martes, 11 de mayo de 2010

Romanos 12 - el amor verdadero

Texto: Romanos 12

Hola a todos. No solamente tardé menos tiempo en publicar esta reflexión que en publicar la anterior, sino que la profundidad de ésta me dejó tan impactado que la tenía lista desde el principio de la semana. Es increíble lo revelador que es este capítulo, tanto que une los dos hilos argumentales anteriores en una exposición sublime, sobre uno de los temas más importantes de la carta, de toda la teología paulina y hasta diría que de todo el cristianismo. Hay muchos pasajes en la Biblia que hablan sobre el amor. El más conocido supongo que es 1 Corintios 13:4-7. Pero creo que aún más claro y completo es el desarrollo que hace Pablo en este capítulo.

Esta reflexión podría estar relacionada con docenas de pasajes más de los que voy a ir citando, tanto de las cartas como de los evangelios, pero por cuestiones de espacio prefiero limitarme a los verdaderamente relevantes. El texto empieza por hacer un repaso corto y disimulado de los dos arcos argumentales anteriores. Si leemos en profundidad los primeros dos versículos vamos a encontrarnos con cosas que ya vimos en las reflexiones pasadas.

En primer lugar, quiero resaltar que somos llamados a entregarnos a Dios como sacrificios vivos, santos y agradables a él. Efesios 5:1-6 nos orienta un poco sobre cómo es ser un sacrificio vivo y agradable a Dios, diciéndonos básicamente que para eso es necesario amar. Para amar, por supuesto, experimentamos primero el amor de Dios. Como dijimos en las reflexiones sobre los capítulos 6 al 8, nosotros fuimos comprados por precio, la muerte de Cristo, y por lo tanto nuestro cuerpo le pertenece a Dios. Vivimos bajo obediencia eterna para hacer su voluntad, y esto no solamente con el cuerpo sino también con la mente. Por eso Pablo dice "así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios" (12:2). Nuestra mente está en sintonía con la de Dios, y eso nos ayuda a identificar mejor sus caminos. Nos dice además algo que no nos resulta nuevo, que la voluntad de Dios es "buena, agradable y perfecta". Es lo que ya decía en 8:28, "Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman".

En cuanto a ser santos, ya el capítulo 1 hablaba de eso, y habíamos dicho que ser santos quiere decir apartarnos para Dios. Como fuimos analizando en las reflexiones sobre los primeros 8 capítulos, Dios mismo nos aparta para sí, por medio de la muerte y resurrección de Jesús y por la obra de su Espíritu en nosotros. De esta manera, por su misericordia dice Pablo, aunque después de todo lo que fuimos reflexionando podríamos decir que por su gracia, nos apartó del mundo y nos convirtió en parte de su pueblo, como vimos en la reflexión anterior. Pablo va incluso más allá, e introduce una metáfora que resulta muy enriquecedora: más que un pueblo, somos un cuerpo. Cristo es la cabeza, como dice Efesios 4:15, y a él estamos todos unidos. Cada miembro de este cuerpo tiene una función, de la misma forma en que en el cuerpo humano, cada órgano tiene una función específica. Por eso Dios nos da a cada uno diferentes dones. Podríamos hablar muchísimo sobre los dones, pero basta con descubrir qué dice este capítulo acerca de ellos.

Me resultó interesante cómo, a diferencia de otras cartas en las que Pablo habla de los dones, en este pasaje hace referencia a dones que parecerían ser cotidianos, poco espectaculares. No habla de sanar enfermos, no habla de resucitar a los muertos, no habla del don de leguas. Habla de cosas mucho más sutiles: prestar un servicio, enseñar, animar a otros, socorrer a los necesitados, dirigir y mostrar compasión. Solamente un don sobresale de entre esos, y es el de profecía. Y esto no es algo menor, porque de algún modo Pablo está poniendo a todos esos dones que parecieran ser menores al mismo nivel que el de profecía, que es claramente un don de Dios. Entonces, ¿qué es un don? Según este pasaje podríamos pensar que un don no es otra cosa que una capacidad espiritual. Y es por eso que dice Pablo que tenemos que usarlos en proporción con nuestra fe, porque son espirituales. Son capacidades que Dios nos da para edificar a otros espiritualmente. Todo aquello que nos sirve para este propósito, por pequeño e insignificante que pudiera parecer, es un don. Y el texto aclara que tenemos que usarlos al máximo de nuestro potencial.

Ahora bien, ¿cómo es que está unido este cuerpo? ¿Cuáles son los ligamentos? La respuesta es evidente. Como ya vimos, Dios nos unió a sí mismo de manera inseparable por medio del amor que manifestó en Cristo Jesús. Del mismo modo, el cuerpo permanece unido internamente por medio del amor. Colosenses 3:14 dice que "el amor es el vínculo perfecto". Otras versiones dicen "el vínculo de la perfección". Proverbios 10:12 dice que "el amor cubre todas las faltas". Podemos pensar que cuando amamos reflejamos, como nunca, la perfección de Dios. Y si es perfecto, no se rompe. Por lo tanto, y por provenir de Dios, el amor es eterno.

Y si el amor es lo que mantiene unido al cuerpo, es fundamental, como dice el texto, que el amor sea sincero. No alcanza con que simpaticemos con nuestros hermanos. Es necesario que verdaderamente los amemos. Se necesita amor verdadero. Como el amor con el que Cristo nos ama a nosotros. De hecho, nuestro modelo de amor no es otro que el de Cristo, que hasta entregó su vida por nosotros. Pablo pasa entonces a describir el amor verdadero, y lo hace de una manera impecable.

En primer lugar, el amor no es solamente espiritual. El amor verdadero se refleja en nuestras actitudes. Pablo usa la palabra "diligente", es decir que el que ama se mueve por aquél a quien ama. El amor es activo. Por eso el texto nos habla de ayudar a nuestros hermanos. Nos habla de practicar la hospitalidad. Podríamos pensar incluso no solamente en la hospitalidad física, sino también en una hospitalidad espiritual. Amar es dejar que las demás personas entren en nuestro corazón, que vengan a vivir en nuestras vidas. Implica comprometerse con esa persona al punto de que pasa a ser importante para nosotros.

En segundo lugar, el amor verdadero implica desear el bien de los demás, y como es diligente, el que ama busca activamente el bien de los demás. Y esto es así no sólo para las personas que también nos aman a nosotros. Aún a nuestros enemigos, a los que nos odian o nos desean el mal, tenemos que desearles el bien. "Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan" (12:14). Y aún más, tenemos que ser también diligentes con ellos. Procurarles el bien, ayudarlos, porque el amor verdadero persigue el bien, va tras él, actúa.

En tercer lugar, el amor verdadero nos lleva a ser humildes, reconociendo nuestros propios errores antes de cuestionar los errores de otros. Por eso, Pablo dice "vivan en paz con todos" (12:18). Porque el que se examina a sí mismo ignora los errores de los demás y los ama sin importar esos errores. Por eso, pagar con la misma moneda es señal de no habernos examinado a nosotros mismos. ¿Quiénes somos nosotros, seres falibles, para vengarnos de otros? ¡Como si fueramos perfectos! Sólo nos aproximamos a la perfección cuando amamos de verdad, y el amor verdadero excluye la venganza porque favorece la paz.

Y por último, el amor verdadero es empático. Pablo nos alienta a alegrarnos con los que están alegres y a llorar con los que lloran. Esto implica poder ponernos en el lugar de los demás, pero no solamente entendiendo con nuestra mente la situación que atraviesa cada uno, sino aún más, comprometiéndonos de corazón con su vivencia. Ser capaces de experimentar lo que la otra persona siente, hacer propio ese sentimiento para poder comprender verdaderamente en profundidad qué es lo que le pasa. Eso es parte del amor verdadero.

Me sacude verdaderamente el último versículo del capítulo: "no te dejes vencer por el mal; al contrario, vence al mal con el bien". Es muy interesante que Pablo deje ahí de hablar en plural y hable en singular. Y es que está dirigiéndose en particular a cada persona que recibe ese mensaje. Eso pone en evidencia la importancia de esa afirmación. Y es que si el amor es contrario al mal, amar es vencer. Y así como el amor de Dios venció al pecado y a la muerte, nuestro amor puede vencer al mal. Y quiero repetirlo: amar es vencer.

Me parecieron centrales los versículos del 9 al 12, que de algún modo resumen la esencia del amor verdadero. Espero que esta reflexión les haya significado tan reveladora como a mí, y que les haya sido de gran bendición. Nunca olviden que amar es vencer, y que por lo tanto el amor es lo único que puede cambiar el mundo.

Que el Dios de amor, que venció a la muerte y al pecado por medio de Cristo y de su Espíritu Santo, librándonos para siempre, los llene con su amor verdadero para que puedan vencer al mal con el bien. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

domingo, 9 de mayo de 2010

Romanos: el pueblo de Dios

Texto: Romanos 9:30-32, 10:13-17, 11:17-24, 33-36; 1 Pedro 2:9-10

Hola a todos. Como ya les había adelantado, esta reflexión va a ser una recapitulación del hilo argumental que Pablo mantiene a lo largo de los capítulos 9, 10 y 11 de su carta a los romanos. Los textos seleccionados para esta reflexión no son azarosos, sino que son los que consideré centrales de cada capítulo. La excepción es el pasaje de 1 Pedro, el cual está directamente relacionado con el tema de la reflexión. Voy a dejarles los vínculos de las reflexiones correspondientes a estos tres capítulos por si quieren refrescar la memoria

Romanos 9 - descendientes de Abraham 9:30-32
Romanos 10 - creer y confiar 10:13-17
Romanos 11 - el Israel espiritual 11:17-24

Me gustaría que nos detuviéramos un momento en la obra de Jesús, y miráramos de cerca a la luz de los textos. Jesús cambió la historia y la dividió en un antes y un después. Si bien esto es así para todo el mundo, especialmente lo es para el pueblo de Dios. Pero, ¿Quiénes son "el pueblo de Dios"?

Leyendo estos capítulos de Romanos podemos sacar varias conclusiones con respecto a esto. En primer lugar, sabemos que Dios eligió al pueblo hebreo a través del llamado de Abraham. Cuando vimos su caso, en el capítulo 4, Pablo decía que Abraham fue elegido por medio de su fe en las promesas de Dios. El pacto que Dios hizo con él fue el siguiente: "Te he confirmado como padre de una multitud de naciones. Te haré tan fecundo que de ti saldrán reyes y naciones. Estableceré mi pacto contigo y con tu descendencia, como pacto perpetuo, por todas las generaciones. Yo seré tu Dios, y el Dios de tus descendientes" (Génesis 17:5-7). Así, Dios ya dejaba entrever cuál era la parte que le tocaba a Israel, el pueblo elegido. Él sería Dios de Israel, es decir que ellos le rendirían adoración y obediencia. A cambio, Dios multiplicaría su descendencia y expandiría el pueblo por todo el mundo. Podríamos reformularlo, entonces, y decir que el pacto de Dios con Abraham fue "si ustedes me adoran, y me obedecen, yo los voy a multiplicar y expandir por todo el mundo".

Ahora bien, también sabemos que Dios llamó a los gentiles, es decir, a los que no eran hebreos y por lo tanto no habían oído hablar de él, ni lo adoraban, ni lo obedecían. Lo hizo por medio de Jesús, ya que él mismo predicaba no para los judíos, sino para todos los que vivían en la región. Además, uno de sus discípulos, Pablo, fue precisamente enviado a predicar el evangelio a los gentiles más allá de las fronteras de Judá. Así, Dios no solamente eligió al pueblo hebreo, sino también a los gentiles. Pero entonces, ¿el pueblo elegido por Dios no sería toda la humanidad? En cierta manera, sí. Cuando Dios llama a los gentiles, básicamente completa el plan de redención del que hablaban los capítulos del 1 al 8 para todo el resto de la humanidad. Lo curioso es que, al mismo tiempo que muchos gentiles se acercaban a Dios por medio de la fe en Jesús, el propio pueblo hebreo lo rechazó, ignorando totalmente las profecías que habían sido cumplidas desde el momento de su nacimiento. Israel, el pueblo que Dios había elegido, le dio la espalda. Pero, ¿es eso posible? ¿Dios no los había elegido acaso?

La respuesta es que Dios había elegido a su pueblo, les había dado la ley, los profetas, los ritos, la tradición, aún la propia fe. Pero todo eso, y esto se pone en evidencia a lo largo de todo el Antiguo Testamento, tenía por único objetivo que reconocieran a Jesús, a quién él enviaba para completar la obra. Ya les había sido anunciado desde tiempos de Moisés, y sin embargo, ellos no lo reconocieron. Se cerraron en sus propios razonamientos, en su propia doctrina, en sus propias tradiciones, y no identificaron el mensaje de Dios encarnado en Jesús. Por supuesto, algunos israelitas sí lo hicieron, pero los que no lo hicieron se perdieron. ¿Y acaso no forman parte del pueblo que Dios eligió? ¿Cómo pueden haberse perdido?

Pero Dios tenía un plan. Es acá donde entra en juego el texto del final del capítulo 11. El plan de Dios era claro, y es evidente que lo tenía pensado desde el principio. Dios conocía perfectamente a su pueblo, y sabían qué tanto se aferraban a sus tradiciones. Sabía perfectamente que si despertaba el celo de Israel con otras naciones, estos lo buscarían nuevamente. Entonces, decidió llamar a los gentiles. Así, los israelitas, por ver las bendiciones de los gentiles, volverían a Dios. Por eso Dios decidió llamarlos recién a partir de la venida de Jesús, para que al tratar de buscar los hebreos las causas de la adopción de los gentiles como hijos, la búsqueda los condujera a Jesús.

De esta manera, la elección no se hizo por medio de la descendencia natural. Dios le había dicho a Abraham que iba a multiplicar su descendencia y que la expandiría por el mundo. Es claro entonces que no se refería a su descendencia biológica, sino a los hijos de su fe. Aquellos que hicieran suyas las promesas en las que Abraham había creído y el compromiso que él había hecho con Dios. La señal de este compromiso fue la circuncisión, pero como Pablo dice en varias de sus cartas, lo importante no es la circuncisión física, del mismo modo que lo importante no era la descendencia física. La circuncisión es espiritual, porque solamente es válida si se hace por la fe. El capítulo 9 explicaba que el pueblo de Israel no encontró la justificación porque aunque cumplían la ley, no lo hacían con fe. Era una religiosidad vacía de contenido. Así, la descendencia de Abraham es también, como el compromiso, espiritual. Todos aquellos que compartieron la fe con Abraham, el primer patriarca, fueron herederos y descendientes de él.

De la misma manera, Jesús llamó a los de su tiempo y fundó su iglesia, a través de Pedro. Por supuesto que la historia del pueblo no terminó allí, sino que Pedro, al creer en Jesús, no hizo otra cosa que tomar como propia la fe de Abraham. Al fin y al cabo, Jesús es la Palabra de Dios, por lo tanto el és la ley, y es además Dios. Al recibirlo a él, estamos poniendo nuestra fe en Dios, y en la ley. De esta manera, al ser bautizados no hacemos otra cosa que circuncidar nuestro espíritu, sellar el pacto con Dios. Y Pedro dio continuidad a su iglesia, predicando el evangelio que Jesús lo había enviado a predicar. Y si Pedro había sido incluido por la fe entre los descendientes de Abraham, lo serían todos aquellos que compartieran la fe con Pedro, incluyendo los demás apóstoles, y todos los cristianos de todos los tiempos.

Ahora bien, entre la iglesia que fundó Pedro, descripta en el libro de los Hechos, y la iglesia de nuestros tiempos existen varias diferencias. Pero podríamos resumirlas todas en esta comparación: del mismo modo que el pueblo hebreo se alejó de Dios y se quedó con una religiosidad vacía de contenido, así lo hizo la iglesia. Se aplicaría entonces el texto de 9:31-32, "En cambio Israel, que iba en busca de una ley que le diera justicia, no ha alcanzado esa justicia. ¿Por qué no? Porque no la buscaron mediante la fe sino mediante las obras, como si fuera posible alcanzarla así".

Pero de la misma manera en que muchos israelitas si creyeron, y su fe se les contó por justicia, muchos miembros de la iglesia creyeron verdaderamente en Jesús, y por lo tanto fueron justificados. Y todos ellos son los que conforman la verdadera iglesia espiritual, la iglesia universal, que reúne a todos los cristianos de todas las épocas, desde el inicio. Y cuando hablo de cristianos me refiero a estos, que realmente creyeron.

Finalmente, queda por decir que el pueblo de Dios lo conforman entonces tanto los hebreos que fueron justificados por la fe, como la iglesia universal. Estos son los que conforman el "Israel" con el que Dios estableció su pacto. El Israel espiritual, que fue elegido por Dios, y cuya elección sigue manifestándose día tras día a medida que más personas se suman al pueblo al tomar como propia la fe de Abraham y de Pedro. Y a su vez, el pueblo hebreo está siendo llamado desde los tiempos de Cristo, para que se revelen por fin los hijos de Dios entre los que aún siguen negando a Jesús.

La historia del pueblo de Dios no termina aún. El libro de los Hechos tiene un capítulo inconcluso, que es el nuestro. Dios sigue revelándose al mundo y manifestándose por medio de su pueblo, es decir, su iglesia. Conocemos el final de esta historia: Cristo va a volver para llevar a su pueblo a la nueva creación. ¿Cuándo? "Nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre" (Marcos 13:32). Pero mientras tanto, Dios nos dejó una misión. Jesús dijo "vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes" (Mateo 28:19-20). Esos somos. Como Pedro dice en el texto que cité, somos "linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable". Esos somos y para eso estamos.

Espero que esta reflexión haya sido de gran bendición para sus vidas. Quiero concluir con esta idea: Dios hizo un pacto con su pueblo, multiplicando su descendencia por medio de la fe, y expandiéndo esa misma fe, por medio de su iglesia, por el mundo. Nuestra parte del pacto es rendirle adoración y obediencia, y la única forma de lograrlo, como ya vimos en los capítulos del 1 al 8, es uniéndonos a Cristo. Así, todos los que estamos en Cristo, formamos parte de su iglesia. No importa su trasfondo, no importa su cultura, no importa su confesión o su denominación.

Que el Dios de Abraham, de Pedro y de todos los que creyeron, creen y creerán en su Palabra les de paz y les recuerde permanentemente quiénes son y para qué fueron escogidos. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

sábado, 17 de abril de 2010

Romanos 11 - el Israel espiritual

Texto: Romanos 11

Hola a todos. Estamos llegando al final de la carta a los romanos. El capítulo 11 de algún modo cierra otra línea argumental, relacionada con el pueblo de Israel. Es muy probable que en la próxima publicación haga un repaso por estos últimos tres capítulos para que podamos tener bien presente en qué consiste este hilo argumental. Por lo pronto, este capítulo me encanta. Retomando la analogía del pueblo judío con la iglesia de hoy, no puedo evitar conmoverme ante la misericordia que Dios tuvo conmigo. No me crié en una familia cristiana y sin embargo Dios vino a buscarme. Tuvo misericordia de mí.

Pero al pensar en eso tampoco puedo evitar preguntarme, ¿qué pasó con la iglesia de Cristo? Miro lo que las Escrituras dicen sobre la iglesia primitiva (en el libro de los Hechos) y pienso, ¿dónde está la iglesia que Jesús fundó? El evangelio de Mateo cuenta que Jesús le dijo a Pedro "Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia" (Mateo 16:18). Sin embargo, también resulta evidente que la iglesia de hoy está como dormida. Entonces, ¿qué pasó? ¿No fue Jesús mismo el que instituyó la iglesia? ¿O es que, como se pregunta Pablo respecto a Israel, Dios rechazó a su pueblo?

Sin embargo, sabemos algo. Los decretos de Dios son irrevocables. Dios no pudo nunca haber rechazado a su pueblo. El capítulo 11 habla de que Dios escogió un remanente de entre el pueblo de Israel, es decir, seleccionó una parte. Aquellos que vivieron por la fe y no por las obras, aquellos que vivieron bajo la gracia y no bajo la ley, esos son los que Dios eligió de entre Israel. Y, ¿acaso no puede haber hecho lo mismo con la iglesia? Es que pensar en una analogía entre Israel y la iglesia no es descabellado: ambos fueron llamados por Dios en forma directa, Israel por medio de Abraham y la iglesia por medio de Pedro. Y ambos forman parte del pueblo de Israel. Porque como Pablo da a entender, su pueblo es un pueblo espiritual, y está formado por todos los que creen. Los que buscaban ser salvos por las obras no lo lograron, pero los que fueron justificados por la fe forman parte de Israel, del verdadero Israel.

Un detalle muy interesante para resaltar me pareció el hecho de que Dios endureció los corazones de aquellos que vivían por la ley pero sin fe, para que los gentiles encontraran la salvación. Si seguimos con la analogía podríamos pensar que lo mismo pasó con la iglesia de Cristo. Cuando se desvió del camino de la fe y buscó la justificación por obras, Dios endureció sus corazones, pero la caída de ellos fue para salvación de aquellos que no provenían de la tradición cristiana. Los "gentiles" de la era cristiana. Por causa de la religiosidad vacía de la iglesia, los demás empezaron a buscar una fe verdadera. Dios levantó diferentes personas para que trajeran a la iglesia nuevamente a la verdadera fe, y entonces los "gentiles" empezaron a acercarse, viendo la fuerza de esta nueva iglesia.

Así, muchos "gentiles" hallaron salvación. Pero Pablo afirma que además, la salvación de los gentiles va a tener como consecuencia la salvación de los judíos. Usa una metáfora muy gráfica para explicarlo, y creo que también en este caso podemos pensar en la iglesia. Si los que no tenían una tradición cristiana fueron injertados en ella, del mismo modo van a volver a formar parte de la iglesia los que teniendo la tradición recuperen la fe. De hecho, podemos decir que las ramas originales son más fáciles de injertar. Así, la verdadera iglesia va a estar (y está, de hecho) conformada por todos aquellos que permanecen en la gracia, sean de tradición cristiana, judía, musulmana o lo que sea. Todos los que creen en la resurrección de Cristo forman parte de su iglesia, la que él mismo creó a través de Pedro.

Y queda por agregar, que nosotros, cristianos de todos los tiempos, que no teníamos la ley éramos por naturaleza desobedientes, pero por la desobediencia de Israel Dios tuvo misericordia de nosotros, y por esa misma misericordia va a apiadarse de Israel. Del mismo modo tuvo misericordia con los que no eran cristianos por tradición, y va a tener misericordia de aquellos cristianos tradicionales que no tenían fe. Después de todo, como dice Pablo, las dádivas de Dios son irrevocables. ¿Cómo podría Dios rechazar a un pueblo que él mismo eligió o a una iglesia que él mismo creó? Me encanta el final de este capítulo, donde Pablo alaba la sabiduría de Dios. Pero ese va a ser el tema central de la próxima reflexión.

Bueno, espero que esta reflexión haya sido de gran bendición para todos. No olvidemos que la iglesia es de Cristo, y por lo tanto nosotros no tenemos derecho a juzgar quién es verdaderamente cristiano y quién no. Sólo Dios conoce los corazones y sólo él puede saber quién vive por la fe y quién por la tradición. Y no olvidemos que no importa la confesión, no importa la denominación. Todo el que vive por la fe forma parte del pueblo de Dios, y por lo tanto de la iglesia de Cristo. Me parecen centrales los versículos del 17 al 24, en los que Pablo escribe la metáfora del olivo silvestre y el olivo cultivado. Creo que resume perfectamente la situación de Israel así como la de la iglesia de hoy.

Que el Dios de Israel, que envió a Cristo para conformar una iglesia de judíos y gentiles por igual, los llene del gozo que proviene de la fe, por haber alcanzado la salvación y pertenecer a su pueblo para siempre.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 7 de abril de 2010

Romanos 10 - creer y confiar

Texto: Romanos 10

Hola a todos. Después del pequeño interludio de semana Santa, el cual espero que haya sido de bendición para todos, voy a seguir publicando la reflexión sobre la Carta a los Romanos. Es curioso porque este capítulo 10 tiene mucho que ver con lo que recordamos en semana Santa, en especial porque nos habla de cuál fue la actitud del pueblo de Israel hacia Jesús y las consecuencias que esto tuvo. Es irónico que el pueblo esperaba su liberación, y cuando ésta llegó no supo reconocerla. Como Jesús mismo dijo al contemplar Jerusalén desde el monte de los Olivos, "no reconociste el tiempo en que Dios vino a salvarte" (Lucas 19:44).

A veces pensamos que los israelitas fueron culpables de la muerte de Jesús, y en algún grado eso es cierto. Pero, ¿pensamos en que a ellos les debemos, como iglesia, al menos la mitad de lo que somos? Ya de por sí, el cánon del Antiguo Testamento fue establecido por el pueblo judío, de modo que si creemos que las Escrituras son inspiradas por Dios, eso se debe a que los sacerdotes israelitas así lo juzgaron. Por otra parte, Jesús mismo dijo que no venía a abolir la ley, sino a cumplirla. Y esa ley es la misma que los judíos proclamaban, y proclaman aún, como la ley de Dios. Y por otro lado, ¿no podemos pensar que hoy mismo estamos en la situación que vivía el pueblo de Israel en aquél entonces? ¿Qué estamos haciendo con la misión que se nos encomendó? En aquél entonces se les había dicho que esperaran al Mesías. A nosotros se nos pidió otra cosa, pero la situación es la misma. Jesús nos dijo: "vayan y hagan descípulos de todas las naciones" (Mateo 28:19). ¿Qué estamos haciendo para llevar la misión adelante?

Después de todo lo que Pablo viene diciendo en la carta podríamos pensar que la iglesia de Cristo está dormida. Pero como va a decir en el capítulo 12, ya es hora de que despertemos de nuestro sueño. Nuestras iglesias están llenas de cristianos que confiesan a Jesús pero no creen en él, y por lo tanto llevan una doble vida, o bien de cristianos que creen en Cristo en su corazón pero no lo confiesan con su boca, y por lo tanto no cumplen la misión que les fue encomendada. Y antes de juzgar o criticar a mis hermanos miro a mi interior, hago una introspección, y me pregunto, ¿Qué hay de mí? ¿Creo en el corazón que Jesús es el Señor? ¿Lo confieso con mi boca? Porque como Pablo indica en su carta, con el corazón creemos para ser justificados, porque la justicia viene por la fe. Pero con la boca se confiesa que Jesús es el Señor para ser salvos. Porque "todo el que invoque el nombre del Señor escapará con vida" (Joel 2:32).

Ahora bien, la justificación viene antes que la salvación, y por lo tanto el creer antes que el confesar. Si confesamos sin creer, no confesamos sino que mentimos. Afirmamos algo que ni siquiera creemos. ¿Y qué es creer? Somos justificados por la fe. ¿Fe en qué? Para ser justificados, como vimos en los primeros capítulos de Romanos, tenemos que creer en que Cristo fue levantado de entre los muertos. Ya vimos la profundidad de ese hecho, y nosotros creemos si realmente somos testigos de que así fue. Si experimentamos en nuestra vida que Cristo resucitado haya venido a nosotros, a llamarnos y luego a enviarnos. Porque si no nos envía, ¿cómo podemos predicar? Y si no predicamos, ¿cómo van a oir? Y si no oyen, ¿cómo van a creer? Y por supuesto, si no creen, no van a invocar el nombre del Señor.

Entonces, como dice Pablo, la fe viene por el oir. ¿Oir qué? La Palabra de Dios. Y la Palabra de Dios es la palabra de Cristo, por supuesto, como dice Pablo. Ese es el mensaje que predicamos. Si no oyen la palabra, ¿cómo van a creer? Pero Pablo dice además que en realidad sí oyeron. ¿De hecho, quién no oyó hablar de Dios? Entonces, el problema no fue no oir, sino no aceptar. Como cita Pablo, "¿Quién ha creído nuestro anuncio?" (Isaías 53:1).

Pero creo que lo más impactante de todo esto es que constantemente el texto se refiere al pueblo de Israel, no a los incrédulos. Con lo cual nos confronta a nosotros como pueblo de Dios. ¿De verdad creemos en Cristo? ¿Hasta qué punto somos verdaderamente testigos de su resurrección? Tal vez estemos en condiciones de decir sí, por supuesto que creemos en su resurrección y lo confesamos con nuestros labios. Pero que no nos pase lo que le pasó al pueblo de Israel, que por ser un pueblo desobediente y rebelde, Dios los irritó con un pueblo insensato. Ellos creían que por sus tradiciones y leyes podían acercarse a Dios, pero como vimos, eso no es así, porque nadie es justificado por ley. Por eso Dios dejó que los que no lo buscaban por ese medio, es decir, los gentiles, lo encontraran, y los que procuraban ser justificados por ese medio no lo encontraron. Por eso hoy mucha gente que ni siquiera tiene una familia cristiana se acerca a Dios y muchos hijos de cristianos se alejan. ¿No será que en verdad estamos practicando religión pero estamos vacíos de relación con Dios? Tal vez sea necesario examinarnos a nosotros mismos más de cerca para encontrar la respuesta.

Espero que esta reflexión haya sido de gran bendición para todos. La verdad es que leer este capítulo me desafió profundamente, y espero que todos hayan podido sentir ese poderoso confrontamiento. Me parecieron centrales los versículos del 13 al 17, que de algún modo resumen este desafío. Dios nos está llamando a dejar de lado el cristianismo dormido y relajado, y emprender nuestra verdadera misión, la de proclamar el mensaje de Cristo hasta los confines de la tierra.

Que el Dios que levantó a Cristo de entre los muertos y nos envió a anunciar esa maravillosa noticia les de el valor y la iniciativa para proclamar su nombre, y la sabiduría de creer verdaderamente en esta resurrección. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Interludio - el remedio

Hola a todos. Como verán, esta es una publicación especial, fuera de tema. Dadas las circunstancias y aprovechando el momento decidí interrumpir momentáneamente el análisis de la carta a los romanos para reflexionar un momento acerca de la fecha en la que estamos. Bienvenidos a todos los que estén leyendo este blog por primera vez, y espero que les sirva la reflexión. Y presten atención y tengan cuidado, porque lo que están por leer puede llegar a cambiar sus vidas.

Texto: Juan 15:9-15

La sociedad en la que vivimos está gravemente enferma. Tiene una enfermedad terminal que a simple vista parecería incurable. Tiene fiebre alta y manifiesta ya todos los síntomas posibles, y sus propias defensas ya llegaron a su límite. Ya no hay mucho que pueda hacer por sí misma. Un panorama nada alentador. No es que no se le hayan aplicado remedios, pero ninguno es muy útil. Todos los remedios fabricados en la tierra no fueron suficientes: ciencia, para ampliar el conocimiento y permitirle superar sus propios obstáculos y limitaciones y para ampliar sus defensas, tecnología, para suplantar aquellas cosas que quedaron debilitadas por el avance de la enfermedad y para mejorar la forma en que la sociedad actúa y se mueve, revoluciones, medidas desesperadas de los órganos mas afectados y dañados por esos síntomas de la enfermedad, incluso religión, para darle algo de esperanza en medio de toda esa desesperación. Todo esto sin éxito.

¿Y entonces qué? ¿Damos a la sociedad por muerta?

La respuesta es no, porque falta probar un remedio. Hace 1977 años, un hombre cambió el mundo. Pero el mundo todavía no lo sabe. Este hombre, anticipándose al desarrollo de esta enfermedad, trajo el único remedio útil. Los órganos de la sociedad lo rechazaron, como si se tratara de un virus. En un principio, casi toda la zona afectada por la enfermedad recibió la medicación. La sociedad era muchísimo más pequeña en ese momento, por lo que el remedio aparentaba ser suficiente para abarcarla entera. Todo parecía indicar que la sociedad se iba a curar.

Pero no fue así. La sociedad creció, y con ella se expandió y se agravó la enfermedad. Fabricaron un placebo (falso remedio que se usa en las pruebas de medicamentos) idéntico en apariencia al remedio que aquel hombre había elaborado, pero lejos de sanarla, empeoró las cosas. Y la sociedad empezó a odiar a su único remedio, cuando en realidad no se daba cuenta de que no era el remedio lo que la perjudicaba, sino el placebo.

Ese remedio es Jesús. Y muchos podrían decirme, momento, ¿no nombraste la religión como parte de las soluciones que resultaron inútiles? De hecho, lo hice. Y ahí está el problema. La religión por sí sola es el placebo del que hablaba recién. Jesús no es religión. Insisto: Jesús NO es religión. Cabe preguntarnos en principio, ¿qué es religión? Por decirlo en forma comprensible y sencilla, es un conjunto de prácticas, ritos y normas morales. Lo revelador de esto es que Jesús no es un conjunto de nada. Jesús es una persona, no una cosa. Podríamos decir, un remedio vivo. Muchas personas confunden al cristianismo como una religión, pero déjenme insistir en que el cristianismo no consiste en una religión, sino en una relación, personal y comunitaria. Una relación con Jesús.

Ahora bien, pensando en esto, ¿qué es lo que se celebra en semana Santa? Muchos pueden responder "la muerte de Jesús", y en cierta manera es una respuesta correcta. Sin embargo, no es exactamente la muerte lo que celebramos. Porque Jesús no era tan sólo un hombre. Si hubiera sido un hombre hubiera sido parte de la sociedad. Pero no habría podido ser jamás el remedio. Entonces, ¿quién era Jesús?

La enfermedad que aqueja a la sociedad no es otra cosa que una consecuencia de haber rechazado a su creador. El mismo que creó el mundo que tenemos, y cuya creación por parte de alguien con gran inteligencia y sabiduría, claramente superior a la nuestra, es innegable. El hombre, es decir, la humanidad como conjunto, eligió su camino. Y su camino se alejaba de Dios. Hoy mismo como humanidad seguimos eligiendo alejarnos de Dios: queremos que deje de involucrarse en las familias, en la educación, en los países, etc. Entonces, podemos decir que desde hace mucho tiempo declaramos nosotros mismos a Dios como nuestro enemigo. Terrible decisión. Y más si pensamos que así como nosotros lo declaramos enemigo, él puede habernos declarado como enemigos a nosotros.

Pero es acá donde entra el pasaje en el que basé mi reflexión. Y la verdad que la primera vez que lo pensé de este modo, y fue hace poco, me maravilló completamente. A pesar de que decidimos ser enemigos de Dios, él no se resignó a volverse también contra nosotros. Aunque lo convertimos en nuestro enemigo, ¡él siguió considerándonos como amigos! ¿Y cómo podemos estar seguros de eso? La situación actual del mundo y de la humanidad parecerían indicar lo contrario. Pero no, porque como ya dijimos, esa situación no es otra cosa que la consecuencia de nuestra propia elección. Dios nos dejó marcharnos, pero mientras tanto pensaba un plan para rescatarnos de la enfermedad.

Y ese plan era Jesús. No olvidemos que Jesús era Dios. Eso es a simple vista un concepto muy difícil de entender, por varios motivos, pero tal vez el más importante sea que Dios mismo, siendo tan poderoso y grande, venga él mismo a la tierra a mezclarse con gente que lo desobedece. Sin embargo, siguiendo con el razonamiento, es lógico pensar que si Dios creó a la sociedad y no se volvió en su contra cuando la sociedad lo declaró enemigo, es porque la sigue queriendo como el primer día. Como un papá y una mamá cuyos hijos se rebelan contra ellos siguen queriéndolos como el primer día. Y como fue la sociedad misma la que decidió alejarse, Dios sabía perfectamente que no iban a tener la intención de acercarse otra vez. Algunos por orgullo, otros por temor, otros por resignación, o quién sabe cuántos otros motivos. Entonces, le quedaba una sola opción: tomar la iniciativa.

En Jesús, Dios tomó la iniciativa de acercarse otra vez al hombre. Vino con una forma que el hombre pudiera distinguir bien: forma de hombre. Así mostró Dios que no está lejos, arriba en las alturas, sino acá, entre nosotros, llamándonos a ser otra vez amigos suyos. Vino para decirnos que sabe todo lo que hicimos como resultado de haberlo desobedecido, que sabe que somos en alguna medida, mayor o menor, responsables de que la sociedad siga enferma y empeore cada día, pero que todo eso no le importa en absoluto. No le interesa que hayamos hecho todo lo contrario a la intención que él tenía al momento de la creación, porque, oh sorpresa, en ese momento él ya sabía todo eso. Pero era necesario que viviéramos esa experiencia para entender que no podemos vivir sin él. Para entender que lo necesitamos para saber cómo crecer como sociedad sana. Vino a restaurar su amistad con nosotros.

Ahora bien, una amistad es ida y vuelta. Las amistades son de a dos. Y él mismo dice que nos sigue queriendo. Dice, "Así como el Padre me ama a mí, también yo los amo a ustedes. No se alejen de mi amor" (15:9). Incluso explica cómo podemos saber eso, diciendo que no hay amor más grande que el que da su vida por sus amigos. Por supuesto, él todavía no había muerto. Sus discípulos probablemente no lo entendieron en ese momento, sino más tarde. Pero, ¿qué espera él a cambio? La respuesta es sencilla. Él sólo espera que volvamos a él. "No se alejen de mi amor". Ante nuestra hostilidad, él solamente dice, vengo para ver si logro que me quieran otra vez, porque yo los sigo queriendo como el primer día. Quiero seguir siendo amigo de ustedes.

Pero nadie puede amar a quien no conoce. Entonces, el primer paso es conocerlo. Abrirle las puertas de nuestra vida para que pueda entrar, y si es posible abrirlas de par en par, porque trae muchos regalos. Trae una vida entera de paz y de alegría. Y por si fuera poco, esa vida dura para siempre.

Entonces, lo que celebramos en semana Santa no es otra cosa que eso. La buena noticia de que Jesús vino a restaurar nuestra amistad con Dios, en primer lugar muriendo en lugar de nosotros, que por ser enemigos de Dios corríamos sin darnos cuenta a la muerte, para mostrar hasta qué punto nos quiere. Pero la parte verdaderamente reveladora de lo que Jesús hizo no es tanto su muerte. Todos mueren. Pero él no solamente murió, sino que resucitó. Y eso es lo que celebramos. Jesús resucitó para que no solamente podamos ser sus amigos, sino que además podamos quedarnos con él por siempre. Porque si resucitó, venció a la muerte. Por lo tanto, vive.

Dios no es un dios lejano e inanimado, sino un Dios vivo y cercano. Una persona. Y tiene el profundo deseo de que seamos amigos de él. Por eso, nos obsequió un remedio para nuestra enfermedad. Miles de personas ya probaron ese remedio y fueron sanadas. Yo soy una de ellas, y funcionó. ¿Están listos para ser sanados? La decisión está en ustedes.

Señor, es el clamor de mi alma que bendigas a todas las personas que ahora leyeron esto. Vos conocés los corazones, sabés cuál es la necesidad de cada uno. Por eso, confiando en tu enorme amor, que mostraste al darnos el remedio para una enfermedad que nosotros mismos causamos dándote la espalda, te pido que abras las mentes y los corazones de cada uno de los que no te conocen, para que puedan ver que vos, Señor, los estás llamando a ser amigos tuyos, y a que puedan conocer quién sos y las maravillas que tenés preparadas para sus vidas. Llenalos ahora, Señor, con tu presencia, para que puedan entender que solamente estás esperando que vuelvan a vos, que te busquen y te conozcan, y así puedan amarte como todos los que te conocemos te amamos. Te lo pido en el nombre de Cristo Jesús, ¡AMÉN!

domingo, 7 de marzo de 2010

Romanos: la fe, la gracia y el amor

Texto: Romanos 1:19-21, 2:17-21, 3:21-27, 4:18-22, 5:18-21, 6:8-14, 7:4-6, 8:35-39.

Hola a todos. Esta publicación, como ya deben haber notado, es diferente. Mi intención es que sea un repaso de todas las demás reflexiones, para ayudarlos a que puedan encontrar y tener bien fresco el hilo conductor que Pablo va siguiendo en esta primera mitad de la carta. Para eso fui yo mismo repasando los pasajes que remarqué como centrales en cada una de las reflexiones anteriores y sacando conclusiones que fueran uniendo y vinculando todos los temas. Sinceramente, me resultó bastante sorprendente y muy intenso, y espero que pueda resultar igual para ustedes. Aprovecho para poner links a las reflexiones anteriores por si les dan ganas de repasar alguna, o algún punto importante de alguna, o tal vez leer una que no leyeron todavía.

Romanos 1 - el evangelio de Dios y las consecuencias de la obstinación 1:19-21
Romanos 2 - el juicio de Dios 2:17-21
Romanos 3 - justificados por fe 3:21-27
Romanos 4 - el ejemplo de Abraham, contra toda esperanza 4:18-22
Romanos 5 - reconciliados por fe 5:18-21
Romanos 6 - de la muerte a la vida 6:8-14
Romanos 7 - libres de la ley 7:4-6
Romanos 8 - el Espíritu de Dios nos hace más que vencedores 8:35-39


Al principio de la reflexión sobre el capítulo 1 había dicho que el tema central de la carta a los Romanos es el evangelio de Dios. A lo largo de las reflexiones esto parece haber quedado opacado por todos los temas y conceptos tan profundos que Pablo va tocando. Sin embargo, si lo miramos más de cerca puede que nos demos cuenta que todos esos temas y conceptos son parte íntegra del evangelio de Dios, e incluso esencial.

Vimos que Jesús es Rey en un doble sentido: según su naturaleza humana, por ser hijo de David, y según su naturaleza divina, por ser Hijo de Dios. Desde su condición de Rey, nos apartó para anunciar su evangelio a las naciones, y no solamente anunciarlo, sino ayudar a los que lo reciben a mantenerse en él. De hecho, Pablo habla de esta tarea como si fuera una deuda, y es que así es. Por la manera en que nosotros recibimos la salvación, tenemos una enorme deuda hacia Dios, una deuda de gratitud, y la saldamos obedeciéndole. Y si él nos apartó y, como vimos en la reflexión anterior, nos eligió, para anunciar su evangelio, eso es parte de esa deuda de gratitud. Pero frente a esta deuda nos encontramos con una barrera que pareciera infranqueable. La sociedad en la que vivimos tiene sus ojos cerrados hacia Dios. Como dice Pablo en 1:19-21, aunque todos lo conocieron, porque por medio de lo creado es claramente visible, no todos lo glorificaron ni lo reconocieron como Dios, sino que creyéndose sabios por sí mismos se cerraron en sus propios razonamientos y se taparon la verdad ellos mismos. Como vimos en esa reflexión, ellos mismos eligieron no creer, y en vez de eso inventaron excusas para no creer. Se obstinaron, y nublaron su propio entendimiento con supuesto "buen juicio".

Por supuesto, eso trajo consecuencias. La "sociedad científica", llena de su "buen juicio" se condenó a sí misma a caer en todas las enfermedades que hoy la aquejan: crímenes, adicciones, violencia en diferentes grados, hambre, injusticia, inseguridad, sufrimiento, desórdenes climáticos, indiferencia, mentiras, corrupción, muerte. La "sociedad de la razón" firmó así su propia sentencia, y Dios mismo, aunque seguramente indignado y entristecido por la elección de la humanidad, los dejó que siguieran su propia voluntad hasta las últimas consecuencias. Por supuesto, no sin llamarla de nuevo a la luz, porque precisamente por medio de nosotros, que anunciamos el evangelio, Dios sigue llamando al hombre a volver a la vida. Pero, ¿quién nos escucha? Tal vez una de las cosas más sorprendentes de nuestra sociedad es que pudiendo elegir, porque PUEDE elegir, entre abrir sus ojos o cerrarlos, entre el amor y la violencia, entre la vida y la muerte, eligió precisamente la oscuridad, la violencia, y la muerte.

Sin embargo, ¿podemos decir que la sociedad realmente puede elegir? Dios, por su parte, le da la posibilidad, por supuesto. Pero las condiciones en que elegimos no son del todo balanceadas, porque tenemos algo que nos juega en contra: nuestra naturaleza pecaminosa. Dijimos que el pecado consiste sencillamente en la desobediencia a Dios, y desde la desobediencia inicial, digamos, el pecado original, el hombre se sumió en la desobediencia. Se declaró a sí mismo independiente de Dios y completamente autónomo. Desde ese momento tenemos una tendencia inevitable a desobedecer a Dios, porque somos esclavos del pecado. Entonces las condiciones en que elegimos de algún modo nos son desfavorables. Y todos nosotros, todos y cada uno de nosotros pasó en algún momento por el estado de desobediencia. Es decir, empezamos nuestra vida en ese estado. Y si somos obedientes hoy, no es porque seamos más inteligentes que el resto y nos hayamos dado cuenta, o porque seamos en realidad buenos y hayamos logrado obedecer a Dios en todo por nuestra propia cuenta. Antes de ser obedientes, nosotros fuimos desobedientes. De esta manera, no podemos tampoco juzgar al resto de las personas. No podemos decir que son de tal o cual manera, que son desobedientes, pecadores o malos. Porque, ¿no estuvimos en la misma situación nosotros? ¡Y ni siquiera salimos de esa situación por nuestra propia cuenta!

Y es que nadie puede abrir sus ojos con obras. Nadie puede hacer nada por sí mismo. De hecho, si dijimos que el problema del hombre es su declaración de independencia hacia Dios, la única solución, el único remedio, es declararnos otra vez dependientes de él. Uno pensaría que el primer paso es entonces pedirle ayuda, entender y mostrarle que sin él no podemos. Pero hay un paso previo. Antes que nada, tenemos que creer. Como dice en 3:21-27, por cumplir la ley nadie puede ser salvo. Podríamos decir, como dice en el capítulo 7, nadie puede cumplir la ley por sí mismo, porque nuestra propia naturaleza nos juega en contra. Necesitamos antes que nada estar con Dios. Y la única manera de lograr eso, es creer. Por eso, Dios nos justifica, es cierto, se olvida de nuestra desobediencia como si nunca hubiera existido. Pero eso no viene por cumplir su ley, sino por creer. Por creer en Jesús. Por creer que él era y es el Hijo de Dios, siendo además Dios encarnado, y que murió precisamente para librarnos de la desobediencia y de sus consecuencias. Es por esta fe que somos justificados por Dios, tomados como si nunca lo hubieramos desobedecido. Esto es lo que significa ser librados del pecado. Ni más ni menos. Por eso todos, absolutamente todos están en condiciones de ser librados del pecado, con tan sólo creer en Cristo. Así, de nada podemos jactarnos, como dice Pablo, porque no fue por cumplir la ley que fuimos perdonados, sino porque Cristo murió para eso. Lo único que hicimos fue creer.

Evidentemente es algo que Pablo quiere dejar bien en claro, porque dedica unos cuantos párrafos a exponer el ejemplo de Abraham, quien por creer no en Jesús, pero sí en las promesas de Dios, fue considerado justo. Y es que al creer en Jesús no hacemos más que creer en las promesas de Dios, porque Jesús mismo, su venida, su muerte y su resurrección, habían sido prometidas. A su vez, Dios nos promete a nosotros tener vida si creemos en él, y eso es una promesa. O sea que al creer en Jesús lo que hacemos es creer en esa promesa, de la misma manera que Abraham creyó en la promesa de su descendencia y de su herencia. Así, podemos considerarnos parte de la descendencia de Abraham, no por la sangre pero si por la promesa, porque aquellos que no son judíos por familia aún así son parte del "Israel espiritual", del que además Pablo habla en el capítulo 9 de Romanos. Pero eso es tema de la próxima reflexión. Por el momento basta con decir que Dios justifica a los que creen en sus promesas, y recién después se pone en práctica la ley. De hecho, en tiempos de Abraham, la ley no existía aún por escrito, porque fue a Moisés a quién Dios le dictó la ley, y él fue posterior a Abraham. Incluso la circuncisión, que fue establecida en tiempos de Abraham, vino después que la ley, porque primero él creyó, y después Dios estableció con él el pacto cuya señal es la circuncisión, como prueba de la fe de Abraham. Todo esto Pablo lo amplia y desarrolla en los siguientes tres capítulos.

Entonces, si por la fe somos justificados, quiere decir que ya no somos culpables de nada. Los errores que de ahí en adelante cometemos no son más que resabios de nuestra vieja naturaleza, pero nuestra mente ya no está en la desobediencia. De hecho, éramos desobedientes por herencia, por causa de la desobediencia inicial (de Adán, digamos). Pero como dice Pablo, si por la caída de uno fuimos constituidos en pecadores, es decir, caímos todos en la desobediencia, por la obediencia de uno solo, Jesús, somos justificados, es decir, convertidos en obedientes. Para esto el único requisito es dejar de estar unidos a Adán para unirnos a Jesús. Por medio de él no solamente somos justificados, sino además reconciliados. Como dice en 1:18, nosotros estabamos bajo la ira. Por estar en estado de desobediencia, éramos enemigos de él. Estabamos contra él. Pero al redimirnos por medio de Cristo y convertirnos en obedientes, nos convierte además en sus amigos. Él mismo lo dijo, "ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando" (Juan 15:14). Por lo tanto, al estar ahora en estado de obediencia, somos amigos de Dios otra vez. Fuimos reconciliados con él.

Y Pablo insiste, en que esto no fue por obras. No fue gracias a la ley. De hecho, por la ley nadie puede ser obediente, como ya vimos. Aún si quisiéramos cumplir la ley, no podríamos. Nuestro cuerpo era esclavo del pecado, y por lo tanto solamente podíamos obedecer los deseos de nuestro cuerpo, y ya que estamos, de nuestra mente. Pero si nuestra naturaleza es pecaminosa, es decir, desobediente, nuestra mente no puede estar concentrada en otra cosa que en la desobediencia. Por eso, aunque la ley de Dios nos pareciera buena, no podíamos cumplirla, porque nuestro cuerpo estaba regida por otra ley, la ley del pecado, nuestro "acta de independencia". Pero ahora, por medio de la fe nos unimos a Cristo en su muerte, porque precisamente nuestra fe es en que él murió por nosotros. Pero el caso es que Jesús no se quedó muerto, sino que volvió a la vida. Dios lo resucitó. Y si nosotros nos unimos a su muerte, no nos queda más que resucitar también. Entonces, por la fe damos muerte a nuestro cuerpo, nos "circuncidamos" de cuerpo entero (lo cual está simbolizado por el bautismo, pero que es en realidad un cambio en nuestra actitud hacia Dios), y entregamos nuestro cuerpo a Dios para obedecerlo en todo. Nos rendimos ante él, renunciamos a lo que nosotros mismos querríamos. Nos sometemos a él. Y uno diría, ¿pero eso no sería librarse de un amo y pasar a ser esclavos de otro amo? Y la respuesta es, ¡por supuesto! Si como dijimos, los desastres que vivimos en el mundo fueron consecuencia de desobedecer a Dios, ¡con gusto nos sometemos a él!

Y es que de esta manera somos librados del pecado, y de la ley. La ley misma nos tenía atados, porque por conocer la ley conocíamos el pecado, y al conocerlo, éste, que ya estaba habitando en nosotros, cobraba un nuevo poder sobre nosotros. La ley vino precisamente para que fuéramos conscientes de la gravedad de nuestra situación. Pero la ley no puede tener poder sobre alguien que muere. Y nosotros dimos muerte a nuestro propio cuerpo, por lo tanto ya no estamos bajo la ley. Al unirnos a Cristo y resucitar con él, nos unimos a su Espíritu, que no es otro que el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo. Y éste nos da un nuevo poder de obediencia, hasta antes desconocido. Por causa del Espíritu de Dios nos convertimos en obedientes definitivos, porque nuestra mente, antes atada a nuestro cuerpo, ahora fue librada de él. Porque nuestro cuerpo no tiene vida propia, sino que es animado por el Espíritu de Dios. Por eso, nuestra vida no puede más que ser para Dios, y nuestra mente no puede más que estar concentrado en él.

Y de esta manera, somos librados de toda condenación. Si por estar en pecado nuestro cuerpo estaba condenado, Cristo pagó la condena por nosotros, y al unirnos a él somos libres de todo cargo. "Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús", dice 8:1, y 8:2 agrega "
pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte". Ya no estamos entonces bajo la ley, sino bajo la gracia, regidos por el Espíritu. Y una vez muertos, por supuesto, ya no podemos volver a morir. Y esto lo sabemos muy bien, y aquellos que ya creímos en Cristo lo experimentamos permanentemente, porque el Espíritu de Dios confirma a nuestro propio espíritu que fue salvado. Que por unirnos a Cristo nos convertimos en hijos de Dios, siendo él "el primógenito entre muchos hermanos" (8:29). Y de esta manera, Dios termina de cumplir su plan redentor, para restaurar a toda la creación al orden que él mismo había establecido desde el principio. Por supuesto, el desenlace todavía esta en marcha, pero podríamos cambiar la perspectiva y decir que ya está en marcha. Y si fuimos resucitados por Dios, y por lo tanto muertos previamente, ya no hay nada que pueda separarnos de esa vida de Dios. No podemos volver a morir. De hecho, el capítulo 5 decía que por causa del pecado vino la muerte. Por lo tanto, si fuimos librados del pecado, también de la muerte. Y entonces... ¿qué cosa nos puede serparar de la gracia de Dios? ¿Qué cosa nos puede separar del amor de Dios, que nos mostró en que aún cuando nosotros éramos sus enemigos declarados él mismo vino en condición semejante a nosotros para morir en la cruz y habilitar así la posibilidad de que fueramos sus amigos otra vez?

Y es que como dice 8:35-39, ya no hay absolutamente nada que nos pueda separar del amor de Cristo. Porque en cualquier circunstancia, en cualquier momento, ante cualquier situación, Dios está de nuestra parte, y si ni siquiera nos negó a su propio Hijo, ¿por qué habría de negarnos cualquier otra cosa? Pasamos por cientos de momentos de debilidad, angustia, problemas, y toda clase de circunstancia adversa. La vida de un cristiano no es una vida sin problemas. Pero tenemos a Dios de nuestro lado, y él nos ayuda a salir, no vencedores, sino MÁS que vencedores, en todo. Por eso siempre nos lleva a encontrar solución para todo, a tener una esperanza que nunca nos defrauda y a agregar siempre un "plus" a la solución del problema. Y aunque fallemos, nos equivoquemos, sigamos teniendo resabios de la desobediencia porque el pecado sigue intentando dominarnos, ya no puede. Porque nada nos puede separar del amor de Dios, nada, absolutamente nada. Nada en toda la creación, ni siquiera la muerte, ni siquiera lo que no se ve. Porque Dios nos libró de toda condenación.

Espero que hayan podido encontrar ese hilo temático en estos primeros 8 capítulos, y estén preparados para lo que sigue. Según pude ir entendiendo a medida que reflexionaba, la fe en Cristo nos da acceso a la gracia de Dios, y por esta gracia recibimos el amor de Dios, del que nada nos puede separar nunca más. Nunca más. Espero también que esta reflexión haya sido de gran bendición para ustedes, y que puedan comprender en profundidad todo lo que Dios hizo por ustedes, para que pudieran ser libres del pecado y de la condenación. Y que entiendan cuánto los ama, y que si ustedes se entregan a él, no importa cuánto fallen, o qué cosa hagan que pueda desagradarle a él, ni nada que les pueda pasar a ustedes, nada de eso los puede separar de Dios, y nada puede hacerles caer de la gracia, porque nada puede quitarles la fe que en sus corazones se confirmó desde el momento en que recibieron al Espíritu Santo. Y si todavía no abrieron sus mentes y sus corazones a esa fe, espero que hayan podido hacerlo a lo largo de esta reflexión, y sentido el poder del Espíritu de Dios llenar sus corazones y librarlos de toda culpa, desesperación o condenación. Bienvenidos a la libertad.

Que Dios, que nos amó hasta dar su vida por nosotros, pueda darles la certeza de que son libres, de que son salvos y de que fueron reconciliados con él por medio de Cristo de una vez y para siempre, y sellados en esta redención con el Espíritu Santo, que los convierte de desobedientes en obedientes eternos. ¡AMEN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Bienvenida - aclaraciones sobre el blog

Hola a todos. Estoy creando este blog para poder compartir con ustedes, con los que leen, lo que aprendo en mi caminar con Dios. Por eso, y para una mejor comprensión de lo que voy a publicar en el blog de ahora en más, quiero hacer algunas aclaraciones.

En primer lugar, no soy ningún experto en teología, ni conocedor profundo de la Biblia, ni ningún profesional académico (todavía). Simplemente soy un cristiano con un gran interés por la Palabra, con ganas de compartir lo que aprendo y aprendí hasta ahora a través de ellas. Cuando aprendemos algo que transforma nuestra vida y cambia, añadiría que mejora, nuestra forma de pensar, seguramente nos dan ganas de compartirlo. Ese es el propósito de este blog, compartir lo aprendido. Además, Dios se presenta de forma clara y concreta a través de la Biblia, y así como conocer las Escrituras me ayudó a conocer con mucha más profundidad a Dios, a muchos otros podría servirles de la misma manera, y por lo tanto me veo impulsado a contar lo que aprendí sobre Él en ese proceso.

En segundo lugar, la Palabra de Dios es la Palabra de Dios. No importa qué conclusión haya sacado yo de lo leído, la verdad está en la Biblia, y ésta se interpreta por sí misma (con otros textos bíblicos) y a través del Espíritu Santo, que está en nosotros. Por eso, cada lector puede llegar a interpretar cosas adicionales según su propia vivencia personal, lo cual es sumamente enriquecedor y me lleva a pedirles que comenten aquello que tengan ganas de compartir sobre lo que ustedes mismos aprendan al leer no mis reflexiones, sino los textos bíblicos citados en este blog.

En tercer lugar, todavía no está todo dicho. No es que ya aprendí todo y ahora no tengo más para aprender, por dos motivos: primero porque todavía estoy en proceso de conocer la Palabra. Me quedan muchos libros de la Biblia por leer. Y además porque aún si hubiera leído la Biblia entera eso probablemente no es ni un 10% de la inmensidad de Dios, y por lo tanto hay mucho más por conocer todavía, seguramente en forma experimental y vivencial. Siempre hay algo por aprender, y eso hace que la vida sea mucho más divertida.

Hechas estas aclaraciones, les deseo que puedan disfrutar, aprovechar y enriquecerse con estas reflexiones y que les sirvan para conocer más a Dios y para tomarle el gusto a las Escrituras a aquellos que todavía no estén familiarizados con ellas. Les recomiendo ampliamente, a los que no las leen con frecuencia, que las lean, porque tienen cosas muy pertinentes y personales para decirnos a cada uno y realmente tiene consejos tan aplicables que podrían llegar a sorprender. Para aquellos que no tengan biblias en sus casas, les recomiendo el sitio Bible Gateway, donde pueden buscar pasajes y hasta capítulos enteros de los libros que componen la Biblia, en diferentes versiones de ella. En lo personal, me gusta mucho la Nueva Versión Internacional, pero queda a gusto y criterio de cada lector.

Sin más, que Dios los bendiga y los guíe, y que las palabras escritas en este blog sean también de bendición para cada uno de ustedes.

NaChO

"Que la gracia de nuestro Señor Jesús sea con ustedes" -- Romanos 16:20.