lunes, 24 de diciembre de 2012

Interludio - El mensaje del nacimiento

Texto: Isaías 9:2-7

Hola a todos. Después de una larga interrupción, por falta de tiempo mayormente, no quería dejar pasar esta ocasión especial para hacer una pequeña pausa en la relfexión sobre la lucha espiritual y compartir una reflexión sobre el nacimiento de Jesús. Dos cosas que, por otro lado, no están totalmente desconectadas.

Pensando en este pasaje, y en una canción que tuve oportunidad de escribir, me puse a pensar en el significado de la Navidad una vez más. La verdad, es un momento tan especial que tiene muchísimos mensajes para darnos, muchísimas enseñanzas para dejarnos. Pero quiero enfocarme solamente en algunas cosas.


El pasaje de Isaías, anunciando el nacimiento de Jesús que iba a ocurrir unos seis siglos después, dice que "nos ha nacido un niño, se nos ha concedido un hijo" (9:6). Un niño que no es cualquier niño. Un hijo que no es nuestro hijo, porque se nos ha concedido. Un niño en el que, y por el que, "la luz ha resplandecido" (9:2). Esto trae a mi mente un pasaje del Nuevo Testamento: "Esa luz verdadera, que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo" (Juan 1:9). La luz de este mundo nació en ese chico, que había sido anunciado largamente.

El nacimiento de Jesús, por lo tanto, venía a alumbrar al mundo, a deshacer la oscuridad. Esta oscuridad nos es, pienso yo, bastante familiar. Convivimos diariamente con ella. La vemos en los noticieros, los diarios, la televisión, la radio, internet... la vemos alrededor nuestro al salir a la calle, manifestada de muchas maneras: hambre, indigencia, violencia, maldad, egoísmo, y la lista podría seguir. Uno podría preguntarse: ¿y dónde está esa luz que resplandecía por sobre las tinieblas, que supuestamente ya nació y que alumbra a todo ser humano?

Bueno, precisamente la respuesta está contenida en esa última pregunta. La luz alumbra al mundo en su dimensión más profunda: el interior de todo ser humano. La luz del nacimiento es como una gran vela encendida en el medio del mundo. Nosotros, en nuestro interior, tenemos pequeñas velitas que podemos encender con esa luz.

Ahora bien, ¿cómo es esa luz? ¿En qué se ve, cómo se manifiesta? Pienso que de cinco maneras diferentes, en cinco aspectos distintos.

En primer lugar, es la luz del amor. El nacimiento me recuerda a esa ternura que nos despiertan los niños. Dios se hace niño, para que comprendamos que él es ternura, es amor. Por otra parte, se hace niño por amor, para mostrarnos ese amor. Juan 3:16 dice: "Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna". Dios envió a su Hijo, nos concedió a su Hijo, o dicho de otra manera, a él mismo en forma de Hijo, por amor, para demostrar hasta donde está dispuesto a llegar por amor.

En segundo lugar, es la luz de la paz. El pasaje de Isaías dice que "todas las botas guerreras que resonaron en la batalla, y toda la ropa teñida en sangre serán arrojadas al fuego" (9:5). El nacimiento de este chico venía a anunciar el fin de la enemistad, el fin del conflicto. Por un lado, del conflicto entre los hombres y Dios: el Señor daba un paso hacia el hombre para que volviéramos a ser amigos de él. Colosenses 1:21 dice que "en otro tiempo ustedes, por su actitud y sus malas acciones, estaban alejados de Dios y eran sus enemigos". Pero Dios nos concedió a su Hijo para cambiar esa situación. Y esto tiene efectos encadenados en nuestros conflictos con otros, y dentro de nosotros. Juan 14:27 dice: "la paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden". Y Romanos 12:18, "si es posible, y en cuanto dependa de ustedes, vivan en paz con todos". Si encendemos nuestra pequeña vela, empezamos a remover conflictos de nuestras vidas.

También es la luz de la felicidad, como dice el pasaje de Isaías. Esta nueva luz alumbra nuestro caminar y hace que las cosas brillen con mucha más intensidad, y que podamos tener alegría incluso en medio de las situaciones más oscuras o adversas. Esto solamente es posible si la luz de este niño está encendida en nuestro interior.

Es además la luz de la fe, la luz de la confianza. Dios, cumpliendo su promesa, demuestra que es fiel y se ocupa de nosotros, no nos deja abandonados cuando recurrimos a él. Había prometido este nacimiento desde muchísimo tiempo atrás, y finalmente lo estaba cumpliendo. Cuando parecía que ya se había olvidado, después de 400 años sin que hubiera profetas en Israel, nacía este niño, el que había sido anunciado. Dios estaba confirmándonos que podíamos creerle y confiar en él.

Finalmente, es la luz de la esperanza. Esta esperanza tiene un doble sentido: el primero es la esperanza en que podemos cambiar, podemos empezar de nuevo. "Si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!" (2 Corintios 5:17). Pero por otro lado, es la esperanza de que todavía falta la mejor parte: ¡Dios está en camino! El nacimiento de Jesús abre un nuevo momento en la historia de la humanidad, el proceso en el que vamos a ser liberados de esta oscuridad para siempre. La luz del ñiño Jesús abre el camino, enciende la luz. Pero la noche ya está pasando, y está llegando el día. Y en ese día vamos a ser liberados de todo conflicto de manera definitiva: es el día en que Jesús vuelva a buscar a todos aquellos que encendieron la luz de este niño en su interior. Todos los que formen parte de esa luz, aunque tenues y debilitados por la oscuridad que nos rodea, van a ser parte del día, cuando la noche se vaya y se lleve todo lo que está oscuro.

Y por eso decía que este tema, el nacimiento, no está totalmente desconectado con el tema de la lucha espiritual. Más adelante voy a volver sobre esto, pero el final de la noche y el comienzo del nuevo día no es otra cosa que la victoria definitiva sobre los tres enemigos de los que veníamos hablando. Es el día del fin de esa lucha espiritual.

Por eso, el mensaje del nacimiento nos ofrece dos cosas: por un lado, que encendamos la luz de Jesús en nuestro interior, que le demos espacio a este niño en nuestra vida, con todo lo que eso significa. Todo. Lo que compartí en esta reflexión, pero también todo lo que quedó afuera. No es que tengamos que seguir un estricto código de normas y reglas, sino que le demos la bienvenida a Jesús y estemos dispuestos a dejar que él haga lo que crea conveniente en nuestro interior para que podamos brillar y ser parte de la luz.

Y por otro lado, nos invita a esperar. Todo lo que vivimos en esta vida es secundario. Por supuesto, tenemos que vivirlo, disfrutarlo al máximo, aprovechar cada momento, cada oportunidad, y esforzarnos para llevar a delante nuestros proyectos y deseos con la mejor predisposición, pero sin perder de vista que ese no es el objetivo de nuestra vida. El verdadero objetivo, el verdadero fin de vivir, es crecer integralmente, preparándonos para el día de nuestro encuentro definitivo con Jesús, el momento en el que seamos transformados en parte del día. Todo lo demás son pequeños momentos en ese proceso de prepararnos, pero no es más que eso, pequeños momentos. Nuestra vida es apenas un punto si lo comparamos con la gran línea que es la eternidad. Disfrutarla, aprovecharla, vivirla, sí. Pero esperar, confiar en el Señor y esperar con gran anhelo su regreso, sobre todas las demás cosas.

Que en esta Navidad puedan encender la luz del niño que se nos ha concedido, o que puedan renovarla si ya está encendida, para que puedan ser fuente de luz para otros, y así preparar a este mundo más y más para cuando llegue el final de la noche, y comience el tan esperado día. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

viernes, 30 de noviembre de 2012

En la lucha 4 - El diablo

1 Pedro 5:8-9; Juan 8:42-47, 10:9-11

Hola a todos. En la reflexión final sobre la armadura de Dios habíamos visto la importancia de entender que existe un ser espiritual que quiere destruir la más preciada de las creaciones de Dios: los humanos. Creer en la existencia del diablo, vimos, es fundamental para comprender la vida espiritual. Hoy nos toca hablar precisamente del diablo, nuestro gran enemigo, el gran artífice del quiebre espiritual del hombre y la mujer.

Ya venimos viendo que todo esto es un caos. Estamos siempre rodeados de pensamientos buenos y malos que parecieran competir entre sí, queremos hacer una cosa y nos sale otra, o de otra manera, nos movemos en el mundo entre personas que nos alientan a vivir como creemos mejor pero por otro lado tratan de llevarnos en una determinada dirección, que generalmente no es la que realmente queremos, etc. Ahora, detrás de todo este caos, del gran engaño de ver sólo lo material, de este plan de frustración de la creación de Dios, hay alguien: el diablo.

Para empezar, podemos decir que el diablo es el primer mentiroso en toda la creación. Antes de que él mintiera y engañara, la mentira no existía. Hay muchos pasajes que hablan sobre el diablo, pero quiero enfocarme en la parte más práctica del asunto, ya que estamos hablando de la lucha y no tratando de entender a fondo la historia de nuestro principal enemigo.

El diablo no solamente miente, sino que se deleita en mentir, porque al hacerlo expresa su verdadera naturaleza. No es un mentiroso, sino que es la mentira misma. Por eso su manera natural de actuar es manipular, torcer, ocultar y engañar. Es precisamente lo que pasó con la primera mujer y el primer hombre, en Génesis 3:1-4. Ya desde el primer momento en el que habló, habló para mentir.

Podríamos preguntarnos también qué quiere el diablo, cuál es su intención. Bueno, creo que está más que claro, pero hay un versículo que me parece que es clave. Juan 10:10 dice que "el ladrón no viene más que a robar, matar y destruir". Viene a robar las mentes y los espíritus de las personas, y a destruir al ser humano, que equivale a destruir la creación de Dios, porque somos la cabeza de la creación.

Ahora, nosotros ya vimos que el pecado ataca con pensamientos negativos o desobedientes, y el mundo haciendo presión para que actuemos fuera de los parámetros de Dios. ¿Cómo ataca el diablo? Pienso que de varias maneras, directa o indirectamente.

De manera indirecta, el diablo nos ataca precisamente usando al pecado, su gran espía dentro de los seres humanos. Por medio del pecado, la desobediencia crónica en la que nacemos y vivimos, el diablo engaña a las personas y las hace actuar por fuera de la luz del Señor. Aquellos que no siguen a Jesús están incluso más expuestos, porque no aceptan esa luz, no reconocen la voz del pastor. 2 Corintios 4:4 dice que "el dios de este mundo ha cegado la mente de estos incrédulos, para que no vean la luz del glorioso evangelio de Cristo, el cual es la imagen de Dios". Otras versiones dicen "el dios de este siglo", digamos, el ser espiritual que domina las cosas temporales. Es interesante la distinción que hace el pasaje entre dios (con minúscula) y Dios (con mayúscula).

En fin, a través del pecado el diablo distorsiona nuestra imagen de nosotros mismos y también puede destruir relaciones entre personas, que son una de las principales fuentes de fuerza del ser humano. Nadie está exento, y por eso hay incluso iglesias enteras que se desmiembran y se desarman bajo el poder del diablo, muchas veces sin notarlo. En definitiva, el diablo enciende nuestra naturaleza pecaminosa para dar fruto de muerte. En particular, usa esta táctica con los hijos de Dios, con los creyentes, porque ya no puede matarnos. Ya no puede adueñarse de nuestra eternidad. Sólo puede hacer que demos mal fruto, aunque sea un poco, que es suficiente para esparcir oscuridad y para manchar el nombre de los cristianos. Muchas veces lo logra, y con gran éxito.

Ahora bien, no solamente nos ataca indirectamente. A veces lo hace de manera directa, y esto puede ser acusándonos, sembrando oscuridad o afectando el mundo material.

Uno de los títulos con que la biblia llama al diablo es, precisamente, el acusador. El diablo quiere nuestra muerte, y por eso nos acusa en primer lugar ante Dios, para señalarle nuestras culpas. Sin embargo, por medio de la muerte de Cristo nosotros ya pagamos la condena por nuestra desobediencia, y entonces recurre también a la acusación directa: nos acusa a nosotros mismos, recordándonos y marcándonos nuestras faltas, sembrando en nosotros el miedo a caer de nuevo. Esto debilita nuestra autoestima y por lo tanto nuestro crecimiento, y eventualmente nos lleva a desobedecer a Dios.

Por otro lado, el diablo puede interactuar con el mundo visible, de manera sobrenatural, y hasta puede hablarle a las personas o manifestar una imagen de sí mismo, supongo que falsa y distorsionada, porque él es la mentira. En cualquier caso, este tipo de ataque es menos frecuente, pero no habría que descartarlo.

Finalmente, el diablo siembra oscuridad y confusión: hace que lo malo parezca bueno, que lo bueno parezca malo, ciega a las personas y les enseña a desobedecer a Dios. Esto lo hace principalmente con el mundo, pero también con nosotros, la comunidad de los creyentes. Cuánto más ciega está una persona, más expuesta está a la influencia del diablo, y por eso el mundo es más vulnerable: sin Dios, sin la aceptación de la luz del evangelio de Cristo, el mundo está indefenso frente a los engaños del diablo.

Nosotros, por otro lado, estamos en lucha constante entre la luz, los pensamientos positivos y el deseo de hacer el bien, y la oscuridad, los pensamientos negativos que conducen al dolor y a los malos resultados. El diablo sabe que las heridas nos hacen actuar por fuera de la luz, y por eso trata de causarnos todas las que pueda, y de tocarnos en aquellas que ya tenemos.

Por supuesto, la corrupción también es física. La biblia nos enseña que la muerte, y por lo tanto la enfermedad, no existía al principio, sino que entró por causa de la desobediencia del hombre. Es parte del plan del enemigo para dañar y debilitar al ser humano. No es casual que haya manifestaciones cada vez más graves de la enfermedad y la muerte. A medida que pasa el tiempo nos vamos debilitando más y más como humanidad.

Por todo esto, estamos en un estado de emergencia. La guerra está muy avanzada y es muy intensa, y se necesitan soldados de luz, gente que esté dispuesta a seguir haciendo el bien a pesar de todo, seguir enfrentando la oscuridad interna y externa, para ganar terreno sobre el diablo. Si su plan es destruir, construir es la frustración de su plan. Cuidar la creación, tanto el mundo natural como las personas que lo habitan. La única manera de resistir y enfrentar al diablo es con el poder de Cristo, y en el poder de Cristo. El diablo no actúa solo, sino que tiene un ejército espiritual de su lado (Efesios 6:12). Es una guerra de conciencia ante todo, y el campo de batalla es nuestra mente.

Pero Dios cuenta con nosotros, sus hijos, que fuimos rescatados de la muerte y de la actitud desobediente. Y por supuesto, con otros seres espirituales que actúan para el bien. A simple vista, esto parece fantasioso. Sin embargo, la biblia nos demuestra claramente que no lo es. Es mucho más real de lo que parece, y si prestamos atención, esta lucha espiritual toma formas concretas y materiales.

El diablo nos necesita ciegos. Sin eso, no puede engañarnos, como vimos en la reflexión final sobre la armadura de Dios. Por eso es muy importante estar en contacto permanente con la verdad del evangelio, usar la espada del Espíritu, leer y aplicar la palabra de Dios en nuestra vida y meditar en ella todo el tiempo, día a día. Así podemos mantener alta nuestra fe, y encendida la luz en nuestra mente. El diablo va a querer quebrarnos, doblegarnos y separarnos de Dios. Pero no puede: "en todo esto somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó. Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor" (Romanos 8:37-39).

Que el Dios de la luz llene nuestras mentes y nuestros corazones para que podamos resistir los engaños del diablo, creer en su existencia y combatirlo, y ayudar a otras personas a liberarse de su poder de una vez y para siempre, en fin, ser soldados de la luz de Cristo. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

jueves, 22 de noviembre de 2012

En la lucha 3 - El mundo

Juan 15:18-27; Efesios 2:1-10; 2 Corintios 5:11-21

Hola a todos. Bienvenidos una vez más. Quiero recordarles un punto central antes de empezar: lo más importante de esta publicación son esos tres pasajes que figuran en rojo antes de mi texto. Digo esto para volver a hacer énfasis en la importancia de la palabra de Dios, que habla por sí misma. Mi reflexión es sólo eso, reflexión, pero la palabra de Dios es pan de vida.

Bueno, seguimos con esta serie sobre la lucha espiritual. En la Biblia podemos identificar, como ya dijimos, tres enemigos en esta lucha. Uno es interno, del que ya hablamos, y dos son externos. Hoy nos toca reflexionar sobre eso que la palabra llama "el mundo".

Creo que esta expresión puede traer muchos problemas, porque puede generarnos una idea de "ellos" y "nosotros". Si bien la propia Biblia habla de "el mundo" en ese sentido, es importante entender qué es lo que está marcando al hacerlo. ¿Qué es lo que nos separa del mundo? Cristo. ¿Alguno de nosotros es Cristo? No. Por lo tanto, ¿hay algún mérito en no ser del mundo? No. Por eso, es importante no creernos mejores ni superiores ante el mundo. Todo lo contrario: entender que tenemos una misión para con éste, y la humildad es la base de nuestra misión.

Pero entonces, ¿quiénes son del mundo? Bueno, "el mundo" está formado por todas las personas que hasta el momento no recibieron a Cristo. Por eso dice la palabra que nosotros no somos del mundo. Esto es algo muy importante para tener en cuenta. Cada uno de los que creemos en Jesús y lo recibimos en nuestra vida pasamos a ser extranjeros en esta tierra.

Por supuesto que esto no nos hace dejar de ser parte de la misma humanidad que el mundo. Romanos 3:23-24 dice que "todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó". Podríamos decir que el mundo es un conjunto de personas que diariamente son atacadas por el pecado y por el diablo, formando colectivamente una "comunidad de desobediencia", en la que nosotros somos como manchas hechas por Cristo. Y no es que nosotros no pequemos, sino que al estar con Cristo tenemos cómo defendernos del pecado. Una acción absolutamente pasiva: defenderse. Por eso insisto: no hay mérito, ni motivo para creernos superiores al resto.

Lo que marca la principal diferencia, creo yo, es la conciencia de nuestro pecado. Una cosa es servir a Dios con nuestra actitud pero cometiendo errores, y otra cosa es desobedecer a Dios sin reparos. La vez pasada veíamos que el pecado que vive en nosotros es el que produce la desobediencia, pero el Espíritu de Dios nos da el poder para obedecer a pesar de esto, siempre y cuando queramos realmente hacerlo.

Ahora bien, imaginemos que si existe un grupo humano entero que no tiene la voluntad de obedecer a Dios, es decir, esta "comunidad de desobediencia" formada por todos aquellos que no recibieron a Cristo, podemos asumir que las normas por las que se rige son igualmente reglas en gran medida opuestas a las de Dios. Me refiero a las pautas y normas socialmente establecidas. Es por eso que como creyentes deberíamos tratar de alejarnos lo más posible de las normas de la sociedad y quedarnos con las de Dios, que ya sabemos que están bien.

Por supuesto no hablo de reglas escritas. No hablo de las leyes, sino de los presupuestos de la sociedad. En cada momento, para cada ambiente y para cada edad, estas reglas varían. Son aquellas cosas que escuchamos que "es copado" hacer, o que hacen que nosotros quedemos bien parados. Por ejemplo, si alguien nos agrede, no dejarnos pisar, sino devolvérsela, pagarle con la misma moneda, y si es posible pagarle de más. Si alguien no te habla, no le hables, esa persona se lo pierde. No te preocupes, seguí tomando un poco más, lo más que te puede pasar es que te emborraches, pero va a ser más divertido. Y muchas otras cosas que tuve oportunidad de escuchar en diferentes lugares y momentos.

Ahora bien, estamos hablando del mundo como un "enemigo". ¿Quiere decir que tenemos que pelearnos con esta gente que no recibió a Cristo? Bueno, hay al menos tres motivos para responder que NO. La primera ya la vimos: si no tengo motivos para considerarme mejor o superior que ellos, no tengo derecho ni siquiera a enojarme contra ellos, y mucho menos a agredirlos. Sabemos, además, que servimos a un Dios de paz.

Pero además, no podemos olvidar que "nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes" (Efesios 6:12), los mismos "poderes de este mundo" de los que habla Efesios 2:2. De hecho, nosotros también obedecíamos antes a esos mismos poderes, al menos todos los que recibimos a Cristo cuando ya éramos adolescentes o jóvenes. Pero el punto es que el problema no son las personas que desobedecen a Dios, sino lo que hay detrás. Estos poderes hacen que la sociedad sea esclava del pecado (Romanos 6:20-23), o sea, de la desobediencia a Dios, y que las personas estén además ciegas a esa esclavitud, sin poder reconocerla (2 Corintios 4:4).

Y detrás de esos poderes, está nada menos que el diablo, el autor del gran engaño del que ya hablamos. El diablo quiere que el mundo no conozca su situación de esclavitud, y por eso oscurece su visión, los ciega. Recordemos que el gran objetivo del diablo es que el ser humano muera, es decir, pase la eternidad fuera de la presencia de Dios. Nosotros, que recibimos a Cristo, vivimos bajo un régimen de obediencia libre, que conocemos como la gracia de Dios. Pero eso es solamente porque al creer fuimos reconciliados con Dios por medio de la muerte de Cristo, que ya había ocurrido. Eso está disponible también para el resto de las personas, para todos, porque Dios quiere restaurar todas las cosas en Cristo Jesús (Efesios 1:10).

Creo que el pasaje de 2 Corintios resume muy bien lo que creo que es nuestro principal objetivo al lidiar con el mundo. Como enemigo, el mundo es el único enemigo que es generalmente inconsciente de esa enemistad. La gente no anda por la calle atacándonos porque somos cristianos. Por lo general, mientras nuestra manera de vivir no interfiere con ninguno de los principios básicos de nuestra sociedad, no pasa nada. Y aún cuando eso pasa, la gente no nos agrede porque sí. El problema que enfrentamos con respecto al mundo es más que nada la presión social, la sensación de querer encajar y formar parte de esta sociedad, cuando Dios nos llama precisamente a lo contrario: marcar la diferencia. Si nosotros somos como manchas hechas por Cristo, el mundo quiere limpiarnos de esa mancha. En definitiva, los poderes que están detrás hacen lo posible para que nadie se salga de ese camino o de ese estado.

Ahora bien, nosotros podemos ver las cosas de esta manera porque Dios nos hizo volver a cambiar de perspectiva. No nos guiamos por las apariencias, sino por lo que hay detrás. Ya vimos lo importante que para el diablo fue engañarnos para que hiciéramos lo contrario, guiarnos por las apariencias. Pero dice 2 Corintios 5:16 que nosotros "de ahora en adelante no consideramos a nadie según criterios meramente humanos". Diría que a nadie ni a nada. Eso nos da una herramienta clave en nuestra lucha con la presión del mundo por amoldarnos a él. Ya no andamos guiados por nuestro sentido común (sentido común defectuoso porque está basado en lo que sentimos humanamente), ni nuestra propia voluntad (deseos que se apoyan en el criterio humano), sino guiados por el criterio y la voluntad de Cristo. Ya no vivimos nosotros, nuestro "yo" netamente humano, sino que Cristo vive en nosotros (Gálatas 2:20).

Por eso es que tratamos de convencer a todos de que se unan a Cristo. Predicar, digamos, hablarles a otros acerca de Jesús, no debería ser un mandato, debería ser un impulso espontáneo e inevitable. Si hablamos de Cristo es porque vimos el HERMOSO resultado de reconciliarnos con él. Pero además no es sólo hablar de Cristo. Es tratar al mundo con amor. Como el diablo sembró su engaño, nuestra lucha con el mundo funciona al revés: no atacamos a nuestro enemigo en el mundo visible, sino invisible. No atacamos al mundo sino al espíritu del mundo. Espiritualmente somos agresivos, pero materialmente somos amables. Ésta es la lucha con el mundo. Por un lado, no dejarnos arrastrar. Por otro lado, no dejarnos vencer por el mal, haciéndoles el mal a las personas o rechazándolas por no recibir a Jesús, sino todo lo contrario. Es más, ¡ni siquiera debería cruzársenos por la cabeza tal cosa! Nada más alejado de lo que Dios quiere para nosotros.

Romanos 12:21 dice: "no te dejes vencer por el mal; al contrario, vence al mal con el bien". De eso se trata. Somos embajadores de Cristo, y por lo tanto nuestra misión es que el mundo deje de ser "el mundo" y conozca y reciba al mismo salvador que nos libró a nosotros de la desobediencia, la esclavitud y la ceguera. Si queremos reconciliar al mundo con Dios, primero tenemos que reconciliarnos CON el mundo. Aunque nos persigan, nos ataquen, o hagan lo que hagan, y eso incluye a TODAS y CADA UNA de las personas que nos agredan. ¡Todas! No podemos despreciar a nadie, ni siquiera a quien nos asalte o nos golpee. Por supuesto, eso no significa entregarnos a que nos asalten o nos golpeen porque sí, pero hablo de nuestra actitud frente a cosas que la gente nos pueda hacer. Nuestra misión es reconciliar al mundo con Dios, y no podemos dejar que nuestros sentimientos negativos nos detengan: tenemos que vencer al mal con el bien. Hacer el bien siempre que podamos, siempre, si importar las circunstancias, para que todos vean cómo se siente esa mínima porción de Dios que les damos. No digo que sea fácil, es más, a veces es muy difícil, pero es importante saber esto: cada vez que hacemos el bien, manchamos la oscuridad con la luz de Cristo.

Esa es nuestra misión. ¿El mundo son aquellos que no recibieron a Cristo? Sí. Son víctimas del engaño del diablo. Si queremos vencer al mal, tenemos que liberarlos, para lo cual tienen que conocer a Cristo. Nadie va a conocerlo si no se los mostramos, porque Dios nos lo encomendó a nosotros. Romanos 10:14-15, "¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y quién predicará sin ser enviado? Así está escrito: '¡Qué hermoso es recibir al mensajero que trae buenas nuevas!'". Tenemos el poder de devolver la vista a los ciegos, pero para eso tenemos que entender que nuestra misión es esa: llevar las buenas nuevas, las buenas noticias de la paz con Dios por medio de Cristo. Y eso sólo se logra mostrando qué efecto tuvo esa paz en nuestra propia vida, enseñándonos a amar incluso a aquellos que nos lastiman. Ese amor es nuestra principal arma para "luchar" contra el mundo. El amor y la compasión rompen las cadenas de la esclavitud.

Que el Dios de amor y de paz nos fortalezca para resistir frente a las presiones del mundo, y sobre todo frente a la de pagar con la misma moneda, para que al mostrar amor y compasión podamos vencer al mal con el bien, y así vencer al mundo. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

martes, 13 de noviembre de 2012

En la lucha 2 - El enemigo interno

Romanos 8:5-8; Mateo 6:19-21

Hola a todos. Después de unas semanas pude sentarme a publicar la segunda parte de la serie sobre la lucha espiritual. En la conclusión sobre la armadura de Dios había dicho que básicamente tenemos tres enemigos en esta pelea continua: uno interno y dos externos. Hoy nos toca pensar en este enemigo interno que tenemos.

En la reflexión pasada vimos que la lucha es por ver quién tiene control sobre nuestras acciones, y por lo tanto el campo de batalla es nuestra mente, de donde las acciones vienen. Es interesante que tanto en hebreo como en griego, la palabra que se traduce por mente y la que se traduce por corazón podrían ser las mismas. En definitiva, nuestra mente es el lugar de nuestros deseos, de nuestros pensamientos, de nuestra definición acerca de nosotros mismos, de lo que está bien o está mal, de nuestros sentimientos y emociones, en fin, somos nuestra mente.

El pasaje de Mateo dice que "donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón" (6:21). Es decir que siempre vamos a tender a enfocar nuestra mente en aquello que más valoramos. Y acá es donde la actitud empieza a ocupar un lugar central en esta pelea por nuestra mente. Nosotros podemos decidir qué es lo que más valoramos en esta vida, cuál es nuestro más grande tesoro. Nuestra mente va a estar encaminada hacia eso que más estimamos.

Romanos nos ofrece una comparación muy interesante. Existen dos tipos de mentalidad: la del pecado y la del Espíritu. La mentalidad del pecado es básicamente nuestra tendencia crónica a desobedecer a Dios con nuestros pensamientos, es decir a pensar de maneras que Dios no quiere para nosotros. Esto por supuesto produce acciones desobedientes, y según el pasaje esta manera de pensar "es muerte" (Romanos 8:8), es decir, conduce a la muerte.

En este punto tenemos que retomar la perspectiva de Dios sobre la definición de muerte. La vez pasada vimos que cuando el Génesis habla de "muerte" se refiere básicamente a una separación entre el hombre y Dios. No se trata simplemente de "muerte" en el sentido que le damos habitualmente, terminar nuestra vida en este mundo. Se trata de algo mucho más profundo: muerte es cualquier situación o estado que es diferente a lo que Dios quiere para nosotros, distinto a lo que le agrada a Dios. Eso es "muerte". Por eso dice la palabra de Dios que antes de conocerlo a él "estábamos muertos en pecados" (Efesios 2:5).

Tenemos que empezar a cambiar la perspectiva. En la reflexión pasada vimos que la principal estrategia del diablo para separarnos de Dios (podríamos decir ahora, sin vueltas, para matarnos), fue cambiar nuestra manera de entender las cosas para que nos enfocáramos en lo material y así poder engañarnos. La base de la mentalidad del Espíritu es justamente volver a enfocarnos en lo invisible, al menos como perspectiva de la vida.

Y es que la mentalidad del Espíritu es básicamente la manera de pensar de Dios. Si analizamos las Escrituras, está lleno de ejemplos de que Dios ve las cosas empezando por lo inmaterial: no juzga según lo que se ve sino según lo que no se ve, no nos acepta por lo que hacemos bien sino por nuestra confianza en él, dice que, aunque hay gente que hace muchas cosas buenas, no hay en toda la tierra ni un solo justo, entre otras cosas.

Si la mentalidad del pecado nos llevaba a pensar y hacer cosas que nos alejan de Dios, la mentalidad del Espíritu es todo lo contrario: nos acerca a Dios y nos hace dar fruto de vida, es decir, hacer acciones que construyen, que edifican, a nosotros o a otras personas. Si nuestro deseo es hacer lo que Dios quiere, no importa cuánto nos equivoquemos y tropecemos, a la larga siempre nuestra tendencia va a ser la de poner la mente en sintonía con el Espíritu de Dios, y por lo tanto hacer cosas buenas. Y estas cosas buenas son en definitiva nuestro propósito en esta vida: "Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica" (Efesios 2:10). Siempre tenemos oportunidad de hacer algo bueno, por nosotros o por alguien más. Y generalmente está acompañada de la oportunidad de hacer lo opuesto, y por lo tanto, de hacer algo malo para otros o para nosotros mismos. La decisión es nuestra, tenemos que elegir para qué lado queremos equilibrar la batalla. De nuevo: donde está nuestro tesoro se enfoca todo nuestro ser.

Gálatas 5:25-26 dice: "Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu. No dejemos que la vanidad nos lleve a irritarnos y a envidiarnos unos a otros". A esta altura podemos marcar esta diferencia: vanidad contra trascendencia. La vanidad abarca todas las cosas de este mundo que nos condicionan para tomar decisiones en favor del pecado, o sea, de la desobediencia. La trascendencia son las cosas del reino de Dios, que nos inclinan a actuar apuntando a la voluntad de Dios. Por eso es muy importante, como dice el pasaje de Mateo, acumular "tesoros en el cielo" (6:20) y no en la tierra, porque los tesoros de la tierra desaparecen, nos los roban, se corrompen, la polilla los come. Pero los del cielo son para siempre, y porque si esos son los tesoros que busco hacia esos tesoros va a estar enfocada mi mente.

Lo más importante para vencer a este enemigo interno, la mentalidad desobediente, es entonces querer hacer el bien, fijar la mente en los deseos de Dios. Esto implica dos cosas fundamentales: aceptar lo que Dios nos dice sobre qué esta bien y qué está mal, y aceptar la realidad que enfrentamos tal y como está, o sea, aceptar que las cosas están siendo de esa manera. Sino no puedo cambiarlas.

Y entender que esto es una guerra: hay batallas en todo momento. Algunas las voy a ganar, otras las voy a perder. Si sufro una derrota, no importa: me aferro al amor de Cristo, que me perdona, y sigo avanzando y luchando. Gálatas 2:20 dice "he sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y dio su vida por mí". Se trata entonces de crucificar al pecado, a la desobediencia, en la cruz de Cristo. Esto no es una acción concreta de un momento, sino algo de todos los días. Es una decisión que va a implicar muchas acciones, y también muchas reacciones por parte del enemigo, porque estamos dándole la espalda a su más importante servidor, el pecado que nos manipula hacia sus fines, su espía dentro de nuestro propio ser.

En fin, donde fijo mi mente, es decir, donde está mi verdadero deseo, está también el fruto, están las acciones que voy a llevar a cabo. Tengo la capacidad de vencer si me aferro en Cristo: "en todo esto somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó" (Romanos 8:37). Mientras no estoy siendo tentado, o sea atacado por la mentalidad desobediente, tengo que acostumbrarme a obrar bien y mirar siempre a Cristo, para que cuando llegue la hora ya tenga más desarrollado el hábito y sea más fácil. Es nuestro entrenamiento: "Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre" (1 Corintios 9:25).

Bueno, espero que haya sido de mucha bendición y no haya sido demasiado pesado. En cualquier momento o circunstancia, recuerden siempre esta regla: "No te dejes vencer por el mal, al contrario, vence al mal con el bien" (Romanos 12:21). A mí, tenerla en mente me sirvió muchísimo en innumerables ocasiones. Si el pecado me dice "hace esto", hagamos justo lo más opuesto que se nos ocurra, y esa batalla va a ser nuestra.

Que el Espíritu de Dios llene sus mentes con todo su poder para que puedan mantener sus pensamientos enfocados en Cristo, y así vencer al enemigo interno día a día, en cada área de sus vidas. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 31 de octubre de 2012

En la lucha 1 - El gran engaño

Génesis 3:1-7; Mateo 7:24-27; Gálatas 5:19-26

Hola a todos. Cuando preparaba la reflexión anterior, la conclusión de la serie sobre la armadura de Dios, sentí una gran necesidad de informarme más acerca de lo que dice la biblia sobre esta pelea que sostenemos contra fuerzas espirituales que viven en el mundo invisible. Se me ocurrió que podía armar una serie sobre eso, y pensé que compartirla puede llegar a convertirse en una bendición para muchos. Espero que así sea, esa es mi oración por esta reflexión y las que siguen.

La verdad es que no planeé esto, pero me alegra que me haya sentado a compartir esta reflexión justo en la fecha en que muchas personas celebran Halloween. No voy a ponerme a explicar mucho sobre esto, porque igual hay muchos videos, blogs y ese tipo de recursos circulando por internet. Simplemente voy a compartir la reflexión que hice para mí sobre este tema de la batalla permanente que enfrentamos, aunque tal vez al final haga alguna aclaración sobre lo que a mi entender es el verdadero problema de Halloween hoy.

A lo largo del relato de la creación del hombre, desde Génesis 1:26 hasta el 2:25, podemos ver que Dios creó al hombre en forma material y espíritual, y con conciencia de lo material y lo espiritual. Podríamos decir que creó su lado "visible" y su lado "invisible", y que al principio podía "ver" ambos. El hecho de que interactuaran con Dios de manera directa nos da la pauta de esto. Probablemente entendían incluso las cosas desde una perspectiva más cercana a la de Dios.

Ahora bien, como vimos en la reflexión anterior, había alguien dando vueltas por la creación que quería arruinarla, torcerla. En el pasaje de esta reflexión aparece como una serpiente, pero como ya dijimos antes, era más que eso: era el diablo, un ser espiritual muy astuto y corrupto. Al hablar del diablo sé que estoy dejando de lado un montón de información que la biblia da sobre él, pero quiero evitar extenderme demasiado.

Para arruinar la creación de Dios, el diablo probablemente consideró que la manera más fácil y rápida era corromper a la corona de la creación, la parte que más había satisfecho a Dios, los señores de la creación visible: los humanos. Era una tarea en verdad arriesgada, pero si funcionaba, era un plan perfecto.

Había un problema con esto. Pareciera como si no hubiera podido convencerlos ni de agredirse entre ellos ni de hacer cosas que fueran en contra de Dios, porque la visión que tenían de las cosas estaba todavía muy clara, la perspectiva demasiado limpia. Antes de corromperlos, necesitaba oscurecer su visión.

Dios le había dado al hombre un sólo mandato para obedecer: que no comieran del árbol del conocimiento del bien y del mal. Este árbol, entonces, representaba para el ser humano varias cosas. Por un lado, la libertad de elegir, de obedecer a Dios libremente, no por fuerza sino por voluntad propia. No se acercaban al árbol porque creían que efectivamente era algo que no tenían que hacer y por lo tanto algo que no querían hacer.

También significaba para ellos todo un orden de cosas establecido por Dios. Él era la autoridad sobre ellos, y tenía por lo tanto el derecho de determinar qué se podía comer y qué no. Por otro lado, el hombre podía disponer de todos los demás árboles, porque era señor sobre la creación terrenal.

Finalmente, era para ellos la ley, porque no comer de su fruto era hasta entonces el único mandato directo de Dios y porque no cumplirlo les ocasionaría la muerte. Todos los demás aspectos de la ley estaban implícitos y el ser humano los obedecía naturalmente.

Evidentemente, éste árbol era el centro de la vida espiritual del ser humano. Era ahí donde el diablo tenía que atacar. Astutamente, él comprendió esto, y no se hizo esperar. Es interesante que la primera pregunta que le hace a la mujer es precisamente sobre la prohibición de Dios, pero cambiada, torcida: "¿Es verdad que Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín?" (3:1). Para hacerlos desobedecer a Dios tenía que cambiarles la perspectiva sobre él. Trata de presentarles a un Dios que les prohibe todo y no los deja vivir libremente.

Pero la respuesta de la mujer fue clara: no, no es cierto. Sólo nos prohibe comer de un árbol. Entonces, el diablo recurre a un plan B. Si no podía cambiar la perspectiva que tenían sobre Dios, tal vez podía cambiar la que tenían sobre su mandato. "¡No es cierto, no van a morir!" (3:4), dice.

Claro, desde un punto de vista esto era cierto. Antes hablé de dos conciencias: material y espiritual. Cuando Dios le dio al ser humano el mandato de no comer del árbol, y estableció como consecuencia la muerte, se refería muy probablemente a la muerte en el sentido más directo, al menos desde la perspectiva de Dios: si la vida es obra de Dios, y el propósito de la vida es estar en una relación personal con él, no vivir es ser separado de él. Eso es morir. Estar separado de Dios, no poder verlo o percibirlo. A esto se refería seguramente el Señor en un principio.

Sin embargo, desde el punto de vista material e inmediato, la afirmación del diablo era parcialmente cierta. Si comían del fruto del árbol no iban a desaparecer físicamente, no iban a perder su existencia material. Por supuesto, la separación espiritual de Dios eventualmente iba a causar la degeneración del cuerpo. Pero en este punto, el diablo sí tuvo éxito. Eva, y después también Adán, le creyó, y aceptó que por comer un fruto que además era evidentemente muy bueno no iba a morir.

Finalmente, el punto climático de la estrategia del enemigo fue engañarlos sobre la propia condición de ellos. Sembró en ellos una necesidad de ser como Dios, cuando ya habían sido creados lo más cerca posible a la naturaleza divina. No necesitaban ser como el Señor, porque ya lo eran: habían sido creados a su imagen y semejanza.

Un triple engaño entonces: sobre la naturaleza de Dios, sobre la naturaleza de sí mismos, y sobre la perspectiva más importante a la hora de entender la vida. Pero éste último creo que es central, el aspecto principal de la estrategia del diablo, el gran engaño que nos llevó a donde hoy estamos. Prestar más atención a lo visible y material que a lo invisible e inmaterial.  Lucas 11:42 dice: "'¡Ay de ustedes, fariseos!, que dan la décima parte de la menta, de la ruda y de toda clase de legumbres, pero descuidan la justicia y el amor de Dios. Debían haber practicado esto, sin dejar de hacer aquello'". Jesús está diciendo esto mismo: se ocupan tanto de lo material que descuidan lo inmaterial, que es incluso más importante. De hecho, una señal de que esto fue lo que les pasó a Adán y Eva es el hecho de que hayan considerado cubrirse por causa de su desnudez... ¡como si no hubiesen estado ya desnudos antes! ¿No será que antes lo visible y material parecía menos central?

Evidentemente, el diablo tenía claro que para alejar al hombre de Dios y así frustrar la creación necesitaba controlar sus acciones. No podía hacerlo de manera directa, así que tenía que recurrir al terreno del que las acciones nacen: la mente. A través de sus preguntas confusas y sus medias verdades logró finalmente su objetivo, un cambio de perspectiva, el cambio de mente que llevó a cometer el primer pecado, la primera desobediencia a Dios, de toda la historia de la humanidad. Pero si el cambio de mente lo produjo, el pecado en sí mismo está en el terreno de las acciones.

De eso se trata esta batalla permanente, y por lo tanto esta serie. La lucha por la vida es la lucha por las acciones. No por nada Jesús mismo enfatizó la importancia de poner en práctica sus palabras. Si escucho sus palabras, el diablo va a hacer todo lo posible para que NO las ponga en práctica: miedos, inseguridades, desconfianza, incredulidad, en fin, las tormentas de las que habla la parábola del pasaje. Cuando las pongo en práctica, doy fruto de vida. Cuando no las pongo en práctica, doy fruto de muerte. Fruto de vida es todo aquello que me acerca a Dios o que contagia a otros algo de la naturaleza de Dios. Fruto de muerte es aquello que me separa de la manera de pensar de Dios, o separa a otros de Dios o de su naturaleza. De esto habla el pasaje de Gálatas.

Y ese pasaje termina diciendo: "Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu. No dejemos que la vanidad nos lleve a irritarnos y a envidiarnos unos a otros" (5:25-26). De esto se trata el engaño del diablo, de hacer que nos enfoquemos en lo vano, en lo tangible, y desenfocar nuestra vista de lo invisible e inmaterial, restarle importancia. Pero ésta es la base de la desobediencia. Por eso, lo primordial es que nos enfoquemos ante todo en lo espiritual, cambiar la perspectiva otra vez, empezar a prestar más atención a lo que no se ve, para que podamos empezar a ganar terreno en el campo de batalla que es nuestra mente, y por lo tanto conquistar más acciones de nuestra vida para Dios.

Que el Dios de toda sabiduría les de la perspectiva adecuada en cada momento, para que puedan caminar guiados por el espíritu, aplicando las palabras de Jesús, y así dar fruto de vida. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

viernes, 26 de octubre de 2012

Armadura de Dios - Conclusión

Efesios 6:10-18

Hola a todos. Hace algunos meses había publicado una serie de reflexiones sobre la armadura de Dios, y había quedado pendiente hacer el cierre, la conclusión. Tal como había anticipado, el tema central de esta reflexión es un tema intenso, y a mi entender muy importante.

Me parece que el pasaje transmite una idea que es clave, y que como cristianos muchas veces olvidamos o dejamos guardado en el cajón, tal vez por miedo, tal vez por dudas, o por el motivo que sea. Dice el versículo 12 que "nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales". El texto habla por sí mismo, pero vamos a verlo un poco más de cerca.

Dice que "nuestra lucha no es contra seres humanos". Primer punto: dice que hay una lucha. Nosotros peleamos. Y podríamos decir bueno, por supuesto, de vez en cuando peleamos, nos enojamos con gente, y todo eso. Pero Pablo está yendo un poco más allá.

El ser humano está separado de Dios desde que nace. Ahora, tanto esta separación como la reunión con él al recibir a Cristo tienen lugar en un nivel de la vida que no llegamos a ver. Podríamos decir que es algo espiritual. O sea que existe un mundo espiritual, digamos, la parte invisible de la creación.

Este mundo espiritual es el que Pablo menciona como "regiones celestiales". Y es en este nivel donde ocurre la verdadera pelea, la única pelea que es verdaderamente válida, la única "buena batalla" (2 Timoteo 4:7). Entonces la pregunta sería, ¿contra quién peleamos?

Bueno, me parece que Pablo es muy claro. Tenemos ante todo un enemigo, uno que deberíamos aprender a reconocer y en el cual deberíamos creer, como cristianos, porque la propia palabra de Dios no deja dudas al respecto: el diablo.

Si prestamos atención, este espíritu está acechando al ser humano desde poco después de la creación del mundo. Génesis 3:1 habla de una "serpiente" que se le acercó a Eva para hablarle. No para decirle cualquier cosa, sino para hacerla dudar de la justicia y la provisión de Dios. ¡Nada menos! ¿Una serpiente? Tal vez, en su forma, pero sin duda era mucho más que una serpiente.

Podríamos pensar que los espíritus son, básicamente, formas de conciencia. Son, digamos, seres que están hechos pura y únicamente de mente, con todo lo que eso implica. La palabra "espíritu" en definitiva, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento, tiene esta connotación. En el hombre, el espíritu es el lugar de los deseos y de las intenciones. Éstos seres que habitan el mundo invisible son, básicamente, deseos e intenciones con vida propia.

Entonces, no fue una simple serpiente la que intentó engañar a Eva, sino un espíritu. Y no cualquier espíritu, sino uno verdaderamente astuto, y sin duda con un objetivo claro: desviar al ser humano de su propósito. Evidentemente es un espíritu ambicioso el que hizo esto, y además poderoso, porque finalmente lo logra, a pesar de que el hombre, en aquel momento, era sin duda mucho más fuerte en conciencia que hoy, por su relación directa con Dios.

Éste espíritu es el diablo. Desde la creación del mundo tuvo la intención de destruirnos, de llevarnos a la ruina, apartándonos de Dios y de las intenciones que él tenía y tiene para nosotros. No podemos saber bien por qué nos detesta tanto, pero lo hace. Quiere vernos muertos, es decir, separados de Dios por toda la eternidad.

Para eso, sembró en nosotros la semilla de la desobediencia, lo que llamamos el "pecado original", que fue una acción concreta pero vino en definitiva como consecuencia de un pensamiento que se apartó de la obediencia a Dios. Donde Dios dijo "no hagas esto", primero pensamos "bueno, lo hago" y recién después lo hicimos. Desobediencia espiritual traducida en desobediencia material. Y así fue siempre desde ese momento hasta hoy. El diablo siembra pensamientos desobedientes en nosotros, que de por sí tenemos una mente rebelada contra Dios, y entonces nos lleva a realizar acciones desobedientes. Hoy, como siempre, quiere vernos separados de Dios.

¡Imagínense cuánto más quiere derribarnos a nosotros, que nos pusimos del lado de Dios! Quiere que nos equivoquemos, que hagamos las cosas mal, que no lleguemos a cumplir los propósitos de Dios. Quiere que abandonemos a Dios, que renunciemos a él, y por eso nos engaña con toda clase de mentiras. Por ejemplo, pensamientos como: "no soy suficientemente bueno para ser cristiano", "soy un desastre, Dios nunca me va a perdonar por estas cosas que hago", "¿cómo puede Dios perdonarme todas esas cosas que hice en mi pasado?", "si Dios realmente hubiera estado conmigo, esto no me hubiera pasado", y muchos más que seguramente ustedes mismos podrían tomar desde su propia experiencia.

Esto no son sólo pensamientos. Son espíritus que nos atacan. La biblia es clara al respecto. Cuando empecé a pensar en todo esto me dije a mí mismo "nah, dejá de fantasear". Pero después entendí que este tipo de pensamientos también forman parte del engaño del diablo. Para él es mucho mejor si no creemos que existe, porque de esa manera esconde su propia acción, y además genera muchas más dudas sobre Dios y sobre el plan que él tiene para nosotros. El diablo quiere que no veamos. Quiere que ignoremos.

Entonces, nuestra vida no se trata solamente de ir por ahí ayudando gente y hablando de Dios mientras soportamos algunos problemas. Como cristianos, tenemos que ver más allá y comprender que tenemos un montón de fuerzas peleando en nuestra contra y tratando de arrastrarnos. Estamos en una batalla permanente. Nuestra vida es un campo de batalla.

Del pasaje que leímos y el análisis que venimos haciendo podemos sacar en conclusión que tenemos básicamente tres enemigos.

Por un lado, la principal consecuencia del primer engaño del diablo: la mentalidad desobediente, o para usar el término bíblico, el pecado. Éste es un enemigo interno, y viendo la autonomía que Pablo le da especialmente en la carta a los Romanos, podríamos decir que es un espíritu también. El pecado vive en nosotros y quiere ayudar al diablo en sus planes de separarnos de Dios. Es, digamos, un espía enemigo en nuestro propio territorio.

Por otra parte, si aceptamos que cada una de las personas está en esta misma condición y por lo tanto invadida por este enemigo interno, tenemos un grupo entero que abarca a todos los seres humanos y que toman como grupo decisiones que desobedecen a Dios. De hecho, cada vez es más evidente. La biblia llama a este grupo "el mundo". Podríamos decir que es la sociedad en la que vivimos. Lo curioso de este enemigo es que es un enemigo mayormente inconsciente. La gente no se opone a nosotros ni se enfrenta entre sí de manera totalmente consciente. "El dios de este mundo ha cegado la mente de estos incrédulos", dice 2 Corintios 4:4, y Jesús mismo dijo que los que lo crucificaron no sabían lo que hacían. Actúan al servicio del diablo y de su plan sin saberlo, incluso sin poder ni siquiera sospecharlo, a veces desde lo individual, o a veces en general, formando una sociedad cada vez más alejada de Dios.

Y finalmente tenemos al gran artífice de toda esta guerra, el diablo. El enemigo que tenemos que enfrentar sin temor pero sin confiarnos en nuestra propia fuerza como seres humanos, porque es un enemigo invisible que pelea con armas invisibles. Un enemigo espiritual que pelea con armas espirituales.

Afortunadamente, los que seguimos a Cristo tenemos la capacidad de creer, y por lo tanto de "ver" lo invisible. Por supuesto, no podemos pretender que vamos a ver con los ojos a estos enemigos espirituales (aunque no descarto que hay gente que tiene cierta capacidad para esto), pero lo más importante es que, así como vemos a Dios de otra manera, también a estos espíritus los vemos de otra manera. Los percibimos, por más que sólo sea en forma de pensamientos. Y ésta es la clave para esta batalla.

Como no podemos hacer nada por nuestra cuenta contra ataques de ese tipo, Dios nos dejó una serie de herramientas para ayudarnos. Armas espirituales, para hacer frente a armas espirituales, y una armadura espiritual, para resistir ataques espirituales. Es importantísimo que cada día nos vistamos con esta armadura, porque la pelea va a tener lugar en cada momento de nuestro día, y muchas veces no nos vamos a dar cuenta. Es más fácil asegurarnos de estar siempre protegidos que tratar de ver cuándo nos están atacando.

Por eso, si la táctica del diablo es la mentira, necesitamos estar ajustados a la verdad. Si su arma es mostrarnos que somos injustos y llevarnos a hacer el mal, tenemos que aferrarnos a la justicia de Cristo. Si el mundo está esclavizado por el enemigo y nos ataca, nos defendemos proclamando el evangelio de la paz, y haciendo la paz. Si el diablo trata de avivar nuestro propio pecado con sus flechas encendidas, nos defendemos con nuestra confianza en Cristo y en su poder. A través de la fe, además, vemos lo invisible aunque el diablo se esfuerce por ocultarlo. Si quiere usar nuestra mente para sus fines y hacernos pensar de una manera contraria a Dios, nos mantenemos en los pensamientos de Cristo.

Ninguna de estas partes puede estar ausente en cada uno de nuestros días, porque el diablo está atento a cualquier hueco que pueda haber en la armadura, para atacar por ese lado. Sabe que si estamos adecuadamente protegidos con los recursos del Señor es muy poco lo que puede hacer contra nosotros. Por eso es tan importante, y Pablo insiste en esto, que nos pongamos toda la armadura de Dios.

Y finalmente, tenemos una poderosa arma para enfrentar a nuestros enemigos, a estos poderes, autoridades y potestades del mundo espiritual: la palabra de Dios. Por medio de ella, conociéndola, aplicándola y compartiéndola, podemos hacer retroceder a cada uno de esos espíritus, esos invasores de pensamientos, que quieren apartarnos del propósito de Dios por medio del engaño. Si conocemos cómo son las cosas, ¿quién va a poder engañarnos? Y si la palabra es la verdad, ¿qué soldado del ejército de la mentira va a poder permanecer en la posición que ya había ganado en nosotros?

Además, Pablo termina el pasaje poniendo el foco en otras dos herramientas que son la clave de esta batalla: la oración, nuestra única manera de intervenir de forma directa en el mundo espiritual; y la unidad como comunidad de creyentes, porque un ejército que se mantiene unido es mucho más difícil de doblegar.

En fin, espero que la extensión no haya sido un obstáculo. Como dije, la biblia es muy clara. No deja espacio para dudar de que existen todas estas fuerzas que no vemos y que intentan llevarnos lo más lejos posible de los planes que Dios tiene para nosotros. Creer o no creer depende de nosotros, como siempre. Si no creemos, no vemos, y por lo tanto vamos camino a la derrota. Si creemos, ya tenemos la victoria: "en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Romanos 8:37).

Que Dios llene sus corazones con su Espíritu para que puedan creer en todo esto, y para que puedan permanecer firmes vestidos con la armadura de Dios y resistir todos los ataques enemigos, fortalecidos ustedes con el gran poder del Señor. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

jueves, 11 de octubre de 2012

Dichosos serán ustedes - Conclusión

Mateo 5:3-12

Hola a todos. Como anticipé la semana pasada, hoy quiero hacer un cierre de esta serie de reflexiones sobre las bienaventuranzas, o como las vengo llamando, bendiciones de Dios. Cuando pensaba en un título para ponerle a la reflexión, me crucé con un detalle interesante, que me gustaría resaltar. Si pensamos en los versículos 11 y 12 como un cierre que Jesús le da al tema, podríamos decir que las bienaventuranzas terminan en el 10. Y si lo vemos de esta manera, la primera y la última de las actitudes traen la misma bendición: "el reino de los cielos les pertenece" (5:3,10). Esto me hace pensar en que todas estas actitudes y bendiciones forman una única cadena, que se va formando en nosotros a medida que tomamos esas actitudes.

Ahora bien, es importante preguntarnos qué significa que el reino de los cielos nos pertenezca. Creo que un poco lo planteé la vez pasada, y también en la reflexión sobre la primera de las bendiciones, pero para resumir la idea, me parece que lo que quiere decir esto es que el objetivo del Señor es establecer primero el reino en la tierra. Porque no dice que el reino de los cielos les pertenecerá, sino que les pertenece. Por lo tanto, empieza a tener efecto acá, ahora. Nosotros vendríamos a ser como embajadores en esta vida. Traemos en nosotros el sello del reino de Dios, ¡nada menos! 2 Corintios 5:20 coincide con esta idea: "así que somos embajadores de Cristo...". Ese pasaje igual merecería una reflexión aparte, pero ya habrá oportunidad.

Lo interesante es que aún así, no se queda en la tierra. Si acá somos embajadores, en el cielo no se nos considera embajadores. "...El reino de los cielos les pertenece"... ¡Allá se nos considera reyes! "Si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo" (Romanos 8:17). Esa, nada menos que esa, es la bendición maestra de Dios. No por nada abre y cierra la lista de las bendiciones que vienen sobre los que tienen la actitud que Dios espera. Es la obra maestra de Dios en nosotros.

Y es que no nos tenemos que equivocar: la obra no la hago yo. No es que me esfuerzo por tener estas actitudes y lo consigo, sino que primero es el Espíritu el que interviene en cada uno de nosotros, el Espíritu de Dios. Si intento por mí mismo, jamás lo voy a lograr. Tengo que estar atento, sí, cuidar y observar mi actitud, corregirla, pero principalmente estar en permanente oración, en contacto con el Espíritu, con Jesús, estar bien cerca de Dios para que mi mente esté siempre renovándose hacia la actitud que él quiere que yo tenga.

Ahora, ¿de qué manera produce esto Dios en nosotros? ¿Cómo se llega de ser enemigos de Dios, como dice Colosenses 1:21, a ser reyes en su propio reino? Bueno, es por esta cadena de actitudes, que va en orden, y empieza por reconocer nuestra condición de desobedientes y por lo tanto de espíritu pobre, quebrado, roto.

Cuando reflexionamos sobre eso, dijimos que los "pobres de espíritu" eran los que reconocían su miseria, su situación espiritual. Reconocían su necesidad de él. Dios responde a esta necesidad con compasión, porque en definitiva, la palabra "misericordia" tiene que ver con eso, con que Dios lleve en su corazón nuestra miseria. Y esto une esa primera actitud con la de los compasivos. Si recibí la compasión de Dios reconociendo de manera auténtica mi necesidad, eso me lleva necesariamente a tener compasión con los demás. Entienen la condición quebrada del otro antes de juzgar, responder o condenar. Este punto creo yo que es uno de los más difíciles, y donde más evidente es la acción del Señor. Es muy difícil tener esa actitud de compasión, en particular cuando es algo grave lo que nos hacen, y en particular cuando no conocemos al que nos lo hace, por ejemplo cuando nos roban, o situaciones similares. Lucas 7:47 dice "Por esto te digo: si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados".

Ahora bien, creo que reconocer mi miseria interior es un paso difícil, porque puede causarnos cierta amargura, cierto sufrimiento. Sin embargo, vimos que Dios bendice a los que lloran, porque les da un consuelo que, como dijimos, no solamente hace que vuelvan a estar bien, sino que los lleva a estar mejor que antes. Y es que este sufrimiento que viene por reconocer mi quebrantamiento interno hace que mi corazón se limpie, se limpie de mis ganas de hacer lo que yo quiera cuando quiera, se limpie de mi compromiso con el pecado, con la desobediencia a Dios. Seguimos fallando y desobedeciendo, pero ya no con indiferencia de lo que Dios piense, sino todo lo contrario: sufrimos al hacerlo, nos molesta, nos incomoda. Por eso, pasamos a tener un corazón limpio. Y cuando esto pasa, decíamos, vemos a Dios.

Y si vemos a Dios, cambiamos nuestra actitud hacia él, porque empezamos a descubrir su inmensidad, su presencia extraordinaria. Si nuestra desobediencia inicial, la que como humanos nos alejó de él, fue producto del orgullo, contemplar su presencia con un corazón arrepentido nos lleva a la humildad. La humildad, dijimos en esa reflexión, nos lleva a ser mansos, pacíficos. Tener paz adentro de nosotros, porque tenemos paz con Dios. La humildad implica ver a todos como al mismo nivel que nosotros, y no considerar mis asuntos más importantes que los de los demás. Eso me hace respetar a los demás, y trabajar por la paz. Ver al otro como un par es la causa de la unión, y la unión, como vimos, es el significado de la palabra "paz".

Finalmente, al reconocer que no soy tan grande por mí mismo y querer trabajar por la paz, estoy haciendo honor a mi condición de hijo de Dios. Él lo dio todo por la paz. Y si yo estoy dispuesto a hacer lo mismo, reconozco y demuestro que soy su hijo. La paz viene del amor, y el amor es la base sobre la que Dios me justifica. Es decir, me transfiere su propia justicia, la de su Hijo, Jesús, que es el único hombre justo que caminó sobre la tierra. Y cuando nuestro deseo es trabajar por la paz, empezamos a tener hambre y sed de justicia, esa justicia que Dios nos confiere. Empezamos a querer que alguien nos justifique, porque vemos que somos injustos. Y como dice Romanos 8:33, "Dios es el que justifica".

Ahora, eso me hace actuar de manera diferente. El participar de Jesús, como vimos en esa reflexión, es lo que nos da justicia, lo que satisface nuestra sed. Y eso nos lleva a tener la actitud de querer hacer siempre lo bueno. Por supuesto, ni bien empezamos, aparecen dificultades. Internas, a veces, obstáculos que están en nuestra propia cabeza, pero también muchas veces de nuestro entorno, que reacciona contra una manera de actuar que lo incomoda, que choca con la manera de actuar, de pensar y de vivir de aquellos que no comparten nuestra visión o nuestra fe. Esto nos puede llegar a traer problemas de verdad, incluyendo persecuciones. A veces esas persecuciones son simplemente exclusión, burla, o ese tipo de cosas. Otras veces es violencia física, y en algunos lugares puede incluso ser prisión o daños más graves.

Pero ante ese cuadro, Dios nos dice: "Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!" (Filipenses 4:4). Podríamos parafrasearlo y decir "alégrense siempre por hacer las cosas como el Señor les pide, pase lo que pase". Porque la recompensa es enorme en el cielo: ¡nos espera la gloria de Cristo! ¡Nosotros mismos convirtiéndonos en reyes junto con él! Y aún en esta vida, nos esperan nada menos que todas esas bendiciones que menciona el pasaje: seremos consolados, heredaremos la tierra, seremos saciados de justicia, seremos tratados con compasión, veremos a Dios y seremos llamados nada menos que "hijos de Dios".

De nuevo: "el reino de los cielos les pertenece". Con todo lo que eso significa.

Entonces, para terminar (y admito que se hizo largo), queda decir que hacer lo bueno no es un medio para lograr algo. Es vivir como reyes del cielo, o sea, es un fin en sí mismo. Hacer las cosas como Dios quiere, o tener esa actitud, trae una felicidad que no tiene comparación. No me lleva al paraíso: trae el paraíso a la tierra, o al menos un pedacito de él. Un disfrute celestial en esta vida terrenal.

Espero que la reflexión haya sido de mucha bendición para todos. Quiero cerrar esta reflexión con esta frase que me vino a la mente, como si fuera una bienaventuranza que las resume a todas:

Dichosos serán ustedes cuando hagan lo bueno y practiquen la justicia, porque disfrutarán de la felicidad del cielo aquí en la tierra. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

viernes, 5 de octubre de 2012

Dichosos 8 - Los perseguidos por causa de la justicia

Mateo 5:10-12

Hola a todos. Con esta reflexión estamos cerrando la serie sobre las bienaventuranzas. En realidad quedaría por hacer un repaso de todo el pasaje entero, una conclusión general, pero ésta es la última de las bienaventuranzas del pasaje.

Pienso que Jesús quería insistir puntualmente en este punto, porque de todas las bendiciones que viene marcando, ésta es la más larga. Me resulta interesante que diga directamente "los perseguidos por causa de la justicia", y "cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias". No dice "si los persiguen", ni "si los insultan", sino "cuando". Jesús está dando por sentado que necesariamente la gente, en algunos momentos, nos va a maltratar por causa de la justicia.

La justicia, habíamos hablado en otra de las reflexiones, es la rectitud. Es hacer las cosas de la manera que Dios quiere que las hagamos. Esto implica necesariamente seguir los pasos de Jesús, caminar en nuestra vida a su lado. Uno podría preguntarse, ¿por qué eso es un problema para la gente?

Bueno, pienso que hay varios motivos, pero tal vez el más importante sea que no estamos acostumbrados a los métodos de Dios para vivir. La manera de vivir que él plantea choca con la inmoralidad con la que todos nos criamos, venimos a este mundo, y que enfrentamos diariamente dentro de nosotros. La sociedad propone un modelo de comportamiento y de pensamiento que se aleja cada vez más del que Dios tiene en mente. Por eso, cuando hacemos las cosas con justicia, es decir, buscando la guía del Espíritu Santo, estamos entrando en el terreno de la contracultura, estamos girando en dirección opuesta a la corriente.

La corriente trata de arrastrar aquello que se mueve en dirección opuesta. Es ahí donde la gente puede chocar con nosotros. Estamos muy acostumbrados a relativizar las cosas, por ejemplo. Creemos que está mal mentir, pero si es necesario para proteger nuestros intereses personales, hacemos la excepción. Si hay que hacer trampa, lo mismo. Si hay que sacar a alguien del medio, lo mismo. Pero Dios nos propone que seamos diferentes. "Cuando ustedes digan 'sí', que sea realmente sí; y cuando digan 'no', que sea no" (Mateo 5:37). Para Dios no hay excepciones. Si mentir está mal, está mal siempre. Por eso, a las personas puede resultarles incómodo a veces que nos esforcemos por actuar con tanta rectitud, especialmente si sienten que perjudica sus propios intereses.

Pero Dios tiene algo especial reservado para nosotros. Otra versión del pasaje dice "Dios bendice a los que son maltratados por practicar la justicia". Nos espera un premio muy grande cuando vivimos aplicando los valores de Dios. A veces pensamos que este premio es sólo en la otra fase de nuestra vida, cuando vayamos con el Señor. Sin embargo, pienso que estamos perdiendo de vista que la voluntad de Dios es que vivamos según sus parámetros. Y cuando hacemos la voluntad de Dios, abrimos las puertas a todas las bendiciones que él tiene preparadas para nosotros en esta vida.

Por eso, es importante entender que ser perseguidos, insultados o maltratados por obedecer las normas de Dios es una consecuencia inevitable y a la vez una buena señal. Significa que la diferencia es evidente. Cuando hacemos esto estamos glorificando a Dios. 1 Pedro 3:14 dice "¡Dichosos si sufren por causa de la justicia! «No teman lo que ellos temen, ni se dejen asustar.» Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes". Dios nos llama a vivir diferente. No a hacer la diferencia, sino a ser la diferencia.

No podemos enfocarnos en agradar a las personas. Si buscamos quedar bien con todos, vamos a encontrarnos con que las exigencias son altas y que muchas veces sus caminos son contrarios a los de Dios. Nuestro foco tiene que estar en honrar a Dios y hacerle caso a él. Donde el mundo nos rechaza, nos recibe Dios. En él podemos encontrar refugio cuando las cosas se ponen difíciles, cuando somos agredidos de alguna manera por ser distintos. El profeta Isaías dice claramente "No teman lo que ellos temen, ni se dejen asustar" (Isaías 8:12). Cuando se nos plantea un punto de quiebre, una situación donde tenemos que optar si responder según parámetros sociales o según el modelo de Dios, él nos desafía a ser valientes y actuar con justicia, sin miedo.

Después de todo, tenemos un defensor todopoderoso en el cielo, que no está lejos, sino cerca, velando y cuidando de nosotros. No nos va a dejar solos cuando esto pase. Dice el pasaje de Isaías "no teman lo que ellos temen". Si esas personas le temerían a la opinión de los demás, nosotros no. Si le temerían a no conseguir lo que se proponen por hacer las cosas bien, nosotros no. No lo miremos desde el punto de vista de ellos, sino desde la mentalidad del Espíritu. Dios es soberano. Las cosas son como él quiere.

Finalmente, dice el pasaje de Mateo que "así también persiguieron a los profetas que los precedieron a ustedes" (5:12). Nosotros, en este punto, también somos profetas. "Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes", decía Pedro. Tenemos un mensaje, y es un mensaje de transformación, un mensaje que a mucha gente puede parecerle una locura, pero aparte pone en evidencia el costado quebrado y malo del ser humano, porque plantear una restauración implica reconocer que necesitamos ser restaurados, o sea, que algo anda mal. Y nadie se alegra cuando descubren o ponen de manifiesto su costado oscuro. Es uno de los principales motivos por los que los líderes religiosos judíos quisieron crucificar a Jesús.

Sin embargo, Jesús tuvo claro que ésa era su misión, y no estaba dispuesto a renunciar a ella por miedo a los hombres. Los profetas vivieron algo similar. Jesús nos propone caminar en ese mismo camino, y dice "alégrense y llénense de júbilo". ¡Claro! Porque estamos participando del reino de Dios junto con él mismo, y con todos los profetas. Y recordemos que el reino de Dios, el cielo, el paraíso, no es la vida después de la muerte. Es un estado espiritual acá, ahora, en esta vida. Es la felicidad máxima que puede alcanzarse en este mundo.

Y en este punto, creo que se nos plantea una pregunta muy fuerte y desafiante. El reino de los cielos, nada menos que eso, "les pertenece" a los que son perseguidos por obedecer a Dios. Ellos demuestran ser verdaderos hijos del Rey porque no se apartan de su camino ante la presión de las personas. Esa es la gran bendición, la verdadera dicha que viene sobre los que son perseguidos. La pregunta, y me la hago yo mismo, porque éste es uno de los puntos que generalmente más me cuesta, es: ¿estoy dispuesto a ir tras la justicia a toda costa, es decir, cueste lo que cueste? ¿Estoy dispuesto a jugarme todo por el reino de Dios?

Que el Dios de la justicia y de toda bendición los llene de valentía para que puedan permanecer firmes cuando las personas los maltraten por seguirlo a él, y experimenten así la enorme felicidad de ser poseedores del reino de Dios. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

martes, 11 de septiembre de 2012

Dichosos 7 - Los que trabajan por la paz

Mateo 5:9

Hola a todos. Ya estamos llegando al final de las publicaciones sobre las bienaventuranzas. Hoy nos toca reflexionar sobre "los que trabajan por la paz". La versión Reina-Valera revisada habla de "pacificadores", y algunas versiones dicen "los que procuran" o "los que se esfuerzan para que haya" paz. Buscando un poco sobre el texto original griego, aparentemente la expresión para hablar de estas personas sería algo así como "los que ponen toda su atención y hacen todo lo que esté a su alcance para que haya unión entre las personas".

Dicho de esta manera, la perspectiva de este pasaje puede cambiar bastante. La paz es de por sí una de las bendiciones de Dios, es parte del fruto del Espíritu, que la Palabra describe en Gálatas 5:22-23. Es Dios mismo el que me lleva a trabajar por la paz, por la unión entre las personas. ¿De qué manera? Bueno, en primer lugar porque él mismo hace las paces conmigo. Recibir a Jesús en nuestro corazón nos une con Dios, es decir, nos trae paz con él.

Es a partir de esta paz que verdaderamente podemos desear desde lo profundo de nuestro ser, y sin motivo o expectativa aparente más que el hecho en sí mismo, buscar la paz no solamente con los demás, sino entre los demás. El que tiene paz en su interior, inevitablemente trae paz hacia afuera. Contagia esa paz.

Eso implica que la paz de Dios trae paz no solamente con los demás, sino también conmigo mismo. De hecho, si no estoy en paz conmigo, no puedo esperar estar en paz con los demás, o traerles paz. Ahora bien, si la paz es unión entre las personas, no estar en paz conmigo mismo sería no tener unión conmigo mismo, ¿es eso posible?

Bueno, sí. No sé a cuántos les habrá pasado, pero asumo que al menos a la mayoría de ustedes, que sienten que una parte de ustedes quiere hacer algo y otra parte quiere hacer lo contrario, o que el pensamiento se divide en dos en su mente entre pensar que algo está bien o está mal, o es correcto o incorrecto. En muchos casos esa cuestión se resuelve, me pongo de acuerdo conmigo mismo y llevo a cabo una acción de las dos. Pero en otros casos me crea un conflicto interno. Tal vez termina causando que no haga ninguna de las dos, o que haga una pero me quede preocupado, ansioso o temeroso de no haber hecho la otra. En fin, esto puede llevarme a tener problemas conmigo mismo. Si la acción nos llevó por un camino que nos lastimó, es como si una de las dos partes de mí mismo le dijera a la otra "¿Viste? ¡Te lo dije! Ahora por tu culpa pasó esto". Curioso, como si no fueran en definitiva la misma persona pero dividida.

Lo mismo pasa con las personas. Desde la mirada de Dios, somos por así decirlo una misma persona. Somos un mismo cuerpo, podríamos decir, somos el cuerpo de la humanidad. Sin embargo, a veces pensamos que la culpa de las cosas que nos pasan como sociedad, o incluso como humanidad, es culpa de individuos: los políticos, los científicos, los terroristas, los empresarios, y así podríamos seguir. Sin embargo, ¿no será que todos somos responsables por los problemas del "todo"?

La paz, entonces, es esta fuerza que reconcilia, une a las personas. Y es además la fuerza que restaura, que cierra heridas, une las dos partes de una cicatriz, podríamos decir. Hay muchas maneras de traer paz. Perdonar es una, por ejemplo. Mediar en un conflicto es otra. Y podríamos poner más ejemplos, seguramente a ustedes se les ocurrirán (son bienvenidos a comentarlos). Pero lo central es que no hay paz conmigo o con los demás si no hay primero paz con Dios, porque la paz misma es una bendición de Dios.

Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante, él respondió "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente" (Mateo 22:37) y "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (22:39). Amar nos lleva necesariamente a traer paz. Amar a Dios nos da paz con él. Amar a mi projimo me da paz con él. Amarme a mí mismo me da paz conmigo. Podríamos expandir estos mandamientos diciendo: concentra todo tu corazón, todo tu ser y toda tu mente en tener paz con Dios siempre, y trabaja por la paz con las personas que te rodean así como por la paz contigo mismo.

En todo esto pareciera que hay como dos momentos de la paz. Uno es el que tiene que ver conmigo: mi paz con Dios, mi paz conmigo mismo, mi paz con los demás. Otro es el de los demás: paz de otros con Dios, paz de otros consigo mismos, paz de otros con los demás. Dios nos da la capacidad de trabajar por la paz en todos los niveles. ¡Tenemos un enorme trabajo para hacer!

Queda por decir que el que trabaja por la paz, trabaja por la felicidad. Dios no sólo bendice al que hace esto, sino a los que reciben esta paz, porque como ya dije, la paz es en sí misma una bendición de Dios. En todo caso, al llevarnos a trabajar por la paz, Dios nos lleva a bendecir las vidas de otros. Por eso dice el texto que los que trabajan por la paz "serán llamados hijos de Dios". Es Dios mismo, por un lado, el que nos llama "hijos", primero porque lo reconocemos como nuestro padre, pero además porque reconoce en nosotros su misma esencia, su misma característica: esforzarnos por la paz.

Pero también debería ser nuestro rasgo distintivo como sus hijos, ya que si lo somos es porque recibimos primero su paz, o sea, hicimos las paces con él. Así, es mucho más probable que otros nos reconozcan como hijos de Dios, o vean esa diferencia en nosotros, cuando trabajamos por la paz. En fin, la paz es el verdadero medio para anunciar la buena noticia a los demás, la buena noticia de la salvación, de la reconciliación de Dios con el mundo. 2 Corintios 5:20 dice "Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: 'En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios'".

Que el Dios de paz los restaure en su interior para que puedan estar preparados para llevar la paz a todos lados donde vayan, y tengan la bendición de ser llamados hijos de Dios. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Dichosos 6 - Los de corazón limpio

Hola a todos. Esta vez volví a publicar más rápido, y espero poder volver a hacerlo con la próxima reflexión. Reflexionar sobre un pasaje versículo por versículo tiene la dificultad de que si no es continua la publicación se puede perder el hilo. Pero bueno, para evitar eso quiero simplemente insistir en que donde algunas versiones hablan de "bienaventuranza" o "dicha" otras dicen "Dios bendice a los...", y en la primera reflexión un poco agrupé las tres ideas en una, por eso el título de esta serie es "dichosos" y no "bienaventuranzas". Había dicho que esta "dicha" es justamente la bendición de Dios, que me permite disfrutar de una felicidad profunda, que está por debajo de las circunstancias, el "gozo" del que hablan otros pasajes, una paz y un bienestar que permanece aunque en la superficie pueda haber tristeza, enojo, o lo que sea, y que es la fuente del cambio de actitud, porque es una dicha, un gozo que proviene del Espíritu de Dios habitando adentro mío.

Mateo 5:8

Esta vez nos toca reflexionar sobre la bendición de Dios a los de corazón limpio. La mayoría de las versiones, al menos las que revisé, coinciden en la traducción casi totalmente, variando solamente en la expresión para "dichosos" o en la palabra para "limpio", donde también aparece puro.

A lo largo de toda la Biblia vemos un tema que es constante, y es el de la desobediencia del hombre, y su corrupción, que es la consecuencia directa. Jesús mismo dijo que él vino a buscar a los enfermos. En realidad, todos estaríamos en ese sentido enfermos. ¿Enfermos de qué? De suciedad del corazón, de esa falla que es consecuencia de la desobediencia.

Pero entonces, ¿a quienes bendice Dios? Si todos estamos sucios en el corazón, nadie tiene corazón limpio. ¿Será que se refiere a los creyentes? ¿Seríamos nosotros los de corazón limpio?

Bueno, la respuesta es, digamos, que no. Dice Romanos 3:9, hablando sobre la situación de la humanidad, que "no hay un solo justo, ni siquiera uno". No dice "no hay ningún justo que no sea cristiano", ni dice "no hay un solo justo entre la gente no cristiana". Ya habíamos visto esto en la reflexión sobre "los pobres de espíritu", y también aparece en los demás versículos implicitamente, y en toda la Escritura.

Ahora bien, la pureza o limpieza del corazón tiene, entonces, evidentemente otro sentido para Dios. No se trata de una blancura absoluta, de una perfección total. Se trata, entiendo, de la actitud. Porque si mi corazón no está limpio, tengo que limpiarlo. Y como mi ser entero está sucio desde el momento de mi nacimiento, mi corazón vuelve a ensuciarse todo el tiempo. No olvidemos que además existen seres espirituales dedicados a tiempo completo a ensuciarnos. Por todo esto, tener el corazón limpio requiere una lavada permanente. Y eso es actitud: estar atento para seguir siempre un determinado curso de acción frente a la misma circunstancia. Si tengo el corazón sucio, lo limpio.

Habría que preguntarse entonces, ¿cómo limpio mi corazón? En primer lugar es importante saber que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento el corazón no es otra cosa que la mente. Es el lugar de mi pensamiento, de mis intenciones, mis deseos, mi personalidad, mis emociones, en fin, todo lo que soy, todo lo que me define como persona. Mi corazón sería, en resumen, mi ser, y mi ser sería mi mente.

Por eso, un corazón limpio equivale a una mente limpia, en el sentido amplio: deseos limpios, intenciones limpias, emociones limpias, etc. El de corazón limpio o puro sería entonces el que pone su mente, sus fuerzas, sus deseos y todo lo que él o ella es, en aquello que está limpio, o sea, en lo que viene de Dios. Podríamos decir que es por lo tanto el que aparta sus pensamientos, actitudes y actos de las cosas que desagradan o no le interesan a Dios.

Hay cosas que son malas. Herir voluntariamente a otros es claramente desagradable a Dios. El engaño, la mentira, la traición desagradan a Dios. Hay otras cosas que a simple vista no parecieran ser malas, pero en definitiva son vanas, no le interesan a Dios y por lo tanto nos desvían de lo que Dios quiere para nosotros. Para mantener una mente limpia, de nuevo, tengo que enfocarme en aquello que Dios activamente quiere para mí. "Ama al Señor con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Deuteronomio 6:5). Podríamos parafrasearlo de esta manera: "pon todo lo que eres al servicio de Dios".

La clave, entonces está en volver hacia atrás. Es decir, no es que se pueda volver para atrás en la práctica. Pero cuando pienso algo que sé que es desagradable a Dios, tengo que frenarlo, dejarlo ahí. Cambiar de pensamiento, cambiar de mente. Esto es lo que llamamos "arrepentimiento". Es cambiar de actitud, sea que haya hecho o haya pensado algo que Dios no quiere de mí. Es apartarme de mi suciedad, de mi maldad, no convivir con ella. Arrepentirme limpia mi mente, vacía al menos esa suciedad visible que se manifestó en una idea o en una acción. Es el comienzo de "los de corazón limpio".

La bendición de Dios sobre los de corazón limpio es la más grande que se me pudiera llegar a ocurrir: ¡ver a Dios! No puedo imaginar un disfrute, una felicidad, una bendición mayor que estar cara a cara con el que ES en sí mismo disfrute. No olvidemos que de eso se trata el cielo, el paraíso. La palabra "Eden" significa eso: disfrute. Y estos, los de corazón limpio, los que renuevan su mente a la luz de la Palabra y el Espíritu de Dios y están dispuestos a cambiar y dejar atrás su suciedad, son los que van a subir un día al monte del Señor y van a estar ante su trono, disfrutando de la mayor felicidad jamás imaginada.

No quiero descuidar igual que la bendición es también para este mundo, para esta vida. Romanos 12:2 dice "...sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta". Comprobar cuál es la voluntad de Dios. Verificar, descubrir de manera práctica. Si limpiamos permanentemente nuestro corazón recibimos la bendición de vivir la vida con la óptica que Dios nos transmite, que es la que nos permite apreciar todas las cosas que vivimos desde su perspectiva y por lo tanto vivir nuestras vidas con una felicidad profunda, llevar adelante una vida agradable sin importar cuáles puedan ser las circunstancias, o incluso independientemente de cuál sea nuestro estado de ánimo. Por eso dice el pasaje de hoy que los de corazón limpio "verán a Dios". No sólo lo verán en el futuro, al llegar ante su presencia, sino antes, en esta vida, verán su obrar y reconocerán su mano. Ésta es también una bendición enorme.

Son, entonces, los que tienen actitud de arrepentimiento y de cambio los que llegan a descubrir a Dios y ver su obrar, y lo reconocen en esta vida. No se trata de ser perfecto, sino de ser perfeccionado. No se trata de ser limpio en el sentido absoluto, sino de ser permanentemente limpiado. Por eso es mucho más una actitud que una acción en sí. Es renovar mi mente todo el tiempo, lavarla en el agua de la Palabra de Dios y el Espíritu, la mente de Cristo transferida a nosotros sólo por aceptar nuestra condición y reconocer que necesitamos de Dios. Recibir a Cristo es recibir su mente, y recibir la mente de Cristo es el principio de la pureza del corazón.

Que el Dios de toda pureza llene sus mentes de su Palabra y sus pensamientos, para que puedan tener una mente limpia, una actitud de arrepentimiento, cambio y renovación, y puedan ver a Dios en cada momento de sus vidas, y para siempre. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.