miércoles, 6 de noviembre de 2019

Job 3 — ¿Hay alguien que me defienda? (parte 1)

Creo que esta pregunta es la que más nos permite conectar la historia de Job con el evangelio. Hasta ahora vimos que nuestro sufrimiento no es un castigo por haber hecho las cosas mal o por haber juntado suficientes faltas para agotar la paciencia de Dios. También vimos que Dios no nos acusa ni nos descarta por estar sufriendo, sino que nos mira a los ojos con bondad, para que podamos atravesar el dolor. Él es compasivo, no se enfoca en nuestro comportamiento sino en nuestro corazón. Sin embargo, hay una cuestión importante que queda pendiente. Dios puede ser compasivo y bondadoso, pero él es Dios. Él no atraviesa las cosas que atravesamos en esta vida humana, y por lo tanto para él en cierta forma es más fácil. Podríamos pensar y sentir que él nos consuela, sí, pero desde un lugar superior, desde el lugar de alguien que tiene una vida tranquila y ordenada, que no vive ninguna de las cosas desagradables que nos tocan vivir a nosotros los humanos.

Por otra parte, Dios está en el cielo, lejos de nosotros, y mientras tanto tenemos que lidiar no sólo con el sufrimiento, sino con la insensibilidad con la que nos tratan las personas que nos rodean. Vimos que Dios nos da el derecho de quejarnos, y también el derecho de cerrarnos con las personas que nos condenan o que quieren corregir nuestro dolor, pero ¿hay alguien que nos defienda de tanta injusticia? Job se hace la misma pregunta. En el capítulo 16, después de mucho escuchar por parte de sus amigos, Job finalmente les responde de manera más firme:

Cosas como estas he escuchado muchas; ¡valiente consuelo el de todos ustedes! ¿No habrá fin a sus peroratas? ¿Qué les irrita tanto que siguen contendiendo? ¡También yo podría hablar del mismo modo si estuvieran ustedes en mi lugar! ¡También yo pronunciaría bellos discursos en su contra, meneando la cabeza!
(Job 16:2-4)

Al preguntarse si “no habrá fin a sus peroratas”, pareciera estar preguntando Job, “¿acaso nadie les va a decir nada, nadie les va a pedir que se callen?”. Cuántas veces nos gustaría que alguien intercediera en nuestro favor y les dijera a las personas que nos juzgan “¡dejen a esta persona en paz!”. Por otra parte, como él mismo expresa, Job llegó a sentir que sus amigos le decían la verdad acerca de Dios en algún punto, llegó a creerles que Dios estaba enojado con él por las cosas que decía o por las cosas que tal vez hubiera hecho en su pasado sin darse cuenta: “En su enojo Dios me desgarra y me persigue; rechina los dientes contra mí” (Job 16:9). A todo esto se le suma que las demás personas que se enteran de su caso, lejos de ponerse de su lado, entenderlo o moderar las palabras de sus amigos, se burlan de él: “La gente se mofa de mí abiertamente, burlones, me dan de bofetadas, y todos juntos se ponen en mi contra” (Job 16:10). Es decir, Job queda totalmente indefenso frente a su sufrimiento. Nadie parecería estar dispuesto a escucharlo y ayudarlo a levantarse, ni a hacerle justicia por tanto dolor que le causan su vida y las personas que están a su alrededor.

Frente a esto, lo único que Job desea finalmente es simplemente eso, que alguien se detenga a escucharlo, que su queja no quede en el vacío y en el olvido. Quiere que alguien se ponga de su lado para no quedar abandonado al dolor y librado a su suerte: “¡Ah, tierra, no cubras mi sangre! ¡No dejes que se acalle mi clamor!” (Job 16:18). Claro, nosotros conocemos el trasfondo espiritual de la situación de Job, sabemos que Dios estaba perfectamente al tanto de lo que pasaba, y había un propósito detrás; pero recordemos que el libro de Job nos intenta poner una y otra vez en la perspectiva humana; porque sino caeríamos en el error de los amigos, espiritualizar el problema para no ensuciarnos las manos con el barro del dolor de Job. Él no conocía ese trasfondo espiritual, y el libro nos convoca a ponernos en su lugar.

A su vez, nosotros conocemos el final de la historia; sabemos que Dios le iba a dar la razón a Job, que iba a reprender a sus amigos, humillarlos, restituir a Job en su dignidad y devolverle no sólo lo que perdió, sino el doble de todo. Pero, nuevamente, anticiparnos al final de la historia es lo que los amigos hacen (sin conocer el verdadero final, por otra parte). Ellos le insisten en que tiene que esperar a llegar al final de la situación para poder entender, que tiene que ser paciente. No se imaginan que ese final los va a dejar a ellos bastante mal parados. Pero, además, Job tampoco podía de ninguna manera conocer ni imaginar el final. En el momento de sufrimiento, todo lo que Job tiene (y todo lo que cualquiera de nosotros tiene) es el presente, es la situación desagradable que nos toca vivir, y es ahí donde necesitamos que alguien nos escuche, nos entienda y nos defienda.

Quiero detenerme en estos puntos. Nosotros muchas veces hacemos estas dos cosas: tratar de darle a la persona que sufre una explicación espiritual de su sufrimiento o tratar de que piense que, al final, las cosas van a estar mejor, que todo ese dolor va a ser para bien, que hay un propósito detrás de todo lo que la persona esta viviendo y que Dios no se olvidó de él. Pero cuando lo vemos desde el lugar de la persona, como nos propone el libro de Job entero, estas cosas no sirven por sí solas. La respuesta de que “todo obra para bien de los que aman a Dios” es bíblica, pero no ayuda para nada a la persona que está sufriendo si primero no podemos conectarnos de corazón a corazón con el dolor de esa persona. Recién entonces pueden llegar a ser un mensaje de aliento, dicho desde un lugar de compasión.

Lo que necesita la persona, en primer lugar, es alguien que lo defienda de tanto dolor, alguien que se ponga en sus zapatos y reconozca con sinceridad que la situación es injusta. Alguien, en definitiva, que se atreva a sentir lo que la otra persona está sintiendo, tal cual lo está sintiendo, y en las circunstancias en las que la persona está. Alguien que le pregunte qué tan profundo es el dolor, y por qué. Que le pregunte cuánto perdió, y qué significaba todo eso para ella. Y que se atreva a admitir que sí, efectivamente, es injusto perder todo eso, independientemente de que sea correcto o no afirmar que la vida es injusta. En pocas palabras, la persona necesita alguien que convalide su dolor, que le diga con sinceridad que lo que siente es totalmente válido.

Entonces, la pregunta es, ¿hay alguien que haga todo esto con Job? ¿Es bíblico pensar que lo correcto es convalidar el dolor de un “blasfemo” como Job, ponerse en su lugar y defenderlo? Eso es, en definitiva, lo que Job se pregunta, “¿estoy realmente sólo y abandonado frente a todo esto?”. En otras palabras: ¿hay alguien que me defienda?

La respuesta a este interrogante viene del propio Job, y es una respuesta que nos puede resultar, a simple vista, completamente enigmática:

Ahora mismo tengo en los cielos un testigo; en lo alto se encuentra mi abogado. Mi intercesor es mi amigo, y ante él me deshago en lágrimas para que interceda ante Dios en favor mío, como quien apela por su amigo.
(Job 16:19-21)

Job habla de que tiene un testigo en los cielos. ¿Qué es un testigo, sino alguien que puede dar fe de que lo que dice Job es cierto? En definitiva, Job está convencido de que hay alguien en el cielo, junto a Dios, que sabe lo que es sufrir lo que él sufre, que sabe lo que se siente, que sabe que él no está exagerando. Pero además, Job habla de un abogado. Dice que tiene alguien que está dispuesto a defender su causa ante Dios, que está de su lado en este “juicio” que Job siente que está siendo ejecutado contra él. Está convencido de que tiene alguien en el cielo que va a hablar a su favor.

Por último, Job nos dice que este intercesor, que es a la vez testigo y abogado, es su amigo. Está diciendo nada más y nada menos que ¡tiene un amigo en el cielo! Tiene un amigo al lado de Dios que se compadece de él, conoce su caso desde muy cerca, sabe que no exagera y está dispuesto a suplicarle a Dios por él. Un amigo que escuchó su llanto y vio sus lágrimas. ¿Cómo puede ser todo esto? ¿De quién está hablando Job? A esta altura nos podemos empezar a imaginar, pero voy a hablar más detalladamente del tema en la próxima publicación.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

sábado, 2 de noviembre de 2019

Job 2 — ¿Quién tiene razón? (parte 2)

Cuando estamos pasando por un momento difícil, incluso con las mejores intenciones, las personas que nos rodean a veces hacen que sea aún más pesado, porque nos dicen cosas que agregan una carga extra: la culpa de que nuestra queja está fuera de lugar. Las respuestas de ellos nos irritan, nos molestan, o nos deprimen todavía más. Muchas veces, lo que nos pasa es que sentimos que están equivocados, pero no nos atrevemos a contradecirlos porque las palabras que nos dicen suenan correctas. Quedamos desprotegidos, indefensos, y esto nos aleja de Dios porque sentimos que él, al igual que esas personas, no nos entiende, y que nos condena y nos acusa por nuestro sufrimiento. Pero ¿qué piensa realmente Dios?

El libro de Job nos muestra que Dios, ante la situación de sufrimiento que Job atraviesa, le da la razón a él y no a los amigos, que le ofrecen a Job su lado más insensible. Es importante entender que esas personas suelen tener motivos válidos para responder de esa manera. Generalmente, es simplemente torpeza, desconocimiento o falta de práctica de empatía lo que hace que no logren responder de forma más sensible. Lo más común es que detrás de esas respuestas haya una profunda preocupación por vernos sufrir así, o una desesperación ante la posibilidad de que ese sufrimiento nos lleve a tomar decisiones que nos hagan aun peor. Otras veces, simplemente es una dificultad para lidiar con el sufrimiento propio, o incluso para conectar emocionalmente con los demás.

Puede haber más motivos, pero en cualquier caso vale la pena identificar las palabras que muestran que los amigos de Job están siendo insensibles, para tener recursos más concretos con los que dejar afuera de nuestra cabeza  las palabras duras que nos digan en esos momentos. Ya en el capítulo 4, después del primer discurso de Job, encontramos la primera respuesta dura de sus amigos: “tú, que con tus palabras sostenías a los que tropezaban y fortalecías las rodillas que flaqueaban; ¡ahora que enfrentas las calamidades, no las resistes!; ¡te ves golpeado y te desanimas!” (Job 4:4-5). En otras palabras, “tanto que das mensajes de aliento a los demás, no los aplicás a vos mismo”. ¿Cuántas veces, tratando de que podamos reconectarnos con una mirada más espiritual del problema, nuestros amigos pueden llegar a darnos una respuesta de este tipo? Nos reprenden por no aplicar los mismos consejos y consuelos que damos a otros. Nos dicen cosas como “sos una persona de fe, no digas esas cosas”, o “no podemos confiar en Dios solamente cuando nos va bien, hay que confiar también cuando nos va mal”.

En el mismo discurso, Elifaz reprende a Job por creerse tan justo: “¿puede un simple mortal ser más justo que Dios?” (Job 4:17). Es otra clásica respuesta que recibimos a veces. Cuando leemos el capítulo entero vemos que el discurso va incluso más lejos. Es como si su amigo le estuviera diciendo “Job, algo tenés que haber hecho mal para que te pase esto. Dios no castiga a los injustos, y tampoco puede ser que seas tan justo, ciertamente no vas a ser nunca más justo que Dios. Tendrá sus motivos para mandarte este sufrimiento”. Es decir, esto que te está pasando tiene que ser tu culpa, y quejarte sólo va a hacerlo todavía más grave.

Siguiendo con la respuesta de Elifaz, ya en el capítulo 5 nos encontramos con una idea incluso más dura: “Llama, si quieres, pero ¿habrá quién te responda? ¿A cuál de los dioses te dirigirás?” (Job 5:1). Esto significa que Dios no va a escuchar a Job porque está siendo ingrato con él. “Mirá que si te quejás así, Dios no te va a escuchar, te vas a quedar solo. ¿A quién vas a acudir cuando él no te quiera escuchar?”. Y después de eso agrega “el resentimiento mata a los necios, la envidia mata a los insensatos” (Job 5:2). Job está siendo ofensivo, está hablándole a Dios con resentimiento y envidiando a los que les va bien. En otras palabras, está siendo amargado, rebelde y quejoso, y eso a Dios no le gusta. Ese es el mensaje de Elifaz. Y las consecuencias son trágicas: "te vas a terminar arruinando la vida". Quizá incluso la enfermedad de Job es culpa de su amargura, según esa mentalidad.


Y no termina allí: “¡Cuán dichoso es el hombre a quien Dios corrige! No menosprecies la disciplina del Todopoderoso.” (Job 5:17). Este mensaje es incluso más común hoy en día en nuestras iglesias. En otras palabras, “enfocate en lo que Dios está tratando de enseñarte con este sufrimiento, Dios nos prueba para que aprendamos algo, para que crezcamos y por nuestro propio bien, para sacarnos de algo peor”. Esta idea de que el sufrimiento es algo bueno suele justificarse también con muchos pasajes, algunos de los cuales quizá estén viniendo a tu mente en este momento. A esto se agrega que “él hiere, pero venda la herida; golpea, pero trae alivio”. Es decir, “tampoco es para tanto, Job, no está todo perdido”. Notemos que en este punto, Elifaz está directamente equivocado, sin saberlo, porque nosotros ya tenemos la información de que no es Dios el que está golpeando a Job. Pero ya vamos a volver sobre eso.


Hasta aquí podríamos pensar que no fue tan duro el discurso de Elifaz, y que en definitiva los amigos no están diciendo nada que sea falso. Podríamos buscar muchos pasajes en la Biblia que confirman lo que están diciendo. Pero más adelante, a partir del capítulo 8, los discursos de los amigos refuerzan con mucha más agresividad las ideas que expone Elifaz en este primer discurso. Si sos una persona sensible, puede llegar a sonar indignante leer la crudeza con la que le hablan a Job, teniendo en cuenta que son sus amigos, y que él está pasando un momento realmente horrible. Alguno podría decir “bueno, pero la verdad hay que decirla, aunque duela. No podemos decirle a la gente solamente lo que quiere escuchar”. Sin embargo, ya sabemos lo que Dios le responde a Elifaz frente a todos esos discursos y afirmaciones “correctas”: “estoy muy irritado contigo y con tus dos amigos porque, a diferencia de mi siervo Job, lo que ustedes han dicho de mí no es verdad” (Job 42:7). Dios también se indigna y se irrita ante la insensibilidad de los amigos. Los reprende por decirle cosas tan crudas en un momento tan difícil. Incluso les dice que más les vale disculparse con Job y pedirle que él ore por ellos, para que él los perdone. En ese sentido, Dios es muy duro con los amigos de Job, a pesar de que “decían la verdad”.


Eso es porque Dios detesta la dureza de corazón. ¿Cuántas veces Jesús mismo se enojó con los líderes religiosos de su tiempo porque, en nombre de “cumplir la ley de Dios”, eran duros con los que estaban pasando una necesidad grande? La respuesta de Dios nos invita incluso a revisar cómo tratamos a los que sufren, y pedirles disculpas por nuestra insensibilidad. Es muy importante para Dios que podamos detectar nuestra falta de comprensión, nuestra dureza con el que sufre, y que podamos arrepentirnos de ella. Y el primer signo de arrepentimiento es aceptar el daño que hicimos y ponernos a disposición de aquél a quien dañamos, mostrarle a la persona que verdaderamente entendemos que estuvimos equivocados, y que queremos reparar el daño tanto como dependa de nosotros. Además, para reforzar esta idea, Dios le da la razón a Job explícitamente (“a diferencia de mi siervo Job [que dijo cosas verdaderas], lo que ustedes han dicho de mí no es verdad”). ¿Y qué dijo Job? ¿Qué respondió Job, que después Dios identificó como verdadero?


Lo primero que Job responde, como ya vimos, es: “¡Por algo mis palabras son tan impetuosas!” (Job 6:3), es decir, “¿no se dan cuenta de que realmente estoy pasándola muy mal?”. Las quejas de Job son totalmente adecuadas, y además son proporcionales a la situación: no es que se lastimó un poquito la piel, o que perdió unas monedas; lo perdió todo y su piel se llenó de llagas. Realmente está en el peor momento de su vida. Por otro lado, les dice que “aunque uno se aparte del temor del Todopoderoso, el amigo no le niega su lealtad” (Job 6:14). Es decir, “ustedes en este momento no se están comportando realmente como amigos”. Incluso si fuese cierto que Job está equivocado con sus palabras, que está "blasfemando" o que hizo para que le pasara todo eso, ellos deberían ponerse a su lado y tratar de acompañarlo en su dolor, ayudarlo a atravesarlo, ser leales a él. Proverbios 12:25 dice que “la angustia abate el corazón del hombre, pero una palabra amable lo alegra”. Tal vez habría bastado con que lo trataran con amabilidad para que su ánimo se recompusiera y pudiera “ver las cosas con más claridad”. Pero sus amigos le fallaron: “mis hermanos son arroyos inconstantes, son corrientes desbordadas: se enturbian cuando el hielo se derrite, se ensanchan al derretirse la nieve” (Job 6:15). Cuando todo está bien, son mis amigos, pero cuando me va mal, en lugar de apoyarme y darme alivio, me atacan.


Pero además, hay un detalle que no es menor: “¿Quién les ha pedido que me den algo, o que paguen con su dinero mi rescate?” (Job 6:22). Aquí podríamos escandalizarnos y pensar “¡pero qué ingrato Job! ¡Encima que sus amigos están tratando de ayudarlo!”. Y muchas veces lo pensamos, y hasta lo decimos, cuando tratamos de ayudar a alguien que sufre y la persona se enoja por nuestra insensibilidad. A veces respondemos cosas como “¿sabés qué? Si no te gusta lo que te digo, arreglátelas vos solo”. Esto suele pasar porque, obviamente, nos afecta cómo esa persona está sintiéndose. Otras veces porque creemos que nuestra reputación como amigos depende de que solucionemos el problema de esa persona. 
Muchas veces nos tomamos el sufrimiento del otro como una causa personal porque nos toca alguna fibra íntima propia, o porque creemos que si se deprime le está fallando a Dios y queremos ahorrarle la "disciplina" que pensamos que va a venir como consecuencia. En cualquier caso, no podemos olvidar que Dios le da la razón a Job. Nadie les pidió que lo rescataran de su angustia. Ellos sólo tenían que acompañarlo en su angustia. Dios sólo nos pide que estemos al lado del que sufre, y lo tratemos con amabilidad y bondad. Incluso así, nadie está obligado a dedicarle su tiempo al que sufre. Si lo hacemos, debería nacer de un corazón sensible y un amor genuino, y siempre y cuando realmente esté a nuestro alcance hacerlo.

Finalmente, Job reconoce algo importante: “las palabras justas no ofenden, ¡pero sus argumentos no prueban nada!” (Job 6:25). A mi entender, lo que está diciendo es que su problema no es con lo que las Escrituras dicen. Él cree firmemente en lo que sus amigos están diciendo, pero ellos lo están usando para argumentar en contra de él, y en un contexto en el que él está sufriendo. No es que él está cuestionando a Dios y a su palabra, está quejándose de la situación horrible que le toca atravesar. “¿Me van a juzgar por mis palabras, sin ver que provienen de un desesperado?” (Job 6:28). Las palabras verdaderas de Dios se convierten en mentiras cuando las usamos para sostener la dureza de nuestro propio corazón.


Quiero insistir una vez más en que Dios le da la razón a Job, y está indignado con los amigos por sus palabras y su dureza. Dios está enojado por la forma en que sus amigos usan su Palabra, y está incluso en desacuerdo. Dios diría lo mismo que Job: “¡Ustedes echarían suertes hasta por un huérfano, y venderían a su amigo por cualquier cosa!” (Job 6:27). Para él, los amigos de Job no son gente confiable si se mantienen en esa actitud, por eso los llama al arrepentimiento. La religiosidad, si no se combina con un corazón amable y sensible, se convierte en desobediencia. Recordemos lo que dice Jesús frente a la insensibilidad e hipocresía de los religiosos de su época:


Muchos me dirán en aquel día, “Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios e hicimos muchos milagros?” Entonces les diré claramente: “Jamás los conocí. ¡Aléjense de mí, hacedores de maldad!
(Mateo 7:22-23)

Entonces, ¿cuál es la actitud de Dios hacia Job, más allá de darle la razón? La misma que tiene Jesús hacia todos los que sufren: compasión. Se resume, a mi entender, en lo que Job pide de sus amigos: “Tengan la bondad de mirarme a los ojos” (Job 6:28). Para Dios, es muy importante que compartamos nuestras penas, cargas y sufrimientos con aquellas personas que son dignas de confianza, y ya vimos que las personas confiables para Dios son aquellas que tienen un corazón sensible y compasivo. Recordemos lo que dijo Jesús acerca de nuestra relación con las personas que son propensas a juzgarnos y condenarnos: “No den lo sagrado a los perros, no sea que se vuelvan contra ustedes y los despedacen” (Mateo 7:6). Tenemos que cuidar nuestro corazón, porque todo lo vital de nuestra vida (y de nuestra fe y relación con Dios) proviene de él, es decir, de lo más íntimo, de nuestras experiencias y emociones. Eso es lo más genuino que tenemos, y es lo que Dios más disfruta de nosotros. Cuando es alegría, Dios hace fiesta con nosotros, y eso le encanta. Pero cuando lo que tenemos es tristeza, el quiere estar muy cerca de nosotros y acompañarnos, y disfruta cuando ve que otras personas hacen eso mismo con nosotros.

El libro de Job, entonces, igual que los evangelios, nos invita a limitar nuestra exposición a las personas que nos van a juzgar y condenar por sufrir, que nos van a recriminar y a incriminar, y juntarnos en lugar de eso con personas que nos den amabilidad, bondad y sensibilidad al abrir nuestro corazón. Esos son los verdaderos amigos que la Biblia nos anima a encontrar: “En todo tiempo ama el amigo; para ayudar en la adversidad nació el hermano” (Proverbios 17:17).

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Job 2 — ¿Quién tiene razón? (parte 1)

Ya vimos que uno de los puntos más importantes del libro de Job para la vida de un creyente es que cuando sufrimos, no es sabio detenerse a pensar de quién es la culpa, o que nuestro sufrimiento es un castigo de Dios por lo malo que podemos haber hecho. No importa lo bueno o malo que seamos, el sufrimiento está. Lo que realmente cuenta es que no importa qué tan profundo sea el pozo al que hayamos caído, Dios puede y quiere sacarnos, y está listo para reconstruir nuestra vida, sanar nuestras heridas y cubrir los daños. Vimos también, anticipándonos al final, que después de todo el recorrido del libro, Dios le dará la razón al “blasfemo” de Job en lugar de a los “correctos” amigos: “a diferencia de mi siervo Job, lo que ustedes han dicho de mí no es verdad” (Job 42:7). En cierta forma, eso responde de antemano la pregunta del título: “¿quién tiene razón?”. Ya sabemos de antemano que la razón la tenía Job. Sin embargo, en el juego de preguntarnos algo que ya sabemos nos podríamos estar pareciendo a los que escribieron, inspirados por Dios, el libro de Job. Eso ya nos da un buen motivo para jugar ese juego.

Pero además, necesitamos preguntarnos por qué y cómo tenía razón Job. Porque las afirmaciones de los amigos muchas veces se complementan bien con lo que Dios mismo dice en otras partes de la Biblia. Como creyentes, partimos de la base de que Dios no se contradice a sí mismo, por lo tanto está claro que lo que los amigos le decían a Job no estaba mal en sí. Job es un libro escandaloso, como ya vimos. Lo era en esa época, y lo es hoy. Viene a echar por tierra la manera en la que solemos acercarnos a la persona que sufre. Nos confronta con que, a pesar de nuestras buenas intenciones, muchas veces en la práctica nos falta de sensibilidad y compasión. En ese sentido, nos recuerda fuertemente a Jesús:

¿Por qué te fijas en la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no le das importancia a la viga que está en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla del ojo”, cuando ahí tienes una viga en el tuyo? ¡Hipócrita!, saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás con claridad para sacar la astilla del ojo de tu hermano.
(Mateo 7:3-5)

Jesús nos da aquí una clave muy concreta y eficaz para interpretar el libro de Job, y para respondernos la pregunta que él nos plantea: ¿quién tiene razón? Quiero ponerlo en estas palabras: cuando nuestros amigos o las personas que nos rodean nos confrontan en nuestro sufrimiento, y nos tratan de corregir para que veamos mejor nuestro panorama, intentando convencernos de que estamos equivocados, de que deberíamos cambiar de actitud y mirarlo desde los ojos de Dios, ¿quién tiene razón? ¿Ellos, con su visión más correcta, o nosotros, con nuestra mirada confundida por el dolor?

Invito a todos a leer los capítulos de Job que van del 3 al 7. A los fines de esta reflexión, voy a detenerme y recorrer particularmente el capítulo 6, donde me parece que se condensa el nudo de la respuesta de Job a la pregunta de quién tiene razón. Veamos cómo empieza este capítulo:

Job respondió:
«¡Cómo quisiera que mi angustia se pesara y se pusiera en la balanza, junto con mi desgracia! ¡De seguro pesarían más que la arena de los mares! ¡Por algo mis palabras son tan impetuosas! Las saetas del Todopoderoso me han herido, y mi espíritu absorbe su veneno. ¡Dios ha enviado sus terrores contra mí! ¿Rebuzna el asno salvaje si tiene hierba? ¿Muge el buey si tiene forraje? ¿Puede comerse sin sal la comida desabrida? ¿Tiene algún sabor la clara de huevo?»
(Job 6:1-6)
               
Cada vez que vuelvo sobre esos versículos siento nuevamente una poderosa identificación con las palabras de Job, y una profunda compasión por él. Pero, además, cada vez vuelvo a sorprenderme de la claridad con que la Biblia plantea el problema. Escuché una vez a un teólogo decir que, si el libro de Job no estuviera en la Biblia, podríamos libremente restarles importancia a las emociones en nombre de la razón. Pero, afortunadamente, existe el libro de Job.

Está claro que, incluso desde la perspectiva del libro de Job y sin citar los discursos de los amigos para comprobarlo, Job se equivoca de primeras en el análisis que hace de su situación: desde el principio el libro ya nos dijo que no fue Dios el que envió los terrores contra Job, sino Satanás, desafiado por Dios en defensa de Job. Por eso considero que el escándalo que provoca este libro es intencional, porque desde el comienzo nos plantea la tensión entre los errores de Job y su reivindicación por parte de Dios. Pero entonces, ¿por qué Dios le da la razón a él, si está equivocado desde el principio?

Job nos empieza a adelantar algunas cosas: plantea firmemente que su queja es razonable. No se queja en vano, se queja por muy buenos motivos, como un asno o un buey que no tienen comida y se quejan de ello. Podríamos también pensar en un bebé que llora porque tiene hambre. No se queja porque su madre es mala, ni se queja porque quiere molestar a su madre. Tampoco tiene la culpa de tener hambre. Simplemente tiene hambre, y su madre es la única que lo puede alimentar. También nos adelanta que su queja aumenta por causa de sus amigos. Si ellos tuvieran en cuenta su desgracia y su angustia, seguramente se darían cuenta de que sus palabras no son reflejo de lo que piensa acerca de Dios, sino de su dolor. Se darían cuenta de que su pena es demasiado grande. En definitiva, al malestar que Job ya tenía se le suma la insensibilidad con que le responden sus amigos, que no toman conciencia del tamaño de su sufrimiento, y sólo se limitan a juzgar si lo que está diciendo es correcto o no.

¿No hacemos esto nosotros muchas veces con los demás? ¿Y no hacen esto los demás muchas veces con nosotros, y lo tomamos como algo normal, natural, lógico? ¿No creemos muchas veces incluso que así es como Dios nos ve, que así es como él piensa? Nos sentimos culpables de traer ante Dios nuestras quejas frente al dolor que sentimos. No hablo de pedir por una solución, sino de una lisa y llana queja: “Dios, no soporto esto, me molesta, ¿por qué tengo que pasar por esto?”. Por supuesto, no siempre es así. No siempre las personas son insensibles. Hay muchas personas que son sensibles y compasivas, y a veces simplemente tienen un desliz, no logran comprendernos en alguna situación en particular, o con ciertos temas. Pero la insistencia con que los amigos de Job lo reprenden me hace pensar que, en el caso de ellos, esa era su manera habitual de lidiar con el sufrimiento de los demás. Si aceptamos que, en el relato, los amigos de Job representan a las autoridades religiosas de aquel tiempo, podemos imaginar que esa era una tendencia entre ellos. Y la evidencia más clara está en que así era todavía en tiempos de Jesús.

Ahora bien, Jesús no sólo nos confronta con la insensibilidad, sino que también defiende al que sufre, dándole la libertad de cerrarse emocionalmente y no compartir su interior con aquellos que lo van a lastimar todavía más: “No den lo sagrado a los perros, no sea que se vuelvan contra ustedes y los despedacen” (Mateo 7:6). Sabemos lo sagrado que era para Jesús el corazón de una persona, lo más íntimo, y de hecho viene hablando de eso en los versículos anteriores. En otras palabras, lo que dice Jesús es “no compartan su sufrimiento más íntimo con los que no lo saben apreciar y comprender, porque van a salir más lastimados que antes”. Dios nos da el derecho de cerrarnos cuando nuestro entorno nos paga con insensibilidad. En este punto, el libro de Job nos da algunas claves para aprender a identificar cuando un discurso es insensible. En primer lugar, tenemos la guía de lo que sus palabras nos hacen sentir (incomprensión, aislamiento, vergüenza, culpa por sufrir). Pero es útil tener una herramienta bíblica que nos ayude a sacarnos a nosotros mismos de ese embrollo en el que nos meten. Es edificante tener versículos para responderle a esas voces en nuestra cabeza. ¿Dónde está, entonces, la insensibilidad de los amigos de Job? De eso voy a hablar detenidamente en la próxima publicación.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

jueves, 24 de octubre de 2019

Job 1 — ¿Quién pecó? (parte 2)

La pregunta por “¿quién pecó?” encierra una más importante detrás, una que nos hacemos muy a menudo cuando nos pasan cosas desagradables: ¿qué hice mal? Es lógico que, ante la calamidad, las pérdidas, las situaciones malas nos hagamos esta pregunta. A veces, las cosas que nos pasan pueden efectivamente ser consecuencia de nuestro propio pecado; a veces consecuencia del pecado de otros; a veces, de que vivimos en un mundo que está muy por debajo del ideal, y las cosas que necesitamos que funcionen bien no siempre funcionan bien.

En cualquier caso, considero que nuestro sufrimiento no viene como consecuencia de un castigo de Dios por lo que hicimos mal. No dudo de que a veces, para corregir nuestro camino, Dios puede llegar a obrar de maneras extrañas en nuestra vida, que se ven muy parecidas a un castigo. Pero Dios está mirando hacia lo que viene, no hacia lo que pasó. No es un castigo, sino una corrección. El castigo de Dios, en mi opinión, está reservado para la eternidad, después del juicio. Por lo cual hoy, en este lado de la vida, no hay un castigo directo de Dios sobre nosotros.

Pero me parece que el punto que intenta marcar el libro de Job va incluso más profundo: cuando sufrimos, es inútil intentar razonar “desde la perspectiva de Dios” y verlo como un castigo por algo que hicimos. Una y otra vez, el libro de Job nos invita a verlo desde su perspectiva humana, y dialoga con los intentos de los amigos de imputarle a Dios determinada opinión sobre el caso de Job. En otras palabras, no es tu culpa si estás sufriendo. No sos responsable por todo lo que está mal en tu vida. Tal vez tengas mayor o menor responsabilidad sobre algunas cosas, pero el punto es que Dios no considera que tu sufrimiento sea necesariamente justo, independientemente de cuál sea tu cuota de responsabilidad. No es tu culpa si estás sufriendo.

La pregunta de “¿quién pecó?” nos confronta también con la imagen que tenemos acerca de Dios en nuestra mente. Preguntar “¿quién pecó?” cuando alguien sufre significa imaginarnos a un Dios que va acumulando nuestras fallas en una lista, hasta que no soporta más y nos castiga con el sufrimiento. Tal vez pueda sonar un poco fuerte dicho en estas palabras, pero no es ni más ni menos que un Dios torturador, que nos golpea hasta que confesamos nuestro pecado y cambiamos de conducta. Si te identificás con la pregunta “¿quién pecó?” tal vez te choque leer que detrás de eso puede estar la imagen de un Dios torturador. Pero calma, no es algo tan grave, si nos detenemos a ver que esa es la imagen más común de Dios o de los dioses en toda la historia de la humanidad.

Sin embargo, Dios no es un Dios de las conductas. Dios es un Dios del corazón, un Dios del carácter. El libro de Job es una obra maestra acerca de cómo Dios mira al corazón, y cómo transforma el corazón de una persona en medio del sufrimiento. Dios no se pone a repartir culpas. De hecho, ya vamos a ver que cuando Dios responde en este juego de diálogos que es el libro de Job, no lo hace criticando a Job y confirmando que lo está castigando por lo malo que él o sus hijos hicieron, sino que responde mostrándose a sí mismo, dándose a conocer en profundidad, Es más, no olvidemos que al final del libro, Dios le da la razón a Job, implicando que efectivamente era un sufrimiento injusto. Es que Dios no hace justicia contra el que sufre, sino que le hace justicia al que sufre. Dios quiere rescatar al que sufre. De eso se trata la gracia. No importa si merecemos o no el sufrimiento que estamos atravesando. Lo que importa es que Dios nos quiere y nos valora tanto que quiere librarnos de ese sufrimiento. Y en este sentido, no hay lugar del que Dios no te pueda sacar. No importa que tan abajo estés en el pozo, la cuerda de Dios es infinita, puede llegar hasta lo más profundo del abismo.

Volvamos por un momento al final de Job. En los versículos que van del 10 al 17, vemos cómo Dios le devuelve a Job el doble de todo lo que tenía: el doble del ganado, el doble de hijos, el doble de su riqueza. Dios restaura la vida de Job, y su alegría será tan grande que la Biblia dice que sus últimos años fueron mejores que los primeros (a pesar de que al principio de la historia “lo tenía todo”).

Tenemos que tener cuidado de no entender este mensaje como “si estás sufriendo, pensá que lo que viene después es mejor”. Seguramente lo que viene sea mejor, pero cuando estás sufriendo, lo más probable es que ese pensamiento no te sirva de consuelo, especialmente si es un sufrimiento grande. Pero el punto no es ese. El punto es que Dios, en medio del sufrimiento, no se queda mirando y esperando que tu vida mejore, para después bendecirte. Dios sale a tu encuentro y se queda a tu lado, mientras sigue trabajando en tu situación y en tu corazón. Te reconstruye, te sana, te fortalece y transforma tu sufrimiento en bendición, en un proceso que no empieza cuando la tormenta pasa, sino en medio de la propia tormenta. Dios no se queda de brazos cruzados ante tu dolor, él viene a estar con vos, a acompañarte y a reconstruir lo que se rompió o se está rompiendo en tu vida.

Quiero cerrar esta reflexión, entonces, resumiendo un poco la idea. El libro de Job te invita a que, si estás sufriendo, no sigas el juego de tu propia condena sobre vos mismo:
—Dios no te culpa por tu sufrimiento.
—Dios no te desecha por estar sufriendo.
—Dios no te reprende por quejarte; no tenés por qué callar tu dolor.

No tengas miedo de quejarte ante Dios, porque él es suficientemente maduro y seguro de sí como para recibir tu queja con amor. No te va a lanzar un rayo “porque sos un ingrato”, sino que te va a lanzar la cuerda porque necesitás que alguien te ayude a salir del pozo. Eso es parte del mensaje de la gracia. Dios quiere mirarte a los ojos en tu sufrimiento, vengas con el tono que vengas. Incluso, si vamos un paso más allá, Dios baja dentro del pozo. Es lo que hizo al encarnarse en Jesús.

Y si no estás sufriendo, el desafío del libro de Job es a adoptar esa misma actitud hacia la persona que sufre: no culparlo por su sufrimiento, ni desecharlo, ni reprenderlo, sino bajar al pozo, quedarnos a su lado, escuchar y ayudar en lo que se pueda. No venir con un rayo, sino con una cuerda.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 9 de octubre de 2019

Job 1 — ¿Quién pecó? (parte 1)


Entrar al libro de Job es difícil, y puede ser confuso. Las primeras preguntas incómodas se nos plantean desde el momento cero del libro. Por eso, voy a empezar a analizarlo de una manera bastante extraña y particular: por el final. Me parece que, para poder entender bien el “debate” del libro de Job, necesitamos tener bien presente cómo termina. Recordemos que es posible que el final fuese una de las primeras partes que se escribieron. Si no fue así, la otra teoría es que se escribió todo junto, por lo cual el final siempre estuvo disponible para sus lectores.

Aquí, recomiendo leer el pasaje de Job 42:7-9, pero voy a citar en particular un fragmento, en el que Dios les habla a los amigos de Job luego de que toda la discusión ya terminó:

El Señor se dirigió a Elifaz de Temán y le dijo: «Estoy muy irritado contigo y con tus dos amigos porque, a diferencia de mi siervo Job, lo que ustedes han dicho de mí no es verdad.» (Job 42: 7).

Unas líneas después, insiste: “y conste que, a diferencia de mi siervo Job, lo que ustedes han dicho de mí no es verdad”.

Tengamos en cuenta, entonces, durante toda la reflexión, que Dios le da la razón a Job al final del libro, y no a sus amigos. Esto es extremadamente importante, porque los argumentos de los amigos de Job pueden llegar a ser muy convincentes, y hasta podrían ser correctos en otro contexto. Pero en este libro, Dios le da la razón a Job, y no sólo eso: está “muy irritado” con sus amigos.

Para entender adecuadamente esa respuesta final de Dios a la situación de Job, tenemos que entender bien qué es lo que está en discusión. Es decir, es evidente que algunas afirmaciones teológicas de Job son erradas, y Dios no le daría la razón en ellas. También hay que notar que no se las discute, a diferencia de los amigos. La discusión pasa por otro lado. Hay que entender bien cuál es la pregunta que se hace permanentemente el libro de Job para interpretar la respuesta de Dios acertadamente.

En realidad, hay más de una pregunta. Y las respuestas están dispersas por todo el libro (por eso empiezo por el final). No son preguntas que el libro nos hace de manera directa, sino que están enredadas en la “discusión” entre los amigos y Job. Lo mismo sucede con las respuestas.

Empecemos a recorrer un poco la historia de Job. El texto bíblico nos dice que él era una persona muy rica, de mucho renombre y muy piadosa: “un hombre recto e intachable, que temía a Dios y vivía apartado del mal” (Job 1:1). Job tenía siete hijos y tres hijas, y se nos cuenta que sus hijos: “acostumbraban turnarse para celebrar banquetes en sus respectivas casas, e invitaban a sus tres hermanas a comer y beber con ellos” (Job 1:4). Era tan piadoso y respetaba tanto a Dios que, por las dudas de que hubiesen hecho algo malo, cuando terminaban los banquetes “se aseguraba de que sus hijos se purificaran” (Job 1:5), ofreciendo un sacrificio él mismo en nombre de ellos, casi oficiando de sacerdote.

Pero entonces sucede algo inesperado. Voy a saltear algunos versículos para que veamos la historia desde el punto de vista humano de Job, y podamos ponernos en sus zapatos. Un buen día, cuando sus hijos e hijas están celebrando uno de sus banquetes, llega a Job un mensajero y le dice que unos bandidos atacaron la “estancia” de Job, le robaron los bueyes y los asnos y mataron a los cuidadores (Job 1:15). Podemos empezar a imaginarnos el “shock” de Job cuando recibe la noticia. Pero según el relato, no tiene ni siquiera tiempo de digerirla, porque viene otro mensajero y le cuenta que cayó un rayo y mató a las ovejas y a los pastores (Job 1:16). Enseguida, otro mensajero le trae la noticia de que otros bandidos se llevaron a sus camellos, matando también a sus criados (Job 1:17). En este punto, Job acababa de perder prácticamente toda su riqueza. Pero sus calamidades no terminan ahí: un último mensajero llega y le cuenta que sopló un “fuerte viento del desierto” (podemos probablemente imaginarnos un huracán, o una tormenta de arena) y derribó la casa donde estaban sus hijos e hijas reunidos. Todos ellos murieron, y también los criados que estaban con ellos.

Tal vez la historia entera nos parece muy exagerada, porque a Job le sucedieron todas las calamidades juntas y al mismo tiempo. Dado el misterio que envuelve la composición del libro de Job, no sería extraño que su historia esté magnificada y exagerada a propósito, ni tampoco sería extraño que esté “basada en una historia real” pero con un personaje ficticio. Es decir, podría ser que la historia de Job haya sido exagerada. Pero no nos olvidemos que, así y todo, fue inspirada por Dios, por lo cual esa exageración tendría un propósito, un mensaje. Sin embargo, también podría no estar exagerada. Existen casos reales de personas que sufren múltiples calamidades al mismo tiempo.

En cualquier caso, si la historia fue magnificada a propósito o no, no importa mucho realmente. La historia de Job es la historia de cualquiera de nosotros. Por eso quiero mirarla desde la óptica humana, desde el punto de vista del personaje de Job. Porque cualquiera de nosotros puede llegar a imaginar lo que él habrá sentido frente a cualquiera de estas desgracias, aunque fuese sólo una. Todos hemos tenido que enfrentar alguna noticia desagradable en nuestra vida. Y si no nos tocó, todos conocemos a alguien que sufrió alguna calamidad. La historia de Job es la historia de cualquiera de nosotros, o de cualquiera de nuestros vecinos.

Aquí es donde empiezan las preguntas. Porque al principio, el libro ya nos había hecho un pequeño guiño: por las dudas, Job asumía que sus hijos e hijas hacían algo malo durante sus reuniones, aunque fuera algo mínimo, y por lo tanto ofrecía sacrificios para purificarlos. Entonces, frente a estas desgracias, es fácil que nos hagamos una pregunta: ¿habrán pecado los hijos, y entonces Dios los castigó? ¿O será que Job pecó? En otras palabras, ¿quién pecó para que le pase todo esto a Job? Esa pregunta puede llegar a sonarnos familiar de otra parte de la Biblia: “A su paso, Jesús vio a un hombre que era ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: —Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?” (Juan 9:1-2). Los discípulos le hacen a Jesús la misma pregunta que el libro de Job nos está haciendo. Lo interesante es la respuesta que Jesús les da: “Ni él pecó, ni sus padres —respondió Jesús—, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida” (Juan 9:3).

El libro de Job nos da exactamente la misma respuesta. En primer lugar, porque en ningún momento nos dice que Job haya pecado antes de todas esas calamidades. Recordemos que Job era la persona más justa sobre la faz de la tierra, según el relato. Si hubiera pecado, el relato lo habría dicho. Incluso si tomamos la historia como una gran metáfora, si Dios quería mostrar que la desgracia venía por causa del pecado de alguno de los personajes, lo habría mencionado. En segundo lugar, el texto mismo nos dice, después de las calamidades, que “a pesar de todo esto, Job no pecó ni le echó la culpa a Dios” (Job 1:22), implicando que tampoco había pecado antes. Pareciera decirnos “a pesar de todas las desgracias, Job siguió siendo el hombre más justo sobre la faz de la tierra”.

Pero, por último, tenemos la escena que salteé a propósito. Es una escena muy misteriosa y que dispara muchos debates teológicos, pero aquí no es mi intención detenerme en ellos. Simplemente voy a describirla y analizarla desde el punto de vista de la pregunta que nos hicimos (¿quién pecó?). Dice el texto que un día los ángeles se reúnen ante Dios, y entre ellos está Satanás. Discutiendo con el Señor acerca de la justicia de Job, el tentador le dice que el único motivo por el cual aquel hombre es justo es porque tiene todo lo que un hombre puede desear. “Pero extiende la mano y quítale todo lo que posee, ¡a ver si no te maldice en tu propia cara!” (Job 1:11). Es un planteo clásico: es muy fácil ser bueno cuando todo te va bien, pero vamos a ver lo que pasa con tu bondad y rectitud cuando te vaya mal. La respuesta de Dios es desafiar a Satanás para probar que está equivocado. Él único límite que le pone es que no puede quitarle la vida. Y allí el tentador emprende una tremenda campaña de destrucción de la vida de Job. Una campaña que no termina con las desgracias que ya vimos, sino que continua: Job se enferma con “dolorosas llagas desde la planta del pie hasta la coronilla” (Job 2:7).

A este punto, hasta su esposa deja de apoyar a Job en su integridad: su consejo es “¡maldice a Dios y muérete!” (Job 2:9). Pero el personaje de Job se nos muestra como alguien terco para el bien, y el texto insiste en que “a pesar de todo esto, Job no pecó ni de palabra” (Job 2:10). Aquí, el libro ya nos arroja un pequeño guiño sobre lo que va a ser el resto de la historia. Precisamente, una de las principales críticas que le harán a Job sus propios amigos, más adelante, es que está pecando de palabra. ¿Por qué? Por quejarse de su suerte, de todo lo que le tocó vivir injustamente. Pero en este punto de la historia, Job todavía “no pecó de palabra”. Igualmente, podemos empezar a hacernos otra pregunta: ¿quejarse es “pecar de palabra”? No nos olvidemos el incómodo final del libro: Dios le da la razón a Job.

Pero volvamos al punto en el que estamos. Hasta aquí, Job simplemente acepta con resignación lo que le está tocando vivir. Incluso le dice a su esposa: “si de Dios sabemos recibir lo bueno, ¿no sabremos recibir lo malo?” (Job 2:11). Me parece que el libro de Job está jugando con un problema que atraviesa toda la historia de la humanidad y, sobre todo, la filosofía: ¿por qué sufrimos? Y lo que es peor, ¿por qué sufre alguien que es justo? Es desde ese lugar que el libro nos hace la pregunta acerca de quién pecó.

Entonces, lo inquietante es la respuesta: nadie pecó. Estas cosas simplemente pasaron. Ni Job, ni sus hijos, ni sus criados tienen nada que ver con las desgracias de Job. Por supuesto, no quiere decir que los hijos nunca hayan hecho nada malo. Es más, la justicia de Job puede estar también exagerada a propósito en el libro, porque al final no importa. Lo que la Biblia trata de demostrarnos es que las calamidades no tienen por qué estar relacionadas con el pecado de nadie. De hecho, los que claramente pecaron en la historia, que son los bandidos, son los que no sufrieron ninguna de estas desgracias. En algún punto, el libro incluso nos confronta con que hay fuerzas moviéndose detrás del telón que están fuera de nuestro alcance, y a nosotros sólo nos queda vivir lo que vivimos y decidir qué vamos a hacer al respecto, cómo lo vamos a transitar.

Detrás de esta reflexión hay una enseñanza que me parece que es todavía más importante, más significativa para nuestra vida. De ella voy a hablar en la próxima publicación.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Job — ¿Por qué sufrimos?

El libro de Job parece ser el más misterioso y el más incómodo de los libros del Antiguo Testamento para la mayoría de los creyentes. Se discute mucho, dentro y fuera de la iglesia, pero en general se analiza poco. Prácticamente no he oído prédicas acerca de él. Y esto es muy llamativo, porque después de recorrerlo extensamente, me doy cuenta de que es un libro crucial para la vida y la fe de todo creyente, e incluso para que otras personas encuentren un hermoso motivo para acercarse a Dios.

¿Qué es lo que hace tan incómodo al libro de Job? En mi opinión, creo que lo principal es la temática que trata. El libro habla sobre el sufrimiento, un asunto que ha sido tradicionalmente difícil de abordar, tanto para la religión como para la filosofía. Una de las preguntas mayores de todos los tiempos es “¿por qué sufrimos?”. El libro de Job pareciera un intento por abordar la pregunta y buscar alguna posible respuesta.

Pero ahí es donde aparece lo que hace de Job un libro misterioso: no nos da una respuesta convincente para la pregunta. En cierta forma, nos deja con la pregunta en la boca. Es más, nos da varias respuestas para después decirnos que todas ellas eran falsas. No sólo eso, si nos adentráramos en lo más profundo, en lo que es la composición y la estructura del libro, descubriríamos todavía más misterios. Tal vez por eso los predicadores y los teólogos tienen sus reservas frente a él.

Por ejemplo, el mismo personaje de Job es misterioso. Más allá de la Biblia, no hay otras evidencias de que haya sido un personaje histórico, y peor aún, hay algunos motivos para pensar que no lo fuera. Uno de ellos es el hecho de que su historia aparece también en relatos de otros pueblos, pero no con el mismo nombre. Otro motivo es que su historia pareciera estar exagerada y creada a propósito.

Pero entonces, ¿tenemos que ignorar la evidencia y creer que fue un personaje real sólo porque aparece en la Biblia? ¿Tenemos que pensar que la Biblia está engañándonos? ¿Es posible que pueda ser un personaje ficcional y al mismo tiempo ser una historia verdadera? Para mí, sí. La Biblia es la verdad revelada por Dios, pero eso no quiere decir que todos los relatos son historias reales. Pensemos simplemente en las parábolas de Jesús: son narraciones con un propósito específico, con una enseñanza específica, pero no necesariamente son historias reales.

Sin embargo, son historias creíbles. Son relatos que, si no sucedieron, podrían suceder tranquilamente. Yo pienso que lo mismo sucede con Job. Tal vez su historia no sea en sí misma real; pero al mismo tiempo, está hecha de las historias reales de muchísimas personas a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo que vivieron experiencias parecidas a Job. Desde ese punto de vista, el libro de Job sólo las estaría reuniendo todas en la supuesta vida de un personaje al que le pasan todas juntas en muy poco tiempo, para dejarnos una enseñanza específica. Así y todo, cuidado: podemos encontrarnos en la vida real con personas a las que también les pasaron todas juntas en muy poco tiempo. Por eso, Job puede tanto ser como no ser un personaje histórico real. Al final, no importa.

Otro misterio del libro de Job es que no se sabe con exactitud cuándo fue escrito. Algunos expertos lo ubican en un período muy antiguo de la historia de Israel. Otros lo sitúan en el período del exilio, o después. La verdad es que no hay manera de cerrar la discusión, al menos por ahora. Personalmente me inclino a creer que fue después del exilio, porque el pueblo de Israel se estaba preguntando precisamente “¿por qué nos pasó todo esto?”. Tendría sentido que Dios los inspirara para escribir esto, y ayudarlos a transitar el duelo por lo que habían vivido como sociedad.

Quiero referirme a otro elemento misterioso del libro, que es su composición. Si nos fijamos bien, el libro no sigue una secuencia narrativa como si fuese un cuento, o una crónica. Tiene sólo dos partes que pueden considerarse narrativas: el “prólogo” y el “epílogo”, el principio y el final. Pero la mayor parte del libro es una secuencia de discursos. Lo más llamativo de los discursos es que no se responden unos a otros de manera directa. Parecen más bien discursos intercalados. Algunos especialistas creen que, en realidad, lo primero en escribirse fue el principio y el final, y que el resto se fue escribiendo después. Los discursos serían entonces una especie de juego filosófico: ¿qué diría el que sufre (Job) en esta situación? ¿Qué le responderíamos desde nuestra teología? Por eso, habría una constante tensión entre Job y los amigos: es la misma tensión que experimenta la teología cuando quiere responder la pregunta “¿por qué sufrimos?”. Incluso el discurso de Dios no responde de manera directa los argumentos e interrogantes que se plantean en los demás discursos.

Quiero volver a decirlo: el libro de Job es misterioso e incómodo. Pero al mismo tiempo, me parece importantísimo reflexionar sobre él. Por eso, en las próximas publicaciones intentaré compartirles ciertas reflexiones que hice al explorar el libro desde una perspectiva que tal vez no se haya ensayado antes. No se trata de un análisis detallado, capítulo por capítulo, frase por frase y discurso por discurso. Invito a leer el libro de Job completo, sobre todo discurso por discurso, pero acá quiero analizarlo de otra manera. En primer lugar, el prólogo y el epílogo, para entender las reglas de este “juego filosófico” que los autores (o el autor, no se sabe bien) quisieron proponer. Después, la actitud y el punto de vista de los amigos. Después, el punto de vista y los planteos de Job. Por último, el lugar que ocupa Dios en este debate.

En cada caso, voy a cruzar el libro de Job con pasajes del Nuevo Testamento, pero tengo que hacer una aclaración. Muchas veces se hace esto para salir del embrollo en el que nos mete el libro de Job. Es decir, escuché por ejemplo que Job nos deja incómodos y el evangelio viene a darnos tranquilidad y sacarnos de la incomodidad. Yo no estoy tan de acuerdo: la incomodidad que nos produce el libro de Job, para mí, es intencional. Dios quiso que el libro de Job sea incómodo. La gente de su época no tenía el Nuevo Testamento para poder quedarse tranquilos; eso significa que esa incomodidad fue parte del objetivo de la revelación y de la inspiración divina. Pero entonces, ¿para qué voy a cruzar el libro de Job con el Nuevo Testamento?

Precisamente, para ver cómo las mismas preguntas que el Antiguo Testamento se hace en el libro de Job aparecen en el Nuevo Testamento, y cómo los planteos del libro de Job están en línea con los del Nuevo Testamento también. Es decir, lo que quiero mostrar con ese cruce es que el libro de Job no es una excepción en el mensaje bíblico, sino un libro que profundiza sobre temas de los que otros escritores inspirados hablaron también, y que tiene en sí mismo un mensaje de esperanza para dar. No necesitamos huir y refugiarnos en el evangelio para salir de la incomodidad que el libro de Job nos produce. Desde mi punto de vista, el mismo libro de Job forma parte del mensaje del evangelio y, por lo tanto, lo incluye. Correctamente entendido, el libro de Job contiene un mensaje de esperanza, una buena notica, para los creyentes de todos los tiempos.

martes, 31 de octubre de 2017

La reforma de la Reforma

Hola a todos. La tradición reformada nos dice que hoy, 31 de octubre, se cumplen quinientos años desde que Lutero dio inicio a un proceso enorme de renovación y transformación de la iglesia, y, me atrevo a decir, del pensamiento occidental en general. Miles de iglesias en todo el mundo, hoy, apoyan su doctrina en los cinco pilares del luteranismo: sólo por la fe somos justificados, sólo por la perfecta obra de Cristo, sólo por la gracia de Dios somos perdonados y aceptados por él, sólo la Escritura es la regla de vida y la máxima autoridad en cada área de la vida de un creyente, y sólo de Dios y para él es la gloria.

A quinientos años de la Reforma, pareciera más pertinente que nunca la frase popularizada durante el siglo XX: “la iglesia reformada debe siempre seguir reformándose”. Nuestras doctrinas dejaron afuera durante siglos algo que tanto Jesús, como los apóstoles, como los profetas desde Moisés en adelante, parecen haber tenido muy claro: una de las fuerzas más poderosas en la vida de una persona son sus relaciones con otras personas. Y los seres humanos estamos diseñados para eso. La ruptura del ser humano con su creador causó que las relaciones entre las personas no funcionen ya adecuadamente, pero parte del plan de Dios para la iglesia es restaurar, en el marco de las relaciones entre los creyentes, la idea original que él diseñó.

Por eso, en la celebración de estos quinientos años, tal vez sea hora de preguntarnos dónde están, en nuestra teología, las relaciones interpersonales y los efectos que ellas tienen sobre nosotros; dicho de otra forma, qué lugar ocupan las emociones y su correcta comprensión y manejo en nuestra doctrina. Creo que sólo si nos ocupamos de este tema vamos a poder devolverle al evangelio la frescura y el poder que tenía en aquella primera iglesia, a la que la reforma pretendía hacer resurgir. Tal vez la clave del avivamiento que muchas iglesias evangélicas esperan hoy en día es, precisamente, volver a darle lugar a la vida interior de las personas.

Y, sobre todo, que esta vida interior pueda volverse exterior. Dios quiere relacionarse con lo que verdaderamente hay en cada uno de nosotros, en cada momento. Mi opinión es que, en las iglesias de hoy, vivimos escondiéndonos detrás de antifaces: máscaras de racionalidad, de intelectualidad, de gozo, de confianza ciega en Dios y de palabras religiosas. O vivimos tratando de ser políticamente correctos con todos, y nos olvidamos de ser genuinos o espontáneos acerca de lo que realmente creemos y sostenemos sobre las cosas.

Somos llamados a “vivir la verdad en amor” (Efesios 4:15). Tal vez, entre otras cosas, esto implique que tenemos que acercarnos a Dios tal como verdaderamente somos y estamos, y saber que somos amados y aceptados incondicionalmente, porque de eso se trata. Al fin y al cabo, según la tradición, el versículo que hizo que Lutero reconsiderara su fe y reformulara la doctrina dice que “en el evangelio se revela la justicia que proviene de Dios, la cual es por fe de principio a fin, tal como está escrito: «el justo vivirá por la fe»“ (Romanos 1:17). No somos más o menos justos por nuestra manera de pensar, de sentir o de actuar, sino que la fe en las acciones de Jesús, y en la justicia de ellas, nos hace aceptables a los ojos de Dios. Eso es, en todo caso, lo que nos debería llevar a querer cambiar y ajustar aquellas cosas que están fuera de lugar, o a querer vivir el tipo de vidas que Dios desea para nosotros.

De hecho, volviendo a Jesús, así como él es Dios, él también es completamente hombre. Es, de hecho, el más alto exponente de un ser humano, es decir, es el ejemplo de cómo un ser humano pleno se vería, un ser humano sin pecado, sin desobediencia a Dios. Pero no sólo cómo se vería si el mundo fuera ideal, sino cómo se vería un ser humano sin pecado en un mundo quebrado. Y Jesús experimentó una gran variedad de emociones. Eso debería darnos la pauta de que las emociones no sólo están permitidas, sino que son parte del diseño divino del ser humano. El miedo, la tristeza, el enojo, la angustia, la frustración, la alegría, realmente no hay razón para creer que está mal sentirlas, porque Jesús las sintió. Y todas tienen una razón de ser, existen en nosotros por un motivo. Es importante, para poder tener una experiencia más completa de nuestra propia vida, pero también de nuestra relación con Dios, aprender a entender nuestras emociones y a tratar con ellas.

En algún punto, toda la idea de la serie de reflexiones sobre el fruto del Espíritu fue hacer una primera aproximación a este tema, planteando algunos puntos que nos ayuden a ser más sensibles entre nosotros, entendiendo que cuando sentimos cosas que solemos considerar "negativas" no estamos en sí pecando. Es cierto que estas emociones nos llevan a pensamientos que van en contra de la verdad (es decir, en contra de la realidad espiritual, en definitiva), pero Dios es compasivo con nosotros en esos momentos, y entiende nuestra condición, de modo que nosotros deberíamos hacer lo mismo unos con otros, en lugar de juzgarnos, acusarnos o reprendernos unos a otros por lo que sentimos.


En este aniversario de la Reforma, y de cara a los próximos quinientos años de vida de la iglesia, si es que Dios así lo dispone, tal vez es hora de hacer una apuesta, y preguntarnos cómo podría empezar a reinterpretarse nuestra doctrina reformada, y, por ende, las Escrituras, a la luz de una perspectiva nueva que tenga en cuenta los procesos emocionales que una persona atraviesa en las diferentes circunstancias de su vida, es decir, la realidad emocional (que por otra parte, es algo esencial de la experiencia humana) y cómo Dios también integra las emociones en su diseño. Dios hizo nuestras emociones, y todas ellas tienen una función. Por lo tanto, nada de esto le es ajeno a él. Sin embargo, nos sigue siendo ajeno a nosotros, los cristianos. Tal vez sea hora de reformar la reforma un paso más allá.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

martes, 17 de enero de 2017

El fruto del Espíritu - Conclusión

Hola a todos. Hace ya varios meses empecé una serie de publicaciones sobre un tema del que se habla bastante, pero que en mi opinión no suele estar bien encarado, que es el tema del fruto del Espíritu. Generalmente se lo enseña como un conjunto de conductas que deberíamos esforzarnos en desarrollar, pero se deja de lado un aspecto crucial del tema, que es la parte emocional que está en juego detrás de cada característica, y que es la que traba ese desarrollo en nosotros. Cuando empecé, hablé de que somos llamados por Dios a tener vidas fructíferas, abundantes (Eclesiastés 3:12-14; Juan 10:10), es decir, vidas que nosotros mismos disfrutamos y que al mismo tiempo impactan positivamente en los demás, y en el mundo. Es el propósito de Dios trascendente para nuestra vida, es decir, es para el resto de la eternidad. Si tenemos una vida así, tenemos todo. Y Dios dispuso que esto sea así para que entendamos qué tan Dios él es, y qué clase de Dios. Es un Dios que disfruta de vernos disfrutar, y vernos impactar positivamente los unos en los otros. Un Dios que disfruta de lo lindo, de la alegría y del bienestar.

El Nuevo Testamento se acerca a este tema desde un lado por ahí más descriptivo, y encontramos pasajes como el de Gálatas 5:22-23, que dice que "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio". Estas son las características que tiene una vida fructífera. Podríamos pensar que sirven como medidor de cuánto estamos sacando provecho realmente de nuestra vida y cuánto estamos impactando para bien en los demás. Nosotros tenemos la responsabilidad de cuidar y cultivar ese fruto de nuestra vida, y Dios se encarga de hacerlo crecer. Podríamos decir que nosotros nos encargamos de generar las condiciones para que el fruto se desarrolle, y Dios pone el desarrollo.

A lo largo de las publicaciones fui aclarando qué no significaba cada una de esas palabras, porque en nuestra cultura tenemos mucha confusión con algunas de ellas. Incluso dentro de las iglesias. No voy a repetir todo eso, pero sí quisiera que recordemos lo que sí son, desde el punto de vista bíblico:

Amor: velar por las necesidades e intereses de otros, además de por las propias (Filipenses 2:2-4).
Alegría: encontrarle placer y significado a la vida (Eclesiastés 5:19-20).
Paz: vivir con la certeza de que somos cuidados y de que nuestras necesidades se pueden cubrir (Mateo 6:31-32).
Paciencia: capacidad de atravesar el dolor y las situaciones adversas sin derrumbarse, sin perder la esperanza (Salmo 46:1-3).
Amabilidad: tener buen trato hacia los demás, cuidarlos en nuestro trato, respetarlos (Gálatas 6:10).
Bondad: vivir los valores de Dios con naturalidad, y libremente (Efesios 4:15).
Fidelidad: convicción sobre las enseñanzas del evangelio, la convicción de que son ciertas y de que son buenas (Romanos 4:20-21).
Humildad: pensar de uno mismo con moderación, no como mejores de lo que realmente somos, ni como superiores a los demás o más importantes que los demás (Romanos 12:3).
Dominio propio: tener el control sobre nuestra vida, y fuerza de voluntad (1 Corintios 9:25).

Les propongo el ejercicio de pensar en distintos ámbitos y situaciones de sus propias vidas pero viviendo con todas estas características en su pleno desarrollo. ¿Cómo serían nuestras relaciones? ¿Qué decisiones tomaríamos en esos contextos? ¿Qué decisiones no tomaríamos? ¿Cómo nos sentiríamos con las distintas experiencias que nos toca atravesar en cada ámbito? ¿Cómo se vería nuestro día, nuestra semana? ¿Cómo se sentirían los demás al pasar tiempo conmigo?

Las siguientes preguntas, por supuesto, podrían ser, ¿cuál o cuáles de estas características necesito desarrollar más? ¿Cuál o cuáles siento que estoy desarrollando en este momento de mi vida? ¿Hay alguna que siento que la tengo ya desarrollada? ¿Hay alguna que tengo muy desarrollada, y siento que por ahí hasta me caracteriza? Todo puede ser, cualquier combinación es posible. Tal vez siento que tengo todas a medio desarrollar, o tal vez es un poco y un poco. Tal vez siento que estoy desarrollando muchas a la vez, o que todas las tengo bastante desarrolladas. Siempre se puede crecer más, pero eso no quita que tal vez seas una persona que está muy madura en la fe y en la vida. Lo importante de todo esto es que prestemos atención al tipo de fruto que estamos dando, para saber qué necesitamos ajustar. No se trata de que Dios nos acepte o no, y esto es muy importante. No es eso lo que está en juego. Dios nos acepta por las obras de Jesús, no por las nuestras. Todo esto es para que podamos aprovechar mejor la vida que Dios nos regaló, y entender cuán grandioso es ese regalo cuando lo vivimos como él lo diseñó. No esperemos ser perfectos o tener vidas perfectas, pero avancemos siempre hacia vidas que dan más y más fruto, para vivir mejor, y para que los que nos rodean vivan mejor también.

Para esto, nos preguntamos también por qué podía ser que no tuviéramos tan desarrolladas cada una de estas características. La idea no era agotar el tema, pero sí que cada uno pudiera entenderse un poco mejor a sí mismo, para también ser compasivos con nosotros mismos. Porque muchas veces vivimos bajo el peso de tener que vivir de esta manera, y si no vivimos así nos parece (o nos enseñan) que es porque no somos buenos creyentes. Pero la realidad es que podemos tener mucha fe y sin embargo no estar a la altura de nuestra fe, por así decir. Y eso tiene que ver con nuestras circunstancias internas y externas. En esta serie nos enfocamos en las internas, que pienso que son las más influyentes, pero además son las únicas por las que realmente podemos hacernos responsables, (salvo unas pocas excepciones entre las externas). Por decirlo de otra manera, si trabajamos con nuestro corazón, lo exterior se va produciendo, por el mismo obrar del Espíritu Santo, que es el que también nos da el poder para sanar lo que está roto en nosotros y corregir lo que está equivocado, que, de manera general, son las dos cosas que más nos traban.

Después, nos preguntamos en cada caso qué se podía hacer para "destrabar" cada característica del fruto, para devolverle ese sabor a nuestra vida. Esa lista tampoco pretendía ser completa, sino ofrecer posibles caminos para salir adelante con esos temas. Puede haber otros, sin duda. Pueden no funcionar para todos, o no en cualquier circunstancia (porque las circunstancias externas, aunque estén fuera de nuestro control, también influyen, y a veces mucho). Pero cada respuesta trató de estar basada en la realidad, en cosas concretas, no en soluciones abstractas que muchas veces se nos ofrecen y que por ahí sentimos que no nos tienen en cuenta. Así y todo, es posible que haya pasado cosas por alto.

Pero hay dos cosas que son trasversales a todas estas características, y sin las cuales cualquier crecimiento o cualquier proceso de sanación es sólo temporal o es incompleto (o incluso, muchas veces, improbable). La primera es nuestra relación con Dios. Sin una relación con Dios, la sanación y el crecimiento no ocurren a un nivel profundo, que realmente permanezca para siempre. Jesús dijo, "yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada" (Juan 15:5). Si estás leyendo esto y no tenés una relación con Dios, realmente te animo a que te decidas a empezar hoy. No importa todo lo que hayas hecho, dicho, hablado en contra, o lo que sea. En el momento en el que te acercás a él y aceptás que lo necesitás, que separado de él no podés hacer nada, y qué hay cosas en tu vida y en tu manera de actuar que no están bien, la cuenta vuelve a cero, y empezás de nuevo con él. Tu vida no va a cambiar de la noche a la mañana ni vas a dejar de tener problemas. Pero es el primer paso para que tu vida crezca en plenitud, y para que sea eterna.

Si ya tenés una relación con Jesús, no te olvides de que esa es tu relación más importante de todas. No descuides tu relación con Dios por causa de la rutina, de las personas, de tus propios deseos. Si eso pasa, no te condenes, Dios te sigue amando, hablando, bendiciendo y esperando, pero no olvides que tu crecimiento y tu disfrute dependen de que tengas intimidad y cercanía con Dios. "Consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio" (Filipenses 4:8), es decir, detengámonos habitualmente a meditar en las ideas sanas y verdaderas de la palabra de Dios, en las enseñanzas de Jesús, en todas estas cosas que fuimos viendo en estas publicaciones, y hagamos a Dios parte de nuestra vida cotidiana, de nuestros sentimientos y pensamientos; "y el Dios de paz estará con ustedes" (Filipenses 4:9). Si hacemos todo esto, vamos a estar llenándonos de buena semilla para nuestro árbol frutal. Vamos a estar permaneciendo en Jesús.

Y la segunda cosa es parecida a esta: vinculémonos con otras personas en profundidad. Eclesiastés 4:9-10 nos enseña que "más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quien lo levante!". Si queremos sanar y crecer, no nos ayuda estar asilados. Y no alcanza con estar rodeados de gente. Necesitamos relacionarnos con algunas personas que sepan escucharnos, que les interese entendernos y que nos acepten con todo lo que traemos. Muchos de los problemas emocionales que tenemos requieren que podamos sentirnos queridos con las emociones que sentimos como más vergonzosas o malas, con las partes que sentimos más oscuras de nosotros, o simplemente con esas cosas que tenemos miedo de que para el resto sean pavadas mientras que para nosotros son problemas reales. Si el primer paso es acercarnos a Dios, poder expresarle a otra persona lo que realmente pensamos y sentimos es el segundo paso de todo proceso de sanación o de superación de obstáculos personales. Y a la vez, esforcémonos en escuchar, comprender y acompañar a los que acudan a nosotros, porque esas personas lo necesitan para su propio crecimiento y sanación.

Quiero terminar diciendo que tal vez, después de meditar en todo esto, te parezca que es mucho, que no vas a poder, que estás muy lejos de todo esto o que venís dando vueltas con determinadas cosas y temas en tu vida y nunca podés avanzar. Tal vez sentís que ya está, que así va a ser el resto de tu vida, que Dios se cansó de darte oportunidades y ya no vas a crecer más que esto, o sanar ciertas cosas, o dejar atrás ciertas conductas. Si hoy sentís algo de esto, si sentís que no estás dando fruto, o incluso no sabés si podés dar fruto, es importante que sepas que no estás sólo, Dios no se cansó de vos, y él te hizo para que tu vida sea fructífera (Génesis 1:27-28). Así que arriba, y adelante, Dios está de tu lado y su deseo es que tengas vida, y que sea fructífera y abundante.

"Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús" (Filipenses 1:6). ¡Amén!

Hasta que volvamos a encontrarnos.