Hola a todos. Nos estamos acercando al final de esta serie sobre la creación, que al menos a mí me enseñó mucho, creo que pude pensar y descubrir cosas que no había pensado nunca. De todas maneras, ya haré un breve balance en la última publicación. Recuerden siempre que más importante que lo que yo diga en esta reflexión, es lo que el pasaje bíblico le diga a cada uno. Pídanle a Dios que los ayude a entender el texto, a escuchar su voz hablando a través de su palabra viva, y se van a sorprender.
"Y dijo Dios: «¡Que produzca la tierra seres vivientes: animales domésticos, animales salvajes, y reptiles, según su especie!» Y sucedió así. Dios hizo los animales domésticos, los animales salvajes, y todos los reptiles, según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno, y dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo.» Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó, y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo.»
También les dijo: «Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. Y doy la hierba verde como alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se arrastran por la tierra.» Y así sucedió. Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno. Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el sexto día."
Génesis 1:24-31
Evidentemente, el sexto día es el más largo en el relato del Génesis. Por eso, al hacer mi propia reflexión al respecto, lo dividí en dos partes, una para el reino animal en su conjunto, y otra para el ser humano específicamente. En realidad, Dios creó a los animales casi al mismo tiempo que a los seres humanos, o podríamos decir, en la misma fase. De alguna forma, esto nos acerca con ellos. Incluso más: creó a los animales a partir de la tierra, igual que a nosotros, como vamos a ver la próxima vez.
¿Para qué creó a los animales? Esa es una gran pregunta que siempre me hice. Es decir, me encantan los animales, pero nunca terminé de entender bien el propósito de su creación. Tal vez simplemente para amarlos, el motivo por el cual podemos pensar que nos hizo también a nosotros. Génesis 2:18, justo antes de crear a los animales, Dios dice: "«No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada»", y entonces crea a los animales. Esto tal vez genera más preguntas que respuestas, sobre todo en cuanto al orden de la creación, pero creo que nos da una pauta de para qué pudo haber creado Dios a los animales: para hacerle compañía.
El punto es que nosotros, seres humanos, somos en cierta forma como los animales. De hecho, si prestamos atención a la biología, podemos decir que somos animales. Sin embargo, Dios puso al ser humano por encima, coronando, al resto de la creación, como el máximo animal, con la característica especial de ser semejantes a Dios. Esto es complejo, creo yo, y abarca muchas cosas.
Respecto de esto, hay algo muy interesante: nos creó hombre y mujer. También, uno podría preguntarse para qué. Seguramente tiene que ver con cumplir el mandato de llenar la tierra y someterla, que en otra versión aparece como "señorearla", y los diferentes roles que cada uno iba a tener. El punto es que entonces, Dios es ambas cosas, tanto hombre como mujer. En él están, digamos, las dos naturalezas, porque nos creó a su imagen, hombre y mujer. Por eso después volvemos a juntarnos, hombres y mujeres, a lo largo de nuestra vida, para poder completar la imagen de Dios.
Esto es muy importante, me parece. Más allá de lo que se diga, desde el principio Dios nos hizo equivalentes. Nos dio papeles distintos, sí, pero a sus ojos somos exactamente igual de importantes, hombres y mujeres. En fin, los seres humanos somos, en definitiva, algo así como los "virreyes" de Dios. Él es quien gobierna sobre la creación, pero nosotros somos sus colaboradores para administrarla, para desarrollarla aún más. Los animales, entonces, podríamos pensar que fueron creados para trabajar estrechamente con nosotros en eso, aunque no tengan conciencia al respecto.
Creo que todo este tema podría despertar muchas preguntas y dudas, y creo que eso es algo muy sano. Si se animan, pueden compartir cuáles son sus dudas al respecto en los comentarios. No necesariamente voy a saber responderlas, simplemente lo digo para poder enriquecer incluso más este tema, porque me parece que las dudas hacen básicamente eso, enriquecer. Personalmente, una cuestión que a mí me da vueltas en la cabeza es esta: Dios no dice nada, en ningún momento, de que el ser humano pueda comer a otros animales. Tampoco dice que algunos animales coman a otros. En el relato del Génesis, todos los seres vivientes se alimentan de la vegetación. ¿Será que la transformación en carnívoros es producto de la caída? (No soy vegetariano, lo aclaro por las dudas, pero no sé, me llamó la atención ese hecho).
Entonces, para redondear este tema, a partir de la tierra Dios creó tanto a los animales como a los seres humanos. Aunque nos haya puesto por encima de todo, se encargó de ese detalle de que fuéramos parte de un género más grande, el animal, tal vez para que seamos humildes, y entendamos que la tierra no es nuestra, sigue siendo de Dios. Sólo somos administradores. Sería muy interesante además pensar, ¿qué nos dice todo esto sobre Dios en sí mismo? ¿Qué nos revela sobre él este proceso de creación de los animales y el ser humano? A mí, esa pregunta todavía me queda un poco abierta.
Lo importante es, en definitiva, y a este punto quería llegar, que tanto a los humanos como al resto de los animales, nos hizo con un propósito. A toda la creación la hizo con un propósito. Y esto es fundamental. La próxima reflexión va a tener que ver con esto, pero lo que quiero destacar acá es que todo, absolutamente todo lo que Dios hace, lo hace con un propósito. A veces creemos que ciertas cosas en nuestra vida pasaron por casualidad, porque se dieron así. Puede que Dios no las haya, literalmente, enviado sobre nosotros (ese es otro tema espinoso para otro momento), pero sí hay muchas cosas que permite que pasen o que atravesemos, y eso también tiene un propósito. Dios no deja nada librado al azar, ni lo más mínimo de todo, ni siquiera la posición en la que cada hoja cae en el otoño.
Y lo interesante es que se alegra del resultado. Dios dice que es "muy bueno", al ver todo ya terminado. Honra su propia obra, reconociendo su valor. Creo que todo esto nos enseña algo muy importante. Cuando hagamos algo, lo que quiera que sea, es conveniente hacerlo con un propósito. Los propósitos pueden ser muy variados, pero la biblia nos da un fin último por el cual deberíamos orientar todas las acciones de nuestra vida: "En conclusión, ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31), es decir, para resaltar al Señor y a sus cualidades. Creo que ese es el propósito definitivo de nuestra existencia. No por nada, Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Nuestra naturaleza consiste en reflejarlo a él.
Cuando abrimos las puertas de nuestra vida a Dios, él nos da un nuevo sentido, una nueva dirección para caminar. Nos equipa, en definitiva, con una especie de brújula. ¿Cómo sabemos si estamos reflejando a Dios? Bueno, tenemos varios indicadores. Por un lado, nuestra propia conciencia, que nos hace un poco de ruido cuando hacemos algo que no se corresponde con cómo es Dios, y también nos transmite una satisfacción profunda cuando estamos reflejándolo a él. Por otro lado, tenemos una poderosa herramienta, la palabra de Dios, con la cual podemos confrontar nuestra propia vida para ver cómo deberían ser nuestras vidas, y tratar de ajustarnos a eso.
Es importante, en cuanto a este punto, no tratar de forzar la imagen de Dios. ¿Qué quiero decir? Bueno, la creación es realmente un proceso hermoso, y la obra de Dios es maravillosa, pero recordemos que sufrimos un gran traspié, que conocemos como la "caída", y que deformó esa imagen de Dios en nosotros, junto con otros aspectos de la creación. El mundo no es como debería ser, y nosotros tampoco. No nos engañemos a nosotros mismos, confundiendo lo que deberíamos ser con lo que realmente somos, porque si lo hacemos estaríamos limitando nuestro propio crecimiento.
No quiero decir que no tratemos de obedecer en todo siempre que podamos, pero no para que parezca que somos buenos, porque no lo somos. Ninguno de nosotros, por más "buenas personas" que seamos, podemos ser totalmente buenos. En vez de eso, tratemos de obedecer por amor a Dios, para que él se alegre, y para que ese cambio de hábitos vaya moldeándonos a su imagen otra vez, siempre entendiendo que lo que realmente nos habilita a recuperar su imagen es tener una relación personal con él a través de Jesús. Creo que tratar de ser forzadamente de una manera que todavía no somos, es una pérdida de tiempo. Si creemos que deberíamos ser de una determinada forma, trabajémoslo, pero aceptemos que todavía nos falta. Hagamos todo lo que podamos, pero reconozcamos que aún no hemos llegado. Aceptémonos con nuestros aciertos y con nuestros desaciertos. No somos valiosos por ser buenas personas, sino que somos valiosos porque Dios mismo nos creó. Eso debería alcanzar para saber que, aunque nos equivoquemos, seguimos siendo igual de valiosos. Y sobre todo, seguimos teniendo un propósito. Pero ya voy a volver sobre este tema la próxima vez.
Que el Dios creador, que nos hizo a su propia imagen y semejanza, y nos dio un propósito para existir, que en última instancia es reflejar su propia gloria, trabaje en nosotros para que con humildad y sinceridad, podamos acercarnos a él y recuperar más y más esa imagen perdida de él. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 7 de febrero de 2014
lunes, 3 de febrero de 2014
La creación - Día 5: los seres vivientes del agua y el cielo
Hola a todos. Continuando con la serie sobre la creación, me pareció interesante separar en dos el relato de la aparición de los seres vivientes sobre este mundo. Nos vamos acercando ya al final del proceso creativo de Dios, al momento climático, digamos. Quiero insistir, creo que nunca está de más, en que lo más importante de lo que está publicado acá no es la reflexión en sí, sino el pasaje. Por supuesto, la reflexión puede aportar muchas cosas, pero me parece crucial que se tomen un momento para orar, pedirle a Dios que abra sus mentes para escucharlo a él, y leer detenidamente el pasaje. Recomiendo incluso anotar lo que sienten que Dios les marca a través de su palabra. Después de todo, fue así como surgieron todas las reflexiones que publico en este blog.
"Y dijo Dios: «¡Que rebosen de seres vivientes las aguas, y que vuelen las aves sobre la tierra a lo largo del firmamento!» Y creó Dios los grandes animales marinos, y todos los seres vivientes que se mueven y pululan en las aguas y todas las aves, según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno, y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen las aguas de los mares. ¡Que las aves se multipliquen sobre la tierra!» Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el quinto día."
Génesis 1:20-23
Me resulta interesante que en primer lugar, creó vida animal en el agua y surcando los cielos. Aún antes de crearla en la tierra, antes incluso de crear al ser humano, que iba a portar la propia imagen de Dios. La pregunta que me hago es, ¿por qué primero el agua y el cielo?
En cuanto al agua, recordemos que a lo largo de las Escrituras, el agua simboliza la vida. Evidentemente, Dios pretendía que fuese así desde el principio, y ese puede ser un motivo por el cual haya empezado por los mares. En definitiva, el agua de la creación fue "agua de vida", como el agua del que habla Jesús al encontrarse con la mujer samaritana: "el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna" (Juan 4:14). En definitiva, el agua que Jesús estaba ofreciendo no era otra cosa que el agua de la creación, no el agua física, sino la misma esencia divina que generó vida en el agua desde el primer momento. Hoy en día sabemos que el agua es indispensable para la vida como la conocemos. Dice el Génesis que el mar rebosó de vida.
En cuanto al cielo, pienso que tiene que ver con el orden de prioridades. De la misma forma que Dios creó primero el cielo y después la tierra, pobló el cielo antes que la tierra. Tal vez esto fue lo que quiso enseñarnos Dios a través de esto. Tenemos que ocuparnos del cielo antes que de la tierra. No me refiero a un orden temporal, es decir, primero dedicarle unas horas a pensar y hacer cosas relacionadas con Dios, y recién después empezar con las cosas de este mundo. Me refiero más bien al espacio que le dedicamos en nuestra vida en general. Si pasamos más tiempo o dedicamos más esfuerzo a nuestra vida en la tierra que a meditar en la palabra de Dios y reflexionar sobre nuestra propia experiencia de vida, tal vez estemos fallando en el orden de las prioridades.
Por supuesto que las dos cosas son importantes, pero no me atrevo a decir que son igual de importantes. Creo que en más de una ocasión, Dios deja muy claro que lo más importante de todo, es nuestra vida espiritual. Lo demás es sólo circunstancial. El problema de tener desordenadas las prioridades es que estamos desperdiciando vida. Muchas veces pensamos que por dedicarle más tiempo a algo en particular, a alguna actividad, nos va a salir mejor.
Sinceramente, no creo que sea así. Si no estudio, no voy a saber mágicamente qué decir en el examen; sin embargo, nuestra tendencia es a enfocar toda nuestra mente en la actividad que tenemos delante. En mi opinión, es un error. No pienso que nos vaya a ir peor si dirigimos una parte de nuestro esfuerzo a no distraernos de lo más importante, que es nuestra relación con Dios. Proporcionalmente, deberíamos dedicarle nuestro tiempo de mayor calidad a él, antes que a cualquier cosa en la tierra.
Dios hace brotar vida de aquello que no la tiene. En la vida del creyente pasa lo mismo: somos como muertos en vida, por causa de nuestros pecados, es decir, como consecuencia de esas cosas que nos hacen tomar caminos que no son los que Dios propone. Pero Dios nos infunde vida de verdad, y en abundancia (Juan 5:25-26,10:10). Lentamente, él va cambiando nuestro rumbo, para que vivamos una vida cada vez de mayor plenitud al caminar por las sendas que él planeó para nosotros. Va limpiando nuestras manchas, de manera que incluso, esa vida verdadera y abundante se hace cada vez más visible también desde afuera, convirtiéndonos, en definitiva, en manantiales, como los que dice el pasaje de Juan 4 que mencioné antes.
Por último, creo que un motivo por el que Dios creó la vida animal en el agua y el cielo antes que en la tierra, fue para que todos los seres vivientes tuviesen tiempo de desarrollarse apropiadamente. Recordemos que ya había vegetación sobre la tierra. Dios quería, en definitiva, que todo estuviera ordenado y parejo. El orden de la creación, en este sentido, revela un atributo de Dios mismo, y el cual él mismo imprime a nuestra vida cuando lo recibimos. El Señor pone orden en nuestra vida, como ya dijimos, y en nuestras prioridades.
Quiero resaltar este punto: en la mente de Dios, al parecer, el cielo viene antes que la tierra como prioridad.
Me parece que eso debería llevarnos a repensar en qué invertimos, no sólo nuestro tiempo, sino nuestros mayores esfuerzos y nuestra mayor concentración. Una cosa no quita la otra, pero todo sucede al mismo tiempo, así que la opción de decir "bueno, pero por estos días me dedico de lleno a esto, y después retomo las cosas del cielo" no creo que sea válida. Todos los días, en toda nuestra vida, lo más importante es buscar las cosas del cielo. Todas las demás cosas, en definitiva, se agregan, y por lo tanto, no son centrales. "Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas" (Mateo 6:33).
Que el Dios que hace brotar vida de donde no la hay, haga de nosotros mares rebosantes de vida, ordenando nuestras prioridades y enseñándonos a transitar sus caminos, para que podamos tener plenitud y traer plenitud a otros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
"Y dijo Dios: «¡Que rebosen de seres vivientes las aguas, y que vuelen las aves sobre la tierra a lo largo del firmamento!» Y creó Dios los grandes animales marinos, y todos los seres vivientes que se mueven y pululan en las aguas y todas las aves, según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno, y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen las aguas de los mares. ¡Que las aves se multipliquen sobre la tierra!» Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el quinto día."
Génesis 1:20-23
Me resulta interesante que en primer lugar, creó vida animal en el agua y surcando los cielos. Aún antes de crearla en la tierra, antes incluso de crear al ser humano, que iba a portar la propia imagen de Dios. La pregunta que me hago es, ¿por qué primero el agua y el cielo?
En cuanto al agua, recordemos que a lo largo de las Escrituras, el agua simboliza la vida. Evidentemente, Dios pretendía que fuese así desde el principio, y ese puede ser un motivo por el cual haya empezado por los mares. En definitiva, el agua de la creación fue "agua de vida", como el agua del que habla Jesús al encontrarse con la mujer samaritana: "el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna" (Juan 4:14). En definitiva, el agua que Jesús estaba ofreciendo no era otra cosa que el agua de la creación, no el agua física, sino la misma esencia divina que generó vida en el agua desde el primer momento. Hoy en día sabemos que el agua es indispensable para la vida como la conocemos. Dice el Génesis que el mar rebosó de vida.
En cuanto al cielo, pienso que tiene que ver con el orden de prioridades. De la misma forma que Dios creó primero el cielo y después la tierra, pobló el cielo antes que la tierra. Tal vez esto fue lo que quiso enseñarnos Dios a través de esto. Tenemos que ocuparnos del cielo antes que de la tierra. No me refiero a un orden temporal, es decir, primero dedicarle unas horas a pensar y hacer cosas relacionadas con Dios, y recién después empezar con las cosas de este mundo. Me refiero más bien al espacio que le dedicamos en nuestra vida en general. Si pasamos más tiempo o dedicamos más esfuerzo a nuestra vida en la tierra que a meditar en la palabra de Dios y reflexionar sobre nuestra propia experiencia de vida, tal vez estemos fallando en el orden de las prioridades.
Por supuesto que las dos cosas son importantes, pero no me atrevo a decir que son igual de importantes. Creo que en más de una ocasión, Dios deja muy claro que lo más importante de todo, es nuestra vida espiritual. Lo demás es sólo circunstancial. El problema de tener desordenadas las prioridades es que estamos desperdiciando vida. Muchas veces pensamos que por dedicarle más tiempo a algo en particular, a alguna actividad, nos va a salir mejor.
Sinceramente, no creo que sea así. Si no estudio, no voy a saber mágicamente qué decir en el examen; sin embargo, nuestra tendencia es a enfocar toda nuestra mente en la actividad que tenemos delante. En mi opinión, es un error. No pienso que nos vaya a ir peor si dirigimos una parte de nuestro esfuerzo a no distraernos de lo más importante, que es nuestra relación con Dios. Proporcionalmente, deberíamos dedicarle nuestro tiempo de mayor calidad a él, antes que a cualquier cosa en la tierra.
Dios hace brotar vida de aquello que no la tiene. En la vida del creyente pasa lo mismo: somos como muertos en vida, por causa de nuestros pecados, es decir, como consecuencia de esas cosas que nos hacen tomar caminos que no son los que Dios propone. Pero Dios nos infunde vida de verdad, y en abundancia (Juan 5:25-26,10:10). Lentamente, él va cambiando nuestro rumbo, para que vivamos una vida cada vez de mayor plenitud al caminar por las sendas que él planeó para nosotros. Va limpiando nuestras manchas, de manera que incluso, esa vida verdadera y abundante se hace cada vez más visible también desde afuera, convirtiéndonos, en definitiva, en manantiales, como los que dice el pasaje de Juan 4 que mencioné antes.
Por último, creo que un motivo por el que Dios creó la vida animal en el agua y el cielo antes que en la tierra, fue para que todos los seres vivientes tuviesen tiempo de desarrollarse apropiadamente. Recordemos que ya había vegetación sobre la tierra. Dios quería, en definitiva, que todo estuviera ordenado y parejo. El orden de la creación, en este sentido, revela un atributo de Dios mismo, y el cual él mismo imprime a nuestra vida cuando lo recibimos. El Señor pone orden en nuestra vida, como ya dijimos, y en nuestras prioridades.
Quiero resaltar este punto: en la mente de Dios, al parecer, el cielo viene antes que la tierra como prioridad.
Me parece que eso debería llevarnos a repensar en qué invertimos, no sólo nuestro tiempo, sino nuestros mayores esfuerzos y nuestra mayor concentración. Una cosa no quita la otra, pero todo sucede al mismo tiempo, así que la opción de decir "bueno, pero por estos días me dedico de lleno a esto, y después retomo las cosas del cielo" no creo que sea válida. Todos los días, en toda nuestra vida, lo más importante es buscar las cosas del cielo. Todas las demás cosas, en definitiva, se agregan, y por lo tanto, no son centrales. "Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas" (Mateo 6:33).
Que el Dios que hace brotar vida de donde no la hay, haga de nosotros mares rebosantes de vida, ordenando nuestras prioridades y enseñándonos a transitar sus caminos, para que podamos tener plenitud y traer plenitud a otros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 9 de enero de 2014
La visita de los sabios: seguir la estrella
Hola a todos. Como seguramente todos saben, hace algunos días recordamos el día en que los llamados "reyes magos" fueron a llevarle regalos al niño Jesús, recién nacido, en un establo de Belén. No podemos afirmar que sean tres, aunque sí son tres los regalos. No podemos tampoco confirmar que sean reyes, y el termino "magos" se refiere a que eran sabios. Pero lo cierto es que fue un momento muy importante, no sólo en la vida de Jesús, sino además en el testimonio de quién él era. Por eso, creí conveniente hacer una pequeña pausa en la serie sobre la creación y compartirles una reflexión que hice el 7 de enero a la mañana. Espero que sea de mucha bendición.
Mateo 2:1-12
Dios había anunciado a los antiguos que él mismo se iba a hacer presente en un niño (Isaías 7:14, 9:6), que iba a nacer rey de los judíos. Iba a nacer en Belén (Miqueas 5:2), la ciudad del rey David. En el oriente, esto posiblemente haya sido anunciado por los profetas judíos en el cautiverio. Los astrónomos del oriente, estudiosos del cielo, notaron el evento, lo leyeron en las estrellas. Toda la creación anunciaba la venida del salvador.
El nuevo testamento lo establece también: "la creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda firme la esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Romanos 8:19-21).
Los sabios conocían también la profecía sobre la estrella: "lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no de cerca. Una estrella saldrá de Jacob; un rey surgirá en Israel" (Números 24:17), pero eso no fue suficiente, no se conformaron. Comprendieron la magnitud del suceso que estaba por ocurrir. El principio de la sabiduría es el temor de Dios, Proverbios 1:7 lo declara así. Los sabios tomaron una decisión respecto a su conocimiento. Es lo que distingue a un sabio de un simple erudito. El verdadero sabio no se queda sólo con el conocimiento, sino que actúa a partir de él, y lo hace en pos de acercarse a Dios. Los sabios del oriente decidieron seguir la estrella, para adorar al Señor que estaba por nacer.
Nosotros también tenemos una estrella, que nos lleva a adorar al rey y al salvador. Jesús es la estrella reluciente de la mañana (Apocalipsis 22:16). Si seguimos nuestra estrella, en cualquier lugar donde estemos nos va a llevar a la adoración de Dios, el Dios trino, el soberano de la creación.
Pero no alcanza con conocer. No alcanza con saber que está, o con entender lo que espera de nosotros. Adorar a Dios es una actitud de nuestra mente, que se traduce en acciones y en objetivos para nuestra vida. Tenemos que tomar una decisión con respecto a la estrella. Si la vamos a seguir, tenemos que conocerla, sí, pero también hacer las cosas como Jesús nos enseña. Seguir a Jesús es, básicamente, eso.
La adoración de Dios es parte fundamental del propósito por el que fuimos creados, y es el propósito de todo el plan divino de salvación. Fuimos salvados específicamente para eso. Si no lo hacemos, siempre va a faltarnos algo en la vida. Nada menos que nuestra principal característica como especie. Lo que nos viene faltando desde la caída.
Que podamos redescubrir la estrella que nos guía, aferrarnos a ella y adorar al Dios que nos creó, que nos salvó y que nos acompaña y nos llama una y otra vez, hasta que respondemos a su llamado. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Mateo 2:1-12
Dios había anunciado a los antiguos que él mismo se iba a hacer presente en un niño (Isaías 7:14, 9:6), que iba a nacer rey de los judíos. Iba a nacer en Belén (Miqueas 5:2), la ciudad del rey David. En el oriente, esto posiblemente haya sido anunciado por los profetas judíos en el cautiverio. Los astrónomos del oriente, estudiosos del cielo, notaron el evento, lo leyeron en las estrellas. Toda la creación anunciaba la venida del salvador.
El nuevo testamento lo establece también: "la creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda firme la esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Romanos 8:19-21).
Los sabios conocían también la profecía sobre la estrella: "lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no de cerca. Una estrella saldrá de Jacob; un rey surgirá en Israel" (Números 24:17), pero eso no fue suficiente, no se conformaron. Comprendieron la magnitud del suceso que estaba por ocurrir. El principio de la sabiduría es el temor de Dios, Proverbios 1:7 lo declara así. Los sabios tomaron una decisión respecto a su conocimiento. Es lo que distingue a un sabio de un simple erudito. El verdadero sabio no se queda sólo con el conocimiento, sino que actúa a partir de él, y lo hace en pos de acercarse a Dios. Los sabios del oriente decidieron seguir la estrella, para adorar al Señor que estaba por nacer.
Nosotros también tenemos una estrella, que nos lleva a adorar al rey y al salvador. Jesús es la estrella reluciente de la mañana (Apocalipsis 22:16). Si seguimos nuestra estrella, en cualquier lugar donde estemos nos va a llevar a la adoración de Dios, el Dios trino, el soberano de la creación.
Pero no alcanza con conocer. No alcanza con saber que está, o con entender lo que espera de nosotros. Adorar a Dios es una actitud de nuestra mente, que se traduce en acciones y en objetivos para nuestra vida. Tenemos que tomar una decisión con respecto a la estrella. Si la vamos a seguir, tenemos que conocerla, sí, pero también hacer las cosas como Jesús nos enseña. Seguir a Jesús es, básicamente, eso.
La adoración de Dios es parte fundamental del propósito por el que fuimos creados, y es el propósito de todo el plan divino de salvación. Fuimos salvados específicamente para eso. Si no lo hacemos, siempre va a faltarnos algo en la vida. Nada menos que nuestra principal característica como especie. Lo que nos viene faltando desde la caída.
Que podamos redescubrir la estrella que nos guía, aferrarnos a ella y adorar al Dios que nos creó, que nos salvó y que nos acompaña y nos llama una y otra vez, hasta que respondemos a su llamado. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 2 de enero de 2014
La creación - Día 4: los astros
Hola a todos. Después de un largo intervalo que tuvo varias causas, sigo ahora con las publicaciones sobre la creación. Quiero primero recordarles, a los que venían siguiéndolas, que la idea de estas reflexiones es prestar atención a lo que la creación del mundo nos enseña con respecto a la propia experiencia del creyente y con respecto a Dios mismo. Da la impresión de que cuando una persona se acerca al Señor, el proceso de la creación, al menos conceptualmente, ocurre en pequeña escala en su interior.
Otra cosa que quiero resaltar es que simplemente soy un cristiano compartiendo mis estudios bíblicos personales. No tengo formación teológica formal, aunque sí he conversado con personas que la tienen y he leído algún que otro libro. Quiero decir que no hablo con autoridad de experto, sino simplemente con autoridad de experimentado. Parece un simple juego de palabras, pero cambia bastante el sentido: mi experiencia es más bien práctica, y puedo llegar a tener algunos errores de interpretación por falta de conocimiento. Por lo tanto, ante todo, lo más importante es que cada uno preste atención a lo que el texto bíblico en sí le dice, y por supuesto orar para escuchar lo que tenga Dios para decirles, antes que lo que yo tenga para explicar.
"Y dijo Dios: «¡Que haya luces en el firmamento que separen el día de la noche; que sirvan como señales de las estaciones, de los días y de los años, y que brillen en el firmamento para iluminar la tierra!» Y sucedió así. Dios hizo los dos grandes astros: el astro mayor para gobernar el día, y el menor para gobernar la noche. También hizo las estrellas. Dios colocó en el firmamento los astros para alumbrar la tierra. Los hizo para gobernar el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios consideró que esto era bueno. Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el cuarto día."
Génesis 1:14-19
Este pasaje me parece sorprendente. Creo que es fácil olvidarnos de que el sol, la luna y las estrellas también tienen un propósito que trasciende al meramente material. Dios le dio a los astros una función suprema, que creo que como creyentes deberíamos tener siempre presente al disfrutar del sol o mirar a la luna. Los astros tienen que ver con la soberanía y la guía de Dios sobre su creación, y por lo tanto, también sobre los creyentes.
El texto dice que hizo los astros para gobernar el día y la noche, y para darnos señales claras de cuándo es el día, cuándo es la noche, cuándo es verano, cuándo es primavera. Podríamos reflexionar durante horas acerca de esto. De las estaciones, de los momentos del día, y otras cosas más. Pero quiero centrarme en esto: Dios quería que tuviéramos siempre presente que él es soberano, y que por encima de los tiempos, de las etapas de la vida humana, está él, eterno e inmutable.
Para recordarnos, entonces, que no somos lo único de la creación. Que la existencia no se agota en este mundo y en lo que tenemos al alcance, sino que existen muchísimas más cosas, inalcanzables para el ser humano. Nadie puede llegar al sol. Incluso en las historias futuristas más lanzadas, el sol es demasiado para alcanzar. Por otro lado, hay cosas que están muy por encima de nosotros, como las estrellas, como recordándonos que los pensamientos de Dios son mucho más altos que los nuestros, como dice Isaias 55:8-9.
De esta forma, Dios se manifiesta como soberano a través de los astros. Éstos deberían llevarnos a maravillarnos y caer rendidos ante Dios por su grandeza, y adorarlo, en humildad, reconociéndolo como nuestro Señor. A veces le escapamos a este concepto de Dios como Señor, a la sumisión, a la obediencia; pero se trata de eso. Todo el plan de salvación se trata de eso: de que elijamos obedecer a Dios.
Por otro lado, la idea de los astros es guiar la vida humana. Cuando es de día, se trabaja, o se hacen cosas. Cuando es de noche, idealmente, se descansa. Por supuesto que la vida humana a cambiado bastante, y esto no siempre se respeta. Pero en definitiva, era la intención inicial. Por eso, Salmos 127:2 dice: "en vano madrugan ustedes y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados". Yo no sé si les pasa, pero en este punto es donde más me cuesta ser prudente. A veces por ocio y a veces por trabajo, me quedo levantado hasta tarde y (a veces "o", a veces "y") me despierto muy temprano. Después mi día transcurre normalmente, pero yo estoy más cansado, o termino más cansado. Dios no lo había planeado así.
Además, como dice Eclesiastés 3:1, "todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo". Creo que los astros pueden servir como recordatorio de esto también. Dios, a través de ellos, nos da dirección momento a momento, pero lo mismo hace sin la mediación de ellos cuando tomamos decisiones, cuando queremos saber qué está bien y qué está mal, en fin, nos guía en cada aspecto de nuestra vida, siempre y cuando se lo permitamos.
Me gusta además el hecho de que Dios, a través de los astros, gobierna el día y la noche. La noche, asociada siempre con el miedo, con el mal, y otras cosas, es también territorio de Dios. Por supuesto, él no es quien siembra el miedo, el mal, y lo demás, sino que él es quien lo quita. Por eso, tanto de día como de noche, hay luz. De día, el sol hace que haya muchísima luz. Podríamos pensar en los buenos momentos, en los tiempos de tranquilidad. Lo bueno parece el doble de bueno, y Dios parece más grande. En cambio a la noche, brilla la luna, con luz más tenue, pero luz al fin. En los momentos de dolor o de dificultad, Dios puede parecernos más chico, pero su luz siempre brilla. Dios no se hace más chico, y de hecho su poder para fortalecernos crece en nuestra debilidad, como es de esperarse. Pero lo que cuenta de todo esto es que tanto de día como de noche, la luz brilla.
Y por último, además de que Dios nos recuerda su soberanía y su guía a través de los astros, también nos convierte a nosotros en astros. Nosotros, "que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor" (2 Corintios 3:18), brillamos con una luz que nos es prestada, como si fuéramos lunas que surcamos el cielo nocturno. Todo lo que hacemos, en definitiva, no hace más que reflejar una gloria más grande, que nos excede, que no nos pertenece. Por eso no podemos jactarnos de lo que logramos, tanto para nosotros como para otros. Dios hace la tarea de principio a fin. Lo que ponemos nosotros es la actitud. De la misma forma, portamos dentro de nosotros la soberanía y la guía de Dios, por lo que idealmente, donde estamos, influimos para que otros tomen decisiones correctas o para que obedezcan a Dios, independientemente de la situación, o incluso aunque no sea de manera consciente.
Incluso en nuestras vidas hay personas que funcionan como astros, recordándonos la soberanía de Dios o reflejando su guía a través de un consejo, de alguna palabra, o de sus propias acciones. También brillando en medio de la noche, o simplemente acompañándonos de manera constante, como ocurre con el sol, con la luna o con las estrellas.
Se podría decir mucho más, pero por cuestiones de espacio quiero simplemente volver sobre esta idea: los astros nos dicen que Dios es soberano, y que gobierna sobre la creación de manera que tiene todo bajo control. Con la misma grandeza nos da dirección, y nos ofrece ser él quien conduzca nuestras vidas, en el ritmo que llevamos y en las decisiones que tomamos. Y si le damos lugar para que así sea, nos convertimos nosotros mismos en astros en miniatura, para seguir expandiendo ese efecto por todos lados.
Que el Dios soberano nos dé dirección en cada momento de nuestras vidas, para que podamos reflejarlo en todo y ser sus colaboradores para reunir todas las cosas bajo su gobierno en Cristo Jesús. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Otra cosa que quiero resaltar es que simplemente soy un cristiano compartiendo mis estudios bíblicos personales. No tengo formación teológica formal, aunque sí he conversado con personas que la tienen y he leído algún que otro libro. Quiero decir que no hablo con autoridad de experto, sino simplemente con autoridad de experimentado. Parece un simple juego de palabras, pero cambia bastante el sentido: mi experiencia es más bien práctica, y puedo llegar a tener algunos errores de interpretación por falta de conocimiento. Por lo tanto, ante todo, lo más importante es que cada uno preste atención a lo que el texto bíblico en sí le dice, y por supuesto orar para escuchar lo que tenga Dios para decirles, antes que lo que yo tenga para explicar.
"Y dijo Dios: «¡Que haya luces en el firmamento que separen el día de la noche; que sirvan como señales de las estaciones, de los días y de los años, y que brillen en el firmamento para iluminar la tierra!» Y sucedió así. Dios hizo los dos grandes astros: el astro mayor para gobernar el día, y el menor para gobernar la noche. También hizo las estrellas. Dios colocó en el firmamento los astros para alumbrar la tierra. Los hizo para gobernar el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios consideró que esto era bueno. Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el cuarto día."
Génesis 1:14-19
Este pasaje me parece sorprendente. Creo que es fácil olvidarnos de que el sol, la luna y las estrellas también tienen un propósito que trasciende al meramente material. Dios le dio a los astros una función suprema, que creo que como creyentes deberíamos tener siempre presente al disfrutar del sol o mirar a la luna. Los astros tienen que ver con la soberanía y la guía de Dios sobre su creación, y por lo tanto, también sobre los creyentes.
El texto dice que hizo los astros para gobernar el día y la noche, y para darnos señales claras de cuándo es el día, cuándo es la noche, cuándo es verano, cuándo es primavera. Podríamos reflexionar durante horas acerca de esto. De las estaciones, de los momentos del día, y otras cosas más. Pero quiero centrarme en esto: Dios quería que tuviéramos siempre presente que él es soberano, y que por encima de los tiempos, de las etapas de la vida humana, está él, eterno e inmutable.
Para recordarnos, entonces, que no somos lo único de la creación. Que la existencia no se agota en este mundo y en lo que tenemos al alcance, sino que existen muchísimas más cosas, inalcanzables para el ser humano. Nadie puede llegar al sol. Incluso en las historias futuristas más lanzadas, el sol es demasiado para alcanzar. Por otro lado, hay cosas que están muy por encima de nosotros, como las estrellas, como recordándonos que los pensamientos de Dios son mucho más altos que los nuestros, como dice Isaias 55:8-9.
De esta forma, Dios se manifiesta como soberano a través de los astros. Éstos deberían llevarnos a maravillarnos y caer rendidos ante Dios por su grandeza, y adorarlo, en humildad, reconociéndolo como nuestro Señor. A veces le escapamos a este concepto de Dios como Señor, a la sumisión, a la obediencia; pero se trata de eso. Todo el plan de salvación se trata de eso: de que elijamos obedecer a Dios.
Por otro lado, la idea de los astros es guiar la vida humana. Cuando es de día, se trabaja, o se hacen cosas. Cuando es de noche, idealmente, se descansa. Por supuesto que la vida humana a cambiado bastante, y esto no siempre se respeta. Pero en definitiva, era la intención inicial. Por eso, Salmos 127:2 dice: "en vano madrugan ustedes y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados". Yo no sé si les pasa, pero en este punto es donde más me cuesta ser prudente. A veces por ocio y a veces por trabajo, me quedo levantado hasta tarde y (a veces "o", a veces "y") me despierto muy temprano. Después mi día transcurre normalmente, pero yo estoy más cansado, o termino más cansado. Dios no lo había planeado así.
Además, como dice Eclesiastés 3:1, "todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo". Creo que los astros pueden servir como recordatorio de esto también. Dios, a través de ellos, nos da dirección momento a momento, pero lo mismo hace sin la mediación de ellos cuando tomamos decisiones, cuando queremos saber qué está bien y qué está mal, en fin, nos guía en cada aspecto de nuestra vida, siempre y cuando se lo permitamos.
Me gusta además el hecho de que Dios, a través de los astros, gobierna el día y la noche. La noche, asociada siempre con el miedo, con el mal, y otras cosas, es también territorio de Dios. Por supuesto, él no es quien siembra el miedo, el mal, y lo demás, sino que él es quien lo quita. Por eso, tanto de día como de noche, hay luz. De día, el sol hace que haya muchísima luz. Podríamos pensar en los buenos momentos, en los tiempos de tranquilidad. Lo bueno parece el doble de bueno, y Dios parece más grande. En cambio a la noche, brilla la luna, con luz más tenue, pero luz al fin. En los momentos de dolor o de dificultad, Dios puede parecernos más chico, pero su luz siempre brilla. Dios no se hace más chico, y de hecho su poder para fortalecernos crece en nuestra debilidad, como es de esperarse. Pero lo que cuenta de todo esto es que tanto de día como de noche, la luz brilla.
Y por último, además de que Dios nos recuerda su soberanía y su guía a través de los astros, también nos convierte a nosotros en astros. Nosotros, "que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor" (2 Corintios 3:18), brillamos con una luz que nos es prestada, como si fuéramos lunas que surcamos el cielo nocturno. Todo lo que hacemos, en definitiva, no hace más que reflejar una gloria más grande, que nos excede, que no nos pertenece. Por eso no podemos jactarnos de lo que logramos, tanto para nosotros como para otros. Dios hace la tarea de principio a fin. Lo que ponemos nosotros es la actitud. De la misma forma, portamos dentro de nosotros la soberanía y la guía de Dios, por lo que idealmente, donde estamos, influimos para que otros tomen decisiones correctas o para que obedezcan a Dios, independientemente de la situación, o incluso aunque no sea de manera consciente.
Incluso en nuestras vidas hay personas que funcionan como astros, recordándonos la soberanía de Dios o reflejando su guía a través de un consejo, de alguna palabra, o de sus propias acciones. También brillando en medio de la noche, o simplemente acompañándonos de manera constante, como ocurre con el sol, con la luna o con las estrellas.
Se podría decir mucho más, pero por cuestiones de espacio quiero simplemente volver sobre esta idea: los astros nos dicen que Dios es soberano, y que gobierna sobre la creación de manera que tiene todo bajo control. Con la misma grandeza nos da dirección, y nos ofrece ser él quien conduzca nuestras vidas, en el ritmo que llevamos y en las decisiones que tomamos. Y si le damos lugar para que así sea, nos convertimos nosotros mismos en astros en miniatura, para seguir expandiendo ese efecto por todos lados.
Que el Dios soberano nos dé dirección en cada momento de nuestras vidas, para que podamos reflejarlo en todo y ser sus colaboradores para reunir todas las cosas bajo su gobierno en Cristo Jesús. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 3 de diciembre de 2013
La creación - Día 3: La tierra y la vegetación
Hola a todos. Me demoré un poco con esta publicación, pero espero ahora poder volver al ritmo más o menos frecuente que había propuesto hace un tiempo. Había empezado a compartirles una serie de reflexiones sobre la creación, no tanto sobre cómo fue creado el mundo (aunque en los pasajes obviamente se cuenta eso, y ya hice un comentario sobre el tema de creer lo que la biblia nos dice al respecto), sino especialmente sobre lo que eso implica para nuestras vidas concretas, y lo que nos dice sobre cómo es Dios.
"Y dijo Dios: «¡Que las aguas debajo del cielo se reúnan en un solo lugar, y que aparezca lo seco!» Y así sucedió. A lo seco Dios lo llamó «tierra», y al conjunto de las aguas Dios lo llamo «mar». Y Dios consideró que esto era bueno. Y dijo Dios: «¡Que haya vegetación sobre la tierra; que ésta produzca hierbas que den semilla, y árboles que den su fruto con semilla, todos según su especie!» Y así sucedió. Comenzó a brotar la vegetación: hierbas que dan semilla, y árboles que dan su fruto con semilla, todos según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno."
Génesis 1:9-12
Lo primero que me llama la atención de este pasaje es que Dios establece una base firme sobre la que enraizar la vida. En la publicación pasada hablé de lo importante de mirar al cielo, que está por sobre nuestras cabezas. La biblia dice que Dios nos eleva como águilas para que volemos en libertad (Isaías 40:31). Pero en este pasaje, me parece que Dios nos advierte sobre algo fundamental: hasta las águilas hacen sus nidos en tierra. La vida se cimienta sobre la tierra. Hay un vivir concreto que transcurre sobre la tierra, y es importante tener nuestras raíces firmemente aferradas a la tierra. Digamos, es tener un pie en el cielo pero otro en la tierra.
Digo esto, y me parece importante, porque a veces idealizamos nuestra propia vida como creyentes. Por supuesto que Dios nos invita a soñar y a atravesar nuestras limitaciones terrenales, para ser cada vez más "celestiales". Pero en esta vida no vamos a dejar de ser terrenales. Y eso significa estar en la tierra, y encargarnos de las situaciones que vivimos "terrenalmente", aunque con herramientas que son celestiales. No podemos hacernos creer que llegamos más alto de lo que realmente hayamos llegado. Por mucho que queramos que las cosas sean de una manera, si todavía no lo son, lo tengo que aceptar así. Si viví algo que me lastimó, pero que "no debería dolerme porque Dios me da paz", está bárbaro, Dios nos da paz, por supuesto, pero si todavía no experimenté esa paz, no debería engañarme a mí mismo haciéndome creer que sí. Lo que implica esto de vivir en la tierra me parece que es que tengo que recibir ese dolor, experimentarlo, meditar en él y dejar que Dios trabaje en mí a partir de él, y sólo así pienso que voy a experimentar efectivamente la paz que el Señor quiere darme.
La vida, entonces, tiene lugar en los dos niveles, el cielo y la tierra. Tenemos que cuidar que lo que aprendemos de Dios no se convierta en algo abstracto y lejano, sino que sea algo concreto que lo practiquemos, lo experimentemos o lo busquemos diariamente, de manera práctica. Los evangelios hablan de esto cuando Jesús dice que si no practicamos lo que él nos enseña, es lo mismo que si no lo hubiéramos escuchado (Lucas 6:47-49). La palabra es muy poderosa, pero si no la ponemos en práctica no nos sirve casi para nada conocerla. En realidad, ni siquiera la conocemos realmente hasta que no la aplicamos a nuestra vida y vemos el resultado. Si la pongo en práctica, entonces (y sólo entonces) echa raíz y da fruto.
Precisamente, la palabra es como una semilla. Dios nos dice: "Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo, y no vuelven allá sin regar antes la tierra y hacerla fecundar y germinar para que de semilla al que siembra y pan para que coma, así es también la palabra que sale de mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos" (Isaías 55:10-11).
La actitud con la que yo reciba esta semilla es la que determina qué tan fértil es la tierra donde esa semilla va a crecer. La parábola del sembrador nos habla de esto (Mateo 13:19-23): podemos desoírla, tomarla a la ligera, no creerle del todo (o podríamos pensar, no animarnos a salir del molde que ya traemos antes de escucharla), o creerle y ponerla en práctica. Éste último caso sería una tierra bien fértil. La clave de todo esto está en nuestra mente, porque de ahí brota la actitud y la puesta en práctica.
Pero no nos engañemos: estos no son niveles a los que uno llega en la vida, sino que cada vez que vuelvo a escuchar la palabra tengo que prestar atención a la actitud con la que recibo la semilla. Porque las circunstancias de la vida pueden hacer que nuestra actitud varíe en cada situación particular. Hay que cuidar la tierra todo el tiempo: removiendo la maleza (aquellas ideas o prácticas que hacen más difícil escuchar a Dios y prestarle atención), abonar la tierra (haciendo otras cosas que nos conecten más con Dios, como escuchar y cantar canciones que hablen sobre él), arar la tierra (reflexionar sobre nuestra vida concreta y ver dónde estoy parado, qué estoy viviendo), y otras cosas que a cada uno se le puedan ocurrir.
La semilla produce una planta que crece y se ramifica en cada persona que la recibe, tomando una forma particular. No hay un único diseño común, porque Dios no produce en cadena, sino que el texto de Génesis nos enseña que él diseñó las plantas especie por especie, y hasta podríamos pensar que diseñó planta por planta. La palabra, por supuesto, es una sola, pero el resultado que produce en una persona está influido por las cosas que esa persona vivió y vive día a día.
Lo que sí hay son algunas características comunes. Con las plantas esto es más que evidente: enseguida reconocemos una planta, la distinguimos de cualquier otra cosa (una piedra, un ave, el agua). De la misma forma, una persona que recibe con actitud fértil la semilla desarrolla ciertas características que la identifican. Todas las plantas dan flor, fruto y semilla.
La flor, en nuestra vida, representa el perfume, la fragancia que desprendemos. Las personas en las que la semilla brota son personas que dan gusto, o digamos, con las que es agradable estar. La palabra nos dice que Dios, "por medio de nosotros, esparce por todas partes la fragancia de su conocimiento" (2 Corintios 2:14).
El fruto es lo que aportamos a las vidas de otros. Las personas en las que brota la semilla son personas que dan resultado positivo en sus vidas, causan impacto a su alrededor. Jesús dijo: "si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran, y se les concederá. Mi Padre es glorificado cuando ustedes dan mucho fruto y muestran así que son mis discípulos" (Juan 15:7-8).
Finalmente, damos semilla, es decir, a partir del fruto, la semilla vuelve a sembrarse, en nuevas tierras, y el ciclo se repite, volviéndose cada vez más grande. Por supuesto, esto nos habla de personas que comparten la palabra generosamente, como nos enseña Pablo: "el que siembra escasamente, escasamente cosechará, y el que siembra en abundancia, en abundancia cosechará" (2 Corintios 9:6-7).
Las semillas que plantamos también se van desarrollando a sí mismas como especies diferentes, y van tomando formas propias. Jesús nos envió a hacer discípulos, y es muy importante, pero no podemos pretender que tomen una forma que nosotros queramos darle. Todo lo contrario, tenemos que dejar que Dios les de la forma que él quiera darles. Por eso existen diferentes iglesias locales incluso dentro de la misma denominación. Dios quiere que formemos una identidad propia, más allá de las múltiples identidades colectivas en las que nos incluyamos.
Y no nos olvidemos de esta gran promesa que nos hace Dios a los que sembramos: "El que le suple semilla al que siembra también le suplirá pan para que coma, aumentará los cultivos y hará que ustedes produzcan una abundante cosecha de justicia" (2 Corintios 9:10). La misma idea aparecía en el pasaje de Isaías que mencioné antes (Isaías 55:10). Dios produce una gran diversidad de plantas según sus especies, incluso ramifica estas plantas al interior de cada creyente, y él mismo es un sembrador, desde los días de la creación del mundo hasta nuestros días. Nosotros, que lo reconocemos como sembrador nuestro, somos como plantas cultivadas por él mismo.
Que el Dios que da semilla al que siembra y pan para que coma, que sostiene al sembrador y también a la planta, produzca en nosotros una cosecha verdaderamente grande para que las nuevas semillas sean sembradas con más y más abundancia, y la vegetación del Señor se extienda por toda la tierra. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
"Y dijo Dios: «¡Que las aguas debajo del cielo se reúnan en un solo lugar, y que aparezca lo seco!» Y así sucedió. A lo seco Dios lo llamó «tierra», y al conjunto de las aguas Dios lo llamo «mar». Y Dios consideró que esto era bueno. Y dijo Dios: «¡Que haya vegetación sobre la tierra; que ésta produzca hierbas que den semilla, y árboles que den su fruto con semilla, todos según su especie!» Y así sucedió. Comenzó a brotar la vegetación: hierbas que dan semilla, y árboles que dan su fruto con semilla, todos según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno."
Génesis 1:9-12
Lo primero que me llama la atención de este pasaje es que Dios establece una base firme sobre la que enraizar la vida. En la publicación pasada hablé de lo importante de mirar al cielo, que está por sobre nuestras cabezas. La biblia dice que Dios nos eleva como águilas para que volemos en libertad (Isaías 40:31). Pero en este pasaje, me parece que Dios nos advierte sobre algo fundamental: hasta las águilas hacen sus nidos en tierra. La vida se cimienta sobre la tierra. Hay un vivir concreto que transcurre sobre la tierra, y es importante tener nuestras raíces firmemente aferradas a la tierra. Digamos, es tener un pie en el cielo pero otro en la tierra.
Digo esto, y me parece importante, porque a veces idealizamos nuestra propia vida como creyentes. Por supuesto que Dios nos invita a soñar y a atravesar nuestras limitaciones terrenales, para ser cada vez más "celestiales". Pero en esta vida no vamos a dejar de ser terrenales. Y eso significa estar en la tierra, y encargarnos de las situaciones que vivimos "terrenalmente", aunque con herramientas que son celestiales. No podemos hacernos creer que llegamos más alto de lo que realmente hayamos llegado. Por mucho que queramos que las cosas sean de una manera, si todavía no lo son, lo tengo que aceptar así. Si viví algo que me lastimó, pero que "no debería dolerme porque Dios me da paz", está bárbaro, Dios nos da paz, por supuesto, pero si todavía no experimenté esa paz, no debería engañarme a mí mismo haciéndome creer que sí. Lo que implica esto de vivir en la tierra me parece que es que tengo que recibir ese dolor, experimentarlo, meditar en él y dejar que Dios trabaje en mí a partir de él, y sólo así pienso que voy a experimentar efectivamente la paz que el Señor quiere darme.
La vida, entonces, tiene lugar en los dos niveles, el cielo y la tierra. Tenemos que cuidar que lo que aprendemos de Dios no se convierta en algo abstracto y lejano, sino que sea algo concreto que lo practiquemos, lo experimentemos o lo busquemos diariamente, de manera práctica. Los evangelios hablan de esto cuando Jesús dice que si no practicamos lo que él nos enseña, es lo mismo que si no lo hubiéramos escuchado (Lucas 6:47-49). La palabra es muy poderosa, pero si no la ponemos en práctica no nos sirve casi para nada conocerla. En realidad, ni siquiera la conocemos realmente hasta que no la aplicamos a nuestra vida y vemos el resultado. Si la pongo en práctica, entonces (y sólo entonces) echa raíz y da fruto.
Precisamente, la palabra es como una semilla. Dios nos dice: "Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo, y no vuelven allá sin regar antes la tierra y hacerla fecundar y germinar para que de semilla al que siembra y pan para que coma, así es también la palabra que sale de mi boca: No volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo deseo y cumplirá con mis propósitos" (Isaías 55:10-11).
La actitud con la que yo reciba esta semilla es la que determina qué tan fértil es la tierra donde esa semilla va a crecer. La parábola del sembrador nos habla de esto (Mateo 13:19-23): podemos desoírla, tomarla a la ligera, no creerle del todo (o podríamos pensar, no animarnos a salir del molde que ya traemos antes de escucharla), o creerle y ponerla en práctica. Éste último caso sería una tierra bien fértil. La clave de todo esto está en nuestra mente, porque de ahí brota la actitud y la puesta en práctica.
Pero no nos engañemos: estos no son niveles a los que uno llega en la vida, sino que cada vez que vuelvo a escuchar la palabra tengo que prestar atención a la actitud con la que recibo la semilla. Porque las circunstancias de la vida pueden hacer que nuestra actitud varíe en cada situación particular. Hay que cuidar la tierra todo el tiempo: removiendo la maleza (aquellas ideas o prácticas que hacen más difícil escuchar a Dios y prestarle atención), abonar la tierra (haciendo otras cosas que nos conecten más con Dios, como escuchar y cantar canciones que hablen sobre él), arar la tierra (reflexionar sobre nuestra vida concreta y ver dónde estoy parado, qué estoy viviendo), y otras cosas que a cada uno se le puedan ocurrir.
La semilla produce una planta que crece y se ramifica en cada persona que la recibe, tomando una forma particular. No hay un único diseño común, porque Dios no produce en cadena, sino que el texto de Génesis nos enseña que él diseñó las plantas especie por especie, y hasta podríamos pensar que diseñó planta por planta. La palabra, por supuesto, es una sola, pero el resultado que produce en una persona está influido por las cosas que esa persona vivió y vive día a día.
Lo que sí hay son algunas características comunes. Con las plantas esto es más que evidente: enseguida reconocemos una planta, la distinguimos de cualquier otra cosa (una piedra, un ave, el agua). De la misma forma, una persona que recibe con actitud fértil la semilla desarrolla ciertas características que la identifican. Todas las plantas dan flor, fruto y semilla.
La flor, en nuestra vida, representa el perfume, la fragancia que desprendemos. Las personas en las que la semilla brota son personas que dan gusto, o digamos, con las que es agradable estar. La palabra nos dice que Dios, "por medio de nosotros, esparce por todas partes la fragancia de su conocimiento" (2 Corintios 2:14).
El fruto es lo que aportamos a las vidas de otros. Las personas en las que brota la semilla son personas que dan resultado positivo en sus vidas, causan impacto a su alrededor. Jesús dijo: "si permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran, y se les concederá. Mi Padre es glorificado cuando ustedes dan mucho fruto y muestran así que son mis discípulos" (Juan 15:7-8).
Finalmente, damos semilla, es decir, a partir del fruto, la semilla vuelve a sembrarse, en nuevas tierras, y el ciclo se repite, volviéndose cada vez más grande. Por supuesto, esto nos habla de personas que comparten la palabra generosamente, como nos enseña Pablo: "el que siembra escasamente, escasamente cosechará, y el que siembra en abundancia, en abundancia cosechará" (2 Corintios 9:6-7).
Las semillas que plantamos también se van desarrollando a sí mismas como especies diferentes, y van tomando formas propias. Jesús nos envió a hacer discípulos, y es muy importante, pero no podemos pretender que tomen una forma que nosotros queramos darle. Todo lo contrario, tenemos que dejar que Dios les de la forma que él quiera darles. Por eso existen diferentes iglesias locales incluso dentro de la misma denominación. Dios quiere que formemos una identidad propia, más allá de las múltiples identidades colectivas en las que nos incluyamos.
Y no nos olvidemos de esta gran promesa que nos hace Dios a los que sembramos: "El que le suple semilla al que siembra también le suplirá pan para que coma, aumentará los cultivos y hará que ustedes produzcan una abundante cosecha de justicia" (2 Corintios 9:10). La misma idea aparecía en el pasaje de Isaías que mencioné antes (Isaías 55:10). Dios produce una gran diversidad de plantas según sus especies, incluso ramifica estas plantas al interior de cada creyente, y él mismo es un sembrador, desde los días de la creación del mundo hasta nuestros días. Nosotros, que lo reconocemos como sembrador nuestro, somos como plantas cultivadas por él mismo.
Que el Dios que da semilla al que siembra y pan para que coma, que sostiene al sembrador y también a la planta, produzca en nosotros una cosecha verdaderamente grande para que las nuevas semillas sean sembradas con más y más abundancia, y la vegetación del Señor se extienda por toda la tierra. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 12 de noviembre de 2013
La creación - Día 2: el firmamento
Hola a todos. La vez pasada empecé con esta serie de publicaciones sobre la creación, y sobre lo que ella tiene para decirnos acerca de Dios y acerca de la vida de los creyentes. Prestemos especial atención a lo que tiene para decirnos hoy, que no es poco. Recordemos que la misma creación nos habla de Dios, y que sus atributos invisibles, como dice Romanos, se ponen de manifiesto en la naturaleza.
"Y dijo Dios: «¡Qué exista el firmamento en medio de las aguas, y que las separe!» Y así sucedió: Dios hizo el firmamento y separó las aguas que están abajo, de las aguas que están arriba. Al firmamento Dios lo llamó «cielo». Y vino la noche, y llegó la mañana: ese fue el segundo día".
(Génesis 1:6-8)
Un montón de veces pasé por este pasaje sin detenerme en él, y jamás habría pensado que iba a poder encontrarle tantas implicaciones. En primer lugar, quiero hacer una observación: llamamos "firmamento" al cielo. No sé si alguna vez se pusieron a pensar en eso, pero yo no lo había hecho. "Firmamento" tiene que ver con aquello que permanece firme, y resulta que le pusimos ese nombre al cielo. No a la tierra, no al agua, sino al cielo.
Es que si lo pensamos, el cielo es lo más firme que hay en la creación, incluso más que la tierra. La tierra cambia por la acción de los vientos y de las aguas. Se modifica su forma, la composición del suelo, entre otras cosas. Pero el cielo permanece firme. De hecho, si sacáramos las nubes el cielo se vería prácticamente igual desde cualquier parte del mundo.
En otra versión aparece el firmamento como la "expansión", que es más cercano a la traducción literal de la palabra original. Basta con mirar al cielo para entender por qué el texto habla de una "expansión". Pareciera como si fuera un espacio libre que se extiende indefinidamente. Si pensamos en el espacio, fuera de la atmósfera, esto es mucho más evidente.
Entonces, ¿qué nos enseña todo esto sobre Dios? Salmos 19:1 dice que "los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos". Lo que yo veo es que Dios es lo único firme que podemos encontrar en esta vida, de la misma manera que el cielo es lo único firme que encontramos en la creación. La tierra, y la vida en ella, cambian. Si vivimos con la mirada puesta en la tierra, nuestra vida, y nuestra manera de entenderla, cambian a medida que cambia ella. Si las circunstancias cambian, nuestro punto de vista cambia, nuestra cosmovisión cambia. Por eso, a medida que nos alejamos de Dios, los valores absolutos que él nos propone se van perdiendo en nosotros.
Pero Dios nos invita a mirar al cielo, a fijar nuestra vista en él. "Confíen en el Señor para siempre, porque el Señor es una Roca eterna" (Isaías 26:4). Esto tiene un efecto en nosotros que también tiene que ver con el cielo: nos hace libres. Si lo pensamos, el cielo es el espacio más libre que hay en la creación. Por supuesto, el cielo no es el vacío, aunque sí el espacio. Pero desde el punto de vista de lo que es sólido, es la extensión más grande de espacio libre. Esto me parece muy significativo: la mayor extensión de espacio libre es al mismo tiempo lo más sólido, es decir, lo que más firme permanece.
Por eso, si fijo mi mirada en el cielo, no sólo me afirmo sobre una base segura, sino que me libero de los efectos del cambio de las circunstancias en la tierra. Puedo pensar como creo mejor, vivir como creo mejor y hacer las cosas que me proponga a pesar de que las circunstancias cambien a mi alrededor, porque la base de mi acción está en el cielo.
Para esto, tengo que estar, insisto, firmemente aferrado al cielo, anclado al cielo. La biblia dice que "tenemos como firme y segura ancla del alma una esperanza que penetra hasta detrás de la cortina del santuario, hasta donde Jesús, el precursor, entró por nosotros, llegando a ser sumo sacerdote para siempre" (Hebreos 6:19-20). Nos conecta, en definitiva, con esa libertad que él mismo nos anunció. Es nuestra ancla al cielo lo que nos hace libres. Mientras nuestra mirada, mientras nuestra cosmovisión, nuestra forma de entender el mundo, esté anclada a la tierra, jamás vamos a ser libres, porque vamos a estar atados a las circunstancias que vivimos en esta tierra. El cielo está por encima de eso, trasciende a las circunstancias. Por eso permanece firme, y por eso nos hace libres.
Entonces, la libertad y la firmeza van de la mano. El cielo es ambas cosas, libertad y firmeza. Esta firmeza tiene que ver con la obediencia a Dios, con respetar y observar los valores inmutables que él nos propone. Los tiempos cambiaron, y tal vez la forma que toma la aplicación de esos valores puede haber cambiado, pero los valores siguen siendo los mismos, porque Dios no cambia, y creo que eso quiso enseñarnos al crear el cielo. De hecho, decimos, y la propia escritura dice, que Dios está en los cielos. Seguramente no se refiera al cielo material, el que cubre este mundo. Pero indudablemente nos está diciendo que Dios habita allí donde todo permanece firme, donde todo es eterno, donde las circunstancias no cambian: en la eternidad, en el dominio de lo espiritual.
Entonces, si la firmeza tiene que ver con la obediencia a Dios, no existe verdadera libertad sin obediencia a Dios, porque esta firmeza es lo que me hace libre. Si no observo los valores inmutables de Dios, voy a observar los valores cambiantes del mundo. No existe tal cosa como "seguir mis propios valores libremente", porque siempre voy a estar influido por alguien más, consciente o inconscientemente. Por mi parte, prefiero absolutamente elegir de manera consciente seguir los valores trascendentes de Dios y ser libre de las circunstancias que me rodean.
Por supuesto, quiero hacer una aclaración: aunque tengamos la mirada puesta en el cielo, vivimos en la tierra, y esto tenemos que entenderlo, porque ambos forman parte de la misma creación. Si Dios hubiera querido que solamente viviéramos en el terreno de lo que no se modifica, viviríamos en el cielo. Pero vivimos en la tierra, desde mucho antes de la caída. Entonces, Dios quiere que vivamos en la tierra, que trabajemos en esta tierra, creando, cultivando, disfrutando. La mirada tiene que estar en el cielo, pero los pies en la tierra. No podemos hacer de cuenta que las circunstancias cambiantes no existen, o que está todo bien porque nuestro ancla está en el cielo. Eso nos mantiene seguros, y nos permite seguir adelante y permanecer firmes a pesar de las circunstancias, pero ellas siguen estando ahí.
Digo esto porque a veces tendemos a ocultar de nosotros mismos que las cosas no son como quisiéramos que fueran, o como deberían ser. Dios nos habla muchas veces de un mundo perfecto, y tenemos que conservar esa esperanza de que las cosas un día van a ser como deberían, ideales, perfectas, pero sin olvidarnos de que todavía no es así. Si no acepto mi propia realidad no-ideal, difícilmente pueda trabajar sobre ella para hacerla un poco más ideal.
Entonces, vivimos con los pies firmes en la tierra, pero la mirada firmemente puesta en el cielo, nuestra ancla aferrada en una manera trascendente de ver el mundo, según parámetros que no cambian con las circunstancias. Esta obediencia firme a nuestro Dios es lo único que puede hacernos libres, para vivir una vida plena, llena de acción, emoción y sentido. Espero que esta reflexión haya sido de bendición.
Que el Dios creador del cielo y de la tierra nos incite a mirar hacia arriba, a contemplar los cielos y recordar dónde debe ser aferrada nuestra ancla para que podamos vivir en su libertad, cumpliendo con su voluntad en la tierra tal como se cumple en el cielo. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
"Y dijo Dios: «¡Qué exista el firmamento en medio de las aguas, y que las separe!» Y así sucedió: Dios hizo el firmamento y separó las aguas que están abajo, de las aguas que están arriba. Al firmamento Dios lo llamó «cielo». Y vino la noche, y llegó la mañana: ese fue el segundo día".
(Génesis 1:6-8)
Un montón de veces pasé por este pasaje sin detenerme en él, y jamás habría pensado que iba a poder encontrarle tantas implicaciones. En primer lugar, quiero hacer una observación: llamamos "firmamento" al cielo. No sé si alguna vez se pusieron a pensar en eso, pero yo no lo había hecho. "Firmamento" tiene que ver con aquello que permanece firme, y resulta que le pusimos ese nombre al cielo. No a la tierra, no al agua, sino al cielo.
Es que si lo pensamos, el cielo es lo más firme que hay en la creación, incluso más que la tierra. La tierra cambia por la acción de los vientos y de las aguas. Se modifica su forma, la composición del suelo, entre otras cosas. Pero el cielo permanece firme. De hecho, si sacáramos las nubes el cielo se vería prácticamente igual desde cualquier parte del mundo.
En otra versión aparece el firmamento como la "expansión", que es más cercano a la traducción literal de la palabra original. Basta con mirar al cielo para entender por qué el texto habla de una "expansión". Pareciera como si fuera un espacio libre que se extiende indefinidamente. Si pensamos en el espacio, fuera de la atmósfera, esto es mucho más evidente.
Entonces, ¿qué nos enseña todo esto sobre Dios? Salmos 19:1 dice que "los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos". Lo que yo veo es que Dios es lo único firme que podemos encontrar en esta vida, de la misma manera que el cielo es lo único firme que encontramos en la creación. La tierra, y la vida en ella, cambian. Si vivimos con la mirada puesta en la tierra, nuestra vida, y nuestra manera de entenderla, cambian a medida que cambia ella. Si las circunstancias cambian, nuestro punto de vista cambia, nuestra cosmovisión cambia. Por eso, a medida que nos alejamos de Dios, los valores absolutos que él nos propone se van perdiendo en nosotros.
Pero Dios nos invita a mirar al cielo, a fijar nuestra vista en él. "Confíen en el Señor para siempre, porque el Señor es una Roca eterna" (Isaías 26:4). Esto tiene un efecto en nosotros que también tiene que ver con el cielo: nos hace libres. Si lo pensamos, el cielo es el espacio más libre que hay en la creación. Por supuesto, el cielo no es el vacío, aunque sí el espacio. Pero desde el punto de vista de lo que es sólido, es la extensión más grande de espacio libre. Esto me parece muy significativo: la mayor extensión de espacio libre es al mismo tiempo lo más sólido, es decir, lo que más firme permanece.
Por eso, si fijo mi mirada en el cielo, no sólo me afirmo sobre una base segura, sino que me libero de los efectos del cambio de las circunstancias en la tierra. Puedo pensar como creo mejor, vivir como creo mejor y hacer las cosas que me proponga a pesar de que las circunstancias cambien a mi alrededor, porque la base de mi acción está en el cielo.
Para esto, tengo que estar, insisto, firmemente aferrado al cielo, anclado al cielo. La biblia dice que "tenemos como firme y segura ancla del alma una esperanza que penetra hasta detrás de la cortina del santuario, hasta donde Jesús, el precursor, entró por nosotros, llegando a ser sumo sacerdote para siempre" (Hebreos 6:19-20). Nos conecta, en definitiva, con esa libertad que él mismo nos anunció. Es nuestra ancla al cielo lo que nos hace libres. Mientras nuestra mirada, mientras nuestra cosmovisión, nuestra forma de entender el mundo, esté anclada a la tierra, jamás vamos a ser libres, porque vamos a estar atados a las circunstancias que vivimos en esta tierra. El cielo está por encima de eso, trasciende a las circunstancias. Por eso permanece firme, y por eso nos hace libres.
Entonces, la libertad y la firmeza van de la mano. El cielo es ambas cosas, libertad y firmeza. Esta firmeza tiene que ver con la obediencia a Dios, con respetar y observar los valores inmutables que él nos propone. Los tiempos cambiaron, y tal vez la forma que toma la aplicación de esos valores puede haber cambiado, pero los valores siguen siendo los mismos, porque Dios no cambia, y creo que eso quiso enseñarnos al crear el cielo. De hecho, decimos, y la propia escritura dice, que Dios está en los cielos. Seguramente no se refiera al cielo material, el que cubre este mundo. Pero indudablemente nos está diciendo que Dios habita allí donde todo permanece firme, donde todo es eterno, donde las circunstancias no cambian: en la eternidad, en el dominio de lo espiritual.
Entonces, si la firmeza tiene que ver con la obediencia a Dios, no existe verdadera libertad sin obediencia a Dios, porque esta firmeza es lo que me hace libre. Si no observo los valores inmutables de Dios, voy a observar los valores cambiantes del mundo. No existe tal cosa como "seguir mis propios valores libremente", porque siempre voy a estar influido por alguien más, consciente o inconscientemente. Por mi parte, prefiero absolutamente elegir de manera consciente seguir los valores trascendentes de Dios y ser libre de las circunstancias que me rodean.
Por supuesto, quiero hacer una aclaración: aunque tengamos la mirada puesta en el cielo, vivimos en la tierra, y esto tenemos que entenderlo, porque ambos forman parte de la misma creación. Si Dios hubiera querido que solamente viviéramos en el terreno de lo que no se modifica, viviríamos en el cielo. Pero vivimos en la tierra, desde mucho antes de la caída. Entonces, Dios quiere que vivamos en la tierra, que trabajemos en esta tierra, creando, cultivando, disfrutando. La mirada tiene que estar en el cielo, pero los pies en la tierra. No podemos hacer de cuenta que las circunstancias cambiantes no existen, o que está todo bien porque nuestro ancla está en el cielo. Eso nos mantiene seguros, y nos permite seguir adelante y permanecer firmes a pesar de las circunstancias, pero ellas siguen estando ahí.
Digo esto porque a veces tendemos a ocultar de nosotros mismos que las cosas no son como quisiéramos que fueran, o como deberían ser. Dios nos habla muchas veces de un mundo perfecto, y tenemos que conservar esa esperanza de que las cosas un día van a ser como deberían, ideales, perfectas, pero sin olvidarnos de que todavía no es así. Si no acepto mi propia realidad no-ideal, difícilmente pueda trabajar sobre ella para hacerla un poco más ideal.
Entonces, vivimos con los pies firmes en la tierra, pero la mirada firmemente puesta en el cielo, nuestra ancla aferrada en una manera trascendente de ver el mundo, según parámetros que no cambian con las circunstancias. Esta obediencia firme a nuestro Dios es lo único que puede hacernos libres, para vivir una vida plena, llena de acción, emoción y sentido. Espero que esta reflexión haya sido de bendición.
Que el Dios creador del cielo y de la tierra nos incite a mirar hacia arriba, a contemplar los cielos y recordar dónde debe ser aferrada nuestra ancla para que podamos vivir en su libertad, cumpliendo con su voluntad en la tierra tal como se cumple en el cielo. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 5 de noviembre de 2013
La creación - Día 1: La luz
Hola a todos. Pasó bastante tiempo desde la última vez que publiqué, pero espero que puedan volver a conectar enseguida. Esta vez voy a empezar con la serie de reflexiones acerca de la creación del mundo, como dije la vez pasada. Recuerden que, no importa si pensamos que es simbólico o literal, el relato más verdadero, la explicación más certera, viene siempre, indefectiblemente, de Dios. Si realmente queremos ver un cambio en el mundo en el que vivimos, tenemos que empezar por cambiar nuestra visión del mundo, empezar a entender el mundo integrando todo lo que conocemos humanamente a la forma en que Dios mismo nos explica las cosas.
"Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. La tierra era un caos total, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas. Y dijo Dios: «¡Que exista la luz!» Y la luz llegó a existir. Dios consideró que la luz era buena y la separó de las tinieblas. A la luz la llamó «día», y a las tinieblas, «noche». Y vino la noche, y llegó la mañana: ese fue el primer día".
(Génesis 1:1-5)
Si miramos a nuestro alrededor, todos los días, en cualquier lugar donde estemos, podemos decir que la tierra es un caos: injusticias, desorden, violencia, explotación, mentiras, y varias cosas más. Pareciera como si cada vez se pusiera peor, a un ritmo lento pero sostenido.
En el pasaje de Génesis, la biblia dice que al principio, era igual, la tierra era un caos. Estaba todo desordenado y no había vida. Pensemos en lo que se nos dice desde las ciencias naturales: gases y partículas mezcladas y desordenadas alrededor de un cuerpo cubierto de agua.
Ahora, hay dos cosas muy interesantes, que quiero resaltar. Primero, que "el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas". Cada vez que leo esto, pienso en lo que estaría haciendo el Espíritu, y supongo que estaba poniendo orden. El Espíritu, además, es la presencia misma de Dios sobre la tierra. Él no estaba ausente en su creación, mirando todo desde arriba, sino que estaba trabajando, desde adentro.
Lo segundo es que Dios, ante el desorden que había en la creación, no dice «que haya orden», o «que se acomode todo», sino "«¡Que exista la luz!»". Para poner orden, lo primero que hace es encender luz. El desorden y la oscuridad son cosas que van de la mano. Donde hay desorden, hay oscuridad, y viceversa.
Si prestamos atención, las tres formas de Dios, las tres manifestaciones, lo que llamamos la trinidad, aparece entera en este momento. Juan dice que "en el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios" (1:1), y que "por medio de él todas las cosas fueron creadas" (1:3). La palabra de Dios aparece en el Génesis creando, trabajando, tanto como el Espíritu o como el Padre. Y la palabra es Jesús mismo: "en él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad" (1:4). "Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo. El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de él, pero el mundo no lo reconoció" (1:9-10).
Jesús mismo dijo "yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8:12). Está presente desde la mismísima creación del mundo, al igual que el Espíritu y el Padre. Tres manifestaciones del mismo Dios, Dios trabajando desde todo su ser para crear el mundo. Y lo primero que hace, es crear la luz.
Esto es lo que pasa en el mundo también hoy. Si Dios no enciende la luz, las tinieblas lo cubren todo. Nadie ve nada, nadie entiende nada, nadie sabe por dónde va, ni para dónde. Nada es claro, todo es gris y difuso, y por eso hay caos. Lo bueno y lo malo, por ejemplo, son cosas que se toman por relativas, y entonces se mezclan en una especie de paleta de colores. Depende de lo cultural, depende de cada persona, depende de quién lo diga, y así sucesivamente.
Pero Dios establece claramente las cosas. Dice el pasaje que "consideró que la luz era buena y la separó de las tinieblas". Lo bueno y la luz son la misma cosa, y por eso lo malo se hace normalmente al amparo de la oscuridad, o digamos, cuando nadie ve. La biblia también habla de esto: "no tengan nada que ver con las obras infructuosas de la oscuridad, sino más bien denúncienlas, porque da vergüenza aun mencionar lo que los desobedientes hacen en secreto" (Efesios 5:11-12). Todo lo que hacemos a escondidas, con miedo de que se descubra, pertenece a la oscuridad y es malo. Si es bueno no necesita ser ocultado de la luz. Por poner ejemplos, pensemos en las mentiras, las trampas, la desobediencia y las conspiraciones.
Por supuesto, el tema está en que algunas cosas ya están aceptadas socialmente, entonces se practican a plena luz del día a pesar de ser malas. Pero si pensamos bien, son esas cosas con las que no todo el mundo está de acuerdo al menos en la teoría.
En cualquier caso, es por eso que lo primero que hace Dios en la vida de una persona es encender la luz. Antes de recibir a Jesús en nuestra vida, todo está oscuro adentro. No hay luz. Caminamos en todo caso guiados por otros que ven (o a veces por otros que no ven), pero no tenemos luz. Pero Jesús es la luz, por lo tanto al entrar en nuestra vida todo empieza a hacerse visible.
Es por eso que el primer signo de recibir a Jesús es el arrepentimiento: porque al encender la luz vemos lo que hacíamos mal, vemos con más claridad lo que antes nos parecía difuso y gris, empezamos a separar lo bueno de lo malo, como hizo Dios en la creación al separar la luz de las tinieblas. Y lo que para Dios es bueno nos empieza a parecer bueno, muchas veces incluso sin querer, sin que nos lo propongamos. Al menos al principio.
Esto es porque también recibimos el Espíritu de Dios, que es el que pone orden. El Espíritu es la mente de Cristo, nos infunde la manera de pensar de Dios. Ordena nuestra vida para que cada cosa esté en su lugar: lo bueno y lo malo.
Me parece que podemos sacar esta conclusión: donde está Dios, hay luz y orden. Cuando el hombre se apartó de Dios, se rompió ese orden y la vida humana se llenó de oscuridad y caos. Pero Jesús es la luz y es la vida, y cuando lo recibimos, se restablece ese orden en nosotros y se enciende la luz. Esa luz también empieza a brillar hacia afuera. Todo esto se produce a través del Espíritu, que pone orden en el caos de nuestras vidas, e incluso a nuestro alrededor. Por eso muy a menudo, al vivir en Jesús, traemos paz para otros. Porque donde nosotros vamos, llevamos también luz y orden, y donde están estas cosas hay paz.
Ahora, otra cosa queda muy clara en el pasaje de Génesis: para encender la luz, se necesita la palabra de Dios, como pasó en la creación. También para poner orden, porque la palabra es lo único firme. Es lo único que no es gris, que no es difuso, la única ley del universo. Todo lo demás, es creencia humana. Los seres humanos somos esclavos del desorden y la oscuridad. "Pero cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Corintios 3:16-17). Sin la palabra, no podemos esperar que se extienda la luz por nuestro interior. Conocer la palabra es fundamental para vivir en la luz.
Recomiendo leer Efesios 4:17-5:14. La biblia es bastante clara sobre qué cosas forman parte de la luz y qué cosas forman parte de la oscuridad. Así y todo, recuerden: lo que cuenta es nuestra actitud hacia esas cosas. Tenemos que considerar malas a las cosas de la oscuridad y buenas a las cosas de la luz, y hacerlo con convicción y sinceridad, pero también tenemos que reconocer que somos seres humanos, y aunque estemos de acuerdo con Dios en nuestra mente, no siempre nos sale actuar como creemos que está bien. No podemos desanimarnos frente a un error, por más grande que sea. Si hicimos algo, o muchas cosas, que pertenecen a la oscuridad, no creamos que somos lo peor y que Dios nos detesta, porque eso no es así. La sociedad, o incluso nosotros mismos, y hasta a veces la iglesia, nos venden esa imagen de Dios, pero es falsa. La biblia no establece eso.
Dios nos ama porque nos creó, no porque actuemos mal o bien. Por eso, la salvación es por gracia. Tenemos que darnos un margen de error, sin perder nuestras convicciones, pero aceptando que fallamos, que nos equivocamos y que no siempre vivimos a la altura de lo que creemos. Dios también sabe esto, lo entiende, y lo acepta, y él mismo trabaja para liberarnos también de eso. Sentirse mal por hacer algo malo es natural, pero no olvidemos que Dios nos perdonó en Cristo.
Que el Dios creador de todas las cosas encienda la luz en cada área de nuestras vidas, para que podamos brillar, llevando orden y luz a todos lados donde vayamos para llenar el mundo otra vez de paz y libertad. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
"Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. La tierra era un caos total, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas. Y dijo Dios: «¡Que exista la luz!» Y la luz llegó a existir. Dios consideró que la luz era buena y la separó de las tinieblas. A la luz la llamó «día», y a las tinieblas, «noche». Y vino la noche, y llegó la mañana: ese fue el primer día".
(Génesis 1:1-5)
Si miramos a nuestro alrededor, todos los días, en cualquier lugar donde estemos, podemos decir que la tierra es un caos: injusticias, desorden, violencia, explotación, mentiras, y varias cosas más. Pareciera como si cada vez se pusiera peor, a un ritmo lento pero sostenido.
En el pasaje de Génesis, la biblia dice que al principio, era igual, la tierra era un caos. Estaba todo desordenado y no había vida. Pensemos en lo que se nos dice desde las ciencias naturales: gases y partículas mezcladas y desordenadas alrededor de un cuerpo cubierto de agua.
Ahora, hay dos cosas muy interesantes, que quiero resaltar. Primero, que "el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas". Cada vez que leo esto, pienso en lo que estaría haciendo el Espíritu, y supongo que estaba poniendo orden. El Espíritu, además, es la presencia misma de Dios sobre la tierra. Él no estaba ausente en su creación, mirando todo desde arriba, sino que estaba trabajando, desde adentro.
Lo segundo es que Dios, ante el desorden que había en la creación, no dice «que haya orden», o «que se acomode todo», sino "«¡Que exista la luz!»". Para poner orden, lo primero que hace es encender luz. El desorden y la oscuridad son cosas que van de la mano. Donde hay desorden, hay oscuridad, y viceversa.
Si prestamos atención, las tres formas de Dios, las tres manifestaciones, lo que llamamos la trinidad, aparece entera en este momento. Juan dice que "en el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios" (1:1), y que "por medio de él todas las cosas fueron creadas" (1:3). La palabra de Dios aparece en el Génesis creando, trabajando, tanto como el Espíritu o como el Padre. Y la palabra es Jesús mismo: "en él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad" (1:4). "Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo. El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de él, pero el mundo no lo reconoció" (1:9-10).
Jesús mismo dijo "yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8:12). Está presente desde la mismísima creación del mundo, al igual que el Espíritu y el Padre. Tres manifestaciones del mismo Dios, Dios trabajando desde todo su ser para crear el mundo. Y lo primero que hace, es crear la luz.
Esto es lo que pasa en el mundo también hoy. Si Dios no enciende la luz, las tinieblas lo cubren todo. Nadie ve nada, nadie entiende nada, nadie sabe por dónde va, ni para dónde. Nada es claro, todo es gris y difuso, y por eso hay caos. Lo bueno y lo malo, por ejemplo, son cosas que se toman por relativas, y entonces se mezclan en una especie de paleta de colores. Depende de lo cultural, depende de cada persona, depende de quién lo diga, y así sucesivamente.
Pero Dios establece claramente las cosas. Dice el pasaje que "consideró que la luz era buena y la separó de las tinieblas". Lo bueno y la luz son la misma cosa, y por eso lo malo se hace normalmente al amparo de la oscuridad, o digamos, cuando nadie ve. La biblia también habla de esto: "no tengan nada que ver con las obras infructuosas de la oscuridad, sino más bien denúncienlas, porque da vergüenza aun mencionar lo que los desobedientes hacen en secreto" (Efesios 5:11-12). Todo lo que hacemos a escondidas, con miedo de que se descubra, pertenece a la oscuridad y es malo. Si es bueno no necesita ser ocultado de la luz. Por poner ejemplos, pensemos en las mentiras, las trampas, la desobediencia y las conspiraciones.
Por supuesto, el tema está en que algunas cosas ya están aceptadas socialmente, entonces se practican a plena luz del día a pesar de ser malas. Pero si pensamos bien, son esas cosas con las que no todo el mundo está de acuerdo al menos en la teoría.
En cualquier caso, es por eso que lo primero que hace Dios en la vida de una persona es encender la luz. Antes de recibir a Jesús en nuestra vida, todo está oscuro adentro. No hay luz. Caminamos en todo caso guiados por otros que ven (o a veces por otros que no ven), pero no tenemos luz. Pero Jesús es la luz, por lo tanto al entrar en nuestra vida todo empieza a hacerse visible.
Es por eso que el primer signo de recibir a Jesús es el arrepentimiento: porque al encender la luz vemos lo que hacíamos mal, vemos con más claridad lo que antes nos parecía difuso y gris, empezamos a separar lo bueno de lo malo, como hizo Dios en la creación al separar la luz de las tinieblas. Y lo que para Dios es bueno nos empieza a parecer bueno, muchas veces incluso sin querer, sin que nos lo propongamos. Al menos al principio.
Esto es porque también recibimos el Espíritu de Dios, que es el que pone orden. El Espíritu es la mente de Cristo, nos infunde la manera de pensar de Dios. Ordena nuestra vida para que cada cosa esté en su lugar: lo bueno y lo malo.
Me parece que podemos sacar esta conclusión: donde está Dios, hay luz y orden. Cuando el hombre se apartó de Dios, se rompió ese orden y la vida humana se llenó de oscuridad y caos. Pero Jesús es la luz y es la vida, y cuando lo recibimos, se restablece ese orden en nosotros y se enciende la luz. Esa luz también empieza a brillar hacia afuera. Todo esto se produce a través del Espíritu, que pone orden en el caos de nuestras vidas, e incluso a nuestro alrededor. Por eso muy a menudo, al vivir en Jesús, traemos paz para otros. Porque donde nosotros vamos, llevamos también luz y orden, y donde están estas cosas hay paz.
Ahora, otra cosa queda muy clara en el pasaje de Génesis: para encender la luz, se necesita la palabra de Dios, como pasó en la creación. También para poner orden, porque la palabra es lo único firme. Es lo único que no es gris, que no es difuso, la única ley del universo. Todo lo demás, es creencia humana. Los seres humanos somos esclavos del desorden y la oscuridad. "Pero cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Corintios 3:16-17). Sin la palabra, no podemos esperar que se extienda la luz por nuestro interior. Conocer la palabra es fundamental para vivir en la luz.
Recomiendo leer Efesios 4:17-5:14. La biblia es bastante clara sobre qué cosas forman parte de la luz y qué cosas forman parte de la oscuridad. Así y todo, recuerden: lo que cuenta es nuestra actitud hacia esas cosas. Tenemos que considerar malas a las cosas de la oscuridad y buenas a las cosas de la luz, y hacerlo con convicción y sinceridad, pero también tenemos que reconocer que somos seres humanos, y aunque estemos de acuerdo con Dios en nuestra mente, no siempre nos sale actuar como creemos que está bien. No podemos desanimarnos frente a un error, por más grande que sea. Si hicimos algo, o muchas cosas, que pertenecen a la oscuridad, no creamos que somos lo peor y que Dios nos detesta, porque eso no es así. La sociedad, o incluso nosotros mismos, y hasta a veces la iglesia, nos venden esa imagen de Dios, pero es falsa. La biblia no establece eso.
Dios nos ama porque nos creó, no porque actuemos mal o bien. Por eso, la salvación es por gracia. Tenemos que darnos un margen de error, sin perder nuestras convicciones, pero aceptando que fallamos, que nos equivocamos y que no siempre vivimos a la altura de lo que creemos. Dios también sabe esto, lo entiende, y lo acepta, y él mismo trabaja para liberarnos también de eso. Sentirse mal por hacer algo malo es natural, pero no olvidemos que Dios nos perdonó en Cristo.
Que el Dios creador de todas las cosas encienda la luz en cada área de nuestras vidas, para que podamos brillar, llevando orden y luz a todos lados donde vayamos para llenar el mundo otra vez de paz y libertad. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 24 de octubre de 2013
La creación del mundo
Hola a todos. Después de un pequeño descanso, vuelvo a publicar. Estuvimos hablando de varias cosas relacionadas con la vida del ser humano, como la relación con Dios, la lucha diaria que atravesamos, la fe, la comunidad de fe, y otras cosas más. Pero quería proponer, ahora, una serie breve sobre los primeros momentos de la historia de la humanidad, detenerme en el principio de todo: la creación. Más allá de conocer el origen, de dónde venimos, y todo eso, que es muy importante, me di cuenta de que todo el proceso de la creación del mundo tiene muchísimo para enseñarnos. En definitiva, es la historia, que siempre nos habla del pasado, pero que si prestamos atención, nos habla mucho más sobre el presente.
Una de las cosas más significativas de reflexionar sobre la creación es que nos permite imaginar cómo era la vida antes de que existiera el pecado, cómo era la relación del hombre con Dios, para qué fueron creadas las cosas, en fin, me parece que es un tema al que como cristianos deberíamos volver con frecuencia. Si alguno está leyendo esto y no se considera cristiano, le doy la bienvenida y lo invito a recorrer esta aventura con nosotros igual, y a sorprenderse con los creyentes por todo lo que se puede llegar a descubrir en el relato de la creación.
En esta introducción quiero aclarar algunas cosas. El relato del Génesis es uno de los más cuestionados y analizados por personas ajenas a la iglesia: filósofos, historiadores, críticos literarios, y hasta científicos. Se suele pensar en términos de oposición fe-ciencia. Sin embargo, me parece que una cosa no descarta a la otra. El relato del Génesis no parece tanto ser descriptivo y detallado, sino conceptual. Cómo los científicos le dan forma, detalle, análisis y contenido al proceso de formación del mundo y del hombre, es otra cosa. Los dos relatos son perfectamente compatibles. Para mí, como creyente, la biblia tiene la última palabra, pero eso no significa que no esté de acuerdo con las teorías científicas que intentan explicar la forma en que este proceso se llevó a cabo.
En definitiva, da la impresión de que cuanto más atrás o adelante nos vamos en el tiempo, la biblia se vuelve menos específica, sobre todo si vemos lo que es el Génesis antes del diluvio, y lo que es el Apocalipsis, las dos partes más simbólicos dentro de toda la Escritura; a diferencia de los evangelios, que están en el centro de la biblia, y que son bien concretos y detallados.
Otra cosa que quiero recordarles, y que ya dije en algún momento, es que tenemos siempre la tendencia a creer que lo que vemos, lo descriptivo, la posibilidad de detallar, lo material y concreto, es lo que determina si algo es real, probable o verosímil. Pero lo que es realmente determinante es lo que no vemos, porque lo espiritual trasciende y organiza lo material. Si algo ocurre en el mundo de lo material, es porque algo ocurrió por detrás en el mundo de lo espiritual. Sea algo bueno, o sea algo malo. Si no están seguros de esto, hagan el ejercicio de repasar las cosas que vivieron en esta semana, y traten de dilucidar si no hay algo más profundo e invisible a los ojos que causó esas cosas, o que influyó en cómo lo vivieron, o en el impacto que tuvo en cada persona involucrada. Si lo analizan en profundidad y son sinceros, yo creo que no podrían dudar de esto. Todo, en definitiva, en última instancia, es espiritual.
Por eso, el "sentido común" que nos enseñan desde chicos, como ya dije hace poco, no nos sirve para entender cómo realmente funciona el mundo. Justamente porque se basa en la experiencia material, en lo que vivimos en el cuerpo, o en la relación humanamente lógica entre las cosas: causa y efecto. Si el mundo realmente funcionara en base a lo que se puede medir, hace tiempo que habríamos podido explicar todo lo que el ser humano vive en esta vida. Sin embargo, hoy en día seguimos buscando esas explicaciones, por algo existe la filosofía, la sociología, la psicología y tantas otras disciplinas.
Parece que se me fue la mano con las aclaraciones, pero me parece que es importante para que entendamos lo que estamos por analizar. La biblia es la palabra de Dios. Si le creo, le creo, entienda o no a qué se refiere. Por supuesto, es importante hacerse preguntas, porque eso nos ayuda a comprender mejor la vida que vivimos y también nos acerca más a Dios. Pero en última instancia, todo es una cuestión de fe: se trata de creer que la explicación bíblica tiene o no tiene sentido, independientemente si también le creo a la versión científica (que también es una cuestión de fe, fe en los instrumentos de medición, fe en las teorías, fe en las demostraciones).
La fe viene antes de conocer lo que dice uno u otro relato. Me acerco al relato con actitud de confianza o desconfianza. Si voy a la biblia con actitud de desconfianza, probablemente el relato no tenga sentido. Si voy a la ciencia con actitud de confianza, obviamente va a tener sentido lo que me diga. Lo mismo pasa al revés. Y las dos cosas pueden ser compatibles, si confío en las dos. Pero en lo personal, lo que más vale es lo que diga la biblia, porque confío más en la biblia que en el conocimiento humano. Así que si en algún punto la biblia y la ciencia se contradicen, yo opto por creerle a la biblia.
Lo que propongo en esta publicación es que se animen, creyentes y, si alguno está leyendo esto, no creyentes, a acercarse con una actitud de confianza. No hay otra forma de comprobar que lo que dice la biblia es cierto. Si confío, Dios se encarga de que viva cosas que me lo confirmen, pero siempre viene después de la fe. Esto no es casual. Alguno podría decir "qué conveniente". Claro, si creo, después voy a considerar que todo es cierto, y voy a explicarme mi vida a través de la biblia. Yo pensaba lo mismo, incluso lo pensé siendo creyente. Me acercaba a la palabra con cierto recelo, sin darme cuenta, por pensar esto. Pero me olvidaba de un detalle: Dios es un Dios vivo, que actúa en serio. Cuando me animé a confiar, empecé a ver esto. Empecé a ver el verdadero resultado, especialmente cuando las cosas que vivía me sorprendían, y cuando venían antes de conocer lo que la biblia decía al respecto.
Por último, me queda decir que hay muchas cosas de la perspectiva bíblica que jamás vamos a poder explicarnos, porque tienen que ver con la naturaleza y la mente de Dios, que son muy superiores a las nuestras, y por lo tanto inaccesibles para nuestra estructura mental, al menos tal y como ella está en este "momento", es decir, desde la caída. A medida que crece nuestra fe, crece nuestro conocimiento y nuestra comprensión de Dios, pero supongo que ciertas cosas simplemente se nos escapan, como el concepto de la "eternidad", que podemos entenderlo pero sólo vagamente. Una de esas cosas es el origen de Dios. ¿Siempre estuvo ahí? ¿De dónde vino? ¿Hubo un tiempo sin Dios? Otra cosa, ¿por qué motivo creó Dios todo? ¿Para qué? ¿Por qué dejó que las cosas se dieran de la forma que se dieron?
Creo que la mayoría de estas preguntas, y otras que ustedes podrían pensar, sólo pueden responderse parcialmente. Pero tampoco hacen a lo que es nuestra vida práctica, y pienso que por eso la biblia no explica estas cosas. El propósito de la biblia, de toda la revelación de Dios, es llevar al ser humano a acercarse a Dios, y para eso sólo era necesario entender la necesidad que tenemos de Cristo. Toda la biblia, si nos fijamos, conduce a Cristo. La biblia misma lo establece: "la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo para que fuéramos justificados por la fe" (Gálatas 3:24), y "desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús" (2 Timoteo 3:15).
De hecho, Cristo es la palabra de Dios, convertida en cuerpo. Él es la palabra viva, y si nos fijamos en el relato del Génesis, todo lo que fue creado por Dios fue hecho a través de la palabra. Dios decía algo, y esto empezaba a existir. Juan confirma esto: "en el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir" (Juan 1:1-3). Todas las cosas existen por medio de Cristo, e incluso para Cristo. La biblia es clara también sobre ésto: "Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él" (Colosenses 1:15-16).
La biblia va todavía más lejos: Dios "nos hizo conocer", a través de esta revelación que es su palabra, "el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra" (Efesios 1:9-10). Todas las cosas. Podríamos pensar que Cristo es casi la razón y el propósito de toda la creación, y también el centro de la Escritura. Por eso hay cosas que no están explicadas. Sólo está explicado aquello que de alguna forma apunta a Jesús o a este propósito de reunir en él todas las cosas.
Por eso el relato de la creación. Las cosas fueron creadas por y para Cristo. Tenemos que conocer cuáles son esas cosas. Lo interesante es que el versículo 1, de toda la Escritura, dice que "Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra". O sea que en el principio, Dios ya estaba. O sea que él existe desde antes del principio de este mundo. Con eso alcanza, me parece. Nos habla de que él es el principio de todo, y él es el fin. Él es el que da sentido a todo. Para aquellos que lo conocen, ¿no les pasó que todas las cosas de su vida, lentamente, van teniendo más y más sentido a medida que se acercan más a él? Yo, personalmente, empecé a entender más mi pasado y mi presente desde que le abrí mi vida a Jesús. Incluso en cosas que no me había preguntado antes. Y el pasaje de Juan da a entender que Jesús también: "él estaba con Dios en el principio". Es lógico, porque Jesús es Dios, es un aspecto de Dios, su costado visible, diríamos.
Bueno, espero que haya servido todo esto para reflexionar en la importancia de conocer qué dice la biblia sobre el principio de los tiempos, adónde apunta el relato, y qué tiene para aportarnos. Tenemos que leerlo y analizarlo en esa clave: sirve para explicarnos en profundidad el sentido de todo lo que existe. En definitiva, Dios es eterno, y para él, el tiempo no existe. ¿No será que para él todo pasa "al mismo tiempo", por así decirlo? Todo: creación, la historia, la salvación del ser humano, el pecado y el perdón, la muerte y la vida. Tal vez todo forma parte del mismo proceso de la creación. Sólo que nosotros lo vivimos con muchísimo detalle porque formamos parte del proceso. Formamos parte del tiempo. Igual, otra de las cosas que pasan cuando nos acercamos a Dios y lo recibimos, es que empezamos a tener mayor dimensión de la eternidad, a experimentar, al menos en pensamiento y en sentimiento, el "salirnos" del tiempo, y empezamos a poder ver un poquito más desde arriba las cosas. Hay enormes limitaciones a esto, por supuesto, porque seguimos siendo humanos, pero como Dios es eterno, recibirlo adentro de nosotros mismos, en nuestra propia vida, nos hace un poco más eternos.
Espero que haya sido de bendición esta reflexión, y espero lo mismo de la serie que voy a empezar a publicar. Es mi oración que todos los que la lean puedan descubrir qué es lo que Dios les dice a través de ella, filtrar aquellas cosas que vienen de mi propia reflexión, y así conocer un poco más a Dios. Mi consejo es que se atrevan a creer en serio, que se entreguen de lleno a la confianza, que tal vez ya tengan o tal vez todavía no, en la palabra de Dios, y que se animen a descubrir las "locuras" que Dios nos propone que creamos, porque "la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana" (1 Corintios 1:25).
Que el Dios que está desde antes del principio, el Primero y el Último, renueve nuestro entendimiento y abra nuestros ojos para que cada vez podamos ver un poco más desde arriba y desde afuera, y vivir una vida más y más eterna, no solamente en la duración, sino sobre todo en la experiencia. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Una de las cosas más significativas de reflexionar sobre la creación es que nos permite imaginar cómo era la vida antes de que existiera el pecado, cómo era la relación del hombre con Dios, para qué fueron creadas las cosas, en fin, me parece que es un tema al que como cristianos deberíamos volver con frecuencia. Si alguno está leyendo esto y no se considera cristiano, le doy la bienvenida y lo invito a recorrer esta aventura con nosotros igual, y a sorprenderse con los creyentes por todo lo que se puede llegar a descubrir en el relato de la creación.
En esta introducción quiero aclarar algunas cosas. El relato del Génesis es uno de los más cuestionados y analizados por personas ajenas a la iglesia: filósofos, historiadores, críticos literarios, y hasta científicos. Se suele pensar en términos de oposición fe-ciencia. Sin embargo, me parece que una cosa no descarta a la otra. El relato del Génesis no parece tanto ser descriptivo y detallado, sino conceptual. Cómo los científicos le dan forma, detalle, análisis y contenido al proceso de formación del mundo y del hombre, es otra cosa. Los dos relatos son perfectamente compatibles. Para mí, como creyente, la biblia tiene la última palabra, pero eso no significa que no esté de acuerdo con las teorías científicas que intentan explicar la forma en que este proceso se llevó a cabo.
En definitiva, da la impresión de que cuanto más atrás o adelante nos vamos en el tiempo, la biblia se vuelve menos específica, sobre todo si vemos lo que es el Génesis antes del diluvio, y lo que es el Apocalipsis, las dos partes más simbólicos dentro de toda la Escritura; a diferencia de los evangelios, que están en el centro de la biblia, y que son bien concretos y detallados.
Otra cosa que quiero recordarles, y que ya dije en algún momento, es que tenemos siempre la tendencia a creer que lo que vemos, lo descriptivo, la posibilidad de detallar, lo material y concreto, es lo que determina si algo es real, probable o verosímil. Pero lo que es realmente determinante es lo que no vemos, porque lo espiritual trasciende y organiza lo material. Si algo ocurre en el mundo de lo material, es porque algo ocurrió por detrás en el mundo de lo espiritual. Sea algo bueno, o sea algo malo. Si no están seguros de esto, hagan el ejercicio de repasar las cosas que vivieron en esta semana, y traten de dilucidar si no hay algo más profundo e invisible a los ojos que causó esas cosas, o que influyó en cómo lo vivieron, o en el impacto que tuvo en cada persona involucrada. Si lo analizan en profundidad y son sinceros, yo creo que no podrían dudar de esto. Todo, en definitiva, en última instancia, es espiritual.
Por eso, el "sentido común" que nos enseñan desde chicos, como ya dije hace poco, no nos sirve para entender cómo realmente funciona el mundo. Justamente porque se basa en la experiencia material, en lo que vivimos en el cuerpo, o en la relación humanamente lógica entre las cosas: causa y efecto. Si el mundo realmente funcionara en base a lo que se puede medir, hace tiempo que habríamos podido explicar todo lo que el ser humano vive en esta vida. Sin embargo, hoy en día seguimos buscando esas explicaciones, por algo existe la filosofía, la sociología, la psicología y tantas otras disciplinas.
Parece que se me fue la mano con las aclaraciones, pero me parece que es importante para que entendamos lo que estamos por analizar. La biblia es la palabra de Dios. Si le creo, le creo, entienda o no a qué se refiere. Por supuesto, es importante hacerse preguntas, porque eso nos ayuda a comprender mejor la vida que vivimos y también nos acerca más a Dios. Pero en última instancia, todo es una cuestión de fe: se trata de creer que la explicación bíblica tiene o no tiene sentido, independientemente si también le creo a la versión científica (que también es una cuestión de fe, fe en los instrumentos de medición, fe en las teorías, fe en las demostraciones).
La fe viene antes de conocer lo que dice uno u otro relato. Me acerco al relato con actitud de confianza o desconfianza. Si voy a la biblia con actitud de desconfianza, probablemente el relato no tenga sentido. Si voy a la ciencia con actitud de confianza, obviamente va a tener sentido lo que me diga. Lo mismo pasa al revés. Y las dos cosas pueden ser compatibles, si confío en las dos. Pero en lo personal, lo que más vale es lo que diga la biblia, porque confío más en la biblia que en el conocimiento humano. Así que si en algún punto la biblia y la ciencia se contradicen, yo opto por creerle a la biblia.
Lo que propongo en esta publicación es que se animen, creyentes y, si alguno está leyendo esto, no creyentes, a acercarse con una actitud de confianza. No hay otra forma de comprobar que lo que dice la biblia es cierto. Si confío, Dios se encarga de que viva cosas que me lo confirmen, pero siempre viene después de la fe. Esto no es casual. Alguno podría decir "qué conveniente". Claro, si creo, después voy a considerar que todo es cierto, y voy a explicarme mi vida a través de la biblia. Yo pensaba lo mismo, incluso lo pensé siendo creyente. Me acercaba a la palabra con cierto recelo, sin darme cuenta, por pensar esto. Pero me olvidaba de un detalle: Dios es un Dios vivo, que actúa en serio. Cuando me animé a confiar, empecé a ver esto. Empecé a ver el verdadero resultado, especialmente cuando las cosas que vivía me sorprendían, y cuando venían antes de conocer lo que la biblia decía al respecto.
Por último, me queda decir que hay muchas cosas de la perspectiva bíblica que jamás vamos a poder explicarnos, porque tienen que ver con la naturaleza y la mente de Dios, que son muy superiores a las nuestras, y por lo tanto inaccesibles para nuestra estructura mental, al menos tal y como ella está en este "momento", es decir, desde la caída. A medida que crece nuestra fe, crece nuestro conocimiento y nuestra comprensión de Dios, pero supongo que ciertas cosas simplemente se nos escapan, como el concepto de la "eternidad", que podemos entenderlo pero sólo vagamente. Una de esas cosas es el origen de Dios. ¿Siempre estuvo ahí? ¿De dónde vino? ¿Hubo un tiempo sin Dios? Otra cosa, ¿por qué motivo creó Dios todo? ¿Para qué? ¿Por qué dejó que las cosas se dieran de la forma que se dieron?
Creo que la mayoría de estas preguntas, y otras que ustedes podrían pensar, sólo pueden responderse parcialmente. Pero tampoco hacen a lo que es nuestra vida práctica, y pienso que por eso la biblia no explica estas cosas. El propósito de la biblia, de toda la revelación de Dios, es llevar al ser humano a acercarse a Dios, y para eso sólo era necesario entender la necesidad que tenemos de Cristo. Toda la biblia, si nos fijamos, conduce a Cristo. La biblia misma lo establece: "la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo para que fuéramos justificados por la fe" (Gálatas 3:24), y "desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús" (2 Timoteo 3:15).
De hecho, Cristo es la palabra de Dios, convertida en cuerpo. Él es la palabra viva, y si nos fijamos en el relato del Génesis, todo lo que fue creado por Dios fue hecho a través de la palabra. Dios decía algo, y esto empezaba a existir. Juan confirma esto: "en el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir" (Juan 1:1-3). Todas las cosas existen por medio de Cristo, e incluso para Cristo. La biblia es clara también sobre ésto: "Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él" (Colosenses 1:15-16).
La biblia va todavía más lejos: Dios "nos hizo conocer", a través de esta revelación que es su palabra, "el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra" (Efesios 1:9-10). Todas las cosas. Podríamos pensar que Cristo es casi la razón y el propósito de toda la creación, y también el centro de la Escritura. Por eso hay cosas que no están explicadas. Sólo está explicado aquello que de alguna forma apunta a Jesús o a este propósito de reunir en él todas las cosas.
Por eso el relato de la creación. Las cosas fueron creadas por y para Cristo. Tenemos que conocer cuáles son esas cosas. Lo interesante es que el versículo 1, de toda la Escritura, dice que "Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra". O sea que en el principio, Dios ya estaba. O sea que él existe desde antes del principio de este mundo. Con eso alcanza, me parece. Nos habla de que él es el principio de todo, y él es el fin. Él es el que da sentido a todo. Para aquellos que lo conocen, ¿no les pasó que todas las cosas de su vida, lentamente, van teniendo más y más sentido a medida que se acercan más a él? Yo, personalmente, empecé a entender más mi pasado y mi presente desde que le abrí mi vida a Jesús. Incluso en cosas que no me había preguntado antes. Y el pasaje de Juan da a entender que Jesús también: "él estaba con Dios en el principio". Es lógico, porque Jesús es Dios, es un aspecto de Dios, su costado visible, diríamos.
Bueno, espero que haya servido todo esto para reflexionar en la importancia de conocer qué dice la biblia sobre el principio de los tiempos, adónde apunta el relato, y qué tiene para aportarnos. Tenemos que leerlo y analizarlo en esa clave: sirve para explicarnos en profundidad el sentido de todo lo que existe. En definitiva, Dios es eterno, y para él, el tiempo no existe. ¿No será que para él todo pasa "al mismo tiempo", por así decirlo? Todo: creación, la historia, la salvación del ser humano, el pecado y el perdón, la muerte y la vida. Tal vez todo forma parte del mismo proceso de la creación. Sólo que nosotros lo vivimos con muchísimo detalle porque formamos parte del proceso. Formamos parte del tiempo. Igual, otra de las cosas que pasan cuando nos acercamos a Dios y lo recibimos, es que empezamos a tener mayor dimensión de la eternidad, a experimentar, al menos en pensamiento y en sentimiento, el "salirnos" del tiempo, y empezamos a poder ver un poquito más desde arriba las cosas. Hay enormes limitaciones a esto, por supuesto, porque seguimos siendo humanos, pero como Dios es eterno, recibirlo adentro de nosotros mismos, en nuestra propia vida, nos hace un poco más eternos.
Espero que haya sido de bendición esta reflexión, y espero lo mismo de la serie que voy a empezar a publicar. Es mi oración que todos los que la lean puedan descubrir qué es lo que Dios les dice a través de ella, filtrar aquellas cosas que vienen de mi propia reflexión, y así conocer un poco más a Dios. Mi consejo es que se atrevan a creer en serio, que se entreguen de lleno a la confianza, que tal vez ya tengan o tal vez todavía no, en la palabra de Dios, y que se animen a descubrir las "locuras" que Dios nos propone que creamos, porque "la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana" (1 Corintios 1:25).
Que el Dios que está desde antes del principio, el Primero y el Último, renueve nuestro entendimiento y abra nuestros ojos para que cada vez podamos ver un poco más desde arriba y desde afuera, y vivir una vida más y más eterna, no solamente en la duración, sino sobre todo en la experiencia. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
sábado, 5 de octubre de 2013
La nueva vida 6 - Vivir la vida
Hola a todos. Hace ya un par de meses que vengo publicando la serie sobre la nueva vida que recibimos en Jesús. La idea era, en definitiva, poder entender un poco más de qué se trata y poder, básicamente, disfrutar mucho más de las cosas que Dios nos ofrece como parte de esa vida. Siento que muchas veces vivimos a mitad de camino. Por supuesto que esto es sólo una serie de reflexiones publicadas por una persona común, no soy teólogo, ni nada de eso, y mucho de lo que diga en estas publicaciones puede estar condicionado por falta de información. Pero bueno, la idea es compartir aquellas cosas que siento que Dios me enseña a lo largo de mi caminar con él, como es la idea de todo este blog. Por eso, siempre, lo más importante es que presten atención al pasaje que comparto, en el que está basado o inspirado la reflexión.
Si queremos disfrutar al máximo de la vida que Dios nos brinda, hay tres cosas que son fundamentales: creer que la biblia es la palabra de Dios, y por lo tanto verdadera y eficaz; buscar todo el tiempo tener una relación directa con Jesús a través de la oración, hablándole y estando atento a las formas que tiene de respondernos; y desprendernos del sentido común que nos enseña la sociedad, porque muchas veces Dios va a poner en cuestión los supuestos más básicos sobre cómo creemos que funciona el mundo.
Dijimos que para acceder a las bendiciones que Dios me propone es necesario que entienda que toda mi vida es vida cristiana, no sólo cuando voy a la iglesia. Siempre estoy en la iglesia. A veces cuesta hacer encajar eso en la rutina, sobre todo cuando tenemos que tomar decisiones que irían en contra de lo que la gente considera normal. Pero es necesario superar esa encrucijada y elegir vivir como Dios nos propone. En el camino probablemente tengamos que dejar, o al menos estar dispuestos a dejar, muchas cosas, y hasta relaciones, pero recordemos siempre que nos esperan enormes bendiciones del otro lado de esa apuesta. En definitiva, se trata de eso, dejar atrás el pasado, con sus cosas buenas y malas, y aceptar que Dios quiere que empiece de nuevo, con una nueva forma de pensar y de vivir. Por supuesto, muchas cosas van a seguir estando ahí, pero no podemos detenernos a pensar en eso o aferrarnos a lo que teníamos. Si nos agarramos de lo que está atrás, no avanzamos hacia lo que está adelante.
"Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica" (Efesios 2:10).
"¿Cómo sabemos que hemos llegado a conocer a Dios? Si obedecemos sus mandamientos. El que afirma: 'lo conozco', pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y no tiene la verdad. En cambio, el amor de Dios se manifiesta plenamente en la vida del que obedece su palabra. De este modo sabemos que estamos unidos a él: el que afirma que permanece en él, debe vivir como él vivió" (1 Juan 2:3-6).
"Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: 'Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse', pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué serviría eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta" (Santiago 2:15-17).
"Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, y lo que han visto en mí, y el Dios de paz estará con ustedes" (Filipenses 4:9).
Estamos acostumbrados a pensar en un Dios que si no hacemos las cosas bien, nos castiga, y si las hacemos bien, nos premia. Tal vez tiene que ver con que prevaleció durante mucho tiempo entre nosotros una teología que estaba inspirada en gran medida en el Antiguo Testamento, o una religión que pretendía controlar mediante reglas a los que la integraban.
Pero Jesús nos da libertad. Si la religión nos ata a un sistema de reglas, puede que Jesús no esté presente en esa religión. Alguno me dirá, "te estás contradiciendo con los pasajes que vos mismo citaste". ¿Es así? ¿Es contradictorio con los pasajes? Vamos a ver bien de cerca.
El pasaje de 1 Juan parece ser el más problemático. El que afirma que conoce a Dios pero no obedece los mandamientos es un mentiroso. ¿Quién puede obedecer, si justamente dijimos que siempre estamos pecando, o sea, haciendo cosas que van contra lo que Dios dice? Seríamos todos mentirosos. Para entender esto creo que es necesario ver lo que dijo Jesús al respecto: "¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él" (Juan 14:21).
La clave, entonces, no está en obedecer, sino en hacer míos los mandamientos. Hacer míos los mandamientos: creer con tanta convicción que lo que Dios me pide es lo correcto que lo hago como si fuera yo mismo el que lo propuso, al que se le ocurrió que tenía que ser así. Dios propone todo un cambio de mentalidad, para que los nuevos códigos reemplacen a los que teníamos antes, que en definitiva no eran nuestros, sino que estaban formados a partir de lo que se nos enseñó desde chicos.
Por eso, a mi entender, Santiago dice que la fe sin obras está muerta. No porque tengamos que hacer cosas para mantener viva nuestra fe, sino al revés: si no hacemos las cosas que se nos piden quiere decir que hay algo mal con nuestra fe. Tal vez no creemos en serio. Tal vez no creemos todo. Pienso que sobre la fe, o sobre el cristianismo en sí, hay muchos prejuicios basados en desconocimiento, o muchas cosas que parecen muy místicas y son en realidad muy concretas. Por eso es fundamental conocer la palabra de Dios. ¿Cómo puedo amar lo que Dios me pide, cómo puedo hacer míos sus mandamientos, si ni siquiera los conozco?
Por ejemplo, la biblia nos llama a ser santos. ¿Quiere decir que tenemos que ser perfectos? Bueno, la biblia a veces usa incluso esa palabra, pero no quiere decir hacer todo bien. Ser perfecto quiere decir estar completo. Eso ocurre cuando Dios forma parte de nuestras vidas. No significa que ahora somos buenas personas y no hacemos nada mal. Y ser santos significa haber sido apartados para el servicio de Dios. No significa ser tan puro que no haga nada mal, como solemos pensar. Es como dice el pasaje de Efesios: nosotros, al creer en Jesús, somos llevados otra vez al propósito original por el que fuimos creados, las buenas obras, la obediencia a Dios. El propósito de nuestra existencia es obedecer a Dios y amar y cuidar lo que él hizo. Por eso nos sentimos bien cuando hacemos cosas buenas. Por eso, si aceptamos esto, la vida va a ser para nosotros mucho más placentera. ¡Estaríamos haciendo justamente aquello que fuimos creados para hacer!
Nos acostumbran a pensar que las religiones son como la filosofía, formas de pensar, estilos de vida teóricos que después tratamos de aplicar más o menos. Tal vez así sea. Si es así, el cristianismo no es una religión. El cristianismo, como lo indica el nombre mismo, es ser como Cristo pero en miniatura. Jesús obedeció en todo, pero él no podía desobedecer a Dios porque él mismo es Dios. Nosotros no vamos a tener 100% de efectividad. Sin embargo, tenemos que entender que el cristianismo es esencialmente práctico, no teórico. Si creo en Jesús, esto no se manifiesta primero porque empiezo a hablar como un teólogo o saber pasajes de la biblia de memoria. Claro que estas cosas no son malas, pero tampoco son buenas. Sólo son útiles si surgen espontáneamente.
Pero la fe viene antes que las obras. Las obras deberían ser una consecuencia. La religión que practico debería ser una consecuencia de la relación práctica que tengo con Dios. Y me relaciono con Dios hablándole, pero también viviendo como él vivió. Porque Jesús vive en mí, y si eso no se refleja en una facilidad cada vez más grande para ir haciendo las cosas como él enseña, es probable que lo esté ignorando, en vez de relacionarme con él. "He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios" (Gálatas 2:20). Esto es más bien un proceso. Pero cuanto más me relaciono con Dios, más esto se vuelve una realidad en mí vida. Conozco a Dios a través de la obediencia, y la obediencia no es hacer cosas puntuales sino una actitud: es lo que quiero hacer en todo momento. Es querer en todo momento hacer lo que Dios quiere, independientemente de que me salga o de que sepa exactamente qué es lo que Dios quiere en una situación particular. Después viene lo demás, pero ya esa actitud habla de mi fe: quiere decir que considero de verdad que lo que él me dice es lo mejor que puedo hacer. Si esto pasa, estoy haciendo míos sus mandamientos, incluso los que no conozco.
Este es el requisito para vivir plenamente, para vivir en paz, para disfrutar al máximo la nueva vida que nos da Jesús. Filipenses lo establece claramente: "Pongan en práctica... y [entonces, sólo entonces] el Dios de paz estará con ustedes". No puedo esperar tener paz, no puedo esperar vivir tranquilo, a pesar de las tormentas, de los problemas, de las dificultades, si no estoy dispuesto a poner en práctica lo que aprendo de Dios. Y no sólo eso. Tengo que estar dispuesto a creer todo, hasta lo que me parece difícil de creer. En definitiva, creer es creer. Si voy a creer, no puedo hacer una selección. Si creo que la biblia es verdadera, es verdadera para todo.
Sobre esto, quiero aprovechar para plantear una de las cosas que solemos dejar afuera como cristianos al pensar en nuestra propia vida. La vida cristiana es una lucha permanente. No contra las personas que nos presionan para hacer cosas que no nos gustan, ni nada de eso. Nuestra lucha es contra seres que no vemos. Hablo especialmente del diablo. Sé que para muchos es difícil de creer que exista, que para muchos es algo muy místico. Sin embargo, Jesús es claro: "El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10:10). El principal opositor para que no tengamos una vida abundante, una vida plena, es el ladrón. El que sabotea nuestras vidas y nos hace disfrutar menos, inundados en preocupaciones y desgastados por esforzarnos en conseguir cosas que a veces ni siquiera necesitamos. Y si esto es así, ¿quién es el ladrón?
Voy a tener trabas, dificultades, problemas para poder poner en práctica las cosas, porque me enfrento con enemigos que no veo y que me ponen esas trabas. El ladrón no quiere que cumpla los propósitos de Dios. Tampoco quiere que viva plenamente, que mi vida tenga sentido, y por eso no quiere que crea que las cosas son como la biblia dice. Sin embargo, vuelvo a la idea original: hay una sola vida. La verdadera vida es una vida con sentido. Es eso o nada, quiero decir, lo otro no es vida. La vida es estar con Jesús, y poner todo mi esfuerzo y concentración en vivir como él vivió. Para eso tengo que estar cerca de él, en oración, a través de la biblia, y poniendo las cosas en práctica. Eso es vivir. Esa es la vida que Jesús nos ofrece.
Que el Dios de paz, que transforma nuestras vidas para que podamos vivir como él nos pide y disfrutar así del propósito para el que fuimos creados, nos llene de poder para enfrentar las trabas y dificultades, y esos enemigos que no vemos, para que podamos tener una vida verdadera, llena de sentido. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Si queremos disfrutar al máximo de la vida que Dios nos brinda, hay tres cosas que son fundamentales: creer que la biblia es la palabra de Dios, y por lo tanto verdadera y eficaz; buscar todo el tiempo tener una relación directa con Jesús a través de la oración, hablándole y estando atento a las formas que tiene de respondernos; y desprendernos del sentido común que nos enseña la sociedad, porque muchas veces Dios va a poner en cuestión los supuestos más básicos sobre cómo creemos que funciona el mundo.
Dijimos que para acceder a las bendiciones que Dios me propone es necesario que entienda que toda mi vida es vida cristiana, no sólo cuando voy a la iglesia. Siempre estoy en la iglesia. A veces cuesta hacer encajar eso en la rutina, sobre todo cuando tenemos que tomar decisiones que irían en contra de lo que la gente considera normal. Pero es necesario superar esa encrucijada y elegir vivir como Dios nos propone. En el camino probablemente tengamos que dejar, o al menos estar dispuestos a dejar, muchas cosas, y hasta relaciones, pero recordemos siempre que nos esperan enormes bendiciones del otro lado de esa apuesta. En definitiva, se trata de eso, dejar atrás el pasado, con sus cosas buenas y malas, y aceptar que Dios quiere que empiece de nuevo, con una nueva forma de pensar y de vivir. Por supuesto, muchas cosas van a seguir estando ahí, pero no podemos detenernos a pensar en eso o aferrarnos a lo que teníamos. Si nos agarramos de lo que está atrás, no avanzamos hacia lo que está adelante.
"Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica" (Efesios 2:10).
"¿Cómo sabemos que hemos llegado a conocer a Dios? Si obedecemos sus mandamientos. El que afirma: 'lo conozco', pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y no tiene la verdad. En cambio, el amor de Dios se manifiesta plenamente en la vida del que obedece su palabra. De este modo sabemos que estamos unidos a él: el que afirma que permanece en él, debe vivir como él vivió" (1 Juan 2:3-6).
"Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: 'Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse', pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué serviría eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta" (Santiago 2:15-17).
"Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, y lo que han visto en mí, y el Dios de paz estará con ustedes" (Filipenses 4:9).
Estamos acostumbrados a pensar en un Dios que si no hacemos las cosas bien, nos castiga, y si las hacemos bien, nos premia. Tal vez tiene que ver con que prevaleció durante mucho tiempo entre nosotros una teología que estaba inspirada en gran medida en el Antiguo Testamento, o una religión que pretendía controlar mediante reglas a los que la integraban.
Pero Jesús nos da libertad. Si la religión nos ata a un sistema de reglas, puede que Jesús no esté presente en esa religión. Alguno me dirá, "te estás contradiciendo con los pasajes que vos mismo citaste". ¿Es así? ¿Es contradictorio con los pasajes? Vamos a ver bien de cerca.
El pasaje de 1 Juan parece ser el más problemático. El que afirma que conoce a Dios pero no obedece los mandamientos es un mentiroso. ¿Quién puede obedecer, si justamente dijimos que siempre estamos pecando, o sea, haciendo cosas que van contra lo que Dios dice? Seríamos todos mentirosos. Para entender esto creo que es necesario ver lo que dijo Jesús al respecto: "¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él" (Juan 14:21).
La clave, entonces, no está en obedecer, sino en hacer míos los mandamientos. Hacer míos los mandamientos: creer con tanta convicción que lo que Dios me pide es lo correcto que lo hago como si fuera yo mismo el que lo propuso, al que se le ocurrió que tenía que ser así. Dios propone todo un cambio de mentalidad, para que los nuevos códigos reemplacen a los que teníamos antes, que en definitiva no eran nuestros, sino que estaban formados a partir de lo que se nos enseñó desde chicos.
Por eso, a mi entender, Santiago dice que la fe sin obras está muerta. No porque tengamos que hacer cosas para mantener viva nuestra fe, sino al revés: si no hacemos las cosas que se nos piden quiere decir que hay algo mal con nuestra fe. Tal vez no creemos en serio. Tal vez no creemos todo. Pienso que sobre la fe, o sobre el cristianismo en sí, hay muchos prejuicios basados en desconocimiento, o muchas cosas que parecen muy místicas y son en realidad muy concretas. Por eso es fundamental conocer la palabra de Dios. ¿Cómo puedo amar lo que Dios me pide, cómo puedo hacer míos sus mandamientos, si ni siquiera los conozco?
Por ejemplo, la biblia nos llama a ser santos. ¿Quiere decir que tenemos que ser perfectos? Bueno, la biblia a veces usa incluso esa palabra, pero no quiere decir hacer todo bien. Ser perfecto quiere decir estar completo. Eso ocurre cuando Dios forma parte de nuestras vidas. No significa que ahora somos buenas personas y no hacemos nada mal. Y ser santos significa haber sido apartados para el servicio de Dios. No significa ser tan puro que no haga nada mal, como solemos pensar. Es como dice el pasaje de Efesios: nosotros, al creer en Jesús, somos llevados otra vez al propósito original por el que fuimos creados, las buenas obras, la obediencia a Dios. El propósito de nuestra existencia es obedecer a Dios y amar y cuidar lo que él hizo. Por eso nos sentimos bien cuando hacemos cosas buenas. Por eso, si aceptamos esto, la vida va a ser para nosotros mucho más placentera. ¡Estaríamos haciendo justamente aquello que fuimos creados para hacer!
Nos acostumbran a pensar que las religiones son como la filosofía, formas de pensar, estilos de vida teóricos que después tratamos de aplicar más o menos. Tal vez así sea. Si es así, el cristianismo no es una religión. El cristianismo, como lo indica el nombre mismo, es ser como Cristo pero en miniatura. Jesús obedeció en todo, pero él no podía desobedecer a Dios porque él mismo es Dios. Nosotros no vamos a tener 100% de efectividad. Sin embargo, tenemos que entender que el cristianismo es esencialmente práctico, no teórico. Si creo en Jesús, esto no se manifiesta primero porque empiezo a hablar como un teólogo o saber pasajes de la biblia de memoria. Claro que estas cosas no son malas, pero tampoco son buenas. Sólo son útiles si surgen espontáneamente.
Pero la fe viene antes que las obras. Las obras deberían ser una consecuencia. La religión que practico debería ser una consecuencia de la relación práctica que tengo con Dios. Y me relaciono con Dios hablándole, pero también viviendo como él vivió. Porque Jesús vive en mí, y si eso no se refleja en una facilidad cada vez más grande para ir haciendo las cosas como él enseña, es probable que lo esté ignorando, en vez de relacionarme con él. "He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios" (Gálatas 2:20). Esto es más bien un proceso. Pero cuanto más me relaciono con Dios, más esto se vuelve una realidad en mí vida. Conozco a Dios a través de la obediencia, y la obediencia no es hacer cosas puntuales sino una actitud: es lo que quiero hacer en todo momento. Es querer en todo momento hacer lo que Dios quiere, independientemente de que me salga o de que sepa exactamente qué es lo que Dios quiere en una situación particular. Después viene lo demás, pero ya esa actitud habla de mi fe: quiere decir que considero de verdad que lo que él me dice es lo mejor que puedo hacer. Si esto pasa, estoy haciendo míos sus mandamientos, incluso los que no conozco.
Este es el requisito para vivir plenamente, para vivir en paz, para disfrutar al máximo la nueva vida que nos da Jesús. Filipenses lo establece claramente: "Pongan en práctica... y [entonces, sólo entonces] el Dios de paz estará con ustedes". No puedo esperar tener paz, no puedo esperar vivir tranquilo, a pesar de las tormentas, de los problemas, de las dificultades, si no estoy dispuesto a poner en práctica lo que aprendo de Dios. Y no sólo eso. Tengo que estar dispuesto a creer todo, hasta lo que me parece difícil de creer. En definitiva, creer es creer. Si voy a creer, no puedo hacer una selección. Si creo que la biblia es verdadera, es verdadera para todo.
Sobre esto, quiero aprovechar para plantear una de las cosas que solemos dejar afuera como cristianos al pensar en nuestra propia vida. La vida cristiana es una lucha permanente. No contra las personas que nos presionan para hacer cosas que no nos gustan, ni nada de eso. Nuestra lucha es contra seres que no vemos. Hablo especialmente del diablo. Sé que para muchos es difícil de creer que exista, que para muchos es algo muy místico. Sin embargo, Jesús es claro: "El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10:10). El principal opositor para que no tengamos una vida abundante, una vida plena, es el ladrón. El que sabotea nuestras vidas y nos hace disfrutar menos, inundados en preocupaciones y desgastados por esforzarnos en conseguir cosas que a veces ni siquiera necesitamos. Y si esto es así, ¿quién es el ladrón?
Voy a tener trabas, dificultades, problemas para poder poner en práctica las cosas, porque me enfrento con enemigos que no veo y que me ponen esas trabas. El ladrón no quiere que cumpla los propósitos de Dios. Tampoco quiere que viva plenamente, que mi vida tenga sentido, y por eso no quiere que crea que las cosas son como la biblia dice. Sin embargo, vuelvo a la idea original: hay una sola vida. La verdadera vida es una vida con sentido. Es eso o nada, quiero decir, lo otro no es vida. La vida es estar con Jesús, y poner todo mi esfuerzo y concentración en vivir como él vivió. Para eso tengo que estar cerca de él, en oración, a través de la biblia, y poniendo las cosas en práctica. Eso es vivir. Esa es la vida que Jesús nos ofrece.
Que el Dios de paz, que transforma nuestras vidas para que podamos vivir como él nos pide y disfrutar así del propósito para el que fuimos creados, nos llene de poder para enfrentar las trabas y dificultades, y esos enemigos que no vemos, para que podamos tener una vida verdadera, llena de sentido. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 1 de octubre de 2013
La nueva vida 5 - La voz de la conciencia
Hola a todos. Esta vez publico dentro de un tiempo razonable. Ya estamos llegando al final de esta serie, y espero que hayan sido muy bendecidos hasta ahora. Recuerden que no soy teólogo, así que todo lo que comparto son interpretaciones personales, que pueden ser más o menos acertadas, pero a las que le falta seguramente conocimiento teórico importante. Sin embargo, considero siempre el Espíritu Santo puede aportar algo sobre el conocimiento de Dios a partir de la palabra si se lo pedimos. Importante entonces orar antes de leer, y pedirle a Dios que nos guíe en la lectura y reflexión.
Dios nos ofrece una vida nueva, nacer otra vez. Para acercarnos a esta nueva vida, tenemos que animarnos a descubrir la palabra de Dios como verdadera y eficaz, buscar a Dios con sinceridad tratando de conocerlo y tener una relación personal y fluida con él, y estar dispuestos a abandonar ciertos prejuicios sobre cómo funciona la vida basados en el llamado "sentido común", que no responde a los mismos parámetros que el sentido común de Dios.
Si vamos a tener esta nueva vida, tenemos que vivirla en serio, en nuestro día a día, no sólo en la iglesia. O mejor dicho, siempre estamos en la iglesia, en cualquier lugar en el que estemos. En algún momento esto choca con lo que nos propone la sociedad, y tenemos que elegir cómo queremos pensar y vivir. Si superamos esta encrucijada y seguimos buscando esta nueva vida, vamos a tener que arriesgar posiblemente muchas cosas, o hasta relaciones. No siempre vamos a perderlas, pero sí tenemos que estar dispuestos a arriesgarlas, jugarnos todo por esta nueva vida. ¿Por qué? Porque vale la pena, porque del otro lado de esta gran apuesta nos esperan toneladas de bendiciones y una vida plena. Plena de disfrute, plena de sentido. Esto implica pasar de una actitud donde no me interesa qué diga Dios sobre tal o cual cosa, o en general, sino que quiero saber qué dice y hacerlo, hacer las cosas de esa manera. También implica necesariamente acercarme a su palabra y tratar de vivirla y aplicarla, y arrepentirme, del pecado y de los pecados, como decía la vez pasada. Cuando hago eso, todo empieza a cambiar.
"Así que les digo esto y les insisto en el Señor: no vivan más con pensamientos frívolos como los paganos. A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, éstos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios... Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad".
(Efesios 4:17-18,22-24)
"Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte... Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza; en cambio, los que viven conforme al Espíritu, fijan la mente en los deseos del Espíritu. La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz".
(Romanos 8:1-2,5-6)
"Nosotros, por nuestra parte, tenemos la mente de Cristo" (1 Corintios 2:16)
¿Cuántas veces estamos por hacer algo y sentimos que no es lo correcto? ¿Cuántas veces sentimos que deberíamos hacer algo y no lo hacemos? Es como si hubiera algo en nosotros que nos trata de convencer de que actuemos como corresponde. Todas las personas parecieran tener como este sentido de lo correcto, algunos más desarrollados, otros menos. Es lo que normalmente llamamos la voz de la conciencia. Nos dicta qué hacer en cada momento, o nos dice que nos equivocamos.
Pero, ¿funciona realmente así? ¿Cómo hago para desarrollar este sentido de lo correcto? Bueno, hay una sola respuesta: Jesús. Cuando yo me arrepiento, lo que hago es romper con el pecado, como veíamos la vez pasada, es decir, terminar con el tiempo en el que no tenía en cuenta a Dios, y reconocer que si quiero vivir de verdad necesito tenerlo en cuenta todo lo que pueda. Eso es arrepentirse. Y el pasaje de Efesios dice que ese arrepentimiento implica necesariamente un compromiso: el de dejar de vivir como vivía antes. Estar dispuesto a cambiar lo que tenga que cambiar, incluso en mi forma de pensar. Tengo que cambiar mi mentalidad, la actitud de mi mente.
Efesios lo pone en estos términos: quitarme la ropa de la vieja naturaleza y ponerme la ropa de la nueva naturaleza. Vieja y nueva naturaleza. Antes era de una forma, ahora soy de otra. ¿Pero no era que Dios me ama como soy? Sí, precisamente. Esta nueva naturaleza es la que Dios había pretendido para nosotros. Esta nueva forma de ser, en realidad somos nosotros mismos, en una mejor versión. Es como que cuando venimos a este mundo, el pecado sabotea nuestra verdadera forma, y quedamos en esa forma rota, que tiene la tendencia a desobedecer a Dios, hacer las cosas por fuera de su plan. Sabotea en definitiva nuestra vida, lo que podemos llegar a ser.
Pero Jesús restaura esa idea original. De a poco, claro, y apoyándose en nuestra propia actitud y compromiso al respecto. Una cosa es segura: fuimos creados para ser mucho más de lo que somos ahora, seamos como seamos. Estamos viviendo al 1%, 2%, 3% de lo que realmente podemos llegar a ser. Tal vez un poco más... ¿10%? No importa el número, pero ciertamente queda mucho más por ser. No podemos alcanzar eso sin el arrepentimiento, o sea, sin alinearnos de nuevo, voluntariamente, con el proyecto de Dios. Y el arrepentimiento es reconocer que necesito tener a Dios en cuenta, siempre. Por eso este compromiso implica, por ejemplo, tomar más en serio la biblia, que es la palabra de Dios, la oración, que es nuestra comunicación con Dios, y por supuesto, el modelo de vida que él nos propone.
Ésta es la nueva naturaleza: vivir como Jesús vivió, ser la persona que originalmente Dios pretendió que fuéramos, no sólo una porción de ella. El cambio no tiene que ver con nuestros intereses, gustos, y esas cosas que en definitiva son cosas relacionadas con la vida en este mundo. El verdadero cambio tiene que ver con la manera de pensar, con qué cosas tenemos en alta estima, con la forma en la que miramos y entendemos el mundo. Se trata de dejar de mirar con el filtro de la sociedad y mirarlo con el filtro de Dios.
Claro, dicho así suena fácil, pero no lo es. El filtro de la sociedad probablemente no lo perdamos del todo mientras estemos en esta tierra. Y el filtro de Dios no podemos tenerlo porque no somos Dios. Sin embargo, hay una proporción directa entre acercarnos a la visión que tiene Dios y alejarnos de la que tiene la sociedad. La clave para esto está en esas tres cosas con las que asocié la nueva naturaleza: conocer la biblia, hablar con Dios y vivir cómo él me enseña.
Lo importante es que esto se manifiesta como una especie de lucha permanente entre dos formas de pensar diferentes. Romanos lo pone de esta manera: una mentalidad pecaminosa, una mentalidad del Espíritu. Dijimos que el pecado es ignorar a Dios. La mentalidad pecaminosa es la forma de pensar que desestima a Dios, a la que no le importa qué dice él sobre cualquier cosa particular. La mentalidad del Espíritu es todo lo contrario: la que nos da a conocer los pensamientos de Dios sobre cada cosa. El choque de estas dos mentalidades es la que produce en nosotros esa sensación de estar por hacer algo que no debería. Es, en definitiva, eso, una lucha permanente.
Antes, cuando no prestábamos atención a lo que Dios decía, no había tal lucha. Todo lo que hacíamos era por fuera del proyecto de Dios, justamente porque directamente no lo teníamos en cuenta. Por eso dice Efesios que nos dominaba la ignorancia, porque no conocer o no tener en cuenta a Dios nos quitaba opciones para decidir. Sin proponérnoslo, hacíamos siempre lo que queríamos nosotros, sin pensar en qué me diría Dios al respecto. Tal vez no hacía nada moralmente malo, pero el problema está en la raíz: ni siquiera pensaba en Dios, en si eso le gustaba o no a Dios.
Pero dice Romanos que "la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte" (8:2). Esto es por medio de Jesús, o sea, por acercarme a él, por recibirlo, por buscarlo con sinceridad. La forma de vivir de Jesús me libera de la forma que me impone mi propia forma de pensar, para poder disfrutar de la verdadera vida (por eso me libra de la muerte). Entonces, cuando trato de enfocar mi mente en la manera de pensar de Jesús, soy libre, tengo más opciones al elegir, tengo más poder de decisión, y puedo entonces empezar a habilitar un porcentaje mayor de mí mismo, avanzar hacia la plenitud, ¡hacia mi "yo" completo!
Esto parece un poco místico. ¿Tener el "Espíritu" de Dios? Pero no, se trata de eso: pensar cada vez más como Jesús. "Eso es imposible", podrían decirme, "Jesús era el Hijo de Dios". Bueno, pero la biblia dice claramente que nosotros "tenemos la mente de Cristo". Así que no es imposible. Es un proceso, pero empieza por buscar un poco más de su manera de pensar cada día. ¿Cómo? Biblia, oración, acción. No hay otra fórmula. Y en cada momento particular, cuando tenga un conflicto con lo que estoy por hacer, acordarme que la clave está dónde fije mi mente: en mi opinión sobre lo que estoy por hacer, o en la opinión de Dios. Tal vez no conozco la opinión de Dios sobre esa cosa particular, pero el hecho de preguntármelo ya fija mi mente en sus deseos. Lo más probable es que termine haciendo, entonces, lo correcto para ese momento particular.
Si tomo en cuenta a Dios, su mentalidad forma parte de mi conciencia, y entonces seguir a mi conciencia va a ir transformándose lentamente en seguir a Dios. ¿Me voy a equivocar? Sí, seguramente. Pero la mentalidad de Dios me va a marcar mi error para que pueda corregirlo la próxima vez. ¿Cuántas veces me voy a equivocar? ¡Quién sabe! Sólo Dios sabe, de hecho. Pero a Dios no le importa, lo que le importa es que mi actitud sea tenerlo siempre en cuenta. Eso es una actitud de arrepentimiento: tener la intención de seguir siempre los deseos de Dios. Mientras tanto, Dios va trabajando en mi vida para sacar lo mejor de mí, formando en mí una nueva imagen, un nuevo aspecto, una persona diferente a la que nació y vivió hasta ahora, similar pero mejorada. De eso vamos a hablar la próxima.
"Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio" (Filipenses 4:8). Esta actitud hace que vivamos mejor, disfrutando más, y que estemos en paz con la vida, incluso con nosotros mismos, incluso cuando sentimos que nos equivocamos. Nos saca la culpa, nos saca el miedo, nos saca la inseguridad y la vergüenza. ¿Así, de una? No, claro que no. Progresivamente, a veces más rápido, a veces más despacio. Eso es la vida. Va cambiando de ritmo. A veces crecemos de un salto en algunas cosas, pero después muy despacio en otras.
En fin, hay una sola vida, y está en Jesús. Fuera de él, no hay vida; solamente una cosa falsa que se parece a la vida pero no lo es. Para vivir como Jesús, y disfrutar de esa vida nueva, tengo que aprender a pensar como él. Cuanto antes empiece, mejor, porque eso lleva tiempo y mientras tanto me pierdo de disfrutar de muchas cosas que podría estar disfrutando, incluyendo disfrutar de mí mismo. Tengo que animarme a dejar atrás lo que fui, aunque sea más cómodo quedarme ahí, en lo que ya conozco. Porque sino, no voy a descubrir que lo que no conozco, lo que está delante de mí, es muchísimo mejor. Si empezamos a tener en cuenta a Dios en todo lo que hacemos, superamos la encrucijada, salimos del molde de la sociedad, somos libres. Subimos la apuesta cada vez más, porque la confianza en que Dios nos da cosas mejores que las que dejamos atrás ya deja de ser ciega y empieza a estar confirmado por la propia experiencia de la vida. De la verdadera vida, de la nueva vida.
Que el Dios de paz y de la vida renueve nuestras mentes y nos ayude a sacarnos la ropa vieja, sucia, manchada por formas de pensar que nos vendieron y nos hicieron creer, y nos ayude a vestirnos con la ropa nueva, limpia, que es la ropa de nosotros mismos en nuestra mejor versión. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Dios nos ofrece una vida nueva, nacer otra vez. Para acercarnos a esta nueva vida, tenemos que animarnos a descubrir la palabra de Dios como verdadera y eficaz, buscar a Dios con sinceridad tratando de conocerlo y tener una relación personal y fluida con él, y estar dispuestos a abandonar ciertos prejuicios sobre cómo funciona la vida basados en el llamado "sentido común", que no responde a los mismos parámetros que el sentido común de Dios.
Si vamos a tener esta nueva vida, tenemos que vivirla en serio, en nuestro día a día, no sólo en la iglesia. O mejor dicho, siempre estamos en la iglesia, en cualquier lugar en el que estemos. En algún momento esto choca con lo que nos propone la sociedad, y tenemos que elegir cómo queremos pensar y vivir. Si superamos esta encrucijada y seguimos buscando esta nueva vida, vamos a tener que arriesgar posiblemente muchas cosas, o hasta relaciones. No siempre vamos a perderlas, pero sí tenemos que estar dispuestos a arriesgarlas, jugarnos todo por esta nueva vida. ¿Por qué? Porque vale la pena, porque del otro lado de esta gran apuesta nos esperan toneladas de bendiciones y una vida plena. Plena de disfrute, plena de sentido. Esto implica pasar de una actitud donde no me interesa qué diga Dios sobre tal o cual cosa, o en general, sino que quiero saber qué dice y hacerlo, hacer las cosas de esa manera. También implica necesariamente acercarme a su palabra y tratar de vivirla y aplicarla, y arrepentirme, del pecado y de los pecados, como decía la vez pasada. Cuando hago eso, todo empieza a cambiar.
"Así que les digo esto y les insisto en el Señor: no vivan más con pensamientos frívolos como los paganos. A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, éstos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios... Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad".
(Efesios 4:17-18,22-24)
"Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte... Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza; en cambio, los que viven conforme al Espíritu, fijan la mente en los deseos del Espíritu. La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz".
(Romanos 8:1-2,5-6)
"Nosotros, por nuestra parte, tenemos la mente de Cristo" (1 Corintios 2:16)
¿Cuántas veces estamos por hacer algo y sentimos que no es lo correcto? ¿Cuántas veces sentimos que deberíamos hacer algo y no lo hacemos? Es como si hubiera algo en nosotros que nos trata de convencer de que actuemos como corresponde. Todas las personas parecieran tener como este sentido de lo correcto, algunos más desarrollados, otros menos. Es lo que normalmente llamamos la voz de la conciencia. Nos dicta qué hacer en cada momento, o nos dice que nos equivocamos.
Pero, ¿funciona realmente así? ¿Cómo hago para desarrollar este sentido de lo correcto? Bueno, hay una sola respuesta: Jesús. Cuando yo me arrepiento, lo que hago es romper con el pecado, como veíamos la vez pasada, es decir, terminar con el tiempo en el que no tenía en cuenta a Dios, y reconocer que si quiero vivir de verdad necesito tenerlo en cuenta todo lo que pueda. Eso es arrepentirse. Y el pasaje de Efesios dice que ese arrepentimiento implica necesariamente un compromiso: el de dejar de vivir como vivía antes. Estar dispuesto a cambiar lo que tenga que cambiar, incluso en mi forma de pensar. Tengo que cambiar mi mentalidad, la actitud de mi mente.
Efesios lo pone en estos términos: quitarme la ropa de la vieja naturaleza y ponerme la ropa de la nueva naturaleza. Vieja y nueva naturaleza. Antes era de una forma, ahora soy de otra. ¿Pero no era que Dios me ama como soy? Sí, precisamente. Esta nueva naturaleza es la que Dios había pretendido para nosotros. Esta nueva forma de ser, en realidad somos nosotros mismos, en una mejor versión. Es como que cuando venimos a este mundo, el pecado sabotea nuestra verdadera forma, y quedamos en esa forma rota, que tiene la tendencia a desobedecer a Dios, hacer las cosas por fuera de su plan. Sabotea en definitiva nuestra vida, lo que podemos llegar a ser.
Pero Jesús restaura esa idea original. De a poco, claro, y apoyándose en nuestra propia actitud y compromiso al respecto. Una cosa es segura: fuimos creados para ser mucho más de lo que somos ahora, seamos como seamos. Estamos viviendo al 1%, 2%, 3% de lo que realmente podemos llegar a ser. Tal vez un poco más... ¿10%? No importa el número, pero ciertamente queda mucho más por ser. No podemos alcanzar eso sin el arrepentimiento, o sea, sin alinearnos de nuevo, voluntariamente, con el proyecto de Dios. Y el arrepentimiento es reconocer que necesito tener a Dios en cuenta, siempre. Por eso este compromiso implica, por ejemplo, tomar más en serio la biblia, que es la palabra de Dios, la oración, que es nuestra comunicación con Dios, y por supuesto, el modelo de vida que él nos propone.
Ésta es la nueva naturaleza: vivir como Jesús vivió, ser la persona que originalmente Dios pretendió que fuéramos, no sólo una porción de ella. El cambio no tiene que ver con nuestros intereses, gustos, y esas cosas que en definitiva son cosas relacionadas con la vida en este mundo. El verdadero cambio tiene que ver con la manera de pensar, con qué cosas tenemos en alta estima, con la forma en la que miramos y entendemos el mundo. Se trata de dejar de mirar con el filtro de la sociedad y mirarlo con el filtro de Dios.
Claro, dicho así suena fácil, pero no lo es. El filtro de la sociedad probablemente no lo perdamos del todo mientras estemos en esta tierra. Y el filtro de Dios no podemos tenerlo porque no somos Dios. Sin embargo, hay una proporción directa entre acercarnos a la visión que tiene Dios y alejarnos de la que tiene la sociedad. La clave para esto está en esas tres cosas con las que asocié la nueva naturaleza: conocer la biblia, hablar con Dios y vivir cómo él me enseña.
Lo importante es que esto se manifiesta como una especie de lucha permanente entre dos formas de pensar diferentes. Romanos lo pone de esta manera: una mentalidad pecaminosa, una mentalidad del Espíritu. Dijimos que el pecado es ignorar a Dios. La mentalidad pecaminosa es la forma de pensar que desestima a Dios, a la que no le importa qué dice él sobre cualquier cosa particular. La mentalidad del Espíritu es todo lo contrario: la que nos da a conocer los pensamientos de Dios sobre cada cosa. El choque de estas dos mentalidades es la que produce en nosotros esa sensación de estar por hacer algo que no debería. Es, en definitiva, eso, una lucha permanente.
Antes, cuando no prestábamos atención a lo que Dios decía, no había tal lucha. Todo lo que hacíamos era por fuera del proyecto de Dios, justamente porque directamente no lo teníamos en cuenta. Por eso dice Efesios que nos dominaba la ignorancia, porque no conocer o no tener en cuenta a Dios nos quitaba opciones para decidir. Sin proponérnoslo, hacíamos siempre lo que queríamos nosotros, sin pensar en qué me diría Dios al respecto. Tal vez no hacía nada moralmente malo, pero el problema está en la raíz: ni siquiera pensaba en Dios, en si eso le gustaba o no a Dios.
Pero dice Romanos que "la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte" (8:2). Esto es por medio de Jesús, o sea, por acercarme a él, por recibirlo, por buscarlo con sinceridad. La forma de vivir de Jesús me libera de la forma que me impone mi propia forma de pensar, para poder disfrutar de la verdadera vida (por eso me libra de la muerte). Entonces, cuando trato de enfocar mi mente en la manera de pensar de Jesús, soy libre, tengo más opciones al elegir, tengo más poder de decisión, y puedo entonces empezar a habilitar un porcentaje mayor de mí mismo, avanzar hacia la plenitud, ¡hacia mi "yo" completo!
Esto parece un poco místico. ¿Tener el "Espíritu" de Dios? Pero no, se trata de eso: pensar cada vez más como Jesús. "Eso es imposible", podrían decirme, "Jesús era el Hijo de Dios". Bueno, pero la biblia dice claramente que nosotros "tenemos la mente de Cristo". Así que no es imposible. Es un proceso, pero empieza por buscar un poco más de su manera de pensar cada día. ¿Cómo? Biblia, oración, acción. No hay otra fórmula. Y en cada momento particular, cuando tenga un conflicto con lo que estoy por hacer, acordarme que la clave está dónde fije mi mente: en mi opinión sobre lo que estoy por hacer, o en la opinión de Dios. Tal vez no conozco la opinión de Dios sobre esa cosa particular, pero el hecho de preguntármelo ya fija mi mente en sus deseos. Lo más probable es que termine haciendo, entonces, lo correcto para ese momento particular.
Si tomo en cuenta a Dios, su mentalidad forma parte de mi conciencia, y entonces seguir a mi conciencia va a ir transformándose lentamente en seguir a Dios. ¿Me voy a equivocar? Sí, seguramente. Pero la mentalidad de Dios me va a marcar mi error para que pueda corregirlo la próxima vez. ¿Cuántas veces me voy a equivocar? ¡Quién sabe! Sólo Dios sabe, de hecho. Pero a Dios no le importa, lo que le importa es que mi actitud sea tenerlo siempre en cuenta. Eso es una actitud de arrepentimiento: tener la intención de seguir siempre los deseos de Dios. Mientras tanto, Dios va trabajando en mi vida para sacar lo mejor de mí, formando en mí una nueva imagen, un nuevo aspecto, una persona diferente a la que nació y vivió hasta ahora, similar pero mejorada. De eso vamos a hablar la próxima.
"Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio" (Filipenses 4:8). Esta actitud hace que vivamos mejor, disfrutando más, y que estemos en paz con la vida, incluso con nosotros mismos, incluso cuando sentimos que nos equivocamos. Nos saca la culpa, nos saca el miedo, nos saca la inseguridad y la vergüenza. ¿Así, de una? No, claro que no. Progresivamente, a veces más rápido, a veces más despacio. Eso es la vida. Va cambiando de ritmo. A veces crecemos de un salto en algunas cosas, pero después muy despacio en otras.
En fin, hay una sola vida, y está en Jesús. Fuera de él, no hay vida; solamente una cosa falsa que se parece a la vida pero no lo es. Para vivir como Jesús, y disfrutar de esa vida nueva, tengo que aprender a pensar como él. Cuanto antes empiece, mejor, porque eso lleva tiempo y mientras tanto me pierdo de disfrutar de muchas cosas que podría estar disfrutando, incluyendo disfrutar de mí mismo. Tengo que animarme a dejar atrás lo que fui, aunque sea más cómodo quedarme ahí, en lo que ya conozco. Porque sino, no voy a descubrir que lo que no conozco, lo que está delante de mí, es muchísimo mejor. Si empezamos a tener en cuenta a Dios en todo lo que hacemos, superamos la encrucijada, salimos del molde de la sociedad, somos libres. Subimos la apuesta cada vez más, porque la confianza en que Dios nos da cosas mejores que las que dejamos atrás ya deja de ser ciega y empieza a estar confirmado por la propia experiencia de la vida. De la verdadera vida, de la nueva vida.
Que el Dios de paz y de la vida renueve nuestras mentes y nos ayude a sacarnos la ropa vieja, sucia, manchada por formas de pensar que nos vendieron y nos hicieron creer, y nos ayude a vestirnos con la ropa nueva, limpia, que es la ropa de nosotros mismos en nuestra mejor versión. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)