sábado, 3 de marzo de 2012

Armadura de Dios - La espada del Espíritu

Hola a todos. Llegamos al final de esta serie de publicaciones sobre la armadura de Dios. Hasta ahora, todo lo que vimos fue de algún modo el aspecto defensivo de esta armadura. Hoy nos toca finalmente la parte ofensiva, aquella con la que ganamos terreno sobre nuestro enemigo en nuestra propia vida.

"...y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios." (Efesios 6:17)
La palabra de Dios es como una espada, es un arma en contra del pecado, de la oscuridad y del tentador. Junto con la oración, es uno de los recursos más agresivos que tenemos como servidores del Señor. Ahora bien, ¿cómo agresivo? ¿No dijimos en un momento que anunciábamos la paz?

Bien, en este punto quiero hacer un pequeño comentario. Nosotros tenemos, por así decirlo, dos instancias de existencia. Una es material, una es espiritual. No quiero meterme demasiado en este tema, pero esto es muy claro en las Escrituras. Dice por ejemplo Pablo que "nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que gobiernan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales" (Efesios 6:12). En numerosas ocasiones Pablo hace referencia a esta lucha que como cristianos sostenemos permanentemente. Éste es un punto muy importante a tener en cuenta si queremos comprender del todo la utilidad de esta armadura de la que estuvimos hablando.

En fin, vivimos en un permanente campo de batalla donde fuerzas que no vemos quieren hacernos tropezar, fallar y desviarnos de nuestro propósito. Había hablado brevemente de eso en la reflexión sobre la resistencia, sobre todo en cuanto a lo del propósito. El diablo es en definitiva quien encabeza estas fuerzas, y tiene en nosotros un espía, que es el pecado con el que de algún modo convivimos diariamente. Un agente enemigo en nuestro territorio.

Ahora bien, hasta ahora vimos cómo estar bien protegidos contra los ataques que podamos recibir. Pero estar protegidos no alcanza. Necesitamos avanzar, ganar terreno sobre aquellas regiones de nuestra vida en las que el enemigo fue ganando terreno, y para eso también tenemos un recurso en este equipo de soldado: la espada del Espíritu.

HEBREOS 4:12
La palabra de Dios tiene digamos una doble función. Por un lado es defensiva, y por otro lado ofensiva. Nos sirve para defendernos, porque conocer la palabra nos ayuda a resistir al pecado, a bloquear sus ataques, como cuando en el desierto, Jesús apeló a las Escrituras para defenderse contra las tentaciones del diablo. Por otro lado, nos sirve para atacar, porque mediante la palabra hacemos retroceder el pecado que habita en nosotros, y rompemos ataduras, tanto nuestras como de otros.

Dice el pasaje que la palabra es viva. Eso es un gran privilegio para nosotros. No tenemos un arma común, inerte, la cual depende de nuestra habilidad de esgrimirla, sino que tiene vida propia, y ella misma actúa en nosotros en nuestra defensa. Nosotros conocemos bien a esta palabra viva, porque Jesús mismo la encarnó. Basta con leer Juan 1:1-5 para saber esto. Y más adelante, Juan 1:14 dice "y el Verbo de hizo hombre y habitó entre nosotros". Tenemos una espada, entonces, que no es otra cosa que el poder del propio Jesús, una espada que brilla en medio de la oscuridad, y que trae vida y paz a aquellos que son liberados por ella.

Por otro lado, esta palabra es poderosa. Si leemos 2 Timoteo 3:16-17 encontramos que tiene poder "para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia". Tiene el poder para enseñarnos a vivir una vida distinta, menos influida por el pecado que habita en nosotros. Para reprendernos, o reprender a otros, cuando andamos por caminos equivocados. Para corregir nuestro andar cuando no nos damos cuenta de que estamos siguiendo a nuestra vieja naturaleza desobediente. Y finalmente, para capacitarnos para hacer el bien, para instruirnos en ser justos y obedientes a Dios.

Dice el pasaje de Hebreos que la palabra de Dios penetra hasta lo más profundo de nuestro ser. Es realmente muy cortante. Esto podemos sentirlo por ejemplo cuando un determinado pasaje nos habla de manera muy personal y nos sensibiliza, a veces hasta las lágrimas. La espada corta aquellas cosas en nuestra vida que están en oscuridad, y eso puede doler a veces. También juzga nuestras intenciones y nuestros pensamientos, los perfora y los deja al descubierto, y va rompiendo aquello que es producto de la influencia que recibimos, ya sea del exterior, es decir del mundo que nos rodea, o los que brotan de nuestro interior y no provienen de Dios.

Ahora bien, que esta espada sea viva no quiere decir que no tenga que blandirla de todos modos. Si tengo una espada enfundada no puedo atacar ni defenderme con ella. Y blandir la espada es en este caso no solamente leer y conocer la palabra, sino usarla, ponerla en práctica. Si yo conozco la palabra de Dios y la conservo como un lindo relato, o una verdad absoluta, pero no la aplico en mi vida, o no hago ese paso de tratar de bajarla a un nivel cotidiano, no voy a poder utilizar todo ese poder que tiene. Al leer y practicar la palabra, en cambio, estoy atacando al pecado que habita en mí, así como desafiando a las circunstancias que me rodean. Estoy enfrentando a esos enemigos espirituales que permanentemente tratan de derribarme, de mil maneras.

Por eso, la palabra de Dios tiene el poder para cambiar vidas, ¡y hasta sociedades enteras si estas se vuelven a las Escrituras! Es lo que pasó en la sociedad hebrea en la época del rey Josías, como cuenta 2 Reyes 22. Los israelitas redescubrieron el libro de la ley, y descubrieron que habían vivido en escasez y bajo circunstancias cada vez más difíciles como consecuencia de no escuchar al Señor. Josías ordenó que todo lo que decía ese libro debía ser cumplido desde entonces, y al menos por un tiempo, mientras los israelitas obedecieron, se produjo un gran cambio en esta sociedad.

Deuteronomio 30:11-14 -- Quiero decir, para ir terminando, que obedecer la palabra de Dios no está fuera de nuestro alcance. Todo lo contrario, está muy cerca. Nosotros sabemos que alguien bajó para traerla incluso más cerca de lo que la tenían los hebreos en la época en que se les dijeron estas palabras. Cristo mismo la alcanzó a nosotros, encarnándola él mismo. Depende de nosotros esgrimir esta espada o no hacerlo. El resultado puede ser totalmente transformador, en cada circunstancia, en cada momento.

·La palabra VIVA nos habla hoy, personalmente, a pesar de haber sido escrita siglos atrás.
·La palabra PODEROSA nos transforma y nos ayuda a enfrentar toda circunstancia.
·La palabra CORTANTE nos libera de nuestras ataduras, y libera a otros.
·La palabra PENETRANTE nos muestra al Señor, e introduce su esencia y su poder bien adentro de nosotros.

Hebreos 4:12 -- "La palabra de Dios es viva y poderosa, más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón."

Que el Dios que nos dejó su palabra escrita para defendernos y armarnos para el combate espiritual les de fuerzas y sabiduría para aplicar sus enseñanzas, para que puedan enfrentar siempre a los enemigos externos e internos en las regiones espirituales, y permanecer firmes, siempre avanzando en el propósito que Dios tiene para cada uno de ustedes. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

lunes, 27 de febrero de 2012

Armadura de Dios - El casco de la salvación

Hola a todos. Estamos llegando al final de esta serie de reflexiones. Probablemente todavía parece que todas las publicaciones fueron simplemente reflexiones sueltas, pero es importante tener en cuenta que todo este pasaje de la armadura de Dios está hablando de una sola cosa, y tiene que ver con cómo resistir los ataques del tentador, que es lo que había planteado en la reflexión sobre la resistencia. Pasemos al tema de hoy.

"Tomen el casco de la salvación..." (Efesios 6:17)
La salvación a veces parece algo difícil de entender. Es como una idea vaga que se nos escapa, un poco como pasaba con la fe. Tal vez la pregunta podría ser, ¿de qué somos salvados? La respuesta a esto es bastante directa, al menos en las Escrituras. Somos salvados del pecado y de la muerte. Ahora bien, ¿qué implica esto en la vida cotidiana? ¿De qué nos protege el casco de la salvación?

Pienso que la mente y la voluntad, es decir, los deseos de cada uno, están entre los más grandes misterios del hombre. A simple vista pareciera que son cosas parecidas, o van de la mano. Sin embargo es probable que nuestras propias vidas nos demuestren lo contrario. ¿Cuantas veces deseamos poderosamente hacer algo que sabemos que esta mal, o que va en contra de nuestra manera de pensar? Ahí, nuestra voluntad va en contra de nuestra mente.

En fin, pero creo que hay básicamente tres cosas de las que nuestra mente necesita ser protegida si queremos resistir las ofertas del tentador. Por supuesto, la tentación es una de ellas, pero hay tres cosas que están implícitas en la idea de salvación. Por un lado, las acusaciones y la culpa. No olvidemos que el mismo diablo es llamado en la palabra "el ángel acusador". Esa voz en la cabeza que pareciera gritarnos "¡culpable, culpable!" cada vez que fallamos es algo que nos daña, que no nos deja avanzar, que nos impide ver bien. Romanos 8:33 dice "¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica". Ya vimos que por nuestra fe en Cristo y nuestro arrepentimiento, Dios nos declara inocentes de todo cargo, aún si verdaderamente somos culpables. Podemos haber hecho algo mal, pero Dios no nos condena, sino todo lo contrario, nos perdona, nos limpia y nos restaura.

Otra cosa que afecta nuestra mente de vez en cuando son las dudas. Dudas no necesariamente sobre Dios mismo, o en nuestra fe, sino sobre nuestra salvación. Dudas sobre si realmente estamos salvados. Esto es algo que muchas veces está relacionado con lo anterior, con el hecho de ver cómo a pesar de haber creído en Cristo seguimos haciendo las cosas mal. Tal vez sea precisamente por esto que la Biblia insiste tanto en que la salvación se obtiene por medio de la fe y no por nuestras obras. Para que no pensemos que depende de nuestras acciones si seguimos estando salvados o no. Por supuesto, creer en Cristo implica querer hacer las cosas a su manera, y por eso es normal sentirnos mal cuando le fallamos. Pero eso no nos quita la salvación. Dice la palabra que fuimos salvados por el sacrificio de Cristo, que se ofreció "una vez y para siempre" (Hebreos 7:27).

Sin embargo, pensando en el tema de la resistencia, la cosa más importante con la que el casco tiene que protegernos es contra la mentalidad del pecado. Quiero volver sobre un concepto clave del que hablé cuando publiqué la reflexión sobre Romanos 1. Cuando hablo del pecado estoy hablando de la actitud desobediente que por naturaleza tenemos hacia Dios. Digo esto porque es una palabra que normalmente tiene a ser malinterpretada, pero este es el sentido más básico que a mi entender tiene la palabra "pecado". Dicho esto, vuelvo sobre esta idea.

ROMANOS 8:5,6; 1 CORINTIOS 2:10-16
El pasaje de Romanos habla de dos tipos de mentalidad. Una es la del pecado, que nos lleva a enfocarnos en aquello que desagrada a Dios. La otra es la del Espíritu, que nos lleva a la obediencia. Estas dos maneras de pensar son diametralmente opuestas, van en sentido contrario, y sin embargo parecieran coexistir en nuestras mentes. Sin embargo, no lo hacen pacíficamente. Nuestra mente, digamos, es un campo de batalla permanente entre estas dos fuerzas, entre estas dos mentalidades. Nosotros apoyamos a uno u otro bando cuando enfocamos nuestra mente en los deseos de una u otra mentalidad.

Por eso, ponernos el casco de la salvación quiere decir renovar nuestra mente. Romanos 12:2 dice "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente". Cuanto más nos alejamos de la manera de pensar que teníamos antes de llegar al Señor, más fácil nos va a ser vivir de la manera que él nos ofrece. Una mente renovada por el Espíritu de Dios es una mente que se enfoca cada vez más en sus deseos, y por lo tanto menos en los de nuestra naturaleza desobediente. Se trata básicamente de sacar esas cosas viejas que quedaron en el sótano de nuestras vidas, y las cuales traemos para arriba cada tanto. Cambiar nuestra manera de pensar implica también cambiar nuestros parámetros, es decir, cómo y bajo qué medidas analizamos el mundo que nos rodea. Son éstas las cosas que es más fácil que cambiemos nosotros mismos. Dejar de medir las cosas según los parámetros del "mundo actual" es una manera directa de empezar a alejarnos de nuestra antigua manera de vivir.

Es, en definitiva, dejar de fijar la mente en los deseos de nuestra naturaleza de pecado, levar anclas y navegar hacia las aguas del Espíritu. Si vienen a mi mente cosas que van contra el Espíritu de Dios, no me tengo que enfocar en ellas sino rechazarlas, y enfocar mi mente en los deseos del Espíritu.

Ahora bien, ¿cuáles son los deseos del Espíritu? El pasaje de 1 Corintios dice que el Espíritu escudriña todo, hasta las profundidades de Dios. La mentalidad del Espíritu, entonces, consiste en mirar a Dios y buscar más conocimiento sobre él, un conocimiento cada vez más profundo y personal. El pasaje dice que "tenemos la mente de Cristo" (2:16). El Espíritu de Dios, entonces, no es otra cosa que Cristo mismo habitando en nuestra vida, en nuestra mente. Conocer los deseos de Cristo nos haría saber cuáles son los deseos del Espíritu.

No quiero detenerme mucho en esto por una cuestión de espacio, pero si analizamos la vida de Cristo en la tierra, podemos ver que tanto su mensaje como sus acciones siempre tienen tres temas básicos: la verdad, el amor y la alabanza. La verdad entendida por un lado como aquello que Dios considera justo y bueno, y también como la sinceridad y honestidad. El amor hacia Dios, hacia las personas y hacia nosotros mismos, un amor verdadero y completo, que nos lleve a la acción y al servicio. La alabanza como actitud de gratitud y admiración hacia Dios, manifestada en oración, reflexión y celebración.

Llenar nuestras vidas de estas cosas, entonces, es enfocarnos en la mentalidad del Espíritu. Tenemos que revestirnos de la mente de Cristo, de su manera de pensar, para pensar en las cosas del Espíritu. A veces va a ser más fácil, otras más difícil, pero de eso se trata ponernos el casco de la salvación. Y no olvidemos lo que decía el pasaje de Romanos 8:6, "la mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz". La muerte es un estado. Si nuestra mente está anclada en el pecado, en nuestra vieja naturaleza, vamos a vivir de una manera pobre y vacía, pero si nos enfocamos en el Espíritu vamos a poder experimentar la alegría y la paz de la vida plena que nos ofrece Cristo.

1 Corintios 2:16 - "Nosotros por nuestra parte tenemos la mente de Cristo."

Que Dios, que entregó a su hijo Jesús por nuestra salvación una vez y para siempre, renueve sus mentes cada vez más, para que puedan disfrutar de la vida que proviene de la mentalidad del Espíritu. ¡AMÉN!

viernes, 24 de febrero de 2012

Armadura de Dios - El escudo de la fe

Hola a todos. El tema de esta reflexión se presta para hablar durante horas, y aún así creo que quedarían muchísimas cosas por decir. Voy a tratar de ir al punto en el que se asocia con el pasaje de la armadura de Dios. En cualquier caso, espero que les resulte útil.

"Además de todo esto, tomen el escudo de la fe, con el cual pueden apagar todas las flechas encendidas del maligno" (Efesios 6:16)
En muchas ocasiones, la fe puede ser nuestra única protección posible. No tenemos que olvidar que en nuestra vida espiritual estamos cotidianamente peleando con cosas que no vemos. Y para defendernos de algo que no vemos, tenemos que aferrarnos a lo que nos une con lo espiritual: la fe.

Ahora bien, la fe es algo que a veces suena muy abstracto y con un significado difícil de precisar. En términos generales, podemos decir que tener fe en algo es tener confianza en eso, pero en la práctica es mucho más. Es apoyarnos en eso. Es confiar en eso y dejarnos influir por eso. Somos llenos de aquello en lo que tenemos fe.

HEBREOS 11:1-29
Este pasaje bastante largo me parece uno de los pasajes más reveladores de toda la Escritura. La fe es algo central para cualquiera que quiera seguir a Dios, y me parece que estas palabras están llenas de pistas sobre de qué se trata la fe. Dicho de manera resumida, creo que la fe es nuestra verdadera vista. La palabra dice que lo que se ve fue hecho a partir de lo que no se ve. Eso quiere decir que, en orden de importancia, lo que no se ve va primero. Lo que se ve es solamente un reflejo de lo que no se ve. Dios es invisible, y nosotros, aún hechos a su imagen, somos visibles. Interactuamos con aquello que está creado en el mismo orden que nosotros, en el de lo visible, a través de los ojos.

Entonces, la fe es el ojo para interactuar con aquello que no vemos. Es muy interesante la definición con la que comienza este pasaje. Dice que "La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve" (11:1). Otra versión dice "la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve". Tener fe es entonces dar por hecho aquello que todavía no veo, es decir, lo que viene, lo que espero. Tener una confianza tal en que las cosas van a pasar de esa manera que ni siquiera lo dudo. Por supuesto, esto es difícil y hasta diría que no depende de nosotros. Aunque para lograr esa confianza tenemos que despojarnos de los presupuestos de lo visible y eso sí depende en gran medida de nosotros. Pero se trata de tener por seguro, justamente, dar por garantizado, aquello que esperamos.

Por otra parte, tener fe es dar por cierto aquello que no vemos pero que dentro nuestro sabemos. Es casi como saberlo "a ciencia cierta". Estar convencido de que aunque no lo vea, es cierto. Existe esta expresión que dice "tener una fe ciega". Bueno, justamente la fe es lo que nos da vista. Cuanto más ciegos somos a lo visible, más perceptivos somos a lo invisible. Por eso, el gran entrenamiento de la fe parecería ser dejarnos llevar cada vez menos por aquello que vemos, y guiarnos por lo que no vemos.

Esto, por supuesto, también es difícil. Lo que no vemos se nos escurre con más facilidad. Ahí es donde de alguna manera interviene nuestra acción directa. La fe tiene una parte consciente y otra no tan consciente. La parte consciente es aquella que, cuando viene un momento difícil o cuando no vemos las cosas con claridad, nos hace decir "No importa, sé que esto es de tal manera, aunque ahora no lo vea". La parte inconsciente es la que vamos trabajando cuando practicamos la consciente, y es la que nos hace estar cada vez más atentos a lo que no vemos.

Por ejemplo, en las relaciones entre personas, lo visible es lo que se dice y lo que se hace. Pero detrás de eso hay cosas invisibles para nosotros. El pasado de una persona, inmediato o lejano, es invisible para nosotros. Sus sentimientos son invisibles. Sus pensamientos y creencias son invisibles. Su estado de ánimo, aunque se refleja, es invisible. Su espíritu es invisible, sus motivaciones, su esencia. Todas estas son cosas que se nos escapan. Pero a medida que practicamos la parte consciente de nuestra fe, se nos escapan menos. Nos vamos volviendo capaces de ver un poco más a través de lo visible en la persona, y vamos sin darnos cuenta prestando más atención a esas cosas que no vemos.

Lo mismo pasa al comprender nuestra realidad, y el mundo que nos rodea. Si filtramos todo a través de la fe, vamos entendiendo las cosas de una manera distinta y más completa. La fe es la herramienta para abrir nuestra mente a la verdad.

Es por eso que es nuestra fe la que va a protegernos como un escudo. Si nos anclamos en lo invisible a través de la fe, nos aferramos al único que puede defendernos de aquello a lo que nos enfrentamos. Y haciendo esto no solamente estamos poniendo nuestra esperanza, nuestra garantía, nuestro apoyo en él, y en su palabra, y en todo lo que conocemos de él, sino además estamos alejándonos de lo visible. Si hay un camino rápido, es el que vemos. Si hay un camino fácil, es el que vemos. Pero el que no vemos es el mejor camino, sea rápido o lento, sea fácil o difícil. Por regla general, pareciera que lo fácil y rápido siempre son la peor opción.

Por eso, es nuestra fe la que nos va a servir de protección contra las situaciones difíciles que vivamos, anclando nuestra mirada en lo invisible, que está detrás, pasando esa situación. Nos va a hacer ver a través de ella. Y va a ser la fe la que nos va a proteger de las tentaciones, de esas ofertas del diablo de las que hablaba en la introducción sobre la resistencia. La fe es lo único que puede salvarnos, siempre.

Dice Romanos 8:24 que "la esperanza que se ve, ya no es esperanza. ¿Quién espera lo que ya tiene?". Por eso, en la esperanza, que no es otra cosa que la capacidad de esperar con confianza, mostramos la constancia de nuestra fe en Dios. A veces tal vez sea por eso que Dios permite que atravesemos momentos de gran dificultad. Para que nosotros mismos podamos salir fortalecidos en nuestra fe a través de la esperanza. No tenemos que olvidar que Dios planeó todo para que nuestra vida sea óptima, como dice la palabra: "sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman" (Romanos 8:28).

Bueno, espero que haya sido de gran bendición para ustedes esta reflexión. Mi recomendación es que ahora lean otra vez el pasaje de Hebreos, y tal vez encuentren todavía más profundidad en él que la primera vez. Está lleno de ejemplos que me hacen pensar en todas estas cuestiones sobre lo visible y lo invisible, y me tomaría otras tres publicaciones como mínimo explorarlas todas. Tal vez algún día lo haga. Lo importante es que ustedes puedan hacerlo por ustedes mismos según la palabra. Y confiemos, porque la fe es la llave de la victoria en toda nuestra vida.

Hebreos 11:1 - "La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve"

Que el Dios invisible, creador de todas las cosas, los ayude a vivir cada vez más por fe, con total garantía en la esperanza, y total certeza en lo que no se ve, para que puedan resistir en todo momento y en toda situación. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

martes, 21 de febrero de 2012

Armadura de Dios - El calzado del evangelio

Hola a todos. El tema de esta reflexión es un tema muy explorado en general, pero la primera vez que la hice descubrí cosas que no me había planteado antes. Espero que también sea de bendición para ustedes. Recuerden que de todo esto lo que más importa es lo que dice la palabra de Dios, no tanto lo que diga yo.

"... y calzados con la disposición de proclamar el evangelio de la paz" (Efesios 6:15).
Pienso que estamos acostumbrados a escuchar y leer que nuestra misión es anunciar las buenas noticias de Jesús. Ahora, llegado a este punto me pregunto, ¿cuáles son esas buenas noticias?

El versículo de Efesios nos da un indicio inicial. "Proclamar el evangelio de la paz", dice la palabra. Paz entre Dios y los hombres, en definitiva, pero también, y como consecuencia de ella, paz entre los hombres. Esto es a mi entender lo que Pablo llama "ministerio de la reconciliación". Después voy a volver sobre eso.

COLOSENSES 1:21-23
Este pasaje siempre me resulto muy revelador. Dice la palabra que cuando estábamos alejados de Dios éramos sus enemigos, a causa de nuestro pecado, es decir, de nuestra desobediencia. Nosotros queríamos exactamente lo contrario a aquello que Dios quería, y eso nos hacía estar enemistados con él.

Es precisamente esa enemistad la que Jesús vino a romper. Al morir por cada una de nuestras ofensas contra Dios, él pagó por ellas, haciendo que nada más se interponga entre Dios y nosotros. Por eso, al confiar en Jesús, en su obra, tenemos paz con Dios. Estamos aceptando que era necesario que alguien pagara por eso, y que Jesús lo hizo. Por lo tanto, estamos tomando el perdón de Dios por medio de la obra de Cristo y recibiendo su declaración de paz.

Esa es, entonces, la buena noticia: que mediante la muerte de Cristo, Dios sacó la enemistad del medio. Antes éramos sus enemigos por nuestra actitud desobediente y malas acciones, pero recibir y creer el evangelio trae un progresivo cambio de actitud y conducta.

2 CORINTIOS 5:17-21
Esta es la buena noticia. Que tenemos una segunda oportunidad de ser amigos de Dios, y ser restaurados. Ser enemigos de Dios va arruinando lentamente nuestras vidas, mientras el pecado va ganando más y más poder sobre nosotros. Pero un solo paso de fe rompe esa cadena y empieza un nuevo proceso, uno de liberación y restauración. Solamente un paso: confiar en Cristo, en su obra. En que Dios lo trató como debería haberme tratado a mí, con tal de que yo pueda ser justificado y liberado de la opresión. "No tomándoles en cuenta sus pecados", dice el texto. Se olvida de ellos. Los deja atrás.

A eso se refiere Pablo con el "ministerio de la reconciliación". Se nos encargó que le avisemos al mundo que Dios quiere hacer las paces. No quiere que el hombre siga luchando contra él, y contra los demás hombres. Quiere la paz, de una vez y para siempre. Nuestra tarea, si queremos ponernos el calzado del evangelio de la paz, es amigar al mundo con Dios. Como dice el pasaje, "somos embajadores de Cristo" (5:20). Nuestra oferta es la paz con Dios a cambio de un arrepentimiento genuino. Es la oferta de Cristo.

Colosenses 4:5,6 - Tenemos que estar siempre preparados para anunciar esta buena noticia de la paz, atentos a las oportunidades que tengamos. Encarnar el mensaje, comportarnos sabiamente, dice el texto. Nuestra vida entera tiene que estar enfocada en este objetivo. En anunciar la paz de Dios al mundo.

En definitiva, si enfocamos correctamente el mensaje, la gente va a recibirnos con brazos abiertos. Dice Isaías 52:7, "¡Qué hermosos son, sobre los montes, los pies del que trae buenas nuevas; del que proclama la paz, del que anuncia buenas noticias, del que proclama la salvación, del que dice a Sion: 'Tu Dios reina'!"

En fin, nuestra misión es reconciliar al mundo con Dios. Para esto, tenemos que anunciar esta buena noticia de la paz y la redención, la chance de empezar de nuevo. Pero es necesario encarnar este mensaje. Si proclamamos la paz, tiene que ser en paz. Si anunciamos el amor, tiene que ser con amor. Si ofrecemos la chance de empezar de nuevo, tenemos que saber perdonar y dar nuevas oportunidades. Dios lo hizo conmigo, y si quiero ser justo y sincero, tengo que hacerlo con los demás.

2 Corintios 5:20 - "Somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: 'En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios'."

Que el Dios de paz los vista con el calzado del evangelio, para que puedan anunciar con eficacia y con alegría el mensaje de la reconciliación, llevando al mundo a la paz de Dios. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

martes, 14 de febrero de 2012

Armadura de Dios - La coraza de justicia

¡Hola a todos! Hacía mucho que no publicaba tan seguido, creo. Pero mi idea es que en lo posible no se pierda el hilo de la serie, así que voy a tratar de mantener el ritmo. Hoy nos toca la segunda "pieza" de la armadura. Como dije en la publicación pasada, insisto en que puede ser útil memorizar el pasaje de Efesios así como el versículo central de la reflexión. Cuando hice por primera vez esta reflexión, lo hice, y fue bastante útil.

"... protegidos por la coraza de justicia..." (Efesios 6:14)
Cuando pienso en esta frase, lo primero que me pregunto es, ¿qué es la justicia? Pienso que esta palabra tiene distintos significados según el contexto. La justicia es, digamos, lo que está bien. También puede ser la retribución equitativa, incluyendo un mal y su castigo. La justicia puede ser la declaración verdadera de la condición de alguien, o un juicio de valor acertado sobre una persona, por ejemplo, diciendo si es inocente, si es culpable, declarando que es honrado, que es mentiroso, y cosas por el estilo.

En cualquier caso, la justicia, en su máximo exponente, es la opinión que Dios tiene sobre algo o alguien. Dios es justo, y es el que justifica, es decir, el que imparte la verdadera justicia. Si es lo que está bien, Dios es el que lo determina. Si es una retribución, Dios es el que la hace de manera absolutamente acertada. Si es una declaración, Dios es el único dueño de la verdad. Si es un juicio de valor, Dios es el único juez absolutamente infalible.

La palabra de Dios dice que nos mantengamos protegidos por la coraza de justicia. Es interesante que nos llame a mantenernos protegidos. Pienso que podemos llegar a pensar que es algo que Dios tiene que hacer, vestirnos de justicia. Sin embargo, no llama a nosotros a mantenernos. Creo que somos nosotros los que tenemos que decidir si vamos a quedarnos bajo la protección de la justicia de Dios, o sacarnos la coraza y quedar expuestos con nuestra propia justicia.

Eso puede ser un gran error. Romanos 3:10 dice que "no hay un solo justo, ni siquiera uno". Eso quiere decir que si me saco la coraza de la justicia de Dios, quedo totalmente expuesto a la injusticia, de los demás pero sobre todo a la mía. A veces tenemos la tendencia de usar nuestro propio juicio para discernir las cosas, y diría que "a veces" en este caso es solamente una forma de decir. Pero la verdadera justicia viene de Dios.

También corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por la sensación de culpa frente a las cosas que hacemos mal, o incluso cosas en las que no tenemos ninguna responsabilidad pero por algún motivo nos sentimos culpables.

FILIPENSES 3:7-11
Ahora bien, ¿cómo nos mantenemos protegidos por la coraza de la justicia de Dios? Pienso que este pasaje nos da una clave bastante fundamental. "Todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo". Todo lo
que pensaba que me convertía en alguien importante, en alguien bueno, en alguien sabio, en alguien respetable, es basura. Lo que me importa es la aprobación de Dios. Pienso que esa es la idea general de este pasaje. Es algo muy difícil incluso de empezar a hacer, pero pienso que de eso se trata. No quiero mi propia justicia, dice Pablo, sino la de Dios, que viene por la fe. No por la confianza en mí mismo, y en mi capacidad para el bien, sino por la confianza en el Dios que puede restaurarme, levantarme cuando caigo, perdonarme cuando fallo y justificarme, declararme justo. Porque como vimos en las reflexiones sobre Romanos, eso es lo que pasa cuando creemos. Dios, a pesar de nuestras equivocaciones, más o menos graves, nos declara inocentes por medio de nuestra fe. Y esa justicia es la que nos protege, la que nos defiende, impide que la injusticia de afuera o incluso la de adentro nos dañe. Impide incluso que nuestra propia injusticia dañe a otros.

Por supuesto, esto no es un absoluto ni una constante. Seguimos siendo falibles, no importa cuánto tratemos de confiar en Dios. Pero la justicia es también una conducta, y su base está en la actitud de la fe en Dios. Es algo que el mundo no puede darnos, porque a rasgos generales, nos enseña a ser injustos: pensar en nosotros mismos, vivir la vida como se nos ocurra, hacer lo que nos parezca.

Pero la justicia está directamente relacionada con la obediencia. La coraza de la justicia de Dios protege nuestro corazón para Cristo, y requiere de nosotros una obediencia agradable a Dios. Una obediencia que no mira el temor, ni la culpa, sino el amor, hacia Dios y hacia los demás. El amor a Dios nos lleva al deseo de obediencia, y esa es la justicia que Dios espera de nosotros. Juan 14:23 dice "El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él.". De eso de trata la justicia: del Espíritu de Cristo, es decir, Dios mismo, viviendo en nosotros. Y nosotros, de esa manera, vivimos por y para él.

Para cerrar esta reflexión, quiero hacer un último comentario. No dejemos que nadie nos engañe: no importa lo que hagamos, o dejemos de hacer. Somos justos, porque Dios nos declara justos por medio de nuestra fe en Cristo. No cabe ninguna condena para nosotros mientras caminemos en el arrepentimiento, la humildad, y el amor. Esto no viene de nosotros, sino de Dios, como regalo. Sin embargo, ya que somos libres, usemos esta libertad para obedecer a Dios de corazón, y vivir la vida que él nos propone, una vida absolutamente plena.

Filipenses 3:9 - "No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe."

Que Dios, de quien procede la verdadera justicia, los llene de firmeza para mantenerse protegidos por la coraza de su justicia, que recibimos por medio de la fe en Cristo. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

jueves, 9 de febrero de 2012

Armadura de Dios - El cinturón de la verdad

Hola a todos. Hace algunos meses había empezado a publicar una serie de reflexiones, de las que publiqué solamente la primera, referidas a nuestra lucha espiritual. En el medio me pareció oportuno comentar mi experiencia de encuentro con Dios, y ahora mi idea es poder seguir con esta serie. La última vez había hablado acerca de la necesidad de rechazar las ofertas que nos hace el tentador, y había dejado como cierre un pasaje en el que se hablaba sobre la armadura de Dios. Precisamente de eso se trata esta serie.

En la publicación anterior había planteado la importancia de llenar nuestras mentes de Jesús. Cuando hacía esta reflexión por primera vez, me pareció que una buena manera de ayudar a que esto pase es memorizar ciertos versículos que consideremos centrales sobre algún tema en particular. Así que en esta serie, en cada publicación, voy a dejar como cierre un versículo que me haya parecido centro de la reflexión. Y la idea es además que, paso a paso, vayamos analizando y memorizando el pasaje sobre la armadura de Dios, y que cada día, al despertar, podamos recordárnoslo a nosotros mismos para empezar el día, digamos, vestidos de Cristo.

Bueno, escribo acá el pasaje entero: "Manténganse firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, protegidos por la coraza de justicia, y calzados con la disposición de proclamar el evangelio de la paz. Además de todo esto, tomen el escudo de la fe, con el cual pueden apagar todas las flechas encendidas del maligno. Tomen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios." (Efesios 6:14-17)

"Mantenganse firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad..." (Efesios 6:14)
Esta es la primera frase del pasaje de la armadura de Dios. Ahora bien, ¿qué es el cinturón de la verdad? La verdad, hasta donde sabemos, es la enseñanza de Cristo. La palabra nos anima a armarnos con esta enseñanza, pero no solamente armarnos, dice "ceñirnos", ajustarnos la enseñanza de Cristo a nuestro ser. Mirar siempre, permanentemente, a Jesús, pegarnos a él.

JUAN 8:31,32

Una pregunta que me hice al reflexionar sobre esto fue, ¿cómo hago para ceñirme a Jesús? Este pasaje me dio una respuesta absolutamente directa. Dice el versículo 31, "si permanecen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos". Conocer las enseñanzas de Jesús requiere leer la palabra, informarnos, saber qué dijo, pero no es suficiente con leerlo, ni siquiera con entenderlo. Es necesario aplicarlo y mantenerse en ese camino. Permanecer fieles a eso que aprendimos. La manera de ser discípulo de Jesús es seguir sus enseñanzas. Esto implica perseverar, no dejarnos arrastrar por la tentación, de lo que sea, es decir ignorar las ofertas del tentador

Por supuesto, esto está entre esas cosas que es más fácil decir que hacer. Pero el incentivo es muy grande. El versículo 32 continúa la frase: "...y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres". Hay ciertas cosas en las que caemos con frecuencia, volviendo una y otra vez al mismo punto, cometiendo el mismo error. Cada vez que me pasa esto, siento que estoy atado, encadenado por estas cosas. Siento como si fuera un ser capaz de volar, pero con el cuerpo envuelto en ataduras. La palabra dice que si seguimos con constancia las enseñanzas de Jesús, sólo así vamos a conocer la verdad, es decir, la vamos a conocer en profundidad, y es este conocimiento profundo el único que nos puede hacer libres. Libres de esta sensación, libres para volar a pesar de nuestras ataduras, libres para llevar adelante los propósitos de nuestras vidas a pesar de los obstáculos.

Libres, en definitiva, del pecado. Romanos 8:2 dice "la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte" como consecuencia de estar unido a Cristo. Podríamos decir, como consecuencia de estar ceñido a Cristo, a su enseñanza, a la verdad.


En definitiva, el diablo es el padre de la mentira, por lo tanto la verdad es lo opuesto a él, a su naturaleza. La verdad es el medio para contrarrestar sus mentiras y por lo tanto su poder. Por eso es importante también hablar la verdad. Proclamar las buenas noticias y transmitir las enseñanzas de Jesús son la mejor manera de ayudar y proteger a otros del tentador. Donde hay verdad no puede entrar el poder del diablo.

Y esto incluye ser una persona verdadera. Por eso hay que ajustarse a la verdad, ceñirse con ella. Tenemos que ser verdaderos en todo. Si hablamos mentira, damos paso al tentador. Lo mismo si ocultamos algo por temor a que se sepa. Lo que oculto es parte de la mentira. La verdad es la luz, y todo lo que es verdadero puede salir a la luz. Lo que no puede saberse, es parte de la mentira.

En fin, tenemos que estar siempre preparados para ser verdaderos, sinceros. Tenemos a nuestro favor que la parte más importante de la verdad nos fue revelada en Jesús y sus enseñanzas. Si miramos a él y nos enfocamos en él permanentemente, vamos a estar ceñidos a la verdad. Esto no es fácil ni se logra de un día a la mañana, es algo de todos los días. Pero el incentivo es muy grande: nos espera la libertad, la verdadera libertad.

Juan 8:32 - "Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres."

Que el Dios de la verdad los llene de luz en su interior, para que puedan vivir y caminar ceñidos con el cinturón de la verdad. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

De cómo llegué a conocer a Jesús

VENGO de una familia católica no muy religiosa. Mis papás se separaron cuando yo era chico y yo me críe mayormente con mi mamá. Ella no es religiosa. Mi contacto con la religión católica fue durante mucho tiempo bautismos, comuniones o confirmaciones, nada más. Los más religiosos de mi familia son mi abuela, una tía y algunos de mis primos, entre ellos uno de mi edad, con el cual compartí la mayor parte de mi crecimiento. Casi un hermano.

LA EXPERIENCIA más religiosa que tuve en mi infancia fue que mi primo me presentara a una señora de mucha fe que me marcó mi manera de pensar en la religión. A partir de ahí sentía la necesidad, o al menos creía que era lo correcto, de informarme más. Pero sentía que no era para mí eso. Mi primo me llevó algunas veces a misa pero me sentía incómodo, sapo de otro pozo. No conocía las canciones, los rezos, las fórmulas. Definitivamente, no era para mí. Por otro lado no podía evitar pensar que existía un ser superior, tenía que existir. De algún modo sentía que eso era así. Tenía muchísimo sentido en mi cabeza. Las cosas capaz me cerraban sin él, pero me parecía obvio que él existía. Ahora, todo el rollo religioso me parecía innecesario. Creía que todas las religiones tenían un poquito de verdad y que entre todas llegaban a reunir un poco de toda la verdad.

EN CUANTO A MÍ, yo era una persona muy sensible, bastante despistada, desorganizada, muy dependiente de la aceptación de los demás, inseguro de mí mismo, indeciso, temeroso, orgulloso y discutidor; también era dulce, amable en general, más o menos sincero, divertido, curioso, siempre me gustó saber, expresivo, cariñoso y jovial. No me quería mucho a mí mismo, pero trataba de convivir armónicamente conmigo mismo, a pesar de las muchas máscaras que fui usando en mi vida para tratar de tener la aprobación de los demás.

UNA COSA que sin duda me caracterizaba era la soledad. Muchísimas veces en mi vida me sentí solo. Trataba de hacerme el copado para rodearme de gente y no sentirme así. Pero no me servía. Busqué por todos lados enamorarme, pero el problema era que cuando una chica me daba un poco de bola ya me obsesionaba con ella. Así perdí numerosas amistades con chicas. Necesitaba tener novia para dejar de sentirme solo, o eso pensaba.

EL PROBLEMA es que cuando tuve una novia en serio, no se acabó mi sentimiento de soledad. La relación fue linda, pero sentía que ahora que tenía novia seguía sin estar contento conmigo mismo. En el fondo me seguía sintiendo solo y tratando de rodearme de gente, especialmente chicas. Pero a mi novia eso le dolía y le molestaba muchísimo, y con razón.

PARA ESE ENTONCES, mi primo me había invitado a participar de un encuentro de jóvenes que lo organizaba un grupo de una iglesia que no era católica, y que para mí, por ser rara, me sonaba atractiva, y lo había pasado muy bien ahí. No era una actividad estrictamente religiosa, aunque algo de eso tenía, y entonces me enganché con el grupo de jóvenes. Me hice grandes amigos ahí, de hecho ahí conocí a mi novia. Me gustaba que enfocaran la religión desde otro lado, más concreto, más personal y aplicable.

UN DÍA nos habíamos ido de campamento y me acuerdo que en el fogón nos hablaron brevemente del universo, de la creación enorme de Dios. Yo de alguna manera creía esa parte, aunque de modo simbólico. Nos hicieron mirar las estrellas y pensar en que Dios nos había dado un lugar a nosotros, seres pequeños e insignificantes, dentro de una creación tan inmensa y sublime, demostrando lo importantes que éramos para él. Y yo pensé... ¿y nosotros qué hacemos? Pelota lo hacemos. Lo destrozamos. ¡Qué gente desagradecida! Me sentí mal. Me acuerdo que lloré, lo cual no es raro en mí.

PERO EL DOMINGO pasó algo inexplicable. A la mañana nos hicieron desayunar solos, bajo la consigna de tener un momento de intimidad con Dios. Un tiempo de reflexión como todos los sábados, pensé yo. Pobre de mí, no sabía lo que me esperaba. Nos dieron una hojita con un salmo, el 139, que hablaba de que Dios nos formó y nos modeló a cada uno, y que por lo tanto nos conoce perfectamente, y con unas preguntas de reflexión personal. Cuando terminé la reflexión no pude evitar recordar esa sensación de profunda ingratitud hacia un Dios que evidentemente nos quería muchísimo! Pensé en la injusticia social, las guerras, el medio ambiente y me puse a llorar desconsoladamente, muy angustiado. Así, de la nada, por primera vez, le hablé a Dios. Le dije algo así como: ¡Mirá Dios, mirá lo que hicimos! ¡Mirá cómo somos desagradecidos nosotros, los seres humanos! Rompimos todo lo que creaste, el amor, la paz, el planeta. ¡Somos horribles! No quiero formar parte de una humanidad desagradecida. ¡Perdoname, cambiame, por favor!

ME ACUERDO que me sentí, como de costumbre, horriblemente solo. Pero esto fue lo más extraño: esa soledad duró un instante muy breve. Enseguida, después de haber hablado con Dios, sentí una calma adentro mío que no podía entender. Alguien había venido a abrazarme... ¡pero alguien al que yo no podía ver! Me sentía de repente feliz, lleno. Fue como despertar de un sueño.

A PARTIR DE AHÍ las cosas cambiaron muchísimo. Nunca más me volví a experimentar soledad. Había encontrado la compañía que había buscado tanto tiempo. Mi mente sólo podía pensar una cosa sobre ese amigo invisible que me había abrazado en el campamento: ¡este no puede ser otro que Jesús! ¿Entonces qué hago? Me acuerdo que la semana siguiente era Semana Santa, que para mí siempre había sido un feriado largo, pero después de lo que había vivido el domingo quería darle más contenido. Un amigo me recomendó leer el evangelio de Juan. Leí sólo la parte de la muerte y resurrección, pero fue suficiente. Antes lo de la resurrección me parecía tan sólo un cuento lindo. Pero ahora cobraba sentido en mi cabeza. Yo había sentido a Jesús. Él había estado ahí, y yo lo sabía muy bien. Sólo tenía dos opciones: hago de cuenta que no viví nada, como un obstinado, o acepto que esto que estoy leyendo es verdad.

AFORTUNADAMENTE lo acepté. Empezó una etapa absolutamente nueva de mi vida. Dejé de buscar, porque había encontrado. Empecé a conocer a Jesús, poco a poco, y verdaderamente me enamoré de él. No podía creer que estuviera cambiando tantas cosas de las que no me gustaban de mí mismo a un ritmo tan rápido. ¡Estaba haciendo eso que le había pedido, cambiarme! Fui perdiendo casi todo mi orgullo, casi toda mi inseguridad, un poco de mi indecisión y temerosidad, perdí también mi tendencia a discutir y pelear. Y todas las cosas que me gustaban de mí cobraron nuevo brillo. Jesús las estaba lustrando, parecía.

HOY EN DÍA me quedan muchas cosas para que sigamos trabajando, o para que él siga trabajando, porque me parece que yo mucho no cambié de mí mismo, la mayor parte del trabajo sólo la podía hacer él. Pero estoy feliz de habérmelo encontrado en el camino de mi vida porque me hizo ver que no se trataba de una religión, sino de una persona. De una persona que en serio vivió, murió para pagar mi ingratitud, y volvió a la vida para venir a buscarme.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

La resistencia

Texto: Mateo 4:1-11; Efesios 6:10-18

¡Hola a todos! ¿Cómo están? Ahora que terminó la reflexión sobre Romanos quería compartir con ustedes otra serie de reflexiones que hice hace poco de manera personal, y que tuvo un impacto bastante grande en mi vida. Esta primera reflexión sirve un poco a modo de introducción, y es el fundamento de la serie, así que los invito a que presten atención. De todas maneras no olviden que acá lo más importante es lo que la Palabra de Dios tenga para decirles, así que les recomiendo que primero lean detenidamente los pasajes sobre los que me voy a basar. Si quieren y tienen tiempo pueden leer también Lucas 4:1-13, que es el mismo relato de Mateo 4 pero contado de otra manera. También recomiendo altamente que tomen nota de lo que vaya viniendo a sus mentes a medida que leen los pasajes.

Bueno, el relato de la tentación de Jesús es probablemente uno de los más conocidos, referidos y citados de los evangelios. Se han dicho muchas cosas, y es posible que mucho de lo que yo voy a decir acá ya se haya dicho en otro momento. En primer lugar, quiero detenerme en un punto que me saltó a simple vista cuando hice esta reflexión para mí. Dice el pasaje de Mateo que el tentador se le acercó. Es algo que no dice mucho, parecería. Pero en este punto me hice una pregunta. ¿Para qué se le acercó? ¿Con qué propósito? Quiero decir, se le acercó para tentarlo; ¿pero eso para qué? Bueno, la respuesta que se me ocurrió fue esta: se le acercó para apartarlo de su propósito. Jesús había venido con un objetivo, que era, en primera instancia, predicar el evangelio del reino de Dios, más muchas otras cosas. Enseguida voy a ir a eso, pero me quedo con esta idea, el diablo se le apareció para intentar alejarlo de su propósito.

Ahora pensemos en lo siguiente. Es verdad, nosotros no lo vemos, pero sabemos, o podemos llegar a descubrir, que a nosotros el tentador también se nos acerca, casi diría que permanentemente. Y pienso que es con el mismo objetivo. Nosotros también tenemos un propósito en esta vida, y desde cualquier punto de vista al diablo no le conviene que lo llevemos a término. En términos generales, hay dos planes para el hombre, y en términos individuales hay un tercero. Hablando en general, nuestros propósitos son honrar y adorar a Dios, y anunciar las buenas noticias, como había dicho cuando escribí sobre el capítulo 1 de Romanos. Por supuesto que ninguna de estas dos cosas es agradable para el tentador. Si su idea es seguir separando a la gente de Dios, tiene que impedir que lo adoremos, al menos; y tiene que evitar que hablemos a otros, para que no siga llegando gente a la casa de Dios.

También tenemos un propósito individual, particular, que se nos va revelando a medida que vivimos nuestra vida, siempre y cuando busquemos a Dios. Él nos va dejando, en general, indicios de ese plan, a través de nuestros sueños más intensos y nuestra vocación, nuestros dones, nuestras capacidades, nuestra forma de ser. En cualquier caso, esa misión particular a la cual somos enviados tiene que ver con el plan más general de Dios, y probablemente en todos los casos con algún tipo de forma de sumar a la obra de restauración que Dios quiere hacer en la humanidad. En cualquier caso, al diablo no le resulta para nada bueno que lo llevemos a cabo. Es evidente entonces que tiene que impedir que estemos seguros de quienes somos, de lo que queremos hacer, de lo que nos gusta, y de que tenemos la capacidad de hacer realidad lo que nos proponemos y lo que soñamos.

Ahora bien, ¿cómo resistir? ¿Cómo evitar que el diablo nos lleve para donde quiera llevarnos? ¿Cómo enfrentar enemigos que no vemos y no podemos tocar? Bueno, en primera instancia, es importante que sepamos que Jesús no fue tentado primero y después bautizado y lleno del Espíritu, sino al revés. En el evangelio de Lucas vemos que Jesús estaba "lleno del Espíritu Santo" (Lucas 4:1) cuando va al desierto. Ahora, no se trata de prepararnos solamente cuando vayamos a ir al desierto, porque casi nunca sabemos de antemano cuándo vamos a entrar en un desierto. Aunque Jesús fue físicamente llevado a un desierto, los desiertos en los que nosotros somos tentados son espirituales. Por lo tanto, no necesariamente los vemos venir. A veces podemos intuir que se avecina uno, pero esto no suele pasar. Por eso, es importante hacer todo lo posible para estar siempre llenos del Espíritu. Por supuesto, esto es difícil. Una clave para esto es orar permanentemente, mantenerse en guardia, digamos. La oración aleja al tentador. Y esto no significa solamente cuando podemos sentarnos a orar, sino que implica entrenarnos para que en todo momento, en todo lugar, en toda circunstancia, Jesús esté en nuestros pensamientos. Llenar nuestros pensamientos de Jesús es el primer paso para ser llenos del Espíritu Santo.

Otra cosa importante para poder resistir las propuestas del tentador es tener en cuenta qué piensa Dios sobre cada uno de nosotros. Recordar lo que decía antes de que tenemos un propósito, y que ese propósito es lo mejor para mí y para los que me rodean, independientemente de cual sea. Y saber que lo que Dios tiene para ofrecernos es siempre lo mejor que podemos llegar a obtener en la vida. Así podemos ser conscientes de que al fin y al cabo lo que el diablo tiene para ofrecernos no nos interesa. En ese sentido, y sin tratar de ridiculizarlo, el tentador es como un vendedor ambulante que nos ofrece baratijas. No tiene nada interesante para ofrecernos, pero es tan bueno decorando sus ofertas y engañando que a veces de verdad llegamos a pensar que nos interesa muchísimo lo que nos ofrece. Pero por eso es muy importante tener presente a Dios siempre, porque entonces podemos recordar que él nos ofrece lo mejor, y es justo lo contrario. Y como haríamos con un vendedor que nos ofrece cosas que no nos interesa, podemos rechazarlo a pesar de su insistencia. Al fin y al cabo, aceptar sus propuestas vendría a ser como comprar algo contra nuestra propia voluntad.

En fin, es muy importante darle pelea al diablo. No es bueno para mí dejarme convencer para que haga las cosas de manera opuesta a como me las propone Dios, porque eso me aleja de mí mismo, de mi propio ser, así como me aleja en el fondo de los demás, de Dios y de los planes que él tiene para mi vida, que son los mejores que alguien podría tener. Al fin y al cabo los planes que el tentador tiene reservados para nosotros son totalmente negativos. Son planes para hacernos estar bien aferrados a lo que él nos ofrece para que después dependamos de él. Entonces puede sacarnos lo que quiera que nos haya dado y jugar así con nuestros sentimientos, con nuestras capacidades y, en definitiva, con nuestras vidas. Pero nosotros tenemos la capacidad de resistirle. Tenemos a Jesús de nuestra parte, y como se ve en el pasaje de Mateo, él logró vencerlo. Sabe como hacer. No necesitamos dejarnos derrotar.

Y no importa lo que pensemos que tenemos de malo en nosotros. A veces desde afuera se nos quiere hacer pensar que no podemos cambiar, que somos así. Bueno, para alguien que se acerca a Jesús, no existe el "yo soy así" para lo que es malo o perjudicial para nuestras vidas o para las de los que nos rodean. "Soy así" no es excusa para no tratar de hacerle frente al tentador. No importa cuántas veces antes hayamos fallado y le hayamos seguido la corriente, siempre hay un punto de retorno para el que decide seguir el rumbo de Dios. Siempre se puede cambiar. Siempre puedo superar mis propios limites e ir más allá de lo que ya llegué. El mismo diablo quiere incluso hacernos creer que no podemos, como diciendo "¿en qué cambia que me hagas caso una vez más si ya me hiciste caso unas cuantas veces?". Pero eso es una mentira. Tal vez sea cierto que le hicimos caso otras veces, pero eso no quiere decir que no nos afecte hacerlo una vez más. Cada vez que lo hacemos dañamos un poco más nuestra vida. Por eso, siempre hay tiempo para volver atrás sobre algún punto determinado en el que estuvimos aceptando sus ofertas y decir "¡basta, no quiero saber más nada con esto que me estás ofreciendo, quedátelo vos!".

Lo importante para lograr eso es hace el cambio en la mente de decir "no quiero ni necesito esto, es malo para mi vida". Desprenderme de aquellas cosas que me hacen ir en contra de mi propósito, en la forma que sea. Esto por supuesto es un proceso que lleva toda la vida, pero lo importante es empezar y seguir por ese camino. No tengo que olvidarme que puedo acercarme con total confianza a Dios y pedirle perdón cuando me equivoco, él es totalmente incondicional. No le importa qué hice. Si yo realmente me di cuenta y acepté que está mal, por muy grave que fuera, su perdón está asegurado. Y esto no es algo menor, porque la consecuencia más inmediata de experimentar el perdón de Dios es que me libera de una carga enorme, sobre todo de la culpa que pudiera haber sentido. La culpa es uno de los peores enemigos de una persona. Al fin y al cabo, el nombre "Satanás" quiere decir "el que acusa". La sensación de culpa no viene de Dios: viene del tentador. De Dios viene el impulso que nos lleva a darnos vuelta sin miedo ni vergüenza y decir "perdón, Dios, me equivoqué".

Pero bueno, para alejarnos del diablo es totalmente fundamental acercarnos a Dios. Sin eso no hay posibilidad de resistir. No podemos enfrentarnos a algo que no vemos con cosas que sí vemos. Dice el pasaje de Efesios que "nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes" (6:12). Un poco antes dice que tenemos que fortalecernos "con el poder del Señor" para poder enfrentar "las artimañas del diablo". Claro, ¡porque con el poder humano jamás podríamos! El diablo es espiritual y nosotros somos mayormente materiales, estamos en clara desventaja. Pero si nos vestimos de Cristo, llenamos nuestra mente de Jesús, somos llenos del Espíritu de Dios. Y eso sí que revierte la situación. Porque el Espíritu de Dios es absolutamente más poderoso que el tentador. Y si entendemos que vivimos en una pelea permanente con él, en un continuo campo de batalla espiritual, podemos comprender que nadie va a una batalla desarmado. Nosotros tampoco.

A partir de la próxima publicación, precisamente, voy a centrarme en qué implica vestirnos de Cristo, qué significa ponernos la armadura de Dios. Por el momento, los dejo con este pasaje en mente:

"Manténganse firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, protegidos por la coraza de justicia, y calzados con la disposición de proclamar el evangelio de la paz. Además de todo esto, tomen el escudo de la fe, con el cual pueden apagar todas las flechas encendidas del maligno. Tomen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios" (Efesios 6:14-17).

Y no olviden que si tropezamos, Dios nos comprende y nos perdona. No nos dejemos engañar diciendo "Dios jamás me va a perdonar esto", porque eso es precisamente lo que el diablo quiere que crea. Yo soy libre, porque Dios así lo quiere. Dios sabe cuánto lo amo y cuánto quiero seguirlo a él, y es esa actitud y motivación lo que para él cuenta. Vivimos bajo el régimen de la gracia, y a cualquiera que lo haya recibido, Dios ya no lo acusa, sino que justamente, gratuitamente lo absuelve de todo cargo, como vimos cuando analizamos Romanos. Así que podemos tropezar, mientras aprendemos cada día a obedecer a Dios de nuevas y más completas maneras.

Que el Dios de gracia llene cada pensamiento de sus mentes para que puedan ser llenos del Espíritu Santo y rechazar con total seguridad las ofertas del tentador. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

viernes, 22 de julio de 2011

Romanos: el plan de salvación

Textos: Romanos 1:1-6, 8:28-29, 11:32-36, 16:25-27.

Hola a todos. Después de tanto tiempo de reflexión y lectura de la carta a los romanos, llegamos al fin de esta serie. Sin duda, a medida que fui publicando las distintas reflexiones fui creciendo muchísimo, y paralelamente pasé por un proceso de aprendizaje y de comprensión que amplió muchísimo mi perspectiva de Dios y de su plan. Tal vez hayan notado que algunas publicaciones quedaron más completas o más profundas que otras, y eso se debe mayormente a todo lo que fui viviendo desde que empecé hasta ahora. Mi propia comprensión de la carta a los romanos fue cambiando con el tiempo, pensando en que además la leí más de una vez después de la primera, con la que empecé.

En fin, voy a terminar esta serie con el que a mi entender es el tema más importante de toda la carta. En mis anotaciones sobre la última vez que leí Romanos, hay una palabra que, sin que me lo propusiera, aparece al menos diez veces: fe. Evidentemente, alguna importancia debe tener en la carta. Leyendo las recapitulaciones de cada tramo de reflexiones descubrí que a lo largo de mis publicaciones, la fe también fue una constante. Bueno, les dejo los links a esas recapitulaciones por si quieren refrescar la memoria, y después empiezo con esta reflexión final.

Romanos 1 al 8 – La fe, la gracia y el amor
Romanos 9 al 11 – El pueblo de Dios
Romanos 12 al 16 – Una vida de amor

Los tres pasajes que elegí para esta reflexión, tomados de cada una de los tres tramos en los que dividí esta serie, tienen precisamente como nudo articulador la fe. Éste es tal vez uno de los aspectos más difíciles de comprender de toda la Escritura. Uno podría decir, ¿cómo? La fe es uno de los más fáciles. La fe es, básicamente, creer en Dios. Bueno, sí y no. Por un lado sabemos que la fe es la confianza en Dios, en sus promesas, en su obra, en su Hijo Jesús. Pero hay algo de la fe que todavía tengo dando vueltas en mi cabeza: ¿de dónde viene?

Romanos 10:17 dice que “la fe viene como resultado de oír el mensaje, y el mensaje que se oye es la palabra de Cristo”. Ahora bien, muchos han oído el mensaje y no por eso lo creyeron, entonces, ¿eso es siempre así? Evidentemente no. Se puede oír y no creer. A lo largo de la carta uno podría pensar que la cosa está en uno, en su actitud hacia la fe, hacia el evangelio, y hacia Jesús. Como dije en una de las reflexiones sobre el primer capítulo de romanos, la gente elige no creer. Hasta cierto punto, esto es bastante verificable, porque muchos no pueden creer porque no quieren creer, se lo niegan a ellos mismos a toda costa. Pura obstinación, digamos. Pero por otro lado, ¿quién puede elegir qué creer? ¿Realmente se tiene un motivo para creer? ¿O será que uno vive una determinada experiencia que le muestra que todo eso es real, y recién entonces cree? En ese caso, los que no vivieron una experiencia así, no podrían creer, por más que quisieran. En algún momento dije que cada uno puede elegir abrir los ojos o dejarlos cerrados. Hoy no estoy para nada seguro de que eso sea así. Además, de ese modo habría cierto mérito en creer. Fui inteligente y abrí los ojos, diríamos. Sin embargo, nadie puede ver a Dios por sus propios medios, ni salvarse a sí mismo.

Bueno, avancemos un poco más. Romanos 1 decía que “recibimos el don apostólico para persuadir a todas las naciones que obedezcan a la fe” (1:5). Más adelante dice que la salvación “es por fe de principio a fin” (1:17). Ahora, ¿qué sería la fe? ¿Fe en qué? Bueno, la fe es creer y confiar. Hebreos dice que “la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). Entonces, nuestra fe es básicamente en Cristo. Es tener la certeza de que Jesús es el Hijo de Dios, que murió por nosotros y, sobre todo, de que resucitó, es decir, saber que está vivo a pesar de que no pueda verlo. Por otro lado, es la garantía de lo que esperamos, que un día seamos liberados para siempre de las aflicciones y problemas de esta vida, y del pecado que todavía intenta dominarnos. Una esperanza que no defrauda, como dice el capítulo 5, porque también creemos en las promesas de Dios.

Pensando en todo esto, la fe es algo difícil de tener. Es muy difícil creer que alguien resucitó de entre los muertos. Suena demasiado anormal, y lo mismo el hecho de que Dios mismo venga a morir por una humanidad que estaba y está hundida en la maldad. No es un evangelio fácil de creer. Por eso es necesario mucho más que solamente oír la palabra de Cristo. Necesitamos experimentar a Cristo, su presencia, su vida. Y no es un asunto menor, porque de esta fe depende nuestra vida. Como ya fuimos viendo a lo largo de la carta, sin Dios estamos muertos a pesar de que vivamos físicamente. Cuando el cuerpo ya no esté, sólo nos quedaría la muerte. Pero como Pablo afirma que “estimaron que no valía la pena tomar en cuenta el conocimiento de Dios” (1:28). Alguien me dijo una vez muy sabiamente, aunque hablando de cualquier otra cosa, que “el problema acá es que nadie se siente culpable de nada”. Sí, ese es el problema.

Para eso vino la ley de Dios. Cuando Dios ya había hecho un pacto con Abraham, por medio de su promesa de bendecir por medio de él a todas las naciones de la tierra, dictó la ley escrita a Moisés. Esta ley nunca tuvo el propósito de corregir o de algún modo salvar a la humanidad de la condenación, sino todo lo contrario: mostrarle al hombre que era desobediente, y por lo tanto hacerlo conciente de su necesidad de volverse a Dios. Mostrar el pecado y mostrar su poder y profundidad. Lo que pasa es que justamente uno de los peores problemas del hombre es su orgullo, y éste le impide reconocer su condición de culpable. Por otro lado, la comprende, y esto generalmente hace que las personas vivan con culpa pero sin querer aceptarla o reconocerla. Y uno puede decir, bueno, pero Dios me generó esa sensación de culpabilidad. Sí, pero también nos dio una solución. Y no una solución inalcanzable, sino una muy fácil de conseguir. De hecho, Dios desearía que todos creyeran y fueran liberados de esa sensación de culpabilidad. Pero para eso, el hombre tiene que inclinarse ante Dios, renunciar a su orgullo y comprender que no hay posibilidades para el que no da el brazo a torcer. Siempre ese es el primer paso. Reconocer que no puedo por mí mismo, necesito a Dios.

Por eso dice uno de los pasajes que elegí para esta reflexión que Dios encerró todo bajo pecado, para tener misericordia de todos. Nos dejó desobedecer, para que al darnos cuenta de nuestro error nos volviéramos a él y pudiera él tener compasión por nosotros. Esto pienso que es bastante difícil de comprender o de aceptar, pero es importante recordar algo central de esta carta: la salvación es siempre por la fe en Cristo. No hay absolutamente nada que podamos hacer para agradarle a Dios sin fe. No importa que tan buena sea una obra, sin fe no le agrada a Dios. Por eso Dios reveló el gran misterio, su Hijo Jesús, Dios hecho hombre, y lo entregó por nosotros. Selló así su plan de salvación, diciendo, siempre la salvación de mi pueblo fue por medio de la fe, pero ahora ven lo que les había anunciado, el núcleo de esa fe, tanto para los que vivieron antes que él y solamente lo esperaban pacientemente, como para los que vendrán después y lo verán ya resucitado. Y este verlo, es posible. Pero es necesario comprender que verlo no quiere decir ver su imagen ante nosotros. Verlo es mucho más amplio. ¿Es sentirlo? No solamente. Es verlo pero no con el sentido de la vista, sino con un sentido mucho menos tangible: el espíritu.

Pero entender esto requiere por parte nuestra un cambio de mentalidad. Una renovación de nuestra mente, como vimos en el último tramo de la serie. 1 Corintios 2:16 dice que aquellos que recibimos a Cristo “tenemos la mente de Cristo”. Solamente así podemos discernir estas cosas espirituales. Esa mente de Cristo es el Espíritu Santo, que recibimos al unirnos a Jesús por medio de la fe. El que no tiene el Espíritu de Dios, no puede empezar a comprender a Dios. Por supuesto, nunca terminamos de comprenderlo. Tal vez después de nuestra vida física. Pero sí que empezamos, y podemos llegar a conocerlo muy bien dentro de los límites que nos impone nuestra condición humana. Y si lo comprendemos, nuestra vida entera se transforma, haciéndonos cada vez más parecidos a Jesús.

Y una de las mayores evidencias de la transformación de nuestras vidas tiene que ver con el amor. De hecho, Dios ES amor, como dice 1 Juan 4:8, y otra vez en 4:16. Por lo tanto, si lo conocemos a él, el amor empieza a impregnar cada área de nuestra vida. Sobre eso ya profundicé antes, pero simplemente lo resumo en que nuestra perspectiva de las cosas comienza a cambiar completamente, nuestros parámetros se orientan hacia el amor cada vez más, nuestra manera de ver el mundo comienza a centrarse en el amor. Y el amor es básicamente el deseo de que los demás estén bien. Eso no es algo menor, si pensamos que en la raíz, en el fondo, “estar bien” es una condición espiritual, y se logra solamente en Cristo. Así, el amor nos lleva necesariamente a desear que todos conozcan a Dios. Y ésta es la obediencia al llamado que nos hizo, porque volviendo al principio, recibimos ese llamado para “persuadir a todas las naciones que obedezcan a la fe” (1:5), y como dice en 16:26, para eso Dios reveló el misterio, a través de los profetas primero y enviando a Jesús después, cuando llegó el momento señalado desde antes de la creación del mundo.

En fin, la conclusión de todo esto es que pasar de la incredulidad a la fe implica necesariamente un cambio de actitud, y trae un cambio de mentalidad. De una actitud cerrada pasamos a una actitud abierta, y de una mentalidad desobediente pasamos a una mentalidad de amor. Esto nos hace “sagaces para el bien e inocentes para el mal” (16:19). Muchas veces las experiencias que vivimos son las que al final hacen que nuestra mente y nuestro corazón se abran a Dios. En cualquier caso, siempre es por fe que recibimos esta maravillosa libertad y salvación de la que hablé en todas las reflexiones de esta serie, y es un regalo de Dios. No por cumplir la ley, sino por la gracia de Dios.

Dios, entonces, es sabio, totalmente sabio, nadie jamás hubiera podido imaginar semejante plan de salvación, y nadie le dio consejo, sino que la mente de Dios está muy por encima de la nuestra. Muchas cosas no podemos comprenderlas dentro de su plan, pero sabemos, confiamos y afirmamos que su plan es perfecto, y es, a todos los fines, bueno. Porque él mismo es bueno, siendo que ES amor en sí mismo. Espero que esta reflexión final sobre Romanos haya sido de mucha bendición para ustedes, y que puedan seguir creciendo en el conocimiento de Dios y en amor, para que sean cada vez más parecidos a Jesús, y para que aquellos que los conozcan a ustedes sean bendecidos por el enorme poder del evangelio de Dios, la máxima expresión del amor. “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Que el Dios de amor, sabio al llamar y poderoso al salvar, los llene de su Espíritu, para que sus mentes sean renovadas cada vez más en el amor y en la verdad del evangelio de su Hijo, para que sean cada vez más sagaces para el bien y más inocentes para el mal, y lo conozcan cada día más.

Tenemos paz con Dios, en su amor y por su gracia. Y esto por medio de la fe en Cristo. Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 29 de junio de 2011

Romanos: una vida de amor

Texto: Romanos 12:9-12, 13:11-14, 14:16-19, 15:7-12, 16:16-20

¡Hola a todos! Después de tanto tiempo vuelvo a actualizar el blog. Como lo prometido es deuda, publico ahora la recapitulación de las reflexiones sobre los últimos cinco capítulos de Romanos. Como habrán visto hice esto con los demás capítulos también a medida que aparecían temáticas importantes, digamos, centrales. También voy a hacerlo con respecto a algunos hilos que creo que unen toda la carta. Pero bueno, no quería dejar pasar esta reflexión, acerca de los últimos capítulos. Les dejo los links a las respectivas reflexiones para que puedan releerlas o darles un vistazo previo. Entre paréntesis agrego los versículos que me habían parecido centrales en cada caso.

Romanos 12 - el amor verdadero 12:9-12
Romanos 13 - el amor a Dios 13:11-14
Romanos 14 - la unidad de los cristianos 14:16-19
Romanos 16 - el amor aplicado 16:16-20

Bueno, la verdad que repasando tanto los capítulos como las reflexiones que publiqué sobre ellos, me pasó algo que me llamó la atención: los temas se van uniendo solos. Me di cuenta de que están entremezclados permanentemente, y eso creo que facilita mucho esta recapitulación. Pero no quiero dejar de mencionar que leyendo de nuevo los textos bíblicos, hay un pasaje que pareciera articular todas la reflexiones. Uno pensaría que es alguno sobre el amor, pero no. Dice 12:2, "no se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente". Al leer de nuevo esto me puse a pensar, ¿cómo sería esa renovación?

Repasando los demás capítulos llegué a esta conclusión: la renovación de la mente implica un cambio de perspectiva en todas las áreas de nuestra vida. Ver las cosas de otra manera distinta a como las veíamos antes. ¿Antes de qué? Bueno, por un lado antes de conocer al Señor, pero por otro lado creo que es algo permanente. Alguna vez escuché que esta expresión "sean transformados" es en realidad, en el texto original, una especie de "presente continuo". Algo como "estén siendo transformados". Esto no es un dato menor, porque implica precisamente la idea de que es un proceso permanente. Pero bueno, más allá de eso pienso que en estos cinco capítulos podemos rastrear el origen de este cambio de perspectiva.

Un origen evidente es el Espíritu de Dios, del que habíamos hablado en el capítulo 8, que precisamente renueva nuestra mentalidad. Ahora bien, creo que si hay algo con lo que podemos asociar al Espíritu Santo es con el amor. Es por este Espíritu que vivimos bajo la gracia de Dios y comprendemos su amor. Y si comprendemos su amor, nuestra mente debería pasar a un estado de conciencia diferente. Debería entender la necesidad y la belleza que hay en amar a los demás. En el capítulo 12 veíamos que el amor es el vínculo perfecto, y que cuanto más amamos a los demás más nos acercamos al modelo de Jesús. La perfección tiene todo que ver con el amor, y por eso muchos pasajes del nuevo testamento hablan de perfeccionarse en el amor. El amor hacia Dios, hacia nosotros mismos y hacia los demás. En definitiva, cuando Jesús tuvo que resumir toda la ley, dijo "ama al Señor tu Dios con todo tu ser y con toda tu mente" (Mateo 22:37) y "ama a tu prójimo como a ti mismo" (22:39). El amor incluye muchas cosas, pero en definitiva, lo fundamental pienso que es desear y hacer siempre el bien a los demás. Para eso tengo que poder estar abierto, comprenderlo, perdonarlo, ser paciente, y sobre todo recibirlo. Como había dicho en la reflexión sobre ese capítulo, ser hospitalario no tiene tanto que ver con darle un lugar a alguien en casa sino más bien con dárselo en nuestra vida.

En fin, todo esto hace necesaria la renovación de nuestra mente. Cambiar de una mentalidad meramente humana, que solamente se fija en sí mismo, o a veces ni siquiera eso, y dejarnos moldear poco a poco por Dios para que su amor impregne cada aspecto de nuestra vida. En definitiva, si Dios no nos moldea, nos va a moldear el "mundo actual" del que habla Pablo, es decir, la sociedad que nos rodea. Si miramos a nuestro alrededor, a este mundo le falta amor. Y si nosotros, que somos cristianos y por lo tanto amamos a Dios, no somos capaces de establecer vínculos de amor con la gente que nos rodea, no podemos tampoco esperar que lo hagan los demás. En definitiva, “Dios es amor”, dice Juan en su carta (1 Juan 4:16). Por eso también es necesario "ubicarse" en el tiempo en que vivimos, para comprender a nuestra sociedad y poder ser agentes de renovación. Si nosotros estamos dispuestos a amar, todo a nuestro alrededor puede cambiar. Ahora bien, como dijimos al reflexionar sobre el capítulo 13, la fuente del amor es Dios. Si nosotros estamos cerca de Dios, el amor crece en nosotros. Si estamos lejos, el amor decrece. Por eso, para poder amar a los demás, primero tengo que poder amar a Dios. Esto tiene muchas implicancias. Dios es creador de todas las cosas, y por lo tanto si amamos a Dios deberíamos ser capaces de amar a todo lo que nos rodea. Los animales, el clima, las plantas, todo eso fue hecho por Dios. Las personas, todas, fueron hechas por Dios. Esto incluye personas que nos quieren, personas que no conocemos bien, personas que nos maltratan; incluye a nuestras autoridades, en todos sus niveles. No importa si justas o injustas, nosotros no tenemos el derecho de no amar a alguien. Por otra parte, dijimos que amar es vencer, por lo tanto si pensamos que hay injusticia en alguien, vencemos a su injusticia con nuestro amor. Si consideramos que hay maldad en alguien, vencemos esa maldad amando a esa persona.

Claro que esto no es fácil. Por eso hay otra cosa que no tenemos que descuidar: nuestra familia de fe. “No es bueno que el hombre este solo”, dice Génesis 2:18. Nosotros permanentemente necesitamos apoyo, ánimos y fuerzas porque en nuestra humanidad, somos débiles. El cambio que Dios nos propone es demasiado grande para que lo llevemos a cabo individualmente. Renovar nuestras mentes es una tardea difícil para la que necesitamos de la ayuda de otros que estén en el mismo proceso que nosotros. Por otra parte la comunidad de fe es una fuente grande de identidad para nosotros. Cuando comenzamos a ser renovados, nuestra manera de ser va cambiando, y ya nos dejamos de identificar lentamente con la sociedad que nos rodea, con sus costumbres, sus parámetros. Incluso aunque sigamos practicando muchas cosas, estas cosas dejan de gustarnos. Justamente, ahí hay un gran punto. Practicamos cosas que no nos gustan porque estamos todavía acostumbrados a una manera de ser que el mundo nos fue imponiendo desde el principio. Por eso, Dios nos anima en el capítulo 13 a que nos defendamos de los intentos de la sociedad que nos rodea de moldearnos a su imagen. Nosotros fuimos creados para ser a imagen de Dios.

Y la imagen de Dios se completa en nosotros mientras nos mantengamos unidos al cuerpo del que reflexionábamos a partir del capítulo 12. Este cuerpo es la iglesia, y Cristo es la cabeza. Por eso es importante que nosotros también cuidemos a nuestra familia de fe. Que no dejemos de congregarnos, que tratemos de mantener vínculos fuertes y estrechos con nuestra comunidad, en fin, que el amor impregne también nuestras relaciones en la iglesia y las renueve permanentemente. En definitiva, la iglesia debería ser el escenario de prueba. Deberíamos ser capaces, con nuestro amor por nuestros hermanos y hermanas de fe, de dar el ejemplo de cómo debería ser una comunidad, aún con las imperfecciones que podamos llegar a tener. Si volvemos a la idea de que el amor es el vínculo de la perfección, una comunidad basada en el amor es una comunidad que se perfecciona permanentemente. Y una comunidad cristiana, por definición, debería estar basada en el amor.

Por todo esto, en fin, es muy importante también generar relaciones con todos, cristianos o no, iguales, parecidos, distintos o muy distintos de nosotros. Porque desde el amor es que uno puede vencer las barreras que a esas personas las separan de Dios y les impiden verlo. En definitiva, amar es vencer. Por otra parte, se trata de ofrecer este nuevo modelo, nuevo en el sentido de diferente al que la gente conoce y por el cual se deja moldear pasivamente, casi siempre sin ofrecer resistencia, y dejar en evidencia que el modelo de Jesús es totalmente más sano, más edificante y en definitiva, el único que lleva a la vida. Así también con nuestros hermanos en la fe, transformando lentamente las comunidades cristianas en pequeños modelos de lo que la sociedad podría llegar a ser en Cristo, aunque renovándonos y creciendo permanentemente. Si nosotros practicamos entre nosotros lo que después vamos a intentar aplicar fuera de las iglesias, lentamente vamos a ser transformados más y más a imagen de Dios, llevando la iglesia, es decir, llevando a Jesús a cada lugar donde vayamos.

En fin, dice Pablo, "sean sagaces para el bien e inocentes para el mal" (16:19). Esta es la clave de la renovación de la mente. El mundo suele ser al revés. Para el mal, sagaz, inventivo, creativo. Ha dejado claro que siempre puede llegar más lejos, caer más bajo. Pero para el bien las personas suelen ser ingenuas, no darse cuenta o pasar por alto la manera de practicar el bien, ignorar las advertencias, cerrar los ojos ante lo malo, mirar para otro lado. Si el amor de Dios impregna nuestras mentes y nuestras vidas, nuestra perspectiva puede cambiar y volvernos cada vez más astutos para hacer el bien, para amar, para renovar las maneras, ser creativos e inventivos para demostrar y expresar nuestro amor hacia Dios, hacia nosotros y hacia los demás, y cada vez más ingenuos para el mal, olvidándonos de cómo se hace para practicarlo y sí, fallando, pero por descuido y no por voluntad propia.

Por supuesto, eso está muy lejano a nosotros a simple vista, pero pienso que está en realidad mucho más al alcance de lo que a veces yo mismo me atrevo a pensar por miedo a ser demasiado optimista. Pero como ya dije varias veces, insisto: amar es vencer, y eso se aplica también al mal que habita en nosotros mismos. Espero que esta reflexión haya sido de mucha bendición para todos, y que los haya animado y les haya ayudado a pensar el amor más allá de lo que nuestra propia sociedad entiende como tal. Nunca olvidemos que hay mucho más de lo que conocemos, y eso se aplica para el amor también.

Que el Dios de amor los llene de sabiduría y de luz para que, amando, puedan vencer y transformar sus vidas y las de aquellos que los rodean, y para que sus mentes sean renovadas por medio de su amor y su Espíritu de vida, que nos libra del temor y del mal que nosotros mismos podemos llegar a hacer. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.