ese momento se aparta con sus discípulos más cercanos: Pedro, Jacobo y Juan. Les cuenta su pesar, y les pide que lo acompañen en su dolor. ¿Hacemos esto entre nosotros? Pienso que está en el centro del mensaje de Jesús, no sólo el acompañar a otros, sino el abrirse y contar nuestras cargas, y pedir ayuda. Después de todo nos enseña eso con respecto al Padre: entender que necesitamos su ayuda y su salvación. Por otra parte, no sólo lo contó y pidió ayuda, sino que además se inclinó ante el Padre y se entregó a su voluntad. Creo que son las tres herramientas sin las cuales es imposible vencer a nuestras circunstancias difíciles.
El cuarto momento es la captura. De esta parte me impresiona que vinieran con armas y palos a capturar a Jesús. Al Señor mismo le impresionó, de hecho. Sin embargo, Jesús le da un mensaje claro y contundente a Pedro: no opongas resistencia, esto tiene que ocurrir. Le dice en definitiva que aunque se resista a que pase, va a terminar pasando igual, pero va a ser peor para ellos. Finalmente, tal como Jesús había anunciado, los discípulos se dispersan, lo abandonan, y además en el momento más crítico.
El quinto momento es el juicio ante el Consejo. Las autoridades religiosas judías querían matarlo desde hacía tiempo, pero no hallaban motivos concretos. Intentan con testigos falsos, pero no funciona. Al final, toman las declaraciones de Cristo, interpretándolas de alguna manera conveniente, y le preguntan si es el Cristo. Lo interesante es que nadie había mencionado eso en esa reunión, sino que ellos mismos lo trajeron a cuento. ¿No será que en el fondo tenían miedo de que fuera cierto? Jesús entonces aprovecha para anunciar su ascenso y su regreso, y lo condenan por blasfemia. Una blasfemia por otra parte inexistente. También es llamativo que, aún si habría podido defenderse basándose en las Escrituras, no lo hizo. Evidentemente sabía que no tenía sentido. Ellos no estaban discutiendo por motivos doctrinales, sino por motivos de poder terrenal. No había nada que hacer contra esa obstinación.
Finalmente, hay un sexto momento. Pedro estaba ahí presente, dice el texto que "para ver en qué terminaba aquello" (26:58). Pero al final ni siquiera pudo hacer eso, porque empezaron a hacerle preguntas acerca de su conexión con Jesús. Preguntas a las que respondió negando tal conexión, como Jesús mismo le había anunciado. No tuvo el valor de exponerse a las consecuencias de afirmar ser su discípulo. ¿Y no nos pasa más de una vez? Es interesante que hasta el más cercano de los discípulos terminó abandonándolo. Simón, el que Jesús mismo había llamado Pedro porque sería la base sobre la que edificaría la comunidad del nuevo pacto. Hasta él lo abandonó. ¿Cuántas veces pensamos que, por estar muy cerca de Jesús, no podemos ya negarlo ante los demás? ¿O defraudarlo, o fallarle?
Lo interesante es que Jesús sabía todo esto, y nunca se los reprochó a sus discípulos, e incluso se los advirtió, para que cuando eso ocurriera, supieran que él igual, a pesar de eso, todavía los amaba. Es importante que tengamos presente esto. El mensaje del arresto es esta triple enseñanza: el amor incondicional, la aceptación incondicional de la voluntad de Dios, y la unidad profunda entre la vida, la muerte y la resurrección de Cristo.
Que el Señor los acompañe en este día mientras reflexionan acerca de la víspera de la muerte de Jesús, y consideran el impacto y la importancia que esto puede tener en sus vidas y en las vidas de todos los que los rodean. ¡AMÉN!
Hasta mañana, si Dios lo quiere así.
Texto: Mateo 26:17-75
Creo que identifico al menos seis momentos en el arresto de Jesús. En primer lugar, la celebración de la cena de Pascua. Hay dos elementos importantes que quiero destacar de ese momento. En primer lugar, aún sabiendo que Judas iba a traicionarlo, no lo dijo abiertamente, y creo que podríamos pensar en que no quería generar discordia entre sus discípulos, o desconfianza, pero además podríamos pensar en que ya lo había perdonado en su corazón. No quería causarle problemas. Por otro lado hay en el pasaje dos símbolos importantes: el pan, que representa al cuerpo de Cristo, y el vino, que representa la sangre de Cristo.
El pan es un alimento básico, y lo era aún más para el pueblo judío. Por otro lado, el cuerpo de Cristo es en definitiva la iglesia. ¿No será que lo que Jesús estaba tratando de mostrarnos es que la iglesia como tal, es decir, el congregarnos, el unirnos, el amarnos, es un alimento esencial para mantenernos unidos a Cristo?
En cuanto a la sangre, es lo que sella el nuevo pacto. Es lo que nos proporciona el perdón para nuestro pecado, la que lava nuestra desobediencia. Hebreos lo expresa claramente: "Sin derramamiento de sangre no hay perdón" (Hebreos 9:22). La sangre es además la vida, los hebreos lo consideraban así. Se necesitaba el costo de una vida para pagar por el pecado, y Cristo representa en su muerte a toda la humanidad, la versión corregida de Adán. "Así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos" (Romanos 5:19).
El segundo momento es el abandono de los discípulos, que por otra parte Jesús mismo anuncia, aunque sus discípulos no lo creen posible. A veces pensamos que no vamos a apartarnos del Señor, y sin embargo lo que realmente cuenta es que volvamos a él después de habernos desviado. Creo que ambas cosas son muy importantes. Que pensemos que no vamos a desviarnos significa que no queremos hacerlo, y eso es lo que Dios espera de nosotros. Pero que sepamos que siempre podemos volver, también es muy importante. Por otra parte, cuando Pedro dice que moriría antes que dejarlo, no está diciendo algo que no vaya a ser cierto, sólo que va a cumplir su palabra recién después de la resurrección. De hecho, esto completa el cuadro que Jesús da durante la cena: no hay cristianismo sin el pan, que es la vida, y el vino, que es la muerte, pero tampoco sin resurrección. Jesús veía la resurrección en el momento previo a su muerte. Las tres cosas son una sola.
El tercer momento es la oración en Getsemaní. Es interesante que en ese momento se aparta con sus discípulos más cercanos: Pedro, Jacobo y Juan. Les cuenta su pesar, y les pide que lo acompañen en su dolor. ¿Hacemos esto entre nosotros? Pienso que está en el centro del mensaje de Jesús, no sólo el acompañar a otros, sino el abrirse y contar nuestras cargas, y pedir ayuda. Después de todo nos enseña eso con respecto al Padre: entender que necesitamos su ayuda y su salvación. Por otra parte, no sólo lo contó y pidió ayuda, sino que además se inclinó ante el Padre y se entregó a su voluntad. Creo que son las tres herramientas sin las cuales es imposible vencer a nuestras circunstancias difíciles.
El cuarto momento es la captura. De esta parte me impresiona que vinieran con armas y palos a capturar a Jesús. Al Señor mismo le impresionó, de hecho. Sin embargo, Jesús le da un mensaje claro y contundente a Pedro: no opongas resistencia, esto tiene que ocurrir. Le dice en definitiva que aunque se resista a que pase, va a terminar pasando igual, pero va a ser peor para ellos. Finalmente, tal como Jesús había anunciado, los discípulos se dispersan, lo abandonan, y además en el momento más crítico.
El quinto momento es el juicio ante el Consejo. Las autoridades religiosas judías querían matarlo desde hacía tiempo, pero no hallaban motivos concretos. Intentan con testigos falsos, pero no funciona. Al final, toman las declaraciones de Cristo, interpretándolas de alguna manera conveniente, y le preguntan si es el Cristo. Lo interesante es que nadie había mencionado eso en esa reunión, sino que ellos mismos lo trajeron a cuento. ¿No será que en el fondo tenían miedo de que fuera cierto? Jesús entonces aprovecha para anunciar su ascenso y su regreso, y lo condenan por blasfemia. Una blasfemia por otra parte inexistente. También es llamativo que, aún si habría podido defenderse basándose en las Escrituras, no lo hizo. Evidentemente sabía que no tenía sentido. Ellos no estaban discutiendo por motivos doctrinales, sino por motivos de poder terrenal. No había nada que hacer contra esa obstinación.
Finalmente, hay un sexto momento. Pedro estaba ahí presente, dice el texto que "para ver en qué terminaba aquello" (26:58). Pero al final ni siquiera pudo hacer eso, porque empezaron a hacerle preguntas acerca de su conexión con Jesús. Preguntas a las que respondió negando tal conexión, como Jesús mismo le había anunciado. No tuvo el valor de exponerse a las consecuencias de afirmar ser su discípulo. ¿Y no nos pasa más de una vez? Es interesante que hasta el más cercano de los discípulos terminó abandonándolo. Simón, el que Jesús mismo había llamado Pedro porque sería la base sobre la que edificaría la comunidad del nuevo pacto. Hasta él lo abandonó. ¿Cuántas veces pensamos que, por estar muy cerca de Jesús, no podemos ya negarlo ante los demás? ¿O defraudarlo, o fallarle?
Lo interesante es que Jesús sabía todo esto, y nunca se los reprochó a sus discípulos, e incluso se los advirtió, para que cuando eso ocurriera, supieran que él igual, a pesar de eso, todavía los amaba. Es importante que tengamos presente esto. El mensaje del arresto es esta triple enseñanza: el amor incondicional, la aceptación incondicional de la voluntad de Dios, y la unidad profunda entre la vida, la muerte y la resurrección de Cristo.
Que el Señor los acompañe en este día mientras reflexionan acerca de la víspera de la muerte de Jesús, y consideran el impacto y la importancia que esto puede tener en sus vidas y en las vidas de todos los que los rodean. ¡AMÉN!
Hasta mañana, si Dios lo quiere así.
martes, 5 de marzo de 2013
En la lucha 6 - La victoria
Hola a todos. Llegó el momento de cerrar esta serie sobre la lucha espiritual, pero antes quiero hacer un pequeño repaso de los temas que vimos durante la serie.
Al principio, hablé de que es fundamental para cualquier cristiano entender que la vida es mucho más que lo que vemos. Como seres humanos tenemos una fuerte tendencia a perder esto de vista, porque estamos bajo el efecto de un triple engaño, por parte del diablo, por el que nos hizo cambiar nuestra manera de ver a Dios, de vernos a nosotros mismos y de ver lo que nos rodea. Principalmente, desvió nuestra mirada de lo "invisible" a lo material, tangible, visible, y una de las consecuencias, por ejemplo, es que nos cuesta creer en la existencia del diablo mismo, algo muy arriesgado.
También vimos que estamos en una pelea permanente contra fuerzas espirituales, que en definitiva son como "estados de conciencia" con su propia autonomía, que actúan en contra nuestra y que quieren controlar nuestras acciones, para lo que primero intentan ganar terreno en nuestros pensamientos. Dije a lo largo de la serie que tenemos tres enemigos: el pecado, una manera de pensar que va a contramano de lo que Dios quiere para nosotros, para nuestra manera de vivir; el mundo, el grupo de todas personas que rechazan a Dios, y que componen o dan forma en este tiempo a nuestra sociedad y a sus normas convencionales; y finalmente, el diablo, el espíritu que gobierna a todos los espíritus que están por fuera de Dios, y que todo lo que quiere es frustrar la creación de Dios, para lo cual tiene que primero deshacer a la humanidad.
En la última reflexión dije que, si estábamos en medio de una lucha, todo cristiano es como un soldado. Como soldados, somos por un lado mensajeros de paz en el mundo visible, pero guerreros en el mundo invisible, enfrentando día y noche a las fuerzas espirituales que corrompen a las personas, que las esclavizan, que las destruyen.
Textos: Romanos 8:35-39; 2 Timoteo 4:7-8; Colosenses 1:9.14, 1 Corintios 15:54-57, Apocalipsis 12:10-11.
Nos queda ahora hablar de cómo hacemos para ganar esta batalla, y qué pasa cuando lo hacemos. La buena noticia es que la lucha ya la ganamos antes de empezar. Presten atención, y tal vez sean sacudidos profundamente y llenados de esperanza como lo fui yo al reflexionar sobre estas cosas.
Así planteada, la situación de la pelea espiritual parece estar totalmente en nuestra contra. Tenemos muchos enemigos, todos con tácticas diversas, algunos incluso difíciles de ver, corremos el riesgo de terminar dañando a las personas en lugar de enfocarnos en lo invisible, y a veces parece que estamos rodeados, acorralados. Pero no tenemos que desesperar: tenemos dentro de nosotros una fuerza capaz de vencer de manera totalmente definitiva.
Esta fuerza es el amor de Cristo. El eterno, poderoso, enorme y profundo amor de Cristo. A veces oímos hablar tanto de esto que perdemos de vista el significado inmenso que tiene su amor en la vida de una persona. Creo que podría escribir una serie entera sobre el amor de Cristo, pero quiero limitarme acá a hablar de lo que creo que implica en esta lucha de la que hablamos.
En primer lugar, nos habilita para usar todas nuestras armas y herramientas, de las que hablamos en las reflexiones anteriores. Sin su amor, nada de eso nos sirve. Si intentamos hacer las cosas por nosotros mismos, vamos a sufrir derrota tras derrota. El amor de Cristo enciende nuestra capacidad de defendernos y de avanzar sobre la oscuridad.
Además, pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, el amor de Cristo permanece. No nos da su amor solamente mientras hacemos las cosas bien, sino que su amor está ahí, siempre al alcance de nuestras manos, para que lo tomemos. Romanos 5:20 dice que "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia". El amor de Cristo es más fuerte que el pecado, más fuerte que mi desobediencia, que mis errores. No lo afectan nuestras malas acciones. Su amor, de hecho, limpia nuestra culpa por esas acciones, y hasta nos limpia progresivamente de los pensamientos que nos llevan a comportarnos así.
Pero, ¿cómo hago para alcanzar su amor? ¿Todos pueden hacerlo, todos pueden tenerlo? Bueno, sí. Eso es lo que enseña la biblia. Sólo hay un requisito: confiar. Esto no es porque Jesús no ame a los que no confían en él. Todo lo contrario: los ama tanto que su amor sigue estando disponible para una persona, sin importar cuántas veces esta persona haya rechazado su amor. Pero para que el poder de su amor obre eficazmente en mi vida, tengo que recibirlo, aceptarlo. Esto ya es confiar. Esto es la fe, básicamente. Confiar en el amor de Cristo, en que es totalmente genuino, desinteresado, gratuito, en que es verdadero, o sea que en serio tiene ese amor por mí, y en que es poderoso, confiar en que realmente el amor de Cristo puede liberarme, fortalecerme, protegerme.
Ese amor, entonces, está ahí para nosotros, para que lo tomemos. Al apropiarnos de ese amor, al tomarlo para nosotros, estamos apropiándonos nada menos que de nuestra victoria definitiva en la lucha espiritual, y con el tiempo, también podemos apropiarnos de la certeza sobre esa victoria, a medida que ganamos confianza en el Señor. Esto es la clave de todo. En cualquier relación, el principal pilar es la confianza, especialmente la convicción de que la otra persona tiene buenas intenciones hacia mí. La relación con Cristo no es una excepción a esta regla.
La confianza, la fe, refuerza los nudos que me unen con Dios. Agranda cada vez más mi conocimiento de él, y cada vez lo conozco además en mayor profundidad. De esto habla, según entiendo, el pasaje de Colosenses. A medida que lo vamos conociendo más, vamos dando más y mayores frutos de luz, obras cada vez más fuertes en el impacto que tienen a nuestro alrededor, o en nuestras propias vidas. Acciones de vida, podríamos decir, si retomamos la distinción entre acciones de vida (que construyen, que acercan a Dios) y acciones de muerte (que destruyen, que alejan de Dios). Recordemos que la lucha es por las acciones de las personas. Dar fruto de vida es un aspecto de la victoria.
Ahora, si todo se basa en la confianza, en la fe, y esto es un estado mental, en el que todas esas cosas que dije antes (el amor de Cristo es genuino, verdadero y poderoso) son ciertas, podríamos decir que la fe es una fortaleza espiritual construida sobre un sólido cimiento, la piedra angular, la Roca, que es Cristo. Todo el secreto está en eso. La victoria es EN Cristo (sólo si estoy dentro de su amor), DE Cristo (sólo porque él vence a la muerte) y PARA Cristo (él es nuestro Señor, y para él es que hacemos todo esto).
Por esto, ya no existe ningún enemigo que sea capaz de derrotarnos. El pecado tenía poder sobre nosotros, lo tiene, de hecho, influyendo en nuestras acciones para que demos fruto de muerte, y de tanto en tanto, lo damos. A veces más seguido, a veces menos seguido. Pero nuestra actitud ya no es esa. Nuestra actitud ya no es la de desobedecer, por lo tanto ya no estamos separados de Dios, que era la principal función del pecado. Por eso, ya no hay muerte. Es lo que dice el pasaje de 1 Corintios: "el aguijón de la muerte es el pecado" (15:56). Sin pecado, no hay muerte. Por eso dice la biblia que Cristo quiebra el pecado, y que vence a la muerte. Son dos caras de la misma moneda.
En cuanto al mundo, tenemos que recordar que no es que las personas se ponen en contra nuestra porque seamos cristianos. Su ataque es más sutil, y está en el fondo. Está en la sociedad, en el "espíritu de la sociedad", diríamos; en la manera de pensar de la mayoría, en la manera de comportarse, en un estilo de vida que es contrario al que Dios nos propone. Esta es la lucha contra "el mundo". Ahora bien, el mundo puede agredirnos por no amoldarnos, puede perseguirnos por dar un mensaje incómodo, tratar de absorbernos, o lo que sea, pero sus "ataques" no pueden derribarnos si nos mantenemos en el amor de Cristo. Jesús nos dice: "en este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo" (Juan 16:33).
Es importantísimo tener esto en mente. Victoria no quiere decir que la vida va a ser sólo alegría y buena fortuna para los que confían en Cristo. El mundo sigue estando quebrado. Seguimos formando parte de una humanidad que está rota. Dios nos está reparando, pero eso lleva tiempo y mientras tanto, duele. La victoria está en las etapas del proceso. Cristo venció al mundo, del mismo modo que su amor vence al pecado. Nos rescató del mundo. De hecho, el pasaje de Colosenses lo dice muy claramente: "Él nos libró del dominio de la oscuridad y nos trasladó al reino de su amado Hijo" (Colosenses 1:13). ¡Nos transladó! Eso quiere decir que YA estamos en el reino de la luz, en el reino de Dios. El amor de Cristo, o más bien nuestra fe en él, corrige el gran engaño del diablo, corrige en nosotros el efecto de la caída, por el simple hecho de que nos sometemos de corazón a la enseñanza de Cristo, a la obediencia a Dios. Esto es el final de la caída.
Por eso, el amor de Cristo vence también al diablo. Pierde control sobre nuestra percepción, pierde control sobre nuestra mente y por lo tanto pierde control sobre nuestros actos. Puede tentarnos, y hasta hacernos fallar, pero su poder, acusarnos y hacernos caer de la gracia de Cristo, ya no existe. Su plan de ponernos en contra de Dios falla en el momento en que nos ponemos de parte de Dios. La sangre de Cristo pagó el precio de todo lo que hicimos controlados por él, así que se acabo, ya no hay condena, ya no hay muerte, no hay más separación entre yo y Dios. Es lo que dice el pasaje de Apocalipsis 12, un pasaje además muy intenso en mi opinión. Y pronto, ¡su poder se va a acabar del todo! "Muy pronto el Dios de paz aplastará a Satanás bajo los pies de ustedes" (Romanos 16:20).
En fin, esa es la etapa final de la victoria, la que todavía falta: el regreso triunfal de Cristo. Si sólo por su amor ya tenemos la victoria en esta vida, en lo que vivimos diariamente, mucho más potente va a ser la victoria final cuando Cristo venga a buscar a todos los que confiamos en él. A buscarnos sí, pero además a liberarnos de todo lo demás. Esto también es importante, y también es fácil perderlo de vista. La vida no se agota en el día a día, ni en el ahora. Un día, Cristo va a volver, como dice el pasaje de 2 Timoteo, y todos los que confiamos en él, o sea, los que lo estuvimos esperando, activa o pasivamente, vamos a recibir "la corona de justicia", la luz de los hijos de Dios en toda su potencia. Si mantenemos la fe en Cristo (la confianza en su poder y en su amor) hasta el fin, estamos peleando "la buena batalla".
Por eso, por todo esto, somos no solamente vencedores, sino "más que vencedores" (Romanos 8:37). No sólo NO somos derrotados y sobrevivimos, sino que avanzamos un paso más y vamos recibiendo la plenitud de Dios, en su totalidad, poco a poco. La vida cristiana no se trata de sobrevivir en medio de la oscuridad, sino de vencer a la oscuridad, día a día, paso a paso. No olvidemos que todo esto, esta victoria, tiene lugar ya mismo, en esta vida, con cada pequeña victoria en Cristo. El mensaje de la victoria, el mensaje de la redención, de la próxima venida de Cristo, no es un mensaje solamente para el futuro: es un mensaje principalmente para hoy.
Que el profundo, poderoso y eterno amor de Cristo los inunde totalmente, y que puedan confiar en él, para que puedan experimentar la victoria definitiva en cada una de las áreas de su vida. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Al principio, hablé de que es fundamental para cualquier cristiano entender que la vida es mucho más que lo que vemos. Como seres humanos tenemos una fuerte tendencia a perder esto de vista, porque estamos bajo el efecto de un triple engaño, por parte del diablo, por el que nos hizo cambiar nuestra manera de ver a Dios, de vernos a nosotros mismos y de ver lo que nos rodea. Principalmente, desvió nuestra mirada de lo "invisible" a lo material, tangible, visible, y una de las consecuencias, por ejemplo, es que nos cuesta creer en la existencia del diablo mismo, algo muy arriesgado.
También vimos que estamos en una pelea permanente contra fuerzas espirituales, que en definitiva son como "estados de conciencia" con su propia autonomía, que actúan en contra nuestra y que quieren controlar nuestras acciones, para lo que primero intentan ganar terreno en nuestros pensamientos. Dije a lo largo de la serie que tenemos tres enemigos: el pecado, una manera de pensar que va a contramano de lo que Dios quiere para nosotros, para nuestra manera de vivir; el mundo, el grupo de todas personas que rechazan a Dios, y que componen o dan forma en este tiempo a nuestra sociedad y a sus normas convencionales; y finalmente, el diablo, el espíritu que gobierna a todos los espíritus que están por fuera de Dios, y que todo lo que quiere es frustrar la creación de Dios, para lo cual tiene que primero deshacer a la humanidad.
En la última reflexión dije que, si estábamos en medio de una lucha, todo cristiano es como un soldado. Como soldados, somos por un lado mensajeros de paz en el mundo visible, pero guerreros en el mundo invisible, enfrentando día y noche a las fuerzas espirituales que corrompen a las personas, que las esclavizan, que las destruyen.
Textos: Romanos 8:35-39; 2 Timoteo 4:7-8; Colosenses 1:9.14, 1 Corintios 15:54-57, Apocalipsis 12:10-11.
Nos queda ahora hablar de cómo hacemos para ganar esta batalla, y qué pasa cuando lo hacemos. La buena noticia es que la lucha ya la ganamos antes de empezar. Presten atención, y tal vez sean sacudidos profundamente y llenados de esperanza como lo fui yo al reflexionar sobre estas cosas.
Así planteada, la situación de la pelea espiritual parece estar totalmente en nuestra contra. Tenemos muchos enemigos, todos con tácticas diversas, algunos incluso difíciles de ver, corremos el riesgo de terminar dañando a las personas en lugar de enfocarnos en lo invisible, y a veces parece que estamos rodeados, acorralados. Pero no tenemos que desesperar: tenemos dentro de nosotros una fuerza capaz de vencer de manera totalmente definitiva.
Esta fuerza es el amor de Cristo. El eterno, poderoso, enorme y profundo amor de Cristo. A veces oímos hablar tanto de esto que perdemos de vista el significado inmenso que tiene su amor en la vida de una persona. Creo que podría escribir una serie entera sobre el amor de Cristo, pero quiero limitarme acá a hablar de lo que creo que implica en esta lucha de la que hablamos.
En primer lugar, nos habilita para usar todas nuestras armas y herramientas, de las que hablamos en las reflexiones anteriores. Sin su amor, nada de eso nos sirve. Si intentamos hacer las cosas por nosotros mismos, vamos a sufrir derrota tras derrota. El amor de Cristo enciende nuestra capacidad de defendernos y de avanzar sobre la oscuridad.
Además, pase lo que pase, hagamos lo que hagamos, el amor de Cristo permanece. No nos da su amor solamente mientras hacemos las cosas bien, sino que su amor está ahí, siempre al alcance de nuestras manos, para que lo tomemos. Romanos 5:20 dice que "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia". El amor de Cristo es más fuerte que el pecado, más fuerte que mi desobediencia, que mis errores. No lo afectan nuestras malas acciones. Su amor, de hecho, limpia nuestra culpa por esas acciones, y hasta nos limpia progresivamente de los pensamientos que nos llevan a comportarnos así.
Pero, ¿cómo hago para alcanzar su amor? ¿Todos pueden hacerlo, todos pueden tenerlo? Bueno, sí. Eso es lo que enseña la biblia. Sólo hay un requisito: confiar. Esto no es porque Jesús no ame a los que no confían en él. Todo lo contrario: los ama tanto que su amor sigue estando disponible para una persona, sin importar cuántas veces esta persona haya rechazado su amor. Pero para que el poder de su amor obre eficazmente en mi vida, tengo que recibirlo, aceptarlo. Esto ya es confiar. Esto es la fe, básicamente. Confiar en el amor de Cristo, en que es totalmente genuino, desinteresado, gratuito, en que es verdadero, o sea que en serio tiene ese amor por mí, y en que es poderoso, confiar en que realmente el amor de Cristo puede liberarme, fortalecerme, protegerme.
Ese amor, entonces, está ahí para nosotros, para que lo tomemos. Al apropiarnos de ese amor, al tomarlo para nosotros, estamos apropiándonos nada menos que de nuestra victoria definitiva en la lucha espiritual, y con el tiempo, también podemos apropiarnos de la certeza sobre esa victoria, a medida que ganamos confianza en el Señor. Esto es la clave de todo. En cualquier relación, el principal pilar es la confianza, especialmente la convicción de que la otra persona tiene buenas intenciones hacia mí. La relación con Cristo no es una excepción a esta regla.
La confianza, la fe, refuerza los nudos que me unen con Dios. Agranda cada vez más mi conocimiento de él, y cada vez lo conozco además en mayor profundidad. De esto habla, según entiendo, el pasaje de Colosenses. A medida que lo vamos conociendo más, vamos dando más y mayores frutos de luz, obras cada vez más fuertes en el impacto que tienen a nuestro alrededor, o en nuestras propias vidas. Acciones de vida, podríamos decir, si retomamos la distinción entre acciones de vida (que construyen, que acercan a Dios) y acciones de muerte (que destruyen, que alejan de Dios). Recordemos que la lucha es por las acciones de las personas. Dar fruto de vida es un aspecto de la victoria.
Ahora, si todo se basa en la confianza, en la fe, y esto es un estado mental, en el que todas esas cosas que dije antes (el amor de Cristo es genuino, verdadero y poderoso) son ciertas, podríamos decir que la fe es una fortaleza espiritual construida sobre un sólido cimiento, la piedra angular, la Roca, que es Cristo. Todo el secreto está en eso. La victoria es EN Cristo (sólo si estoy dentro de su amor), DE Cristo (sólo porque él vence a la muerte) y PARA Cristo (él es nuestro Señor, y para él es que hacemos todo esto).
Por esto, ya no existe ningún enemigo que sea capaz de derrotarnos. El pecado tenía poder sobre nosotros, lo tiene, de hecho, influyendo en nuestras acciones para que demos fruto de muerte, y de tanto en tanto, lo damos. A veces más seguido, a veces menos seguido. Pero nuestra actitud ya no es esa. Nuestra actitud ya no es la de desobedecer, por lo tanto ya no estamos separados de Dios, que era la principal función del pecado. Por eso, ya no hay muerte. Es lo que dice el pasaje de 1 Corintios: "el aguijón de la muerte es el pecado" (15:56). Sin pecado, no hay muerte. Por eso dice la biblia que Cristo quiebra el pecado, y que vence a la muerte. Son dos caras de la misma moneda.
En cuanto al mundo, tenemos que recordar que no es que las personas se ponen en contra nuestra porque seamos cristianos. Su ataque es más sutil, y está en el fondo. Está en la sociedad, en el "espíritu de la sociedad", diríamos; en la manera de pensar de la mayoría, en la manera de comportarse, en un estilo de vida que es contrario al que Dios nos propone. Esta es la lucha contra "el mundo". Ahora bien, el mundo puede agredirnos por no amoldarnos, puede perseguirnos por dar un mensaje incómodo, tratar de absorbernos, o lo que sea, pero sus "ataques" no pueden derribarnos si nos mantenemos en el amor de Cristo. Jesús nos dice: "en este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo" (Juan 16:33).
Es importantísimo tener esto en mente. Victoria no quiere decir que la vida va a ser sólo alegría y buena fortuna para los que confían en Cristo. El mundo sigue estando quebrado. Seguimos formando parte de una humanidad que está rota. Dios nos está reparando, pero eso lleva tiempo y mientras tanto, duele. La victoria está en las etapas del proceso. Cristo venció al mundo, del mismo modo que su amor vence al pecado. Nos rescató del mundo. De hecho, el pasaje de Colosenses lo dice muy claramente: "Él nos libró del dominio de la oscuridad y nos trasladó al reino de su amado Hijo" (Colosenses 1:13). ¡Nos transladó! Eso quiere decir que YA estamos en el reino de la luz, en el reino de Dios. El amor de Cristo, o más bien nuestra fe en él, corrige el gran engaño del diablo, corrige en nosotros el efecto de la caída, por el simple hecho de que nos sometemos de corazón a la enseñanza de Cristo, a la obediencia a Dios. Esto es el final de la caída.
Por eso, el amor de Cristo vence también al diablo. Pierde control sobre nuestra percepción, pierde control sobre nuestra mente y por lo tanto pierde control sobre nuestros actos. Puede tentarnos, y hasta hacernos fallar, pero su poder, acusarnos y hacernos caer de la gracia de Cristo, ya no existe. Su plan de ponernos en contra de Dios falla en el momento en que nos ponemos de parte de Dios. La sangre de Cristo pagó el precio de todo lo que hicimos controlados por él, así que se acabo, ya no hay condena, ya no hay muerte, no hay más separación entre yo y Dios. Es lo que dice el pasaje de Apocalipsis 12, un pasaje además muy intenso en mi opinión. Y pronto, ¡su poder se va a acabar del todo! "Muy pronto el Dios de paz aplastará a Satanás bajo los pies de ustedes" (Romanos 16:20).
En fin, esa es la etapa final de la victoria, la que todavía falta: el regreso triunfal de Cristo. Si sólo por su amor ya tenemos la victoria en esta vida, en lo que vivimos diariamente, mucho más potente va a ser la victoria final cuando Cristo venga a buscar a todos los que confiamos en él. A buscarnos sí, pero además a liberarnos de todo lo demás. Esto también es importante, y también es fácil perderlo de vista. La vida no se agota en el día a día, ni en el ahora. Un día, Cristo va a volver, como dice el pasaje de 2 Timoteo, y todos los que confiamos en él, o sea, los que lo estuvimos esperando, activa o pasivamente, vamos a recibir "la corona de justicia", la luz de los hijos de Dios en toda su potencia. Si mantenemos la fe en Cristo (la confianza en su poder y en su amor) hasta el fin, estamos peleando "la buena batalla".
Por eso, por todo esto, somos no solamente vencedores, sino "más que vencedores" (Romanos 8:37). No sólo NO somos derrotados y sobrevivimos, sino que avanzamos un paso más y vamos recibiendo la plenitud de Dios, en su totalidad, poco a poco. La vida cristiana no se trata de sobrevivir en medio de la oscuridad, sino de vencer a la oscuridad, día a día, paso a paso. No olvidemos que todo esto, esta victoria, tiene lugar ya mismo, en esta vida, con cada pequeña victoria en Cristo. El mensaje de la victoria, el mensaje de la redención, de la próxima venida de Cristo, no es un mensaje solamente para el futuro: es un mensaje principalmente para hoy.
Que el profundo, poderoso y eterno amor de Cristo los inunde totalmente, y que puedan confiar en él, para que puedan experimentar la victoria definitiva en cada una de las áreas de su vida. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
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