Hola a todos. La vez pasada empecé con esta serie de publicaciones sobre la creación, y sobre lo que ella tiene para decirnos acerca de Dios y acerca de la vida de los creyentes. Prestemos especial atención a lo que tiene para decirnos hoy, que no es poco. Recordemos que la misma creación nos habla de Dios, y que sus atributos invisibles, como dice Romanos, se ponen de manifiesto en la naturaleza.
"Y dijo Dios: «¡Qué exista el firmamento en medio de las aguas, y que las separe!» Y así sucedió: Dios hizo el firmamento y separó las aguas que están abajo, de las aguas que están arriba. Al firmamento Dios lo llamó «cielo». Y vino la noche, y llegó la mañana: ese fue el segundo día".
(Génesis 1:6-8)
Un montón de veces pasé por este pasaje sin detenerme en él, y jamás habría pensado que iba a poder encontrarle tantas implicaciones. En primer lugar, quiero hacer una observación: llamamos "firmamento" al cielo. No sé si alguna vez se pusieron a pensar en eso, pero yo no lo había hecho. "Firmamento" tiene que ver con aquello que permanece firme, y resulta que le pusimos ese nombre al cielo. No a la tierra, no al agua, sino al cielo.
Es que si lo pensamos, el cielo es lo más firme que hay en la creación, incluso más que la tierra. La tierra cambia por la acción de los vientos y de las aguas. Se modifica su forma, la composición del suelo, entre otras cosas. Pero el cielo permanece firme. De hecho, si sacáramos las nubes el cielo se vería prácticamente igual desde cualquier parte del mundo.
En otra versión aparece el firmamento como la "expansión", que es más cercano a la traducción literal de la palabra original. Basta con mirar al cielo para entender por qué el texto habla de una "expansión". Pareciera como si fuera un espacio libre que se extiende indefinidamente. Si pensamos en el espacio, fuera de la atmósfera, esto es mucho más evidente.
Entonces, ¿qué nos enseña todo esto sobre Dios? Salmos 19:1 dice que "los cielos cuentan la gloria de Dios, el firmamento proclama la obra de sus manos". Lo que yo veo es que Dios es lo único firme que podemos encontrar en esta vida, de la misma manera que el cielo es lo único firme que encontramos en la creación. La tierra, y la vida en ella, cambian. Si vivimos con la mirada puesta en la tierra, nuestra vida, y nuestra manera de entenderla, cambian a medida que cambia ella. Si las circunstancias cambian, nuestro punto de vista cambia, nuestra cosmovisión cambia. Por eso, a medida que nos alejamos de Dios, los valores absolutos que él nos propone se van perdiendo en nosotros.
Pero Dios nos invita a mirar al cielo, a fijar nuestra vista en él. "Confíen en el Señor para siempre, porque el Señor es una Roca eterna" (Isaías 26:4). Esto tiene un efecto en nosotros que también tiene que ver con el cielo: nos hace libres. Si lo pensamos, el cielo es el espacio más libre que hay en la creación. Por supuesto, el cielo no es el vacío, aunque sí el espacio. Pero desde el punto de vista de lo que es sólido, es la extensión más grande de espacio libre. Esto me parece muy significativo: la mayor extensión de espacio libre es al mismo tiempo lo más sólido, es decir, lo que más firme permanece.
Por eso, si fijo mi mirada en el cielo, no sólo me afirmo sobre una base segura, sino que me libero de los efectos del cambio de las circunstancias en la tierra. Puedo pensar como creo mejor, vivir como creo mejor y hacer las cosas que me proponga a pesar de que las circunstancias cambien a mi alrededor, porque la base de mi acción está en el cielo.
Para esto, tengo que estar, insisto, firmemente aferrado al cielo, anclado al cielo. La biblia dice que "tenemos como firme y segura ancla del alma una esperanza que penetra hasta detrás de la cortina del santuario, hasta donde Jesús, el precursor, entró por nosotros, llegando a ser sumo sacerdote para siempre" (Hebreos 6:19-20). Nos conecta, en definitiva, con esa libertad que él mismo nos anunció. Es nuestra ancla al cielo lo que nos hace libres. Mientras nuestra mirada, mientras nuestra cosmovisión, nuestra forma de entender el mundo, esté anclada a la tierra, jamás vamos a ser libres, porque vamos a estar atados a las circunstancias que vivimos en esta tierra. El cielo está por encima de eso, trasciende a las circunstancias. Por eso permanece firme, y por eso nos hace libres.
Entonces, la libertad y la firmeza van de la mano. El cielo es ambas cosas, libertad y firmeza. Esta firmeza tiene que ver con la obediencia a Dios, con respetar y observar los valores inmutables que él nos propone. Los tiempos cambiaron, y tal vez la forma que toma la aplicación de esos valores puede haber cambiado, pero los valores siguen siendo los mismos, porque Dios no cambia, y creo que eso quiso enseñarnos al crear el cielo. De hecho, decimos, y la propia escritura dice, que Dios está en los cielos. Seguramente no se refiera al cielo material, el que cubre este mundo. Pero indudablemente nos está diciendo que Dios habita allí donde todo permanece firme, donde todo es eterno, donde las circunstancias no cambian: en la eternidad, en el dominio de lo espiritual.
Entonces, si la firmeza tiene que ver con la obediencia a Dios, no existe verdadera libertad sin obediencia a Dios, porque esta firmeza es lo que me hace libre. Si no observo los valores inmutables de Dios, voy a observar los valores cambiantes del mundo. No existe tal cosa como "seguir mis propios valores libremente", porque siempre voy a estar influido por alguien más, consciente o inconscientemente. Por mi parte, prefiero absolutamente elegir de manera consciente seguir los valores trascendentes de Dios y ser libre de las circunstancias que me rodean.
Por supuesto, quiero hacer una aclaración: aunque tengamos la mirada puesta en el cielo, vivimos en la tierra, y esto tenemos que entenderlo, porque ambos forman parte de la misma creación. Si Dios hubiera querido que solamente viviéramos en el terreno de lo que no se modifica, viviríamos en el cielo. Pero vivimos en la tierra, desde mucho antes de la caída. Entonces, Dios quiere que vivamos en la tierra, que trabajemos en esta tierra, creando, cultivando, disfrutando. La mirada tiene que estar en el cielo, pero los pies en la tierra. No podemos hacer de cuenta que las circunstancias cambiantes no existen, o que está todo bien porque nuestro ancla está en el cielo. Eso nos mantiene seguros, y nos permite seguir adelante y permanecer firmes a pesar de las circunstancias, pero ellas siguen estando ahí.
Digo esto porque a veces tendemos a ocultar de nosotros mismos que las cosas no son como quisiéramos que fueran, o como deberían ser. Dios nos habla muchas veces de un mundo perfecto, y tenemos que conservar esa esperanza de que las cosas un día van a ser como deberían, ideales, perfectas, pero sin olvidarnos de que todavía no es así. Si no acepto mi propia realidad no-ideal, difícilmente pueda trabajar sobre ella para hacerla un poco más ideal.
Entonces, vivimos con los pies firmes en la tierra, pero la mirada firmemente puesta en el cielo, nuestra ancla aferrada en una manera trascendente de ver el mundo, según parámetros que no cambian con las circunstancias. Esta obediencia firme a nuestro Dios es lo único que puede hacernos libres, para vivir una vida plena, llena de acción, emoción y sentido. Espero que esta reflexión haya sido de bendición.
Que el Dios creador del cielo y de la tierra nos incite a mirar hacia arriba, a contemplar los cielos y recordar dónde debe ser aferrada nuestra ancla para que podamos vivir en su libertad, cumpliendo con su voluntad en la tierra tal como se cumple en el cielo. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 12 de noviembre de 2013
martes, 5 de noviembre de 2013
La creación - Día 1: La luz
Hola a todos. Pasó bastante tiempo desde la última vez que publiqué, pero espero que puedan volver a conectar enseguida. Esta vez voy a empezar con la serie de reflexiones acerca de la creación del mundo, como dije la vez pasada. Recuerden que, no importa si pensamos que es simbólico o literal, el relato más verdadero, la explicación más certera, viene siempre, indefectiblemente, de Dios. Si realmente queremos ver un cambio en el mundo en el que vivimos, tenemos que empezar por cambiar nuestra visión del mundo, empezar a entender el mundo integrando todo lo que conocemos humanamente a la forma en que Dios mismo nos explica las cosas.
"Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. La tierra era un caos total, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas. Y dijo Dios: «¡Que exista la luz!» Y la luz llegó a existir. Dios consideró que la luz era buena y la separó de las tinieblas. A la luz la llamó «día», y a las tinieblas, «noche». Y vino la noche, y llegó la mañana: ese fue el primer día".
(Génesis 1:1-5)
Si miramos a nuestro alrededor, todos los días, en cualquier lugar donde estemos, podemos decir que la tierra es un caos: injusticias, desorden, violencia, explotación, mentiras, y varias cosas más. Pareciera como si cada vez se pusiera peor, a un ritmo lento pero sostenido.
En el pasaje de Génesis, la biblia dice que al principio, era igual, la tierra era un caos. Estaba todo desordenado y no había vida. Pensemos en lo que se nos dice desde las ciencias naturales: gases y partículas mezcladas y desordenadas alrededor de un cuerpo cubierto de agua.
Ahora, hay dos cosas muy interesantes, que quiero resaltar. Primero, que "el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas". Cada vez que leo esto, pienso en lo que estaría haciendo el Espíritu, y supongo que estaba poniendo orden. El Espíritu, además, es la presencia misma de Dios sobre la tierra. Él no estaba ausente en su creación, mirando todo desde arriba, sino que estaba trabajando, desde adentro.
Lo segundo es que Dios, ante el desorden que había en la creación, no dice «que haya orden», o «que se acomode todo», sino "«¡Que exista la luz!»". Para poner orden, lo primero que hace es encender luz. El desorden y la oscuridad son cosas que van de la mano. Donde hay desorden, hay oscuridad, y viceversa.
Si prestamos atención, las tres formas de Dios, las tres manifestaciones, lo que llamamos la trinidad, aparece entera en este momento. Juan dice que "en el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios" (1:1), y que "por medio de él todas las cosas fueron creadas" (1:3). La palabra de Dios aparece en el Génesis creando, trabajando, tanto como el Espíritu o como el Padre. Y la palabra es Jesús mismo: "en él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad" (1:4). "Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo. El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de él, pero el mundo no lo reconoció" (1:9-10).
Jesús mismo dijo "yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8:12). Está presente desde la mismísima creación del mundo, al igual que el Espíritu y el Padre. Tres manifestaciones del mismo Dios, Dios trabajando desde todo su ser para crear el mundo. Y lo primero que hace, es crear la luz.
Esto es lo que pasa en el mundo también hoy. Si Dios no enciende la luz, las tinieblas lo cubren todo. Nadie ve nada, nadie entiende nada, nadie sabe por dónde va, ni para dónde. Nada es claro, todo es gris y difuso, y por eso hay caos. Lo bueno y lo malo, por ejemplo, son cosas que se toman por relativas, y entonces se mezclan en una especie de paleta de colores. Depende de lo cultural, depende de cada persona, depende de quién lo diga, y así sucesivamente.
Pero Dios establece claramente las cosas. Dice el pasaje que "consideró que la luz era buena y la separó de las tinieblas". Lo bueno y la luz son la misma cosa, y por eso lo malo se hace normalmente al amparo de la oscuridad, o digamos, cuando nadie ve. La biblia también habla de esto: "no tengan nada que ver con las obras infructuosas de la oscuridad, sino más bien denúncienlas, porque da vergüenza aun mencionar lo que los desobedientes hacen en secreto" (Efesios 5:11-12). Todo lo que hacemos a escondidas, con miedo de que se descubra, pertenece a la oscuridad y es malo. Si es bueno no necesita ser ocultado de la luz. Por poner ejemplos, pensemos en las mentiras, las trampas, la desobediencia y las conspiraciones.
Por supuesto, el tema está en que algunas cosas ya están aceptadas socialmente, entonces se practican a plena luz del día a pesar de ser malas. Pero si pensamos bien, son esas cosas con las que no todo el mundo está de acuerdo al menos en la teoría.
En cualquier caso, es por eso que lo primero que hace Dios en la vida de una persona es encender la luz. Antes de recibir a Jesús en nuestra vida, todo está oscuro adentro. No hay luz. Caminamos en todo caso guiados por otros que ven (o a veces por otros que no ven), pero no tenemos luz. Pero Jesús es la luz, por lo tanto al entrar en nuestra vida todo empieza a hacerse visible.
Es por eso que el primer signo de recibir a Jesús es el arrepentimiento: porque al encender la luz vemos lo que hacíamos mal, vemos con más claridad lo que antes nos parecía difuso y gris, empezamos a separar lo bueno de lo malo, como hizo Dios en la creación al separar la luz de las tinieblas. Y lo que para Dios es bueno nos empieza a parecer bueno, muchas veces incluso sin querer, sin que nos lo propongamos. Al menos al principio.
Esto es porque también recibimos el Espíritu de Dios, que es el que pone orden. El Espíritu es la mente de Cristo, nos infunde la manera de pensar de Dios. Ordena nuestra vida para que cada cosa esté en su lugar: lo bueno y lo malo.
Me parece que podemos sacar esta conclusión: donde está Dios, hay luz y orden. Cuando el hombre se apartó de Dios, se rompió ese orden y la vida humana se llenó de oscuridad y caos. Pero Jesús es la luz y es la vida, y cuando lo recibimos, se restablece ese orden en nosotros y se enciende la luz. Esa luz también empieza a brillar hacia afuera. Todo esto se produce a través del Espíritu, que pone orden en el caos de nuestras vidas, e incluso a nuestro alrededor. Por eso muy a menudo, al vivir en Jesús, traemos paz para otros. Porque donde nosotros vamos, llevamos también luz y orden, y donde están estas cosas hay paz.
Ahora, otra cosa queda muy clara en el pasaje de Génesis: para encender la luz, se necesita la palabra de Dios, como pasó en la creación. También para poner orden, porque la palabra es lo único firme. Es lo único que no es gris, que no es difuso, la única ley del universo. Todo lo demás, es creencia humana. Los seres humanos somos esclavos del desorden y la oscuridad. "Pero cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Corintios 3:16-17). Sin la palabra, no podemos esperar que se extienda la luz por nuestro interior. Conocer la palabra es fundamental para vivir en la luz.
Recomiendo leer Efesios 4:17-5:14. La biblia es bastante clara sobre qué cosas forman parte de la luz y qué cosas forman parte de la oscuridad. Así y todo, recuerden: lo que cuenta es nuestra actitud hacia esas cosas. Tenemos que considerar malas a las cosas de la oscuridad y buenas a las cosas de la luz, y hacerlo con convicción y sinceridad, pero también tenemos que reconocer que somos seres humanos, y aunque estemos de acuerdo con Dios en nuestra mente, no siempre nos sale actuar como creemos que está bien. No podemos desanimarnos frente a un error, por más grande que sea. Si hicimos algo, o muchas cosas, que pertenecen a la oscuridad, no creamos que somos lo peor y que Dios nos detesta, porque eso no es así. La sociedad, o incluso nosotros mismos, y hasta a veces la iglesia, nos venden esa imagen de Dios, pero es falsa. La biblia no establece eso.
Dios nos ama porque nos creó, no porque actuemos mal o bien. Por eso, la salvación es por gracia. Tenemos que darnos un margen de error, sin perder nuestras convicciones, pero aceptando que fallamos, que nos equivocamos y que no siempre vivimos a la altura de lo que creemos. Dios también sabe esto, lo entiende, y lo acepta, y él mismo trabaja para liberarnos también de eso. Sentirse mal por hacer algo malo es natural, pero no olvidemos que Dios nos perdonó en Cristo.
Que el Dios creador de todas las cosas encienda la luz en cada área de nuestras vidas, para que podamos brillar, llevando orden y luz a todos lados donde vayamos para llenar el mundo otra vez de paz y libertad. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
"Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra. La tierra era un caos total, las tinieblas cubrían el abismo, y el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas. Y dijo Dios: «¡Que exista la luz!» Y la luz llegó a existir. Dios consideró que la luz era buena y la separó de las tinieblas. A la luz la llamó «día», y a las tinieblas, «noche». Y vino la noche, y llegó la mañana: ese fue el primer día".
(Génesis 1:1-5)
Si miramos a nuestro alrededor, todos los días, en cualquier lugar donde estemos, podemos decir que la tierra es un caos: injusticias, desorden, violencia, explotación, mentiras, y varias cosas más. Pareciera como si cada vez se pusiera peor, a un ritmo lento pero sostenido.
En el pasaje de Génesis, la biblia dice que al principio, era igual, la tierra era un caos. Estaba todo desordenado y no había vida. Pensemos en lo que se nos dice desde las ciencias naturales: gases y partículas mezcladas y desordenadas alrededor de un cuerpo cubierto de agua.
Ahora, hay dos cosas muy interesantes, que quiero resaltar. Primero, que "el Espíritu de Dios iba y venía sobre la superficie de las aguas". Cada vez que leo esto, pienso en lo que estaría haciendo el Espíritu, y supongo que estaba poniendo orden. El Espíritu, además, es la presencia misma de Dios sobre la tierra. Él no estaba ausente en su creación, mirando todo desde arriba, sino que estaba trabajando, desde adentro.
Lo segundo es que Dios, ante el desorden que había en la creación, no dice «que haya orden», o «que se acomode todo», sino "«¡Que exista la luz!»". Para poner orden, lo primero que hace es encender luz. El desorden y la oscuridad son cosas que van de la mano. Donde hay desorden, hay oscuridad, y viceversa.
Si prestamos atención, las tres formas de Dios, las tres manifestaciones, lo que llamamos la trinidad, aparece entera en este momento. Juan dice que "en el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios" (1:1), y que "por medio de él todas las cosas fueron creadas" (1:3). La palabra de Dios aparece en el Génesis creando, trabajando, tanto como el Espíritu o como el Padre. Y la palabra es Jesús mismo: "en él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad" (1:4). "Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo. El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de él, pero el mundo no lo reconoció" (1:9-10).
Jesús mismo dijo "yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8:12). Está presente desde la mismísima creación del mundo, al igual que el Espíritu y el Padre. Tres manifestaciones del mismo Dios, Dios trabajando desde todo su ser para crear el mundo. Y lo primero que hace, es crear la luz.
Esto es lo que pasa en el mundo también hoy. Si Dios no enciende la luz, las tinieblas lo cubren todo. Nadie ve nada, nadie entiende nada, nadie sabe por dónde va, ni para dónde. Nada es claro, todo es gris y difuso, y por eso hay caos. Lo bueno y lo malo, por ejemplo, son cosas que se toman por relativas, y entonces se mezclan en una especie de paleta de colores. Depende de lo cultural, depende de cada persona, depende de quién lo diga, y así sucesivamente.
Pero Dios establece claramente las cosas. Dice el pasaje que "consideró que la luz era buena y la separó de las tinieblas". Lo bueno y la luz son la misma cosa, y por eso lo malo se hace normalmente al amparo de la oscuridad, o digamos, cuando nadie ve. La biblia también habla de esto: "no tengan nada que ver con las obras infructuosas de la oscuridad, sino más bien denúncienlas, porque da vergüenza aun mencionar lo que los desobedientes hacen en secreto" (Efesios 5:11-12). Todo lo que hacemos a escondidas, con miedo de que se descubra, pertenece a la oscuridad y es malo. Si es bueno no necesita ser ocultado de la luz. Por poner ejemplos, pensemos en las mentiras, las trampas, la desobediencia y las conspiraciones.
Por supuesto, el tema está en que algunas cosas ya están aceptadas socialmente, entonces se practican a plena luz del día a pesar de ser malas. Pero si pensamos bien, son esas cosas con las que no todo el mundo está de acuerdo al menos en la teoría.
En cualquier caso, es por eso que lo primero que hace Dios en la vida de una persona es encender la luz. Antes de recibir a Jesús en nuestra vida, todo está oscuro adentro. No hay luz. Caminamos en todo caso guiados por otros que ven (o a veces por otros que no ven), pero no tenemos luz. Pero Jesús es la luz, por lo tanto al entrar en nuestra vida todo empieza a hacerse visible.
Es por eso que el primer signo de recibir a Jesús es el arrepentimiento: porque al encender la luz vemos lo que hacíamos mal, vemos con más claridad lo que antes nos parecía difuso y gris, empezamos a separar lo bueno de lo malo, como hizo Dios en la creación al separar la luz de las tinieblas. Y lo que para Dios es bueno nos empieza a parecer bueno, muchas veces incluso sin querer, sin que nos lo propongamos. Al menos al principio.
Esto es porque también recibimos el Espíritu de Dios, que es el que pone orden. El Espíritu es la mente de Cristo, nos infunde la manera de pensar de Dios. Ordena nuestra vida para que cada cosa esté en su lugar: lo bueno y lo malo.
Me parece que podemos sacar esta conclusión: donde está Dios, hay luz y orden. Cuando el hombre se apartó de Dios, se rompió ese orden y la vida humana se llenó de oscuridad y caos. Pero Jesús es la luz y es la vida, y cuando lo recibimos, se restablece ese orden en nosotros y se enciende la luz. Esa luz también empieza a brillar hacia afuera. Todo esto se produce a través del Espíritu, que pone orden en el caos de nuestras vidas, e incluso a nuestro alrededor. Por eso muy a menudo, al vivir en Jesús, traemos paz para otros. Porque donde nosotros vamos, llevamos también luz y orden, y donde están estas cosas hay paz.
Ahora, otra cosa queda muy clara en el pasaje de Génesis: para encender la luz, se necesita la palabra de Dios, como pasó en la creación. También para poner orden, porque la palabra es lo único firme. Es lo único que no es gris, que no es difuso, la única ley del universo. Todo lo demás, es creencia humana. Los seres humanos somos esclavos del desorden y la oscuridad. "Pero cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado. Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Corintios 3:16-17). Sin la palabra, no podemos esperar que se extienda la luz por nuestro interior. Conocer la palabra es fundamental para vivir en la luz.
Recomiendo leer Efesios 4:17-5:14. La biblia es bastante clara sobre qué cosas forman parte de la luz y qué cosas forman parte de la oscuridad. Así y todo, recuerden: lo que cuenta es nuestra actitud hacia esas cosas. Tenemos que considerar malas a las cosas de la oscuridad y buenas a las cosas de la luz, y hacerlo con convicción y sinceridad, pero también tenemos que reconocer que somos seres humanos, y aunque estemos de acuerdo con Dios en nuestra mente, no siempre nos sale actuar como creemos que está bien. No podemos desanimarnos frente a un error, por más grande que sea. Si hicimos algo, o muchas cosas, que pertenecen a la oscuridad, no creamos que somos lo peor y que Dios nos detesta, porque eso no es así. La sociedad, o incluso nosotros mismos, y hasta a veces la iglesia, nos venden esa imagen de Dios, pero es falsa. La biblia no establece eso.
Dios nos ama porque nos creó, no porque actuemos mal o bien. Por eso, la salvación es por gracia. Tenemos que darnos un margen de error, sin perder nuestras convicciones, pero aceptando que fallamos, que nos equivocamos y que no siempre vivimos a la altura de lo que creemos. Dios también sabe esto, lo entiende, y lo acepta, y él mismo trabaja para liberarnos también de eso. Sentirse mal por hacer algo malo es natural, pero no olvidemos que Dios nos perdonó en Cristo.
Que el Dios creador de todas las cosas encienda la luz en cada área de nuestras vidas, para que podamos brillar, llevando orden y luz a todos lados donde vayamos para llenar el mundo otra vez de paz y libertad. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 24 de octubre de 2013
La creación del mundo
Hola a todos. Después de un pequeño descanso, vuelvo a publicar. Estuvimos hablando de varias cosas relacionadas con la vida del ser humano, como la relación con Dios, la lucha diaria que atravesamos, la fe, la comunidad de fe, y otras cosas más. Pero quería proponer, ahora, una serie breve sobre los primeros momentos de la historia de la humanidad, detenerme en el principio de todo: la creación. Más allá de conocer el origen, de dónde venimos, y todo eso, que es muy importante, me di cuenta de que todo el proceso de la creación del mundo tiene muchísimo para enseñarnos. En definitiva, es la historia, que siempre nos habla del pasado, pero que si prestamos atención, nos habla mucho más sobre el presente.
Una de las cosas más significativas de reflexionar sobre la creación es que nos permite imaginar cómo era la vida antes de que existiera el pecado, cómo era la relación del hombre con Dios, para qué fueron creadas las cosas, en fin, me parece que es un tema al que como cristianos deberíamos volver con frecuencia. Si alguno está leyendo esto y no se considera cristiano, le doy la bienvenida y lo invito a recorrer esta aventura con nosotros igual, y a sorprenderse con los creyentes por todo lo que se puede llegar a descubrir en el relato de la creación.
En esta introducción quiero aclarar algunas cosas. El relato del Génesis es uno de los más cuestionados y analizados por personas ajenas a la iglesia: filósofos, historiadores, críticos literarios, y hasta científicos. Se suele pensar en términos de oposición fe-ciencia. Sin embargo, me parece que una cosa no descarta a la otra. El relato del Génesis no parece tanto ser descriptivo y detallado, sino conceptual. Cómo los científicos le dan forma, detalle, análisis y contenido al proceso de formación del mundo y del hombre, es otra cosa. Los dos relatos son perfectamente compatibles. Para mí, como creyente, la biblia tiene la última palabra, pero eso no significa que no esté de acuerdo con las teorías científicas que intentan explicar la forma en que este proceso se llevó a cabo.
En definitiva, da la impresión de que cuanto más atrás o adelante nos vamos en el tiempo, la biblia se vuelve menos específica, sobre todo si vemos lo que es el Génesis antes del diluvio, y lo que es el Apocalipsis, las dos partes más simbólicos dentro de toda la Escritura; a diferencia de los evangelios, que están en el centro de la biblia, y que son bien concretos y detallados.
Otra cosa que quiero recordarles, y que ya dije en algún momento, es que tenemos siempre la tendencia a creer que lo que vemos, lo descriptivo, la posibilidad de detallar, lo material y concreto, es lo que determina si algo es real, probable o verosímil. Pero lo que es realmente determinante es lo que no vemos, porque lo espiritual trasciende y organiza lo material. Si algo ocurre en el mundo de lo material, es porque algo ocurrió por detrás en el mundo de lo espiritual. Sea algo bueno, o sea algo malo. Si no están seguros de esto, hagan el ejercicio de repasar las cosas que vivieron en esta semana, y traten de dilucidar si no hay algo más profundo e invisible a los ojos que causó esas cosas, o que influyó en cómo lo vivieron, o en el impacto que tuvo en cada persona involucrada. Si lo analizan en profundidad y son sinceros, yo creo que no podrían dudar de esto. Todo, en definitiva, en última instancia, es espiritual.
Por eso, el "sentido común" que nos enseñan desde chicos, como ya dije hace poco, no nos sirve para entender cómo realmente funciona el mundo. Justamente porque se basa en la experiencia material, en lo que vivimos en el cuerpo, o en la relación humanamente lógica entre las cosas: causa y efecto. Si el mundo realmente funcionara en base a lo que se puede medir, hace tiempo que habríamos podido explicar todo lo que el ser humano vive en esta vida. Sin embargo, hoy en día seguimos buscando esas explicaciones, por algo existe la filosofía, la sociología, la psicología y tantas otras disciplinas.
Parece que se me fue la mano con las aclaraciones, pero me parece que es importante para que entendamos lo que estamos por analizar. La biblia es la palabra de Dios. Si le creo, le creo, entienda o no a qué se refiere. Por supuesto, es importante hacerse preguntas, porque eso nos ayuda a comprender mejor la vida que vivimos y también nos acerca más a Dios. Pero en última instancia, todo es una cuestión de fe: se trata de creer que la explicación bíblica tiene o no tiene sentido, independientemente si también le creo a la versión científica (que también es una cuestión de fe, fe en los instrumentos de medición, fe en las teorías, fe en las demostraciones).
La fe viene antes de conocer lo que dice uno u otro relato. Me acerco al relato con actitud de confianza o desconfianza. Si voy a la biblia con actitud de desconfianza, probablemente el relato no tenga sentido. Si voy a la ciencia con actitud de confianza, obviamente va a tener sentido lo que me diga. Lo mismo pasa al revés. Y las dos cosas pueden ser compatibles, si confío en las dos. Pero en lo personal, lo que más vale es lo que diga la biblia, porque confío más en la biblia que en el conocimiento humano. Así que si en algún punto la biblia y la ciencia se contradicen, yo opto por creerle a la biblia.
Lo que propongo en esta publicación es que se animen, creyentes y, si alguno está leyendo esto, no creyentes, a acercarse con una actitud de confianza. No hay otra forma de comprobar que lo que dice la biblia es cierto. Si confío, Dios se encarga de que viva cosas que me lo confirmen, pero siempre viene después de la fe. Esto no es casual. Alguno podría decir "qué conveniente". Claro, si creo, después voy a considerar que todo es cierto, y voy a explicarme mi vida a través de la biblia. Yo pensaba lo mismo, incluso lo pensé siendo creyente. Me acercaba a la palabra con cierto recelo, sin darme cuenta, por pensar esto. Pero me olvidaba de un detalle: Dios es un Dios vivo, que actúa en serio. Cuando me animé a confiar, empecé a ver esto. Empecé a ver el verdadero resultado, especialmente cuando las cosas que vivía me sorprendían, y cuando venían antes de conocer lo que la biblia decía al respecto.
Por último, me queda decir que hay muchas cosas de la perspectiva bíblica que jamás vamos a poder explicarnos, porque tienen que ver con la naturaleza y la mente de Dios, que son muy superiores a las nuestras, y por lo tanto inaccesibles para nuestra estructura mental, al menos tal y como ella está en este "momento", es decir, desde la caída. A medida que crece nuestra fe, crece nuestro conocimiento y nuestra comprensión de Dios, pero supongo que ciertas cosas simplemente se nos escapan, como el concepto de la "eternidad", que podemos entenderlo pero sólo vagamente. Una de esas cosas es el origen de Dios. ¿Siempre estuvo ahí? ¿De dónde vino? ¿Hubo un tiempo sin Dios? Otra cosa, ¿por qué motivo creó Dios todo? ¿Para qué? ¿Por qué dejó que las cosas se dieran de la forma que se dieron?
Creo que la mayoría de estas preguntas, y otras que ustedes podrían pensar, sólo pueden responderse parcialmente. Pero tampoco hacen a lo que es nuestra vida práctica, y pienso que por eso la biblia no explica estas cosas. El propósito de la biblia, de toda la revelación de Dios, es llevar al ser humano a acercarse a Dios, y para eso sólo era necesario entender la necesidad que tenemos de Cristo. Toda la biblia, si nos fijamos, conduce a Cristo. La biblia misma lo establece: "la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo para que fuéramos justificados por la fe" (Gálatas 3:24), y "desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús" (2 Timoteo 3:15).
De hecho, Cristo es la palabra de Dios, convertida en cuerpo. Él es la palabra viva, y si nos fijamos en el relato del Génesis, todo lo que fue creado por Dios fue hecho a través de la palabra. Dios decía algo, y esto empezaba a existir. Juan confirma esto: "en el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir" (Juan 1:1-3). Todas las cosas existen por medio de Cristo, e incluso para Cristo. La biblia es clara también sobre ésto: "Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él" (Colosenses 1:15-16).
La biblia va todavía más lejos: Dios "nos hizo conocer", a través de esta revelación que es su palabra, "el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra" (Efesios 1:9-10). Todas las cosas. Podríamos pensar que Cristo es casi la razón y el propósito de toda la creación, y también el centro de la Escritura. Por eso hay cosas que no están explicadas. Sólo está explicado aquello que de alguna forma apunta a Jesús o a este propósito de reunir en él todas las cosas.
Por eso el relato de la creación. Las cosas fueron creadas por y para Cristo. Tenemos que conocer cuáles son esas cosas. Lo interesante es que el versículo 1, de toda la Escritura, dice que "Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra". O sea que en el principio, Dios ya estaba. O sea que él existe desde antes del principio de este mundo. Con eso alcanza, me parece. Nos habla de que él es el principio de todo, y él es el fin. Él es el que da sentido a todo. Para aquellos que lo conocen, ¿no les pasó que todas las cosas de su vida, lentamente, van teniendo más y más sentido a medida que se acercan más a él? Yo, personalmente, empecé a entender más mi pasado y mi presente desde que le abrí mi vida a Jesús. Incluso en cosas que no me había preguntado antes. Y el pasaje de Juan da a entender que Jesús también: "él estaba con Dios en el principio". Es lógico, porque Jesús es Dios, es un aspecto de Dios, su costado visible, diríamos.
Bueno, espero que haya servido todo esto para reflexionar en la importancia de conocer qué dice la biblia sobre el principio de los tiempos, adónde apunta el relato, y qué tiene para aportarnos. Tenemos que leerlo y analizarlo en esa clave: sirve para explicarnos en profundidad el sentido de todo lo que existe. En definitiva, Dios es eterno, y para él, el tiempo no existe. ¿No será que para él todo pasa "al mismo tiempo", por así decirlo? Todo: creación, la historia, la salvación del ser humano, el pecado y el perdón, la muerte y la vida. Tal vez todo forma parte del mismo proceso de la creación. Sólo que nosotros lo vivimos con muchísimo detalle porque formamos parte del proceso. Formamos parte del tiempo. Igual, otra de las cosas que pasan cuando nos acercamos a Dios y lo recibimos, es que empezamos a tener mayor dimensión de la eternidad, a experimentar, al menos en pensamiento y en sentimiento, el "salirnos" del tiempo, y empezamos a poder ver un poquito más desde arriba las cosas. Hay enormes limitaciones a esto, por supuesto, porque seguimos siendo humanos, pero como Dios es eterno, recibirlo adentro de nosotros mismos, en nuestra propia vida, nos hace un poco más eternos.
Espero que haya sido de bendición esta reflexión, y espero lo mismo de la serie que voy a empezar a publicar. Es mi oración que todos los que la lean puedan descubrir qué es lo que Dios les dice a través de ella, filtrar aquellas cosas que vienen de mi propia reflexión, y así conocer un poco más a Dios. Mi consejo es que se atrevan a creer en serio, que se entreguen de lleno a la confianza, que tal vez ya tengan o tal vez todavía no, en la palabra de Dios, y que se animen a descubrir las "locuras" que Dios nos propone que creamos, porque "la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana" (1 Corintios 1:25).
Que el Dios que está desde antes del principio, el Primero y el Último, renueve nuestro entendimiento y abra nuestros ojos para que cada vez podamos ver un poco más desde arriba y desde afuera, y vivir una vida más y más eterna, no solamente en la duración, sino sobre todo en la experiencia. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Una de las cosas más significativas de reflexionar sobre la creación es que nos permite imaginar cómo era la vida antes de que existiera el pecado, cómo era la relación del hombre con Dios, para qué fueron creadas las cosas, en fin, me parece que es un tema al que como cristianos deberíamos volver con frecuencia. Si alguno está leyendo esto y no se considera cristiano, le doy la bienvenida y lo invito a recorrer esta aventura con nosotros igual, y a sorprenderse con los creyentes por todo lo que se puede llegar a descubrir en el relato de la creación.
En esta introducción quiero aclarar algunas cosas. El relato del Génesis es uno de los más cuestionados y analizados por personas ajenas a la iglesia: filósofos, historiadores, críticos literarios, y hasta científicos. Se suele pensar en términos de oposición fe-ciencia. Sin embargo, me parece que una cosa no descarta a la otra. El relato del Génesis no parece tanto ser descriptivo y detallado, sino conceptual. Cómo los científicos le dan forma, detalle, análisis y contenido al proceso de formación del mundo y del hombre, es otra cosa. Los dos relatos son perfectamente compatibles. Para mí, como creyente, la biblia tiene la última palabra, pero eso no significa que no esté de acuerdo con las teorías científicas que intentan explicar la forma en que este proceso se llevó a cabo.
En definitiva, da la impresión de que cuanto más atrás o adelante nos vamos en el tiempo, la biblia se vuelve menos específica, sobre todo si vemos lo que es el Génesis antes del diluvio, y lo que es el Apocalipsis, las dos partes más simbólicos dentro de toda la Escritura; a diferencia de los evangelios, que están en el centro de la biblia, y que son bien concretos y detallados.
Otra cosa que quiero recordarles, y que ya dije en algún momento, es que tenemos siempre la tendencia a creer que lo que vemos, lo descriptivo, la posibilidad de detallar, lo material y concreto, es lo que determina si algo es real, probable o verosímil. Pero lo que es realmente determinante es lo que no vemos, porque lo espiritual trasciende y organiza lo material. Si algo ocurre en el mundo de lo material, es porque algo ocurrió por detrás en el mundo de lo espiritual. Sea algo bueno, o sea algo malo. Si no están seguros de esto, hagan el ejercicio de repasar las cosas que vivieron en esta semana, y traten de dilucidar si no hay algo más profundo e invisible a los ojos que causó esas cosas, o que influyó en cómo lo vivieron, o en el impacto que tuvo en cada persona involucrada. Si lo analizan en profundidad y son sinceros, yo creo que no podrían dudar de esto. Todo, en definitiva, en última instancia, es espiritual.
Por eso, el "sentido común" que nos enseñan desde chicos, como ya dije hace poco, no nos sirve para entender cómo realmente funciona el mundo. Justamente porque se basa en la experiencia material, en lo que vivimos en el cuerpo, o en la relación humanamente lógica entre las cosas: causa y efecto. Si el mundo realmente funcionara en base a lo que se puede medir, hace tiempo que habríamos podido explicar todo lo que el ser humano vive en esta vida. Sin embargo, hoy en día seguimos buscando esas explicaciones, por algo existe la filosofía, la sociología, la psicología y tantas otras disciplinas.
Parece que se me fue la mano con las aclaraciones, pero me parece que es importante para que entendamos lo que estamos por analizar. La biblia es la palabra de Dios. Si le creo, le creo, entienda o no a qué se refiere. Por supuesto, es importante hacerse preguntas, porque eso nos ayuda a comprender mejor la vida que vivimos y también nos acerca más a Dios. Pero en última instancia, todo es una cuestión de fe: se trata de creer que la explicación bíblica tiene o no tiene sentido, independientemente si también le creo a la versión científica (que también es una cuestión de fe, fe en los instrumentos de medición, fe en las teorías, fe en las demostraciones).
La fe viene antes de conocer lo que dice uno u otro relato. Me acerco al relato con actitud de confianza o desconfianza. Si voy a la biblia con actitud de desconfianza, probablemente el relato no tenga sentido. Si voy a la ciencia con actitud de confianza, obviamente va a tener sentido lo que me diga. Lo mismo pasa al revés. Y las dos cosas pueden ser compatibles, si confío en las dos. Pero en lo personal, lo que más vale es lo que diga la biblia, porque confío más en la biblia que en el conocimiento humano. Así que si en algún punto la biblia y la ciencia se contradicen, yo opto por creerle a la biblia.
Lo que propongo en esta publicación es que se animen, creyentes y, si alguno está leyendo esto, no creyentes, a acercarse con una actitud de confianza. No hay otra forma de comprobar que lo que dice la biblia es cierto. Si confío, Dios se encarga de que viva cosas que me lo confirmen, pero siempre viene después de la fe. Esto no es casual. Alguno podría decir "qué conveniente". Claro, si creo, después voy a considerar que todo es cierto, y voy a explicarme mi vida a través de la biblia. Yo pensaba lo mismo, incluso lo pensé siendo creyente. Me acercaba a la palabra con cierto recelo, sin darme cuenta, por pensar esto. Pero me olvidaba de un detalle: Dios es un Dios vivo, que actúa en serio. Cuando me animé a confiar, empecé a ver esto. Empecé a ver el verdadero resultado, especialmente cuando las cosas que vivía me sorprendían, y cuando venían antes de conocer lo que la biblia decía al respecto.
Por último, me queda decir que hay muchas cosas de la perspectiva bíblica que jamás vamos a poder explicarnos, porque tienen que ver con la naturaleza y la mente de Dios, que son muy superiores a las nuestras, y por lo tanto inaccesibles para nuestra estructura mental, al menos tal y como ella está en este "momento", es decir, desde la caída. A medida que crece nuestra fe, crece nuestro conocimiento y nuestra comprensión de Dios, pero supongo que ciertas cosas simplemente se nos escapan, como el concepto de la "eternidad", que podemos entenderlo pero sólo vagamente. Una de esas cosas es el origen de Dios. ¿Siempre estuvo ahí? ¿De dónde vino? ¿Hubo un tiempo sin Dios? Otra cosa, ¿por qué motivo creó Dios todo? ¿Para qué? ¿Por qué dejó que las cosas se dieran de la forma que se dieron?
Creo que la mayoría de estas preguntas, y otras que ustedes podrían pensar, sólo pueden responderse parcialmente. Pero tampoco hacen a lo que es nuestra vida práctica, y pienso que por eso la biblia no explica estas cosas. El propósito de la biblia, de toda la revelación de Dios, es llevar al ser humano a acercarse a Dios, y para eso sólo era necesario entender la necesidad que tenemos de Cristo. Toda la biblia, si nos fijamos, conduce a Cristo. La biblia misma lo establece: "la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo para que fuéramos justificados por la fe" (Gálatas 3:24), y "desde tu niñez conoces las Sagradas Escrituras, que pueden darte la sabiduría necesaria para la salvación mediante la fe en Cristo Jesús" (2 Timoteo 3:15).
De hecho, Cristo es la palabra de Dios, convertida en cuerpo. Él es la palabra viva, y si nos fijamos en el relato del Génesis, todo lo que fue creado por Dios fue hecho a través de la palabra. Dios decía algo, y esto empezaba a existir. Juan confirma esto: "en el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba con Dios en el principio. Por medio de él todas las cosas fueron creadas; sin él, nada de lo creado llegó a existir" (Juan 1:1-3). Todas las cosas existen por medio de Cristo, e incluso para Cristo. La biblia es clara también sobre ésto: "Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación, porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de él y para él" (Colosenses 1:15-16).
La biblia va todavía más lejos: Dios "nos hizo conocer", a través de esta revelación que es su palabra, "el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra" (Efesios 1:9-10). Todas las cosas. Podríamos pensar que Cristo es casi la razón y el propósito de toda la creación, y también el centro de la Escritura. Por eso hay cosas que no están explicadas. Sólo está explicado aquello que de alguna forma apunta a Jesús o a este propósito de reunir en él todas las cosas.
Por eso el relato de la creación. Las cosas fueron creadas por y para Cristo. Tenemos que conocer cuáles son esas cosas. Lo interesante es que el versículo 1, de toda la Escritura, dice que "Dios, en el principio, creó los cielos y la tierra". O sea que en el principio, Dios ya estaba. O sea que él existe desde antes del principio de este mundo. Con eso alcanza, me parece. Nos habla de que él es el principio de todo, y él es el fin. Él es el que da sentido a todo. Para aquellos que lo conocen, ¿no les pasó que todas las cosas de su vida, lentamente, van teniendo más y más sentido a medida que se acercan más a él? Yo, personalmente, empecé a entender más mi pasado y mi presente desde que le abrí mi vida a Jesús. Incluso en cosas que no me había preguntado antes. Y el pasaje de Juan da a entender que Jesús también: "él estaba con Dios en el principio". Es lógico, porque Jesús es Dios, es un aspecto de Dios, su costado visible, diríamos.
Bueno, espero que haya servido todo esto para reflexionar en la importancia de conocer qué dice la biblia sobre el principio de los tiempos, adónde apunta el relato, y qué tiene para aportarnos. Tenemos que leerlo y analizarlo en esa clave: sirve para explicarnos en profundidad el sentido de todo lo que existe. En definitiva, Dios es eterno, y para él, el tiempo no existe. ¿No será que para él todo pasa "al mismo tiempo", por así decirlo? Todo: creación, la historia, la salvación del ser humano, el pecado y el perdón, la muerte y la vida. Tal vez todo forma parte del mismo proceso de la creación. Sólo que nosotros lo vivimos con muchísimo detalle porque formamos parte del proceso. Formamos parte del tiempo. Igual, otra de las cosas que pasan cuando nos acercamos a Dios y lo recibimos, es que empezamos a tener mayor dimensión de la eternidad, a experimentar, al menos en pensamiento y en sentimiento, el "salirnos" del tiempo, y empezamos a poder ver un poquito más desde arriba las cosas. Hay enormes limitaciones a esto, por supuesto, porque seguimos siendo humanos, pero como Dios es eterno, recibirlo adentro de nosotros mismos, en nuestra propia vida, nos hace un poco más eternos.
Espero que haya sido de bendición esta reflexión, y espero lo mismo de la serie que voy a empezar a publicar. Es mi oración que todos los que la lean puedan descubrir qué es lo que Dios les dice a través de ella, filtrar aquellas cosas que vienen de mi propia reflexión, y así conocer un poco más a Dios. Mi consejo es que se atrevan a creer en serio, que se entreguen de lleno a la confianza, que tal vez ya tengan o tal vez todavía no, en la palabra de Dios, y que se animen a descubrir las "locuras" que Dios nos propone que creamos, porque "la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana" (1 Corintios 1:25).
Que el Dios que está desde antes del principio, el Primero y el Último, renueve nuestro entendimiento y abra nuestros ojos para que cada vez podamos ver un poco más desde arriba y desde afuera, y vivir una vida más y más eterna, no solamente en la duración, sino sobre todo en la experiencia. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
sábado, 5 de octubre de 2013
La nueva vida 6 - Vivir la vida
Hola a todos. Hace ya un par de meses que vengo publicando la serie sobre la nueva vida que recibimos en Jesús. La idea era, en definitiva, poder entender un poco más de qué se trata y poder, básicamente, disfrutar mucho más de las cosas que Dios nos ofrece como parte de esa vida. Siento que muchas veces vivimos a mitad de camino. Por supuesto que esto es sólo una serie de reflexiones publicadas por una persona común, no soy teólogo, ni nada de eso, y mucho de lo que diga en estas publicaciones puede estar condicionado por falta de información. Pero bueno, la idea es compartir aquellas cosas que siento que Dios me enseña a lo largo de mi caminar con él, como es la idea de todo este blog. Por eso, siempre, lo más importante es que presten atención al pasaje que comparto, en el que está basado o inspirado la reflexión.
Si queremos disfrutar al máximo de la vida que Dios nos brinda, hay tres cosas que son fundamentales: creer que la biblia es la palabra de Dios, y por lo tanto verdadera y eficaz; buscar todo el tiempo tener una relación directa con Jesús a través de la oración, hablándole y estando atento a las formas que tiene de respondernos; y desprendernos del sentido común que nos enseña la sociedad, porque muchas veces Dios va a poner en cuestión los supuestos más básicos sobre cómo creemos que funciona el mundo.
Dijimos que para acceder a las bendiciones que Dios me propone es necesario que entienda que toda mi vida es vida cristiana, no sólo cuando voy a la iglesia. Siempre estoy en la iglesia. A veces cuesta hacer encajar eso en la rutina, sobre todo cuando tenemos que tomar decisiones que irían en contra de lo que la gente considera normal. Pero es necesario superar esa encrucijada y elegir vivir como Dios nos propone. En el camino probablemente tengamos que dejar, o al menos estar dispuestos a dejar, muchas cosas, y hasta relaciones, pero recordemos siempre que nos esperan enormes bendiciones del otro lado de esa apuesta. En definitiva, se trata de eso, dejar atrás el pasado, con sus cosas buenas y malas, y aceptar que Dios quiere que empiece de nuevo, con una nueva forma de pensar y de vivir. Por supuesto, muchas cosas van a seguir estando ahí, pero no podemos detenernos a pensar en eso o aferrarnos a lo que teníamos. Si nos agarramos de lo que está atrás, no avanzamos hacia lo que está adelante.
"Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica" (Efesios 2:10).
"¿Cómo sabemos que hemos llegado a conocer a Dios? Si obedecemos sus mandamientos. El que afirma: 'lo conozco', pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y no tiene la verdad. En cambio, el amor de Dios se manifiesta plenamente en la vida del que obedece su palabra. De este modo sabemos que estamos unidos a él: el que afirma que permanece en él, debe vivir como él vivió" (1 Juan 2:3-6).
"Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: 'Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse', pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué serviría eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta" (Santiago 2:15-17).
"Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, y lo que han visto en mí, y el Dios de paz estará con ustedes" (Filipenses 4:9).
Estamos acostumbrados a pensar en un Dios que si no hacemos las cosas bien, nos castiga, y si las hacemos bien, nos premia. Tal vez tiene que ver con que prevaleció durante mucho tiempo entre nosotros una teología que estaba inspirada en gran medida en el Antiguo Testamento, o una religión que pretendía controlar mediante reglas a los que la integraban.
Pero Jesús nos da libertad. Si la religión nos ata a un sistema de reglas, puede que Jesús no esté presente en esa religión. Alguno me dirá, "te estás contradiciendo con los pasajes que vos mismo citaste". ¿Es así? ¿Es contradictorio con los pasajes? Vamos a ver bien de cerca.
El pasaje de 1 Juan parece ser el más problemático. El que afirma que conoce a Dios pero no obedece los mandamientos es un mentiroso. ¿Quién puede obedecer, si justamente dijimos que siempre estamos pecando, o sea, haciendo cosas que van contra lo que Dios dice? Seríamos todos mentirosos. Para entender esto creo que es necesario ver lo que dijo Jesús al respecto: "¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él" (Juan 14:21).
La clave, entonces, no está en obedecer, sino en hacer míos los mandamientos. Hacer míos los mandamientos: creer con tanta convicción que lo que Dios me pide es lo correcto que lo hago como si fuera yo mismo el que lo propuso, al que se le ocurrió que tenía que ser así. Dios propone todo un cambio de mentalidad, para que los nuevos códigos reemplacen a los que teníamos antes, que en definitiva no eran nuestros, sino que estaban formados a partir de lo que se nos enseñó desde chicos.
Por eso, a mi entender, Santiago dice que la fe sin obras está muerta. No porque tengamos que hacer cosas para mantener viva nuestra fe, sino al revés: si no hacemos las cosas que se nos piden quiere decir que hay algo mal con nuestra fe. Tal vez no creemos en serio. Tal vez no creemos todo. Pienso que sobre la fe, o sobre el cristianismo en sí, hay muchos prejuicios basados en desconocimiento, o muchas cosas que parecen muy místicas y son en realidad muy concretas. Por eso es fundamental conocer la palabra de Dios. ¿Cómo puedo amar lo que Dios me pide, cómo puedo hacer míos sus mandamientos, si ni siquiera los conozco?
Por ejemplo, la biblia nos llama a ser santos. ¿Quiere decir que tenemos que ser perfectos? Bueno, la biblia a veces usa incluso esa palabra, pero no quiere decir hacer todo bien. Ser perfecto quiere decir estar completo. Eso ocurre cuando Dios forma parte de nuestras vidas. No significa que ahora somos buenas personas y no hacemos nada mal. Y ser santos significa haber sido apartados para el servicio de Dios. No significa ser tan puro que no haga nada mal, como solemos pensar. Es como dice el pasaje de Efesios: nosotros, al creer en Jesús, somos llevados otra vez al propósito original por el que fuimos creados, las buenas obras, la obediencia a Dios. El propósito de nuestra existencia es obedecer a Dios y amar y cuidar lo que él hizo. Por eso nos sentimos bien cuando hacemos cosas buenas. Por eso, si aceptamos esto, la vida va a ser para nosotros mucho más placentera. ¡Estaríamos haciendo justamente aquello que fuimos creados para hacer!
Nos acostumbran a pensar que las religiones son como la filosofía, formas de pensar, estilos de vida teóricos que después tratamos de aplicar más o menos. Tal vez así sea. Si es así, el cristianismo no es una religión. El cristianismo, como lo indica el nombre mismo, es ser como Cristo pero en miniatura. Jesús obedeció en todo, pero él no podía desobedecer a Dios porque él mismo es Dios. Nosotros no vamos a tener 100% de efectividad. Sin embargo, tenemos que entender que el cristianismo es esencialmente práctico, no teórico. Si creo en Jesús, esto no se manifiesta primero porque empiezo a hablar como un teólogo o saber pasajes de la biblia de memoria. Claro que estas cosas no son malas, pero tampoco son buenas. Sólo son útiles si surgen espontáneamente.
Pero la fe viene antes que las obras. Las obras deberían ser una consecuencia. La religión que practico debería ser una consecuencia de la relación práctica que tengo con Dios. Y me relaciono con Dios hablándole, pero también viviendo como él vivió. Porque Jesús vive en mí, y si eso no se refleja en una facilidad cada vez más grande para ir haciendo las cosas como él enseña, es probable que lo esté ignorando, en vez de relacionarme con él. "He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios" (Gálatas 2:20). Esto es más bien un proceso. Pero cuanto más me relaciono con Dios, más esto se vuelve una realidad en mí vida. Conozco a Dios a través de la obediencia, y la obediencia no es hacer cosas puntuales sino una actitud: es lo que quiero hacer en todo momento. Es querer en todo momento hacer lo que Dios quiere, independientemente de que me salga o de que sepa exactamente qué es lo que Dios quiere en una situación particular. Después viene lo demás, pero ya esa actitud habla de mi fe: quiere decir que considero de verdad que lo que él me dice es lo mejor que puedo hacer. Si esto pasa, estoy haciendo míos sus mandamientos, incluso los que no conozco.
Este es el requisito para vivir plenamente, para vivir en paz, para disfrutar al máximo la nueva vida que nos da Jesús. Filipenses lo establece claramente: "Pongan en práctica... y [entonces, sólo entonces] el Dios de paz estará con ustedes". No puedo esperar tener paz, no puedo esperar vivir tranquilo, a pesar de las tormentas, de los problemas, de las dificultades, si no estoy dispuesto a poner en práctica lo que aprendo de Dios. Y no sólo eso. Tengo que estar dispuesto a creer todo, hasta lo que me parece difícil de creer. En definitiva, creer es creer. Si voy a creer, no puedo hacer una selección. Si creo que la biblia es verdadera, es verdadera para todo.
Sobre esto, quiero aprovechar para plantear una de las cosas que solemos dejar afuera como cristianos al pensar en nuestra propia vida. La vida cristiana es una lucha permanente. No contra las personas que nos presionan para hacer cosas que no nos gustan, ni nada de eso. Nuestra lucha es contra seres que no vemos. Hablo especialmente del diablo. Sé que para muchos es difícil de creer que exista, que para muchos es algo muy místico. Sin embargo, Jesús es claro: "El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10:10). El principal opositor para que no tengamos una vida abundante, una vida plena, es el ladrón. El que sabotea nuestras vidas y nos hace disfrutar menos, inundados en preocupaciones y desgastados por esforzarnos en conseguir cosas que a veces ni siquiera necesitamos. Y si esto es así, ¿quién es el ladrón?
Voy a tener trabas, dificultades, problemas para poder poner en práctica las cosas, porque me enfrento con enemigos que no veo y que me ponen esas trabas. El ladrón no quiere que cumpla los propósitos de Dios. Tampoco quiere que viva plenamente, que mi vida tenga sentido, y por eso no quiere que crea que las cosas son como la biblia dice. Sin embargo, vuelvo a la idea original: hay una sola vida. La verdadera vida es una vida con sentido. Es eso o nada, quiero decir, lo otro no es vida. La vida es estar con Jesús, y poner todo mi esfuerzo y concentración en vivir como él vivió. Para eso tengo que estar cerca de él, en oración, a través de la biblia, y poniendo las cosas en práctica. Eso es vivir. Esa es la vida que Jesús nos ofrece.
Que el Dios de paz, que transforma nuestras vidas para que podamos vivir como él nos pide y disfrutar así del propósito para el que fuimos creados, nos llene de poder para enfrentar las trabas y dificultades, y esos enemigos que no vemos, para que podamos tener una vida verdadera, llena de sentido. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Si queremos disfrutar al máximo de la vida que Dios nos brinda, hay tres cosas que son fundamentales: creer que la biblia es la palabra de Dios, y por lo tanto verdadera y eficaz; buscar todo el tiempo tener una relación directa con Jesús a través de la oración, hablándole y estando atento a las formas que tiene de respondernos; y desprendernos del sentido común que nos enseña la sociedad, porque muchas veces Dios va a poner en cuestión los supuestos más básicos sobre cómo creemos que funciona el mundo.
Dijimos que para acceder a las bendiciones que Dios me propone es necesario que entienda que toda mi vida es vida cristiana, no sólo cuando voy a la iglesia. Siempre estoy en la iglesia. A veces cuesta hacer encajar eso en la rutina, sobre todo cuando tenemos que tomar decisiones que irían en contra de lo que la gente considera normal. Pero es necesario superar esa encrucijada y elegir vivir como Dios nos propone. En el camino probablemente tengamos que dejar, o al menos estar dispuestos a dejar, muchas cosas, y hasta relaciones, pero recordemos siempre que nos esperan enormes bendiciones del otro lado de esa apuesta. En definitiva, se trata de eso, dejar atrás el pasado, con sus cosas buenas y malas, y aceptar que Dios quiere que empiece de nuevo, con una nueva forma de pensar y de vivir. Por supuesto, muchas cosas van a seguir estando ahí, pero no podemos detenernos a pensar en eso o aferrarnos a lo que teníamos. Si nos agarramos de lo que está atrás, no avanzamos hacia lo que está adelante.
"Somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios dispuso de antemano a fin de que las pongamos en práctica" (Efesios 2:10).
"¿Cómo sabemos que hemos llegado a conocer a Dios? Si obedecemos sus mandamientos. El que afirma: 'lo conozco', pero no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y no tiene la verdad. En cambio, el amor de Dios se manifiesta plenamente en la vida del que obedece su palabra. De este modo sabemos que estamos unidos a él: el que afirma que permanece en él, debe vivir como él vivió" (1 Juan 2:3-6).
"Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: 'Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse', pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué serviría eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta" (Santiago 2:15-17).
"Pongan en práctica lo que de mí han aprendido, recibido y oído, y lo que han visto en mí, y el Dios de paz estará con ustedes" (Filipenses 4:9).
Estamos acostumbrados a pensar en un Dios que si no hacemos las cosas bien, nos castiga, y si las hacemos bien, nos premia. Tal vez tiene que ver con que prevaleció durante mucho tiempo entre nosotros una teología que estaba inspirada en gran medida en el Antiguo Testamento, o una religión que pretendía controlar mediante reglas a los que la integraban.
Pero Jesús nos da libertad. Si la religión nos ata a un sistema de reglas, puede que Jesús no esté presente en esa religión. Alguno me dirá, "te estás contradiciendo con los pasajes que vos mismo citaste". ¿Es así? ¿Es contradictorio con los pasajes? Vamos a ver bien de cerca.
El pasaje de 1 Juan parece ser el más problemático. El que afirma que conoce a Dios pero no obedece los mandamientos es un mentiroso. ¿Quién puede obedecer, si justamente dijimos que siempre estamos pecando, o sea, haciendo cosas que van contra lo que Dios dice? Seríamos todos mentirosos. Para entender esto creo que es necesario ver lo que dijo Jesús al respecto: "¿Quién es el que me ama? El que hace suyos mis mandamientos y los obedece. Y al que me ama, mi Padre lo amará, y yo también lo amaré y me manifestaré a él" (Juan 14:21).
La clave, entonces, no está en obedecer, sino en hacer míos los mandamientos. Hacer míos los mandamientos: creer con tanta convicción que lo que Dios me pide es lo correcto que lo hago como si fuera yo mismo el que lo propuso, al que se le ocurrió que tenía que ser así. Dios propone todo un cambio de mentalidad, para que los nuevos códigos reemplacen a los que teníamos antes, que en definitiva no eran nuestros, sino que estaban formados a partir de lo que se nos enseñó desde chicos.
Por eso, a mi entender, Santiago dice que la fe sin obras está muerta. No porque tengamos que hacer cosas para mantener viva nuestra fe, sino al revés: si no hacemos las cosas que se nos piden quiere decir que hay algo mal con nuestra fe. Tal vez no creemos en serio. Tal vez no creemos todo. Pienso que sobre la fe, o sobre el cristianismo en sí, hay muchos prejuicios basados en desconocimiento, o muchas cosas que parecen muy místicas y son en realidad muy concretas. Por eso es fundamental conocer la palabra de Dios. ¿Cómo puedo amar lo que Dios me pide, cómo puedo hacer míos sus mandamientos, si ni siquiera los conozco?
Por ejemplo, la biblia nos llama a ser santos. ¿Quiere decir que tenemos que ser perfectos? Bueno, la biblia a veces usa incluso esa palabra, pero no quiere decir hacer todo bien. Ser perfecto quiere decir estar completo. Eso ocurre cuando Dios forma parte de nuestras vidas. No significa que ahora somos buenas personas y no hacemos nada mal. Y ser santos significa haber sido apartados para el servicio de Dios. No significa ser tan puro que no haga nada mal, como solemos pensar. Es como dice el pasaje de Efesios: nosotros, al creer en Jesús, somos llevados otra vez al propósito original por el que fuimos creados, las buenas obras, la obediencia a Dios. El propósito de nuestra existencia es obedecer a Dios y amar y cuidar lo que él hizo. Por eso nos sentimos bien cuando hacemos cosas buenas. Por eso, si aceptamos esto, la vida va a ser para nosotros mucho más placentera. ¡Estaríamos haciendo justamente aquello que fuimos creados para hacer!
Nos acostumbran a pensar que las religiones son como la filosofía, formas de pensar, estilos de vida teóricos que después tratamos de aplicar más o menos. Tal vez así sea. Si es así, el cristianismo no es una religión. El cristianismo, como lo indica el nombre mismo, es ser como Cristo pero en miniatura. Jesús obedeció en todo, pero él no podía desobedecer a Dios porque él mismo es Dios. Nosotros no vamos a tener 100% de efectividad. Sin embargo, tenemos que entender que el cristianismo es esencialmente práctico, no teórico. Si creo en Jesús, esto no se manifiesta primero porque empiezo a hablar como un teólogo o saber pasajes de la biblia de memoria. Claro que estas cosas no son malas, pero tampoco son buenas. Sólo son útiles si surgen espontáneamente.
Pero la fe viene antes que las obras. Las obras deberían ser una consecuencia. La religión que practico debería ser una consecuencia de la relación práctica que tengo con Dios. Y me relaciono con Dios hablándole, pero también viviendo como él vivió. Porque Jesús vive en mí, y si eso no se refleja en una facilidad cada vez más grande para ir haciendo las cosas como él enseña, es probable que lo esté ignorando, en vez de relacionarme con él. "He sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí. Lo que ahora vivo en el cuerpo, lo vivo por la fe en el Hijo de Dios" (Gálatas 2:20). Esto es más bien un proceso. Pero cuanto más me relaciono con Dios, más esto se vuelve una realidad en mí vida. Conozco a Dios a través de la obediencia, y la obediencia no es hacer cosas puntuales sino una actitud: es lo que quiero hacer en todo momento. Es querer en todo momento hacer lo que Dios quiere, independientemente de que me salga o de que sepa exactamente qué es lo que Dios quiere en una situación particular. Después viene lo demás, pero ya esa actitud habla de mi fe: quiere decir que considero de verdad que lo que él me dice es lo mejor que puedo hacer. Si esto pasa, estoy haciendo míos sus mandamientos, incluso los que no conozco.
Este es el requisito para vivir plenamente, para vivir en paz, para disfrutar al máximo la nueva vida que nos da Jesús. Filipenses lo establece claramente: "Pongan en práctica... y [entonces, sólo entonces] el Dios de paz estará con ustedes". No puedo esperar tener paz, no puedo esperar vivir tranquilo, a pesar de las tormentas, de los problemas, de las dificultades, si no estoy dispuesto a poner en práctica lo que aprendo de Dios. Y no sólo eso. Tengo que estar dispuesto a creer todo, hasta lo que me parece difícil de creer. En definitiva, creer es creer. Si voy a creer, no puedo hacer una selección. Si creo que la biblia es verdadera, es verdadera para todo.
Sobre esto, quiero aprovechar para plantear una de las cosas que solemos dejar afuera como cristianos al pensar en nuestra propia vida. La vida cristiana es una lucha permanente. No contra las personas que nos presionan para hacer cosas que no nos gustan, ni nada de eso. Nuestra lucha es contra seres que no vemos. Hablo especialmente del diablo. Sé que para muchos es difícil de creer que exista, que para muchos es algo muy místico. Sin embargo, Jesús es claro: "El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10:10). El principal opositor para que no tengamos una vida abundante, una vida plena, es el ladrón. El que sabotea nuestras vidas y nos hace disfrutar menos, inundados en preocupaciones y desgastados por esforzarnos en conseguir cosas que a veces ni siquiera necesitamos. Y si esto es así, ¿quién es el ladrón?
Voy a tener trabas, dificultades, problemas para poder poner en práctica las cosas, porque me enfrento con enemigos que no veo y que me ponen esas trabas. El ladrón no quiere que cumpla los propósitos de Dios. Tampoco quiere que viva plenamente, que mi vida tenga sentido, y por eso no quiere que crea que las cosas son como la biblia dice. Sin embargo, vuelvo a la idea original: hay una sola vida. La verdadera vida es una vida con sentido. Es eso o nada, quiero decir, lo otro no es vida. La vida es estar con Jesús, y poner todo mi esfuerzo y concentración en vivir como él vivió. Para eso tengo que estar cerca de él, en oración, a través de la biblia, y poniendo las cosas en práctica. Eso es vivir. Esa es la vida que Jesús nos ofrece.
Que el Dios de paz, que transforma nuestras vidas para que podamos vivir como él nos pide y disfrutar así del propósito para el que fuimos creados, nos llene de poder para enfrentar las trabas y dificultades, y esos enemigos que no vemos, para que podamos tener una vida verdadera, llena de sentido. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 1 de octubre de 2013
La nueva vida 5 - La voz de la conciencia
Hola a todos. Esta vez publico dentro de un tiempo razonable. Ya estamos llegando al final de esta serie, y espero que hayan sido muy bendecidos hasta ahora. Recuerden que no soy teólogo, así que todo lo que comparto son interpretaciones personales, que pueden ser más o menos acertadas, pero a las que le falta seguramente conocimiento teórico importante. Sin embargo, considero siempre el Espíritu Santo puede aportar algo sobre el conocimiento de Dios a partir de la palabra si se lo pedimos. Importante entonces orar antes de leer, y pedirle a Dios que nos guíe en la lectura y reflexión.
Dios nos ofrece una vida nueva, nacer otra vez. Para acercarnos a esta nueva vida, tenemos que animarnos a descubrir la palabra de Dios como verdadera y eficaz, buscar a Dios con sinceridad tratando de conocerlo y tener una relación personal y fluida con él, y estar dispuestos a abandonar ciertos prejuicios sobre cómo funciona la vida basados en el llamado "sentido común", que no responde a los mismos parámetros que el sentido común de Dios.
Si vamos a tener esta nueva vida, tenemos que vivirla en serio, en nuestro día a día, no sólo en la iglesia. O mejor dicho, siempre estamos en la iglesia, en cualquier lugar en el que estemos. En algún momento esto choca con lo que nos propone la sociedad, y tenemos que elegir cómo queremos pensar y vivir. Si superamos esta encrucijada y seguimos buscando esta nueva vida, vamos a tener que arriesgar posiblemente muchas cosas, o hasta relaciones. No siempre vamos a perderlas, pero sí tenemos que estar dispuestos a arriesgarlas, jugarnos todo por esta nueva vida. ¿Por qué? Porque vale la pena, porque del otro lado de esta gran apuesta nos esperan toneladas de bendiciones y una vida plena. Plena de disfrute, plena de sentido. Esto implica pasar de una actitud donde no me interesa qué diga Dios sobre tal o cual cosa, o en general, sino que quiero saber qué dice y hacerlo, hacer las cosas de esa manera. También implica necesariamente acercarme a su palabra y tratar de vivirla y aplicarla, y arrepentirme, del pecado y de los pecados, como decía la vez pasada. Cuando hago eso, todo empieza a cambiar.
"Así que les digo esto y les insisto en el Señor: no vivan más con pensamientos frívolos como los paganos. A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, éstos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios... Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad".
(Efesios 4:17-18,22-24)
"Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte... Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza; en cambio, los que viven conforme al Espíritu, fijan la mente en los deseos del Espíritu. La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz".
(Romanos 8:1-2,5-6)
"Nosotros, por nuestra parte, tenemos la mente de Cristo" (1 Corintios 2:16)
¿Cuántas veces estamos por hacer algo y sentimos que no es lo correcto? ¿Cuántas veces sentimos que deberíamos hacer algo y no lo hacemos? Es como si hubiera algo en nosotros que nos trata de convencer de que actuemos como corresponde. Todas las personas parecieran tener como este sentido de lo correcto, algunos más desarrollados, otros menos. Es lo que normalmente llamamos la voz de la conciencia. Nos dicta qué hacer en cada momento, o nos dice que nos equivocamos.
Pero, ¿funciona realmente así? ¿Cómo hago para desarrollar este sentido de lo correcto? Bueno, hay una sola respuesta: Jesús. Cuando yo me arrepiento, lo que hago es romper con el pecado, como veíamos la vez pasada, es decir, terminar con el tiempo en el que no tenía en cuenta a Dios, y reconocer que si quiero vivir de verdad necesito tenerlo en cuenta todo lo que pueda. Eso es arrepentirse. Y el pasaje de Efesios dice que ese arrepentimiento implica necesariamente un compromiso: el de dejar de vivir como vivía antes. Estar dispuesto a cambiar lo que tenga que cambiar, incluso en mi forma de pensar. Tengo que cambiar mi mentalidad, la actitud de mi mente.
Efesios lo pone en estos términos: quitarme la ropa de la vieja naturaleza y ponerme la ropa de la nueva naturaleza. Vieja y nueva naturaleza. Antes era de una forma, ahora soy de otra. ¿Pero no era que Dios me ama como soy? Sí, precisamente. Esta nueva naturaleza es la que Dios había pretendido para nosotros. Esta nueva forma de ser, en realidad somos nosotros mismos, en una mejor versión. Es como que cuando venimos a este mundo, el pecado sabotea nuestra verdadera forma, y quedamos en esa forma rota, que tiene la tendencia a desobedecer a Dios, hacer las cosas por fuera de su plan. Sabotea en definitiva nuestra vida, lo que podemos llegar a ser.
Pero Jesús restaura esa idea original. De a poco, claro, y apoyándose en nuestra propia actitud y compromiso al respecto. Una cosa es segura: fuimos creados para ser mucho más de lo que somos ahora, seamos como seamos. Estamos viviendo al 1%, 2%, 3% de lo que realmente podemos llegar a ser. Tal vez un poco más... ¿10%? No importa el número, pero ciertamente queda mucho más por ser. No podemos alcanzar eso sin el arrepentimiento, o sea, sin alinearnos de nuevo, voluntariamente, con el proyecto de Dios. Y el arrepentimiento es reconocer que necesito tener a Dios en cuenta, siempre. Por eso este compromiso implica, por ejemplo, tomar más en serio la biblia, que es la palabra de Dios, la oración, que es nuestra comunicación con Dios, y por supuesto, el modelo de vida que él nos propone.
Ésta es la nueva naturaleza: vivir como Jesús vivió, ser la persona que originalmente Dios pretendió que fuéramos, no sólo una porción de ella. El cambio no tiene que ver con nuestros intereses, gustos, y esas cosas que en definitiva son cosas relacionadas con la vida en este mundo. El verdadero cambio tiene que ver con la manera de pensar, con qué cosas tenemos en alta estima, con la forma en la que miramos y entendemos el mundo. Se trata de dejar de mirar con el filtro de la sociedad y mirarlo con el filtro de Dios.
Claro, dicho así suena fácil, pero no lo es. El filtro de la sociedad probablemente no lo perdamos del todo mientras estemos en esta tierra. Y el filtro de Dios no podemos tenerlo porque no somos Dios. Sin embargo, hay una proporción directa entre acercarnos a la visión que tiene Dios y alejarnos de la que tiene la sociedad. La clave para esto está en esas tres cosas con las que asocié la nueva naturaleza: conocer la biblia, hablar con Dios y vivir cómo él me enseña.
Lo importante es que esto se manifiesta como una especie de lucha permanente entre dos formas de pensar diferentes. Romanos lo pone de esta manera: una mentalidad pecaminosa, una mentalidad del Espíritu. Dijimos que el pecado es ignorar a Dios. La mentalidad pecaminosa es la forma de pensar que desestima a Dios, a la que no le importa qué dice él sobre cualquier cosa particular. La mentalidad del Espíritu es todo lo contrario: la que nos da a conocer los pensamientos de Dios sobre cada cosa. El choque de estas dos mentalidades es la que produce en nosotros esa sensación de estar por hacer algo que no debería. Es, en definitiva, eso, una lucha permanente.
Antes, cuando no prestábamos atención a lo que Dios decía, no había tal lucha. Todo lo que hacíamos era por fuera del proyecto de Dios, justamente porque directamente no lo teníamos en cuenta. Por eso dice Efesios que nos dominaba la ignorancia, porque no conocer o no tener en cuenta a Dios nos quitaba opciones para decidir. Sin proponérnoslo, hacíamos siempre lo que queríamos nosotros, sin pensar en qué me diría Dios al respecto. Tal vez no hacía nada moralmente malo, pero el problema está en la raíz: ni siquiera pensaba en Dios, en si eso le gustaba o no a Dios.
Pero dice Romanos que "la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte" (8:2). Esto es por medio de Jesús, o sea, por acercarme a él, por recibirlo, por buscarlo con sinceridad. La forma de vivir de Jesús me libera de la forma que me impone mi propia forma de pensar, para poder disfrutar de la verdadera vida (por eso me libra de la muerte). Entonces, cuando trato de enfocar mi mente en la manera de pensar de Jesús, soy libre, tengo más opciones al elegir, tengo más poder de decisión, y puedo entonces empezar a habilitar un porcentaje mayor de mí mismo, avanzar hacia la plenitud, ¡hacia mi "yo" completo!
Esto parece un poco místico. ¿Tener el "Espíritu" de Dios? Pero no, se trata de eso: pensar cada vez más como Jesús. "Eso es imposible", podrían decirme, "Jesús era el Hijo de Dios". Bueno, pero la biblia dice claramente que nosotros "tenemos la mente de Cristo". Así que no es imposible. Es un proceso, pero empieza por buscar un poco más de su manera de pensar cada día. ¿Cómo? Biblia, oración, acción. No hay otra fórmula. Y en cada momento particular, cuando tenga un conflicto con lo que estoy por hacer, acordarme que la clave está dónde fije mi mente: en mi opinión sobre lo que estoy por hacer, o en la opinión de Dios. Tal vez no conozco la opinión de Dios sobre esa cosa particular, pero el hecho de preguntármelo ya fija mi mente en sus deseos. Lo más probable es que termine haciendo, entonces, lo correcto para ese momento particular.
Si tomo en cuenta a Dios, su mentalidad forma parte de mi conciencia, y entonces seguir a mi conciencia va a ir transformándose lentamente en seguir a Dios. ¿Me voy a equivocar? Sí, seguramente. Pero la mentalidad de Dios me va a marcar mi error para que pueda corregirlo la próxima vez. ¿Cuántas veces me voy a equivocar? ¡Quién sabe! Sólo Dios sabe, de hecho. Pero a Dios no le importa, lo que le importa es que mi actitud sea tenerlo siempre en cuenta. Eso es una actitud de arrepentimiento: tener la intención de seguir siempre los deseos de Dios. Mientras tanto, Dios va trabajando en mi vida para sacar lo mejor de mí, formando en mí una nueva imagen, un nuevo aspecto, una persona diferente a la que nació y vivió hasta ahora, similar pero mejorada. De eso vamos a hablar la próxima.
"Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio" (Filipenses 4:8). Esta actitud hace que vivamos mejor, disfrutando más, y que estemos en paz con la vida, incluso con nosotros mismos, incluso cuando sentimos que nos equivocamos. Nos saca la culpa, nos saca el miedo, nos saca la inseguridad y la vergüenza. ¿Así, de una? No, claro que no. Progresivamente, a veces más rápido, a veces más despacio. Eso es la vida. Va cambiando de ritmo. A veces crecemos de un salto en algunas cosas, pero después muy despacio en otras.
En fin, hay una sola vida, y está en Jesús. Fuera de él, no hay vida; solamente una cosa falsa que se parece a la vida pero no lo es. Para vivir como Jesús, y disfrutar de esa vida nueva, tengo que aprender a pensar como él. Cuanto antes empiece, mejor, porque eso lleva tiempo y mientras tanto me pierdo de disfrutar de muchas cosas que podría estar disfrutando, incluyendo disfrutar de mí mismo. Tengo que animarme a dejar atrás lo que fui, aunque sea más cómodo quedarme ahí, en lo que ya conozco. Porque sino, no voy a descubrir que lo que no conozco, lo que está delante de mí, es muchísimo mejor. Si empezamos a tener en cuenta a Dios en todo lo que hacemos, superamos la encrucijada, salimos del molde de la sociedad, somos libres. Subimos la apuesta cada vez más, porque la confianza en que Dios nos da cosas mejores que las que dejamos atrás ya deja de ser ciega y empieza a estar confirmado por la propia experiencia de la vida. De la verdadera vida, de la nueva vida.
Que el Dios de paz y de la vida renueve nuestras mentes y nos ayude a sacarnos la ropa vieja, sucia, manchada por formas de pensar que nos vendieron y nos hicieron creer, y nos ayude a vestirnos con la ropa nueva, limpia, que es la ropa de nosotros mismos en nuestra mejor versión. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Dios nos ofrece una vida nueva, nacer otra vez. Para acercarnos a esta nueva vida, tenemos que animarnos a descubrir la palabra de Dios como verdadera y eficaz, buscar a Dios con sinceridad tratando de conocerlo y tener una relación personal y fluida con él, y estar dispuestos a abandonar ciertos prejuicios sobre cómo funciona la vida basados en el llamado "sentido común", que no responde a los mismos parámetros que el sentido común de Dios.
Si vamos a tener esta nueva vida, tenemos que vivirla en serio, en nuestro día a día, no sólo en la iglesia. O mejor dicho, siempre estamos en la iglesia, en cualquier lugar en el que estemos. En algún momento esto choca con lo que nos propone la sociedad, y tenemos que elegir cómo queremos pensar y vivir. Si superamos esta encrucijada y seguimos buscando esta nueva vida, vamos a tener que arriesgar posiblemente muchas cosas, o hasta relaciones. No siempre vamos a perderlas, pero sí tenemos que estar dispuestos a arriesgarlas, jugarnos todo por esta nueva vida. ¿Por qué? Porque vale la pena, porque del otro lado de esta gran apuesta nos esperan toneladas de bendiciones y una vida plena. Plena de disfrute, plena de sentido. Esto implica pasar de una actitud donde no me interesa qué diga Dios sobre tal o cual cosa, o en general, sino que quiero saber qué dice y hacerlo, hacer las cosas de esa manera. También implica necesariamente acercarme a su palabra y tratar de vivirla y aplicarla, y arrepentirme, del pecado y de los pecados, como decía la vez pasada. Cuando hago eso, todo empieza a cambiar.
"Así que les digo esto y les insisto en el Señor: no vivan más con pensamientos frívolos como los paganos. A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, éstos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios... Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad".
(Efesios 4:17-18,22-24)
"Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte... Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza; en cambio, los que viven conforme al Espíritu, fijan la mente en los deseos del Espíritu. La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz".
(Romanos 8:1-2,5-6)
"Nosotros, por nuestra parte, tenemos la mente de Cristo" (1 Corintios 2:16)
¿Cuántas veces estamos por hacer algo y sentimos que no es lo correcto? ¿Cuántas veces sentimos que deberíamos hacer algo y no lo hacemos? Es como si hubiera algo en nosotros que nos trata de convencer de que actuemos como corresponde. Todas las personas parecieran tener como este sentido de lo correcto, algunos más desarrollados, otros menos. Es lo que normalmente llamamos la voz de la conciencia. Nos dicta qué hacer en cada momento, o nos dice que nos equivocamos.
Pero, ¿funciona realmente así? ¿Cómo hago para desarrollar este sentido de lo correcto? Bueno, hay una sola respuesta: Jesús. Cuando yo me arrepiento, lo que hago es romper con el pecado, como veíamos la vez pasada, es decir, terminar con el tiempo en el que no tenía en cuenta a Dios, y reconocer que si quiero vivir de verdad necesito tenerlo en cuenta todo lo que pueda. Eso es arrepentirse. Y el pasaje de Efesios dice que ese arrepentimiento implica necesariamente un compromiso: el de dejar de vivir como vivía antes. Estar dispuesto a cambiar lo que tenga que cambiar, incluso en mi forma de pensar. Tengo que cambiar mi mentalidad, la actitud de mi mente.
Efesios lo pone en estos términos: quitarme la ropa de la vieja naturaleza y ponerme la ropa de la nueva naturaleza. Vieja y nueva naturaleza. Antes era de una forma, ahora soy de otra. ¿Pero no era que Dios me ama como soy? Sí, precisamente. Esta nueva naturaleza es la que Dios había pretendido para nosotros. Esta nueva forma de ser, en realidad somos nosotros mismos, en una mejor versión. Es como que cuando venimos a este mundo, el pecado sabotea nuestra verdadera forma, y quedamos en esa forma rota, que tiene la tendencia a desobedecer a Dios, hacer las cosas por fuera de su plan. Sabotea en definitiva nuestra vida, lo que podemos llegar a ser.
Pero Jesús restaura esa idea original. De a poco, claro, y apoyándose en nuestra propia actitud y compromiso al respecto. Una cosa es segura: fuimos creados para ser mucho más de lo que somos ahora, seamos como seamos. Estamos viviendo al 1%, 2%, 3% de lo que realmente podemos llegar a ser. Tal vez un poco más... ¿10%? No importa el número, pero ciertamente queda mucho más por ser. No podemos alcanzar eso sin el arrepentimiento, o sea, sin alinearnos de nuevo, voluntariamente, con el proyecto de Dios. Y el arrepentimiento es reconocer que necesito tener a Dios en cuenta, siempre. Por eso este compromiso implica, por ejemplo, tomar más en serio la biblia, que es la palabra de Dios, la oración, que es nuestra comunicación con Dios, y por supuesto, el modelo de vida que él nos propone.
Ésta es la nueva naturaleza: vivir como Jesús vivió, ser la persona que originalmente Dios pretendió que fuéramos, no sólo una porción de ella. El cambio no tiene que ver con nuestros intereses, gustos, y esas cosas que en definitiva son cosas relacionadas con la vida en este mundo. El verdadero cambio tiene que ver con la manera de pensar, con qué cosas tenemos en alta estima, con la forma en la que miramos y entendemos el mundo. Se trata de dejar de mirar con el filtro de la sociedad y mirarlo con el filtro de Dios.
Claro, dicho así suena fácil, pero no lo es. El filtro de la sociedad probablemente no lo perdamos del todo mientras estemos en esta tierra. Y el filtro de Dios no podemos tenerlo porque no somos Dios. Sin embargo, hay una proporción directa entre acercarnos a la visión que tiene Dios y alejarnos de la que tiene la sociedad. La clave para esto está en esas tres cosas con las que asocié la nueva naturaleza: conocer la biblia, hablar con Dios y vivir cómo él me enseña.
Lo importante es que esto se manifiesta como una especie de lucha permanente entre dos formas de pensar diferentes. Romanos lo pone de esta manera: una mentalidad pecaminosa, una mentalidad del Espíritu. Dijimos que el pecado es ignorar a Dios. La mentalidad pecaminosa es la forma de pensar que desestima a Dios, a la que no le importa qué dice él sobre cualquier cosa particular. La mentalidad del Espíritu es todo lo contrario: la que nos da a conocer los pensamientos de Dios sobre cada cosa. El choque de estas dos mentalidades es la que produce en nosotros esa sensación de estar por hacer algo que no debería. Es, en definitiva, eso, una lucha permanente.
Antes, cuando no prestábamos atención a lo que Dios decía, no había tal lucha. Todo lo que hacíamos era por fuera del proyecto de Dios, justamente porque directamente no lo teníamos en cuenta. Por eso dice Efesios que nos dominaba la ignorancia, porque no conocer o no tener en cuenta a Dios nos quitaba opciones para decidir. Sin proponérnoslo, hacíamos siempre lo que queríamos nosotros, sin pensar en qué me diría Dios al respecto. Tal vez no hacía nada moralmente malo, pero el problema está en la raíz: ni siquiera pensaba en Dios, en si eso le gustaba o no a Dios.
Pero dice Romanos que "la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte" (8:2). Esto es por medio de Jesús, o sea, por acercarme a él, por recibirlo, por buscarlo con sinceridad. La forma de vivir de Jesús me libera de la forma que me impone mi propia forma de pensar, para poder disfrutar de la verdadera vida (por eso me libra de la muerte). Entonces, cuando trato de enfocar mi mente en la manera de pensar de Jesús, soy libre, tengo más opciones al elegir, tengo más poder de decisión, y puedo entonces empezar a habilitar un porcentaje mayor de mí mismo, avanzar hacia la plenitud, ¡hacia mi "yo" completo!
Esto parece un poco místico. ¿Tener el "Espíritu" de Dios? Pero no, se trata de eso: pensar cada vez más como Jesús. "Eso es imposible", podrían decirme, "Jesús era el Hijo de Dios". Bueno, pero la biblia dice claramente que nosotros "tenemos la mente de Cristo". Así que no es imposible. Es un proceso, pero empieza por buscar un poco más de su manera de pensar cada día. ¿Cómo? Biblia, oración, acción. No hay otra fórmula. Y en cada momento particular, cuando tenga un conflicto con lo que estoy por hacer, acordarme que la clave está dónde fije mi mente: en mi opinión sobre lo que estoy por hacer, o en la opinión de Dios. Tal vez no conozco la opinión de Dios sobre esa cosa particular, pero el hecho de preguntármelo ya fija mi mente en sus deseos. Lo más probable es que termine haciendo, entonces, lo correcto para ese momento particular.
Si tomo en cuenta a Dios, su mentalidad forma parte de mi conciencia, y entonces seguir a mi conciencia va a ir transformándose lentamente en seguir a Dios. ¿Me voy a equivocar? Sí, seguramente. Pero la mentalidad de Dios me va a marcar mi error para que pueda corregirlo la próxima vez. ¿Cuántas veces me voy a equivocar? ¡Quién sabe! Sólo Dios sabe, de hecho. Pero a Dios no le importa, lo que le importa es que mi actitud sea tenerlo siempre en cuenta. Eso es una actitud de arrepentimiento: tener la intención de seguir siempre los deseos de Dios. Mientras tanto, Dios va trabajando en mi vida para sacar lo mejor de mí, formando en mí una nueva imagen, un nuevo aspecto, una persona diferente a la que nació y vivió hasta ahora, similar pero mejorada. De eso vamos a hablar la próxima.
"Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio" (Filipenses 4:8). Esta actitud hace que vivamos mejor, disfrutando más, y que estemos en paz con la vida, incluso con nosotros mismos, incluso cuando sentimos que nos equivocamos. Nos saca la culpa, nos saca el miedo, nos saca la inseguridad y la vergüenza. ¿Así, de una? No, claro que no. Progresivamente, a veces más rápido, a veces más despacio. Eso es la vida. Va cambiando de ritmo. A veces crecemos de un salto en algunas cosas, pero después muy despacio en otras.
En fin, hay una sola vida, y está en Jesús. Fuera de él, no hay vida; solamente una cosa falsa que se parece a la vida pero no lo es. Para vivir como Jesús, y disfrutar de esa vida nueva, tengo que aprender a pensar como él. Cuanto antes empiece, mejor, porque eso lleva tiempo y mientras tanto me pierdo de disfrutar de muchas cosas que podría estar disfrutando, incluyendo disfrutar de mí mismo. Tengo que animarme a dejar atrás lo que fui, aunque sea más cómodo quedarme ahí, en lo que ya conozco. Porque sino, no voy a descubrir que lo que no conozco, lo que está delante de mí, es muchísimo mejor. Si empezamos a tener en cuenta a Dios en todo lo que hacemos, superamos la encrucijada, salimos del molde de la sociedad, somos libres. Subimos la apuesta cada vez más, porque la confianza en que Dios nos da cosas mejores que las que dejamos atrás ya deja de ser ciega y empieza a estar confirmado por la propia experiencia de la vida. De la verdadera vida, de la nueva vida.
Que el Dios de paz y de la vida renueve nuestras mentes y nos ayude a sacarnos la ropa vieja, sucia, manchada por formas de pensar que nos vendieron y nos hicieron creer, y nos ayude a vestirnos con la ropa nueva, limpia, que es la ropa de nosotros mismos en nuestra mejor versión. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 26 de septiembre de 2013
La nueva vida 4 - La mala palabra
Hola a todos. Vengo postergando esta publicación desde hace bastante, por diferentes motivos. Como ya dije, la idea era publicar mucho más seguido, pero al final, inevitablemente, y para bien, Dios es el que decide cuándo ocurre cualquier cosa en particular.
Dios nos propone una vida totalmente diferente a la que teníamos, o a la que la sociedad nos propone desde que nacemos. Pero tenemos que entender esta nueva vida si queremos aprovecharla y disfrutarla al máximo. En primer lugar, tenemos que entender que la base de esta nueva vida está en tener una relación personal con Jesús, hablar con él, acercarnos cada día a él. Por otro lado tenemos que conocer su palabra. Conocerla y creerla, entender que es totalmente verdadera y acertada. Finalmente, tenemos que estar dispuestos a dejar de lado el "sentido común" que se nos enseña por todos lados y que no necesariamente tiene en cuenta a Dios, y las cosas que para él son normales, lógicas o sensatas. A veces, como parte de esta nueva vida, Dios nos va a proponer cosas que a primera impresión parecen locas. Pero son las que realmente le van a dar sentido a nuestro caminar.
Lo más difícil es hacer coincidir esta nueva vida, los nuevos valores y parámetros, con nuestras actividades cotidianas. En algún momento tenemos que enfrentar la decisión básica sobre qué principios quiero seguir y aplicar en mi vida: los de la sociedad, o los de Dios. El punto de partida, digamos, la forma de entender el mundo. Es una encrucijada que tenemos que superar si queremos vivir a pleno esta vida nueva. Pero no es fácil: seguramente va a requerir que arriesgue cosas que me son muy queridas o valoradas, o incluso relaciones. Jesús estuvo dispuesto a pagar un altísimo precio para ofrecernos esta posibilidad de vivir una vida llena de sentido. La pregunta que cada uno tiene que hacerse es: ¿cuánto estoy dispuesto a dar, qué precio estoy dispuesto a pagar, para obtener esta vida plena que él me ofrece? Vale la pena, eso es seguro.
"Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron".
(Romanos 5:12)
"Si el malvado se arrepiente de todos los pecados que ha cometido, y obedece todos mis decretos y practica el derecho y la justicia, no morirá; vivirá por practicar la justicia, y Dios se olvidará de todos los pecados que ese malvado haya cometido".
(Ezequiel 18:21-22)
"Ya que Cristo sufrió en el cuerpo, asuman también ustedes la misma actitud; porque el que ha sufrido en el cuerpo ha roto con el pecado, para vivir el resto de su vida terrenal no satisfaciendo sus pasiones humanas sino cumpliendo la voluntad de Dios"
(1 Pedro 4:1-5)
Parece haber en principio dos palabras asociadas con la iglesia cristiana que conviene no nombrar fuera de ese ámbito: pecado y arrepentimiento. Las dos palabras están tan cargadas de tantos significados y, sobre todo, de prejuicios, que creo que ya nadie entiende de qué hablamos cuando las decimos, a veces ni siquiera los propios cristianos.
La muerte es eso que se opone a la vida, y la vida es estar con Dios. Dice el versículo de Romanos que la muerte, o sea, la separación de cada uno de nosotros con Dios, es una consecuencia del pecado. Entonces nos encontramos con que entender el pecado es crucial para poder vivir la vida tal como Dios la entiende, para poder vivir llenos de sentido. Pero, ¿qué es?
Generalmente cuando escuchamos hablar de él, es en plural, "pecados", y tiene que ver con transgredir ciertos límites morales. La palabra "pecador" se refiere también, casi siempre, a una persona que es inmoral según los parámetros que establece nuestra cultura. Ahora, ¿cuál es el límite entre lo que es pecado y lo que no? Varias veces escuché una frase como ésta: "no es lo mejor que podés hacer, pero tampoco sos un pecador si lo hacés". ¿Será que se trata de eso? ¿De hacer o no hacer ciertas cosas? ¿Hay una lista de cosas que son "pecado"?
Una vez más, Romanos tiene algo que decir al respecto: "como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados" (Romanos 1:28-31).
Está hablando, por supuesto, de la humanidad en su conjunto. ¡Qué cuadro! Crudo, pero, ¿quién podría negarlo? Describe de manera precisa lo que todos los días podemos ver con sólo salir a la calle o mirar las noticias. Y cada uno de nosotros es parte de esa humanidad. Por supuesto, ninguna persona tiene en sí mismo todas estas cosas, pero, ¿quién no fue nunca desleal en nada, o insensible frente a otra persona? ¿Quién puede afirmar que nunca mintió, o que nunca desobedeció a sus padres? Expone duramente el hecho de que nadie está exento. "Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios" (Romanos 3:23). Todos, sin excepción. Poco antes dice que no hay ni un solo justo en toda la humanidad, excepto Jesús. "Todos han pecado": ya está hecho.
Por lo tanto, el pecado tiene que ser más que determinadas acciones, porque esta lista abarca desde maldades moralmente graves como matar, hasta meros pensamientos desagradables. En mi opinión, el pecado aparece acá como algo más de fondo, de raíz. "Estimaron que no valía la pena tener en cuenta el conocimiento de Dios". Para mí, ahí está la clave, en el versículo 28. Es una actitud, es la actitud de no reconocer que Dios es Dios. Es correrse del proyecto que Dios tiene para mí, y para todos los seres humanos. Esto ocurrió una vez, con Adán, y las consecuencias se multiplicaron hasta hoy. Esto es visible y concreto: de nuevo, basta con salir a la calle.
Ahora, corrernos del plan de Dios es malo. ¿Porque lo dice la moral? ¿Porque Dios es caprichoso y quiere que hagamos las cosas de esa manera, entonces dice que es malo? No. No es moralmente malo. Es malo de forma práctica, porque tiene consecuencias negativas para nosotros mismos en la experiencia concreta. Consecuencias para mí o para los que me rodean, o ambas. Incluso consecuencias para el medio ambiente.
Tenemos que distinguir, entonces, entre pecado y pecados. El pecado es la actitud de rebelarse contra Dios, o de no tenerlo en cuenta, de no considerar que tenga algo para decirnos ni que sea importante para nuestras vidas. Los pecados son las acciones concretas y visibles que se derivan de esa actitud. El pecador, entonces, no es el que comete pecados, sino el que vive en el pecado, o sea, el que ignora a Dios y lo que él quiere para nuestras vidas. El pecador, entonces, desde el punto de vista del que venimos hablando, esta muerto. Lo reformulo para que se vea a qué me refiero: el que niega a Dios en su actitud, está, de una, por principio, separado de Dios, y por voluntad propia.
Pero frente a este panorama, ¿qué hacemos? Bueno, ahí entra en juego la segunda palabra: arrepentirse. Esta palabra siempre suele aparecer asociada con la culpa. Me siento culpable, entonces me arrepiento, desearía no haber hecho lo que hice. ¿Se trata de eso? ¿Sirve de algo desear no haberlo hecho? En realidad, sólo trae más problemas, porque en definitiva lo que ya hice, lo hice.
Pienso que, como el pecado, es algo mucho más profundo. El pasaje de Ezequiel dice que el malvado, podríamos leer "el pecador", ahora que está un poco más claro, tiene que arrepentirse. El malvado sería algo así como "el que vive haciendo lo que contradice a Dios sin reflexionar al respecto". ¿Y el arrepentimiento? ¿Es lo mismo que sentir culpa? ¿Cómo se habilita la posibilidad de estar con Dios cuando ya desde el principio estamos separados de él?
La culpa, en realidad, es bastante mala en sí misma. Simplemente nos recuerda el cuadro desagradable que pinta Romanos 1. Nos recuerda que no importa cuánto tratemos, vamos a seguir haciendo las cosas mal. La culpa mira al pasado. Pero el pasaje de 1 Pedro nos propone algo diferente. Primero que nada, habla de sufrir en el cuerpo. Tenemos que entender el cuerpo como la experiencia humana concreta. Sufrir en el cuerpo podría ser estar dispuestos a limitar voluntariamente nuestra experiencia humana si es necesario. Es una de las cosas que tenemos que arriesgar, y una de las que van en contra del sentido común que se nos enseña desde chicos. ¿No estamos hablando de vivir la vida a pleno? ¿Vivir la vida a pleno no es aprovechar al máximo la experiencia humana?
Si volvemos a la idea central, rápidamente descubrimos que no: vivir la vida a pleno es aprovechar al máximo la experiencia de estar con Dios, y a veces eso va a requerir que sacrifiquemos o posterguemos alguna parte de nuestra experiencia humana. Para mí esto es, en definitiva, la base de lo que Pedro llama "romper con el pecado". La actitud de desobediencia hacia Dios nace del deseo del hombre de hacer lo que él mismo quiere, sin importarle lo que Dios diga al respecto. Hacer lo que sus impulsos y pasiones le dictan. Si me atrevo a decirle que no a mis impulsos y pasiones, tal vez sufra un poco, pero es la puerta para empezar a cambiar.
Y eso es el arrepentimiento: empezar a cambiar de actitud. Mirar hacia adelante y no hacia atrás. No mirar lo que hice mal, sino mirar cómo voy a mejorarlo en un futuro. Predisponerme a vivir el resto de mi vida terrenal como Dios quiere que la viva, siguiendo sus pautas y no las que me dicta mi propia experiencia humana o las personas que me rodean. Cambiar de una actitud de desconocer lo que Dios me recomienda y me pide, a tenerlo en cuenta siempre. El arrepentimiento, dice Ezequiel, es el remedio contra la muerte. El que practica el derecho y la justicia, o sea, el que permanentemente tiene el deseo de obedecer, va a vivir, es decir, va a poder disfrutar de estar con Dios, y por lo tanto, de la vida plena y llena de sentido que él ofrece. El que vive teniendo en cuenta el conocimiento de Dios como algo muy valioso, va a conocer a Dios cada vez más y va a estar siempre con él, viviendo la vida a pleno.
Entonces, el arrepentimiento y la culpa van por lugares distintos. La culpa mira al pasado, y me dice que no hay ni un solo justo, y que no hay chances de que cambie lo que está mal. El arrepentimiento me recuerda que sí hay un justo: Jesús. Y que Jesús me ofrece la posibilidad de ser cambiado, de dejar atrás mi pasado y empezar de nuevo. Me hace mirar para adelante y pensar en todo lo que puedo llegar a lograr si me acerco a Dios.
¿Qué pasa con el tiempo que ya perdí haciendo las cosas mal? Bueno, ese tiempo no vuelve. Muchas veces, las heridas que causé tardan mucho en sanar, y el daño que hice a veces es irreversible. Pero no importa qué tan malo haya sido, que tanto haya negado a Dios, qué tanto haya ignorado su conocimiento, qué tan lejos haya ido o qué tan bajo haya caído: Dios siempre, SIEMPRE nos espera con los brazos abiertos a que cambiemos de actitud y dejemos atrás la maldad que teníamos y la culpa que tal vez nos generó cuando nos dimos cuenta. Dios no nos culpa: nos perdona. Nos perdona y nos transforma, de eso voy a hablar la próxima vez.
El que niega a Dios en su actitud, está, de una, por principio, separado de Dios, y por voluntad propia. El que vive teniendo en cuenta el conocimiento de Dios como algo muy valioso, va a conocer a Dios cada vez más y va a estar siempre con él, viviendo la vida a pleno. El arrepentimiento es ese cambio entre la primera afirmación, y la segunda. Es la puerta a la vida nueva que Dios nos propone. Es esa toma de conciencia y de decisión, de abandonar mi antigua manera de vivir para darle paso a una nueva manera de vivir. No es solamente decir "bueno, ya está, ya lo hice, qué mas da". Tampoco es decir "mirá lo malo que soy, pero bueno, soy así, lo lamento mucho". Es más bien decir "hice todas estas cosas malas, pero Dios puede cambiar mi forma de vivir, así que voy a empezar a tenerlo en cuenta".
Es un proceso, y los pecados van a seguir apareciendo, pero ya no van a ser el centro de nuestras vidas, ni nos van a dominar, ni nos van a significar una limitación para vivir plenamente, porque Jesús venció al pecado. Él es el único justo, y dice Romanos 5:19 que "así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos".
Hay una sola vida, y está en Jesús. Es una vida llena de sentido, pero requiere de mí un cambio de mentalidad, que me haga pasar de ignorar a Dios a tenerlo en cuenta en primer lugar, antes que a cualquier otra cosa o persona. Esto me puede hacer arriesgar hasta mis propias pasiones y deseos más fuertes. A veces voy a tener que ponerle límites a mi propia experiencia humana para poder vivir a pleno la experiencia divina. Pero no podemos no vivir esta vida, porque lo otro no es vida. Si quiero vivir con un sentido pleno, disfrutando al máximo, tengo que arriesgarme. Si no lo hago, voy a vivir a medias, a mitad de camino, no llegando nunca a ser todo lo que puedo llegar a ser, ni a tener todo lo que puedo llegar a tener. No importa cuánto consiga ser, hacer o tener por fuera del proyecto de Dios: siempre va a ser mucho menos que lo que alcanzaría si lo hiciera dentro de él. Por eso estar separado de Dios se llama muerte, porque es una pérdida definitiva del potencial de nuestras vidas.
Espero que hayan sido desafiados y confrontados por esta reflexión tanto como yo lo estoy siendo mientras la publico, y que hayan entendido un poco más de qué se tratan el pecado y el arrepentimiento. No son malas palabras, ni conceptos abstractos. Tanto el pecado como el arrepentimiento son experiencias reales. Es mi oración y mi deseo que puedan reconocerlos.
Que el Dios de gracia, que perdona el pecado y los pecados, nos acompañe en el proceso de reconocer la maldad propia, superar la culpa y mirar hacia adelante, para que podamos aferrarnos de todo corazón al conocimiento de Dios y empezar a disfrutar de la transformación que él quiere hacer en cada uno de nosotros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Dios nos propone una vida totalmente diferente a la que teníamos, o a la que la sociedad nos propone desde que nacemos. Pero tenemos que entender esta nueva vida si queremos aprovecharla y disfrutarla al máximo. En primer lugar, tenemos que entender que la base de esta nueva vida está en tener una relación personal con Jesús, hablar con él, acercarnos cada día a él. Por otro lado tenemos que conocer su palabra. Conocerla y creerla, entender que es totalmente verdadera y acertada. Finalmente, tenemos que estar dispuestos a dejar de lado el "sentido común" que se nos enseña por todos lados y que no necesariamente tiene en cuenta a Dios, y las cosas que para él son normales, lógicas o sensatas. A veces, como parte de esta nueva vida, Dios nos va a proponer cosas que a primera impresión parecen locas. Pero son las que realmente le van a dar sentido a nuestro caminar.
Lo más difícil es hacer coincidir esta nueva vida, los nuevos valores y parámetros, con nuestras actividades cotidianas. En algún momento tenemos que enfrentar la decisión básica sobre qué principios quiero seguir y aplicar en mi vida: los de la sociedad, o los de Dios. El punto de partida, digamos, la forma de entender el mundo. Es una encrucijada que tenemos que superar si queremos vivir a pleno esta vida nueva. Pero no es fácil: seguramente va a requerir que arriesgue cosas que me son muy queridas o valoradas, o incluso relaciones. Jesús estuvo dispuesto a pagar un altísimo precio para ofrecernos esta posibilidad de vivir una vida llena de sentido. La pregunta que cada uno tiene que hacerse es: ¿cuánto estoy dispuesto a dar, qué precio estoy dispuesto a pagar, para obtener esta vida plena que él me ofrece? Vale la pena, eso es seguro.
"Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron".
(Romanos 5:12)
"Si el malvado se arrepiente de todos los pecados que ha cometido, y obedece todos mis decretos y practica el derecho y la justicia, no morirá; vivirá por practicar la justicia, y Dios se olvidará de todos los pecados que ese malvado haya cometido".
(Ezequiel 18:21-22)
"Ya que Cristo sufrió en el cuerpo, asuman también ustedes la misma actitud; porque el que ha sufrido en el cuerpo ha roto con el pecado, para vivir el resto de su vida terrenal no satisfaciendo sus pasiones humanas sino cumpliendo la voluntad de Dios"
(1 Pedro 4:1-5)
Parece haber en principio dos palabras asociadas con la iglesia cristiana que conviene no nombrar fuera de ese ámbito: pecado y arrepentimiento. Las dos palabras están tan cargadas de tantos significados y, sobre todo, de prejuicios, que creo que ya nadie entiende de qué hablamos cuando las decimos, a veces ni siquiera los propios cristianos.
La muerte es eso que se opone a la vida, y la vida es estar con Dios. Dice el versículo de Romanos que la muerte, o sea, la separación de cada uno de nosotros con Dios, es una consecuencia del pecado. Entonces nos encontramos con que entender el pecado es crucial para poder vivir la vida tal como Dios la entiende, para poder vivir llenos de sentido. Pero, ¿qué es?
Generalmente cuando escuchamos hablar de él, es en plural, "pecados", y tiene que ver con transgredir ciertos límites morales. La palabra "pecador" se refiere también, casi siempre, a una persona que es inmoral según los parámetros que establece nuestra cultura. Ahora, ¿cuál es el límite entre lo que es pecado y lo que no? Varias veces escuché una frase como ésta: "no es lo mejor que podés hacer, pero tampoco sos un pecador si lo hacés". ¿Será que se trata de eso? ¿De hacer o no hacer ciertas cosas? ¿Hay una lista de cosas que son "pecado"?
Una vez más, Romanos tiene algo que decir al respecto: "como estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios, él a su vez los entregó a la depravación mental, para que hicieran lo que no debían hacer. Se han llenado de toda clase de maldad, perversidad, avaricia y depravación. Están repletos de envidia, homicidios, disensiones, engaño y malicia. Son chismosos, calumniadores, enemigos de Dios, insolentes, soberbios y arrogantes; se ingenian maldades; se rebelan contra sus padres; son insensatos, desleales, insensibles, despiadados" (Romanos 1:28-31).
Está hablando, por supuesto, de la humanidad en su conjunto. ¡Qué cuadro! Crudo, pero, ¿quién podría negarlo? Describe de manera precisa lo que todos los días podemos ver con sólo salir a la calle o mirar las noticias. Y cada uno de nosotros es parte de esa humanidad. Por supuesto, ninguna persona tiene en sí mismo todas estas cosas, pero, ¿quién no fue nunca desleal en nada, o insensible frente a otra persona? ¿Quién puede afirmar que nunca mintió, o que nunca desobedeció a sus padres? Expone duramente el hecho de que nadie está exento. "Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios" (Romanos 3:23). Todos, sin excepción. Poco antes dice que no hay ni un solo justo en toda la humanidad, excepto Jesús. "Todos han pecado": ya está hecho.
Por lo tanto, el pecado tiene que ser más que determinadas acciones, porque esta lista abarca desde maldades moralmente graves como matar, hasta meros pensamientos desagradables. En mi opinión, el pecado aparece acá como algo más de fondo, de raíz. "Estimaron que no valía la pena tener en cuenta el conocimiento de Dios". Para mí, ahí está la clave, en el versículo 28. Es una actitud, es la actitud de no reconocer que Dios es Dios. Es correrse del proyecto que Dios tiene para mí, y para todos los seres humanos. Esto ocurrió una vez, con Adán, y las consecuencias se multiplicaron hasta hoy. Esto es visible y concreto: de nuevo, basta con salir a la calle.
Ahora, corrernos del plan de Dios es malo. ¿Porque lo dice la moral? ¿Porque Dios es caprichoso y quiere que hagamos las cosas de esa manera, entonces dice que es malo? No. No es moralmente malo. Es malo de forma práctica, porque tiene consecuencias negativas para nosotros mismos en la experiencia concreta. Consecuencias para mí o para los que me rodean, o ambas. Incluso consecuencias para el medio ambiente.
Tenemos que distinguir, entonces, entre pecado y pecados. El pecado es la actitud de rebelarse contra Dios, o de no tenerlo en cuenta, de no considerar que tenga algo para decirnos ni que sea importante para nuestras vidas. Los pecados son las acciones concretas y visibles que se derivan de esa actitud. El pecador, entonces, no es el que comete pecados, sino el que vive en el pecado, o sea, el que ignora a Dios y lo que él quiere para nuestras vidas. El pecador, entonces, desde el punto de vista del que venimos hablando, esta muerto. Lo reformulo para que se vea a qué me refiero: el que niega a Dios en su actitud, está, de una, por principio, separado de Dios, y por voluntad propia.
Pero frente a este panorama, ¿qué hacemos? Bueno, ahí entra en juego la segunda palabra: arrepentirse. Esta palabra siempre suele aparecer asociada con la culpa. Me siento culpable, entonces me arrepiento, desearía no haber hecho lo que hice. ¿Se trata de eso? ¿Sirve de algo desear no haberlo hecho? En realidad, sólo trae más problemas, porque en definitiva lo que ya hice, lo hice.
Pienso que, como el pecado, es algo mucho más profundo. El pasaje de Ezequiel dice que el malvado, podríamos leer "el pecador", ahora que está un poco más claro, tiene que arrepentirse. El malvado sería algo así como "el que vive haciendo lo que contradice a Dios sin reflexionar al respecto". ¿Y el arrepentimiento? ¿Es lo mismo que sentir culpa? ¿Cómo se habilita la posibilidad de estar con Dios cuando ya desde el principio estamos separados de él?
La culpa, en realidad, es bastante mala en sí misma. Simplemente nos recuerda el cuadro desagradable que pinta Romanos 1. Nos recuerda que no importa cuánto tratemos, vamos a seguir haciendo las cosas mal. La culpa mira al pasado. Pero el pasaje de 1 Pedro nos propone algo diferente. Primero que nada, habla de sufrir en el cuerpo. Tenemos que entender el cuerpo como la experiencia humana concreta. Sufrir en el cuerpo podría ser estar dispuestos a limitar voluntariamente nuestra experiencia humana si es necesario. Es una de las cosas que tenemos que arriesgar, y una de las que van en contra del sentido común que se nos enseña desde chicos. ¿No estamos hablando de vivir la vida a pleno? ¿Vivir la vida a pleno no es aprovechar al máximo la experiencia humana?
Si volvemos a la idea central, rápidamente descubrimos que no: vivir la vida a pleno es aprovechar al máximo la experiencia de estar con Dios, y a veces eso va a requerir que sacrifiquemos o posterguemos alguna parte de nuestra experiencia humana. Para mí esto es, en definitiva, la base de lo que Pedro llama "romper con el pecado". La actitud de desobediencia hacia Dios nace del deseo del hombre de hacer lo que él mismo quiere, sin importarle lo que Dios diga al respecto. Hacer lo que sus impulsos y pasiones le dictan. Si me atrevo a decirle que no a mis impulsos y pasiones, tal vez sufra un poco, pero es la puerta para empezar a cambiar.
Y eso es el arrepentimiento: empezar a cambiar de actitud. Mirar hacia adelante y no hacia atrás. No mirar lo que hice mal, sino mirar cómo voy a mejorarlo en un futuro. Predisponerme a vivir el resto de mi vida terrenal como Dios quiere que la viva, siguiendo sus pautas y no las que me dicta mi propia experiencia humana o las personas que me rodean. Cambiar de una actitud de desconocer lo que Dios me recomienda y me pide, a tenerlo en cuenta siempre. El arrepentimiento, dice Ezequiel, es el remedio contra la muerte. El que practica el derecho y la justicia, o sea, el que permanentemente tiene el deseo de obedecer, va a vivir, es decir, va a poder disfrutar de estar con Dios, y por lo tanto, de la vida plena y llena de sentido que él ofrece. El que vive teniendo en cuenta el conocimiento de Dios como algo muy valioso, va a conocer a Dios cada vez más y va a estar siempre con él, viviendo la vida a pleno.
Entonces, el arrepentimiento y la culpa van por lugares distintos. La culpa mira al pasado, y me dice que no hay ni un solo justo, y que no hay chances de que cambie lo que está mal. El arrepentimiento me recuerda que sí hay un justo: Jesús. Y que Jesús me ofrece la posibilidad de ser cambiado, de dejar atrás mi pasado y empezar de nuevo. Me hace mirar para adelante y pensar en todo lo que puedo llegar a lograr si me acerco a Dios.
¿Qué pasa con el tiempo que ya perdí haciendo las cosas mal? Bueno, ese tiempo no vuelve. Muchas veces, las heridas que causé tardan mucho en sanar, y el daño que hice a veces es irreversible. Pero no importa qué tan malo haya sido, que tanto haya negado a Dios, qué tanto haya ignorado su conocimiento, qué tan lejos haya ido o qué tan bajo haya caído: Dios siempre, SIEMPRE nos espera con los brazos abiertos a que cambiemos de actitud y dejemos atrás la maldad que teníamos y la culpa que tal vez nos generó cuando nos dimos cuenta. Dios no nos culpa: nos perdona. Nos perdona y nos transforma, de eso voy a hablar la próxima vez.
El que niega a Dios en su actitud, está, de una, por principio, separado de Dios, y por voluntad propia. El que vive teniendo en cuenta el conocimiento de Dios como algo muy valioso, va a conocer a Dios cada vez más y va a estar siempre con él, viviendo la vida a pleno. El arrepentimiento es ese cambio entre la primera afirmación, y la segunda. Es la puerta a la vida nueva que Dios nos propone. Es esa toma de conciencia y de decisión, de abandonar mi antigua manera de vivir para darle paso a una nueva manera de vivir. No es solamente decir "bueno, ya está, ya lo hice, qué mas da". Tampoco es decir "mirá lo malo que soy, pero bueno, soy así, lo lamento mucho". Es más bien decir "hice todas estas cosas malas, pero Dios puede cambiar mi forma de vivir, así que voy a empezar a tenerlo en cuenta".
Es un proceso, y los pecados van a seguir apareciendo, pero ya no van a ser el centro de nuestras vidas, ni nos van a dominar, ni nos van a significar una limitación para vivir plenamente, porque Jesús venció al pecado. Él es el único justo, y dice Romanos 5:19 que "así como por la desobediencia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos".
Hay una sola vida, y está en Jesús. Es una vida llena de sentido, pero requiere de mí un cambio de mentalidad, que me haga pasar de ignorar a Dios a tenerlo en cuenta en primer lugar, antes que a cualquier otra cosa o persona. Esto me puede hacer arriesgar hasta mis propias pasiones y deseos más fuertes. A veces voy a tener que ponerle límites a mi propia experiencia humana para poder vivir a pleno la experiencia divina. Pero no podemos no vivir esta vida, porque lo otro no es vida. Si quiero vivir con un sentido pleno, disfrutando al máximo, tengo que arriesgarme. Si no lo hago, voy a vivir a medias, a mitad de camino, no llegando nunca a ser todo lo que puedo llegar a ser, ni a tener todo lo que puedo llegar a tener. No importa cuánto consiga ser, hacer o tener por fuera del proyecto de Dios: siempre va a ser mucho menos que lo que alcanzaría si lo hiciera dentro de él. Por eso estar separado de Dios se llama muerte, porque es una pérdida definitiva del potencial de nuestras vidas.
Espero que hayan sido desafiados y confrontados por esta reflexión tanto como yo lo estoy siendo mientras la publico, y que hayan entendido un poco más de qué se tratan el pecado y el arrepentimiento. No son malas palabras, ni conceptos abstractos. Tanto el pecado como el arrepentimiento son experiencias reales. Es mi oración y mi deseo que puedan reconocerlos.
Que el Dios de gracia, que perdona el pecado y los pecados, nos acompañe en el proceso de reconocer la maldad propia, superar la culpa y mirar hacia adelante, para que podamos aferrarnos de todo corazón al conocimiento de Dios y empezar a disfrutar de la transformación que él quiere hacer en cada uno de nosotros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
lunes, 2 de septiembre de 2013
La nueva vida 3 - La gran apuesta
Hola a todos. Seguimos con esta serie sobre la nueva vida. Mi intención es publicar un poco más seguido, pero se me está haciendo complicado por cuestiones de tiempo. En cualquier caso, espero que puedan ir siguiendo la idea principal de estas reflexiones.
Hasta ahora dijimos que hay tres cosas básicas para poder empezar a entender la vida que nos propone Dios: la biblia, que es su palabra, y que es totalmente verdadera; la relación directa con él, sin la cual no podemos entender su palabra ni conocerlo a él; un cambio en el sentido común que conocemos, que nos enseñaron desde chicos, porque muchas cosas que Dios nos propone no encajan en él. Dijimos que existen a simple vista dos maneras de vivir, una como nos ofrece la sociedad, otra como nos ofrece Dios, y son incompatibles. En algún momento vamos a tener que decidir a cuál de los dos puntos de vista le voy a prestar más atención. Llamé a este momento la encrucijada. Para superarla, tengo que animarme a salir del molde que me impuso la sociedad en la que vivo. Una vez que doy este paso, empiezo a ser libre y tengo la posibilidad de seguir a Jesús de verdad, y disfrutar de la vida que él me ofrece.
"Sucedió que un hombre se acercó a Jesús y le preguntó:
-Maestro, ¿Qué de bueno tengo que hacer para obtener la vida eterna?
-¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? -respondió Jesús-. Solamente hay uno que es bueno. Si quieres entrar en la vida, obedece los mandamientos.
-¿Cuáles? -preguntó el hombre.
Contestó Jesús:
-'No mates, no cometas adulterio, no robes, no presentes falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre', y 'ama a tu prójimo como a ti mismo'.
-Todos ésos los he cumplido -dijo el joven-. ¿Qué más me falta?
-Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.
Cuando el joven oyó esto, se fue triste porque tenía muchas riquezas".
(Mateo 19:16-22)
"Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo?"
(Lucas 9:23-25)
Bueno, el primero es otro pasaje que me parece bastante fuerte. En algún momento dije que a mi entender había tres formas de hacer encajar nuestra fe en nuestras vidas: "cumplir y vivir", llevar dos vidas paralelas, y hacer lo inverso, encajar nuestra vida en nuestra fe, es decir, vivir siempre según mi fe. El caso de este pasaje parece ser un ejemplo claro del segundo modo. El joven rico quería obtener la vida eterna, pero para hacerlo estaba convencido de que tenía que hacer muchas cosas. Parecía muy comprometido, de hecho afirma que practica todas las primeras cosas que Jesús le menciona. Por supuesto que podríamos preguntarnos si realmente era tan así. Pero Jesús lo confronta en otro nivel. Le propone una apuesta diferente.
Y eso es un poco lo que pasa en nuestras vidas después de que superamos la encrucijada. Este hombre aparentemente había llegado ya a la conclusión de que los mandamientos eran buenos. Pero lo que Jesús le dice es mucho más profundo: no se trata de ser bueno o de hacer lo bueno. "Solamente hay uno que es bueno", dice Jesús. La clave para tener la vida que Jesús nos ofrece es otra: "si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo" (19:21).
Ahora, ¿realmente es "vender todo" lo que Jesús le está proponiendo? Lo que a mí me parece es que Jesús, que va siempre más allá de lo evidente, está viendo que lo más importante para este hombre es su riqueza. Tal vez se apoyaba demasiado en ella. Entonces, Jesús va por ese lado, y le dice básicamente que si quiere realmente encontrar la vida nueva, tiene que estar dispuesto a sacrificar lo más preciado que tiene. Tiene que estar dispuesto a dejar ir todo lo que amaba en la "vida vieja", diríamos.
Pero entonces, para este hombre, vender todo probablemente equivalía a morir. Podemos imaginar que, ya que era rico, toda su vida hasta ahí se había dedicado a enriquecerse. Vender todo eso ahora era como tirar por la borda todo lo que había hecho durante su vida. O sea, morir.
Esa es en mi opinión la apuesta que nos pide Jesús: morir. Por supuesto, así como con el joven rico lo importante no era en sí vender todo, sino el hecho de dejar atrás todo lo que lo ataba a su propia vida, con esto de morir pasa lo mismo. No nos dice que tenemos que quitarnos la vida, sino que tenemos que renunciar, en nuestra mente, a todo lo que tenemos en alta estima en esta vida. Tomar cada día nuestra cruz, dice el pasaje de Lucas. La cruz es en definitiva el símbolo de lo que Jesús hizo por nosotros, y eso fue lo que él hizo, arriesgar hasta su propia vida, es más, arriesgó hasta lo más preciado que tenía, su comunión con el Padre. Se sintió abandonado por él cuando moría en la cruz. Arriesgó todo. Pienso que esa es la actitud que nos propone Jesús.
Dice Filipenses 3:7-8, "todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo". Pablo está diciendo que en comparación con estar cerca de Jesús y disfrutar de la nueva vida, todo es desechable. Él sabía de lo que hablaba, porque estaba preso cuando escribía esto. Sin embargo, prefería eso antes que tener una vida llena de cosas de este mundo, que no se comparan, dice él, con el valor de estar cerca de Jesús y disfrutar lo que él nos da.
Esto puede sonar muy fuerte. Jesús nos propone que nos desprendamos de todo lo que más amamos en esta vida, para poder así encontrar la plenitud de la vida que él tiene para ofrecernos. "Si quieres ser perfecto", yo diría que podemos parafrasearlo diciendo "si quieres estar completo". A veces no son cosas, a veces son relaciones, o incluso personas. A veces Jesús puede preguntarnos: "¿estás dispuesto a que esa persona deje de ocupar el centro de tus decisiones y tus motivaciones?". Lo que nos pide Jesús, en definitiva, es subir la apuesta. "¿Cuánto estarías dispuesto a dejar por mí, si fuera necesario?
La vida que nos propone Dios está llena de tesoros que tal vez sean invisibles o intangibles, pero no por eso son menos reales. Y si nuestros tesoros más importantes están en la tierra, no hay lugar en nosotros para esos tesoros que son del cielo. Por eso se nos pide esto. Por eso es como una apuesta. No vemos cuánto vamos a ganar, pero si no apostamos, nunca lo vamos a saber.
Entonces, Jesús nos invita a subir la apuesta. Tengo que simplemente estar dispuesto, de todo corazón, a desprenderme en mi mente, en mis motivaciones, en mis más profundos deseos, de aquello que es más importante para mí en esta vida. Porque es necesario que lo más importante de todo sea Jesús, en todo momento. Muchas veces este es el motivo por el que nos cuesta dar nuevos pasos en la fe. No nos animamos a arriesgar determinadas cosas, determinadas relaciones, determinados sueños. Sin embargo, Dios quiere darnos algo que seguramente es mucho mejor, ¡tal vez incluso terminemos multiplicando eso que teníamos miedo de perder! Jesús dice, en el mismo pasaje, poco más adelante, "todo el que por mi causa haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o terrenos, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna" (19:29).
En resumen, la vida verdadera, plena, está en Jesús. Es una vida mucho más completa y feliz que la vida que nos ofrece el mundo. Pero para recibir una vida nueva, tengo que dejar atrás la forma vieja de vivir. El proceso está lleno de pequeñas encrucijadas, donde voy a tener que decidir si me aferro a las cosas que ya tengo o confío en que Dios va a tener algo mejor. Cuando Dios me pide que suelte algo, es sólo para darme algo mejor. Tal vez no sea enseguida, pero por eso es como una apuesta. No puedo conocer de antemano el resultado. Tengo que confiar en que va a ser mejor. Ante semejantes desafíos de Jesús, tengo dos opciones: conformarme con lo que ya tengo y aferrarme a ello, o entender que podría estar recibiendo cosas mucho mejores y entonces no conformarme nunca, seguir siempre "vendiendo" todo lo que tengo para "comprar", o para recibir, todo lo que Jesús quiere ofrecerme.
Siempre puedo dar un paso más. Siempre puedo subir un poco más la apuesta. Sólo tengo que tomar la decisión. ¿Estoy dispuesto a morir, a renunciar a todo lo que amaba, con tal de conocer a Cristo? ¿O voy a dejar que el miedo de perder lo que tengo en esta vida me prive de los enormes regalos que Dios quiere hacerme por medio de él? La decisión es de cada uno.
Hay una sola vida, y hay que vivirla. Para eso es necesario salir del molde de nuestra sociedad, o incluso el molde que nosotros mismos construimos para nosotros, según lo que creemos mejor, y animarnos a vivir como Dios cree que es mejor para nosotros. Y esto va a implicar que arriesguemos cosas. Cuanto más estemos dispuestos a arriesgar, mayor porción vamos a alcanzar de lo que Dios quiere darnos. Como dice, otra vez, Filipenses, "olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está adelante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús" (Filipenses 3:13-14).
Animémonos a arriesgarlo todo, a apostar todo por Jesús. Eso es confiar, eso es creer en Cristo, apostarlo todo por él con la certeza de que, sí o sí, salimos ganando. Y esto es algo de todos los días. Espero que hayan sido confrontados, desafiados y bendecidos por esta reflexión tanto como yo mismo al meditarlo la primera vez, hace un tiempo, y cada vez que vuelvo a reflexionar sobre esto.
Que el Dios de nuestro llamamiento celestial, el que nos ofrece la vida nueva y completa por medio de Cristo, nos ayude a ser fuertes y mantenernos firmes para que podamos apostarlo todo por él, y nos haga saber bien dentro de nosotros que nada, ninguna cosa a la que podamos aferrarnos, vale más la pena que la vida que él nos ofrece. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hasta ahora dijimos que hay tres cosas básicas para poder empezar a entender la vida que nos propone Dios: la biblia, que es su palabra, y que es totalmente verdadera; la relación directa con él, sin la cual no podemos entender su palabra ni conocerlo a él; un cambio en el sentido común que conocemos, que nos enseñaron desde chicos, porque muchas cosas que Dios nos propone no encajan en él. Dijimos que existen a simple vista dos maneras de vivir, una como nos ofrece la sociedad, otra como nos ofrece Dios, y son incompatibles. En algún momento vamos a tener que decidir a cuál de los dos puntos de vista le voy a prestar más atención. Llamé a este momento la encrucijada. Para superarla, tengo que animarme a salir del molde que me impuso la sociedad en la que vivo. Una vez que doy este paso, empiezo a ser libre y tengo la posibilidad de seguir a Jesús de verdad, y disfrutar de la vida que él me ofrece.
"Sucedió que un hombre se acercó a Jesús y le preguntó:
-Maestro, ¿Qué de bueno tengo que hacer para obtener la vida eterna?
-¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? -respondió Jesús-. Solamente hay uno que es bueno. Si quieres entrar en la vida, obedece los mandamientos.
-¿Cuáles? -preguntó el hombre.
Contestó Jesús:
-'No mates, no cometas adulterio, no robes, no presentes falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre', y 'ama a tu prójimo como a ti mismo'.
-Todos ésos los he cumplido -dijo el joven-. ¿Qué más me falta?
-Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.
Cuando el joven oyó esto, se fue triste porque tenía muchas riquezas".
(Mateo 19:16-22)
"Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo?"
(Lucas 9:23-25)
Bueno, el primero es otro pasaje que me parece bastante fuerte. En algún momento dije que a mi entender había tres formas de hacer encajar nuestra fe en nuestras vidas: "cumplir y vivir", llevar dos vidas paralelas, y hacer lo inverso, encajar nuestra vida en nuestra fe, es decir, vivir siempre según mi fe. El caso de este pasaje parece ser un ejemplo claro del segundo modo. El joven rico quería obtener la vida eterna, pero para hacerlo estaba convencido de que tenía que hacer muchas cosas. Parecía muy comprometido, de hecho afirma que practica todas las primeras cosas que Jesús le menciona. Por supuesto que podríamos preguntarnos si realmente era tan así. Pero Jesús lo confronta en otro nivel. Le propone una apuesta diferente.
Y eso es un poco lo que pasa en nuestras vidas después de que superamos la encrucijada. Este hombre aparentemente había llegado ya a la conclusión de que los mandamientos eran buenos. Pero lo que Jesús le dice es mucho más profundo: no se trata de ser bueno o de hacer lo bueno. "Solamente hay uno que es bueno", dice Jesús. La clave para tener la vida que Jesús nos ofrece es otra: "si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo" (19:21).
Ahora, ¿realmente es "vender todo" lo que Jesús le está proponiendo? Lo que a mí me parece es que Jesús, que va siempre más allá de lo evidente, está viendo que lo más importante para este hombre es su riqueza. Tal vez se apoyaba demasiado en ella. Entonces, Jesús va por ese lado, y le dice básicamente que si quiere realmente encontrar la vida nueva, tiene que estar dispuesto a sacrificar lo más preciado que tiene. Tiene que estar dispuesto a dejar ir todo lo que amaba en la "vida vieja", diríamos.
Pero entonces, para este hombre, vender todo probablemente equivalía a morir. Podemos imaginar que, ya que era rico, toda su vida hasta ahí se había dedicado a enriquecerse. Vender todo eso ahora era como tirar por la borda todo lo que había hecho durante su vida. O sea, morir.
Esa es en mi opinión la apuesta que nos pide Jesús: morir. Por supuesto, así como con el joven rico lo importante no era en sí vender todo, sino el hecho de dejar atrás todo lo que lo ataba a su propia vida, con esto de morir pasa lo mismo. No nos dice que tenemos que quitarnos la vida, sino que tenemos que renunciar, en nuestra mente, a todo lo que tenemos en alta estima en esta vida. Tomar cada día nuestra cruz, dice el pasaje de Lucas. La cruz es en definitiva el símbolo de lo que Jesús hizo por nosotros, y eso fue lo que él hizo, arriesgar hasta su propia vida, es más, arriesgó hasta lo más preciado que tenía, su comunión con el Padre. Se sintió abandonado por él cuando moría en la cruz. Arriesgó todo. Pienso que esa es la actitud que nos propone Jesús.
Dice Filipenses 3:7-8, "todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo". Pablo está diciendo que en comparación con estar cerca de Jesús y disfrutar de la nueva vida, todo es desechable. Él sabía de lo que hablaba, porque estaba preso cuando escribía esto. Sin embargo, prefería eso antes que tener una vida llena de cosas de este mundo, que no se comparan, dice él, con el valor de estar cerca de Jesús y disfrutar lo que él nos da.
Esto puede sonar muy fuerte. Jesús nos propone que nos desprendamos de todo lo que más amamos en esta vida, para poder así encontrar la plenitud de la vida que él tiene para ofrecernos. "Si quieres ser perfecto", yo diría que podemos parafrasearlo diciendo "si quieres estar completo". A veces no son cosas, a veces son relaciones, o incluso personas. A veces Jesús puede preguntarnos: "¿estás dispuesto a que esa persona deje de ocupar el centro de tus decisiones y tus motivaciones?". Lo que nos pide Jesús, en definitiva, es subir la apuesta. "¿Cuánto estarías dispuesto a dejar por mí, si fuera necesario?
La vida que nos propone Dios está llena de tesoros que tal vez sean invisibles o intangibles, pero no por eso son menos reales. Y si nuestros tesoros más importantes están en la tierra, no hay lugar en nosotros para esos tesoros que son del cielo. Por eso se nos pide esto. Por eso es como una apuesta. No vemos cuánto vamos a ganar, pero si no apostamos, nunca lo vamos a saber.
Entonces, Jesús nos invita a subir la apuesta. Tengo que simplemente estar dispuesto, de todo corazón, a desprenderme en mi mente, en mis motivaciones, en mis más profundos deseos, de aquello que es más importante para mí en esta vida. Porque es necesario que lo más importante de todo sea Jesús, en todo momento. Muchas veces este es el motivo por el que nos cuesta dar nuevos pasos en la fe. No nos animamos a arriesgar determinadas cosas, determinadas relaciones, determinados sueños. Sin embargo, Dios quiere darnos algo que seguramente es mucho mejor, ¡tal vez incluso terminemos multiplicando eso que teníamos miedo de perder! Jesús dice, en el mismo pasaje, poco más adelante, "todo el que por mi causa haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o terrenos, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna" (19:29).
En resumen, la vida verdadera, plena, está en Jesús. Es una vida mucho más completa y feliz que la vida que nos ofrece el mundo. Pero para recibir una vida nueva, tengo que dejar atrás la forma vieja de vivir. El proceso está lleno de pequeñas encrucijadas, donde voy a tener que decidir si me aferro a las cosas que ya tengo o confío en que Dios va a tener algo mejor. Cuando Dios me pide que suelte algo, es sólo para darme algo mejor. Tal vez no sea enseguida, pero por eso es como una apuesta. No puedo conocer de antemano el resultado. Tengo que confiar en que va a ser mejor. Ante semejantes desafíos de Jesús, tengo dos opciones: conformarme con lo que ya tengo y aferrarme a ello, o entender que podría estar recibiendo cosas mucho mejores y entonces no conformarme nunca, seguir siempre "vendiendo" todo lo que tengo para "comprar", o para recibir, todo lo que Jesús quiere ofrecerme.
Siempre puedo dar un paso más. Siempre puedo subir un poco más la apuesta. Sólo tengo que tomar la decisión. ¿Estoy dispuesto a morir, a renunciar a todo lo que amaba, con tal de conocer a Cristo? ¿O voy a dejar que el miedo de perder lo que tengo en esta vida me prive de los enormes regalos que Dios quiere hacerme por medio de él? La decisión es de cada uno.
Hay una sola vida, y hay que vivirla. Para eso es necesario salir del molde de nuestra sociedad, o incluso el molde que nosotros mismos construimos para nosotros, según lo que creemos mejor, y animarnos a vivir como Dios cree que es mejor para nosotros. Y esto va a implicar que arriesguemos cosas. Cuanto más estemos dispuestos a arriesgar, mayor porción vamos a alcanzar de lo que Dios quiere darnos. Como dice, otra vez, Filipenses, "olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está adelante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús" (Filipenses 3:13-14).
Animémonos a arriesgarlo todo, a apostar todo por Jesús. Eso es confiar, eso es creer en Cristo, apostarlo todo por él con la certeza de que, sí o sí, salimos ganando. Y esto es algo de todos los días. Espero que hayan sido confrontados, desafiados y bendecidos por esta reflexión tanto como yo mismo al meditarlo la primera vez, hace un tiempo, y cada vez que vuelvo a reflexionar sobre esto.
Que el Dios de nuestro llamamiento celestial, el que nos ofrece la vida nueva y completa por medio de Cristo, nos ayude a ser fuertes y mantenernos firmes para que podamos apostarlo todo por él, y nos haga saber bien dentro de nosotros que nada, ninguna cosa a la que podamos aferrarnos, vale más la pena que la vida que él nos ofrece. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
domingo, 25 de agosto de 2013
La nueva vida 2 - La encrucijada
Hola a todos. Seguimos con esta serie sobre la vida nueva que recibimos en Cristo. Ya hablamos sobre las tres cosas básicas que tenemos que tener en cuenta para poder aprovechar esta serie al máximo: que la biblia es la palabra de Dios, totalmente cierta; buscar a Dios de corazón, tratar de pasar tiempo con él, hablar con él; y estar dispuestos a renunciar al "sentido común" que nos ofrece la sociedad cuando sea necesario. Dijimos la vez pasada que la vida sin Cristo no es vida en serio. Jesús dice que él ES la vida. Cuando aceptamos vivir con él, y por lo tanto vivir como él vivió y como nos enseña a vivir, pasamos de la muerte, o sea, una vida sin sabor, sin propósito o sin color (o las tres en una) a una vida llena de sorpresas y ventajas.
"Si el mundo los aborrece, tengan presente que antes que a ustedes, me aborreció a mí. Si fueran del mundo, el mundo los querría como a los suyos. Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo. Por eso el mundo los aborrece. Recuerden lo que les dije: 'Ningún siervo es más que su amo'. Si a mí me han perseguido, a ustedes también los perseguirán. Si han obedecido mis enseñanzas, también obedecerán las de ustedes. Los tratarán así por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió" (Juan 15:18-20).
"Así que les digo esto y les insisto en el Señor: No vivan más con pensamientos frívolos como los paganos. A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, estos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios. Han perdido toda vergüenza, se han entregado a la inmoralidad, y no se sacian de cometer toda clase de actos indecentes. No fue ésta la enseñanza que ustedes recibieron acerca de Cristo, si de veras se les habló y enseñó de Jesús según la verdad que está en él. Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad" (Efesios 4:17-24).
Bueno, creo que los dos pasajes son bastante fuertes. Y supongo que en algún punto, problemáticos. Nos proponen un nivel de compromiso que tal vez no nos hayamos planteado antes. Esto posiblemente empiece a pasar más seguido a medida que avanzamos. Mi consejo es que si se sienten desafiados o confrontados, acepten el desafío. A veces asusta, pero siempre vale la pena.
Dios nos propone un grado de entrega total. Andar con él no es solamente creer, leer la biblia y orar. Es mucho más. Dice el pasaje de Juan que Jesús nos escoge de entre el mundo. Desde el momento en que decidimos que Dios sea parte de nuestras vidas, se produce un quiebre en nosotros: empezamos a querer hacer cosas que antes no hacíamos, o dejar de hacer cosas que antes hacíamos. Eso es natural, porque Dios va renovando nuestra manera de pensar a medida que se lo permitimos.
Pero mucha gente se va a oponer a que cambiemos esas cosas, en nombre del "sentido común". Nosotros mismos podemos oponernos a esos cambios. Tal vez la expresión "no ser del mundo" suena un poco fuerte. ¿Qué somos? ¿Extraterrestres, o algo así? Bueno, en cierta forma, sí. La sociedad que nos rodea, independientemente de cuál sea nuestro origen, nos trata de moldear según ciertas normas, ciertos parámetros. Nos enseñan qué es verdadero y qué no, qué es malo y qué no es tan malo, qué es bueno, qué conviene y qué no conviene hacer. Sentido común.
Pero Dios nos va a proponer cosas que van a chocar con esto. No sólo eso, nuestros pensamientos van a empezar a cambiar, nuestra manera de entender la vida. Sin embargo, llevarlo a la práctica no es tan fácil. Como dije en alguna parte de la reflexión anterior, a medida que vamos entendiendo la esencia de nuestra fe y vamos tomándola más en serio, nos acercamos a un punto al mismo tiempo arriesgado e importante, podríamos decir que decisivo, climático: el punto en que nuestra fe y nuestra vida diaria entran en conflicto. Ésta es la encrucijada, el momento en el que tenemos que decidir dónde ponemos nuestra confianza.
Como personas, seres humanos de carne y hueso, tenemos pasiones. ¿Qué son las pasiones? Bueno, es todo lo que nos moviliza, nos impulsa, nuestros deseos más fuertes. Todo lo que hacemos porque nos resulta irresistible. Muchas veces no se trata de cosas malas en sí mismas, pero que hechas impulsivamente y con imprudencia terminan teniendo malos resultados. Actuamos sin pensar y desmedidamente, y cuando nos damos cuenta nos enredamos en situaciones de las que parecería que no nos podemos desenredar. Muchas veces elegimos dejarnos llevar porque todo el mundo lo hace, y entonces debería estar bueno. Y así terminamos pensando del modo que piensan los demás. Nos quedamos en el molde.
En el pasaje de Juan, Jesús se refiere a ese molde como "el mundo". Ya hablé de esto en algún momento. El apóstol Pablo dice también: "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente" (Romanos 12:2). Hay dos maneras de vivir, en el molde o fuera de él. A la larga esas dos maneras son incompatibles. El molde implica los "pensamientos frívolos" del pasaje de Efesios, es decir, no pensar en lo que hay más allá de lo que vemos, y dejarnos llevar por los impulsos, los "deseos engañosos".
Son justamente eso: deseos que no son lo que parecen ser. Parece que está todo bien, pero en realidad tienen consecuencias negativas para nosotros y los que nos rodean. "No se sacian", dice Efesios. Y es cierto: una cosa lleva a la otra, de una pasión voy a otra, y nuestro corazón va alejándose de Dios. Se hace cada vez más duro a lo que él nos dice. Podemos incluso terminar cayendo en el "cumplir y vivir" del que hablaba en la publicación pasada. Éste es el gran problema del molde de nuestra sociedad: sólo se fija en lo que se ve y se toca, lo inmediato, lo evidente, causa y efecto.
Pero tenemos que entender que la verdadera vida está en Jesús, y Jesús está fuera del molde. Mientras vivamos la vida que nos dijeron que era mejor, probablemente hagamos agua por muchos lados. Mientras nos mantengamos dentro del molde, nos vamos a sentir presionados, atrapados por cosas que en realidad no decidimos libremente, sino por un "sentido común" que nos impusieron. Pero Jesús dice: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10:10). Cuando salimos del molde, nuestra vida se vuelve mucho mejor, mucho más plena, mucho más cargada de sentido y de libertad. ¡Pero nosotros somos los que tenemos que decidirnos a salir!
Y para salir del molde, tenemos que animarnos a pensar diferente. A no dejarnos llevar por lo que la sociedad nos enseña que conviene, o que está bueno, o que hay que hacer o pensar. Porque en la sociedad no está la vida, sino en Jesús. Como dije la vez anterior: lo que nos ofrece el mundo es una falsa vida. Jesús nos ofrece una vida de verdad, intensa y llena de sentido.
Ahora, tenemos que entender que si salimos del molde para tener la forma que Dios quiera darnos, mucha gente va a estar disconforme. El pasaje de Juan es claro: a Jesús lo persiguieron por no amoldarse al mundo. A nosotros también nos van a despreciar, o al menos no nos van a comprender. Algunas personas hasta nos van a apoyar, y eso es bueno, porque podemos contagiar la nueva manera de vivir a otras personas. Pero otros nos van a rechazar, y esos otros pueden ser gente muy cercana, incluso nuestra propia familia a veces. Por eso es fundamental entender los beneficios, reales y enormes, que tiene salir del molde. Estar dispuestos a dejar atrás todo lo que haya que dejar atrás. A veces son actividades, a veces intereses, a veces personas que nos dan la espalda. Pero mientras no salgamos del molde, aunque conservemos todo esto, nos vamos a sentir incómodos. Algo no va a encajar en nuestras vidas, porque ya conocimos cómo funcionan las cosas.
La clave está ahí, en la encrucijada. En el momento de optar. Va a haber muchos momentos en realidad, pero el que me parece clave es cuando tenemos que elegir de raíz cómo queremos vivir: como nos dice la sociedad, o como nos ofrece Jesús. Ahí está la clave, en el cambio de mentalidad que se nos propone. Estar en el mundo y no pertenecer al mundo puede dar miedo. Vamos a pasar a ser como extranjeros en cualquier lado, salvo en la iglesia, es decir, cuando estemos con aquellas otras personas que tomaron esa misma decisión. Nos deja muy expuestos, y vamos a ser permanentemente tentados por nuestra antigua manera de pensar y de vivir, y por la manera de vivir de otros, sobre todo cuando veamos que "la pasan bien". Pero recordemos que es un bienestar pasajero, y que suele dejarnos un vacío profundo. El bienestar duradero viene sólo de Dios, si vivimos como él nos ofrece. ¿Nos van a pasar cosas malas? Sí, igual que siempre. Tal vez menos. Tal vez más. Pero Dios nos promete que de todo nos va a librar, como veíamos la vez anterior.
Puede parecer, y hasta ser, muy difícil al principio. También podemos tropezar, o hasta caer, pero Dios nos va a seguir esperando. Una vez que se produjo el cambio de mente en serio, es irreversible. Se trata básicamente de lo que antes fui y de lo que ahora soy, como en el pasaje de Efesios. Vieja naturaleza, nueva naturaleza. Es un proceso, por supuesto, hasta que se va volviendo realidad en cosas concretas de nuestra vida. Pero nuestra forma anterior de vivir ya nos empieza a hacer ruido cuando tomamos la decisión.
Es importantísimo saber que SIEMPRE hay vuelta atrás. No importa qué tan lejos me haya ido, qué tan bajo haya caído o que tan malo haya sido hasta ahora. Tampoco importa ya cuánta gente haya lastimado hasta acá. El daño está hecho, sí. Pero hasta puede tener remedio. Lo que cuenta es comprometerse, elegir vivir de una forma nueva de ahora en más. Si se lo pedimos a Dios, él se encarga de desenredarnos de todo lo que nos fue atando hasta acá. Y siempre está esperando que se lo pidamos.
Insisto: hay una sola vida, y hay que vivirla. Esa vida verdadera, lo único que podemos llamar realmente vida, está en Cristo, y para vivirla es necesario salir del molde. Sólo así podemos hacer coincidir la fe con la vida cotidiana y superar la encrucijada, para descubrir que todo eso que la fe nos enseñaba también era muy real. Lo primero es el cambio de mentalidad: la palabra arrepentimiento, originalmente, significa eso. Dejar de pensar como antes, y por lo tanto de vivir como antes, y empezar a ver las cosas como Dios me propone, eligiendo entonces también vivir como él me ofrece. Las consecuencias son gigantes, pero sobre todo para nuestro bienestar.
Que el Dios que hace nuevas todas las cosas impacte profundamente nuestras vidas, para que podamos dar el paso decisivo y elegir vivir cada día con él, y como él nos propone, y así podamos empezar a comprobar que la vida que nos ofrece es mucho más hermosa de lo que a veces imaginamos o de lo que otros nos hacen creer. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
"Si el mundo los aborrece, tengan presente que antes que a ustedes, me aborreció a mí. Si fueran del mundo, el mundo los querría como a los suyos. Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo. Por eso el mundo los aborrece. Recuerden lo que les dije: 'Ningún siervo es más que su amo'. Si a mí me han perseguido, a ustedes también los perseguirán. Si han obedecido mis enseñanzas, también obedecerán las de ustedes. Los tratarán así por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió" (Juan 15:18-20).
"Así que les digo esto y les insisto en el Señor: No vivan más con pensamientos frívolos como los paganos. A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, estos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios. Han perdido toda vergüenza, se han entregado a la inmoralidad, y no se sacian de cometer toda clase de actos indecentes. No fue ésta la enseñanza que ustedes recibieron acerca de Cristo, si de veras se les habló y enseñó de Jesús según la verdad que está en él. Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad" (Efesios 4:17-24).
Bueno, creo que los dos pasajes son bastante fuertes. Y supongo que en algún punto, problemáticos. Nos proponen un nivel de compromiso que tal vez no nos hayamos planteado antes. Esto posiblemente empiece a pasar más seguido a medida que avanzamos. Mi consejo es que si se sienten desafiados o confrontados, acepten el desafío. A veces asusta, pero siempre vale la pena.
Dios nos propone un grado de entrega total. Andar con él no es solamente creer, leer la biblia y orar. Es mucho más. Dice el pasaje de Juan que Jesús nos escoge de entre el mundo. Desde el momento en que decidimos que Dios sea parte de nuestras vidas, se produce un quiebre en nosotros: empezamos a querer hacer cosas que antes no hacíamos, o dejar de hacer cosas que antes hacíamos. Eso es natural, porque Dios va renovando nuestra manera de pensar a medida que se lo permitimos.
Pero mucha gente se va a oponer a que cambiemos esas cosas, en nombre del "sentido común". Nosotros mismos podemos oponernos a esos cambios. Tal vez la expresión "no ser del mundo" suena un poco fuerte. ¿Qué somos? ¿Extraterrestres, o algo así? Bueno, en cierta forma, sí. La sociedad que nos rodea, independientemente de cuál sea nuestro origen, nos trata de moldear según ciertas normas, ciertos parámetros. Nos enseñan qué es verdadero y qué no, qué es malo y qué no es tan malo, qué es bueno, qué conviene y qué no conviene hacer. Sentido común.
Pero Dios nos va a proponer cosas que van a chocar con esto. No sólo eso, nuestros pensamientos van a empezar a cambiar, nuestra manera de entender la vida. Sin embargo, llevarlo a la práctica no es tan fácil. Como dije en alguna parte de la reflexión anterior, a medida que vamos entendiendo la esencia de nuestra fe y vamos tomándola más en serio, nos acercamos a un punto al mismo tiempo arriesgado e importante, podríamos decir que decisivo, climático: el punto en que nuestra fe y nuestra vida diaria entran en conflicto. Ésta es la encrucijada, el momento en el que tenemos que decidir dónde ponemos nuestra confianza.
Como personas, seres humanos de carne y hueso, tenemos pasiones. ¿Qué son las pasiones? Bueno, es todo lo que nos moviliza, nos impulsa, nuestros deseos más fuertes. Todo lo que hacemos porque nos resulta irresistible. Muchas veces no se trata de cosas malas en sí mismas, pero que hechas impulsivamente y con imprudencia terminan teniendo malos resultados. Actuamos sin pensar y desmedidamente, y cuando nos damos cuenta nos enredamos en situaciones de las que parecería que no nos podemos desenredar. Muchas veces elegimos dejarnos llevar porque todo el mundo lo hace, y entonces debería estar bueno. Y así terminamos pensando del modo que piensan los demás. Nos quedamos en el molde.
En el pasaje de Juan, Jesús se refiere a ese molde como "el mundo". Ya hablé de esto en algún momento. El apóstol Pablo dice también: "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente" (Romanos 12:2). Hay dos maneras de vivir, en el molde o fuera de él. A la larga esas dos maneras son incompatibles. El molde implica los "pensamientos frívolos" del pasaje de Efesios, es decir, no pensar en lo que hay más allá de lo que vemos, y dejarnos llevar por los impulsos, los "deseos engañosos".
Son justamente eso: deseos que no son lo que parecen ser. Parece que está todo bien, pero en realidad tienen consecuencias negativas para nosotros y los que nos rodean. "No se sacian", dice Efesios. Y es cierto: una cosa lleva a la otra, de una pasión voy a otra, y nuestro corazón va alejándose de Dios. Se hace cada vez más duro a lo que él nos dice. Podemos incluso terminar cayendo en el "cumplir y vivir" del que hablaba en la publicación pasada. Éste es el gran problema del molde de nuestra sociedad: sólo se fija en lo que se ve y se toca, lo inmediato, lo evidente, causa y efecto.
Pero tenemos que entender que la verdadera vida está en Jesús, y Jesús está fuera del molde. Mientras vivamos la vida que nos dijeron que era mejor, probablemente hagamos agua por muchos lados. Mientras nos mantengamos dentro del molde, nos vamos a sentir presionados, atrapados por cosas que en realidad no decidimos libremente, sino por un "sentido común" que nos impusieron. Pero Jesús dice: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10:10). Cuando salimos del molde, nuestra vida se vuelve mucho mejor, mucho más plena, mucho más cargada de sentido y de libertad. ¡Pero nosotros somos los que tenemos que decidirnos a salir!
Y para salir del molde, tenemos que animarnos a pensar diferente. A no dejarnos llevar por lo que la sociedad nos enseña que conviene, o que está bueno, o que hay que hacer o pensar. Porque en la sociedad no está la vida, sino en Jesús. Como dije la vez anterior: lo que nos ofrece el mundo es una falsa vida. Jesús nos ofrece una vida de verdad, intensa y llena de sentido.
Ahora, tenemos que entender que si salimos del molde para tener la forma que Dios quiera darnos, mucha gente va a estar disconforme. El pasaje de Juan es claro: a Jesús lo persiguieron por no amoldarse al mundo. A nosotros también nos van a despreciar, o al menos no nos van a comprender. Algunas personas hasta nos van a apoyar, y eso es bueno, porque podemos contagiar la nueva manera de vivir a otras personas. Pero otros nos van a rechazar, y esos otros pueden ser gente muy cercana, incluso nuestra propia familia a veces. Por eso es fundamental entender los beneficios, reales y enormes, que tiene salir del molde. Estar dispuestos a dejar atrás todo lo que haya que dejar atrás. A veces son actividades, a veces intereses, a veces personas que nos dan la espalda. Pero mientras no salgamos del molde, aunque conservemos todo esto, nos vamos a sentir incómodos. Algo no va a encajar en nuestras vidas, porque ya conocimos cómo funcionan las cosas.
La clave está ahí, en la encrucijada. En el momento de optar. Va a haber muchos momentos en realidad, pero el que me parece clave es cuando tenemos que elegir de raíz cómo queremos vivir: como nos dice la sociedad, o como nos ofrece Jesús. Ahí está la clave, en el cambio de mentalidad que se nos propone. Estar en el mundo y no pertenecer al mundo puede dar miedo. Vamos a pasar a ser como extranjeros en cualquier lado, salvo en la iglesia, es decir, cuando estemos con aquellas otras personas que tomaron esa misma decisión. Nos deja muy expuestos, y vamos a ser permanentemente tentados por nuestra antigua manera de pensar y de vivir, y por la manera de vivir de otros, sobre todo cuando veamos que "la pasan bien". Pero recordemos que es un bienestar pasajero, y que suele dejarnos un vacío profundo. El bienestar duradero viene sólo de Dios, si vivimos como él nos ofrece. ¿Nos van a pasar cosas malas? Sí, igual que siempre. Tal vez menos. Tal vez más. Pero Dios nos promete que de todo nos va a librar, como veíamos la vez anterior.
Puede parecer, y hasta ser, muy difícil al principio. También podemos tropezar, o hasta caer, pero Dios nos va a seguir esperando. Una vez que se produjo el cambio de mente en serio, es irreversible. Se trata básicamente de lo que antes fui y de lo que ahora soy, como en el pasaje de Efesios. Vieja naturaleza, nueva naturaleza. Es un proceso, por supuesto, hasta que se va volviendo realidad en cosas concretas de nuestra vida. Pero nuestra forma anterior de vivir ya nos empieza a hacer ruido cuando tomamos la decisión.
Es importantísimo saber que SIEMPRE hay vuelta atrás. No importa qué tan lejos me haya ido, qué tan bajo haya caído o que tan malo haya sido hasta ahora. Tampoco importa ya cuánta gente haya lastimado hasta acá. El daño está hecho, sí. Pero hasta puede tener remedio. Lo que cuenta es comprometerse, elegir vivir de una forma nueva de ahora en más. Si se lo pedimos a Dios, él se encarga de desenredarnos de todo lo que nos fue atando hasta acá. Y siempre está esperando que se lo pidamos.
Insisto: hay una sola vida, y hay que vivirla. Esa vida verdadera, lo único que podemos llamar realmente vida, está en Cristo, y para vivirla es necesario salir del molde. Sólo así podemos hacer coincidir la fe con la vida cotidiana y superar la encrucijada, para descubrir que todo eso que la fe nos enseñaba también era muy real. Lo primero es el cambio de mentalidad: la palabra arrepentimiento, originalmente, significa eso. Dejar de pensar como antes, y por lo tanto de vivir como antes, y empezar a ver las cosas como Dios me propone, eligiendo entonces también vivir como él me ofrece. Las consecuencias son gigantes, pero sobre todo para nuestro bienestar.
Que el Dios que hace nuevas todas las cosas impacte profundamente nuestras vidas, para que podamos dar el paso decisivo y elegir vivir cada día con él, y como él nos propone, y así podamos empezar a comprobar que la vida que nos ofrece es mucho más hermosa de lo que a veces imaginamos o de lo que otros nos hacen creer. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
lunes, 19 de agosto de 2013
La nueva vida 1 - Dos vidas paralelas
Hola a todos. Me demoré un poco, pero acá estoy de nuevo para seguir publicando esta serie de reflexiones sobre la vida cristiana, es decir, la nueva vida que encontramos en Cristo. Por supuesto que siempre van a quedar muchísimas cosas para agregar a lo que yo diga, y además lo que yo escribo acá son reflexiones mías basadas en la palabra de Dios, o sea que no es ninguna verdad revelada este blog. Por esos dos motivos me parece importante que, si sienten que Dios también les dijo algo a ustedes, o si hay algo que no les queda claro, que no entienden o con lo cual no están del todo de acuerdo, lo comenten. Fuera de eso, no olviden orar antes de leer esto, para que sea Dios el que les hable y no sólo yo.
En la publicación anterior dije que había tres cosas que eran la base, el requisito para poder aprovechar estas reflexiones, y cualquier intento de entender y profundizar (o tal vez para algunos empezar a vivir) esta nueva vida que Dios nos propone. Creer en que la biblia es la palabra de Dios, y conocerla; creer en que Jesús es el Hijo de Dios, o al menos tener presente la posibilidad, y hablar con él en la intimidad, es decir, por cuenta propia; y estar dispuestos a dejar de lado el sentido común que nos ofrece la sociedad, arriesgándonos a descubrir cosas que, si aceptamos que son ciertas, puedan hacer que parezcamos un poco locos. Dios hace todo el resto.
"Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida. Ciertamente les aseguro que ya viene la hora, y ha llegado ya, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan, vivirán" (Juan 5:24-25).
"¿Por qué quebrantan ustedes el mandamiento de Dios a causa de la tradición? Dios dijo: 'Honra a tu padre y a tu madre', y también: 'El que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte'. Ustedes, en cambio, enseñan que un hijo puede decir a su padre o a su madre: 'Cualquier ayuda que pudiera darte ya se la he dedicado como ofrenda a Dios'. En ese caso, el tal hijo no tiene que honrar a su padre. Así por causa de la tradición anulan ustedes la palabra de Dios. ¡Hipócritas! Tenía razón Isaías cuando profetizó de ustedes: 'Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Mateo 15:3-8).
Más de una vez escuché en boca de otras personas la frase "hay una sola vida, y hay que vivirla". Generalmente se la usa para justificarse al hacer alguna cosa que no está bien vista pero proporciona diversión, placer, o algo así. Tal vez muchos piensen "no estoy muy de acuerdo con esa filosofía", tal vez otros digan "sí, tal cual, la vida hay que vivirla y disfrutarla porque es una sola". Yo quiero agregar algo a esta frase, una idea que me cambió totalmente la perspectiva.
A algunos podría parecerle difícil conciliar esa afirmación con la perspectiva cristiana. A mí me pasaba, de hecho. ¿Una sola vida? ¿Dónde está la trascendencia? ¿Y la vida después de la muerte? ¿Y cómo es eso de que "hay que vivirla"? ¿Es así, tan simple? Bueno, decirlo es así de fácil, pero pienso que aplicarlo puede complicarse un poco más.
Creo que el principal problema de esta afirmación es hacerla encajar con los parámetros de lo que creemos que es una vida cristiana, una vida que agrade a Dios. Porque miramos alrededor y todos llevan una vida medianamente normal: amigos, familia, estudios, salidas, fiestas, actividades de todo tipo. Pero cuando empezamos a querer mezclar la iglesia en esta vida, o nuestras creencias, por algún lado nos empieza a hacer agua.
En realidad, pienso que hay tres maneras de hacerlo, y voy a tratar de explicarlas resumidamente. A la primera forma la llamo "cumplir y vivir", y creo que es la que más automáticamente nos sale, y por lo tanto la más común. Ésta fue mi actitud durante mis primeros años de contacto con Dios o con la iglesia. Se trata precisamente de eso: voy cada semana a la iglesia, o al menos a mi grupo de jóvenes.
Es más, no hace falta que vaya todas las semanas, alcanza con que aparezca al menos de vez en cuando, para alguna actividad especial. Navidad, Semana Santa, Pentecostés, bautismos, casamientos, comuniones, confirmaciones; siempre hay algún motivo especial por el que puedo ir y ya la gente me tiene de vista. En realidad, a los chicos de mi grupo incluso los puedo ver aparte, y ya no hace falta ni que sacrifique un sábado. En cualquier caso no afecta para nada mi vida, no influye. Tal vez ni esté en mi agenda. Es una distracción, digamos. Cumplo, ya sea más o menos seguido, para que esté todo bien con mi familia, o con los chicos de mi grupo, o con la gente de la iglesia, o porque disfruto de ese momento social, pero fuera de eso, mi vida sigue como siempre.
La segunda manera es un tanto más arriesgada. Prácticamente es como tener dos vidas que se superponen. Una en la iglesia y otra afuera. Voy a la iglesia siempre, y me comprometo bastante. Me anoto en todos los proyectos sociales, en todas las salidas que puedo, retiros, campamentos, cursos y estudios bíblicos. A veces porque en verdad me interesa y otras veces es como "cumplir" pero llevado al extremo.
Pero por otro lado, sigue sin cambiar mi vida, sin influir. Es como que son dos cosas diferentes: una cosa es la iglesia, sus pautas, sus normas, y otra cosa es la vida cotidiana. No tienen que mezclarse, ni hay que sacar las cosas de su ámbito. Cada cosa en su lugar. A veces voy a la iglesia o hago todas esas cosas simplemente porque me hace bien, pero en definitiva no estoy seguro de querer agregar esas cosas a mi propia vida, a la "vida real", digamos.
El principal riesgo de esto es que al no practicar fuera de la iglesia todo lo que aprendo, cada vez se hace más abstracto, más teórico todo, y puedo terminar cayendo en el legalismo: pensar que lo importante es hacer todo bien al pie de la letra, lo cual me obliga a mantener siempre la imagen de recto, perfecto y bueno para no sentirme mal conmigo mismo o con los demás. Incluso me puede llevar a menospreciar a los que no viven según los valores cristianos, tal vez sin darme cuenta de que en la práctica yo tampoco lo hago, al menos no fuera de la iglesia.
Creo que contra esta segunda manera es que habla Jesús en el pasaje de Mateo. Les está respondiendo a los escribas y fariseos que le preguntaron: "¿Por qué quebrantan tus discípulos la tradición de los ancianos? ¡Comen sin cumplir primero el rito de lavarse las manos!" (Mateo 15:2). No es que no se limpiaran las manos, sino que había toda una forma, dictada por la costumbre, de lavarse para que las manos estuvieran puras de verdad. Supuestamente era parte de lo que Dios mandaba. Pero lo que Jesús les dice que con su apariencia de piedad, imponían a la gente reglas humanas que Dios nunca había establecido.
Es como cuando se nos condiciona por la forma en que tenemos que vestir, por cómo tenemos que hablar o por qué se puede hacer dentro de la iglesia y qué no, o qué música podemos y no podemos escuchar. "¡Hipócritas!", nos dice Jesús. Como si sólo en la iglesia Dios me viera hacer las cosas. "No se puede fumar en la iglesia", nos podrían decir, "ni siquiera en el patio". ¿Cómo? ¿Lo que importa es que no lo haga adentro de la iglesia, aunque lo haga afuera? "No se dicen malas palabras en la iglesia". ¿Ah, pero afuera sí? ¿Sólo el lugar donde la iglesia se reúne es "santo"?
Jesús nos propone una tercera forma de vivir. Yo la llamaría "la iglesia soy yo". ¿La gente dice que la vida es una sola? Estoy de acuerdo, totalmente de acuerdo. Jesús dijo "yo soy el camino, la verdad, y la vida" (Juan 14:6). En otro pasaje la biblia nos dice que "el que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida" (1 Juan 5:12). Y el pasaje de Juan con el que empecé esta reflexión es bastante potente en este sentido: dice que "los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan, vivirán" (Juan 5:25). No dice que los que están vivos van a oir la voz de Dios para tener una nueva vida, ni que si escuchamos la voz del Hijo de Dios mientras estamos vivos, al morir vamos a tener vida eterna. El que no tiene al Hijo, no tiene la vida. Eterna o no eterna. La vida es una sola: Jesús. Fuera de él no existe la vida.
Insisto: la vida es una sola: Jesús. Lo que va por fuera de él, no es vida. ¿Caminamos? Sí. ¿Hacemos cosas? Sí. ¿Nos pasan cosas? Sí. Pero somos como muertos en vida. La vida es estar con Dios, por definición. La vida es andar el camino que Dios nos propone. Eso es vivir. La muerte es estar separado de Dios, y eso ocurre en esta vida, cuando no le doy importancia a Dios, cuando no me interesa lo que tenga para mí, cuando lo ignoro totalmente y descreo que pueda siquiera existir. Eso es muerte. Y la vida es Jesús. Dios es la vida. Por eso, la iglesia soy yo. Si vivo, vivo con Dios. Y si vivo con él, a todos lados donde voy lo llevo. Llevo sus normas, sus pautas, su manera de vivir. Si algo es verdadero para el ámbito de la iglesia, también necesariamente es válido para mi vida "fuera de la iglesia", que en realidad no existe porque yo soy la iglesia. En cualquier parte donde estoy, la iglesia está, y por lo tanto todo, absolutamente todo en mi vida, ocurre dentro del marco de la iglesia.
Por eso, la cosa no es ser perfecto, intachable, ser el más bueno de todos. No es que somos mejores porque somos cristianos. Es que somos cristianos todo el tiempo, en cualquier parte. Es el compromiso con Jesús lo que marca la diferencia. Las mismas cosas que me parecen inapropiadas para la iglesia me tienen que parecer inapropiadas para el resto de los ámbitos de mi vida. De eso se trata la vida nueva en Cristo, la que Dios nos ofrece. Tiene que ver con un cambio de perspectiva. Más que una vida nueva, deberíamos decir que es una vida verdadera, porque lo otro, desde el punto de vista de Dios, es muerte. Sólo se puede lograr esto buscando a Jesús de manera permanente, teniendo una relación con Dios a través de él. ¿Hay dudas sobre cómo es, sobre cómo hacer tal o cuál cosa, sobre por qué esto o para qué lo otro? Sí, por supuesto. Pero lo que realmente importa, lo más inmediato, es conocer a Jesús, y reconocerlo como Hijo de Dios. Lo demás viene después.
Hay una sola vida, y hay que vivirla. Es lo mejor que podemos hacer. La vida es una, y está en Jesús, y la mejor opción es apostar todo por esa vida. Porque lo demás es muerte: o sea, es gris, sin sabor, sin emoción. Esto no parece cierto, ¿no? La gente se divierte mucho sin Dios. Pero todo eso es pasajero, incluso dentro del lapso de la vida humana. A veces dura minutos, a veces horas, o a veces días. Incluso algunos años. Pero al final todo se va dejando un sabor amargo, a veces terminamos peor que antes de meternos en eso que parecía tan bueno. Y hablo de cosas cotidianas: una carrera, un hobbie, un deporte, una amistad, una relación de pareja. Pero la vida de Dios es eterna: todo lo que recibimos mientras estamos con él, deja un efecto permanente en nuestras vidas, y siempre es, a la corta o a la larga, bueno, sin dudas mucho mejor que la falsa vida que se nos ofrece desde que nacemos. Diríamos en lenguaje coloquial, "Dios es la posta", o "Dios tiene la posta". Por eso esta vida que él nos ofrece hay que vivirla. Es lo mejor que podemos hacer. ¿Pueden pasarnos cosas malas? Sí. ¿Podemos pasar por momentos desagradables? Sí. Pero esta afirmación que parece muy teórica es absolutamente real en la práctica, y cuando lo experimentamos realmente lo sentimos como real: "en todo esto somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó" (Romanos 8:37).
Espero que haya sido de mucha bendición para todos. La vida es una y hay que vivirla, y sólo Cristo es la vida. Todo lo demás es relleno o simplemente cosas lindas que podemos agregar a la vida. Pero en todo momento, lo más importante es cómo está nuestra relación personal con Jesús y cuánto estamos conviviendo con él en nuestras vidas cotidianas.
Que el Dios que da vida a los muertos nos enseñe a vivir siempre dentro de sus pautas, para que podamos llevar con nosotros siempre a su Hijo, que nos mantiene firmes, nos ayuda a sobrepasar las dudas y las dificultades, y nos lleva cada día a renovarnos según su manera de vivir. ¡AMÉN!
En la publicación anterior dije que había tres cosas que eran la base, el requisito para poder aprovechar estas reflexiones, y cualquier intento de entender y profundizar (o tal vez para algunos empezar a vivir) esta nueva vida que Dios nos propone. Creer en que la biblia es la palabra de Dios, y conocerla; creer en que Jesús es el Hijo de Dios, o al menos tener presente la posibilidad, y hablar con él en la intimidad, es decir, por cuenta propia; y estar dispuestos a dejar de lado el sentido común que nos ofrece la sociedad, arriesgándonos a descubrir cosas que, si aceptamos que son ciertas, puedan hacer que parezcamos un poco locos. Dios hace todo el resto.
"Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida. Ciertamente les aseguro que ya viene la hora, y ha llegado ya, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan, vivirán" (Juan 5:24-25).
"¿Por qué quebrantan ustedes el mandamiento de Dios a causa de la tradición? Dios dijo: 'Honra a tu padre y a tu madre', y también: 'El que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte'. Ustedes, en cambio, enseñan que un hijo puede decir a su padre o a su madre: 'Cualquier ayuda que pudiera darte ya se la he dedicado como ofrenda a Dios'. En ese caso, el tal hijo no tiene que honrar a su padre. Así por causa de la tradición anulan ustedes la palabra de Dios. ¡Hipócritas! Tenía razón Isaías cuando profetizó de ustedes: 'Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Mateo 15:3-8).
Más de una vez escuché en boca de otras personas la frase "hay una sola vida, y hay que vivirla". Generalmente se la usa para justificarse al hacer alguna cosa que no está bien vista pero proporciona diversión, placer, o algo así. Tal vez muchos piensen "no estoy muy de acuerdo con esa filosofía", tal vez otros digan "sí, tal cual, la vida hay que vivirla y disfrutarla porque es una sola". Yo quiero agregar algo a esta frase, una idea que me cambió totalmente la perspectiva.
A algunos podría parecerle difícil conciliar esa afirmación con la perspectiva cristiana. A mí me pasaba, de hecho. ¿Una sola vida? ¿Dónde está la trascendencia? ¿Y la vida después de la muerte? ¿Y cómo es eso de que "hay que vivirla"? ¿Es así, tan simple? Bueno, decirlo es así de fácil, pero pienso que aplicarlo puede complicarse un poco más.
Creo que el principal problema de esta afirmación es hacerla encajar con los parámetros de lo que creemos que es una vida cristiana, una vida que agrade a Dios. Porque miramos alrededor y todos llevan una vida medianamente normal: amigos, familia, estudios, salidas, fiestas, actividades de todo tipo. Pero cuando empezamos a querer mezclar la iglesia en esta vida, o nuestras creencias, por algún lado nos empieza a hacer agua.
En realidad, pienso que hay tres maneras de hacerlo, y voy a tratar de explicarlas resumidamente. A la primera forma la llamo "cumplir y vivir", y creo que es la que más automáticamente nos sale, y por lo tanto la más común. Ésta fue mi actitud durante mis primeros años de contacto con Dios o con la iglesia. Se trata precisamente de eso: voy cada semana a la iglesia, o al menos a mi grupo de jóvenes.
Es más, no hace falta que vaya todas las semanas, alcanza con que aparezca al menos de vez en cuando, para alguna actividad especial. Navidad, Semana Santa, Pentecostés, bautismos, casamientos, comuniones, confirmaciones; siempre hay algún motivo especial por el que puedo ir y ya la gente me tiene de vista. En realidad, a los chicos de mi grupo incluso los puedo ver aparte, y ya no hace falta ni que sacrifique un sábado. En cualquier caso no afecta para nada mi vida, no influye. Tal vez ni esté en mi agenda. Es una distracción, digamos. Cumplo, ya sea más o menos seguido, para que esté todo bien con mi familia, o con los chicos de mi grupo, o con la gente de la iglesia, o porque disfruto de ese momento social, pero fuera de eso, mi vida sigue como siempre.
La segunda manera es un tanto más arriesgada. Prácticamente es como tener dos vidas que se superponen. Una en la iglesia y otra afuera. Voy a la iglesia siempre, y me comprometo bastante. Me anoto en todos los proyectos sociales, en todas las salidas que puedo, retiros, campamentos, cursos y estudios bíblicos. A veces porque en verdad me interesa y otras veces es como "cumplir" pero llevado al extremo.
Pero por otro lado, sigue sin cambiar mi vida, sin influir. Es como que son dos cosas diferentes: una cosa es la iglesia, sus pautas, sus normas, y otra cosa es la vida cotidiana. No tienen que mezclarse, ni hay que sacar las cosas de su ámbito. Cada cosa en su lugar. A veces voy a la iglesia o hago todas esas cosas simplemente porque me hace bien, pero en definitiva no estoy seguro de querer agregar esas cosas a mi propia vida, a la "vida real", digamos.
El principal riesgo de esto es que al no practicar fuera de la iglesia todo lo que aprendo, cada vez se hace más abstracto, más teórico todo, y puedo terminar cayendo en el legalismo: pensar que lo importante es hacer todo bien al pie de la letra, lo cual me obliga a mantener siempre la imagen de recto, perfecto y bueno para no sentirme mal conmigo mismo o con los demás. Incluso me puede llevar a menospreciar a los que no viven según los valores cristianos, tal vez sin darme cuenta de que en la práctica yo tampoco lo hago, al menos no fuera de la iglesia.
Creo que contra esta segunda manera es que habla Jesús en el pasaje de Mateo. Les está respondiendo a los escribas y fariseos que le preguntaron: "¿Por qué quebrantan tus discípulos la tradición de los ancianos? ¡Comen sin cumplir primero el rito de lavarse las manos!" (Mateo 15:2). No es que no se limpiaran las manos, sino que había toda una forma, dictada por la costumbre, de lavarse para que las manos estuvieran puras de verdad. Supuestamente era parte de lo que Dios mandaba. Pero lo que Jesús les dice que con su apariencia de piedad, imponían a la gente reglas humanas que Dios nunca había establecido.
Es como cuando se nos condiciona por la forma en que tenemos que vestir, por cómo tenemos que hablar o por qué se puede hacer dentro de la iglesia y qué no, o qué música podemos y no podemos escuchar. "¡Hipócritas!", nos dice Jesús. Como si sólo en la iglesia Dios me viera hacer las cosas. "No se puede fumar en la iglesia", nos podrían decir, "ni siquiera en el patio". ¿Cómo? ¿Lo que importa es que no lo haga adentro de la iglesia, aunque lo haga afuera? "No se dicen malas palabras en la iglesia". ¿Ah, pero afuera sí? ¿Sólo el lugar donde la iglesia se reúne es "santo"?
Jesús nos propone una tercera forma de vivir. Yo la llamaría "la iglesia soy yo". ¿La gente dice que la vida es una sola? Estoy de acuerdo, totalmente de acuerdo. Jesús dijo "yo soy el camino, la verdad, y la vida" (Juan 14:6). En otro pasaje la biblia nos dice que "el que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida" (1 Juan 5:12). Y el pasaje de Juan con el que empecé esta reflexión es bastante potente en este sentido: dice que "los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan, vivirán" (Juan 5:25). No dice que los que están vivos van a oir la voz de Dios para tener una nueva vida, ni que si escuchamos la voz del Hijo de Dios mientras estamos vivos, al morir vamos a tener vida eterna. El que no tiene al Hijo, no tiene la vida. Eterna o no eterna. La vida es una sola: Jesús. Fuera de él no existe la vida.
Insisto: la vida es una sola: Jesús. Lo que va por fuera de él, no es vida. ¿Caminamos? Sí. ¿Hacemos cosas? Sí. ¿Nos pasan cosas? Sí. Pero somos como muertos en vida. La vida es estar con Dios, por definición. La vida es andar el camino que Dios nos propone. Eso es vivir. La muerte es estar separado de Dios, y eso ocurre en esta vida, cuando no le doy importancia a Dios, cuando no me interesa lo que tenga para mí, cuando lo ignoro totalmente y descreo que pueda siquiera existir. Eso es muerte. Y la vida es Jesús. Dios es la vida. Por eso, la iglesia soy yo. Si vivo, vivo con Dios. Y si vivo con él, a todos lados donde voy lo llevo. Llevo sus normas, sus pautas, su manera de vivir. Si algo es verdadero para el ámbito de la iglesia, también necesariamente es válido para mi vida "fuera de la iglesia", que en realidad no existe porque yo soy la iglesia. En cualquier parte donde estoy, la iglesia está, y por lo tanto todo, absolutamente todo en mi vida, ocurre dentro del marco de la iglesia.
Por eso, la cosa no es ser perfecto, intachable, ser el más bueno de todos. No es que somos mejores porque somos cristianos. Es que somos cristianos todo el tiempo, en cualquier parte. Es el compromiso con Jesús lo que marca la diferencia. Las mismas cosas que me parecen inapropiadas para la iglesia me tienen que parecer inapropiadas para el resto de los ámbitos de mi vida. De eso se trata la vida nueva en Cristo, la que Dios nos ofrece. Tiene que ver con un cambio de perspectiva. Más que una vida nueva, deberíamos decir que es una vida verdadera, porque lo otro, desde el punto de vista de Dios, es muerte. Sólo se puede lograr esto buscando a Jesús de manera permanente, teniendo una relación con Dios a través de él. ¿Hay dudas sobre cómo es, sobre cómo hacer tal o cuál cosa, sobre por qué esto o para qué lo otro? Sí, por supuesto. Pero lo que realmente importa, lo más inmediato, es conocer a Jesús, y reconocerlo como Hijo de Dios. Lo demás viene después.
Hay una sola vida, y hay que vivirla. Es lo mejor que podemos hacer. La vida es una, y está en Jesús, y la mejor opción es apostar todo por esa vida. Porque lo demás es muerte: o sea, es gris, sin sabor, sin emoción. Esto no parece cierto, ¿no? La gente se divierte mucho sin Dios. Pero todo eso es pasajero, incluso dentro del lapso de la vida humana. A veces dura minutos, a veces horas, o a veces días. Incluso algunos años. Pero al final todo se va dejando un sabor amargo, a veces terminamos peor que antes de meternos en eso que parecía tan bueno. Y hablo de cosas cotidianas: una carrera, un hobbie, un deporte, una amistad, una relación de pareja. Pero la vida de Dios es eterna: todo lo que recibimos mientras estamos con él, deja un efecto permanente en nuestras vidas, y siempre es, a la corta o a la larga, bueno, sin dudas mucho mejor que la falsa vida que se nos ofrece desde que nacemos. Diríamos en lenguaje coloquial, "Dios es la posta", o "Dios tiene la posta". Por eso esta vida que él nos ofrece hay que vivirla. Es lo mejor que podemos hacer. ¿Pueden pasarnos cosas malas? Sí. ¿Podemos pasar por momentos desagradables? Sí. Pero esta afirmación que parece muy teórica es absolutamente real en la práctica, y cuando lo experimentamos realmente lo sentimos como real: "en todo esto somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó" (Romanos 8:37).
Espero que haya sido de mucha bendición para todos. La vida es una y hay que vivirla, y sólo Cristo es la vida. Todo lo demás es relleno o simplemente cosas lindas que podemos agregar a la vida. Pero en todo momento, lo más importante es cómo está nuestra relación personal con Jesús y cuánto estamos conviviendo con él en nuestras vidas cotidianas.
Que el Dios que da vida a los muertos nos enseñe a vivir siempre dentro de sus pautas, para que podamos llevar con nosotros siempre a su Hijo, que nos mantiene firmes, nos ayuda a sobrepasar las dudas y las dificultades, y nos lleva cada día a renovarnos según su manera de vivir. ¡AMÉN!
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