martes, 31 de octubre de 2017

La reforma de la Reforma

Hola a todos. La tradición reformada nos dice que hoy, 31 de octubre, se cumplen quinientos años desde que Lutero dio inicio a un proceso enorme de renovación y transformación de la iglesia, y, me atrevo a decir, del pensamiento occidental en general. Miles de iglesias en todo el mundo, hoy, apoyan su doctrina en los cinco pilares del luteranismo: sólo por la fe somos justificados, sólo por la perfecta obra de Cristo, sólo por la gracia de Dios somos perdonados y aceptados por él, sólo la Escritura es la regla de vida y la máxima autoridad en cada área de la vida de un creyente, y sólo de Dios y para él es la gloria.

A quinientos años de la Reforma, pareciera más pertinente que nunca la frase popularizada durante el siglo XX: “la iglesia reformada debe siempre seguir reformándose”. Nuestras doctrinas dejaron afuera durante siglos algo que tanto Jesús, como los apóstoles, como los profetas desde Moisés en adelante, parecen haber tenido muy claro: una de las fuerzas más poderosas en la vida de una persona son sus relaciones con otras personas. Y los seres humanos estamos diseñados para eso. La ruptura del ser humano con su creador causó que las relaciones entre las personas no funcionen ya adecuadamente, pero parte del plan de Dios para la iglesia es restaurar, en el marco de las relaciones entre los creyentes, la idea original que él diseñó.

Por eso, en la celebración de estos quinientos años, tal vez sea hora de preguntarnos dónde están, en nuestra teología, las relaciones interpersonales y los efectos que ellas tienen sobre nosotros; dicho de otra forma, qué lugar ocupan las emociones y su correcta comprensión y manejo en nuestra doctrina. Creo que sólo si nos ocupamos de este tema vamos a poder devolverle al evangelio la frescura y el poder que tenía en aquella primera iglesia, a la que la reforma pretendía hacer resurgir. Tal vez la clave del avivamiento que muchas iglesias evangélicas esperan hoy en día es, precisamente, volver a darle lugar a la vida interior de las personas.

Y, sobre todo, que esta vida interior pueda volverse exterior. Dios quiere relacionarse con lo que verdaderamente hay en cada uno de nosotros, en cada momento. Mi opinión es que, en las iglesias de hoy, vivimos escondiéndonos detrás de antifaces: máscaras de racionalidad, de intelectualidad, de gozo, de confianza ciega en Dios y de palabras religiosas. O vivimos tratando de ser políticamente correctos con todos, y nos olvidamos de ser genuinos o espontáneos acerca de lo que realmente creemos y sostenemos sobre las cosas.

Somos llamados a “vivir la verdad en amor” (Efesios 4:15). Tal vez, entre otras cosas, esto implique que tenemos que acercarnos a Dios tal como verdaderamente somos y estamos, y saber que somos amados y aceptados incondicionalmente, porque de eso se trata. Al fin y al cabo, según la tradición, el versículo que hizo que Lutero reconsiderara su fe y reformulara la doctrina dice que “en el evangelio se revela la justicia que proviene de Dios, la cual es por fe de principio a fin, tal como está escrito: «el justo vivirá por la fe»“ (Romanos 1:17). No somos más o menos justos por nuestra manera de pensar, de sentir o de actuar, sino que la fe en las acciones de Jesús, y en la justicia de ellas, nos hace aceptables a los ojos de Dios. Eso es, en todo caso, lo que nos debería llevar a querer cambiar y ajustar aquellas cosas que están fuera de lugar, o a querer vivir el tipo de vidas que Dios desea para nosotros.

De hecho, volviendo a Jesús, así como él es Dios, él también es completamente hombre. Es, de hecho, el más alto exponente de un ser humano, es decir, es el ejemplo de cómo un ser humano pleno se vería, un ser humano sin pecado, sin desobediencia a Dios. Pero no sólo cómo se vería si el mundo fuera ideal, sino cómo se vería un ser humano sin pecado en un mundo quebrado. Y Jesús experimentó una gran variedad de emociones. Eso debería darnos la pauta de que las emociones no sólo están permitidas, sino que son parte del diseño divino del ser humano. El miedo, la tristeza, el enojo, la angustia, la frustración, la alegría, realmente no hay razón para creer que está mal sentirlas, porque Jesús las sintió. Y todas tienen una razón de ser, existen en nosotros por un motivo. Es importante, para poder tener una experiencia más completa de nuestra propia vida, pero también de nuestra relación con Dios, aprender a entender nuestras emociones y a tratar con ellas.

En algún punto, toda la idea de la serie de reflexiones sobre el fruto del Espíritu fue hacer una primera aproximación a este tema, planteando algunos puntos que nos ayuden a ser más sensibles entre nosotros, entendiendo que cuando sentimos cosas que solemos considerar "negativas" no estamos en sí pecando. Es cierto que estas emociones nos llevan a pensamientos que van en contra de la verdad (es decir, en contra de la realidad espiritual, en definitiva), pero Dios es compasivo con nosotros en esos momentos, y entiende nuestra condición, de modo que nosotros deberíamos hacer lo mismo unos con otros, en lugar de juzgarnos, acusarnos o reprendernos unos a otros por lo que sentimos.


En este aniversario de la Reforma, y de cara a los próximos quinientos años de vida de la iglesia, si es que Dios así lo dispone, tal vez es hora de hacer una apuesta, y preguntarnos cómo podría empezar a reinterpretarse nuestra doctrina reformada, y, por ende, las Escrituras, a la luz de una perspectiva nueva que tenga en cuenta los procesos emocionales que una persona atraviesa en las diferentes circunstancias de su vida, es decir, la realidad emocional (que por otra parte, es algo esencial de la experiencia humana) y cómo Dios también integra las emociones en su diseño. Dios hizo nuestras emociones, y todas ellas tienen una función. Por lo tanto, nada de esto le es ajeno a él. Sin embargo, nos sigue siendo ajeno a nosotros, los cristianos. Tal vez sea hora de reformar la reforma un paso más allá.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

martes, 17 de enero de 2017

El fruto del Espíritu - Conclusión

Hola a todos. Hace ya varios meses empecé una serie de publicaciones sobre un tema del que se habla bastante, pero que en mi opinión no suele estar bien encarado, que es el tema del fruto del Espíritu. Generalmente se lo enseña como un conjunto de conductas que deberíamos esforzarnos en desarrollar, pero se deja de lado un aspecto crucial del tema, que es la parte emocional que está en juego detrás de cada característica, y que es la que traba ese desarrollo en nosotros. Cuando empecé, hablé de que somos llamados por Dios a tener vidas fructíferas, abundantes (Eclesiastés 3:12-14; Juan 10:10), es decir, vidas que nosotros mismos disfrutamos y que al mismo tiempo impactan positivamente en los demás, y en el mundo. Es el propósito de Dios trascendente para nuestra vida, es decir, es para el resto de la eternidad. Si tenemos una vida así, tenemos todo. Y Dios dispuso que esto sea así para que entendamos qué tan Dios él es, y qué clase de Dios. Es un Dios que disfruta de vernos disfrutar, y vernos impactar positivamente los unos en los otros. Un Dios que disfruta de lo lindo, de la alegría y del bienestar.

El Nuevo Testamento se acerca a este tema desde un lado por ahí más descriptivo, y encontramos pasajes como el de Gálatas 5:22-23, que dice que "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio". Estas son las características que tiene una vida fructífera. Podríamos pensar que sirven como medidor de cuánto estamos sacando provecho realmente de nuestra vida y cuánto estamos impactando para bien en los demás. Nosotros tenemos la responsabilidad de cuidar y cultivar ese fruto de nuestra vida, y Dios se encarga de hacerlo crecer. Podríamos decir que nosotros nos encargamos de generar las condiciones para que el fruto se desarrolle, y Dios pone el desarrollo.

A lo largo de las publicaciones fui aclarando qué no significaba cada una de esas palabras, porque en nuestra cultura tenemos mucha confusión con algunas de ellas. Incluso dentro de las iglesias. No voy a repetir todo eso, pero sí quisiera que recordemos lo que sí son, desde el punto de vista bíblico:

Amor: velar por las necesidades e intereses de otros, además de por las propias (Filipenses 2:2-4).
Alegría: encontrarle placer y significado a la vida (Eclesiastés 5:19-20).
Paz: vivir con la certeza de que somos cuidados y de que nuestras necesidades se pueden cubrir (Mateo 6:31-32).
Paciencia: capacidad de atravesar el dolor y las situaciones adversas sin derrumbarse, sin perder la esperanza (Salmo 46:1-3).
Amabilidad: tener buen trato hacia los demás, cuidarlos en nuestro trato, respetarlos (Gálatas 6:10).
Bondad: vivir los valores de Dios con naturalidad, y libremente (Efesios 4:15).
Fidelidad: convicción sobre las enseñanzas del evangelio, la convicción de que son ciertas y de que son buenas (Romanos 4:20-21).
Humildad: pensar de uno mismo con moderación, no como mejores de lo que realmente somos, ni como superiores a los demás o más importantes que los demás (Romanos 12:3).
Dominio propio: tener el control sobre nuestra vida, y fuerza de voluntad (1 Corintios 9:25).

Les propongo el ejercicio de pensar en distintos ámbitos y situaciones de sus propias vidas pero viviendo con todas estas características en su pleno desarrollo. ¿Cómo serían nuestras relaciones? ¿Qué decisiones tomaríamos en esos contextos? ¿Qué decisiones no tomaríamos? ¿Cómo nos sentiríamos con las distintas experiencias que nos toca atravesar en cada ámbito? ¿Cómo se vería nuestro día, nuestra semana? ¿Cómo se sentirían los demás al pasar tiempo conmigo?

Las siguientes preguntas, por supuesto, podrían ser, ¿cuál o cuáles de estas características necesito desarrollar más? ¿Cuál o cuáles siento que estoy desarrollando en este momento de mi vida? ¿Hay alguna que siento que la tengo ya desarrollada? ¿Hay alguna que tengo muy desarrollada, y siento que por ahí hasta me caracteriza? Todo puede ser, cualquier combinación es posible. Tal vez siento que tengo todas a medio desarrollar, o tal vez es un poco y un poco. Tal vez siento que estoy desarrollando muchas a la vez, o que todas las tengo bastante desarrolladas. Siempre se puede crecer más, pero eso no quita que tal vez seas una persona que está muy madura en la fe y en la vida. Lo importante de todo esto es que prestemos atención al tipo de fruto que estamos dando, para saber qué necesitamos ajustar. No se trata de que Dios nos acepte o no, y esto es muy importante. No es eso lo que está en juego. Dios nos acepta por las obras de Jesús, no por las nuestras. Todo esto es para que podamos aprovechar mejor la vida que Dios nos regaló, y entender cuán grandioso es ese regalo cuando lo vivimos como él lo diseñó. No esperemos ser perfectos o tener vidas perfectas, pero avancemos siempre hacia vidas que dan más y más fruto, para vivir mejor, y para que los que nos rodean vivan mejor también.

Para esto, nos preguntamos también por qué podía ser que no tuviéramos tan desarrolladas cada una de estas características. La idea no era agotar el tema, pero sí que cada uno pudiera entenderse un poco mejor a sí mismo, para también ser compasivos con nosotros mismos. Porque muchas veces vivimos bajo el peso de tener que vivir de esta manera, y si no vivimos así nos parece (o nos enseñan) que es porque no somos buenos creyentes. Pero la realidad es que podemos tener mucha fe y sin embargo no estar a la altura de nuestra fe, por así decir. Y eso tiene que ver con nuestras circunstancias internas y externas. En esta serie nos enfocamos en las internas, que pienso que son las más influyentes, pero además son las únicas por las que realmente podemos hacernos responsables, (salvo unas pocas excepciones entre las externas). Por decirlo de otra manera, si trabajamos con nuestro corazón, lo exterior se va produciendo, por el mismo obrar del Espíritu Santo, que es el que también nos da el poder para sanar lo que está roto en nosotros y corregir lo que está equivocado, que, de manera general, son las dos cosas que más nos traban.

Después, nos preguntamos en cada caso qué se podía hacer para "destrabar" cada característica del fruto, para devolverle ese sabor a nuestra vida. Esa lista tampoco pretendía ser completa, sino ofrecer posibles caminos para salir adelante con esos temas. Puede haber otros, sin duda. Pueden no funcionar para todos, o no en cualquier circunstancia (porque las circunstancias externas, aunque estén fuera de nuestro control, también influyen, y a veces mucho). Pero cada respuesta trató de estar basada en la realidad, en cosas concretas, no en soluciones abstractas que muchas veces se nos ofrecen y que por ahí sentimos que no nos tienen en cuenta. Así y todo, es posible que haya pasado cosas por alto.

Pero hay dos cosas que son trasversales a todas estas características, y sin las cuales cualquier crecimiento o cualquier proceso de sanación es sólo temporal o es incompleto (o incluso, muchas veces, improbable). La primera es nuestra relación con Dios. Sin una relación con Dios, la sanación y el crecimiento no ocurren a un nivel profundo, que realmente permanezca para siempre. Jesús dijo, "yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada" (Juan 15:5). Si estás leyendo esto y no tenés una relación con Dios, realmente te animo a que te decidas a empezar hoy. No importa todo lo que hayas hecho, dicho, hablado en contra, o lo que sea. En el momento en el que te acercás a él y aceptás que lo necesitás, que separado de él no podés hacer nada, y qué hay cosas en tu vida y en tu manera de actuar que no están bien, la cuenta vuelve a cero, y empezás de nuevo con él. Tu vida no va a cambiar de la noche a la mañana ni vas a dejar de tener problemas. Pero es el primer paso para que tu vida crezca en plenitud, y para que sea eterna.

Si ya tenés una relación con Jesús, no te olvides de que esa es tu relación más importante de todas. No descuides tu relación con Dios por causa de la rutina, de las personas, de tus propios deseos. Si eso pasa, no te condenes, Dios te sigue amando, hablando, bendiciendo y esperando, pero no olvides que tu crecimiento y tu disfrute dependen de que tengas intimidad y cercanía con Dios. "Consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio" (Filipenses 4:8), es decir, detengámonos habitualmente a meditar en las ideas sanas y verdaderas de la palabra de Dios, en las enseñanzas de Jesús, en todas estas cosas que fuimos viendo en estas publicaciones, y hagamos a Dios parte de nuestra vida cotidiana, de nuestros sentimientos y pensamientos; "y el Dios de paz estará con ustedes" (Filipenses 4:9). Si hacemos todo esto, vamos a estar llenándonos de buena semilla para nuestro árbol frutal. Vamos a estar permaneciendo en Jesús.

Y la segunda cosa es parecida a esta: vinculémonos con otras personas en profundidad. Eclesiastés 4:9-10 nos enseña que "más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quien lo levante!". Si queremos sanar y crecer, no nos ayuda estar asilados. Y no alcanza con estar rodeados de gente. Necesitamos relacionarnos con algunas personas que sepan escucharnos, que les interese entendernos y que nos acepten con todo lo que traemos. Muchos de los problemas emocionales que tenemos requieren que podamos sentirnos queridos con las emociones que sentimos como más vergonzosas o malas, con las partes que sentimos más oscuras de nosotros, o simplemente con esas cosas que tenemos miedo de que para el resto sean pavadas mientras que para nosotros son problemas reales. Si el primer paso es acercarnos a Dios, poder expresarle a otra persona lo que realmente pensamos y sentimos es el segundo paso de todo proceso de sanación o de superación de obstáculos personales. Y a la vez, esforcémonos en escuchar, comprender y acompañar a los que acudan a nosotros, porque esas personas lo necesitan para su propio crecimiento y sanación.

Quiero terminar diciendo que tal vez, después de meditar en todo esto, te parezca que es mucho, que no vas a poder, que estás muy lejos de todo esto o que venís dando vueltas con determinadas cosas y temas en tu vida y nunca podés avanzar. Tal vez sentís que ya está, que así va a ser el resto de tu vida, que Dios se cansó de darte oportunidades y ya no vas a crecer más que esto, o sanar ciertas cosas, o dejar atrás ciertas conductas. Si hoy sentís algo de esto, si sentís que no estás dando fruto, o incluso no sabés si podés dar fruto, es importante que sepas que no estás sólo, Dios no se cansó de vos, y él te hizo para que tu vida sea fructífera (Génesis 1:27-28). Así que arriba, y adelante, Dios está de tu lado y su deseo es que tengas vida, y que sea fructífera y abundante.

"Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús" (Filipenses 1:6). ¡Amén!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Navidad: el Dios íntimo

Hola a todos. El significado de la celebración de Navidad es múltiple. Cada creyente tiene su propia vivencia, experiencia y por lo tanto significado de lo que el nacimiento de Jesús representa. Y hasta puede cambiar con el paso del tiempo.

Desde el punto de vista de los hechos, celebramos la llegada de Jesús a este mundo. Dios se dio a conocer a los seres humanos de una manera totalmente nueva: en la forma de otro ser humano.

Pero esta Navidad, un pensamiento especial cruzó mi mente. De todas las posibilidades humanas que podía elegir, Dios eligió la más íntima para darse a conocer: un niño. Dios no eligió mostrarse como un rey guerrero y poderoso descendiendo del cielo, ni como un anciano sabio y venerable surgiendo de pronto desde las montañas. Eligió darse a conocer como un niño, frágil y vulnerable.

Creo que justamente, al elegir nacer en este mundo, y no simplemente manifestarse como un ser humano ya adulto, Dios estaba también invitándonos a tener una relación de intimidad con él, mostrándonos que él mismo, el creador de todo el universo, es un Dios íntimo. La realidad es que nuestra vitalidad, nuestra paz interior y nuestra felicidad requieren que nosotros desarrollemos una intimidad cada vez mayor con Dios.

Los niños tienen total intimidad con su madre. El momento más cómodo y seguro para todo bebé es en los brazos de su madre. Hay tres cosas que creo que hacen tan fuerte esa intimidad: la cercanía, la vulnerabilidad y la dependencia. Quiero invitarlos en esta tarde a reflexionar en estas tres caras de la intimidad.

La cercanía tiene que ver con el tiempo. El niño, en sus primeros años, pasa casi todo su tiempo en compañía de su madre. Para tener mayor intimidad con Dios, necesitamos dedicarle tiempo a estar en su presencia, en su compañía. Esto no quiere decir que tengamos que pasar todo el tiempo orando, leyendo la biblia o participando en actividades de la iglesia. Pero si quiero tener una mayor intimidad con Dios, necesito invertir parte de mi tiempo en él. Es cierto que puedo orar en cualquier lugar y momento, pero necesito poder hacerlo también en la quietud, cuando no estoy haciendo ninguna otra cosa sino hablar con él. Puedo leer la biblia mientras viajo a otra parte, pero también necesito concentrarme y leer tranquilo, con el corazón. Puedo escuchar prédicas de otros y pedir a otros que me enseñen, pero yo también necesito explorar a Dios personalmente si quiero tener intimidad con él.

La vulnerabilidad tiene que ver con ser sinceros. El niño llora cada vez que quiere o siente algo, se ríe despreocupadamente cuando algo le da placer o alegría, y grita con fuerza si algo le molesta o no le gusta. Por supuesto que a medida que crecemos, aprendemos formas más eficaces de comunicar lo que pensamos y sentimos y de expresar nuestras necesidades y emociones, pero a veces perdemos esa espontaneidad que un niño tiene para hacerlo. Nos vamos poniendo filtros (por lo general a causa de cómo el entorno nos trata de acuerdo a lo que pensemos, sintamos, queramos, etc.) y podemos perder nuestra capacidad de ser transparentes y sinceros. Pero si queremos tener intimidad con Dios, necesitamos entender que con él no necesitamos tener filtros. Él nos acepta, nos ama y nos valora sin importar lo que nos pase por dentro. Él quiere escuchar lo que realmente pensamos, sentimos y queremos, aunque a nosotros nos parezca incorrecto, ofensivo o despreciable. Quiere conocer nuestros miedos, enojos, tristezas, alegrías, sueños, ideas, pasiones. Quiere escucharnos hablar de ellos. La intimidad con él tiene que ver con que lo hagamos parte de nuestro mundo, pero de nuestro verdadero mundo, el que día a día habitamos.

La dependencia tiene que ver con la confianza. Un bebé ni siquiera se pregunta si mamá es confiable. Simplemente siete total tranquilidad cuando está en sus brazos. Nosotros no siempre podemos esperar que esto sea así con Dios todo el tiempo, porque nuestra confianza sube y baja según muchos factores, pero sí podemos poner a prueba la confiabilidad de nuestro Dios. El Salmo 34:8 dice "prueben y vean que el Señor es bueno". A veces, todo lo que hace falta es hacer una mirada hacia atrás y esforzarnos en ver las cosas que él hizo por mí últimamente. Detenernos a pensar en las cosas que se resolvieron y que no dependían tanto de nosotros, las cosas que recibimos y que no perdimos, y demás. A veces necesitamos conocer las promesas y enseñanzas de Dios (o volver a encontrarnos con ellas). Otras veces, simplemente, cuando vamos a enfrentar una decisión que nunca enfrentamos, necesitamos dar un salto de fe. Pero si queremos tener mayor intimidad con Dios, necesitamos dar nuevos pasos hacia una mayor dependencia.

Para alentarnos a la cercanía, Dios se hizo hombre, y habitó junto a nosotros como uno más de los nuestros; para la vulnerabilidad, Dios vino a este mundo tal como estaba, en un tiempo de opresión y dolor para su pueblo, para que entendamos que él quiere encontrarse con nosotros en nuestra realidad tal como es; para estimularnos a la dependencia, Dios anunció previamente lo que iba a pasar, lo cumplió al pie de la letra y hasta lo hizo a través de milagros, tal vez queriendo mostranos que si lo que hace falta es crear intimidad, él está dispuesto a desplegar todo el poder necesario.

Para las personas que estuvieron involucradas de una u otra manera en los acontecimientos de Navidad, también fue un momento de intimidad, tanto hacia otros como hacia su interior. Podemos pensar en José y María, todo lo que habrán tenido que atravesar, tanto juntos como individualmente. Todo lo que tuvieron que meditar, procesar, aprender y descubrir. Lo mismo podemos pensar de los pastores, a quienes se les aparecieron nada menos que ángeles, anunciando el cumplimiento de profecías que se les habían hecho a los abuelos de los abuelos de sus abuelos.

La intimidad interior está hecha de las mismas tres cosas: tiempo, sinceridad y confianza. Necesitamos pasar tiempo con nosotros mismos, encontrarnos cara a cara con lo que sentimos sobre las cosas, con lo que realmente pensamos, con lo que verdaderamente deseamos, así con lo que no nos gusta, no queremos y no sentimos. Necesitamos estar cerca de nosotros mismos, porque tendemos a distraernos, sumergirnos en la rutina o llenar nuestros huecos con amistades, actividades o recreación; todas cosas muy buenas, pero que sólo están alejándonos de nosotros mismos si no tomamos conciencia. Para ser personas más íntimas, necesitamos detenernos a mirar hacia adentro, hacernos preguntas, conocernos bien a fondo. Y necesitamos desarrollar la confianza en nosotros mismos, aceptarnos con nuestros defectos y limitaciones pero también entender que ellos no nos hacen menos confiables. En realidad, muchas veces es el desconocimiento (o la negación) de nuestros defectos y limitaciones lo que puede hacernos más impredecibles e inseguros. Si nos exploramos a nosotros mismos, podemos conocernos mejor, aceptarnos con sinceridad y animarnos a confiar en nuestras fortalezas sin miedo de nuestras debilidades.

Esta también es la base para ser personas que se relacionan de manera íntima con otros. Si quiero tener vínculos íntimos, tengo que desarrollar mi propia intimidad personal primero. Pero una vez que lo estoy haciendo, también necesito invertir tiempo en las relaciones que quisiera volver más íntimas. Pero no sólo tiempo de diversión o de actividades compartidas, sino tiempo de conocimiento mutuo. Tiempo de hablar y escuchar. Y también necesito poder abrirme con sinceridad, ser vulnerable en esas relaciones. Que las dos personas puedan expresar lo que sienten, piensan y quieren, y ser escuchadas, aceptadas y respetadas, es la base de una relación íntima. Y por supuesto, la confianza mutua es otro pilar. Es lo que hace que podamos estar tranquilos de que esa intimidad de la relación es un espacio seguro. Estas tres cosas se refuerzan mutuamente.

Por supuesto, no alcanza con que yo dedique tiempo, me abra con sinceridad y confíe en la otra persona. Es importante que yo mismo pueda convertirme en una persona que alienta a los demás a la intimidad. ¿Tengo un trato agradable, que hace que las personas quieran pasar tiempo conmigo, estar cerca? ¿Dejo espacio para que los demás elijan cómo y cuándo quieren pasar tiempo conmigo? ¿Escucho con verdadero interés lo que me cuentan los demás, para conocer realmente un poco más acerca de la mente y el corazón del otro? ¿Acepto, respeto y trato de ponerme en el lugar del otro en lugar de tratar de cambiar lo que siente y piensa? ¿Cuido la manera en la que doy mi opinión, teniendo en cuenta con quién estoy hablando y el nivel de seriedad de lo que me cuenta? Estas preguntas tal vez puedan ayudarnos a ser personas que ayudan a que los demás quieran pasar tiempo, ser sinceros y confiar en nosotros.

Dios, de todas las posibilidades que tenía, eligió ser adorado primero como un niño. El mensaje de la Navidad es que Dios, además de ser un Dios enorme, poderoso, amoroso y justo, es un Dios íntimo. Y nosotros, hechos a su imagen, fuimos creados para vivir en intimidad, hacia el interior, hacia los demás y hacia Dios mismo. Cuanto más espacio haya para la intimidad en nuestras vidas, más vamos a desarrollarnos como seres humanos, mejor vamos a vivir y más vamos a poder aprovechar y disfrutar de nuestra vida.

Que el Dios íntimo llene hoy nuestros corazones y nuestros pensamientos, para que esta Navidad sea una invitación a la intimidad, en nuestras iglesias, en nuestras casas y en nuestras vidas. ¡Amén!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

lunes, 19 de diciembre de 2016

El fruto del Espíritu 9 - Dominio propio

Hola a todos. Hace bastante tiempo, con algunos meses de interrupción en el medio, empecé una serie de publicaciones sobre un tema del que suele hablarse bastante, no sólo en las iglesias pero especialmente en las iglesias, que es cómo podemos tener vidas que den buenos frutos, y lo relacioné con el fruto del Espíritu. Por lo general, se lo piensa desde el punto de vista de los resultados o de las conductas, pero la idea de esta serie era replantearlo desde el punto de vista del crecimiento de las personas. En otras palabras, la idea es pensar qué es y cómo se desarrolla una vida fructífera.

Empezando en Eclesiastés 3:12-14, había planteado que el plan de Dios para nuestra vida es que tengamos alegría y hagamos el bien; esto sería dar fruto. Tener vidas que podemos disfrutar y que a su vez enriquecen las vidas de los que nos rodean. No hay nada mejor para una persona que esto, según el pasaje. Esto es algo que Dios produce en nosotros, por eso lo asocié con el pasaje de Gálatas 5:22-23, que nos dice que “el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”. Si damos fruto con estas características, con estos “sabores”, “no hay nada que añadirle ni quitarle”, dice Eclesiastés. El propósito de todo esto es que demos a conocer el carácter de Dios, que quede claro qué clase de Dios es él.

A pesar de que todo esto es fruto del obrar de Dios en nosotros, tenemos la responsabilidad de cuidar y cultivar ese fruto. Muchas veces, por diferentes experiencias que vamos viviendo a lo largo de la vida, este fruto del Espíritu se traba, nuestro árbol no está preparado para dar fruto con todas estas características, y nos quedan algunas de ellas poco desarrolladas. En un árbol real, esto tiene mucho que ver con los nutrientes que la planta recibe o no durante su crecimiento. En nuestras vidas, ocurre exactamente lo mismo. Si no recibimos ciertos nutrientes, no se desarrollan plenamente las características de nuestro fruto. Dios proporciona el crecimiento, pero nosotros somos llamados a ocuparnos de conseguir los nutrientes que nos faltan, y también a darnos esos nutrientes unos a otros.

Un poco de esto se trata la publicación de hoy, la característica más activa del fruto, que es el dominio propio. Creo que es uno de los aspectos del fruto del Espíritu con el que más confusión solemos tener a la hora de desarrollarlo. Empecemos por pensar qué no es el dominio propio. En esto, creo que no tenemos tanta confusión. Sin embargo, es importante aclarar algunas cosas. Dominio propio no es controlar nuestras emociones. Las emociones son reacciones de nuestra mente a las situaciones que se nos presentan, y son automáticas. No es algo que podemos controlar con esfuerzos nuestros. Dominio propio no es tampoco no tener deseos o no perseguir nuestros deseos. Los deseos en sí no tienen por qué ser malos, incluso cuando parecieran ser superficiales o muy personales. Pero entonces, ¿qué es el dominio propio?

Como con la mayoría de las características, la Biblia no nos ofrece una definición directa, pero la palabra griega que usa el texto nos ayuda a hacernos una idea: es la palabra ENKRATEIA, que puede traducirse de manera literal como dominio interior, o también como fuerza interior. Pareciera que apunta a dos cosas al mismo tiempo, por un lado ejercer autoridad sobre nuestra propia vida y persona, y por el otro tener fuerza de voluntad. En otro pasaje, Pablo ilustra esta idea con una metáfora:

"Todos los deportistas se entrenan con mucha disciplina. Ellos lo hacen para obtener un premio que se echa a perder; nosotros, en cambio, por uno que dura para siempre" (1 Corintios 9:25).

Es interesante que la palabra que usa acá para decir que “se entrenan con mucha disciplina” se deriva de la que usa en Gálatas 5 para mencionar el “dominio propio”. Podríamos decir que “los deportistas se dominan a sí mismos” o que “el fruto del Espíritu es entrenarse con disciplina”. En todo caso, ambas ideas apuntan a tener control sobre nuestras conductas, y tener la fuerza interior para empujarnos hacia nuestros objetivos.

+ Dominio propio es tener control sobre nuestra vida, y fuerza de voluntad.

Lo contrario a esto podría ser la impulsividad, y también la pasividad. Las emociones, como decía antes, no son algo que podamos controlar. Yo no puedo controlar si algo me enoja o no (aunque si considero que es un enojo desmedido o ilógico puedo tratar de trabajar en lo que está detrás, para que no se me dispare frente a algo que tal vez no debería), pero sí puedo controlar mis acciones, lo que hago en función de ese enojo. Lo mismo con los miedos, la tristeza, la ansiedad y cualquier otra emoción. Eso es parte de gobernarse a uno mismo, no dejar que las emociones determinen qué hago con el que tengo en frente.

Esto es muy importante, porque creo que en nuestra cultura sufrimos de falta de dominio propio colectivo y crónico. No aprendemos a ver la diferencia entre reacción (la emoción que se nos dispara frente a algo) y respuesta (la acción a través de la cual expresamos esa emoción). Podemos oír frases como “no puedo no enojarme por esto, ¿cómo no le voy a decir de todo?”. Pareciera haber una continuidad directa entre estar enojado y decirle de todo. Sin embargo, dos personas sintiendo exactamente lo mismo pueden hacer cosas opuestas. Esto debería ser suficiente para mostrarnos que no es inevitable hacer determinada acción frente a determinada emoción. No tengo por qué gritar si estoy enojado.

La pasividad, en cambio, tiene que ver con la dificultad para hacer que las cosas pasen, es decir, para llevar a cabo nuestros objetivos o responsabilidades. No hacemos las cosas que tenemos que hacer o que queremos hacer. Generalmente le echamos la culpa a otros por esto, o a las circunstancias externas, como la falta de tiempo. Desde el momento en que empezamos a poder tomar decisiones por nosotros mismos, aunque todavía dependemos de nuestros padres para algunas cosas, somos responsables por la parte que nos toca a nosotros. Si tenemos que estudiar, somos nosotros los que tenemos que disponer el tiempo y ordenar nuestras prioridades para que así suceda. Si nos gustaría tener más tiempo para dedicarle a nuestras amistades o vínculos en general, somos los únicos que podemos lograr que eso pase.

La pregunta entonces es, ¿por qué puede ser que nos cueste esto? ¿Qué trabas tenemos para gobernarnos a nosotros mismos, y para tener fuerza de voluntad? ¿De dónde vienen nuestras dificultades con el dominio propio?

Creo que acá tenemos que tener cuidado de no caer en una simplificación circular: “nos cuesta tener dominio propio porque no tenemos suficiente fuerza de voluntad”, o “nos cuesta tener dominio propio porque somos irresponsables”. Ser irresponsable y no tener suficiente fuerza de voluntad es un sinónimo para decir “no tengo suficiente dominio propio”. Entonces, lo que estaríamos diciendo sería “me falta dominio propio porque me falta dominio propio”. Este es el error que muchas veces se comete en las iglesias, y también en la vida personal. Muchas personas no pueden salir de su estancamiento en la pasividad, o no pueden dejar de ser impulsivos, porque simplemente tratan de esforzarse más. Si mi problema es con el dominio propio, esforzarme más no va a funcionar, porque no estoy encontrando cuál es el problema que está detrás.

La principal raíz del problema del dominio propio es falta de aceptación. Desde chicos, o tal vez siendo ya un poco más grandes, fuimos sistemáticamente rechazados por determinadas cosas, ya sea por decir que no, por hacer lo que nos gusta, por tener determinados intereses, por ser de tal o cual manera, o por sentirnos de determinada manera. El dolor o incluso la culpa o el miedo que sentimos por eso está tan grabado en nosotros que tenemos esas áreas de nuestra vida bloqueadas, como “confiscadas”, no nos pertenecen. En el fondo, es como si le pertenecieran a esas personas que nos rechazaron o de alguna otra manera no nos aceptaron en esas áreas.

Sin embargo, a veces son cosas que realmente nos gustan, nos dan placer o nos hacen bien, o necesidades reales que tenemos. No es que las dejamos de hacer, sino que están fuera de control. Están fuera de nuestro control. Tal vez tenemos problemas para manejar nuestro enojo, se nos va de las manos, tenemos estallidos de ira que sentimos que no podemos controlar. Tal vez siento que no tengo dominio sobre mi tiempo, por algún motivo nunca me alcanza para equilibrar bien mis obligaciones con hacer lo que me gusta. Tal vez tengo algún hábito que se escapa a mi control, y que por mucho que me esfuerzo no logro dominarlo. Se volvió una adicción, y siento que ni siquiera soy yo el que lo hace, porque si fuera por mí no lo haría más. Tal vez siempre termino dejándome convencer por los demás cuando tengo que decidir qué quiero hacer el fin de semana, o cómo quiero pasar mi tiempo libre. Tal vez me siento ridículo por querer arreglarme y ponerme lindo, o por querer expresar lo que siento, o por tener determinada opinión política (o por no tener una opinión política formada), o por el tipo de películas que me interesan (o porque no me interesan las películas). Entonces, no me arreglo, o lo hago a escondidas; no expreso lo que siento; no participo en las conversaciones sobre temas de política, o me sumo a la opinión que tenga la mayoría; o termino mirando películas que en realidad no me interesan para sentir que no soy tan ridículo, o para que los demás no me vean así.

En cuanto a las reacciones y respuestas, puede ser que no hayamos desarrollado límites propios en algún área de nuestra vida. Somos dueños de nuestras acciones y responsables por sus consecuencias. Si otros decidieron siempre por nosotros, o si siempre nos cubrieron para que no sufriéramos por nuestras malas decisiones, es probable que no hayamos aprendido a hacernos cargo de las cosas. Es por eso que muchas veces solemos culpar a otros por nuestras malas decisiones o que a veces somos muy indecisos. No sabemos qué hacer en determinadas áreas porque nunca tuvimos que decidirlo nosotros. Tal vez no sabemos realmente lo que nos gusta, o no sabemos cómo organizar nuestro tiempo, o qué comprarnos, o incluso qué ropa ponernos. Puede ser que tengamos esta indecisión en cosas muy cotidianas. Además, puede que nos sintamos ridículos por ser tan indecisos, porque eso fue lo que siempre nos dijeron.

Tal vez tampoco nos enseñaron a esperar por lo que queremos. Nadie nos dijo que para comer el postre teníamos que comer primero la comida. Nos daban siempre el postre igual. Nos acostumbramos a tener todo en el momento que lo pedimos, entonces hacemos las cosas sin pensar, para satisfacer nuestros deseos ahora. Quiero resaltar que no son nuestros deseos los que necesariamente están mal, sino que no tienen forma; no están moldeados según parámetros sanos, sino que están fuera de control. Quiero todo, lo quiero ahora y lo trato de obtener ahora. No aprendimos a posponer las cosas para lograr un objetivo.

La lista de problemas y sus motivos podría seguir, pero a esta altura tal vez alguno se esté preguntando, ¿cómo se hace para revertir todo eso? ¿Cómo puedo desarrollar más dominio propio, si la fuerza de voluntad es justamente lo que me falta?

Justamente, lo primero que necesitamos es dejar de esforzarnos y empezar a aceptar. Tengo que aceptar que me falta dominio propio para poder empezar a construirlo. Y para eso tengo que entender que está bien si no sé controlarme. Estoy fuera de control, y Dios me sigue amando y recibiendo. Si quiero empezar a tener más control sobre mi vida, primero necesito dejar entrar la gracia de Dios, que me dice que no es por las conductas correctas, adecuadas y equilibradas que Dios me recibe, sino que él me recibe por medio de Cristo, sin que yo lo merezca. Si tengo una adicción horrible, Dios todavía me ama. Si tengo estallidos de ira, Dios todavía me ama. Si soy irresponsable y ni siquiera dedico tiempo a orar y tener intimidad con Dios, él todavía me ama. Si me dejo llevar siempre por lo que dicen o piensan los demás, Dios todavía me ama. Mientras no pueda aceptar esto, relajarme con el esfuerzo y empezar por aceptarme a mí mismo, no puedo desarrollar más dominio propio. Porque el dominio propio tiene que ver con nuestro desempeño en la vida, y nuestro desempeño depende de nuestra seguridad como personas. Y nuestra seguridad como personas depende de saber que somos amados y aceptados.

Obviamente, como en todas las demás características del fruto, necesito relacionarme con personas que me acepten así también. Necesito poder confesar que estoy fuera de control y ser aceptado así. Necesito poder decirle a otro que no sé controlar mis respuestas, que soy indeciso o que no logro controlar mis deseos.

Otra herramienta que tenemos, que la Biblia misma nos ofrece, es la palabra “no”. Aprender a decir "no" es muy importante. Tenemos que recuperar el control de nuestra vida, y a veces para eso tenemos que empezar a establecer límites: esto no me gusta, esto sí me gusta; esto no lo quiero, esto sí lo quiero. Si tenemos personas que nos apoyen en esto, va a ser mucho más fácil. Pero es muy importante que podamos hacerlo.

Y finalmente, necesitamos animarnos a equivocarnos y someternos a las consecuencias de nuestras decisiones o de nuestra indecisión. Necesitamos dejar de depender de otros (y tener que pagar también por los errores de otros) y hacer nuestra propia experiencia, y aprender de nuestros propios errores. Cosechar lo que nosotros mismos sembramos, y preguntarnos si es eso lo que queremos cosechar para saber si estamos sembrando lo que deberíamos. Para esto, es útil también tener a quién rendirle cuentas por lo que hacemos con nuestro tiempo y con nuestra vida, un amigo, familiar, pareja, consejero o lo que fuera que nos entienda, que nos apoye y nos ayude a enfrentar las consecuencias sin librarnos de ellas.

Entonces, el dominio propio es la capacidad de hacernos cargo de nuestra vida, y la fuerza interior para lograrlo. Muchas veces no la desarrollamos porque hay áreas de nuestra vida que no fueron aceptadas, nunca aprendimos a canalizarlas adecuadamente, y por lo tanto están fuera de control. Otras veces no aprendimos a decir que no a los demás, y otras personas decidieron sobre nosotros, o a nosotros mismos, y nuestros deseos y emociones terminaron dominándonos a nosotros. Si queremos recuperar nuestro dominio propio, necesitamos recibir esa aceptación que no recibimos, empezar a enfrentar nosotros mismos nuestras decisiones, animarnos a equivocarnos y pagar las consecuencias, con el apoyo de personas que nos acepten y se queden a nuestro lado a lo largo del camino.

Que el Dios de poder y autoridad nos ayude a desarrollar nuestro control sobre nuestra propia vida y nuestra fuerza de voluntad, para que su voluntad se cumpla en nosotros y demos mucho buen fruto. ¡Amén!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

Algunos libros de referencia:
- Henry Cloud, Cambios necesarios, Editorial Vida (2010).
- Henry Cloud, Cambios que sanan, Editorial Vida (2003).
- Henry Cloud y John Townsend, Límites, Editorial Vida (2006).
- Henry Cloud, Integridad, Editorial Vida (2008).
- Timothy Keller, Gálatas para ti, Poiema Publicaciones (2014).

sábado, 1 de octubre de 2016

El fruto del Espíritu 8 - Humildad

Hola a todos. Hace poco más de un mes empecé a publicar una serie de reflexiones, que tienen que ver con un tema que me parece bastante importante: Qué es y cómo se desarrolla una vida que dé buenos frutos. La idea es ver qué dice Dios al respecto, porque bueno, Dios es Dios, él creó nuestra vida, si alguien sabe del tema es él. En Eclesiastés 3:12-14 nos habíamos encontrado con que lo mejor que le puede pasar a una persona, lo mejor a lo que puede aspirar un ser humano, es "alegrarse y hacer el bien mientras viva". El pasaje decía que esto viene de Dios, o sea que él es el único que puede producir eso en nosotros, no es algo que pase por azar o que dependa enteramente del esfuerzo nuestro. Y que ese fruto que se produce en nosotros es trascendente, o sea que impacta más allá de nosotros, más allá del hoy, y hacia la eternidad. Además, el pasaje decía que todo esto Dios lo dispuso así para que entendamos que él es Dios, y que eso implica muchas cosas para nosotros en lo personal.

En Gálatas 5:22-23 tenemos una descripción maestra de cómo se ve ese fruto en nuestra vida, el fruto que Dios produce en nosotros: "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio". Muchas veces se usa este pasaje para enseñar las conductas que deberíamos tener, pero nos olvidamos de que son todos atributos del ser, no del hacer: ser amorosos, ser alegres, ser pacíficos, ser pacientes, ser amables, ser bondadosos, ser fieles, ser humildes, ser autónomos. Por eso, en esta serie de reflexiones quise hacer énfasis en entender por qué a veces no nos salen estas cosas a pesar de que el Espíritu habite en nosotros, y cómo hacemos para abrir camino para que estas cosas vuelvan (o empiecen, en algunos casos) a fluir en nosotros.

Hoy me toca hablar de la humildad. Quiero empezar planteando qué no es humildad, porque creo que a veces tenemos una idea errada. Bíblicamente, ser humilde no significa ignorar o menospreciar nuestros propios logros, ventajas y fortalezas. No somos más humildes por creer que lo que hacemos bien en realidad no lo hacemos bien. Eso es inseguridad. Ser humilde no es tampoco no tener aspiraciones en la vida. La falta de ambiciones, en realidad, puede llegar a ser también inseguridad: para qué voy a proyectar, soñar o desear si no soy capaz de conseguirlo. O falta de confianza en Dios: si total Dios no quiere que yo esté bien. O varias cosas más, pero no es el tema de hoy. Tampoco humildad es sinónimo de pobreza. La comparación entre pobre y humilde me parece bastante mala porque justamente equipara la humildad a la falta de recursos. Un pobre puede ser o no humilde, y un humilde puede ser o no pobre. Existen ricos humildes y pobres orgullosos.

Pero entonces, ¿qué es la humildad? La palabra que usa el pasaje acá, PRAOTES, está asociada fundamentalmente a dos cosas, por un lado moderación y por otro lado a algo blando, suave, leve. Sobre esto, el apóstol Pablo tiene algo bastante importante que decir:

"Por la gracia que se me ha dado, les digo a todos ustedes: nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado" (Romanos 12:3).

Si bien la palabra "moderación" en este pasaje no es la misma que en el de Gálatas, la idea queda explicada: lo que nos enseña Dios es que deberíamos tener una opinión sobre nosotros mismos moderada, tan alta como nuestra fe nos permita sostener, pero no tan alta que nos haga creer mejores que los demás. En Filipenses 2:5-6 nos dice, "la actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse". Es decir, no se aferró a su naturaleza divina para ponerse por encima de las personas, sino al revés, vino al mundo como ser humano, rebajándose voluntariamente (y libremente) a nuestro nivel, para estar a la par nuestra.

+ Humildad es pensar de uno mismo con moderación, no como mejores de lo que realmente somos, ni como superiores a los demás o más importantes que los demás.

Lo contrario de la humildad es la arrogancia: creer que merezco un trato especial por ser lo que soy, o por hacer lo que hago. Esperar un trato diferencial hacia mí, esperar tener preferencia, frente a otros o incluso frente a Dios. Es el famoso maestro de la ley de la parábola de Jesús, que miraba al cobrador de impuesto y daba gracias que no era como él, creyendo que por cumplir con toda la ley ritual merecía ser más importante que el cobrador de impuestos frente a Dios. Sin embargo, Jesús es clarísimo: el que se fue a su casa aprobado por Dios fue el cobrador de impuestos, que reconocía su necesidad de ser perdonado por Dios, y no el maestro (Lucas 18:9-14).

Y quiero poner sobre la mesa algo más sobre la arrogancia: una forma de arrogancia es la actitud defensiva, y esta es una actitud con la que creo que nadie puede sentirse ajeno o indiferente. Todos alguna vez hemos reaccionado a la defensiva, o al menos la mayoría de nosotros. Por ejemplo, una de tus principales virtudes es que sos honesto y hacés las cosas siempre por derecha, y alguien te dice que estás siendo deshonesto con algo; tal vez no sea cierto que lo estás siendo, o tal vez sí, no importa para el caso, lo que cuenta es tu reacción: te pone furioso que te lo diga. ¿Cómo me venís a decir eso a mí, justo a mí, que soy tan honesto? ¿Cómo se te ocurre pensar que estoy siendo deshonesto? Y nos sentimos insultados. Eso, en el fondo, nos puede estar mostrando que creemos que somos mejores que otros porque nosotros somos honestos y ellos no. Decir que estamos siendo deshonestos equivale para nosotros, en nuestros sentimientos, a ponernos en la misma bolsa que esa gente deshonesta, a la que considero más mala que yo.

Ahora, ¿cómo es que llegamos a eso? ¿Cómo llegamos a desarrollar la arrogancia? O preguntado de otra manera, ¿cómo podemos destrabar esa arrogancia y desarrollar la humildad en nuestra vida?

El primer punto es el orgullo. Y en esto quiero detenerme un poco. Solemos confundir arrogancia con orgullo. Le llamamos orgullo a lo que hoy estoy nombrando como "arrogancia". Pero creo que cuando mejor usamos la palabra "orgullo" es cuando decimos que algo "hiere nuestro orgullo". El orgullo es una especie de piel que nos ponemos por encima de nosotros, y que está hecha de un montón de cosas que cuando éramos chicos (o incluso no tan chicos) hicieron que nos sintiéramos queridos o aceptados.

Lo explico de otra manera: cuando somos chicos, nuestra supervivencia depende de que nuestros padres (o los adultos responsables de nosotros) nos quieran. La aprobación y el afecto de los padres forman una necesidad vital para un chico, tanto como la comida. Por lo general, nuestros padres tienden a aceptarnos sólo cuando somos de tal o cual manera, cuando actuamos de tal o cual manera, o cuando hacemos tal o cual cosa. Desde muy temprano, entonces, desarrollamos una serie de actitudes, comportamientos y formas de hacer y ver las cosas para ganar la aprobación y el amor de nuestros padres u otros referentes. Obviamente, todo esto sin darnos realmente cuenta, porque a esa edad todo funciona a un nivel muy emocional todavía, poco racional. Entonces, sentimos que esas cosas son los motivos por los que somos queribles, y llegamos a hacerlas parte de nuestra identidad, de quiénes somos. Llegamos a sentir que somos esas actitudes, esos comportamientos y esas formas de hacer las cosas.

Cuando alguien ataca con sus palabras (o con sus acciones) alguna de esas cosas, sentimos que nos está atacando a nosotros, justamente porque sentimos que nosotros somos eso. No son simplemente actitudes. No son simplemente comportamientos. No son simplemente puntos de vista o hábitos. Son nuestra persona. Eso es el orgullo. Cuando decimos que alguien hiere nuestro orgullo está, efectivamente, hiriendo eso que sentimos que nos define como persona.

Y como nos sentimos más aceptables con esas actitudes, comportamientos y hábitos, llegamos a desarrollar una creencia emocional de que eso es lo bueno, esas cosas se convierten en los parámetros que determinan para nosotros quién es mejor o peor persona. ¿Se ve acá la contradicción? Creemos que eso somos nosotros como personas, y como sentimos que esas cosas son buenas, nosotros mismos determinamos (todo a un nivel afectivo, irracional, no consciente) que somos buenos, y que somos el parámetro para determinar quién es bueno y quién no. Entonces, nos volvemos arrogantes: éste no es como yo, entonces es peor que yo.

Otra fuente de arrogancia para nosotros, que también está relacionada con el orgullo, es el miedo a quedar como débiles y que nos pasen por arriba, o el miedo a ser débiles y que la vida nos pase por arriba. Tal vez fuimos tratados con dureza o violencia cuando éramos chicos, ya sea en casa o en nuestros primeros grupos de pertenencia (colegio, por ejemplo), y tuvimos que volvernos fuertes para sobrevivir. Entonces, sentimos que si no somos fuertes, o si reconocemos que en el fondo somos débiles, o nos sentimos inseguros en algo, o algo no nos sale bien, la vamos a pasar mal: la gente se va a aprovechar de nosotros, las circunstancias nos van a vencer, o lo que fuera. Incluso puede ser que tengamos este miedo porque cuando éramos chicos nos vimos obligados a tomar responsabilidades que en realidad eran para los adultos, y entonces, como eso fue lo que nos hizo sobrevivir, lo integramos a nuestra identidad y, otra vez, nos medimos con los demás en función de eso. Los que no son como yo, que hice todo eso, o que soy fuerte y "me las banco todas", son unos debiluchos, y por lo tanto merezco un trato especial por parte de otros, o de la vida, o de Dios.

Finalmente, algo que puede llevarnos a la arrogancia es la falta de límites. Cuando éramos chicos, por un motivo o por otro, nos trataban como si fuéramos especiales respecto de los demás, ya sea respecto de nuestros hermanos, de nuestros compañeros de colegio, o lo que fuera. Tal vez me decían que era especial por tener mejores notas que otros, o por tener un mejor comportamiento que otros, o que por ser creyentes yo era mejor persona que un no creyente, y merecía un trato especial. Probablemente me premiaban por estas cosas, justamente dándome un trato preferencial, ya sea en casa, en el colegio, en la iglesia o donde fuera. Crecí y me acostumbré a que merezco ser tratado de manera especial respecto de otros, entonces me enojo cuando no es así, reclamo cosas que en realidad no tienen por qué corresponderme, y tal vez hasta menosprecio en el fondo a otros, aunque no lo exprese.

No sé si les pasa, pero en vistas de todo este cuadro, uno puede reaccionar de dos maneras: tal vez en este momento, alguno esté sintiendo "no, esto no me parece así, yo no soy arrogante sólo por creer que soy mejor que un no creyente", o "no soy arrogante sólo por considerar que soy mejor persona que otros". Eso es una actitud defensiva, y por lo tanto, orgullo. Tal vez en el fondo sientas que ser orgulloso te haría peor persona que otro. Si esto es así, tengo que decir que nadie es peor o mejor persona que nadie. Nadie es mejor o peor persona que vos. Si sos orgulloso, simplemente estás teniendo un defecto, tal vez uno de los más comunes. No pasa nada. Simplemente hay que trabajarlo, para poder tener vidas fructíferas.

La otra reacción puede ser "uh, soy un desastre, estoy siendo re arrogante". O por ahí no tanto, sino simplemente "uh, soy arrogante entonces". Si esto es así, podés estar contento o contenta, porque ese es el primer paso para dejar la arrogancia atrás. Tal vez por eso Pablo dice, en el pasaje que cité de Romanos, "por la gracia que se me ha dado". Porque la gracia de Dios viene a romper con dos caras de la misma moneda: por un lado, rompe nuestra inseguridad y nuestra desesperanza (porque no necesitamos hacer nada para que Dios nos apruebe o nos quiera, entonces nos da alivio), y también con nuestro orgullo (porque no hay nada que podamos hacer para que Dios nos acepte más o menos, o para que nos reciba o no; la aprobación de Dios está fuera de nuestro alcance desde el principio y de manera irremediable). El evangelio se trata justamente de que Jesús hizo todo lo que había que hacer para agradar a Dios, y que recayó sobre él todo el enojo de Dios, de tal manera que si creemos en esto, Dios nos recibe. Si creemos en Jesús, en quién fue, en qué hizo, Dios nos recibe, ya aprobados.

Y surge la pregunta, ¿cómo puedo hacer para desarrollar la humildad en mi vida? Acá la Biblia nos da algunos consejos muy útiles. El primero es explorar mis propias creencias sobre mí mismo, explorar mis credenciales, preguntarme a mí mismo, ¿qué cosas creo que me hacen superior a otros? O, ¿qué cosa siento que me agrega valor como persona, me hace mejor persona? Es lo que hace el apóstol Pablo al escribirle a los filipenses que "si cualquier otro cree tener motivos para confiar en esfuerzos humanos, yo más: circuncidado al octavo día, del pueblo de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de pura cepa; en cuanto a la interpretación de la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que la ley exige, intachable" (Filipenses 3:4-6). Pablo tenía muy claro cuáles habían sido sus motivos de orgullo antes de conocer a Cristo y entregarse a él. Una forma de explorar esto puede ser preguntarnos, justamente, ¿qué cosas me ponen a la defensiva? ¿Qué cosas de la forma de pensar, vivir sentir o comportarse de otros me irritan, y por qué? ¿Siento que deberían ser como yo en algo?

Por otro lado, por supuesto, el paso siguiente es animarnos a despojarnos de esas credenciales, de ese "currículum" de nuestra vida: "sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo" (Filipenses 3:7), sigue diciendo Pablo. Dios le advierte algo similar a su pueblo respecto de los pueblos que habitaban en la tierra prometida: "Cuando el Señor tu Dios los haya arrojado lejos de ti, no vayas a pensar: "el Señor me ha traído hasta aquí, por mi propia justicia, para tomar posesión de esta tierra." ¡No! El Señor expulsará a esas naciones por la maldad que las caracteriza" (Deuteronomio 9:4). Tanto la parte de preguntarnos como la de despojarnos de esas cosas requieren mucho coraje y sinceridad con nosotros mismos. Es importante que seamos sinceros con nosotros mismos si esperamos llegar a tener vidas que den buenos frutos. Necesitamos poder reconocer nuestras debilidades si esperamos mejorar y crecer. Esto muchas veces va a requerir que nos rodeemos de personas que nos vayan aceptando más allá de nuestros "títulos", que no nos quieran por el puesto que ocupamos, por el rol que tenemos o por lo bueno que hacemos sino simplemente por ser nosotros, con lo bueno y lo malo.

Y este es el tercer consejo que nos da la Biblia, animarnos a ver nuestras debilidades y a ser débiles. Entender que Dios va a sostenernos frente a lo que sea, y que si somos débiles estamos permitiendo que opere sobre nosotros el poder de Dios en lugar del nuestro. No queramos controlar todo, sino mejor reconozcamos las limitaciones que tenemos, admitamos las cosas que no podemos controlar, sea de nuestras circunstancias o de nosotros mismos, dejemos ver que no somos todopoderosos, no somos completamente seguros de nosotros mismos, no somos totalmente buenos. "Gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte" (2 Corintios 2:9-10).

Entonces, la humildad se trata sobre tener una opinión moderada de mí mismo, creer que soy quien realmente soy, pero que mi valor como persona no depende de todo lo que fui obteniendo y logrando a lo largo de la vida, sino simplemente de que soy un ser humano creado a imagen de Dios, como cualquier otro ser humano. Animémonos a dejar de lado los "títulos" que fuimos consiguiendo en nuestra vida, animémonos a ser débiles, establezcamos vínculos con gente que nos valore más allá de nuestro currículum y aprendamos de esa manera a ver a los demás como pares, y no como inferiores o superiores a nosotros. Ante los ojos de Dios, todos somos igual de valiosos. Y la aprobación de Dios no lo ganamos por nuestros méritos, sino por los méritos de Cristo, que vivió en obediencia perfecta y cargó con el enojo de Dios hacia la humanidad, para que nosotros seamos aprobados y aceptados por él a pesar de nuestra imperfección.

Que el Dios humilde, que se hizo hombre rebajándose a nuestro nivel, poniéndose a la par nuestro para entendernos en nuestras debilidades, nos llene de su amor incondicional y nos ayude a entender que nuestro valor como personas no depende de lo que hayamos vivido y obtenido, sino de su propia mano creadora que nos hizo a su imagen, para que podamos ser humildes y así dar mejores frutos. ¡Amén!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

lunes, 26 de septiembre de 2016

El fruto del Espíritu 7 - Fidelidad

Hola a todos. Hace ya un mes empecé a publicar una serie de reflexiones sobre un tema que creo que se habla mucho, tanto en ámbitos seculares como en iglesias, que tiene que ver con las vidas que dan fruto, vidas fructíferas, podríamos pensarlo como vidas "exitosas", y demás. Mi idea era redirigir la mirada hacia algo que rara vez se encara y que tiene que ver con la cara de crecimiento personal de este tema. Por lo general se lo piensa en términos de resultado (ser exitoso parecería ser cumplir con ciertos estándares y metas), o desde el punto de vista de la conducta (dar fruto es hacer las cosas bien). Si bien no es del todo incorrecto, me parece que solemos descuidar la parte más importante: ¿cómo se produce ese fruto en nosotros? ¿Por qué a veces estamos trabados y no podemos dar fruto? ¿Por qué no obtenemos buenos resultados, o no hacemos las cosas bien, o incluso, por qué no encontramos placer en la vida, y cómo podemos destrabarlo?

Quiero aclarar que a veces las circunstancias realmente nos sobrepasan, y nos hacen estar a media máquina. No siempre es una cuestión de no estar haciendo un buen trabajo en lo personal. Y de hecho, no tiene nada de malo, es algo que simplemente a veces pasa. Pero sí creo que la Biblia nos ofrece muchas herramientas, indicaciones y recursos para poder sobrellevar mejor las diferentes situaciones de la vida y desarrollar más y más fruto en nuestra vida. Eclesiastés 3:12-14 nos muestra que lo mejor que puede pasarnos en la vida, es decir, el mejor fruto que puede salir de nuestro árbol, es "alegrarse y hacer el bien". Bíblicamente, parecería que esto es dar fruto. Es Dios el que produce esto en nosotros por medio de su Espíritu, pero nosotros tenemos la responsabilidad de nutrir y cultivar ese fruto. Gálatas 5:22-23 nos dice cómo se ve, cómo sabe ese fruto, qué sabor tiene, y enfatiza el hecho de que es Dios el que proporciona el crecimiento, el que pone a funcionar los mecanismos que hacen que nuestro trabajo con nuestra propia vida se convierta en fruto con estas características: "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio".

Esto implica algo que hasta ahora sólo mencioné por encima, pero que voy a enfatizar en la conclusión de todo esto: sólo si pongo mi confianza en Dios para mi crecimiento personal voy a poder desarrollar una vida fructífera. Puedo esforzarme muchísimo, ejercitar, practicar, pensar, pedir consejo, etc. Pero hay un límite, porque nuestros mecanismos de crecimiento están dañados por el pecado (esto tiene que ver con lo que comentaba en la reflexión pasada). La única manera de alcanzar nuestra máxima potencia de crecimiento es sumarnos al proyecto de Dios. Porque lo que primero dañó nuestra persona fue separarnos de él. Eso es la "muerte" de la que habla Génesis 2:17. Eso descompaginó toda nuestra persona, por lo que la única forma de empezar a reparar todo es reparar esa primera ruptura, esa primera separación, que nos sacó de nuestro eje. Lo que digo es que sólo si nos aferramos a Jesús y al mensaje del evangelio vamos a poder crecer como necesitamos, y dar este fruto que Dios promete que podemos dar.

Dicho esto, voy a pasar al tema de hoy, que está relacionado con esto, y que es la fidelidad. La palabra que acá usa el original en griego, PISTIS, aparece traducida muchas veces como "fe". Otra traducción posible es "convicción", estar convencido de algo, dar crédito a algo. Ahora, bíblicamente, nos encontramos con que no cualquier tipo de fe o confianza es fructífera. La gran pregunta es, a qué somos fieles. A qué convicciones somos fieles. La Biblia nos invita, una y otra vez, a poner nuestra confianza en Dios, es decir, dar crédito a lo que él nos dice, ser fieles a lo que él nos enseña, estar convencidos de él. Y esto no es simplemente estar convencido de su existencia, porque Santiago 2:19 nos dice que "los demonios lo creen, y tiemblan". Creo que todos vamos a estar de acuerdo en que los demonios no son fieles a Dios.

+Fidelidad es la convicción sobre las enseñanzas del evangelio, la convicción de que son ciertas y de que son buenas.

En última instancia, es la convicción de que Dios es bueno y veraz, es decir, que lo que nos dice es efectivamente la verdad. Pablo, en Romanos 4:20-21, ejemplifica esto con Abraham, que "ante la promesa de Dios no vaciló como un incrédulo, sino que se reafirmó en su fe y dio gloria a Dios, plenamente convencido de que Dios tenía poder para cumplir lo que había prometido". Alguno que conozca la historia de Abraham sabrá que él no siempre se mantuvo firme en esta convicción, fue un proceso, tuvo que aprender a confiar, pero lo hizo. Así que la fe, la fidelidad, la confianza y convicción en Dios es una característica del fruto que también se desarrolla o se traba, y por lo tanto se destraba. Dios nos dice un montón de cosas sobre cómo podemos vivir de la mejor manera. Está en nosotros creerle o no. Pero si queremos creerle, y simplemente nos cuesta, es importante poder entender por qué, y cómo destrabar esto.

Lo primero que necesitamos entender es cuál es el mensaje del evangelio. El mensaje es extremadamente sencillo y claro:

"Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó. Dios lo ofreció como un sacrifico de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia. Anteriormente, en su paciencia, Dios había pasado por alto los pecados; pero en el tiempo presente ha ofrecido a Jesucristo para manifestar su justicia. De este modo Dios es justo y, a la vez, el que justifica a los que tienen fe en Jesús" (Romanos 3:23-26).

En otras palabras, todos estamos en falta con Dios. No hay nada que podamos hacer para remediarlo, porque siempre vamos a hacer alguna otra cosa que nos haga seguir estando en falta. Estamos en falta porque es nuestra condición espiritual. Por ser humanos, después de Adán, estamos privados (separados) de Dios. Pero Dios, por el simple hecho de lo mucho que le importamos, lo mucho que nos quiere, que nos valora y nos aprecia, ofreció él mismo la paga del precio que demandaba por la ofensa contra él. Esta paga la cumplió Jesús al vivir en completa obediencia y al morir en la cruz. Dios confirmó la eficacia de este sacrificio al resucitarlo. Y de esta forma, cualquiera que cree en esto, cualquiera que admite su irremediable falta y acepta que Jesús fue el que pagó la justa condena a pesar de ser inocente, queda justificado ante Dios. Esto es la base de todo el mensaje de Dios para nosotros.

A esto, después, cuando ya creímos, se suma el estar convencidos de lo que Dios nos enseña para vivir vidas verdaderamente sanas. Dios quisiera vernos vivir de determinada manera. Personalmente, estoy tan agradecido por lo que Dios hizo por mí, y por el enorme amor y paciencia que tiene conmigo, que quiero hacer cada vez mejor lo que él espera de mí. No para que me apruebe, porque sé que ya me aprobó (aunque a veces me siento desaprobado, pero sé que no es cierto). Sino justamente porque ya me aprobó sin que yo estuviera calificado, entonces me da ganas de hacer lo que a él le gusta. Y eso requiere que estemos convencidos también de que eso, no sólo le gusta, sino que también es lo mejor para nosotros.

Además, Dios nos rescató para poder tener una relación personal e íntima con él. Una vida fructífera es una vida de comunión con él. El deseo de Dios hacia nosotros es que lo amemos y experimentemos su amor, y por eso él es fiel con nosotros, cumpliendo sus propias promesas hacia nosotros, aunque ni siquiera tendría por qué haberlas hecho. Por ese amor, también trabaja permanentemente en nosotros para que, por ejemplo, demos fruto, es decir, podamos desarrollar vidas fructíferas. Estar convencidos de estas promesas de Dios es una característica fundamental de este fruto.

Ahora, muchas veces creemos con nuestra mente, sabemos que lo que Dios nos dice es cierto, pero nos cuesta sentirnos realmente convencidos. ¿Por qué? ¿Qué es lo que hace que no podamos estar plenamente seguros de Dios?

Creo que, a grandes rasgos, tenemos dos barreras. La primera es que muchas veces tenemos creencias erróneas sobre Dios, la vida o el mundo. Esto tiene que ver con la influencia de la cultura en la que nacimos, que moldea nuestra concepción del mundo, nuestra manera de entender las cosas. También, algunas creencias tienen un origen emocional, basado en cosas que vivimos cuando éramos chicos. Si nuestra forma de ver las cosas está muy anclada en la manera en que nuestra cultura entiende las cosas, nos va a costar apoyarnos en lo que Dios nos dice y creer que es cierto. Cuando lo que Dios nos dice entre en contradicción con lo que la cultura nos dice, vamos a desconfiar o dudar de Dios, no de la cultura. Muchas veces también, en el fondo, tiene que ver con que apoyar lo que nos enseña nuestra sociedad nos hace ser bien recibidos en ella y no sentirnos aislados o dejados afuera. Es una forma de querer ganarnos la aprobación de las personas que tenemos a nuestro alrededor. En la próxima publicación voy a hablar un poco más sobre esto.

Por otro lado, el otro tipo de barrera que tenemos está relacionado con la imagen que tenemos de Dios en nuestra mente. Cuando somos chicos, nuestros padres son nuestro "dios": son los que pueden aprobarnos o condenarnos, y son los que nos enseñan qué está bien y qué está mal. Nuestra experiencia emocional con nuestros padres nos deja una imagen afectiva de cómo es o cómo puede ser Dios. Si en nuestra casa no había lugar para las emociones, es probable que sintamos que Dios es un Dios frío y emocionalmente distante. Si nuestros padres tenían expectativas sobre nosotros que nunca alcanzábamos, es posible que sintamos que Dios es un Dios que nunca se conforma con nosotros. Si nuestros padres eran violentos o abusivos, es probable que sintamos que Dios quiere pasarnos por arriba. Esto, obviamente, nos hace difícil confiar en Dios. Nadie quiere confiar en un Dios que lo va a pasar por arriba, o al que no le interesa lo que nos pasa, o lo que fuera. Otras veces, la experiencia misma de vivir nuestra fe queda asociada a emociones o sentimientos desagradables. Por ejemplo, si nos maltrataron por nuestra fe, seguramente quede asociada al miedo, o si nos rechazaron por nuestra fe, o si no tenemos personas cercanas que compartan la misma fe, puede quedar asociada a la soledad. Esto hace que nos cueste vivir la fe, apoyarnos en lo que creemos. No desesperes por esto, Dios te ama y te acepta igual. él entiende tu dificultad, y quiere acompañarte en el proceso.

Entonces, ¿qué podemos hacer para desarrollar mayor convicción, mayor confianza en que lo que Dios nos dice es cierto, mayor seguridad en él?

Lo primero es empezar a cuestionar lo que nuestra cultura nos enseña; desnaturalizar lo que tenemos incorporado sobre cómo es la vida, el mundo, las personas, Dios, o lo que fuera. 1 Timoteo 4:7 nos aconseja esto: "rechaza las leyendas profanas y otros mitos semejantes". Sólo Dios sabe cómo funcionan las cosas, porque él creó todo. Si la Biblia contradice lo que se nos enseña fuera, sea en la escuela, en la universidad, en los medios, en casa o incluso en la iglesia, optemos siempre por la Biblia, nunca por el afuera. Si no, nuestra fe se va a ver disminuida.

Además de esto, es importante revisar una y otra vez nuestra manera de pensar sobre diferentes cosas. Un buen punto de partida para esto es pensar en qué áreas de mi vida me cuesta más confiar en Dios, o estoy negado a creer que la Biblia dice determinada cosa sobre eso. Tal vez ahí haya algo de mi cosmovisión (punto de vista sobre el mundo y la vida) que debería revisar. Es a lo que nos invita el apóstol Pablo: "sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta" (Romanos 12:2).

También necesitamos "desintelectualizar" a Dios. Muchas veces nuestro conocimiento de Dios es puramente, o mayormente, intelectual, racional. Conocemos un montón de ideas acerca de él, tal vez incluso reflexionamos mucho sobre él, pero no nos relacionamos con él desde nuestras emociones, lo que verdaderamente sentimos. Esto muchas veces tiene que ver con que creemos que las emociones son algo malo, o tonto, o insignificante. Todo lo contrario. Necesitamos acercarnos a Dios desde nuestra verdad personal, que incluye lo que verdaderamente sentimos, en cada momento particular y también en la vida, en general, y lo que sentimos sobre las cosas, y sobre Dios. Necesitamos abrirnos con él, contarle hasta las "pavadas" que no nos animamos a contarle a nadie. Lo mismo necesitamos hacer al leer la Biblia, acercarnos a ella desde lo que realmente sentimos. Contarle a Dios lo que siento al leer su palabra. Dios mismo nos enseña que este es el camino para encontrarnos realmente con él: "me buscarán y me encontrarán, cuando me busquen de todo corazón" (Jeremías 29:13).

Por último, necesitamos sanar nuestras experiencias de Dios que nos hacen alejarnos de él, tenerle miedo, tenerle bronca, sentirlo apático e indiferente. Para esto, necesitamos tratar con nuestra realidad emocional y con nuestro pasado, especialmente con nuestra relación con nuestros padres. Esto muchas veces requiere ayuda de un pastor, consejero, psicólogo o algún otro adulto con el que podamos abrirnos y ser fortalecidos por él, porque justamente necesitamos sanar la imagen que tenemos de la autoridad. Si logramos encontrar una autoridad, especialmente si es creyente, que nos reafirme, que nos escuche, que nos demuestre interés, que se preocupe por nosotros y que nos acepte sin expectativas inalcanzables, vamos a empezar a sanar nuestra imagen de Dios. También necesitamos establecer vínculos con personas que nos fortalezcan en la fe, que nos animen, que nos acompañen y que sean comprensivos con nuestra falta de fe, y no nos reten ni condenen por ella. El apóstol Pablo apuesta por esta solución cuando les escribe a los Efesios sobre su oración por ellos: "le pido que, por medio del Espíritu y por el poder que procede de sus gloriosas riquezas, los fortalezca a ustedes en lo íntimo de su ser, para que por fe Cristo habite en sus corazones. Y pido que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo" (Efesios 3:16-18).

Entonces, la fe es lo que nos une a Dios. Es lo que hace que podamos apoyarnos en él y sentirnos seguros en nuestra existencia. Dios nos hizo para tener una relación de amor e intimidad con nosotros. Una vida fructífera es una vida de fe y convicciones firmes. Muchas veces, nuestro sistema de ideas o creencias o nuestras experiencias pasadas nos ponen dificultades a la hora de mantenernos firmes en la fe. Pero la invitación de Dios es a renovar nuestra mente, rechazar los mitos de la cultura, abrir nuestros corazones a Dios y echar raíces en el amor de nuestras comunidades de fe. Así, nuestra fidelidad a Dios, nuestra convicción, va a brotar y florecer. Dios es fiel y trabaja en nosotros todo el tiempo. Animémonos a ser perseverantes nosotros también en construir y fortalecer nuestra fe, nuestras convicciones, nuestra fidelidad, porque es algo que nos va a traer mucho disfrute y porque "esto es todo para el hombre" (Eclesiastés 12:13).

Que el Dios fiel que persevera en nosotros nos fortalezca en lo más íntimo de nuestro ser, ayudándonos a sanar y renovando nuestra manera de pensar para que podamos perseverar nosotros en él, y así dar un verdadero buen fruto, teniendo una relación cada vez más cercana con él. ¡Amén!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

lunes, 19 de septiembre de 2016

El fruto del Espíritu 6 - Bondad

Hola a todos. El mes pasado empecé a publicar una serie de reflexiones basadas en una charla que tuve la oportunidad de dar, relacionada con el tema de dar fruto. Había planteado el tema de dar fruto como una combinación de hacer el bien y alegrarse, como lo propone Eclesiastés 3:12-14. En realidad, es Dios el que produce en nosotros este fruto, él es quien lo diseñó así, y lo produce a través de su Espíritu. Por eso Gálatas 5:22-23 dice que "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio". Por lo general se usa este pasaje para mostrar cómo deberíamos comportarnos, y los cristianos tratamos de adaptar nuestras conductas para ajustarnos a esas características, sin darnos cuenta de que estas no son conductas, formas de hacer, sino formas de ser.

Por eso, lo que planteé desde el principio fue que si queremos desarrollar más este fruto necesitamos trabajar con lo más íntimo de nuestra persona, revisar nuestra vida para encontrar qué nos traba en cada una de esas características del fruto, y reparar lo que haya que reparar para destapar el fluir del Espíritu en nosotros y que dé fruto. Si lo tratamos de forzar por nuestros propios medios, solemos irnos al extremo opuesto: nos descuidamos nosotros mismos por cuidar a otros, ignoramos o escondemos nuestras tristezas para estar alegres siempre, etc. En cambio, si logramos respondernos por qué no nos sale ser así, podemos encontrar herramientas que nos ayuden a tratar con la raíz del problema.

El tema de hoy es la bondad. Creo que es un tema sobre el que podemos llegar a tener un poco de confusión, porque la palabra "bueno" se usa para demasiadas cosas. Empecemos por pensar qué no es la bondad. Bondad no es conformar a todos. Generalmente nos dicen que somos buenos cuando están contentos o conformes con nosotros, o cuando complacemos a alguien. Pero eso no es exactamente la bondad. Bondad no es tampoco ser tranquilo, no enojarse nunca o dejarse pisar. Como cuando alguien dice "es demasiado bueno, siempre se deja pisar", o "es re bueno, nunca se enoja". Bondad no es perfección, y esto tenemos que entenderlo. Ser bueno y ser perfecto son dos cosas diferentes.

La palabra que se usa para "bondad" acá es AGATHOSUNE, que tiene que ver por un lado con la virtud y por otro lado con el bienestar. No sé si ya a esta altura les resuena con algo que había planteado desde el principio: una de las caras de las vidas fructíferas es "hacer el bien", leíamos en Eclesiastés. El apóstol Pablo nos da otra pista sobre qué es hacer el bien:

"Al vivir la verdad con amor, creceremos hasta ser en todo como aquel que es la cabeza, es decir, Cristo" (Efesios 4:15).

La verdad, en este contexto y entendida desde el punto de vista bíblico, son los valores de Dios, el modelo justamente de Jesús. Él mismo dijo, "yo soy el camino, la verdad y la vida" (Juan 14:6), y también dijo, orando al Padre, "tu palabra es la verdad" (Juan 17:17). Entonces, la bondad tiene que ver con vivir en la palabra de Dios y en el ejemplo de Jesús.

+Bondad es vivir los valores de Dios con naturalidad, y libremente.

La bondad es equivalente a la salud espiritual, o a lo espiritualmente sano. Las dos cosas son en realidad una misma cosa. Lo contrario, por supuesto, es la maldad, y por lo tanto, lo espiritualmente insalubre o enfermo. Esta característica del fruto entonces tiene que ver con tener en nuestra vida una forma de vivir que esté en línea con la propuesta de Dios para la vida humana, valorar lo que Dios valora, rechazar lo que Dios rechaza, vivir lo más parecido posible a como Jesús vivió. Acá, uno podría pensar "bueno, entonces soy bueno, no robo, no mato, no cometo adulterio". Sin embargo, la bondad y la maldad, como todas las demás cosas de las que vengo hablando en esta serie, son un problema del corazón. Es ahí donde vamos a encontrar las trabas que tenemos para desarrollar bondad. "Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad" (Marcos 7:21-22).

La primera traba que tenemos, precisamente, es el pecado, y esta nos excede ampliamente. Nacemos con la disposición a hacer las cosas a contramano de Dios, porque esa es nuestra herencia desde Adán. Esto es importante entenderlo. No es que cuando somos malos aparece el pecado, sino que es al revés: como nacemos con el pecado a cuestas, lo malo nos sale fácilmente. En otras palabras, nacemos espiritualmente enfermos. También aprendemos lo malo de nuestra familia y de nuestra cultura. Incluso las personas con las mejores intenciones (por ejemplo, nuestros padres, si son bienintencionados), nos enseñan cosas malas, cosas que no se corresponden con lo que Dios quiere enseñarnos, o con cómo Dios nos diseñó para vivir. La cultura, la sociedad que nos rodea, también; tiene formas de hacer las cosas que muchas veces van a contramano de lo que Dios nos enseña, y por lo tanto, a medida que la cultura que nos rodea nos va formando, nos imprime ciertas formas malas de actuar y pensar, malas en el sentido que vengo diciendo: contrarias a Dios, y por lo tanto, objetivamente insalubres.

Esto es importante entenderlo, porque obviamente tenemos grabada a fuego la imagen que nuestra familia y nuestra cultura nos transmitieron sobre qué es bueno y qué es malo. Necesitamos entender cuanto antes que lo bueno y lo malo no son cosas relativas sino absolutas. Lo que Dios dice que es bueno, es bueno; lo que Dios dice que es malo, es malo. Y si no lo entendemos, vamos a vivir preguntándonos por qué pasa lo que pasa, en nuestra vida o alrededor, y hasta angustiándonos por no poder entenderlo. Las cosas malas pasan porque rechazamos a Dios y la humanidad se volvió espiritualmente enferma. Vivimos en un mundo caído. Caído de ese plan original de Dios, que era bueno. Ese es el primer origen de la maldad, la primera traba que tenemos para desarrollar bondad en nuestra vida. La primera traba que tenemos para poder vivir la verdad de Dios.

Por otro lado, a veces simplemente ignoramos qué es lo bueno. Tal vez a veces ni siquiera nos preguntamos qué es lo bueno. Vivimos nuestra vida según nuestros propios parámetros, según lo que nosotros mismos creemos que es bueno o malo, porque nuestra experiencia nos demuestra que eso es bueno o es malo, pero muchas veces perdemos de vista que nuestra percepción es muy limitada. Dios mismo nos dejó dicho, "mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes" (Isaías 55:9). Él mira el camino desde mucho más arriba que nosotros, y por eso sabe mejor que nosotros qué es lo que conviene y qué es lo que no. Y por otro lado, él creó todo; él es el que sabe cómo las cosas funcionan. Y además, lo creó en parte para disfrutar de su creación, por lo tanto, lo que no funciona como él planeó, le disgusta. Nosotros, sin embargo, vivimos, obviamente, centrados en nosotros mismos, pensamos la vida como si el ser humano fuera el centro, y no nos preguntamos "qué es lo que Dios querrá en una situación como esta", o "con este tema", o "con esta área de la vida". Entonces, no podemos ser buenos; simplemente porque no sabemos qué es lo bueno (porque no lo averiguamos y ni siquiera nos lo preguntamos). Incluso puede pasar que estemos tan acostumbrados a manejarnos de determinada manera que terminamos asumiendo que eso que es bueno para nosotros es también lo bueno desde el punto de vista de Dios, en lugar de revisar si es así o no.

Finalmente, muchas veces estamos demasiado cómodos para poder descubrir qué es lo bueno. Cómodos no quiere decir que estemos realmente bien, que nos sintamos realmente bien. Cómodos significa más bien que no reflexionamos sobre nuestra propia conducta y sobre nuestra propia vida. Vivimos irreflexivamente, como en modo automático, yendo de un lado a otro, resolviendo las cosas a medida que se presentan, sin detenernos a pensar, a mirar "desde fuera" nuestra vida para ver cómo estamos viviéndola. En este sentido, vivimos como necios, y no como sabios (Efesios 5:15). Al no pensar en lo que hacemos o vivimos, o en lo que sentimos, o en lo que creemos u opinamos sobre la vida, ni siquiera surge la posibilidad de preguntarnos qué es bueno y qué no. O nos lo preguntamos en el momento en que surge algo, cuando la presión de la situación hace difícil que lo podamos determinar con claridad. Terminamos haciendo a veces una cosa, a veces otra, o simplemente andando por la vida sin importarnos qué clase de efecto tienen nuestras acciones y decisiones.

Por supuesto que, y quiero insistir en esto, incluso aunque sí sepamos lo que es bueno, no siempre nos va a salir, porque el pecado nos tira para lo malo, constantemente. Es importante entender esto. Igual que con las demás características del fruto, lo importante es poder ver cuándo estoy viviendo más cerca o cuándo más lejos del modelo que Dios nos propone, y poder pensar de dónde viene.

También es importante entender que si mi confianza en Dios está en crisis por algún motivo, es muy posible que mi manera de vivir refleje menos sus valores. Pero eso es tema de la próxima publicación. Por ahora, asumamos que nuestra fe está en condiciones pero nuestra vida no lo refleja. Entonces, la pregunta es, ¿cómo hacer para crecer en bondad? ¿Cómo se puede hacer para desarrollar más este "sabor" del fruto?

En primer lugar, por supuesto, es importante preguntarme cuánto creo que Dios quiere lo que es bueno, que Dios es un Dios bueno. Es decir, preguntarme si realmente lo siento así. Si no, ahí es otra característica la que tengo que trabajar, no tanto la bondad. Pero si creo que Dios es bueno, hay algunas cosas que se pueden hacer.

"Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría" (Colosenses 3:16). Es importante que podamos acompañarnos entre nosotros en el camino de hacer el bien, porque el fruto que Dios desarrolla en nosotros no lo diseñó de manera solitaria sino comunitaria. Se supone que seamos una comunidad (idealmente, que lleguemos a ser una humanidad) que haga el bien, y que dé fruto en el mundo. Tal vez por eso Dios nos alienta a que "no dejemos de congregarnos, como acostumbran hacerlo algunos, sino animémonos unos a otros" (Hebreos 10:25). Es más fácil crecer en bondad si me junto con otros que también están creciendo en bondad, y que pueden aconsejarme y animarme desde la palabra de Dios. Y acá tenemos que entender que las personas que no creen en Jesús van a darnos muchas veces consejos muy útiles y prácticos, pero no necesariamente buenos. Porque no creen en la palabra de Dios, y por lo tanto no se basan en ella. Siempre tenemos que contrastar lo que nos aconsejen con la palabra de Dios, o el modelo de vida de Cristo, o asegurarnos que la persona de la que viene es una persona que ama a Dios y tiene su vida arraigada en su verdad.

"Al necio le parece bien lo que emprende, pero el sabio atiende el consejo" (Proverbios 12:15). Por supuesto, de nada me sirve rodearme de personas de bien (en el sentido que vengo diciendo, personas que viven en la palabra de Dios y en el modelo de Jesús), si no estoy dispuesto a escuchar no sólo sus consejos y palabras de ánimo, sino también su corrección e instrucción. Si no escucho lo que me enseñan sobre la base de la Biblia, porque me suena feo, o porque contradice lo que yo pienso que está bien, es poco probable que pueda crecer en bondad. Lo mismo si ignoro lo que me dicen sobre mi manera de vivir. Si mis amigos me corrigen algo porque les parece que estoy haciendo mal, y yo ni siquiera lo considero, me estoy perdiendo una oportunidad de oro de crecer en bondad, de aprender a hacer el bien. Necesitamos escuchar cuando alguien nos dice que estamos haciendo algo mal, y sobre todo si es sobre la base de la enseñanza bíblica, y obviamente, si es con amor. Las personas que nos quieren nos corrigen para que estemos mejor. Seamos sabios, recibiendo esas correcciones y valorando a esas personas por dárnoslas.

"Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica" (Efesios 2:10). Originalmente, habíamos sido creados para hacer el bien. Era parte de nuestra esencia y de nuestro propósito. El pecado distorsionó esto, pero en Cristo volvemos a nacer para ese propósito original. Dios dispuso de antemano, desde la creación del mundo, que andemos por sus caminos, que practiquemos el bien. Por eso es importante que nos informemos sobre qué es el bien desde el punto de vista de Dios, porque su punto de vista sobre esto es el definitivo. Y nuestro propósito en la vida está en juego. Nunca vamos a sentirnos del todo plenos hasta que no sintonicemos con el bien, con el proyecto de Dios, y nos pongamos en marcha en el camino de practicarlo. Y obviamente, practicarlo es practicarlo: entrenarnos para el bien. Ejercitar los valores de Dios, para que se nos vayan grabando y vayan saliendo cada vez más naturalmente. Meditar en esas cosas, reflexionar, pensar qué es lo bueno, leer la Biblia y quedarnos pensando en ella, en lo que nos enseña, en las cosas con las que nos confronta. Este es el camino para crecer en bondad. "Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra" (2 Timoteo 3:16-17).

En fin, la bondad es hacer las cosas a la manera de Dios, y para conocer esa manera tenemos por un lado la Biblia, por otro lado el ejemplo mismo de Jesús, y por otro lado la comunidad de fe, siempre y cuando los valores del reino de Dios sean la base de la vida de esa comunidad, o por lo menos tengan esa importancia. Si ignoramos lo que la Biblia nos enseña, o no conocemos a Jesús, o no compartimos con otros nuestra fe, es muy difícil que podamos conocer o poner en práctica esas obras de bien para las que además fuimos creados, y por lo tanto es muy probable que la bondad se vaya desdibujando o apagando en nosotros, hasta quedar al mínimo. O en el mejor de los casos, nos terminamos fundiendo con nuestra cultura y adoptando su estilo de vida, mezclando lo bueno con lo malo. Si esto pasa, nuestras vidas no van a poder dar todo el fruto que podrían dar, y tampoco vamos a encontrarle tanta belleza y placer a la vida como podríamos. Recordemos la observación que hace el autor de Eclesiastés: "nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva" (Eclesiastés 3:12). Por supuesto, Dios nos acepta más allá de lo que hagamos, si tenemos nuestra fe depositada en él. Si nos damos cuenta de que no estamos viviendo la vida como a él le gustaría, no desesperemos; simplemente giremos el timón, recalculemos la ruta y esforcémonos por aprender y practicar el bien.

Que el Dios bueno, creador de todas las cosas, haga nacer en nosotros el deseo de hacer el bien, de vivir según su palabra y el ejemplo de su Hijo, para que podamos reflejar su belleza y bondad, hacer que su luz brille a nuestro alrededor y colaborar en la obra de restauración que él está llevando a cabo en el mundo. ¡Amén!

Hasta que volvamos a encontrarnos.