Hola a todos. Hace un mes empecé a publicar una serie de reflexiones sobre cómo tener vidas que dan fruto, pensando un poco en el pasaje del fruto del Espíritu, que suele enseñárselo como una guía de conducta pero siempre sin tener en cuenta lo que nos pasa dentro con estos temas, las trabas que tenemos y cómo hacer para superarlas. Dios es un Dios de restauración, y trabaja en nosotros (por eso es fruto del Espíritu) para que podamos sanar y dar fruto, y muchas veces lo hace a través de su palabra (que nos ofrece herramientas y soluciones) y de otros creyentes (que nos dan ese "arraigo en el amor" que necesitamos para funcionar bien).
Dar fruto está relacionado con poder alegrarnos en nuestra vida, tener placer, y también con impactar positivamente a nuestro alrededor, que sería hacer el bien, y que es el propósito de nuestra creación. Dios quiere que tengamos vidas de ese estilo, y nos guía y acompaña en el proceso. Las preguntas que nos venimos haciendo son, ¿cómo son esas características del fruto? ("amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio", como dice Gálatas 5:22-23). ¿Qué trabas tenemos para desarrollar esa característica del fruto, ese sabor? Por ejemplo, qué es lo que nos dificulta dar fruto con sabor a amor, a alegría, a paz, etc. ¿Cómo podemos hacer para habilitar ese sabor en nuestro fruto? Qué nutrientes necesitamos recibir, podríamos preguntarnos.
El tema de hoy es la paciencia. Como vengo haciendo, me gustaría empezar pensando qué no es la paciencia, desde el punto de vista bíblico, para sacarnos de encima algunas concepciones culturales de lo que es y no es paciencia. La paciencia no es no enojarse. Una persona que se enoja no perdió la paciencia, como solemos pensar. El enojo es una reacción interna a una situación externa, por simplificarlo. Como cualquier otra emoción, es simplemente un mecanismo de nuestro cuerpo para defenderse de una amenaza que percibe. Paciencia tampoco es dejarse estar y no hacer nada para resolver un determinado problema. Eso no es paciencia, es irresponsabilidad. Paciencia, por último, no es aguantarse cualquier cosa de otros, cualquier trato, cualquier actitud. Ser paciente no es eso. Si alguien nos maltrata, como dije en la reflexión pasada, tenemos que hacer algo al respecto.
No hay, por supuesto, una definición bíblica de la paciencia, aunque sí hay muchos pasajes que nos hablan de ella. La palabra griega es larga, MAKROTHUMIA, y la idea misma es larga, según algunos diccionarios bíblicos tiene que ver con mantener el temperamento en el sufrimiento. Sobre esto, hay un Salmo que nos da una imagen muy gráfica de lo que la paciencia es:
"Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes" (Salmo 46:1-3).
Me gusta la imagen de este pasaje, porque el salmista no dice que confía en Dios porque él hace que a su alrededor no pase nada malo. El salmista confía en Dios porque puede ampararse y refugiarse en él cuando a su alrededor pasan cosas malas. Él puede atravesar esos momentos temibles y terribles porque sabe que Dios está con él.
+Paciencia es la capacidad de atravesar el dolor y las situaciones adversas sin derrumbarse, sin perder la esperanza.
Lo contrario a la paciencia, en ese sentido, es la frustración y la desesperanza. Otra vez, aclaro que no son cosas que están mal. Simplemente, cuando vivimos en frustración y desesperanza, no disfrutamos nuestra vida y muchas veces no impactamos positivamente las vidas de otros. A veces cuando atravesamos situaciones adversas, situaciones difíciles o dolorosas, nos ponemos irritables o nos desanimamos y nos derrumbamos, sentimos que no podemos seguir, que no podemos levantarnos, que todo se acabó. Esto es una respuesta normal muchas veces, a ciertas situaciones que realmente sentimos que nos sobrepasan. A veces, incluso, el desánimo puede ser algo bueno, porque muchas veces tratamos de controlar situaciones que en realidad escapan a nuestro control, y es mejor perder las esperanzas y abandonar el asunto en vez de gastar energía y tiempo tratando de resolver algo que no está en nuestro poder resolver (puede pasarnos también con relaciones con otros, o cuando queremos "cambiar" a otro).
Ahora, hay momentos en la vida que son difíciles de atravesar de por sí. Y es natural que nos duela. La muerte de un ser querido es un buen ejemplo. Una calamidad repentina es otro ejemplo. El problema está, podríamos decir, en que eso nos haga perder el temperamento, nos quiebre el carácter y nos deje contra las cuerdas. Digamos que el problema no es que suframos, sino que el sufrimiento nos paralice y nos haga renunciar a cosas importantes que tal vez sí podríamos conseguir si lográramos atravesar ese sufrimiento.
¿Por qué nos pasa esto? ¿Por qué hay etapas en nuestra vida en las que no logramos permanecer de pie frente a la presión de las circunstancias externas? ¿O por qué, incluso, nunca llegamos hasta ahora a desarrollar la capacidad de sobreponernos a las crisis y al sufrimiento, y siempre nos quebramos por dentro cuando nos pasa algo así?
Puede haber muchos motivos, pero quiero enfocarme en algunas. Por un lado, puede que haya motivos relacionados con nuestra experiencia de la vida. Por ejemplo, si estuve o estoy muy solo en la vida, en términos afectivos, si no siento que realmente yo sea importante para los demás, puedo sentir que en esos momentos críticos no voy a tener a nadie que me ayude, me levante o me sostenga, y luchar es en vano. O me lleva a perder las fuerzas rápido. Esto también puede venir de experiencias de abandono, donde muchas personas me dejaron solo o sola en diferentes situaciones difíciles, nadie le dio validez a lo que sentía o lo que me pasaba o simplemente me criticaron de alguna forma por sufrir, por lo cual terminé sintiéndome culpable o avergonzado frente a mi sufrimiento. Eso nos paraliza, no podemos resolver el problema porque tenemos otro problema que resolver primero: la culpa y la vergüenza de estar teniendo ese problema, o lo solos y desprotegidos que nos sentimos frente a esa situación.
Por otro lado, a veces tenemos una visión legalista de las cosas (aunque no está totalmente separado de lo anterior). Cuando nuestra vida está bien y pasan cosas lindas, sentimos que es porque de alguna forma lo merecemos, porque somos buenas personas, buenos estudiantes, buenos hijos, buenos amigos, etc. Por lo tanto, cuando nos pasan cosas malas nos quedamos enroscados en sentir o que somos culpables de eso, y lo merecemos, o que no entendemos por qué pasa eso, si nosotros somos buenas personas. Es el famoso planteo de "¿por qué a mí?". Creemos que la vida "nos debe algo" por ser buenos (tal vez, si esto es lo que suele pasarnos, la pregunta que podríamos ir pensando es, "¿por qué no a mí?").
Finalmente, a veces nos cuesta integrar lo malo y lo bueno de la vida, y somos idealistas. Creemos que las cosas son como deberían ser, y entonces, cuando pasa algo que "no debería pasar", nos paralizamos o nos hundimos en el pensamiento de que "esto no debería ser así", negamos la realidad de lo que pasa (a veces incluso sin darnos cuenta, y no sólo sobre lo exterior sino también sobre lo que nos pasa a nosotros mismos adentro), o pensamos "qué injusta que es la vida a veces", pero la vida no es injusta, la vida es vida. El mundo no es ideal. El mundo real es lo que es, y las cosas casi nunca marchan según lo que debería ser.
No quiero dejar de mencionar que a veces venimos de tener muchas experiencias de desilusión con la vida, de no lograr lo que queremos, lo que soñamos, lo que proyectamos, y eso puede dejarnos el sentimiento de que no podemos lograr nada, de que todo nos va a salir siempre mal.
Pero entonces, ¿qué podemos hacer para salir de estas trabas y enfrentar la realidad sin derrumbarnos? ¿Qué herramientas nos da la Biblia para desarrollar paciencia frente al sufrimiento o la adversidad?
Lo primero que tenemos que hacer es aceptar lo que nos pasa, sea exterior o interior, y compartirlo, con Dios y con otros. Jesús mismo dijo, "vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso" (Mateo 11:28). Siendo el cuerpo de Cristo, cuando él dice "vengan a mí", se espera que también vayamos los unos a los otros. A lo largo de todo el Nuevo Testamento se repite esta idea una y otra vez. Tenemos que poder aceptar al hermano o hermana en la fe (o también a cualquier no creyente) que viene desanimado, frustrado y sufriendo. Sufrir es parte de la vida y necesitamos ser escuchados y aceptados en nuestro sufrimiento para salir adelante. Lo mismo ocurre con la desesperanza y la frustración. Necesitamos hablar de todo eso, hablar de las heridas y desilusiones de nuestro pasado también, y recibir palabras de aliento que vengan de una escucha y comprensión genuinas, de una verdadera empatía.
Una vez que pudimos aceptar lo que sentimos y lo que está pasando, aceptar nuestras circunstancias, tal vez necesitemos empezar a pensar en qué recursos tenemos para enfrentar las circunstancias adversas que estamos atravesando, o para elaborar y superar eso que nos hizo o nos hace sufrir. Si nunca desarrollé esa capacidad, tal vez necesito empezar a ver qué recursos tengo yo como persona para poder avanzar en la vida, salir adelante de todo el sufrimiento o abandono que haya vivido, empezar a proyectarme, soñar y mirar al futuro con esperanza:
"La viuda de un miembro de la comunidad de los profetas le suplicó a Eliseo: «Mi esposo, su servidor, ha muerto, y usted sabe que él era fiel al Señor. Ahora resulta que el hombre con quien estamos endeudados ha venido para llevarse a mis dos hijos como esclavos». «¿Y qué puedo hacer por ti?», le preguntó Eliseo. «Dime, ¿qué tienes en tu casa?». «Su servidora no tiene nada en casa», le respondió, «excepto un poco de aceite.»" (2 Reyes 4:1-2).
A veces sentimos que los recursos que tenemos no nos sirven, porque no alcanzan, y por eso muchas veces necesitamos pedir ayuda para que nos hagan ver que esos recursos ya son mucho, y que Dios puede hacer que eso poco que tenemos de más fruto en nosotros que el que por sí solo podría dar. Incluso a veces necesitamos a alguien de afuera que nos haga ver qué recursos tenemos como personas para salir adelante. Y sólo ahí podemos empezar a creer que hay esperanza para nosotros, porque ya no estamos solos, y porque empezamos a ver que podemos hacerle frente a las dificultades de la vida.
Por último, una vez que ya atravesamos el momento de crisis y encontramos los recursos que tenemos, en nosotros o a nuestro alrededor, a veces necesitamos reconsiderar cómo vemos el mundo que nos rodea. ¿Somos idealistas? ¿Somos legalistas? El mundo fue creado hermoso y perfecto, pero la Biblia nos enseña que eso cambió a partir de la desobediencia del ser humano. Ahora vivimos en un mundo complicado, y nos pasan cosas que muchas veces no son culpa nuestra, ni muchas veces culpa de nadie. Simplemente pasan. Y Dios quiere estar a nuestro lado para ayudarnos a atravesarlas. Eclesiastés 6:9 dice, "vale más lo visible que lo imaginario. Y también esto es absurdo; ¡es correr tras el viento!". Si nos enfocamos en lo ideal, no trabajamos con lo real, con lo que es, y siempre nos vamos a dar la cabeza contra la pared. Es mejor aceptar la realidad tal como es, y manejarnos con eso. Tal vez necesitamos revisar nuestras expectativas sobre la vida y las personas, y nuestras metas, y así nos evitaríamos a veces muchos dolores de cabeza.
Sin embargo, no todo es mundo caído. Hay un Dios que quiere traer el ideal a la realidad, el "reino de Dios", y quiere trabajar en y con nosotros para eso. Pero Dios no le hace asco a la realidad, no se asusta ni se paraliza por la realidad. Él trabaja desde lo real. Por eso nos recibe a pesar de nuestros defectos y errores, para restaurarnos desde nuestro estado real. Y por eso podemos tener esperanza. La realidad a veces puede ser cruda, pero Dios siempre es fiel y está con nosotros, y está de nuestra parte. Podemos refugiarnos en él y atravesar con él nuestros sufrimientos. Y si logramos tomarnos así las cosas, si logramos desarrollar la paciencia, desarrollamos, de la mano de Dios, otra característica, que algunos llaman resiliencia: la capacidad de atravesar las situaciones difíciles y no sólo no derrumbarnos, sino también salir fortalecidos. El apóstol Santiago lo describe de manera parecida: "ya saben que la prueba de su fe produce constancia. Y la constancia debe llevar a feliz término la obra, para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada" (Santiago 1:3-4). Constancia es entereza de carácter, permanecer firme frente a las dificultades. Perfectos es completos. Íntegros es enteros, sin dividirnos ni quebrarnos por dentro, perdiendo nuestra esencia, nuestra identidad, nuestra forma de ser.
Entonces, paciencia es poder atravesar el sufrimiento y las situaciones difíciles sin quebrarnos, sin perder la esperanza y sin perdernos a nosotros mismos, e incluso salir fortalecidos y mejor preparados que antes. Para eso, necesitamos refugiarnos en Dios, expresarle lo que nos pasa, lo que sentimos, incluso nuestra frustración, enojo o desesperanza, y apoyarnos también en otros. Necesitamos poder descubrir qué recursos tenemos para hacer frente a las dificultades de la vida y revisar nuestra forma de ver la vida, para ser personas realistas y construir nuestra esperanza desde ahí. El mundo puede ser muy feo, pero también puede ser algo hermoso. Las dos cosas coexisten, y Dios trabaja con nosotros para traer lo ideal cada vez más a lo real. Y hasta nos enseña cómo, muchas veces, a través de su palabra. Él es siempre fiel, y nos considera verdaderamente muy importantes. Su deseo es cuidarnos, guiarnos y acompañarnos. La Biblia está llena de promesas de Dios sobre cómo puede llegar a ser nuestra vida. Si logramos desarrollar la capacidad de mantener la calma en medio de las peores tormentas, nuestras vidas pueden llegar a dar muchísimo fruto en la vida de otros, y nuestro propio disfrute va a quedar protegido incluso de esas tormentas, al punto que las circunstancias no determinen cuánta belleza le encontramos a la vida. La vida puede ser algo hermoso incluso en medio del sufrimiento. Esa es la promesa y el deseo de Dios para nosotros.
Que el Dios fiel nos ayude a descubrir los recursos que él puso en nosotros para salir adelante en las situaciones difíciles, para que podamos desarrollar vidas de esperanza que también alienten a las personas que nos rodean, y para que podamos disfrutar de nuestra vida a pesar de las circunstancias. ¡Amén!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Algunos libros de referencia:
- Henry Cloud, Cambios necesarios, Editorial Vida (2010).
- Henry Cloud, Cambios que sanan, Editorial Vida (2003).
- María Elena Mamarian, Esperanza en medio de ilusiones perdidas, Ediciones Kairós (2008).
- Eduardo Tatángelo, Cuando no se puede parar de sufrir, Publicaciones Alianza (2014).
martes, 13 de septiembre de 2016
viernes, 9 de septiembre de 2016
El fruto del Espíritu 3 - Paz
Hola a todos. Las últimas semanas vengo publicando sobre un tema que creo que suele ser abordado de una forma poco constructiva, que tiene que ver con lo que significa tener vidas que dan fruto, más específicamente con la enseñanza bíblica acerca del fruto del Espíritu. En la introducción mencioné el pasaje de Eclesiastés 3:12-14, donde Dios deja claro que lo mejor que puede pasarnos en la vida es disfrutar y hacer el bien, y que eso es un regalo de Dios, trascendente y completo en sí mismo. Es decir, si logramos dar fruto, vamos a tener vidas plenas, que también impactan positivamente a nuestro alrededor.
También decía que esto no es algo que podamos forzar desde la conducta si primero no trabajamos con lo que está trabando el fruto en nuestro corazón, es decir, en nuestras motivaciones más profundas, en nuestra forma de sentir y ver la vida. Por eso, la idea de esta serie es preguntarnos qué características tiene el fruto (qué "sabor"), qué nos suele impedir dar fruto con esas características y qué podemos hacer al respecto. Ya publiqué sobre el amor y sobre la alegría. El pasaje de Gálatas 5:22-23 describe las demás características del fruto: "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio". Hoy me toca hablar de la paz.
Empecemos, como las veces anteriores, por ver qué no es paz, para tratar de sacarnos de encima definiciones que vienen más de la cultura, de las costumbres, que de Dios. En primer lugar, paz no es que todo nos resbale, que nada de lo que nos pasa nos afecte en lo más mínimo. Tampoco es no tener problemas, o no sufrir nunca. Paz no es tampoco conformarse con "lo que hay", resignarnos a lo que nos toca.
Como con todas estas características del fruto, la Biblia no nos da una definición exacta de paz, pero nos aporta palabras claras sobre lo que representa la palabra. En el original griego, la palabra es EIRENE, y está relacionada con la quietud, con el descanso y con la armonía, estar "integrado", ser "uno", no estar dividido por dentro, digamos. Lo opuesto de esto podríamos pensar que es la ansiedad. Jesús nos deja una enseñanza hermosa acerca de la ansiedad:
"No se preocupen diciendo: "¿Qué comeremos?" o "¿Qué beberemos?" o "¿Con qué nos vestiremos?" Porque los paganos andan tras todas estas cosas, y el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan" (Mateo 6:31-32).
La comida, la bebida y la ropa son medios para sostener nuestra vida y proteger nuestro cuerpo. Es obvio que necesitamos proveernos esas cosas, pero lo que este pasaje trata de decirnos es que no desesperemos por estas cosas, porque nuestra vida y nuestro cuerpo tienen valor para nuestro Padre celestial, y él sabe que necesitamos cubrir ciertas necesidades para estar bien.
+Paz es vivir con la certeza de que somos cuidados y de que nuestras necesidades se pueden cubrir.
Lo contrario, entonces, es la ansiedad. No quiero meterme mucho en el tema, pero digo lo mismo que dije para la tristeza y el desánimo: que sea lo contrario no quiere decir que esté mal. Dios no condena al que está ansioso por su vida y por sus necesidades. Simplemente, si vivimos llenos de ansiedad no disfrutamos de nuestra vida ni la aprovechamos como podríamos, y Dios quiere llevarnos a disfrutarla y aprovecharla. Recordemos que Dios quiere que tengamos vida en abundancia.
Creo que en este punto muchas veces los cristianos hacemos agua, y de la forma más arriesgada: creyendo que estamos en paz, obligándonos a estar en paz, porque lamentablemente, nos enseñan muchas veces que si no estamos en paz, somos malos cristianos. Se nos enseña que estar muy preocupados (es decir, ansiosos o asustados) por algo está mal, porque significaría que no estamos confiando lo suficiente en Dios. Es cierto que la confianza y la paz van de la mano, pero lo que en realidad necesitamos hacer es preguntarnos, ¿por qué me cuesta tanto sentir que Dios me cuida? ¿Por qué me cuesta sentir que él va a proveerme lo que necesito? Dicho en otras palabras: ¿de dónde vienen mis trabas para tener paz en la vida, para sentirme seguro y cuidado?
Recordemos que no estamos hablando de cuando un día tengo miedo, o cuando un día estoy muy preocupado por algo. Eso no significa no dar fruto con sabor a paz, sino que todos tenemos momentos y momentos. La falta de paz se refleja en un miedo o ansiedad más constantes, cuando esa es la forma en la que solemos percibir el mundo y la vida. Se trata de esas etapas de la vida donde alguna necesidad o situación en particular nos supera y nos hace estar con la cabeza y las energías puestas en eso durante la mayor parte de nuestro tiempo, y nos desesperamos porque sentimos que va a pasar algo malo, porque nuestra necesidad va a quedar sin atender. En algunos casos, no se trata sólo de etapas en la vida, sino de la forma en la que nos sentimos la mayor parte del tiempo con cualquier necesidad o situación importante de la vida.
Parecería haber tres grandes disparadores para esta falta de paz profunda. Por un lado, muchas veces estuvimos expuestos a ambientes en los que la mayor parte del tiempo estábamos (o nos sentíamos) en peligro. Puede haber sido nuestra escuela cuando éramos chicos, incluso nuestra propia casa o algún otro ámbito en el que pasábamos mucho tiempo, pero también puede haber sucedido siendo más grandes, en nuestro trabajo, en nuestra universidad, o donde fuera. Estábamos todo el tiempo bajo amenaza o sucedían cosas malas muy seguido, a veces sin razón aparente o a veces como respuesta a nuestras acciones, entonces nos quedó la sensación de que eso puede volver a suceder en nuestros ámbitos actuales, aunque las cosas hayan cambiado.
Por otra parte, puede ser que hayamos atravesado momentos de carencias muy grandes, ya sea carencias materiales o afectivas. Tal vez nos criamos en condiciones materiales muy pobres, y no siempre era seguro que comiéramos, que durmiéramos bajo techo, que tuviéramos con qué abrigarnos. La pasamos realmente muy mal, y nos quedó la sensación de que nuestras necesidades no necesariamente van a quedar cubiertas. Pero también puede ser que nos hayamos criado en familias donde había violencia, malos tratos (y los malos tratos son a veces muy sutiles, como vamos a ver más adelante), o donde el afecto era condicional, y si no cumplíamos con ciertas expectativas (buenas notas, buen comportamiento, ayudar cada vez que se nos pedía, o cualquier otra condición) nos hacían saber que ya no éramos tan valiosos o queridos como antes. Como consecuencia, en el fondo, sentimos que no es seguro que nuestra necesidad de afecto vaya a ser atendida, y eso genera miedo y ansiedad (muchas veces también culpa).
Como habrán visto, lo que vivimos de chicos puede influir mucho en cómo nos sentimos de grandes, muchas veces sin que nos demos cuenta. Pero también las experiencias que vivimos siendo más grandes nos pueden marcar profundamente. Una persona que se haya sentido muy sola o desprovista durante mucho tiempo (a veces la mayor parte de sus vidas) necesita sanar para volver a sentir que la vida es un lugar seguro. Lo mismo las personas que vivieron experiencias muy traumáticas.
Si lo que tenemos es falta de paz, entonces, lo primero que necesitamos hacer es dejar de lado el teatro de que confiamos en que Dios provee y aceptar que en el fondo, no confiamos tanto. Entendamos que Dios nos ama y nos acepta igual. Porque si no aceptamos lo que nos falta, no lo podemos conseguir. "Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán" (Mateo 7:1) dice Jesús. ¿Cómo vamos a pedir o buscar si no aceptamos lo que nos falta?
No estoy diciendo que no sea importante trabajar en nuestra confianza en la soberanía y cuidado de Dios, por supuesto. Eso es clave. Y es clave acercarnos a Dios. Justamente, a Dios no necesitamos hacerle creer que confiamos totalmente en su provisión para pedirle cosas. Podemos acercarnos "confiadamente al trono de la gracia", dice Hebreos 4:16. Muchos de los grandes personajes de la Biblia tuvieron problemas para confiar en que Dios iba a proveerles lo que necesitaban: Abraham, José y Moisés son algunos de ellos. Y Dios no dejó de escucharlos, amarlos y aceptarlos por eso, ni dejó de proveerles lo que necesitaban.
Entonces, ¿qué podemos hacer para destrabarnos en esto? ¿Qué podemos hacer para recuperar el sabor de la paz en nuestro fruto? O para desarrollarlo, si nunca realmente lo tuvimos. En primer lugar, aceptar. Pero la Biblia nos da algunas otras ideas:
En segundo lugar, orar: "no se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús" (Filipenses 4:6-7). Necesitamos traer a Dios esos miedos y ansiedades sabiendo que Dios quiere escucharnos y sanarnos para que vivamos en paz.
En tercer lugar, compartir: "más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quien lo levante!" (Eclesiastés 4:9-10). Necesitamos abrir nuestros corazones y compartir con otros lo que nos pone ansiosos o los miedos que tenemos. A veces nos puede dar mucho miedo hacer esto, en primer lugar porque justamente, sentimos que no es seguro. Otras veces porque pensamos que para el otro van a ser tonterías, o que nos va a decir simplemente "no te preocupes, no pasa nada, Dios te cuida", sin entender lo que realmente sentimos, en lo más íntimo. Sin entender nuestra ansiedad y nuestro miedo. Pero necesitamos encontrar personas con las que hacerlo, y atravesar ese primer miedo. Esas personas seguramente van a decirnos lo mismo que los otros, pero después de habernos escuchado y comprendido. Nos van a ayudar a levantarnos y lentamente empezar a confiar otra vez, en la vida y en Dios.
Por último, necesitamos limitar nuestra exposición a entornos peligrosos o de carencias grandes, hacer lo que esté a nuestro alcance para salir de esas situaciones, para que no siga creciendo en nosotros ese sentimiento de inseguridad. Si en un lugar me tratan mal, por ejemplo, o me desmerecen, o de alguna otra forma me descuidan o me ponen en riesgo, no tengo por qué quedarme. Así lo entendieron Pablo y Bernabé en su primer viaje misionero: "hubo un complot tanto de los gentiles como de los judíos, apoyados por sus dirigentes, para maltratarlos y apedrearlos. Al darse cuenta de esto, los apóstoles huyeron" (Hechos 14:5-6). También lo entendió así la familia de Elimélec, esposo de Noemí, mucho antes: "en el tiempo en que los jueces gobernaban el país, hubo allí una época de hambre. Entonces un hombre de Belén de Judá emigró a la tierra de Moab" (Rut 1:1). Lo vemos también al final de la historia de José y Jacob.
Entonces, la paz es vivir confiados de que somos cuidados, no sólo por Dios sino también por las personas que nos rodean, y que nuestras necesidades, de una u otra forma, se pueden cubrir, más allá de mis esfuerzos y de mi control. Es estar tranquilo con lo que vaya a pasar con mi vida, porque tengo un Padre celestial que vela por mí. También es nuestra responsabilidad protegernos de entornos que nos puedan quitar la paz, no exponernos de manera demasiado prolongada a ellos. Pero no nos va a dar más paz tratar de esforzarnos en estar tranquilos, por nuestros propios medios. Probablemente, sólo nos traiga más ansiedad. A menos que al mismo tiempo, tratemos de apoyarnos en otros y de buscar nuevas experiencias donde nuestras vidas puedan estar seguras, más allá de que en el día a día pasemos por ámbitos que no lo sean. Y, dice Pablo, la paz de Dios va a crecer en nosotros.
Que el Dios de paz nos ayude a entender y sentir que nuestra vida le importa, y que vela con mucho gusto por nuestras necesidades, dispuesto a recibirnos también cuando nosotros no lo creemos así, para que podamos encontrar verdadera tranquilidad en la vida y sentirnos seguros y cuidados. ¡Amén!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
También decía que esto no es algo que podamos forzar desde la conducta si primero no trabajamos con lo que está trabando el fruto en nuestro corazón, es decir, en nuestras motivaciones más profundas, en nuestra forma de sentir y ver la vida. Por eso, la idea de esta serie es preguntarnos qué características tiene el fruto (qué "sabor"), qué nos suele impedir dar fruto con esas características y qué podemos hacer al respecto. Ya publiqué sobre el amor y sobre la alegría. El pasaje de Gálatas 5:22-23 describe las demás características del fruto: "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio". Hoy me toca hablar de la paz.
Empecemos, como las veces anteriores, por ver qué no es paz, para tratar de sacarnos de encima definiciones que vienen más de la cultura, de las costumbres, que de Dios. En primer lugar, paz no es que todo nos resbale, que nada de lo que nos pasa nos afecte en lo más mínimo. Tampoco es no tener problemas, o no sufrir nunca. Paz no es tampoco conformarse con "lo que hay", resignarnos a lo que nos toca.
Como con todas estas características del fruto, la Biblia no nos da una definición exacta de paz, pero nos aporta palabras claras sobre lo que representa la palabra. En el original griego, la palabra es EIRENE, y está relacionada con la quietud, con el descanso y con la armonía, estar "integrado", ser "uno", no estar dividido por dentro, digamos. Lo opuesto de esto podríamos pensar que es la ansiedad. Jesús nos deja una enseñanza hermosa acerca de la ansiedad:
"No se preocupen diciendo: "¿Qué comeremos?" o "¿Qué beberemos?" o "¿Con qué nos vestiremos?" Porque los paganos andan tras todas estas cosas, y el Padre celestial sabe que ustedes las necesitan" (Mateo 6:31-32).
La comida, la bebida y la ropa son medios para sostener nuestra vida y proteger nuestro cuerpo. Es obvio que necesitamos proveernos esas cosas, pero lo que este pasaje trata de decirnos es que no desesperemos por estas cosas, porque nuestra vida y nuestro cuerpo tienen valor para nuestro Padre celestial, y él sabe que necesitamos cubrir ciertas necesidades para estar bien.
+Paz es vivir con la certeza de que somos cuidados y de que nuestras necesidades se pueden cubrir.
Lo contrario, entonces, es la ansiedad. No quiero meterme mucho en el tema, pero digo lo mismo que dije para la tristeza y el desánimo: que sea lo contrario no quiere decir que esté mal. Dios no condena al que está ansioso por su vida y por sus necesidades. Simplemente, si vivimos llenos de ansiedad no disfrutamos de nuestra vida ni la aprovechamos como podríamos, y Dios quiere llevarnos a disfrutarla y aprovecharla. Recordemos que Dios quiere que tengamos vida en abundancia.
Creo que en este punto muchas veces los cristianos hacemos agua, y de la forma más arriesgada: creyendo que estamos en paz, obligándonos a estar en paz, porque lamentablemente, nos enseñan muchas veces que si no estamos en paz, somos malos cristianos. Se nos enseña que estar muy preocupados (es decir, ansiosos o asustados) por algo está mal, porque significaría que no estamos confiando lo suficiente en Dios. Es cierto que la confianza y la paz van de la mano, pero lo que en realidad necesitamos hacer es preguntarnos, ¿por qué me cuesta tanto sentir que Dios me cuida? ¿Por qué me cuesta sentir que él va a proveerme lo que necesito? Dicho en otras palabras: ¿de dónde vienen mis trabas para tener paz en la vida, para sentirme seguro y cuidado?
Recordemos que no estamos hablando de cuando un día tengo miedo, o cuando un día estoy muy preocupado por algo. Eso no significa no dar fruto con sabor a paz, sino que todos tenemos momentos y momentos. La falta de paz se refleja en un miedo o ansiedad más constantes, cuando esa es la forma en la que solemos percibir el mundo y la vida. Se trata de esas etapas de la vida donde alguna necesidad o situación en particular nos supera y nos hace estar con la cabeza y las energías puestas en eso durante la mayor parte de nuestro tiempo, y nos desesperamos porque sentimos que va a pasar algo malo, porque nuestra necesidad va a quedar sin atender. En algunos casos, no se trata sólo de etapas en la vida, sino de la forma en la que nos sentimos la mayor parte del tiempo con cualquier necesidad o situación importante de la vida.
Parecería haber tres grandes disparadores para esta falta de paz profunda. Por un lado, muchas veces estuvimos expuestos a ambientes en los que la mayor parte del tiempo estábamos (o nos sentíamos) en peligro. Puede haber sido nuestra escuela cuando éramos chicos, incluso nuestra propia casa o algún otro ámbito en el que pasábamos mucho tiempo, pero también puede haber sucedido siendo más grandes, en nuestro trabajo, en nuestra universidad, o donde fuera. Estábamos todo el tiempo bajo amenaza o sucedían cosas malas muy seguido, a veces sin razón aparente o a veces como respuesta a nuestras acciones, entonces nos quedó la sensación de que eso puede volver a suceder en nuestros ámbitos actuales, aunque las cosas hayan cambiado.
Por otra parte, puede ser que hayamos atravesado momentos de carencias muy grandes, ya sea carencias materiales o afectivas. Tal vez nos criamos en condiciones materiales muy pobres, y no siempre era seguro que comiéramos, que durmiéramos bajo techo, que tuviéramos con qué abrigarnos. La pasamos realmente muy mal, y nos quedó la sensación de que nuestras necesidades no necesariamente van a quedar cubiertas. Pero también puede ser que nos hayamos criado en familias donde había violencia, malos tratos (y los malos tratos son a veces muy sutiles, como vamos a ver más adelante), o donde el afecto era condicional, y si no cumplíamos con ciertas expectativas (buenas notas, buen comportamiento, ayudar cada vez que se nos pedía, o cualquier otra condición) nos hacían saber que ya no éramos tan valiosos o queridos como antes. Como consecuencia, en el fondo, sentimos que no es seguro que nuestra necesidad de afecto vaya a ser atendida, y eso genera miedo y ansiedad (muchas veces también culpa).
Como habrán visto, lo que vivimos de chicos puede influir mucho en cómo nos sentimos de grandes, muchas veces sin que nos demos cuenta. Pero también las experiencias que vivimos siendo más grandes nos pueden marcar profundamente. Una persona que se haya sentido muy sola o desprovista durante mucho tiempo (a veces la mayor parte de sus vidas) necesita sanar para volver a sentir que la vida es un lugar seguro. Lo mismo las personas que vivieron experiencias muy traumáticas.
Si lo que tenemos es falta de paz, entonces, lo primero que necesitamos hacer es dejar de lado el teatro de que confiamos en que Dios provee y aceptar que en el fondo, no confiamos tanto. Entendamos que Dios nos ama y nos acepta igual. Porque si no aceptamos lo que nos falta, no lo podemos conseguir. "Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán" (Mateo 7:1) dice Jesús. ¿Cómo vamos a pedir o buscar si no aceptamos lo que nos falta?
No estoy diciendo que no sea importante trabajar en nuestra confianza en la soberanía y cuidado de Dios, por supuesto. Eso es clave. Y es clave acercarnos a Dios. Justamente, a Dios no necesitamos hacerle creer que confiamos totalmente en su provisión para pedirle cosas. Podemos acercarnos "confiadamente al trono de la gracia", dice Hebreos 4:16. Muchos de los grandes personajes de la Biblia tuvieron problemas para confiar en que Dios iba a proveerles lo que necesitaban: Abraham, José y Moisés son algunos de ellos. Y Dios no dejó de escucharlos, amarlos y aceptarlos por eso, ni dejó de proveerles lo que necesitaban.
Entonces, ¿qué podemos hacer para destrabarnos en esto? ¿Qué podemos hacer para recuperar el sabor de la paz en nuestro fruto? O para desarrollarlo, si nunca realmente lo tuvimos. En primer lugar, aceptar. Pero la Biblia nos da algunas otras ideas:
En segundo lugar, orar: "no se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús" (Filipenses 4:6-7). Necesitamos traer a Dios esos miedos y ansiedades sabiendo que Dios quiere escucharnos y sanarnos para que vivamos en paz.
En tercer lugar, compartir: "más valen dos que uno, porque obtienen más fruto de su esfuerzo. Si caen, el uno levanta al otro. ¡Ay del que cae y no tiene quien lo levante!" (Eclesiastés 4:9-10). Necesitamos abrir nuestros corazones y compartir con otros lo que nos pone ansiosos o los miedos que tenemos. A veces nos puede dar mucho miedo hacer esto, en primer lugar porque justamente, sentimos que no es seguro. Otras veces porque pensamos que para el otro van a ser tonterías, o que nos va a decir simplemente "no te preocupes, no pasa nada, Dios te cuida", sin entender lo que realmente sentimos, en lo más íntimo. Sin entender nuestra ansiedad y nuestro miedo. Pero necesitamos encontrar personas con las que hacerlo, y atravesar ese primer miedo. Esas personas seguramente van a decirnos lo mismo que los otros, pero después de habernos escuchado y comprendido. Nos van a ayudar a levantarnos y lentamente empezar a confiar otra vez, en la vida y en Dios.
Por último, necesitamos limitar nuestra exposición a entornos peligrosos o de carencias grandes, hacer lo que esté a nuestro alcance para salir de esas situaciones, para que no siga creciendo en nosotros ese sentimiento de inseguridad. Si en un lugar me tratan mal, por ejemplo, o me desmerecen, o de alguna otra forma me descuidan o me ponen en riesgo, no tengo por qué quedarme. Así lo entendieron Pablo y Bernabé en su primer viaje misionero: "hubo un complot tanto de los gentiles como de los judíos, apoyados por sus dirigentes, para maltratarlos y apedrearlos. Al darse cuenta de esto, los apóstoles huyeron" (Hechos 14:5-6). También lo entendió así la familia de Elimélec, esposo de Noemí, mucho antes: "en el tiempo en que los jueces gobernaban el país, hubo allí una época de hambre. Entonces un hombre de Belén de Judá emigró a la tierra de Moab" (Rut 1:1). Lo vemos también al final de la historia de José y Jacob.
Entonces, la paz es vivir confiados de que somos cuidados, no sólo por Dios sino también por las personas que nos rodean, y que nuestras necesidades, de una u otra forma, se pueden cubrir, más allá de mis esfuerzos y de mi control. Es estar tranquilo con lo que vaya a pasar con mi vida, porque tengo un Padre celestial que vela por mí. También es nuestra responsabilidad protegernos de entornos que nos puedan quitar la paz, no exponernos de manera demasiado prolongada a ellos. Pero no nos va a dar más paz tratar de esforzarnos en estar tranquilos, por nuestros propios medios. Probablemente, sólo nos traiga más ansiedad. A menos que al mismo tiempo, tratemos de apoyarnos en otros y de buscar nuevas experiencias donde nuestras vidas puedan estar seguras, más allá de que en el día a día pasemos por ámbitos que no lo sean. Y, dice Pablo, la paz de Dios va a crecer en nosotros.
Que el Dios de paz nos ayude a entender y sentir que nuestra vida le importa, y que vela con mucho gusto por nuestras necesidades, dispuesto a recibirnos también cuando nosotros no lo creemos así, para que podamos encontrar verdadera tranquilidad en la vida y sentirnos seguros y cuidados. ¡Amén!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
miércoles, 31 de agosto de 2016
El fruto el Espíritu 2 - Alegría
Hola a todos. Hace una semana empecé a compartir una reflexión sobre un tema que siento que está muchas veces mal abordado, y que tiene que ver con lo que significa y lo que implica tener vidas que dan fruto. En Eclesiastés 3:12-14 veíamos que el plan de Dios para nuestra vida es que nos alegremos y hagamos el bien, que no hay nada que sumarle ni restarle a esto y que está planeado así para que nuestras vidas glorifiquen a Dios. Gálatas 5:22-23 nos dice expresamente cuál es el resultado del Espíritu de Dios trabajando en nosotros para dar fruto: "amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio". Estas son nueve características que tiene ese fruto que Dios nos creó para dar, nueve matices del sabor de ese fruto.
Hoy me toca desarrollar un poco el tema de la alegría. Cuando hablé del amor, aclaré que estas cosas no son conductas que tenemos que adoptar, forzándolas desde lo externo, formas de actuar, sino que son formas de ser, y por lo tanto tenemos que trabajarlas desde el interior. Si no estamos mostrando alguna de estas características es porque algo pasa adentro nuestro que necesitamos sanar o atender. Somos lo que somos, no podemos obligarnos a ser. La forma de cambiar nuestra forma de ser es trabajando con nuestro corazón, es decir, nuestras motivaciones y creencias más profundas de la vida. Es fundamental entender esto para el caso de la alegría, porque es, en mi opinión, una de las características del fruto que más daño puede causar en las personas si se la enseña mal.
Empecemos por pensar qué no es la alegría si recorremos las Escrituras. En primer lugar, es claro que la alegría no es estar siempre sonrientes. Es decir, Dios no nos llama a estar siempre con una sonrisa en la cara. Y esto, que puede parecer una obviedad para algunos, a veces parecería no ser tan obvio para otros. No tenemos por qué estar siempre con una sonrisa en la cara o de buen humor, la alegría no se trata de eso. Alegría tampoco quiere decir pasarla siempre bien, ni siquiera pasarla bien en sí. Alegre y divertido no son sinónimos. Una persona que hace muchos chistes o una que se ríe mucho no necesariamente son personas alegres. Alegría no es necesariamente diversión.
Entonces, ¿qué es la alegría? Tal como pasaba con el amor, no encontramos en ningún lado una definición directa de la alegría. La palabra griega acá es CHARA, que está asociada al placer, al deleitarse y al estar animado. Podemos vislumbrar cuál es el sentido bíblico de la alegría en algunos pasajes como este:
"A quien Dios le concede abundancia y riquezas, también le concede comer de ellas, y tomar su parte y disfrutar de sus afanes, pues esto es don de Dios. Y como Dios le llena de alegría el corazón, muy poco reflexiona el hombre en cuanto a su vida" (Eclesiastés 5:19-20).
Por algunas cuestiones de la traducción (la versión es NVI), tal vez podamos perder un poco del sentido original, que es más complejo. La idea del pasaje sería algo así: Dios permite que podamos sacar jugo a lo que tenemos y a lo que hacemos. Y cuando esto pasa, una persona puede dejar de lado las preocupaciones de la vida y las angustias del pasado, y tener una actitud positiva y buen ánimo. Dicho de otra forma, la alegría tiene que ver con poder encontrar placer y sentido en nuestra vida, en lo que hacemos y en lo que tenemos.
+Alegría es encontrarle placer y significado a la vida.
Podríamos pensar que lo contrario a esto es la tristeza y el desánimo. Y quiero detenerme un momento en esto: que sea lo contrario no quiere decir que esté mal. La tristeza y el desánimo son contrarias a la alegría, pero no son en sí mismo pecados. Aclaro esto porque muchas veces, directa o indirectamente, se juzga o condena a las personas en las iglesias por estar tristes o desanimadas, como si por estar así no fueran suficientemente buenos o suficientemente cristianos. Rápidamente podemos ver que bíblicamente, esto no se sostiene, porque Jesús mismo estuvo triste en varias ocasiones (Marcos 3:5), y Moisés, por poner otro ejemplo, estuvo desanimado en más de una ocasión (Números 11:11-17), y Dios nunca lo reprendió por su desánimo. Podría extenderme mucho más sobre esto, pero no es el punto central. Simplemente quiero decir que si estás o estuviste desanimado/a o triste, y alguien te transmitió que no estabas siendo suficientemente espiritual o estabas fallándole a Dios por eso, estaba totalmente equivocado/a y podés quedarte tranquilo/a. Lo mismo si estás o estuviste deprimido/a. Dios te sigue amando y valorando.
Igual creo que es importante aclarar que en esta reflexión trato de referirme a algo más general. Podemos ser personas alegres y sin embargo pasar momentos tristes. No significa que nuestro fruto no tenga sabor a alegría. Lo mismo con el desánimo. Podemos estar animados con nuestra vida y desanimarnos con algo puntual, o incluso estar tristes o desanimados por un rato a causa de algo, aunque seamos personas que dan fruto de alegría. Pero perdemos el disfrute cuando tenemos un desánimo más profundo, una falta de significado general, de la vida. También pasa lo mismo con el "displacer", y con la tristeza. No es lo mismo entristecerse por algo puntual, que estar entristecido en el fondo, con la vida. Ahora, la pregunta que podemos hacernos es, ¿de dónde puede venir nuestra falta de alegría? ¿Cuáles son las trabas que tenemos para dar fruto con sabor a alegría?
En primer lugar, algo que nos impide encontrarle significado y placer a nuestra vida es la falta de libertad. Cuando no tenemos espacio para recrearnos y desplegar lo que tenemos dentro de nosotros (nuestra creatividad, nuestros recursos, nuestros deseos), o cuando esto está mal visto (generalmente por ser "improductivo" según los parámetros de nuestra cultura), terminamos sobreexigiéndonos, haciendo cosas para "cumplir" con exigencias que tenemos sin parar a descansar, y eso nos termina agotando. No podemos estar animados si estamos agotados y sin fuerzas. No podemos tener ese deseo de ir para adelante. Lo mismo pasa cuando por diferentes motivos no podemos vivir la clase de vida que nos gustaría estar viviendo, la clase de vida que nos haría sentir bien.
También puede pasar que las circunstancias mismas nos muestren que lo que estamos queriendo llevar a cabo no avanza, tenemos muchas trabas para desplegar nuestra vida. Es lo que le pasaba a Moisés en el pasaje de Números que mencioné. Quería cuidar y conducir al pueblo pero la carga era muy grande debido a las condiciones externas. Eso lo llevó al desánimo. Sentía que nada de lo que hacía para llevar adelante su objetivo tenía sentido, nada servía, nada daba resultado. Es difícil encontrar placer y sentido en algo que sentimos que no va para ningún lado.
Finalmente, hay momentos donde los aspectos negativos de la realidad que estamos viviendo nos desbordan, nos roban las fuerzas, nos derriban. En momentos así nos cuesta concentrarnos en lo que sí tenemos y en lo bueno de nuestra vida. Nos sale naturalmente enfocarnos en lo que no tenemos y quisiéramos tener, o en lo que está mal en nuestra vida y quisiéramos que esté bien. Si nuestra mente está anclada en lo negativo, es lógico que no encontremos placer ni motivos para tener ánimo. Suele hacernos sentir ingratitud e insatisfacción.
Pero entonces, ¿qué se puede hacer frente a esto? ¿Cómo destrabamos nuestras vidas para que el Espíritu de Dios pueda fluir en nosotros hacia la alegría? En primer lugar, tenemos que entender que la alegría de la vida no es característica sólo de algunas personas, sino que está a disposición de todas, hasta del más depresivo (sí, incluso para ellos hay esperanza), y no se produce por arte de magia, sino que se puede construir, se puede trabajar para traerlo a nuestra vida. No me voy a meter con el tema de la depresión porque no soy un experto y porque merecería una reflexión más profunda, sólida y específica (aunque no niego que algo de todo esto también les pueda servir en esos casos). Pero en todos los demás casos, es importante entender que yo soy el único que puede hacerme feliz a mí mismo, de la mano de Dios. No puedo esperar que la felicidad, el disfrute, la alegría, venga de afuera. Nadie me va a hacer feliz (aunque las compañías sí pueden contribuir a nuestra alegría, y obviamente muchas veces necesitamos ayuda).
Si quiero tener esa vida que me gustaría tener, avanzar hacia esa forma de vivir en la que pueda disfrutar más allá de las cosas malas de mi vida, tengo que yo mismo ir a buscarlo. Es decir, para tener la vida que me gustaría, tengo que vivir la vida que me gustaría. Hay varias cosas importantes que la biblia deja entrever como posibles caminos:
+ Clamar (Salmo 18:6). Dios nos invita a traer a sus pies nuestro desánimo, nuestra negatividad y nuestra angustia. Si nos falta alegría, lo mejor que podemos hacer es aceptarlo primero, presentárselo a Dios después, y finalmente hablarlo con personas que nos vayan a comprender y acompañar en el desánimo, y no tratar de cambiar nuestros sentimientos para que de la nada estemos bien. Obviamente que en algún momento necesitamos que nos den ánimo, pero si primero no nos aceptan con nuestros verdaderos sentimientos, es sólo humo, "pan para hoy y hambre para mañana", como solemos decir. De hecho, ya vimos la vez pasada que parte de la falta de amor en nuestra vida muchas veces tiene que ver con que no sentimos que nos reciban con lo que realmente sentimos en algún momento determinado. Y la falta de amor es otra posible causa de que tengamos trabada la alegría. Es difícil encontrarle sentido a nuestra vida si nos sentimos solos y abandonados. Necesitamos empezar por vincularnos. De hecho, creo que la falta de amor muchas veces puede estar de fondo en la ausencia de cualquier otra característica del fruto.
+ Descansar (Génesis 2:2-3). El sentido del "sábado" o del descanso es que podamos disfrutar de nuestra obra, es decir, del fruto de nuestra obra, y dar gracias a Dios por ella. Detenernos a pensar en todo lo bueno que pudimos hacer o en todas las pequeñas cosas que sí tenemos (esas que a veces damos por sentadas, como una computadora desde la que estar leyendo esta reflexión, un cerebro que funciona como para entender estas palabras, la habilidad de leer, y un interminable etc.), y dar gracias a Dios por todo eso. El sentido de apartar el "séptimo día", por lo que veo al comparar diferentes pasajes sobre eso, tiene que ver justamente con no agotarnos ni sobreexigirnos, sino dejar lugar para la recreación, es decir, para permitir que Dios nos renueve (nos "re-cree"). Después de todo, fuimos llamados a vivir en libertad (Gálatas 5:1).
+ Disfrutar (Eclesiastés 5:18). Parece mentira, pero este aspecto de la alegría a veces sí podemos forzarlo o empujarlo un poco. A veces necesitamos simplemente conformarnos con lo que tenemos antes de ir a buscar más. Por ahí nuestro desánimo viene muchas veces de expectativas desmedidas sobre la vida, y la única solución es dejar ir temporalmente esas expectativas para retomarlas cuando ya no estemos tan desanimados. No quiere decir renunciar a ellas, sino poder estar en paz con que hoy no lo tengamos, y ver qué cosas hoy sí tenemos a nuestro alcance. Muchas veces tener espacios de diversión ayuda a poder sentir que la vida tiene cosas lindas. Y también ayuda tener espacios donde poner en funcionamiento nuestras capacidades y habilidades, que justamente nos puede transmitir esa sensación de estar disfrutando de nuestros afanes. Nuestros espacios de servicio en la iglesia muchas veces pueden contribuir a esto.
Todo esto no es una receta infalible, y al mismo tiempo sólo funciona si incorporamos un poco de cada cosa. Si nos divertimos mucho pero no nos damos lugar para aceptar y darle la bienvenida a nuestros sentimientos, y hablarlo con Dios y con otros, es posible que no nos sirva para destrabar la alegría. El amor (vínculos) y la alegría (sentido y placer) van de la mano. Pero aunque no sea una receta infalible, la combinación de todo esto puede ayudarnos mucho a recuperar el ánimo en medio de circunstancias que nos desaniman. Y orar. Orar mucho. Eso es clave. Pero no sólo orar pidiendo, o incluso orar agradeciendo o alabando, sino orar expresando. Contarle a Dios cómo nos sentimos. No tengamos miedo de contarle a Dios que estamos desanimados o angustiados, no tengamos miedo de decirle que sentimos que nada tiene sentido o que todo es feo, porque él nos ama y quiere recibirnos tal como estamos. Él mismo lo dice: "«Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso»" (Mateo 11:28).
En definitiva, alegría es poder encontrar placer y significado en nuestra vida diaria, en lo que tenemos y en lo que hacemos. Muchas veces, por estar presionados, por estar estancados o por estar sumergidos en nuestra negatividad, nos cuesta vivir con alegría. Para destrabar esto, la biblia nos ofrece algunos caminos, el primero de los cuales es expresar lo que nos está pasando, a Dios y a otras personas. Una vez que hicimos esto, necesitamos condimentar nuestra vida con algunas actitudes, tanto como nos salga: resaltar lo bueno que hay, tener espacios de recreación y diversión, sumergirnos lo más que podamos en las cosas lindas cuando aparezcan y poner en funcionamiento tanto como podamos nuestras capacidades y habilidades, aquello que nos gusta hacer. Hacer lo que nos gusta hacer es algo productivo, porque contribuye a que funcionemos bien. Insisto: hacer lo que nos gusta hacer, ¡es algo productivo!
Que el Dios de alegría nos acompañe, nos cuide y abra nuestros ojos para poder apreciar todas las bendiciones que nos da, y nos ayude a abrir nuestro corazón para compartir nuestros desánimos y angustias con él y con otros, para que podamos sacar lo negativo afuera y dejar entrar lo lindo de la vida, y así volver a disfrutar, que es el deseo de Dios para nosotros. ¡Amén!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hoy me toca desarrollar un poco el tema de la alegría. Cuando hablé del amor, aclaré que estas cosas no son conductas que tenemos que adoptar, forzándolas desde lo externo, formas de actuar, sino que son formas de ser, y por lo tanto tenemos que trabajarlas desde el interior. Si no estamos mostrando alguna de estas características es porque algo pasa adentro nuestro que necesitamos sanar o atender. Somos lo que somos, no podemos obligarnos a ser. La forma de cambiar nuestra forma de ser es trabajando con nuestro corazón, es decir, nuestras motivaciones y creencias más profundas de la vida. Es fundamental entender esto para el caso de la alegría, porque es, en mi opinión, una de las características del fruto que más daño puede causar en las personas si se la enseña mal.
Empecemos por pensar qué no es la alegría si recorremos las Escrituras. En primer lugar, es claro que la alegría no es estar siempre sonrientes. Es decir, Dios no nos llama a estar siempre con una sonrisa en la cara. Y esto, que puede parecer una obviedad para algunos, a veces parecería no ser tan obvio para otros. No tenemos por qué estar siempre con una sonrisa en la cara o de buen humor, la alegría no se trata de eso. Alegría tampoco quiere decir pasarla siempre bien, ni siquiera pasarla bien en sí. Alegre y divertido no son sinónimos. Una persona que hace muchos chistes o una que se ríe mucho no necesariamente son personas alegres. Alegría no es necesariamente diversión.
Entonces, ¿qué es la alegría? Tal como pasaba con el amor, no encontramos en ningún lado una definición directa de la alegría. La palabra griega acá es CHARA, que está asociada al placer, al deleitarse y al estar animado. Podemos vislumbrar cuál es el sentido bíblico de la alegría en algunos pasajes como este:
"A quien Dios le concede abundancia y riquezas, también le concede comer de ellas, y tomar su parte y disfrutar de sus afanes, pues esto es don de Dios. Y como Dios le llena de alegría el corazón, muy poco reflexiona el hombre en cuanto a su vida" (Eclesiastés 5:19-20).
Por algunas cuestiones de la traducción (la versión es NVI), tal vez podamos perder un poco del sentido original, que es más complejo. La idea del pasaje sería algo así: Dios permite que podamos sacar jugo a lo que tenemos y a lo que hacemos. Y cuando esto pasa, una persona puede dejar de lado las preocupaciones de la vida y las angustias del pasado, y tener una actitud positiva y buen ánimo. Dicho de otra forma, la alegría tiene que ver con poder encontrar placer y sentido en nuestra vida, en lo que hacemos y en lo que tenemos.
+Alegría es encontrarle placer y significado a la vida.
Podríamos pensar que lo contrario a esto es la tristeza y el desánimo. Y quiero detenerme un momento en esto: que sea lo contrario no quiere decir que esté mal. La tristeza y el desánimo son contrarias a la alegría, pero no son en sí mismo pecados. Aclaro esto porque muchas veces, directa o indirectamente, se juzga o condena a las personas en las iglesias por estar tristes o desanimadas, como si por estar así no fueran suficientemente buenos o suficientemente cristianos. Rápidamente podemos ver que bíblicamente, esto no se sostiene, porque Jesús mismo estuvo triste en varias ocasiones (Marcos 3:5), y Moisés, por poner otro ejemplo, estuvo desanimado en más de una ocasión (Números 11:11-17), y Dios nunca lo reprendió por su desánimo. Podría extenderme mucho más sobre esto, pero no es el punto central. Simplemente quiero decir que si estás o estuviste desanimado/a o triste, y alguien te transmitió que no estabas siendo suficientemente espiritual o estabas fallándole a Dios por eso, estaba totalmente equivocado/a y podés quedarte tranquilo/a. Lo mismo si estás o estuviste deprimido/a. Dios te sigue amando y valorando.
Igual creo que es importante aclarar que en esta reflexión trato de referirme a algo más general. Podemos ser personas alegres y sin embargo pasar momentos tristes. No significa que nuestro fruto no tenga sabor a alegría. Lo mismo con el desánimo. Podemos estar animados con nuestra vida y desanimarnos con algo puntual, o incluso estar tristes o desanimados por un rato a causa de algo, aunque seamos personas que dan fruto de alegría. Pero perdemos el disfrute cuando tenemos un desánimo más profundo, una falta de significado general, de la vida. También pasa lo mismo con el "displacer", y con la tristeza. No es lo mismo entristecerse por algo puntual, que estar entristecido en el fondo, con la vida. Ahora, la pregunta que podemos hacernos es, ¿de dónde puede venir nuestra falta de alegría? ¿Cuáles son las trabas que tenemos para dar fruto con sabor a alegría?
En primer lugar, algo que nos impide encontrarle significado y placer a nuestra vida es la falta de libertad. Cuando no tenemos espacio para recrearnos y desplegar lo que tenemos dentro de nosotros (nuestra creatividad, nuestros recursos, nuestros deseos), o cuando esto está mal visto (generalmente por ser "improductivo" según los parámetros de nuestra cultura), terminamos sobreexigiéndonos, haciendo cosas para "cumplir" con exigencias que tenemos sin parar a descansar, y eso nos termina agotando. No podemos estar animados si estamos agotados y sin fuerzas. No podemos tener ese deseo de ir para adelante. Lo mismo pasa cuando por diferentes motivos no podemos vivir la clase de vida que nos gustaría estar viviendo, la clase de vida que nos haría sentir bien.
También puede pasar que las circunstancias mismas nos muestren que lo que estamos queriendo llevar a cabo no avanza, tenemos muchas trabas para desplegar nuestra vida. Es lo que le pasaba a Moisés en el pasaje de Números que mencioné. Quería cuidar y conducir al pueblo pero la carga era muy grande debido a las condiciones externas. Eso lo llevó al desánimo. Sentía que nada de lo que hacía para llevar adelante su objetivo tenía sentido, nada servía, nada daba resultado. Es difícil encontrar placer y sentido en algo que sentimos que no va para ningún lado.
Finalmente, hay momentos donde los aspectos negativos de la realidad que estamos viviendo nos desbordan, nos roban las fuerzas, nos derriban. En momentos así nos cuesta concentrarnos en lo que sí tenemos y en lo bueno de nuestra vida. Nos sale naturalmente enfocarnos en lo que no tenemos y quisiéramos tener, o en lo que está mal en nuestra vida y quisiéramos que esté bien. Si nuestra mente está anclada en lo negativo, es lógico que no encontremos placer ni motivos para tener ánimo. Suele hacernos sentir ingratitud e insatisfacción.
Pero entonces, ¿qué se puede hacer frente a esto? ¿Cómo destrabamos nuestras vidas para que el Espíritu de Dios pueda fluir en nosotros hacia la alegría? En primer lugar, tenemos que entender que la alegría de la vida no es característica sólo de algunas personas, sino que está a disposición de todas, hasta del más depresivo (sí, incluso para ellos hay esperanza), y no se produce por arte de magia, sino que se puede construir, se puede trabajar para traerlo a nuestra vida. No me voy a meter con el tema de la depresión porque no soy un experto y porque merecería una reflexión más profunda, sólida y específica (aunque no niego que algo de todo esto también les pueda servir en esos casos). Pero en todos los demás casos, es importante entender que yo soy el único que puede hacerme feliz a mí mismo, de la mano de Dios. No puedo esperar que la felicidad, el disfrute, la alegría, venga de afuera. Nadie me va a hacer feliz (aunque las compañías sí pueden contribuir a nuestra alegría, y obviamente muchas veces necesitamos ayuda).
Si quiero tener esa vida que me gustaría tener, avanzar hacia esa forma de vivir en la que pueda disfrutar más allá de las cosas malas de mi vida, tengo que yo mismo ir a buscarlo. Es decir, para tener la vida que me gustaría, tengo que vivir la vida que me gustaría. Hay varias cosas importantes que la biblia deja entrever como posibles caminos:
+ Clamar (Salmo 18:6). Dios nos invita a traer a sus pies nuestro desánimo, nuestra negatividad y nuestra angustia. Si nos falta alegría, lo mejor que podemos hacer es aceptarlo primero, presentárselo a Dios después, y finalmente hablarlo con personas que nos vayan a comprender y acompañar en el desánimo, y no tratar de cambiar nuestros sentimientos para que de la nada estemos bien. Obviamente que en algún momento necesitamos que nos den ánimo, pero si primero no nos aceptan con nuestros verdaderos sentimientos, es sólo humo, "pan para hoy y hambre para mañana", como solemos decir. De hecho, ya vimos la vez pasada que parte de la falta de amor en nuestra vida muchas veces tiene que ver con que no sentimos que nos reciban con lo que realmente sentimos en algún momento determinado. Y la falta de amor es otra posible causa de que tengamos trabada la alegría. Es difícil encontrarle sentido a nuestra vida si nos sentimos solos y abandonados. Necesitamos empezar por vincularnos. De hecho, creo que la falta de amor muchas veces puede estar de fondo en la ausencia de cualquier otra característica del fruto.
+ Descansar (Génesis 2:2-3). El sentido del "sábado" o del descanso es que podamos disfrutar de nuestra obra, es decir, del fruto de nuestra obra, y dar gracias a Dios por ella. Detenernos a pensar en todo lo bueno que pudimos hacer o en todas las pequeñas cosas que sí tenemos (esas que a veces damos por sentadas, como una computadora desde la que estar leyendo esta reflexión, un cerebro que funciona como para entender estas palabras, la habilidad de leer, y un interminable etc.), y dar gracias a Dios por todo eso. El sentido de apartar el "séptimo día", por lo que veo al comparar diferentes pasajes sobre eso, tiene que ver justamente con no agotarnos ni sobreexigirnos, sino dejar lugar para la recreación, es decir, para permitir que Dios nos renueve (nos "re-cree"). Después de todo, fuimos llamados a vivir en libertad (Gálatas 5:1).
+ Disfrutar (Eclesiastés 5:18). Parece mentira, pero este aspecto de la alegría a veces sí podemos forzarlo o empujarlo un poco. A veces necesitamos simplemente conformarnos con lo que tenemos antes de ir a buscar más. Por ahí nuestro desánimo viene muchas veces de expectativas desmedidas sobre la vida, y la única solución es dejar ir temporalmente esas expectativas para retomarlas cuando ya no estemos tan desanimados. No quiere decir renunciar a ellas, sino poder estar en paz con que hoy no lo tengamos, y ver qué cosas hoy sí tenemos a nuestro alcance. Muchas veces tener espacios de diversión ayuda a poder sentir que la vida tiene cosas lindas. Y también ayuda tener espacios donde poner en funcionamiento nuestras capacidades y habilidades, que justamente nos puede transmitir esa sensación de estar disfrutando de nuestros afanes. Nuestros espacios de servicio en la iglesia muchas veces pueden contribuir a esto.
Todo esto no es una receta infalible, y al mismo tiempo sólo funciona si incorporamos un poco de cada cosa. Si nos divertimos mucho pero no nos damos lugar para aceptar y darle la bienvenida a nuestros sentimientos, y hablarlo con Dios y con otros, es posible que no nos sirva para destrabar la alegría. El amor (vínculos) y la alegría (sentido y placer) van de la mano. Pero aunque no sea una receta infalible, la combinación de todo esto puede ayudarnos mucho a recuperar el ánimo en medio de circunstancias que nos desaniman. Y orar. Orar mucho. Eso es clave. Pero no sólo orar pidiendo, o incluso orar agradeciendo o alabando, sino orar expresando. Contarle a Dios cómo nos sentimos. No tengamos miedo de contarle a Dios que estamos desanimados o angustiados, no tengamos miedo de decirle que sentimos que nada tiene sentido o que todo es feo, porque él nos ama y quiere recibirnos tal como estamos. Él mismo lo dice: "«Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso»" (Mateo 11:28).
En definitiva, alegría es poder encontrar placer y significado en nuestra vida diaria, en lo que tenemos y en lo que hacemos. Muchas veces, por estar presionados, por estar estancados o por estar sumergidos en nuestra negatividad, nos cuesta vivir con alegría. Para destrabar esto, la biblia nos ofrece algunos caminos, el primero de los cuales es expresar lo que nos está pasando, a Dios y a otras personas. Una vez que hicimos esto, necesitamos condimentar nuestra vida con algunas actitudes, tanto como nos salga: resaltar lo bueno que hay, tener espacios de recreación y diversión, sumergirnos lo más que podamos en las cosas lindas cuando aparezcan y poner en funcionamiento tanto como podamos nuestras capacidades y habilidades, aquello que nos gusta hacer. Hacer lo que nos gusta hacer es algo productivo, porque contribuye a que funcionemos bien. Insisto: hacer lo que nos gusta hacer, ¡es algo productivo!
Que el Dios de alegría nos acompañe, nos cuide y abra nuestros ojos para poder apreciar todas las bendiciones que nos da, y nos ayude a abrir nuestro corazón para compartir nuestros desánimos y angustias con él y con otros, para que podamos sacar lo negativo afuera y dejar entrar lo lindo de la vida, y así volver a disfrutar, que es el deseo de Dios para nosotros. ¡Amén!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
domingo, 28 de agosto de 2016
El fruto del Espíritu 1 - Amor
Hola a todos. En la publicación anterior empecé a compartirles una serie de reflexiones que forman parte de una charla que me tocó dar. Mi idea es aprovechar este espacio para expandir los puntos de esa charla, desarrollarlos y agregar también más base bíblica.
En la reflexión pasada, introduciendo el tema, decía que nuestras vidas fueron creadas por Dios para dar fruto, que quiere decir, básicamente, tener vidas que impactan positivamente a nuestro alrededor, y a la vez, vidas que podemos disfrutar nosotros mismos. En Eclesiastés 3:12-14 vimos que lo mejor que podemos hacer, en otras palabras, la voluntad de Dios para nuestras vidas, es hacer el bien y alegrarnos, es decir, disfrutar, y que a eso no hay nada que agregarle ni quitarle. En estos días descubrí que esto es perfectamente coherente con la muy breve descripción de la voluntad de Dios en Romanos 12:2, "buena, agradable y perfecta" ("buena": "hacer el bien"; "agradable": "alegrarse"; "perfecta": "nada que añadirle ni quitarle"). Y todo esto es un don de Dios, un regalo suyo, es decir, él mismo lo hace en nosotros.
Sin embargo, decíamos, nosotros tenemos una responsabilidad, que es cuidar de ese regalo, cultivar ese fruto. Y entonces traje a la reflexión el pasaje de Gálatas 5:22-23, "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio". Hoy quisiera expandir un poco la cuestión del amor.
La palabra griega para "amor" en este pasaje, AGAPE, es bastante conocida, y se dice mucho sobre ella. Está asociada al amor desinteresado y sacrificial de Dios hacia nosotros. Pero quiero empezar por aclarar qué cosas no son amor, porque creo que en nuestra cultura tenemos un concepto bastante errado de lo que es el amor, incluso de lo que es no amar, y eso puede filtrarse con facilidad en nuestra interpretación del concepto bíblico de amor.
Cuando observamos el cuadro bíblico general sobre el amor, descubrimos cosas bastante interesantes. En primer lugar, el amor no es una emoción. Insisto: el amor no es una emoción. Involucra nuestras emociones, pero no es en sí una emoción. El amor no es lo mismo, obviamente, que estar enamorado, en el sentido que solemos usarlo. "Te amo" quiere decir mucho más que "estoy enamorado de vos", y eso puede ser un problema a veces. El amor no es ayudar siempre a todos. Esto ya puede ser más espinoso, pero quiero insistir: el amor no es ayudar siempre a todos. Tampoco, por supuesto, complacer siempre a todos. Y aunque alguien pueda querer apedrearme por esto, el amor no es descuidar mi vida por otros. Voy a explayarme un poco más sobre esto un poco más abajo, pero el amor no es descuidar mi vida por otros.
Pero entonces, ¿qué es el amor? Sabemos que tiene que ver con interesarnos por otros, y sabemos de muchos pasajes que describen al amor, pero en ningún lugar parecería estar definido. Sin embargo, Pablo nos dejó, inspirado por el Espíritu, una perlita:
"Llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento. No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad, consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás" (Filipenses 2:2-4).
Entonces, creo que la definición bíblica de amor aparece acá bastante clara, y es coherente con lo que podemos ir recogiendo de las enseñanzas del resto de la Biblia:
+Amor es velar por las necesidades e intereses de otros, además de por las propias.
Esto implica muchísimas cosas: una persona que da frutos es una persona que cuida de sí misma, que se ocupa de sí misma, que se ama a sí misma, en este sentido. Una persona que está contenta consigo misma. Dios mismo considera que somos hermosos y dignos de ser amados (Isaías 43:4). Pero una vez que tengo cubierta la cuota adecuada (no más, pero tampoco menos) de amor hacia mí mismo, dar fruto significa que amo a los demás como a mí mismo. Es decir, que realmente (y esto es fundamental, realmente) me interesan las necesidades e intereses de los que tengo alrededor, o de los que se cruzan en mi camino. Esto es algo que no se puede obligar a sentir. No puedo pretender que me interesan. Si no me interesan, es un problema, pero que se resuelve desde el interior, desde el corazón, y no desde la conducta, o no sólo ni principalmente desde la conducta. Si cambio la conducta pero no cambio el corazón, mi amor es falso. Y Jesús es claro en eso (Lucas 11:39).
Entonces, ya sabemos cómo es esta característica del fruto. La pregunta es, ¿por qué puede ser que me esté faltando este "sabor" del fruto en mi vida? ¿Por qué puede ser que me esté costando interesarme genuinamente en los demás? Y ojo, es verdad que es un problema "serio", pero no es para desesperar. Recordemos que Dios nos ama incondicionalmente, y que nuestra salvación es por fe en la obra de Cristo, de principio a fin. Así que si nos falta una característica fundamental de un discípulo de Jesús, así y todo estamos salvados y aceptados, y seguimos siendo para Dios preciosos y dignos de honra. Pero seguramente, si amás a Dios y tenés este problema, te gustaría entender por qué, y hacer algo al respecto.
Bueno, cuando vemos lo que los psicólogos cristianos observan, podemos ver que la raíz de la falta de amor en nosotros es justamente, la falta de amor. Es decir, nos cuesta amar porque no tenemos suficiente "gasolina" de amor. El combustible del amor es el amor. Alguno puede pensar "pero yo creo firmemente que Dios me ama, y sin embargo me cuesta amar". Sí, pero muchas veces creemos con la cabeza y no con el corazón. Porque al corazón no lo podemos obligar. Si no recibimos suficiente amor de afuera, de las personas, a lo largo de nuestra vida, o lo recibimos de forma condicional o manchada de cosas que no eran amor, es muy lógico que nos cueste amar. Muchas veces nos convencemos a nosotros mismos de que creemos en el amor de Dios porque eso es lo cristianamente correcto. Sin embargo, Dios no tiene miedo de que no creamos en su amor. Al contrario, quiere que podamos aceptarlo, para poder empezar a hacer algo al respecto.
Entonces, a veces nos falta amor. ¿Cómo se manifiesta eso, o cómo afecta? Por un lado, puede que tengamos heridas de nuestro pasado sin sanar. Sobre todo, heridas que nos quedaron de cuando éramos chicos. Si fuimos muy lastimados, y nunca resolvimos ese dolor, podemos estar sufriendo silenciosamente, incluso sin darnos cuenta. Por ahí nos enseñaron que estar sufriendo estaba mal, entonces lo fuimos tapando hasta no verlo ni nosotros (y no hablo en abstracto, esto es perfectamente real). Si estamos sufriendo, nuestra cabeza, queramos o no, no tiene espacio para ocuparse de los demás porque está ocupada en mantener esta coraza que nos protege del sufrimiento. Hasta que no nos pongamos a ver cuál es ese dolor, no tenemos cabeza para ocuparnos de los demás.
También puede ser que hayamos experimentado mucho rechazo en nuestro pasado. En este caso, nos quedamos con miedo de ser rechazados otra vez, y entonces nos escondemos, desconfiamos de los demás, no nos abrimos afectivamente y eso nos impide relacionarnos también con las necesidades del otro. Nos volvemos, sin darnos cuenta, insensibles a lo que le pasa al otro. Cuando nos cuentan algo, no podemos abrirnos a recibir la experiencia del otro, sobre todo si se pisa con la nuestra, porque nos hace sentir que somos rechazados por lo que el otro siente, o porque estamos muy metidos en nuestra propia experiencia sobre el tema. Es particularmente difícil si lo que siente el otro tiene que ver con algo que yo estoy haciendo mal, o con algo de mí que al otro lo está afectando. Pero no sólo en esos casos.
Finalmente, puede ser que tenga pecados sin resolver. Es decir, puede que haya hecho cosas feas en el pasado que nunca pude confesarle a nadie por miedo, justamente, al rechazo, o al castigo, o al aislamiento o lo que fuera. Y en el fondo, siento que soy condenado por esos pecados. Justamente porque al no sacarlos a la luz, nunca experimenté un perdón exterior sobre eso. Y por lo tanto, difícilmente pueda perdonarme yo, o sentir que Dios me perdona realmente. Esto me hace vivir con culpa. Incluso, no siempre son pecados reales. A veces nos hicieron sentir que ciertas cosas eran condenables, o que nosotros éramos condenables por ciertas cosas, que para Dios no tienen nada de malo. Y nadie nunca nos dijo que para Dios no tienen nada de malo, entonces cargamos con la culpa y la condena por algo que ni siquiera es condenable.
Muchas veces, por causa de estas cosas, nos vamos al otro extremo de la falta de amor, que es la falta de límites. Decimos que sí a todo porque tenemos miedo de perder el amor de otros si decimos que no. Terminamos diciendo que sí a cosas que realmente no queremos, con lo cual o nos desgastamos terriblemente, y nos llenamos de resentimiento contra esas personas que "nos roban" tiempo, energía, etc. (no es que realmente nos roben, sino que nosotros les entregamos todo por miedo); o decimos que no a todo, y ponemos murallas contra los demás, justamente para que no nos "roben" el poco amor y la poca energía que tenemos.
Ahora, ¿qué se puede hacer frente a esto? ¿Cuál es el camino para aprender a amar? Es importante entender que no alcanza con forzarnos a salir de nosotros mismos, porque la motivación es incorrecta en el fondo. Seguiríamos haciéndolo, incluso sin saberlo, por miedo: por miedo a que nos dejen de querer por no ser suficientemente amorosos, o por miedo a que Dios nos rechace por no ser suficientemente amorosos. Necesitamos cubrir nuestra necesidad de amor antes de poder realmente amar más o mejor a otros. Si empezamos a hacer eso, entonces sí está bueno y es útil, al mismo tiempo, tratar de cambiar las conductas. ¿Cómo llenamos nuestra necesidad de amor?
La respuesta es: vinculándonos. Dios nos creó como seres comunitarios. El amor de Dios nos llega, en gran medida, a través de los demás, porque Dios así lo dispuso. Cuando nos amamos entre nosotros, aparece en la escena concreta y material el amor de Dios (1 Juan 4:12). Y para recibirlo, necesitamos hacer algunas cosas: en primer lugar, encontrar personas con las que nos sintamos seguros, que sepamos que no nos van a juzgar por lo que podamos traer a la luz. Especialmente porque necesitamos dejar de escondernos de los demás para recibir amor. En segundo lugar, necesitamos atrevernos a mostrarnos vulnerables con estas personas, permitirnos dejar de querer ser fuertes y de demostrar que nuestra vida está en orden, y que estamos "bien", y permitirnos mostrar nuestros costados débiles, esos que nos dan vergüenza. Mostrar que en realidad sí lloramos, que sí estamos tristes, que sí tenemos miedos (incluso esos miedos que sentimos que son "tontos"), que sí nos sentimos ridículos, que sí sentimos que no valemos nada, que sí sentimos que nadie nos quiere, o lo que sea que realmente estemos sintiendo en el fondo. A veces necesitamos ayuda de gente más experimentada para darnos cuenta de lo que realmente sentimos (un consejero, un psicólogo, un pastor, etc).
Y finalmente, necesitamos confesar esos pecados que sentimos que son imperdonables. Porque "a quien poco se le perdona, poco ama" (Lucas 7:47). Necesitamos poder sentirnos aceptados y queridos por las personas a pesar de nuestros pecados y defectos. Si no, no podemos sentirnos plenamente aceptados y perdonados por Dios en el fondo. Y esto traba nuestras fuentes de amor.
Es importantísimo entender esto. Es en las relaciones donde, a través de las heridas y la condicionalidad, se origina nuestra falta de amor; y por lo tanto es sólo en las relaciones donde sanamos y nos nutrimos de amor. Dios así lo dispuso. Necesitamos vincularnos en relaciones seguras donde el vínculo no esté en juego al exponernos, al revelar lo que sentimos e incluso al decir que no. Sólo así podemos aprender a amar, si tenemos problemas con eso. Sólo al sentir que no estamos solos en la vida y que nuestras necesidades e intereses son valiosos para alguien podemos empezar a sentir que las necesidades e intereses de los demás son valiosos para nosotros.
Y acá quiero terminar aclarando algo: el amor sacrificial es bíblico. Pero Jesús no entregó su vida porque sí. Él entregó su vida porque esa era la única manera de salvar a la humanidad. Jesús muchas veces dijo que no. Y amar sacrificialmente, servir sacrificialmente, y demás, no es algo que deberíamos hacer sin ganas. "Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana ni por obligación" (2 Corintios 9:7). Si estamos dando poco, habrá que ver en todo caso qué pasa en mi corazón que no puedo interesarme más por el otro (heridas, rechazo, culpa, etc.). Pero no creer (ni enseñar) que Dios condena al que no se sacrifica por otros, como muchas veces pareciera que se enseña. Seamos comprensivos y compasivos con los que, por no tener suficiente amor adentro, no pueden dar más de sí mismos. Porque Jesús, otra vez, lo establece claramente: "vayan y aprendan lo que significa: "Lo que quiero de ustedes es misericordia y no sacrificios."" (Mateo 9:13).
Entonces, para terminar, el amor es ocuparme de mis necesidades e intereses, y también de los de los demás. Dios produce esto en nosotros al amarnos incondicionalmente y darnos perdón y aceptación, por sí mismo y a través de otros. Las relaciones son el recurso principal a través del cual él nos hace llegar ese amor, produciendo ese fruto en nosotros. No podemos producir fruto de amor si no estamos conectados al árbol de amor (el cuerpo de Cristo, la comunidad). Si tenemos envidia, rencor, desinterés o indiferencia por otros, necesitamos revisar qué nos pasa dentro, ver qué heridas, miedos y culpas tenemos y buscar relaciones seguras donde exponer esas cosas y recibir aceptación. Así, vamos a llenar nuestro tanque de amor y, les puedo asegurar por experiencia propia, vamos a empezar a tener un corazón más genuinamente interesado en el otro, en sus intereses y necesidades, y compasivo.
Que el Dios de amor incondicional nos haga sentir su presencia, su perdón, y su aceptación, que nos provea esas relaciones que necesitamos y que nos hacen falta, y que haga brotar de nosotros manantiales abundantes de amor para proveer también ese amor incondicional a los que nos rodean, creando una reacción en cadena de frutos de amor, y mostrando así al mundo su gloria. ¡Amén!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Algunos libros de referencia:
- Henry Cloud, Cambios que sanan, Editorial Vida (2003).
- Henry Cloud y John Townsend, Límites, Editorial Vida (2006).
- Henry Cloud, Integridad, Editorial Vida (2008).
- Anselm Grün, Límites sanadores, Bonum (2005).
En la reflexión pasada, introduciendo el tema, decía que nuestras vidas fueron creadas por Dios para dar fruto, que quiere decir, básicamente, tener vidas que impactan positivamente a nuestro alrededor, y a la vez, vidas que podemos disfrutar nosotros mismos. En Eclesiastés 3:12-14 vimos que lo mejor que podemos hacer, en otras palabras, la voluntad de Dios para nuestras vidas, es hacer el bien y alegrarnos, es decir, disfrutar, y que a eso no hay nada que agregarle ni quitarle. En estos días descubrí que esto es perfectamente coherente con la muy breve descripción de la voluntad de Dios en Romanos 12:2, "buena, agradable y perfecta" ("buena": "hacer el bien"; "agradable": "alegrarse"; "perfecta": "nada que añadirle ni quitarle"). Y todo esto es un don de Dios, un regalo suyo, es decir, él mismo lo hace en nosotros.
Sin embargo, decíamos, nosotros tenemos una responsabilidad, que es cuidar de ese regalo, cultivar ese fruto. Y entonces traje a la reflexión el pasaje de Gálatas 5:22-23, "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio". Hoy quisiera expandir un poco la cuestión del amor.
La palabra griega para "amor" en este pasaje, AGAPE, es bastante conocida, y se dice mucho sobre ella. Está asociada al amor desinteresado y sacrificial de Dios hacia nosotros. Pero quiero empezar por aclarar qué cosas no son amor, porque creo que en nuestra cultura tenemos un concepto bastante errado de lo que es el amor, incluso de lo que es no amar, y eso puede filtrarse con facilidad en nuestra interpretación del concepto bíblico de amor.
Cuando observamos el cuadro bíblico general sobre el amor, descubrimos cosas bastante interesantes. En primer lugar, el amor no es una emoción. Insisto: el amor no es una emoción. Involucra nuestras emociones, pero no es en sí una emoción. El amor no es lo mismo, obviamente, que estar enamorado, en el sentido que solemos usarlo. "Te amo" quiere decir mucho más que "estoy enamorado de vos", y eso puede ser un problema a veces. El amor no es ayudar siempre a todos. Esto ya puede ser más espinoso, pero quiero insistir: el amor no es ayudar siempre a todos. Tampoco, por supuesto, complacer siempre a todos. Y aunque alguien pueda querer apedrearme por esto, el amor no es descuidar mi vida por otros. Voy a explayarme un poco más sobre esto un poco más abajo, pero el amor no es descuidar mi vida por otros.
Pero entonces, ¿qué es el amor? Sabemos que tiene que ver con interesarnos por otros, y sabemos de muchos pasajes que describen al amor, pero en ningún lugar parecería estar definido. Sin embargo, Pablo nos dejó, inspirado por el Espíritu, una perlita:
"Llénenme de alegría teniendo un mismo parecer, un mismo amor, unidos en alma y pensamiento. No hagan nada por egoísmo o vanidad; más bien, con humildad, consideren a los demás como superiores a ustedes mismos. Cada uno debe velar no sólo por sus propios intereses sino también por los intereses de los demás" (Filipenses 2:2-4).
Entonces, creo que la definición bíblica de amor aparece acá bastante clara, y es coherente con lo que podemos ir recogiendo de las enseñanzas del resto de la Biblia:
+Amor es velar por las necesidades e intereses de otros, además de por las propias.
Esto implica muchísimas cosas: una persona que da frutos es una persona que cuida de sí misma, que se ocupa de sí misma, que se ama a sí misma, en este sentido. Una persona que está contenta consigo misma. Dios mismo considera que somos hermosos y dignos de ser amados (Isaías 43:4). Pero una vez que tengo cubierta la cuota adecuada (no más, pero tampoco menos) de amor hacia mí mismo, dar fruto significa que amo a los demás como a mí mismo. Es decir, que realmente (y esto es fundamental, realmente) me interesan las necesidades e intereses de los que tengo alrededor, o de los que se cruzan en mi camino. Esto es algo que no se puede obligar a sentir. No puedo pretender que me interesan. Si no me interesan, es un problema, pero que se resuelve desde el interior, desde el corazón, y no desde la conducta, o no sólo ni principalmente desde la conducta. Si cambio la conducta pero no cambio el corazón, mi amor es falso. Y Jesús es claro en eso (Lucas 11:39).
Entonces, ya sabemos cómo es esta característica del fruto. La pregunta es, ¿por qué puede ser que me esté faltando este "sabor" del fruto en mi vida? ¿Por qué puede ser que me esté costando interesarme genuinamente en los demás? Y ojo, es verdad que es un problema "serio", pero no es para desesperar. Recordemos que Dios nos ama incondicionalmente, y que nuestra salvación es por fe en la obra de Cristo, de principio a fin. Así que si nos falta una característica fundamental de un discípulo de Jesús, así y todo estamos salvados y aceptados, y seguimos siendo para Dios preciosos y dignos de honra. Pero seguramente, si amás a Dios y tenés este problema, te gustaría entender por qué, y hacer algo al respecto.
Bueno, cuando vemos lo que los psicólogos cristianos observan, podemos ver que la raíz de la falta de amor en nosotros es justamente, la falta de amor. Es decir, nos cuesta amar porque no tenemos suficiente "gasolina" de amor. El combustible del amor es el amor. Alguno puede pensar "pero yo creo firmemente que Dios me ama, y sin embargo me cuesta amar". Sí, pero muchas veces creemos con la cabeza y no con el corazón. Porque al corazón no lo podemos obligar. Si no recibimos suficiente amor de afuera, de las personas, a lo largo de nuestra vida, o lo recibimos de forma condicional o manchada de cosas que no eran amor, es muy lógico que nos cueste amar. Muchas veces nos convencemos a nosotros mismos de que creemos en el amor de Dios porque eso es lo cristianamente correcto. Sin embargo, Dios no tiene miedo de que no creamos en su amor. Al contrario, quiere que podamos aceptarlo, para poder empezar a hacer algo al respecto.
Entonces, a veces nos falta amor. ¿Cómo se manifiesta eso, o cómo afecta? Por un lado, puede que tengamos heridas de nuestro pasado sin sanar. Sobre todo, heridas que nos quedaron de cuando éramos chicos. Si fuimos muy lastimados, y nunca resolvimos ese dolor, podemos estar sufriendo silenciosamente, incluso sin darnos cuenta. Por ahí nos enseñaron que estar sufriendo estaba mal, entonces lo fuimos tapando hasta no verlo ni nosotros (y no hablo en abstracto, esto es perfectamente real). Si estamos sufriendo, nuestra cabeza, queramos o no, no tiene espacio para ocuparse de los demás porque está ocupada en mantener esta coraza que nos protege del sufrimiento. Hasta que no nos pongamos a ver cuál es ese dolor, no tenemos cabeza para ocuparnos de los demás.
También puede ser que hayamos experimentado mucho rechazo en nuestro pasado. En este caso, nos quedamos con miedo de ser rechazados otra vez, y entonces nos escondemos, desconfiamos de los demás, no nos abrimos afectivamente y eso nos impide relacionarnos también con las necesidades del otro. Nos volvemos, sin darnos cuenta, insensibles a lo que le pasa al otro. Cuando nos cuentan algo, no podemos abrirnos a recibir la experiencia del otro, sobre todo si se pisa con la nuestra, porque nos hace sentir que somos rechazados por lo que el otro siente, o porque estamos muy metidos en nuestra propia experiencia sobre el tema. Es particularmente difícil si lo que siente el otro tiene que ver con algo que yo estoy haciendo mal, o con algo de mí que al otro lo está afectando. Pero no sólo en esos casos.
Finalmente, puede ser que tenga pecados sin resolver. Es decir, puede que haya hecho cosas feas en el pasado que nunca pude confesarle a nadie por miedo, justamente, al rechazo, o al castigo, o al aislamiento o lo que fuera. Y en el fondo, siento que soy condenado por esos pecados. Justamente porque al no sacarlos a la luz, nunca experimenté un perdón exterior sobre eso. Y por lo tanto, difícilmente pueda perdonarme yo, o sentir que Dios me perdona realmente. Esto me hace vivir con culpa. Incluso, no siempre son pecados reales. A veces nos hicieron sentir que ciertas cosas eran condenables, o que nosotros éramos condenables por ciertas cosas, que para Dios no tienen nada de malo. Y nadie nunca nos dijo que para Dios no tienen nada de malo, entonces cargamos con la culpa y la condena por algo que ni siquiera es condenable.
Muchas veces, por causa de estas cosas, nos vamos al otro extremo de la falta de amor, que es la falta de límites. Decimos que sí a todo porque tenemos miedo de perder el amor de otros si decimos que no. Terminamos diciendo que sí a cosas que realmente no queremos, con lo cual o nos desgastamos terriblemente, y nos llenamos de resentimiento contra esas personas que "nos roban" tiempo, energía, etc. (no es que realmente nos roben, sino que nosotros les entregamos todo por miedo); o decimos que no a todo, y ponemos murallas contra los demás, justamente para que no nos "roben" el poco amor y la poca energía que tenemos.
Ahora, ¿qué se puede hacer frente a esto? ¿Cuál es el camino para aprender a amar? Es importante entender que no alcanza con forzarnos a salir de nosotros mismos, porque la motivación es incorrecta en el fondo. Seguiríamos haciéndolo, incluso sin saberlo, por miedo: por miedo a que nos dejen de querer por no ser suficientemente amorosos, o por miedo a que Dios nos rechace por no ser suficientemente amorosos. Necesitamos cubrir nuestra necesidad de amor antes de poder realmente amar más o mejor a otros. Si empezamos a hacer eso, entonces sí está bueno y es útil, al mismo tiempo, tratar de cambiar las conductas. ¿Cómo llenamos nuestra necesidad de amor?
La respuesta es: vinculándonos. Dios nos creó como seres comunitarios. El amor de Dios nos llega, en gran medida, a través de los demás, porque Dios así lo dispuso. Cuando nos amamos entre nosotros, aparece en la escena concreta y material el amor de Dios (1 Juan 4:12). Y para recibirlo, necesitamos hacer algunas cosas: en primer lugar, encontrar personas con las que nos sintamos seguros, que sepamos que no nos van a juzgar por lo que podamos traer a la luz. Especialmente porque necesitamos dejar de escondernos de los demás para recibir amor. En segundo lugar, necesitamos atrevernos a mostrarnos vulnerables con estas personas, permitirnos dejar de querer ser fuertes y de demostrar que nuestra vida está en orden, y que estamos "bien", y permitirnos mostrar nuestros costados débiles, esos que nos dan vergüenza. Mostrar que en realidad sí lloramos, que sí estamos tristes, que sí tenemos miedos (incluso esos miedos que sentimos que son "tontos"), que sí nos sentimos ridículos, que sí sentimos que no valemos nada, que sí sentimos que nadie nos quiere, o lo que sea que realmente estemos sintiendo en el fondo. A veces necesitamos ayuda de gente más experimentada para darnos cuenta de lo que realmente sentimos (un consejero, un psicólogo, un pastor, etc).
Y finalmente, necesitamos confesar esos pecados que sentimos que son imperdonables. Porque "a quien poco se le perdona, poco ama" (Lucas 7:47). Necesitamos poder sentirnos aceptados y queridos por las personas a pesar de nuestros pecados y defectos. Si no, no podemos sentirnos plenamente aceptados y perdonados por Dios en el fondo. Y esto traba nuestras fuentes de amor.
Es importantísimo entender esto. Es en las relaciones donde, a través de las heridas y la condicionalidad, se origina nuestra falta de amor; y por lo tanto es sólo en las relaciones donde sanamos y nos nutrimos de amor. Dios así lo dispuso. Necesitamos vincularnos en relaciones seguras donde el vínculo no esté en juego al exponernos, al revelar lo que sentimos e incluso al decir que no. Sólo así podemos aprender a amar, si tenemos problemas con eso. Sólo al sentir que no estamos solos en la vida y que nuestras necesidades e intereses son valiosos para alguien podemos empezar a sentir que las necesidades e intereses de los demás son valiosos para nosotros.
Y acá quiero terminar aclarando algo: el amor sacrificial es bíblico. Pero Jesús no entregó su vida porque sí. Él entregó su vida porque esa era la única manera de salvar a la humanidad. Jesús muchas veces dijo que no. Y amar sacrificialmente, servir sacrificialmente, y demás, no es algo que deberíamos hacer sin ganas. "Cada uno debe dar según lo que haya decidido en su corazón, no de mala gana ni por obligación" (2 Corintios 9:7). Si estamos dando poco, habrá que ver en todo caso qué pasa en mi corazón que no puedo interesarme más por el otro (heridas, rechazo, culpa, etc.). Pero no creer (ni enseñar) que Dios condena al que no se sacrifica por otros, como muchas veces pareciera que se enseña. Seamos comprensivos y compasivos con los que, por no tener suficiente amor adentro, no pueden dar más de sí mismos. Porque Jesús, otra vez, lo establece claramente: "vayan y aprendan lo que significa: "Lo que quiero de ustedes es misericordia y no sacrificios."" (Mateo 9:13).
Entonces, para terminar, el amor es ocuparme de mis necesidades e intereses, y también de los de los demás. Dios produce esto en nosotros al amarnos incondicionalmente y darnos perdón y aceptación, por sí mismo y a través de otros. Las relaciones son el recurso principal a través del cual él nos hace llegar ese amor, produciendo ese fruto en nosotros. No podemos producir fruto de amor si no estamos conectados al árbol de amor (el cuerpo de Cristo, la comunidad). Si tenemos envidia, rencor, desinterés o indiferencia por otros, necesitamos revisar qué nos pasa dentro, ver qué heridas, miedos y culpas tenemos y buscar relaciones seguras donde exponer esas cosas y recibir aceptación. Así, vamos a llenar nuestro tanque de amor y, les puedo asegurar por experiencia propia, vamos a empezar a tener un corazón más genuinamente interesado en el otro, en sus intereses y necesidades, y compasivo.
Que el Dios de amor incondicional nos haga sentir su presencia, su perdón, y su aceptación, que nos provea esas relaciones que necesitamos y que nos hacen falta, y que haga brotar de nosotros manantiales abundantes de amor para proveer también ese amor incondicional a los que nos rodean, creando una reacción en cadena de frutos de amor, y mostrando así al mundo su gloria. ¡Amén!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Algunos libros de referencia:
- Henry Cloud, Cambios que sanan, Editorial Vida (2003).
- Henry Cloud y John Townsend, Límites, Editorial Vida (2006).
- Henry Cloud, Integridad, Editorial Vida (2008).
- Anselm Grün, Límites sanadores, Bonum (2005).
miércoles, 24 de agosto de 2016
Vidas que dan frutos
Hola a todos. Hace un tiempo me tocó dar una especie de charla sobre un tema que creo que en las iglesias se habla bastante, y hay varios libros dando vueltas, pero que pienso que muchas veces se entiende de una manera inapropiada. Me gustaría hacer una mirada más detenida y profunda, y plantear otra forma posible de entenderlo, que me parece más realista y más aplicable.
El tema es, ¿qué es una vida fructífera? ¿Qué es dar fruto?
No pretendo agotar el tema, ni nada. De hecho, en última instancia, esto no es más que simplemente una reflexión. Pero me gustaría empezar pensando en lo que no es tener una vida fructífera, según el cuadro general que muestra la biblia. Tener una vida fructífera no es ser exitoso, ni que te vaya bien en todo. Tampoco quiere decir ser perfectos. Cualquiera de estas dos cosas me parecen un verdadero error de comprensión, que sin embargo se nos mezclan muy seguido, me parece, con esta idea de ser fructíferos.
Si lo pensamos desde la idea de "fruto", en una árbol, el fruto representa, por un lado, parte de su propósito, podríamos decir que es lo trascendente del árbol. Es de donde van a salir sus retoños. Entonces, dar fruto parecería ser cumplir los propósitos de Dios para nosotros. Esto parece algo muy general y vago, pero la biblia nos muestra una y otra vez diferentes propósitos que como seres humanos tenemos. Fuimos creados de determinada manera, para funcionar de determinadas formas y para hacer determinadas cosas. Fuimos incluso llamados al reino para vivir de cierta forma, y eso es parte de nuestro propósito en este mundo, por el hecho de ser humanos.
Por otro lado, el fruto suele ser la parte del árbol que se puede saborear, que nos puede alimentar, que podemos disfrutar. Acá me parece que está la segunda cosa, el disfrute. De hecho, en nuestro idioma, las palabras "fruto" y "disfrutar" están emparentadas.
Entonces, una vida que da fruto es una vida que cumple su propósito, y que a la vez se disfruta.
"Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y sé también que es un don de Dios que coma o beba, y que disfrute de todos sus afanes. Sé además que todo lo que Dios ha hecho permanece para siempre; que no hay nada que añadirle ni quitarle; y que Dios lo hizo así para que se le tema".
Eclesiastés 3:12-14
Creo que en este pasaje se ve claramente que disfrutar ("alegrarse") y cumplir con nuestro propósito divino ("hacer el bien") son lo mejor que nos puede tocar en esta vida. Es decir, tener una vida fructífera puede resumirse bíblicamente en esas dos cosas. "Nada hay mejor para el hombre". Ahora, disfrutar de nuestra vida, además, es algo que Dios produce en nosotros, es decir, no es que vamos a disfrutar sólo por esforzarnos más o por casualidad, sino que Dios lo hace en nosotros. "Es un don de Dios". Es un don que permanece para siempre, y que si lo recibimos, está completo. "No hay nada que añadirle ni quitarle". Por último, el pasaje nos revela cual es el sentido de recibir este don, y es, básicamente, darse a conocer a sí mismo, y que quede claro que él es Dios, y qué clase de Dios él es.
Estas cosas las voy a ir retomando más adelante, pero quiero decir primero un par de cosas más. Si quiero tener un árbol que dé frutos, hay ciertas cosas que tengo que hacer. Lo mismo pasa con nuestras vidas. Que este fruto sea don de Dios, no quiere decir que nosotros no tengamos ninguna responsabilidad en desarrollarlo y mantenerlo. De hecho, de eso se tratan estas reflexiones. De cuidar, regar, podar y mantener el fruto que Dios produce en nosotros. Dios es el que hace crecer ese fruto, y es el que decide el ritmo de su crecimiento y la forma del fruto. De hecho, la forma del fruto es básicamente su carácter, que él va desarrollando en nosotros (Romanos 8:29).
Entonces, Dios nos creó y nos llamó a su reino para que demos fruto, y para que disfrutemos de nuestra vida. También para que otros puedan disfrutar al formar parte de nuestras vidas. Dios quiere que tengamos vidas que dan fruto. Ahora, hay tres situaciones posibles: que no demos fruto, esos momentos de nuestras vidas en los que estamos trabados, y sentimos que no vamos ni para un lado, ni para el otro, y que no impactamos para nada en nuestro entorno; que demos fruto feo, como cuando sentimos que no podemos disfrutar de nuestra vida, y que impactamos a nuestro alrededor de manera negativa; y que demos fruto rico, como cuando llegamos a sentir que nuestra vida está buena, y vemos que causamos a nuestro alrededor también un lindo impacto. El deseo de Dios parecería ser que cada vez más, demos este tipo de fruto, rico, provechoso. A él le encanta que demos fruto rico y abundante (Juan 10:10).
A ese fruto rico y abundante, la biblia lo llama "el fruto del Espíritu". Lo encontramos descrito en el famoso pasaje de Gálatas 5:22-23: "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio". Muchas veces se habla de este pasaje como una guía para nuestra conducta, para cómo debemos comportarnos para parecernos a Cristo. Sin embargo, quiero resaltar dos cosas: no es fruto de nuestro esfuerzo, es fruto del Espíritu. Es decir, es Dios el que va generando en nosotros estas cosas. Y lo otro: si bien es cierto que tenemos responsabilidad en formar nuestro carácter, no todo es conducta, y deberíamos trabajar primero en nuestro corazón si esperamos desarrollar determinada conducta sana. Cristo es claro en esto: "del corazón humano salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias" (Mateo 15:19). Podemos esforzarnos todo lo que queramos en tener las conductas apropiadas, pero si no descubrimos por qué tenemos las conductas mal, y no trabajamos eso que nos mueve a comportarnos así (que generalmente son heridas o malos aprendizajes del pasado), es inútil, y tarde o temprano vamos a volver a dar malos frutos por ese mismo lado o por otro.
Lo que quiero plantear, entonces, es que lo que necesitamos hacer es entender qué características tiene el fruto del Espíritu (qué "sabor" tiene), cómo se ve cada una de esas características, qué trabas solemos tener para dar un fruto con esas características bien desarrolladas, y qué podemos hacer para obtener un fruto de mejor calidad, es decir, para dar un mejor fruto. No esperemos perfección: como dije antes, dar fruto no es ser perfecto. Sepamos que es un trabajo permanente, vamos y venimos, y cosas que teníamos muy claras puede que de repente tengamos que volver a ajustarlas. Y tenemos que pensar que cualquiera de estas características, si es forzada, es peor: caemos en la hipocresía o en los extremos no sanos. La manera correcta de desarrollar estas características es destrabarlas desde nuestro interior, y dejar que, justamente, el Espíritu trabaje en nosotros. Y confiar en que Dios quiere esto para nosotros, de modo que no es imposible. Todo lo contrario, está asegurado que vamos a poder desarrollar vidas cada vez más fructíferas. Dios nos ama, y quiere darnos una vida abundante. Quiere darse a conocer a nosotros, y también en nosotros.
A partir de la próxima publicación, voy a ir pasando por cada una de las nueve características del pasaje de Gálatas, y respondiéndonos esas tres preguntas, sobre la forma del fruto, las trabas que tenemos y lo que podemos hacer para destrabarnos. Dios está con nosotros. No descansemos en nuestras fuerzas y capacidad para "sostener" ese carácter de Cristo, y al mismo tiempo no nos olvidemos de que Dios no se cansa de hacer su obra en nosotros, precisamente, para que quede claro que él es Dios, y qué clase de Dios él es: un Dios de amor, un Dios fiel, un Dios bueno y nuestro creador.
Que el Dios que nos creó nos llene del Espíritu para que podamos preparar nuestros corazones para la obra que él quiere hacer en nosotros, y para que entendamos que el fruto de nuestra vida no depende de nuestro esfuerzo, sino de su guía, su poder y su amor, que forman en nosotros el carácter de Cristo. ¡Amén!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
El tema es, ¿qué es una vida fructífera? ¿Qué es dar fruto?
No pretendo agotar el tema, ni nada. De hecho, en última instancia, esto no es más que simplemente una reflexión. Pero me gustaría empezar pensando en lo que no es tener una vida fructífera, según el cuadro general que muestra la biblia. Tener una vida fructífera no es ser exitoso, ni que te vaya bien en todo. Tampoco quiere decir ser perfectos. Cualquiera de estas dos cosas me parecen un verdadero error de comprensión, que sin embargo se nos mezclan muy seguido, me parece, con esta idea de ser fructíferos.
Si lo pensamos desde la idea de "fruto", en una árbol, el fruto representa, por un lado, parte de su propósito, podríamos decir que es lo trascendente del árbol. Es de donde van a salir sus retoños. Entonces, dar fruto parecería ser cumplir los propósitos de Dios para nosotros. Esto parece algo muy general y vago, pero la biblia nos muestra una y otra vez diferentes propósitos que como seres humanos tenemos. Fuimos creados de determinada manera, para funcionar de determinadas formas y para hacer determinadas cosas. Fuimos incluso llamados al reino para vivir de cierta forma, y eso es parte de nuestro propósito en este mundo, por el hecho de ser humanos.
Por otro lado, el fruto suele ser la parte del árbol que se puede saborear, que nos puede alimentar, que podemos disfrutar. Acá me parece que está la segunda cosa, el disfrute. De hecho, en nuestro idioma, las palabras "fruto" y "disfrutar" están emparentadas.
Entonces, una vida que da fruto es una vida que cumple su propósito, y que a la vez se disfruta.
"Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y sé también que es un don de Dios que coma o beba, y que disfrute de todos sus afanes. Sé además que todo lo que Dios ha hecho permanece para siempre; que no hay nada que añadirle ni quitarle; y que Dios lo hizo así para que se le tema".
Eclesiastés 3:12-14
Creo que en este pasaje se ve claramente que disfrutar ("alegrarse") y cumplir con nuestro propósito divino ("hacer el bien") son lo mejor que nos puede tocar en esta vida. Es decir, tener una vida fructífera puede resumirse bíblicamente en esas dos cosas. "Nada hay mejor para el hombre". Ahora, disfrutar de nuestra vida, además, es algo que Dios produce en nosotros, es decir, no es que vamos a disfrutar sólo por esforzarnos más o por casualidad, sino que Dios lo hace en nosotros. "Es un don de Dios". Es un don que permanece para siempre, y que si lo recibimos, está completo. "No hay nada que añadirle ni quitarle". Por último, el pasaje nos revela cual es el sentido de recibir este don, y es, básicamente, darse a conocer a sí mismo, y que quede claro que él es Dios, y qué clase de Dios él es.
Estas cosas las voy a ir retomando más adelante, pero quiero decir primero un par de cosas más. Si quiero tener un árbol que dé frutos, hay ciertas cosas que tengo que hacer. Lo mismo pasa con nuestras vidas. Que este fruto sea don de Dios, no quiere decir que nosotros no tengamos ninguna responsabilidad en desarrollarlo y mantenerlo. De hecho, de eso se tratan estas reflexiones. De cuidar, regar, podar y mantener el fruto que Dios produce en nosotros. Dios es el que hace crecer ese fruto, y es el que decide el ritmo de su crecimiento y la forma del fruto. De hecho, la forma del fruto es básicamente su carácter, que él va desarrollando en nosotros (Romanos 8:29).
Entonces, Dios nos creó y nos llamó a su reino para que demos fruto, y para que disfrutemos de nuestra vida. También para que otros puedan disfrutar al formar parte de nuestras vidas. Dios quiere que tengamos vidas que dan fruto. Ahora, hay tres situaciones posibles: que no demos fruto, esos momentos de nuestras vidas en los que estamos trabados, y sentimos que no vamos ni para un lado, ni para el otro, y que no impactamos para nada en nuestro entorno; que demos fruto feo, como cuando sentimos que no podemos disfrutar de nuestra vida, y que impactamos a nuestro alrededor de manera negativa; y que demos fruto rico, como cuando llegamos a sentir que nuestra vida está buena, y vemos que causamos a nuestro alrededor también un lindo impacto. El deseo de Dios parecería ser que cada vez más, demos este tipo de fruto, rico, provechoso. A él le encanta que demos fruto rico y abundante (Juan 10:10).
A ese fruto rico y abundante, la biblia lo llama "el fruto del Espíritu". Lo encontramos descrito en el famoso pasaje de Gálatas 5:22-23: "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio". Muchas veces se habla de este pasaje como una guía para nuestra conducta, para cómo debemos comportarnos para parecernos a Cristo. Sin embargo, quiero resaltar dos cosas: no es fruto de nuestro esfuerzo, es fruto del Espíritu. Es decir, es Dios el que va generando en nosotros estas cosas. Y lo otro: si bien es cierto que tenemos responsabilidad en formar nuestro carácter, no todo es conducta, y deberíamos trabajar primero en nuestro corazón si esperamos desarrollar determinada conducta sana. Cristo es claro en esto: "del corazón humano salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, la inmoralidad sexual, los robos, los falsos testimonios y las calumnias" (Mateo 15:19). Podemos esforzarnos todo lo que queramos en tener las conductas apropiadas, pero si no descubrimos por qué tenemos las conductas mal, y no trabajamos eso que nos mueve a comportarnos así (que generalmente son heridas o malos aprendizajes del pasado), es inútil, y tarde o temprano vamos a volver a dar malos frutos por ese mismo lado o por otro.
Lo que quiero plantear, entonces, es que lo que necesitamos hacer es entender qué características tiene el fruto del Espíritu (qué "sabor" tiene), cómo se ve cada una de esas características, qué trabas solemos tener para dar un fruto con esas características bien desarrolladas, y qué podemos hacer para obtener un fruto de mejor calidad, es decir, para dar un mejor fruto. No esperemos perfección: como dije antes, dar fruto no es ser perfecto. Sepamos que es un trabajo permanente, vamos y venimos, y cosas que teníamos muy claras puede que de repente tengamos que volver a ajustarlas. Y tenemos que pensar que cualquiera de estas características, si es forzada, es peor: caemos en la hipocresía o en los extremos no sanos. La manera correcta de desarrollar estas características es destrabarlas desde nuestro interior, y dejar que, justamente, el Espíritu trabaje en nosotros. Y confiar en que Dios quiere esto para nosotros, de modo que no es imposible. Todo lo contrario, está asegurado que vamos a poder desarrollar vidas cada vez más fructíferas. Dios nos ama, y quiere darnos una vida abundante. Quiere darse a conocer a nosotros, y también en nosotros.
A partir de la próxima publicación, voy a ir pasando por cada una de las nueve características del pasaje de Gálatas, y respondiéndonos esas tres preguntas, sobre la forma del fruto, las trabas que tenemos y lo que podemos hacer para destrabarnos. Dios está con nosotros. No descansemos en nuestras fuerzas y capacidad para "sostener" ese carácter de Cristo, y al mismo tiempo no nos olvidemos de que Dios no se cansa de hacer su obra en nosotros, precisamente, para que quede claro que él es Dios, y qué clase de Dios él es: un Dios de amor, un Dios fiel, un Dios bueno y nuestro creador.
Que el Dios que nos creó nos llene del Espíritu para que podamos preparar nuestros corazones para la obra que él quiere hacer en nosotros, y para que entendamos que el fruto de nuestra vida no depende de nuestro esfuerzo, sino de su guía, su poder y su amor, que forman en nosotros el carácter de Cristo. ¡Amén!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 10 de diciembre de 2015
El pacto de adoración
Hola a todos. Hubo una época, hace dos años más o menos, en la que vivía con una sensación de seguridad y de fuerza personal, de estar parado sobre un pilar sólido, con la certeza de que en toda tormenta de la vida, en toda situación difícil, iba a salir, de alguna forma, bien parado, porque Dios está conmigo. A veces, la imagen de salir bien parado aparecía en mi cabeza como lograr lo que me proponía, o solucionar el problema. Otras veces se me aparecía como permanecer firme a pesar de que las cosas salieran mal. Una especie de certeza de que, incluso lo que hoy salió mal, puede ser un paso para un bien mucho mayor que ni siquiera imagino ni puedo llegar a visualizar hoy.
Pero cuando me quise acordar, esa seguridad se había ido diluyendo casi hasta desaparecer, y yo ni siquiera me había dado cuenta del cambio. Me fui acostumbrando a vivir de otra manera, sin certeza, sin confianza, sin seguridad, sin ánimo. Como si de repente, mi vitalidad se hubiera apagado. Hace unas reflexiones hablaba de los "ríos de agua viva" que habían dejado de fluir. Durante varios meses me pregunté por qué, es decir, de qué manera, por qué causa. Cómo llegué a ese punto.
Hace poco, me crucé con un pasaje que me hizo empezar a entender algunas cosas:
"«El Señor su Dios expulsará a esas naciones de estas tierras, y ustedes tomarán posesión de ellas, tal como él lo ha prometido. Por lo tanto, esfuércense por cumplir todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés. No se aparten de esa ley para nada. No se mezclen con las naciones que aún quedan entre ustedes. No rindan culto a sus dioses ni juren por ellos. Permanezcan fieles a Dios, como lo han hecho hasta ahora. El Señor ha expulsado a esas grandes naciones que se han enfrentado con ustedes, y hasta ahora ninguna de ellas ha podido resistirlos. Uno solo de ustedes hace huir a mil enemigos, porque el Señor pelea por ustedes, tal como lo ha prometido. Hagan, pues, todo lo que está de su parte para amar al Señor su Dios. Porque si ustedes le dan la espalda a Dios y se unen a las naciones que aún quedan entre ustedes, mezclándose y formando matrimonios con ellas, tengan por cierto que el Señor su Dios no expulsará de entre ustedes a esas naciones. Por el contrario, ellas serán como red y trampa contra ustedes, como látigos en sus espaldas y espinas en sus ojos, hasta que ustedes desaparezcan de esta buena tierra que el Señor su Dios les ha entregado.»" (Josué 23:5-13).
"El Señor su Dios expulsará a esas naciones de estas tierras, y ustedes tomarán posesión de ellas, tal como él lo ha prometido" (23:5). En esa época segura de mi vida, sentía que Dios había hecho esto en mi vida, expulsar a las naciones que me impedían disfrutar de la tierra abundante que tenía en mi persona y a mi alrededor. Esas "naciones" para mí representaban determinados hábitos o actitudes que me habían perjudicado bastante, como mi tendencia a estar siempre tratando de agradar o complacer a otros, algunas formas de tratar a otros, la dificultad para aceptar mis propios errores o para convivir con ellos, culpas y miedos basados en una lectura equivocada de las cosas, y alguna que otra cosa más. Sentía que había tomado posesión de mi propia persona, aunque todavía quedaban "naciones" dentro mío, que tenían que ver con la influencia de mi familia y de algunas personas particulares sobre mi manera de pensar y de vivir, además de algunas costumbres o puntos de vista que tenía todavía muy incorporados de mi época anterior a conocer al Señor.
Quiero detenerme un momento en este punto. Creo que nuestra vida está hecha de relaciones con otras personas, y lo que vivimos en esas relaciones nos deja marcas que van conformando nuestra persona, desde muy chicos. Supongo que traemos una predisposición determinada hacia determinados comportamientos, unas características innatas de nuestra personalidad, pero mucho de ella se va moldeando a medida que nos relacionamos con todas las personas que nos rodean desde chicos. Por decirlo de alguna manera, las personas que vamos conociendo desde que nacemos van construyendo "ciudades" dentro de nuestro territorio afectivo. Van poblando nuestra vida. Esas ciudades pueden crecer, reducirse, ser abandonadas, fortalecer nuestra vida o debilitarla. A veces esas ciudades nos esclavizan. Y no hablo de las personas que "las construyeron", porque esas personas pueden tener muy buenas intenciones hacia nosotros. Pero según cómo sea esa relación, la presencia de esa relación en nuestra vida nos va a fortalecer o debilitar.
Creo que es por eso que la biblia le da tanta importancia a las relaciones entre las personas. Es un tema para desarrollar extensamente en otro momento, pero basta con decir que las marcas que esas relaciones tienen sobre mí son justamente lo que en este caso entiendo como "naciones". En particular las marcas que me debilitan en mi autonomía como persona, que me ponen presiones o condenas sobre algunas de mis maneras de pensar y de vivir, en lugar de amor y aceptación. A lo largo de nuestra vida, necesitamos que Dios vaya expulsando esas "naciones" para que podamos movernos libremente en nuestro territorio personal, tomar libremente nuestras decisiones, disfrutar libremente de lo que nos gusta hacer, decidir libremente cómo queremos encarar nuestra vida. ¿Qué relaciones ejercen esa clase de influencia en nuestras vidas? ¿Tenemos relaciones que aporten libertad en lugar de presiones, que nos estimulen a vivir libremente, sin sentirnos culpables por lo que elegimos hacer, pensar, creer, y demás? Más allá de que las personas involucradas en esas relaciones se den cuenta o no de la presión que ejercen, o de la libertad que aportan.
Claro, mucho de esto no lo había pensado todavía en aquel momento que describí al principio. En esa época vivía tranquilo, y firme en esos principios que me daban fuerza como persona, pero todavía no conocía toda esta cuestión de las motivaciones más profundas e invisibles, o de las presiones sutiles, que me llevaban a vivir de la manera que vivía. Supongo que ahí está la importancia de las grandes crisis que a veces atravesamos como personas; nos llevan a descubrir cosas nuevas que pueden llevarnos a un mejor lugar como personas.
El texto sigue. "Por lo tanto, esfuércense por cumplir todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés. No se aparten de esa ley para nada" (23:6). Está claro que nadie puede cumplir todo lo que dice la ley de Moisés. Por eso la clave acá es, para mí, "esfuércense". Más adelante lo pone en otras palabras: "hagan, pues, todo lo que está de su parte para amar al Señor su Dios" (23:11). Mantengan el rumbo, "no se aparten" del camino de la ley de Dios. Ahora, imagínense al pueblo de Israel conviviendo en el mismo territorio con otras naciones que seguían otras leyes. ¿No les pasa a ustedes que quieren vivir de la manera que Dios nos alienta a vivir (que es siempre la manera más sana), pero a nuestro alrededor hay personas que con mucho cariño, buen trato y buenos deseos para nosotros (y muchas veces sin darse cuenta) nos empuja a vivir de una manera distinta? ¿O no les pasa que algunas personas con las que tienen una relación de mucho afecto no valoran o no aprueban su manera de encarar la vida, basada en las enseñanzas del Señor?
En mi caso, esto tuvo un efecto bastante devastador: aislar esa característica de mi persona, empezar a esconder ese lado mío (que más que un lado, era el centro), por un miedo muy irracional de no seguir recibiendo el afecto de esas personas. Y ojo, no fue una decisión. Fue una reacción totalmente inconsciente, fui escondiendo mi fe para sobrevivir en mis relaciones. Me fui mezclando con las "naciones", tratando de pasar desapercibido en lo que me distinguía en cuanto a la manera de vivir. Esto tiene que ver con algo que decía en la publicación pasada: necesitamos saber que somos amados, saberlo en lo más profundo, en lo más afectivo de nuestra persona, y para eso necesitamos recibir amor real en todas las cosas que hacen a nuestra persona. Cuando recibimos condena en vez de amor, nuestra reacción es, lógicamente, escondernos.
Ahora, consideren las consecuencias de esto. No estaba dejando a un costado una actividad linda, una idea copada, un gusto superficial. Estaba dejando a un costado mi fuente de vida. Básicamente. No es sorprendente, a la luz de este hecho, que me haya apagado. ¿A alguno le pasó eso alguna vez? ¿A alguno le está pasando ahora? Creo que es una pregunta en la que vale la pena meditar, porque es difícil darse cuenta automáticamente de estas cosas, sin empezar a explorar más allá de la forma en la que inmediatamente creemos que vivimos.
Esconder mi fuente de vida me desconecta de ella. Dios nunca dejó de enviar los "ríos de agua viva" hacia mi vida, sólo que cuando estaba conectado, cuando las esclusas estaban abiertas, el río fluía. Fui yo mismo el que cerró las esclusas, sin darme cuenta. Hasta entonces, vivía confiado, y creo que vivía confiado porque tenía la sensación de que estaba haciendo bien las cosas. Creo que eso fue otro error en mi punto de vista. Si vivía con tanta seguridad y firmeza (en comparación con cómo vivo ahora) era porque estaba esforzándome en cumplir la ley de Dios.
Pero creo que este pasaje desmiente totalmente esa idea. "El Señor ha expulsado a esas grandes naciones que se han enfrentado con ustedes, y hasta ahora ninguna de ellas ha podido resistirlos. Uno solo de ustedes hace huir a mil enemigos, porque el Señor pelea por ustedes, tal como lo ha prometido. Hagan, pues, todo lo que está de su parte para amar al Señor su Dios" (23:9-11). Hacía huir a mis "enemigos", expulsaba de mí esas presiones que ejercía mi entorno, porque Dios peleaba por mí, no porque yo estuviera haciendo un esfuerzo grande para obedecer a Dios. Parecería que son dos caras de la misma moneda, pero no. Dios ya se lo había advertido a Moisés: "«cuando el Señor tu Dios los haya arrojado lejos de ti, no vayas a pensar: "El Señor me ha traído hasta aquí, por mi propia justicia, para tomar posesión de esta tierra". ¡No! El Señor expulsará a esas naciones por la maldad que las caracteriza. De modo que no es por tu justicia ni por tu rectitud por lo que vas a tomar posesión de su tierra»" (Deuteronomio 9:4-5).
Y no es que, como castigo por pensar de esa manera, Dios dejó de expulsar a las naciones, o trajo otras. Es que perder de vista que es por Dios, y no por mi justicia, me lleva a darle menos importancia a estar conectado con mi fuente de vida, justamente. Es básicamente ignorar la fidelidad de Dios: si Dios pelea por mí es precisamente porque él es fiel al pacto que hizo con su pueblo. El texto lo dice claramente, "pelea por ustedes, tal como lo ha prometido". Y el pacto que hizo con su pueblo, en la época de Abraham, es éste: "«yo seré tu Dios, y el Dios de tus descendientes. A ti y a tu descendencia les daré, en posesión perpetua, toda la tierra de Canaán, donde ahora andan peregrinando. Y yo seré su Dios»" (Génesis 17:7-8). Él es fiel a lo que prometió desde el principio, y me trata como si fuera mi Dios. Me acompaña, pelea por mí, me entrega la tierra en la que andaba peregrinando (me gusta la imagen, porque andaba como errante en mi propia vida por causa de mi inseguridad como persona, hasta que llegué a sentirme confiado en el Señor).
Pero evidentemente, mi confianza se fue desplazando de la fidelidad de Dios a mi esfuerzo por ser un "buen cristiano". De nuevo, no hubo una decisión consciente. Pero la crisis de seguridad que viví después funcionó como un buen llamado de atención, para entender algo fundamental: yo no estaba cumpliendo con mi parte del pacto, que era tenerlo a él como mi Dios. El pasaje de Josué, otra vez, es claro: "No se mezclen con las naciones que aún quedan entre ustedes. No rindan culto a sus dioses ni juren por ellos. Permanezcan fieles a Dios, como lo han hecho hasta ahora" (23:7). Creo que lo que está en juego acá es fundirse con las costumbres y creencias del mundo que nos rodea: familia, amigos, medios sociales en los que nos movemos. Lo que Dios dice es, cuidado, porque cada uno elige la manera en la que quiere vivir, y a qué dioses quiere adorar, que reglas de vida quiere seguir. Cada uno elige si quiere guiarse por los códigos del Señor, "la ley de Moisés", o los códigos sociales. Cada uno elige si quiere encarar la espiritualidad de la forma que el Señor nos enseña, o de la forma que su medio le propone.
Cada uno elige dónde quiere poner su corazón, qué es lo que quiere perseguir con todas sus fuerzas: si el dinero, el poder, el prestigio, el sexo, la fama, y otros tesoros de este mundo, o en la relación con Dios y todo lo que la construye y le da forma. Jesús establece la diferencia entre acumular tesoros en la tierra y acumular tesoros en el cielo, y la conclusión que nos deja es poderosa: "donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón" (Mateo 6:19-21). Donde pongo la prioridad, pongo el corazón. Y donde pongo el corazón, como dije en la reflexión pasada, pongo mi adoración.
Y acá hay una trampa: con mi cabeza racional puedo tener determinadas prioridades, pero después en la vida real tener otras. Tal vez creía que mi prioridad era que el Señor fuera mi Dios, pero con mis actitudes y comportamientos reales le estaba dando ese lugar, en mi caso, a otras personas, para que decidieran cómo iba a vivir mi vida. ¿A qué le estamos dando prioridad? Necesitamos ir más allá de lo que pensamos que tiene prioridad en nuestra vida, y analizar, sin miedo, nuestro comportamiento real. ¿Es la forma de encarar la vida que Dios recomienda para mí? ¿Estoy viviendo con sus reglas de vida como guía en mi comportamiento real? Porque es como dice Pablo, "en lo íntimo de mi ser me deleito en la ley de Dios, pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay otra ley" (Romanos 7:22-23). No es lo mismo la persona que querríamos ser que la persona que realmente somos.
No es necesario desesperarse por esto. Dios es amor. Y Dios sabe que vivimos divididos entre querer hacer las cosas bien, pero en la práctica hacerlas mal. Necesitamos entender de qué forma específica hacemos las cosas mal para poder empezar a desarmar esos comportamientos que no deberíamos tener, y saber que lleva tiempo, y que seguramente incluya dar tres pasos y retroceder uno o dos. Y lo necesitamos, porque necesitamos despejar nuestro corazón de costumbres y dioses de otros pueblos que no son el pueblo de Dios, para poder cumplir nuestra parte del pacto y de esa manera estar conectados con nuestra fuente de vida. Si nos desconectamos del pacto, nos desconectamos de la fuente.
¿De qué se trata el pacto? Alguien podría pensar que es esforzarse por cumplir la ley de Moisés. Pero el pacto es tan sencillo como "yo seré su Dios", o dicho de otra forma, ténganme como su Dios. Nuestra parte del pacto es darle a Dios el lugar de Dios. Dejar que sus reglas de vida nos marquen el territorio, nos corrijan, nos alienten, nos enseñen a vivir, y dedicarnos a conocer cómo es su punto de vista sobre las cosas, para ir moldeando nuestra manera de pensar de acuerdo a la suya. Digamos, que mi relación con él sea la que más me influya en mi manera de vivir, porque es la única manera de ser empujado hacia la libertad. Justamente porque él me recibe tal como soy y estoy, me brinda amor en cada parte de mi persona. Dios no es condena, Dios es amor. Cuando dejo que él sea mi Dios, estoy permitiendo que la fuente de amor inagotable sea el centro de mis decisiones, de mis ideas, de mis creencias. Y eso empieza a destrabar mi vida.
En mi caso, tuve que empezar a esforzarme por no esconderme. Y esto no tiene nada que ver con esforzarme por cumplir una ley, sino con entregarme de corazón al Dios que me puede dar vida otra vez. Todavía estoy en proceso, pero tengo más clara una cosa: "nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro" (Mateo 6:24). No puedo buscar de todo corazón la aceptación de las personas que quiero y la libertad que Dios me ofrece, que es la que me da vitalidad y fuerza. La solución que Jesús nos da, en todo caso, es poner mi prioridad en ser libre con Dios, y confiar en que las demás cosas "serán añadidas" (Mateo 6:33). Necesito recibir el amor de los demás, sí. Pero necesito también confiar en que eso es algo que Dios va a proveerme, porque él sí es fiel a su parte del pacto, incluso cuando yo no lo fui.
De hecho, estoy empezando a encontrar nuevas relaciones de afecto donde mi forma de vivir basada en el Señor tiene valor. Soy consciente de que me va a llevar tiempo, pero sé que cumplir mi parte del pacto, tratar al Señor como mi Dios, es el camino para seguir ganando terreno en mi persona, porque "El Señor su Dios expulsará a esas naciones de estas tierras, y ustedes tomarán posesión de ellas, tal como él lo ha prometido" (23:5). Y no digo que "expulsar a las naciones" sea apartarme de las otras relaciones, sobre todo porque son relaciones muy cercanas, de muchos años y con personas con las que comparto otras cosas. Pero sí creo que necesito empezar a priorizar las relaciones que más me fortalecen por sobre las que más me debilitan, y decidir sabiamente hasta dónde voy a exponerme afectivamente en cada relación, y hasta dónde voy a dejar que los demás influyan en mi persona.
Que el Dios del pacto renueve en nosotros la fe, la confianza en la fidelidad de Dios, para que nos llenemos de amor al Señor y podamos ser fieles, dándole el lugar de Dios en nuestro corazón, y recibir de él la libertad que necesitamos para vivir seguros. ¡Amén!
Pero cuando me quise acordar, esa seguridad se había ido diluyendo casi hasta desaparecer, y yo ni siquiera me había dado cuenta del cambio. Me fui acostumbrando a vivir de otra manera, sin certeza, sin confianza, sin seguridad, sin ánimo. Como si de repente, mi vitalidad se hubiera apagado. Hace unas reflexiones hablaba de los "ríos de agua viva" que habían dejado de fluir. Durante varios meses me pregunté por qué, es decir, de qué manera, por qué causa. Cómo llegué a ese punto.
Hace poco, me crucé con un pasaje que me hizo empezar a entender algunas cosas:
"«El Señor su Dios expulsará a esas naciones de estas tierras, y ustedes tomarán posesión de ellas, tal como él lo ha prometido. Por lo tanto, esfuércense por cumplir todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés. No se aparten de esa ley para nada. No se mezclen con las naciones que aún quedan entre ustedes. No rindan culto a sus dioses ni juren por ellos. Permanezcan fieles a Dios, como lo han hecho hasta ahora. El Señor ha expulsado a esas grandes naciones que se han enfrentado con ustedes, y hasta ahora ninguna de ellas ha podido resistirlos. Uno solo de ustedes hace huir a mil enemigos, porque el Señor pelea por ustedes, tal como lo ha prometido. Hagan, pues, todo lo que está de su parte para amar al Señor su Dios. Porque si ustedes le dan la espalda a Dios y se unen a las naciones que aún quedan entre ustedes, mezclándose y formando matrimonios con ellas, tengan por cierto que el Señor su Dios no expulsará de entre ustedes a esas naciones. Por el contrario, ellas serán como red y trampa contra ustedes, como látigos en sus espaldas y espinas en sus ojos, hasta que ustedes desaparezcan de esta buena tierra que el Señor su Dios les ha entregado.»" (Josué 23:5-13).
"El Señor su Dios expulsará a esas naciones de estas tierras, y ustedes tomarán posesión de ellas, tal como él lo ha prometido" (23:5). En esa época segura de mi vida, sentía que Dios había hecho esto en mi vida, expulsar a las naciones que me impedían disfrutar de la tierra abundante que tenía en mi persona y a mi alrededor. Esas "naciones" para mí representaban determinados hábitos o actitudes que me habían perjudicado bastante, como mi tendencia a estar siempre tratando de agradar o complacer a otros, algunas formas de tratar a otros, la dificultad para aceptar mis propios errores o para convivir con ellos, culpas y miedos basados en una lectura equivocada de las cosas, y alguna que otra cosa más. Sentía que había tomado posesión de mi propia persona, aunque todavía quedaban "naciones" dentro mío, que tenían que ver con la influencia de mi familia y de algunas personas particulares sobre mi manera de pensar y de vivir, además de algunas costumbres o puntos de vista que tenía todavía muy incorporados de mi época anterior a conocer al Señor.
Quiero detenerme un momento en este punto. Creo que nuestra vida está hecha de relaciones con otras personas, y lo que vivimos en esas relaciones nos deja marcas que van conformando nuestra persona, desde muy chicos. Supongo que traemos una predisposición determinada hacia determinados comportamientos, unas características innatas de nuestra personalidad, pero mucho de ella se va moldeando a medida que nos relacionamos con todas las personas que nos rodean desde chicos. Por decirlo de alguna manera, las personas que vamos conociendo desde que nacemos van construyendo "ciudades" dentro de nuestro territorio afectivo. Van poblando nuestra vida. Esas ciudades pueden crecer, reducirse, ser abandonadas, fortalecer nuestra vida o debilitarla. A veces esas ciudades nos esclavizan. Y no hablo de las personas que "las construyeron", porque esas personas pueden tener muy buenas intenciones hacia nosotros. Pero según cómo sea esa relación, la presencia de esa relación en nuestra vida nos va a fortalecer o debilitar.
Creo que es por eso que la biblia le da tanta importancia a las relaciones entre las personas. Es un tema para desarrollar extensamente en otro momento, pero basta con decir que las marcas que esas relaciones tienen sobre mí son justamente lo que en este caso entiendo como "naciones". En particular las marcas que me debilitan en mi autonomía como persona, que me ponen presiones o condenas sobre algunas de mis maneras de pensar y de vivir, en lugar de amor y aceptación. A lo largo de nuestra vida, necesitamos que Dios vaya expulsando esas "naciones" para que podamos movernos libremente en nuestro territorio personal, tomar libremente nuestras decisiones, disfrutar libremente de lo que nos gusta hacer, decidir libremente cómo queremos encarar nuestra vida. ¿Qué relaciones ejercen esa clase de influencia en nuestras vidas? ¿Tenemos relaciones que aporten libertad en lugar de presiones, que nos estimulen a vivir libremente, sin sentirnos culpables por lo que elegimos hacer, pensar, creer, y demás? Más allá de que las personas involucradas en esas relaciones se den cuenta o no de la presión que ejercen, o de la libertad que aportan.
Claro, mucho de esto no lo había pensado todavía en aquel momento que describí al principio. En esa época vivía tranquilo, y firme en esos principios que me daban fuerza como persona, pero todavía no conocía toda esta cuestión de las motivaciones más profundas e invisibles, o de las presiones sutiles, que me llevaban a vivir de la manera que vivía. Supongo que ahí está la importancia de las grandes crisis que a veces atravesamos como personas; nos llevan a descubrir cosas nuevas que pueden llevarnos a un mejor lugar como personas.
El texto sigue. "Por lo tanto, esfuércense por cumplir todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés. No se aparten de esa ley para nada" (23:6). Está claro que nadie puede cumplir todo lo que dice la ley de Moisés. Por eso la clave acá es, para mí, "esfuércense". Más adelante lo pone en otras palabras: "hagan, pues, todo lo que está de su parte para amar al Señor su Dios" (23:11). Mantengan el rumbo, "no se aparten" del camino de la ley de Dios. Ahora, imagínense al pueblo de Israel conviviendo en el mismo territorio con otras naciones que seguían otras leyes. ¿No les pasa a ustedes que quieren vivir de la manera que Dios nos alienta a vivir (que es siempre la manera más sana), pero a nuestro alrededor hay personas que con mucho cariño, buen trato y buenos deseos para nosotros (y muchas veces sin darse cuenta) nos empuja a vivir de una manera distinta? ¿O no les pasa que algunas personas con las que tienen una relación de mucho afecto no valoran o no aprueban su manera de encarar la vida, basada en las enseñanzas del Señor?
En mi caso, esto tuvo un efecto bastante devastador: aislar esa característica de mi persona, empezar a esconder ese lado mío (que más que un lado, era el centro), por un miedo muy irracional de no seguir recibiendo el afecto de esas personas. Y ojo, no fue una decisión. Fue una reacción totalmente inconsciente, fui escondiendo mi fe para sobrevivir en mis relaciones. Me fui mezclando con las "naciones", tratando de pasar desapercibido en lo que me distinguía en cuanto a la manera de vivir. Esto tiene que ver con algo que decía en la publicación pasada: necesitamos saber que somos amados, saberlo en lo más profundo, en lo más afectivo de nuestra persona, y para eso necesitamos recibir amor real en todas las cosas que hacen a nuestra persona. Cuando recibimos condena en vez de amor, nuestra reacción es, lógicamente, escondernos.
Ahora, consideren las consecuencias de esto. No estaba dejando a un costado una actividad linda, una idea copada, un gusto superficial. Estaba dejando a un costado mi fuente de vida. Básicamente. No es sorprendente, a la luz de este hecho, que me haya apagado. ¿A alguno le pasó eso alguna vez? ¿A alguno le está pasando ahora? Creo que es una pregunta en la que vale la pena meditar, porque es difícil darse cuenta automáticamente de estas cosas, sin empezar a explorar más allá de la forma en la que inmediatamente creemos que vivimos.
Esconder mi fuente de vida me desconecta de ella. Dios nunca dejó de enviar los "ríos de agua viva" hacia mi vida, sólo que cuando estaba conectado, cuando las esclusas estaban abiertas, el río fluía. Fui yo mismo el que cerró las esclusas, sin darme cuenta. Hasta entonces, vivía confiado, y creo que vivía confiado porque tenía la sensación de que estaba haciendo bien las cosas. Creo que eso fue otro error en mi punto de vista. Si vivía con tanta seguridad y firmeza (en comparación con cómo vivo ahora) era porque estaba esforzándome en cumplir la ley de Dios.
Pero creo que este pasaje desmiente totalmente esa idea. "El Señor ha expulsado a esas grandes naciones que se han enfrentado con ustedes, y hasta ahora ninguna de ellas ha podido resistirlos. Uno solo de ustedes hace huir a mil enemigos, porque el Señor pelea por ustedes, tal como lo ha prometido. Hagan, pues, todo lo que está de su parte para amar al Señor su Dios" (23:9-11). Hacía huir a mis "enemigos", expulsaba de mí esas presiones que ejercía mi entorno, porque Dios peleaba por mí, no porque yo estuviera haciendo un esfuerzo grande para obedecer a Dios. Parecería que son dos caras de la misma moneda, pero no. Dios ya se lo había advertido a Moisés: "«cuando el Señor tu Dios los haya arrojado lejos de ti, no vayas a pensar: "El Señor me ha traído hasta aquí, por mi propia justicia, para tomar posesión de esta tierra". ¡No! El Señor expulsará a esas naciones por la maldad que las caracteriza. De modo que no es por tu justicia ni por tu rectitud por lo que vas a tomar posesión de su tierra»" (Deuteronomio 9:4-5).
Y no es que, como castigo por pensar de esa manera, Dios dejó de expulsar a las naciones, o trajo otras. Es que perder de vista que es por Dios, y no por mi justicia, me lleva a darle menos importancia a estar conectado con mi fuente de vida, justamente. Es básicamente ignorar la fidelidad de Dios: si Dios pelea por mí es precisamente porque él es fiel al pacto que hizo con su pueblo. El texto lo dice claramente, "pelea por ustedes, tal como lo ha prometido". Y el pacto que hizo con su pueblo, en la época de Abraham, es éste: "«yo seré tu Dios, y el Dios de tus descendientes. A ti y a tu descendencia les daré, en posesión perpetua, toda la tierra de Canaán, donde ahora andan peregrinando. Y yo seré su Dios»" (Génesis 17:7-8). Él es fiel a lo que prometió desde el principio, y me trata como si fuera mi Dios. Me acompaña, pelea por mí, me entrega la tierra en la que andaba peregrinando (me gusta la imagen, porque andaba como errante en mi propia vida por causa de mi inseguridad como persona, hasta que llegué a sentirme confiado en el Señor).
Pero evidentemente, mi confianza se fue desplazando de la fidelidad de Dios a mi esfuerzo por ser un "buen cristiano". De nuevo, no hubo una decisión consciente. Pero la crisis de seguridad que viví después funcionó como un buen llamado de atención, para entender algo fundamental: yo no estaba cumpliendo con mi parte del pacto, que era tenerlo a él como mi Dios. El pasaje de Josué, otra vez, es claro: "No se mezclen con las naciones que aún quedan entre ustedes. No rindan culto a sus dioses ni juren por ellos. Permanezcan fieles a Dios, como lo han hecho hasta ahora" (23:7). Creo que lo que está en juego acá es fundirse con las costumbres y creencias del mundo que nos rodea: familia, amigos, medios sociales en los que nos movemos. Lo que Dios dice es, cuidado, porque cada uno elige la manera en la que quiere vivir, y a qué dioses quiere adorar, que reglas de vida quiere seguir. Cada uno elige si quiere guiarse por los códigos del Señor, "la ley de Moisés", o los códigos sociales. Cada uno elige si quiere encarar la espiritualidad de la forma que el Señor nos enseña, o de la forma que su medio le propone.
Cada uno elige dónde quiere poner su corazón, qué es lo que quiere perseguir con todas sus fuerzas: si el dinero, el poder, el prestigio, el sexo, la fama, y otros tesoros de este mundo, o en la relación con Dios y todo lo que la construye y le da forma. Jesús establece la diferencia entre acumular tesoros en la tierra y acumular tesoros en el cielo, y la conclusión que nos deja es poderosa: "donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón" (Mateo 6:19-21). Donde pongo la prioridad, pongo el corazón. Y donde pongo el corazón, como dije en la reflexión pasada, pongo mi adoración.
Y acá hay una trampa: con mi cabeza racional puedo tener determinadas prioridades, pero después en la vida real tener otras. Tal vez creía que mi prioridad era que el Señor fuera mi Dios, pero con mis actitudes y comportamientos reales le estaba dando ese lugar, en mi caso, a otras personas, para que decidieran cómo iba a vivir mi vida. ¿A qué le estamos dando prioridad? Necesitamos ir más allá de lo que pensamos que tiene prioridad en nuestra vida, y analizar, sin miedo, nuestro comportamiento real. ¿Es la forma de encarar la vida que Dios recomienda para mí? ¿Estoy viviendo con sus reglas de vida como guía en mi comportamiento real? Porque es como dice Pablo, "en lo íntimo de mi ser me deleito en la ley de Dios, pero me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay otra ley" (Romanos 7:22-23). No es lo mismo la persona que querríamos ser que la persona que realmente somos.
No es necesario desesperarse por esto. Dios es amor. Y Dios sabe que vivimos divididos entre querer hacer las cosas bien, pero en la práctica hacerlas mal. Necesitamos entender de qué forma específica hacemos las cosas mal para poder empezar a desarmar esos comportamientos que no deberíamos tener, y saber que lleva tiempo, y que seguramente incluya dar tres pasos y retroceder uno o dos. Y lo necesitamos, porque necesitamos despejar nuestro corazón de costumbres y dioses de otros pueblos que no son el pueblo de Dios, para poder cumplir nuestra parte del pacto y de esa manera estar conectados con nuestra fuente de vida. Si nos desconectamos del pacto, nos desconectamos de la fuente.
¿De qué se trata el pacto? Alguien podría pensar que es esforzarse por cumplir la ley de Moisés. Pero el pacto es tan sencillo como "yo seré su Dios", o dicho de otra forma, ténganme como su Dios. Nuestra parte del pacto es darle a Dios el lugar de Dios. Dejar que sus reglas de vida nos marquen el territorio, nos corrijan, nos alienten, nos enseñen a vivir, y dedicarnos a conocer cómo es su punto de vista sobre las cosas, para ir moldeando nuestra manera de pensar de acuerdo a la suya. Digamos, que mi relación con él sea la que más me influya en mi manera de vivir, porque es la única manera de ser empujado hacia la libertad. Justamente porque él me recibe tal como soy y estoy, me brinda amor en cada parte de mi persona. Dios no es condena, Dios es amor. Cuando dejo que él sea mi Dios, estoy permitiendo que la fuente de amor inagotable sea el centro de mis decisiones, de mis ideas, de mis creencias. Y eso empieza a destrabar mi vida.
En mi caso, tuve que empezar a esforzarme por no esconderme. Y esto no tiene nada que ver con esforzarme por cumplir una ley, sino con entregarme de corazón al Dios que me puede dar vida otra vez. Todavía estoy en proceso, pero tengo más clara una cosa: "nadie puede servir a dos señores, pues menospreciará a uno y amará al otro, o querrá mucho a uno y despreciará al otro" (Mateo 6:24). No puedo buscar de todo corazón la aceptación de las personas que quiero y la libertad que Dios me ofrece, que es la que me da vitalidad y fuerza. La solución que Jesús nos da, en todo caso, es poner mi prioridad en ser libre con Dios, y confiar en que las demás cosas "serán añadidas" (Mateo 6:33). Necesito recibir el amor de los demás, sí. Pero necesito también confiar en que eso es algo que Dios va a proveerme, porque él sí es fiel a su parte del pacto, incluso cuando yo no lo fui.
De hecho, estoy empezando a encontrar nuevas relaciones de afecto donde mi forma de vivir basada en el Señor tiene valor. Soy consciente de que me va a llevar tiempo, pero sé que cumplir mi parte del pacto, tratar al Señor como mi Dios, es el camino para seguir ganando terreno en mi persona, porque "El Señor su Dios expulsará a esas naciones de estas tierras, y ustedes tomarán posesión de ellas, tal como él lo ha prometido" (23:5). Y no digo que "expulsar a las naciones" sea apartarme de las otras relaciones, sobre todo porque son relaciones muy cercanas, de muchos años y con personas con las que comparto otras cosas. Pero sí creo que necesito empezar a priorizar las relaciones que más me fortalecen por sobre las que más me debilitan, y decidir sabiamente hasta dónde voy a exponerme afectivamente en cada relación, y hasta dónde voy a dejar que los demás influyan en mi persona.
Que el Dios del pacto renueve en nosotros la fe, la confianza en la fidelidad de Dios, para que nos llenemos de amor al Señor y podamos ser fieles, dándole el lugar de Dios en nuestro corazón, y recibir de él la libertad que necesitamos para vivir seguros. ¡Amén!
viernes, 4 de diciembre de 2015
El desorden de adoración
Hola a todos. ¿Alguna vez sintieron que sus vidas están como "desordenadas"? Como que las cosas están fuera de lugar. Las prioridades que manejamos con nuestro comportamiento real no son las que querríamos tener, nuestra forma de comportarnos no es la que nos parece correcta, nuestra actitud frente a las cosas no es la que creemos que deberíamos tener, hay cosas de nuestra manera de pensar que no nos cierran, y lo más caótico de todo: no lo podemos evitar. ¿Alguna vez se sintieron así? De repente, todo de desajusta, por momentos un poco, por momentos mucho. Nuestra agenda se empieza a cargar de cosas, de pronto nos falta tiempo, o ganas, o estamos cansados la mayor parte del tiempo.
Creo que toda persona que viva una vida activa alguna vez pasó por esta experiencia del caos. Algunas personas tal vez viven en caos. Otras van y vienen. Otras supongo que sólo pasan cada tanto. Pero muchas veces la pregunta tal vez es, ¿por qué? ¿De dónde viene tanto caos en mi vida personal, en mi propio ser? Porque afuera hay caos. Eso es así. El mundo es así, por lo menos hoy. Pero, ¿de dónde viene el caos personal?
El caos de afuera impacta en nuestra persona. Eso me parece algo indiscutible. Las cosas que pasan alrededor nuestro nos afectan en lo personal, y a veces a niveles que ni siquiera sospechamos a primera vista. Pero hay más, parecería que de por sí estamos rotos como personas, desajustados, separados en partes que a veces son contradictorias. En su carta a los Romanos, Pablo lo pone en estos términos: "no entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco" (Romanos 7:15).
Pienso que entender el origen de esta contradicción es una de las claves para empezar a acercarnos a la paz. Porque creo que en el fondo, eso es lo que todos buscamos, la paz. Si tan sólo pudiéramos tener paz interior, sería mucho más fácil tener paz con otros. Pero la gran pregunta es cómo. Y depende de la respuesta a la pregunta por qué.
Y acá hay una trampa que hay que sortear. Creo que la pregunta de "¿por qué me pasa esto?" no tiene respuesta desde el punto de vista de mi individualidad. Es decir, uno podría llegar a encontrar causas, sí, pero me refiero a la pregunta que presupone que es justo o injusto que nos pase una cosa o la otra. El mundo no es justo o injusto, es el mundo. La vida no es justa o injusta, es la vida. Pero sí hay una causa de que el mundo sea un lugar tan caótico, donde las cosas buenas están mezcladas con cosas malas, donde a veces tenemos deseos enormes de agradecer a la vida y otras veces sentimos que la vida nos traiciona, como si eso fuera posible.
En última instancia, tenemos que recordar que este no es nuestro mundo, es el mundo de Dios. Nosotros no lo hicimos, él lo hizo. Y cuando lo hizo, estableció un orden. Un orden extremadamente delicado, al parecer. Todo tenía equilibrio, todo tenía lugar, todo tenía su justa medida, sus límites. Pongamos un ejemplo: el mar. Cuando Dios hizo el mar, no parecía peligroso. Era una fuerza poderosa, con capacidad de cubrir todo, pero Dios dice, "«¿quién encerró el mar tras sus compuertas cuando éste brotó del vientre de la tierra? ¿O cuando lo arropé con las nubes y lo envolví en densas tinieblas? ¿O cuando establecí sus límites y en sus compuertas coloqué cerrojos? ¿O cuando le dije: "Sólo hasta aquí puedes llegar; de aquí no pasarán tus orgullosas olas"?»" (Job 38:8-11). Tenía un límite. El mar no podía hacer lo que se le antojaba.
El ser humano también estaba en un orden delicado. Su cuerpo, sus pensamientos, su experiencia del mundo, todo formaba parte de un conjunto en equilibrio, con sus propios límites. Dios mismo puso estos límites, al decirle al ser humano: "«puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer»" (Génesis 2:17). El bien y el mal eran territorio de Dios, y no del ser humano. Sólo él tenía el derecho de decidir qué era bueno y qué era malo para el mundo, porque él mismo lo había creado. Nosotros, obviamente, no tenemos la más mínima idea de cómo funciona el mundo, en su mecánica más profunda, en su mecánica invisible, espiritual. Pero si Dios lo creó, está claro que él sabe cómo funciona, y en qué condiciones funciona bien y mal. Al parecer, funcionaba bien si el conocimiento del bien y del mal quedaba en el territorio de Dios.
Seguramente ya sepan cómo sigue la historia: Adán y Eva traspasan los límites. Comen el fruto que Dios les prohibió comer. Ahora, Dios había dispuesto que la administración de toda la tierra quedara en manos de los seres humanos, "«llenen la tierra y sométanla»" (Génesis 1:28). Eso no era una opción para los humanos, esa era su función en la creación, ese era su papel, su propósito. Ellos podían elegir cómo, pero siempre iban a tener poder sobre el resto de la creación y sus decisiones iban a influir en el orden de todo el mundo. Por lo tanto, en el momento en el que traspasaron los límites, se desató la cadena de circunstancias más vertiginosa que se puede llegar a imaginar. Todos los límites de todo se empezaron a desajustar, lentamente. Siguiendo con el ejemplo de antes: hoy sabemos que el nivel del mar está creciendo desde ya hace varios años. Los límites del mar también se desencajaron.
¿Qué tiene que ver todo esto con nuestro caos personal? Bueno, Pablo es claro, en el contexto del pasaje que mencioné antes: "Ahora bien, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo en que la ley es buena; pero, en ese caso, ya no soy yo quien lo lleva a cabo sino el pecado que habita en mí" (Romanos 7:16-17). Acá, la idea clave es el pecado. "Pecado" es ni más ni menos que un traspaso de los límites que Dios estableció para las cosas. En particular para las personas. El pecado "habita en mí" porque una de las consecuencias de haber desobedecido a Dios en aquel momento es que después, la cadena de reacciones llevó a que se cometieran otras faltas, y otras faltas, y así sucesivamente hasta hoy. El ser humano se fue acostumbrando a actuar mal, fuera de los límites de Dios, y el caos exterior hizo el resto del trabajo. Al exponer al ser humano a situaciones de peligro, de desesperación, de escasez, y demás cosas, condicionó para mal las reacciones. Y el nuevo modelo de comportamiento, desordenado, desobediente a Dios, se transmitió de generación en generación.
Pero el punto de partida de todo esto es visible en la primera reacción de Adán y Eva frente a su error: "cuando el día comenzó a refrescar, oyeron el hombre y la mujer que Dios andaba recorriendo el jardín; entonces corrieron a esconderse, para que Dios no los viera" (Génesis 3:8). No adoptaron la actitud de hacerse cargo de su error, sino que eligieron negar su error. Esconderlo. Ahora, "Dios es amor" (1 Juan 4:16). Esconderse de Dios es esconderse de su amor. El hombre y la mujer se escondieron porque tenían miedo de que Dios los castigara, pero Dios es un Dios de amor; "el que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor" (1 Juan 4:18). El que se esconde, se esconde del amor de Dios, y entonces ya no puede saber si va a ser amado siempre, incluso al fallar, o si va a ser amado sólo cuando sea bueno. El ser humano pierde la certeza de ser amado, algo que antes ni siquiera se cuestionaba. Era obvio, era algo dado. Porque estaban en presencia de Dios siempre, y Dios es amor.
Ahora, es interesante: no es Dios el que rechaza al ser humano, es el ser humano el que se esconde de Dios. ¿Y no sigue siendo así? ¿No seguimos negando nuestros errores en lugar de sostenerlos y confesarlos? Nos escondemos del amor de los demás. ¿No seguimos temiendo el castigo, de los demás o de Dios? Claro, Dios es amor, nosotros, habiéndonos olvidado del amor, ya no somos siempre amor, a veces somos castigo. ¿No rechazamos a los demás por sus errores? ¿No los consideramos peores personas por causa de ellos? Tal vez por eso nos cuesta tanto sentir que Dios es realmente amor. Porque entre nosotros conocemos otra forma de relacionarnos.
Lo que pasa es que separados de Dios, nosotros no servimos para mucho, no funcionamos bien. Fuimos creados para funcionar en un equilibrio en el cual Dios es el centro, es el que articula todo, a través justamente de su amor. Sin el amor de Dios, no funcionamos. Y no recibimos el amor de Dios si nos escondemos de él, o si escondemos de él ciertas partes. Ahora, eso es condenarnos a nosotros mismos a tener desordenada la vida, porque "ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, pero la humanidad prefirió las tinieblas a la luz, porque sus hechos eran perversos" (Juan 3:19). Pero Dios quiso mostrar que su amor está siempre disponible, por eso "se hizo hombre y habitó entre nosotros" (Juan 1:14). Lo dice claramente Juan 3:16, "tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda".
La luz tiene que ver con la verdad. Después de milenios y milenios de vivir del otro lado de los límites de Dios, el pecado adentro de nosotros es una especie de red de cosas que están escondidas del alcance del amor de Dios. A veces porque otros nos dieron condena en lugar de amor, y a veces porque nosotros mismos las fuimos escondiendo. De hecho, el pasaje de Romanos nos daba la idea de algo que habita más allá de nuestro control y de nuestra vista, "el pecado que habita en mí", como si fuera una cosa que tiene un poder especial para llevarnos a actuar de una manera y no de otra, algo que nos esclaviza. ¡Y lo es! Pablo lo dice también, "estoy vendido como esclavo al pecado" (Romanos 7:14).
Pero entonces, ¿cuál es el problema central de todo esto, cuál es la clave explicativa de nuestro desorden vital? ¿Cómo podemos entender esta contradicción personal nuestra? ¿Porque vivimos de una manera que no queremos vivir? Creo que lo que aparece acá, es algo relacionado con la publicación anterior: el problema central, en el fondo, es un desorden de adoración. Había dicho que la adoración es, básicamente, deleitarme en Dios. Pero si siento, en el fondo, incluso en mis partes más invisibles, que Dios me espera para castigarme por todo lo que hice o hago mal, es difícil deleitarme en él. A mí no me da placer acercarme a Dios para que me destruya por mis errores. Yo soy Adán: prefiero esconderme y zafar de ese castigo. Pero es un error, y un terrible engaño, porque Dios me espera para sanarme, para limpiarme, y para hacerme madurar y crecer. Dios es amor. La biblia nunca dice "Dios es castigo".
De ahí viene, para mí, todo el problema. No ponemos a Dios en el centro de nuestra vida porque le tenemos miedo. O simplemente, escondemos nuestras partes vergonzosas de los demás, porque tenemos miedo del castigo de los demás. Eso me pasa a mí. La mayor parte de las veces, no tengo problema en ser yo mismo cuando estoy solo con Dios, y en muy pocas cosas me siento bajo su condena en lugar de bajo su amor. Pero con los demás, es tremendo. Hay cosas con las que siento que si salgo allá afuera me apedrean a muerte. O me rechazan rotundamente y me dejan totalmente solo. Ese creo que es mi miedo más profundo, y también viene de la misma raíz: no estoy seguro de estar acompañado en la vida, en la existencia, y eso es consecuencia de que nací fuera del amor de Dios, como todo ser humano.
Pero si queremos reordenar nuestra vida, necesitamos varias cosas. Por un lado, sanar las viejas heridas. Encontrar relaciones donde vivir libremente, ser aceptados y amados sin importar nuestros errores. Y por otro lado, envolvernos, llenarnos, de las verdades de Dios, conocer las condiciones en las que se supone que funcionemos. La vez pasada hablé de adorar en espíritu y en verdad. Adorar en verdad era ser sinceros, con nosotros mismos, con los demás, y con Dios, traer nuestra persona completa a la relación, a las tres relaciones. Y adorar en espíritu tiene que ver justamente con relacionarnos con lo invisible, con lo espiritual, con lo que pertenece exclusivamente a la esfera de Dios. Necesitamos reordenar nuestra adoración para reordenar nuestra vida.
Pero necesitamos poner manos a la obra, porque es un trabajo arduo y a veces asusta, y requiere todo de nosotros. Es el costo de alcanzar una plenitud que nos permita atravesar incluso las circunstancias más difíciles y salir bien parados. Es la conclusión de Pablo sobre su vida: "he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobeza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece" (Filipenses 4:11-13). Pablo no llegó a ese punto de la vida simplemente viviendo, sino trabajando en su confianza en Dios, en ordenar su adoración, en reconfigurar su corazón para deleitarse en Dios, y para que él sea su fuente de vida. Pablo no era un super-hombre, ni era un favorito de Dios en este sentido, un privilegiado, sino que todos podemos ser Pablo. Todos podemos llegar a este punto. Pero necesitamos poner manos a la obra. Necesitamos llenarnos de todo lo que nos conecta con las verdades invisibles de Dios, y también necesitamos relacionarnos con nuestras propias verdades invisibles, en un contexto de amor y no de castigo.
Termino con un pasaje de Romanos: "¿Acaso no saben ustedes que, cuando se entregan a alguien para obedecerlo, son esclavos de aquel a quien obedecen? Claro que lo son, ya sea del pecado que lleva a la muerte, o de la obediencia que lleva a la justicia. Pero gracias a Dios que, aunque antes eran esclavos del pecado, ya se han sometido de corazón a la enseñanza que les fue transmitida. En efecto, habiendo sido liberados del pecado, ahora son ustedes esclavos de la justicia. Hablo en términos humanos, por las limitaciones de su naturaleza humana. Antes ofrecían ustedes los miembros de su cuerpo para servir a la impureza, que lleva más y más a la maldad; ofrézcanlos ahora para servir a la justicia que lleva a la santidad" (Romanos 6:16-19).
Que el Dios que creó todo en equilibrio nos ayude a reordenar nuestra adoración, para que nuestra vida vuelva a su carril, a los rieles del orden que Dios dispuso para nosotros, y podamos crecer hacia nuestra madurez como humanos en paz. ¡Amén!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Creo que toda persona que viva una vida activa alguna vez pasó por esta experiencia del caos. Algunas personas tal vez viven en caos. Otras van y vienen. Otras supongo que sólo pasan cada tanto. Pero muchas veces la pregunta tal vez es, ¿por qué? ¿De dónde viene tanto caos en mi vida personal, en mi propio ser? Porque afuera hay caos. Eso es así. El mundo es así, por lo menos hoy. Pero, ¿de dónde viene el caos personal?
El caos de afuera impacta en nuestra persona. Eso me parece algo indiscutible. Las cosas que pasan alrededor nuestro nos afectan en lo personal, y a veces a niveles que ni siquiera sospechamos a primera vista. Pero hay más, parecería que de por sí estamos rotos como personas, desajustados, separados en partes que a veces son contradictorias. En su carta a los Romanos, Pablo lo pone en estos términos: "no entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco" (Romanos 7:15).
Pienso que entender el origen de esta contradicción es una de las claves para empezar a acercarnos a la paz. Porque creo que en el fondo, eso es lo que todos buscamos, la paz. Si tan sólo pudiéramos tener paz interior, sería mucho más fácil tener paz con otros. Pero la gran pregunta es cómo. Y depende de la respuesta a la pregunta por qué.
Y acá hay una trampa que hay que sortear. Creo que la pregunta de "¿por qué me pasa esto?" no tiene respuesta desde el punto de vista de mi individualidad. Es decir, uno podría llegar a encontrar causas, sí, pero me refiero a la pregunta que presupone que es justo o injusto que nos pase una cosa o la otra. El mundo no es justo o injusto, es el mundo. La vida no es justa o injusta, es la vida. Pero sí hay una causa de que el mundo sea un lugar tan caótico, donde las cosas buenas están mezcladas con cosas malas, donde a veces tenemos deseos enormes de agradecer a la vida y otras veces sentimos que la vida nos traiciona, como si eso fuera posible.
En última instancia, tenemos que recordar que este no es nuestro mundo, es el mundo de Dios. Nosotros no lo hicimos, él lo hizo. Y cuando lo hizo, estableció un orden. Un orden extremadamente delicado, al parecer. Todo tenía equilibrio, todo tenía lugar, todo tenía su justa medida, sus límites. Pongamos un ejemplo: el mar. Cuando Dios hizo el mar, no parecía peligroso. Era una fuerza poderosa, con capacidad de cubrir todo, pero Dios dice, "«¿quién encerró el mar tras sus compuertas cuando éste brotó del vientre de la tierra? ¿O cuando lo arropé con las nubes y lo envolví en densas tinieblas? ¿O cuando establecí sus límites y en sus compuertas coloqué cerrojos? ¿O cuando le dije: "Sólo hasta aquí puedes llegar; de aquí no pasarán tus orgullosas olas"?»" (Job 38:8-11). Tenía un límite. El mar no podía hacer lo que se le antojaba.
El ser humano también estaba en un orden delicado. Su cuerpo, sus pensamientos, su experiencia del mundo, todo formaba parte de un conjunto en equilibrio, con sus propios límites. Dios mismo puso estos límites, al decirle al ser humano: "«puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no deberás comer»" (Génesis 2:17). El bien y el mal eran territorio de Dios, y no del ser humano. Sólo él tenía el derecho de decidir qué era bueno y qué era malo para el mundo, porque él mismo lo había creado. Nosotros, obviamente, no tenemos la más mínima idea de cómo funciona el mundo, en su mecánica más profunda, en su mecánica invisible, espiritual. Pero si Dios lo creó, está claro que él sabe cómo funciona, y en qué condiciones funciona bien y mal. Al parecer, funcionaba bien si el conocimiento del bien y del mal quedaba en el territorio de Dios.
Seguramente ya sepan cómo sigue la historia: Adán y Eva traspasan los límites. Comen el fruto que Dios les prohibió comer. Ahora, Dios había dispuesto que la administración de toda la tierra quedara en manos de los seres humanos, "«llenen la tierra y sométanla»" (Génesis 1:28). Eso no era una opción para los humanos, esa era su función en la creación, ese era su papel, su propósito. Ellos podían elegir cómo, pero siempre iban a tener poder sobre el resto de la creación y sus decisiones iban a influir en el orden de todo el mundo. Por lo tanto, en el momento en el que traspasaron los límites, se desató la cadena de circunstancias más vertiginosa que se puede llegar a imaginar. Todos los límites de todo se empezaron a desajustar, lentamente. Siguiendo con el ejemplo de antes: hoy sabemos que el nivel del mar está creciendo desde ya hace varios años. Los límites del mar también se desencajaron.
¿Qué tiene que ver todo esto con nuestro caos personal? Bueno, Pablo es claro, en el contexto del pasaje que mencioné antes: "Ahora bien, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo en que la ley es buena; pero, en ese caso, ya no soy yo quien lo lleva a cabo sino el pecado que habita en mí" (Romanos 7:16-17). Acá, la idea clave es el pecado. "Pecado" es ni más ni menos que un traspaso de los límites que Dios estableció para las cosas. En particular para las personas. El pecado "habita en mí" porque una de las consecuencias de haber desobedecido a Dios en aquel momento es que después, la cadena de reacciones llevó a que se cometieran otras faltas, y otras faltas, y así sucesivamente hasta hoy. El ser humano se fue acostumbrando a actuar mal, fuera de los límites de Dios, y el caos exterior hizo el resto del trabajo. Al exponer al ser humano a situaciones de peligro, de desesperación, de escasez, y demás cosas, condicionó para mal las reacciones. Y el nuevo modelo de comportamiento, desordenado, desobediente a Dios, se transmitió de generación en generación.
Pero el punto de partida de todo esto es visible en la primera reacción de Adán y Eva frente a su error: "cuando el día comenzó a refrescar, oyeron el hombre y la mujer que Dios andaba recorriendo el jardín; entonces corrieron a esconderse, para que Dios no los viera" (Génesis 3:8). No adoptaron la actitud de hacerse cargo de su error, sino que eligieron negar su error. Esconderlo. Ahora, "Dios es amor" (1 Juan 4:16). Esconderse de Dios es esconderse de su amor. El hombre y la mujer se escondieron porque tenían miedo de que Dios los castigara, pero Dios es un Dios de amor; "el que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor" (1 Juan 4:18). El que se esconde, se esconde del amor de Dios, y entonces ya no puede saber si va a ser amado siempre, incluso al fallar, o si va a ser amado sólo cuando sea bueno. El ser humano pierde la certeza de ser amado, algo que antes ni siquiera se cuestionaba. Era obvio, era algo dado. Porque estaban en presencia de Dios siempre, y Dios es amor.
Ahora, es interesante: no es Dios el que rechaza al ser humano, es el ser humano el que se esconde de Dios. ¿Y no sigue siendo así? ¿No seguimos negando nuestros errores en lugar de sostenerlos y confesarlos? Nos escondemos del amor de los demás. ¿No seguimos temiendo el castigo, de los demás o de Dios? Claro, Dios es amor, nosotros, habiéndonos olvidado del amor, ya no somos siempre amor, a veces somos castigo. ¿No rechazamos a los demás por sus errores? ¿No los consideramos peores personas por causa de ellos? Tal vez por eso nos cuesta tanto sentir que Dios es realmente amor. Porque entre nosotros conocemos otra forma de relacionarnos.
Lo que pasa es que separados de Dios, nosotros no servimos para mucho, no funcionamos bien. Fuimos creados para funcionar en un equilibrio en el cual Dios es el centro, es el que articula todo, a través justamente de su amor. Sin el amor de Dios, no funcionamos. Y no recibimos el amor de Dios si nos escondemos de él, o si escondemos de él ciertas partes. Ahora, eso es condenarnos a nosotros mismos a tener desordenada la vida, porque "ésta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, pero la humanidad prefirió las tinieblas a la luz, porque sus hechos eran perversos" (Juan 3:19). Pero Dios quiso mostrar que su amor está siempre disponible, por eso "se hizo hombre y habitó entre nosotros" (Juan 1:14). Lo dice claramente Juan 3:16, "tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda".
La luz tiene que ver con la verdad. Después de milenios y milenios de vivir del otro lado de los límites de Dios, el pecado adentro de nosotros es una especie de red de cosas que están escondidas del alcance del amor de Dios. A veces porque otros nos dieron condena en lugar de amor, y a veces porque nosotros mismos las fuimos escondiendo. De hecho, el pasaje de Romanos nos daba la idea de algo que habita más allá de nuestro control y de nuestra vista, "el pecado que habita en mí", como si fuera una cosa que tiene un poder especial para llevarnos a actuar de una manera y no de otra, algo que nos esclaviza. ¡Y lo es! Pablo lo dice también, "estoy vendido como esclavo al pecado" (Romanos 7:14).
Pero entonces, ¿cuál es el problema central de todo esto, cuál es la clave explicativa de nuestro desorden vital? ¿Cómo podemos entender esta contradicción personal nuestra? ¿Porque vivimos de una manera que no queremos vivir? Creo que lo que aparece acá, es algo relacionado con la publicación anterior: el problema central, en el fondo, es un desorden de adoración. Había dicho que la adoración es, básicamente, deleitarme en Dios. Pero si siento, en el fondo, incluso en mis partes más invisibles, que Dios me espera para castigarme por todo lo que hice o hago mal, es difícil deleitarme en él. A mí no me da placer acercarme a Dios para que me destruya por mis errores. Yo soy Adán: prefiero esconderme y zafar de ese castigo. Pero es un error, y un terrible engaño, porque Dios me espera para sanarme, para limpiarme, y para hacerme madurar y crecer. Dios es amor. La biblia nunca dice "Dios es castigo".
De ahí viene, para mí, todo el problema. No ponemos a Dios en el centro de nuestra vida porque le tenemos miedo. O simplemente, escondemos nuestras partes vergonzosas de los demás, porque tenemos miedo del castigo de los demás. Eso me pasa a mí. La mayor parte de las veces, no tengo problema en ser yo mismo cuando estoy solo con Dios, y en muy pocas cosas me siento bajo su condena en lugar de bajo su amor. Pero con los demás, es tremendo. Hay cosas con las que siento que si salgo allá afuera me apedrean a muerte. O me rechazan rotundamente y me dejan totalmente solo. Ese creo que es mi miedo más profundo, y también viene de la misma raíz: no estoy seguro de estar acompañado en la vida, en la existencia, y eso es consecuencia de que nací fuera del amor de Dios, como todo ser humano.
Pero si queremos reordenar nuestra vida, necesitamos varias cosas. Por un lado, sanar las viejas heridas. Encontrar relaciones donde vivir libremente, ser aceptados y amados sin importar nuestros errores. Y por otro lado, envolvernos, llenarnos, de las verdades de Dios, conocer las condiciones en las que se supone que funcionemos. La vez pasada hablé de adorar en espíritu y en verdad. Adorar en verdad era ser sinceros, con nosotros mismos, con los demás, y con Dios, traer nuestra persona completa a la relación, a las tres relaciones. Y adorar en espíritu tiene que ver justamente con relacionarnos con lo invisible, con lo espiritual, con lo que pertenece exclusivamente a la esfera de Dios. Necesitamos reordenar nuestra adoración para reordenar nuestra vida.
Pero necesitamos poner manos a la obra, porque es un trabajo arduo y a veces asusta, y requiere todo de nosotros. Es el costo de alcanzar una plenitud que nos permita atravesar incluso las circunstancias más difíciles y salir bien parados. Es la conclusión de Pablo sobre su vida: "he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobeza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece" (Filipenses 4:11-13). Pablo no llegó a ese punto de la vida simplemente viviendo, sino trabajando en su confianza en Dios, en ordenar su adoración, en reconfigurar su corazón para deleitarse en Dios, y para que él sea su fuente de vida. Pablo no era un super-hombre, ni era un favorito de Dios en este sentido, un privilegiado, sino que todos podemos ser Pablo. Todos podemos llegar a este punto. Pero necesitamos poner manos a la obra. Necesitamos llenarnos de todo lo que nos conecta con las verdades invisibles de Dios, y también necesitamos relacionarnos con nuestras propias verdades invisibles, en un contexto de amor y no de castigo.
Termino con un pasaje de Romanos: "¿Acaso no saben ustedes que, cuando se entregan a alguien para obedecerlo, son esclavos de aquel a quien obedecen? Claro que lo son, ya sea del pecado que lleva a la muerte, o de la obediencia que lleva a la justicia. Pero gracias a Dios que, aunque antes eran esclavos del pecado, ya se han sometido de corazón a la enseñanza que les fue transmitida. En efecto, habiendo sido liberados del pecado, ahora son ustedes esclavos de la justicia. Hablo en términos humanos, por las limitaciones de su naturaleza humana. Antes ofrecían ustedes los miembros de su cuerpo para servir a la impureza, que lleva más y más a la maldad; ofrézcanlos ahora para servir a la justicia que lleva a la santidad" (Romanos 6:16-19).
Que el Dios que creó todo en equilibrio nos ayude a reordenar nuestra adoración, para que nuestra vida vuelva a su carril, a los rieles del orden que Dios dispuso para nosotros, y podamos crecer hacia nuestra madurez como humanos en paz. ¡Amén!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
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