Hola a todos. Durante los últimos meses estuve publicando una serie de reflexiones sobre la segunda carta a los corintios, una carta que, desde mi punto de vista, tiene un montón de contenido. Habla de cosas que me parecen muy importantes, y en definitiva nos da un panorama de lo que es el nuevo pacto con Dios, a partir de la llegada de Jesucristo a la tierra. En esta publicación voy a hacer una síntesis de todas las ideas centrales que fuimos tocando, tratando de articularlas para sacar una conclusión. No una conclusión sobre la carta en sí, porque creo que me falta conocimiento y material para poder hacer algo tan profundo, pero sí sobre todas las reflexiones que fui haciendo a partir de ella. Dejo los links de las síntesis anteriores por si quieren releerlas y recordar un poco por dónde veníamos reflexionando.
2 Corintios 1 al 5 - El ministerio del nuevo pacto
2 Corintios 6 al 10 - La comunidad del nuevo pacto
2 Corintios 11 al 13 - Los servidores del nuevo pacto
Textos: 2 Corintios 1:18-22; 3:13-18; 9:10-14; 13:5-11
De los textos que seleccioné para esta conclusión, quisiera empezar por el versículo 3:17: "Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad". Esto es, por medio del Espíritu de Dios, que es el Señor, somos libres. Creo que ya con esto tendríamos para una reflexión entera, pero quiero resaltar las implicancias que esto tiene para el nuevo pacto. Antes de recibir el Espíritu Santo, no podíamos entender nada de lo que tiene que ver con Dios: ni el pecado, ni el plan de salvación, ni la gracia, ni la restauración, ni siquiera la palabra de Dios. Encontrarle un sentido a lo que dice la biblia es en realidad obra del Espíritu, sobre todo cuando humanamente no lo tendría, o podría parecer solamente un cuento lindo.
Es decir que la única salida para poder empezar a entender y por lo tanto conocer a Dios es Cristo. "Cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado" (3:16). Como habíamos visto para el capítulo 1, todo está centrado en Cristo. Volvernos a él es la llave para recibir el Espíritu que nos hace libres, libres para entender de qué se trata todo, libres para vivir como Dios quiere que vivamos, al máximo de nuestro potencial.
Es el Espíritu de Cristo el que en definitiva lleva a cabo la obra de restauración, y nosotros cooperamos con él. Para eso es necesario que permanentemente, en nuestro caminar diario, nos volvamos a Jesús una y otra vez, en la aflicción, en la necesidad o en la abundancia; siempre. Esto nos conecta con la fuente de nuestra vida, de la vida plena y llena de sentido, que es la vida por definición. Jesús dijo: "Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada" (Juan 15:5). Y permanecer en Cristo es básicamente eso: volver una y otra vez nuestra mirada hacia él, para recibir dirección y guía.
El nuevo pacto, entonces, es en el Espíritu, y por lo tanto en Cristo. El capítulo 1 ya nos advierte también que todo lo que recibimos de Dios por este pacto lo obtenemos por medio de Jesús, y que el sello, la garantía del pacto, es el Espíritu, porque Dios "nos selló como propiedad suya y puso su Espíritu en nuestro corazón, como garantía de sus promesas" (1:22).
Y lo que recibimos de Dios no es otra cosa que su gloria, una dosis de aquello que él mismo es. Los atributos de Dios se nos transfieren a nosotros, como también dice Pablo en la carta a los gálatas: "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio" (Gálatas 5:22-23). Es que Dios quiere que nos parezcamos cada vez más a él, como fue en un principio. Y no había nada que pudiéramos hacer para que esto fuera así, no por nuestros propios medios, porque el pecado, la desobediencia, lo impide. Por eso, Dios, mediante la vida, muerte y resurrección de Jesús, nos regala todo eso, nos regala su gloria, que nos hace resplandecer en medio de un mundo quebrado por el poder del pecado. En realidad, merecíamos ser despojados de todo, incluso de nuestra vida, pero Dios hace todo lo contrario: nos ofrece vida en Cristo.
Por eso, el nuevo pacto es además el pacto de la gracia. No ya el de la ley, que se basaba en el compromiso de su cumplimiento. Por supuesto que el denominador común de ambos pactos fue siempre la fe: la obediencia a la ley siempre tuvo que ser sincera y de corazón para que valiera. Pero los antiguos no habían recibido el Espíritu Santo, ni habían conocido al Mesías, a Jesucristo, el que guarda en sí mismo todas las promesas y bendiciones de Dios. El nuevo pacto nos permite un nuevo tipo de obediencia, porque la ley está escrita en nuestros corazones, grabada con la tinta de Cristo que es el Espíritu. Un regalo que no merecíamos; eso es la gracia.
Todos los que entran en este nuevo pacto, los que al recibir a Cristo en sus corazones firman este acuerdo con Dios, participan de una comunión especial con Jesús, pero además entre ellos mismos. En definitiva, recibimos todo esto para resplandecer con la gloria de Dios, y de esa forma, en nuestra manera de vivir, dar a conocer su nombre y sus intenciones. El Espíritu nos impulsa a compartir esa gracia con todos. Como consecuencia, nacen del Espíritu comunidades vivas, como decíamos, comunidades que crecen en el Señor permanentemente, siempre acercándose más y más a la imagen de Cristo. Esto debería reflejarse en ciertas características importantes. Muchas veces funcionan como si fueran grandes familias. Sus miembros velan unos por otros, en oración y en acción, cuidándose y protegiéndose mutuamente. Se alientan unos a otros, y se acompañan, brindando apoyo y contención, o simplemente descanso para el espíritu tanto en los momentos adversos como en los más agradables.
Por supuesto, estas comunidades de creyentes no son perfectas, y siempre hay algún punto en el que fallan. Puede que sea por algunos de sus miembros en particular, pero también como comunidad. Por eso es importante entender que como partícipes del pacto de gracia, nuestro objetivo, y diría que nuestro deber, es derramar esa gracia, compartirla generosamente con todos, tanto con los que también recibieron a Cristo como con los que no. Nadie hizo nada para recibir el regalo de Dios, ni mucho menos para merecerlo. Por eso, estamos todos a la misma altura, a lo sumo en diferentes estados espirituales. No hay méritos en Cristo, sólo hay gracia. Por supuesto, es importante que entre nosotros nos animemos a reprendernos y corregirnos cuando sentimos que algo anda mal, y también es importante que estemos abiertos a recibir la reprensión y corrección de los demás, y a tenerla en cuenta.
Esa es una de las consecuencias lógicas de una humildad sincera. Pero justamente es importante hacerlo desde la humildad, y con el único objetivo en mente de que esa persona pueda estar mejor de lo que está. Al corregir es importante que siempre tengamos en cuenta el bienestar del otro, y que esa sea mi motivación. Que no mostrar lo maduro que creo ser, ni imponer mi forma de pensar sobre el otro, ni nada que se parezca a esto; simplemente tratar de que la otra persona refleje más a Dios y por lo tanto tenga una vida más plena. En definitiva, lo que realmente cuenta es que reflejemos el amor y la paz de Dios. Estas son las características más significativas del nuevo pacto. El amor de Cristo trajo paz entre Dios y los hombres, porque Dios, en su misericordia, así lo quiso, aunque no lo mereciésemos.
Ese es el nuevo pacto, el pacto de la gracia, que nos renueva más y más hasta hacernos a imagen de Cristo. Hoy apenas reflejamos esa imagen como si fuéramos un espejo, pero un día, Jesús va a venir a buscarnos para que habitemos con él donde él está, y ese día vamos a ser revestidos de lo que en realidad somos pero de lo cual reflejamos apenas una parte: la imagen de Cristo. Entonces vamos a ser vistos realmente sin mancha, puros delante de Dios. Esa es la promesa: el Espíritu trabaja permanentemente en restaurarnos, desde el mismo momento en que Jesús viene a vivir a nuestras vidas, porque "el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús" (Filipenses 1:6).
Que el Dios de amor y de paz, que estableció por medio de Cristo un nuevo pacto con nosotros en su gracia, siga corriendo el velo de nuestros ojos para que podamos conocerlo cada vez más, y ser transformados con más y más gloria a imagen de Dios, derramando esa gracia por todas partes por medio del Espíritu, que nos hace libres. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 26 de julio de 2013
sábado, 20 de julio de 2013
2 Corintios: Los servidores del nuevo pacto
Hola a todos. Como hice ya otras dos veces antes, voy a tratar de resumir y redondear las últimas publicaciones en esta reflexión, y les adelanto también que voy a hacer algo parecido la próxima vez con todas las reflexiones sobre la segunda carta a los corintios, una especie de conclusión general, digamos. Quiero insistir en que esto que escribo y publico por supuesto que son cosas que siento que Dios me dijo al leer su palabra, pero no es comparable a la palabra de Dios, ni mucho menos. Tampoco soy teólogo, así que probablemente haya cosas de mi interpretación que son poco acertadas por falta de conocimiento general sobre algunos sentidos en la escritura. Fuera de eso, insisto en otra cosa: primero oren, después lean los pasajes, recién después la reflexión, y si quieren anoten para ustedes mismos y comenten.
2 Corintios 11 - Ministros de Cristo 11:1-6
2 Corintios 12 - Entrega desinteresada 12:7-15
2 Corintios 13 - La autoridad de la gracia 13:5-10
En estos tres capítulos, Pablo defiende su ministerio, y creo que eso nos permite sacar algunas conclusiones acerca de lo que nosotros debemos considerar como ministros (servidores) de Jesús. Repasando las reflexiones y los pasajes me di cuenta de que hay un denominador común en los tres capítulos, es decir, en esta última parte de la carta, además de que es la defensa de Pablo frente a quienes los desacreditaban. Ese hilo conductor es la gracia.
Después de todo, el nuevo pacto, como decía en el capítulo 5, está basado en la gracia: Dios mismo, hecho hombre, pagando el precio por nuestra desobediencia sin que nosotros merezcamos que él lo haga. Eso es la gracia, el favor no merecido de alguien, en este caso, Dios. Ahora, si el nuevo pacto se trata de eso, los ministros tienen que ser servidores de la gracia.
Esto implica varias cosas. Primero, que todos los que participamos de esa gracia de Dios por medio de Cristo somos sus ministros. El servicio está basado en esa gracia, o sea que basta con recibirla del Señor para convertirnos en sus servidores. Por supuesto que, por esta razón, servimos desde la gracia. ¿Qué quiere decir esto? Que no es desde nuestra capacidad, nuestras cualidades o nuestro conocimiento que servimos, sino desde aquello que Dios nos da para que demos a otros. Desde el poder que Dios nos da sólo porque es su propósito, no porque nosotros seamos buenas personas o buenos servidores. Diría que es al revés: somos buenos servidores porque tratamos de no ser nosotros los que actúen, sino el poder de Dios manifestándose en y a través de nuestras propias debilidades. La humildad entonces debería ser una característica de los ministros del nuevo pacto.
Además, servimos por y para la gracia. Por gracia, porque no esperamos recibir nada a cambio por lo nuestro servicio, "pues no me interesa lo que ustedes tienen sino lo que ustedes son" (12:14). Nuestro servicio al Señor, al ministerio de la gracia, debería ser, justamente, gratuito. Esto no siempre quiere decir que no recibamos en realidad algo a cambio, sólo que este no es nuestro objetivo. A veces incluso podemos estar sirviendo indirectamente desde nuestro propio trabajo, es decir, recibimos a cambio una paga, pero así y todo podemos no tener como foco, como objetivo, esa paga. En fin, es la entrega desinteresada de la que hablaba hace algunas publicaciones. Servimos por gracia porque tratamos de no ser una carga, sino ser una bendición. Y servimos para la gracia, porque ese es el fin último del evangelio: instruir en la gracia de Cristo y acercar a otras personas a esa gracia, a través del arrepentimiento para recibir ese perdón que Jesús compró en la cruz para cada uno de nosotros.
Es por eso que, como habíamos visto, un ministro de Cristo tiene celo por aquellos a los que sirve. Si nuestro deseo es que esas personas crezcan en la gracia de Dios, y por lo tanto en su gloria, es lógico que tengamos un especial sentido de cuidado hacia esas personas. Es natural que nos preocupemos por su salud, en todo sentido, y por su crecimiento y su manera de vivir. También es normal que no sólo nos preocupemos, sino que nos ocupemos. Si nuestro servicio es genuino, este celo es natural. Y nos lleva a tomar decisiones y hacer cosas para lograr ese objetivo, que esas personas a las que servimos estén bien y que puedan conocer y crecer en la gracia del Señor. Estas acciones son en definitiva, como vimos, las que realmente acreditan nuestro servicio. Nuestra autoridad como ministros viene también de la gracia, porque es Cristo mismo quien nos autoriza al manifestarse a través de esas acciones de servicio. Por eso nos alegramos cuando somos débiles o atravesamos situaciones difíciles, porque entonces el poder de Cristo se hace más evidente. Creo que puede resumirse en que "pedimos a Dios que no hagan nada malo, no para demostrar mi éxito, sino para que hagan lo bueno, aunque parezca que nosotros hemos fracasado" (13:7).
Entonces, en definitiva, para un servidor del nuevo pacto, la gracia es todo. Es el motor, es la herramienta, es el servicio, es el objetivo, es el propósito. No importa lo que parezca, lo que se vea, lo que los demás piensen o digan sobre nuestro servicio. Todo proviene de Cristo y es para Cristo, "pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad" (Filipenses 2:13). Es muy importante entender esto. No hacemos o dejamos de hacer cosas buenas porque tienen éxito en que otros conozcan a Dios, o sólo porque Dios nos lo pide, o para que los demás vean que somos buenos servidores. Lo hacemos simplemente porque es lo correcto para hacer. Al fin y al cabo es por eso que Dios nos lo pide, no por otro motivo. Me quedo con esta exhortación: "consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio" (Filipenses 4:8). ¿Por qué? ¿Para que me elogien o me admiren? No, pero sí para servir a los demás gratuitamente, sin esperar retribución ni reconocimiento por eso, pero reconociendo nosotros mismos que en definitiva, esas acciones simplemente van destinadas a elogiar a Dios o dirigir hacia él la admiración, hacia ese mismo Dios que en definitiva nos envolvió en su gracia y nos envía, por y a través de la gracia, a servir a los demás.
Que el Dios de la gracia sublime y asombrosa, que pagó él mismo el precio de nuestra vida, nos inunde con ese favor que no merecíamos para que nosotros podamos servir a los demás, ser ministros de Cristo, desde esa misma posición, favoreciendo a aquellos que no necesariamente hacen algo por nosotros, y sin esperar que hagan o nos den nada como retribución. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
2 Corintios 11 - Ministros de Cristo 11:1-6
2 Corintios 12 - Entrega desinteresada 12:7-15
2 Corintios 13 - La autoridad de la gracia 13:5-10
En estos tres capítulos, Pablo defiende su ministerio, y creo que eso nos permite sacar algunas conclusiones acerca de lo que nosotros debemos considerar como ministros (servidores) de Jesús. Repasando las reflexiones y los pasajes me di cuenta de que hay un denominador común en los tres capítulos, es decir, en esta última parte de la carta, además de que es la defensa de Pablo frente a quienes los desacreditaban. Ese hilo conductor es la gracia.
Después de todo, el nuevo pacto, como decía en el capítulo 5, está basado en la gracia: Dios mismo, hecho hombre, pagando el precio por nuestra desobediencia sin que nosotros merezcamos que él lo haga. Eso es la gracia, el favor no merecido de alguien, en este caso, Dios. Ahora, si el nuevo pacto se trata de eso, los ministros tienen que ser servidores de la gracia.
Esto implica varias cosas. Primero, que todos los que participamos de esa gracia de Dios por medio de Cristo somos sus ministros. El servicio está basado en esa gracia, o sea que basta con recibirla del Señor para convertirnos en sus servidores. Por supuesto que, por esta razón, servimos desde la gracia. ¿Qué quiere decir esto? Que no es desde nuestra capacidad, nuestras cualidades o nuestro conocimiento que servimos, sino desde aquello que Dios nos da para que demos a otros. Desde el poder que Dios nos da sólo porque es su propósito, no porque nosotros seamos buenas personas o buenos servidores. Diría que es al revés: somos buenos servidores porque tratamos de no ser nosotros los que actúen, sino el poder de Dios manifestándose en y a través de nuestras propias debilidades. La humildad entonces debería ser una característica de los ministros del nuevo pacto.
Además, servimos por y para la gracia. Por gracia, porque no esperamos recibir nada a cambio por lo nuestro servicio, "pues no me interesa lo que ustedes tienen sino lo que ustedes son" (12:14). Nuestro servicio al Señor, al ministerio de la gracia, debería ser, justamente, gratuito. Esto no siempre quiere decir que no recibamos en realidad algo a cambio, sólo que este no es nuestro objetivo. A veces incluso podemos estar sirviendo indirectamente desde nuestro propio trabajo, es decir, recibimos a cambio una paga, pero así y todo podemos no tener como foco, como objetivo, esa paga. En fin, es la entrega desinteresada de la que hablaba hace algunas publicaciones. Servimos por gracia porque tratamos de no ser una carga, sino ser una bendición. Y servimos para la gracia, porque ese es el fin último del evangelio: instruir en la gracia de Cristo y acercar a otras personas a esa gracia, a través del arrepentimiento para recibir ese perdón que Jesús compró en la cruz para cada uno de nosotros.
Es por eso que, como habíamos visto, un ministro de Cristo tiene celo por aquellos a los que sirve. Si nuestro deseo es que esas personas crezcan en la gracia de Dios, y por lo tanto en su gloria, es lógico que tengamos un especial sentido de cuidado hacia esas personas. Es natural que nos preocupemos por su salud, en todo sentido, y por su crecimiento y su manera de vivir. También es normal que no sólo nos preocupemos, sino que nos ocupemos. Si nuestro servicio es genuino, este celo es natural. Y nos lleva a tomar decisiones y hacer cosas para lograr ese objetivo, que esas personas a las que servimos estén bien y que puedan conocer y crecer en la gracia del Señor. Estas acciones son en definitiva, como vimos, las que realmente acreditan nuestro servicio. Nuestra autoridad como ministros viene también de la gracia, porque es Cristo mismo quien nos autoriza al manifestarse a través de esas acciones de servicio. Por eso nos alegramos cuando somos débiles o atravesamos situaciones difíciles, porque entonces el poder de Cristo se hace más evidente. Creo que puede resumirse en que "pedimos a Dios que no hagan nada malo, no para demostrar mi éxito, sino para que hagan lo bueno, aunque parezca que nosotros hemos fracasado" (13:7).
Entonces, en definitiva, para un servidor del nuevo pacto, la gracia es todo. Es el motor, es la herramienta, es el servicio, es el objetivo, es el propósito. No importa lo que parezca, lo que se vea, lo que los demás piensen o digan sobre nuestro servicio. Todo proviene de Cristo y es para Cristo, "pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad" (Filipenses 2:13). Es muy importante entender esto. No hacemos o dejamos de hacer cosas buenas porque tienen éxito en que otros conozcan a Dios, o sólo porque Dios nos lo pide, o para que los demás vean que somos buenos servidores. Lo hacemos simplemente porque es lo correcto para hacer. Al fin y al cabo es por eso que Dios nos lo pide, no por otro motivo. Me quedo con esta exhortación: "consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio" (Filipenses 4:8). ¿Por qué? ¿Para que me elogien o me admiren? No, pero sí para servir a los demás gratuitamente, sin esperar retribución ni reconocimiento por eso, pero reconociendo nosotros mismos que en definitiva, esas acciones simplemente van destinadas a elogiar a Dios o dirigir hacia él la admiración, hacia ese mismo Dios que en definitiva nos envolvió en su gracia y nos envía, por y a través de la gracia, a servir a los demás.
Que el Dios de la gracia sublime y asombrosa, que pagó él mismo el precio de nuestra vida, nos inunde con ese favor que no merecíamos para que nosotros podamos servir a los demás, ser ministros de Cristo, desde esa misma posición, favoreciendo a aquellos que no necesariamente hacen algo por nosotros, y sin esperar que hagan o nos den nada como retribución. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 16 de julio de 2013
2 Corintios 13 - La autoridad de la gracia
Hola a todos. Bueno, llegamos al último capítulo de la segunda carta a los corintios. Sinceramente, repasar esta serie para publicarla me hizo recordar cosas importantes que había aprendido la primera vez, y me hizo encontrar también cosas nuevas. Espero que para ustedes haya sido también de bendición. La próxima vez voy a publicar la última recapitulación, sobre estos últimos tres capítulos, y probablemente después cierre con una conclusión general. No olviden prestar especial atención al texto bíblico, orar para que sea a Dios a quien escuchen, tal vez anotar lo que les surja a ustedes y bueno, si hay algo que quieran compartir, comenten.
Texto: 2 Corintios 13
Pablo termina en este capítulo de defender su ministerio, y de una forma que me parece bastante práctica. Por todo lo que ya les habló al respecto, está dispuesto a demostrar con hechos lo que viene diciendo. Cristo mismo le da autoridad, y piensa usar esa autoridad para poner en orden todo lo que haya que poner en orden cuando llegue a Corinto otra vez. "No seré indulgente con los que antes pecaron ni con ningún otro, ya que están exigiendo una prueba de que Cristo habla por medio de mí. Él no se muestra débil en su trato con ustedes, sino que ejerce su poder entre ustedes" (13:2-3).
Ahora, ¿por qué insiste Pablo en esto? ¿Qué nos dice esto sobre la actitud de un ministro de Cristo? Vuelvo sobre esta idea: todos los creyentes somos ministros de este nuevo pacto. Habíamos dicho en su momento que una de las principales características de este nuevo pacto era la gracia: el único hombre justo pagando el precio de la injusticia de todos los demás hombres con su propia muerte. Ésta es la autoridad que Pablo afirma recibir de Cristo, la autoridad que la gracia le da.
Esta autoridad de gracia tiene una primera consecuencia fundamental: reconocer que no nos ganamos esa autoridad, sino que nos fue regalada por medio de la fe. Porque a través de la fe viene en nosotros el poder de obedecer la palabra de Dios de forma voluntaria y consciente. De hecho, no es una autoridad teórica la que se nos confiere, sino una autoridad práctica, que sólo se demuestra por las obras. Son éstas las que, como vimos en otra publicación anterior, acreditan nuestro ministerio, nuestro servicio, y sobre todo nuestra posición para reprender a otros. No porque nuestras obras nos hagan mayores que los demás, porque en realidad, cualquiera puede reprender a cualquiera. Pero no puedo reprender a alguien por algo que yo mismo no pongo en práctica.
Otra consecuencia de la autoridad de gracia es que el ejercicio de esa autoridad tiene un objetivo distinto del de mandar sobre otros: la meta es que los demás crezcan en el Señor. La edificación de los demás, y no su destrucción, como señala Pablo. Si usamos nuestra autoridad para aprovecharnos de los demás, para tomar lo que otros tienen, para hacerles daño por cosas que en el pasado pueden habernos hecho, o lo que sea, entonces no estamos usando la autoridad de la gracia ni manifestando el poder de Cristo. El ministerio del nuevo pacto se basa en el amor y el perdón del Señor. Y recordemos que contribuir a la edificación de otros es necesariamente ayudar a que la gloria de Dios se refleje de manera cada vez más visible en esas personas, y por lo tanto requiere que yo mismo la deje brillar en mí.
Uno de los puntos más importantes de esto, y Pablo vuelve sobre él en esta parte de la carta, es reconocer que somos débiles. Como hablamos para el capítulo 4, tenemos esta gloria, y por lo tanto, esta autoridad, en vasijas de barro. Es el poder de Cristo el que me fortalece y hace toda la obra de restauración en mí. Por eso conviene permanentemente hacer un autoexamen de mi propia relación con Dios y de mi caminar como cristiano. ¿Estoy reflejando apropiadamente la gloria de Dios? ¿Qué barreras tengo? ¿Quién puede ayudarme a sortear esos obstáculos? Y eso también es importante. Si quiero ejercer eficazmente la autoridad de la gracia, es necesario que yo mismo me ponga bajo la autoridad de otro. Que busque el consejo de otro, la ayuda de otro, y por qué no, la reprensión de otro. Sí, esto también es importante. No hay mayor confianza, me parece, que la que me permite depositar en otra persona el "derecho" de reprenderme sin que yo me ofenda por eso. También es un paso grande de humildad, que creo que sirve de mucho.
Y lo importante es que al probarme a mí mismo, al someterme a examen, no lo haga para quedar bien con otros, o para hacer quedar bien a los cristianos. Esto es una tendencia o una tentación muy común. Muchas veces me vi en la situación de querer hacer las cosas bien para que la gente no piense mal de los creyentes. De esas veces, varias lo hice. Hacer las cosas bien es de por sí algo bueno, pero la motivación es incorrecta, y eso tiene la consecuencia de que mi obediencia sea forzada y no natural. La motivación para hacer las cosas bien tiene que ser que eso es lo correcto. Que eso es lo que hay que hacer, porque para eso fuimos creados, para eso fuimos liberados de la desobediencia, rescatados por el poder de Cristo, y si somos conscientes de esto, "nada podemos hacer contra la verdad, sino a favor de la verdad" (13:8). De nada sirve engañarnos a nosotros mismos sobre qué tan aprobados estamos o en qué sentido, porque en cualquier caso no podemos engañar a Dios, y él siempre nos va a recordar qué necesitamos corregir o cambiar. Su intención es, siempre lo fue, hacer de nosotros la mejor versión de nosotros mismos.
Cada uno, entonces, es responsable de tratar de conocerse a sí mismo y de trabajar codo a codo con el Señor para sacar afuera esa mejor versión posible de sí mismo. Pero no podemos tampoco excedernos en severidad con nosotros. A veces, no sé si les habrá pasado, llegué a examinarme con más severidad de la que creo que Dios mismo pretendía. Eso no lleva a buen puerto, porque muchas veces puede desanimarnos en nuestro crecimiento. Lo mismo ocurre al examinar a otros o, digamos, tratar de corregir a otros. Primero que nada, si soy demasiado severo con los demás puede que no esté examinándome a mí mismo apropiadamente. Pero además, si la idea es edificar, tengo que reprender con cuidado. No con cuidado en el sentido de precaución, sino en el sentido de cuidar de esa persona mientras la corrijo. Porque en definitiva ese es el objetivo de esa corrección. "les escribo todo esto en mi ausencia, para que cuando vaya no tenga que ser severo en el uso de mi autoridad, la cual el Señor me ha dado para edificación y no para destrucción" (13:10).
Entonces, la idea es que siempre hagamos el bien, y que siempre animemos a otros a hacer el bien, con la autoridad que la gracia nos da. Porque eso es lo correcto. Y hacer el bien quiere decir obedecer, por fe, a Dios. No me refiero a cada cosa puntual que la palabra dice, porque eso es justamente lo que Dios produce en cada uno de nosotros. Lo importante, o la base, es buscar a Dios de corazón y querer hacer las cosas a su manera, para que cada vez que su palabra, de manera directa o a través de otro, nos corrija, pongamos todo de nosotros en cambiar ese aspecto. Crecer en el Señor es un proceso, y es un camino que dura toda la vida y va dando resultados de manera progresiva. Por eso también tenemos que animarnos a darnos un margen de error. Apuntar alto es importante, pero también lo es saber que vamos a fallar, de manera regular, y entonces, tenemos que corregir nuestro rumbo, sí, pero no castigarnos a nosotros mismos porque Dios mismo nos perdona.
Insisto en esto: no es en nuestra fuerza o capacidad que logramos crecer, sino apoyándonos en el poder de Cristo: oración, palabra de Dios, comunidad. La propia práctica de lo que está bien es el impulso que nos lleva más y más hacia adelante. Cuánto más tratamos de hacer lo bueno, más fácil nos resulta, si lo hacemos confiando ante todo en el poder de Cristo. Y en cuanto a contribuir al crecimiento de otros, lo mismo: lo que importa es que resulte, que salga bien, pero no para que nosotros quedemos como ministros muy capaces que logran "hacer crecer" a otros, porque esto no es cierto. Lo que cuenta es que esas personas aprendan a obedecer a Cristo, porque eso es bueno, no porque nosotros somos buenos. "Pedimos a Dios que no hagan nada malo, no para demostrar mi éxito, sino para que hagan lo bueno, aunque parezca que nosotros hemos fracasado" (13:7). Y en todo, tenemos que intentar estar en paz, con Dios, con nosotros mismos y con los demás, y procurar mantener la unidad.
Que la gracia del Señor Jesucristo, que nos da autoridad para edificar y sostener a otros, el amor de Dios que es la base de esa autoridad, y la comunión del Espíritu Santo que nos conduce a hacer el bien cada vez con más soltura, sean con todos nosotros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 13
Pablo termina en este capítulo de defender su ministerio, y de una forma que me parece bastante práctica. Por todo lo que ya les habló al respecto, está dispuesto a demostrar con hechos lo que viene diciendo. Cristo mismo le da autoridad, y piensa usar esa autoridad para poner en orden todo lo que haya que poner en orden cuando llegue a Corinto otra vez. "No seré indulgente con los que antes pecaron ni con ningún otro, ya que están exigiendo una prueba de que Cristo habla por medio de mí. Él no se muestra débil en su trato con ustedes, sino que ejerce su poder entre ustedes" (13:2-3).
Ahora, ¿por qué insiste Pablo en esto? ¿Qué nos dice esto sobre la actitud de un ministro de Cristo? Vuelvo sobre esta idea: todos los creyentes somos ministros de este nuevo pacto. Habíamos dicho en su momento que una de las principales características de este nuevo pacto era la gracia: el único hombre justo pagando el precio de la injusticia de todos los demás hombres con su propia muerte. Ésta es la autoridad que Pablo afirma recibir de Cristo, la autoridad que la gracia le da.
Esta autoridad de gracia tiene una primera consecuencia fundamental: reconocer que no nos ganamos esa autoridad, sino que nos fue regalada por medio de la fe. Porque a través de la fe viene en nosotros el poder de obedecer la palabra de Dios de forma voluntaria y consciente. De hecho, no es una autoridad teórica la que se nos confiere, sino una autoridad práctica, que sólo se demuestra por las obras. Son éstas las que, como vimos en otra publicación anterior, acreditan nuestro ministerio, nuestro servicio, y sobre todo nuestra posición para reprender a otros. No porque nuestras obras nos hagan mayores que los demás, porque en realidad, cualquiera puede reprender a cualquiera. Pero no puedo reprender a alguien por algo que yo mismo no pongo en práctica.
Otra consecuencia de la autoridad de gracia es que el ejercicio de esa autoridad tiene un objetivo distinto del de mandar sobre otros: la meta es que los demás crezcan en el Señor. La edificación de los demás, y no su destrucción, como señala Pablo. Si usamos nuestra autoridad para aprovecharnos de los demás, para tomar lo que otros tienen, para hacerles daño por cosas que en el pasado pueden habernos hecho, o lo que sea, entonces no estamos usando la autoridad de la gracia ni manifestando el poder de Cristo. El ministerio del nuevo pacto se basa en el amor y el perdón del Señor. Y recordemos que contribuir a la edificación de otros es necesariamente ayudar a que la gloria de Dios se refleje de manera cada vez más visible en esas personas, y por lo tanto requiere que yo mismo la deje brillar en mí.
Uno de los puntos más importantes de esto, y Pablo vuelve sobre él en esta parte de la carta, es reconocer que somos débiles. Como hablamos para el capítulo 4, tenemos esta gloria, y por lo tanto, esta autoridad, en vasijas de barro. Es el poder de Cristo el que me fortalece y hace toda la obra de restauración en mí. Por eso conviene permanentemente hacer un autoexamen de mi propia relación con Dios y de mi caminar como cristiano. ¿Estoy reflejando apropiadamente la gloria de Dios? ¿Qué barreras tengo? ¿Quién puede ayudarme a sortear esos obstáculos? Y eso también es importante. Si quiero ejercer eficazmente la autoridad de la gracia, es necesario que yo mismo me ponga bajo la autoridad de otro. Que busque el consejo de otro, la ayuda de otro, y por qué no, la reprensión de otro. Sí, esto también es importante. No hay mayor confianza, me parece, que la que me permite depositar en otra persona el "derecho" de reprenderme sin que yo me ofenda por eso. También es un paso grande de humildad, que creo que sirve de mucho.
Y lo importante es que al probarme a mí mismo, al someterme a examen, no lo haga para quedar bien con otros, o para hacer quedar bien a los cristianos. Esto es una tendencia o una tentación muy común. Muchas veces me vi en la situación de querer hacer las cosas bien para que la gente no piense mal de los creyentes. De esas veces, varias lo hice. Hacer las cosas bien es de por sí algo bueno, pero la motivación es incorrecta, y eso tiene la consecuencia de que mi obediencia sea forzada y no natural. La motivación para hacer las cosas bien tiene que ser que eso es lo correcto. Que eso es lo que hay que hacer, porque para eso fuimos creados, para eso fuimos liberados de la desobediencia, rescatados por el poder de Cristo, y si somos conscientes de esto, "nada podemos hacer contra la verdad, sino a favor de la verdad" (13:8). De nada sirve engañarnos a nosotros mismos sobre qué tan aprobados estamos o en qué sentido, porque en cualquier caso no podemos engañar a Dios, y él siempre nos va a recordar qué necesitamos corregir o cambiar. Su intención es, siempre lo fue, hacer de nosotros la mejor versión de nosotros mismos.
Cada uno, entonces, es responsable de tratar de conocerse a sí mismo y de trabajar codo a codo con el Señor para sacar afuera esa mejor versión posible de sí mismo. Pero no podemos tampoco excedernos en severidad con nosotros. A veces, no sé si les habrá pasado, llegué a examinarme con más severidad de la que creo que Dios mismo pretendía. Eso no lleva a buen puerto, porque muchas veces puede desanimarnos en nuestro crecimiento. Lo mismo ocurre al examinar a otros o, digamos, tratar de corregir a otros. Primero que nada, si soy demasiado severo con los demás puede que no esté examinándome a mí mismo apropiadamente. Pero además, si la idea es edificar, tengo que reprender con cuidado. No con cuidado en el sentido de precaución, sino en el sentido de cuidar de esa persona mientras la corrijo. Porque en definitiva ese es el objetivo de esa corrección. "les escribo todo esto en mi ausencia, para que cuando vaya no tenga que ser severo en el uso de mi autoridad, la cual el Señor me ha dado para edificación y no para destrucción" (13:10).
Entonces, la idea es que siempre hagamos el bien, y que siempre animemos a otros a hacer el bien, con la autoridad que la gracia nos da. Porque eso es lo correcto. Y hacer el bien quiere decir obedecer, por fe, a Dios. No me refiero a cada cosa puntual que la palabra dice, porque eso es justamente lo que Dios produce en cada uno de nosotros. Lo importante, o la base, es buscar a Dios de corazón y querer hacer las cosas a su manera, para que cada vez que su palabra, de manera directa o a través de otro, nos corrija, pongamos todo de nosotros en cambiar ese aspecto. Crecer en el Señor es un proceso, y es un camino que dura toda la vida y va dando resultados de manera progresiva. Por eso también tenemos que animarnos a darnos un margen de error. Apuntar alto es importante, pero también lo es saber que vamos a fallar, de manera regular, y entonces, tenemos que corregir nuestro rumbo, sí, pero no castigarnos a nosotros mismos porque Dios mismo nos perdona.
Insisto en esto: no es en nuestra fuerza o capacidad que logramos crecer, sino apoyándonos en el poder de Cristo: oración, palabra de Dios, comunidad. La propia práctica de lo que está bien es el impulso que nos lleva más y más hacia adelante. Cuánto más tratamos de hacer lo bueno, más fácil nos resulta, si lo hacemos confiando ante todo en el poder de Cristo. Y en cuanto a contribuir al crecimiento de otros, lo mismo: lo que importa es que resulte, que salga bien, pero no para que nosotros quedemos como ministros muy capaces que logran "hacer crecer" a otros, porque esto no es cierto. Lo que cuenta es que esas personas aprendan a obedecer a Cristo, porque eso es bueno, no porque nosotros somos buenos. "Pedimos a Dios que no hagan nada malo, no para demostrar mi éxito, sino para que hagan lo bueno, aunque parezca que nosotros hemos fracasado" (13:7). Y en todo, tenemos que intentar estar en paz, con Dios, con nosotros mismos y con los demás, y procurar mantener la unidad.
Que la gracia del Señor Jesucristo, que nos da autoridad para edificar y sostener a otros, el amor de Dios que es la base de esa autoridad, y la comunión del Espíritu Santo que nos conduce a hacer el bien cada vez con más soltura, sean con todos nosotros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
sábado, 13 de julio de 2013
2 Corintios 12 - Entrega desinteresada
Hola a todos. Después de una larga pausa, acá estoy de nuevo. Estamos ya llegando al final de la serie sobre este libro del Nuevo Testamento que, al menos desde mi punto de vista, tiene mucho para enseñarnos. Quiero insistir, como siempre, en que lo ideal para leer este blog es: hacer una breve oración, leer primero el pasaje, reflexionar unos momentos sobre él, tal vez anotar alguna que otra cosa que sientan que Dios les esté mostrando en él, y después leer esta reflexión. Por supuesto, podríamos agregar el paso de hacer algún comentario para enriquecer todavía más la publicación. Bueno, espero que esta reflexión les sea de bendición.
Texto: 2 Corintios 12
La vez anterior había marcado algunas características de lo que podríamos llamar el "ministro del nuevo pacto", que como vimos la vez anterior, describe a cualquier creyente que vive con el deseo permanente de servir a Dios, y por lo tanto, a los demás, ayudándolos a crecer en él. Creo que desde ese punto de vista, hay dos cosas centrales que aporta este pasaje.
Pablo que continúa de algún modo defendiendo su ministerio, afirma que si pensara en términos humanos tendría varias cosas de las que jactarse. Sin embargo, de todo lo que experimentó en su servicio a Cristo, elige jactarse de sus debilidades, de las persecuciones en su contra, en fin, de todo lo que demuestra que el éxito de su empresa no depende de su capacidad.
Esto me resultó muy llamativo desde la primera vez que leí este pasaje. Quiero decir, ¿quién puede jactarse de algo que lo hace más débil o lo hace parecer menos capaz de lo que se ve a simple vista? Si esta idea fuese dicha fuera de contexto podríamos pensar que Pablo tenía algunos problemas consigo mismo, es decir, una autoestima relativamente baja.
Sin embargo, en este contexto está claro que él no está dudando de su valor como siervo de Cristo. De hecho, él mismo dice: "de ningún modo soy inferior a los 'superapóstoles', aunque yo no soy nada" (12:11). Podríamos parafrasearlo de esta manera: "yo no soy nada, soy débil y si llegué a este punto no tuvo nada que ver con mi poder, mi capacidad o mi genialidad, y sin embargo para nada soy inferior a otros que desempeñan el ministerio de Cristo".
¿Cuál es la clave de todo esto? Evidentemente es reconocer que todo, absolutamente todo lo que hayamos logrado hasta ahora, y la posición, es decir, la función que llevemos a cabo en nuestra comunidad, proviene de Cristo, y es para su gloria. No tiene nada que ver con que seamos mejores o peores que otros. Tiene que ver sencillamente con el rol que Dios designó para cada uno en función de su propio plan. No es un premio, un favoritismo o un castigo. Podemos pensar incluso que cuando sufrimos adversidades en nuestro servicio, Dios las permite simplemente para que recordemos siempre que no depende de nosotros, sino de él. ¿Qué mayor satisfacción podemos hallar en el servicio que cuando, por ejemplo, las condiciones son absolutamente desfavorables pero aún así el resultado es altamente exitoso? "Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo" (12:10).
A veces, esta actitud puede encontrar resistencia entre los que nos rodean, en especial aquellos que no reconocen a Cristo como tal. He escuchado, por ejemplo, cosas como "pero también es porque vos te esforzaste mucho", o "no te eches a menos, vos sos muy capaz de todas formas", o cosas así. La idea de tener una opinión sólida y sana sobre uno mismo y la de jactarse en las propias debilidades parecen incompatibles desde los parámetros humanos. Sin embargo, pienso que sólo alguien que se conoce lo suficiente y que está seguro de sí mismo puede ver sus propias debilidades como motivo de jactancia, y por supuesto, alguien que además confía en el poder de Cristo, que es el que sostiene nuestro trabajo a pesar y en medio de nuestras debilidades.
Ahora bien, esta humildad de Pablo es absolutamente genuina. No le interesa lo que en este caso los corintios puedan opinar sobre él. No le interesa lo que puedan darle a cambio de su servicio. Como insiste todo el tiempo, no quiere serles una carga. Hay muchas maneras de ser una carga para otros, pero se refiere principalmente a la carga económica que podría significar, y pienso que también a la carga que implica a veces ser reprendido por otros. Pablo tiene un solo deseo y objetivo para su ministerio: la edificación de aquellos a los que está sirviendo, su crecimiento en el Señor. "No me interesa lo que ustedes tienen, sino lo que ustedes son" (12:14).
Y me parece clave lo que dice sobre su regreso a Corinto: "de buena gana gastaré todo lo que tengo, y hasta yo mismo me desgastaré del todo por ustedes" (12:15). Creo que esta actitud es la misma que tuvo Jesús en la cruz. Hizo todo lo que podía hacer, dio todo lo que podía dar, y se terminó dando a sí mismo. El único interés de Jesús: nuestra salvación, nuestro bienestar, nuestra restauración. De hecho, Pablo siente un poco de preocupación por su regreso, porque siente que a pesar de su entrega no van a recibirlo como él quisiera. Sin embargo, decide que va a ir a visitarlos. De nuevo: no le interesa lo que le den, ni tampoco, obviamente, lo que no le den. No le interesa su propio desgaste. Esta dispuesto a dejar todo por la edificación y el crecimiento de los corintios, y no espera recibir absolutamente nada a cambio.
Creo que esta tiene que ser nuestra actitud al servir. No importa si aquellos a los que servimos no reconocen nuestro servicio, o si piensan que viene de nosotros cuando nosotros mismos afirmamos que viene de Dios. Lo importante es la forma en la que nosotros lo hagamos. En definitiva, hay un solo hecho verdadero en todo esto: en medio y a pesar de nuestras debilidades, Cristo manifiesta su enorme poder en nosotros a través de milagros y señales, y nos usa para que otros sean bendecidos, independientemente de que esos otros se den cuenta o no. Lo demás es secundario: lo que recibimos, lo que gastamos en el proceso, lo que ponemos de nosotros mismos. El límite de nuestro propio desgaste en todo caso está dado, precisamente, por la fuente de nuestra humildad: el conocimiento de nosotros mismos y de nuestras debilidades y limitaciones, y no sólo eso, sino también su reconocimiento. Saber que están y aceptarlas. El poder de Dios se encarga del resto.
Que el Dios que se entregó a sí mismo con el único interés de rescatarnos llene nuestra manera de pensar y vivir, para que podamos actuar con humildad sincera y con esa misma entrega desinteresada, manifestando así su inmenso poder a través de nuestras propias debilidades. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 12
La vez anterior había marcado algunas características de lo que podríamos llamar el "ministro del nuevo pacto", que como vimos la vez anterior, describe a cualquier creyente que vive con el deseo permanente de servir a Dios, y por lo tanto, a los demás, ayudándolos a crecer en él. Creo que desde ese punto de vista, hay dos cosas centrales que aporta este pasaje.
Pablo que continúa de algún modo defendiendo su ministerio, afirma que si pensara en términos humanos tendría varias cosas de las que jactarse. Sin embargo, de todo lo que experimentó en su servicio a Cristo, elige jactarse de sus debilidades, de las persecuciones en su contra, en fin, de todo lo que demuestra que el éxito de su empresa no depende de su capacidad.
Esto me resultó muy llamativo desde la primera vez que leí este pasaje. Quiero decir, ¿quién puede jactarse de algo que lo hace más débil o lo hace parecer menos capaz de lo que se ve a simple vista? Si esta idea fuese dicha fuera de contexto podríamos pensar que Pablo tenía algunos problemas consigo mismo, es decir, una autoestima relativamente baja.
Sin embargo, en este contexto está claro que él no está dudando de su valor como siervo de Cristo. De hecho, él mismo dice: "de ningún modo soy inferior a los 'superapóstoles', aunque yo no soy nada" (12:11). Podríamos parafrasearlo de esta manera: "yo no soy nada, soy débil y si llegué a este punto no tuvo nada que ver con mi poder, mi capacidad o mi genialidad, y sin embargo para nada soy inferior a otros que desempeñan el ministerio de Cristo".
¿Cuál es la clave de todo esto? Evidentemente es reconocer que todo, absolutamente todo lo que hayamos logrado hasta ahora, y la posición, es decir, la función que llevemos a cabo en nuestra comunidad, proviene de Cristo, y es para su gloria. No tiene nada que ver con que seamos mejores o peores que otros. Tiene que ver sencillamente con el rol que Dios designó para cada uno en función de su propio plan. No es un premio, un favoritismo o un castigo. Podemos pensar incluso que cuando sufrimos adversidades en nuestro servicio, Dios las permite simplemente para que recordemos siempre que no depende de nosotros, sino de él. ¿Qué mayor satisfacción podemos hallar en el servicio que cuando, por ejemplo, las condiciones son absolutamente desfavorables pero aún así el resultado es altamente exitoso? "Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo" (12:10).
A veces, esta actitud puede encontrar resistencia entre los que nos rodean, en especial aquellos que no reconocen a Cristo como tal. He escuchado, por ejemplo, cosas como "pero también es porque vos te esforzaste mucho", o "no te eches a menos, vos sos muy capaz de todas formas", o cosas así. La idea de tener una opinión sólida y sana sobre uno mismo y la de jactarse en las propias debilidades parecen incompatibles desde los parámetros humanos. Sin embargo, pienso que sólo alguien que se conoce lo suficiente y que está seguro de sí mismo puede ver sus propias debilidades como motivo de jactancia, y por supuesto, alguien que además confía en el poder de Cristo, que es el que sostiene nuestro trabajo a pesar y en medio de nuestras debilidades.
Ahora bien, esta humildad de Pablo es absolutamente genuina. No le interesa lo que en este caso los corintios puedan opinar sobre él. No le interesa lo que puedan darle a cambio de su servicio. Como insiste todo el tiempo, no quiere serles una carga. Hay muchas maneras de ser una carga para otros, pero se refiere principalmente a la carga económica que podría significar, y pienso que también a la carga que implica a veces ser reprendido por otros. Pablo tiene un solo deseo y objetivo para su ministerio: la edificación de aquellos a los que está sirviendo, su crecimiento en el Señor. "No me interesa lo que ustedes tienen, sino lo que ustedes son" (12:14).
Y me parece clave lo que dice sobre su regreso a Corinto: "de buena gana gastaré todo lo que tengo, y hasta yo mismo me desgastaré del todo por ustedes" (12:15). Creo que esta actitud es la misma que tuvo Jesús en la cruz. Hizo todo lo que podía hacer, dio todo lo que podía dar, y se terminó dando a sí mismo. El único interés de Jesús: nuestra salvación, nuestro bienestar, nuestra restauración. De hecho, Pablo siente un poco de preocupación por su regreso, porque siente que a pesar de su entrega no van a recibirlo como él quisiera. Sin embargo, decide que va a ir a visitarlos. De nuevo: no le interesa lo que le den, ni tampoco, obviamente, lo que no le den. No le interesa su propio desgaste. Esta dispuesto a dejar todo por la edificación y el crecimiento de los corintios, y no espera recibir absolutamente nada a cambio.
Creo que esta tiene que ser nuestra actitud al servir. No importa si aquellos a los que servimos no reconocen nuestro servicio, o si piensan que viene de nosotros cuando nosotros mismos afirmamos que viene de Dios. Lo importante es la forma en la que nosotros lo hagamos. En definitiva, hay un solo hecho verdadero en todo esto: en medio y a pesar de nuestras debilidades, Cristo manifiesta su enorme poder en nosotros a través de milagros y señales, y nos usa para que otros sean bendecidos, independientemente de que esos otros se den cuenta o no. Lo demás es secundario: lo que recibimos, lo que gastamos en el proceso, lo que ponemos de nosotros mismos. El límite de nuestro propio desgaste en todo caso está dado, precisamente, por la fuente de nuestra humildad: el conocimiento de nosotros mismos y de nuestras debilidades y limitaciones, y no sólo eso, sino también su reconocimiento. Saber que están y aceptarlas. El poder de Dios se encarga del resto.
Que el Dios que se entregó a sí mismo con el único interés de rescatarnos llene nuestra manera de pensar y vivir, para que podamos actuar con humildad sincera y con esa misma entrega desinteresada, manifestando así su inmenso poder a través de nuestras propias debilidades. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 2 de julio de 2013
2 Corintios 11 - Ministros de Cristo
Hola a todos. Pasó un tiempo ya desde la última publicación, estuve bastante apretado de tiempos en esta última semana y media, pero bueno, acá estoy de nuevo. Sigo entonces con la publicación sobre la segunda carta a los corintios. Ya hablamos del ministerio del nuevo pacto, relacionado con reflejar la gloria de Dios, que se manifiesta en nuestras vidas concretas a partir de nuestra entrega sincera a los demás y nuestra actitud de humildad y arrepentimiento frente a Dios. Por supuesto, hay más: la pureza, una forma de vivir agradable a Dios. Toda esta cuestión práctica de la entrega y la generosidad tiene como consecuencia que se formen, a raíz de este nuevo pacto en el Espíritu, comunidades vivas que crecen y que sirven como modelo de comunidad ideal, aunque sin serlo del todo. Ahora, nos queda ver qué pasa con cada persona dentro de esa comunidad, cómo es que funcionan y crecen estas comunidades. Repito algo que siempre digo: primero que nada, lean y reflexionen en el pasaje que cito. Recién después, y como complemento, lean mi reflexión, que es sólo eso, una reflexión. Y si se animan, comenten qué sintieron que Dios les dijo.
Texto: 2 Corintios 11
Ya habíamos visto que algunos cuestionaban a Pablo como ministro, como líder de la iglesia, como maestro. Lo hacían, según él, a partir de parámetros humanos, y en este pasaje se ve con más claridad. Argumentaban, aparentemente, que no era suficientemente bueno, que no tenía suficiente capacidad de oratoria, o tal vez que no estaba capacitado para enseñar, para corregir, para reprender, y que no tenía derecho a hacerlo. Pero también aplicaban parámetros humanos para justificarse o recomendarse a sí mismos, considerándose ellos mismos como buenos maestros, mejores que Pablo.
Es interesante la manera de responder de Pablo. Ya habíamos visto también que él no responde a estas acusaciones con argumentos, sino con su testimonio. Habla desde la experiencia, y de la experiencia, no tanto de razones. En este capítulo, sin embargo, toma los propios argumentos contra él y los revierte. "Si ustedes son buenos, sepan que yo soy igual que ustedes en todo", podríamos expresar. Todo aquello de lo que estos maestros se jactaban se cumplía también en Pablo.
Pero lo que Pablo destaca de todo esto no son los requisitos humanos, sino justamente la entrega. Si en algo se enorgullece, no es en quién es él socialmente (según su origen familiar, su posición social, etc.), sino en lo que tuvo que dejar en el camino de ser un servidor de Dios. De hecho, la palabra que suele traducirse como "ministro" tiene este significado tanto en hebreo como en griego, el de "servidor". Y el servicio está asociado aquí con las circunstancias que tuvo en contra y a pesar de las cuales siguió perseverando con tal de entregarse a estas comunidades al 110%. Voy a volver sobre esta idea en la próxima publicación, pero quiero quedarme con esta idea del servidor de Cristo.
Esto es, entonces un ministro. Una persona que, contra toda circunstancia adversa, está dispuesta a entregarse por los demás. Por supuesto, esto se aplica hacia cualquier persona, pero en particular, este capítulo sirve para pensar cuáles son las características de un servidor de Cristo hacia el resto de la iglesia, es decir, la comunidad que crece en Cristo. Y me parece que el papel del servidor, es decir, el ministro, es fundamental.
Primero, ¿quiénes son los ministros? Bueno, más allá de la estructura de cada iglesia, tenemos que entender que desde el punto de vista de Dios, todos somos ministros. "Ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pedro 2:9). Cada creyente es un sacerdote, desde el punto de vista de que todos somos responsables por el mensaje de Cristo, por el servicio a los demás y por la administración de todo lo que pertenece a Dios, toda la obra de sus manos. Digo esto porque es fácil caer en la falacia de que sólo las autoridades de la iglesia tienen la responsabilidad de enseñarle a otros, de leer y conocer la palabra de Dios, de trabajar por la iglesia.
Pero no es así, la biblia no nos muestra eso. Cada creyente es un sacerdote, aunque esté bajo autoridad de un sacerdote ordenado como tal. Lo mismo todo creyente es un maestro, aunque a su vez esté bajo la guía espiritual de otro maestro. Todo creyente es un teólogo, aunque sea instruido en la palabra por otros teólogos. Y finalmente digo que todo creyente es un ministro de Cristo, porque todos somos servidores y tenemos la responsabilidad de trabajar por nuestra comunidad de fe.
Ahora, ¿a qué me refiero con "trabajar por nuestra comunidad de fe"? Bueno, el objetivo es edificar a la iglesia, lograr que todos los que comparten comunidad con nosotros crezcan en el conocimiento de Dios. Ya había hablado de esto en el capítulo 2 y en el 7, pero ahora voy a tratar de precisar cómo pasa esto. Había dicho que las comunidades cristianas son comunidades vivas, que crecen en santidad, es decir, en parecerse a la comunidad ideal, la que Dios mismo soñó al crear a la humanidad. Y esto se lleva a cabo justamente a través de la acción de los ministros, los servidores, es decir, todos los creyentes.
En primer lugar, un ministro de Cristo tiene celo por aquellos que ministra. ¿Qué quiere decir que tenga celo? Es una preocupación, o mejor, una ocupación continua de que los que nos rodean conozcan al Señor y crezcan en la vida que él nos propone. Que crezcan en entrega y en santidad. Todo creyente debería estar preparado siempre para transmitir lo que ya aprendió en su caminar con Dios, sin miedo y sin vergüenza, porque es la práctica la que nos acredita. Haber experimentado el amor de Dios me permite hablar de él. Experimentar el poder de Dios me permite hablar de él. Lo mismo experimentar la precisión de la palabra de Dios, o cualquier otra cosa que hayamos aprendido por la vida misma. Un ministro de Cristo observa y cuida a sus hermanos en la fe, está atento a sus necesidades y a su manera de vivir, para aportarle lo que esté a su alcance y para corregirlo cuando esté yendo por un camino que lo aleja de la imagen de Cristo. Reprender es responsabilidad y privilegio de todo creyente.
Por supuesto, siempre, como veíamos en el capítulo 2, desde la humildad de alguien que está en la misma posición frente a Dios, y con el motivo de que la persona crezca, no para que viva como a mí me parece que tiene que vivir. El propósito de esto lo deja claro Pablo: "el celo que siento por ustedes proviene de Dios, pues los tengo prometidos a un solo esposo, que es Cristo, para presentárselos como una virgen pura" (11:2). Ésta es una imagen fuerte, pero quiero quedarme con esta idea: una virgen pura. La expresión se puede traducir también como "limpia", sin mancha. Y esto ocurre sólo a través de la fe, como ya vimos. Entonces, un ministro de Cristo trabaja para fortalecer la fe de otros, desde la palabra y desde el ejemplo.
Otra característica del ministro de Cristo es que va de frente, siempre con la verdad, como lo hace Pablo en este capítulo. Denuncia lo malo con naturalidad, con amor, con suavidad y con humildad. Pero sobre todo, con firmeza, sin dudar. Tiene grabados en sus mentes los parámetros de Cristo, y no está dispuesto a negociarlos. Dice las cosas como son. Por supuesto que cuidar de los demás creyentes implica tratar de no herirlos con las palabras, de respetar su espacio personal y su experiencia de vida, de ser comprensivo y compasivo. Pero no por eso menos sincero. Si algo está mal, y estoy seguro de eso, no puedo callarme, por lo menos no si la persona que lo practica es un creyente. Tal vez la persona ya sabe que está mal, y está luchando con eso, pero tal vez no. O tal vez no se lo plantea, o no se puso a pensar que está mal. Por eso es fundamental que, desde el amor y el respeto, hablemos con esa persona y tratemos de mostrarle qué es lo que está mal y por qué.
Y esto está ligado totalmente a otra característica: un ministro de Cristo es humilde, es decir, no se endurece ni se gloría según su propia capacidad. Si tengo conocimiento teológico, no es eso lo que me acredita como un buen servidor. Tampoco pertenecer a una familia cristiana muy conocida, o a una iglesia que trabaja mucho, o lo que sea. Es el servicio el que me acredita, no porque yo sea capaz de servir mucho y bien, sino porque a pesar de mis debilidades, Dios me usa de formas inesperadas, demostrando su propio poder. Si mi servicio pone en evidencia el poder de Dios y no el mío, entonces mi servicio es válido. Por eso Pablo dice que prefiere jactarse de sus debilidades y sufrimientos, para que sea evidente que su tesoro, la gloria de Dios, viene en una vasija de barro, frágil y que si no se rompe en el camino es porque Dios la protege y sostiene. Esa debería ser mi actitud, porque entonces voy a querer servir hasta en las condiciones más adversas, y porque así voy a ser cuidadoso de los demás creyentes, que también son débiles y frágiles, y atraviesan dificultades cuando intentan crecer y servir. No es fácil vivir con los parámetros de Dios en medio de una sociedad que empuja por moldearnos con otros criterios que son a veces muy diferentes, y que nos "castiga", implícita o explícitamente, si no nos amoldamos.
Entonces, el nivel de entrega a Cristo y las consecuencias que tiene en mi vida son una medida de mi ministerio, de mi servicio. O sea que no hay motivo de orgullo o jactancia que no sea Cristo o mis propias aflicciones y debilidades. Es importante, como hace Pablo, reconocer también cuáles son mis fortalezas, para no desmerecer mi propio trabajo, porque aún para Dios es importante. Pero es crucial entender que Dios sabe todo, y si yo quiero parecer más capaz o fuerte de lo que realmente soy, es con Dios con quien no tengo las cuentas claras. Porque todos fallamos y todos tropezamos, y si me considero más capaz que otro estoy ignorando esto. Este es el principio de la humildad. Estoy en igualdad de condiciones que los demás creyentes, y si llegué a determinada posición de servicio o logré determinadas cosas, es sólo por el poder de Dios. De hecho, cuanto más alta la posición, no se espera menos trabajo por mi parte, sino el mismo o incluso más que cualquier otro. Si Dios me puso en una situación donde tengo oficialmente a muchas personas a cargo, también va a pedirme cuentas por todas esas personas más adelante. Si soy un verdadero servidor de Cristo, mi entrega va a ser absoluta en cualquier caso, sea un sacerdote ordenado, un líder de jóvenes, o la persona que acomoda las sillas.
En ese sentido, termino con esta idea, para ejemplificar lo que quise decir con esto último de la humildad: si alguno es sacerdote, no es más que el que acomoda las sillas, y si hay muchas sillas para acomodar, un sacerdote comprendió el sentido del servicio si se ofrece a sí mismo para acomodar las sillas. Si hay que limpiar, un líder de jóvenes se acredita como servidor si está dispuesto a limpiar. Esto es, no se enorgullecen de su posición dentro de la comunidad, sino que sirven en lo que sea necesario en cada momento, no como quien cree que es demasiado bueno para rebajarse a esa tarea, sino como quien entiende que Jesús, "siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo" (Filipenses 2:6-7). Y Marcos 10:43-45 dice que "el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos. Porque ni aún el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos". Entonces, nuestra actitud como ministros de Cristo tiene que ser, justamente, como la de nuestro gran ministro y servidor, que es Cristo mismo.
Que el Dios de gloria, que nos conduce a servir con entrega y nos sostiene para que lo hagamos, nos contagie su celo, su sinceridad y su humildad para que en todo seamos como Cristo, y así nos acreditemos como ministros, no según los parámetros humanos, sino los criterios divinos. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 11
Ya habíamos visto que algunos cuestionaban a Pablo como ministro, como líder de la iglesia, como maestro. Lo hacían, según él, a partir de parámetros humanos, y en este pasaje se ve con más claridad. Argumentaban, aparentemente, que no era suficientemente bueno, que no tenía suficiente capacidad de oratoria, o tal vez que no estaba capacitado para enseñar, para corregir, para reprender, y que no tenía derecho a hacerlo. Pero también aplicaban parámetros humanos para justificarse o recomendarse a sí mismos, considerándose ellos mismos como buenos maestros, mejores que Pablo.
Es interesante la manera de responder de Pablo. Ya habíamos visto también que él no responde a estas acusaciones con argumentos, sino con su testimonio. Habla desde la experiencia, y de la experiencia, no tanto de razones. En este capítulo, sin embargo, toma los propios argumentos contra él y los revierte. "Si ustedes son buenos, sepan que yo soy igual que ustedes en todo", podríamos expresar. Todo aquello de lo que estos maestros se jactaban se cumplía también en Pablo.
Pero lo que Pablo destaca de todo esto no son los requisitos humanos, sino justamente la entrega. Si en algo se enorgullece, no es en quién es él socialmente (según su origen familiar, su posición social, etc.), sino en lo que tuvo que dejar en el camino de ser un servidor de Dios. De hecho, la palabra que suele traducirse como "ministro" tiene este significado tanto en hebreo como en griego, el de "servidor". Y el servicio está asociado aquí con las circunstancias que tuvo en contra y a pesar de las cuales siguió perseverando con tal de entregarse a estas comunidades al 110%. Voy a volver sobre esta idea en la próxima publicación, pero quiero quedarme con esta idea del servidor de Cristo.
Esto es, entonces un ministro. Una persona que, contra toda circunstancia adversa, está dispuesta a entregarse por los demás. Por supuesto, esto se aplica hacia cualquier persona, pero en particular, este capítulo sirve para pensar cuáles son las características de un servidor de Cristo hacia el resto de la iglesia, es decir, la comunidad que crece en Cristo. Y me parece que el papel del servidor, es decir, el ministro, es fundamental.
Primero, ¿quiénes son los ministros? Bueno, más allá de la estructura de cada iglesia, tenemos que entender que desde el punto de vista de Dios, todos somos ministros. "Ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pedro 2:9). Cada creyente es un sacerdote, desde el punto de vista de que todos somos responsables por el mensaje de Cristo, por el servicio a los demás y por la administración de todo lo que pertenece a Dios, toda la obra de sus manos. Digo esto porque es fácil caer en la falacia de que sólo las autoridades de la iglesia tienen la responsabilidad de enseñarle a otros, de leer y conocer la palabra de Dios, de trabajar por la iglesia.
Pero no es así, la biblia no nos muestra eso. Cada creyente es un sacerdote, aunque esté bajo autoridad de un sacerdote ordenado como tal. Lo mismo todo creyente es un maestro, aunque a su vez esté bajo la guía espiritual de otro maestro. Todo creyente es un teólogo, aunque sea instruido en la palabra por otros teólogos. Y finalmente digo que todo creyente es un ministro de Cristo, porque todos somos servidores y tenemos la responsabilidad de trabajar por nuestra comunidad de fe.
Ahora, ¿a qué me refiero con "trabajar por nuestra comunidad de fe"? Bueno, el objetivo es edificar a la iglesia, lograr que todos los que comparten comunidad con nosotros crezcan en el conocimiento de Dios. Ya había hablado de esto en el capítulo 2 y en el 7, pero ahora voy a tratar de precisar cómo pasa esto. Había dicho que las comunidades cristianas son comunidades vivas, que crecen en santidad, es decir, en parecerse a la comunidad ideal, la que Dios mismo soñó al crear a la humanidad. Y esto se lleva a cabo justamente a través de la acción de los ministros, los servidores, es decir, todos los creyentes.
En primer lugar, un ministro de Cristo tiene celo por aquellos que ministra. ¿Qué quiere decir que tenga celo? Es una preocupación, o mejor, una ocupación continua de que los que nos rodean conozcan al Señor y crezcan en la vida que él nos propone. Que crezcan en entrega y en santidad. Todo creyente debería estar preparado siempre para transmitir lo que ya aprendió en su caminar con Dios, sin miedo y sin vergüenza, porque es la práctica la que nos acredita. Haber experimentado el amor de Dios me permite hablar de él. Experimentar el poder de Dios me permite hablar de él. Lo mismo experimentar la precisión de la palabra de Dios, o cualquier otra cosa que hayamos aprendido por la vida misma. Un ministro de Cristo observa y cuida a sus hermanos en la fe, está atento a sus necesidades y a su manera de vivir, para aportarle lo que esté a su alcance y para corregirlo cuando esté yendo por un camino que lo aleja de la imagen de Cristo. Reprender es responsabilidad y privilegio de todo creyente.
Por supuesto, siempre, como veíamos en el capítulo 2, desde la humildad de alguien que está en la misma posición frente a Dios, y con el motivo de que la persona crezca, no para que viva como a mí me parece que tiene que vivir. El propósito de esto lo deja claro Pablo: "el celo que siento por ustedes proviene de Dios, pues los tengo prometidos a un solo esposo, que es Cristo, para presentárselos como una virgen pura" (11:2). Ésta es una imagen fuerte, pero quiero quedarme con esta idea: una virgen pura. La expresión se puede traducir también como "limpia", sin mancha. Y esto ocurre sólo a través de la fe, como ya vimos. Entonces, un ministro de Cristo trabaja para fortalecer la fe de otros, desde la palabra y desde el ejemplo.
Otra característica del ministro de Cristo es que va de frente, siempre con la verdad, como lo hace Pablo en este capítulo. Denuncia lo malo con naturalidad, con amor, con suavidad y con humildad. Pero sobre todo, con firmeza, sin dudar. Tiene grabados en sus mentes los parámetros de Cristo, y no está dispuesto a negociarlos. Dice las cosas como son. Por supuesto que cuidar de los demás creyentes implica tratar de no herirlos con las palabras, de respetar su espacio personal y su experiencia de vida, de ser comprensivo y compasivo. Pero no por eso menos sincero. Si algo está mal, y estoy seguro de eso, no puedo callarme, por lo menos no si la persona que lo practica es un creyente. Tal vez la persona ya sabe que está mal, y está luchando con eso, pero tal vez no. O tal vez no se lo plantea, o no se puso a pensar que está mal. Por eso es fundamental que, desde el amor y el respeto, hablemos con esa persona y tratemos de mostrarle qué es lo que está mal y por qué.
Y esto está ligado totalmente a otra característica: un ministro de Cristo es humilde, es decir, no se endurece ni se gloría según su propia capacidad. Si tengo conocimiento teológico, no es eso lo que me acredita como un buen servidor. Tampoco pertenecer a una familia cristiana muy conocida, o a una iglesia que trabaja mucho, o lo que sea. Es el servicio el que me acredita, no porque yo sea capaz de servir mucho y bien, sino porque a pesar de mis debilidades, Dios me usa de formas inesperadas, demostrando su propio poder. Si mi servicio pone en evidencia el poder de Dios y no el mío, entonces mi servicio es válido. Por eso Pablo dice que prefiere jactarse de sus debilidades y sufrimientos, para que sea evidente que su tesoro, la gloria de Dios, viene en una vasija de barro, frágil y que si no se rompe en el camino es porque Dios la protege y sostiene. Esa debería ser mi actitud, porque entonces voy a querer servir hasta en las condiciones más adversas, y porque así voy a ser cuidadoso de los demás creyentes, que también son débiles y frágiles, y atraviesan dificultades cuando intentan crecer y servir. No es fácil vivir con los parámetros de Dios en medio de una sociedad que empuja por moldearnos con otros criterios que son a veces muy diferentes, y que nos "castiga", implícita o explícitamente, si no nos amoldamos.
Entonces, el nivel de entrega a Cristo y las consecuencias que tiene en mi vida son una medida de mi ministerio, de mi servicio. O sea que no hay motivo de orgullo o jactancia que no sea Cristo o mis propias aflicciones y debilidades. Es importante, como hace Pablo, reconocer también cuáles son mis fortalezas, para no desmerecer mi propio trabajo, porque aún para Dios es importante. Pero es crucial entender que Dios sabe todo, y si yo quiero parecer más capaz o fuerte de lo que realmente soy, es con Dios con quien no tengo las cuentas claras. Porque todos fallamos y todos tropezamos, y si me considero más capaz que otro estoy ignorando esto. Este es el principio de la humildad. Estoy en igualdad de condiciones que los demás creyentes, y si llegué a determinada posición de servicio o logré determinadas cosas, es sólo por el poder de Dios. De hecho, cuanto más alta la posición, no se espera menos trabajo por mi parte, sino el mismo o incluso más que cualquier otro. Si Dios me puso en una situación donde tengo oficialmente a muchas personas a cargo, también va a pedirme cuentas por todas esas personas más adelante. Si soy un verdadero servidor de Cristo, mi entrega va a ser absoluta en cualquier caso, sea un sacerdote ordenado, un líder de jóvenes, o la persona que acomoda las sillas.
En ese sentido, termino con esta idea, para ejemplificar lo que quise decir con esto último de la humildad: si alguno es sacerdote, no es más que el que acomoda las sillas, y si hay muchas sillas para acomodar, un sacerdote comprendió el sentido del servicio si se ofrece a sí mismo para acomodar las sillas. Si hay que limpiar, un líder de jóvenes se acredita como servidor si está dispuesto a limpiar. Esto es, no se enorgullecen de su posición dentro de la comunidad, sino que sirven en lo que sea necesario en cada momento, no como quien cree que es demasiado bueno para rebajarse a esa tarea, sino como quien entiende que Jesús, "siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo" (Filipenses 2:6-7). Y Marcos 10:43-45 dice que "el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos. Porque ni aún el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos". Entonces, nuestra actitud como ministros de Cristo tiene que ser, justamente, como la de nuestro gran ministro y servidor, que es Cristo mismo.
Que el Dios de gloria, que nos conduce a servir con entrega y nos sostiene para que lo hagamos, nos contagie su celo, su sinceridad y su humildad para que en todo seamos como Cristo, y así nos acreditemos como ministros, no según los parámetros humanos, sino los criterios divinos. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 21 de junio de 2013
2 Corintios - La comunidad del nuevo pacto
Hola a todos. Llegamos, me parece, a otro punto importante de la segunda carta a los corintios, así que me gustaría hacer una breve recapitulación antes de seguir avanzando. Como hago siempre, voy a copiar los links de las reflexiones anteriores por si las quieren revisar, por si las quieren releer, y esas cosas. Al lado de cada link voy a poner el pasaje de ese capítulo que tomé específicamente para esa parte del repaso. Recuerden: lean especialmente la palabra. Les paso otra vez el link de Bible Gateway. Oren para que Dios también les hable a ustedes, y, si se animan, compartan lo que sintieron que les decía. Otra cosa más: recuerden que no soy teólogo ni nada parecido. Solamente publico aquello que yo mismo reflexioné para mí en su momento. Por eso el subtítulo de este blog: "un cuaderno abierto de reflexiones acerca de estudios bíblicos personales".
2 Corintios 6 - Entrega absoluta 6:4-6
2 Corintios 7 - Comunidades vivas 7:1
2 Corintios 8 - Compartir 8:12-13
2 Corintios 9 - Generosidad 9:10-11
2 Corintios 10 - Parámetros 10:3-4
Había dicho en la recapitulación de los primeros capítulos que la segunda parte era como la "puesta en escena" de todo lo que se había hablado en esa primera parte. De alguna manera, esta reflexión apunta a eso. A medida que vaya tratando de recorrer más o menos las reflexiones anteriores voy a ir poniendo en foco en esos pasajes principales que resalté.
En primer lugar, destaco del capítulo 6, y en especial del pasaje que remarqué, que en todo "nos acreditamos como servidores de Dios" (6:4). Este es, en última instancia, el propósito de nuestras vidas, y el motivo para el cual fuimos creados. Más adelante probablemente publique acerca de esto, pero por ahora basta con decir que sobre esa idea quiero basar esta reflexión: somos servidores de Dios, y hay una serie de cosas que nos acreditan como tales, es decir, verifican que lo somos.
Y no me refiero al cumplimiento de una serie de reglas. Es más bien algo que se va construyendo y reflejando en la práctica de nuestras vidas. En el capítulo 6 habíamos visto que Pablo ponía el énfasis en la entrega. Ahora bien, si prestamos atención, esto de la entrega se extiende por los demás capítulos que leímos. Aunque la palabra "entrega" en sí no aparece mucho más, podemos pensar que varias cosas de las que habla la carta tiene que ver con esto.
Fíjense que por un lado, Pablo hablaba de abrir el corazón. Esto es para mí la primera señal de un servidor de Dios. Dejamos que las demás personas formen parte de nuestra vida. Les hacemos un lugar. ¿Qué quiero decir con esto? Bueno, servir a Dios es, en gran medida, servir a otros, contribuir a que tenga una vida lo más agradable posible. Esto muchas veces implica ayudar a otras personas en sus situaciones, o acompañarlas en sus circunstancias. Ahora, para hacer esto, tengo que poder dejar que esa persona se convierta en importante para mí. No importa si es tan sólo por el momento en el que la estoy ayudando, pero tengo que tener una predisposición a abrir mi corazón que me permita lograrlo de manera espontánea. Esto es, para mí, la primer característica de la entrega. Dijimos que tenía que ver con confiar en la otra persona, y a su vez con ser confiables. Jugarme por las demás personas. Abrirnos totalmente, al 110% había dicho en esa reflexión, sin ocultar quienes somos, con todo lo que eso significa (fortalezas, debilidades, errores, virtudes).
Por otro lado, a lo largo de los capítulos aparecía la idea de que esta entrega no se limita a algo determinado, particular. Tiene que ver con toda mi vida, todo lo que soy. Eso es lo que, en definitiva, le entrego a los demás. Porque la gloria de Dios reflejada en nosotros, contenida en nuestras vidas, de la que había hablado en las reflexiones de los capítulos 3 y 4, y en la recapitulación anterior, se manifiesta en un montón de cosas concretas que hacemos en nuestras vidas. Esta es la forma que toma ese "compartir la gloria de Dios" en el escenario real de nuestras vidas.
Además, esta entrega no tiene que ser en un momento particular o con un motivo concreto de ese momento. Es algo permanente; es más bien una actitud. Es la predisposición a hacerlo siempre que tenga oportunidad. La "buena voluntad" de la que habla el capítulo 8. Entonces, es como una actitud hacia las demás personas, que me hace verlas como personas que es necesario que estén bien. Y que yo siempre voy a tener algo para aportarles, y siempre voy a tener oportunidades para hacerlo. Insisto: es más bien una actitud hacia los demás.
Pero para alcanzar esto es necesario que algo se produzca en nosotros. Diría "que algo se produzca primero en nosotros", pero en realidad es algo continuo, un proceso que abarca toda la extensión de nuestras vidas. Es nada más ni nada menos que crecer. Crecer en pureza. ¿Qué es la pureza? En mi opinión es, en definitiva, despojarnos de "todo lo que contamina el cuerpo y el Espíritu, para completar en el temor de Dios la obra de santificación" (7:1). Había hablado de esto. Acá la palabra "temor" es la más cercana para traducir ua idea que no existe en nuestra lengua, que vendría a ser algo entre reverencia, respeto, admiración y reconocimiento del poder, en este caso de Dios. Y la santificación tiene que ver con convertirnos en lo que Dios planea de nosotros, digamos, la mejor versión de nosotros mismos.
Este proceso de crecimiento, que nos hace ser cada vez más como Dios planea, hace que se produzca en nosotros una serie de cambios. El más evidente y grande de ellos es que tengamos cada vez un mayor afecto por las personas, de nuevo, el deseo creciente de que los demás estén bien. Y esto, en particular, debería pasarnos con nuestra comunidad. Las comunidades del nuevo pacto (en definitiva, la iglesia entera, pero por lo menos nuestra comunidad de pertenencia), es un campo de práctica para probar esto de la entrega, para ensayar el trato hacia otras personas y el aportar lo mejor que podamos para las vidas de otros. Esto es, en definitiva, el amor fraternal del que habla la palabra, y es una de las principales características, en mi opinión, de un servidor de Dios. Pablo, en el capítulo 8, habla de esto.
Y otra consecuencia es, como hablaba el capítulo 10, un cambio de parámetros. La comunidad del nuevo pacto debería manejarse con criterios diferentes a los del resto de la sociedad. El valor que cada persona tiene, la idea de lo que es correcto y lo que no, las prioridades, un montón de cosas deberían ser diferentes en la iglesia que afuera. Por supuesto, la iglesia está hecha por personas, por seres humanos, pero esto no es excusa. De nuevo: la gloria de Dios resplandece en nosotros. Cristo transforma nuestras vidas, y esto es real, concreto. Se manifiesta también en la práctica de la vida. Es importante conocer, entonces, la palabra de Dios, no ya como individuos, sino como comunidades. Ésta es una de las principales características que la biblia atribuye a las comunidades de Dios, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento. Y las normas y convenciones con que la iglesia se manejen tienen que estar en línea con la palabra de Dios. En cuanto a los parámetros con que se manejen las relaciones, las decisiones, y, en definitiva, toda la vida en estas comunidades que son las iglesias, deberían estar sometidas a revisión en Cristo, permanentemente, es decir, ser siempre reformuladas a la luz de lo que los miembros de esa comunidad van comprendiendo que la palabra dice.
Pero siempre, esos parámetros van a apuntar a lo mismo: apertura de corazón, predisposición a servir a otros, en todo lo que pueda y en cada momento, y aportar al crecimiento de cada persona en el conocimiento de Cristo y la reverencia a Dios. Ésta, para mí, es la clave de estas comunidades. Y esto se refleja en la comprensión de que estas comunidades existen para servir a Dios, y por lo tanto, a las demás personas. No tanto para compartir la palabra, aunque esto es importante, sino para compartir en realidad una determinada forma de vivir, y un propósito para la vida del ser humano: sembrar bendición, es decir, entregar todo lo que podamos a los demás. Vuelvo a algo que aclaré en el capítulo 8. Esto no quiere decir dar todo hasta quedarme sin nada. Pero sí saber que todo lo que recibimos, lo recibimos para poder darlo. Dios mientras tanto nos cubre en nuestras necesidades, y esto también es real. Y si lo hace, es para que nosotros podamos despreocuparnos de eso y concentrarnos en dar, en aportar a la vida de otros, y así reflejar de manera práctica, concreta, la gloria de Dios. Insisto: Dios no nos da en abundancia porque damos mucho de nosotros, sino que nos da en abundancia para que podamos dar mucho de nosotros. Éste es el secreto de las comunidades del nuevo pacto. Y la motivación que se nos propone, es que de esa forma todos estemos en la mayor igualdad posible de condiciones, al compartir todos todo lo que podamos y así llenar cada uno lo que le falta al otro.
Que el Dios de la abundancia, que suple semilla para que sembremos y también pan para que comamos, brille con intensidad en nosotros no solamente en la actitud de nuestra mente, para que tengamos buena predisposición, sino en la vida concreta de cada uno para que reflejemos de forma práctica su amor por todos, contribuyendo al crecimiento y al bienestar de los demás. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
2 Corintios 6 - Entrega absoluta 6:4-6
2 Corintios 7 - Comunidades vivas 7:1
2 Corintios 8 - Compartir 8:12-13
2 Corintios 9 - Generosidad 9:10-11
2 Corintios 10 - Parámetros 10:3-4
Había dicho en la recapitulación de los primeros capítulos que la segunda parte era como la "puesta en escena" de todo lo que se había hablado en esa primera parte. De alguna manera, esta reflexión apunta a eso. A medida que vaya tratando de recorrer más o menos las reflexiones anteriores voy a ir poniendo en foco en esos pasajes principales que resalté.
En primer lugar, destaco del capítulo 6, y en especial del pasaje que remarqué, que en todo "nos acreditamos como servidores de Dios" (6:4). Este es, en última instancia, el propósito de nuestras vidas, y el motivo para el cual fuimos creados. Más adelante probablemente publique acerca de esto, pero por ahora basta con decir que sobre esa idea quiero basar esta reflexión: somos servidores de Dios, y hay una serie de cosas que nos acreditan como tales, es decir, verifican que lo somos.
Y no me refiero al cumplimiento de una serie de reglas. Es más bien algo que se va construyendo y reflejando en la práctica de nuestras vidas. En el capítulo 6 habíamos visto que Pablo ponía el énfasis en la entrega. Ahora bien, si prestamos atención, esto de la entrega se extiende por los demás capítulos que leímos. Aunque la palabra "entrega" en sí no aparece mucho más, podemos pensar que varias cosas de las que habla la carta tiene que ver con esto.
Fíjense que por un lado, Pablo hablaba de abrir el corazón. Esto es para mí la primera señal de un servidor de Dios. Dejamos que las demás personas formen parte de nuestra vida. Les hacemos un lugar. ¿Qué quiero decir con esto? Bueno, servir a Dios es, en gran medida, servir a otros, contribuir a que tenga una vida lo más agradable posible. Esto muchas veces implica ayudar a otras personas en sus situaciones, o acompañarlas en sus circunstancias. Ahora, para hacer esto, tengo que poder dejar que esa persona se convierta en importante para mí. No importa si es tan sólo por el momento en el que la estoy ayudando, pero tengo que tener una predisposición a abrir mi corazón que me permita lograrlo de manera espontánea. Esto es, para mí, la primer característica de la entrega. Dijimos que tenía que ver con confiar en la otra persona, y a su vez con ser confiables. Jugarme por las demás personas. Abrirnos totalmente, al 110% había dicho en esa reflexión, sin ocultar quienes somos, con todo lo que eso significa (fortalezas, debilidades, errores, virtudes).
Por otro lado, a lo largo de los capítulos aparecía la idea de que esta entrega no se limita a algo determinado, particular. Tiene que ver con toda mi vida, todo lo que soy. Eso es lo que, en definitiva, le entrego a los demás. Porque la gloria de Dios reflejada en nosotros, contenida en nuestras vidas, de la que había hablado en las reflexiones de los capítulos 3 y 4, y en la recapitulación anterior, se manifiesta en un montón de cosas concretas que hacemos en nuestras vidas. Esta es la forma que toma ese "compartir la gloria de Dios" en el escenario real de nuestras vidas.
Además, esta entrega no tiene que ser en un momento particular o con un motivo concreto de ese momento. Es algo permanente; es más bien una actitud. Es la predisposición a hacerlo siempre que tenga oportunidad. La "buena voluntad" de la que habla el capítulo 8. Entonces, es como una actitud hacia las demás personas, que me hace verlas como personas que es necesario que estén bien. Y que yo siempre voy a tener algo para aportarles, y siempre voy a tener oportunidades para hacerlo. Insisto: es más bien una actitud hacia los demás.
Pero para alcanzar esto es necesario que algo se produzca en nosotros. Diría "que algo se produzca primero en nosotros", pero en realidad es algo continuo, un proceso que abarca toda la extensión de nuestras vidas. Es nada más ni nada menos que crecer. Crecer en pureza. ¿Qué es la pureza? En mi opinión es, en definitiva, despojarnos de "todo lo que contamina el cuerpo y el Espíritu, para completar en el temor de Dios la obra de santificación" (7:1). Había hablado de esto. Acá la palabra "temor" es la más cercana para traducir ua idea que no existe en nuestra lengua, que vendría a ser algo entre reverencia, respeto, admiración y reconocimiento del poder, en este caso de Dios. Y la santificación tiene que ver con convertirnos en lo que Dios planea de nosotros, digamos, la mejor versión de nosotros mismos.
Este proceso de crecimiento, que nos hace ser cada vez más como Dios planea, hace que se produzca en nosotros una serie de cambios. El más evidente y grande de ellos es que tengamos cada vez un mayor afecto por las personas, de nuevo, el deseo creciente de que los demás estén bien. Y esto, en particular, debería pasarnos con nuestra comunidad. Las comunidades del nuevo pacto (en definitiva, la iglesia entera, pero por lo menos nuestra comunidad de pertenencia), es un campo de práctica para probar esto de la entrega, para ensayar el trato hacia otras personas y el aportar lo mejor que podamos para las vidas de otros. Esto es, en definitiva, el amor fraternal del que habla la palabra, y es una de las principales características, en mi opinión, de un servidor de Dios. Pablo, en el capítulo 8, habla de esto.
Y otra consecuencia es, como hablaba el capítulo 10, un cambio de parámetros. La comunidad del nuevo pacto debería manejarse con criterios diferentes a los del resto de la sociedad. El valor que cada persona tiene, la idea de lo que es correcto y lo que no, las prioridades, un montón de cosas deberían ser diferentes en la iglesia que afuera. Por supuesto, la iglesia está hecha por personas, por seres humanos, pero esto no es excusa. De nuevo: la gloria de Dios resplandece en nosotros. Cristo transforma nuestras vidas, y esto es real, concreto. Se manifiesta también en la práctica de la vida. Es importante conocer, entonces, la palabra de Dios, no ya como individuos, sino como comunidades. Ésta es una de las principales características que la biblia atribuye a las comunidades de Dios, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento. Y las normas y convenciones con que la iglesia se manejen tienen que estar en línea con la palabra de Dios. En cuanto a los parámetros con que se manejen las relaciones, las decisiones, y, en definitiva, toda la vida en estas comunidades que son las iglesias, deberían estar sometidas a revisión en Cristo, permanentemente, es decir, ser siempre reformuladas a la luz de lo que los miembros de esa comunidad van comprendiendo que la palabra dice.
Pero siempre, esos parámetros van a apuntar a lo mismo: apertura de corazón, predisposición a servir a otros, en todo lo que pueda y en cada momento, y aportar al crecimiento de cada persona en el conocimiento de Cristo y la reverencia a Dios. Ésta, para mí, es la clave de estas comunidades. Y esto se refleja en la comprensión de que estas comunidades existen para servir a Dios, y por lo tanto, a las demás personas. No tanto para compartir la palabra, aunque esto es importante, sino para compartir en realidad una determinada forma de vivir, y un propósito para la vida del ser humano: sembrar bendición, es decir, entregar todo lo que podamos a los demás. Vuelvo a algo que aclaré en el capítulo 8. Esto no quiere decir dar todo hasta quedarme sin nada. Pero sí saber que todo lo que recibimos, lo recibimos para poder darlo. Dios mientras tanto nos cubre en nuestras necesidades, y esto también es real. Y si lo hace, es para que nosotros podamos despreocuparnos de eso y concentrarnos en dar, en aportar a la vida de otros, y así reflejar de manera práctica, concreta, la gloria de Dios. Insisto: Dios no nos da en abundancia porque damos mucho de nosotros, sino que nos da en abundancia para que podamos dar mucho de nosotros. Éste es el secreto de las comunidades del nuevo pacto. Y la motivación que se nos propone, es que de esa forma todos estemos en la mayor igualdad posible de condiciones, al compartir todos todo lo que podamos y así llenar cada uno lo que le falta al otro.
Que el Dios de la abundancia, que suple semilla para que sembremos y también pan para que comamos, brille con intensidad en nosotros no solamente en la actitud de nuestra mente, para que tengamos buena predisposición, sino en la vida concreta de cada uno para que reflejemos de forma práctica su amor por todos, contribuyendo al crecimiento y al bienestar de los demás. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 11 de junio de 2013
2 Corintios 10 - Parámetros
Hola a todos. Estamos llegando a otra parte importante de la segunda carta a los corintios. Espero que le hayan podido encontrar sentido y jugo a todo lo que vine publicando hasta acá. Como dije en la primera reflexión, creo que esta carta tiene muchísimo para enseñarnos. Les recuerdo (o les digo, si es la primera vez que visitan el blog) que lo más importante es que lean atentamente el pasaje sobre el que se basa la reflexión, porque es la palabra de Dios. Lo mío es sólo pensamientos al respecto. Sin duda el Espíritu debe tener alguna participación en lo que escribo, pero no de modo tan directo como en el caso de la palabra, claramente. Y además, no se olviden de comentar si les surge alguna pregunta, o si quieren agregar algo que sienten que Dios les dijo a ustedes mismos cuando leyeron el pasaje o al leer la publicación.
Texto: 2 Corintios 10
Podemos pensar en este pasaje como la aplicación práctica de lo que hablaba el capítulo 5, sobre la nueva manera de vivir. Pablo se ve obligado, evidentemente, a responder a unas personas que cuestionaban su ministerio y su autoridad hacia la iglesia de Corinto. Lo que resulta llamativo es, sobre todo, cómo se defiende.
Al parecer lo acusaban de guiarse por criterios humanos, de tener, digamos, motivaciones basadas en los parámetros sociales de la época. Tal vez pensaran que se quería imponer sobre la iglesia como una especie de gobernante, como si fuera un líder político. A lo mejor tenía más que ver con lo que Pablo mencionaba en el capítulo anterior sobre la generosidad, y creían que quería demandar de ellos dinero para sí mismo, o para otra iglesia en la que él tenía algún tipo de interés. Incluso podemos pensar que creían que Pablo quería desplazar en importancia o en prestigio a otros apóstoles o misioneros que tenían autoridad en otras regiones.
Lo importante de todo esto es que Pablo no les sigue el juego. Su respuesta ante esas acusaciones es esta: "aunque vivimos en el mundo, no libramos batallas como lo hace el mundo. Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas" (10:3-4). Creo que está diciéndonos algo muy importante. Es la misma lógica que nos propone Jesús cuando dice, "si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra" (Mateo 5:39): no tenemos que entrar en el círculo de acciones que el mundo, la sociedad que no está basada en Cristo, nos propone. O en lo que nos propone nuestra propia naturaleza humana caída. Generalmente tiene que ver con dejarse llevar por lo primero que nos brota, por ejemplo, abofetear al que me abofetea, o responder agresivamente al que me acusa agresivamente.
Pero el texto bíblico nos propone una opción diferente: no pelear con las armas del mundo, es decir, no usar los mismos parámetros, ni para defendernos, ni para analizar las situaciones, ni para comprender nuestra vida, ni para conocer a las personas. Ni siquiera al mirarnos a nosotros mismos. Si alguna persona sabe cuáles son las intenciones de nuestro interior, somos nosotros, y no los demás. Las conclusiones que los demás puedan sacar están vinculadas por lo que se ve, pero lo importante es lo que no se ve. Si yo sé que lo que la otra persona no está viendo al criticarme contradice lo que están diciendo de mí, es importante que me mantenga firme en ese conocimiento y haga oídos sordos de las críticas.
Distinto es cuando se me reprende por algo que hago mal. Eso tiene que ver con la actitud del que me reprende, cosa de la que hablamos en el capítulo 2 de esta carta. Pero en ese caso, entonces, lo importante es que no juzgue apresuradamente al que me reprende, que en mi opinión es lo que hicieron con Pablo. Él había sido bastante duro en su primera carta, y evidentemente algunos se habían sentido ofendidos, y buscaron algo para criticar a Pablo, seguramente tratando de difundir una mala imagen de él en la comunidad. A Pablo, evidentemente, le importaba muy poco, porque sabía que los demás lo conocían suficientemente bien para saber hasta dónde creer en esas críticas. Pero se toma el trabajo de alertar a los corintios acerca de los parámetros con los que tenemos que manejarnos.
En definitiva, la clave de todo esto está, me parece, en que "destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que se someta a Cristo" (10:5). Destruimos argumentos porque lo que se nos critica con palabras, lo rebatimos con obras, y no entramos en el juego de la discusión inútil sobre temas en los que en realidad, la otra persona sólo tiene como objetivo discutir. Usamos armas espirituales: transparencia en nuestras motivaciones, apertura y confidencialidad, confianza, respeto, amabilidad, calma, oración, palabra de Dios.
Destruimos toda altivez, porque en aquello que obstruye el conocimiento de Dios ponemos de manifiesto los problemas que trae, y porque como dice Pablo, nuestra única gloria es conocer al Señor, "porque no es aprobado el que se recomienda a sí mismo sino aquél a quien recomienda el Señor" (10:18). Otros pueden ostentar sabiduría, inteligencia en sus argumentos, capacidades personales, y otros motivos de orgullo, pero si sólo ostentamos a Cristo, no entramos tampoco en ese juego de quién es mejor. Porque el único que es mejor es Cristo. No necesitamos "construir autoridad" porque más que nada buscamos cumplir el objetivo para el que Cristo nos eligió y nos llamó. "No me avergonzaré de jactarme de nuestra autoridad más de la cuenta, autoridad que el Señor nos ha dado para la edificación y no para la destrucción de ustedes" (10:8).
Y en cuanto a llevar cautivo todo pensamiento ante Cristo, esto se refiere claramente a la conciencia de cada uno, porque no puedo hacer nada con el pensamiento de otro, sino que es mi propia mente la que tengo que someter a Cristo. "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente" (Romanos 12:2). Si medía las cosas según parámetros humanos, ya no. Me recuerda al capítulo 5, "de ahora en adelante no consideramos a nadie según criterios meramente humanos" (5:16). Ésta es la clave: tenemos que manejarnos entre nosotros según los parámetros, los criterios, de Dios. No dejarnos llevar por las apariencias o por nuestras propias impresiones cuando sacamos conclusiones sobre lo que hacen otros, o lo que dicen.
Porque las personas son complejas, y la distancia entre la forma de pensar y la de actuar puede ser menor o mayor, pero no sabemos qué lleva a una persona a hacer tal o cual cosa sólo por la apariencia. No podemos desconfiar de lo que alguien hace sólo porque normalmente, eso se hace con mala intención. Por ejemplo, no podemos decir que alguien nos critica para hacernos quedar mal sólo porque esa suele ser la intención, y mucho menos en el marco de una comunidad de fe. ¿Puede pasar? Sí, por supuesto. Pero no podemos partir de esa base.
Esto se aplica, en especial, a nuestros líderes. Tenemos que tener especial cuidado cuando juzgamos a los que tienen autoridad sobre nosotros en la iglesia, porque ante todo esa posición les fue dada según el plan de Dios, y en principio tienen intención de que nosotros podamos crecer en el conocimiento del Señor. Si los modos o los criterios no nos parecen adecuados, tenemos que entender que eso no significa que ellos sean malos líderes, sino que simplemente tenemos otra forma de comprender el liderazgo o el funcionamiento de la iglesia. Pero tenemos que cuidarnos de usar los métodos de la sociedad para desprestigiar a nuestros líderes, y lo mismo con el resto de los que se congregan con nosotros, o hacia otras iglesias, otras comunidades, e incluso hacia otras religiones. Creo que hay que ser muy cuidadosos con los parámetros que manejamos, y entender esta idea central: no somos del mundo. Aunque vivimos en una sociedad determinada, en un país determinado, no pertenecemos principalmente a ese país. Primero que nada, pertenecemos al reino de Dios. Y aunque la identidad nacional puede ser importante en cierta medida, la identidad como ciudadanos del cielo es crucial, y tiene que estar por encima de cualquier identidad social.
Creo que esa es la idea central de este capítulo. No pertenecemos a este mundo, sino al reino de Dios. Manejémonos entonces con los parámetros y criterios de Dios, siendo prudentes al sacar conclusiones y mucho más al expresar esas conclusiones, para no generar contiendas ni divisiones innecesarias. El reino de Dios tiende hacia el amor y la armonía. Que nuestros parámetros también vayan en esa dirección. Repito: "aunque vivimos en el mundo, no libramos batallas como lo hace el mundo" (10:3), sino que, en vez de eso, buscamos la paz. Y si tenemos que librar batalla, lo hacemos sólo con armas espirituales, siendo las más poderosas de estas la amabilidad, la comprensión y el amor.
Que el Dios que reina en los cielos nos recuerde que ante todo, pertenecemos a su mundo, y no a este, y que nuestra mente sea renovada a la luz de sus criterios y parámetros, que nos llevan a ser cada vez más comprensivos, más bondadosos y más abiertos a los demás. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 10
Podemos pensar en este pasaje como la aplicación práctica de lo que hablaba el capítulo 5, sobre la nueva manera de vivir. Pablo se ve obligado, evidentemente, a responder a unas personas que cuestionaban su ministerio y su autoridad hacia la iglesia de Corinto. Lo que resulta llamativo es, sobre todo, cómo se defiende.
Al parecer lo acusaban de guiarse por criterios humanos, de tener, digamos, motivaciones basadas en los parámetros sociales de la época. Tal vez pensaran que se quería imponer sobre la iglesia como una especie de gobernante, como si fuera un líder político. A lo mejor tenía más que ver con lo que Pablo mencionaba en el capítulo anterior sobre la generosidad, y creían que quería demandar de ellos dinero para sí mismo, o para otra iglesia en la que él tenía algún tipo de interés. Incluso podemos pensar que creían que Pablo quería desplazar en importancia o en prestigio a otros apóstoles o misioneros que tenían autoridad en otras regiones.
Lo importante de todo esto es que Pablo no les sigue el juego. Su respuesta ante esas acusaciones es esta: "aunque vivimos en el mundo, no libramos batallas como lo hace el mundo. Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas" (10:3-4). Creo que está diciéndonos algo muy importante. Es la misma lógica que nos propone Jesús cuando dice, "si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra" (Mateo 5:39): no tenemos que entrar en el círculo de acciones que el mundo, la sociedad que no está basada en Cristo, nos propone. O en lo que nos propone nuestra propia naturaleza humana caída. Generalmente tiene que ver con dejarse llevar por lo primero que nos brota, por ejemplo, abofetear al que me abofetea, o responder agresivamente al que me acusa agresivamente.
Pero el texto bíblico nos propone una opción diferente: no pelear con las armas del mundo, es decir, no usar los mismos parámetros, ni para defendernos, ni para analizar las situaciones, ni para comprender nuestra vida, ni para conocer a las personas. Ni siquiera al mirarnos a nosotros mismos. Si alguna persona sabe cuáles son las intenciones de nuestro interior, somos nosotros, y no los demás. Las conclusiones que los demás puedan sacar están vinculadas por lo que se ve, pero lo importante es lo que no se ve. Si yo sé que lo que la otra persona no está viendo al criticarme contradice lo que están diciendo de mí, es importante que me mantenga firme en ese conocimiento y haga oídos sordos de las críticas.
Distinto es cuando se me reprende por algo que hago mal. Eso tiene que ver con la actitud del que me reprende, cosa de la que hablamos en el capítulo 2 de esta carta. Pero en ese caso, entonces, lo importante es que no juzgue apresuradamente al que me reprende, que en mi opinión es lo que hicieron con Pablo. Él había sido bastante duro en su primera carta, y evidentemente algunos se habían sentido ofendidos, y buscaron algo para criticar a Pablo, seguramente tratando de difundir una mala imagen de él en la comunidad. A Pablo, evidentemente, le importaba muy poco, porque sabía que los demás lo conocían suficientemente bien para saber hasta dónde creer en esas críticas. Pero se toma el trabajo de alertar a los corintios acerca de los parámetros con los que tenemos que manejarnos.
En definitiva, la clave de todo esto está, me parece, en que "destruimos argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevamos cautivo todo pensamiento para que se someta a Cristo" (10:5). Destruimos argumentos porque lo que se nos critica con palabras, lo rebatimos con obras, y no entramos en el juego de la discusión inútil sobre temas en los que en realidad, la otra persona sólo tiene como objetivo discutir. Usamos armas espirituales: transparencia en nuestras motivaciones, apertura y confidencialidad, confianza, respeto, amabilidad, calma, oración, palabra de Dios.
Destruimos toda altivez, porque en aquello que obstruye el conocimiento de Dios ponemos de manifiesto los problemas que trae, y porque como dice Pablo, nuestra única gloria es conocer al Señor, "porque no es aprobado el que se recomienda a sí mismo sino aquél a quien recomienda el Señor" (10:18). Otros pueden ostentar sabiduría, inteligencia en sus argumentos, capacidades personales, y otros motivos de orgullo, pero si sólo ostentamos a Cristo, no entramos tampoco en ese juego de quién es mejor. Porque el único que es mejor es Cristo. No necesitamos "construir autoridad" porque más que nada buscamos cumplir el objetivo para el que Cristo nos eligió y nos llamó. "No me avergonzaré de jactarme de nuestra autoridad más de la cuenta, autoridad que el Señor nos ha dado para la edificación y no para la destrucción de ustedes" (10:8).
Y en cuanto a llevar cautivo todo pensamiento ante Cristo, esto se refiere claramente a la conciencia de cada uno, porque no puedo hacer nada con el pensamiento de otro, sino que es mi propia mente la que tengo que someter a Cristo. "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente" (Romanos 12:2). Si medía las cosas según parámetros humanos, ya no. Me recuerda al capítulo 5, "de ahora en adelante no consideramos a nadie según criterios meramente humanos" (5:16). Ésta es la clave: tenemos que manejarnos entre nosotros según los parámetros, los criterios, de Dios. No dejarnos llevar por las apariencias o por nuestras propias impresiones cuando sacamos conclusiones sobre lo que hacen otros, o lo que dicen.
Porque las personas son complejas, y la distancia entre la forma de pensar y la de actuar puede ser menor o mayor, pero no sabemos qué lleva a una persona a hacer tal o cual cosa sólo por la apariencia. No podemos desconfiar de lo que alguien hace sólo porque normalmente, eso se hace con mala intención. Por ejemplo, no podemos decir que alguien nos critica para hacernos quedar mal sólo porque esa suele ser la intención, y mucho menos en el marco de una comunidad de fe. ¿Puede pasar? Sí, por supuesto. Pero no podemos partir de esa base.
Esto se aplica, en especial, a nuestros líderes. Tenemos que tener especial cuidado cuando juzgamos a los que tienen autoridad sobre nosotros en la iglesia, porque ante todo esa posición les fue dada según el plan de Dios, y en principio tienen intención de que nosotros podamos crecer en el conocimiento del Señor. Si los modos o los criterios no nos parecen adecuados, tenemos que entender que eso no significa que ellos sean malos líderes, sino que simplemente tenemos otra forma de comprender el liderazgo o el funcionamiento de la iglesia. Pero tenemos que cuidarnos de usar los métodos de la sociedad para desprestigiar a nuestros líderes, y lo mismo con el resto de los que se congregan con nosotros, o hacia otras iglesias, otras comunidades, e incluso hacia otras religiones. Creo que hay que ser muy cuidadosos con los parámetros que manejamos, y entender esta idea central: no somos del mundo. Aunque vivimos en una sociedad determinada, en un país determinado, no pertenecemos principalmente a ese país. Primero que nada, pertenecemos al reino de Dios. Y aunque la identidad nacional puede ser importante en cierta medida, la identidad como ciudadanos del cielo es crucial, y tiene que estar por encima de cualquier identidad social.
Creo que esa es la idea central de este capítulo. No pertenecemos a este mundo, sino al reino de Dios. Manejémonos entonces con los parámetros y criterios de Dios, siendo prudentes al sacar conclusiones y mucho más al expresar esas conclusiones, para no generar contiendas ni divisiones innecesarias. El reino de Dios tiende hacia el amor y la armonía. Que nuestros parámetros también vayan en esa dirección. Repito: "aunque vivimos en el mundo, no libramos batallas como lo hace el mundo" (10:3), sino que, en vez de eso, buscamos la paz. Y si tenemos que librar batalla, lo hacemos sólo con armas espirituales, siendo las más poderosas de estas la amabilidad, la comprensión y el amor.
Que el Dios que reina en los cielos nos recuerde que ante todo, pertenecemos a su mundo, y no a este, y que nuestra mente sea renovada a la luz de sus criterios y parámetros, que nos llevan a ser cada vez más comprensivos, más bondadosos y más abiertos a los demás. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
miércoles, 5 de junio de 2013
2 Corintios 9 - Generosidad
Hola a todos. Nos vamos acercando al final de esta serie de publicaciones. No sé si van encontrando en estas últimas publicaciones el hilo conductor que les había dicho, la parte de "puesta en escena" de todo lo que había resumido en la recapitulación. Es como el aspecto práctico de toda la teoría del principio. De todas formas voy a hacer otra síntesis al final de esta parte, y probablemente después una síntesis general de todas las publicaciones de esta serie. Una vez más, lo vengo haciendo siempre pero voy a insistir, les recuerdo: lo más importante de esta publicación es el texto bíblico. No dejen de leerlo con detenimiento, porque Dios les va a hablar a ustedes por fuera de la reflexión, y eso es muy importante. Y comenten cualquier cosa extra que les surja, así todos podemos enriquecernos, como nos alentaba Pablo en el capítulo 8, y también pregunten si hay algo que no les quedó claro, o lo que sea.
Texto: 2 Corintios 9
El tema de esta reflexión es un tema que me parece muy complejo, y que muchas veces se malinterpreta un poco. Hay como una opinión difundida de que ser generoso es dar mucho, o que es prestar nuestras cosas, no negarle ayuda a nadie, en fin, diferentes acciones concretas. Pero como con casi todas las cosas del reino de Dios, me parece que la generosidad va más allá, más adentro, más profundo. Leyendo este pasaje, de hecho, empiezo a sentir que es más bien una actitud interior que acciones específicas. Tiene más que ver con el sentido con el que hacemos las cosas que con qué cosas hacemos.
Me llama la atención, por ejemplo, cómo empieza el capítulo. Habla de la disposición de los corintios, y de que "estaban preparados para dar" (9:2). Habla de un entusiasmo que ellos tenían al pensar en la colecta que iban a hacer. Para explicar brevemente, se está hablando acá de una ayuda que estaban juntando para la iglesia de Jerusalén, que estaba pasando por un momento de gran necesidad. Se menciona por ejemplo en Romanos 15:25-26. De hecho es interesante que ahí, Pablo les cuenta a los romanos que "lo hicieron de buena voluntad, aunque en realidad era su obligación hacerlo" (Romanos 15:27). Por lo que dice en 2 Corintios, los creyentes ahí estaban con muchas ganas, con entusiasmo por ayudar a esta gente, estaban como emocionados de poder hacerlo.
Y me parece que ahí está la clave. Lo que los corintios estaban entendiendo, y me parece que este es el punto de la generosidad verdadera, era que lo más importante no era que ellos estuviesen bien, y cómodos, sino que estuvieran bien los demás. Lo más importante no es que esté bien yo, sino que estén bien los demás. Ese es, me parece, el punto central. Tiene que ver con el capítulo 8, cuando veíamos que lo que importa de ganar es que así pueden ganar otros. Y de hecho, ese es el otro punto. Sembrar, por usar la figura que usa Pablo, no es un medio para un fin, no es un paso para lograr un objetivo, sino todo lo contrario: sembrar es, en sí mismo, el objetivo.
¿Cuáles son los medios, los pasos a dar para ese objetivo? Bueno, no mucho. Simplemente recibir. Dios llena de bendiciones a todos nosotros. Recibimos innumerables cosas en nuestra vida, desde posesiones materiales hasta capacidades, virtudes, dones. Algunos reciben mayor proporción de una cosa, algunos de otra. Pero todos recibimos. Lo importante es entender que con Dios no funciona como "premio". No es que recibimos porque dimos. No funciona la regla de "dar para recibir", sino justamente la regla inversa: recibir para poder dar.
Y cuando digo recibir no me refiero a que recibimos sólo aquello que podemos dar. Dios cubre todas nuestras carencias para que en lo que demos, podamos estar tranquilos. "El que le suple la semilla al que siembra también le suplirá pan para que coma, aumentará los cultivos y hará que ustedes produzcan una abundante cosecha de justicia" (9:10). Porque así no nos tenemos que preocupar de nada más: sólo de dar. Del resto de las cosas se ocupa el Señor.
Ahora, ¿eso significa que siempre tengo que dar, sin prestar atención a mis posibilidades? Bueno, yo creo que no. "Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría" (9:7). Agrego un comentario que aparece en Romanos: "Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado" (Romanos 12:3). No tengo que imaginar que puedo dar más de lo que verdaderamente puedo dar. Tengo que comprender hasta dónde me dio Dios, porque esta es la medida en la que puedo dar. Si me dio mucho de algo, tengo que dar mucho. Si me dio poco, tengo que dar poco. Lo importante es entender: Dios me da a mí para que yo dé. Y me da según lo que quiere que dé. Si me dio poco dinero, no necesito dar todo mi dinero, aunque hacerlo no está mal si confío en que el Señor me sostiene. Lo que realmente cuenta es con qué motivación lo hago, porque de eso depende si es una siembra agradable a Dios. "Yo sé, mi Dios, que tú pruebas los corazones y amas la rectitud. Por eso, con rectitud de corazón te he ofrecido voluntariamente todas estas cosas" (1 Crónicas 29:17).
Y de la misma manera, entender que recibimos para que podamos dar, revela dos grandes verdades: primero, que sembrar, dar, no es un aspecto más de la vida cristiana. Es el propósito de nuestro paso por este mundo. Sí: para eso existimos, para sembrar. Se ve claramente en el hecho de que siempre, queramos o no, estamos dando algo. A veces damos fruto bueno, a veces fruto malo, o espinas, bendición o maldición, pero siempre causamos efecto en otras personas. Lo que cambia es qué sembramos, y de dónde viene. Lo segundo es que todo, absolutamente todo, le pertenece al Señor. Lo que sembramos, lo que damos, viene de él y le pertenece. "Señor y Dios nuestro, de ti procede todo cuanto hemos conseguido para construir un templo a tu santo nombre. ¡Todo es tuyo!" (1 Crónicas 29:16). Cuando damos, cuando sembramos, simplemente le estamos devolviendo lo que recibimos, para que eso que él nos dio, circule. Es el tesoro del que venimos hablando: la gracia de Dios, la gloria de su nombre. Es el "don inefable" del que habla Pablo (9:15). "Inefable" quiere decir "indescriptible", o algo que no puede ser explicado con palabras. Precisamente, es esa clase de regalo inexplicable que Dios nos regaló en Cristo, que es lo que marca la diferencia entre los que vivimos en Cristo y los que no. No es que seamos mejores personas, sino que hemos recibido tanto que tenemos una fuente inagotable de bendiciones para sembrar.
Entonces, la generosidad es estar preparado para compartir lo que sea con quien sea, estar siempre listos y predispuestos para sembrar abundantemente. El resultado de esto es que vamos a cosechar mucho más de lo que sembramos. ¿Para qué? Para seguir sembrando. Para que cada vez las bendiciones que circulan sean más y más. ¿Qué sentido tiene esto? Que cada vez más personas van a dar gloria a Dios por esto, van a agradecer al Señor por recibir mucho más de lo que se espera. Eso es gracia. Y dice el texto, "la sobreabundante gracia que ustedes han recibido de Dios" (9:14). Esa es la importancia de dar. Que la gente reconozca y alabe a Dios por esa solidaridad y generosidad. Por la siembra. Pidámosle, entonces, a Dios, que derrame una lluvia de bendiciones sobre nosotros, no para que estemos bien, sino para que podamos sembrar generosamente, y eso "resulte en acciones de gracias a Dios" (9:11).
Que el Dios de la cosecha nos de una abundante provisión, no para que estemos bien, sino para que seamos valientes al sembrar, entendiendo que es nuestro propósito, y por lo tanto, lo que más puede llenarnos de felicidad. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 9
El tema de esta reflexión es un tema que me parece muy complejo, y que muchas veces se malinterpreta un poco. Hay como una opinión difundida de que ser generoso es dar mucho, o que es prestar nuestras cosas, no negarle ayuda a nadie, en fin, diferentes acciones concretas. Pero como con casi todas las cosas del reino de Dios, me parece que la generosidad va más allá, más adentro, más profundo. Leyendo este pasaje, de hecho, empiezo a sentir que es más bien una actitud interior que acciones específicas. Tiene más que ver con el sentido con el que hacemos las cosas que con qué cosas hacemos.
Me llama la atención, por ejemplo, cómo empieza el capítulo. Habla de la disposición de los corintios, y de que "estaban preparados para dar" (9:2). Habla de un entusiasmo que ellos tenían al pensar en la colecta que iban a hacer. Para explicar brevemente, se está hablando acá de una ayuda que estaban juntando para la iglesia de Jerusalén, que estaba pasando por un momento de gran necesidad. Se menciona por ejemplo en Romanos 15:25-26. De hecho es interesante que ahí, Pablo les cuenta a los romanos que "lo hicieron de buena voluntad, aunque en realidad era su obligación hacerlo" (Romanos 15:27). Por lo que dice en 2 Corintios, los creyentes ahí estaban con muchas ganas, con entusiasmo por ayudar a esta gente, estaban como emocionados de poder hacerlo.
Y me parece que ahí está la clave. Lo que los corintios estaban entendiendo, y me parece que este es el punto de la generosidad verdadera, era que lo más importante no era que ellos estuviesen bien, y cómodos, sino que estuvieran bien los demás. Lo más importante no es que esté bien yo, sino que estén bien los demás. Ese es, me parece, el punto central. Tiene que ver con el capítulo 8, cuando veíamos que lo que importa de ganar es que así pueden ganar otros. Y de hecho, ese es el otro punto. Sembrar, por usar la figura que usa Pablo, no es un medio para un fin, no es un paso para lograr un objetivo, sino todo lo contrario: sembrar es, en sí mismo, el objetivo.
¿Cuáles son los medios, los pasos a dar para ese objetivo? Bueno, no mucho. Simplemente recibir. Dios llena de bendiciones a todos nosotros. Recibimos innumerables cosas en nuestra vida, desde posesiones materiales hasta capacidades, virtudes, dones. Algunos reciben mayor proporción de una cosa, algunos de otra. Pero todos recibimos. Lo importante es entender que con Dios no funciona como "premio". No es que recibimos porque dimos. No funciona la regla de "dar para recibir", sino justamente la regla inversa: recibir para poder dar.
Y cuando digo recibir no me refiero a que recibimos sólo aquello que podemos dar. Dios cubre todas nuestras carencias para que en lo que demos, podamos estar tranquilos. "El que le suple la semilla al que siembra también le suplirá pan para que coma, aumentará los cultivos y hará que ustedes produzcan una abundante cosecha de justicia" (9:10). Porque así no nos tenemos que preocupar de nada más: sólo de dar. Del resto de las cosas se ocupa el Señor.
Ahora, ¿eso significa que siempre tengo que dar, sin prestar atención a mis posibilidades? Bueno, yo creo que no. "Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría" (9:7). Agrego un comentario que aparece en Romanos: "Nadie tenga un concepto de sí más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado" (Romanos 12:3). No tengo que imaginar que puedo dar más de lo que verdaderamente puedo dar. Tengo que comprender hasta dónde me dio Dios, porque esta es la medida en la que puedo dar. Si me dio mucho de algo, tengo que dar mucho. Si me dio poco, tengo que dar poco. Lo importante es entender: Dios me da a mí para que yo dé. Y me da según lo que quiere que dé. Si me dio poco dinero, no necesito dar todo mi dinero, aunque hacerlo no está mal si confío en que el Señor me sostiene. Lo que realmente cuenta es con qué motivación lo hago, porque de eso depende si es una siembra agradable a Dios. "Yo sé, mi Dios, que tú pruebas los corazones y amas la rectitud. Por eso, con rectitud de corazón te he ofrecido voluntariamente todas estas cosas" (1 Crónicas 29:17).
Y de la misma manera, entender que recibimos para que podamos dar, revela dos grandes verdades: primero, que sembrar, dar, no es un aspecto más de la vida cristiana. Es el propósito de nuestro paso por este mundo. Sí: para eso existimos, para sembrar. Se ve claramente en el hecho de que siempre, queramos o no, estamos dando algo. A veces damos fruto bueno, a veces fruto malo, o espinas, bendición o maldición, pero siempre causamos efecto en otras personas. Lo que cambia es qué sembramos, y de dónde viene. Lo segundo es que todo, absolutamente todo, le pertenece al Señor. Lo que sembramos, lo que damos, viene de él y le pertenece. "Señor y Dios nuestro, de ti procede todo cuanto hemos conseguido para construir un templo a tu santo nombre. ¡Todo es tuyo!" (1 Crónicas 29:16). Cuando damos, cuando sembramos, simplemente le estamos devolviendo lo que recibimos, para que eso que él nos dio, circule. Es el tesoro del que venimos hablando: la gracia de Dios, la gloria de su nombre. Es el "don inefable" del que habla Pablo (9:15). "Inefable" quiere decir "indescriptible", o algo que no puede ser explicado con palabras. Precisamente, es esa clase de regalo inexplicable que Dios nos regaló en Cristo, que es lo que marca la diferencia entre los que vivimos en Cristo y los que no. No es que seamos mejores personas, sino que hemos recibido tanto que tenemos una fuente inagotable de bendiciones para sembrar.
Entonces, la generosidad es estar preparado para compartir lo que sea con quien sea, estar siempre listos y predispuestos para sembrar abundantemente. El resultado de esto es que vamos a cosechar mucho más de lo que sembramos. ¿Para qué? Para seguir sembrando. Para que cada vez las bendiciones que circulan sean más y más. ¿Qué sentido tiene esto? Que cada vez más personas van a dar gloria a Dios por esto, van a agradecer al Señor por recibir mucho más de lo que se espera. Eso es gracia. Y dice el texto, "la sobreabundante gracia que ustedes han recibido de Dios" (9:14). Esa es la importancia de dar. Que la gente reconozca y alabe a Dios por esa solidaridad y generosidad. Por la siembra. Pidámosle, entonces, a Dios, que derrame una lluvia de bendiciones sobre nosotros, no para que estemos bien, sino para que podamos sembrar generosamente, y eso "resulte en acciones de gracias a Dios" (9:11).
Que el Dios de la cosecha nos de una abundante provisión, no para que estemos bien, sino para que seamos valientes al sembrar, entendiendo que es nuestro propósito, y por lo tanto, lo que más puede llenarnos de felicidad. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
sábado, 1 de junio de 2013
2 Corintios 8 - Compartir
Hola a todos. Seguimos avanzando en esta reflexión sobre la segunda carta a los corintios, que espero que estén disfrutando y que esté siendo de bendición para ustedes. Insisto, como vengo haciendo desde que empecé con esta serie de publicaciones, en que lo más importante de toda esta reflexión es el pasaje citado al principio, porque la palabra de Dios es la que realmente tiene el mensaje. Y también insisto en que si sienten que Dios les dice a través de ese pasaje, o de esta reflexión, algo extra, no duden en comentar. Lo mismo si quieren hacer una pregunta.
Texto: 2 Corintios 8
Retomando un poco la reflexión anterior, una de los elementos más importantes que Pablo quiere destacar es la vida de la comunidad, y sobre todo, el interés de cada miembro por el otro. En este capítulo, expande esta idea. Ya no tiene que ver solamente con valorar a la comunidad, con darle mi confianza, con tenerla en consideración, sino que una de las claves de toda la vida en comunidad parecería ser compartir.
Pero, ¿de qué manera lo propone Pablo? Me parece muy interesante, y quiero extenderme un poco sobre esto, que ante todo se enfoca en "cómo" y "para qué", y no tanto en "qué" o "cuánto". De hecho parecería que estas dos cosas casi no tienen importancia para Pablo, porque prácticamente las pasa por alto. Pero a la hora de establecer de qué manera conviene enfocar el asunto de compartir, y con qué objetivo, es un poco más específico.
Es interesante que diga que Jesús era rico. Sabemos que desde el punto de vista humano, esto no era así, porque tanto él como su padre eran carpinteros. Evidentemente está hablando de otra riqueza. Y me parece que podemos relacionarla con la reflexión del capítulo 4: esta riqueza de la que habla el texto no es otra que la gloria de Dios, que llevamos de un lado a otro como un tesoro reluciente guardado en frágiles vasijas de barro, medio desgastadas y marcadas. En esa publicación había planteado que éste es un tipo especial de tesoro, que en vez de ir gastándose, cuando lo comparto crece más. Jesús se hizo "pobre" con respecto a este tesoro. ¿Cómo? Compartiéndolo más allá del tesoro mismo. Es como que compartió no sólo el tesoro, sino hasta la vasija, ¡se despojó de todo! ¿Para qué? Bueno, para que nosotros pudiéramos ser ricos en cuando a este tesoro. Para que en nosotros abundara enormemente esa gloria de Dios.
Lo que el texto nos propone acá creo que es algo similar. El verdadero sentido de haber ganado este enorme tesoro a través de la profunda entrega de Cristo, es precisamente que ahora, por medio nuestro, otros puedan enriquecerse y llenarse de su gloria. El propósito de ganar cualquier cosa o en una determinada situación es primeramente que otros puedan ganar también. Una canción dice "¿de qué sirve ganar, si no ganan conmigo los que vienen detrás?". Creo que ésta es la clave.
Respecto de qué, entonces, esto es lo que compartimos: el tesoro que llevamos dentro. La gloria de Dios, manifestada en nuestras capacidades, dones, posesiones que Dios nos provee, y aspectos de nuestra forma de ser que provocan efectos positivos en nosotros mismos, en las personas que nos rodean, en el ambiente en el que estamos. En definitiva, podemos pensarlo por el lado del fruto del Espíritu Santo, lo que genera en nuestra vida: "amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio" (Gálatas 5:22-23). El Espíritu despierta esto en nosotros, pero en realidad estos elementos no tienen ninguna utilidad si no los comparto con los demás.
No se me pide, entonces, que dé algo que no tengo. Por el contrario, se trata de que todo, absolutamente todo lo que tengo, sea material o espiritual, o ambos, lo ponga a disposición de todos. Y no solamente de algunas personas, de las más cercanas, de aquellas con las que tengo mucha confianza, no, de todos. Siguiendo, en definitiva, el ejemplo de Cristo. Por supuesto que este "todos" incluye mi comunidad de fe, y no sólo la incluye, sino que en ese caso debería ser más espontáneo, incluso.
Y este es el otro aspecto que Pablo desarrolla en profundidad: de qué manera o desde qué perspectiva debería llevar a cabo esto. Justamente, lo que cuenta es la actitud con la que lo hago. Varias veces a lo largo del capítulo se destaca la buena voluntad de los corintios al compartir, la predisposición que tienen, la iniciativa. No importa tanto que comparta una gran cantidad, sino que sea solícito, que siempre esté dispuesto a compartir lo que sea que otro necesite, siempre y cuando lo tenga. "Porque si uno lo hace de buena voluntad, lo que se da es bien recibido según lo que tiene, y no según lo que no tiene" (8:12).
Y no quiero dejar pasar esta última idea: siempre y cuando lo tenga. A veces creemos que decir que no ante la necesidad de otro es un fallo en compartir. Sin embargo, si nuestra actitud, nuestra predisposición, es a compartir siempre, podríamos suponer que si en algún momento digo que no es porque en verdad no tengo lo que esa persona necesita de mí, o no lo tengo en un grado en que pueda ofrecerlo. Si es dinero, porque tal vez no estoy a mis anchas. Si es un rasgo de mi personalidad, a lo mejor porque estoy atravesando un momento difícil y no estoy siendo yo mismo en estos días. Quiero decir esto: a veces nos sobreexigimos, y tenemos que ser también pacientes con nosotros mismos, no presionarnos de más en lo que respecta a compartir, porque a veces, si decimos que no, es simplemente porque no estamos en condiciones. Sobre esto voy a extenderme un poco más en la próxima publicación.
Por ahora, lo que quiero resaltar es esto: lo más importante es que al compartir, básicamente comparta todo lo que soy y lo que tengo, y que lo haga con el objetivo de que todos puedan disfrutar de todo a cada momento. "Es más bien una cuestión de igualdad" (8:13), dice Pablo. Igualdad en cuanto a las cosas de las que tenemos oportunidad de participar en nuestras vidas, en cuanto a las bendiciones que disfrutamos según lo que Dios mismo nos va dando o haciendo en nosotros.
Espero que esta reflexión les haya dejado algún contenido significativo. Recuerden que esto es especialmente válido para la vida comunitaria, es decir, por ejemplo, en la iglesia, pero puede aplicarse a cualquier tipo de comunidad, y plantearse como un buen valor moral para compartir, siquiera desde el ejemplo, en nuestro grupo de amigos, compañeros, o incluso en nuestra sociedad.
Que el Dios que entregó a su Hijo, en toda su riqueza, para que nosotros fuéramos ricos en su gloria, nos impulse a brindar todo lo que esa gloria genera en nosotros, para que haya, en su nombre y en su poder, igualdad. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 8
Retomando un poco la reflexión anterior, una de los elementos más importantes que Pablo quiere destacar es la vida de la comunidad, y sobre todo, el interés de cada miembro por el otro. En este capítulo, expande esta idea. Ya no tiene que ver solamente con valorar a la comunidad, con darle mi confianza, con tenerla en consideración, sino que una de las claves de toda la vida en comunidad parecería ser compartir.
Pero, ¿de qué manera lo propone Pablo? Me parece muy interesante, y quiero extenderme un poco sobre esto, que ante todo se enfoca en "cómo" y "para qué", y no tanto en "qué" o "cuánto". De hecho parecería que estas dos cosas casi no tienen importancia para Pablo, porque prácticamente las pasa por alto. Pero a la hora de establecer de qué manera conviene enfocar el asunto de compartir, y con qué objetivo, es un poco más específico.
Es interesante que diga que Jesús era rico. Sabemos que desde el punto de vista humano, esto no era así, porque tanto él como su padre eran carpinteros. Evidentemente está hablando de otra riqueza. Y me parece que podemos relacionarla con la reflexión del capítulo 4: esta riqueza de la que habla el texto no es otra que la gloria de Dios, que llevamos de un lado a otro como un tesoro reluciente guardado en frágiles vasijas de barro, medio desgastadas y marcadas. En esa publicación había planteado que éste es un tipo especial de tesoro, que en vez de ir gastándose, cuando lo comparto crece más. Jesús se hizo "pobre" con respecto a este tesoro. ¿Cómo? Compartiéndolo más allá del tesoro mismo. Es como que compartió no sólo el tesoro, sino hasta la vasija, ¡se despojó de todo! ¿Para qué? Bueno, para que nosotros pudiéramos ser ricos en cuando a este tesoro. Para que en nosotros abundara enormemente esa gloria de Dios.
Lo que el texto nos propone acá creo que es algo similar. El verdadero sentido de haber ganado este enorme tesoro a través de la profunda entrega de Cristo, es precisamente que ahora, por medio nuestro, otros puedan enriquecerse y llenarse de su gloria. El propósito de ganar cualquier cosa o en una determinada situación es primeramente que otros puedan ganar también. Una canción dice "¿de qué sirve ganar, si no ganan conmigo los que vienen detrás?". Creo que ésta es la clave.
Respecto de qué, entonces, esto es lo que compartimos: el tesoro que llevamos dentro. La gloria de Dios, manifestada en nuestras capacidades, dones, posesiones que Dios nos provee, y aspectos de nuestra forma de ser que provocan efectos positivos en nosotros mismos, en las personas que nos rodean, en el ambiente en el que estamos. En definitiva, podemos pensarlo por el lado del fruto del Espíritu Santo, lo que genera en nuestra vida: "amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio" (Gálatas 5:22-23). El Espíritu despierta esto en nosotros, pero en realidad estos elementos no tienen ninguna utilidad si no los comparto con los demás.
No se me pide, entonces, que dé algo que no tengo. Por el contrario, se trata de que todo, absolutamente todo lo que tengo, sea material o espiritual, o ambos, lo ponga a disposición de todos. Y no solamente de algunas personas, de las más cercanas, de aquellas con las que tengo mucha confianza, no, de todos. Siguiendo, en definitiva, el ejemplo de Cristo. Por supuesto que este "todos" incluye mi comunidad de fe, y no sólo la incluye, sino que en ese caso debería ser más espontáneo, incluso.
Y este es el otro aspecto que Pablo desarrolla en profundidad: de qué manera o desde qué perspectiva debería llevar a cabo esto. Justamente, lo que cuenta es la actitud con la que lo hago. Varias veces a lo largo del capítulo se destaca la buena voluntad de los corintios al compartir, la predisposición que tienen, la iniciativa. No importa tanto que comparta una gran cantidad, sino que sea solícito, que siempre esté dispuesto a compartir lo que sea que otro necesite, siempre y cuando lo tenga. "Porque si uno lo hace de buena voluntad, lo que se da es bien recibido según lo que tiene, y no según lo que no tiene" (8:12).
Y no quiero dejar pasar esta última idea: siempre y cuando lo tenga. A veces creemos que decir que no ante la necesidad de otro es un fallo en compartir. Sin embargo, si nuestra actitud, nuestra predisposición, es a compartir siempre, podríamos suponer que si en algún momento digo que no es porque en verdad no tengo lo que esa persona necesita de mí, o no lo tengo en un grado en que pueda ofrecerlo. Si es dinero, porque tal vez no estoy a mis anchas. Si es un rasgo de mi personalidad, a lo mejor porque estoy atravesando un momento difícil y no estoy siendo yo mismo en estos días. Quiero decir esto: a veces nos sobreexigimos, y tenemos que ser también pacientes con nosotros mismos, no presionarnos de más en lo que respecta a compartir, porque a veces, si decimos que no, es simplemente porque no estamos en condiciones. Sobre esto voy a extenderme un poco más en la próxima publicación.
Por ahora, lo que quiero resaltar es esto: lo más importante es que al compartir, básicamente comparta todo lo que soy y lo que tengo, y que lo haga con el objetivo de que todos puedan disfrutar de todo a cada momento. "Es más bien una cuestión de igualdad" (8:13), dice Pablo. Igualdad en cuanto a las cosas de las que tenemos oportunidad de participar en nuestras vidas, en cuanto a las bendiciones que disfrutamos según lo que Dios mismo nos va dando o haciendo en nosotros.
Espero que esta reflexión les haya dejado algún contenido significativo. Recuerden que esto es especialmente válido para la vida comunitaria, es decir, por ejemplo, en la iglesia, pero puede aplicarse a cualquier tipo de comunidad, y plantearse como un buen valor moral para compartir, siquiera desde el ejemplo, en nuestro grupo de amigos, compañeros, o incluso en nuestra sociedad.
Que el Dios que entregó a su Hijo, en toda su riqueza, para que nosotros fuéramos ricos en su gloria, nos impulse a brindar todo lo que esa gloria genera en nosotros, para que haya, en su nombre y en su poder, igualdad. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 28 de mayo de 2013
2 Corintios 7 - Comunidades vivas
Hola a todos. Ya hace casi un mes vengo publicando sobre la segunda carta a los corintios, un libro de la biblia que, no sé si pensarán lo mismo que yo a esta altura, tiene mucho para enseñarnos. La primera parte tenía que ver con el mensaje del evangelio, de qué se trata el mensaje de Dios. La segunda parte, como ya había anticipado, tiene que ver con cómo se ve eso en la práctica, y en particular en la vida de las comunidades que suscriben a ese mensaje del evangelio. Sugiero que oren antes de empezar a leer, para que sea a Dios a quien escuchen principalmente, lo que él tenga para decirles hoy, y que sobre todo lean el pasaje y reflexionen sobre él, en lo posible antes de leer el resto de la reflexión. Si tienen tiempo y ganas, comenten.
Texto: 2 Corintios 7
Pablo, que venía hablando de nuestra relación con las cosas que no vienen de Dios, afirma acá lo que para mí es el centro de este capítulo. El crecimiento es, básicamente, "completar en el temor de Dios la obra de nuestra santificación" (7:1). Ante todo quiero hacer una aclaración sobre la palabra "temor". No es el temor del que estamos acostumbrados a hablar, asociado al miedo. La palabra que está traducida acá como "temor" tiene que ver con un sentido profundo de la autoridad de Dios, de su inmensidad y superioridad. Una especie de admiración que nos conduce a tener por él una intensa reverencia. Esa es la clave de nuestro crecimiento como personas, en todos los órdenes de la vida: es lo que activa y desarrolla en nosotros la obra de santificación, el proceso de ser transformados por el Señor a imagen de Cristo, el modelo definitivo de ser humano completo.
Entonces, vivir es crecer, y crecer es crecer en santidad, o sea, en similitud con Cristo. Estamos vivos en tanto estamos siendo transformados más y más a su imagen. Y esto es activado e impulsado por esa actitud de reverencia y reconocimiento de Dios. Ahora, ¿cómo funciona este crecimiento?
Pablo da una respuesta bastante extensa de esto, me parece. Crecer es un proceso tortuoso, complejo, difícil. Para poder crecer pasamos por ciertas experiencias que nos van marcando. A esto apunta la carta, me parece, cuando habla de la tristeza que proviene de Dios. Quiero vincular esto con lo que había dicho en la segunda publicación acerca de "reprender en el amor". Dios mismo nos corrige y nos reprende para que podamos comprender las cosas que hacemos equivocadamente. Y lo hace porque esa tristeza que nos genera saber que desobedecimos al que nos ama más que ninguna persona en el mundo, nos conduce al arrepentimiento.
Esto es muy importante. Hoy existe en la sociedad un consenso generalizado de que tanto la culpa como la tristeza son cosas malas en sí mismas. Me parece que esto es un error. Hay dos tipos de culpas, dos tipos de tristezas. Uno de estos tipos, en ambos casos, es patológico. No sé mucho de psicología ni quiero extenderme por ese lado, pero hablo de lo que he visto en mi vida y experimentado. Este primer tipo nos lleva a castigarnos a nosotros mismos, a reprimirnos, a achicarnos y desvalorizarnos como personas. El segundo tipo de tristeza, o de culpa, es el que nos lleva a reflexionar, a meditar sobre nuestros actos o sobre lo que pasó.
Este tipo de tristeza, dice Pablo, no sólo no es malo, sino que es muy bueno. Y lo es porque el arrepentimiento, el reconocimiento de mis propias faltas, de mi estado incompleto, de mi imperfección, es una señal de que tengo en mí este "temor" del que habla el pasaje. Esta reverencia profunda por Dios, que me lleva a querer hacer las cosas cómo él me pide, y me lo hace vivir como una meta personal, tanto que me entristece si fallo.
Lo bueno de la tristeza que proviene de Dios, además, es que, como dije cuando hablé en alguna oportunidad sobre las bienaventuranzas para los que lloran, Dios mismo nos consuela. Y el consuelo de Dios transforma. Eso es, me parece, lo que Pablo está mostrando de los corintios: "Fíjense lo que ha producido en ustedes esta tristeza que proviene de Dios: ¡qué empeño, qué afán por disculparse, qué indignación, qué temor, qué anhelo, qué preocupación, qué disposición para ver que se haga justicia! En todo han demostrado su inocencia en este asunto" (7:11). Evidentemente, estas cosas no estaban en ellos antes de que experimentaran esa tristeza.
Entonces, el arrepentimiento es la base del temor de Dios, y el temor de Dios la base del crecimiento como personas integrales. Porque el mensaje que Dios nos propone es integral: abarca todo nuestro ser, cuerpo, mente y espíritu, nos dirían los griegos clásicos. Y por eso, este crecimiento es la base de una comunidad de creyentes que crece, individual y colectivamente.
Este es el otro tema central de este capítulo, a mi entender. Es evidente que Pablo tiene un afecto especial por su comunidad. Me encanta lo que cuenta sobre Tito, toda esa situación en la que los corintios lo reciben y lo tratan con tanto amor, con tanto respeto. Me imagino a Tito reuniéndose con Pablo y diciéndole "Pablo, tenías razón, ¡la iglesia de Corinto es una comunidad admirable!". ¡Y cómo se habrá sentido Pablo! Personalmente, cuando alguien a quien invito a mi comunidad, creyente o no, me dice que se sintió cómodo, bienvenido, y que disfrutó de formar parte al menos temporalmente de esa comunidad, me pone feliz. Me siento, como se siente Pablo, orgulloso de mi comunidad.
Claro que Pablo tenía motivos para sentirse orgulloso de esa comunidad, porque él mismo había hecho un gran esfuerzo y había atravesado momentos de profunda tristeza para reprender a los corintios con respecto a las cosas que les hacían mal. Y es muy interesante, porque la comunidad de los corintios respondió a Pablo con una actitud de confianza. Entendieron que era desde el amor que él les corregía esas cosas, y eso los convirtió en una comunidad viva: que se arrepiente, que teme al Señor, y es transformada por él. Una comunidad que se arrepiente, que no se conforma, que escucha la reprensión de Dios, es una comunidad que crece, y por lo tanto, que vive.
Esto los llevó justamente a reconocer en Pablo a alguien que los amaba profundamente, y respondieron a esto demostrando ser dignos de su confianza, al mostrar ese amor y respeto hacia Tito, esa preocupación por Pablo mismo, ese interés por su bienestar, físico y espiritual. Pablo, por su parte, tenía un profundo amor por su comunidad, y por eso se entristecía por su tristeza, pero al mismo tiempo se alegraba por su renovación espiritual. Y estaba atento a sus necesidades.
Y muy importante: no se avengonzaba de esa comunidad. Por eso con total confianza envía a Tito, sabiendo que lo iban a recibir como él esperaba de ellos. Esto animó mucho a Pablo, que además pudo sentir la contención, la compañía, el afecto de los corintios.
Me encanta todo esto porque me desafía. Me desafía como persona, y como miembro de una comunidad. Me hace preguntarme: ¿aporto vida a mi comunidad? Vida en la forma de reprensión desde el amor, vida en la forma de interés por el crecimiento, las necesidades y el bienestar de los demás, vida en la forma de arrepentimiento y temor reverente hacia Dios. ¿Confío en mi comunidad? Pablo dice, "me alegro de que puedo confiar plenamente en ustedes" (7:16). ¿Puedo decir yo lo mismo? ¿Me enorgullezco de mi comunidad? Si tuviera que dar una referencia, si tuviera que emitir un juicio sobre mi comunidad, respondiendo tal vez a una pregunta de otra persona, ¿cómo sería ese juicio? ¿Qué opino de mi comunidad?
Bueno, personalmente quiero decir, y lo hago público, que considero que la comunidad a la que pertenezco, al menos hablando en términos generales, es una comunidad viva, que teme al Señor, que se arrepiente, que está atenta a cada uno de sus miembros, y una comunidad por la que, como le pasaba a Pablo con los corintios, tengo un amor profundo y una enorme confianza. Espero que esta reflexión haya sido de mucha bendición para ustedes y que puedan pensar en sus propias comunidades, y en lo que esa comunidad de pertenencia les genera. Que se puedan hacer esas preguntas y que la respuesta sea, en todos los casos edificante.
Hago una última aclaración: Pablo no tenía una comunidad de pertenencia, tenía múltiples. Ante todo, era discípulo de Cristo, y ese mismo afecto lo tenía por todas las comunidades por las que había pasado: romanos, tesalonicenses, gálatas, efesios, y demás. Eso nos dice mucho sobre qué actitud deberíamos tener hacia otras comunidades, y eso incluye otras confesiones y denominaciones. Hoy llamamos a eso "ecumenismo", y me parece que la biblia apunta hacernos reflexionar sobre eso.
Que el Dios inmenso, poderoso y eterno nos llene de temor reverente hacia él y nos conduzca al arrepentimiento, para que podamos vivir en permanente crecimiento hacia la imagen de su Hijo, y formar de esa manera comunidades vivas a las que amemos profundamente. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 7
Pablo, que venía hablando de nuestra relación con las cosas que no vienen de Dios, afirma acá lo que para mí es el centro de este capítulo. El crecimiento es, básicamente, "completar en el temor de Dios la obra de nuestra santificación" (7:1). Ante todo quiero hacer una aclaración sobre la palabra "temor". No es el temor del que estamos acostumbrados a hablar, asociado al miedo. La palabra que está traducida acá como "temor" tiene que ver con un sentido profundo de la autoridad de Dios, de su inmensidad y superioridad. Una especie de admiración que nos conduce a tener por él una intensa reverencia. Esa es la clave de nuestro crecimiento como personas, en todos los órdenes de la vida: es lo que activa y desarrolla en nosotros la obra de santificación, el proceso de ser transformados por el Señor a imagen de Cristo, el modelo definitivo de ser humano completo.
Entonces, vivir es crecer, y crecer es crecer en santidad, o sea, en similitud con Cristo. Estamos vivos en tanto estamos siendo transformados más y más a su imagen. Y esto es activado e impulsado por esa actitud de reverencia y reconocimiento de Dios. Ahora, ¿cómo funciona este crecimiento?
Pablo da una respuesta bastante extensa de esto, me parece. Crecer es un proceso tortuoso, complejo, difícil. Para poder crecer pasamos por ciertas experiencias que nos van marcando. A esto apunta la carta, me parece, cuando habla de la tristeza que proviene de Dios. Quiero vincular esto con lo que había dicho en la segunda publicación acerca de "reprender en el amor". Dios mismo nos corrige y nos reprende para que podamos comprender las cosas que hacemos equivocadamente. Y lo hace porque esa tristeza que nos genera saber que desobedecimos al que nos ama más que ninguna persona en el mundo, nos conduce al arrepentimiento.
Esto es muy importante. Hoy existe en la sociedad un consenso generalizado de que tanto la culpa como la tristeza son cosas malas en sí mismas. Me parece que esto es un error. Hay dos tipos de culpas, dos tipos de tristezas. Uno de estos tipos, en ambos casos, es patológico. No sé mucho de psicología ni quiero extenderme por ese lado, pero hablo de lo que he visto en mi vida y experimentado. Este primer tipo nos lleva a castigarnos a nosotros mismos, a reprimirnos, a achicarnos y desvalorizarnos como personas. El segundo tipo de tristeza, o de culpa, es el que nos lleva a reflexionar, a meditar sobre nuestros actos o sobre lo que pasó.
Este tipo de tristeza, dice Pablo, no sólo no es malo, sino que es muy bueno. Y lo es porque el arrepentimiento, el reconocimiento de mis propias faltas, de mi estado incompleto, de mi imperfección, es una señal de que tengo en mí este "temor" del que habla el pasaje. Esta reverencia profunda por Dios, que me lleva a querer hacer las cosas cómo él me pide, y me lo hace vivir como una meta personal, tanto que me entristece si fallo.
Lo bueno de la tristeza que proviene de Dios, además, es que, como dije cuando hablé en alguna oportunidad sobre las bienaventuranzas para los que lloran, Dios mismo nos consuela. Y el consuelo de Dios transforma. Eso es, me parece, lo que Pablo está mostrando de los corintios: "Fíjense lo que ha producido en ustedes esta tristeza que proviene de Dios: ¡qué empeño, qué afán por disculparse, qué indignación, qué temor, qué anhelo, qué preocupación, qué disposición para ver que se haga justicia! En todo han demostrado su inocencia en este asunto" (7:11). Evidentemente, estas cosas no estaban en ellos antes de que experimentaran esa tristeza.
Entonces, el arrepentimiento es la base del temor de Dios, y el temor de Dios la base del crecimiento como personas integrales. Porque el mensaje que Dios nos propone es integral: abarca todo nuestro ser, cuerpo, mente y espíritu, nos dirían los griegos clásicos. Y por eso, este crecimiento es la base de una comunidad de creyentes que crece, individual y colectivamente.
Este es el otro tema central de este capítulo, a mi entender. Es evidente que Pablo tiene un afecto especial por su comunidad. Me encanta lo que cuenta sobre Tito, toda esa situación en la que los corintios lo reciben y lo tratan con tanto amor, con tanto respeto. Me imagino a Tito reuniéndose con Pablo y diciéndole "Pablo, tenías razón, ¡la iglesia de Corinto es una comunidad admirable!". ¡Y cómo se habrá sentido Pablo! Personalmente, cuando alguien a quien invito a mi comunidad, creyente o no, me dice que se sintió cómodo, bienvenido, y que disfrutó de formar parte al menos temporalmente de esa comunidad, me pone feliz. Me siento, como se siente Pablo, orgulloso de mi comunidad.
Claro que Pablo tenía motivos para sentirse orgulloso de esa comunidad, porque él mismo había hecho un gran esfuerzo y había atravesado momentos de profunda tristeza para reprender a los corintios con respecto a las cosas que les hacían mal. Y es muy interesante, porque la comunidad de los corintios respondió a Pablo con una actitud de confianza. Entendieron que era desde el amor que él les corregía esas cosas, y eso los convirtió en una comunidad viva: que se arrepiente, que teme al Señor, y es transformada por él. Una comunidad que se arrepiente, que no se conforma, que escucha la reprensión de Dios, es una comunidad que crece, y por lo tanto, que vive.
Esto los llevó justamente a reconocer en Pablo a alguien que los amaba profundamente, y respondieron a esto demostrando ser dignos de su confianza, al mostrar ese amor y respeto hacia Tito, esa preocupación por Pablo mismo, ese interés por su bienestar, físico y espiritual. Pablo, por su parte, tenía un profundo amor por su comunidad, y por eso se entristecía por su tristeza, pero al mismo tiempo se alegraba por su renovación espiritual. Y estaba atento a sus necesidades.
Y muy importante: no se avengonzaba de esa comunidad. Por eso con total confianza envía a Tito, sabiendo que lo iban a recibir como él esperaba de ellos. Esto animó mucho a Pablo, que además pudo sentir la contención, la compañía, el afecto de los corintios.
Me encanta todo esto porque me desafía. Me desafía como persona, y como miembro de una comunidad. Me hace preguntarme: ¿aporto vida a mi comunidad? Vida en la forma de reprensión desde el amor, vida en la forma de interés por el crecimiento, las necesidades y el bienestar de los demás, vida en la forma de arrepentimiento y temor reverente hacia Dios. ¿Confío en mi comunidad? Pablo dice, "me alegro de que puedo confiar plenamente en ustedes" (7:16). ¿Puedo decir yo lo mismo? ¿Me enorgullezco de mi comunidad? Si tuviera que dar una referencia, si tuviera que emitir un juicio sobre mi comunidad, respondiendo tal vez a una pregunta de otra persona, ¿cómo sería ese juicio? ¿Qué opino de mi comunidad?
Bueno, personalmente quiero decir, y lo hago público, que considero que la comunidad a la que pertenezco, al menos hablando en términos generales, es una comunidad viva, que teme al Señor, que se arrepiente, que está atenta a cada uno de sus miembros, y una comunidad por la que, como le pasaba a Pablo con los corintios, tengo un amor profundo y una enorme confianza. Espero que esta reflexión haya sido de mucha bendición para ustedes y que puedan pensar en sus propias comunidades, y en lo que esa comunidad de pertenencia les genera. Que se puedan hacer esas preguntas y que la respuesta sea, en todos los casos edificante.
Hago una última aclaración: Pablo no tenía una comunidad de pertenencia, tenía múltiples. Ante todo, era discípulo de Cristo, y ese mismo afecto lo tenía por todas las comunidades por las que había pasado: romanos, tesalonicenses, gálatas, efesios, y demás. Eso nos dice mucho sobre qué actitud deberíamos tener hacia otras comunidades, y eso incluye otras confesiones y denominaciones. Hoy llamamos a eso "ecumenismo", y me parece que la biblia apunta hacernos reflexionar sobre eso.
Que el Dios inmenso, poderoso y eterno nos llene de temor reverente hacia él y nos conduzca al arrepentimiento, para que podamos vivir en permanente crecimiento hacia la imagen de su Hijo, y formar de esa manera comunidades vivas a las que amemos profundamente. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
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