sábado, 3 de marzo de 2012
Armadura de Dios - La espada del Espíritu
"...y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios." (Efesios 6:17)
La palabra de Dios es como una espada, es un arma en contra del pecado, de la oscuridad y del tentador. Junto con la oración, es uno de los recursos más agresivos que tenemos como servidores del Señor. Ahora bien, ¿cómo agresivo? ¿No dijimos en un momento que anunciábamos la paz?
Bien, en este punto quiero hacer un pequeño comentario. Nosotros tenemos, por así decirlo, dos instancias de existencia. Una es material, una es espiritual. No quiero meterme demasiado en este tema, pero esto es muy claro en las Escrituras. Dice por ejemplo Pablo que "nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que gobiernan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales" (Efesios 6:12). En numerosas ocasiones Pablo hace referencia a esta lucha que como cristianos sostenemos permanentemente. Éste es un punto muy importante a tener en cuenta si queremos comprender del todo la utilidad de esta armadura de la que estuvimos hablando.
En fin, vivimos en un permanente campo de batalla donde fuerzas que no vemos quieren hacernos tropezar, fallar y desviarnos de nuestro propósito. Había hablado brevemente de eso en la reflexión sobre la resistencia, sobre todo en cuanto a lo del propósito. El diablo es en definitiva quien encabeza estas fuerzas, y tiene en nosotros un espía, que es el pecado con el que de algún modo convivimos diariamente. Un agente enemigo en nuestro territorio.
Ahora bien, hasta ahora vimos cómo estar bien protegidos contra los ataques que podamos recibir. Pero estar protegidos no alcanza. Necesitamos avanzar, ganar terreno sobre aquellas regiones de nuestra vida en las que el enemigo fue ganando terreno, y para eso también tenemos un recurso en este equipo de soldado: la espada del Espíritu.
HEBREOS 4:12
La palabra de Dios tiene digamos una doble función. Por un lado es defensiva, y por otro lado ofensiva. Nos sirve para defendernos, porque conocer la palabra nos ayuda a resistir al pecado, a bloquear sus ataques, como cuando en el desierto, Jesús apeló a las Escrituras para defenderse contra las tentaciones del diablo. Por otro lado, nos sirve para atacar, porque mediante la palabra hacemos retroceder el pecado que habita en nosotros, y rompemos ataduras, tanto nuestras como de otros.
Dice el pasaje que la palabra es viva. Eso es un gran privilegio para nosotros. No tenemos un arma común, inerte, la cual depende de nuestra habilidad de esgrimirla, sino que tiene vida propia, y ella misma actúa en nosotros en nuestra defensa. Nosotros conocemos bien a esta palabra viva, porque Jesús mismo la encarnó. Basta con leer Juan 1:1-5 para saber esto. Y más adelante, Juan 1:14 dice "y el Verbo de hizo hombre y habitó entre nosotros". Tenemos una espada, entonces, que no es otra cosa que el poder del propio Jesús, una espada que brilla en medio de la oscuridad, y que trae vida y paz a aquellos que son liberados por ella.
Por otro lado, esta palabra es poderosa. Si leemos 2 Timoteo 3:16-17 encontramos que tiene poder "para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia". Tiene el poder para enseñarnos a vivir una vida distinta, menos influida por el pecado que habita en nosotros. Para reprendernos, o reprender a otros, cuando andamos por caminos equivocados. Para corregir nuestro andar cuando no nos damos cuenta de que estamos siguiendo a nuestra vieja naturaleza desobediente. Y finalmente, para capacitarnos para hacer el bien, para instruirnos en ser justos y obedientes a Dios.
Dice el pasaje de Hebreos que la palabra de Dios penetra hasta lo más profundo de nuestro ser. Es realmente muy cortante. Esto podemos sentirlo por ejemplo cuando un determinado pasaje nos habla de manera muy personal y nos sensibiliza, a veces hasta las lágrimas. La espada corta aquellas cosas en nuestra vida que están en oscuridad, y eso puede doler a veces. También juzga nuestras intenciones y nuestros pensamientos, los perfora y los deja al descubierto, y va rompiendo aquello que es producto de la influencia que recibimos, ya sea del exterior, es decir del mundo que nos rodea, o los que brotan de nuestro interior y no provienen de Dios.
Ahora bien, que esta espada sea viva no quiere decir que no tenga que blandirla de todos modos. Si tengo una espada enfundada no puedo atacar ni defenderme con ella. Y blandir la espada es en este caso no solamente leer y conocer la palabra, sino usarla, ponerla en práctica. Si yo conozco la palabra de Dios y la conservo como un lindo relato, o una verdad absoluta, pero no la aplico en mi vida, o no hago ese paso de tratar de bajarla a un nivel cotidiano, no voy a poder utilizar todo ese poder que tiene. Al leer y practicar la palabra, en cambio, estoy atacando al pecado que habita en mí, así como desafiando a las circunstancias que me rodean. Estoy enfrentando a esos enemigos espirituales que permanentemente tratan de derribarme, de mil maneras.
Por eso, la palabra de Dios tiene el poder para cambiar vidas, ¡y hasta sociedades enteras si estas se vuelven a las Escrituras! Es lo que pasó en la sociedad hebrea en la época del rey Josías, como cuenta 2 Reyes 22. Los israelitas redescubrieron el libro de la ley, y descubrieron que habían vivido en escasez y bajo circunstancias cada vez más difíciles como consecuencia de no escuchar al Señor. Josías ordenó que todo lo que decía ese libro debía ser cumplido desde entonces, y al menos por un tiempo, mientras los israelitas obedecieron, se produjo un gran cambio en esta sociedad.
Deuteronomio 30:11-14 -- Quiero decir, para ir terminando, que obedecer la palabra de Dios no está fuera de nuestro alcance. Todo lo contrario, está muy cerca. Nosotros sabemos que alguien bajó para traerla incluso más cerca de lo que la tenían los hebreos en la época en que se les dijeron estas palabras. Cristo mismo la alcanzó a nosotros, encarnándola él mismo. Depende de nosotros esgrimir esta espada o no hacerlo. El resultado puede ser totalmente transformador, en cada circunstancia, en cada momento.
·La palabra VIVA nos habla hoy, personalmente, a pesar de haber sido escrita siglos atrás.
·La palabra PODEROSA nos transforma y nos ayuda a enfrentar toda circunstancia.
·La palabra CORTANTE nos libera de nuestras ataduras, y libera a otros.
·La palabra PENETRANTE nos muestra al Señor, e introduce su esencia y su poder bien adentro de nosotros.
Hebreos 4:12 -- "La palabra de Dios es viva y poderosa, más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón."
Que el Dios que nos dejó su palabra escrita para defendernos y armarnos para el combate espiritual les de fuerzas y sabiduría para aplicar sus enseñanzas, para que puedan enfrentar siempre a los enemigos externos e internos en las regiones espirituales, y permanecer firmes, siempre avanzando en el propósito que Dios tiene para cada uno de ustedes. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
lunes, 27 de febrero de 2012
Armadura de Dios - El casco de la salvación
"Tomen el casco de la salvación..." (Efesios 6:17)
La salvación a veces parece algo difícil de entender. Es como una idea vaga que se nos escapa, un poco como pasaba con la fe. Tal vez la pregunta podría ser, ¿de qué somos salvados? La respuesta a esto es bastante directa, al menos en las Escrituras. Somos salvados del pecado y de la muerte. Ahora bien, ¿qué implica esto en la vida cotidiana? ¿De qué nos protege el casco de la salvación?
Pienso que la mente y la voluntad, es decir, los deseos de cada uno, están entre los más grandes misterios del hombre. A simple vista pareciera que son cosas parecidas, o van de la mano. Sin embargo es probable que nuestras propias vidas nos demuestren lo contrario. ¿Cuantas veces deseamos poderosamente hacer algo que sabemos que esta mal, o que va en contra de nuestra manera de pensar? Ahí, nuestra voluntad va en contra de nuestra mente.
En fin, pero creo que hay básicamente tres cosas de las que nuestra mente necesita ser protegida si queremos resistir las ofertas del tentador. Por supuesto, la tentación es una de ellas, pero hay tres cosas que están implícitas en la idea de salvación. Por un lado, las acusaciones y la culpa. No olvidemos que el mismo diablo es llamado en la palabra "el ángel acusador". Esa voz en la cabeza que pareciera gritarnos "¡culpable, culpable!" cada vez que fallamos es algo que nos daña, que no nos deja avanzar, que nos impide ver bien. Romanos 8:33 dice "¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica". Ya vimos que por nuestra fe en Cristo y nuestro arrepentimiento, Dios nos declara inocentes de todo cargo, aún si verdaderamente somos culpables. Podemos haber hecho algo mal, pero Dios no nos condena, sino todo lo contrario, nos perdona, nos limpia y nos restaura.
Otra cosa que afecta nuestra mente de vez en cuando son las dudas. Dudas no necesariamente sobre Dios mismo, o en nuestra fe, sino sobre nuestra salvación. Dudas sobre si realmente estamos salvados. Esto es algo que muchas veces está relacionado con lo anterior, con el hecho de ver cómo a pesar de haber creído en Cristo seguimos haciendo las cosas mal. Tal vez sea precisamente por esto que la Biblia insiste tanto en que la salvación se obtiene por medio de la fe y no por nuestras obras. Para que no pensemos que depende de nuestras acciones si seguimos estando salvados o no. Por supuesto, creer en Cristo implica querer hacer las cosas a su manera, y por eso es normal sentirnos mal cuando le fallamos. Pero eso no nos quita la salvación. Dice la palabra que fuimos salvados por el sacrificio de Cristo, que se ofreció "una vez y para siempre" (Hebreos 7:27).
Sin embargo, pensando en el tema de la resistencia, la cosa más importante con la que el casco tiene que protegernos es contra la mentalidad del pecado. Quiero volver sobre un concepto clave del que hablé cuando publiqué la reflexión sobre Romanos 1. Cuando hablo del pecado estoy hablando de la actitud desobediente que por naturaleza tenemos hacia Dios. Digo esto porque es una palabra que normalmente tiene a ser malinterpretada, pero este es el sentido más básico que a mi entender tiene la palabra "pecado". Dicho esto, vuelvo sobre esta idea.
ROMANOS 8:5,6; 1 CORINTIOS 2:10-16
El pasaje de Romanos habla de dos tipos de mentalidad. Una es la del pecado, que nos lleva a enfocarnos en aquello que desagrada a Dios. La otra es la del Espíritu, que nos lleva a la obediencia. Estas dos maneras de pensar son diametralmente opuestas, van en sentido contrario, y sin embargo parecieran coexistir en nuestras mentes. Sin embargo, no lo hacen pacíficamente. Nuestra mente, digamos, es un campo de batalla permanente entre estas dos fuerzas, entre estas dos mentalidades. Nosotros apoyamos a uno u otro bando cuando enfocamos nuestra mente en los deseos de una u otra mentalidad.
Por eso, ponernos el casco de la salvación quiere decir renovar nuestra mente. Romanos 12:2 dice "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente". Cuanto más nos alejamos de la manera de pensar que teníamos antes de llegar al Señor, más fácil nos va a ser vivir de la manera que él nos ofrece. Una mente renovada por el Espíritu de Dios es una mente que se enfoca cada vez más en sus deseos, y por lo tanto menos en los de nuestra naturaleza desobediente. Se trata básicamente de sacar esas cosas viejas que quedaron en el sótano de nuestras vidas, y las cuales traemos para arriba cada tanto. Cambiar nuestra manera de pensar implica también cambiar nuestros parámetros, es decir, cómo y bajo qué medidas analizamos el mundo que nos rodea. Son éstas las cosas que es más fácil que cambiemos nosotros mismos. Dejar de medir las cosas según los parámetros del "mundo actual" es una manera directa de empezar a alejarnos de nuestra antigua manera de vivir.
Es, en definitiva, dejar de fijar la mente en los deseos de nuestra naturaleza de pecado, levar anclas y navegar hacia las aguas del Espíritu. Si vienen a mi mente cosas que van contra el Espíritu de Dios, no me tengo que enfocar en ellas sino rechazarlas, y enfocar mi mente en los deseos del Espíritu.
Ahora bien, ¿cuáles son los deseos del Espíritu? El pasaje de 1 Corintios dice que el Espíritu escudriña todo, hasta las profundidades de Dios. La mentalidad del Espíritu, entonces, consiste en mirar a Dios y buscar más conocimiento sobre él, un conocimiento cada vez más profundo y personal. El pasaje dice que "tenemos la mente de Cristo" (2:16). El Espíritu de Dios, entonces, no es otra cosa que Cristo mismo habitando en nuestra vida, en nuestra mente. Conocer los deseos de Cristo nos haría saber cuáles son los deseos del Espíritu.
No quiero detenerme mucho en esto por una cuestión de espacio, pero si analizamos la vida de Cristo en la tierra, podemos ver que tanto su mensaje como sus acciones siempre tienen tres temas básicos: la verdad, el amor y la alabanza. La verdad entendida por un lado como aquello que Dios considera justo y bueno, y también como la sinceridad y honestidad. El amor hacia Dios, hacia las personas y hacia nosotros mismos, un amor verdadero y completo, que nos lleve a la acción y al servicio. La alabanza como actitud de gratitud y admiración hacia Dios, manifestada en oración, reflexión y celebración.
Llenar nuestras vidas de estas cosas, entonces, es enfocarnos en la mentalidad del Espíritu. Tenemos que revestirnos de la mente de Cristo, de su manera de pensar, para pensar en las cosas del Espíritu. A veces va a ser más fácil, otras más difícil, pero de eso se trata ponernos el casco de la salvación. Y no olvidemos lo que decía el pasaje de Romanos 8:6, "la mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz". La muerte es un estado. Si nuestra mente está anclada en el pecado, en nuestra vieja naturaleza, vamos a vivir de una manera pobre y vacía, pero si nos enfocamos en el Espíritu vamos a poder experimentar la alegría y la paz de la vida plena que nos ofrece Cristo.
1 Corintios 2:16 - "Nosotros por nuestra parte tenemos la mente de Cristo."
Que Dios, que entregó a su hijo Jesús por nuestra salvación una vez y para siempre, renueve sus mentes cada vez más, para que puedan disfrutar de la vida que proviene de la mentalidad del Espíritu. ¡AMÉN!
viernes, 24 de febrero de 2012
Armadura de Dios - El escudo de la fe
"Además de todo esto, tomen el escudo de la fe, con el cual pueden apagar todas las flechas encendidas del maligno" (Efesios 6:16)
En muchas ocasiones, la fe puede ser nuestra única protección posible. No tenemos que olvidar que en nuestra vida espiritual estamos cotidianamente peleando con cosas que no vemos. Y para defendernos de algo que no vemos, tenemos que aferrarnos a lo que nos une con lo espiritual: la fe.
Ahora bien, la fe es algo que a veces suena muy abstracto y con un significado difícil de precisar. En términos generales, podemos decir que tener fe en algo es tener confianza en eso, pero en la práctica es mucho más. Es apoyarnos en eso. Es confiar en eso y dejarnos influir por eso. Somos llenos de aquello en lo que tenemos fe.
HEBREOS 11:1-29
Este pasaje bastante largo me parece uno de los pasajes más reveladores de toda la Escritura. La fe es algo central para cualquiera que quiera seguir a Dios, y me parece que estas palabras están llenas de pistas sobre de qué se trata la fe. Dicho de manera resumida, creo que la fe es nuestra verdadera vista. La palabra dice que lo que se ve fue hecho a partir de lo que no se ve. Eso quiere decir que, en orden de importancia, lo que no se ve va primero. Lo que se ve es solamente un reflejo de lo que no se ve. Dios es invisible, y nosotros, aún hechos a su imagen, somos visibles. Interactuamos con aquello que está creado en el mismo orden que nosotros, en el de lo visible, a través de los ojos.
Entonces, la fe es el ojo para interactuar con aquello que no vemos. Es muy interesante la definición con la que comienza este pasaje. Dice que "La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve" (11:1). Otra versión dice "la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve". Tener fe es entonces dar por hecho aquello que todavía no veo, es decir, lo que viene, lo que espero. Tener una confianza tal en que las cosas van a pasar de esa manera que ni siquiera lo dudo. Por supuesto, esto es difícil y hasta diría que no depende de nosotros. Aunque para lograr esa confianza tenemos que despojarnos de los presupuestos de lo visible y eso sí depende en gran medida de nosotros. Pero se trata de tener por seguro, justamente, dar por garantizado, aquello que esperamos.
Por otra parte, tener fe es dar por cierto aquello que no vemos pero que dentro nuestro sabemos. Es casi como saberlo "a ciencia cierta". Estar convencido de que aunque no lo vea, es cierto. Existe esta expresión que dice "tener una fe ciega". Bueno, justamente la fe es lo que nos da vista. Cuanto más ciegos somos a lo visible, más perceptivos somos a lo invisible. Por eso, el gran entrenamiento de la fe parecería ser dejarnos llevar cada vez menos por aquello que vemos, y guiarnos por lo que no vemos.
Esto, por supuesto, también es difícil. Lo que no vemos se nos escurre con más facilidad. Ahí es donde de alguna manera interviene nuestra acción directa. La fe tiene una parte consciente y otra no tan consciente. La parte consciente es aquella que, cuando viene un momento difícil o cuando no vemos las cosas con claridad, nos hace decir "No importa, sé que esto es de tal manera, aunque ahora no lo vea". La parte inconsciente es la que vamos trabajando cuando practicamos la consciente, y es la que nos hace estar cada vez más atentos a lo que no vemos.
Por ejemplo, en las relaciones entre personas, lo visible es lo que se dice y lo que se hace. Pero detrás de eso hay cosas invisibles para nosotros. El pasado de una persona, inmediato o lejano, es invisible para nosotros. Sus sentimientos son invisibles. Sus pensamientos y creencias son invisibles. Su estado de ánimo, aunque se refleja, es invisible. Su espíritu es invisible, sus motivaciones, su esencia. Todas estas son cosas que se nos escapan. Pero a medida que practicamos la parte consciente de nuestra fe, se nos escapan menos. Nos vamos volviendo capaces de ver un poco más a través de lo visible en la persona, y vamos sin darnos cuenta prestando más atención a esas cosas que no vemos.
Lo mismo pasa al comprender nuestra realidad, y el mundo que nos rodea. Si filtramos todo a través de la fe, vamos entendiendo las cosas de una manera distinta y más completa. La fe es la herramienta para abrir nuestra mente a la verdad.
Es por eso que es nuestra fe la que va a protegernos como un escudo. Si nos anclamos en lo invisible a través de la fe, nos aferramos al único que puede defendernos de aquello a lo que nos enfrentamos. Y haciendo esto no solamente estamos poniendo nuestra esperanza, nuestra garantía, nuestro apoyo en él, y en su palabra, y en todo lo que conocemos de él, sino además estamos alejándonos de lo visible. Si hay un camino rápido, es el que vemos. Si hay un camino fácil, es el que vemos. Pero el que no vemos es el mejor camino, sea rápido o lento, sea fácil o difícil. Por regla general, pareciera que lo fácil y rápido siempre son la peor opción.
Por eso, es nuestra fe la que nos va a servir de protección contra las situaciones difíciles que vivamos, anclando nuestra mirada en lo invisible, que está detrás, pasando esa situación. Nos va a hacer ver a través de ella. Y va a ser la fe la que nos va a proteger de las tentaciones, de esas ofertas del diablo de las que hablaba en la introducción sobre la resistencia. La fe es lo único que puede salvarnos, siempre.
Dice Romanos 8:24 que "la esperanza que se ve, ya no es esperanza. ¿Quién espera lo que ya tiene?". Por eso, en la esperanza, que no es otra cosa que la capacidad de esperar con confianza, mostramos la constancia de nuestra fe en Dios. A veces tal vez sea por eso que Dios permite que atravesemos momentos de gran dificultad. Para que nosotros mismos podamos salir fortalecidos en nuestra fe a través de la esperanza. No tenemos que olvidar que Dios planeó todo para que nuestra vida sea óptima, como dice la palabra: "sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman" (Romanos 8:28).
Bueno, espero que haya sido de gran bendición para ustedes esta reflexión. Mi recomendación es que ahora lean otra vez el pasaje de Hebreos, y tal vez encuentren todavía más profundidad en él que la primera vez. Está lleno de ejemplos que me hacen pensar en todas estas cuestiones sobre lo visible y lo invisible, y me tomaría otras tres publicaciones como mínimo explorarlas todas. Tal vez algún día lo haga. Lo importante es que ustedes puedan hacerlo por ustedes mismos según la palabra. Y confiemos, porque la fe es la llave de la victoria en toda nuestra vida.
Hebreos 11:1 - "La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve"
Que el Dios invisible, creador de todas las cosas, los ayude a vivir cada vez más por fe, con total garantía en la esperanza, y total certeza en lo que no se ve, para que puedan resistir en todo momento y en toda situación. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 21 de febrero de 2012
Armadura de Dios - El calzado del evangelio
"... y calzados con la disposición de proclamar el evangelio de la paz" (Efesios 6:15).
Pienso que estamos acostumbrados a escuchar y leer que nuestra misión es anunciar las buenas noticias de Jesús. Ahora, llegado a este punto me pregunto, ¿cuáles son esas buenas noticias?
El versículo de Efesios nos da un indicio inicial. "Proclamar el evangelio de la paz", dice la palabra. Paz entre Dios y los hombres, en definitiva, pero también, y como consecuencia de ella, paz entre los hombres. Esto es a mi entender lo que Pablo llama "ministerio de la reconciliación". Después voy a volver sobre eso.
COLOSENSES 1:21-23
Este pasaje siempre me resulto muy revelador. Dice la palabra que cuando estábamos alejados de Dios éramos sus enemigos, a causa de nuestro pecado, es decir, de nuestra desobediencia. Nosotros queríamos exactamente lo contrario a aquello que Dios quería, y eso nos hacía estar enemistados con él.
Es precisamente esa enemistad la que Jesús vino a romper. Al morir por cada una de nuestras ofensas contra Dios, él pagó por ellas, haciendo que nada más se interponga entre Dios y nosotros. Por eso, al confiar en Jesús, en su obra, tenemos paz con Dios. Estamos aceptando que era necesario que alguien pagara por eso, y que Jesús lo hizo. Por lo tanto, estamos tomando el perdón de Dios por medio de la obra de Cristo y recibiendo su declaración de paz.
Esa es, entonces, la buena noticia: que mediante la muerte de Cristo, Dios sacó la enemistad del medio. Antes éramos sus enemigos por nuestra actitud desobediente y malas acciones, pero recibir y creer el evangelio trae un progresivo cambio de actitud y conducta.
2 CORINTIOS 5:17-21
Esta es la buena noticia. Que tenemos una segunda oportunidad de ser amigos de Dios, y ser restaurados. Ser enemigos de Dios va arruinando lentamente nuestras vidas, mientras el pecado va ganando más y más poder sobre nosotros. Pero un solo paso de fe rompe esa cadena y empieza un nuevo proceso, uno de liberación y restauración. Solamente un paso: confiar en Cristo, en su obra. En que Dios lo trató como debería haberme tratado a mí, con tal de que yo pueda ser justificado y liberado de la opresión. "No tomándoles en cuenta sus pecados", dice el texto. Se olvida de ellos. Los deja atrás.
A eso se refiere Pablo con el "ministerio de la reconciliación". Se nos encargó que le avisemos al mundo que Dios quiere hacer las paces. No quiere que el hombre siga luchando contra él, y contra los demás hombres. Quiere la paz, de una vez y para siempre. Nuestra tarea, si queremos ponernos el calzado del evangelio de la paz, es amigar al mundo con Dios. Como dice el pasaje, "somos embajadores de Cristo" (5:20). Nuestra oferta es la paz con Dios a cambio de un arrepentimiento genuino. Es la oferta de Cristo.
Colosenses 4:5,6 - Tenemos que estar siempre preparados para anunciar esta buena noticia de la paz, atentos a las oportunidades que tengamos. Encarnar el mensaje, comportarnos sabiamente, dice el texto. Nuestra vida entera tiene que estar enfocada en este objetivo. En anunciar la paz de Dios al mundo.
En definitiva, si enfocamos correctamente el mensaje, la gente va a recibirnos con brazos abiertos. Dice Isaías 52:7, "¡Qué hermosos son, sobre los montes, los pies del que trae buenas nuevas; del que proclama la paz, del que anuncia buenas noticias, del que proclama la salvación, del que dice a Sion: 'Tu Dios reina'!"
En fin, nuestra misión es reconciliar al mundo con Dios. Para esto, tenemos que anunciar esta buena noticia de la paz y la redención, la chance de empezar de nuevo. Pero es necesario encarnar este mensaje. Si proclamamos la paz, tiene que ser en paz. Si anunciamos el amor, tiene que ser con amor. Si ofrecemos la chance de empezar de nuevo, tenemos que saber perdonar y dar nuevas oportunidades. Dios lo hizo conmigo, y si quiero ser justo y sincero, tengo que hacerlo con los demás.
2 Corintios 5:20 - "Somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: 'En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios'."
Que el Dios de paz los vista con el calzado del evangelio, para que puedan anunciar con eficacia y con alegría el mensaje de la reconciliación, llevando al mundo a la paz de Dios. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 14 de febrero de 2012
Armadura de Dios - La coraza de justicia
"... protegidos por la coraza de justicia..." (Efesios 6:14)
Cuando pienso en esta frase, lo primero que me pregunto es, ¿qué es la justicia? Pienso que esta palabra tiene distintos significados según el contexto. La justicia es, digamos, lo que está bien. También puede ser la retribución equitativa, incluyendo un mal y su castigo. La justicia puede ser la declaración verdadera de la condición de alguien, o un juicio de valor acertado sobre una persona, por ejemplo, diciendo si es inocente, si es culpable, declarando que es honrado, que es mentiroso, y cosas por el estilo.
En cualquier caso, la justicia, en su máximo exponente, es la opinión que Dios tiene sobre algo o alguien. Dios es justo, y es el que justifica, es decir, el que imparte la verdadera justicia. Si es lo que está bien, Dios es el que lo determina. Si es una retribución, Dios es el que la hace de manera absolutamente acertada. Si es una declaración, Dios es el único dueño de la verdad. Si es un juicio de valor, Dios es el único juez absolutamente infalible.
La palabra de Dios dice que nos mantengamos protegidos por la coraza de justicia. Es interesante que nos llame a mantenernos protegidos. Pienso que podemos llegar a pensar que es algo que Dios tiene que hacer, vestirnos de justicia. Sin embargo, no llama a nosotros a mantenernos. Creo que somos nosotros los que tenemos que decidir si vamos a quedarnos bajo la protección de la justicia de Dios, o sacarnos la coraza y quedar expuestos con nuestra propia justicia.
Eso puede ser un gran error. Romanos 3:10 dice que "no hay un solo justo, ni siquiera uno". Eso quiere decir que si me saco la coraza de la justicia de Dios, quedo totalmente expuesto a la injusticia, de los demás pero sobre todo a la mía. A veces tenemos la tendencia de usar nuestro propio juicio para discernir las cosas, y diría que "a veces" en este caso es solamente una forma de decir. Pero la verdadera justicia viene de Dios.
También corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por la sensación de culpa frente a las cosas que hacemos mal, o incluso cosas en las que no tenemos ninguna responsabilidad pero por algún motivo nos sentimos culpables.
FILIPENSES 3:7-11
Ahora bien, ¿cómo nos mantenemos protegidos por la coraza de la justicia de Dios? Pienso que este pasaje nos da una clave bastante fundamental. "Todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo". Todo lo que pensaba que me convertía en alguien importante, en alguien bueno, en alguien sabio, en alguien respetable, es basura. Lo que me importa es la aprobación de Dios. Pienso que esa es la idea general de este pasaje. Es algo muy difícil incluso de empezar a hacer, pero pienso que de eso se trata. No quiero mi propia justicia, dice Pablo, sino la de Dios, que viene por la fe. No por la confianza en mí mismo, y en mi capacidad para el bien, sino por la confianza en el Dios que puede restaurarme, levantarme cuando caigo, perdonarme cuando fallo y justificarme, declararme justo. Porque como vimos en las reflexiones sobre Romanos, eso es lo que pasa cuando creemos. Dios, a pesar de nuestras equivocaciones, más o menos graves, nos declara inocentes por medio de nuestra fe. Y esa justicia es la que nos protege, la que nos defiende, impide que la injusticia de afuera o incluso la de adentro nos dañe. Impide incluso que nuestra propia injusticia dañe a otros.
Por supuesto, esto no es un absoluto ni una constante. Seguimos siendo falibles, no importa cuánto tratemos de confiar en Dios. Pero la justicia es también una conducta, y su base está en la actitud de la fe en Dios. Es algo que el mundo no puede darnos, porque a rasgos generales, nos enseña a ser injustos: pensar en nosotros mismos, vivir la vida como se nos ocurra, hacer lo que nos parezca.
Pero la justicia está directamente relacionada con la obediencia. La coraza de la justicia de Dios protege nuestro corazón para Cristo, y requiere de nosotros una obediencia agradable a Dios. Una obediencia que no mira el temor, ni la culpa, sino el amor, hacia Dios y hacia los demás. El amor a Dios nos lleva al deseo de obediencia, y esa es la justicia que Dios espera de nosotros. Juan 14:23 dice "El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él.". De eso de trata la justicia: del Espíritu de Cristo, es decir, Dios mismo, viviendo en nosotros. Y nosotros, de esa manera, vivimos por y para él.
Para cerrar esta reflexión, quiero hacer un último comentario. No dejemos que nadie nos engañe: no importa lo que hagamos, o dejemos de hacer. Somos justos, porque Dios nos declara justos por medio de nuestra fe en Cristo. No cabe ninguna condena para nosotros mientras caminemos en el arrepentimiento, la humildad, y el amor. Esto no viene de nosotros, sino de Dios, como regalo. Sin embargo, ya que somos libres, usemos esta libertad para obedecer a Dios de corazón, y vivir la vida que él nos propone, una vida absolutamente plena.
Filipenses 3:9 - "No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe."
Que Dios, de quien procede la verdadera justicia, los llene de firmeza para mantenerse protegidos por la coraza de su justicia, que recibimos por medio de la fe en Cristo. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 9 de febrero de 2012
Armadura de Dios - El cinturón de la verdad
En la publicación anterior había planteado la importancia de llenar nuestras mentes de Jesús. Cuando hacía esta reflexión por primera vez, me pareció que una buena manera de ayudar a que esto pase es memorizar ciertos versículos que consideremos centrales sobre algún tema en particular. Así que en esta serie, en cada publicación, voy a dejar como cierre un versículo que me haya parecido centro de la reflexión. Y la idea es además que, paso a paso, vayamos analizando y memorizando el pasaje sobre la armadura de Dios, y que cada día, al despertar, podamos recordárnoslo a nosotros mismos para empezar el día, digamos, vestidos de Cristo.
Bueno, escribo acá el pasaje entero: "Manténganse firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, protegidos por la coraza de justicia, y calzados con la disposición de proclamar el evangelio de la paz. Además de todo esto, tomen el escudo de la fe, con el cual pueden apagar todas las flechas encendidas del maligno. Tomen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios." (Efesios 6:14-17)
"Mantenganse firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad..." (Efesios 6:14)
Esta es la primera frase del pasaje de la armadura de Dios. Ahora bien, ¿qué es el cinturón de la verdad? La verdad, hasta donde sabemos, es la enseñanza de Cristo. La palabra nos anima a armarnos con esta enseñanza, pero no solamente armarnos, dice "ceñirnos", ajustarnos la enseñanza de Cristo a nuestro ser. Mirar siempre, permanentemente, a Jesús, pegarnos a él.
JUAN 8:31,32
Una pregunta que me hice al reflexionar sobre esto fue, ¿cómo hago para ceñirme a Jesús? Este pasaje me dio una respuesta absolutamente directa. Dice el versículo 31, "si permanecen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos". Conocer las enseñanzas de Jesús requiere leer la palabra, informarnos, saber qué dijo, pero no es suficiente con leerlo, ni siquiera con entenderlo. Es necesario aplicarlo y mantenerse en ese camino. Permanecer fieles a eso que aprendimos. La manera de ser discípulo de Jesús es seguir sus enseñanzas. Esto implica perseverar, no dejarnos arrastrar por la tentación, de lo que sea, es decir ignorar las ofertas del tentador
Por supuesto, esto está entre esas cosas que es más fácil decir que hacer. Pero el incentivo es muy grande. El versículo 32 continúa la frase: "...y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres". Hay ciertas cosas en las que caemos con frecuencia, volviendo una y otra vez al mismo punto, cometiendo el mismo error. Cada vez que me pasa esto, siento que estoy atado, encadenado por estas cosas. Siento como si fuera un ser capaz de volar, pero con el cuerpo envuelto en ataduras. La palabra dice que si seguimos con constancia las enseñanzas de Jesús, sólo así vamos a conocer la verdad, es decir, la vamos a conocer en profundidad, y es este conocimiento profundo el único que nos puede hacer libres. Libres de esta sensación, libres para volar a pesar de nuestras ataduras, libres para llevar adelante los propósitos de nuestras vidas a pesar de los obstáculos.
Libres, en definitiva, del pecado. Romanos 8:2 dice "la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte" como consecuencia de estar unido a Cristo. Podríamos decir, como consecuencia de estar ceñido a Cristo, a su enseñanza, a la verdad.
En definitiva, el diablo es el padre de la mentira, por lo tanto la verdad es lo opuesto a él, a su naturaleza. La verdad es el medio para contrarrestar sus mentiras y por lo tanto su poder. Por eso es importante también hablar la verdad. Proclamar las buenas noticias y transmitir las enseñanzas de Jesús son la mejor manera de ayudar y proteger a otros del tentador. Donde hay verdad no puede entrar el poder del diablo.
Y esto incluye ser una persona verdadera. Por eso hay que ajustarse a la verdad, ceñirse con ella. Tenemos que ser verdaderos en todo. Si hablamos mentira, damos paso al tentador. Lo mismo si ocultamos algo por temor a que se sepa. Lo que oculto es parte de la mentira. La verdad es la luz, y todo lo que es verdadero puede salir a la luz. Lo que no puede saberse, es parte de la mentira.
En fin, tenemos que estar siempre preparados para ser verdaderos, sinceros. Tenemos a nuestro favor que la parte más importante de la verdad nos fue revelada en Jesús y sus enseñanzas. Si miramos a él y nos enfocamos en él permanentemente, vamos a estar ceñidos a la verdad. Esto no es fácil ni se logra de un día a la mañana, es algo de todos los días. Pero el incentivo es muy grande: nos espera la libertad, la verdadera libertad.
Juan 8:32 - "Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres."
Que el Dios de la verdad los llene de luz en su interior, para que puedan vivir y caminar ceñidos con el cinturón de la verdad. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
miércoles, 23 de noviembre de 2011
De cómo llegué a conocer a Jesús
LA EXPERIENCIA más religiosa que tuve en mi infancia fue que mi primo me presentara a una señora de mucha fe que me marcó mi manera de pensar en la religión. A partir de ahí sentía la necesidad, o al menos creía que era lo correcto, de informarme más. Pero sentía que no era para mí eso. Mi primo me llevó algunas veces a misa pero me sentía incómodo, sapo de otro pozo. No conocía las canciones, los rezos, las fórmulas. Definitivamente, no era para mí. Por otro lado no podía evitar pensar que existía un ser superior, tenía que existir. De algún modo sentía que eso era así. Tenía muchísimo sentido en mi cabeza. Las cosas capaz me cerraban sin él, pero me parecía obvio que él existía. Ahora, todo el rollo religioso me parecía innecesario. Creía que todas las religiones tenían un poquito de verdad y que entre todas llegaban a reunir un poco de toda la verdad.
EN CUANTO A MÍ, yo era una persona muy sensible, bastante despistada, desorganizada, muy dependiente de la aceptación de los demás, inseguro de mí mismo, indeciso, temeroso, orgulloso y discutidor; también era dulce, amable en general, más o menos sincero, divertido, curioso, siempre me gustó saber, expresivo, cariñoso y jovial. No me quería mucho a mí mismo, pero trataba de convivir armónicamente conmigo mismo, a pesar de las muchas máscaras que fui usando en mi vida para tratar de tener la aprobación de los demás.
UNA COSA que sin duda me caracterizaba era la soledad. Muchísimas veces en mi vida me sentí solo. Trataba de hacerme el copado para rodearme de gente y no sentirme así. Pero no me servía. Busqué por todos lados enamorarme, pero el problema era que cuando una chica me daba un poco de bola ya me obsesionaba con ella. Así perdí numerosas amistades con chicas. Necesitaba tener novia para dejar de sentirme solo, o eso pensaba.
EL PROBLEMA es que cuando tuve una novia en serio, no se acabó mi sentimiento de soledad. La relación fue linda, pero sentía que ahora que tenía novia seguía sin estar contento conmigo mismo. En el fondo me seguía sintiendo solo y tratando de rodearme de gente, especialmente chicas. Pero a mi novia eso le dolía y le molestaba muchísimo, y con razón.
PARA ESE ENTONCES, mi primo me había invitado a participar de un encuentro de jóvenes que lo organizaba un grupo de una iglesia que no era católica, y que para mí, por ser rara, me sonaba atractiva, y lo había pasado muy bien ahí. No era una actividad estrictamente religiosa, aunque algo de eso tenía, y entonces me enganché con el grupo de jóvenes. Me hice grandes amigos ahí, de hecho ahí conocí a mi novia. Me gustaba que enfocaran la religión desde otro lado, más concreto, más personal y aplicable.
UN DÍA nos habíamos ido de campamento y me acuerdo que en el fogón nos hablaron brevemente del universo, de la creación enorme de Dios. Yo de alguna manera creía esa parte, aunque de modo simbólico. Nos hicieron mirar las estrellas y pensar en que Dios nos había dado un lugar a nosotros, seres pequeños e insignificantes, dentro de una creación tan inmensa y sublime, demostrando lo importantes que éramos para él. Y yo pensé... ¿y nosotros qué hacemos? Pelota lo hacemos. Lo destrozamos. ¡Qué gente desagradecida! Me sentí mal. Me acuerdo que lloré, lo cual no es raro en mí.
PERO EL DOMINGO pasó algo inexplicable. A la mañana nos hicieron desayunar solos, bajo la consigna de tener un momento de intimidad con Dios. Un tiempo de reflexión como todos los sábados, pensé yo. Pobre de mí, no sabía lo que me esperaba. Nos dieron una hojita con un salmo, el 139, que hablaba de que Dios nos formó y nos modeló a cada uno, y que por lo tanto nos conoce perfectamente, y con unas preguntas de reflexión personal. Cuando terminé la reflexión no pude evitar recordar esa sensación de profunda ingratitud hacia un Dios que evidentemente nos quería muchísimo! Pensé en la injusticia social, las guerras, el medio ambiente y me puse a llorar desconsoladamente, muy angustiado. Así, de la nada, por primera vez, le hablé a Dios. Le dije algo así como: ¡Mirá Dios, mirá lo que hicimos! ¡Mirá cómo somos desagradecidos nosotros, los seres humanos! Rompimos todo lo que creaste, el amor, la paz, el planeta. ¡Somos horribles! No quiero formar parte de una humanidad desagradecida. ¡Perdoname, cambiame, por favor!
ME ACUERDO que me sentí, como de costumbre, horriblemente solo. Pero esto fue lo más extraño: esa soledad duró un instante muy breve. Enseguida, después de haber hablado con Dios, sentí una calma adentro mío que no podía entender. Alguien había venido a abrazarme... ¡pero alguien al que yo no podía ver! Me sentía de repente feliz, lleno. Fue como despertar de un sueño.
A PARTIR DE AHÍ las cosas cambiaron muchísimo. Nunca más me volví a experimentar soledad. Había encontrado la compañía que había buscado tanto tiempo. Mi mente sólo podía pensar una cosa sobre ese amigo invisible que me había abrazado en el campamento: ¡este no puede ser otro que Jesús! ¿Entonces qué hago? Me acuerdo que la semana siguiente era Semana Santa, que para mí siempre había sido un feriado largo, pero después de lo que había vivido el domingo quería darle más contenido. Un amigo me recomendó leer el evangelio de Juan. Leí sólo la parte de la muerte y resurrección, pero fue suficiente. Antes lo de la resurrección me parecía tan sólo un cuento lindo. Pero ahora cobraba sentido en mi cabeza. Yo había sentido a Jesús. Él había estado ahí, y yo lo sabía muy bien. Sólo tenía dos opciones: hago de cuenta que no viví nada, como un obstinado, o acepto que esto que estoy leyendo es verdad.
AFORTUNADAMENTE lo acepté. Empezó una etapa absolutamente nueva de mi vida. Dejé de buscar, porque había encontrado. Empecé a conocer a Jesús, poco a poco, y verdaderamente me enamoré de él. No podía creer que estuviera cambiando tantas cosas de las que no me gustaban de mí mismo a un ritmo tan rápido. ¡Estaba haciendo eso que le había pedido, cambiarme! Fui perdiendo casi todo mi orgullo, casi toda mi inseguridad, un poco de mi indecisión y temerosidad, perdí también mi tendencia a discutir y pelear. Y todas las cosas que me gustaban de mí cobraron nuevo brillo. Jesús las estaba lustrando, parecía.
HOY EN DÍA me quedan muchas cosas para que sigamos trabajando, o para que él siga trabajando, porque me parece que yo mucho no cambié de mí mismo, la mayor parte del trabajo sólo la podía hacer él. Pero estoy feliz de habérmelo encontrado en el camino de mi vida porque me hizo ver que no se trataba de una religión, sino de una persona. De una persona que en serio vivió, murió para pagar mi ingratitud, y volvió a la vida para venir a buscarme.
miércoles, 28 de septiembre de 2011
La resistencia
viernes, 22 de julio de 2011
Romanos: el plan de salvación
Textos: Romanos 1:1-6, 8:28-29, 11:32-36, 16:25-27.
Hola a todos. Después de tanto tiempo de reflexión y lectura de la carta a los romanos, llegamos al fin de esta serie. Sin duda, a medida que fui publicando las distintas reflexiones fui creciendo muchísimo, y paralelamente pasé por un proceso de aprendizaje y de comprensión que amplió muchísimo mi perspectiva de Dios y de su plan. Tal vez hayan notado que algunas publicaciones quedaron más completas o más profundas que otras, y eso se debe mayormente a todo lo que fui viviendo desde que empecé hasta ahora. Mi propia comprensión de la carta a los romanos fue cambiando con el tiempo, pensando en que además la leí más de una vez después de la primera, con la que empecé.
En fin, voy a terminar esta serie con el que a mi entender es el tema más importante de toda la carta. En mis anotaciones sobre la última vez que leí Romanos, hay una palabra que, sin que me lo propusiera, aparece al menos diez veces: fe. Evidentemente, alguna importancia debe tener en la carta. Leyendo las recapitulaciones de cada tramo de reflexiones descubrí que a lo largo de mis publicaciones, la fe también fue una constante. Bueno, les dejo los links a esas recapitulaciones por si quieren refrescar la memoria, y después empiezo con esta reflexión final.
Romanos 1 al 8 – La fe, la gracia y el amor
Romanos 9 al 11 – El pueblo de Dios
Romanos 12 al 16 – Una vida de amor
Los tres pasajes que elegí para esta reflexión, tomados de cada una de los tres tramos en los que dividí esta serie, tienen precisamente como nudo articulador la fe. Éste es tal vez uno de los aspectos más difíciles de comprender de toda
Romanos 10:17 dice que “la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo”. Ahora bien, muchos han oído el mensaje y no por eso lo creyeron, entonces, ¿eso es siempre así? Evidentemente no. Se puede oír y no creer. A lo largo de la carta uno podría pensar que la cosa está en uno, en su actitud hacia la fe, hacia el evangelio, y hacia Jesús. Como dije en una de las reflexiones sobre el primer capítulo de romanos, la gente elige no creer. Hasta cierto punto, esto es bastante verificable, porque muchos no pueden creer porque no quieren creer, se lo niegan a ellos mismos a toda costa. Pura obstinación, digamos. Pero por otro lado, ¿quién puede elegir qué creer? ¿Realmente se tiene un motivo para creer? ¿O será que uno vive una determinada experiencia que le muestra que todo eso es real, y recién entonces cree? En ese caso, los que no vivieron una experiencia así, no podrían creer, por más que quisieran. En algún momento dije que cada uno puede elegir abrir los ojos o dejarlos cerrados. Hoy no estoy para nada seguro de que eso sea así. Además, de ese modo habría cierto mérito en creer. Fui inteligente y abrí los ojos, diríamos. Sin embargo, nadie puede ver a Dios por sus propios medios, ni salvarse a sí mismo.
Bueno, avancemos un poco más. Romanos 1 decía que “recibimos el don apostólico para persuadir a todas las naciones que obedezcan a la fe” (1:5). Más adelante dice que la salvación “es por fe de principio a fin” (1:17). Ahora, ¿qué sería la fe? ¿Fe en qué? Bueno, la fe es creer y confiar. Hebreos dice que “la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). Entonces, nuestra fe es básicamente en Cristo. Es tener la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios, que murió por nosotros y, sobre todo, de que resucitó, es decir, saber que está vivo a pesar de que no pueda verlo. Por otro lado, es la garantía de lo que esperamos, que un día seamos liberados para siempre de las aflicciones y problemas de esta vida, y del pecado que todavía intenta dominarnos. Una esperanza que no defrauda, como dice el capítulo 5, porque también creemos en las promesas de Dios.
Pensando en todo esto, la fe es algo difícil de tener. Es muy difícil creer que alguien resucitó de entre los muertos. Suena demasiado anormal, y lo mismo el hecho de que Dios mismo venga a morir por una humanidad que estaba y está hundida en la maldad. No es un evangelio fácil de creer. Por eso es necesario mucho más que solamente oír la palabra de Cristo. Necesitamos experimentar a Cristo, su presencia, su vida. Y no es un asunto menor, porque de esta fe depende nuestra vida. Como ya fuimos viendo a lo largo de la carta, sin Dios estamos muertos a pesar de que vivamos físicamente. Cuando el cuerpo ya no esté, sólo nos quedaría la muerte. Pero como Pablo afirma que “estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios” (1:28). Alguien me dijo una vez muy sabiamente, aunque hablando de cualquier otra cosa, que “el problema acá es que nadie se siente culpable de nada”. Sí, ese es el problema.
Para eso vino la ley de Dios. Cuando Dios ya había hecho un pacto con Abraham, por medio de su promesa de bendecir por medio de él a todas las naciones de la tierra, dictó la ley escrita a Moisés. Esta ley nunca tuvo el propósito de corregir o de algún modo salvar a la humanidad de la condenación, sino todo lo contrario: mostrarle al hombre que era desobediente, y por lo tanto hacerlo conciente de su necesidad de volverse a Dios. Mostrar el pecado y mostrar su poder y profundidad. Lo que pasa es que justamente uno de los peores problemas del hombre es su orgullo, y éste le impide reconocer su condición de culpable. Por otro lado, la comprende, y esto generalmente hace que las personas vivan con culpa pero sin querer aceptarla o reconocerla. Y uno puede decir, bueno, pero Dios me generó esa sensación de culpabilidad. Sí, pero también nos dio una solución. Y no una solución inalcanzable, sino una muy fácil de conseguir. De hecho, Dios desearía que todos creyeran y fueran liberados de esa sensación de culpabilidad. Pero para eso, el hombre tiene que inclinarse ante Dios, renunciar a su orgullo y comprender que no hay posibilidades para el que no da el brazo a torcer. Siempre ese es el primer paso. Reconocer que no puedo por mí mismo, necesito a Dios.
Por eso dice uno de los pasajes que elegí para esta reflexión que Dios encerró todo bajo pecado, para tener misericordia de todos. Nos dejó desobedecer, para que al darnos cuenta de nuestro error nos volviéramos a él y pudiera él tener compasión por nosotros. Esto pienso que es bastante difícil de comprender o de aceptar, pero es importante recordar algo central de esta carta: la salvación es siempre por la fe en Cristo. No hay absolutamente nada que podamos hacer para agradarle a Dios sin fe. No importa que tan buena sea una obra, sin fe no le agrada a Dios. Por eso Dios reveló el gran misterio, su Hijo Jesús, Dios hecho hombre, y lo entregó por nosotros. Selló así su plan de salvación, diciendo, siempre la salvación de mi pueblo fue por medio de la fe, pero ahora ven lo que les había anunciado, el núcleo de esa fe, tanto para los que vivieron antes que él y solamente lo esperaban pacientemente, como para los que vendrán después y lo verán ya resucitado. Y este verlo, es posible. Pero es necesario comprender que verlo no quiere decir ver su imagen ante nosotros. Verlo es mucho más amplio. ¿Es sentirlo? No solamente. Es verlo pero no con el sentido de la vista, sino con un sentido mucho menos tangible: el espíritu.
Pero entender esto requiere por parte nuestra un cambio de mentalidad. Una renovación de nuestra mente, como vimos en el último tramo de la serie. 1 Corintios 2:16 dice que aquellos que recibimos a Cristo “tenemos la mente de Cristo”. Solamente así podemos discernir estas cosas espirituales. Esa mente de Cristo es el Espíritu Santo, que recibimos al unirnos a Jesús por medio de la fe. El que no tiene el Espíritu de Dios, no puede empezar a comprender a Dios. Por supuesto, nunca terminamos de comprenderlo. Tal vez después de nuestra vida física. Pero sí que empezamos, y podemos llegar a conocerlo muy bien dentro de los límites que nos impone nuestra condición humana. Y si lo comprendemos, nuestra vida entera se transforma, haciéndonos cada vez más parecidos a Jesús.
Y una de las mayores evidencias de la transformación de nuestras vidas tiene que ver con el amor. De hecho, Dios ES amor, como dice 1 Juan 4:8, y otra vez en 4:16. Por lo tanto, si lo conocemos a él, el amor empieza a impregnar cada área de nuestra vida. Sobre eso ya profundicé antes, pero simplemente lo resumo en que nuestra perspectiva de las cosas comienza a cambiar completamente, nuestros parámetros se orientan hacia el amor cada vez más, nuestra manera de ver el mundo comienza a centrarse en el amor. Y el amor es básicamente el deseo de que los demás estén bien. Eso no es algo menor, si pensamos que en la raíz, en el fondo, “estar bien” es una condición espiritual, y se logra solamente en Cristo. Así, el amor nos lleva necesariamente a desear que todos conozcan a Dios. Y ésta es la obediencia al llamado que nos hizo, porque volviendo al principio, recibimos ese llamado para “persuadir a todas las naciones que obedezcan a la fe” (1:5), y como dice en 16:26, para eso Dios reveló el misterio, a través de los profetas primero y enviando a Jesús después, cuando llegó el momento señalado desde antes de la creación del mundo.
En fin, la conclusión de todo esto es que pasar de la incredulidad a la fe implica necesariamente un cambio de actitud, y trae un cambio de mentalidad. De una actitud cerrada pasamos a una actitud abierta, y de una mentalidad desobediente pasamos a una mentalidad de amor. Esto nos hace “sagaces para el bien e inocentes para el mal” (16:19). Muchas veces las experiencias que vivimos son las que al final hacen que nuestra mente y nuestro corazón se abran a Dios. En cualquier caso, siempre es por fe que recibimos esta maravillosa libertad y salvación de la que hablé en todas las reflexiones de esta serie, y es un regalo de Dios. No por cumplir la ley, sino por la gracia de Dios.
Dios, entonces, es sabio, totalmente sabio, nadie jamás hubiera podido imaginar semejante plan de salvación, y nadie le dio consejo, sino que la mente de Dios está muy por encima de la nuestra. Muchas cosas no podemos comprenderlas dentro de su plan, pero sabemos, confiamos y afirmamos que su plan es perfecto, y es, a todos los fines, bueno. Porque él mismo es bueno, siendo que ES amor en sí mismo. Espero que esta reflexión final sobre Romanos haya sido de mucha bendición para ustedes, y que puedan seguir creciendo en el conocimiento de Dios y en amor, para que sean cada vez más parecidos a Jesús, y para que aquellos que los conozcan a ustedes sean bendecidos por el enorme poder del evangelio de Dios, la máxima expresión del amor. “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Que el Dios de amor, sabio al llamar y poderoso al salvar, los llene de su Espíritu, para que sus mentes sean renovadas cada vez más en el amor y en la verdad del evangelio de su Hijo, para que sean cada vez más sagaces para el bien y más inocentes para el mal, y lo conozcan cada día más.
Tenemos paz con Dios, en su amor y por su gracia. Y esto por medio de la fe en Cristo. Hasta que volvamos a encontrarnos.




