viernes, 19 de junio de 2015

Una inyección de eternidad

Hola a todos.  Pasó un largo tiempo desde la última publicación. Como tal vez recuerden, o tal vez no, toda esa serie de publicaciones relacionadas con pasajes de Eclesiastés no estaban basadas en ese libro, sino acompañadas de él. Era una serie de reflexiones sobre mi vida, pero que leyendo Eclesiastés descubrí que tenían mucho que ver con las experiencias de vida de Salomón plasmadas en ese libro de la biblia.

Lo mismo pasa con esta publicación. Estos últimos tiempos estuve viviendo experiencias que me dieron vuelta muchas de las formas de ver la vida que venía manejando. Una especie de “zona gris” mejorada y ampliada, para los que leyeron esa reflexión. En muy pocos meses todo el panorama de mi vida se transformó, tanto que por primera vez en mucho tiempo siento que no estoy mirando para atrás (al pasado), o para el costado (al presente), sino para adelante (al futuro).

Quiero decir, siempre miró hacia el futuro, o lo tengo un poco en cuenta. Pero estos meses estuve reaprendiendo muchas ideas, pero desde la práctica, desde la vida misma, y ya no sólo desde la razón, y eso me llevó a mirar mi pasado, mi presente y mi futuro de otra manera. Me reordenó el panorama, como si fuera una inyección de eternidad.

Sobre mi pasado, lo que me vi empujado a reaprender fue la idea de libertad. Hasta ahora, creía que sabía qué era ser libre. No me consideraba libre, ni me considero libre ahora, pero creía que sabía lo que significaba la libertad. No tener presiones, no tener condicionamientos, no estar atado a la opinión de otros, o a obligaciones externas, poder elegir qué hacer y cómo.

Pero estos meses entendí, a través de mi propia experiencia de vida, algo muy importante. Crucial, diría. La libertad está muy relacionada con cómo vivimos el peso de nuestro pasado sobre nosotros. Mis presiones, condicionamientos, etc., estaban muy vinculadas con cómo fue mi pasado, qué presiones, miedos y tristezas tuve que enfrentar, y especialmente, cuáles de ellas viví sin darme cuenta de que limitaban mi libertad.

Por ejemplo, tener un espacio donde sentir que mi opinión vale, donde mi manera de ver la vida es bienvenida, donde puedo responder, actuar, ser de manera totalmente espontánea sin que nadie de afuera censure esa espontaneidad. Parece obvio, pero los invito a revisar sus propias vidas, y cuántos límites cada uno se pone a sí mismo cuando tiene que decirle algo a alguien, ir a algún lado, etc. Estamos llenos de pequeñas esclavitudes sutiles. Esclavitudes superpuestas y muchas veces disfrazadas. Yo, por ejemplo, soy esclavo de mis miedos y mi orgullo. Miedos que nunca quise reconocer, y que, precisamente por miedo de lo que implicaría si fueran verdad, venía negando, haciendo de cuenta que no estaban ahí. Y orgullo que se disfrazaba de muchas cosas: de lenguaje correcto y específico, de ideas con mucho fundamento, de humildad y sencillez, de bondad hacia otros, cortesía, y muchas otras cosas. Sobre este punto del orgullo podría hablar horas.

Pero el punto es la libertad. Somos esclavos de muchas cosas. Los miedos y el orgullo son de lo más invisibles, por ejemplo. Recomiendo una mirada para adentro totalmente cruda, “sincericida”, como a veces decimos, no porque se mate la sinceridad sino al revés, porque es una sinceridad brutal que “mata”. Pero es la única manera de empezar a ser libres de verdad. La libertad que experimenté al darme cuenta y reconocer todo esto, fue extrema. Una sensación enorme de alivio, por no tener que estar inventando excusas, ni justificándome a mí mismo, ni sosteniendo pantallas para que parezca ser un adulto como corresponde o una persona aceptable. Reconocer que soy inmaduro, eso fue la puerta a mi libertad.

Todavía no llegué al fondo, por supuesto, pero empecé. Y tal vez por esta idea del “sincericidio” es que también Dios nos propone, como camino a la libertad, morir: “he sido crucificado con Cristo, y ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí, y lo que ahora vivo en el cuerpo lo vivo por la fe en el Hijo de Dios” (Gálatas 2:20).

Y no pienso que sea algo que se logra y listo. No, para nada. Creo que morir para vivir, un tema del que algún día voy a escribir más extensamente, es algo permanente. Todos los días, en cada situación que vivimos, sobre todo cuando hay una situación de crisis, tenemos que mirar para adentro y pensar: ¿qué parte de orgullo hay en todo esto, qué miedos me genera todo esto? Si ese trabajo lo hacemos con honestidad brutal (y no es NADA fácil, a veces hay que mirar más de una vez, porque vamos creando cortinas para no ver, sin darnos cuenta), el efecto puede ser tremendo.

Y cuestionar mi propio orgullo me lleva a vivir mi presente de otra manera, porque empiezo a perder esa tendencia que venía teniendo de negar las cosas malas, pero podríamos pensar en otros efectos. El orgullo es como un velo que no nos deja ver las cosas como verdaderamente son. ¿Será por eso que la biblia dice que “el velo no les ha sido quitado, porque sólo se quita en Cristo” (2 Corintios 3:14)? Otra idea de la que algún día quiero escribir. Entonces, cuando empiezo a renunciar a mi orgullo empiezo a ver con más claridad. Por un lado, dejo de ver la astilla en el ojo ajeno y empiezo a tomar la costumbre de ver la viga que está en mi ojo (Mateo 7:1-5). Empiezo a prestar más atención a qué cosas de mi propia manera de pensar y ver las cosas está equivocada. Hay que tener cuidado con esto, porque nos puede llevar a empezar a sentirnos culpables de todo. Más opresión, menos libertad. No. No es lo que Dios quiere para nosotros, porque Dios quiere liberarnos de todo. Quiere que seamos libres. Otro tema para escribir.

Dios es paciente con nosotros. Nos enseña, pero no nos presiona. Quiere que si vamos a hacer lo que él nos pide, lo hagamos de manera espontánea. Eso requiere estar cerca de él, en el sentido de tenerlo en cuenta, traerlo a nuestra vida cotidiana. Él quiere que “queramos” hacerle caso, no que lo hagamos por obligación. Pero lo importante es que si nos aferramos a nuestra forma de hacer o ver las cosas (una forma de orgullo), no vamos a ver con claridad a Dios. No vamos a entender nuestro presente con la amplitud que necesitaríamos. Obvio, siempre se nos escapan cosas de la realidad, pero empezar a cuestionarnos los motivos que tenemos para estar “orgullosos” de nosotros, empezamos a entender mejor muchas cosas, de nuestra vida y de Dios. Especialmente, la idea de la gracia de Dios, su favor hacia nosotros que no hicimos nada para merecer. Ese mensaje, que es el centro del evangelio, es lo que nos da verdadera libertad.

Y recién cuando empezamos a vivir en un proceso de libertad, y en un proceso de humillación, podemos entender de otro modo la esperanza. Digo “humillación” en el sentido de perder el orgullo, no la dignidad como personas. Dios quiere que nuestra dignidad como personas pase por otro lado: no por nuestros méritos, por aquello en lo que somos buenos. No quiere que nos sintamos personas dignas por lo que hacemos. Hacer las cosas bien no vale nada, ser buen profesional no vale nada, ser buen padre, buen amigo, buen novio, buen marido, “buen cristiano” no vale nada. No quiero decir que Dios no quiera eso. Dios quiere eso para nosotros, porque es lo que nos lleva a vivir con más plenitud a todos. Pero ahí está la diferencia: nos lleva a vivir con plenitud, pero no nos hace más dignos.

El deseo de Dios es que nuestra dignidad, nuestro valor como personas, esté en sentirnos y sabernos amados por él. Amados hasta el extremo de darnos a elegir cómo vivir. Si elegimos vivir como él nos indica, vamos a ser más libres y más plenos. Pero quiere que nuestro valor como personas esté en su amor. Porque esa es la única manera de empezar a ser libres. Y es la única manera de empezar a ser humildes y crecer bien y fuertes. Lo demás no vale nada para nuestra dignidad como humanos. El apóstol Pablo lo entendió muy bien. Cuando habla de todos los motivos que él tendría para considerarse una persona recta y digna, dice: “todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo” (Filipenses 3:7).

Y eso, en estos dos meses, fue mi puerta a empezar a entender la esperanza desde otro lado. Ya no desde un lado racional, sino más desde la experiencia. Hasta ahora, no había entendido bien la esperanza. O sea, nunca había podido conservar un registro emocional de lo que es la esperanza, más real, más palpable. Pero de repente, todo este proceso que empecé a vivir, de más libertad, de más honestidad, me llevó a plantearme cosas y encarar decisiones que me hicieron mirar al futuro con otros ojos. Me dieron ganas de hacer planes, proyectos, pensar ideas; antes veía mi futuro como algo lejano, confuso y hasta me daba un poco de miedo (aunque no lo aceptaba o no lo veía). Pero ahora, el futuro se me aparece como algo que empieza ya, ahora mismo, y que está lleno de oportunidades, como una especie de hoja en blanco.

Cuando escribimos en una hoja en blanco, por supuesto, no empezamos de la nada. Tenemos un montón de ideas, experiencias y creencias previas. Tenemos un rumbo, algo que queremos escribir, tenemos un plan. Supongo que pasa lo mismo cuando alguien quiere dibujar, y podríamos hacer muchas comparaciones parecidas. Y la hoja en sí nos presenta sus propios límites. Pero sigue estando en blanco. Empiezo a sentir que soy yo el que decide cómo quiere vivir. Otro tema del que quiero escribir.

Tal vez todo esto me dure nada más un tiempo, o tal vez toda la vida, o tal vez va y viene esta sensación de descubrir tantas cosas nuevas. Tal vez me acostumbre y se vuelva parte natural de mi vida. Tal vez me olvide de todo. No lo sé. Pero de una cosa estoy plenamente convencido, más que nunca antes, aunque es una idea que desde que conocí a Dios da vueltas en mi cabeza y siempre la creí: “Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes lo aman” (1 Corintios 2:9). Ahora lo entiendo como nunca antes. Toda mi vida, toda mi experiencia entera, con sus luces y sus sombras, con sus alegrías y tristezas, con sus miedos, dolores, esperanzas y disfrutes, cobra sentido en Cristo. Como dice una canción: “el centro de mi historia será siempre la cruz”. Bendita la hora en que creí en el Hijo de Dios. Nada va a ser igual. Amén.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

jueves, 26 de febrero de 2015

Eclesiastés 6 - Disfrutar la trascendencia (parte 4)

"Dios da sabiduría, conocimientos y alegría a quien es de su agrado. En cambio, al pecador le impone la tarea de acumular más y más, para luego dárselo todo a quien es de su agrado. Y también esto es absurdo; ¡es correr tras el viento!".
Eclesiastés 2:26

Hola a todos. Mientras escribía el título de esta publicación me di cuenta de que estas últimas reflexiones se convirtieron en una serie dentro de otra serie. Totalmente inesperado. Aprovecho para recordarles que no se trata de un estudio del libro de Eclesiastés, sino de una serie de reflexiones sobre mi propia experiencia de vida durante la segunda mitad del año pasado, a la que le encontré un llamativo correlato con las cosas de las que habla Eclesiastés.

La vez pasada hablé sobre el disfrute desde el punto de vista de que las cosas que hacemos den fruto. El otro sentido del disfrute, había dicho, era encontrar placer en lo que hacemos. El disfrute perfecto ocurriría si las dos cosas se combinaran. Aparentemente, así era antes de la caída. En nuestros días no podemos esperar que esto se cumpla siempre, aunque existen muchas cosas que pueden dar fruto y al mismo tiempo ser placenteras. En realidad, es difícil saber cuándo algo va a terminar dando fruto. Por eso, es más importante, decía, prestar atención al proceso que al resultado. Y cuando prestamos atención al proceso, podemos tomar la decisión de movernos siempre dentro de los límites de Dios, o no hacerlo. Esta parte es la que ahora deberíamos integrar a esta reflexión.

Creo que vale la pena descomponer un poco este pasaje para entender mejor la idea. Veamos qué elementos aparecen.

"Sabiduría". Hasta donde yo entiendo, viéndolo en perspectiva según la manera en que se usa esta palabra en la biblia en general, la sabiduría es la capacidad de tomar decisiones correctas, es decir, las decisiones que más provecho brinden dentro de lo posible, desde cualquier punto de vista.

"Conocimiento". Imagino que se refiere a entender las cosas, en general. Digamos, encontrarle sentido a las cosas, tanto lo que sucede como lo que existe.

"Alegría". Pienso que se refiere a la dicha. Un placer que no es del momento, sino duradero. Incluso creo que lo que termina siendo provechoso, aunque no haya sido placentero hasta el final, tiende a convertirse en buenos recuerdos, o sea que termina aportando también alegría.

Hasta acá, podemos releer con un poco más de profundidad la primera parte, "Dios da sabiduría, conocimientos y alegría". O sea que nos provee de una mejor capacidad para tomar buenas decisiones, que nos lleven a sacar provecho de las cosas, nos ayuda a entender y encontrarle sentido a lo que vemos y lo que vivimos, y nos ayuda a encontrar placer en lo bueno e incluso en lo que, sin ser del todo agradable, terminó siendo provechoso. Dios hace que las cosas terminen siendo provechosas aunque no parecieran tener la posibilidad de serlo. Y no lo digo porque lo diga Salomón.

Ahora, ¿a quién le da estas cosas? ¿Cómo hago para obtener esto? ¿Cuáles son las "reglas" de este juego?

"El que es de su agrado". Yo creo que cuando dice esto no se refiere a las "buenas personas", que serían la gran mayoría de la gente. Yo pienso que acá Salomón habla de los que se mueven dentro de los límites de Dios, o al menos tienen la intención de hacerlo, creen que eso sería lo apropiado. Creo que esa es la actitud que a Dios le agrada en nosotros respecto de sus indicaciones, que reconozcamos que son lo apropiado, más allá de cuánto nos cueste después hacerlo, o incluso querer hacerlo.

"El pecador". Lo mismo pasa acá. Estamos acostumbrados, diría que malacostumbrados, a pensar que "pecador" y"mala persona" son lo mismo. Para mí, eso es un gravísimo error de interpretación. El pecador es simplemente el que traspasa los límites de Dios. Alguien me dijo hace poco que tal vez podríamos considerar el pecado como no ser todo lo que puedo llegar a ser, es decir, no ser la versión completa de mí mismo. Cualquiera podría darse cuenta de que esto se aplica a la totalidad de las personas. Pero pienso que Salomón se refiere acá a los que persisten en esto, es decir, a los que no les importa si esto es así o no, y por lo tanto no toman en cuenta los límites e indicaciones de Dios.

Ahora, es interesante que al que es de su agrado, al que juega dentro de los límites e indicaciones, Dios, según el pasaje, "da". Al que no, dice el pasaje, "le impone". Creo que no se refiere a un presente concreto, o sea, "cuando traspasa un límite, como castigo, Dios le impone", o "cuando respeta las indicaciones, como premio, Dios le da". Creo que no es esa la actitud de Dios en general. Es otra costumbre que tenemos, y que creo que es una mala costumbre: pensar la actitud de Dios en términos de premio y castigo.

Creo que esto de dar e imponer es algo que está establecido de antemano, desde la creación del mundo. Es un presente general, casi diría atemporal, eterno, trascendente, una especie de ley espiritual universal: "dentro de los límites, van a encontrar todo esto. Fuera de los límites no pongo nada de esto, así que no lo van a encontrar. Por lo tanto, los que salgan de los límites se van a ver obligados a acumular más y más de lo poco que encuentren".

O sea que si me muevo dentro de los límites, Dios dispuso que ahí encuentre sabiduría, conocimientos y alegría, en el sentido que decía más arriba. Si me salgo, si traspaso los límites, nunca voy a encontrar suficiente de estas cosas, entonces voy a querer acaparar. Lo poco que tengo no me va a ser suficiente. En realidad, puede que no sea realmente poco, sino que yo lo percibo como poco por comparación a lo que tiene otro, o porque en realidad yo quiero más. En definitiva, parte de salirse de los límites tiene que ver precisamente con cuáles son mis motivaciones y deseos, o cuáles motivaciones y deseos persigo. Por lo tanto, es frecuente que fuera de los límites me vuelva ambicioso, o ansioso, y así.

Probablemente este sea el contexto de Mateo 25:29, donde "a todo el que tiene, se le dará más, y tendrá en abundancia. Al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene". Leyendo el pasaje entero, el que tiene es precisamente el que siguió las indicaciones, y entonces encontró lo que estaba dentro de los límites. El que no tiene es el que traspasó los límites, hizo la suya, digamos, y entonces, en el balance final, se da cuenta de que no encontró lo suficiente para estar satisfecho. Y aun eso poco que al final encontró, le es quitado, porque dice el pasaje de Eclesiastés que el pecador, por estas condiciones que Dios estableció desde el principio, acumula más y más "para luego dárselo todo a quien es de su agrado".

Seguramente ni siquiera le es quitado todo eso en el sentido real, pero el que se salió de los límites no se beneficia tanto como esperaba de lo "poco" que consiguió, no lo disfruta en alguno (o en ninguno) de los dos sentidos, entonces lo percibe como si le hubiese sido quitado. En cambio, la ley de la gracia de Dios implica justamente que los que se mueven dentro de los límites disfrutan muchas veces de cosas que no merecen, por las que no trabajaron y que ni siquiera esperaban, digamos que a veces "nos llueven cosas" cuando estamos dentro del territorio delimitado por Dios.

Es lo que le dice el Señor al pueblo de Israel cuando están por entrar a la tierra prometida: "no es por tu justicia ni por tu rectitud por lo que vas a tomar posesión de su tierra. ¡No! La propia maldad de esas naciones hará que el Señor tu Dios las arroje lejos de ti. Así cumplirá lo que juró a tus antepasados Abraham, Isaac y Jacob. Entiende bien que eres un pueblo terco, y que tu justicia y tu rectitud no tienen nada que ver con que el Señor tu Dios te dé en posesión esta buena tierra" (Deuteronomio 9:5-6). La tierra de la abundancia estaba ahí, pero los demás pueblos, que habían trabajado arduamente para lograr esa abundancia, traspasaban los límites y no tenían freno. Dios decidió que fuera su propio pueblo el que disfrutara esos beneficios, los que habían hecho un pacto con él.

Esa es nuestra parte: comprometernos. Si nos comprometemos con los límites de Dios, los tomamos como válidos, los aceptamos como apropiados, tenemos libertad para movernos, experimentar, equivocarnos, acertar, crecer, expresarnos. La tierra prometida está dentro de los límites que Dios nos marca, y ahí hay vida en abundancia. Dentro de los límites voy a poder aprovechar no sólo lo que yo siembro, sino cosas que ni siquiera sembré. Voy a terminar disfrutando, en ambos sentidos, incluso lo que lo mismo no hice y con lo que no tuve nada que ver. De eso se trata trascender, y de eso se trata disfrutar la trascendencia.

No quiere decir que todo va a marchar bien porque estoy respetando los límites. Sigo teniendo tendencia a traspasar. Nunca voy a estar 100% dentro. Pero de eso se trata la gracia. Es otra ley espiritual de Dios: el compromiso con sus indicaciones, con sus límites, con sus maneras, es lo que para él refleja, demuestra, el arrepentimiento. O sea, es la prueba de que queremos jugar con sus reglas. Lo que pasé después en la práctica no importa, nuestra actitud es la que él quisiera que tengamos. O sea que eso nos convierte en "el que es de su agrado". Es todo lo que él espera para derramar sobre nosotros esa gracia exhuberante. Porque "allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Romanos 5:20). Respetar los límites y las indicaciones de Dios, hacerle caso a su plano de construcción, realmente vale la pena.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

viernes, 20 de febrero de 2015

Eclesiastés 6 - Disfrutar la trascendencia (parte 3)

"Nada hay mejor para el hombre que comer y beber, y llegar a disfrutar de sus afanes. He visto que también esto proviene de Dios, porque ¿quién puede comer y alegrarse si no es por Dios?"
Eclesiastés 2:24-25

Hola a todos. Este tema terminó siendo mucho más largo de lo que yo mismo pensaba antes de compartir mis notas en el blog. Venía hablando de la trascendencia en dos sentidos distintos, y del disfrute en dos sentidos distintos. La trascendencia como lo que voy a dejar en este mundo el día que yo me vaya, y como esos aspectos de la vida que están por encima y por detrás de lo cotidiano; el disfrute como el costado placentero de lo que hago, y como el costado fructífero. La vez pasada había compartido que en mi opinión, y a la luz del pasaje, todo lo que hacemos y nos produce placer proviene de Dios. Él mismo nos creó para disfrutar de las cosas. Parte del propósito mismo de la creación era que encontremos placer en ella.

Nos queda hablar del segundo sentido del disfrute. La vez pasada había dicho que es interesante en nuestro idioma que disfrutar se puede pensar como "dis-frutar", extraer un fruto. Esto tiene que ver con sacar provecho de esos "afanes" de los que habla el pasaje. La palabra afán es un poco arriesgada a veces, pienso, porque está impregnada de una connotación negativa. Pero en este pasaje, la palabra refiere a todas aquellas cosas que nos requieren esfuerzo o que ocupan nuestro tiempo. Y pensando en lo que decía en la reflexión pasada, esto podría equivaler a las actividades que nos producen placer.

Entonces, la idea de Dios es que encontremos placer en las cosas que hacemos, pero también que obtengamos de ella algo que aporte bienestar, a mí, a otros o al mundo. En la profecía de Jeremías esto aparece con bastante claridad: "busquen el bienestar de la ciudad adonde los he deportado, y pidan al Señor por ella, porque el bienestar de ustedes depende del bienestar de la ciudad" (Jeremías 29:7).

Ahora, no todo esfuerzo ni toda situación es placentera. Sin embargo, todo lo que no puede disfrutarse nos parece que no tiene sentido. Eso hace que cualquiera de esas cosas sea mucho más difícil de sobrellevar. ¿Es posible revertir eso?

Para mí, acá volvemos al punto de poner el foco en los procesos y no en los resultados. Aún en medio de la situación más desagradable podemos encontrar fruto. Aún el esfuerzo menos placentero puede aportar bienestar, y a veces un bienestar muy grande. Es en este sentido que podemos disfrutar lo que no es tan agradable. Está claro que no nos produce placer, pero muchas veces nos nutre. Si los árboles pudieran racionalizar sus experiencias y sensaciones, probablemente el otoño, o una poda, les sería desagradable. Sin embargo, sin el otoño no podrían crecer, reverdecer, volverse más fuertes, más sólidos, más altos y tener raíces más profundas. Y la poda es indispensable para el crecimiento, lo optimiza, saca lo mejor de ese árbol. Esto se conecta incluso con la cuestión de los límites. Al marcarnos los límites, Dios proyecta su poda. Si tomamos la decisión de aceptar los límites de Dios, a veces vamos a sentir que se nos poda, que se nos remueve parte de nosotros, de lo que "queremos" hacer. Sin embargo, no es otra cosa que una optimización de nuestro crecimiento, para que podamos sacar lo mejor de nosotros.

Y por lo tanto, dar fruto. El éxito, entonces, deja de ser un punto de llegada y se convierte en un crecimiento bien nutrido. Un árbol es exitoso en su crecimiento si llega a estar bien nutrido, para dar fruto y que ese fruto produzca a su vez árboles fuertes. Lo mismo ocurre con las personas. No tiene tanto que ver con la forma que tenga el producto terminado, sino con la calidad de ese producto, que está en relación directa con un buen proceso de elaboración, buena materia prima, y así. Si la forma del resultado no es la que esperaba, pero la calidad es óptima, ese producto cumple adecuadamente su finalidad y, por lo tanto, la creación fue exitosa.

Dicho de otra forma, una creación termina siendo exitosa si atraviesa un proceso bien completo de elaboración, en todas sus etapas, más allá de cómo se vea la creación terminada, como parezca, si es o no como se la había planeado, etc. Y exitosa significa que esa creación va a dar fruto, va a aportar bienestar a aquellos que participen de ella. O en nuestro caso, a los que entren en contacto con nosotros mismos, lo cual podría incluirnos incluso a nosotros.

Es más: ¿no podríamos pensar que, a pesar de los efectos terribles y extremadamente desagradables, la expulsión del ser humano del Edén es simplemente una etapa más del proceso de creación del mundo? Es sólo una sugerencia mía, una suposición. Creo que es una posibilidad a tener en cuenta. Tal vez era la única manera de comprender un montón de cosas como la importancia de nuestra relación con el creador, su amor incondicional por su creación, y mucho más.

En resumen, disfrutar siempre viene de Dios, pero disfruto en el sentido que él propone cuando respeto los límites que él me marca. Si lo que disfruto queda por fuera de los límites de Dios, creo que estoy en un disfrute que no proviene de él, y no es verdadero disfrute. Tal vez sea placer momentáneo que va a producirme efectos negativos después, o tal vez algo que no es placentero ni aporta bienestar real a nadie. En definitiva, si no respeto los límites de Dios, soy yo mismo el que se perjudica, y probablemente también aquellos que me rodean, o el mundo entero. Es lo que pasó en la caída, y por lo tanto, en la historia de toda la humanidad. En ese caso, nos terminamos perjudicando todos, en todos los lugares y en todos los tiempos.

Precisamente, porque lo que se rompió con la desobediencia de los primeros humanos es el Edén, el estado de disfrute pleno, y yo agregaría que se rompieron los dos aspectos del disfrute: el placer y el fruto. La humanidad, alejada de Dios, no puede encontrar placer que no sea temporal, ni puede dar un fruto que sea trascendente. La trascendencia de la acción humana está necesariamente ligada, en mi opinión, a su relación con Dios. Para revertir el efecto de ese quiebre en el disfrute, la única forma es volver a entrar en el terreno delimitado por Dios, volver a los límites. Sólo Dios puede causar que hagamos eso con naturalidad, sin forzarnos a nosotros mismos ni hacerlo por obligación. Elegir los límites es algo que sólo puede lograrse por medio del Espíritu de Dios, y lo recibimos sólo a través de una relación viva y dinámica con el Dios vivo y real.

Pablo lo dice de manera muy clara: "el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad" (2 Corintios 3:17). Si respetamos los límites por obligación, nos vamos a sentir oprimidos. Pero si tenemos una relación viva con Dios, el Espíritu va a llevarnos a lo que yo llamo una "obediencia libre". Algo dentro nuestro cambia y empezamos a disfrutar de la vida dentro de esos límites que nos van a llevar otra vez al disfrute pleno, y a la trascendencia plena. Si algo es placentero y puedo jugarlo dentro de los límites, viene de Dios; si me nutre y no me daña por otro lado, a mí o a otros, sea o no sea agradable en sí, viene de Dios. Por eso, la muerte no viene de Dios, y no es "natural" desde el punto de vista de la creación. Tal vez ese sea un tema para hablar en otro momento.

Sólo nos queda terminar de integrar todos estos temas entre sí: la trascendencia, los límites, los procesos y el disfrute. Eso voy a tratar de hacer en la próxima publicación. Espero que todo esto aporte al bienestar de ustedes. Esa es la intención de estas reflexiones, y en definitiva, del blog entero.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

sábado, 24 de enero de 2015

Eclesiastés 6 - Disfrutar la trascendencia (parte 2)

"Nada hay mejor para el hombre que comer y beber, y llegar a disfrutar de sus afanes. He visto que también esto proviene de Dios, porque ¿quién puede comer y alegrarse si no es por Dios? En realidad, Dios da sabiduría, conocimientos y alegría a quien es de su agrado; en cambio, al pecador le impone la tarea de acumular más y más, para luego dárselo todo a quien es de su agrado. Y también esto es absurdo; ¡es correr tras el viento!"
Eclesiastés 2:24-26

Hola a todos. Tengo que hacer un importante anuncio: ésta es la publicación número 100. Yo mismo no puedo creer que haya habido tantas publicaciones en este blog desde que lo empecé, cinco años atrás. Más de cinco años, en realidad. Y como celebración de las cien publicaciones, creo que es una coincidencia interesante que haya quedado éste como tema de la reflexión. La verdad es que no lo planeé. Venía pensando en qué iba a hacer para la centésima publicación, pero al parecer, el Espíritu Santo me ganó de mano. Suele pasar.

En la reflexión pasada hablé sobre la trascendencia, y dije que no se trata nada más de la vida después de la muerte, sino que podemos pensarla como una moneda de dos caras: por un lado, eso que queda en este mundo cuando yo me vaya; por otro lado, esos aspectos de la vida que están por fuera y por encima del día a día. Así y todo, la trascendencia, tal como quiero plantearla acá, forma parte del día a día. Porque pensar en la trascendencia de nuestras decisiones y actividades diarias les da un sentido, y las integra a todas entre sí. Digamos que pensar de manera trascendente nos vuelve más integrales a nosotros, menos divididos en nuestro interior entre diferentes piezas de un rompecabezas aparentemente caótico.

Pero el punto es que trabajar para la trascendencia a veces parecería no tener sentido, porque yo no sé que va a hacer mi próxima generación con lo que yo le aporte al mundo. Entonces, la vez pasada planteé que eso sólo pasa si lo pienso desde el lado del resultado. Pero si lo pienso desde el proceso, tal vez pueda encontrar la ganancia en el acto mismo de trabajar para construir ese legado. Y el legado es todo, absolutamente todo lo que hacemos: trabajo, estudio, hobby, relaciones interpersonales, formas de pensar, etc. Todo lo que nos hace ser quienes somos forma parte de lo que le dejamos al mundo. Y en este punto es donde está la clave para entender cómo podemos disfrutar de la trascendencia.

El pasaje de Eclesiastés nos plantea que "nada hay mejor para el hombre que comer y beber, y llegar a disfrutar" (2:24). Y dice que esto, disfrutar, "también proviene de Dios". Al leer esto uno podría pensar que proviene de Dios porque ahora, en el presente, Dios me da esas cosas, y me da esos "afanes" de los que habla el pasaje. Sin embargo, quiero proponer una idea distinta: Dios nos da esas cosas desde la creación misma del mundo. Dios creó todo para que fuera disfrutado o disfrutable. La palabra Edén nos lo comprueba, porque precisamente, ese es el significado: placer, dicha, disfrute. Entonces, cuando el Génesis dice que "Dios el Señor plantó un huerto en Edén, al oriente, y allí puso al hombre que había formado" (Génesis 2:8)*, lo que está diciendo es que Dios puso al hombre en ese huerto en un estado de placer, de dicha y de disfrute. La pregunta que podemos hacernos es: entonces, ¿qué es disfrutar?

Haciendo un juego de palabras en español, aunque por lo que vi en hebreo podría llegarse a esta conclusión haciendo un pequeño análisis semántico, podemos pensarlo de esta manera: dis-frutar es sacar fruto. Y el fruto tiene dos efectos por lo menos. Uno, generarnos placer al comerlo; otro, dar semilla para sembrar y seguir desarrollando la especie.

El primer efecto, el de generar placer, se relaciona directamente con el estado de Edén, el estado de dicha de la creación. O para decirlo más claramente: fuimos creados en una situación de dicha, de placer, de plenitud, de abundancia. En una situación de vida abundante, podríamos decir, pensando en lo que dijo Jesús acerca de su misión (Juan 10:10). Entonces, la dicha aparece asociada a una actividad creadora y creativa. A Dios le da placer crear lo que crea, y por lo tanto, esa creación está impregnada de placer, tiene una esencia placentera. No sé si les pasó alguna vez, pero estoy seguro de que sí: cuando mi actividad está creando algo, me da dicha. Creando lo que sea; no lo piensen desde el lado del arte, solamente, sino desde un proyecto personal cualquiera, incluso si es un hobby. No tengo hijos, pero todos los padres que conozco me hablan de lo lindo que es traer una vida al mundo; participar en la creación de otra persona.

Eso es crear, en un sentido amplio: darle vida a algo que no estaba integrado antes, generando en otra persona cosas nuevas. Es lo que pasa, por ejemplo, en una relación de pareja. Dos personas que no se conocían en algún momento, se van integrando hasta darle vida a una cosa nueva que antes no existía, que es esa relación. Eventualmente, eso puede llevar al punto máximo en el que generan las condiciones para la creación de una vida nueva, literalmente.

Esto me lleva otra vez a la cuestión de los límites, de la que ya hablé en otra oportunidad. Los límites son como las reglas del juego, las leyes espirituales "objetivas", podría decir. Dios creó el mundo, y por lo tanto es el único que realmente sabe cómo funciona. Cuando nos pone límites, simplemente nos está diciendo cómo funcionan las cosas. Si no me gusta o no estoy de acuerdo, está bien, pero tengo que saber que hay consecuencias por no seguir esas indicaciones. No son castigos, sino consecuencias. Por eso se nos marcan los límites. Si quiero tomar agua fría y la expongo al fuego de una hornalla, se va a calentar, me guste o no me guste. Lo mismo pasa con las leyes espirituales.

El problema de la caída del ser humano, es decir, de su expulsión del Edén (sí, fuimos expulsados del estado de dicha y placer, por eso en el estado en que están hoy las cosas nunca vivimos en dicha absoluta), es que quisimos ser los dioses de nuestro propio mundo, ser nosotros quienes definiéramos qué estaba bien y qué estaba mal, pero nos olvidamos que eso no está en nuestra esfera de capacidades. No somos los creadores, y por lo tanto no podemos cambiar el funcionamiento estructural del mundo. Es como querer cambiar el funcionamiento de una heladera. No se puede, funciona así. Puedo modificarla, si soy ingeniero, pero no puedo cambiar lo que depende de las leyes de la naturaleza. Las leyes espirituales también son leyes de la naturaleza.

Y ese, el querer ser dioses, el querer determinar qué estaba bien y qué estaba mal, era el único fruto del que se nos prohibió comer. Podíamos comer de todos los demás. Podíamos tomar decisiones propias, libres, autónomas en cualquier otro aspecto, pero fuimos a meternos con esa única cuestión que Dios nos advirtió que no tocáramos. Ese era el único límite que tenía el disfrute, en el sentido de placer, que había en el Edén.

Lo que quiero remarcar con esto es que existen límites sanos objetivos y Dios los conoce, y nos los marca. Pero dentro de esos límites, la cancha es enorme, y todo lo que está ahí está para generarnos placer. Lo que me resulta placentero nunca puede estar mal si está dentro de los límites sanos. Porque Dios mismo fue el que creó el placer. Eso es lo que nos dice la biblia misma, en el pasaje de Eclesiastés.

Entonces, todo lo placentero fue creado para que participemos de ello y encontremos dicha. No hay nada mejor que esto, según el pasaje. O sea, no solamente está permitido lo que nos genera placer, sino que es lo que Dios tiene en mente. ¡El plan original de Dios es que vivamos una vida de placer!

Creo que ya pueden ver por dónde viene la mano con este tema. Si vamos a trabajar y esforzarnos para la trascendencia y el resultado no depende de nosotros, al menos tenemos que intentar encontrar el máximo placer posible en el proceso. Hacer que ese proceso valga la pena. A veces tenemos que hacer trabajos que no nos resultan en sí placenteros, pero es importante entonces complementarlo con otras actividades que sí nos resulten placenteras. A veces vivimos situaciones que son desagradables, y llegan esos días en que decimos "«No encuentro en ellos placer alguno»" (Eclesiastés 12:1). Pero es importante que complementemos eso con otras situaciones o elementos que sí nos generen placer, como amistades, pareja, hobbies, etc.

Por supuesto, la clave principal del disfrute en el sentido del placer es una relación con Dios, y sobre todo, el reconocimiento de que Dios es nuestro dios, y no nosotros mismos, porque eso es lo que quebró el disfrute, la dicha, en primer lugar. Eso nos va a llevar a respetar otra vez los límites sanos que Dios nos pone y encontrarnos con un territorio inmenso lleno de oportunidades para experimentar placer sin apartarnos del plan de Dios, y eso nos lleva inevitablemente a un mayor nivel de felicidad. Y lo digo en serio.

La próxima vez voy a hablar del segundo sentido del disfrute, y después vamos a ver cómo se integra todo esto con la trascendencia, los procesos y los límites. Espero que esta reflexión haya sido útil. Aprovecho para saludar especialmente a todos los que siguen este blog, y a todos los que me hacen comentarios, ya sea acá (que son muy pocos) o en persona. Con que una sola persona me exprese que este blog le aporta algo, ya considero que es un esfuerzo digno de ser realizado. Da la "casualidad" que eso se relaciona con lo que voy a publicar la próxima vez.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

*Transcribí este pasaje en la traducción Reina Valera Contemporánea, porque me pareció más ajustada al texto hebreo, según lo que pude encontrar.

lunes, 12 de enero de 2015

Eclesiastés 6 - Disfrutar la trascendencia (parte 1)

"Aborrecí también el haberme afanado tanto en esta vida, pues el fruto de tanto afán tendría que dejárselo a mi sucesor, y ¿quién sabe si éste sería sabio o necio? Sin embargo, se adueñaría de todo lo que con tantos afanes y sabiduría logré hacer en esta vida. ¡Y también esto es absurdo!
Volví a sentirme descorazonado por haberme afanado tanto en esta vida, pues hay quienes ponen a trabajar su sabiduría y sus conocimientos y experiencia, para luego entregarle todos sus bienes a quien jamás movió un dedo. ¡Y también esto es absurdo, y un mal enorme! Pues, ¿qué gana el hombre con todos sus esfuerzos y con tanto preocuparse y afanarse bajo el sol? Todos sus días están plagados de sufrimiento y tareas frustrantes, y ni siquiera de noche descansa su mente. ¡Y también esto es absurdo!
Nada hay mejor para el hombre que comer y beber, y llegar a disfrutar de sus afanes. He visto que también esto proviene de Dios".
Eclesiastés 2:18-24

Hola a todos. Pasó mucho tiempo desde la última publicación, pero pienso que alguno más o menos recordará de qué veníamos hablando. Quiero destacar que esto no es un estudio del libro de Eclesiastés, sino que son enseñanzas que me dejaron las experiencias de este año que pasó, y que tienen un correlato interesante con cosas que encontré en Eclesiastés. De alguna manera, el texto bíblico actúa acá dándole forma y sentido a todas esas experiencias que viví que en algún punto se salían de mis esquemas y estructuras, y por lo tanto me costaba entender o explicarme.

Hablé de la zona gris, ese momento de la vida donde muchas certezas que teníamos se van desdibujando o se vuelven borrosas. Hablé de la vida a todo color, donde la experiencia de la gama de grises se transforma, por el impacto de una relación viva y fresca con Jesús, en una gama de colores. Hablé de los resultados, que son siempre de Dios, los procesos, que son siempre nuestros, y los límites, que son materia prima para que podamos crear, "pintar", una vida plena, esa vida a todo color que Dios nos propone.

Y ahora quiero hablar de la trascendencia, y del disfrute. Es un tema largo, así que me vi obligado a dividirlo en al menos dos partes. En el transcurso de los últimos años, más y más me doy cuenta de que todo lo que hacemos cobra más relevancia si lo pensamos hacia adelante, si pensamos en el impacto que va a tener en nuestro futuro, o incluso más, en las futuras generaciones, nuestras o de nuestra sociedad. A algunos tal vez les parezca muy extraño esto, pero en algún momento de nuestra vida, pienso que todos nos cruzamos con este dilema. A eso le llamo trascendencia: al efecto posible que nuestras decisiones tengan en aquellos que van a quedarse en este mundo cuando nosotros nos hayamos ido. Y tiene un segundo significado, que tiene que ver con la parte de la existencia que está por fuera y por encima de la existencia terrenal, por llamarlo de algún modo, la eternidad.

No quiero ponerme demasiado filosófico, pero quiero invitarlos a que piensen en la eternidad no como la vida después de la muerte, sino como otro nivel de la vida. Si pensamos la vida como un edificio, digamos que la eternidad es el plano del edificio, que es lo único que permanece, por ejemplo, si el edificio se derrumba. El que conoce el plano, conoce el edificio. El que mira el plano, aprende más sobre el edificio. Si entro a un edificio, sólo veo la planta baja, pero si miro el plano veo todo el edificio al mismo tiempo.

Entonces, el pasaje nos plantea mucho de esto. Nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, todo lo que hacemos cobra sentido si lo hacemos pensando en la trascendencia, eso es algo que cualquiera podría darse cuenta sólo con pensarlo un poco. Si mi esfuerzo, mi afán, mi actividad, tienen un valor de trascendencia, de legado para las próximas generaciones, valen la pena. Es la famosa idea de dejar el mundo mejor que como lo encontré, aunque sea en algo chico.

Esto tiene que ver con toda mi obra, no sólo con mi trabajo y mi estudio. Tiene que ver con el trato con las personas, con la transmisión de los valores que sostengo, las formas de pensar, las experiencias, en fin, cualquier actividad constructiva en el sentido que sea. Pero el problema que nos plantea el pasaje, y la vida misma, es que no conozco a mi próxima generación. Entonces, "¿quién sabe si éste sería sabio o necio?" (2:19). El gran tema para Salomón es que, aun si él se esforzara por dejar un legado vasto y bien construido, nada le garantizaría que su sucesor cuidara bien ese legado y le diera buen uso.

Es ahí donde interviene, por supuesto, una buena crianza de nuestros hijos, o de la próxima generación en conjunto, con valores que apunten a darle buen uso a lo que recibimos de nuestros predecesores. Es lo que nos dice Deuteronomio 6:6-7, "grábate en el corazón estas palabras que hoy te mando. Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes".

Pero incluso si me afano en educar a mis hijos lo mejor que puedo, no puedo (ni debería intentar) controlar su personalidad. Salomón se sintió descorazonado por esto, porque como dice el pasaje, afanarse y poner a trabajar todos nuestros recursos para darle un buen legado a alguien que después no mueve un dedo para aprovecharlo, o para expandirlo, es "un mal enorme". Casi podríamos decir que es un desperdicio de recursos.

Y ahí volvemos al punto de la reflexión pasada: el tema de pensar desde el punto de vista del resultado. En términos de resultado, el trabajo y la preocupación por la trascendencia pueden no traernos ninguna ganancia. Porque en última instancia, el resultado no depende de nosotros. No manejamos casi para nada las circunstancias ni las condiciones que al final determinan el resultado. Sólo las tenemos ahí alrededor nuestro como marco, como contexto a partir del cual trabajamos y construimos, y que es siempre limitado.

Pero al movernos dentro de ese contexto, al jugar con esas condiciones, integrarlas en el proceso, vamos encontrando a Dios, y las pistas que nos da sobre el camino más apropiado para seguir. Al enfocarnos en los procesos, la ganancia no está al final, sino en la marcha, en el día a día. Y es ahí donde a fin de cuentas, la trascendencia no tiene que ver con lo que viene nada más, sino que es algo cotidiano. Es mirar el plano del edificio mientras lo voy recorriendo. Por eso Jesús, al enseñar a sus discípulos a orar, dijo "venga tu reino" (Mateo 6:10).

De alguna manera, la vida nos plantea el interrogante: "¿qué gana el hombre con todos sus esfuerzos y con tanto preocuparse y afanarse bajo el sol?" (2:22). Y una posible respuesta, la que encontré en mi propia experiencia, es: gana lo que el camino mismo me va dando, aquello que voy cosechando mientras me esfuerzo, y no al final. Así, el resultado puede ser provechoso o infructífero, pero da igual, porque aproveché al máximo el proceso.

Y esto tiene que ver con la idea de disfrutar. El pasaje dice que lo mejor que puede hacer el hombre, o que le puede pasar, es "comer y beber, y llegar a disfrutar" (2:24). En medio de la vorágine de la vida, esto que parece algo obvio no es tan fácil ni nos viene dado así nomás. Creo que el desafío que nos plantea Dios al pensar en la trascendencia es el de disfrutar de la trascendencia, de ese proceso cotidiano de trabajar para dejar el mundo mejor que como lo encontré. Sólo si lo hago con ese propósito voy a encontrar el color en mi esfuerzo, pero la pregunta es: ¿cómo? De eso voy a hablar en la segunda parte.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Eclesiastés 5 - Los procesos, los resultados y los límites

"Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de todos sus afanes. Sé además que todo lo que Dios ha hecho permanece para siempre; que no hay nada que añadirle ni quitarle; y que Dios lo hizo así para que se le tema" (Eclesiastés 3:12-14).

Hola a todos. Tal vez hayan notado que el pasaje que estoy citando es el mismo que usé la vez pasada. Eso es porque quería agregar una breve reflexión a lo que escribí. Había dicho que iba a hablar sobre el tema de el disfrute en el hombre, o mejor, el hombre en el disfrute, pero primero me gustaría hacer un pequeño puente entre el tema de la vida en color y el tema del disfrute.

La vez pasada terminé planteando la idea de que lo mejor que podemos hacer es "hacer las cosas bien", pero de manera libre y creativa, a través de una relación viva con el Dios vivo. Pero hay algo que me quedó en el tintero, y tiene que ver por un lado con la cuestión de los resultados, y por otro lado con la cuestión de los límites.

Sobre el tema de los resultados, me parece interesante lo que dice el pasaje, de que a lo que Dios hizo (o hace, en nuestra vida, por ejemplo), "no hay nada que añadirle ni quitarle". Es como si Dios quisiera llevarnos a ciertos puntos, a ciertos "lugares" de la vida, y en última instancia siempre llegamos a ello. El resultado de nuestra vida no siempre, y hasta diría que casi nunca, depende exclusivamente de nosotros. Hay puntos de llegada, o de "tránsito", por los que inevitablemente vamos a pasar.

Pero lo que sí depende de nosotros es el proceso. Nosotros somos los que vamos moldeando, con nuestras decisiones, el camino que nos lleva a esos puntos, y por lo tanto, depende de nosotros la cantidad de jugo que le saquemos a las experiencias que vivimos. Esto es especialmente cierto con las etapas menos agradables de la vida, donde nosotros tenemos en general la tendencia (entendible, por otro lado) a renegar de lo que vivimos y pelearnos con nuestras circunstancias. Nos enojamos con la vida, o con Dios, y nos frustramos. Creo que aún de nuestro enojo o frustración podemos sacar jugo, pero el punto es que esas instancias, esos momentos menos agradables, son oportunidades para crecer también. Es en medio del dolor donde a veces encontramos respuestas a cosas que no podíamos ver por otros medios. Digamos, nuestra actitud frente a lo que nos toca vivir determina cómo vamos a salir parados una vez que lleguemos a destino.

Nosotros tomamos libremente nuestras decisiones, todo el tiempo. Nadie nos obliga realmente a decidir nada. Incluso cuando estamos bajo amenaza, no estamos bajo obligación. Somos nosotros los que elegimos apartarnos de las consecuencias o ir hacia ellas. Todas las decisiones tienen consecuencias. Pero nunca las conocemos de antemano. Por eso, nuestras decisiones no pueden más que basarse en juicios de valor sobre la situación en sí, sobre cuál curso de acción me parece el adecuado y por qué.

Pero Dios sí las conoce de antemano. Él sabe de qué manera vamos a llegar a tal o cual punto, cómo vamos a llegar, y cuándo. Por eso, conoce profundamente nuestro interior, nuestras motivaciones. Por eso, continuamente trata de guiarnos hacia aquello que mejor resultado va a tener para nosotros, y nos guía de muchas maneras, pero siempre apuntando a que vivamos el proceso de la mejor manera posible, porque es el proceso lo único que depende de nosotros. Y entonces, cada decisión, buena y mala, terminamos tomándola en el momento oportuno, siempre. Si tomé esa decisión en ese momento, es porque era el momento de que tomara esa decisión.

Obvio, esto sólo puedo saberlo al mirar para atrás. No puedo usar eso como excusa para justificar cualquier decisión que vaya a tomar, diciendo "bueno, hago esto, total, es el momento oportuno". Porque "hacer las cosas bien" implica elegir adecuadamente los valores que guían nuestras decisiones.

Y creo que esto es lo que más quiere brindarnos Dios: valores apropiados, constructivos, para guiar nuestras decisiones. Y es acá donde se vincula con los límites. Dios nos pone límites, eso es cierto. Es indiscutible. Ejemplo obvio: "no matarás". Entonces, matar está mal, diría alguno. No sé hasta dónde los conceptos de "bien" y "mal" son útiles para explicar los modelos de acción que Dios nos propone. Más que decir que "está mal", diría que matar no lleva a ningún lado productivo o edificante. Entonces, Dios puso el límite. Pero ese límite no está para complicarnos la vida, o para convertirnos en personas limitadas. Somos, de por sí, personas limitadas, lo queramos o no. Pero los límites de Dios están ahí para optimizar el disfrute de la vida, son herramientas, materia prima a partir de la cual crear nuestra vida. Nunca Dios tuvo la intención de restringir nuestra libertad o felicidad, sino que nos dio una base desde la que construirla para que sea una libertad productiva, y una felicidad sólida. ¿Podemos elegir cruzar los límites de Dios? Sí. ¿Dios va a castigarnos? En este mundo, probablemente no. Pero ya el propio traspaso de los límites es algo que tarde o temprano se nos va a volver en contra. Nunca vamos a ser plenos si no nos movemos dentro de los límites que Dios establece.

Es como jugar un partido de fútbol y cruzar los límites de la cancha. El partido continúa, pero el equipo contrario gana la posesión de la pelota por mi traspaso. Eventualmente, esto puede llegar a resultar en una ventaja para el equipo contrario y en que mi equipo pierda. Algo parecido pasa con los límites que Dios establece para nuestra vida. No son muros, son líneas. Si los cruzo, me la complico más yo mismo, y muchas veces a otras personas también.

En mi experiencia, sólo al pasar por la zona gris descubrimos estas cuestiones sobre la importancia de los límites, porque mientras tanto, como tendemos a ver sólo en blanco y negro, también percibimos los límites de Dios en esos términos. Pero en la zona gris vemos que es todo mucho más complejo y más rico, y que todo lo que Dios establece lo hace para nuestro propio bien.

El pasaje dice que Dios hizo las cosas de esa manera para que se le tema. Y ahí hay un problema con la idea de "temor", y creo que hay que tener mucho cuidado. Porque sinceramente, a la luz del resto de la biblia, Dios no es un Dios que quiere generarnos miedo, sino todo lo contrario: espera que lo amemos, que entendamos su amor por nosotros, y que veamos que sólo quiere que seamos plenos, que vivamos completos, felices. Entonces, ¿qué es este temor? Por experiencia, puedo decir que identifico este "temor" con una sensación de "asombro reverente" hacia Dios. Experimentar la presencia misma de Dios, tener una relación concreta, real, viva con él, me llena de un asombro profundo que me lleva a caer rendido ante él, a tenerle una reverencia completa y profunda. Confío en su palabra, y hago todo lo posible por obedecer lo que me pide, porque realmente es alguien que me impacta profundamente. Creo que este asombro reverente es el "temor de Dios". Y mientras me deje llevar por esa sensación en particular, tengo la certeza de que voy a ir encontrando las pautas que Dios me va dando, las pistas que Dios va poniendo en mi camino, para llegar adonde quiere llevarme de la mejor manera posible. Eso es, para mí, "buscar a Dios". Dejarme guiar por el asombro reverente.

Para cerrar esta reflexión, quiero unir todo esto con el tema de la zona de colores: si entremezclamos las cosas que más amamos hacer con ese asombro reverente, el resultado no puede ser otro que una vida a todo color, donde Dios está en todo lo que vivimos, dándole a todo ese brillo especial, que lo consagra todo y hace que todo termine siendo una experiencia espiritual de gran impacto. Entonces, podemos darnos un margen de error, porque sin duda vamos a pifiarle a los límites de Dios en algún momento, vamos a "pintar fuera de la línea". Pero también podemos darnos margen para hacer las cosas que más nos hacen sentir plenos, aunque parezca que no tienen nada que ver con Dios ni con nada (escuchar música, dibujar, leer, escribir cuentos, sacar fotos, arreglar autos, y la lista es infinita). Al final, todo suma, porque la relación viva con Dios es lo que cambia todo.

Los resultados son siempre de Dios. Los procesos son en gran medida nuestros, por medio de las decisiones que vamos tomando. Y para tomar decisiones que sean provechosas, para nosotros y para los demás, Dios nos propone "límites", que son materia prima para una vida libre y dichosa. Los límites son en realidad valores, resortes para impulsarnos hacia arriba y adelante. Si dejamos que esos valores guíen todas nuestras decisiones, la vida va a estar llena de color. Y la única manera de hacer eso sin resignar nuestra libertad, es relacionarnos con Dios personalmente, hasta que su propia presencia en nuestra vida nos impregne de ellos.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

lunes, 27 de octubre de 2014

Eclesiastés 4 - La vida en color

"Dios hizo todo hermoso en su momento, y puso en la mente humana el sentido del tiempo, aun cuando el hombre no alcanza a comprender la obra que Dios realiza de principio a fin. Yo sé que nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de todos sus afanes. Sé además que todo lo que Dios ha hecho permanece para siempre; que no hay nada que añadirle ni quitarle; y que Dios lo hizo así para que se le tema" (Eclesiastés 3:11-14).

Hola a todos. La vez anterior compartí una reflexión acerca de una experiencia que había atravesado, que me hizo reconsiderar algunos parámetros que había tenido como absolutos sobre qué es "hacer las cosas bien". Identifiqué esa experiencia como una zona gris, donde los blancos y negros con los que tendemos a medir nuestra vida y nuestras decisiones no eran tan claros, sino que todo lo iba construyendo sobre la marcha, con ciertas guías y, sobre todo, a partir de una relación viva, dinámica y cotidiana con Dios.

Pienso que en general, el principal problema que nos causan los blancos y negros cuando los sostenemos como absolutos es que nos desalientan a aceptar la realidad tal como es, tal como nos toca. Negamos que nos pasa tal o cual cosa porque nos parece ilógico desde nuestros parámetros. No sé si les ha pasado. Personalmente, hubo un tiempo en que me pasaba muy seguido, pero Dios fue trabajando eso en mí. La zona gris fue hasta ahora lo último que me enseñó al respecto.

El problema es que si no aceptamos la realidad tal como viene, si no aceptamos que esas cosas efectivamente nos pasan a pesar de que nos parezca ilógico, o malo, o lo que sea, no podemos empezar a trabajar para cambiar aquellas cosas que no me gustan de la situación. Y por otro lado, y lo que me parece más importante para esta reflexión, nos impide disfrutar de un montón de cosas, solamente porque no las entendemos o quedan fuera de nuestro esquema.

En el pasaje que compartí, hay varias ideas que me parecen centrales. Primero, quiero destacar que "Dios hizo todo hermoso en su momento" (3:11). Cada cosa que nos toca vivir o hacer, en su momento adecuado, es hermosa para Dios. Cada etapa, cada momento de la vida es importante. Creo que luchar contra lo que nos toca vivir sólo por el hecho de que sea desagradable nos quita la posibilidad de atesorar un montón de cosas. Alguien me habló hace poco de la importancia de "integrar" cada cosa que vivimos, lo agradable y lo desagradable, tratar de darle un sentido a cada una de esas cosas en nuestra vida, y simplemente seguir caminando.

Esto es especialmente cierto en la zona gris, donde muchas veces actuamos más por intuición o por experimentación que guiados por un mapa. Es en esta zona gris donde terminé de convencerme de que la vida es una gran escuela donde aprendemos a ser nosotros mismos en toda nuestra plenitud. Cada uno va aprendiendo a ser todo lo que puede llegar a ser. Y la única manera de aprender eso es viviendo, justamente. Viviendo intensamente. Dios quiere que seamos felices, pero la realidad es que, para alcanzar un estado mayor de felicidad cada vez, generalmente necesitamos dejar algo atrás, o atravesar ciertas experiencias desagradables. ¿Por qué? Bueno, no estoy seguro. Pero la verdad es que en este último tiempo, de cada acierto o momento lindo, aprendí algo que no sabía sobre mí, o alcancé un nuevo punto en mi crecimiento, y lo mismo de cada angustia, preocupación, miedo o inseguridad.

Ahora, si la zona gris es lo opuesto a los blancos y negros, uno pensaría por lógica, que al salir de la zona gris, tendría nuevos blancos y negros, pero más apropiados, o mejor definidos. Bueno, yo creo que la relación lógica cambia. En vez de salir a una nueva zona de blancos y negros, salimos a un área donde todo es de color. Cuando nos animamos a ser creativos con nuestra vida y tener la mente abierta, pasado ese tiempo de incertidumbre donde no sabemos bien como enfrentar las cosas que vivimos, al final de la zona gris todo adquiere un nuevo brillo. De la zona gris nos queda esa comprensión de que la vida es una gama, pero ya no de grises, sino de colores. Podríamos pensar en una especie de "zona iris". Pero me gusta pensarlo más como "una vida a todo color" en oposición a "una vida en blanco y negro".

Pero entonces, ¿cuándo termina la zona gris? Porque parece que es una experiencia muy buena, pero claramente no puede durar para siempre. Porque no podemos vivir sin certezas toda la vida. No podemos vivir siempre sin ver por donde vamos, sin entender lo que vivimos. Yo identifico como salida de mi zona gris el momento en el que hice el "click" y pude reconocer que Dios había estado siempre ahí, en todo lo que había hecho, incluyendo un montón de recursos e ideas personales, que yo mismo había desarrollado para enfrentar determinadas situaciones en determinados momentos. Ahí fue donde los grises fueron convirtiéndose en tonalidades de colores. Fui perdiendo el miedo a equivocarme, el miedo a fallarle a Dios, porque entendí que él cuidaba mis pasos y que, llegado el caso, él me perdonaba mis fallas, las dejaba atrás y me daba la mano para levantarme y seguir.

Pero eso también tiene que ver con que conservaba en mi mente, siempre, a lo largo de toda la zona gris, un principio fundamental que jamás abandoné, ni siento que pudiera abandonar: "teme al Señor tu Dios, sírvele solamente a él, y jura sólo en su nombre" (Deuteronomio 6:13), que también podemos considerar como "ama al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Deuteronomio 6:5). Es decir, en toda mi experimentación con la vida misma, siempre busqué la guía de Dios, lo que él quería que aprendiera en ese "valle tenebroso" del que hablaba la vez pasada. No imagino otra manera de salir de la zona gris, de la zona donde no hay certezas absolutas, sin la compañía del que siguió siendo cierto cuando todo era inseguro. Y no hablo ahora ni de su palabra, ni de la iglesia, ni de la religión. Hablo del Dios viviente, con el que sólo una relación fresca, activa y dinámica me condujo a través de la zona gris hacia donde brilla el sol y todo es de color.

Y siento que es muy difícil ahora que vuelva a cerrar blancos y negros. No sé, la vida es compleja, y podría pasarme, pero como ya experimenté en esa zona gris lo que es la complejidad de la vida, pienso que me sería muy difícil ahora volver a reducirlo a una estructura de blanco y negro. Porque ya saboreé lo que es la vida en color, y es mucho más hermosa. Encontré un principio nuevo: todo lo que el ser humano hace y disfruta pareciera ser un don de Dios, porque fue Dios el que puso el disfrute en el hombre, o más bien, al hombre en el disfrute. Voy a hablar de eso la próxima, pero es un poco lo que también descubrió Salomón, que después escribió Eclesiastés. Creo que Salomón vivió la experiencia de la zona gris, y de la vida a todo color.

En la zona gris, entonces, se nos mueve todo el tablero, la manera en la que entendíamos la vida ya no nos sirve del todo para explicar lo que vivimos o para resolver las situaciones que nos toca atravesar, y se desdibujan los blancos y negros, quedan borrosos. Atravesar la zona gris, decía la vez pasada, no es fácil y da un poco de miedo. Al otro lado, hay una región de colores intensos donde si "hago el bien" es a conciencia, y de manera libre y creativa, para que lo disfrute yo mismo y los demás, y no ya por "obligación" o para obligar a otros.

La riqueza de la zona gris termina estando en mostrarnos que muchas cosas no son en sí mismas buenas o malas, o correctas o incorrectas, sino que hay una amplia gama de grises, digamos, que hacen que en realidad la vida sea mucho más interesante y nos permite movernos con un poco más de libertad y de creatividad. Y el tesoro que está al otro lado, es una vida a todo color, cuando esa gama de grises se convierte en una paleta de colores, texturas y tonalidades con las que podemos dibujar sobre la hoja en blanco que nos había quedado. En realidad, pienso que en la zona gris "dibujamos a color", pero en la sombra, como decía la vez pasada. Cuando atravesamos la zona gris salimos a la luz, y ahí vemos los colores de nuestro dibujo, y podemos seguir dibujando, esta vez viendo con claridad los colores que usamos.

Para terminar, resalto esta parte del pasaje que mencioné al principio: "nada hay mejor para el hombre que alegrarse y hacer el bien mientras viva; Y sé también que es un don de Dios que el hombre coma o beba, y disfrute de sus afanes" (3:12). De eso se trata la vida en color: hacer el bien, y al mismo tiempo disfrutar de la vida. Y la clave que se nos ofrece para integrar esas dos cosas de manera coherente, es una relación viva, libre y creativa con un Dios que es también, él mismo, vivo, libre y creativo.

Hasta que nos volvamos a encontrar.

jueves, 9 de octubre de 2014

Eclesiastés 3 - La zona gris

"El sabio tiene los ojos bien puestos, pero el necio anda a oscuras. Pero también me di cuenta de que un mismo final les espera a todos. Me dije entonces: «Si al fin voy a acabar igual que el necio, ¿de qué me sirve ser tan sabio?» Y concluí que también esto es absurdo, pues nadie se acuerda jamás del sabio ni del necio; con el paso del tiempo todo cae en el olvido, y lo mismo mueren los sabios que los necios" (Eclesiastés 2:14-16).

Hola a todos. Hasta ahora viene coincidiendo el número de capítulo de los pasajes con el número de reflexión de la serie, pero es sólo una coincidencia, recuerden que mi idea no es analizar acá pasaje por pasaje. Al menos no en principio, nunca se sabe si terminaré cambiando de parecer. Y eso tiene mucho que ver con la zona gris, el tema que quiero compartir hoy.

Me costó bastante seleccionar un pasaje de Eclesiastés para el tema, porque en realidad es el libro entero el que condensa la idea, entonces hubiera sido necesario hacer una selección de varios a lo largo de él y conectarlos entre sí. Tal vez me vaya refiriendo a ellos en la reflexión misma.

Desde el principio de nuestra vida se nos enseña o se nos dice cómo deberíamos hacer las cosas, qué camino seguir o cómo vivir. En realidad, nosotros mismos vamos buscando recetas, códigos que permanezcan allí, reglas de vida que orienten nuestras decisiones y acciones. A veces es un ideal, a veces una religión, a veces las pautas de comportamiento que nos trasmiten nuestros padres, y cosas así. Necesitamos algún marco de referencia que organice un poco nuestras vidas, algo que nos sugiera cómo funcionamos mejor, o en qué condiciones sacamos lo mejor de nosotros y el mejor provecho de esta vida. La vez pasada hablé un poco de esto. De hecho, si se fijan, el pasaje que tomé para esta reflexión es la continuación del que cité para la anterior.

El problema es que para organizar el gran caos que a veces parece nuestra vida, nuestra mente tiende a crear estructuras bien delimitadas y cerradas, formas de pensamiento que no sólo condicionan nuestro actuar, sino que moldean nuestra visión del mundo. Es lo mismo que pasa con las ciencias: cada una de ellas es un sistema que se espera que cierre en sí mismo, que explique y todo lo que haya que explicar sobre el tema que le toca, que no deje ningún cabo suelto. Lo que queda fuera de la ciencia, suele pensarse que es falso, o apenas válido.

El pasaje que elegí habla de la sabiduría. Podríamos pensar, para simplificar y que se entienda la idea, que acá la sabiduría contaría como "hacer las cosas bien". Me parece que esto es algo que tenemos bastante incorporado en nosotros, y no me parece que sea en sí un problema. Pero quiero compartir brevemente qué fue lo que me pasó en este último tiempo en relación con esto.

Desde hace varios años vengo aprendiendo más sobre Dios y sobre su palabra, y sobre la forma en que él ve y entiende la vida. Vengo aprendiendo, digamos, a "hacer las cosas bien" desde su punto de vista. El problema con esto es que yo ya traía otras opiniones sobre qué es "hacer las cosas bien", antes de conocer a Dios. A lo largo del camino de mi vida, mis experiencias y lo que fui recibiendo de otros me fueron llevando a construir una escala de valores, de parámetros, de blancos y negros. Había ciertas cosas que concebía como fundamentales para vivir adecuadamente, formas de hacer las cosas o de entenderlas que eran correctas y otras que no. Al mezclarse los dos parámetros, me quedó un edificio preciosamente construido de mandatos que eran básicamente míos. Yo mismo, sin darme cuenta, me armé una escala de valores absolutos para mi propia vida, y los convertí sin querer en ley.

El problema de la ley es el mismo que tuvieron los religiosos en la época de Jesús, y el mismo que tenemos muchas veces hoy. El celo excesivo por la ley nos convierte en legalistas, y entonces obedecemos la ley solamente porque es ley, y no por un acto de voluntad consciente, no por decisión y convicción. La cumplimos porque está. El problema de eso es que la ley no está hecha sólo para cumplirse, sino para impulsarnos a vivir una vida más plena. No voy a extenderme sobre eso ahora, porque no es el tema de la reflexión, pero para retomar lo que estaba contando, llegó un punto en que esa "ley personal" me empezó a poner trabas en el camino, no sólo porque me impedía a mí mismo hacer cosas que disfruto, sino porque había cosas que vivía que empezaba a no entender.

Digamos que mi ley me atrapó. Pero Dios, como siempre, cada vez que algo nos ata o nos apresa, se pone en movimiento para liberarnos. Mi planteo era, básicamente, el de Salomón: "Si al final voy a acabar igual que el necio, ¿de qué me sirve ser tan sabio?" (2:15). ¿De qué me sirve "hacer las cosas bien" si el resultado termina siendo igual que si no lo hiciera, o peor, en términos de disfrute? No es que estaba pasándola mal, pero sentía que había ciertos sueños que jamás iba a alcanzar, o ciertos parámetros o valores que me traían más problemas que beneficios.

Entonces me tocó vivir algo que, en cierta forma, hoy veo como la respuesta de Dios a ese problema. Y la respuesta fue: si esa escala de valores no te sirve para ser feliz, para ser pleno, algo anda mal con ella. Deberías revisarla. Y así fue, eso hice. Al principio, me desprendí de uno, después de otro, y así, lentamente, todo ese edificio de leyes y teorías que yo mismo me había impuesto para entender y vivir la vida se fue desarmando, desmoronando. Si alguna vez jugaron al jenga, creo que es la mejor comparación que se me ocurre ahora. Llegué a llamar a esa situación de cuestionamiento "la zona gris", donde los blancos y negros no son tan claros, donde en vez de absolutos, hay complejidad, y en vez de reglas, consignas y pautas, hay una hoja en blanco.

Pero pónganse a pensar un momento. Si la vida, decía al principio, se nos aparece como un desparramo de cosas, y las vamos ordenando justamente a través de los valores, entonces un derrumbe de esa escala de blancos y negros es fatal. Es casi una especie de "muerte" desde el punto de vista de entender las cosas, de encontrarle sentido a las cosas. Personalmente, creo que eso es lo que le pasó a Salomón, y lo que lo impulsó a escribir Eclesiastés. Su escala de valores murió. ¿Quiere decir que me convertí en una persona sin valores, sin códigos? Bueno, no. Pero todo lo que antes era blanco y negro, de pronto se convirtió en gris, se puso borroso, se transformó de afirmación a pregunta. Si antes lo pensaba como "esto es así", ahora lo pensaba como "¿esto es así?". Había entrado en una zona donde las cosas no son tan claras y simples, tan directas y evidentes. Había entrado en la zona gris.

Las estructuras muchas veces no nos dejan ver con claridad ni siquiera qué es lo que tenemos que renovar o actualizar para poder liberarnos de esa "ley" que nos imponemos a nosotros mismos. Salir de la estructura da un poco de miedo, miedo de que no tengamos parámetros con los que medir la vida, con los que comprenderla, con los que darle sentido. Entonces, muchas veces guíados por nuestros propios mandatos, exigencias, moldes, somos conducidos a un terreno donde esos parámetros dejan de funcionar o de servirnos para explicarnos lo que vivimos. Somos confrontados en nuestros fundamentos, en nuestros blancos y negros. Creo, sinceramente, que este es el cuestionamiento primario que dispara la reflexión de Salomón en Eclesiastés. ¿Para qué me sirven todos los absolutos que estaba manejando? ¿Es la vida realmente como yo la concebía? Pero entonces, ¿por qué me termino en el mismo lugar que cualquier otro que no "hace las cosas bien"?

Pero entonces, ¿qué me quedó? Porque nadie puede vivir en paz sin tener ninguna certeza de nada. Por eso desde el principio de los tiempos el ser humano trata de explicar las cosas que ve en el mundo. Bueno, lo único que me quedó en esta zona gris fue lo único que siempre me sostuvo en los momentos más caóticos o tormentosos de estos últimos años: mi relación con Dios. Y acá alguno podría decirme, "pero, ¿no era que se te derrumbaron los blancos y negros?" Sí. Y ese es el punto.

Creo que empecé a entender de verdad de qué se trata la vida junto a Dios en la zona gris. Cuando no queda nada absoluto, los valores se sostienen sobre la marcha, en el día a día, justamente en una interacción personal con Dios. Todos los que amamos a Dios, los que queremos seguir su propuesta de vida, tenemos que saber que recibimos el Espíritu Santo, y esto no es nada místico, o al menos no necesariamente. Es algo muy concreto. El Espíritu Santo es Dios marcándonos la cancha desde adentro, señalándonos en esta o aquella dirección momento a momento. Los absolutos, aunque algunos son definitivos y para toda situación ("no matarás", por ejemplo), otros son lo absoluto para ese momento particular, pero no como regla de vida.

Entonces, es en la relación fresca, cotidiana con Dios donde vamos encontrando parámetros y valores sanos para vivir. Pero estos parámetros que vamos encontrando son relativos, no absolutos. Son relativos a ese momento y a mí, no necesariamente aplicables a toda persona y toda situación. La zona gris se trata de eso. Se trata de lo particular, del caso por caso. La biblia nos enseña una serie de cosas que son claras y absolutas respecto de qué quiere Dios para nuestras vidas, pero después de todo lo que viví, me doy cuenta de que no son muchas, sino más bien pocas. En general, lo que más nos aporta son principios o marcos amplios para poder entender después esas indicaciones del paso a paso, del día a día, del momento a momento. Voy a hablar más sobre esto en otra reflexión, pero quiero decir una cosa más sobre la zona gris.

Entrar en la zona gris da miedo. Da miedo porque perdemos el control de todo. Si todo nos lo vamos a cuestionar, si la forma en la que estábamos acostumbrados a encarar las cosas ya no nos sirve y la vamos a descartar, ¿cómo encaramos cada situación? ¿Cómo enfrentamos la vida sin un modelo, sin un molde? Bueno, como dije antes, caso por caso, pero esto nos puede generar mucha incertidumbre, porque no sabemos qué puede llegar a pasar. Es como si sintiéramos que cualquier decisión que tomemos es peligrosa.

Lo identifico en algún punto con los "valles tenebrosos" de los que habla David en los Salmos. Pero si esa comparación es válida, también es válida la seguridad que David tiene sobre eso: "Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno, porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta" (Salmo 23:4). Estos valles son tenebrosos en el sentido de oscuros, hay penumbra, todo es gris. No entendemos bien por dónde estamos yendo ni hacia donde, nada es seguro, todo es posible. Pero lo único seguro es, precisamente, nuestro pastor. Si Dios va delante nuestro, junto a nosotros, no importa cuánto tropecemos, caigamos, nos lastimemos, siempre vamos a llegar a buen destino.

Puede ser un camino tortuoso y difícil, pero por eso, en la zona gris más que en ningún otro camino, es crucial aferrarse a Dios. Es crucial escuchar su voz y seguirlo, momento a momento. Porque las estructuras de largo plazo, los blancos y negros que nos sirven de GPS, no están. Cuando no tenemos GPS, necesitamos al guía que conoce los caminos y sabe por dónde y hacia dónde ir. Y Jesús estuvo en la oscuridad. Caminó también por su propia zona gris. El evangelio nos muestra muchos momentos de ese tipo. Personalmente, confío totalmente en él, como mínimo en ese sentido, en que sabe de qué se trata, sabe lo que es estar como perdido, como caminando a tientas.

Dios nos propone una alternativa bastante curiosa al tema de los blancos y negros: "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente" (Romanos 12:2). Dos ideas fundamentales: "no se amolden", y "sean transformados". El molde le da forma a algo, una forma acabada, cerrada. Pero la propuesta es que estemos en constante renovación, en permanente actualización. De eso se trata la zona gris. Probablemente, más adelante me extienda más sobre el tema, pero quería nada más plantear la idea. Los blancos y negros, los valores absolutos, son materia de Dios, no nuestra. Si nosotros tomamos por absoluta nuestra propia manera de entender los valores de Dios, corremos el riesgo de poner un tope, un freno, un techo, a nuestra vida. Limitaríamos nosotros mismos nuestra capacidad de imaginar, de crear, de soñar, de volar, de disfrutar. Y Dios quiere que disfrutemos. Para eso fuimos creados, en definitiva; es el sentido de la palabra "Edén" en hebreo, la dicha, la plenitud. Fuimos creados en Edén, o sea, fuimos creados en plenitud. Eso es lo que Dios quiere para nosotros.

Simplemente quería compartirles mi experiencia en la zona gris. Es un tema que daría para hablar muchísimo más, pero simplemente quiero dejarlos con esa idea, de que cuando nuestros valores y nuestra manera de ver el mundo y la vida se vuelve demasiado cerrada, Dios probablemente nos lleve a la zona gris, adonde esos valores absolutos no nos sirvan, para que podamos desarmarlos y empezar a construir de nuevo, de manera más fresca y renovada, y sobre la base de una relación auténtica y fluida con él. La zona gris nos enseña a no cerrar nuestro pensamiento, sino a abrirlo permanentemente, a ser renovados todo el tiempo en nuestra manera de pensar, como nos propone Pablo en la carta a los romanos. Ese es el secreto para aprender a volar alto. Ese es el camino de la libertad.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Eclesiastés 2 - El máximo provecho

"Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era absurdo, un correr tras el viento, y que ningún provecho se saca en esta vida. Consideré entonces la sabiduría, la necedad y la insensatez —¿qué más puede hacer el sucesor del rey, aparte de lo ya hecho?—, y pude observar que hay más provecho en la sabiduría que en la insensatez, así como hay más provecho en la luz que en las tinieblas" (Eclesiastés 2:11-13).

Hola a todos. La vez pasada propuse una serie de reflexiones relacionadas en el libro de Eclesiastés, aunque no están basadas en él, sino en mi propia experiencia de la primera mitad del año. Pero este libro de la biblia le da sorprendente forma, sentido y contenido a esa experiencia. Quiero aclarar que, precisamente por no estar basada de manera directa en el texto bíblico, la cantidad de partes de esta "serie" no se corresponde con la cantidad de capítulos, ni el número o el orden se corresponden necesariamente con los capítulos. Creo que un estudio exhaustivo del libro de Eclesiastés llevaría como mínimo veinte partes, por lo que preferí hacer algo como esto y, en todo caso, motivarlos a que lean el libro entero, con la advertencia de que por momentos es un balde de agua fría sobre el mundo tal como se nos presenta. Lo bueno es que siempre termina encontrando un sentido, y en esta reflexión quiero resaltar cómo lo hace, o en qué lo encuentra.

El pasaje que cité es bastante claro, pienso, pero quiero desarrollar un poco la idea. Nuestra vida está expuesta a toda clase de tormentas, momentos donde se nos pone difícil, donde tenemos que remar, caminar cuesta arriba, o cualquier otra metáfora que se les ocurra. Tendemos a pensarla como un transcurrir calmo interrumpido por momentos de cambios, o sobresaltos, en el que vamos alcanzando resultados y éxitos si logramos superar los obstáculos.

Pero la vida nos sorprende muchas veces con que incluso cuando hacemos las cosas bien, de la nada nos pasa algo que desestabiliza nuestra tranquilidad, nuestra comodidad, o hasta nuestro bienestar. Creo que este es el problema de lo que voy a llamar acá "mentalidad de premio". Según este punto de vista, la vida nos premia si somos buenos, o nos castiga si somos malos. Es muy arriesgada esta forma de pensar, porque la vida es simplemente vida. Creo que eso es lo que me gusta de Eclesiastés: es muy realista, y reduce las cosas a su componente más simple. Si le damos a la vida características que no tiene, es lógico que después no nos cierre, no le veamos sentido a las cosas, nos parezca que es "un correr tras el viento" permanente.

Además, condiciona la imagen que vamos a tener de Dios. Si nos paramos en la mentalidad de premio, vamos a pensar que Dios es injusto. "No puede ser, yo soy buena persona, ¿por qué me pasa esto?". Se podrían cuestionar varias cosas de un pensamiento como ese, pero me voy a enfocar en esto: "No puede ser". Es evidente que si algo pasa, es porque sí puede ser. Nuestra tendencia es a evadirnos de las cosas tal como son. Nos enfocamos más en cómo deberían ser que en aceptar que son como son. Esto es, pienso yo, la principal fuente de la mayoría de nuestras frustraciones y desilusiones. No son frustraciones sobre el futuro, sino sobre el presente.

Es lo que dice el pasaje que cité al principio: "Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era un absurdo" (2:11). Lo que está expresando es, básicamente, que se puso a pensar en lo que hacía y en cuánto le costaba hacerlo, y no le encontró ningún sentido. Habrá dicho, ¿para qué hago todo esto? ¿Qué provecho saco? ¿En qué me beneficia realmente, si al final mi vida no depende de cuánto haga o no haga?

Hay una canción que me gusta mucho, que refleja esta sensación de manera muy realista. Dice, "Hold it all together, everybody needs you strong. But life hits you out of nowhere and barely leaves you holding on". Traducida, sería más o menos así: "Sostené bien todo, los demás necesitan que seas fuerte. Pero la vida te golpea de la nada y te deja apenas en pie". Y esta idea está siempre dando vueltas: tenemos que ser fuertes, no podemos permitirnos estar mal, llorar, ser débiles, etc.

Pero si vivimos nuestra vida con una mente atenta, deberíamos poder ver que siempre hay algún problema, o alguna cuestión que no cierra, o algo. Nunca está todo completamente bien. Y no sé si les ha pasado, pero llega un momento en el que nos cansamos de remarla, de luchar, a veces para conseguir cosas que al final parecen no valer la pena, o a las que parece que nunca vamos a llegar. Eclesiastés identifica dos tipos de cosas: los afanes y las cargas.

Los afanes vendrían a ser esas cosas que hacemos en el día a día, las tareas cotidianas, la rutina. Pueden ser las obligaciones o el ocio, aquellas cosas en que ocupamos regularmente nuestro tiempo. Son esas cosas en las que Salomón se pregunta, en este libro, ¿tiene realmente un sentido esto que hago? Las cargas son esas cosas que llevamos en la mochila de nuestra vida, las experiencias que nos fueron marcando y moldeando, y que por momentos puede ponerse muy pesada. ¿Cómo se puede alivianar la carga?

La canción que mencioné sigue así: "And when you're tired of fighting, chained by your control, there's freedom in surrender; lay it down and let it go": "cuando estás cansado de luchar, preso por estar en control, hay libertad si te entregás; apoyalo y soltalo". En Mateo 11:28-30, Jesús nos propone algo parecido: "Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soyu apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma". Cuanto más aferramos nuestra mochila, más nos pesa. Creo que el paso de aceptar que hay muchas cosas que no controlamos es difícil de dar, pensamos que si hacemos eso nos estamos dando por vencidos.

Pero ¿qué pasa si "darnos por vencidos" es la clave para salir adelante? Si pensamos que estamos solos en esto, obviamente no vamos a querer darnos por vencidos. Pero no lo estamos: Jesús nos dice que él está a nuestro lado, y que está dispuesto a recibir nuestras mochilas. Nos invita a contarle a él lo que nos pasa, y a valernos de sus recomendaciones y sus puntos de vista, y nos promete que si lo hacemos, nuestras vidas van a ser más livianas.

Esto es la sabiduría de la que habla Salomón. Los preceptos de Dios, su punto de vista, la manera en la que Dios nos dice que el mundo es y funciona. Él es el creador, sabe mejor que nosotros cómo funciona. Si nosotros elegimos ignorarlo, no vamos a recibir el castigo de Dios, pero eventualmente vamos a descubrir que la vida es ilógica, es absurda, no tiene sentido. Porque vamos a estar tratando de entenderla por nuestros medios, con nuestro propio punto de vista, que no tiene suficiente información. Nosotros no conocemos ni vamos a poder conocer jamás cómo son las cosas. Sólo podemos vivir. Por eso parece un absurdo sin sentido cuando no escuchamos lo que Dios nos dice o nos explica. Pero si nos acercamos a él, si le prestamos atención, si le creemos, todo empieza lentamente a cobrar sentido.

Y ahí está la conclusión a la que llega Salomón: hay más provecho en la sabiduría. ¿Por qué? Porque para Salomón, la sabiduría está relacionada con conocer y prestarle atención a Dios. Y al analizar lo que Dios le dice, cómo funcionan las cosas según él, encuentra maneras de actuar y de entender su vida que le dan un nuevo sentido a todo. No se trata del resultado que alcance, de cuánto logre, de qué tan lejos llegue, sino de todo lo que puede ir descubriendo en el proceso, y de lo liviana que la vida puede volverse. Pero solamente es posible esto cuando nos refugiamos en Jesús.

¿Eso quiere decir que los problemas se acaban? Para nada. Es más, a veces nos trae nuevos problemas, al mismo tiempo que hay otros que sí se acaban. Pero empezamos a desarrollar hábitos que le dan más sentido y más contenido a la vida. Gálatas 6:2 nos enseña, "ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo". Mateo 5:2 nos avisa, "dichosos los que lloran, porque serán consolados". A veces nos da miedo contarle a otro nuestras preocupaciones más profundas, nuestros miedos, las cosas que no entendemos de la vida, porque pensamos que no nos van a entender, o porque pensamos que somos los únicos que nos planteamos esas cosas. A veces es así, pero sinceramente, hay muchas personas que viven la vida con profundidad y que están dispuestas a escuchar y comprender a otros.

En lo personal, la mayoría de los que conozco son además personas que se apoyan en Cristo. Pero esto no es necesariamente una regla, porque también conozco personas que simplemente tienen esa capacidad o facilidad. Sin embargo, es más fácil comprender a otros y escucharlos si tengo una relación sincera y profunda con Cristo porque yo mismo experimenté lo que se siente ser escuchado y comprendido, entonces es más fácil hacerlo con otros. De nuevo, esto no necesariamente es una regla.

Y lo mismo pasa con llorar. Llorar en soledad da miedo, porque puede generar sensaciones feas y que no nos llevan a nada bueno. Pero en combinación con apoyarnos en Jesús y en nuestras personas de confianza, animarse a desahogarnos puede tener un efecto realmente sanador. Es cuestión de animarse a ser débil. Al fin y al cabo, ¿por qué tenemos que parecer siempre fuertes? ¿Quién nos engañó de esa manera? ¿Cuándo empezamos a pensar que podíamos lograr todo por nosotros mismos? Salomón seguramente nos diría "eso también es un absurdo, es correr tras el viento". Si no nos animamos a mostrar que somos débiles, nunca vamos a poder ser fuertes de verdad, sino que solamente vamos a tener la apariencia de ser fuertes. Por dentro, vamos a estar rotos, asustados y confundidos.

Para terminar, insisto en esto: a veces creemos que el sentido de lo que hacemos está en el resultado que obtengamos. Sin embargo, lo único que depende de nosotros es el proceso. Por eso nos desgastamos tanto para alcanzar el éxito, y nos frustramos cuando no lo alcanzamos; porque por enfocarnos tanto en el resultado, nos olvidamos de vivir intensamente el proceso, con sus luces y sombras, y sacar de ahí el máximo provecho posible. Esto sólo puedo lograrlo si me animo a compartir mis cargas con otros y a no ocultar mi debilidad, y si me enfoco en la sabiduría, que se trata básicamente de considerar a Dios, creerle lo que me dice. Si hacemos esto, empezamos a valorar el proceso por encima del resultado, la perspectiva cambia, y nos vamos volviendo conscientes del crecimiento que nos trae cualquier tormenta que atravesamos, si nos atrevemos a vivirla con intensidad. Y cuando descansamos, en los momentos de paz, reflexionamos sobre lo vivido, y nuestras fuerzas se ven renovadas, así como nuestra comprensión de las cosas. Posta.

La vida, en definitiva, se trata de los procesos, y sólo así podemos realmente vivir en paz. Por eso la sabiduría es una de las claves. Por eso, lo mejor que podemos hacer es refugiarnos en Dios, en su explicación de las cosas, en su manera de entender el mundo que él mismo creó. Y sólo así vamos a sacar el máximo provecho de una vida que a veces, si no, puede parecernos ilógica y sin mucho sentido. Por eso, el Salmo 46:1-3 dice: "Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes". Y la canción que mencioné dice, llegando al final, "come to me, find your rest in the arms of the God who won't let go", o sea, "vengan a mí, encuentren su descanso en los brazos del Dios que no los va a soltar".

"Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso" (Mateo 11:28). Amén.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Eclesiastés 1 - El síndrome del mundo caído

"Yo, el Maestro, reiné en Jerusalén sobre Israel. Y me dediqué de lleno a explorar e investigar con sabiduría todo cuanto se hace bajo el cielo. ¡Penosa tarea ha impuesto Dios al género humano para abrumarlo con ella! Y he observado todo cuanto se hace en esta vida, y todo ello es absurdo, ¡es correr tras el viento! Ni se puede enderezar lo torcido, ni se puede contar lo que falta" (Eclesiastés 1:12-15).

¡Hola a todos! Con este fuerte pasaje abro la reflexión después de tantos meses. Para ponerlos un poco al día a todos los que siguen el blog, estuve viviendo una primera mitad del año a todo trapo, no sólo en cuanto a actividades, sino en cuanto a experiencias de vida, atesorando aprendizaje, descubriéndome más a mí mismo y a la personas que me rodean, y conociendo un poco más el mundo, no en el sentido geográfico, sino, aunque suena bastante exagerado, en un sentido existencial. Comparto, de paso, que estoy muy agradecido con Dios por esta posibilidad de explorar la vida, a pesar de las dificultades, temores, inseguridades y riesgos que conlleva. Parado en el hoy, puedo afirmar sin titubeos que vale la pena.

Lo cierto es que quiero empezar a compartir un poco de todo lo que descubrí o viví en esta etapa. Probablemente haya varios cambios en formato, en ideas, en propuestas. O tal vez no, quién puede saberlo. Para entrar en tema, precisamente, quiero empezar compartiendo una serie de reflexiones relacionadas con el libro de Eclesiastés, el cual no había leído de antemano, o sea, antes de atravesar estos últimos varios meses, sino recién ahora, pero que sorprendentemente, o al revés, lógicamente, describe con impresionante precisión lo que la experiencia me enseñó previamente.

Titulé a esta primera reflexión "El síndrome del mundo caído". Hace tiempo que quiero compartir esta reflexión, a partir de una canción que escuché, que se llama "Blessings", que en un momento dice una frase que me marcó poderosamente: "The pain reminds this heart that this is not our home". Para los que no están familiarizados con el inglés, la traducción sería, más o menos, "el dolor le recuerda a nuestro corazón que éste no es nuestro hogar".

Precisamente, me parece que esto es a lo que hace referencia el pasaje que cité de Eclesiastés. Cuando caminamos por esta vida, creo que muchas veces nos parece un poco absurda. Cualquiera que sea honesto consigo mismo, y que se haya atrevido a soñar y a vivir con intensidad la vida, debería ser capaz de reconocer esa sensación. Queremos volar alto, dejar una huella en el mundo, hacer algo nuevo, que nadie hizo, sentir que nuestra vida impacta. Pero nos chocamos una y otra vez con esta sensación de que "no hay nada nuevo bajo el sol" (Eclesiastés 1:9). Nadie inventa nada, todo ya fue hecho y nadie parecería ser imprescindible.

Es interesante. Vivimos nuestras vidas envueltos en rutina, persiguiendo sueños pero repitiendo siempre los mismos errores, luchando con esas cosas que sentimos que no podemos cambiar, nuestras y externas. Buscamos un sentido a la vida, un hilo conductor, un propósito trascendente, y muchas veces se nos hace extremadamente difícil encontrarlo. En verdad, se nos dice que efectivamente hay un sentido, y podemos incluso creerlo con toda honestidad, pero sin embargo, muchas veces parecería como que la vida nos cuenta otra cosa. Por sí mismo, es como si todo lo que se hiciera efectivamente fuese absurdo, infructífero e insignificante. Y nos preguntamos, ¿para qué me esfuerzo para lograr esto? ¿Para qué me rijo por esta búsqueda? ¿Para qué me aferro a estos proyectos y planes tan altos?

Las respuestas a estos interrogantes podrían ser tan infinitos como infinitas personas hay, hubo y habrá en el mundo. La historia humana pareciera tratarse de esto. Es como un círculo repetitivo, un "loop", del que daría la impresión de que no se puede salir. Cada vez que nos frustramos porque las cosas no salen como creemos que deberían salir, la vida nos recuerda que todo es "correr tras el viento" (1:14). Creemos que si somos buenos merecemos una mejor vida o nos va a ir mejor, y sin embargo la vida viene como viene, las tormentas arrasan por igual a buenos y no tan buenos. Se nos reparten ciertas cartas, y parece como que en última instancia, de eso se tratase todo: de hacer lo mejor que nos salga con esas cartas que se nos repartieron, o abandonarnos a la suerte.

Y tal vez haya un poco de eso. Pero ese es el punto. "No hay nada nuevo bajo el sol". El dolor y la angustia, la sensación de querer y esperar algo más de la vida, nos recuerdan que no pertenecemos a "bajo el sol", sino a "por encima del sol". "Éste no es nuestro hogar", dice la canción. De donde venimos, las cosas sí tenían un sentido, y salían bien. Nuestra comprensión de la vida era mayor. Nosotros venimos de Dios, y por eso tenemos esas sensaciones de que la vida debería ser más que estos absurdos, que estas corridas tras el viento, sin significado. Acá, bajo el sol, vivimos en aflicción, en agotamiento, en confusión, en frustración y en desánimo, pero allá vivíamos en plenitud. ¿Por qué?

Bueno, creo que en este punto, Dios nos da una respuesta admirable: "el que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!»" (Apocalipsis 21:5). Por encima del sol, todo es siempre nuevo. No sólo eso, la biblia nos dice que "si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!" (2 Corintios 5:17), y que Dios "da vida a los muertos" y "llama las cosas que no son como si ya existieran" (Romanos 4:17). En contraste con lo que vengo diciendo, y con lo que plantea el rey Salomón en Eclesiastés, creo que estas declaraciones sobre Dios son muy fuertes y profundas. ¡Se puede salir del círculo repetitivo, del "loop"!

Es por eso que Dios nos dice que somos libres, porque si nos atrevemos a acercarnos a él, nos pone por encima de la historia. Es posible vivir otra vez por encima del sol, aunque estemos, en realidad, habitando debajo de él. Ésta es una sensación rara. Claro, saber cómo son las cosas nos hace más vulnerables a la evidencia de que vivimos en un mundo que no es como debería ser; en un mundo quebrado, en un mundo caído. Pero mientras tanto, Dios da vida a los muertos, descanso a los cansados, entendimiento a los confundidos, poder y esperanza a los frustrados y consuelo a los desanimados.

En definitiva, la clave de toda la vida, para disfrutarla al máximo en toda su complejidad, con sus luces y sombras, con lo blanco, lo negro y lo gris, es una buena, fluida, libre y creativa relación con Dios. No se trata de seguir una serie de reglas que este Dios nos impone o nos propone, o un código de vida saludable. Esto ocurre como consecuencia, de manera progresiva, muchas veces sin que activamente nos lo propongamos. Pero se trata de explorar, como si fuésemos niños aprendiendo a caminar, este mundo y esta vida de la mano de Jesús. Descubrir al Dios vivo y real que nos acompaña perceptiblemente, que nos sostiene, que no nos condena ni nos juzga, sino que nos comprende, y que nos sostiene cuando todo se vuelve borroso y confuso, es el primer paso para vencer el síndrome del mundo caído.

"El que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!»" (Apocalipsis 21:5). Amén.

Hasta que volvamos a encontrarnos.