jueves, 2 de julio de 2020

Romanos 1 - las consecuencias de la obstinación

Texto: Romanos 1:16-32

Hola a todos. En la publicación anterior traté de analizar y desglosar un poco el saludo de Pablo en la carta a los romanos. En primer lugar, el apóstol se dirige a una iglesia probablemente bastante cosmopolita, y donde probablemente había gente instruida, gente analfabeta, gente rica y gente pobre. Seguramente había tanto judíos como gentiles, es decir, gente que había creído en Jesús pero no era de origen judío. La ciudad de Roma se había convertido en el centro político y cultural del Mediterráneo, y por lo tanto pasaban por ahí todos los caminos y las rutas importantes, y de la misma forma, todas las filosofías y corrientes de pensamiento.

A esta iglesia, o mejor dicho iglesias (recordemos que en esa época la iglesia no tenía una sede fija, sino que se reunían de casa en casa), les escribe el apóstol Pablo, diciéndoles que él fue apartado por Dios para anunciar el evangelio de Dios, que había sido anunciado por los profetas y que habla de Jesucristo. Quiero enfatizar que, para Pablo, el evangelio era anterior a Jesucristo, y en todo caso hablaba acerca de Jesucristo. Es decir, no era un mensaje nuevo, sino uno antiguo. Eran noticias, sí ("buenas noticias", como podría traducirse "evangelio"), pero no nuevas, sino antiguas y que, en todo caso, habían sido olvidadas. En ese sentido, Pablo, igual que el resto de los apóstoles, construían el mensaje sobre la base de los profetas y de la Escritura que ellos conocían, que es lo que hoy llamaríamos Antiguo Testamento (en esa época era el único testamento).

A partir de ahí, y por el resto de la carta, Pablo expone de manera ordenada ese evangelio. Empieza, como decía en la publicación anterior, poniendo las bases, explicando cuál es la esencia del mensaje del evangelio, algo que, como iglesia, tal vez deberíamos preguntarnos un poco más seguido en estos tiempos. Para el apóstol, la base del evangelio es la reconciliación con Dios por medio de Jesucristo. Para eso existe la revelación de Dios, expresada principalmente por las Escrituras.

Esta reconciliación se basa en la obediencia de la fe. Es interesante, entrando ya en esta segunda parte del capítulo, que Pablo dice que la salvación anunciada por el evangelio es "por fe de principio a fin", o, según las traducciones más literales, "de fe a fe". En ese sentido, Pablo introduce uno de los temas centrales de toda su carta, que es la fe. Pareciera haber una contradicción: obediencia de la fe. Nosotros tendemos a pensar que, o es la obediencia, o es la fe. Es decir, relacionamos obediencia con la ley, y la salvación no es por obedecer la ley, sino que es por la fe.

Bueno, lo que yo veo es que esta contradicción no es más que una ilusión. Si Pablo dice que es necesario "obedecer la fe" es porque, como veíamos en la publicación anterior, uno puede creer pero no hacerle caso a su fe. Creer en la teoría, pero vivir sin darle importancia a lo que su fe le indicaría. Eso no siempre significa llevar una vida de desenfreno. Una persona puede vivir una vida muy moderada, pero a la hora de tomar decisiones importantes no darle importancia a lo que su fe le diría. Una vez, mi papá me dijo una frase que me quedó muy grabada, hablando sobre temas de política: "mi principio siempre es este: que tu fe juzgue tu ideología". Yo lo extendería para decir: que tu fe juzgue el rumbo que toma tu vida. Eso es para mí la "obediencia a la fe".

Ahora, esta obediencia a la fe es "poder de Dios para la salvación de todos los que creen". Sin embargo, puede surgir una pregunta, que tal vez muchos no se hayan hecho: ¿salvación respecto de qué? ¿De qué tenemos que ser salvados?

La respuesta que da Pablo es: salvados de la ira de Dios. Eso es coherente con la idea de reconciliación. Lo que da a entender el apóstol es que Dios está furioso con la humanidad. ¿Es eso posible? ¿No era que Dios amaba a su creación, y que el ser humano era su creación más preciada? Sí, sin duda. Toda la Escritura da testimonio de eso. Pero tenemos una idea un tanto rara de la ira. Creemos que la ira es el deseo descontrolado de destruir a alguien. Eso se parece más al odio. La ira es un enojo muy intenso, la emoción que se nos dispara cuando alguien daña algo que nos es muy preciado. Sentimos un profundo deseo de que el que lo hizo pague las consecuencias, para compensar a la parte ofendida.

Si leemos atentamente Génesis 3, nos damos cuenta de que en la historia del mundo, la parte ofendida es Dios. Nosotros, los seres humanos, rompimos el equilibrio de la creación, al elegir la desobediencia antes que la obediencia. Por eso estamos bajo su ira, somos el objeto de su enojo. No sólo eso: generación tras generación seguimos aumentando la deuda que contrayeron nuestros antepasados, porque seguimos desobedeciendo a Dios. Así que la deuda termina siendo imposible de pagar. Para pagarla humanamente, tendría que haber alguien que no desobedezca a Dios nunca, y que le enseñara a a los demás a hacer eso. Pablo habla sobre esto más adelante.

Pero está claro: la humanidad insiste en desobedecer. El apóstol da muchos ejemplos de eso en este capítulo, empezando por los más evidentes en la sociedad de ese tiempo (la idolatría y las prácticas homosexuales), y después enumerando todas las otras (por si quedaba alguna duda). Citando a Pablo: "de modo que nadie tiene excusa". Y nadie tiene excusa porque, para el apóstol, está clara la revelación de Dios. Está al alcance. La autoridad de Dios debería ser evidente a todos, porque está expresada en la creación misma. Él es el creador y, por lo tanto, es el único que tiene derecho a poner las reglas. Nadie más es Dios. Sin embargo, los seres humanos no sólo desobedecemos, sino que tendemos a establecer nosotros mismos qué nos parece bien y qué nos parece mal, cuando deberíamos "obedecer a la fe", hacerle caso a los parámetros de Dios.

Al leer la lista de consecuencias del pecado, vemos una descripción muy gráfica, no del mundo de esa época nada más, sino del nuestro también, tan actual que hasta da miedo. En nuestra cabeza puede ser que esté metiendo en la misma bolsa cosas que son malas, cosas que son terribles, cosas que no tienen nada de malo y cosas que hoy pensamos que por ahí hasta son buenas. Pero está claro que no: todas forman parte de la misma "depravación mental", que también podría traducirse del griego como "mentalidad reprobada", es decir, todas nacen de considerar como aceptable o deseable algo que Dios desaprueba (y que por lo tanto, como decía más arriba, es malo en sí mismo).

¿Qué actitud tiene Dios frente a esto, según Pablo? Nos deja hacer. Furioso, sí, pero nos deja hacer. Consciente de que, al final del camino, pagaremos todo lo que rompimos. Vuelvo al punto que dice el versículo 18: "la ira de Dios viene revelándose desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los seres humanos". Seguimos siendo objeto de su ira y, por lo tanto, estamos condenados a pasar nuestra eternidad alejados de la presencia de Dios. Cuando nuestro cuerpo deje de funcionar, nuestro espíritu, el soplo de Dios, que debería volver a él, no vuelve a él. Pero tampoco se destruye. Se queda sufriendo todas las aflicciones que podríamos imaginar. Eso es la muerte.

De eso nos salva el poder de Dios, que está expresado en la buena noticia. Yo antes dije "consecuencias del pecado" pero, en definitiva, todo esto es consecuencia de la obstinación humana, de la insistencia en desobedecer y llamarle "bueno" a lo que en realidad es "malo"; de obstruir la verdad de Dios con la maldad. Por eso, elegir la obediencia es tomar el camino inverso. Vamos a ver que no es tan fácil, pero justamente la buena noticia es que por medio de Cristo podemos emprender ese camino. Eso es la santificación, que yo mencionaba en la publicación pasada. Empieza con la decisión de obedecer a la fe por medio de Cristo. Por eso el evangelio "es poder de Dios para salvación de todos los que creen", y por eso Pablo dice que no se avergüenza del evangelio, por más que otras filosofías de la época digan que es ridículo, que es una tontería y cosas parecidas. Nada distinto a lo que escucharíamos hoy si le dijéramos a un "hombre de ciencia" que creemos en la resurrección de Jesucristo y en lo que dice la Biblia.

Y no sólo un "hombre de ciencia". Pablo dice de dónde viene todo esto: "se extraviaron en sus inútiles razonamientos". No hay realmente argumentos razonables para negar esta realidad que describe Pablo. Es como querer tapar el sol con una mano. No se puede negar que vivimos en un mundo desastroso, caótico, donde la gente que hace maldades muchas veces sale "bien parada" en términos humanos, donde los gobernantes que deberían cuidarnos son corruptos, donde los padres y las madres abandonan a los hijos, donde los laboratorios hacen negocios con la salud de la gente, y otras incontables maldades, sin contar las de todos los días, de nuestros vecinos, amigos, familiares o incluso de nosotros mismos. Vivimos en una sociedad donde la razón, en teoría, es lo que establece qué es cierto y que no, qué está bien y qué está mal. El evangelio suena irrazonable, porque para la ciencia, que es nuestra filosofía madre, es absurdo. Elegimos cada día, como sociedad, nuestro camino: cerrar los ojos a Dios. Por eso, como dice Pablo, Dios nos entrega a esa maldad que nosotros mismos elegimos al apoyar esa visión.

¿Por qué nos entrega, dirían algunos, siendo un Dios de amor, a la maldad que elegimos? Precisamente porque nosotros la elegimos, aunque más no sea rechazando a Dios. Por ser un Dios de amor es que jamás querría forzar a nadie a elegir su camino en lugar de otros caminos. Así, lo que nosotros mismos consideramos normal termina siendo nuestra propia perdición.

Pero nuevamente, el evangelio tiene el poder para salvarnos de esto. Por supuesto, no puede salvarnos de toda la maraña de consecuencias que tiene la desobediencia, porque la gente que practica las maldades sigue y seguirá existiendo mientras exista el mundo actual. Pero Jesucristo es la puerta para reconciliarnos con Dios, al reconocer nuestra parte en esta red de maldad y desobediencia. Y es la puerta a la santificación, o sea, al proceso de aprender a obedecer la fe y cambiar, de esa manera, nuestra manera de pensar y nuestra conducta, para contribuir a hacer de este mundo un lugar cada vez menos desobediente, hasta el día en que Cristo vuelva y terminen los días del mundo caído.

Dios nos dio, por medio de Cristo, la posibilidad de formar parte de una nueva humanidad, de un nuevo segmento de la humanidad, que cambia de actitud y reconoce la autoridad de Dios en materia de qué está bien y qué está mal. Ese camino es el que nos lleva a colaborar en la restauración de este mundo; es el único camino que realmente puede marcar un cambio espiritual profundo en nuestro mundo. Sin Cristo, no hay reconociliación, y por lo tanto no hay restauración. Pero el evangelio nos dice que con Jesucristo, la ira de Dios queda saciada, y cuando aceptamos que ese sacrificio era necesario por causa mía también, o sea, cuando me reconozco como parte de los que viven en desobediencia, Dios se reconcilia conmigo, y puedo disfrutar de su presencia por el resto de mi vida. Y también por la eternidad porque, una vez que el cuerpo deje de funcionar, mi espíritu volverá a él. Cualquiera que acepte el mensaje, tanto la mala como la buena noticia, tiene acceso a esto. De eso habla el próximo capítulo, y por lo tanto la próxima publicación.

"Que Dios nuestro padre y el Señor Jesucristo les concedan gracia y paz" (Romanos 1:7).

Hasta que volvamos a encontrarnos.

sábado, 14 de marzo de 2020

Romanos 1 - el evangelio de Dios

Texto: Romanos 1:1-15.

Hola a todos. Pasaron más de diez años ya desde mi primera publicación en este blog, acerca del capítulo 1 de Romanos. Definitivamente corrió mucha agua debajo del puente, en mi vida y también en el mundo. Hace ya tiempo viene creciendo en mí el deseo de volver a publicar la serie sobre este libro de la Biblia que me parece central para la vida de cualquier creyente. No todo lo que había escrito queda descartado, por supuesto, pero mi sensibilidad y mi comprensión de la Biblia crecieron mucho desde aquellos lejanos días. También tengo mucho más recorrido en este camino con Dios que busco compartir en el blog. Así que, por todo esto, decidí que era hora de volver a examinar la carta a los Romanos y compartirles mis impresiones otra vez.

Hay muchos puntos interesantes para analizar, pero quiero centrarme en los que, para mí, pueden tener más relevancia en nuestra vida y en nuestras iglesias. En primer lugar, hay que entender el tipo de contexto en el que estaban los romanos cuando Pablo les escribe. El apóstol probablemente lo sabía bien, porque en aquella época el mundo hebreo estaba sumergido dentro del griego, y el griego dentro del romano. Muy pocas cosas escapaban a la influencia cultural grecorromana, y las noticias y las ideas circulaban permanentemente por el Mar Mediterráneo.

La sociedad romana de mediados del siglo I d.C. se parecía en muchos sentidos a la nuestra. Se trataba, ni más ni menos, de una sociedad en clara transición, pero hacia ningún lado visible. Había una crisis espiritual y social profunda, porque se habían cuestionado ya durante varias décadas los valores sociales tradicionales: la familia y la ciudadanía. Por cómo estaban planteados, esos valores tendían a dejar afuera a mucha gente, y eso había llevado a una fractura profunda de la sociedad. El problema era que, frente a este cuestionamiento de los valores tradicionales, quedaba un vacío que nadie estaba pudiendo llenar.

En esa época se multiplicaron las escuelas de pensamiento filosófico y se debatían ideas y pensamientos en todos los centros del saber del mundo grecorromano. Es ahí donde el cristianismo caló hondo en la sociedad romana. En la era de la "posromanidad" (una palabra que se me ocurrió por contraste con nuestra "posmodernidad") la iglesia de roma surgió espontáneamente, no fue "plantada" por ningún apóstol. De hecho, está claro en la carta que Pablo no conocía a la mayoría de ellos. Es más, les escribe para aclararles puntos centrales de la doctrina y la fe apostólica. Por las dudas, diríamos hoy.

Sin embargo, es interesante que el apóstol los felicita por su fe. Evidentemente, en el mundo cristiano de la época se habían hecho buena fama, probablemente reforzada por el hecho de que no habían tenido ninguna instrucción apostólica. Además, se hallaban en una ciudad extremadamente cosmopolita, parecida a cualquier gran ciudad de nuestro mundo actual, y eso hacía que la fe sólida de los romanos destacara todavía más. Es más difícil mantener una línea de cosmovisión cuando coexisten múltiples culturas. Es más, leyendo la carta daría la impresión de que en la iglesia de Roma había gente con formación académica, gente sin ella (tal vez incluso analfabeta), gente rica, gente pobre, gente de origen judío y gente de origen gentil.

En este sentido, el saludo de Pablo ya nos dice mucho. Lo primero que hace es presentarse, y me parece interesante de qué manera se presenta. Uno pensaría que el "título" de Pablo es "apóstol de Cristo Jesús". Venía siendo apóstol desde hacía mucho tiempo. Se había hecho la fama. Lo seguía muchísima gente. Sin embargo, se presenta con otro título: "siervo de Cristo Jesús". Me parece una demostración enorme de visión espiritual por parte de Pablo. Al presentarse así, se pone en cierta forma al mismo nivel que aquellos que están recibiendo el mensaje. Presentarse como "apóstol" lo hubiera puesto por encima de sus oyentes, y también habría desautorizado a sus líderes, que probablemente eran además quienes iban a estar leyendo esa carta en voz alta. En cambio, siervos de Cristo somos todos los creyentes. Pablo pone el foco en que simplemente fue "llamado a ser apóstol", de la misma manera en la que otros serán llamados a otras cosas. Pero todos somos siervos, nadie está por encima de nadie ante Cristo. En todo caso, tenemos diferentes grados de responsabilidad sobre la fe y la salud espiritual de otros. Es más, al expresar su deseo de visitar a los creyentes de Roma, Pablo aclara que lo que quisiera que pase es que unos a otros se fortalezcan con los dones que cada uno tiene, y con la fe que comparten. Es interesante que enfatice esto, como queriendo remarcar que no es solamente él quien tiene algo para aportar, sino que también ellos van a fortalecerlo a él. Esto resulta esencial para ver la forma en la que Pablo entendía la iglesia: una reunión de personas que están todas al mismo nivel delante de Dios, pero que tienen diferentes llamados.

El saludo también nos introduce de lleno en el tema central de toda la carta: el evangelio de Dios. Es posible que Pablo tuviera la intención de reforzar entre los romanos (cuya iglesia había surgido espontáneamente) cuál era el sentido, el significado, del evangelio de Dios. Me da la impresión de que la iglesia de nuestro tiempo tiene una necesidad similar. No parece que tengamos claro qué es el evangelio, de qué se trata, cuál es su esencia. En este punto también la carta a los Romanos puede ser importantísima para reflexionar. Al exponer de manera ordenada y sólida el evangelio a una iglesia que no había recibido una base doctrinal apostólica firme, Pablo se proponía hacerla parte de la iglesia de todas partes. Tal vez nos sirva hoy para hacer a nuestras iglesias parte de la iglesia de todos los tiempos, y en especial para honrar el espíritu de la Reforma: volver a los principios elementales de la primera iglesia, la de los apóstoles.

Desde este punto de vista, considero que la carta a los romanos es el primer tratado de doctrina cristiana de toda la historia de la iglesia. Por eso, para nosotros hoy en día tiene un valor incalculable, y me parece importantísimo estudiarla en profundidad, y volver sobre ella una y otra vez. Muchos especialistas incluso consideran esta carta como el quinto evangelio, el evangelio de Pablo, y en cierta manera coincido, porque expone de manera clara todos los puntos importantes de las enseñanzas que recibió de Jesús. Sirve también como una especie de "filtro" muy confiable para entender bien el resto del Nuevo Testamento, e incluso me atrevo a decir que el Antiguo. Lo cierto es que necesitamos volver a preguntarnos qué es el evangelio, de qué se trata. Llegamos a un punto donde muchas veces creemos que un verdadero creyente es el que va al culto, a las reuniones de oración, a los estudios bíblicos y canta con ganas las canciones de alabanza y adoración, y todo eso lo hace con convicción. Pero, ¿es realmente eso lo que define a un verdadero creyente? ¿Es realmente todo eso lo que hace que un creyente sea sólido en la fe?

Veamos cómo introduce Pablo su versión del evangelio. En primer lugar, dice que había sido prometido en las Escrituras por medio de los profetas. Es decir, el evangelio no surge en el Nuevo Testamento, no aparece con Jesús. El evangelio existía como mínimo desde la época de los profetas. De hecho, la promesa de Dios de bendecir a todas las naciones la recibe Abraham, el fundador, podríamos decir, del pueblo hebreo. Entonces el evangelio, la buena noticia, tiene como trasfondo una promesa que Dios había hecho a su pueblo.

Esto también significa que este mensaje no es nada nuevo, no es un invento de los apóstoles ni de un loco improvisado, sino algo que ya había sido anunciado y que ahora se estaba cumpliendo. Cualquiera podía corroborar la validez y veracidad del mensaje por sí mismo leyendo la escritura (en esa época y también hoy mismo). Los profetas dan testimonio de que todo esto iba a pasar, y pasó, y los apóstoles construyen sobre eso. En ese sentido, los apóstoles consideran el Antiguo Testamento tan válido como las enseñanzas de Jesús, algo que hoy los creyentes no siempre pensamos. Es algo que necesitamos empezar a cambiar. Por supuesto, hay que ver (y lo vamos a ver más adelante) qué elementos del Antiguo Testamento los apóstoles reivindican, y de qué manera. Porque también en esto hay mucha confusión.

Pero siguiendo con Pablo, el apóstol está invitando a los romanos indirectamente a que examinen las Escrituras. Les dice "yo les vengo a compartir buenas noticias acerca del reino de Dios, pero miren que esto no es nuevo, no es reciente ni es un invento nuestro; vayan a la escritura, fíjense". Me parece que esto refuerza la postura de Pablo de que él es uno como cualquiera, que simplemente fue "apartado" para anunciar esas buenas noticias que en realidad ya habían sido anunciadas de antemano. "No importa Pablo", diría (de hecho, lo dice en otra carta, 1 Corintios 3:5). "Importa que se está cumpliendo algo que Dios mismo había prometido".

También nos deja otro desafío y enseñanza crucial: si queremos entender de qué se trata el evangelio, si queremos considerarnos creyentes de verdad, nuestra autoridad última, la base de toda nuestra fe, tiene que ser necesariamente la Escritura. No importa nuestra opinión, no importan los planteos que se hagan desde la cultura que nos rodea, el evangelio es un barco cuyo timón es, necesariamente, la Biblia. Por supuesto, tenemos también la responsabilidad de comprenderla de tal manera que sea constructiva y edificante para la salud espiritual de todos los creyentes (y esto también es muy importante), pero no podemos descartar sus enseñanzas sólo porque se produjeron en otro contexto y en otra época. "Toda la Escritura es inspirada por Dios" (2 Timoteo 3:16), y algún mensaje sí o sí tiene. En todo caso, lo importante es entender bien cuál es el mensaje en cada caso.

Entonces, ese evangelio, revelado en las Escrituras y anunciado por los profetas, ¿de qué habla, según Pablo? Habla de Jesús, hijo de hombre y también hijo de Dios. Más adelante, Pablo se explaya un poco más sobre esto, pero ya podemos anticiparnos: la buena noticia es la reconciliación del ser humano con Dios. Se ve claramente en la figura del hombre-Dios, el Dios que nació hombre, el hombre que nació Dios. Se conecta con la promesa porque nació en la familia de David, a quien se le había prometido un descendiente que iba a glorificar a su pueblo. Y se confirma como hijo de Dios al resucitar de entre los muertos, algo que jamás había sucedido hasta entonces.

La misión de Pablo como apóstol, en relación con este tema, es la de persuadir a las naciones de que obedezcan a la fe en Jesucristo. Una posible traducción literal de esta frase es "para la obediencia de la fe entre todas las naciones". Si bien el sentido es parecido, me da la impresión de que agrega un detalle: a los creyentes también hay que enseñarles a obedecer la fe. En otras palabras, todos necesitamos aprender a obedecer la fe. Constantemente necesitamos reforzar nuestra obediencia, revisar nuestra forma de vivir y de pensar, y dejarnos confrontar por la Biblia. Necesitamos dejar a un costado nuestra arrogancia y aceptar que, muchas veces, estamos equivocados. Cuando leemos las Escrituras y nos dice algo que nos desencaja, que nos arrincona, lo más saludable es que hagamos el proceso de dejar ir eso que teníamos mal, y aceptar lo que la Biblia nos está diciendo. Es otro tema en el que Pablo se explaya más adelante. Pero por el momento resumámoslo en que el evangelio no es sólo para los que no conocen o no creen, sino también para todos los que ya creen, que igualmente necesitan seguir creciendo en obediencia y santidad.

Y este es el otro punto de esta carta, que Pablo ya introduce en el saludo: cuando Jesús nos llama a la fe, nos llama a ser santos. El apóstol desarrolla mucho más la idea más adelante en la carta, pero ya la definición de santo nos debería dar una buena imagen de qué significa este llamado. En griego, el concepto está asociado con algo o alguien que es apartado para un uso especial, para un propósito, por lo general ceremonial. Es algo que fue consagrado. Incluso se remonta a la idea hebrea del animal que era sacrificado durante los festivales religiosos. Tenía que ser un animal seleccionado por su pureza física, por no tener mancha ni defecto. Nosotros fuimos llamados a convertirnos en una ofrenda agradable a Dios, en personas que no tienen manchas ni defectos. Esa es la obra que Dios quiere hacer en nosotros, desde el momento cero en que comenzamos a creer en Jesús. Dios quiere trabajar en nosotros para convertirnos en personas sin mancha. Claro que mientras estemos en un mundo donde existe el pecado, no llegaremos a ese resultado. Pero en primer lugar, Dios quiere purificar y limpiar nuestro corazón. De ahí se irá desprendiendo lentamente la pureza de nuestros pensamientos y conductas.

Lo importante es que ese es el llamado principal: fuimos llamados a ser santos. Es la pre-condición para la reconciliación que Jesús realizó en la cruz. Murió para salvarnos, y nos salvó para purificarnos. Nuestro primer propósito como pecadores salvados por la gracia de Dios (y por lo tanto, nuestra primera responsabilidad) es la de purificarnos. Todo lo demás es importante, sí, pero es secundario al lado de nuestra restauración, nuestra maduración y nuestra purificación. Eso es lo que definirá a un verdadero creyente, a un cristiano comprometido con la obra de Dios: su dedicación al colaborar con Dios en su propio crecimiento hacia la madurez y la sanidad espiritual.

Por una cuestión de extensión, y porque lo hice también la primera vez que reflexioné en torno a esta carta, voy a dejar la segunda mitad del capítulo 1 para la próxima vez. No dejemos de reflexionar sobre el evangelio de Dios, qué significa para nosotros, cómo lo estamos viviendo y qué tan comprometidos estamos con el llamado de Dios a ser santos y crecer en nuestra obediencia a su palabra.

"Que Dios nuestro padre y el Señor Jesucristo les concedan gracia y paz" (Romanos 1:7).

Hasta que volvamos a encontrarnos.

martes, 24 de diciembre de 2019

Job 4 — ¿Hay alguna respuesta?

A lo largo del libro de Job, el autor (o los autores) se identifican permanentemente con nuestra experiencia humana. El libro, como ya vimos, parece estar narrado desde la perspectiva de Job, pero a la vez desde una perspectiva trascendente. Combina, en cierta forma, la mirada del hombre con la mirada de Dios. En este hecho, el libro una vez más nos confronta con la pregunta de cómo es Dios, si es un Dios lejano que ve todo desde arriba o uno cercano que mira las cosas desde al lado nuestro. Y nos anticipa una primera respuesta: es ambos a la vez. Él es completamente Dios, pero a la vez es completamente humano. Tiene las dos facetas en sí mismo: el Padre y el Hijo, el Dios y el hombre. El Espíritu, en ese sentido, es un paso más: Dios dentro de nosotros, conociendo lo más profundo de nuestro interior y encontrándose con nosotros allí.

El libro de Job, entonces, se identifica con nuestras experiencias, especialmente nuestras experiencias con Dios y con el sufrimiento, y también se identifica con algunos de nuestros interrogantes más importantes en tiempos de dolor y angustia:

—¿Quién pecó para que me suceda esto?
—¿Quién tiene razón, cuando mis amigos me dicen que estoy siendo ingrato, exagerado o necio?
—¿Puede alguien ponerse en mi lugar y defenderme en esos momentos de sufrimiento?

Y, afortunadamente, el libro también nos da algunas respuestas para atajarnos frente a esos interrogantes:

—No importa quién pecó, o si alguien pecó, para que me suceda todo esto. No hay una relación de pecado y castigo en los sufrimientos que vivimos. Puede haber una relación de causa y efecto entre el pecado y la situación que ahora nos toca vivir, pero el punto es que Dios no nos acusa ni nos culpa a nosotros por nuestro sufrimiento, ni nos desecha por estar sufriendo, ni nos reprende por quejarnos, incluso si ese sufrimiento pudiera ser “justo”.

—Aunque nuestra doctrina se vuelva un poco (o a veces muy) incorrecta cuando atravesamos momentos de dolor y angustia, para Dios pesa más el hecho de que esos errores vienen de alguien que está desesperado. En medio del sufrimiento, el corazón de la persona es más importante para Dios que la doctrina. Dios nos da la razón a nosotros frente a las personas que intentan “corregirnos” en cuanto a lo que sentimos.

—Cuando atravesamos sufrimientos, y frente a las voces que nos condenan, acusan o reprenden por nuestros lamentos y quejas, Dios mismo baja del trono y se pone de nuestro lado, nos comprende, se duele junto a nosotros e interviene, muchas veces detrás del telón, para que esos tiempos de sufrimiento sean tan cortos como sea posible. El dolor es parte de la vida humana en este mundo, pero Dios no es indiferente. Él es testigo de lo mucho que sufrimos, es nuestro abogado defensor y es nuestro amigo, que se queda con nosotros hasta el final. Y, lo que es aun más, desafía a las personas a nuestro alrededor a adoptar esa misma actitud. No todas las personas van a condenarnos por sufrir. Dios mismo mueve a otros a compasión para ponerse a nuestro lado y defendernos también.

Sin embargo, hay algo llamativo en todo lo que analizamos hasta ahora del libro de Job. Dios no apareció por ningún lado. Es decir, hasta ahora, Él mismo no dijo ni una sola palabra. Todo lo que pudimos reflexionar se basó en las referencias a Dios que Job mismo hizo y, por supuesto, en el final. En ese sentido, a diferencia de Job, nosotros ya sabíamos de antemano que Dios iba a responder, y sabíamos cuál era esa respuesta. Pero desde el punto de vista de Job se presenta un nuevo y último interrogante, y el libro nos confronta, de hecho, a nosotros con él: frente a nuestro sufrimiento, frente al sufrimiento de Job, ¿hay una respuesta?

Pienso que el hecho mismo de que Dios espere hasta el final para hablar es una respuesta en sí misma. Su principal actitud ante todo lo que se dice en todos los discursos es escuchar. Es su especialidad. El silencio de Dios nos invita a hacer silencio también y escuchar lo que tenemos adentro. Muchas veces, después de sacar de adentro nuestro la queja y el lamento, aparece una calma que nos permite conectarnos con una voz más profunda de nuestro interior. El silencio es una respuesta de Dios, y la invitación es a aprovecharlo, porque ahí dentro nos encontramos con una nueva respuesta, que es, como mencionaba al principio, la del Espíritu. En el silencio de nuestro corazón ocurre el encuentro con Dios. Esto no suele funcionar si mi cabeza está enredada en quejas. Por eso, es muy importante poder sacar esas quejas afuera, ponerlas en palabras.

Por otro lado, cuando Dios responde, no responde a las quejas de Job, es decir, no lo reprende por sus quejas, pero tampoco le da respuesta a las preguntas o planteos que él hizo:

«¿Quién es éste, que oscurece mi consejo con palabras carentes de sentido? Prepárate a hacerme frente; yo te cuestionaré, y tú me responderás.»
(Job 38:2-3)

Así comienza la respuesta de Dios. Su propuesta hacia Job es: “vení, razonemos juntos”. Es una actitud que vemos a Dios teniendo también en otros momentos hacia su pueblo (por ejemplo, en Isaías 1:18, “Vengan, pongamos las cosas en claro —dice el Señor”). En otras palabras, Job clamó a Dios una y otra vez, especialmente a través de la queja, y la respuesta de Dios no es abandonar a Job por ingrato, como tal vez habríamos hecho muchos de nosotros, sino, por el contrario, hacerse presente y sentarse a hablar con Job, poniéndose de igual a igual (aunque sin dejar de ser Dios, por supuesto).

Se puede leer el discurso de Dios desde el capítulo 38 hasta el capítulo 41 de Job. Pero quiero enfocarme en un hecho en particular, que no lo encontramos en ese discurso, sino en el resultado que tiene dentro de Job:

Reconozco que he hablado cosas que no alcanzo a comprender, de cosas demasiado maravillosas que me son desconocidas. (…) De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos.
(Job 42:3,5)

Job reconoce, por un lado, todas las cosas incorrectas que dijo, a pesar de que Dios no lo reprendió por ellas. Dios simplemente se dio a conocer, le explicó quién era, le dijo todo lo que Él había hecho, y por qué. En pocas palabras, Dios le respondió que Él es Dios, y no tiene por qué dar explicaciones de lo que hace. Le hizo ver que su grandeza es visible en cada una de las cosas que creó, y que este mundo es un mundo difícil para los humanos. Le aclaró que, por mucho que se esforzara, no iba a poder comprender el mundo y sus procesos. Job reconoce que se colocó a sí mismo en un lugar de arrogancia a causa de su sufrimiento.

Pero lo más interesante, y considero que este es el punto central de todo el libro de Job, es que la verdadera respuesta de Dios fue salir al encuentro de Job. No lo rechazó, no lo desechó, no lo abandonó, sino que escuchó sus quejas y salió al encuentro, para hablar. Dios, en algún punto, abrió su corazón con Job al explicarle sus motivos (a pesar de que le dice que no tendría por qué dar explicaciones). Este encuentro de Job con Dios, entonces, tiene tres importantes características. Por un lado, es sincero. Job ya había sido brutalmente honesto con Dios, le había dicho todo lo que sentía, sin filtros. Ahora, Él hace lo mismo con Job: le dice todo lo que pasa por su mente, le habla sin rodeos. Por otro lado, ese encuentro es íntimo. Job ya había puesto sobre la mesa lo más profundo de sí mismo, sus angustias, sus anhelos, sus ilusiones rotas. Ahora, Dios pone sobre la mesa su propia identidad, sus motivos y sus actos. Por último, ese encuentro es personal. Dios pasa por alto completamente a los amigos de Job. Le responde directamente a él. Le habla cara a cara. En ese momento, Job tiene la chance también, por fin, de responderle cara a cara.

Esto es conocer a Dios. Job mismo lo dice, “ahora te veo con mis propios ojos” (Job 42:5). Eso es todo lo que Job necesitaba para darle sentido a todo el sufrimiento que había atravesado. Después vendrá la restitución de Job, y con creces. Pero el verdadero final del libro es este encuentro que le da trascendencia a todo el dolor y angustia que Job tuvo que atravesar a lo largo de sus tragedias y de sus discusiones con los amigos.

Ahora bien, lo que Dios hizo con Job prefigura de manera impecable lo que estaba por hacer con su pueblo. Podemos creer en la interpretación que dice que el libro fue escrito en la época de los patriarcas o en la que dice que fue escrito después del exilio. Yo me inclino por esta última, pero es indistinto: para Dios, todo “está por suceder”, porque él está fuera de la limitación temporal humana. Y lo que estaba por hacer Él por su pueblo era enviar a su propio Hijo, para nacer en cuerpo humano, de madre humana, llevar una vida de humano y morir como humano para rescatar a su pueblo. Dios estaba por salir al encuentro de su pueblo. Al igual que en el libro de Job, luego de mucho dolor y sufrimiento, luego de que el pueblo de Israel atravesara la experiencia de perderlo todo a causa del exilio y la posterior esclavización por parte del imperio romano, Dios “se hizo hombre y habitó entre nosotros” (Juan 1:14), vino a nuestro encuentro:

El que era la luz ya estaba en el mundo, y el mundo fue creado por medio de él, pero el mundo no lo reconoció. Vino a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron. Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios. Éstos no nacen de la sangre, ni por deseos naturales, ni por voluntad humana, sino que nacen de Dios.
(Juan 1:10-13)

Dios se dio a conocer a nosotros en su propio Hijo. Como el propio Jesús dijo a lo largo de todo su ministerio, no era otro Dios el que había venido, sino el Padre mismo hecho hombre. Es decir, nuestro Padre celestial es igual, en su forma de ser, que Jesús. Como ya vimos, a veces creemos que el Padre es el duro y Jesús el comprensivo, pero la Biblia nos muestra que no es así: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”, dice Jesús (Juan 14:9). Jesús vino para dar a conocer al Padre. En ese sentido, es importante que nos llevemos como conclusión que el mensaje de Jesús, y el mensaje del libro de Job, es que Dios está cerca. Dios está con nosotros y, para todo creyente, en nosotros.

La lección del libro de Job, entonces, es que en el sufrimiento, en el dolor, lo normal es expresarnos, hacernos preguntas y planteos, cuestionar a Dios, y él tiene respuestas, sólo que no siempre esas respuestas vendrán en forma de palabras, tal vez ni siquiera provendrán de su Palabra escrita (a veces, sí). Es muy probable que las respuestas más importantes y significativas de Dios hacia nosotros vengan en la forma del encuentro, el encuentro sincero, íntimo y personal con Dios, y de Dios con nosotros. Tal vez no escuchemos una voz audible, o no veamos una zarza ardiendo o lenguas de fuego. Pero este encuentro es real e intenso, y es transformador. En primer lugar, él escucha. ¿Cuáles son tus quejas? ¿Cuáles son tus reclamos? No tengas miedo de expresárselas a Dios. No trates de ser correcto con él, sino sincero. Sólo así vas a sentir el encuentro. Después, la reflexión y el silencio pueden ser gran compañía en el sufrimiento. ¿Qué te dice la voz que está dentro tuyo cuando todos las demás voces se callan? ¿Qué escuchás en tu mente si te concentrás en el presente, en el aquí y ahora, apagando uno a uno los "ruidos", los pensamientos automáticos? Respirá y escuchá. Por otro lado, necesitamos alguien en quien apoyarnos, alguien que encarne para nosotros a ese Dios que nos comprende y nos defiende. ¿Quiénes son las personas más significativas para vos hoy? ¿Quiénes encarnan a Dios en tu vida?

En definitiva, la conclusión de Juan acerca de los hijos de Dios se parece a la conclusión de Job acerca de Dios mismo: “hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). Los hijos de Dios nacen (y renacen permanentemente) del encuentro con él. Las respuestas de Dios nos llegan a través del encuentro con él. Es el encuentro sincero, íntimo y personal con Dios, y con aquellos que nos lo encarnan, el que permanentemente renovará nuestras vidas, atravesemos lo que atravesemos, para que cada vez tengamos una relación más completa con él, y podamos ser llenos de gracia y de verdad.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

sábado, 14 de diciembre de 2019

Job 3 — ¿Hay alguien que me defienda? (parte 2)

En la reflexión pasada vimos cómo el libro de Job se pregunta por quién nos defiende en esos momentos donde a nuestro sufrimiento se le suman las palabras insensibles y acusadoras de quienes nos rodean. No siempre alcanza con saber que tenemos razón. Necesitamos que alguien nos ampare y nos haga saber que nos entiende y nos defiende. El propio libro de Job anticipa una respuesta muy enigmática:

Ahora mismo tengo en los cielos un testigo; en lo alto se encuentra mi abogado. Mi intercesor es mi amigo, y ante él me deshago en lágrimas para que interceda ante Dios en favor mío, como quien apela por su amigo.

(Job 16:19-21)

Job dice que tiene en los cielos un testigo, un abogado y un amigo. Dice tener, en definitiva, un “contacto” en los cielos, que le ruega a Dios por él. Al finalizar la reflexión planteé la pregunta, ¿de quién está hablando Job?

Creo que es claro que está hablando de Jesús. El libro de Job, a pesar de haber sido escrito muchos siglos antes del nacimiento de Cristo, lo está mencionando. Job está viendo, en algún sentido, a Jesús, sentado en el cielo, dispuesto a interceder por él. Es cierto que, desde una perspectiva humana, Jesús “todavía” no había hecho el sacrificio que nos daba acceso al trono de Dios. Pero aquí, el libro de Job juega otra vez con la contraposición entre mirada humana y mirada divina. Desde esta última, el sacrificio de Jesús en la cruz ya había ocurrido, porque iba a ocurrir inevitablemente. No es extraño, por lo tanto, que a los autores del libro de Job se les haya revelado que había en el cielo un intercesor, un testigo, un amigo para todos aquellos que, en su sufrimiento, busquen a Dios, aunque más no sea a través de la queja y el lamento.

Esto no es mera especulación. El pasaje de Job coincide completamente con la visión que el Nuevo Testamento ofrece acerca del lugar de Jesús como intercesor:

No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que ha sido tentado en todo de la misma manera que nosotros, aunque sin pecado. Así que acerquémonos confiadamente al trono de la gracia para recibir misericordia y hallar la gracia que nos ayude en el momento que más la necesitamos.
(Hebreos 4:15-16)

Este pasaje nos indica que Jesús, nuestro sumo sacerdote, estuvo ahí, sabe perfectamente lo que significa la experiencia de ser humano, sabe de la tentación, del dolor y del sufrimiento. Jesús, al igual que Job, es en cierta forma nosotros. Él también padeció, fue rechazado y se sintió abandonado. No sólo padeció en la cruz; pasó por toda clase de sufrimientos y privaciones físicas y emocionales durante su vida entera, no sólo durante el ministerio. También fue rechazado por mucha gente, la misma gente que él había venido a salvar y sanar. Incluso sus amigos terminaron por rechazarlo. Y no me refiero a Judas, sino a Pedro, uno de sus amigos más cercanos. Por otro lado, poco antes de morir, sintió el abandono del propio Padre, y lo expresó de manera muy transparente: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani? (que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»)” (Marcos 15:34).

Por lo tanto, Jesús entiende perfectamente nuestras luchas y sufrimientos. En general, es más fácil para nosotros asociar a Jesús con la compasión y con alguien que se pone en nuestro lugar que a Dios Padre. Eso mismo pareciera experimentar Job: Dios no me está escuchando, no le interesa lo que me pasa, pero afortunadamente tengo a Jesús a su lado que le suplica por mí. Por supuesto que, en parte, la misión de Jesús era mostrarnos un costado más humano de Dios. Pero no nos olvidemos que Jesús y el Padre no son dos Dioses diferentes, sino un mismo Dios. Jesús no es otro, diferente del Padre. Él mismo lo dijo: “El Padre y yo somos uno” (Juan 10:30). Por supuesto, y más importante aún, Dios no es otro que Jesús mismo. No tenemos un Dios indiferente (el Padre) y uno comprensivo y compasivo (el Hijo), sino un solo Dios, que es comprensivo y compasivo: “no digo que voy a rogar por ustedes al Padre, ya que el Padre mismo los ama porque me han amado y han creído” (Juan 16:26-27).

Job nos confronta entonces con una cuestión importante. Hay, efectivamente, alguien que nos defiende en el cielo. Desde la perspectiva humana, sabemos que es Jesús. Pero si escuchamos lo que Jesús tiene para decirnos, él mismo nos aclara que es el propio Padre el que está abierto a recibirnos en su trono de gracia con compasión y comprensión. No nos va a dar una piedra cuando nos acerquemos para pedirle pan. No nos va a dar palabras duras y reprensión cuando nos acerquemos a pedirle que nos entienda y nos defienda. Él mismo, el Padre, que es uno con Cristo, nos recibe con compasión y se pone en nuestro lugar.

¿Qué pasaría entonces si tratáramos de imaginar, aunque sea por un momento, que la actitud que sentimos que tiene Jesús hacia nosotros es la misma que tiene el Padre; si tratáramos de meditar en que Jesús está también en el Padre? No tenemos dos dioses, uno con la cuerda y el otro con el rayo. Dios es uno solo, y es compasivo, “lento para la ira y grande en amor” (Salmo 103:8).

La respuesta que encuentra Job, entonces, ante la pregunta de si hay alguien que lo defienda, es que sí. Y el desafío que Job se pone a sí mismo, y lleva a cabo, es el de acercarse a Dios con el corazón abierto. Cuando oramos desde lo más íntimo de nosotros, con apertura, con la frescura del niño que llora porque tiene sueño, hambre, sed, o cualquier otra necesidad básica inmediata, estamos en definitiva acercándonos al “trono de la gracia”. Estamos pidiéndole a Dios gracia, es decir, ese favor suyo que no lo pedimos porque lo merecemos sino porque lo necesitamos. Y Dios, que es compasivo y grande en amor, no nos responde “algo habrás hecho para que te pase esto”, sino que nos da lo que le pedimos: la misericordia y la atención que necesitamos. Dios se pone de nuestro lado, en nuestro lugar, y nos defiende.

Jesús intercede por nosotros, eso es cierto. Pero es cierto desde el punto de vista de la necesidad humana. La realidad espiritual es que el Padre mismo nos ama, sin que nadie interceda. No necesitamos en realidad un abogado. Si creemos que Jesús es Dios, podemos ser totalmente sinceros con él, y buscarlo en nuestro momento de sufrimiento. Él mismo nos quiere defender de las injusticias que nos toca vivir. Quiere estar con nosotros en esos momentos de angustia y de soledad. Quiere conocer los pensamientos nuestros, incluso los más negativos, para estar muy cerca de nuestro corazón. Porque él es testigo de lo que vivimos, abogado frente a los que nos juzgan y nos condenan por sufrir y amigo en esos tiempos difíciles de dolor y angustia.

Y el desafío para el resto, a quienes nos toca acompañar al que sufre, es a encarnar a ese Dios, ser ese testigo, ese abogado y ese amigo: "ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno es miembro de ese cuerpo" (1 Corintios 12:27). No es el conocimiento de la misericordia de Dios el que nos transforma y el que nos ayuda en nuestro dolor, sino la experiencia. Y la experiencia nos llega a través del cuerpo. Sí, sin duda podemos experimentar esa compasión y esa defensa de Dios de manera directa, revelada espiritualmente a nuestro interior y a través de la Palabra, pero eso no nos quita la responsabilidad de, si vamos a elegir acompañar y ayudar, hacerlo con la misma actitud que tendría Cristo, hasta donde nos sea posible. En ese sentido, nosotros mismos necesitamos muchas veces fortalecernos en la gracia y compasión de Dios para poder luego brindarlas a los demás. Pero es un trabajo que vale la pena hacer, porque de esa manera vamos a acompañar mejor a esas personas para quienes queremos poder ser verdaderos testigos, defensores y amigos.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Job 3 — ¿Hay alguien que me defienda? (parte 1)

Creo que esta pregunta es la que más nos permite conectar la historia de Job con el evangelio. Hasta ahora vimos que nuestro sufrimiento no es un castigo por haber hecho las cosas mal o por haber juntado suficientes faltas para agotar la paciencia de Dios. También vimos que Dios no nos acusa ni nos descarta por estar sufriendo, sino que nos mira a los ojos con bondad, para que podamos atravesar el dolor. Él es compasivo, no se enfoca en nuestro comportamiento sino en nuestro corazón. Sin embargo, hay una cuestión importante que queda pendiente. Dios puede ser compasivo y bondadoso, pero él es Dios. Él no atraviesa las cosas que atravesamos en esta vida humana, y por lo tanto para él en cierta forma es más fácil. Podríamos pensar y sentir que él nos consuela, sí, pero desde un lugar superior, desde el lugar de alguien que tiene una vida tranquila y ordenada, que no vive ninguna de las cosas desagradables que nos tocan vivir a nosotros los humanos.

Por otra parte, Dios está en el cielo, lejos de nosotros, y mientras tanto tenemos que lidiar no sólo con el sufrimiento, sino con la insensibilidad con la que nos tratan las personas que nos rodean. Vimos que Dios nos da el derecho de quejarnos, y también el derecho de cerrarnos con las personas que nos condenan o que quieren corregir nuestro dolor, pero ¿hay alguien que nos defienda de tanta injusticia? Job se hace la misma pregunta. En el capítulo 16, después de mucho escuchar por parte de sus amigos, Job finalmente les responde de manera más firme:

Cosas como estas he escuchado muchas; ¡valiente consuelo el de todos ustedes! ¿No habrá fin a sus peroratas? ¿Qué les irrita tanto que siguen contendiendo? ¡También yo podría hablar del mismo modo si estuvieran ustedes en mi lugar! ¡También yo pronunciaría bellos discursos en su contra, meneando la cabeza!
(Job 16:2-4)

Al preguntarse si “no habrá fin a sus peroratas”, pareciera estar preguntando Job, “¿acaso nadie les va a decir nada, nadie les va a pedir que se callen?”. Cuántas veces nos gustaría que alguien intercediera en nuestro favor y les dijera a las personas que nos juzgan “¡dejen a esta persona en paz!”. Por otra parte, como él mismo expresa, Job llegó a sentir que sus amigos le decían la verdad acerca de Dios en algún punto, llegó a creerles que Dios estaba enojado con él por las cosas que decía o por las cosas que tal vez hubiera hecho en su pasado sin darse cuenta: “En su enojo Dios me desgarra y me persigue; rechina los dientes contra mí” (Job 16:9). A todo esto se le suma que las demás personas que se enteran de su caso, lejos de ponerse de su lado, entenderlo o moderar las palabras de sus amigos, se burlan de él: “La gente se mofa de mí abiertamente, burlones, me dan de bofetadas, y todos juntos se ponen en mi contra” (Job 16:10). Es decir, Job queda totalmente indefenso frente a su sufrimiento. Nadie parecería estar dispuesto a escucharlo y ayudarlo a levantarse, ni a hacerle justicia por tanto dolor que le causan su vida y las personas que están a su alrededor.

Frente a esto, lo único que Job desea finalmente es simplemente eso, que alguien se detenga a escucharlo, que su queja no quede en el vacío y en el olvido. Quiere que alguien se ponga de su lado para no quedar abandonado al dolor y librado a su suerte: “¡Ah, tierra, no cubras mi sangre! ¡No dejes que se acalle mi clamor!” (Job 16:18). Claro, nosotros conocemos el trasfondo espiritual de la situación de Job, sabemos que Dios estaba perfectamente al tanto de lo que pasaba, y había un propósito detrás; pero recordemos que el libro de Job nos intenta poner una y otra vez en la perspectiva humana; porque sino caeríamos en el error de los amigos, espiritualizar el problema para no ensuciarnos las manos con el barro del dolor de Job. Él no conocía ese trasfondo espiritual, y el libro nos convoca a ponernos en su lugar.

A su vez, nosotros conocemos el final de la historia; sabemos que Dios le iba a dar la razón a Job, que iba a reprender a sus amigos, humillarlos, restituir a Job en su dignidad y devolverle no sólo lo que perdió, sino el doble de todo. Pero, nuevamente, anticiparnos al final de la historia es lo que los amigos hacen (sin conocer el verdadero final, por otra parte). Ellos le insisten en que tiene que esperar a llegar al final de la situación para poder entender, que tiene que ser paciente. No se imaginan que ese final los va a dejar a ellos bastante mal parados. Pero, además, Job tampoco podía de ninguna manera conocer ni imaginar el final. En el momento de sufrimiento, todo lo que Job tiene (y todo lo que cualquiera de nosotros tiene) es el presente, es la situación desagradable que nos toca vivir, y es ahí donde necesitamos que alguien nos escuche, nos entienda y nos defienda.

Quiero detenerme en estos puntos. Nosotros muchas veces hacemos estas dos cosas: tratar de darle a la persona que sufre una explicación espiritual de su sufrimiento o tratar de que piense que, al final, las cosas van a estar mejor, que todo ese dolor va a ser para bien, que hay un propósito detrás de todo lo que la persona esta viviendo y que Dios no se olvidó de él. Pero cuando lo vemos desde el lugar de la persona, como nos propone el libro de Job entero, estas cosas no sirven por sí solas. La respuesta de que “todo obra para bien de los que aman a Dios” es bíblica, pero no ayuda para nada a la persona que está sufriendo si primero no podemos conectarnos de corazón a corazón con el dolor de esa persona. Recién entonces pueden llegar a ser un mensaje de aliento, dicho desde un lugar de compasión.

Lo que necesita la persona, en primer lugar, es alguien que lo defienda de tanto dolor, alguien que se ponga en sus zapatos y reconozca con sinceridad que la situación es injusta. Alguien, en definitiva, que se atreva a sentir lo que la otra persona está sintiendo, tal cual lo está sintiendo, y en las circunstancias en las que la persona está. Alguien que le pregunte qué tan profundo es el dolor, y por qué. Que le pregunte cuánto perdió, y qué significaba todo eso para ella. Y que se atreva a admitir que sí, efectivamente, es injusto perder todo eso, independientemente de que sea correcto o no afirmar que la vida es injusta. En pocas palabras, la persona necesita alguien que convalide su dolor, que le diga con sinceridad que lo que siente es totalmente válido.

Entonces, la pregunta es, ¿hay alguien que haga todo esto con Job? ¿Es bíblico pensar que lo correcto es convalidar el dolor de un “blasfemo” como Job, ponerse en su lugar y defenderlo? Eso es, en definitiva, lo que Job se pregunta, “¿estoy realmente sólo y abandonado frente a todo esto?”. En otras palabras: ¿hay alguien que me defienda?

La respuesta a este interrogante viene del propio Job, y es una respuesta que nos puede resultar, a simple vista, completamente enigmática:

Ahora mismo tengo en los cielos un testigo; en lo alto se encuentra mi abogado. Mi intercesor es mi amigo, y ante él me deshago en lágrimas para que interceda ante Dios en favor mío, como quien apela por su amigo.
(Job 16:19-21)

Job habla de que tiene un testigo en los cielos. ¿Qué es un testigo, sino alguien que puede dar fe de que lo que dice Job es cierto? En definitiva, Job está convencido de que hay alguien en el cielo, junto a Dios, que sabe lo que es sufrir lo que él sufre, que sabe lo que se siente, que sabe que él no está exagerando. Pero además, Job habla de un abogado. Dice que tiene alguien que está dispuesto a defender su causa ante Dios, que está de su lado en este “juicio” que Job siente que está siendo ejecutado contra él. Está convencido de que tiene alguien en el cielo que va a hablar a su favor.

Por último, Job nos dice que este intercesor, que es a la vez testigo y abogado, es su amigo. Está diciendo nada más y nada menos que ¡tiene un amigo en el cielo! Tiene un amigo al lado de Dios que se compadece de él, conoce su caso desde muy cerca, sabe que no exagera y está dispuesto a suplicarle a Dios por él. Un amigo que escuchó su llanto y vio sus lágrimas. ¿Cómo puede ser todo esto? ¿De quién está hablando Job? A esta altura nos podemos empezar a imaginar, pero voy a hablar más detalladamente del tema en la próxima publicación.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Job 2 — ¿Quién tiene razón? (parte 2)

Cuando estamos pasando por un momento difícil, incluso con las mejores intenciones, las personas que nos rodean a veces hacen que sea aún más pesado, porque nos dicen cosas que agregan una carga extra: la culpa de que nuestra queja está fuera de lugar. Las respuestas de ellos nos irritan, nos molestan, o nos deprimen todavía más. Muchas veces, lo que nos pasa es que sentimos que están equivocados, pero no nos atrevemos a contradecirlos porque las palabras que nos dicen suenan correctas. Quedamos desprotegidos, indefensos, y esto nos aleja de Dios porque sentimos que él, al igual que esas personas, no nos entiende, y que nos condena y nos acusa por nuestro sufrimiento. Pero ¿qué piensa realmente Dios?

El libro de Job nos muestra que Dios, ante la situación de sufrimiento que Job atraviesa, le da la razón a él y no a los amigos, que le ofrecen a Job su lado más insensible. Es importante entender que esas personas suelen tener motivos válidos para responder de esa manera. Generalmente, es simplemente torpeza, desconocimiento o falta de práctica de empatía lo que hace que no logren responder de forma más sensible. Lo más común es que detrás de esas respuestas haya una profunda preocupación por vernos sufrir así, o una desesperación ante la posibilidad de que ese sufrimiento nos lleve a tomar decisiones que nos hagan aun peor. Otras veces, simplemente es una dificultad para lidiar con el sufrimiento propio, o incluso para conectar emocionalmente con los demás.

Puede haber más motivos, pero en cualquier caso vale la pena identificar las palabras que muestran que los amigos de Job están siendo insensibles, para tener recursos más concretos con los que dejar afuera de nuestra cabeza  las palabras duras que nos digan en esos momentos. Ya en el capítulo 4, después del primer discurso de Job, encontramos la primera respuesta dura de sus amigos: “tú, que con tus palabras sostenías a los que tropezaban y fortalecías las rodillas que flaqueaban; ¡ahora que enfrentas las calamidades, no las resistes!; ¡te ves golpeado y te desanimas!” (Job 4:4-5). En otras palabras, “tanto que das mensajes de aliento a los demás, no los aplicás a vos mismo”. ¿Cuántas veces, tratando de que podamos reconectarnos con una mirada más espiritual del problema, nuestros amigos pueden llegar a darnos una respuesta de este tipo? Nos reprenden por no aplicar los mismos consejos y consuelos que damos a otros. Nos dicen cosas como “sos una persona de fe, no digas esas cosas”, o “no podemos confiar en Dios solamente cuando nos va bien, hay que confiar también cuando nos va mal”.

En el mismo discurso, Elifaz reprende a Job por creerse tan justo: “¿puede un simple mortal ser más justo que Dios?” (Job 4:17). Es otra clásica respuesta que recibimos a veces. Cuando leemos el capítulo entero vemos que el discurso va incluso más lejos. Es como si su amigo le estuviera diciendo “Job, algo tenés que haber hecho mal para que te pase esto. Dios no castiga a los injustos, y tampoco puede ser que seas tan justo, ciertamente no vas a ser nunca más justo que Dios. Tendrá sus motivos para mandarte este sufrimiento”. Es decir, esto que te está pasando tiene que ser tu culpa, y quejarte sólo va a hacerlo todavía más grave.

Siguiendo con la respuesta de Elifaz, ya en el capítulo 5 nos encontramos con una idea incluso más dura: “Llama, si quieres, pero ¿habrá quién te responda? ¿A cuál de los dioses te dirigirás?” (Job 5:1). Esto significa que Dios no va a escuchar a Job porque está siendo ingrato con él. “Mirá que si te quejás así, Dios no te va a escuchar, te vas a quedar solo. ¿A quién vas a acudir cuando él no te quiera escuchar?”. Y después de eso agrega “el resentimiento mata a los necios, la envidia mata a los insensatos” (Job 5:2). Job está siendo ofensivo, está hablándole a Dios con resentimiento y envidiando a los que les va bien. En otras palabras, está siendo amargado, rebelde y quejoso, y eso a Dios no le gusta. Ese es el mensaje de Elifaz. Y las consecuencias son trágicas: "te vas a terminar arruinando la vida". Quizá incluso la enfermedad de Job es culpa de su amargura, según esa mentalidad.


Y no termina allí: “¡Cuán dichoso es el hombre a quien Dios corrige! No menosprecies la disciplina del Todopoderoso.” (Job 5:17). Este mensaje es incluso más común hoy en día en nuestras iglesias. En otras palabras, “enfocate en lo que Dios está tratando de enseñarte con este sufrimiento, Dios nos prueba para que aprendamos algo, para que crezcamos y por nuestro propio bien, para sacarnos de algo peor”. Esta idea de que el sufrimiento es algo bueno suele justificarse también con muchos pasajes, algunos de los cuales quizá estén viniendo a tu mente en este momento. A esto se agrega que “él hiere, pero venda la herida; golpea, pero trae alivio”. Es decir, “tampoco es para tanto, Job, no está todo perdido”. Notemos que en este punto, Elifaz está directamente equivocado, sin saberlo, porque nosotros ya tenemos la información de que no es Dios el que está golpeando a Job. Pero ya vamos a volver sobre eso.


Hasta aquí podríamos pensar que no fue tan duro el discurso de Elifaz, y que en definitiva los amigos no están diciendo nada que sea falso. Podríamos buscar muchos pasajes en la Biblia que confirman lo que están diciendo. Pero más adelante, a partir del capítulo 8, los discursos de los amigos refuerzan con mucha más agresividad las ideas que expone Elifaz en este primer discurso. Si sos una persona sensible, puede llegar a sonar indignante leer la crudeza con la que le hablan a Job, teniendo en cuenta que son sus amigos, y que él está pasando un momento realmente horrible. Alguno podría decir “bueno, pero la verdad hay que decirla, aunque duela. No podemos decirle a la gente solamente lo que quiere escuchar”. Sin embargo, ya sabemos lo que Dios le responde a Elifaz frente a todos esos discursos y afirmaciones “correctas”: “estoy muy irritado contigo y con tus dos amigos porque, a diferencia de mi siervo Job, lo que ustedes han dicho de mí no es verdad” (Job 42:7). Dios también se indigna y se irrita ante la insensibilidad de los amigos. Los reprende por decirle cosas tan crudas en un momento tan difícil. Incluso les dice que más les vale disculparse con Job y pedirle que él ore por ellos, para que él los perdone. En ese sentido, Dios es muy duro con los amigos de Job, a pesar de que “decían la verdad”.


Eso es porque Dios detesta la dureza de corazón. ¿Cuántas veces Jesús mismo se enojó con los líderes religiosos de su tiempo porque, en nombre de “cumplir la ley de Dios”, eran duros con los que estaban pasando una necesidad grande? La respuesta de Dios nos invita incluso a revisar cómo tratamos a los que sufren, y pedirles disculpas por nuestra insensibilidad. Es muy importante para Dios que podamos detectar nuestra falta de comprensión, nuestra dureza con el que sufre, y que podamos arrepentirnos de ella. Y el primer signo de arrepentimiento es aceptar el daño que hicimos y ponernos a disposición de aquél a quien dañamos, mostrarle a la persona que verdaderamente entendemos que estuvimos equivocados, y que queremos reparar el daño tanto como dependa de nosotros. Además, para reforzar esta idea, Dios le da la razón a Job explícitamente (“a diferencia de mi siervo Job [que dijo cosas verdaderas], lo que ustedes han dicho de mí no es verdad”). ¿Y qué dijo Job? ¿Qué respondió Job, que después Dios identificó como verdadero?


Lo primero que Job responde, como ya vimos, es: “¡Por algo mis palabras son tan impetuosas!” (Job 6:3), es decir, “¿no se dan cuenta de que realmente estoy pasándola muy mal?”. Las quejas de Job son totalmente adecuadas, y además son proporcionales a la situación: no es que se lastimó un poquito la piel, o que perdió unas monedas; lo perdió todo y su piel se llenó de llagas. Realmente está en el peor momento de su vida. Por otro lado, les dice que “aunque uno se aparte del temor del Todopoderoso, el amigo no le niega su lealtad” (Job 6:14). Es decir, “ustedes en este momento no se están comportando realmente como amigos”. Incluso si fuese cierto que Job está equivocado con sus palabras, que está "blasfemando" o que hizo para que le pasara todo eso, ellos deberían ponerse a su lado y tratar de acompañarlo en su dolor, ayudarlo a atravesarlo, ser leales a él. Proverbios 12:25 dice que “la angustia abate el corazón del hombre, pero una palabra amable lo alegra”. Tal vez habría bastado con que lo trataran con amabilidad para que su ánimo se recompusiera y pudiera “ver las cosas con más claridad”. Pero sus amigos le fallaron: “mis hermanos son arroyos inconstantes, son corrientes desbordadas: se enturbian cuando el hielo se derrite, se ensanchan al derretirse la nieve” (Job 6:15). Cuando todo está bien, son mis amigos, pero cuando me va mal, en lugar de apoyarme y darme alivio, me atacan.


Pero además, hay un detalle que no es menor: “¿Quién les ha pedido que me den algo, o que paguen con su dinero mi rescate?” (Job 6:22). Aquí podríamos escandalizarnos y pensar “¡pero qué ingrato Job! ¡Encima que sus amigos están tratando de ayudarlo!”. Y muchas veces lo pensamos, y hasta lo decimos, cuando tratamos de ayudar a alguien que sufre y la persona se enoja por nuestra insensibilidad. A veces respondemos cosas como “¿sabés qué? Si no te gusta lo que te digo, arreglátelas vos solo”. Esto suele pasar porque, obviamente, nos afecta cómo esa persona está sintiéndose. Otras veces porque creemos que nuestra reputación como amigos depende de que solucionemos el problema de esa persona. 
Muchas veces nos tomamos el sufrimiento del otro como una causa personal porque nos toca alguna fibra íntima propia, o porque creemos que si se deprime le está fallando a Dios y queremos ahorrarle la "disciplina" que pensamos que va a venir como consecuencia. En cualquier caso, no podemos olvidar que Dios le da la razón a Job. Nadie les pidió que lo rescataran de su angustia. Ellos sólo tenían que acompañarlo en su angustia. Dios sólo nos pide que estemos al lado del que sufre, y lo tratemos con amabilidad y bondad. Incluso así, nadie está obligado a dedicarle su tiempo al que sufre. Si lo hacemos, debería nacer de un corazón sensible y un amor genuino, y siempre y cuando realmente esté a nuestro alcance hacerlo.

Finalmente, Job reconoce algo importante: “las palabras justas no ofenden, ¡pero sus argumentos no prueban nada!” (Job 6:25). A mi entender, lo que está diciendo es que su problema no es con lo que las Escrituras dicen. Él cree firmemente en lo que sus amigos están diciendo, pero ellos lo están usando para argumentar en contra de él, y en un contexto en el que él está sufriendo. No es que él está cuestionando a Dios y a su palabra, está quejándose de la situación horrible que le toca atravesar. “¿Me van a juzgar por mis palabras, sin ver que provienen de un desesperado?” (Job 6:28). Las palabras verdaderas de Dios se convierten en mentiras cuando las usamos para sostener la dureza de nuestro propio corazón.


Quiero insistir una vez más en que Dios le da la razón a Job, y está indignado con los amigos por sus palabras y su dureza. Dios está enojado por la forma en que sus amigos usan su Palabra, y está incluso en desacuerdo. Dios diría lo mismo que Job: “¡Ustedes echarían suertes hasta por un huérfano, y venderían a su amigo por cualquier cosa!” (Job 6:27). Para él, los amigos de Job no son gente confiable si se mantienen en esa actitud, por eso los llama al arrepentimiento. La religiosidad, si no se combina con un corazón amable y sensible, se convierte en desobediencia. Recordemos lo que dice Jesús frente a la insensibilidad e hipocresía de los religiosos de su época:


Muchos me dirán en aquel día, “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?” Entonces les diré claramente: “Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!
(Mateo 7:22-23)

Entonces, ¿cuál es la actitud de Dios hacia Job, más allá de darle la razón? La misma que tiene Jesús hacia todos los que sufren: compasión. Se resume, a mi entender, en lo que Job pide de sus amigos: “Tengan la bondad de mirarme a los ojos” (Job 6:28). Para Dios, es muy importante que compartamos nuestras penas, cargas y sufrimientos con aquellas personas que son dignas de confianza, y ya vimos que las personas confiables para Dios son aquellas que tienen un corazón sensible y compasivo. Recordemos lo que dijo Jesús acerca de nuestra relación con las personas que son propensas a juzgarnos y condenarnos: “No den lo sagrado a los perros, no sea que se vuelvan contra ustedes y los despedacen” (Mateo 7:6). Tenemos que cuidar nuestro corazón, porque todo lo vital de nuestra vida (y de nuestra fe y relación con Dios) proviene de él, es decir, de lo más íntimo, de nuestras experiencias y emociones. Eso es lo más genuino que tenemos, y es lo que Dios más disfruta de nosotros. Cuando es alegría, Dios hace fiesta con nosotros, y eso le encanta. Pero cuando lo que tenemos es tristeza, el quiere estar muy cerca de nosotros y acompañarnos, y disfruta cuando ve que otras personas hacen eso mismo con nosotros.

El libro de Job, entonces, igual que los evangelios, nos invita a limitar nuestra exposición a las personas que nos van a juzgar y condenar por sufrir, que nos van a recriminar y a incriminar, y juntarnos en lugar de eso con personas que nos den amabilidad, bondad y sensibilidad al abrir nuestro corazón. Esos son los verdaderos amigos que la Biblia nos anima a encontrar: “En todo tiempo ama el amigo; para ayudar en la adversidad nació el hermano” (Proverbios 17:17).

Hasta que volvamos a encontrarnos.