"El sabio tiene los ojos bien puestos, pero el necio anda a oscuras. Pero también me di cuenta de que un mismo final les espera a todos. Me dije entonces: «Si al fin voy a acabar igual que el necio, ¿de qué me sirve ser tan sabio?» Y concluí que también esto es absurdo, pues nadie se acuerda jamás del sabio ni del necio; con el paso del tiempo todo cae en el olvido, y lo mismo mueren los sabios que los necios" (Eclesiastés 2:14-16).
Hola a todos. Hasta ahora viene coincidiendo el número de capítulo de los pasajes con el número de reflexión de la serie, pero es sólo una coincidencia, recuerden que mi idea no es analizar acá pasaje por pasaje. Al menos no en principio, nunca se sabe si terminaré cambiando de parecer. Y eso tiene mucho que ver con la zona gris, el tema que quiero compartir hoy.
Me costó bastante seleccionar un pasaje de Eclesiastés para el tema, porque en realidad es el libro entero el que condensa la idea, entonces hubiera sido necesario hacer una selección de varios a lo largo de él y conectarlos entre sí. Tal vez me vaya refiriendo a ellos en la reflexión misma.
Desde el principio de nuestra vida se nos enseña o se nos dice cómo deberíamos hacer las cosas, qué camino seguir o cómo vivir. En realidad, nosotros mismos vamos buscando recetas, códigos que permanezcan allí, reglas de vida que orienten nuestras decisiones y acciones. A veces es un ideal, a veces una religión, a veces las pautas de comportamiento que nos trasmiten nuestros padres, y cosas así. Necesitamos algún marco de referencia que organice un poco nuestras vidas, algo que nos sugiera cómo funcionamos mejor, o en qué condiciones sacamos lo mejor de nosotros y el mejor provecho de esta vida. La vez pasada hablé un poco de esto. De hecho, si se fijan, el pasaje que tomé para esta reflexión es la continuación del que cité para la anterior.
El problema es que para organizar el gran caos que a veces parece nuestra vida, nuestra mente tiende a crear estructuras bien delimitadas y cerradas, formas de pensamiento que no sólo condicionan nuestro actuar, sino que moldean nuestra visión del mundo. Es lo mismo que pasa con las ciencias: cada una de ellas es un sistema que se espera que cierre en sí mismo, que explique y todo lo que haya que explicar sobre el tema que le toca, que no deje ningún cabo suelto. Lo que queda fuera de la ciencia, suele pensarse que es falso, o apenas válido.
El pasaje que elegí habla de la sabiduría. Podríamos pensar, para simplificar y que se entienda la idea, que acá la sabiduría contaría como "hacer las cosas bien". Me parece que esto es algo que tenemos bastante incorporado en nosotros, y no me parece que sea en sí un problema. Pero quiero compartir brevemente qué fue lo que me pasó en este último tiempo en relación con esto.
Desde hace varios años vengo aprendiendo más sobre Dios y sobre su palabra, y sobre la forma en que él ve y entiende la vida. Vengo aprendiendo, digamos, a "hacer las cosas bien" desde su punto de vista. El problema con esto es que yo ya traía otras opiniones sobre qué es "hacer las cosas bien", antes de conocer a Dios. A lo largo del camino de mi vida, mis experiencias y lo que fui recibiendo de otros me fueron llevando a construir una escala de valores, de parámetros, de blancos y negros. Había ciertas cosas que concebía como fundamentales para vivir adecuadamente, formas de hacer las cosas o de entenderlas que eran correctas y otras que no. Al mezclarse los dos parámetros, me quedó un edificio preciosamente construido de mandatos que eran básicamente míos. Yo mismo, sin darme cuenta, me armé una escala de valores absolutos para mi propia vida, y los convertí sin querer en ley.
El problema de la ley es el mismo que tuvieron los religiosos en la época de Jesús, y el mismo que tenemos muchas veces hoy. El celo excesivo por la ley nos convierte en legalistas, y entonces obedecemos la ley solamente porque es ley, y no por un acto de voluntad consciente, no por decisión y convicción. La cumplimos porque está. El problema de eso es que la ley no está hecha sólo para cumplirse, sino para impulsarnos a vivir una vida más plena. No voy a extenderme sobre eso ahora, porque no es el tema de la reflexión, pero para retomar lo que estaba contando, llegó un punto en que esa "ley personal" me empezó a poner trabas en el camino, no sólo porque me impedía a mí mismo hacer cosas que disfruto, sino porque había cosas que vivía que empezaba a no entender.
Digamos que mi ley me atrapó. Pero Dios, como siempre, cada vez que algo nos ata o nos apresa, se pone en movimiento para liberarnos. Mi planteo era, básicamente, el de Salomón: "Si al final voy a acabar igual que el necio, ¿de qué me sirve ser tan sabio?" (2:15). ¿De qué me sirve "hacer las cosas bien" si el resultado termina siendo igual que si no lo hiciera, o peor, en términos de disfrute? No es que estaba pasándola mal, pero sentía que había ciertos sueños que jamás iba a alcanzar, o ciertos parámetros o valores que me traían más problemas que beneficios.
Entonces me tocó vivir algo que, en cierta forma, hoy veo como la respuesta de Dios a ese problema. Y la respuesta fue: si esa escala de valores no te sirve para ser feliz, para ser pleno, algo anda mal con ella. Deberías revisarla. Y así fue, eso hice. Al principio, me desprendí de uno, después de otro, y así, lentamente, todo ese edificio de leyes y teorías que yo mismo me había impuesto para entender y vivir la vida se fue desarmando, desmoronando. Si alguna vez jugaron al jenga, creo que es la mejor comparación que se me ocurre ahora. Llegué a llamar a esa situación de cuestionamiento "la zona gris", donde los blancos y negros no son tan claros, donde en vez de absolutos, hay complejidad, y en vez de reglas, consignas y pautas, hay una hoja en blanco.
Pero pónganse a pensar un momento. Si la vida, decía al principio, se nos aparece como un desparramo de cosas, y las vamos ordenando justamente a través de los valores, entonces un derrumbe de esa escala de blancos y negros es fatal. Es casi una especie de "muerte" desde el punto de vista de entender las cosas, de encontrarle sentido a las cosas. Personalmente, creo que eso es lo que le pasó a Salomón, y lo que lo impulsó a escribir Eclesiastés. Su escala de valores murió. ¿Quiere decir que me convertí en una persona sin valores, sin códigos? Bueno, no. Pero todo lo que antes era blanco y negro, de pronto se convirtió en gris, se puso borroso, se transformó de afirmación a pregunta. Si antes lo pensaba como "esto es así", ahora lo pensaba como "¿esto es así?". Había entrado en una zona donde las cosas no son tan claras y simples, tan directas y evidentes. Había entrado en la zona gris.
Las estructuras muchas veces no nos dejan ver con claridad ni siquiera qué es lo que tenemos que renovar o actualizar para poder liberarnos de esa "ley" que nos imponemos a nosotros mismos. Salir de la estructura da un poco de miedo, miedo de que no tengamos parámetros con los que medir la vida, con los que comprenderla, con los que darle sentido. Entonces, muchas veces guíados por nuestros propios mandatos, exigencias, moldes, somos conducidos a un terreno donde esos parámetros dejan de funcionar o de servirnos para explicarnos lo que vivimos. Somos confrontados en nuestros fundamentos, en nuestros blancos y negros. Creo, sinceramente, que este es el cuestionamiento primario que dispara la reflexión de Salomón en Eclesiastés. ¿Para qué me sirven todos los absolutos que estaba manejando? ¿Es la vida realmente como yo la concebía? Pero entonces, ¿por qué me termino en el mismo lugar que cualquier otro que no "hace las cosas bien"?
Pero entonces, ¿qué me quedó? Porque nadie puede vivir en paz sin tener ninguna certeza de nada. Por eso desde el principio de los tiempos el ser humano trata de explicar las cosas que ve en el mundo. Bueno, lo único que me quedó en esta zona gris fue lo único que siempre me sostuvo en los momentos más caóticos o tormentosos de estos últimos años: mi relación con Dios. Y acá alguno podría decirme, "pero, ¿no era que se te derrumbaron los blancos y negros?" Sí. Y ese es el punto.
Creo que empecé a entender de verdad de qué se trata la vida junto a Dios en la zona gris. Cuando no queda nada absoluto, los valores se sostienen sobre la marcha, en el día a día, justamente en una interacción personal con Dios. Todos los que amamos a Dios, los que queremos seguir su propuesta de vida, tenemos que saber que recibimos el Espíritu Santo, y esto no es nada místico, o al menos no necesariamente. Es algo muy concreto. El Espíritu Santo es Dios marcándonos la cancha desde adentro, señalándonos en esta o aquella dirección momento a momento. Los absolutos, aunque algunos son definitivos y para toda situación ("no matarás", por ejemplo), otros son lo absoluto para ese momento particular, pero no como regla de vida.
Entonces, es en la relación fresca, cotidiana con Dios donde vamos encontrando parámetros y valores sanos para vivir. Pero estos parámetros que vamos encontrando son relativos, no absolutos. Son relativos a ese momento y a mí, no necesariamente aplicables a toda persona y toda situación. La zona gris se trata de eso. Se trata de lo particular, del caso por caso. La biblia nos enseña una serie de cosas que son claras y absolutas respecto de qué quiere Dios para nuestras vidas, pero después de todo lo que viví, me doy cuenta de que no son muchas, sino más bien pocas. En general, lo que más nos aporta son principios o marcos amplios para poder entender después esas indicaciones del paso a paso, del día a día, del momento a momento. Voy a hablar más sobre esto en otra reflexión, pero quiero decir una cosa más sobre la zona gris.
Entrar en la zona gris da miedo. Da miedo porque perdemos el control de todo. Si todo nos lo vamos a cuestionar, si la forma en la que estábamos acostumbrados a encarar las cosas ya no nos sirve y la vamos a descartar, ¿cómo encaramos cada situación? ¿Cómo enfrentamos la vida sin un modelo, sin un molde? Bueno, como dije antes, caso por caso, pero esto nos puede generar mucha incertidumbre, porque no sabemos qué puede llegar a pasar. Es como si sintiéramos que cualquier decisión que tomemos es peligrosa.
Lo identifico en algún punto con los "valles tenebrosos" de los que habla David en los Salmos. Pero si esa comparación es válida, también es válida la seguridad que David tiene sobre eso: "Aun si voy por valles tenebrosos, no temo peligro alguno, porque tú estás a mi lado; tu vara de pastor me reconforta" (Salmo 23:4). Estos valles son tenebrosos en el sentido de oscuros, hay penumbra, todo es gris. No entendemos bien por dónde estamos yendo ni hacia donde, nada es seguro, todo es posible. Pero lo único seguro es, precisamente, nuestro pastor. Si Dios va delante nuestro, junto a nosotros, no importa cuánto tropecemos, caigamos, nos lastimemos, siempre vamos a llegar a buen destino.
Puede ser un camino tortuoso y difícil, pero por eso, en la zona gris más que en ningún otro camino, es crucial aferrarse a Dios. Es crucial escuchar su voz y seguirlo, momento a momento. Porque las estructuras de largo plazo, los blancos y negros que nos sirven de GPS, no están. Cuando no tenemos GPS, necesitamos al guía que conoce los caminos y sabe por dónde y hacia dónde ir. Y Jesús estuvo en la oscuridad. Caminó también por su propia zona gris. El evangelio nos muestra muchos momentos de ese tipo. Personalmente, confío totalmente en él, como mínimo en ese sentido, en que sabe de qué se trata, sabe lo que es estar como perdido, como caminando a tientas.
Dios nos propone una alternativa bastante curiosa al tema de los blancos y negros: "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente" (Romanos 12:2). Dos ideas fundamentales: "no se amolden", y "sean transformados". El molde le da forma a algo, una forma acabada, cerrada. Pero la propuesta es que estemos en constante renovación, en permanente actualización. De eso se trata la zona gris. Probablemente, más adelante me extienda más sobre el tema, pero quería nada más plantear la idea. Los blancos y negros, los valores absolutos, son materia de Dios, no nuestra. Si nosotros tomamos por absoluta nuestra propia manera de entender los valores de Dios, corremos el riesgo de poner un tope, un freno, un techo, a nuestra vida. Limitaríamos nosotros mismos nuestra capacidad de imaginar, de crear, de soñar, de volar, de disfrutar. Y Dios quiere que disfrutemos. Para eso fuimos creados, en definitiva; es el sentido de la palabra "Edén" en hebreo, la dicha, la plenitud. Fuimos creados en Edén, o sea, fuimos creados en plenitud. Eso es lo que Dios quiere para nosotros.
Simplemente quería compartirles mi experiencia en la zona gris. Es un tema que daría para hablar muchísimo más, pero simplemente quiero dejarlos con esa idea, de que cuando nuestros valores y nuestra manera de ver el mundo y la vida se vuelve demasiado cerrada, Dios probablemente nos lleve a la zona gris, adonde esos valores absolutos no nos sirvan, para que podamos desarmarlos y empezar a construir de nuevo, de manera más fresca y renovada, y sobre la base de una relación auténtica y fluida con él. La zona gris nos enseña a no cerrar nuestro pensamiento, sino a abrirlo permanentemente, a ser renovados todo el tiempo en nuestra manera de pensar, como nos propone Pablo en la carta a los romanos. Ese es el secreto para aprender a volar alto. Ese es el camino de la libertad.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 9 de octubre de 2014
miércoles, 24 de septiembre de 2014
Eclesiastés 2 - El máximo provecho
"Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era absurdo, un correr tras el viento, y que ningún provecho se saca en esta vida. Consideré entonces la sabiduría, la necedad y la insensatez —¿qué más puede hacer el sucesor del rey, aparte de lo ya hecho?—, y pude observar que hay más provecho en la sabiduría que en la insensatez, así como hay más provecho en la luz que en las tinieblas" (Eclesiastés 2:11-13).
Hola a todos. La vez pasada propuse una serie de reflexiones relacionadas en el libro de Eclesiastés, aunque no están basadas en él, sino en mi propia experiencia de la primera mitad del año. Pero este libro de la biblia le da sorprendente forma, sentido y contenido a esa experiencia. Quiero aclarar que, precisamente por no estar basada de manera directa en el texto bíblico, la cantidad de partes de esta "serie" no se corresponde con la cantidad de capítulos, ni el número o el orden se corresponden necesariamente con los capítulos. Creo que un estudio exhaustivo del libro de Eclesiastés llevaría como mínimo veinte partes, por lo que preferí hacer algo como esto y, en todo caso, motivarlos a que lean el libro entero, con la advertencia de que por momentos es un balde de agua fría sobre el mundo tal como se nos presenta. Lo bueno es que siempre termina encontrando un sentido, y en esta reflexión quiero resaltar cómo lo hace, o en qué lo encuentra.
El pasaje que cité es bastante claro, pienso, pero quiero desarrollar un poco la idea. Nuestra vida está expuesta a toda clase de tormentas, momentos donde se nos pone difícil, donde tenemos que remar, caminar cuesta arriba, o cualquier otra metáfora que se les ocurra. Tendemos a pensarla como un transcurrir calmo interrumpido por momentos de cambios, o sobresaltos, en el que vamos alcanzando resultados y éxitos si logramos superar los obstáculos.
Pero la vida nos sorprende muchas veces con que incluso cuando hacemos las cosas bien, de la nada nos pasa algo que desestabiliza nuestra tranquilidad, nuestra comodidad, o hasta nuestro bienestar. Creo que este es el problema de lo que voy a llamar acá "mentalidad de premio". Según este punto de vista, la vida nos premia si somos buenos, o nos castiga si somos malos. Es muy arriesgada esta forma de pensar, porque la vida es simplemente vida. Creo que eso es lo que me gusta de Eclesiastés: es muy realista, y reduce las cosas a su componente más simple. Si le damos a la vida características que no tiene, es lógico que después no nos cierre, no le veamos sentido a las cosas, nos parezca que es "un correr tras el viento" permanente.
Además, condiciona la imagen que vamos a tener de Dios. Si nos paramos en la mentalidad de premio, vamos a pensar que Dios es injusto. "No puede ser, yo soy buena persona, ¿por qué me pasa esto?". Se podrían cuestionar varias cosas de un pensamiento como ese, pero me voy a enfocar en esto: "No puede ser". Es evidente que si algo pasa, es porque sí puede ser. Nuestra tendencia es a evadirnos de las cosas tal como son. Nos enfocamos más en cómo deberían ser que en aceptar que son como son. Esto es, pienso yo, la principal fuente de la mayoría de nuestras frustraciones y desilusiones. No son frustraciones sobre el futuro, sino sobre el presente.
Es lo que dice el pasaje que cité al principio: "Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era un absurdo" (2:11). Lo que está expresando es, básicamente, que se puso a pensar en lo que hacía y en cuánto le costaba hacerlo, y no le encontró ningún sentido. Habrá dicho, ¿para qué hago todo esto? ¿Qué provecho saco? ¿En qué me beneficia realmente, si al final mi vida no depende de cuánto haga o no haga?
Hay una canción que me gusta mucho, que refleja esta sensación de manera muy realista. Dice, "Hold it all together, everybody needs you strong. But life hits you out of nowhere and barely leaves you holding on". Traducida, sería más o menos así: "Sostené bien todo, los demás necesitan que seas fuerte. Pero la vida te golpea de la nada y te deja apenas en pie". Y esta idea está siempre dando vueltas: tenemos que ser fuertes, no podemos permitirnos estar mal, llorar, ser débiles, etc.
Pero si vivimos nuestra vida con una mente atenta, deberíamos poder ver que siempre hay algún problema, o alguna cuestión que no cierra, o algo. Nunca está todo completamente bien. Y no sé si les ha pasado, pero llega un momento en el que nos cansamos de remarla, de luchar, a veces para conseguir cosas que al final parecen no valer la pena, o a las que parece que nunca vamos a llegar. Eclesiastés identifica dos tipos de cosas: los afanes y las cargas.
Los afanes vendrían a ser esas cosas que hacemos en el día a día, las tareas cotidianas, la rutina. Pueden ser las obligaciones o el ocio, aquellas cosas en que ocupamos regularmente nuestro tiempo. Son esas cosas en las que Salomón se pregunta, en este libro, ¿tiene realmente un sentido esto que hago? Las cargas son esas cosas que llevamos en la mochila de nuestra vida, las experiencias que nos fueron marcando y moldeando, y que por momentos puede ponerse muy pesada. ¿Cómo se puede alivianar la carga?
La canción que mencioné sigue así: "And when you're tired of fighting, chained by your control, there's freedom in surrender; lay it down and let it go": "cuando estás cansado de luchar, preso por estar en control, hay libertad si te entregás; apoyalo y soltalo". En Mateo 11:28-30, Jesús nos propone algo parecido: "Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soyu apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma". Cuanto más aferramos nuestra mochila, más nos pesa. Creo que el paso de aceptar que hay muchas cosas que no controlamos es difícil de dar, pensamos que si hacemos eso nos estamos dando por vencidos.
Pero ¿qué pasa si "darnos por vencidos" es la clave para salir adelante? Si pensamos que estamos solos en esto, obviamente no vamos a querer darnos por vencidos. Pero no lo estamos: Jesús nos dice que él está a nuestro lado, y que está dispuesto a recibir nuestras mochilas. Nos invita a contarle a él lo que nos pasa, y a valernos de sus recomendaciones y sus puntos de vista, y nos promete que si lo hacemos, nuestras vidas van a ser más livianas.
Esto es la sabiduría de la que habla Salomón. Los preceptos de Dios, su punto de vista, la manera en la que Dios nos dice que el mundo es y funciona. Él es el creador, sabe mejor que nosotros cómo funciona. Si nosotros elegimos ignorarlo, no vamos a recibir el castigo de Dios, pero eventualmente vamos a descubrir que la vida es ilógica, es absurda, no tiene sentido. Porque vamos a estar tratando de entenderla por nuestros medios, con nuestro propio punto de vista, que no tiene suficiente información. Nosotros no conocemos ni vamos a poder conocer jamás cómo son las cosas. Sólo podemos vivir. Por eso parece un absurdo sin sentido cuando no escuchamos lo que Dios nos dice o nos explica. Pero si nos acercamos a él, si le prestamos atención, si le creemos, todo empieza lentamente a cobrar sentido.
Y ahí está la conclusión a la que llega Salomón: hay más provecho en la sabiduría. ¿Por qué? Porque para Salomón, la sabiduría está relacionada con conocer y prestarle atención a Dios. Y al analizar lo que Dios le dice, cómo funcionan las cosas según él, encuentra maneras de actuar y de entender su vida que le dan un nuevo sentido a todo. No se trata del resultado que alcance, de cuánto logre, de qué tan lejos llegue, sino de todo lo que puede ir descubriendo en el proceso, y de lo liviana que la vida puede volverse. Pero solamente es posible esto cuando nos refugiamos en Jesús.
¿Eso quiere decir que los problemas se acaban? Para nada. Es más, a veces nos trae nuevos problemas, al mismo tiempo que hay otros que sí se acaban. Pero empezamos a desarrollar hábitos que le dan más sentido y más contenido a la vida. Gálatas 6:2 nos enseña, "ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo". Mateo 5:2 nos avisa, "dichosos los que lloran, porque serán consolados". A veces nos da miedo contarle a otro nuestras preocupaciones más profundas, nuestros miedos, las cosas que no entendemos de la vida, porque pensamos que no nos van a entender, o porque pensamos que somos los únicos que nos planteamos esas cosas. A veces es así, pero sinceramente, hay muchas personas que viven la vida con profundidad y que están dispuestas a escuchar y comprender a otros.
En lo personal, la mayoría de los que conozco son además personas que se apoyan en Cristo. Pero esto no es necesariamente una regla, porque también conozco personas que simplemente tienen esa capacidad o facilidad. Sin embargo, es más fácil comprender a otros y escucharlos si tengo una relación sincera y profunda con Cristo porque yo mismo experimenté lo que se siente ser escuchado y comprendido, entonces es más fácil hacerlo con otros. De nuevo, esto no necesariamente es una regla.
Y lo mismo pasa con llorar. Llorar en soledad da miedo, porque puede generar sensaciones feas y que no nos llevan a nada bueno. Pero en combinación con apoyarnos en Jesús y en nuestras personas de confianza, animarse a desahogarnos puede tener un efecto realmente sanador. Es cuestión de animarse a ser débil. Al fin y al cabo, ¿por qué tenemos que parecer siempre fuertes? ¿Quién nos engañó de esa manera? ¿Cuándo empezamos a pensar que podíamos lograr todo por nosotros mismos? Salomón seguramente nos diría "eso también es un absurdo, es correr tras el viento". Si no nos animamos a mostrar que somos débiles, nunca vamos a poder ser fuertes de verdad, sino que solamente vamos a tener la apariencia de ser fuertes. Por dentro, vamos a estar rotos, asustados y confundidos.
Para terminar, insisto en esto: a veces creemos que el sentido de lo que hacemos está en el resultado que obtengamos. Sin embargo, lo único que depende de nosotros es el proceso. Por eso nos desgastamos tanto para alcanzar el éxito, y nos frustramos cuando no lo alcanzamos; porque por enfocarnos tanto en el resultado, nos olvidamos de vivir intensamente el proceso, con sus luces y sombras, y sacar de ahí el máximo provecho posible. Esto sólo puedo lograrlo si me animo a compartir mis cargas con otros y a no ocultar mi debilidad, y si me enfoco en la sabiduría, que se trata básicamente de considerar a Dios, creerle lo que me dice. Si hacemos esto, empezamos a valorar el proceso por encima del resultado, la perspectiva cambia, y nos vamos volviendo conscientes del crecimiento que nos trae cualquier tormenta que atravesamos, si nos atrevemos a vivirla con intensidad. Y cuando descansamos, en los momentos de paz, reflexionamos sobre lo vivido, y nuestras fuerzas se ven renovadas, así como nuestra comprensión de las cosas. Posta.
La vida, en definitiva, se trata de los procesos, y sólo así podemos realmente vivir en paz. Por eso la sabiduría es una de las claves. Por eso, lo mejor que podemos hacer es refugiarnos en Dios, en su explicación de las cosas, en su manera de entender el mundo que él mismo creó. Y sólo así vamos a sacar el máximo provecho de una vida que a veces, si no, puede parecernos ilógica y sin mucho sentido. Por eso, el Salmo 46:1-3 dice: "Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes". Y la canción que mencioné dice, llegando al final, "come to me, find your rest in the arms of the God who won't let go", o sea, "vengan a mí, encuentren su descanso en los brazos del Dios que no los va a soltar".
"Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso" (Mateo 11:28). Amén.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hola a todos. La vez pasada propuse una serie de reflexiones relacionadas en el libro de Eclesiastés, aunque no están basadas en él, sino en mi propia experiencia de la primera mitad del año. Pero este libro de la biblia le da sorprendente forma, sentido y contenido a esa experiencia. Quiero aclarar que, precisamente por no estar basada de manera directa en el texto bíblico, la cantidad de partes de esta "serie" no se corresponde con la cantidad de capítulos, ni el número o el orden se corresponden necesariamente con los capítulos. Creo que un estudio exhaustivo del libro de Eclesiastés llevaría como mínimo veinte partes, por lo que preferí hacer algo como esto y, en todo caso, motivarlos a que lean el libro entero, con la advertencia de que por momentos es un balde de agua fría sobre el mundo tal como se nos presenta. Lo bueno es que siempre termina encontrando un sentido, y en esta reflexión quiero resaltar cómo lo hace, o en qué lo encuentra.
El pasaje que cité es bastante claro, pienso, pero quiero desarrollar un poco la idea. Nuestra vida está expuesta a toda clase de tormentas, momentos donde se nos pone difícil, donde tenemos que remar, caminar cuesta arriba, o cualquier otra metáfora que se les ocurra. Tendemos a pensarla como un transcurrir calmo interrumpido por momentos de cambios, o sobresaltos, en el que vamos alcanzando resultados y éxitos si logramos superar los obstáculos.
Pero la vida nos sorprende muchas veces con que incluso cuando hacemos las cosas bien, de la nada nos pasa algo que desestabiliza nuestra tranquilidad, nuestra comodidad, o hasta nuestro bienestar. Creo que este es el problema de lo que voy a llamar acá "mentalidad de premio". Según este punto de vista, la vida nos premia si somos buenos, o nos castiga si somos malos. Es muy arriesgada esta forma de pensar, porque la vida es simplemente vida. Creo que eso es lo que me gusta de Eclesiastés: es muy realista, y reduce las cosas a su componente más simple. Si le damos a la vida características que no tiene, es lógico que después no nos cierre, no le veamos sentido a las cosas, nos parezca que es "un correr tras el viento" permanente.
Además, condiciona la imagen que vamos a tener de Dios. Si nos paramos en la mentalidad de premio, vamos a pensar que Dios es injusto. "No puede ser, yo soy buena persona, ¿por qué me pasa esto?". Se podrían cuestionar varias cosas de un pensamiento como ese, pero me voy a enfocar en esto: "No puede ser". Es evidente que si algo pasa, es porque sí puede ser. Nuestra tendencia es a evadirnos de las cosas tal como son. Nos enfocamos más en cómo deberían ser que en aceptar que son como son. Esto es, pienso yo, la principal fuente de la mayoría de nuestras frustraciones y desilusiones. No son frustraciones sobre el futuro, sino sobre el presente.
Es lo que dice el pasaje que cité al principio: "Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas, y vi que todo era un absurdo" (2:11). Lo que está expresando es, básicamente, que se puso a pensar en lo que hacía y en cuánto le costaba hacerlo, y no le encontró ningún sentido. Habrá dicho, ¿para qué hago todo esto? ¿Qué provecho saco? ¿En qué me beneficia realmente, si al final mi vida no depende de cuánto haga o no haga?
Hay una canción que me gusta mucho, que refleja esta sensación de manera muy realista. Dice, "Hold it all together, everybody needs you strong. But life hits you out of nowhere and barely leaves you holding on". Traducida, sería más o menos así: "Sostené bien todo, los demás necesitan que seas fuerte. Pero la vida te golpea de la nada y te deja apenas en pie". Y esta idea está siempre dando vueltas: tenemos que ser fuertes, no podemos permitirnos estar mal, llorar, ser débiles, etc.
Pero si vivimos nuestra vida con una mente atenta, deberíamos poder ver que siempre hay algún problema, o alguna cuestión que no cierra, o algo. Nunca está todo completamente bien. Y no sé si les ha pasado, pero llega un momento en el que nos cansamos de remarla, de luchar, a veces para conseguir cosas que al final parecen no valer la pena, o a las que parece que nunca vamos a llegar. Eclesiastés identifica dos tipos de cosas: los afanes y las cargas.
Los afanes vendrían a ser esas cosas que hacemos en el día a día, las tareas cotidianas, la rutina. Pueden ser las obligaciones o el ocio, aquellas cosas en que ocupamos regularmente nuestro tiempo. Son esas cosas en las que Salomón se pregunta, en este libro, ¿tiene realmente un sentido esto que hago? Las cargas son esas cosas que llevamos en la mochila de nuestra vida, las experiencias que nos fueron marcando y moldeando, y que por momentos puede ponerse muy pesada. ¿Cómo se puede alivianar la carga?
La canción que mencioné sigue así: "And when you're tired of fighting, chained by your control, there's freedom in surrender; lay it down and let it go": "cuando estás cansado de luchar, preso por estar en control, hay libertad si te entregás; apoyalo y soltalo". En Mateo 11:28-30, Jesús nos propone algo parecido: "Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soyu apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma". Cuanto más aferramos nuestra mochila, más nos pesa. Creo que el paso de aceptar que hay muchas cosas que no controlamos es difícil de dar, pensamos que si hacemos eso nos estamos dando por vencidos.
Pero ¿qué pasa si "darnos por vencidos" es la clave para salir adelante? Si pensamos que estamos solos en esto, obviamente no vamos a querer darnos por vencidos. Pero no lo estamos: Jesús nos dice que él está a nuestro lado, y que está dispuesto a recibir nuestras mochilas. Nos invita a contarle a él lo que nos pasa, y a valernos de sus recomendaciones y sus puntos de vista, y nos promete que si lo hacemos, nuestras vidas van a ser más livianas.
Esto es la sabiduría de la que habla Salomón. Los preceptos de Dios, su punto de vista, la manera en la que Dios nos dice que el mundo es y funciona. Él es el creador, sabe mejor que nosotros cómo funciona. Si nosotros elegimos ignorarlo, no vamos a recibir el castigo de Dios, pero eventualmente vamos a descubrir que la vida es ilógica, es absurda, no tiene sentido. Porque vamos a estar tratando de entenderla por nuestros medios, con nuestro propio punto de vista, que no tiene suficiente información. Nosotros no conocemos ni vamos a poder conocer jamás cómo son las cosas. Sólo podemos vivir. Por eso parece un absurdo sin sentido cuando no escuchamos lo que Dios nos dice o nos explica. Pero si nos acercamos a él, si le prestamos atención, si le creemos, todo empieza lentamente a cobrar sentido.
Y ahí está la conclusión a la que llega Salomón: hay más provecho en la sabiduría. ¿Por qué? Porque para Salomón, la sabiduría está relacionada con conocer y prestarle atención a Dios. Y al analizar lo que Dios le dice, cómo funcionan las cosas según él, encuentra maneras de actuar y de entender su vida que le dan un nuevo sentido a todo. No se trata del resultado que alcance, de cuánto logre, de qué tan lejos llegue, sino de todo lo que puede ir descubriendo en el proceso, y de lo liviana que la vida puede volverse. Pero solamente es posible esto cuando nos refugiamos en Jesús.
¿Eso quiere decir que los problemas se acaban? Para nada. Es más, a veces nos trae nuevos problemas, al mismo tiempo que hay otros que sí se acaban. Pero empezamos a desarrollar hábitos que le dan más sentido y más contenido a la vida. Gálatas 6:2 nos enseña, "ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo". Mateo 5:2 nos avisa, "dichosos los que lloran, porque serán consolados". A veces nos da miedo contarle a otro nuestras preocupaciones más profundas, nuestros miedos, las cosas que no entendemos de la vida, porque pensamos que no nos van a entender, o porque pensamos que somos los únicos que nos planteamos esas cosas. A veces es así, pero sinceramente, hay muchas personas que viven la vida con profundidad y que están dispuestas a escuchar y comprender a otros.
En lo personal, la mayoría de los que conozco son además personas que se apoyan en Cristo. Pero esto no es necesariamente una regla, porque también conozco personas que simplemente tienen esa capacidad o facilidad. Sin embargo, es más fácil comprender a otros y escucharlos si tengo una relación sincera y profunda con Cristo porque yo mismo experimenté lo que se siente ser escuchado y comprendido, entonces es más fácil hacerlo con otros. De nuevo, esto no necesariamente es una regla.
Y lo mismo pasa con llorar. Llorar en soledad da miedo, porque puede generar sensaciones feas y que no nos llevan a nada bueno. Pero en combinación con apoyarnos en Jesús y en nuestras personas de confianza, animarse a desahogarnos puede tener un efecto realmente sanador. Es cuestión de animarse a ser débil. Al fin y al cabo, ¿por qué tenemos que parecer siempre fuertes? ¿Quién nos engañó de esa manera? ¿Cuándo empezamos a pensar que podíamos lograr todo por nosotros mismos? Salomón seguramente nos diría "eso también es un absurdo, es correr tras el viento". Si no nos animamos a mostrar que somos débiles, nunca vamos a poder ser fuertes de verdad, sino que solamente vamos a tener la apariencia de ser fuertes. Por dentro, vamos a estar rotos, asustados y confundidos.
Para terminar, insisto en esto: a veces creemos que el sentido de lo que hacemos está en el resultado que obtengamos. Sin embargo, lo único que depende de nosotros es el proceso. Por eso nos desgastamos tanto para alcanzar el éxito, y nos frustramos cuando no lo alcanzamos; porque por enfocarnos tanto en el resultado, nos olvidamos de vivir intensamente el proceso, con sus luces y sombras, y sacar de ahí el máximo provecho posible. Esto sólo puedo lograrlo si me animo a compartir mis cargas con otros y a no ocultar mi debilidad, y si me enfoco en la sabiduría, que se trata básicamente de considerar a Dios, creerle lo que me dice. Si hacemos esto, empezamos a valorar el proceso por encima del resultado, la perspectiva cambia, y nos vamos volviendo conscientes del crecimiento que nos trae cualquier tormenta que atravesamos, si nos atrevemos a vivirla con intensidad. Y cuando descansamos, en los momentos de paz, reflexionamos sobre lo vivido, y nuestras fuerzas se ven renovadas, así como nuestra comprensión de las cosas. Posta.
La vida, en definitiva, se trata de los procesos, y sólo así podemos realmente vivir en paz. Por eso la sabiduría es una de las claves. Por eso, lo mejor que podemos hacer es refugiarnos en Dios, en su explicación de las cosas, en su manera de entender el mundo que él mismo creó. Y sólo así vamos a sacar el máximo provecho de una vida que a veces, si no, puede parecernos ilógica y sin mucho sentido. Por eso, el Salmo 46:1-3 dice: "Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia. Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retiemblen los montes". Y la canción que mencioné dice, llegando al final, "come to me, find your rest in the arms of the God who won't let go", o sea, "vengan a mí, encuentren su descanso en los brazos del Dios que no los va a soltar".
"Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso" (Mateo 11:28). Amén.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 5 de septiembre de 2014
Eclesiastés 1 - El síndrome del mundo caído
"Yo, el Maestro, reiné en Jerusalén sobre Israel. Y me dediqué de lleno a explorar e investigar con sabiduría todo cuanto se hace bajo el cielo. ¡Penosa tarea ha impuesto Dios al género humano para abrumarlo con ella! Y he observado todo cuanto se hace en esta vida, y todo ello es absurdo, ¡es correr tras el viento! Ni se puede enderezar lo torcido, ni se puede contar lo que falta" (Eclesiastés 1:12-15).
¡Hola a todos! Con este fuerte pasaje abro la reflexión después de tantos meses. Para ponerlos un poco al día a todos los que siguen el blog, estuve viviendo una primera mitad del año a todo trapo, no sólo en cuanto a actividades, sino en cuanto a experiencias de vida, atesorando aprendizaje, descubriéndome más a mí mismo y a la personas que me rodean, y conociendo un poco más el mundo, no en el sentido geográfico, sino, aunque suena bastante exagerado, en un sentido existencial. Comparto, de paso, que estoy muy agradecido con Dios por esta posibilidad de explorar la vida, a pesar de las dificultades, temores, inseguridades y riesgos que conlleva. Parado en el hoy, puedo afirmar sin titubeos que vale la pena.
Lo cierto es que quiero empezar a compartir un poco de todo lo que descubrí o viví en esta etapa. Probablemente haya varios cambios en formato, en ideas, en propuestas. O tal vez no, quién puede saberlo. Para entrar en tema, precisamente, quiero empezar compartiendo una serie de reflexiones relacionadas con el libro de Eclesiastés, el cual no había leído de antemano, o sea, antes de atravesar estos últimos varios meses, sino recién ahora, pero que sorprendentemente, o al revés, lógicamente, describe con impresionante precisión lo que la experiencia me enseñó previamente.
¡Hola a todos! Con este fuerte pasaje abro la reflexión después de tantos meses. Para ponerlos un poco al día a todos los que siguen el blog, estuve viviendo una primera mitad del año a todo trapo, no sólo en cuanto a actividades, sino en cuanto a experiencias de vida, atesorando aprendizaje, descubriéndome más a mí mismo y a la personas que me rodean, y conociendo un poco más el mundo, no en el sentido geográfico, sino, aunque suena bastante exagerado, en un sentido existencial. Comparto, de paso, que estoy muy agradecido con Dios por esta posibilidad de explorar la vida, a pesar de las dificultades, temores, inseguridades y riesgos que conlleva. Parado en el hoy, puedo afirmar sin titubeos que vale la pena.
Lo cierto es que quiero empezar a compartir un poco de todo lo que descubrí o viví en esta etapa. Probablemente haya varios cambios en formato, en ideas, en propuestas. O tal vez no, quién puede saberlo. Para entrar en tema, precisamente, quiero empezar compartiendo una serie de reflexiones relacionadas con el libro de Eclesiastés, el cual no había leído de antemano, o sea, antes de atravesar estos últimos varios meses, sino recién ahora, pero que sorprendentemente, o al revés, lógicamente, describe con impresionante precisión lo que la experiencia me enseñó previamente.
Titulé a esta primera reflexión "El síndrome del mundo caído". Hace tiempo que quiero compartir esta reflexión, a partir de una canción que escuché, que se llama "Blessings", que en un momento dice una frase que me marcó poderosamente: "The pain reminds this heart that this is not our home". Para los que no están familiarizados con el inglés, la traducción sería, más o menos, "el dolor le recuerda a nuestro corazón que éste no es nuestro hogar".
Precisamente, me parece que esto es a lo que hace referencia el pasaje que cité de Eclesiastés. Cuando caminamos por esta vida, creo que muchas veces nos parece un poco absurda. Cualquiera que sea honesto consigo mismo, y que se haya atrevido a soñar y a vivir con intensidad la vida, debería ser capaz de reconocer esa sensación. Queremos volar alto, dejar una huella en el mundo, hacer algo nuevo, que nadie hizo, sentir que nuestra vida impacta. Pero nos chocamos una y otra vez con esta sensación de que "no hay nada nuevo bajo el sol" (Eclesiastés 1:9). Nadie inventa nada, todo ya fue hecho y nadie parecería ser imprescindible.
Es interesante. Vivimos nuestras vidas envueltos en rutina, persiguiendo sueños pero repitiendo siempre los mismos errores, luchando con esas cosas que sentimos que no podemos cambiar, nuestras y externas. Buscamos un sentido a la vida, un hilo conductor, un propósito trascendente, y muchas veces se nos hace extremadamente difícil encontrarlo. En verdad, se nos dice que efectivamente hay un sentido, y podemos incluso creerlo con toda honestidad, pero sin embargo, muchas veces parecería como que la vida nos cuenta otra cosa. Por sí mismo, es como si todo lo que se hiciera efectivamente fuese absurdo, infructífero e insignificante. Y nos preguntamos, ¿para qué me esfuerzo para lograr esto? ¿Para qué me rijo por esta búsqueda? ¿Para qué me aferro a estos proyectos y planes tan altos?
Las respuestas a estos interrogantes podrían ser tan infinitos como infinitas personas hay, hubo y habrá en el mundo. La historia humana pareciera tratarse de esto. Es como un círculo repetitivo, un "loop", del que daría la impresión de que no se puede salir. Cada vez que nos frustramos porque las cosas no salen como creemos que deberían salir, la vida nos recuerda que todo es "correr tras el viento" (1:14). Creemos que si somos buenos merecemos una mejor vida o nos va a ir mejor, y sin embargo la vida viene como viene, las tormentas arrasan por igual a buenos y no tan buenos. Se nos reparten ciertas cartas, y parece como que en última instancia, de eso se tratase todo: de hacer lo mejor que nos salga con esas cartas que se nos repartieron, o abandonarnos a la suerte.
Y tal vez haya un poco de eso. Pero ese es el punto. "No hay nada nuevo bajo el sol". El dolor y la angustia, la sensación de querer y esperar algo más de la vida, nos recuerdan que no pertenecemos a "bajo el sol", sino a "por encima del sol". "Éste no es nuestro hogar", dice la canción. De donde venimos, las cosas sí tenían un sentido, y salían bien. Nuestra comprensión de la vida era mayor. Nosotros venimos de Dios, y por eso tenemos esas sensaciones de que la vida debería ser más que estos absurdos, que estas corridas tras el viento, sin significado. Acá, bajo el sol, vivimos en aflicción, en agotamiento, en confusión, en frustración y en desánimo, pero allá vivíamos en plenitud. ¿Por qué?
Bueno, creo que en este punto, Dios nos da una respuesta admirable: "el que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!»" (Apocalipsis 21:5). Por encima del sol, todo es siempre nuevo. No sólo eso, la biblia nos dice que "si alguno está en Cristo, es una nueva creación. ¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!" (2 Corintios 5:17), y que Dios "da vida a los muertos" y "llama las cosas que no son como si ya existieran" (Romanos 4:17). En contraste con lo que vengo diciendo, y con lo que plantea el rey Salomón en Eclesiastés, creo que estas declaraciones sobre Dios son muy fuertes y profundas. ¡Se puede salir del círculo repetitivo, del "loop"!
Es por eso que Dios nos dice que somos libres, porque si nos atrevemos a acercarnos a él, nos pone por encima de la historia. Es posible vivir otra vez por encima del sol, aunque estemos, en realidad, habitando debajo de él. Ésta es una sensación rara. Claro, saber cómo son las cosas nos hace más vulnerables a la evidencia de que vivimos en un mundo que no es como debería ser; en un mundo quebrado, en un mundo caído. Pero mientras tanto, Dios da vida a los muertos, descanso a los cansados, entendimiento a los confundidos, poder y esperanza a los frustrados y consuelo a los desanimados.
En definitiva, la clave de toda la vida, para disfrutarla al máximo en toda su complejidad, con sus luces y sombras, con lo blanco, lo negro y lo gris, es una buena, fluida, libre y creativa relación con Dios. No se trata de seguir una serie de reglas que este Dios nos impone o nos propone, o un código de vida saludable. Esto ocurre como consecuencia, de manera progresiva, muchas veces sin que activamente nos lo propongamos. Pero se trata de explorar, como si fuésemos niños aprendiendo a caminar, este mundo y esta vida de la mano de Jesús. Descubrir al Dios vivo y real que nos acompaña perceptiblemente, que nos sostiene, que no nos condena ni nos juzga, sino que nos comprende, y que nos sostiene cuando todo se vuelve borroso y confuso, es el primer paso para vencer el síndrome del mundo caído.
"El que estaba sentado en el trono dijo: «¡Yo hago nuevas todas las cosas!»" (Apocalipsis 21:5). Amén.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 10 de abril de 2014
La frustración de la creación y lo que Dios está haciendo al respecto
Hola a todos. La vez pasada mencioné varios temas de los que voy a estar hablando en las próximas publicaciones. Me pareció apropiado, habiendo terminado las reflexiones sobre la creación, pensar en lo que pasó después con ella. Después voy a retomar desde donde habíamos quedado para empezar con la serie de reflexiones sobre el séptimo día.
Quiero hacer énfasis en que no soy teólogo, sino solamente una persona que vive en relación personal con Dios, y reflexiona al respecto, sobre la base de las experiencias que va viviendo. Por supuesto, tengo en mi cabeza un "equipaje teológico" que fui obteniendo a lo largo de los últimos años, pero las conclusiones que saco en estas reflexiones personales tienen más que ver con mi propia experiencia. Lo digo porque a veces me falta conocimiento sobre el contexto, y eso puede derivar en conclusiones muy parciales o poco acertadas. Sin embargo, como es Dios mismo el que se va dando a conocer a nosotros, cuando tenemos una actitud sincera y una relación viva con él, es difícil escribir algo que no se corresponda con cómo es Dios en realidad. En fin, sólo la aclaración.
Y eso me lleva a otra cuestión: en mi opinión, los primeros capítulos del Génesis tienen un alto contenido simbólico, y por eso pienso que lo más importante es ver qué mensaje se nos quiso transmitir a través de esos símbolos. No olvidemos que toda la Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento, fue escrito para conducirnos a Jesús. Por lo tanto, él es el centro de la biblia. Aunque muchas veces nos de datos muy precisos, y a pesar de que todo lo que se dice es cierto, siempre va a haber información que falta, porque fue inspirada por el Espíritu con el único propósito de explicar y comprender la obra de Cristo.
Digo esto para romper un poco con el mito de que la explicación bíblica de la creación se contradice con la explicación de la ciencia. Puede que sí y puede que no, o puede que en algunas cosas sí y en otras no, pero fundamentalmente, deberían pensarse como complementarias. La ciencia, es decir, el conocimiento humano, aporta a la comprensión de las cosas adicionales, de todo aquello que tiene que ver con el mundo material. La biblia sirve para conocer, ante todo, los procesos y fenómenos espirituales.
Texto: Génesis 3
Dios creó el universo teniendo en mente un orden determinado, del que fuimos hablando en las reflexiones pasadas. Lo que caracterizaba a la creación original era el equilibrio. Si pensamos en el ser humano, habíamos dicho en algún momento que era al mismo tiempo material y espiritual, y tenía conciencia de ambas cosas en igual proporción. Además, tenía una conciencia natural de su propósito, y obedecía a Dios de forma espontánea.
No sé qué les pasa a ustedes, pero yo, cuando miro al mundo que me rodea, lo que menos veo es equilibrio. No hace falta que describa a qué me refiero, supongo. Pero sólo por nombrar algunas cosas: personas maltratando a las personas, los más fuertes dominando a los más débiles, el ser humano desarrollando su cultura a expensas de su hábitat, cambios climáticos cada vez más abruptos, y la lista podría seguir.
La pregunta que uno se puede hacer es, ¿qué pasó en el medio? Bueno, creo que hay muchas respuestas a esa pregunta, todas ellas correctas. Quiero resaltar algunos puntos. Primero que nada, Dios le había dado al ser humano un sólo mandato, una sola regla para el código de convivencia: que no comiera del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Esto es problemático. Es decir, ¿qué representa este fruto? Personalmente, pienso que tiene que ver con lo que el apóstol Pablo dice acerca de la ley: "si no fuera por la ley, no me habría dado cuenta de lo que es el pecado" (Romanos 7:7), y "el pecado se aprovechó del mandamiento, me engañó, y por medio de él me mató" (Romanos 7:11).
Entonces, tal vez lo que Dios está haciendo al poner fuera del alcance del ser humano el conocimiento del bien y del mal, es protegerlos de sí mismos. Ahora, pensémoslo por un momento. El conocimiento del bien y del mal es atractivo, incluso parece bueno. Quiero decir, ¿quién no querría saber qué es bueno y qué es malo, y así poder vivir tranquilos y bien, como corresponde? Pero en realidad, es un truco. Saber lo que está mal me puede llevar a hacerlo, o a sentir remordimientos que me lleven cada vez a peores decisiones.
Para mí, de eso se trata la estrategia de la serpiente. En algún momento hablé sobre eso, cuando publiqué las reflexiones sobre la lucha espiritual. Lo que ella hace (o lo que él hace, si partimos de la base de que la serpiente representa al diablo), es convencer al ser humano de desobedecer y de tratar de ponerse a la altura de Dios. La humanidad desobedece el único mandamiento que había recibido. Es ahí donde empieza todo.
El ser humano era la corona de la creación, el encargado. Era, por así decirlo, el gobernador de la tierra, siendo Dios el presidente del universo. Pero a partir de su desobediencia, se produce una ruptura profunda, y una rebelión, a veces sutil, a veces abierta. La humanidad, a partir de entonces, va a ir dividiéndose en dos: los partidarios de Dios y los separatistas, por así decirlo. Si lo pensamos en profundidad, esta representación, esta metáfora, tiene muchísimo sentido. Unas nuevas leyes empiezan a regir en esta provincia rebelde, que queda ahora separada del resto del país. Queda fuera del país de Dios, como un estado independiente, o, hablando en términos bíblicos, queda fuera del reino de Dios. Lo llamativo es que, si pensamos en el ser humano de hoy, tenemos la tendencia a querer ser como Dios: estar al control de todas las cosas, saberlo todo, e incluso crear seres humanos, animales, y otras cosas.
Es interesante lo que pasa a continuación. Ninguno de los dos, ni Adán ni Eva, se hacen responsables por la decisión que tomaron. Adán culpa a Eva, y ella culpa a la serpiente. Por supuesto, la serpiente es la que empezó todo, y sin embargo, Eva habría podido decir que no, y lo mismo Adán. Pero ese es otro de los grandes signos de la caída que podemos ver en el ser humano de hoy: nadie se hace cargo de nada. Siempre la culpa la tiene otro.
Pero Dios juzga sobre la base de la verdad. Él sabe lo que pasó, y le paga a cada uno según su grado de responsabilidad. Por eso, condena primero a la serpiente, después a la mujer, y después al hombre. Ahora, hay que tener en claro una cosa, porque el ser humano, tratando de gobernarse así mismo, usa a Dios para sus propios fines. Personalmente pienso que esto enfurece a Dios. Pero a lo que voy es a esto: cuando condena a cada uno, no está estableciendo reglas, sino advirtiendo las consecuencias de lo que acaban de hacer.
La serpiente, es decir, el diablo, es condenada a arrastrarse por el suelo, es decir, expulsada definitivamente de la presencia de Dios, y para siempre. No olvidemos que Satanás solía ser un ángel de Dios. El Señor le anuncia ya su final, algo que los biblistas consideran una versión temprana del evangelio, la buena noticia.
La mujer se convertiría en lo que pasó a llamarse el "sexo débil". No lo fue desde el principio. La dominación del hombre sobre la mujer fue una consecuencia de la caída. Es una construcción social, lo cual no quiere decir que no tenga un sustento en la nueva realidad que se produjo a partir de ese momento.
El hombre se transformaría en el que realizaría las tareas más pesadas en la división del trabajo, para perjuicio propio, en definitiva. Claro, en la repartición, por este mismo motivo, empezaría a considerarse a sí mismo como superior a la mujer, otra construcción social, sin duda.
Y la consecuencia más terrible, tal vez, es esta: el ser humano es separado del árbol de la vida, es decir, se le niega la vida. Muere. Ahora conoce lo bueno y lo malo, sí, pero está sujeto a la muerte, por lo tanto, no le sirve de mucho. De hecho, al conocer lo malo, puede ser juzgado al hacerlo. A partir de ahí, el ser humano ya no va a poder participar del Edén, es decir, no va a poder encontrar gozo y plenitud en su vida. El propósito original de la humanidad se pierde. De hecho, se pervierte la creación entera. El Nuevo Testamento lo establece claramente: "la creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración", y "la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Romanos 8:19-21).
Entonces, el ser humano desobedece a Dios (lo que se conoce comúnmente como "pecado original"), se independiza, no se hace responsable, y se rompe el equilibrio entre el hombre, la mujer y el mundo que los rodea. Esto es la muerte. Todo se muere. La creación entera se quiebra, se pierde. Dicho así, suena extremadamente trágico. Éste no es el evangelio, claramente. Evangelio quiere decir "buenas noticias". Ésta fue la mala noticia.
La buena noticia, es que Dios tenía un plan para revertir esto, para restaurar la creación entera a su propósito original. Estas cosas, aunque nos cueste entenderlo o aceptarlo, tenían que pasar, era necesario. ¿Por qué? No lo sé. Pero no es algo que haya pasado sin que él lo esperara. Se lo veía venir, pero si el ser humano pudo desobedecerlo, es porque no estaba del todo convencido de la autoridad de Dios. Tal vez fue por eso que el Señor dejó que esto pasara, para que comenzara el largo período de aprendizaje del ser humano, la escuela que conocemos como "historia humana", en la que la humanidad aprende a obedecer a Dios.
Entonces, Dios no tenía un plan B, sino que esto formaba parte del plan A, el plan original. Una instancia que Dios habría preferido no tener que transitar, pero que evidentemente era necesaria. No sólo eso, era la mejor alternativa, porque Dios nunca se queda con opciones intermedias, siempre piensa en lo que es mejor desde el punto de vista objetivo. Él creo el mundo, así que el punto de vista objetivo es, sin duda, el suyo. Es el único que sabe cómo funcionan realmente las cosas, en todos los tiempos, pasado, presente y futuro, a la vez.
Pero, ¿cuál es ese plan? Bueno, está anticipado en el evangelio en miniatura que aparece en Génesis 3:15, "pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente [el pecado y la muerte] y la de ella [Cristo]; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le morderás el talón". También se empieza a entrever más adelante: "Desde entonces se comenzó a invocar el nombre del Señor" (Génesis 4:26). Al darse cuenta de lo que es la vida humana sin la obediencia a Dios, el ser humano empieza a ponerse voluntariamente bajo el paraguas de su soberanía.
Esto ocurre porque al cortarse la conexión con Dios, se interrumpe la alimentación de todo aquello que hacía al ser humano, que está relacionado con la esencia de Dios mismo. Fuimos creados, en definitiva, a su imagen y semejanza. Fuera de él, no somos ni siquiera humanos. Otra cosa que podemos ver en el mundo de hoy: somos cada vez menos humanitarios, menos humanos. El deseo de estar con Dios y vivir en armonía con él cumple la función de recalibrar nuestra frecuencia, nos reconecta. Y de esa manera, nos devuelve a la vida.
Y esto es posible por medio de lo que Jesús hizo, o, antes de Cristo, de lo que Jesús iba a hacer. Y esto es muy interesante. La restauración, la reconexión, la salvación, siempre vinieron por medio de la fe. Antes, la fe miraba hacia adelante, hacia el mesías que iba a venir, y hacia lo que él iba a hacer. Ahora, nuestra fe mira hacia atrás, a lo que él hizo, aunque también, obviamente, a las implicancias que eso tiene para nuestro futuro. Pero siempre fue por medio de la fe. Y la fe no es creer que Dios existe. La biblia da por sobreentendido el hecho de que Dios exista. La fe se trata de creer que Dios es soberano, y que la obediencia a él es lo único que nos puede hacer humanos plenos de nuevo. La fe es, en definitiva, creer que lo que Dios nos dice es cierto, y querer relacionarnos con él. Confiar en él. Eso es la fe.
Termino con este pasaje, para comprender en mayor profundidad lo que Dios hizo, está haciendo y va a hacer respecto de la frustración de la creación: "él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra" (Efesios 1:9-10).
Destaco esto: el buen propósito de Dios, establecido de antemano, en Cristo, es reunir, o sea, volver a unir, con él, todas las cosas. La palabra "religión" refiere al conjunto de cosas que el hombre tiene que hacer para volver a ligarse (religarse) con Dios. Lo que no nos damos cuenta es que no existe tal cosa, porque Dios ya hizo todo lo que había por hacer al respecto cuando envió a Cristo. Él es nuestra religión, ya no hay nada más que podamos hacer más que unirnos a él, en una relación personal. Ser buenas personas no nos devuelve a la vida. No nos restaura al propósito original. Dios no nos pide ser buenas personas. Él mismo se encarga de ir transformándonos, pero sólo si primero nos religamos a él por medio de una relación personal con Cristo. Esa es la buena noticia: la salvación es gratis. Es un regalo que viene por una relación afectiva con Dios.
Que el Dios de la creación y de la restauración despierte en nosotros el creciente deseo de obedecerlo por iniciativa propia, para que podamos disfrutar de toda la plenitud de la vida que Dios pensó para cada uno de nosotros. Amén.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Quiero hacer énfasis en que no soy teólogo, sino solamente una persona que vive en relación personal con Dios, y reflexiona al respecto, sobre la base de las experiencias que va viviendo. Por supuesto, tengo en mi cabeza un "equipaje teológico" que fui obteniendo a lo largo de los últimos años, pero las conclusiones que saco en estas reflexiones personales tienen más que ver con mi propia experiencia. Lo digo porque a veces me falta conocimiento sobre el contexto, y eso puede derivar en conclusiones muy parciales o poco acertadas. Sin embargo, como es Dios mismo el que se va dando a conocer a nosotros, cuando tenemos una actitud sincera y una relación viva con él, es difícil escribir algo que no se corresponda con cómo es Dios en realidad. En fin, sólo la aclaración.
Y eso me lleva a otra cuestión: en mi opinión, los primeros capítulos del Génesis tienen un alto contenido simbólico, y por eso pienso que lo más importante es ver qué mensaje se nos quiso transmitir a través de esos símbolos. No olvidemos que toda la Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento, fue escrito para conducirnos a Jesús. Por lo tanto, él es el centro de la biblia. Aunque muchas veces nos de datos muy precisos, y a pesar de que todo lo que se dice es cierto, siempre va a haber información que falta, porque fue inspirada por el Espíritu con el único propósito de explicar y comprender la obra de Cristo.
Digo esto para romper un poco con el mito de que la explicación bíblica de la creación se contradice con la explicación de la ciencia. Puede que sí y puede que no, o puede que en algunas cosas sí y en otras no, pero fundamentalmente, deberían pensarse como complementarias. La ciencia, es decir, el conocimiento humano, aporta a la comprensión de las cosas adicionales, de todo aquello que tiene que ver con el mundo material. La biblia sirve para conocer, ante todo, los procesos y fenómenos espirituales.
Texto: Génesis 3
Dios creó el universo teniendo en mente un orden determinado, del que fuimos hablando en las reflexiones pasadas. Lo que caracterizaba a la creación original era el equilibrio. Si pensamos en el ser humano, habíamos dicho en algún momento que era al mismo tiempo material y espiritual, y tenía conciencia de ambas cosas en igual proporción. Además, tenía una conciencia natural de su propósito, y obedecía a Dios de forma espontánea.
No sé qué les pasa a ustedes, pero yo, cuando miro al mundo que me rodea, lo que menos veo es equilibrio. No hace falta que describa a qué me refiero, supongo. Pero sólo por nombrar algunas cosas: personas maltratando a las personas, los más fuertes dominando a los más débiles, el ser humano desarrollando su cultura a expensas de su hábitat, cambios climáticos cada vez más abruptos, y la lista podría seguir.
La pregunta que uno se puede hacer es, ¿qué pasó en el medio? Bueno, creo que hay muchas respuestas a esa pregunta, todas ellas correctas. Quiero resaltar algunos puntos. Primero que nada, Dios le había dado al ser humano un sólo mandato, una sola regla para el código de convivencia: que no comiera del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Esto es problemático. Es decir, ¿qué representa este fruto? Personalmente, pienso que tiene que ver con lo que el apóstol Pablo dice acerca de la ley: "si no fuera por la ley, no me habría dado cuenta de lo que es el pecado" (Romanos 7:7), y "el pecado se aprovechó del mandamiento, me engañó, y por medio de él me mató" (Romanos 7:11).
Entonces, tal vez lo que Dios está haciendo al poner fuera del alcance del ser humano el conocimiento del bien y del mal, es protegerlos de sí mismos. Ahora, pensémoslo por un momento. El conocimiento del bien y del mal es atractivo, incluso parece bueno. Quiero decir, ¿quién no querría saber qué es bueno y qué es malo, y así poder vivir tranquilos y bien, como corresponde? Pero en realidad, es un truco. Saber lo que está mal me puede llevar a hacerlo, o a sentir remordimientos que me lleven cada vez a peores decisiones.
Para mí, de eso se trata la estrategia de la serpiente. En algún momento hablé sobre eso, cuando publiqué las reflexiones sobre la lucha espiritual. Lo que ella hace (o lo que él hace, si partimos de la base de que la serpiente representa al diablo), es convencer al ser humano de desobedecer y de tratar de ponerse a la altura de Dios. La humanidad desobedece el único mandamiento que había recibido. Es ahí donde empieza todo.
El ser humano era la corona de la creación, el encargado. Era, por así decirlo, el gobernador de la tierra, siendo Dios el presidente del universo. Pero a partir de su desobediencia, se produce una ruptura profunda, y una rebelión, a veces sutil, a veces abierta. La humanidad, a partir de entonces, va a ir dividiéndose en dos: los partidarios de Dios y los separatistas, por así decirlo. Si lo pensamos en profundidad, esta representación, esta metáfora, tiene muchísimo sentido. Unas nuevas leyes empiezan a regir en esta provincia rebelde, que queda ahora separada del resto del país. Queda fuera del país de Dios, como un estado independiente, o, hablando en términos bíblicos, queda fuera del reino de Dios. Lo llamativo es que, si pensamos en el ser humano de hoy, tenemos la tendencia a querer ser como Dios: estar al control de todas las cosas, saberlo todo, e incluso crear seres humanos, animales, y otras cosas.
Es interesante lo que pasa a continuación. Ninguno de los dos, ni Adán ni Eva, se hacen responsables por la decisión que tomaron. Adán culpa a Eva, y ella culpa a la serpiente. Por supuesto, la serpiente es la que empezó todo, y sin embargo, Eva habría podido decir que no, y lo mismo Adán. Pero ese es otro de los grandes signos de la caída que podemos ver en el ser humano de hoy: nadie se hace cargo de nada. Siempre la culpa la tiene otro.
Pero Dios juzga sobre la base de la verdad. Él sabe lo que pasó, y le paga a cada uno según su grado de responsabilidad. Por eso, condena primero a la serpiente, después a la mujer, y después al hombre. Ahora, hay que tener en claro una cosa, porque el ser humano, tratando de gobernarse así mismo, usa a Dios para sus propios fines. Personalmente pienso que esto enfurece a Dios. Pero a lo que voy es a esto: cuando condena a cada uno, no está estableciendo reglas, sino advirtiendo las consecuencias de lo que acaban de hacer.
La serpiente, es decir, el diablo, es condenada a arrastrarse por el suelo, es decir, expulsada definitivamente de la presencia de Dios, y para siempre. No olvidemos que Satanás solía ser un ángel de Dios. El Señor le anuncia ya su final, algo que los biblistas consideran una versión temprana del evangelio, la buena noticia.
La mujer se convertiría en lo que pasó a llamarse el "sexo débil". No lo fue desde el principio. La dominación del hombre sobre la mujer fue una consecuencia de la caída. Es una construcción social, lo cual no quiere decir que no tenga un sustento en la nueva realidad que se produjo a partir de ese momento.
El hombre se transformaría en el que realizaría las tareas más pesadas en la división del trabajo, para perjuicio propio, en definitiva. Claro, en la repartición, por este mismo motivo, empezaría a considerarse a sí mismo como superior a la mujer, otra construcción social, sin duda.
Y la consecuencia más terrible, tal vez, es esta: el ser humano es separado del árbol de la vida, es decir, se le niega la vida. Muere. Ahora conoce lo bueno y lo malo, sí, pero está sujeto a la muerte, por lo tanto, no le sirve de mucho. De hecho, al conocer lo malo, puede ser juzgado al hacerlo. A partir de ahí, el ser humano ya no va a poder participar del Edén, es decir, no va a poder encontrar gozo y plenitud en su vida. El propósito original de la humanidad se pierde. De hecho, se pervierte la creación entera. El Nuevo Testamento lo establece claramente: "la creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración", y "la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Romanos 8:19-21).
Entonces, el ser humano desobedece a Dios (lo que se conoce comúnmente como "pecado original"), se independiza, no se hace responsable, y se rompe el equilibrio entre el hombre, la mujer y el mundo que los rodea. Esto es la muerte. Todo se muere. La creación entera se quiebra, se pierde. Dicho así, suena extremadamente trágico. Éste no es el evangelio, claramente. Evangelio quiere decir "buenas noticias". Ésta fue la mala noticia.
La buena noticia, es que Dios tenía un plan para revertir esto, para restaurar la creación entera a su propósito original. Estas cosas, aunque nos cueste entenderlo o aceptarlo, tenían que pasar, era necesario. ¿Por qué? No lo sé. Pero no es algo que haya pasado sin que él lo esperara. Se lo veía venir, pero si el ser humano pudo desobedecerlo, es porque no estaba del todo convencido de la autoridad de Dios. Tal vez fue por eso que el Señor dejó que esto pasara, para que comenzara el largo período de aprendizaje del ser humano, la escuela que conocemos como "historia humana", en la que la humanidad aprende a obedecer a Dios.
Entonces, Dios no tenía un plan B, sino que esto formaba parte del plan A, el plan original. Una instancia que Dios habría preferido no tener que transitar, pero que evidentemente era necesaria. No sólo eso, era la mejor alternativa, porque Dios nunca se queda con opciones intermedias, siempre piensa en lo que es mejor desde el punto de vista objetivo. Él creo el mundo, así que el punto de vista objetivo es, sin duda, el suyo. Es el único que sabe cómo funcionan realmente las cosas, en todos los tiempos, pasado, presente y futuro, a la vez.
Pero, ¿cuál es ese plan? Bueno, está anticipado en el evangelio en miniatura que aparece en Génesis 3:15, "pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente [el pecado y la muerte] y la de ella [Cristo]; su simiente te aplastará la cabeza, pero tú le morderás el talón". También se empieza a entrever más adelante: "Desde entonces se comenzó a invocar el nombre del Señor" (Génesis 4:26). Al darse cuenta de lo que es la vida humana sin la obediencia a Dios, el ser humano empieza a ponerse voluntariamente bajo el paraguas de su soberanía.
Esto ocurre porque al cortarse la conexión con Dios, se interrumpe la alimentación de todo aquello que hacía al ser humano, que está relacionado con la esencia de Dios mismo. Fuimos creados, en definitiva, a su imagen y semejanza. Fuera de él, no somos ni siquiera humanos. Otra cosa que podemos ver en el mundo de hoy: somos cada vez menos humanitarios, menos humanos. El deseo de estar con Dios y vivir en armonía con él cumple la función de recalibrar nuestra frecuencia, nos reconecta. Y de esa manera, nos devuelve a la vida.
Y esto es posible por medio de lo que Jesús hizo, o, antes de Cristo, de lo que Jesús iba a hacer. Y esto es muy interesante. La restauración, la reconexión, la salvación, siempre vinieron por medio de la fe. Antes, la fe miraba hacia adelante, hacia el mesías que iba a venir, y hacia lo que él iba a hacer. Ahora, nuestra fe mira hacia atrás, a lo que él hizo, aunque también, obviamente, a las implicancias que eso tiene para nuestro futuro. Pero siempre fue por medio de la fe. Y la fe no es creer que Dios existe. La biblia da por sobreentendido el hecho de que Dios exista. La fe se trata de creer que Dios es soberano, y que la obediencia a él es lo único que nos puede hacer humanos plenos de nuevo. La fe es, en definitiva, creer que lo que Dios nos dice es cierto, y querer relacionarnos con él. Confiar en él. Eso es la fe.
Termino con este pasaje, para comprender en mayor profundidad lo que Dios hizo, está haciendo y va a hacer respecto de la frustración de la creación: "él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo, para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra" (Efesios 1:9-10).
Destaco esto: el buen propósito de Dios, establecido de antemano, en Cristo, es reunir, o sea, volver a unir, con él, todas las cosas. La palabra "religión" refiere al conjunto de cosas que el hombre tiene que hacer para volver a ligarse (religarse) con Dios. Lo que no nos damos cuenta es que no existe tal cosa, porque Dios ya hizo todo lo que había por hacer al respecto cuando envió a Cristo. Él es nuestra religión, ya no hay nada más que podamos hacer más que unirnos a él, en una relación personal. Ser buenas personas no nos devuelve a la vida. No nos restaura al propósito original. Dios no nos pide ser buenas personas. Él mismo se encarga de ir transformándonos, pero sólo si primero nos religamos a él por medio de una relación personal con Cristo. Esa es la buena noticia: la salvación es gratis. Es un regalo que viene por una relación afectiva con Dios.
Que el Dios de la creación y de la restauración despierte en nosotros el creciente deseo de obedecerlo por iniciativa propia, para que podamos disfrutar de toda la plenitud de la vida que Dios pensó para cada uno de nosotros. Amén.
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 1 de abril de 2014
La creación - Día 7: el proceso terminado
Hola a todos. Dentro de poco voy a empezar a publicar una serie de reflexiones basadas en el libro de Isaías, todas ellas vinculadas a la idea del sábado, y pensé que era una buena idea conectarlo con el último día bíblico de la creación. Creo que para eso es importante que recopilemos un poco las reflexiones sobre el proceso en el que Dios hizo todo lo que existe. Hay un pasaje que me encanta, y por eso lo tomé en esta publicación, que tiene que ver con la obra de Jesús en relación con la creación. La idea es pensar, ahora, qué nos enseña el séptimo día.
En la introducción planteé la importancia de conocer y reflexionar en profundidad en el relato bíblico sobre la creación del mundo. Creo que hay gran confusión en el supuesto enfrentamiento entre ciencia y fe, como si fueran cosas opuestas. En algún momento voy a hablar de eso, pero en esa publicación dije que me parecía importante integrar lo que conocemos humanamente, a través de la ciencia, con la visión que la biblia nos ofrece, la cual creemos por fe, no porque no tenemos motivos, sino porque hemos llegado a descubrir que la biblia dice cosas totalmente ciertas. La fe no es ciega, se apoya en la evidencia vital de cada creyente. De ahí la importancia de relacionarnos con Dios de manera personal para poder conocer bien la Escritura. Es otro tema del que pronto voy a hablar.
También dije en la introducción que había descubierto muchas cosas que el relato del Génesis tenía para enseñarnos sobre nosotros mismos, sobre nuestra relación con Dios y sobre las cosas que él va haciendo en nuestra vida.
Día 1: la luz - Lo primero que Dios hizo fue encender la luz en medio de la oscuridad. Eso mismo hace en nuestras vidas. Ni bien lo recibimos en nuestro interior, enciende su luz, y nos hace empezar a ver qué cosas nos alejan de él, de sus bendiciones, de sus propósitos. Nos hace ver, en definitiva, qué cosas son perjudiciales para nuestras vidas y las de otros.
Día 2: el firmamento - Dios crea el cielo, al cual conocemos también como "firmamento". El cielo, a pesar de que parece algo volátil, es un elemento firme, que siempre está ahí, prácticamente inmutable. A través de él, Dios nos invita a pensar que primero que nada, está el cielo. Recién después está la tierra. Lo más importante son las cosas espirituales, y las materiales responden a las espirituales. Decía que era fundamental vivir con los pies en la tierra, pero siempre mirando al cielo primero, para tener un ancla en aquello que no cambia según las circunstancias. Sólo así alcanzamos la libertad con la que podemos identificar, justamente, al cielo, al aire.
Día 3: la tierra y la vegetación - Después, Dios crea la base firme sobre la que la vida puede desarrollarse. Sin esa base firme, no es posible. No podemos quedarnos sólo con el cielo, sino que tenemos que bajar eso a la tierra, a acciones prácticas y concretas. Esas prácticas son como semillas que sembramos, y que dan fruto. Cada decisión que tomamos se va ramificando, y disparando en otros decisiones propias que también se ramifican. Por eso, es importante prestar atención a qué semilla sembramos. Dios mismo, al hacernos, crea personas diferentes, a propósito, cada una con distintas características, para que cada uno siembre lo que tiene dentro. Dios no fabrica en cadena, sino artesanalmente.
Día 4: los astros - A veces nos quedamos con la idea de que el sol, la luna, las estrellas, los planetas, tienen una función solamente material: alumbrar, albergar vida, etc. Sin embargo, Dios nos dice que los creó por un motivo más importante: recordarnos que este mundo no es todo lo que hay, y que por encima nuestro, además, hay alguien que está en autoridad. Esta autoridad tiene que ver con que él mismo nos creo, y hasta nos puso en una posición de privilegio y de responsabilidad. Además, lo hizo para recordarnos que por encima de los tiempos y los cambios humanos, está él, eterno e invariable, siempre el mismo Dios. Él es soberano, tiene todo bajo control. Nada se le escapa. De la misma manera, se ofrece para conducirnos a nosotros, para ser quién guíe nuestras decisiones, y así encontrar los mejores caminos y destinos. Si lo permitimos, nosotros mismos nos convertimos en astros brillantes que ayudan a otros a encontrar esos caminos.
Día 5: los seres vivientes del agua y el cielo - Las primeras formas de vida que Dios crea aparecen en el agua y en el cielo. Compartí la idea de que Dios crea vida en donde no la hay, y que esa vida brota y se expande por todos lados. Se nos transmite la idea de mares rebosantes de vida, porque en definitiva, Dios nos da vida en abundancia. Y además, nos recuerda qué prioridades nos conviene tener: el cielo antes que la tierra. No es que la vida cotidiana no sea importante para Dios, sino todo lo contrario: es tan importante, que Dios quiere que bajemos el cielo a la tierra, para lo cual necesitamos dedicar nuestras mayores fuerzas a conocer y comprender ese "cielo", es decir, las cosas espirituales, las cosas de Dios. Si bebemos de la fuente que Dios nos provee, rebosamos de vida.
Día 6: los seres vivientes de la tierra - La ciencia nos enseña que los animales acuáticos, eventualmente, salieron del agua. La biblia nos recuerda que fue Dios el que hizo aparecer la vida en la tierra, lo cual nos recuerda que en todo el desarrollo de la existencia, la mano del Señor está permanentemente conduciendo los procesos, aunque no podamos darnos cuenta. Esto nos genera dudas y preguntas, y está bien que así sea. Algunas vamos a poder responderlas, otras tal vez no. Dije en esa publicación que me llamaba la atención las similitudes que Dios establece entre animales y seres humanos. Los dos son creados a partir de la tierra misma, para que no nos olvidemos, en definitiva, de que, aún si somos especiales para Dios, no somos tan diferentes del resto de la creación. Somos parte de ella, y si somos especiales es solamente por las condiciones en las que Dios nos creó, porque fuimos hechos a imagen y semejanza suya. Pero en definitiva, nos hizo pertenecer al llamarlo "reino animal" junto con otras especies, para que aprendamos a ser humildes, aún si aceptamos que nuestro propósito incluye el dominio sobre los animales. No podemos hacer cualquier cosa con el resto de la creación, porque Dios sigue estando en un "reino" superior al nuestro, y él es el dueño.
Día 6: el género humano - Finalmente, Dios describe, con más detalle, cómo fue creado el ser humano, para qué, y bajo qué condiciones. Se nos da el propósito de cuidar y cultivar la creación, es decir, se nos pone como administradores de algo que no nos pertenece. Como parte de esta administración, tenemos la libertad y la misión de crear cultura, y reproducirla en el tiempo. Dios crea, en cierta manera, la historia misma, al crear al ser humano como criatura creadora. Para hacer esto, a la vez, el ser humano necesita reproducirse a sí mismo biológicamente. Pero no se lo puede hacer de manera desordenada. Dios propone un orden: la familia. Entonces, a través de la familia, el hombre se reproduce física y culturalmente, porque pasa esa cultura a la siguiente generación. Así, el proceso de creación, termina siendo eterno, infinito. La creación se extiende a sí misma, bajo la dirección de Dios.
"Así quedaron terminados los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos. Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora. Ésta es la historia de la creación de los cielos y la tierra."
Génesis 2:1-4
Llegamos finalmente al punto final. Recién planteé la idea de que la creación estaba pensada para ser continua, infinita, eterna. Extendiéndose en el tiempo, pero en la eternidad, donde el tiempo no existe. ¿No es esto muy contradictorio? Bueno, sí, es contradictorio. Desde la lógica humana, Dios mismo es contradictorio. Hay que morir para poder vivir, hay que obedecer para poder ser libres, al mismo tiempo hay que ser libres para poder obedecer de verdad, y podría dar muchísimos ejemplos.
Pero justamente, eso es lo que quiero remarcar como conclusión de toda esta serie de reflexiones. Sin duda, debería dedicarle alguna publicación a la caída del ser humano, la frustración de la creación. Pero hoy quiero detenerme en que Dios, siendo eterno, ve las cosas desde una óptica que jamás vamos a poder abarcar del todo. La historia de la creación no se detuvo cuando Dios se "detuvo" a mirar para atrás, y ver todo lo que había creado. Dios no descansó en el sentido que nosotros lo entendemos. Su descanso pasa por otro lado.
Vayamos despacio. El texto dice que los cielos y la tierra quedaron terminados, junto con lo que hay en ellos. El proceso donde Dios tenía que crear cosas que no existían, acabó. A partir de ahí, como dice Eclesiastés 1:9, "no hay nada nuevo bajo el sol". Todo lo que el ser humano crea, construye, fabrica, lo hace a partir de cosas que ya existen. Podría dar miles de ejemplos, pero el espacio no me alcanzaría.
Dice después, el pasaje de Génesis, que "Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido". Quiero destacar esto: descansó porque había terminado su obra. O sea, Dios está enseñándonos que no podemos detenernos a descansar y relajarnos si no terminamos lo que empezamos. Por supuesto, no quiere decir que trabajemos las 24 horas del día sin dormir. Pero si nos fijamos, Dios tampoco hizo eso. A lo largo del proceso de creación, la biblia muestra que el Señor se detuvo a ver cómo iban quedando las cosas. Pero después de terminar toda su parte, se pone a contemplar su obra, y a disfrutar de ella.
Creo que esto es muy importante. ¿Cuándo fue la última vez que cada uno de nosotros se sentó a disfrutar de su obra, de su trabajo, del resultado de su esfuerzo? ¿A qué estamos esperando? ¿Será que nos embarcamos en demasiadas cosas a la vez, y mientras terminamos una estamos en medio de otra, en vez de poder frenar y descansar? ¿O será que nos han enseñado que frenar y disfrutar es una pérdida de tiempo? Voy a volver sobre esta idea cuando hable del tema de honrar el séptimo día, pero quiero insistir en que Dios descansó, paró para contemplar y disfrutar.
Contemplar y disfrutar. Meditar y divertirse. A veces las pensamos como cosas contrapuestas, pero me parece que el balance entre ambas es muy importante. Tenemos que detenernos a pensar sobre lo que venimos viviendo, reflexionar sobre lo que podemos aprender en base a la experiencia de nuestra vida, sacar conclusiones, pensar sobre nosotros mismos y los que nos rodean, y ver qué deseos, sueños y planes tenemos para el futuro. Pero también tenemos que tomarnos un tiempo para relajarnos, descansar la mente, salir con nuestros amigos, hablar de cosas cotidianas y hasta superficiales, y como decimos habitualmente, "pasarla bien".
Dos cosas que van de la mano, y que refuerzan la otra cosa de la que venía hablando: las responsabilidades. Si una de las tres patas falla, pienso que fallan todas, y me da la impresión de que esto es lo que Dios quiere enseñarnos al descansar en el séptimo día. Por eso, Dios santificó ese séptimo día, lo consagró, lo apartó especialmente para descansar. Tres pilares para nuestras vidas: meditar, divertirnos, trabajar.
Espero que toda esta serie de publicaciones haya sido de mucha bendición. No estoy seguro de cuál va a ser el tema de la próxima, probablemente la caída. Pero es importante tener en cuenta este proceso de creación del mundo, del primer al séptimo día. El proceso de intervención de Dios en nuestra vida se parece, pienso, al de la creación: crea la luz, nos conecta con el cielo, como resultado nos ordena la vida en la tierra, nos da dirección al tomar decisiones, eso crea vida en nosotros en rincones donde no la había y acomoda nuestras prioridades, eso después se extiende, se multiplica y da frutos, y trae como consecuencia que empecemos a alcanzar nuestros propósitos al convertirnos en administradores de lo que nos rodea, para poder finalmente encontrar ese balance entre meditar, descansar y hacer.
Que Dios, creador de todo lo que existe, desarrolle en nosotros la confianza necesaria para creer las cosas que nos enseña, y la sabiduría para detenernos a reflexionar, sin descuidar los momentos de distensión, y sin olvidar nuestras responsabilidades, para que vivamos la vida plena que él soñó para nosotros, una vida donde podamos disfrutar, es decir, sacar jugo, tanto a lo bueno como a lo no tan agradable. En fin, que Dios, que nos creó incluso a nosotros, nos recree todo el tiempo, haciendo algo nuevo en nosotros hasta que alcancemos la mejor versión posible de nosotros mismos. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
En la introducción planteé la importancia de conocer y reflexionar en profundidad en el relato bíblico sobre la creación del mundo. Creo que hay gran confusión en el supuesto enfrentamiento entre ciencia y fe, como si fueran cosas opuestas. En algún momento voy a hablar de eso, pero en esa publicación dije que me parecía importante integrar lo que conocemos humanamente, a través de la ciencia, con la visión que la biblia nos ofrece, la cual creemos por fe, no porque no tenemos motivos, sino porque hemos llegado a descubrir que la biblia dice cosas totalmente ciertas. La fe no es ciega, se apoya en la evidencia vital de cada creyente. De ahí la importancia de relacionarnos con Dios de manera personal para poder conocer bien la Escritura. Es otro tema del que pronto voy a hablar.
También dije en la introducción que había descubierto muchas cosas que el relato del Génesis tenía para enseñarnos sobre nosotros mismos, sobre nuestra relación con Dios y sobre las cosas que él va haciendo en nuestra vida.
Día 1: la luz - Lo primero que Dios hizo fue encender la luz en medio de la oscuridad. Eso mismo hace en nuestras vidas. Ni bien lo recibimos en nuestro interior, enciende su luz, y nos hace empezar a ver qué cosas nos alejan de él, de sus bendiciones, de sus propósitos. Nos hace ver, en definitiva, qué cosas son perjudiciales para nuestras vidas y las de otros.
Día 2: el firmamento - Dios crea el cielo, al cual conocemos también como "firmamento". El cielo, a pesar de que parece algo volátil, es un elemento firme, que siempre está ahí, prácticamente inmutable. A través de él, Dios nos invita a pensar que primero que nada, está el cielo. Recién después está la tierra. Lo más importante son las cosas espirituales, y las materiales responden a las espirituales. Decía que era fundamental vivir con los pies en la tierra, pero siempre mirando al cielo primero, para tener un ancla en aquello que no cambia según las circunstancias. Sólo así alcanzamos la libertad con la que podemos identificar, justamente, al cielo, al aire.
Día 3: la tierra y la vegetación - Después, Dios crea la base firme sobre la que la vida puede desarrollarse. Sin esa base firme, no es posible. No podemos quedarnos sólo con el cielo, sino que tenemos que bajar eso a la tierra, a acciones prácticas y concretas. Esas prácticas son como semillas que sembramos, y que dan fruto. Cada decisión que tomamos se va ramificando, y disparando en otros decisiones propias que también se ramifican. Por eso, es importante prestar atención a qué semilla sembramos. Dios mismo, al hacernos, crea personas diferentes, a propósito, cada una con distintas características, para que cada uno siembre lo que tiene dentro. Dios no fabrica en cadena, sino artesanalmente.
Día 4: los astros - A veces nos quedamos con la idea de que el sol, la luna, las estrellas, los planetas, tienen una función solamente material: alumbrar, albergar vida, etc. Sin embargo, Dios nos dice que los creó por un motivo más importante: recordarnos que este mundo no es todo lo que hay, y que por encima nuestro, además, hay alguien que está en autoridad. Esta autoridad tiene que ver con que él mismo nos creo, y hasta nos puso en una posición de privilegio y de responsabilidad. Además, lo hizo para recordarnos que por encima de los tiempos y los cambios humanos, está él, eterno e invariable, siempre el mismo Dios. Él es soberano, tiene todo bajo control. Nada se le escapa. De la misma manera, se ofrece para conducirnos a nosotros, para ser quién guíe nuestras decisiones, y así encontrar los mejores caminos y destinos. Si lo permitimos, nosotros mismos nos convertimos en astros brillantes que ayudan a otros a encontrar esos caminos.
Día 5: los seres vivientes del agua y el cielo - Las primeras formas de vida que Dios crea aparecen en el agua y en el cielo. Compartí la idea de que Dios crea vida en donde no la hay, y que esa vida brota y se expande por todos lados. Se nos transmite la idea de mares rebosantes de vida, porque en definitiva, Dios nos da vida en abundancia. Y además, nos recuerda qué prioridades nos conviene tener: el cielo antes que la tierra. No es que la vida cotidiana no sea importante para Dios, sino todo lo contrario: es tan importante, que Dios quiere que bajemos el cielo a la tierra, para lo cual necesitamos dedicar nuestras mayores fuerzas a conocer y comprender ese "cielo", es decir, las cosas espirituales, las cosas de Dios. Si bebemos de la fuente que Dios nos provee, rebosamos de vida.
Día 6: los seres vivientes de la tierra - La ciencia nos enseña que los animales acuáticos, eventualmente, salieron del agua. La biblia nos recuerda que fue Dios el que hizo aparecer la vida en la tierra, lo cual nos recuerda que en todo el desarrollo de la existencia, la mano del Señor está permanentemente conduciendo los procesos, aunque no podamos darnos cuenta. Esto nos genera dudas y preguntas, y está bien que así sea. Algunas vamos a poder responderlas, otras tal vez no. Dije en esa publicación que me llamaba la atención las similitudes que Dios establece entre animales y seres humanos. Los dos son creados a partir de la tierra misma, para que no nos olvidemos, en definitiva, de que, aún si somos especiales para Dios, no somos tan diferentes del resto de la creación. Somos parte de ella, y si somos especiales es solamente por las condiciones en las que Dios nos creó, porque fuimos hechos a imagen y semejanza suya. Pero en definitiva, nos hizo pertenecer al llamarlo "reino animal" junto con otras especies, para que aprendamos a ser humildes, aún si aceptamos que nuestro propósito incluye el dominio sobre los animales. No podemos hacer cualquier cosa con el resto de la creación, porque Dios sigue estando en un "reino" superior al nuestro, y él es el dueño.
Día 6: el género humano - Finalmente, Dios describe, con más detalle, cómo fue creado el ser humano, para qué, y bajo qué condiciones. Se nos da el propósito de cuidar y cultivar la creación, es decir, se nos pone como administradores de algo que no nos pertenece. Como parte de esta administración, tenemos la libertad y la misión de crear cultura, y reproducirla en el tiempo. Dios crea, en cierta manera, la historia misma, al crear al ser humano como criatura creadora. Para hacer esto, a la vez, el ser humano necesita reproducirse a sí mismo biológicamente. Pero no se lo puede hacer de manera desordenada. Dios propone un orden: la familia. Entonces, a través de la familia, el hombre se reproduce física y culturalmente, porque pasa esa cultura a la siguiente generación. Así, el proceso de creación, termina siendo eterno, infinito. La creación se extiende a sí misma, bajo la dirección de Dios.
"Así quedaron terminados los cielos y la tierra, y todo lo que hay en ellos. Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora. Ésta es la historia de la creación de los cielos y la tierra."
Génesis 2:1-4
Llegamos finalmente al punto final. Recién planteé la idea de que la creación estaba pensada para ser continua, infinita, eterna. Extendiéndose en el tiempo, pero en la eternidad, donde el tiempo no existe. ¿No es esto muy contradictorio? Bueno, sí, es contradictorio. Desde la lógica humana, Dios mismo es contradictorio. Hay que morir para poder vivir, hay que obedecer para poder ser libres, al mismo tiempo hay que ser libres para poder obedecer de verdad, y podría dar muchísimos ejemplos.
Pero justamente, eso es lo que quiero remarcar como conclusión de toda esta serie de reflexiones. Sin duda, debería dedicarle alguna publicación a la caída del ser humano, la frustración de la creación. Pero hoy quiero detenerme en que Dios, siendo eterno, ve las cosas desde una óptica que jamás vamos a poder abarcar del todo. La historia de la creación no se detuvo cuando Dios se "detuvo" a mirar para atrás, y ver todo lo que había creado. Dios no descansó en el sentido que nosotros lo entendemos. Su descanso pasa por otro lado.
Vayamos despacio. El texto dice que los cielos y la tierra quedaron terminados, junto con lo que hay en ellos. El proceso donde Dios tenía que crear cosas que no existían, acabó. A partir de ahí, como dice Eclesiastés 1:9, "no hay nada nuevo bajo el sol". Todo lo que el ser humano crea, construye, fabrica, lo hace a partir de cosas que ya existen. Podría dar miles de ejemplos, pero el espacio no me alcanzaría.
Dice después, el pasaje de Génesis, que "Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido". Quiero destacar esto: descansó porque había terminado su obra. O sea, Dios está enseñándonos que no podemos detenernos a descansar y relajarnos si no terminamos lo que empezamos. Por supuesto, no quiere decir que trabajemos las 24 horas del día sin dormir. Pero si nos fijamos, Dios tampoco hizo eso. A lo largo del proceso de creación, la biblia muestra que el Señor se detuvo a ver cómo iban quedando las cosas. Pero después de terminar toda su parte, se pone a contemplar su obra, y a disfrutar de ella.
Creo que esto es muy importante. ¿Cuándo fue la última vez que cada uno de nosotros se sentó a disfrutar de su obra, de su trabajo, del resultado de su esfuerzo? ¿A qué estamos esperando? ¿Será que nos embarcamos en demasiadas cosas a la vez, y mientras terminamos una estamos en medio de otra, en vez de poder frenar y descansar? ¿O será que nos han enseñado que frenar y disfrutar es una pérdida de tiempo? Voy a volver sobre esta idea cuando hable del tema de honrar el séptimo día, pero quiero insistir en que Dios descansó, paró para contemplar y disfrutar.
Contemplar y disfrutar. Meditar y divertirse. A veces las pensamos como cosas contrapuestas, pero me parece que el balance entre ambas es muy importante. Tenemos que detenernos a pensar sobre lo que venimos viviendo, reflexionar sobre lo que podemos aprender en base a la experiencia de nuestra vida, sacar conclusiones, pensar sobre nosotros mismos y los que nos rodean, y ver qué deseos, sueños y planes tenemos para el futuro. Pero también tenemos que tomarnos un tiempo para relajarnos, descansar la mente, salir con nuestros amigos, hablar de cosas cotidianas y hasta superficiales, y como decimos habitualmente, "pasarla bien".
Dos cosas que van de la mano, y que refuerzan la otra cosa de la que venía hablando: las responsabilidades. Si una de las tres patas falla, pienso que fallan todas, y me da la impresión de que esto es lo que Dios quiere enseñarnos al descansar en el séptimo día. Por eso, Dios santificó ese séptimo día, lo consagró, lo apartó especialmente para descansar. Tres pilares para nuestras vidas: meditar, divertirnos, trabajar.
Espero que toda esta serie de publicaciones haya sido de mucha bendición. No estoy seguro de cuál va a ser el tema de la próxima, probablemente la caída. Pero es importante tener en cuenta este proceso de creación del mundo, del primer al séptimo día. El proceso de intervención de Dios en nuestra vida se parece, pienso, al de la creación: crea la luz, nos conecta con el cielo, como resultado nos ordena la vida en la tierra, nos da dirección al tomar decisiones, eso crea vida en nosotros en rincones donde no la había y acomoda nuestras prioridades, eso después se extiende, se multiplica y da frutos, y trae como consecuencia que empecemos a alcanzar nuestros propósitos al convertirnos en administradores de lo que nos rodea, para poder finalmente encontrar ese balance entre meditar, descansar y hacer.
Que Dios, creador de todo lo que existe, desarrolle en nosotros la confianza necesaria para creer las cosas que nos enseña, y la sabiduría para detenernos a reflexionar, sin descuidar los momentos de distensión, y sin olvidar nuestras responsabilidades, para que vivamos la vida plena que él soñó para nosotros, una vida donde podamos disfrutar, es decir, sacar jugo, tanto a lo bueno como a lo no tan agradable. En fin, que Dios, que nos creó incluso a nosotros, nos recree todo el tiempo, haciendo algo nuevo en nosotros hasta que alcancemos la mejor versión posible de nosotros mismos. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
sábado, 29 de marzo de 2014
La creación - Día 6: el género humano
Hola a todos. Después de mucho tiempo, vuelvo a compartirles en este espacio una reflexión, que en cierta manera es una segunda parte de la anterior, aunque no tiene relación directa. A partir de la próxima publicación, voy a tratar de encadenar esta serie con otra, que me parece que puede llegar a ser muy enriquecedora. En la reflexión de hoy, por cuestiones de espacio, no voy a transcribir todo el pasaje, sino que les dejo el link para que lo puedan leer.
Texto: Génesis 2:7-25
Habrán notado que me corrí del capítulo 1 del Génesis. En el texto de la vez pasada ya se mencionaba la creación del hombre, sólo que la pasé por alto a propósito. Es decir, traté de enfocar la reflexión en la relación entre su creación y la del resto del reino animal. Pero para comprender en profundidad la creación del ser humano, me pareció más adecuado este pasaje.
Hay muchas cosas que, a mi entender, no quedan del todo claras en este pasaje, sobre todo si pensamos en el orden de la creación que nos da Génesis 1. Tal vez un biblista encuentre mucho más sentido en las cosas. Pero fuera de eso, y teniendo en cuenta que no podemos pretender comprender la escritura en su totalidad, porque no podemos jamás comprender a Dios en su totalidad, este pasaje puede llevar nuestra reflexión a un nivel muy profundo. Desde mi punto de vista, este pasaje es una versión simbólica, pero no por eso menos real, de la forma en que el ser humano llegó a existir. Nos dice, básicamente, aquello que necesitamos saber sobre la intención de Dios al crearnos, sobre la idea original que él tenía de nosotros, y por lo tanto sobre el nuevo estado que alcanzamos al acercarnos de corazón a Dios.
En primer lugar, quiero destacar algo que no es menor. En el texto, Dios forma al hombre de la tierra, material inerte, en principio. Sin embargo, le infunde vida. Es decir, el hombre está vivo porque Dios lo quiso así. Nuestra vida nos fue dada por Dios. No existe vida fuera de él. Su aliento es nada menos que nuestra existencia espiritual, y nuestro espíritu, entonces, proviene de Dios.
Dicho de otra manera: el hombre y Dios son, originalmente, desde el punto de vista existencial, inseparables. Por eso, todos tenemos una mínima conciencia de la existencia de lo espiritual aún desde pequeños. Por eso no han existido nunca sociedades que no tengan algún tipo de religión.
Ahora bien, Dios nos dio vida. ¿Para qué? La respuesta a esta pregunta podría ser larguísima y muy variada, pero quiero centrarme en un aspecto, que destaca en este pasaje. Dios nos puso en el jardín del Edén. La palabra Edén, escuché alguna vez, quiere decir algo así como "disfrute". Entonces, por un lado, Dios nos creo para que disfrutemos de la vida. ¿Qué finalidad tiene esto para él? No lo sé. Tal vez es un fin en sí mismo. Pero hay más. Nos puso en ese jardín del Edén para que lo cuidáramos y administráramos.
Si se fijan, el jardín que describe el pasaje no es otra cosa que este mundo. No describe un lugar extraño y misterioso, sino que da una localización geográfica para ese Edén. Esto es algo que me sorprende mucho. Estamos acostumbrados a creer que el paraíso está quién sabe dónde, pero la biblia nos muestra que Dios nos creó sobre este mismo mundo. Ese es su jardín. La llamada "expulsión" del ser humano del Edén es un hecho más bien espiritual que material. No fuimos expulsados de un lugar físico, sino de un lugar espiritual, de un estado espiritual, podríamos decir. De ese estado de disfrute. Si, como venimos diciendo, ese disfrute es el significado de la palabra vivir, nuestra expulsión es, precisamente, morir.
Entonces, Dios nos creó como administradores de su creación, incluso de ese árbol del que no podía participar. Adán tenía que cuidar ese árbol también, así como el árbol de la vida. Podríamos decir que Dios le dio el encargo de preservar la vida y la sabiduría, pero las dos le seguían perteneciendo a Dios mismo, y era en todo caso él quien decidía qué se podía hacer y qué no con cada uno de esos "árboles", con cada uno de esos dos elementos, la vida y la sabiduría. Era Dios quien tenía el derecho de regularlas.
Por otra parte, Dios dejó abierta la posibilidad de desarrollar una cultura, material y simbólica. Cuando hablo de cultura material me refiero a que en este jardín, el texto dice que había oro, resina y piedra. Es decir, Dios deja planteada la opción de construir viviendas, herramientas, elementos que ayuden al ser humano en su tarea. Crea al humano como creador. Y cuando digo cultura simbólica, hablo del encargo de ponerle nombre a las cosas. Al nombrar, el ser humano va creando una manera de pensar, de imaginar y de interpretar el mundo que lo rodea, es decir, la creación. Dios, al parecer, valora enormemente esto.
Esto es enormemente revelador para mí. Estamos acostumbrados a pensar que la cultura es algo malo. Que la tecnología es algo contrario a Dios, y que esta capacidad humana de razonar y hacerse una idea de las cosas es un problema. Sin embargo, está íntimamente relacionado con el propósito del hombre: administrar la creación. Si Dios no hubiera querido que el ser humano creara e imaginara, no le habría dado esas dos capacidades. No sólo podemos contribuir a la cultura humana, sino que tenemos que hacerlo, es parte de nuestra condición humana original, y de nuestra esencia como humanos.
Por último, como ya veíamos en la reflexión anterior, se le dio al hombre la función de procrear, de multiplicar la especie. Es interesante que una de las teorías sobre la historia humana que tradicionalmente se vio como opuesta al cristianismo, el materialismo histórico de Marx, arroja bastante luz sobre este tema. Según esta corriente, la historia consiste en el proceso por el que el ser humano produce (crea) y reproduce (multiplica) su existencia material y social. Dicho de otra manera, esa teoría está diciendo: la humanidad busca ante todo vivir, crear su propia vida, y para hacerlo fabrica elementos, y establece sociedades. La historia es la permanencia y al mismo tiempo la transformación de esos elementos, y del propio ser humano, en el tiempo. Nada que Dios no nos esté diciendo en su palabra: "sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla" (Génesis 1:28).
Para esta extensión del ser humano en el tiempo, Dios crea la familia. Porque eso es lo que el Señor estaba haciendo a lo largo de toda la creación, establecer un orden. Una organización de la creación basada en su sabiduría, que trasciende los tiempos, un conocimiento eterno. En esa organización, el ser humano es un administrador, pero no solitario. La familia es la unidad social básica desde el comienzo de los tiempos. En una época muy lejana, los historiadores coinciden en que la economía se basaba precisamente en la familia. Dios creó y crea individuos, pero los crea en medio de otros individuos, entrelazados unos con otros. Por eso el hombre y la mujer forman "un solo ser", y otras versiones dicen incluso, "una sola carne", al unirse por medio del matrimonio. Este es un tema para hablar en alguna ocasión también, la cuestión de las relaciones sexuales y el matrimonio. Existe una especie de idea común de que la biblia concibe las relaciones sexuales como un pecado. Si prestamos atención a este pasaje, descubrimos que esa idea es falsa. Hay muy pocas cosas de la vida humana que Dios prohíbe. Dios, más que prohibir, regula, pone orden. En definitiva, esa unión sexual es un acto creador, y no sólo pensándolo en términos de reproducción biológica. Crea mucho más que un nuevo ser, y aunque esto no puedo decirlo por experiencia, sí puedo afirmarlo por observación detenida. Al mismo tiempo, como unión entre el hombre y la mujer, el matrimonio es mucho más que la unión corporal, y por eso es un paso socialmente crucial. De hecho, todas las sociedades tuvieron siempre algún tipo de norma para esta unión.
En fin, como administrador, el ser humano parecería tener el encargo de terminar la obra creadora de Dios, expandirla, llevarla a nuevos límites. Podemos llegar a decir que la creación no terminó en el sexto día, ni en el séptimo, del que voy a hablar la próxima vez, sino que el proceso de creación del mundo sigue activo. No terminó. Por medio de nosotros, Dios tal vez pretendía continuar ese proceso indefinidamente.
Porque así es Dios: eterno, infinito, interminable. ¿Cómo podemos estar seguros de que, en cierta manera, el mundo que él creo no tiene esas mismas características? En el medio, hubo un problema: el ser humano creyó que, más que administrador, era dueño. Pero eso es tema para otro momento. Espero que esta reflexión haya sido de mucha bendición.
Que el Dios eterno, infinito e interminable restaure en cada uno de nosotros el propósito original de nuestra existencia, para que podamos experimentar el disfrute, el paraíso, al que no entramos al dejar este mundo, sino que entramos al acercarnos a Dios en este mismo mundo. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: Génesis 2:7-25
Habrán notado que me corrí del capítulo 1 del Génesis. En el texto de la vez pasada ya se mencionaba la creación del hombre, sólo que la pasé por alto a propósito. Es decir, traté de enfocar la reflexión en la relación entre su creación y la del resto del reino animal. Pero para comprender en profundidad la creación del ser humano, me pareció más adecuado este pasaje.
Hay muchas cosas que, a mi entender, no quedan del todo claras en este pasaje, sobre todo si pensamos en el orden de la creación que nos da Génesis 1. Tal vez un biblista encuentre mucho más sentido en las cosas. Pero fuera de eso, y teniendo en cuenta que no podemos pretender comprender la escritura en su totalidad, porque no podemos jamás comprender a Dios en su totalidad, este pasaje puede llevar nuestra reflexión a un nivel muy profundo. Desde mi punto de vista, este pasaje es una versión simbólica, pero no por eso menos real, de la forma en que el ser humano llegó a existir. Nos dice, básicamente, aquello que necesitamos saber sobre la intención de Dios al crearnos, sobre la idea original que él tenía de nosotros, y por lo tanto sobre el nuevo estado que alcanzamos al acercarnos de corazón a Dios.
En primer lugar, quiero destacar algo que no es menor. En el texto, Dios forma al hombre de la tierra, material inerte, en principio. Sin embargo, le infunde vida. Es decir, el hombre está vivo porque Dios lo quiso así. Nuestra vida nos fue dada por Dios. No existe vida fuera de él. Su aliento es nada menos que nuestra existencia espiritual, y nuestro espíritu, entonces, proviene de Dios.
Dicho de otra manera: el hombre y Dios son, originalmente, desde el punto de vista existencial, inseparables. Por eso, todos tenemos una mínima conciencia de la existencia de lo espiritual aún desde pequeños. Por eso no han existido nunca sociedades que no tengan algún tipo de religión.
Ahora bien, Dios nos dio vida. ¿Para qué? La respuesta a esta pregunta podría ser larguísima y muy variada, pero quiero centrarme en un aspecto, que destaca en este pasaje. Dios nos puso en el jardín del Edén. La palabra Edén, escuché alguna vez, quiere decir algo así como "disfrute". Entonces, por un lado, Dios nos creo para que disfrutemos de la vida. ¿Qué finalidad tiene esto para él? No lo sé. Tal vez es un fin en sí mismo. Pero hay más. Nos puso en ese jardín del Edén para que lo cuidáramos y administráramos.
Si se fijan, el jardín que describe el pasaje no es otra cosa que este mundo. No describe un lugar extraño y misterioso, sino que da una localización geográfica para ese Edén. Esto es algo que me sorprende mucho. Estamos acostumbrados a creer que el paraíso está quién sabe dónde, pero la biblia nos muestra que Dios nos creó sobre este mismo mundo. Ese es su jardín. La llamada "expulsión" del ser humano del Edén es un hecho más bien espiritual que material. No fuimos expulsados de un lugar físico, sino de un lugar espiritual, de un estado espiritual, podríamos decir. De ese estado de disfrute. Si, como venimos diciendo, ese disfrute es el significado de la palabra vivir, nuestra expulsión es, precisamente, morir.
Entonces, Dios nos creó como administradores de su creación, incluso de ese árbol del que no podía participar. Adán tenía que cuidar ese árbol también, así como el árbol de la vida. Podríamos decir que Dios le dio el encargo de preservar la vida y la sabiduría, pero las dos le seguían perteneciendo a Dios mismo, y era en todo caso él quien decidía qué se podía hacer y qué no con cada uno de esos "árboles", con cada uno de esos dos elementos, la vida y la sabiduría. Era Dios quien tenía el derecho de regularlas.
Por otra parte, Dios dejó abierta la posibilidad de desarrollar una cultura, material y simbólica. Cuando hablo de cultura material me refiero a que en este jardín, el texto dice que había oro, resina y piedra. Es decir, Dios deja planteada la opción de construir viviendas, herramientas, elementos que ayuden al ser humano en su tarea. Crea al humano como creador. Y cuando digo cultura simbólica, hablo del encargo de ponerle nombre a las cosas. Al nombrar, el ser humano va creando una manera de pensar, de imaginar y de interpretar el mundo que lo rodea, es decir, la creación. Dios, al parecer, valora enormemente esto.
Esto es enormemente revelador para mí. Estamos acostumbrados a pensar que la cultura es algo malo. Que la tecnología es algo contrario a Dios, y que esta capacidad humana de razonar y hacerse una idea de las cosas es un problema. Sin embargo, está íntimamente relacionado con el propósito del hombre: administrar la creación. Si Dios no hubiera querido que el ser humano creara e imaginara, no le habría dado esas dos capacidades. No sólo podemos contribuir a la cultura humana, sino que tenemos que hacerlo, es parte de nuestra condición humana original, y de nuestra esencia como humanos.
Por último, como ya veíamos en la reflexión anterior, se le dio al hombre la función de procrear, de multiplicar la especie. Es interesante que una de las teorías sobre la historia humana que tradicionalmente se vio como opuesta al cristianismo, el materialismo histórico de Marx, arroja bastante luz sobre este tema. Según esta corriente, la historia consiste en el proceso por el que el ser humano produce (crea) y reproduce (multiplica) su existencia material y social. Dicho de otra manera, esa teoría está diciendo: la humanidad busca ante todo vivir, crear su propia vida, y para hacerlo fabrica elementos, y establece sociedades. La historia es la permanencia y al mismo tiempo la transformación de esos elementos, y del propio ser humano, en el tiempo. Nada que Dios no nos esté diciendo en su palabra: "sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla" (Génesis 1:28).
Para esta extensión del ser humano en el tiempo, Dios crea la familia. Porque eso es lo que el Señor estaba haciendo a lo largo de toda la creación, establecer un orden. Una organización de la creación basada en su sabiduría, que trasciende los tiempos, un conocimiento eterno. En esa organización, el ser humano es un administrador, pero no solitario. La familia es la unidad social básica desde el comienzo de los tiempos. En una época muy lejana, los historiadores coinciden en que la economía se basaba precisamente en la familia. Dios creó y crea individuos, pero los crea en medio de otros individuos, entrelazados unos con otros. Por eso el hombre y la mujer forman "un solo ser", y otras versiones dicen incluso, "una sola carne", al unirse por medio del matrimonio. Este es un tema para hablar en alguna ocasión también, la cuestión de las relaciones sexuales y el matrimonio. Existe una especie de idea común de que la biblia concibe las relaciones sexuales como un pecado. Si prestamos atención a este pasaje, descubrimos que esa idea es falsa. Hay muy pocas cosas de la vida humana que Dios prohíbe. Dios, más que prohibir, regula, pone orden. En definitiva, esa unión sexual es un acto creador, y no sólo pensándolo en términos de reproducción biológica. Crea mucho más que un nuevo ser, y aunque esto no puedo decirlo por experiencia, sí puedo afirmarlo por observación detenida. Al mismo tiempo, como unión entre el hombre y la mujer, el matrimonio es mucho más que la unión corporal, y por eso es un paso socialmente crucial. De hecho, todas las sociedades tuvieron siempre algún tipo de norma para esta unión.
En fin, como administrador, el ser humano parecería tener el encargo de terminar la obra creadora de Dios, expandirla, llevarla a nuevos límites. Podemos llegar a decir que la creación no terminó en el sexto día, ni en el séptimo, del que voy a hablar la próxima vez, sino que el proceso de creación del mundo sigue activo. No terminó. Por medio de nosotros, Dios tal vez pretendía continuar ese proceso indefinidamente.
Porque así es Dios: eterno, infinito, interminable. ¿Cómo podemos estar seguros de que, en cierta manera, el mundo que él creo no tiene esas mismas características? En el medio, hubo un problema: el ser humano creyó que, más que administrador, era dueño. Pero eso es tema para otro momento. Espero que esta reflexión haya sido de mucha bendición.
Que el Dios eterno, infinito e interminable restaure en cada uno de nosotros el propósito original de nuestra existencia, para que podamos experimentar el disfrute, el paraíso, al que no entramos al dejar este mundo, sino que entramos al acercarnos a Dios en este mismo mundo. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 7 de febrero de 2014
La creación - Día 6: los seres vivientes de la tierra
Hola a todos. Nos estamos acercando al final de esta serie sobre la creación, que al menos a mí me enseñó mucho, creo que pude pensar y descubrir cosas que no había pensado nunca. De todas maneras, ya haré un breve balance en la última publicación. Recuerden siempre que más importante que lo que yo diga en esta reflexión, es lo que el pasaje bíblico le diga a cada uno. Pídanle a Dios que los ayude a entender el texto, a escuchar su voz hablando a través de su palabra viva, y se van a sorprender.
"Y dijo Dios: «¡Que produzca la tierra seres vivientes: animales domésticos, animales salvajes, y reptiles, según su especie!» Y sucedió así. Dios hizo los animales domésticos, los animales salvajes, y todos los reptiles, según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno, y dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo.» Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó, y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo.»
También les dijo: «Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. Y doy la hierba verde como alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se arrastran por la tierra.» Y así sucedió. Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno. Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el sexto día."
Génesis 1:24-31
Evidentemente, el sexto día es el más largo en el relato del Génesis. Por eso, al hacer mi propia reflexión al respecto, lo dividí en dos partes, una para el reino animal en su conjunto, y otra para el ser humano específicamente. En realidad, Dios creó a los animales casi al mismo tiempo que a los seres humanos, o podríamos decir, en la misma fase. De alguna forma, esto nos acerca con ellos. Incluso más: creó a los animales a partir de la tierra, igual que a nosotros, como vamos a ver la próxima vez.
¿Para qué creó a los animales? Esa es una gran pregunta que siempre me hice. Es decir, me encantan los animales, pero nunca terminé de entender bien el propósito de su creación. Tal vez simplemente para amarlos, el motivo por el cual podemos pensar que nos hizo también a nosotros. Génesis 2:18, justo antes de crear a los animales, Dios dice: "«No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada»", y entonces crea a los animales. Esto tal vez genera más preguntas que respuestas, sobre todo en cuanto al orden de la creación, pero creo que nos da una pauta de para qué pudo haber creado Dios a los animales: para hacerle compañía.
El punto es que nosotros, seres humanos, somos en cierta forma como los animales. De hecho, si prestamos atención a la biología, podemos decir que somos animales. Sin embargo, Dios puso al ser humano por encima, coronando, al resto de la creación, como el máximo animal, con la característica especial de ser semejantes a Dios. Esto es complejo, creo yo, y abarca muchas cosas.
Respecto de esto, hay algo muy interesante: nos creó hombre y mujer. También, uno podría preguntarse para qué. Seguramente tiene que ver con cumplir el mandato de llenar la tierra y someterla, que en otra versión aparece como "señorearla", y los diferentes roles que cada uno iba a tener. El punto es que entonces, Dios es ambas cosas, tanto hombre como mujer. En él están, digamos, las dos naturalezas, porque nos creó a su imagen, hombre y mujer. Por eso después volvemos a juntarnos, hombres y mujeres, a lo largo de nuestra vida, para poder completar la imagen de Dios.
Esto es muy importante, me parece. Más allá de lo que se diga, desde el principio Dios nos hizo equivalentes. Nos dio papeles distintos, sí, pero a sus ojos somos exactamente igual de importantes, hombres y mujeres. En fin, los seres humanos somos, en definitiva, algo así como los "virreyes" de Dios. Él es quien gobierna sobre la creación, pero nosotros somos sus colaboradores para administrarla, para desarrollarla aún más. Los animales, entonces, podríamos pensar que fueron creados para trabajar estrechamente con nosotros en eso, aunque no tengan conciencia al respecto.
Creo que todo este tema podría despertar muchas preguntas y dudas, y creo que eso es algo muy sano. Si se animan, pueden compartir cuáles son sus dudas al respecto en los comentarios. No necesariamente voy a saber responderlas, simplemente lo digo para poder enriquecer incluso más este tema, porque me parece que las dudas hacen básicamente eso, enriquecer. Personalmente, una cuestión que a mí me da vueltas en la cabeza es esta: Dios no dice nada, en ningún momento, de que el ser humano pueda comer a otros animales. Tampoco dice que algunos animales coman a otros. En el relato del Génesis, todos los seres vivientes se alimentan de la vegetación. ¿Será que la transformación en carnívoros es producto de la caída? (No soy vegetariano, lo aclaro por las dudas, pero no sé, me llamó la atención ese hecho).
Entonces, para redondear este tema, a partir de la tierra Dios creó tanto a los animales como a los seres humanos. Aunque nos haya puesto por encima de todo, se encargó de ese detalle de que fuéramos parte de un género más grande, el animal, tal vez para que seamos humildes, y entendamos que la tierra no es nuestra, sigue siendo de Dios. Sólo somos administradores. Sería muy interesante además pensar, ¿qué nos dice todo esto sobre Dios en sí mismo? ¿Qué nos revela sobre él este proceso de creación de los animales y el ser humano? A mí, esa pregunta todavía me queda un poco abierta.
Lo importante es, en definitiva, y a este punto quería llegar, que tanto a los humanos como al resto de los animales, nos hizo con un propósito. A toda la creación la hizo con un propósito. Y esto es fundamental. La próxima reflexión va a tener que ver con esto, pero lo que quiero destacar acá es que todo, absolutamente todo lo que Dios hace, lo hace con un propósito. A veces creemos que ciertas cosas en nuestra vida pasaron por casualidad, porque se dieron así. Puede que Dios no las haya, literalmente, enviado sobre nosotros (ese es otro tema espinoso para otro momento), pero sí hay muchas cosas que permite que pasen o que atravesemos, y eso también tiene un propósito. Dios no deja nada librado al azar, ni lo más mínimo de todo, ni siquiera la posición en la que cada hoja cae en el otoño.
Y lo interesante es que se alegra del resultado. Dios dice que es "muy bueno", al ver todo ya terminado. Honra su propia obra, reconociendo su valor. Creo que todo esto nos enseña algo muy importante. Cuando hagamos algo, lo que quiera que sea, es conveniente hacerlo con un propósito. Los propósitos pueden ser muy variados, pero la biblia nos da un fin último por el cual deberíamos orientar todas las acciones de nuestra vida: "En conclusión, ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31), es decir, para resaltar al Señor y a sus cualidades. Creo que ese es el propósito definitivo de nuestra existencia. No por nada, Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Nuestra naturaleza consiste en reflejarlo a él.
Cuando abrimos las puertas de nuestra vida a Dios, él nos da un nuevo sentido, una nueva dirección para caminar. Nos equipa, en definitiva, con una especie de brújula. ¿Cómo sabemos si estamos reflejando a Dios? Bueno, tenemos varios indicadores. Por un lado, nuestra propia conciencia, que nos hace un poco de ruido cuando hacemos algo que no se corresponde con cómo es Dios, y también nos transmite una satisfacción profunda cuando estamos reflejándolo a él. Por otro lado, tenemos una poderosa herramienta, la palabra de Dios, con la cual podemos confrontar nuestra propia vida para ver cómo deberían ser nuestras vidas, y tratar de ajustarnos a eso.
Es importante, en cuanto a este punto, no tratar de forzar la imagen de Dios. ¿Qué quiero decir? Bueno, la creación es realmente un proceso hermoso, y la obra de Dios es maravillosa, pero recordemos que sufrimos un gran traspié, que conocemos como la "caída", y que deformó esa imagen de Dios en nosotros, junto con otros aspectos de la creación. El mundo no es como debería ser, y nosotros tampoco. No nos engañemos a nosotros mismos, confundiendo lo que deberíamos ser con lo que realmente somos, porque si lo hacemos estaríamos limitando nuestro propio crecimiento.
No quiero decir que no tratemos de obedecer en todo siempre que podamos, pero no para que parezca que somos buenos, porque no lo somos. Ninguno de nosotros, por más "buenas personas" que seamos, podemos ser totalmente buenos. En vez de eso, tratemos de obedecer por amor a Dios, para que él se alegre, y para que ese cambio de hábitos vaya moldeándonos a su imagen otra vez, siempre entendiendo que lo que realmente nos habilita a recuperar su imagen es tener una relación personal con él a través de Jesús. Creo que tratar de ser forzadamente de una manera que todavía no somos, es una pérdida de tiempo. Si creemos que deberíamos ser de una determinada forma, trabajémoslo, pero aceptemos que todavía nos falta. Hagamos todo lo que podamos, pero reconozcamos que aún no hemos llegado. Aceptémonos con nuestros aciertos y con nuestros desaciertos. No somos valiosos por ser buenas personas, sino que somos valiosos porque Dios mismo nos creó. Eso debería alcanzar para saber que, aunque nos equivoquemos, seguimos siendo igual de valiosos. Y sobre todo, seguimos teniendo un propósito. Pero ya voy a volver sobre este tema la próxima vez.
Que el Dios creador, que nos hizo a su propia imagen y semejanza, y nos dio un propósito para existir, que en última instancia es reflejar su propia gloria, trabaje en nosotros para que con humildad y sinceridad, podamos acercarnos a él y recuperar más y más esa imagen perdida de él. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
"Y dijo Dios: «¡Que produzca la tierra seres vivientes: animales domésticos, animales salvajes, y reptiles, según su especie!» Y sucedió así. Dios hizo los animales domésticos, los animales salvajes, y todos los reptiles, según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno, y dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza. Que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo; sobre los animales domésticos, sobre los animales salvajes, y sobre todos los reptiles que se arrastran por el suelo.» Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó, y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla; dominen a los peces del mar y a las aves del cielo, y a todos los reptiles que se arrastran por el suelo.»
También les dijo: «Yo les doy de la tierra todas las plantas que producen semilla y todos los árboles que dan fruto con semilla; todo esto les servirá de alimento. Y doy la hierba verde como alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo y a todos los seres vivientes que se arrastran por la tierra.» Y así sucedió. Dios miró todo lo que había hecho, y consideró que era muy bueno. Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el sexto día."
Génesis 1:24-31
Evidentemente, el sexto día es el más largo en el relato del Génesis. Por eso, al hacer mi propia reflexión al respecto, lo dividí en dos partes, una para el reino animal en su conjunto, y otra para el ser humano específicamente. En realidad, Dios creó a los animales casi al mismo tiempo que a los seres humanos, o podríamos decir, en la misma fase. De alguna forma, esto nos acerca con ellos. Incluso más: creó a los animales a partir de la tierra, igual que a nosotros, como vamos a ver la próxima vez.
¿Para qué creó a los animales? Esa es una gran pregunta que siempre me hice. Es decir, me encantan los animales, pero nunca terminé de entender bien el propósito de su creación. Tal vez simplemente para amarlos, el motivo por el cual podemos pensar que nos hizo también a nosotros. Génesis 2:18, justo antes de crear a los animales, Dios dice: "«No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada»", y entonces crea a los animales. Esto tal vez genera más preguntas que respuestas, sobre todo en cuanto al orden de la creación, pero creo que nos da una pauta de para qué pudo haber creado Dios a los animales: para hacerle compañía.
El punto es que nosotros, seres humanos, somos en cierta forma como los animales. De hecho, si prestamos atención a la biología, podemos decir que somos animales. Sin embargo, Dios puso al ser humano por encima, coronando, al resto de la creación, como el máximo animal, con la característica especial de ser semejantes a Dios. Esto es complejo, creo yo, y abarca muchas cosas.
Respecto de esto, hay algo muy interesante: nos creó hombre y mujer. También, uno podría preguntarse para qué. Seguramente tiene que ver con cumplir el mandato de llenar la tierra y someterla, que en otra versión aparece como "señorearla", y los diferentes roles que cada uno iba a tener. El punto es que entonces, Dios es ambas cosas, tanto hombre como mujer. En él están, digamos, las dos naturalezas, porque nos creó a su imagen, hombre y mujer. Por eso después volvemos a juntarnos, hombres y mujeres, a lo largo de nuestra vida, para poder completar la imagen de Dios.
Esto es muy importante, me parece. Más allá de lo que se diga, desde el principio Dios nos hizo equivalentes. Nos dio papeles distintos, sí, pero a sus ojos somos exactamente igual de importantes, hombres y mujeres. En fin, los seres humanos somos, en definitiva, algo así como los "virreyes" de Dios. Él es quien gobierna sobre la creación, pero nosotros somos sus colaboradores para administrarla, para desarrollarla aún más. Los animales, entonces, podríamos pensar que fueron creados para trabajar estrechamente con nosotros en eso, aunque no tengan conciencia al respecto.
Creo que todo este tema podría despertar muchas preguntas y dudas, y creo que eso es algo muy sano. Si se animan, pueden compartir cuáles son sus dudas al respecto en los comentarios. No necesariamente voy a saber responderlas, simplemente lo digo para poder enriquecer incluso más este tema, porque me parece que las dudas hacen básicamente eso, enriquecer. Personalmente, una cuestión que a mí me da vueltas en la cabeza es esta: Dios no dice nada, en ningún momento, de que el ser humano pueda comer a otros animales. Tampoco dice que algunos animales coman a otros. En el relato del Génesis, todos los seres vivientes se alimentan de la vegetación. ¿Será que la transformación en carnívoros es producto de la caída? (No soy vegetariano, lo aclaro por las dudas, pero no sé, me llamó la atención ese hecho).
Entonces, para redondear este tema, a partir de la tierra Dios creó tanto a los animales como a los seres humanos. Aunque nos haya puesto por encima de todo, se encargó de ese detalle de que fuéramos parte de un género más grande, el animal, tal vez para que seamos humildes, y entendamos que la tierra no es nuestra, sigue siendo de Dios. Sólo somos administradores. Sería muy interesante además pensar, ¿qué nos dice todo esto sobre Dios en sí mismo? ¿Qué nos revela sobre él este proceso de creación de los animales y el ser humano? A mí, esa pregunta todavía me queda un poco abierta.
Lo importante es, en definitiva, y a este punto quería llegar, que tanto a los humanos como al resto de los animales, nos hizo con un propósito. A toda la creación la hizo con un propósito. Y esto es fundamental. La próxima reflexión va a tener que ver con esto, pero lo que quiero destacar acá es que todo, absolutamente todo lo que Dios hace, lo hace con un propósito. A veces creemos que ciertas cosas en nuestra vida pasaron por casualidad, porque se dieron así. Puede que Dios no las haya, literalmente, enviado sobre nosotros (ese es otro tema espinoso para otro momento), pero sí hay muchas cosas que permite que pasen o que atravesemos, y eso también tiene un propósito. Dios no deja nada librado al azar, ni lo más mínimo de todo, ni siquiera la posición en la que cada hoja cae en el otoño.
Y lo interesante es que se alegra del resultado. Dios dice que es "muy bueno", al ver todo ya terminado. Honra su propia obra, reconociendo su valor. Creo que todo esto nos enseña algo muy importante. Cuando hagamos algo, lo que quiera que sea, es conveniente hacerlo con un propósito. Los propósitos pueden ser muy variados, pero la biblia nos da un fin último por el cual deberíamos orientar todas las acciones de nuestra vida: "En conclusión, ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios" (1 Corintios 10:31), es decir, para resaltar al Señor y a sus cualidades. Creo que ese es el propósito definitivo de nuestra existencia. No por nada, Dios nos hizo a su imagen y semejanza. Nuestra naturaleza consiste en reflejarlo a él.
Cuando abrimos las puertas de nuestra vida a Dios, él nos da un nuevo sentido, una nueva dirección para caminar. Nos equipa, en definitiva, con una especie de brújula. ¿Cómo sabemos si estamos reflejando a Dios? Bueno, tenemos varios indicadores. Por un lado, nuestra propia conciencia, que nos hace un poco de ruido cuando hacemos algo que no se corresponde con cómo es Dios, y también nos transmite una satisfacción profunda cuando estamos reflejándolo a él. Por otro lado, tenemos una poderosa herramienta, la palabra de Dios, con la cual podemos confrontar nuestra propia vida para ver cómo deberían ser nuestras vidas, y tratar de ajustarnos a eso.
Es importante, en cuanto a este punto, no tratar de forzar la imagen de Dios. ¿Qué quiero decir? Bueno, la creación es realmente un proceso hermoso, y la obra de Dios es maravillosa, pero recordemos que sufrimos un gran traspié, que conocemos como la "caída", y que deformó esa imagen de Dios en nosotros, junto con otros aspectos de la creación. El mundo no es como debería ser, y nosotros tampoco. No nos engañemos a nosotros mismos, confundiendo lo que deberíamos ser con lo que realmente somos, porque si lo hacemos estaríamos limitando nuestro propio crecimiento.
No quiero decir que no tratemos de obedecer en todo siempre que podamos, pero no para que parezca que somos buenos, porque no lo somos. Ninguno de nosotros, por más "buenas personas" que seamos, podemos ser totalmente buenos. En vez de eso, tratemos de obedecer por amor a Dios, para que él se alegre, y para que ese cambio de hábitos vaya moldeándonos a su imagen otra vez, siempre entendiendo que lo que realmente nos habilita a recuperar su imagen es tener una relación personal con él a través de Jesús. Creo que tratar de ser forzadamente de una manera que todavía no somos, es una pérdida de tiempo. Si creemos que deberíamos ser de una determinada forma, trabajémoslo, pero aceptemos que todavía nos falta. Hagamos todo lo que podamos, pero reconozcamos que aún no hemos llegado. Aceptémonos con nuestros aciertos y con nuestros desaciertos. No somos valiosos por ser buenas personas, sino que somos valiosos porque Dios mismo nos creó. Eso debería alcanzar para saber que, aunque nos equivoquemos, seguimos siendo igual de valiosos. Y sobre todo, seguimos teniendo un propósito. Pero ya voy a volver sobre este tema la próxima vez.
Que el Dios creador, que nos hizo a su propia imagen y semejanza, y nos dio un propósito para existir, que en última instancia es reflejar su propia gloria, trabaje en nosotros para que con humildad y sinceridad, podamos acercarnos a él y recuperar más y más esa imagen perdida de él. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
lunes, 3 de febrero de 2014
La creación - Día 5: los seres vivientes del agua y el cielo
Hola a todos. Continuando con la serie sobre la creación, me pareció interesante separar en dos el relato de la aparición de los seres vivientes sobre este mundo. Nos vamos acercando ya al final del proceso creativo de Dios, al momento climático, digamos. Quiero insistir, creo que nunca está de más, en que lo más importante de lo que está publicado acá no es la reflexión en sí, sino el pasaje. Por supuesto, la reflexión puede aportar muchas cosas, pero me parece crucial que se tomen un momento para orar, pedirle a Dios que abra sus mentes para escucharlo a él, y leer detenidamente el pasaje. Recomiendo incluso anotar lo que sienten que Dios les marca a través de su palabra. Después de todo, fue así como surgieron todas las reflexiones que publico en este blog.
"Y dijo Dios: «¡Que rebosen de seres vivientes las aguas, y que vuelen las aves sobre la tierra a lo largo del firmamento!» Y creó Dios los grandes animales marinos, y todos los seres vivientes que se mueven y pululan en las aguas y todas las aves, según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno, y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen las aguas de los mares. ¡Que las aves se multipliquen sobre la tierra!» Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el quinto día."
Génesis 1:20-23
Me resulta interesante que en primer lugar, creó vida animal en el agua y surcando los cielos. Aún antes de crearla en la tierra, antes incluso de crear al ser humano, que iba a portar la propia imagen de Dios. La pregunta que me hago es, ¿por qué primero el agua y el cielo?
En cuanto al agua, recordemos que a lo largo de las Escrituras, el agua simboliza la vida. Evidentemente, Dios pretendía que fuese así desde el principio, y ese puede ser un motivo por el cual haya empezado por los mares. En definitiva, el agua de la creación fue "agua de vida", como el agua del que habla Jesús al encontrarse con la mujer samaritana: "el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna" (Juan 4:14). En definitiva, el agua que Jesús estaba ofreciendo no era otra cosa que el agua de la creación, no el agua física, sino la misma esencia divina que generó vida en el agua desde el primer momento. Hoy en día sabemos que el agua es indispensable para la vida como la conocemos. Dice el Génesis que el mar rebosó de vida.
En cuanto al cielo, pienso que tiene que ver con el orden de prioridades. De la misma forma que Dios creó primero el cielo y después la tierra, pobló el cielo antes que la tierra. Tal vez esto fue lo que quiso enseñarnos Dios a través de esto. Tenemos que ocuparnos del cielo antes que de la tierra. No me refiero a un orden temporal, es decir, primero dedicarle unas horas a pensar y hacer cosas relacionadas con Dios, y recién después empezar con las cosas de este mundo. Me refiero más bien al espacio que le dedicamos en nuestra vida en general. Si pasamos más tiempo o dedicamos más esfuerzo a nuestra vida en la tierra que a meditar en la palabra de Dios y reflexionar sobre nuestra propia experiencia de vida, tal vez estemos fallando en el orden de las prioridades.
Por supuesto que las dos cosas son importantes, pero no me atrevo a decir que son igual de importantes. Creo que en más de una ocasión, Dios deja muy claro que lo más importante de todo, es nuestra vida espiritual. Lo demás es sólo circunstancial. El problema de tener desordenadas las prioridades es que estamos desperdiciando vida. Muchas veces pensamos que por dedicarle más tiempo a algo en particular, a alguna actividad, nos va a salir mejor.
Sinceramente, no creo que sea así. Si no estudio, no voy a saber mágicamente qué decir en el examen; sin embargo, nuestra tendencia es a enfocar toda nuestra mente en la actividad que tenemos delante. En mi opinión, es un error. No pienso que nos vaya a ir peor si dirigimos una parte de nuestro esfuerzo a no distraernos de lo más importante, que es nuestra relación con Dios. Proporcionalmente, deberíamos dedicarle nuestro tiempo de mayor calidad a él, antes que a cualquier cosa en la tierra.
Dios hace brotar vida de aquello que no la tiene. En la vida del creyente pasa lo mismo: somos como muertos en vida, por causa de nuestros pecados, es decir, como consecuencia de esas cosas que nos hacen tomar caminos que no son los que Dios propone. Pero Dios nos infunde vida de verdad, y en abundancia (Juan 5:25-26,10:10). Lentamente, él va cambiando nuestro rumbo, para que vivamos una vida cada vez de mayor plenitud al caminar por las sendas que él planeó para nosotros. Va limpiando nuestras manchas, de manera que incluso, esa vida verdadera y abundante se hace cada vez más visible también desde afuera, convirtiéndonos, en definitiva, en manantiales, como los que dice el pasaje de Juan 4 que mencioné antes.
Por último, creo que un motivo por el que Dios creó la vida animal en el agua y el cielo antes que en la tierra, fue para que todos los seres vivientes tuviesen tiempo de desarrollarse apropiadamente. Recordemos que ya había vegetación sobre la tierra. Dios quería, en definitiva, que todo estuviera ordenado y parejo. El orden de la creación, en este sentido, revela un atributo de Dios mismo, y el cual él mismo imprime a nuestra vida cuando lo recibimos. El Señor pone orden en nuestra vida, como ya dijimos, y en nuestras prioridades.
Quiero resaltar este punto: en la mente de Dios, al parecer, el cielo viene antes que la tierra como prioridad.
Me parece que eso debería llevarnos a repensar en qué invertimos, no sólo nuestro tiempo, sino nuestros mayores esfuerzos y nuestra mayor concentración. Una cosa no quita la otra, pero todo sucede al mismo tiempo, así que la opción de decir "bueno, pero por estos días me dedico de lleno a esto, y después retomo las cosas del cielo" no creo que sea válida. Todos los días, en toda nuestra vida, lo más importante es buscar las cosas del cielo. Todas las demás cosas, en definitiva, se agregan, y por lo tanto, no son centrales. "Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas" (Mateo 6:33).
Que el Dios que hace brotar vida de donde no la hay, haga de nosotros mares rebosantes de vida, ordenando nuestras prioridades y enseñándonos a transitar sus caminos, para que podamos tener plenitud y traer plenitud a otros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
"Y dijo Dios: «¡Que rebosen de seres vivientes las aguas, y que vuelen las aves sobre la tierra a lo largo del firmamento!» Y creó Dios los grandes animales marinos, y todos los seres vivientes que se mueven y pululan en las aguas y todas las aves, según su especie. Y Dios consideró que esto era bueno, y los bendijo con estas palabras: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen las aguas de los mares. ¡Que las aves se multipliquen sobre la tierra!» Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el quinto día."
Génesis 1:20-23
Me resulta interesante que en primer lugar, creó vida animal en el agua y surcando los cielos. Aún antes de crearla en la tierra, antes incluso de crear al ser humano, que iba a portar la propia imagen de Dios. La pregunta que me hago es, ¿por qué primero el agua y el cielo?
En cuanto al agua, recordemos que a lo largo de las Escrituras, el agua simboliza la vida. Evidentemente, Dios pretendía que fuese así desde el principio, y ese puede ser un motivo por el cual haya empezado por los mares. En definitiva, el agua de la creación fue "agua de vida", como el agua del que habla Jesús al encontrarse con la mujer samaritana: "el que beba del agua que yo le daré, no volverá a tener sed jamás, sino que dentro de él esa agua se convertirá en un manantial del que brotará vida eterna" (Juan 4:14). En definitiva, el agua que Jesús estaba ofreciendo no era otra cosa que el agua de la creación, no el agua física, sino la misma esencia divina que generó vida en el agua desde el primer momento. Hoy en día sabemos que el agua es indispensable para la vida como la conocemos. Dice el Génesis que el mar rebosó de vida.
En cuanto al cielo, pienso que tiene que ver con el orden de prioridades. De la misma forma que Dios creó primero el cielo y después la tierra, pobló el cielo antes que la tierra. Tal vez esto fue lo que quiso enseñarnos Dios a través de esto. Tenemos que ocuparnos del cielo antes que de la tierra. No me refiero a un orden temporal, es decir, primero dedicarle unas horas a pensar y hacer cosas relacionadas con Dios, y recién después empezar con las cosas de este mundo. Me refiero más bien al espacio que le dedicamos en nuestra vida en general. Si pasamos más tiempo o dedicamos más esfuerzo a nuestra vida en la tierra que a meditar en la palabra de Dios y reflexionar sobre nuestra propia experiencia de vida, tal vez estemos fallando en el orden de las prioridades.
Por supuesto que las dos cosas son importantes, pero no me atrevo a decir que son igual de importantes. Creo que en más de una ocasión, Dios deja muy claro que lo más importante de todo, es nuestra vida espiritual. Lo demás es sólo circunstancial. El problema de tener desordenadas las prioridades es que estamos desperdiciando vida. Muchas veces pensamos que por dedicarle más tiempo a algo en particular, a alguna actividad, nos va a salir mejor.
Sinceramente, no creo que sea así. Si no estudio, no voy a saber mágicamente qué decir en el examen; sin embargo, nuestra tendencia es a enfocar toda nuestra mente en la actividad que tenemos delante. En mi opinión, es un error. No pienso que nos vaya a ir peor si dirigimos una parte de nuestro esfuerzo a no distraernos de lo más importante, que es nuestra relación con Dios. Proporcionalmente, deberíamos dedicarle nuestro tiempo de mayor calidad a él, antes que a cualquier cosa en la tierra.
Dios hace brotar vida de aquello que no la tiene. En la vida del creyente pasa lo mismo: somos como muertos en vida, por causa de nuestros pecados, es decir, como consecuencia de esas cosas que nos hacen tomar caminos que no son los que Dios propone. Pero Dios nos infunde vida de verdad, y en abundancia (Juan 5:25-26,10:10). Lentamente, él va cambiando nuestro rumbo, para que vivamos una vida cada vez de mayor plenitud al caminar por las sendas que él planeó para nosotros. Va limpiando nuestras manchas, de manera que incluso, esa vida verdadera y abundante se hace cada vez más visible también desde afuera, convirtiéndonos, en definitiva, en manantiales, como los que dice el pasaje de Juan 4 que mencioné antes.
Por último, creo que un motivo por el que Dios creó la vida animal en el agua y el cielo antes que en la tierra, fue para que todos los seres vivientes tuviesen tiempo de desarrollarse apropiadamente. Recordemos que ya había vegetación sobre la tierra. Dios quería, en definitiva, que todo estuviera ordenado y parejo. El orden de la creación, en este sentido, revela un atributo de Dios mismo, y el cual él mismo imprime a nuestra vida cuando lo recibimos. El Señor pone orden en nuestra vida, como ya dijimos, y en nuestras prioridades.
Quiero resaltar este punto: en la mente de Dios, al parecer, el cielo viene antes que la tierra como prioridad.
Me parece que eso debería llevarnos a repensar en qué invertimos, no sólo nuestro tiempo, sino nuestros mayores esfuerzos y nuestra mayor concentración. Una cosa no quita la otra, pero todo sucede al mismo tiempo, así que la opción de decir "bueno, pero por estos días me dedico de lleno a esto, y después retomo las cosas del cielo" no creo que sea válida. Todos los días, en toda nuestra vida, lo más importante es buscar las cosas del cielo. Todas las demás cosas, en definitiva, se agregan, y por lo tanto, no son centrales. "Más bien, busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas" (Mateo 6:33).
Que el Dios que hace brotar vida de donde no la hay, haga de nosotros mares rebosantes de vida, ordenando nuestras prioridades y enseñándonos a transitar sus caminos, para que podamos tener plenitud y traer plenitud a otros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 9 de enero de 2014
La visita de los sabios: seguir la estrella
Hola a todos. Como seguramente todos saben, hace algunos días recordamos el día en que los llamados "reyes magos" fueron a llevarle regalos al niño Jesús, recién nacido, en un establo de Belén. No podemos afirmar que sean tres, aunque sí son tres los regalos. No podemos tampoco confirmar que sean reyes, y el termino "magos" se refiere a que eran sabios. Pero lo cierto es que fue un momento muy importante, no sólo en la vida de Jesús, sino además en el testimonio de quién él era. Por eso, creí conveniente hacer una pequeña pausa en la serie sobre la creación y compartirles una reflexión que hice el 7 de enero a la mañana. Espero que sea de mucha bendición.
Mateo 2:1-12
Dios había anunciado a los antiguos que él mismo se iba a hacer presente en un niño (Isaías 7:14, 9:6), que iba a nacer rey de los judíos. Iba a nacer en Belén (Miqueas 5:2), la ciudad del rey David. En el oriente, esto posiblemente haya sido anunciado por los profetas judíos en el cautiverio. Los astrónomos del oriente, estudiosos del cielo, notaron el evento, lo leyeron en las estrellas. Toda la creación anunciaba la venida del salvador.
El nuevo testamento lo establece también: "la creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda firme la esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Romanos 8:19-21).
Los sabios conocían también la profecía sobre la estrella: "lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no de cerca. Una estrella saldrá de Jacob; un rey surgirá en Israel" (Números 24:17), pero eso no fue suficiente, no se conformaron. Comprendieron la magnitud del suceso que estaba por ocurrir. El principio de la sabiduría es el temor de Dios, Proverbios 1:7 lo declara así. Los sabios tomaron una decisión respecto a su conocimiento. Es lo que distingue a un sabio de un simple erudito. El verdadero sabio no se queda sólo con el conocimiento, sino que actúa a partir de él, y lo hace en pos de acercarse a Dios. Los sabios del oriente decidieron seguir la estrella, para adorar al Señor que estaba por nacer.
Nosotros también tenemos una estrella, que nos lleva a adorar al rey y al salvador. Jesús es la estrella reluciente de la mañana (Apocalipsis 22:16). Si seguimos nuestra estrella, en cualquier lugar donde estemos nos va a llevar a la adoración de Dios, el Dios trino, el soberano de la creación.
Pero no alcanza con conocer. No alcanza con saber que está, o con entender lo que espera de nosotros. Adorar a Dios es una actitud de nuestra mente, que se traduce en acciones y en objetivos para nuestra vida. Tenemos que tomar una decisión con respecto a la estrella. Si la vamos a seguir, tenemos que conocerla, sí, pero también hacer las cosas como Jesús nos enseña. Seguir a Jesús es, básicamente, eso.
La adoración de Dios es parte fundamental del propósito por el que fuimos creados, y es el propósito de todo el plan divino de salvación. Fuimos salvados específicamente para eso. Si no lo hacemos, siempre va a faltarnos algo en la vida. Nada menos que nuestra principal característica como especie. Lo que nos viene faltando desde la caída.
Que podamos redescubrir la estrella que nos guía, aferrarnos a ella y adorar al Dios que nos creó, que nos salvó y que nos acompaña y nos llama una y otra vez, hasta que respondemos a su llamado. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Mateo 2:1-12
Dios había anunciado a los antiguos que él mismo se iba a hacer presente en un niño (Isaías 7:14, 9:6), que iba a nacer rey de los judíos. Iba a nacer en Belén (Miqueas 5:2), la ciudad del rey David. En el oriente, esto posiblemente haya sido anunciado por los profetas judíos en el cautiverio. Los astrónomos del oriente, estudiosos del cielo, notaron el evento, lo leyeron en las estrellas. Toda la creación anunciaba la venida del salvador.
El nuevo testamento lo establece también: "la creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda firme la esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios" (Romanos 8:19-21).
Los sabios conocían también la profecía sobre la estrella: "lo veo, pero no ahora; lo contemplo, pero no de cerca. Una estrella saldrá de Jacob; un rey surgirá en Israel" (Números 24:17), pero eso no fue suficiente, no se conformaron. Comprendieron la magnitud del suceso que estaba por ocurrir. El principio de la sabiduría es el temor de Dios, Proverbios 1:7 lo declara así. Los sabios tomaron una decisión respecto a su conocimiento. Es lo que distingue a un sabio de un simple erudito. El verdadero sabio no se queda sólo con el conocimiento, sino que actúa a partir de él, y lo hace en pos de acercarse a Dios. Los sabios del oriente decidieron seguir la estrella, para adorar al Señor que estaba por nacer.
Nosotros también tenemos una estrella, que nos lleva a adorar al rey y al salvador. Jesús es la estrella reluciente de la mañana (Apocalipsis 22:16). Si seguimos nuestra estrella, en cualquier lugar donde estemos nos va a llevar a la adoración de Dios, el Dios trino, el soberano de la creación.
Pero no alcanza con conocer. No alcanza con saber que está, o con entender lo que espera de nosotros. Adorar a Dios es una actitud de nuestra mente, que se traduce en acciones y en objetivos para nuestra vida. Tenemos que tomar una decisión con respecto a la estrella. Si la vamos a seguir, tenemos que conocerla, sí, pero también hacer las cosas como Jesús nos enseña. Seguir a Jesús es, básicamente, eso.
La adoración de Dios es parte fundamental del propósito por el que fuimos creados, y es el propósito de todo el plan divino de salvación. Fuimos salvados específicamente para eso. Si no lo hacemos, siempre va a faltarnos algo en la vida. Nada menos que nuestra principal característica como especie. Lo que nos viene faltando desde la caída.
Que podamos redescubrir la estrella que nos guía, aferrarnos a ella y adorar al Dios que nos creó, que nos salvó y que nos acompaña y nos llama una y otra vez, hasta que respondemos a su llamado. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 2 de enero de 2014
La creación - Día 4: los astros
Hola a todos. Después de un largo intervalo que tuvo varias causas, sigo ahora con las publicaciones sobre la creación. Quiero primero recordarles, a los que venían siguiéndolas, que la idea de estas reflexiones es prestar atención a lo que la creación del mundo nos enseña con respecto a la propia experiencia del creyente y con respecto a Dios mismo. Da la impresión de que cuando una persona se acerca al Señor, el proceso de la creación, al menos conceptualmente, ocurre en pequeña escala en su interior.
Otra cosa que quiero resaltar es que simplemente soy un cristiano compartiendo mis estudios bíblicos personales. No tengo formación teológica formal, aunque sí he conversado con personas que la tienen y he leído algún que otro libro. Quiero decir que no hablo con autoridad de experto, sino simplemente con autoridad de experimentado. Parece un simple juego de palabras, pero cambia bastante el sentido: mi experiencia es más bien práctica, y puedo llegar a tener algunos errores de interpretación por falta de conocimiento. Por lo tanto, ante todo, lo más importante es que cada uno preste atención a lo que el texto bíblico en sí le dice, y por supuesto orar para escuchar lo que tenga Dios para decirles, antes que lo que yo tenga para explicar.
"Y dijo Dios: «¡Que haya luces en el firmamento que separen el día de la noche; que sirvan como señales de las estaciones, de los días y de los años, y que brillen en el firmamento para iluminar la tierra!» Y sucedió así. Dios hizo los dos grandes astros: el astro mayor para gobernar el día, y el menor para gobernar la noche. También hizo las estrellas. Dios colocó en el firmamento los astros para alumbrar la tierra. Los hizo para gobernar el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios consideró que esto era bueno. Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el cuarto día."
Génesis 1:14-19
Este pasaje me parece sorprendente. Creo que es fácil olvidarnos de que el sol, la luna y las estrellas también tienen un propósito que trasciende al meramente material. Dios le dio a los astros una función suprema, que creo que como creyentes deberíamos tener siempre presente al disfrutar del sol o mirar a la luna. Los astros tienen que ver con la soberanía y la guía de Dios sobre su creación, y por lo tanto, también sobre los creyentes.
El texto dice que hizo los astros para gobernar el día y la noche, y para darnos señales claras de cuándo es el día, cuándo es la noche, cuándo es verano, cuándo es primavera. Podríamos reflexionar durante horas acerca de esto. De las estaciones, de los momentos del día, y otras cosas más. Pero quiero centrarme en esto: Dios quería que tuviéramos siempre presente que él es soberano, y que por encima de los tiempos, de las etapas de la vida humana, está él, eterno e inmutable.
Para recordarnos, entonces, que no somos lo único de la creación. Que la existencia no se agota en este mundo y en lo que tenemos al alcance, sino que existen muchísimas más cosas, inalcanzables para el ser humano. Nadie puede llegar al sol. Incluso en las historias futuristas más lanzadas, el sol es demasiado para alcanzar. Por otro lado, hay cosas que están muy por encima de nosotros, como las estrellas, como recordándonos que los pensamientos de Dios son mucho más altos que los nuestros, como dice Isaias 55:8-9.
De esta forma, Dios se manifiesta como soberano a través de los astros. Éstos deberían llevarnos a maravillarnos y caer rendidos ante Dios por su grandeza, y adorarlo, en humildad, reconociéndolo como nuestro Señor. A veces le escapamos a este concepto de Dios como Señor, a la sumisión, a la obediencia; pero se trata de eso. Todo el plan de salvación se trata de eso: de que elijamos obedecer a Dios.
Por otro lado, la idea de los astros es guiar la vida humana. Cuando es de día, se trabaja, o se hacen cosas. Cuando es de noche, idealmente, se descansa. Por supuesto que la vida humana a cambiado bastante, y esto no siempre se respeta. Pero en definitiva, era la intención inicial. Por eso, Salmos 127:2 dice: "en vano madrugan ustedes y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados". Yo no sé si les pasa, pero en este punto es donde más me cuesta ser prudente. A veces por ocio y a veces por trabajo, me quedo levantado hasta tarde y (a veces "o", a veces "y") me despierto muy temprano. Después mi día transcurre normalmente, pero yo estoy más cansado, o termino más cansado. Dios no lo había planeado así.
Además, como dice Eclesiastés 3:1, "todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo". Creo que los astros pueden servir como recordatorio de esto también. Dios, a través de ellos, nos da dirección momento a momento, pero lo mismo hace sin la mediación de ellos cuando tomamos decisiones, cuando queremos saber qué está bien y qué está mal, en fin, nos guía en cada aspecto de nuestra vida, siempre y cuando se lo permitamos.
Me gusta además el hecho de que Dios, a través de los astros, gobierna el día y la noche. La noche, asociada siempre con el miedo, con el mal, y otras cosas, es también territorio de Dios. Por supuesto, él no es quien siembra el miedo, el mal, y lo demás, sino que él es quien lo quita. Por eso, tanto de día como de noche, hay luz. De día, el sol hace que haya muchísima luz. Podríamos pensar en los buenos momentos, en los tiempos de tranquilidad. Lo bueno parece el doble de bueno, y Dios parece más grande. En cambio a la noche, brilla la luna, con luz más tenue, pero luz al fin. En los momentos de dolor o de dificultad, Dios puede parecernos más chico, pero su luz siempre brilla. Dios no se hace más chico, y de hecho su poder para fortalecernos crece en nuestra debilidad, como es de esperarse. Pero lo que cuenta de todo esto es que tanto de día como de noche, la luz brilla.
Y por último, además de que Dios nos recuerda su soberanía y su guía a través de los astros, también nos convierte a nosotros en astros. Nosotros, "que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor" (2 Corintios 3:18), brillamos con una luz que nos es prestada, como si fuéramos lunas que surcamos el cielo nocturno. Todo lo que hacemos, en definitiva, no hace más que reflejar una gloria más grande, que nos excede, que no nos pertenece. Por eso no podemos jactarnos de lo que logramos, tanto para nosotros como para otros. Dios hace la tarea de principio a fin. Lo que ponemos nosotros es la actitud. De la misma forma, portamos dentro de nosotros la soberanía y la guía de Dios, por lo que idealmente, donde estamos, influimos para que otros tomen decisiones correctas o para que obedezcan a Dios, independientemente de la situación, o incluso aunque no sea de manera consciente.
Incluso en nuestras vidas hay personas que funcionan como astros, recordándonos la soberanía de Dios o reflejando su guía a través de un consejo, de alguna palabra, o de sus propias acciones. También brillando en medio de la noche, o simplemente acompañándonos de manera constante, como ocurre con el sol, con la luna o con las estrellas.
Se podría decir mucho más, pero por cuestiones de espacio quiero simplemente volver sobre esta idea: los astros nos dicen que Dios es soberano, y que gobierna sobre la creación de manera que tiene todo bajo control. Con la misma grandeza nos da dirección, y nos ofrece ser él quien conduzca nuestras vidas, en el ritmo que llevamos y en las decisiones que tomamos. Y si le damos lugar para que así sea, nos convertimos nosotros mismos en astros en miniatura, para seguir expandiendo ese efecto por todos lados.
Que el Dios soberano nos dé dirección en cada momento de nuestras vidas, para que podamos reflejarlo en todo y ser sus colaboradores para reunir todas las cosas bajo su gobierno en Cristo Jesús. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Otra cosa que quiero resaltar es que simplemente soy un cristiano compartiendo mis estudios bíblicos personales. No tengo formación teológica formal, aunque sí he conversado con personas que la tienen y he leído algún que otro libro. Quiero decir que no hablo con autoridad de experto, sino simplemente con autoridad de experimentado. Parece un simple juego de palabras, pero cambia bastante el sentido: mi experiencia es más bien práctica, y puedo llegar a tener algunos errores de interpretación por falta de conocimiento. Por lo tanto, ante todo, lo más importante es que cada uno preste atención a lo que el texto bíblico en sí le dice, y por supuesto orar para escuchar lo que tenga Dios para decirles, antes que lo que yo tenga para explicar.
"Y dijo Dios: «¡Que haya luces en el firmamento que separen el día de la noche; que sirvan como señales de las estaciones, de los días y de los años, y que brillen en el firmamento para iluminar la tierra!» Y sucedió así. Dios hizo los dos grandes astros: el astro mayor para gobernar el día, y el menor para gobernar la noche. También hizo las estrellas. Dios colocó en el firmamento los astros para alumbrar la tierra. Los hizo para gobernar el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios consideró que esto era bueno. Y vino la noche, y llegó la mañana: ése fue el cuarto día."
Génesis 1:14-19
Este pasaje me parece sorprendente. Creo que es fácil olvidarnos de que el sol, la luna y las estrellas también tienen un propósito que trasciende al meramente material. Dios le dio a los astros una función suprema, que creo que como creyentes deberíamos tener siempre presente al disfrutar del sol o mirar a la luna. Los astros tienen que ver con la soberanía y la guía de Dios sobre su creación, y por lo tanto, también sobre los creyentes.
El texto dice que hizo los astros para gobernar el día y la noche, y para darnos señales claras de cuándo es el día, cuándo es la noche, cuándo es verano, cuándo es primavera. Podríamos reflexionar durante horas acerca de esto. De las estaciones, de los momentos del día, y otras cosas más. Pero quiero centrarme en esto: Dios quería que tuviéramos siempre presente que él es soberano, y que por encima de los tiempos, de las etapas de la vida humana, está él, eterno e inmutable.
Para recordarnos, entonces, que no somos lo único de la creación. Que la existencia no se agota en este mundo y en lo que tenemos al alcance, sino que existen muchísimas más cosas, inalcanzables para el ser humano. Nadie puede llegar al sol. Incluso en las historias futuristas más lanzadas, el sol es demasiado para alcanzar. Por otro lado, hay cosas que están muy por encima de nosotros, como las estrellas, como recordándonos que los pensamientos de Dios son mucho más altos que los nuestros, como dice Isaias 55:8-9.
De esta forma, Dios se manifiesta como soberano a través de los astros. Éstos deberían llevarnos a maravillarnos y caer rendidos ante Dios por su grandeza, y adorarlo, en humildad, reconociéndolo como nuestro Señor. A veces le escapamos a este concepto de Dios como Señor, a la sumisión, a la obediencia; pero se trata de eso. Todo el plan de salvación se trata de eso: de que elijamos obedecer a Dios.
Por otro lado, la idea de los astros es guiar la vida humana. Cuando es de día, se trabaja, o se hacen cosas. Cuando es de noche, idealmente, se descansa. Por supuesto que la vida humana a cambiado bastante, y esto no siempre se respeta. Pero en definitiva, era la intención inicial. Por eso, Salmos 127:2 dice: "en vano madrugan ustedes y se acuestan muy tarde, para comer un pan de fatigas, porque Dios concede el sueño a sus amados". Yo no sé si les pasa, pero en este punto es donde más me cuesta ser prudente. A veces por ocio y a veces por trabajo, me quedo levantado hasta tarde y (a veces "o", a veces "y") me despierto muy temprano. Después mi día transcurre normalmente, pero yo estoy más cansado, o termino más cansado. Dios no lo había planeado así.
Además, como dice Eclesiastés 3:1, "todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo". Creo que los astros pueden servir como recordatorio de esto también. Dios, a través de ellos, nos da dirección momento a momento, pero lo mismo hace sin la mediación de ellos cuando tomamos decisiones, cuando queremos saber qué está bien y qué está mal, en fin, nos guía en cada aspecto de nuestra vida, siempre y cuando se lo permitamos.
Me gusta además el hecho de que Dios, a través de los astros, gobierna el día y la noche. La noche, asociada siempre con el miedo, con el mal, y otras cosas, es también territorio de Dios. Por supuesto, él no es quien siembra el miedo, el mal, y lo demás, sino que él es quien lo quita. Por eso, tanto de día como de noche, hay luz. De día, el sol hace que haya muchísima luz. Podríamos pensar en los buenos momentos, en los tiempos de tranquilidad. Lo bueno parece el doble de bueno, y Dios parece más grande. En cambio a la noche, brilla la luna, con luz más tenue, pero luz al fin. En los momentos de dolor o de dificultad, Dios puede parecernos más chico, pero su luz siempre brilla. Dios no se hace más chico, y de hecho su poder para fortalecernos crece en nuestra debilidad, como es de esperarse. Pero lo que cuenta de todo esto es que tanto de día como de noche, la luz brilla.
Y por último, además de que Dios nos recuerda su soberanía y su guía a través de los astros, también nos convierte a nosotros en astros. Nosotros, "que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor" (2 Corintios 3:18), brillamos con una luz que nos es prestada, como si fuéramos lunas que surcamos el cielo nocturno. Todo lo que hacemos, en definitiva, no hace más que reflejar una gloria más grande, que nos excede, que no nos pertenece. Por eso no podemos jactarnos de lo que logramos, tanto para nosotros como para otros. Dios hace la tarea de principio a fin. Lo que ponemos nosotros es la actitud. De la misma forma, portamos dentro de nosotros la soberanía y la guía de Dios, por lo que idealmente, donde estamos, influimos para que otros tomen decisiones correctas o para que obedezcan a Dios, independientemente de la situación, o incluso aunque no sea de manera consciente.
Incluso en nuestras vidas hay personas que funcionan como astros, recordándonos la soberanía de Dios o reflejando su guía a través de un consejo, de alguna palabra, o de sus propias acciones. También brillando en medio de la noche, o simplemente acompañándonos de manera constante, como ocurre con el sol, con la luna o con las estrellas.
Se podría decir mucho más, pero por cuestiones de espacio quiero simplemente volver sobre esta idea: los astros nos dicen que Dios es soberano, y que gobierna sobre la creación de manera que tiene todo bajo control. Con la misma grandeza nos da dirección, y nos ofrece ser él quien conduzca nuestras vidas, en el ritmo que llevamos y en las decisiones que tomamos. Y si le damos lugar para que así sea, nos convertimos nosotros mismos en astros en miniatura, para seguir expandiendo ese efecto por todos lados.
Que el Dios soberano nos dé dirección en cada momento de nuestras vidas, para que podamos reflejarlo en todo y ser sus colaboradores para reunir todas las cosas bajo su gobierno en Cristo Jesús. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
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