Hola a todos. Seguimos con esta serie sobre la nueva vida. Mi intención es publicar un poco más seguido, pero se me está haciendo complicado por cuestiones de tiempo. En cualquier caso, espero que puedan ir siguiendo la idea principal de estas reflexiones.
Hasta ahora dijimos que hay tres cosas básicas para poder empezar a entender la vida que nos propone Dios: la biblia, que es su palabra, y que es totalmente verdadera; la relación directa con él, sin la cual no podemos entender su palabra ni conocerlo a él; un cambio en el sentido común que conocemos, que nos enseñaron desde chicos, porque muchas cosas que Dios nos propone no encajan en él. Dijimos que existen a simple vista dos maneras de vivir, una como nos ofrece la sociedad, otra como nos ofrece Dios, y son incompatibles. En algún momento vamos a tener que decidir a cuál de los dos puntos de vista le voy a prestar más atención. Llamé a este momento la encrucijada. Para superarla, tengo que animarme a salir del molde que me impuso la sociedad en la que vivo. Una vez que doy este paso, empiezo a ser libre y tengo la posibilidad de seguir a Jesús de verdad, y disfrutar de la vida que él me ofrece.
"Sucedió que un hombre se acercó a Jesús y le preguntó:
-Maestro, ¿Qué de bueno tengo que hacer para obtener la vida eterna?
-¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? -respondió Jesús-. Solamente hay uno que es bueno. Si quieres entrar en la vida, obedece los mandamientos.
-¿Cuáles? -preguntó el hombre.
Contestó Jesús:
-'No mates, no cometas adulterio, no robes, no presentes falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre', y 'ama a tu prójimo como a ti mismo'.
-Todos ésos los he cumplido -dijo el joven-. ¿Qué más me falta?
-Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme.
Cuando el joven oyó esto, se fue triste porque tenía muchas riquezas".
(Mateo 19:16-22)
"Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se destruye a sí mismo?"
(Lucas 9:23-25)
Bueno, el primero es otro pasaje que me parece bastante fuerte. En algún momento dije que a mi entender había tres formas de hacer encajar nuestra fe en nuestras vidas: "cumplir y vivir", llevar dos vidas paralelas, y hacer lo inverso, encajar nuestra vida en nuestra fe, es decir, vivir siempre según mi fe. El caso de este pasaje parece ser un ejemplo claro del segundo modo. El joven rico quería obtener la vida eterna, pero para hacerlo estaba convencido de que tenía que hacer muchas cosas. Parecía muy comprometido, de hecho afirma que practica todas las primeras cosas que Jesús le menciona. Por supuesto que podríamos preguntarnos si realmente era tan así. Pero Jesús lo confronta en otro nivel. Le propone una apuesta diferente.
Y eso es un poco lo que pasa en nuestras vidas después de que superamos la encrucijada. Este hombre aparentemente había llegado ya a la conclusión de que los mandamientos eran buenos. Pero lo que Jesús le dice es mucho más profundo: no se trata de ser bueno o de hacer lo bueno. "Solamente hay uno que es bueno", dice Jesús. La clave para tener la vida que Jesús nos ofrece es otra: "si quieres ser perfecto, anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo" (19:21).
Ahora, ¿realmente es "vender todo" lo que Jesús le está proponiendo? Lo que a mí me parece es que Jesús, que va siempre más allá de lo evidente, está viendo que lo más importante para este hombre es su riqueza. Tal vez se apoyaba demasiado en ella. Entonces, Jesús va por ese lado, y le dice básicamente que si quiere realmente encontrar la vida nueva, tiene que estar dispuesto a sacrificar lo más preciado que tiene. Tiene que estar dispuesto a dejar ir todo lo que amaba en la "vida vieja", diríamos.
Pero entonces, para este hombre, vender todo probablemente equivalía a morir. Podemos imaginar que, ya que era rico, toda su vida hasta ahí se había dedicado a enriquecerse. Vender todo eso ahora era como tirar por la borda todo lo que había hecho durante su vida. O sea, morir.
Esa es en mi opinión la apuesta que nos pide Jesús: morir. Por supuesto, así como con el joven rico lo importante no era en sí vender todo, sino el hecho de dejar atrás todo lo que lo ataba a su propia vida, con esto de morir pasa lo mismo. No nos dice que tenemos que quitarnos la vida, sino que tenemos que renunciar, en nuestra mente, a todo lo que tenemos en alta estima en esta vida. Tomar cada día nuestra cruz, dice el pasaje de Lucas. La cruz es en definitiva el símbolo de lo que Jesús hizo por nosotros, y eso fue lo que él hizo, arriesgar hasta su propia vida, es más, arriesgó hasta lo más preciado que tenía, su comunión con el Padre. Se sintió abandonado por él cuando moría en la cruz. Arriesgó todo. Pienso que esa es la actitud que nos propone Jesús.
Dice Filipenses 3:7-8, "todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo, y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo". Pablo está diciendo que en comparación con estar cerca de Jesús y disfrutar de la nueva vida, todo es desechable. Él sabía de lo que hablaba, porque estaba preso cuando escribía esto. Sin embargo, prefería eso antes que tener una vida llena de cosas de este mundo, que no se comparan, dice él, con el valor de estar cerca de Jesús y disfrutar lo que él nos da.
Esto puede sonar muy fuerte. Jesús nos propone que nos desprendamos de todo lo que más amamos en esta vida, para poder así encontrar la plenitud de la vida que él tiene para ofrecernos. "Si quieres ser perfecto", yo diría que podemos parafrasearlo diciendo "si quieres estar completo". A veces no son cosas, a veces son relaciones, o incluso personas. A veces Jesús puede preguntarnos: "¿estás dispuesto a que esa persona deje de ocupar el centro de tus decisiones y tus motivaciones?". Lo que nos pide Jesús, en definitiva, es subir la apuesta. "¿Cuánto estarías dispuesto a dejar por mí, si fuera necesario?
La vida que nos propone Dios está llena de tesoros que tal vez sean invisibles o intangibles, pero no por eso son menos reales. Y si nuestros tesoros más importantes están en la tierra, no hay lugar en nosotros para esos tesoros que son del cielo. Por eso se nos pide esto. Por eso es como una apuesta. No vemos cuánto vamos a ganar, pero si no apostamos, nunca lo vamos a saber.
Entonces, Jesús nos invita a subir la apuesta. Tengo que simplemente estar dispuesto, de todo corazón, a desprenderme en mi mente, en mis motivaciones, en mis más profundos deseos, de aquello que es más importante para mí en esta vida. Porque es necesario que lo más importante de todo sea Jesús, en todo momento. Muchas veces este es el motivo por el que nos cuesta dar nuevos pasos en la fe. No nos animamos a arriesgar determinadas cosas, determinadas relaciones, determinados sueños. Sin embargo, Dios quiere darnos algo que seguramente es mucho mejor, ¡tal vez incluso terminemos multiplicando eso que teníamos miedo de perder! Jesús dice, en el mismo pasaje, poco más adelante, "todo el que por mi causa haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o terrenos, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna" (19:29).
En resumen, la vida verdadera, plena, está en Jesús. Es una vida mucho más completa y feliz que la vida que nos ofrece el mundo. Pero para recibir una vida nueva, tengo que dejar atrás la forma vieja de vivir. El proceso está lleno de pequeñas encrucijadas, donde voy a tener que decidir si me aferro a las cosas que ya tengo o confío en que Dios va a tener algo mejor. Cuando Dios me pide que suelte algo, es sólo para darme algo mejor. Tal vez no sea enseguida, pero por eso es como una apuesta. No puedo conocer de antemano el resultado. Tengo que confiar en que va a ser mejor. Ante semejantes desafíos de Jesús, tengo dos opciones: conformarme con lo que ya tengo y aferrarme a ello, o entender que podría estar recibiendo cosas mucho mejores y entonces no conformarme nunca, seguir siempre "vendiendo" todo lo que tengo para "comprar", o para recibir, todo lo que Jesús quiere ofrecerme.
Siempre puedo dar un paso más. Siempre puedo subir un poco más la apuesta. Sólo tengo que tomar la decisión. ¿Estoy dispuesto a morir, a renunciar a todo lo que amaba, con tal de conocer a Cristo? ¿O voy a dejar que el miedo de perder lo que tengo en esta vida me prive de los enormes regalos que Dios quiere hacerme por medio de él? La decisión es de cada uno.
Hay una sola vida, y hay que vivirla. Para eso es necesario salir del molde de nuestra sociedad, o incluso el molde que nosotros mismos construimos para nosotros, según lo que creemos mejor, y animarnos a vivir como Dios cree que es mejor para nosotros. Y esto va a implicar que arriesguemos cosas. Cuanto más estemos dispuestos a arriesgar, mayor porción vamos a alcanzar de lo que Dios quiere darnos. Como dice, otra vez, Filipenses, "olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está adelante, sigo avanzando hacia la meta para ganar el premio que Dios ofrece mediante su llamamiento celestial en Cristo Jesús" (Filipenses 3:13-14).
Animémonos a arriesgarlo todo, a apostar todo por Jesús. Eso es confiar, eso es creer en Cristo, apostarlo todo por él con la certeza de que, sí o sí, salimos ganando. Y esto es algo de todos los días. Espero que hayan sido confrontados, desafiados y bendecidos por esta reflexión tanto como yo mismo al meditarlo la primera vez, hace un tiempo, y cada vez que vuelvo a reflexionar sobre esto.
Que el Dios de nuestro llamamiento celestial, el que nos ofrece la vida nueva y completa por medio de Cristo, nos ayude a ser fuertes y mantenernos firmes para que podamos apostarlo todo por él, y nos haga saber bien dentro de nosotros que nada, ninguna cosa a la que podamos aferrarnos, vale más la pena que la vida que él nos ofrece. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
lunes, 2 de septiembre de 2013
domingo, 25 de agosto de 2013
La nueva vida 2 - La encrucijada
Hola a todos. Seguimos con esta serie sobre la vida nueva que recibimos en Cristo. Ya hablamos sobre las tres cosas básicas que tenemos que tener en cuenta para poder aprovechar esta serie al máximo: que la biblia es la palabra de Dios, totalmente cierta; buscar a Dios de corazón, tratar de pasar tiempo con él, hablar con él; y estar dispuestos a renunciar al "sentido común" que nos ofrece la sociedad cuando sea necesario. Dijimos la vez pasada que la vida sin Cristo no es vida en serio. Jesús dice que él ES la vida. Cuando aceptamos vivir con él, y por lo tanto vivir como él vivió y como nos enseña a vivir, pasamos de la muerte, o sea, una vida sin sabor, sin propósito o sin color (o las tres en una) a una vida llena de sorpresas y ventajas.
"Si el mundo los aborrece, tengan presente que antes que a ustedes, me aborreció a mí. Si fueran del mundo, el mundo los querría como a los suyos. Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo. Por eso el mundo los aborrece. Recuerden lo que les dije: 'Ningún siervo es más que su amo'. Si a mí me han perseguido, a ustedes también los perseguirán. Si han obedecido mis enseñanzas, también obedecerán las de ustedes. Los tratarán así por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió" (Juan 15:18-20).
"Así que les digo esto y les insisto en el Señor: No vivan más con pensamientos frívolos como los paganos. A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, estos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios. Han perdido toda vergüenza, se han entregado a la inmoralidad, y no se sacian de cometer toda clase de actos indecentes. No fue ésta la enseñanza que ustedes recibieron acerca de Cristo, si de veras se les habló y enseñó de Jesús según la verdad que está en él. Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad" (Efesios 4:17-24).
Bueno, creo que los dos pasajes son bastante fuertes. Y supongo que en algún punto, problemáticos. Nos proponen un nivel de compromiso que tal vez no nos hayamos planteado antes. Esto posiblemente empiece a pasar más seguido a medida que avanzamos. Mi consejo es que si se sienten desafiados o confrontados, acepten el desafío. A veces asusta, pero siempre vale la pena.
Dios nos propone un grado de entrega total. Andar con él no es solamente creer, leer la biblia y orar. Es mucho más. Dice el pasaje de Juan que Jesús nos escoge de entre el mundo. Desde el momento en que decidimos que Dios sea parte de nuestras vidas, se produce un quiebre en nosotros: empezamos a querer hacer cosas que antes no hacíamos, o dejar de hacer cosas que antes hacíamos. Eso es natural, porque Dios va renovando nuestra manera de pensar a medida que se lo permitimos.
Pero mucha gente se va a oponer a que cambiemos esas cosas, en nombre del "sentido común". Nosotros mismos podemos oponernos a esos cambios. Tal vez la expresión "no ser del mundo" suena un poco fuerte. ¿Qué somos? ¿Extraterrestres, o algo así? Bueno, en cierta forma, sí. La sociedad que nos rodea, independientemente de cuál sea nuestro origen, nos trata de moldear según ciertas normas, ciertos parámetros. Nos enseñan qué es verdadero y qué no, qué es malo y qué no es tan malo, qué es bueno, qué conviene y qué no conviene hacer. Sentido común.
Pero Dios nos va a proponer cosas que van a chocar con esto. No sólo eso, nuestros pensamientos van a empezar a cambiar, nuestra manera de entender la vida. Sin embargo, llevarlo a la práctica no es tan fácil. Como dije en alguna parte de la reflexión anterior, a medida que vamos entendiendo la esencia de nuestra fe y vamos tomándola más en serio, nos acercamos a un punto al mismo tiempo arriesgado e importante, podríamos decir que decisivo, climático: el punto en que nuestra fe y nuestra vida diaria entran en conflicto. Ésta es la encrucijada, el momento en el que tenemos que decidir dónde ponemos nuestra confianza.
Como personas, seres humanos de carne y hueso, tenemos pasiones. ¿Qué son las pasiones? Bueno, es todo lo que nos moviliza, nos impulsa, nuestros deseos más fuertes. Todo lo que hacemos porque nos resulta irresistible. Muchas veces no se trata de cosas malas en sí mismas, pero que hechas impulsivamente y con imprudencia terminan teniendo malos resultados. Actuamos sin pensar y desmedidamente, y cuando nos damos cuenta nos enredamos en situaciones de las que parecería que no nos podemos desenredar. Muchas veces elegimos dejarnos llevar porque todo el mundo lo hace, y entonces debería estar bueno. Y así terminamos pensando del modo que piensan los demás. Nos quedamos en el molde.
En el pasaje de Juan, Jesús se refiere a ese molde como "el mundo". Ya hablé de esto en algún momento. El apóstol Pablo dice también: "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente" (Romanos 12:2). Hay dos maneras de vivir, en el molde o fuera de él. A la larga esas dos maneras son incompatibles. El molde implica los "pensamientos frívolos" del pasaje de Efesios, es decir, no pensar en lo que hay más allá de lo que vemos, y dejarnos llevar por los impulsos, los "deseos engañosos".
Son justamente eso: deseos que no son lo que parecen ser. Parece que está todo bien, pero en realidad tienen consecuencias negativas para nosotros y los que nos rodean. "No se sacian", dice Efesios. Y es cierto: una cosa lleva a la otra, de una pasión voy a otra, y nuestro corazón va alejándose de Dios. Se hace cada vez más duro a lo que él nos dice. Podemos incluso terminar cayendo en el "cumplir y vivir" del que hablaba en la publicación pasada. Éste es el gran problema del molde de nuestra sociedad: sólo se fija en lo que se ve y se toca, lo inmediato, lo evidente, causa y efecto.
Pero tenemos que entender que la verdadera vida está en Jesús, y Jesús está fuera del molde. Mientras vivamos la vida que nos dijeron que era mejor, probablemente hagamos agua por muchos lados. Mientras nos mantengamos dentro del molde, nos vamos a sentir presionados, atrapados por cosas que en realidad no decidimos libremente, sino por un "sentido común" que nos impusieron. Pero Jesús dice: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10:10). Cuando salimos del molde, nuestra vida se vuelve mucho mejor, mucho más plena, mucho más cargada de sentido y de libertad. ¡Pero nosotros somos los que tenemos que decidirnos a salir!
Y para salir del molde, tenemos que animarnos a pensar diferente. A no dejarnos llevar por lo que la sociedad nos enseña que conviene, o que está bueno, o que hay que hacer o pensar. Porque en la sociedad no está la vida, sino en Jesús. Como dije la vez anterior: lo que nos ofrece el mundo es una falsa vida. Jesús nos ofrece una vida de verdad, intensa y llena de sentido.
Ahora, tenemos que entender que si salimos del molde para tener la forma que Dios quiera darnos, mucha gente va a estar disconforme. El pasaje de Juan es claro: a Jesús lo persiguieron por no amoldarse al mundo. A nosotros también nos van a despreciar, o al menos no nos van a comprender. Algunas personas hasta nos van a apoyar, y eso es bueno, porque podemos contagiar la nueva manera de vivir a otras personas. Pero otros nos van a rechazar, y esos otros pueden ser gente muy cercana, incluso nuestra propia familia a veces. Por eso es fundamental entender los beneficios, reales y enormes, que tiene salir del molde. Estar dispuestos a dejar atrás todo lo que haya que dejar atrás. A veces son actividades, a veces intereses, a veces personas que nos dan la espalda. Pero mientras no salgamos del molde, aunque conservemos todo esto, nos vamos a sentir incómodos. Algo no va a encajar en nuestras vidas, porque ya conocimos cómo funcionan las cosas.
La clave está ahí, en la encrucijada. En el momento de optar. Va a haber muchos momentos en realidad, pero el que me parece clave es cuando tenemos que elegir de raíz cómo queremos vivir: como nos dice la sociedad, o como nos ofrece Jesús. Ahí está la clave, en el cambio de mentalidad que se nos propone. Estar en el mundo y no pertenecer al mundo puede dar miedo. Vamos a pasar a ser como extranjeros en cualquier lado, salvo en la iglesia, es decir, cuando estemos con aquellas otras personas que tomaron esa misma decisión. Nos deja muy expuestos, y vamos a ser permanentemente tentados por nuestra antigua manera de pensar y de vivir, y por la manera de vivir de otros, sobre todo cuando veamos que "la pasan bien". Pero recordemos que es un bienestar pasajero, y que suele dejarnos un vacío profundo. El bienestar duradero viene sólo de Dios, si vivimos como él nos ofrece. ¿Nos van a pasar cosas malas? Sí, igual que siempre. Tal vez menos. Tal vez más. Pero Dios nos promete que de todo nos va a librar, como veíamos la vez anterior.
Puede parecer, y hasta ser, muy difícil al principio. También podemos tropezar, o hasta caer, pero Dios nos va a seguir esperando. Una vez que se produjo el cambio de mente en serio, es irreversible. Se trata básicamente de lo que antes fui y de lo que ahora soy, como en el pasaje de Efesios. Vieja naturaleza, nueva naturaleza. Es un proceso, por supuesto, hasta que se va volviendo realidad en cosas concretas de nuestra vida. Pero nuestra forma anterior de vivir ya nos empieza a hacer ruido cuando tomamos la decisión.
Es importantísimo saber que SIEMPRE hay vuelta atrás. No importa qué tan lejos me haya ido, qué tan bajo haya caído o que tan malo haya sido hasta ahora. Tampoco importa ya cuánta gente haya lastimado hasta acá. El daño está hecho, sí. Pero hasta puede tener remedio. Lo que cuenta es comprometerse, elegir vivir de una forma nueva de ahora en más. Si se lo pedimos a Dios, él se encarga de desenredarnos de todo lo que nos fue atando hasta acá. Y siempre está esperando que se lo pidamos.
Insisto: hay una sola vida, y hay que vivirla. Esa vida verdadera, lo único que podemos llamar realmente vida, está en Cristo, y para vivirla es necesario salir del molde. Sólo así podemos hacer coincidir la fe con la vida cotidiana y superar la encrucijada, para descubrir que todo eso que la fe nos enseñaba también era muy real. Lo primero es el cambio de mentalidad: la palabra arrepentimiento, originalmente, significa eso. Dejar de pensar como antes, y por lo tanto de vivir como antes, y empezar a ver las cosas como Dios me propone, eligiendo entonces también vivir como él me ofrece. Las consecuencias son gigantes, pero sobre todo para nuestro bienestar.
Que el Dios que hace nuevas todas las cosas impacte profundamente nuestras vidas, para que podamos dar el paso decisivo y elegir vivir cada día con él, y como él nos propone, y así podamos empezar a comprobar que la vida que nos ofrece es mucho más hermosa de lo que a veces imaginamos o de lo que otros nos hacen creer. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
"Si el mundo los aborrece, tengan presente que antes que a ustedes, me aborreció a mí. Si fueran del mundo, el mundo los querría como a los suyos. Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los he escogido de entre el mundo. Por eso el mundo los aborrece. Recuerden lo que les dije: 'Ningún siervo es más que su amo'. Si a mí me han perseguido, a ustedes también los perseguirán. Si han obedecido mis enseñanzas, también obedecerán las de ustedes. Los tratarán así por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió" (Juan 15:18-20).
"Así que les digo esto y les insisto en el Señor: No vivan más con pensamientos frívolos como los paganos. A causa de la ignorancia que los domina y por la dureza de su corazón, estos tienen oscurecido el entendimiento y están alejados de la vida que proviene de Dios. Han perdido toda vergüenza, se han entregado a la inmoralidad, y no se sacian de cometer toda clase de actos indecentes. No fue ésta la enseñanza que ustedes recibieron acerca de Cristo, si de veras se les habló y enseñó de Jesús según la verdad que está en él. Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida por los deseos engañosos; ser renovados en la actitud de su mente; y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios, en verdadera justicia y santidad" (Efesios 4:17-24).
Bueno, creo que los dos pasajes son bastante fuertes. Y supongo que en algún punto, problemáticos. Nos proponen un nivel de compromiso que tal vez no nos hayamos planteado antes. Esto posiblemente empiece a pasar más seguido a medida que avanzamos. Mi consejo es que si se sienten desafiados o confrontados, acepten el desafío. A veces asusta, pero siempre vale la pena.
Dios nos propone un grado de entrega total. Andar con él no es solamente creer, leer la biblia y orar. Es mucho más. Dice el pasaje de Juan que Jesús nos escoge de entre el mundo. Desde el momento en que decidimos que Dios sea parte de nuestras vidas, se produce un quiebre en nosotros: empezamos a querer hacer cosas que antes no hacíamos, o dejar de hacer cosas que antes hacíamos. Eso es natural, porque Dios va renovando nuestra manera de pensar a medida que se lo permitimos.
Pero mucha gente se va a oponer a que cambiemos esas cosas, en nombre del "sentido común". Nosotros mismos podemos oponernos a esos cambios. Tal vez la expresión "no ser del mundo" suena un poco fuerte. ¿Qué somos? ¿Extraterrestres, o algo así? Bueno, en cierta forma, sí. La sociedad que nos rodea, independientemente de cuál sea nuestro origen, nos trata de moldear según ciertas normas, ciertos parámetros. Nos enseñan qué es verdadero y qué no, qué es malo y qué no es tan malo, qué es bueno, qué conviene y qué no conviene hacer. Sentido común.
Pero Dios nos va a proponer cosas que van a chocar con esto. No sólo eso, nuestros pensamientos van a empezar a cambiar, nuestra manera de entender la vida. Sin embargo, llevarlo a la práctica no es tan fácil. Como dije en alguna parte de la reflexión anterior, a medida que vamos entendiendo la esencia de nuestra fe y vamos tomándola más en serio, nos acercamos a un punto al mismo tiempo arriesgado e importante, podríamos decir que decisivo, climático: el punto en que nuestra fe y nuestra vida diaria entran en conflicto. Ésta es la encrucijada, el momento en el que tenemos que decidir dónde ponemos nuestra confianza.
Como personas, seres humanos de carne y hueso, tenemos pasiones. ¿Qué son las pasiones? Bueno, es todo lo que nos moviliza, nos impulsa, nuestros deseos más fuertes. Todo lo que hacemos porque nos resulta irresistible. Muchas veces no se trata de cosas malas en sí mismas, pero que hechas impulsivamente y con imprudencia terminan teniendo malos resultados. Actuamos sin pensar y desmedidamente, y cuando nos damos cuenta nos enredamos en situaciones de las que parecería que no nos podemos desenredar. Muchas veces elegimos dejarnos llevar porque todo el mundo lo hace, y entonces debería estar bueno. Y así terminamos pensando del modo que piensan los demás. Nos quedamos en el molde.
En el pasaje de Juan, Jesús se refiere a ese molde como "el mundo". Ya hablé de esto en algún momento. El apóstol Pablo dice también: "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente" (Romanos 12:2). Hay dos maneras de vivir, en el molde o fuera de él. A la larga esas dos maneras son incompatibles. El molde implica los "pensamientos frívolos" del pasaje de Efesios, es decir, no pensar en lo que hay más allá de lo que vemos, y dejarnos llevar por los impulsos, los "deseos engañosos".
Son justamente eso: deseos que no son lo que parecen ser. Parece que está todo bien, pero en realidad tienen consecuencias negativas para nosotros y los que nos rodean. "No se sacian", dice Efesios. Y es cierto: una cosa lleva a la otra, de una pasión voy a otra, y nuestro corazón va alejándose de Dios. Se hace cada vez más duro a lo que él nos dice. Podemos incluso terminar cayendo en el "cumplir y vivir" del que hablaba en la publicación pasada. Éste es el gran problema del molde de nuestra sociedad: sólo se fija en lo que se ve y se toca, lo inmediato, lo evidente, causa y efecto.
Pero tenemos que entender que la verdadera vida está en Jesús, y Jesús está fuera del molde. Mientras vivamos la vida que nos dijeron que era mejor, probablemente hagamos agua por muchos lados. Mientras nos mantengamos dentro del molde, nos vamos a sentir presionados, atrapados por cosas que en realidad no decidimos libremente, sino por un "sentido común" que nos impusieron. Pero Jesús dice: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia" (Juan 10:10). Cuando salimos del molde, nuestra vida se vuelve mucho mejor, mucho más plena, mucho más cargada de sentido y de libertad. ¡Pero nosotros somos los que tenemos que decidirnos a salir!
Y para salir del molde, tenemos que animarnos a pensar diferente. A no dejarnos llevar por lo que la sociedad nos enseña que conviene, o que está bueno, o que hay que hacer o pensar. Porque en la sociedad no está la vida, sino en Jesús. Como dije la vez anterior: lo que nos ofrece el mundo es una falsa vida. Jesús nos ofrece una vida de verdad, intensa y llena de sentido.
Ahora, tenemos que entender que si salimos del molde para tener la forma que Dios quiera darnos, mucha gente va a estar disconforme. El pasaje de Juan es claro: a Jesús lo persiguieron por no amoldarse al mundo. A nosotros también nos van a despreciar, o al menos no nos van a comprender. Algunas personas hasta nos van a apoyar, y eso es bueno, porque podemos contagiar la nueva manera de vivir a otras personas. Pero otros nos van a rechazar, y esos otros pueden ser gente muy cercana, incluso nuestra propia familia a veces. Por eso es fundamental entender los beneficios, reales y enormes, que tiene salir del molde. Estar dispuestos a dejar atrás todo lo que haya que dejar atrás. A veces son actividades, a veces intereses, a veces personas que nos dan la espalda. Pero mientras no salgamos del molde, aunque conservemos todo esto, nos vamos a sentir incómodos. Algo no va a encajar en nuestras vidas, porque ya conocimos cómo funcionan las cosas.
La clave está ahí, en la encrucijada. En el momento de optar. Va a haber muchos momentos en realidad, pero el que me parece clave es cuando tenemos que elegir de raíz cómo queremos vivir: como nos dice la sociedad, o como nos ofrece Jesús. Ahí está la clave, en el cambio de mentalidad que se nos propone. Estar en el mundo y no pertenecer al mundo puede dar miedo. Vamos a pasar a ser como extranjeros en cualquier lado, salvo en la iglesia, es decir, cuando estemos con aquellas otras personas que tomaron esa misma decisión. Nos deja muy expuestos, y vamos a ser permanentemente tentados por nuestra antigua manera de pensar y de vivir, y por la manera de vivir de otros, sobre todo cuando veamos que "la pasan bien". Pero recordemos que es un bienestar pasajero, y que suele dejarnos un vacío profundo. El bienestar duradero viene sólo de Dios, si vivimos como él nos ofrece. ¿Nos van a pasar cosas malas? Sí, igual que siempre. Tal vez menos. Tal vez más. Pero Dios nos promete que de todo nos va a librar, como veíamos la vez anterior.
Puede parecer, y hasta ser, muy difícil al principio. También podemos tropezar, o hasta caer, pero Dios nos va a seguir esperando. Una vez que se produjo el cambio de mente en serio, es irreversible. Se trata básicamente de lo que antes fui y de lo que ahora soy, como en el pasaje de Efesios. Vieja naturaleza, nueva naturaleza. Es un proceso, por supuesto, hasta que se va volviendo realidad en cosas concretas de nuestra vida. Pero nuestra forma anterior de vivir ya nos empieza a hacer ruido cuando tomamos la decisión.
Es importantísimo saber que SIEMPRE hay vuelta atrás. No importa qué tan lejos me haya ido, qué tan bajo haya caído o que tan malo haya sido hasta ahora. Tampoco importa ya cuánta gente haya lastimado hasta acá. El daño está hecho, sí. Pero hasta puede tener remedio. Lo que cuenta es comprometerse, elegir vivir de una forma nueva de ahora en más. Si se lo pedimos a Dios, él se encarga de desenredarnos de todo lo que nos fue atando hasta acá. Y siempre está esperando que se lo pidamos.
Insisto: hay una sola vida, y hay que vivirla. Esa vida verdadera, lo único que podemos llamar realmente vida, está en Cristo, y para vivirla es necesario salir del molde. Sólo así podemos hacer coincidir la fe con la vida cotidiana y superar la encrucijada, para descubrir que todo eso que la fe nos enseñaba también era muy real. Lo primero es el cambio de mentalidad: la palabra arrepentimiento, originalmente, significa eso. Dejar de pensar como antes, y por lo tanto de vivir como antes, y empezar a ver las cosas como Dios me propone, eligiendo entonces también vivir como él me ofrece. Las consecuencias son gigantes, pero sobre todo para nuestro bienestar.
Que el Dios que hace nuevas todas las cosas impacte profundamente nuestras vidas, para que podamos dar el paso decisivo y elegir vivir cada día con él, y como él nos propone, y así podamos empezar a comprobar que la vida que nos ofrece es mucho más hermosa de lo que a veces imaginamos o de lo que otros nos hacen creer. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
lunes, 19 de agosto de 2013
La nueva vida 1 - Dos vidas paralelas
Hola a todos. Me demoré un poco, pero acá estoy de nuevo para seguir publicando esta serie de reflexiones sobre la vida cristiana, es decir, la nueva vida que encontramos en Cristo. Por supuesto que siempre van a quedar muchísimas cosas para agregar a lo que yo diga, y además lo que yo escribo acá son reflexiones mías basadas en la palabra de Dios, o sea que no es ninguna verdad revelada este blog. Por esos dos motivos me parece importante que, si sienten que Dios también les dijo algo a ustedes, o si hay algo que no les queda claro, que no entienden o con lo cual no están del todo de acuerdo, lo comenten. Fuera de eso, no olviden orar antes de leer esto, para que sea Dios el que les hable y no sólo yo.
En la publicación anterior dije que había tres cosas que eran la base, el requisito para poder aprovechar estas reflexiones, y cualquier intento de entender y profundizar (o tal vez para algunos empezar a vivir) esta nueva vida que Dios nos propone. Creer en que la biblia es la palabra de Dios, y conocerla; creer en que Jesús es el Hijo de Dios, o al menos tener presente la posibilidad, y hablar con él en la intimidad, es decir, por cuenta propia; y estar dispuestos a dejar de lado el sentido común que nos ofrece la sociedad, arriesgándonos a descubrir cosas que, si aceptamos que son ciertas, puedan hacer que parezcamos un poco locos. Dios hace todo el resto.
"Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida. Ciertamente les aseguro que ya viene la hora, y ha llegado ya, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan, vivirán" (Juan 5:24-25).
"¿Por qué quebrantan ustedes el mandamiento de Dios a causa de la tradición? Dios dijo: 'Honra a tu padre y a tu madre', y también: 'El que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte'. Ustedes, en cambio, enseñan que un hijo puede decir a su padre o a su madre: 'Cualquier ayuda que pudiera darte ya se la he dedicado como ofrenda a Dios'. En ese caso, el tal hijo no tiene que honrar a su padre. Así por causa de la tradición anulan ustedes la palabra de Dios. ¡Hipócritas! Tenía razón Isaías cuando profetizó de ustedes: 'Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Mateo 15:3-8).
Más de una vez escuché en boca de otras personas la frase "hay una sola vida, y hay que vivirla". Generalmente se la usa para justificarse al hacer alguna cosa que no está bien vista pero proporciona diversión, placer, o algo así. Tal vez muchos piensen "no estoy muy de acuerdo con esa filosofía", tal vez otros digan "sí, tal cual, la vida hay que vivirla y disfrutarla porque es una sola". Yo quiero agregar algo a esta frase, una idea que me cambió totalmente la perspectiva.
A algunos podría parecerle difícil conciliar esa afirmación con la perspectiva cristiana. A mí me pasaba, de hecho. ¿Una sola vida? ¿Dónde está la trascendencia? ¿Y la vida después de la muerte? ¿Y cómo es eso de que "hay que vivirla"? ¿Es así, tan simple? Bueno, decirlo es así de fácil, pero pienso que aplicarlo puede complicarse un poco más.
Creo que el principal problema de esta afirmación es hacerla encajar con los parámetros de lo que creemos que es una vida cristiana, una vida que agrade a Dios. Porque miramos alrededor y todos llevan una vida medianamente normal: amigos, familia, estudios, salidas, fiestas, actividades de todo tipo. Pero cuando empezamos a querer mezclar la iglesia en esta vida, o nuestras creencias, por algún lado nos empieza a hacer agua.
En realidad, pienso que hay tres maneras de hacerlo, y voy a tratar de explicarlas resumidamente. A la primera forma la llamo "cumplir y vivir", y creo que es la que más automáticamente nos sale, y por lo tanto la más común. Ésta fue mi actitud durante mis primeros años de contacto con Dios o con la iglesia. Se trata precisamente de eso: voy cada semana a la iglesia, o al menos a mi grupo de jóvenes.
Es más, no hace falta que vaya todas las semanas, alcanza con que aparezca al menos de vez en cuando, para alguna actividad especial. Navidad, Semana Santa, Pentecostés, bautismos, casamientos, comuniones, confirmaciones; siempre hay algún motivo especial por el que puedo ir y ya la gente me tiene de vista. En realidad, a los chicos de mi grupo incluso los puedo ver aparte, y ya no hace falta ni que sacrifique un sábado. En cualquier caso no afecta para nada mi vida, no influye. Tal vez ni esté en mi agenda. Es una distracción, digamos. Cumplo, ya sea más o menos seguido, para que esté todo bien con mi familia, o con los chicos de mi grupo, o con la gente de la iglesia, o porque disfruto de ese momento social, pero fuera de eso, mi vida sigue como siempre.
La segunda manera es un tanto más arriesgada. Prácticamente es como tener dos vidas que se superponen. Una en la iglesia y otra afuera. Voy a la iglesia siempre, y me comprometo bastante. Me anoto en todos los proyectos sociales, en todas las salidas que puedo, retiros, campamentos, cursos y estudios bíblicos. A veces porque en verdad me interesa y otras veces es como "cumplir" pero llevado al extremo.
Pero por otro lado, sigue sin cambiar mi vida, sin influir. Es como que son dos cosas diferentes: una cosa es la iglesia, sus pautas, sus normas, y otra cosa es la vida cotidiana. No tienen que mezclarse, ni hay que sacar las cosas de su ámbito. Cada cosa en su lugar. A veces voy a la iglesia o hago todas esas cosas simplemente porque me hace bien, pero en definitiva no estoy seguro de querer agregar esas cosas a mi propia vida, a la "vida real", digamos.
El principal riesgo de esto es que al no practicar fuera de la iglesia todo lo que aprendo, cada vez se hace más abstracto, más teórico todo, y puedo terminar cayendo en el legalismo: pensar que lo importante es hacer todo bien al pie de la letra, lo cual me obliga a mantener siempre la imagen de recto, perfecto y bueno para no sentirme mal conmigo mismo o con los demás. Incluso me puede llevar a menospreciar a los que no viven según los valores cristianos, tal vez sin darme cuenta de que en la práctica yo tampoco lo hago, al menos no fuera de la iglesia.
Creo que contra esta segunda manera es que habla Jesús en el pasaje de Mateo. Les está respondiendo a los escribas y fariseos que le preguntaron: "¿Por qué quebrantan tus discípulos la tradición de los ancianos? ¡Comen sin cumplir primero el rito de lavarse las manos!" (Mateo 15:2). No es que no se limpiaran las manos, sino que había toda una forma, dictada por la costumbre, de lavarse para que las manos estuvieran puras de verdad. Supuestamente era parte de lo que Dios mandaba. Pero lo que Jesús les dice que con su apariencia de piedad, imponían a la gente reglas humanas que Dios nunca había establecido.
Es como cuando se nos condiciona por la forma en que tenemos que vestir, por cómo tenemos que hablar o por qué se puede hacer dentro de la iglesia y qué no, o qué música podemos y no podemos escuchar. "¡Hipócritas!", nos dice Jesús. Como si sólo en la iglesia Dios me viera hacer las cosas. "No se puede fumar en la iglesia", nos podrían decir, "ni siquiera en el patio". ¿Cómo? ¿Lo que importa es que no lo haga adentro de la iglesia, aunque lo haga afuera? "No se dicen malas palabras en la iglesia". ¿Ah, pero afuera sí? ¿Sólo el lugar donde la iglesia se reúne es "santo"?
Jesús nos propone una tercera forma de vivir. Yo la llamaría "la iglesia soy yo". ¿La gente dice que la vida es una sola? Estoy de acuerdo, totalmente de acuerdo. Jesús dijo "yo soy el camino, la verdad, y la vida" (Juan 14:6). En otro pasaje la biblia nos dice que "el que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida" (1 Juan 5:12). Y el pasaje de Juan con el que empecé esta reflexión es bastante potente en este sentido: dice que "los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan, vivirán" (Juan 5:25). No dice que los que están vivos van a oir la voz de Dios para tener una nueva vida, ni que si escuchamos la voz del Hijo de Dios mientras estamos vivos, al morir vamos a tener vida eterna. El que no tiene al Hijo, no tiene la vida. Eterna o no eterna. La vida es una sola: Jesús. Fuera de él no existe la vida.
Insisto: la vida es una sola: Jesús. Lo que va por fuera de él, no es vida. ¿Caminamos? Sí. ¿Hacemos cosas? Sí. ¿Nos pasan cosas? Sí. Pero somos como muertos en vida. La vida es estar con Dios, por definición. La vida es andar el camino que Dios nos propone. Eso es vivir. La muerte es estar separado de Dios, y eso ocurre en esta vida, cuando no le doy importancia a Dios, cuando no me interesa lo que tenga para mí, cuando lo ignoro totalmente y descreo que pueda siquiera existir. Eso es muerte. Y la vida es Jesús. Dios es la vida. Por eso, la iglesia soy yo. Si vivo, vivo con Dios. Y si vivo con él, a todos lados donde voy lo llevo. Llevo sus normas, sus pautas, su manera de vivir. Si algo es verdadero para el ámbito de la iglesia, también necesariamente es válido para mi vida "fuera de la iglesia", que en realidad no existe porque yo soy la iglesia. En cualquier parte donde estoy, la iglesia está, y por lo tanto todo, absolutamente todo en mi vida, ocurre dentro del marco de la iglesia.
Por eso, la cosa no es ser perfecto, intachable, ser el más bueno de todos. No es que somos mejores porque somos cristianos. Es que somos cristianos todo el tiempo, en cualquier parte. Es el compromiso con Jesús lo que marca la diferencia. Las mismas cosas que me parecen inapropiadas para la iglesia me tienen que parecer inapropiadas para el resto de los ámbitos de mi vida. De eso se trata la vida nueva en Cristo, la que Dios nos ofrece. Tiene que ver con un cambio de perspectiva. Más que una vida nueva, deberíamos decir que es una vida verdadera, porque lo otro, desde el punto de vista de Dios, es muerte. Sólo se puede lograr esto buscando a Jesús de manera permanente, teniendo una relación con Dios a través de él. ¿Hay dudas sobre cómo es, sobre cómo hacer tal o cuál cosa, sobre por qué esto o para qué lo otro? Sí, por supuesto. Pero lo que realmente importa, lo más inmediato, es conocer a Jesús, y reconocerlo como Hijo de Dios. Lo demás viene después.
Hay una sola vida, y hay que vivirla. Es lo mejor que podemos hacer. La vida es una, y está en Jesús, y la mejor opción es apostar todo por esa vida. Porque lo demás es muerte: o sea, es gris, sin sabor, sin emoción. Esto no parece cierto, ¿no? La gente se divierte mucho sin Dios. Pero todo eso es pasajero, incluso dentro del lapso de la vida humana. A veces dura minutos, a veces horas, o a veces días. Incluso algunos años. Pero al final todo se va dejando un sabor amargo, a veces terminamos peor que antes de meternos en eso que parecía tan bueno. Y hablo de cosas cotidianas: una carrera, un hobbie, un deporte, una amistad, una relación de pareja. Pero la vida de Dios es eterna: todo lo que recibimos mientras estamos con él, deja un efecto permanente en nuestras vidas, y siempre es, a la corta o a la larga, bueno, sin dudas mucho mejor que la falsa vida que se nos ofrece desde que nacemos. Diríamos en lenguaje coloquial, "Dios es la posta", o "Dios tiene la posta". Por eso esta vida que él nos ofrece hay que vivirla. Es lo mejor que podemos hacer. ¿Pueden pasarnos cosas malas? Sí. ¿Podemos pasar por momentos desagradables? Sí. Pero esta afirmación que parece muy teórica es absolutamente real en la práctica, y cuando lo experimentamos realmente lo sentimos como real: "en todo esto somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó" (Romanos 8:37).
Espero que haya sido de mucha bendición para todos. La vida es una y hay que vivirla, y sólo Cristo es la vida. Todo lo demás es relleno o simplemente cosas lindas que podemos agregar a la vida. Pero en todo momento, lo más importante es cómo está nuestra relación personal con Jesús y cuánto estamos conviviendo con él en nuestras vidas cotidianas.
Que el Dios que da vida a los muertos nos enseñe a vivir siempre dentro de sus pautas, para que podamos llevar con nosotros siempre a su Hijo, que nos mantiene firmes, nos ayuda a sobrepasar las dudas y las dificultades, y nos lleva cada día a renovarnos según su manera de vivir. ¡AMÉN!
En la publicación anterior dije que había tres cosas que eran la base, el requisito para poder aprovechar estas reflexiones, y cualquier intento de entender y profundizar (o tal vez para algunos empezar a vivir) esta nueva vida que Dios nos propone. Creer en que la biblia es la palabra de Dios, y conocerla; creer en que Jesús es el Hijo de Dios, o al menos tener presente la posibilidad, y hablar con él en la intimidad, es decir, por cuenta propia; y estar dispuestos a dejar de lado el sentido común que nos ofrece la sociedad, arriesgándonos a descubrir cosas que, si aceptamos que son ciertas, puedan hacer que parezcamos un poco locos. Dios hace todo el resto.
"Ciertamente les aseguro que el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no será juzgado, sino que ha pasado de la muerte a la vida. Ciertamente les aseguro que ya viene la hora, y ha llegado ya, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan, vivirán" (Juan 5:24-25).
"¿Por qué quebrantan ustedes el mandamiento de Dios a causa de la tradición? Dios dijo: 'Honra a tu padre y a tu madre', y también: 'El que maldiga a su padre o a su madre será condenado a muerte'. Ustedes, en cambio, enseñan que un hijo puede decir a su padre o a su madre: 'Cualquier ayuda que pudiera darte ya se la he dedicado como ofrenda a Dios'. En ese caso, el tal hijo no tiene que honrar a su padre. Así por causa de la tradición anulan ustedes la palabra de Dios. ¡Hipócritas! Tenía razón Isaías cuando profetizó de ustedes: 'Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí" (Mateo 15:3-8).
Más de una vez escuché en boca de otras personas la frase "hay una sola vida, y hay que vivirla". Generalmente se la usa para justificarse al hacer alguna cosa que no está bien vista pero proporciona diversión, placer, o algo así. Tal vez muchos piensen "no estoy muy de acuerdo con esa filosofía", tal vez otros digan "sí, tal cual, la vida hay que vivirla y disfrutarla porque es una sola". Yo quiero agregar algo a esta frase, una idea que me cambió totalmente la perspectiva.
A algunos podría parecerle difícil conciliar esa afirmación con la perspectiva cristiana. A mí me pasaba, de hecho. ¿Una sola vida? ¿Dónde está la trascendencia? ¿Y la vida después de la muerte? ¿Y cómo es eso de que "hay que vivirla"? ¿Es así, tan simple? Bueno, decirlo es así de fácil, pero pienso que aplicarlo puede complicarse un poco más.
Creo que el principal problema de esta afirmación es hacerla encajar con los parámetros de lo que creemos que es una vida cristiana, una vida que agrade a Dios. Porque miramos alrededor y todos llevan una vida medianamente normal: amigos, familia, estudios, salidas, fiestas, actividades de todo tipo. Pero cuando empezamos a querer mezclar la iglesia en esta vida, o nuestras creencias, por algún lado nos empieza a hacer agua.
En realidad, pienso que hay tres maneras de hacerlo, y voy a tratar de explicarlas resumidamente. A la primera forma la llamo "cumplir y vivir", y creo que es la que más automáticamente nos sale, y por lo tanto la más común. Ésta fue mi actitud durante mis primeros años de contacto con Dios o con la iglesia. Se trata precisamente de eso: voy cada semana a la iglesia, o al menos a mi grupo de jóvenes.
Es más, no hace falta que vaya todas las semanas, alcanza con que aparezca al menos de vez en cuando, para alguna actividad especial. Navidad, Semana Santa, Pentecostés, bautismos, casamientos, comuniones, confirmaciones; siempre hay algún motivo especial por el que puedo ir y ya la gente me tiene de vista. En realidad, a los chicos de mi grupo incluso los puedo ver aparte, y ya no hace falta ni que sacrifique un sábado. En cualquier caso no afecta para nada mi vida, no influye. Tal vez ni esté en mi agenda. Es una distracción, digamos. Cumplo, ya sea más o menos seguido, para que esté todo bien con mi familia, o con los chicos de mi grupo, o con la gente de la iglesia, o porque disfruto de ese momento social, pero fuera de eso, mi vida sigue como siempre.
La segunda manera es un tanto más arriesgada. Prácticamente es como tener dos vidas que se superponen. Una en la iglesia y otra afuera. Voy a la iglesia siempre, y me comprometo bastante. Me anoto en todos los proyectos sociales, en todas las salidas que puedo, retiros, campamentos, cursos y estudios bíblicos. A veces porque en verdad me interesa y otras veces es como "cumplir" pero llevado al extremo.
Pero por otro lado, sigue sin cambiar mi vida, sin influir. Es como que son dos cosas diferentes: una cosa es la iglesia, sus pautas, sus normas, y otra cosa es la vida cotidiana. No tienen que mezclarse, ni hay que sacar las cosas de su ámbito. Cada cosa en su lugar. A veces voy a la iglesia o hago todas esas cosas simplemente porque me hace bien, pero en definitiva no estoy seguro de querer agregar esas cosas a mi propia vida, a la "vida real", digamos.
El principal riesgo de esto es que al no practicar fuera de la iglesia todo lo que aprendo, cada vez se hace más abstracto, más teórico todo, y puedo terminar cayendo en el legalismo: pensar que lo importante es hacer todo bien al pie de la letra, lo cual me obliga a mantener siempre la imagen de recto, perfecto y bueno para no sentirme mal conmigo mismo o con los demás. Incluso me puede llevar a menospreciar a los que no viven según los valores cristianos, tal vez sin darme cuenta de que en la práctica yo tampoco lo hago, al menos no fuera de la iglesia.
Creo que contra esta segunda manera es que habla Jesús en el pasaje de Mateo. Les está respondiendo a los escribas y fariseos que le preguntaron: "¿Por qué quebrantan tus discípulos la tradición de los ancianos? ¡Comen sin cumplir primero el rito de lavarse las manos!" (Mateo 15:2). No es que no se limpiaran las manos, sino que había toda una forma, dictada por la costumbre, de lavarse para que las manos estuvieran puras de verdad. Supuestamente era parte de lo que Dios mandaba. Pero lo que Jesús les dice que con su apariencia de piedad, imponían a la gente reglas humanas que Dios nunca había establecido.
Es como cuando se nos condiciona por la forma en que tenemos que vestir, por cómo tenemos que hablar o por qué se puede hacer dentro de la iglesia y qué no, o qué música podemos y no podemos escuchar. "¡Hipócritas!", nos dice Jesús. Como si sólo en la iglesia Dios me viera hacer las cosas. "No se puede fumar en la iglesia", nos podrían decir, "ni siquiera en el patio". ¿Cómo? ¿Lo que importa es que no lo haga adentro de la iglesia, aunque lo haga afuera? "No se dicen malas palabras en la iglesia". ¿Ah, pero afuera sí? ¿Sólo el lugar donde la iglesia se reúne es "santo"?
Jesús nos propone una tercera forma de vivir. Yo la llamaría "la iglesia soy yo". ¿La gente dice que la vida es una sola? Estoy de acuerdo, totalmente de acuerdo. Jesús dijo "yo soy el camino, la verdad, y la vida" (Juan 14:6). En otro pasaje la biblia nos dice que "el que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida" (1 Juan 5:12). Y el pasaje de Juan con el que empecé esta reflexión es bastante potente en este sentido: dice que "los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan, vivirán" (Juan 5:25). No dice que los que están vivos van a oir la voz de Dios para tener una nueva vida, ni que si escuchamos la voz del Hijo de Dios mientras estamos vivos, al morir vamos a tener vida eterna. El que no tiene al Hijo, no tiene la vida. Eterna o no eterna. La vida es una sola: Jesús. Fuera de él no existe la vida.
Insisto: la vida es una sola: Jesús. Lo que va por fuera de él, no es vida. ¿Caminamos? Sí. ¿Hacemos cosas? Sí. ¿Nos pasan cosas? Sí. Pero somos como muertos en vida. La vida es estar con Dios, por definición. La vida es andar el camino que Dios nos propone. Eso es vivir. La muerte es estar separado de Dios, y eso ocurre en esta vida, cuando no le doy importancia a Dios, cuando no me interesa lo que tenga para mí, cuando lo ignoro totalmente y descreo que pueda siquiera existir. Eso es muerte. Y la vida es Jesús. Dios es la vida. Por eso, la iglesia soy yo. Si vivo, vivo con Dios. Y si vivo con él, a todos lados donde voy lo llevo. Llevo sus normas, sus pautas, su manera de vivir. Si algo es verdadero para el ámbito de la iglesia, también necesariamente es válido para mi vida "fuera de la iglesia", que en realidad no existe porque yo soy la iglesia. En cualquier parte donde estoy, la iglesia está, y por lo tanto todo, absolutamente todo en mi vida, ocurre dentro del marco de la iglesia.
Por eso, la cosa no es ser perfecto, intachable, ser el más bueno de todos. No es que somos mejores porque somos cristianos. Es que somos cristianos todo el tiempo, en cualquier parte. Es el compromiso con Jesús lo que marca la diferencia. Las mismas cosas que me parecen inapropiadas para la iglesia me tienen que parecer inapropiadas para el resto de los ámbitos de mi vida. De eso se trata la vida nueva en Cristo, la que Dios nos ofrece. Tiene que ver con un cambio de perspectiva. Más que una vida nueva, deberíamos decir que es una vida verdadera, porque lo otro, desde el punto de vista de Dios, es muerte. Sólo se puede lograr esto buscando a Jesús de manera permanente, teniendo una relación con Dios a través de él. ¿Hay dudas sobre cómo es, sobre cómo hacer tal o cuál cosa, sobre por qué esto o para qué lo otro? Sí, por supuesto. Pero lo que realmente importa, lo más inmediato, es conocer a Jesús, y reconocerlo como Hijo de Dios. Lo demás viene después.
Hay una sola vida, y hay que vivirla. Es lo mejor que podemos hacer. La vida es una, y está en Jesús, y la mejor opción es apostar todo por esa vida. Porque lo demás es muerte: o sea, es gris, sin sabor, sin emoción. Esto no parece cierto, ¿no? La gente se divierte mucho sin Dios. Pero todo eso es pasajero, incluso dentro del lapso de la vida humana. A veces dura minutos, a veces horas, o a veces días. Incluso algunos años. Pero al final todo se va dejando un sabor amargo, a veces terminamos peor que antes de meternos en eso que parecía tan bueno. Y hablo de cosas cotidianas: una carrera, un hobbie, un deporte, una amistad, una relación de pareja. Pero la vida de Dios es eterna: todo lo que recibimos mientras estamos con él, deja un efecto permanente en nuestras vidas, y siempre es, a la corta o a la larga, bueno, sin dudas mucho mejor que la falsa vida que se nos ofrece desde que nacemos. Diríamos en lenguaje coloquial, "Dios es la posta", o "Dios tiene la posta". Por eso esta vida que él nos ofrece hay que vivirla. Es lo mejor que podemos hacer. ¿Pueden pasarnos cosas malas? Sí. ¿Podemos pasar por momentos desagradables? Sí. Pero esta afirmación que parece muy teórica es absolutamente real en la práctica, y cuando lo experimentamos realmente lo sentimos como real: "en todo esto somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó" (Romanos 8:37).
Espero que haya sido de mucha bendición para todos. La vida es una y hay que vivirla, y sólo Cristo es la vida. Todo lo demás es relleno o simplemente cosas lindas que podemos agregar a la vida. Pero en todo momento, lo más importante es cómo está nuestra relación personal con Jesús y cuánto estamos conviviendo con él en nuestras vidas cotidianas.
Que el Dios que da vida a los muertos nos enseñe a vivir siempre dentro de sus pautas, para que podamos llevar con nosotros siempre a su Hijo, que nos mantiene firmes, nos ayuda a sobrepasar las dudas y las dificultades, y nos lleva cada día a renovarnos según su manera de vivir. ¡AMÉN!
martes, 13 de agosto de 2013
La nueva vida: nacer de nuevo (Introducción)
Hola a todos. Bueno, la vez pasada había anticipado que las próximas reflexiones probablemente estuvieran desconectadas entre sí, que probablemente por un tiempo no hubiera series. Pero me había olvidado de que es Dios el que decide esas cosas. Y en estos días sentí que tenía que compartir otra serie de reflexiones que hace tiempo me había propuesto a mí mismo. Algunas las había hecho, otras me quedaban pendientes, así que van a ser nuevas también para mí.
Todo empezó cuando me pregunté a mí mismo: ¿de qué se trata la nueva vida de la que habla la biblia? Esto empezó a llevarme a otras preguntas, sobre otros tantos temas, como el pecado, la santidad, el arrepentimiento, la entrega, en fin, muchos temas de los que seguramente escribí ya en este blog, pero desde una perspectiva conjunta que antes no había analizado nunca. Y bueno, esto me va a llevar algunas publicaciones, alrededor de 6, supongo. ¡Espero que sean de gran bendición para todos ustedes!
"Había entre los fariseos un dirigente de los judíos llamado Nicodemo. Éste fue de noche a visitar a Jesús.
-Rabí -le dijo-, sabemos que eres un maestro que ha venido de parte de Dios, porque nadie podría hacer las señales que tú haces si Dios no estuviera con él.
-De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios -dijo Jesús."
(Juan 3:1-3)
"¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el entendido? ¿Dónde el filósofo de esta época? ¿No ha convertido Dios en locura la sabiduría de este mundo? Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen."
(1 Corintios 1:20,21)
Bueno, pienso que los textos son muy claros, pero quiero compartirles lo que viene a mi mente al leerlos. No sé si se dieron cuenta, pero el mensaje que están dando estos pasajes es muy directo, y un poco incómodo. Hace un tiempo escuché una canción que, traducida, en un verso diría "guerreros valientes dentro de un cerco, entrega desmedida envuelta en sentido común". La canción se llama algo así como "en un punto medio".
¿Dónde estamos nosotros con respecto a Jesús? Más adelante voy a profundizar más sobre esta idea, pero creo que la clave de esto es que 1 Corintios ya nos anticipa que el mensaje de la cruz es una locura. Jesús mismo dice que no alcanza con ver las cosas que él hace o haya hecho para poder ver el reino de Dios, para poder ver a Dios, diría. Es más, es posible "ver" (y en algunos casos incluso sin comillas) a Dios en esta vida.
Pero sólo hay una manera: "nacer de nuevo". ¿Qué quiere decir esto? Nicodemo le pregunta esto a Jesús en el versículo siguiente al que yo cité. Y le dice "¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y volver a nacer?" (Juan 3:4). Pero lo que está tratando de decir Jesús es que para poder conocer a Dios, y recibir la enorme cantidad de bendiciones que él nos promete, es necesario hacer un salto de fe. No se trata solamente de ver las cosas que Dios hace. No se trata de ir a la iglesia, a la reunión de jóvenes, a los conciertos cristianos, o a otras actividades religiosas. No se trata de ayudar a los pobres. No se trata de portarse bien. No se trata de ser buena persona. ¿No es importante, todo esto? Sí, es importante, pero no es lo más importante. No es lo primero que hay que hacer. La primera diferencia está en otra parte.
Ahora, si pensamos en nuestras propias vidas, probablemente veamos que hay un montón de cosas que arrastramos de nuestro pasado y nos pesan, como errores, experiencias vividas, heridas, miedos, inseguridades, etc. Lo que Jesús nos está proponiendo acá es radical: ¡una vida nueva! Es decir, ¡la oportunidad de empezar de nuevo! Una especie de borrón y cuenta nueva. ¿Van a desaparecer esas cargas? ¿Va a cambiar nuestro pasado? No, pero va a perder el peso que tienen sobre nuestra vida. ¿Vamos a olvidarnos de las cosas que vivimos? No, pero vamos a ser sanados de las heridas que nos provocaron.
Pero tiene un precio. El precio es renunciar al sentido común como lo conocíamos hasta ahora. Porque Dios nos va a pedir que creamos cosas que escapan al sentido común. Jesús es perfecto. "¡Nadie es perfecto!", diría el sentido común. Jesús es hombre y Dios al mismo tiempo, las dos de manera completa. "Imposible, o es Dios, o es hombre, o es mitad y mitad", dice el sentido común. Jesús tenía el poder de salvarse de la cruz, pero eligió quedarse. "No tiene sentido, seguro no tenía el poder de hacerlo". Jesús pagó con su propia vida para que ninguno de nosotros tenga que volver a morir. Pudo hacerlo porque era Dios, fue válido porque era hombre y porque no había fallado en nada. "Ilógico, ¿cómo es que, mágicamente, por la muerte de uno se les perdonan las faltas a todos?". Jesús resucitó, volvió a la vida, y lo vieron muchos. "Esto sí que es demasiado. El que está muerto, está muerto, punto. ¡Los que lo vieron estaban locos!". Lo vieron cientos de personas. ¿Cientos de personas enloquecieron casi al mismo tiempo? "No sé, eso dice la biblia, puede ser una cosa agregada después".
En fin, podría seguir todo el día. Pero son sólo excusas para no creer el mensaje tal como está. No existe "creer un poco en Jesús". Creer en Jesús es necesariamente creer que él es Dios, y que su palabra es totalmente verdadera. Lo que dice que pasó, pasó. Lo que dice que es, es. Los creyentes a medias tienen que tomar una decisión. Esto no es algo que digo en teoría, esto lo sé por experiencia. Un día la vida me confrontó con un punto de quiebre: ¿me la juego por esto? ¿O hago de cuenta que es una linda historia que puede ayudarme? ¿Tan malo es usar el mensaje de la biblia solamente como un ejemplo para hacer las cosas bien? No, no es malo. Es insuficiente. Quiero decir, si hago esto, no voy a poder empezar de nuevo, como me promete Jesús. Porque él me dice: "Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Juan 3:5).
En fin, Dios quiere darnos la posibilidad de empezar de nuevo. Voy a escuchar muchos "sabios", "filósofos" y personas pensantes, todos muy inteligentes, que nos van a dar muchas alternativas. Pero el mensaje de la biblia es claro: no alcanza con pensar cómo. Hay una sola salida para esto. ¿Cuál es la salida? Jesús. Creer en Jesús, creer que la palabra de Dios es verdadera. Que es cierto que necesito a Jesús para ser perdonado, porque no tengo excusa por mis faltas. Que Jesús, siendo Dios, se hizo también humano, y murió para pagar por esas faltas y pagar el precio. Que Jesús resucitó y esto es lo que me da la posibilidad de volver a nacer.
Dios hace el resto. Si el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios, el que nace de nuevo ve a Dios. Alguien me dijo una vez, al poco tiempo de vivir una experiencia intensa de encuentro con el Señor, "me siento como si me hubiera despertado de un sueño". Vivimos como en un sueño, como de un lado del telón. Pero cuando creemos en el mensaje de la cruz, el velo se corre. El telón se cae. "Cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado" (2 Corintios 3:16).
¿Cómo se hace esto? ¿Qué es volverse al Señor? Bueno, la biblia da cientos de respuestas al respecto, pero creo que entonces ahí hay una de las claves: leer la biblia puede ser el primer paso. Pero leerla buscando esa respuesta. Leerla buscando a Dios. Entonces otro primer paso puede ser, sino, hablar con Dios. No es difícil. Solo es concentrarnos en él, y decirle lo que sentimos que queremos decirle. No hay que usar palabras especiales, frases lindas. Sólo hablarle, pedirle que abra nuestros ojos. Esto es algo permanente, conviene hacerlo cada día al abrir su palabra. Y conviene abrir su palabra cada día, porque esto va a llevarnos a renovar nuestra vida permanentemente. Y otro punto importante para volverse al Señor es empezar a descartar lo que antes conocíamos como "sentido común", porque Dios quiere formar en nosotros un nuevo sentido común, mejorado, basado en su forma de considerar las cosas.
Tres cosas para tener en cuenta entonces, a lo largo de esta serie: la palabra de Dios es la sabiduría de la nueva vida. Necesito conocerla, ver qué promesas hay, ver qué regalos hay para mí en esta nueva vida. Para tener esa nueva vida, tengo que acercarme a Jesús: orar, que es básicamente hablar con él, pedirle esa nueva vida. Y tercero, si le pido esa nueva vida tengo que comprometerme con eso que le pido y animarme a parecer un poco "loco" con tal de tener eso que Jesús me ofrece, renunciar al sentido común que me enseñaron y atreverme a creer lo que, según ese sentido común, es "imposible". Creo que con estas tres cosas, ya es suficiente para que el cambio que se produce en nosotros sea mucho más grande de lo que imaginamos. ¿Asusta? Un poco. ¿Vale la pena? Sólo hay una forma de averiguarlo: ¡probando! Pero la gente anda diciendo por ahí que sí, que no hay comparación entre una vida "normal" y una vida con Jesús.
Que el Dios de la sabiduría nueva abra nuestros ojos y renueve nuestras vidas permanentemente, para que en todo momento podamos ver a Jesús y volvernos a él, continuamente, buscándolo de corazón y atreviéndonos a confiar en su palabra. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Todo empezó cuando me pregunté a mí mismo: ¿de qué se trata la nueva vida de la que habla la biblia? Esto empezó a llevarme a otras preguntas, sobre otros tantos temas, como el pecado, la santidad, el arrepentimiento, la entrega, en fin, muchos temas de los que seguramente escribí ya en este blog, pero desde una perspectiva conjunta que antes no había analizado nunca. Y bueno, esto me va a llevar algunas publicaciones, alrededor de 6, supongo. ¡Espero que sean de gran bendición para todos ustedes!
"Había entre los fariseos un dirigente de los judíos llamado Nicodemo. Éste fue de noche a visitar a Jesús.
-Rabí -le dijo-, sabemos que eres un maestro que ha venido de parte de Dios, porque nadie podría hacer las señales que tú haces si Dios no estuviera con él.
-De veras te aseguro que quien no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios -dijo Jesús."
(Juan 3:1-3)
"¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el entendido? ¿Dónde el filósofo de esta época? ¿No ha convertido Dios en locura la sabiduría de este mundo? Ya que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura de la predicación, a los que creen."
(1 Corintios 1:20,21)
Bueno, pienso que los textos son muy claros, pero quiero compartirles lo que viene a mi mente al leerlos. No sé si se dieron cuenta, pero el mensaje que están dando estos pasajes es muy directo, y un poco incómodo. Hace un tiempo escuché una canción que, traducida, en un verso diría "guerreros valientes dentro de un cerco, entrega desmedida envuelta en sentido común". La canción se llama algo así como "en un punto medio".
¿Dónde estamos nosotros con respecto a Jesús? Más adelante voy a profundizar más sobre esta idea, pero creo que la clave de esto es que 1 Corintios ya nos anticipa que el mensaje de la cruz es una locura. Jesús mismo dice que no alcanza con ver las cosas que él hace o haya hecho para poder ver el reino de Dios, para poder ver a Dios, diría. Es más, es posible "ver" (y en algunos casos incluso sin comillas) a Dios en esta vida.
Pero sólo hay una manera: "nacer de nuevo". ¿Qué quiere decir esto? Nicodemo le pregunta esto a Jesús en el versículo siguiente al que yo cité. Y le dice "¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y volver a nacer?" (Juan 3:4). Pero lo que está tratando de decir Jesús es que para poder conocer a Dios, y recibir la enorme cantidad de bendiciones que él nos promete, es necesario hacer un salto de fe. No se trata solamente de ver las cosas que Dios hace. No se trata de ir a la iglesia, a la reunión de jóvenes, a los conciertos cristianos, o a otras actividades religiosas. No se trata de ayudar a los pobres. No se trata de portarse bien. No se trata de ser buena persona. ¿No es importante, todo esto? Sí, es importante, pero no es lo más importante. No es lo primero que hay que hacer. La primera diferencia está en otra parte.
Ahora, si pensamos en nuestras propias vidas, probablemente veamos que hay un montón de cosas que arrastramos de nuestro pasado y nos pesan, como errores, experiencias vividas, heridas, miedos, inseguridades, etc. Lo que Jesús nos está proponiendo acá es radical: ¡una vida nueva! Es decir, ¡la oportunidad de empezar de nuevo! Una especie de borrón y cuenta nueva. ¿Van a desaparecer esas cargas? ¿Va a cambiar nuestro pasado? No, pero va a perder el peso que tienen sobre nuestra vida. ¿Vamos a olvidarnos de las cosas que vivimos? No, pero vamos a ser sanados de las heridas que nos provocaron.
Pero tiene un precio. El precio es renunciar al sentido común como lo conocíamos hasta ahora. Porque Dios nos va a pedir que creamos cosas que escapan al sentido común. Jesús es perfecto. "¡Nadie es perfecto!", diría el sentido común. Jesús es hombre y Dios al mismo tiempo, las dos de manera completa. "Imposible, o es Dios, o es hombre, o es mitad y mitad", dice el sentido común. Jesús tenía el poder de salvarse de la cruz, pero eligió quedarse. "No tiene sentido, seguro no tenía el poder de hacerlo". Jesús pagó con su propia vida para que ninguno de nosotros tenga que volver a morir. Pudo hacerlo porque era Dios, fue válido porque era hombre y porque no había fallado en nada. "Ilógico, ¿cómo es que, mágicamente, por la muerte de uno se les perdonan las faltas a todos?". Jesús resucitó, volvió a la vida, y lo vieron muchos. "Esto sí que es demasiado. El que está muerto, está muerto, punto. ¡Los que lo vieron estaban locos!". Lo vieron cientos de personas. ¿Cientos de personas enloquecieron casi al mismo tiempo? "No sé, eso dice la biblia, puede ser una cosa agregada después".
En fin, podría seguir todo el día. Pero son sólo excusas para no creer el mensaje tal como está. No existe "creer un poco en Jesús". Creer en Jesús es necesariamente creer que él es Dios, y que su palabra es totalmente verdadera. Lo que dice que pasó, pasó. Lo que dice que es, es. Los creyentes a medias tienen que tomar una decisión. Esto no es algo que digo en teoría, esto lo sé por experiencia. Un día la vida me confrontó con un punto de quiebre: ¿me la juego por esto? ¿O hago de cuenta que es una linda historia que puede ayudarme? ¿Tan malo es usar el mensaje de la biblia solamente como un ejemplo para hacer las cosas bien? No, no es malo. Es insuficiente. Quiero decir, si hago esto, no voy a poder empezar de nuevo, como me promete Jesús. Porque él me dice: "Yo te aseguro que quien no nazca de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios" (Juan 3:5).
En fin, Dios quiere darnos la posibilidad de empezar de nuevo. Voy a escuchar muchos "sabios", "filósofos" y personas pensantes, todos muy inteligentes, que nos van a dar muchas alternativas. Pero el mensaje de la biblia es claro: no alcanza con pensar cómo. Hay una sola salida para esto. ¿Cuál es la salida? Jesús. Creer en Jesús, creer que la palabra de Dios es verdadera. Que es cierto que necesito a Jesús para ser perdonado, porque no tengo excusa por mis faltas. Que Jesús, siendo Dios, se hizo también humano, y murió para pagar por esas faltas y pagar el precio. Que Jesús resucitó y esto es lo que me da la posibilidad de volver a nacer.
Dios hace el resto. Si el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios, el que nace de nuevo ve a Dios. Alguien me dijo una vez, al poco tiempo de vivir una experiencia intensa de encuentro con el Señor, "me siento como si me hubiera despertado de un sueño". Vivimos como en un sueño, como de un lado del telón. Pero cuando creemos en el mensaje de la cruz, el velo se corre. El telón se cae. "Cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado" (2 Corintios 3:16).
¿Cómo se hace esto? ¿Qué es volverse al Señor? Bueno, la biblia da cientos de respuestas al respecto, pero creo que entonces ahí hay una de las claves: leer la biblia puede ser el primer paso. Pero leerla buscando esa respuesta. Leerla buscando a Dios. Entonces otro primer paso puede ser, sino, hablar con Dios. No es difícil. Solo es concentrarnos en él, y decirle lo que sentimos que queremos decirle. No hay que usar palabras especiales, frases lindas. Sólo hablarle, pedirle que abra nuestros ojos. Esto es algo permanente, conviene hacerlo cada día al abrir su palabra. Y conviene abrir su palabra cada día, porque esto va a llevarnos a renovar nuestra vida permanentemente. Y otro punto importante para volverse al Señor es empezar a descartar lo que antes conocíamos como "sentido común", porque Dios quiere formar en nosotros un nuevo sentido común, mejorado, basado en su forma de considerar las cosas.
Tres cosas para tener en cuenta entonces, a lo largo de esta serie: la palabra de Dios es la sabiduría de la nueva vida. Necesito conocerla, ver qué promesas hay, ver qué regalos hay para mí en esta nueva vida. Para tener esa nueva vida, tengo que acercarme a Jesús: orar, que es básicamente hablar con él, pedirle esa nueva vida. Y tercero, si le pido esa nueva vida tengo que comprometerme con eso que le pido y animarme a parecer un poco "loco" con tal de tener eso que Jesús me ofrece, renunciar al sentido común que me enseñaron y atreverme a creer lo que, según ese sentido común, es "imposible". Creo que con estas tres cosas, ya es suficiente para que el cambio que se produce en nosotros sea mucho más grande de lo que imaginamos. ¿Asusta? Un poco. ¿Vale la pena? Sólo hay una forma de averiguarlo: ¡probando! Pero la gente anda diciendo por ahí que sí, que no hay comparación entre una vida "normal" y una vida con Jesús.
Que el Dios de la sabiduría nueva abra nuestros ojos y renueve nuestras vidas permanentemente, para que en todo momento podamos ver a Jesús y volvernos a él, continuamente, buscándolo de corazón y atreviéndonos a confiar en su palabra. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
lunes, 5 de agosto de 2013
La presencia de Dios y la necesidad de Cristo
Hola a todos. Por primera vez publico una reflexión que no es "especial", o sea, temática de alguna fecha, pero que no forma parte de una serie más larga de reflexiones. Estaba leyendo 1 Crónicas hace poco más de un año y me crucé con un pasaje que me hizo reflexionar cosas que jamás me había planteado. Hubo particularmente una idea que vino a mi mente que me abrió la mente a comprender algo que jamás me había ni siquiera cuestionado o preguntado. Bueno, espero que la reflexión sea de gran bendición para todos.
Texto: 1 Crónicas 13:1-10, Juan 14:6, Hebreos 9:1-8
Creo que el pasaje de 1 Crónicas es bastante fuerte y crudo. La primera vez que lo leí repasé una y otra vez el texto, pensando: "no entiendo, ¿por qué murió Uza? Sus intenciones eran buenas, ¡quería proteger el arca del pacto!". Entonces volví al principio del pasaje, porque pensé: "tal vez el problema fue que Dios no quería que trasladaran el arca"; pero el texto no dice nada de eso, y de hecho no fue un capricho de David, sino que lo consultó con la asamblea, y todos estuvieron de acuerdo. No sólo eso, probablemente lo había consultado con Dios, o al menos eso nos da a entender el texto ("... y si es lo que el Señor nuestro Dios desea...", 13:2).
Pero entonces, ¿por qué? ¿Qué hizo Uza de malo para tener que morir, o quién hizo algo mal que terminó teniendo esa consecuencia? ¿El buey por tropezarse? ¿El que puso el arca en la carreta nueva, que la puso mal? Entonces, de repente, entendí una cosa: siempre estamos pensando que nosotros somos los que movemos la vida. Como cuando Pedro le pregunta a Jesús acerca de la ceguera de Bartimeo: "Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?" (Juan 9:2).
Pero Dios, una y otra vez, nos trata de demostrar el mismo punto: "-Ni él pecó, ni sus padres -respondió Jesús-, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida" (Juan 9:3). Lo invisible no es una parte más de la vida: la vida se trata de lo invisible. La vida se trata de Dios, no de nosotros. El mundo gira por él, no por nosotros. Siempre buscamos la explicación de las cosas, buenas y malas, en el ser humano, pero la explicación está en Dios. "¿Qué persona causó que este hombre fuera ciego?", preguntarían los discípulos. Y Jesús diría, "Ninguna persona, sino Dios. Porque todo se trata de Dios, al final".
Lo mismo pasa con el caso de 1 Crónicas. Si lo miramos desde la perspectiva de la acción humana, el pasaje no tiene sentido. Pero si lo pensamos desde la perspectiva de los atributos de Dios, todo cambia. Como explica el pasaje de Hebreos, en el tabernáculo hebreo estaba el Lugar Santísimo, donde estaba originalmente el arca del pacto, que contenía la presencia de Dios. Recordemos que el Espíritu de Dios no estaba individualmente en cada creyente en esa época, sino en el pueblo de Israel como colectividad, y en particular en el lugar de culto, que después de Salomón pasó a ser el templo. Ahí se manifestaba, y ahí, digamos, habitaba la presencia de Dios en ese entonces.
Ahora bien, ¿cómo es la presencia de Dios? ¿Cómo es Dios? Dios es santo. Su presencia es santa. Es limpia, digamos, pura. La naturaleza de Dios es incorrompible, nada puede contaminar a Dios, porque su pureza enseguida destruye cualquier impureza. Por eso el Espíritu nos limpia desde adentro, porque va destruyendo nuestra suciedad. Pero en el tiempo previo a Jesús, sólo las personas designadas por Dios podían acercarse e interactuar con su presencia. Ellos eran los sumos sacerdotes de Israel, los únicos que tenían permitido entrar al Lugar Santísimo. Así y todo, a veces ni ellos podían resistir la santidad y pureza de Dios. ¿Por qué?
Bueno, recordemos que el ser humano está corrompido desde que nace, no porque haya hecho algo mal la persona que nace, sino porque hace milenios le dimos la espalda a Dios. Ningún ser humano puede resistir la presencia de Dios por sí mismo, porque su pureza nos destruiría automáticamente, como le pasó a Uza. Al menos destruiría nuestra existencia física. No sabemos qué pasó con el espíritu de Uza, pero podemos especular con que fue aprobado por su fe y entró a habitar con Dios.
Cuando pienso en esto, sólo puedo relacionarlo con una cosa: Jesús. El único que podría jamás haber tenido permiso para entrar en la presencia de Dios por haber caminado en este mundo sin mancha. Me imagino la presencia de Dios como una luz enorme brillando en medio de una oscuridad infinita. La comparación es complicada, porque la presencia de Dios también es infinita, pero, entonces, no podría haber una oscuridad que no terminara. No me voy a meter con eso porque no es central para entender el punto, y porque además "infinito" es un concepto humano para designar una idea que el hombre no puede ni siquiera imaginar en profundidad. Lo que importa es que para entrar en esa luz, hay que estar limpio. Jesús está limpio, y es el único. De hecho, hasta su cuerpo fue resucitado en pureza. Pero nosotros, no importa qué tan buenos seamos como personas, estamos sucios por naturaleza, o sea, por nuestra naturaleza caída. Por eso no podemos entrar en la luz, porque la luz nos limpiaría de nuestro cuerpo.
Sin embargo, nuestro espíritu es una cosa muy distinta. Nuestro ser no sería destruido. Sería empujado hasta el final de la luz, y quedaría en la oscuridad. Esto es la muerte eterna, el infierno, o como queramos llamarlo. Más allá de la forma, el aspecto que pueda tener, y todo eso, que no podemos saberlo, se trata básicamente de eso: estar privados de todo lo que Dios es. Si Dios es amor, estaríamos privados de Dios. Si Dios es paz, estaríamos privados de paz. Si es consuelo, estaríamos privados de consuelo. Y así podría seguir con la lista.
Pero ahí es donde entra la importancia de la obra de Cristo. Nosotros no podríamos jamás entrar en la presencia de Dios, porque estamos sucios. Pero Jesús, que sí puede entrar, acepta ser destruido de todas maneras, incluso arrastrado a la oscuridad, para poder garantizarnos a nosotros el acceso a la presencia de Dios. A través de la fe, nosotros nos revestimos de Cristo. "Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida [sucia] por los deseos engañosos... y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios en verdadera justicia y santidad" (Efesios 4:22,24). Nos ponemos una especie de traje especial, que nos permite, en definitiva, entrar en la presencia de Dios. Es como uno de esos trajes que se usan para protegerse de los riesgos químicos, o la radiación. En este caso, la pureza de Dios es tan poderosa que no nos podemos acercar. Cristo nos envuelve para que podamos acercarnos y disfrutar de la presencia de Dios sin ningún riesgo.
Por eso no hay ningún otro camino a la presencia de Dios. No porque la religión cristiana sea la mejor, o porque los cristianos sean mejores personas que los demás, como muchas veces puede sonar para los que no son cristianos (incluso muchos cristianos piensan de esa manera, hasta donde sé, lo cual puede llegar a ser muy grave), sino porque sólo Cristo es suficientemente puro para entrar a la presencia de Dios, y por lo tanto para, por medio de él mismo, revestirnos a nosotros de pureza que no tenemos, y hacernos entrar igual. La pureza de Dios hace el resto. Una vez que entramos en la presencia de Dios, su luz elimina lo que hay de sucio en nosotros sin destruirnos a nosotros, y queda frente a él una versión pura y completa de nosotros mismos. Nuestro "yo perfecto". Por eso solamente alcanzamos la perfección una vez que nuestro cuerpo desaparece, y no antes. Lo que vivimos en este mundo lo vivimos para crecer todo lo que podamos hasta ser finalmente llamados a la presencia de Dios.
Pablo explica que un día, nuestro cuerpo va a ser también reconstruido en presencia de Dios, y vamos a pasar a formar parte de una nueva creación, totalmente pura, cuerpo y espíritu. Mientras tanto, vivimos en un envase sucio, que se va limpiando de a poco mientras vivimos, pero que nunca va estar del todo limpio hasta que no seamos despojados del envase. Por supuesto que la vida que tenemos mientras estamos dentro del envase es importantísima, y es fundamental vivirla y aprovecharla al máximo. Vivir dentro de este cuerpo es muy importante para determinar lo que vamos a ser una vez que estemos en presencia de Dios. Pero tenemos que entender que lo invisible es más importante para nuestras vidas que lo visible, y que recibir a Jesús, hacerlo parte de nuestras vidas, zambullirnos en él, es la clave para que, cuando al final del camino seamos despojados del cuerpo, nuestro ser pueda permanecer en la presencia del Señor sin ser arrastrada a la oscuridad, y podamos disfrutar para siempre de la maravillosa luz de Dios que contiene todo aquello que es agradable y que nos hace bien.
Espero que hayan entendido la idea, sé que es compleja y profunda, pero sobre todo espero que la hayan entendido con el corazón, y que puedan vivir con la convicción de que por recibir a Cristo ya están fuera de peligro, y que mientras tanto, conviene vivir la vida de la manera más pura posible para llegar lo más completos que podamos a la presencia de Dios una vez que se termine nuestro viaje en este mundo.
Que el Dios de la santidad renueve cada día nuestra fe y convicción, y nos de la sabiduría necesaria para seguir siempre eligiendo ser renovados, sin importar cuánto cueste, para ser cada día más completos en Cristo, nuestro camino al Padre. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 1 Crónicas 13:1-10, Juan 14:6, Hebreos 9:1-8
Creo que el pasaje de 1 Crónicas es bastante fuerte y crudo. La primera vez que lo leí repasé una y otra vez el texto, pensando: "no entiendo, ¿por qué murió Uza? Sus intenciones eran buenas, ¡quería proteger el arca del pacto!". Entonces volví al principio del pasaje, porque pensé: "tal vez el problema fue que Dios no quería que trasladaran el arca"; pero el texto no dice nada de eso, y de hecho no fue un capricho de David, sino que lo consultó con la asamblea, y todos estuvieron de acuerdo. No sólo eso, probablemente lo había consultado con Dios, o al menos eso nos da a entender el texto ("... y si es lo que el Señor nuestro Dios desea...", 13:2).
Pero entonces, ¿por qué? ¿Qué hizo Uza de malo para tener que morir, o quién hizo algo mal que terminó teniendo esa consecuencia? ¿El buey por tropezarse? ¿El que puso el arca en la carreta nueva, que la puso mal? Entonces, de repente, entendí una cosa: siempre estamos pensando que nosotros somos los que movemos la vida. Como cuando Pedro le pregunta a Jesús acerca de la ceguera de Bartimeo: "Rabí, para que este hombre haya nacido ciego, ¿quién pecó, él o sus padres?" (Juan 9:2).
Pero Dios, una y otra vez, nos trata de demostrar el mismo punto: "-Ni él pecó, ni sus padres -respondió Jesús-, sino que esto sucedió para que la obra de Dios se hiciera evidente en su vida" (Juan 9:3). Lo invisible no es una parte más de la vida: la vida se trata de lo invisible. La vida se trata de Dios, no de nosotros. El mundo gira por él, no por nosotros. Siempre buscamos la explicación de las cosas, buenas y malas, en el ser humano, pero la explicación está en Dios. "¿Qué persona causó que este hombre fuera ciego?", preguntarían los discípulos. Y Jesús diría, "Ninguna persona, sino Dios. Porque todo se trata de Dios, al final".
Lo mismo pasa con el caso de 1 Crónicas. Si lo miramos desde la perspectiva de la acción humana, el pasaje no tiene sentido. Pero si lo pensamos desde la perspectiva de los atributos de Dios, todo cambia. Como explica el pasaje de Hebreos, en el tabernáculo hebreo estaba el Lugar Santísimo, donde estaba originalmente el arca del pacto, que contenía la presencia de Dios. Recordemos que el Espíritu de Dios no estaba individualmente en cada creyente en esa época, sino en el pueblo de Israel como colectividad, y en particular en el lugar de culto, que después de Salomón pasó a ser el templo. Ahí se manifestaba, y ahí, digamos, habitaba la presencia de Dios en ese entonces.
Ahora bien, ¿cómo es la presencia de Dios? ¿Cómo es Dios? Dios es santo. Su presencia es santa. Es limpia, digamos, pura. La naturaleza de Dios es incorrompible, nada puede contaminar a Dios, porque su pureza enseguida destruye cualquier impureza. Por eso el Espíritu nos limpia desde adentro, porque va destruyendo nuestra suciedad. Pero en el tiempo previo a Jesús, sólo las personas designadas por Dios podían acercarse e interactuar con su presencia. Ellos eran los sumos sacerdotes de Israel, los únicos que tenían permitido entrar al Lugar Santísimo. Así y todo, a veces ni ellos podían resistir la santidad y pureza de Dios. ¿Por qué?
Bueno, recordemos que el ser humano está corrompido desde que nace, no porque haya hecho algo mal la persona que nace, sino porque hace milenios le dimos la espalda a Dios. Ningún ser humano puede resistir la presencia de Dios por sí mismo, porque su pureza nos destruiría automáticamente, como le pasó a Uza. Al menos destruiría nuestra existencia física. No sabemos qué pasó con el espíritu de Uza, pero podemos especular con que fue aprobado por su fe y entró a habitar con Dios.
Cuando pienso en esto, sólo puedo relacionarlo con una cosa: Jesús. El único que podría jamás haber tenido permiso para entrar en la presencia de Dios por haber caminado en este mundo sin mancha. Me imagino la presencia de Dios como una luz enorme brillando en medio de una oscuridad infinita. La comparación es complicada, porque la presencia de Dios también es infinita, pero, entonces, no podría haber una oscuridad que no terminara. No me voy a meter con eso porque no es central para entender el punto, y porque además "infinito" es un concepto humano para designar una idea que el hombre no puede ni siquiera imaginar en profundidad. Lo que importa es que para entrar en esa luz, hay que estar limpio. Jesús está limpio, y es el único. De hecho, hasta su cuerpo fue resucitado en pureza. Pero nosotros, no importa qué tan buenos seamos como personas, estamos sucios por naturaleza, o sea, por nuestra naturaleza caída. Por eso no podemos entrar en la luz, porque la luz nos limpiaría de nuestro cuerpo.
Sin embargo, nuestro espíritu es una cosa muy distinta. Nuestro ser no sería destruido. Sería empujado hasta el final de la luz, y quedaría en la oscuridad. Esto es la muerte eterna, el infierno, o como queramos llamarlo. Más allá de la forma, el aspecto que pueda tener, y todo eso, que no podemos saberlo, se trata básicamente de eso: estar privados de todo lo que Dios es. Si Dios es amor, estaríamos privados de Dios. Si Dios es paz, estaríamos privados de paz. Si es consuelo, estaríamos privados de consuelo. Y así podría seguir con la lista.
Pero ahí es donde entra la importancia de la obra de Cristo. Nosotros no podríamos jamás entrar en la presencia de Dios, porque estamos sucios. Pero Jesús, que sí puede entrar, acepta ser destruido de todas maneras, incluso arrastrado a la oscuridad, para poder garantizarnos a nosotros el acceso a la presencia de Dios. A través de la fe, nosotros nos revestimos de Cristo. "Con respecto a la vida que antes llevaban, se les enseñó que debían quitarse el ropaje de la vieja naturaleza, la cual está corrompida [sucia] por los deseos engañosos... y ponerse el ropaje de la nueva naturaleza, creada a imagen de Dios en verdadera justicia y santidad" (Efesios 4:22,24). Nos ponemos una especie de traje especial, que nos permite, en definitiva, entrar en la presencia de Dios. Es como uno de esos trajes que se usan para protegerse de los riesgos químicos, o la radiación. En este caso, la pureza de Dios es tan poderosa que no nos podemos acercar. Cristo nos envuelve para que podamos acercarnos y disfrutar de la presencia de Dios sin ningún riesgo.
Por eso no hay ningún otro camino a la presencia de Dios. No porque la religión cristiana sea la mejor, o porque los cristianos sean mejores personas que los demás, como muchas veces puede sonar para los que no son cristianos (incluso muchos cristianos piensan de esa manera, hasta donde sé, lo cual puede llegar a ser muy grave), sino porque sólo Cristo es suficientemente puro para entrar a la presencia de Dios, y por lo tanto para, por medio de él mismo, revestirnos a nosotros de pureza que no tenemos, y hacernos entrar igual. La pureza de Dios hace el resto. Una vez que entramos en la presencia de Dios, su luz elimina lo que hay de sucio en nosotros sin destruirnos a nosotros, y queda frente a él una versión pura y completa de nosotros mismos. Nuestro "yo perfecto". Por eso solamente alcanzamos la perfección una vez que nuestro cuerpo desaparece, y no antes. Lo que vivimos en este mundo lo vivimos para crecer todo lo que podamos hasta ser finalmente llamados a la presencia de Dios.
Pablo explica que un día, nuestro cuerpo va a ser también reconstruido en presencia de Dios, y vamos a pasar a formar parte de una nueva creación, totalmente pura, cuerpo y espíritu. Mientras tanto, vivimos en un envase sucio, que se va limpiando de a poco mientras vivimos, pero que nunca va estar del todo limpio hasta que no seamos despojados del envase. Por supuesto que la vida que tenemos mientras estamos dentro del envase es importantísima, y es fundamental vivirla y aprovecharla al máximo. Vivir dentro de este cuerpo es muy importante para determinar lo que vamos a ser una vez que estemos en presencia de Dios. Pero tenemos que entender que lo invisible es más importante para nuestras vidas que lo visible, y que recibir a Jesús, hacerlo parte de nuestras vidas, zambullirnos en él, es la clave para que, cuando al final del camino seamos despojados del cuerpo, nuestro ser pueda permanecer en la presencia del Señor sin ser arrastrada a la oscuridad, y podamos disfrutar para siempre de la maravillosa luz de Dios que contiene todo aquello que es agradable y que nos hace bien.
Espero que hayan entendido la idea, sé que es compleja y profunda, pero sobre todo espero que la hayan entendido con el corazón, y que puedan vivir con la convicción de que por recibir a Cristo ya están fuera de peligro, y que mientras tanto, conviene vivir la vida de la manera más pura posible para llegar lo más completos que podamos a la presencia de Dios una vez que se termine nuestro viaje en este mundo.
Que el Dios de la santidad renueve cada día nuestra fe y convicción, y nos de la sabiduría necesaria para seguir siempre eligiendo ser renovados, sin importar cuánto cueste, para ser cada día más completos en Cristo, nuestro camino al Padre. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 26 de julio de 2013
2 Corintios: el nuevo pacto
Hola a todos. Durante los últimos meses estuve publicando una serie de reflexiones sobre la segunda carta a los corintios, una carta que, desde mi punto de vista, tiene un montón de contenido. Habla de cosas que me parecen muy importantes, y en definitiva nos da un panorama de lo que es el nuevo pacto con Dios, a partir de la llegada de Jesucristo a la tierra. En esta publicación voy a hacer una síntesis de todas las ideas centrales que fuimos tocando, tratando de articularlas para sacar una conclusión. No una conclusión sobre la carta en sí, porque creo que me falta conocimiento y material para poder hacer algo tan profundo, pero sí sobre todas las reflexiones que fui haciendo a partir de ella. Dejo los links de las síntesis anteriores por si quieren releerlas y recordar un poco por dónde veníamos reflexionando.
2 Corintios 1 al 5 - El ministerio del nuevo pacto
2 Corintios 6 al 10 - La comunidad del nuevo pacto
2 Corintios 11 al 13 - Los servidores del nuevo pacto
Textos: 2 Corintios 1:18-22; 3:13-18; 9:10-14; 13:5-11
De los textos que seleccioné para esta conclusión, quisiera empezar por el versículo 3:17: "Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad". Esto es, por medio del Espíritu de Dios, que es el Señor, somos libres. Creo que ya con esto tendríamos para una reflexión entera, pero quiero resaltar las implicancias que esto tiene para el nuevo pacto. Antes de recibir el Espíritu Santo, no podíamos entender nada de lo que tiene que ver con Dios: ni el pecado, ni el plan de salvación, ni la gracia, ni la restauración, ni siquiera la palabra de Dios. Encontrarle un sentido a lo que dice la biblia es en realidad obra del Espíritu, sobre todo cuando humanamente no lo tendría, o podría parecer solamente un cuento lindo.
Es decir que la única salida para poder empezar a entender y por lo tanto conocer a Dios es Cristo. "Cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado" (3:16). Como habíamos visto para el capítulo 1, todo está centrado en Cristo. Volvernos a él es la llave para recibir el Espíritu que nos hace libres, libres para entender de qué se trata todo, libres para vivir como Dios quiere que vivamos, al máximo de nuestro potencial.
Es el Espíritu de Cristo el que en definitiva lleva a cabo la obra de restauración, y nosotros cooperamos con él. Para eso es necesario que permanentemente, en nuestro caminar diario, nos volvamos a Jesús una y otra vez, en la aflicción, en la necesidad o en la abundancia; siempre. Esto nos conecta con la fuente de nuestra vida, de la vida plena y llena de sentido, que es la vida por definición. Jesús dijo: "Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada" (Juan 15:5). Y permanecer en Cristo es básicamente eso: volver una y otra vez nuestra mirada hacia él, para recibir dirección y guía.
El nuevo pacto, entonces, es en el Espíritu, y por lo tanto en Cristo. El capítulo 1 ya nos advierte también que todo lo que recibimos de Dios por este pacto lo obtenemos por medio de Jesús, y que el sello, la garantía del pacto, es el Espíritu, porque Dios "nos selló como propiedad suya y puso su Espíritu en nuestro corazón, como garantía de sus promesas" (1:22).
Y lo que recibimos de Dios no es otra cosa que su gloria, una dosis de aquello que él mismo es. Los atributos de Dios se nos transfieren a nosotros, como también dice Pablo en la carta a los gálatas: "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio" (Gálatas 5:22-23). Es que Dios quiere que nos parezcamos cada vez más a él, como fue en un principio. Y no había nada que pudiéramos hacer para que esto fuera así, no por nuestros propios medios, porque el pecado, la desobediencia, lo impide. Por eso, Dios, mediante la vida, muerte y resurrección de Jesús, nos regala todo eso, nos regala su gloria, que nos hace resplandecer en medio de un mundo quebrado por el poder del pecado. En realidad, merecíamos ser despojados de todo, incluso de nuestra vida, pero Dios hace todo lo contrario: nos ofrece vida en Cristo.
Por eso, el nuevo pacto es además el pacto de la gracia. No ya el de la ley, que se basaba en el compromiso de su cumplimiento. Por supuesto que el denominador común de ambos pactos fue siempre la fe: la obediencia a la ley siempre tuvo que ser sincera y de corazón para que valiera. Pero los antiguos no habían recibido el Espíritu Santo, ni habían conocido al Mesías, a Jesucristo, el que guarda en sí mismo todas las promesas y bendiciones de Dios. El nuevo pacto nos permite un nuevo tipo de obediencia, porque la ley está escrita en nuestros corazones, grabada con la tinta de Cristo que es el Espíritu. Un regalo que no merecíamos; eso es la gracia.
Todos los que entran en este nuevo pacto, los que al recibir a Cristo en sus corazones firman este acuerdo con Dios, participan de una comunión especial con Jesús, pero además entre ellos mismos. En definitiva, recibimos todo esto para resplandecer con la gloria de Dios, y de esa forma, en nuestra manera de vivir, dar a conocer su nombre y sus intenciones. El Espíritu nos impulsa a compartir esa gracia con todos. Como consecuencia, nacen del Espíritu comunidades vivas, como decíamos, comunidades que crecen en el Señor permanentemente, siempre acercándose más y más a la imagen de Cristo. Esto debería reflejarse en ciertas características importantes. Muchas veces funcionan como si fueran grandes familias. Sus miembros velan unos por otros, en oración y en acción, cuidándose y protegiéndose mutuamente. Se alientan unos a otros, y se acompañan, brindando apoyo y contención, o simplemente descanso para el espíritu tanto en los momentos adversos como en los más agradables.
Por supuesto, estas comunidades de creyentes no son perfectas, y siempre hay algún punto en el que fallan. Puede que sea por algunos de sus miembros en particular, pero también como comunidad. Por eso es importante entender que como partícipes del pacto de gracia, nuestro objetivo, y diría que nuestro deber, es derramar esa gracia, compartirla generosamente con todos, tanto con los que también recibieron a Cristo como con los que no. Nadie hizo nada para recibir el regalo de Dios, ni mucho menos para merecerlo. Por eso, estamos todos a la misma altura, a lo sumo en diferentes estados espirituales. No hay méritos en Cristo, sólo hay gracia. Por supuesto, es importante que entre nosotros nos animemos a reprendernos y corregirnos cuando sentimos que algo anda mal, y también es importante que estemos abiertos a recibir la reprensión y corrección de los demás, y a tenerla en cuenta.
Esa es una de las consecuencias lógicas de una humildad sincera. Pero justamente es importante hacerlo desde la humildad, y con el único objetivo en mente de que esa persona pueda estar mejor de lo que está. Al corregir es importante que siempre tengamos en cuenta el bienestar del otro, y que esa sea mi motivación. Que no mostrar lo maduro que creo ser, ni imponer mi forma de pensar sobre el otro, ni nada que se parezca a esto; simplemente tratar de que la otra persona refleje más a Dios y por lo tanto tenga una vida más plena. En definitiva, lo que realmente cuenta es que reflejemos el amor y la paz de Dios. Estas son las características más significativas del nuevo pacto. El amor de Cristo trajo paz entre Dios y los hombres, porque Dios, en su misericordia, así lo quiso, aunque no lo mereciésemos.
Ese es el nuevo pacto, el pacto de la gracia, que nos renueva más y más hasta hacernos a imagen de Cristo. Hoy apenas reflejamos esa imagen como si fuéramos un espejo, pero un día, Jesús va a venir a buscarnos para que habitemos con él donde él está, y ese día vamos a ser revestidos de lo que en realidad somos pero de lo cual reflejamos apenas una parte: la imagen de Cristo. Entonces vamos a ser vistos realmente sin mancha, puros delante de Dios. Esa es la promesa: el Espíritu trabaja permanentemente en restaurarnos, desde el mismo momento en que Jesús viene a vivir a nuestras vidas, porque "el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús" (Filipenses 1:6).
Que el Dios de amor y de paz, que estableció por medio de Cristo un nuevo pacto con nosotros en su gracia, siga corriendo el velo de nuestros ojos para que podamos conocerlo cada vez más, y ser transformados con más y más gloria a imagen de Dios, derramando esa gracia por todas partes por medio del Espíritu, que nos hace libres. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
2 Corintios 1 al 5 - El ministerio del nuevo pacto
2 Corintios 6 al 10 - La comunidad del nuevo pacto
2 Corintios 11 al 13 - Los servidores del nuevo pacto
Textos: 2 Corintios 1:18-22; 3:13-18; 9:10-14; 13:5-11
De los textos que seleccioné para esta conclusión, quisiera empezar por el versículo 3:17: "Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad". Esto es, por medio del Espíritu de Dios, que es el Señor, somos libres. Creo que ya con esto tendríamos para una reflexión entera, pero quiero resaltar las implicancias que esto tiene para el nuevo pacto. Antes de recibir el Espíritu Santo, no podíamos entender nada de lo que tiene que ver con Dios: ni el pecado, ni el plan de salvación, ni la gracia, ni la restauración, ni siquiera la palabra de Dios. Encontrarle un sentido a lo que dice la biblia es en realidad obra del Espíritu, sobre todo cuando humanamente no lo tendría, o podría parecer solamente un cuento lindo.
Es decir que la única salida para poder empezar a entender y por lo tanto conocer a Dios es Cristo. "Cada vez que alguien se vuelve al Señor, el velo es quitado" (3:16). Como habíamos visto para el capítulo 1, todo está centrado en Cristo. Volvernos a él es la llave para recibir el Espíritu que nos hace libres, libres para entender de qué se trata todo, libres para vivir como Dios quiere que vivamos, al máximo de nuestro potencial.
Es el Espíritu de Cristo el que en definitiva lleva a cabo la obra de restauración, y nosotros cooperamos con él. Para eso es necesario que permanentemente, en nuestro caminar diario, nos volvamos a Jesús una y otra vez, en la aflicción, en la necesidad o en la abundancia; siempre. Esto nos conecta con la fuente de nuestra vida, de la vida plena y llena de sentido, que es la vida por definición. Jesús dijo: "Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada" (Juan 15:5). Y permanecer en Cristo es básicamente eso: volver una y otra vez nuestra mirada hacia él, para recibir dirección y guía.
El nuevo pacto, entonces, es en el Espíritu, y por lo tanto en Cristo. El capítulo 1 ya nos advierte también que todo lo que recibimos de Dios por este pacto lo obtenemos por medio de Jesús, y que el sello, la garantía del pacto, es el Espíritu, porque Dios "nos selló como propiedad suya y puso su Espíritu en nuestro corazón, como garantía de sus promesas" (1:22).
Y lo que recibimos de Dios no es otra cosa que su gloria, una dosis de aquello que él mismo es. Los atributos de Dios se nos transfieren a nosotros, como también dice Pablo en la carta a los gálatas: "el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio" (Gálatas 5:22-23). Es que Dios quiere que nos parezcamos cada vez más a él, como fue en un principio. Y no había nada que pudiéramos hacer para que esto fuera así, no por nuestros propios medios, porque el pecado, la desobediencia, lo impide. Por eso, Dios, mediante la vida, muerte y resurrección de Jesús, nos regala todo eso, nos regala su gloria, que nos hace resplandecer en medio de un mundo quebrado por el poder del pecado. En realidad, merecíamos ser despojados de todo, incluso de nuestra vida, pero Dios hace todo lo contrario: nos ofrece vida en Cristo.
Por eso, el nuevo pacto es además el pacto de la gracia. No ya el de la ley, que se basaba en el compromiso de su cumplimiento. Por supuesto que el denominador común de ambos pactos fue siempre la fe: la obediencia a la ley siempre tuvo que ser sincera y de corazón para que valiera. Pero los antiguos no habían recibido el Espíritu Santo, ni habían conocido al Mesías, a Jesucristo, el que guarda en sí mismo todas las promesas y bendiciones de Dios. El nuevo pacto nos permite un nuevo tipo de obediencia, porque la ley está escrita en nuestros corazones, grabada con la tinta de Cristo que es el Espíritu. Un regalo que no merecíamos; eso es la gracia.
Todos los que entran en este nuevo pacto, los que al recibir a Cristo en sus corazones firman este acuerdo con Dios, participan de una comunión especial con Jesús, pero además entre ellos mismos. En definitiva, recibimos todo esto para resplandecer con la gloria de Dios, y de esa forma, en nuestra manera de vivir, dar a conocer su nombre y sus intenciones. El Espíritu nos impulsa a compartir esa gracia con todos. Como consecuencia, nacen del Espíritu comunidades vivas, como decíamos, comunidades que crecen en el Señor permanentemente, siempre acercándose más y más a la imagen de Cristo. Esto debería reflejarse en ciertas características importantes. Muchas veces funcionan como si fueran grandes familias. Sus miembros velan unos por otros, en oración y en acción, cuidándose y protegiéndose mutuamente. Se alientan unos a otros, y se acompañan, brindando apoyo y contención, o simplemente descanso para el espíritu tanto en los momentos adversos como en los más agradables.
Por supuesto, estas comunidades de creyentes no son perfectas, y siempre hay algún punto en el que fallan. Puede que sea por algunos de sus miembros en particular, pero también como comunidad. Por eso es importante entender que como partícipes del pacto de gracia, nuestro objetivo, y diría que nuestro deber, es derramar esa gracia, compartirla generosamente con todos, tanto con los que también recibieron a Cristo como con los que no. Nadie hizo nada para recibir el regalo de Dios, ni mucho menos para merecerlo. Por eso, estamos todos a la misma altura, a lo sumo en diferentes estados espirituales. No hay méritos en Cristo, sólo hay gracia. Por supuesto, es importante que entre nosotros nos animemos a reprendernos y corregirnos cuando sentimos que algo anda mal, y también es importante que estemos abiertos a recibir la reprensión y corrección de los demás, y a tenerla en cuenta.
Esa es una de las consecuencias lógicas de una humildad sincera. Pero justamente es importante hacerlo desde la humildad, y con el único objetivo en mente de que esa persona pueda estar mejor de lo que está. Al corregir es importante que siempre tengamos en cuenta el bienestar del otro, y que esa sea mi motivación. Que no mostrar lo maduro que creo ser, ni imponer mi forma de pensar sobre el otro, ni nada que se parezca a esto; simplemente tratar de que la otra persona refleje más a Dios y por lo tanto tenga una vida más plena. En definitiva, lo que realmente cuenta es que reflejemos el amor y la paz de Dios. Estas son las características más significativas del nuevo pacto. El amor de Cristo trajo paz entre Dios y los hombres, porque Dios, en su misericordia, así lo quiso, aunque no lo mereciésemos.
Ese es el nuevo pacto, el pacto de la gracia, que nos renueva más y más hasta hacernos a imagen de Cristo. Hoy apenas reflejamos esa imagen como si fuéramos un espejo, pero un día, Jesús va a venir a buscarnos para que habitemos con él donde él está, y ese día vamos a ser revestidos de lo que en realidad somos pero de lo cual reflejamos apenas una parte: la imagen de Cristo. Entonces vamos a ser vistos realmente sin mancha, puros delante de Dios. Esa es la promesa: el Espíritu trabaja permanentemente en restaurarnos, desde el mismo momento en que Jesús viene a vivir a nuestras vidas, porque "el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús" (Filipenses 1:6).
Que el Dios de amor y de paz, que estableció por medio de Cristo un nuevo pacto con nosotros en su gracia, siga corriendo el velo de nuestros ojos para que podamos conocerlo cada vez más, y ser transformados con más y más gloria a imagen de Dios, derramando esa gracia por todas partes por medio del Espíritu, que nos hace libres. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
sábado, 20 de julio de 2013
2 Corintios: Los servidores del nuevo pacto
Hola a todos. Como hice ya otras dos veces antes, voy a tratar de resumir y redondear las últimas publicaciones en esta reflexión, y les adelanto también que voy a hacer algo parecido la próxima vez con todas las reflexiones sobre la segunda carta a los corintios, una especie de conclusión general, digamos. Quiero insistir en que esto que escribo y publico por supuesto que son cosas que siento que Dios me dijo al leer su palabra, pero no es comparable a la palabra de Dios, ni mucho menos. Tampoco soy teólogo, así que probablemente haya cosas de mi interpretación que son poco acertadas por falta de conocimiento general sobre algunos sentidos en la escritura. Fuera de eso, insisto en otra cosa: primero oren, después lean los pasajes, recién después la reflexión, y si quieren anoten para ustedes mismos y comenten.
2 Corintios 11 - Ministros de Cristo 11:1-6
2 Corintios 12 - Entrega desinteresada 12:7-15
2 Corintios 13 - La autoridad de la gracia 13:5-10
En estos tres capítulos, Pablo defiende su ministerio, y creo que eso nos permite sacar algunas conclusiones acerca de lo que nosotros debemos considerar como ministros (servidores) de Jesús. Repasando las reflexiones y los pasajes me di cuenta de que hay un denominador común en los tres capítulos, es decir, en esta última parte de la carta, además de que es la defensa de Pablo frente a quienes los desacreditaban. Ese hilo conductor es la gracia.
Después de todo, el nuevo pacto, como decía en el capítulo 5, está basado en la gracia: Dios mismo, hecho hombre, pagando el precio por nuestra desobediencia sin que nosotros merezcamos que él lo haga. Eso es la gracia, el favor no merecido de alguien, en este caso, Dios. Ahora, si el nuevo pacto se trata de eso, los ministros tienen que ser servidores de la gracia.
Esto implica varias cosas. Primero, que todos los que participamos de esa gracia de Dios por medio de Cristo somos sus ministros. El servicio está basado en esa gracia, o sea que basta con recibirla del Señor para convertirnos en sus servidores. Por supuesto que, por esta razón, servimos desde la gracia. ¿Qué quiere decir esto? Que no es desde nuestra capacidad, nuestras cualidades o nuestro conocimiento que servimos, sino desde aquello que Dios nos da para que demos a otros. Desde el poder que Dios nos da sólo porque es su propósito, no porque nosotros seamos buenas personas o buenos servidores. Diría que es al revés: somos buenos servidores porque tratamos de no ser nosotros los que actúen, sino el poder de Dios manifestándose en y a través de nuestras propias debilidades. La humildad entonces debería ser una característica de los ministros del nuevo pacto.
Además, servimos por y para la gracia. Por gracia, porque no esperamos recibir nada a cambio por lo nuestro servicio, "pues no me interesa lo que ustedes tienen sino lo que ustedes son" (12:14). Nuestro servicio al Señor, al ministerio de la gracia, debería ser, justamente, gratuito. Esto no siempre quiere decir que no recibamos en realidad algo a cambio, sólo que este no es nuestro objetivo. A veces incluso podemos estar sirviendo indirectamente desde nuestro propio trabajo, es decir, recibimos a cambio una paga, pero así y todo podemos no tener como foco, como objetivo, esa paga. En fin, es la entrega desinteresada de la que hablaba hace algunas publicaciones. Servimos por gracia porque tratamos de no ser una carga, sino ser una bendición. Y servimos para la gracia, porque ese es el fin último del evangelio: instruir en la gracia de Cristo y acercar a otras personas a esa gracia, a través del arrepentimiento para recibir ese perdón que Jesús compró en la cruz para cada uno de nosotros.
Es por eso que, como habíamos visto, un ministro de Cristo tiene celo por aquellos a los que sirve. Si nuestro deseo es que esas personas crezcan en la gracia de Dios, y por lo tanto en su gloria, es lógico que tengamos un especial sentido de cuidado hacia esas personas. Es natural que nos preocupemos por su salud, en todo sentido, y por su crecimiento y su manera de vivir. También es normal que no sólo nos preocupemos, sino que nos ocupemos. Si nuestro servicio es genuino, este celo es natural. Y nos lleva a tomar decisiones y hacer cosas para lograr ese objetivo, que esas personas a las que servimos estén bien y que puedan conocer y crecer en la gracia del Señor. Estas acciones son en definitiva, como vimos, las que realmente acreditan nuestro servicio. Nuestra autoridad como ministros viene también de la gracia, porque es Cristo mismo quien nos autoriza al manifestarse a través de esas acciones de servicio. Por eso nos alegramos cuando somos débiles o atravesamos situaciones difíciles, porque entonces el poder de Cristo se hace más evidente. Creo que puede resumirse en que "pedimos a Dios que no hagan nada malo, no para demostrar mi éxito, sino para que hagan lo bueno, aunque parezca que nosotros hemos fracasado" (13:7).
Entonces, en definitiva, para un servidor del nuevo pacto, la gracia es todo. Es el motor, es la herramienta, es el servicio, es el objetivo, es el propósito. No importa lo que parezca, lo que se vea, lo que los demás piensen o digan sobre nuestro servicio. Todo proviene de Cristo y es para Cristo, "pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad" (Filipenses 2:13). Es muy importante entender esto. No hacemos o dejamos de hacer cosas buenas porque tienen éxito en que otros conozcan a Dios, o sólo porque Dios nos lo pide, o para que los demás vean que somos buenos servidores. Lo hacemos simplemente porque es lo correcto para hacer. Al fin y al cabo es por eso que Dios nos lo pide, no por otro motivo. Me quedo con esta exhortación: "consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio" (Filipenses 4:8). ¿Por qué? ¿Para que me elogien o me admiren? No, pero sí para servir a los demás gratuitamente, sin esperar retribución ni reconocimiento por eso, pero reconociendo nosotros mismos que en definitiva, esas acciones simplemente van destinadas a elogiar a Dios o dirigir hacia él la admiración, hacia ese mismo Dios que en definitiva nos envolvió en su gracia y nos envía, por y a través de la gracia, a servir a los demás.
Que el Dios de la gracia sublime y asombrosa, que pagó él mismo el precio de nuestra vida, nos inunde con ese favor que no merecíamos para que nosotros podamos servir a los demás, ser ministros de Cristo, desde esa misma posición, favoreciendo a aquellos que no necesariamente hacen algo por nosotros, y sin esperar que hagan o nos den nada como retribución. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
2 Corintios 11 - Ministros de Cristo 11:1-6
2 Corintios 12 - Entrega desinteresada 12:7-15
2 Corintios 13 - La autoridad de la gracia 13:5-10
En estos tres capítulos, Pablo defiende su ministerio, y creo que eso nos permite sacar algunas conclusiones acerca de lo que nosotros debemos considerar como ministros (servidores) de Jesús. Repasando las reflexiones y los pasajes me di cuenta de que hay un denominador común en los tres capítulos, es decir, en esta última parte de la carta, además de que es la defensa de Pablo frente a quienes los desacreditaban. Ese hilo conductor es la gracia.
Después de todo, el nuevo pacto, como decía en el capítulo 5, está basado en la gracia: Dios mismo, hecho hombre, pagando el precio por nuestra desobediencia sin que nosotros merezcamos que él lo haga. Eso es la gracia, el favor no merecido de alguien, en este caso, Dios. Ahora, si el nuevo pacto se trata de eso, los ministros tienen que ser servidores de la gracia.
Esto implica varias cosas. Primero, que todos los que participamos de esa gracia de Dios por medio de Cristo somos sus ministros. El servicio está basado en esa gracia, o sea que basta con recibirla del Señor para convertirnos en sus servidores. Por supuesto que, por esta razón, servimos desde la gracia. ¿Qué quiere decir esto? Que no es desde nuestra capacidad, nuestras cualidades o nuestro conocimiento que servimos, sino desde aquello que Dios nos da para que demos a otros. Desde el poder que Dios nos da sólo porque es su propósito, no porque nosotros seamos buenas personas o buenos servidores. Diría que es al revés: somos buenos servidores porque tratamos de no ser nosotros los que actúen, sino el poder de Dios manifestándose en y a través de nuestras propias debilidades. La humildad entonces debería ser una característica de los ministros del nuevo pacto.
Además, servimos por y para la gracia. Por gracia, porque no esperamos recibir nada a cambio por lo nuestro servicio, "pues no me interesa lo que ustedes tienen sino lo que ustedes son" (12:14). Nuestro servicio al Señor, al ministerio de la gracia, debería ser, justamente, gratuito. Esto no siempre quiere decir que no recibamos en realidad algo a cambio, sólo que este no es nuestro objetivo. A veces incluso podemos estar sirviendo indirectamente desde nuestro propio trabajo, es decir, recibimos a cambio una paga, pero así y todo podemos no tener como foco, como objetivo, esa paga. En fin, es la entrega desinteresada de la que hablaba hace algunas publicaciones. Servimos por gracia porque tratamos de no ser una carga, sino ser una bendición. Y servimos para la gracia, porque ese es el fin último del evangelio: instruir en la gracia de Cristo y acercar a otras personas a esa gracia, a través del arrepentimiento para recibir ese perdón que Jesús compró en la cruz para cada uno de nosotros.
Es por eso que, como habíamos visto, un ministro de Cristo tiene celo por aquellos a los que sirve. Si nuestro deseo es que esas personas crezcan en la gracia de Dios, y por lo tanto en su gloria, es lógico que tengamos un especial sentido de cuidado hacia esas personas. Es natural que nos preocupemos por su salud, en todo sentido, y por su crecimiento y su manera de vivir. También es normal que no sólo nos preocupemos, sino que nos ocupemos. Si nuestro servicio es genuino, este celo es natural. Y nos lleva a tomar decisiones y hacer cosas para lograr ese objetivo, que esas personas a las que servimos estén bien y que puedan conocer y crecer en la gracia del Señor. Estas acciones son en definitiva, como vimos, las que realmente acreditan nuestro servicio. Nuestra autoridad como ministros viene también de la gracia, porque es Cristo mismo quien nos autoriza al manifestarse a través de esas acciones de servicio. Por eso nos alegramos cuando somos débiles o atravesamos situaciones difíciles, porque entonces el poder de Cristo se hace más evidente. Creo que puede resumirse en que "pedimos a Dios que no hagan nada malo, no para demostrar mi éxito, sino para que hagan lo bueno, aunque parezca que nosotros hemos fracasado" (13:7).
Entonces, en definitiva, para un servidor del nuevo pacto, la gracia es todo. Es el motor, es la herramienta, es el servicio, es el objetivo, es el propósito. No importa lo que parezca, lo que se vea, lo que los demás piensen o digan sobre nuestro servicio. Todo proviene de Cristo y es para Cristo, "pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad" (Filipenses 2:13). Es muy importante entender esto. No hacemos o dejamos de hacer cosas buenas porque tienen éxito en que otros conozcan a Dios, o sólo porque Dios nos lo pide, o para que los demás vean que somos buenos servidores. Lo hacemos simplemente porque es lo correcto para hacer. Al fin y al cabo es por eso que Dios nos lo pide, no por otro motivo. Me quedo con esta exhortación: "consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio" (Filipenses 4:8). ¿Por qué? ¿Para que me elogien o me admiren? No, pero sí para servir a los demás gratuitamente, sin esperar retribución ni reconocimiento por eso, pero reconociendo nosotros mismos que en definitiva, esas acciones simplemente van destinadas a elogiar a Dios o dirigir hacia él la admiración, hacia ese mismo Dios que en definitiva nos envolvió en su gracia y nos envía, por y a través de la gracia, a servir a los demás.
Que el Dios de la gracia sublime y asombrosa, que pagó él mismo el precio de nuestra vida, nos inunde con ese favor que no merecíamos para que nosotros podamos servir a los demás, ser ministros de Cristo, desde esa misma posición, favoreciendo a aquellos que no necesariamente hacen algo por nosotros, y sin esperar que hagan o nos den nada como retribución. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 16 de julio de 2013
2 Corintios 13 - La autoridad de la gracia
Hola a todos. Bueno, llegamos al último capítulo de la segunda carta a los corintios. Sinceramente, repasar esta serie para publicarla me hizo recordar cosas importantes que había aprendido la primera vez, y me hizo encontrar también cosas nuevas. Espero que para ustedes haya sido también de bendición. La próxima vez voy a publicar la última recapitulación, sobre estos últimos tres capítulos, y probablemente después cierre con una conclusión general. No olviden prestar especial atención al texto bíblico, orar para que sea a Dios a quien escuchen, tal vez anotar lo que les surja a ustedes y bueno, si hay algo que quieran compartir, comenten.
Texto: 2 Corintios 13
Pablo termina en este capítulo de defender su ministerio, y de una forma que me parece bastante práctica. Por todo lo que ya les habló al respecto, está dispuesto a demostrar con hechos lo que viene diciendo. Cristo mismo le da autoridad, y piensa usar esa autoridad para poner en orden todo lo que haya que poner en orden cuando llegue a Corinto otra vez. "No seré indulgente con los que antes pecaron ni con ningún otro, ya que están exigiendo una prueba de que Cristo habla por medio de mí. Él no se muestra débil en su trato con ustedes, sino que ejerce su poder entre ustedes" (13:2-3).
Ahora, ¿por qué insiste Pablo en esto? ¿Qué nos dice esto sobre la actitud de un ministro de Cristo? Vuelvo sobre esta idea: todos los creyentes somos ministros de este nuevo pacto. Habíamos dicho en su momento que una de las principales características de este nuevo pacto era la gracia: el único hombre justo pagando el precio de la injusticia de todos los demás hombres con su propia muerte. Ésta es la autoridad que Pablo afirma recibir de Cristo, la autoridad que la gracia le da.
Esta autoridad de gracia tiene una primera consecuencia fundamental: reconocer que no nos ganamos esa autoridad, sino que nos fue regalada por medio de la fe. Porque a través de la fe viene en nosotros el poder de obedecer la palabra de Dios de forma voluntaria y consciente. De hecho, no es una autoridad teórica la que se nos confiere, sino una autoridad práctica, que sólo se demuestra por las obras. Son éstas las que, como vimos en otra publicación anterior, acreditan nuestro ministerio, nuestro servicio, y sobre todo nuestra posición para reprender a otros. No porque nuestras obras nos hagan mayores que los demás, porque en realidad, cualquiera puede reprender a cualquiera. Pero no puedo reprender a alguien por algo que yo mismo no pongo en práctica.
Otra consecuencia de la autoridad de gracia es que el ejercicio de esa autoridad tiene un objetivo distinto del de mandar sobre otros: la meta es que los demás crezcan en el Señor. La edificación de los demás, y no su destrucción, como señala Pablo. Si usamos nuestra autoridad para aprovecharnos de los demás, para tomar lo que otros tienen, para hacerles daño por cosas que en el pasado pueden habernos hecho, o lo que sea, entonces no estamos usando la autoridad de la gracia ni manifestando el poder de Cristo. El ministerio del nuevo pacto se basa en el amor y el perdón del Señor. Y recordemos que contribuir a la edificación de otros es necesariamente ayudar a que la gloria de Dios se refleje de manera cada vez más visible en esas personas, y por lo tanto requiere que yo mismo la deje brillar en mí.
Uno de los puntos más importantes de esto, y Pablo vuelve sobre él en esta parte de la carta, es reconocer que somos débiles. Como hablamos para el capítulo 4, tenemos esta gloria, y por lo tanto, esta autoridad, en vasijas de barro. Es el poder de Cristo el que me fortalece y hace toda la obra de restauración en mí. Por eso conviene permanentemente hacer un autoexamen de mi propia relación con Dios y de mi caminar como cristiano. ¿Estoy reflejando apropiadamente la gloria de Dios? ¿Qué barreras tengo? ¿Quién puede ayudarme a sortear esos obstáculos? Y eso también es importante. Si quiero ejercer eficazmente la autoridad de la gracia, es necesario que yo mismo me ponga bajo la autoridad de otro. Que busque el consejo de otro, la ayuda de otro, y por qué no, la reprensión de otro. Sí, esto también es importante. No hay mayor confianza, me parece, que la que me permite depositar en otra persona el "derecho" de reprenderme sin que yo me ofenda por eso. También es un paso grande de humildad, que creo que sirve de mucho.
Y lo importante es que al probarme a mí mismo, al someterme a examen, no lo haga para quedar bien con otros, o para hacer quedar bien a los cristianos. Esto es una tendencia o una tentación muy común. Muchas veces me vi en la situación de querer hacer las cosas bien para que la gente no piense mal de los creyentes. De esas veces, varias lo hice. Hacer las cosas bien es de por sí algo bueno, pero la motivación es incorrecta, y eso tiene la consecuencia de que mi obediencia sea forzada y no natural. La motivación para hacer las cosas bien tiene que ser que eso es lo correcto. Que eso es lo que hay que hacer, porque para eso fuimos creados, para eso fuimos liberados de la desobediencia, rescatados por el poder de Cristo, y si somos conscientes de esto, "nada podemos hacer contra la verdad, sino a favor de la verdad" (13:8). De nada sirve engañarnos a nosotros mismos sobre qué tan aprobados estamos o en qué sentido, porque en cualquier caso no podemos engañar a Dios, y él siempre nos va a recordar qué necesitamos corregir o cambiar. Su intención es, siempre lo fue, hacer de nosotros la mejor versión de nosotros mismos.
Cada uno, entonces, es responsable de tratar de conocerse a sí mismo y de trabajar codo a codo con el Señor para sacar afuera esa mejor versión posible de sí mismo. Pero no podemos tampoco excedernos en severidad con nosotros. A veces, no sé si les habrá pasado, llegué a examinarme con más severidad de la que creo que Dios mismo pretendía. Eso no lleva a buen puerto, porque muchas veces puede desanimarnos en nuestro crecimiento. Lo mismo ocurre al examinar a otros o, digamos, tratar de corregir a otros. Primero que nada, si soy demasiado severo con los demás puede que no esté examinándome a mí mismo apropiadamente. Pero además, si la idea es edificar, tengo que reprender con cuidado. No con cuidado en el sentido de precaución, sino en el sentido de cuidar de esa persona mientras la corrijo. Porque en definitiva ese es el objetivo de esa corrección. "les escribo todo esto en mi ausencia, para que cuando vaya no tenga que ser severo en el uso de mi autoridad, la cual el Señor me ha dado para edificación y no para destrucción" (13:10).
Entonces, la idea es que siempre hagamos el bien, y que siempre animemos a otros a hacer el bien, con la autoridad que la gracia nos da. Porque eso es lo correcto. Y hacer el bien quiere decir obedecer, por fe, a Dios. No me refiero a cada cosa puntual que la palabra dice, porque eso es justamente lo que Dios produce en cada uno de nosotros. Lo importante, o la base, es buscar a Dios de corazón y querer hacer las cosas a su manera, para que cada vez que su palabra, de manera directa o a través de otro, nos corrija, pongamos todo de nosotros en cambiar ese aspecto. Crecer en el Señor es un proceso, y es un camino que dura toda la vida y va dando resultados de manera progresiva. Por eso también tenemos que animarnos a darnos un margen de error. Apuntar alto es importante, pero también lo es saber que vamos a fallar, de manera regular, y entonces, tenemos que corregir nuestro rumbo, sí, pero no castigarnos a nosotros mismos porque Dios mismo nos perdona.
Insisto en esto: no es en nuestra fuerza o capacidad que logramos crecer, sino apoyándonos en el poder de Cristo: oración, palabra de Dios, comunidad. La propia práctica de lo que está bien es el impulso que nos lleva más y más hacia adelante. Cuánto más tratamos de hacer lo bueno, más fácil nos resulta, si lo hacemos confiando ante todo en el poder de Cristo. Y en cuanto a contribuir al crecimiento de otros, lo mismo: lo que importa es que resulte, que salga bien, pero no para que nosotros quedemos como ministros muy capaces que logran "hacer crecer" a otros, porque esto no es cierto. Lo que cuenta es que esas personas aprendan a obedecer a Cristo, porque eso es bueno, no porque nosotros somos buenos. "Pedimos a Dios que no hagan nada malo, no para demostrar mi éxito, sino para que hagan lo bueno, aunque parezca que nosotros hemos fracasado" (13:7). Y en todo, tenemos que intentar estar en paz, con Dios, con nosotros mismos y con los demás, y procurar mantener la unidad.
Que la gracia del Señor Jesucristo, que nos da autoridad para edificar y sostener a otros, el amor de Dios que es la base de esa autoridad, y la comunión del Espíritu Santo que nos conduce a hacer el bien cada vez con más soltura, sean con todos nosotros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 13
Pablo termina en este capítulo de defender su ministerio, y de una forma que me parece bastante práctica. Por todo lo que ya les habló al respecto, está dispuesto a demostrar con hechos lo que viene diciendo. Cristo mismo le da autoridad, y piensa usar esa autoridad para poner en orden todo lo que haya que poner en orden cuando llegue a Corinto otra vez. "No seré indulgente con los que antes pecaron ni con ningún otro, ya que están exigiendo una prueba de que Cristo habla por medio de mí. Él no se muestra débil en su trato con ustedes, sino que ejerce su poder entre ustedes" (13:2-3).
Ahora, ¿por qué insiste Pablo en esto? ¿Qué nos dice esto sobre la actitud de un ministro de Cristo? Vuelvo sobre esta idea: todos los creyentes somos ministros de este nuevo pacto. Habíamos dicho en su momento que una de las principales características de este nuevo pacto era la gracia: el único hombre justo pagando el precio de la injusticia de todos los demás hombres con su propia muerte. Ésta es la autoridad que Pablo afirma recibir de Cristo, la autoridad que la gracia le da.
Esta autoridad de gracia tiene una primera consecuencia fundamental: reconocer que no nos ganamos esa autoridad, sino que nos fue regalada por medio de la fe. Porque a través de la fe viene en nosotros el poder de obedecer la palabra de Dios de forma voluntaria y consciente. De hecho, no es una autoridad teórica la que se nos confiere, sino una autoridad práctica, que sólo se demuestra por las obras. Son éstas las que, como vimos en otra publicación anterior, acreditan nuestro ministerio, nuestro servicio, y sobre todo nuestra posición para reprender a otros. No porque nuestras obras nos hagan mayores que los demás, porque en realidad, cualquiera puede reprender a cualquiera. Pero no puedo reprender a alguien por algo que yo mismo no pongo en práctica.
Otra consecuencia de la autoridad de gracia es que el ejercicio de esa autoridad tiene un objetivo distinto del de mandar sobre otros: la meta es que los demás crezcan en el Señor. La edificación de los demás, y no su destrucción, como señala Pablo. Si usamos nuestra autoridad para aprovecharnos de los demás, para tomar lo que otros tienen, para hacerles daño por cosas que en el pasado pueden habernos hecho, o lo que sea, entonces no estamos usando la autoridad de la gracia ni manifestando el poder de Cristo. El ministerio del nuevo pacto se basa en el amor y el perdón del Señor. Y recordemos que contribuir a la edificación de otros es necesariamente ayudar a que la gloria de Dios se refleje de manera cada vez más visible en esas personas, y por lo tanto requiere que yo mismo la deje brillar en mí.
Uno de los puntos más importantes de esto, y Pablo vuelve sobre él en esta parte de la carta, es reconocer que somos débiles. Como hablamos para el capítulo 4, tenemos esta gloria, y por lo tanto, esta autoridad, en vasijas de barro. Es el poder de Cristo el que me fortalece y hace toda la obra de restauración en mí. Por eso conviene permanentemente hacer un autoexamen de mi propia relación con Dios y de mi caminar como cristiano. ¿Estoy reflejando apropiadamente la gloria de Dios? ¿Qué barreras tengo? ¿Quién puede ayudarme a sortear esos obstáculos? Y eso también es importante. Si quiero ejercer eficazmente la autoridad de la gracia, es necesario que yo mismo me ponga bajo la autoridad de otro. Que busque el consejo de otro, la ayuda de otro, y por qué no, la reprensión de otro. Sí, esto también es importante. No hay mayor confianza, me parece, que la que me permite depositar en otra persona el "derecho" de reprenderme sin que yo me ofenda por eso. También es un paso grande de humildad, que creo que sirve de mucho.
Y lo importante es que al probarme a mí mismo, al someterme a examen, no lo haga para quedar bien con otros, o para hacer quedar bien a los cristianos. Esto es una tendencia o una tentación muy común. Muchas veces me vi en la situación de querer hacer las cosas bien para que la gente no piense mal de los creyentes. De esas veces, varias lo hice. Hacer las cosas bien es de por sí algo bueno, pero la motivación es incorrecta, y eso tiene la consecuencia de que mi obediencia sea forzada y no natural. La motivación para hacer las cosas bien tiene que ser que eso es lo correcto. Que eso es lo que hay que hacer, porque para eso fuimos creados, para eso fuimos liberados de la desobediencia, rescatados por el poder de Cristo, y si somos conscientes de esto, "nada podemos hacer contra la verdad, sino a favor de la verdad" (13:8). De nada sirve engañarnos a nosotros mismos sobre qué tan aprobados estamos o en qué sentido, porque en cualquier caso no podemos engañar a Dios, y él siempre nos va a recordar qué necesitamos corregir o cambiar. Su intención es, siempre lo fue, hacer de nosotros la mejor versión de nosotros mismos.
Cada uno, entonces, es responsable de tratar de conocerse a sí mismo y de trabajar codo a codo con el Señor para sacar afuera esa mejor versión posible de sí mismo. Pero no podemos tampoco excedernos en severidad con nosotros. A veces, no sé si les habrá pasado, llegué a examinarme con más severidad de la que creo que Dios mismo pretendía. Eso no lleva a buen puerto, porque muchas veces puede desanimarnos en nuestro crecimiento. Lo mismo ocurre al examinar a otros o, digamos, tratar de corregir a otros. Primero que nada, si soy demasiado severo con los demás puede que no esté examinándome a mí mismo apropiadamente. Pero además, si la idea es edificar, tengo que reprender con cuidado. No con cuidado en el sentido de precaución, sino en el sentido de cuidar de esa persona mientras la corrijo. Porque en definitiva ese es el objetivo de esa corrección. "les escribo todo esto en mi ausencia, para que cuando vaya no tenga que ser severo en el uso de mi autoridad, la cual el Señor me ha dado para edificación y no para destrucción" (13:10).
Entonces, la idea es que siempre hagamos el bien, y que siempre animemos a otros a hacer el bien, con la autoridad que la gracia nos da. Porque eso es lo correcto. Y hacer el bien quiere decir obedecer, por fe, a Dios. No me refiero a cada cosa puntual que la palabra dice, porque eso es justamente lo que Dios produce en cada uno de nosotros. Lo importante, o la base, es buscar a Dios de corazón y querer hacer las cosas a su manera, para que cada vez que su palabra, de manera directa o a través de otro, nos corrija, pongamos todo de nosotros en cambiar ese aspecto. Crecer en el Señor es un proceso, y es un camino que dura toda la vida y va dando resultados de manera progresiva. Por eso también tenemos que animarnos a darnos un margen de error. Apuntar alto es importante, pero también lo es saber que vamos a fallar, de manera regular, y entonces, tenemos que corregir nuestro rumbo, sí, pero no castigarnos a nosotros mismos porque Dios mismo nos perdona.
Insisto en esto: no es en nuestra fuerza o capacidad que logramos crecer, sino apoyándonos en el poder de Cristo: oración, palabra de Dios, comunidad. La propia práctica de lo que está bien es el impulso que nos lleva más y más hacia adelante. Cuánto más tratamos de hacer lo bueno, más fácil nos resulta, si lo hacemos confiando ante todo en el poder de Cristo. Y en cuanto a contribuir al crecimiento de otros, lo mismo: lo que importa es que resulte, que salga bien, pero no para que nosotros quedemos como ministros muy capaces que logran "hacer crecer" a otros, porque esto no es cierto. Lo que cuenta es que esas personas aprendan a obedecer a Cristo, porque eso es bueno, no porque nosotros somos buenos. "Pedimos a Dios que no hagan nada malo, no para demostrar mi éxito, sino para que hagan lo bueno, aunque parezca que nosotros hemos fracasado" (13:7). Y en todo, tenemos que intentar estar en paz, con Dios, con nosotros mismos y con los demás, y procurar mantener la unidad.
Que la gracia del Señor Jesucristo, que nos da autoridad para edificar y sostener a otros, el amor de Dios que es la base de esa autoridad, y la comunión del Espíritu Santo que nos conduce a hacer el bien cada vez con más soltura, sean con todos nosotros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
sábado, 13 de julio de 2013
2 Corintios 12 - Entrega desinteresada
Hola a todos. Después de una larga pausa, acá estoy de nuevo. Estamos ya llegando al final de la serie sobre este libro del Nuevo Testamento que, al menos desde mi punto de vista, tiene mucho para enseñarnos. Quiero insistir, como siempre, en que lo ideal para leer este blog es: hacer una breve oración, leer primero el pasaje, reflexionar unos momentos sobre él, tal vez anotar alguna que otra cosa que sientan que Dios les esté mostrando en él, y después leer esta reflexión. Por supuesto, podríamos agregar el paso de hacer algún comentario para enriquecer todavía más la publicación. Bueno, espero que esta reflexión les sea de bendición.
Texto: 2 Corintios 12
La vez anterior había marcado algunas características de lo que podríamos llamar el "ministro del nuevo pacto", que como vimos la vez anterior, describe a cualquier creyente que vive con el deseo permanente de servir a Dios, y por lo tanto, a los demás, ayudándolos a crecer en él. Creo que desde ese punto de vista, hay dos cosas centrales que aporta este pasaje.
Pablo que continúa de algún modo defendiendo su ministerio, afirma que si pensara en términos humanos tendría varias cosas de las que jactarse. Sin embargo, de todo lo que experimentó en su servicio a Cristo, elige jactarse de sus debilidades, de las persecuciones en su contra, en fin, de todo lo que demuestra que el éxito de su empresa no depende de su capacidad.
Esto me resultó muy llamativo desde la primera vez que leí este pasaje. Quiero decir, ¿quién puede jactarse de algo que lo hace más débil o lo hace parecer menos capaz de lo que se ve a simple vista? Si esta idea fuese dicha fuera de contexto podríamos pensar que Pablo tenía algunos problemas consigo mismo, es decir, una autoestima relativamente baja.
Sin embargo, en este contexto está claro que él no está dudando de su valor como siervo de Cristo. De hecho, él mismo dice: "de ningún modo soy inferior a los 'superapóstoles', aunque yo no soy nada" (12:11). Podríamos parafrasearlo de esta manera: "yo no soy nada, soy débil y si llegué a este punto no tuvo nada que ver con mi poder, mi capacidad o mi genialidad, y sin embargo para nada soy inferior a otros que desempeñan el ministerio de Cristo".
¿Cuál es la clave de todo esto? Evidentemente es reconocer que todo, absolutamente todo lo que hayamos logrado hasta ahora, y la posición, es decir, la función que llevemos a cabo en nuestra comunidad, proviene de Cristo, y es para su gloria. No tiene nada que ver con que seamos mejores o peores que otros. Tiene que ver sencillamente con el rol que Dios designó para cada uno en función de su propio plan. No es un premio, un favoritismo o un castigo. Podemos pensar incluso que cuando sufrimos adversidades en nuestro servicio, Dios las permite simplemente para que recordemos siempre que no depende de nosotros, sino de él. ¿Qué mayor satisfacción podemos hallar en el servicio que cuando, por ejemplo, las condiciones son absolutamente desfavorables pero aún así el resultado es altamente exitoso? "Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo" (12:10).
A veces, esta actitud puede encontrar resistencia entre los que nos rodean, en especial aquellos que no reconocen a Cristo como tal. He escuchado, por ejemplo, cosas como "pero también es porque vos te esforzaste mucho", o "no te eches a menos, vos sos muy capaz de todas formas", o cosas así. La idea de tener una opinión sólida y sana sobre uno mismo y la de jactarse en las propias debilidades parecen incompatibles desde los parámetros humanos. Sin embargo, pienso que sólo alguien que se conoce lo suficiente y que está seguro de sí mismo puede ver sus propias debilidades como motivo de jactancia, y por supuesto, alguien que además confía en el poder de Cristo, que es el que sostiene nuestro trabajo a pesar y en medio de nuestras debilidades.
Ahora bien, esta humildad de Pablo es absolutamente genuina. No le interesa lo que en este caso los corintios puedan opinar sobre él. No le interesa lo que puedan darle a cambio de su servicio. Como insiste todo el tiempo, no quiere serles una carga. Hay muchas maneras de ser una carga para otros, pero se refiere principalmente a la carga económica que podría significar, y pienso que también a la carga que implica a veces ser reprendido por otros. Pablo tiene un solo deseo y objetivo para su ministerio: la edificación de aquellos a los que está sirviendo, su crecimiento en el Señor. "No me interesa lo que ustedes tienen, sino lo que ustedes son" (12:14).
Y me parece clave lo que dice sobre su regreso a Corinto: "de buena gana gastaré todo lo que tengo, y hasta yo mismo me desgastaré del todo por ustedes" (12:15). Creo que esta actitud es la misma que tuvo Jesús en la cruz. Hizo todo lo que podía hacer, dio todo lo que podía dar, y se terminó dando a sí mismo. El único interés de Jesús: nuestra salvación, nuestro bienestar, nuestra restauración. De hecho, Pablo siente un poco de preocupación por su regreso, porque siente que a pesar de su entrega no van a recibirlo como él quisiera. Sin embargo, decide que va a ir a visitarlos. De nuevo: no le interesa lo que le den, ni tampoco, obviamente, lo que no le den. No le interesa su propio desgaste. Esta dispuesto a dejar todo por la edificación y el crecimiento de los corintios, y no espera recibir absolutamente nada a cambio.
Creo que esta tiene que ser nuestra actitud al servir. No importa si aquellos a los que servimos no reconocen nuestro servicio, o si piensan que viene de nosotros cuando nosotros mismos afirmamos que viene de Dios. Lo importante es la forma en la que nosotros lo hagamos. En definitiva, hay un solo hecho verdadero en todo esto: en medio y a pesar de nuestras debilidades, Cristo manifiesta su enorme poder en nosotros a través de milagros y señales, y nos usa para que otros sean bendecidos, independientemente de que esos otros se den cuenta o no. Lo demás es secundario: lo que recibimos, lo que gastamos en el proceso, lo que ponemos de nosotros mismos. El límite de nuestro propio desgaste en todo caso está dado, precisamente, por la fuente de nuestra humildad: el conocimiento de nosotros mismos y de nuestras debilidades y limitaciones, y no sólo eso, sino también su reconocimiento. Saber que están y aceptarlas. El poder de Dios se encarga del resto.
Que el Dios que se entregó a sí mismo con el único interés de rescatarnos llene nuestra manera de pensar y vivir, para que podamos actuar con humildad sincera y con esa misma entrega desinteresada, manifestando así su inmenso poder a través de nuestras propias debilidades. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 12
La vez anterior había marcado algunas características de lo que podríamos llamar el "ministro del nuevo pacto", que como vimos la vez anterior, describe a cualquier creyente que vive con el deseo permanente de servir a Dios, y por lo tanto, a los demás, ayudándolos a crecer en él. Creo que desde ese punto de vista, hay dos cosas centrales que aporta este pasaje.
Pablo que continúa de algún modo defendiendo su ministerio, afirma que si pensara en términos humanos tendría varias cosas de las que jactarse. Sin embargo, de todo lo que experimentó en su servicio a Cristo, elige jactarse de sus debilidades, de las persecuciones en su contra, en fin, de todo lo que demuestra que el éxito de su empresa no depende de su capacidad.
Esto me resultó muy llamativo desde la primera vez que leí este pasaje. Quiero decir, ¿quién puede jactarse de algo que lo hace más débil o lo hace parecer menos capaz de lo que se ve a simple vista? Si esta idea fuese dicha fuera de contexto podríamos pensar que Pablo tenía algunos problemas consigo mismo, es decir, una autoestima relativamente baja.
Sin embargo, en este contexto está claro que él no está dudando de su valor como siervo de Cristo. De hecho, él mismo dice: "de ningún modo soy inferior a los 'superapóstoles', aunque yo no soy nada" (12:11). Podríamos parafrasearlo de esta manera: "yo no soy nada, soy débil y si llegué a este punto no tuvo nada que ver con mi poder, mi capacidad o mi genialidad, y sin embargo para nada soy inferior a otros que desempeñan el ministerio de Cristo".
¿Cuál es la clave de todo esto? Evidentemente es reconocer que todo, absolutamente todo lo que hayamos logrado hasta ahora, y la posición, es decir, la función que llevemos a cabo en nuestra comunidad, proviene de Cristo, y es para su gloria. No tiene nada que ver con que seamos mejores o peores que otros. Tiene que ver sencillamente con el rol que Dios designó para cada uno en función de su propio plan. No es un premio, un favoritismo o un castigo. Podemos pensar incluso que cuando sufrimos adversidades en nuestro servicio, Dios las permite simplemente para que recordemos siempre que no depende de nosotros, sino de él. ¿Qué mayor satisfacción podemos hallar en el servicio que cuando, por ejemplo, las condiciones son absolutamente desfavorables pero aún así el resultado es altamente exitoso? "Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo" (12:10).
A veces, esta actitud puede encontrar resistencia entre los que nos rodean, en especial aquellos que no reconocen a Cristo como tal. He escuchado, por ejemplo, cosas como "pero también es porque vos te esforzaste mucho", o "no te eches a menos, vos sos muy capaz de todas formas", o cosas así. La idea de tener una opinión sólida y sana sobre uno mismo y la de jactarse en las propias debilidades parecen incompatibles desde los parámetros humanos. Sin embargo, pienso que sólo alguien que se conoce lo suficiente y que está seguro de sí mismo puede ver sus propias debilidades como motivo de jactancia, y por supuesto, alguien que además confía en el poder de Cristo, que es el que sostiene nuestro trabajo a pesar y en medio de nuestras debilidades.
Ahora bien, esta humildad de Pablo es absolutamente genuina. No le interesa lo que en este caso los corintios puedan opinar sobre él. No le interesa lo que puedan darle a cambio de su servicio. Como insiste todo el tiempo, no quiere serles una carga. Hay muchas maneras de ser una carga para otros, pero se refiere principalmente a la carga económica que podría significar, y pienso que también a la carga que implica a veces ser reprendido por otros. Pablo tiene un solo deseo y objetivo para su ministerio: la edificación de aquellos a los que está sirviendo, su crecimiento en el Señor. "No me interesa lo que ustedes tienen, sino lo que ustedes son" (12:14).
Y me parece clave lo que dice sobre su regreso a Corinto: "de buena gana gastaré todo lo que tengo, y hasta yo mismo me desgastaré del todo por ustedes" (12:15). Creo que esta actitud es la misma que tuvo Jesús en la cruz. Hizo todo lo que podía hacer, dio todo lo que podía dar, y se terminó dando a sí mismo. El único interés de Jesús: nuestra salvación, nuestro bienestar, nuestra restauración. De hecho, Pablo siente un poco de preocupación por su regreso, porque siente que a pesar de su entrega no van a recibirlo como él quisiera. Sin embargo, decide que va a ir a visitarlos. De nuevo: no le interesa lo que le den, ni tampoco, obviamente, lo que no le den. No le interesa su propio desgaste. Esta dispuesto a dejar todo por la edificación y el crecimiento de los corintios, y no espera recibir absolutamente nada a cambio.
Creo que esta tiene que ser nuestra actitud al servir. No importa si aquellos a los que servimos no reconocen nuestro servicio, o si piensan que viene de nosotros cuando nosotros mismos afirmamos que viene de Dios. Lo importante es la forma en la que nosotros lo hagamos. En definitiva, hay un solo hecho verdadero en todo esto: en medio y a pesar de nuestras debilidades, Cristo manifiesta su enorme poder en nosotros a través de milagros y señales, y nos usa para que otros sean bendecidos, independientemente de que esos otros se den cuenta o no. Lo demás es secundario: lo que recibimos, lo que gastamos en el proceso, lo que ponemos de nosotros mismos. El límite de nuestro propio desgaste en todo caso está dado, precisamente, por la fuente de nuestra humildad: el conocimiento de nosotros mismos y de nuestras debilidades y limitaciones, y no sólo eso, sino también su reconocimiento. Saber que están y aceptarlas. El poder de Dios se encarga del resto.
Que el Dios que se entregó a sí mismo con el único interés de rescatarnos llene nuestra manera de pensar y vivir, para que podamos actuar con humildad sincera y con esa misma entrega desinteresada, manifestando así su inmenso poder a través de nuestras propias debilidades. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 2 de julio de 2013
2 Corintios 11 - Ministros de Cristo
Hola a todos. Pasó un tiempo ya desde la última publicación, estuve bastante apretado de tiempos en esta última semana y media, pero bueno, acá estoy de nuevo. Sigo entonces con la publicación sobre la segunda carta a los corintios. Ya hablamos del ministerio del nuevo pacto, relacionado con reflejar la gloria de Dios, que se manifiesta en nuestras vidas concretas a partir de nuestra entrega sincera a los demás y nuestra actitud de humildad y arrepentimiento frente a Dios. Por supuesto, hay más: la pureza, una forma de vivir agradable a Dios. Toda esta cuestión práctica de la entrega y la generosidad tiene como consecuencia que se formen, a raíz de este nuevo pacto en el Espíritu, comunidades vivas que crecen y que sirven como modelo de comunidad ideal, aunque sin serlo del todo. Ahora, nos queda ver qué pasa con cada persona dentro de esa comunidad, cómo es que funcionan y crecen estas comunidades. Repito algo que siempre digo: primero que nada, lean y reflexionen en el pasaje que cito. Recién después, y como complemento, lean mi reflexión, que es sólo eso, una reflexión. Y si se animan, comenten qué sintieron que Dios les dijo.
Texto: 2 Corintios 11
Ya habíamos visto que algunos cuestionaban a Pablo como ministro, como líder de la iglesia, como maestro. Lo hacían, según él, a partir de parámetros humanos, y en este pasaje se ve con más claridad. Argumentaban, aparentemente, que no era suficientemente bueno, que no tenía suficiente capacidad de oratoria, o tal vez que no estaba capacitado para enseñar, para corregir, para reprender, y que no tenía derecho a hacerlo. Pero también aplicaban parámetros humanos para justificarse o recomendarse a sí mismos, considerándose ellos mismos como buenos maestros, mejores que Pablo.
Es interesante la manera de responder de Pablo. Ya habíamos visto también que él no responde a estas acusaciones con argumentos, sino con su testimonio. Habla desde la experiencia, y de la experiencia, no tanto de razones. En este capítulo, sin embargo, toma los propios argumentos contra él y los revierte. "Si ustedes son buenos, sepan que yo soy igual que ustedes en todo", podríamos expresar. Todo aquello de lo que estos maestros se jactaban se cumplía también en Pablo.
Pero lo que Pablo destaca de todo esto no son los requisitos humanos, sino justamente la entrega. Si en algo se enorgullece, no es en quién es él socialmente (según su origen familiar, su posición social, etc.), sino en lo que tuvo que dejar en el camino de ser un servidor de Dios. De hecho, la palabra que suele traducirse como "ministro" tiene este significado tanto en hebreo como en griego, el de "servidor". Y el servicio está asociado aquí con las circunstancias que tuvo en contra y a pesar de las cuales siguió perseverando con tal de entregarse a estas comunidades al 110%. Voy a volver sobre esta idea en la próxima publicación, pero quiero quedarme con esta idea del servidor de Cristo.
Esto es, entonces un ministro. Una persona que, contra toda circunstancia adversa, está dispuesta a entregarse por los demás. Por supuesto, esto se aplica hacia cualquier persona, pero en particular, este capítulo sirve para pensar cuáles son las características de un servidor de Cristo hacia el resto de la iglesia, es decir, la comunidad que crece en Cristo. Y me parece que el papel del servidor, es decir, el ministro, es fundamental.
Primero, ¿quiénes son los ministros? Bueno, más allá de la estructura de cada iglesia, tenemos que entender que desde el punto de vista de Dios, todos somos ministros. "Ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pedro 2:9). Cada creyente es un sacerdote, desde el punto de vista de que todos somos responsables por el mensaje de Cristo, por el servicio a los demás y por la administración de todo lo que pertenece a Dios, toda la obra de sus manos. Digo esto porque es fácil caer en la falacia de que sólo las autoridades de la iglesia tienen la responsabilidad de enseñarle a otros, de leer y conocer la palabra de Dios, de trabajar por la iglesia.
Pero no es así, la biblia no nos muestra eso. Cada creyente es un sacerdote, aunque esté bajo autoridad de un sacerdote ordenado como tal. Lo mismo todo creyente es un maestro, aunque a su vez esté bajo la guía espiritual de otro maestro. Todo creyente es un teólogo, aunque sea instruido en la palabra por otros teólogos. Y finalmente digo que todo creyente es un ministro de Cristo, porque todos somos servidores y tenemos la responsabilidad de trabajar por nuestra comunidad de fe.
Ahora, ¿a qué me refiero con "trabajar por nuestra comunidad de fe"? Bueno, el objetivo es edificar a la iglesia, lograr que todos los que comparten comunidad con nosotros crezcan en el conocimiento de Dios. Ya había hablado de esto en el capítulo 2 y en el 7, pero ahora voy a tratar de precisar cómo pasa esto. Había dicho que las comunidades cristianas son comunidades vivas, que crecen en santidad, es decir, en parecerse a la comunidad ideal, la que Dios mismo soñó al crear a la humanidad. Y esto se lleva a cabo justamente a través de la acción de los ministros, los servidores, es decir, todos los creyentes.
En primer lugar, un ministro de Cristo tiene celo por aquellos que ministra. ¿Qué quiere decir que tenga celo? Es una preocupación, o mejor, una ocupación continua de que los que nos rodean conozcan al Señor y crezcan en la vida que él nos propone. Que crezcan en entrega y en santidad. Todo creyente debería estar preparado siempre para transmitir lo que ya aprendió en su caminar con Dios, sin miedo y sin vergüenza, porque es la práctica la que nos acredita. Haber experimentado el amor de Dios me permite hablar de él. Experimentar el poder de Dios me permite hablar de él. Lo mismo experimentar la precisión de la palabra de Dios, o cualquier otra cosa que hayamos aprendido por la vida misma. Un ministro de Cristo observa y cuida a sus hermanos en la fe, está atento a sus necesidades y a su manera de vivir, para aportarle lo que esté a su alcance y para corregirlo cuando esté yendo por un camino que lo aleja de la imagen de Cristo. Reprender es responsabilidad y privilegio de todo creyente.
Por supuesto, siempre, como veíamos en el capítulo 2, desde la humildad de alguien que está en la misma posición frente a Dios, y con el motivo de que la persona crezca, no para que viva como a mí me parece que tiene que vivir. El propósito de esto lo deja claro Pablo: "el celo que siento por ustedes proviene de Dios, pues los tengo prometidos a un solo esposo, que es Cristo, para presentárselos como una virgen pura" (11:2). Ésta es una imagen fuerte, pero quiero quedarme con esta idea: una virgen pura. La expresión se puede traducir también como "limpia", sin mancha. Y esto ocurre sólo a través de la fe, como ya vimos. Entonces, un ministro de Cristo trabaja para fortalecer la fe de otros, desde la palabra y desde el ejemplo.
Otra característica del ministro de Cristo es que va de frente, siempre con la verdad, como lo hace Pablo en este capítulo. Denuncia lo malo con naturalidad, con amor, con suavidad y con humildad. Pero sobre todo, con firmeza, sin dudar. Tiene grabados en sus mentes los parámetros de Cristo, y no está dispuesto a negociarlos. Dice las cosas como son. Por supuesto que cuidar de los demás creyentes implica tratar de no herirlos con las palabras, de respetar su espacio personal y su experiencia de vida, de ser comprensivo y compasivo. Pero no por eso menos sincero. Si algo está mal, y estoy seguro de eso, no puedo callarme, por lo menos no si la persona que lo practica es un creyente. Tal vez la persona ya sabe que está mal, y está luchando con eso, pero tal vez no. O tal vez no se lo plantea, o no se puso a pensar que está mal. Por eso es fundamental que, desde el amor y el respeto, hablemos con esa persona y tratemos de mostrarle qué es lo que está mal y por qué.
Y esto está ligado totalmente a otra característica: un ministro de Cristo es humilde, es decir, no se endurece ni se gloría según su propia capacidad. Si tengo conocimiento teológico, no es eso lo que me acredita como un buen servidor. Tampoco pertenecer a una familia cristiana muy conocida, o a una iglesia que trabaja mucho, o lo que sea. Es el servicio el que me acredita, no porque yo sea capaz de servir mucho y bien, sino porque a pesar de mis debilidades, Dios me usa de formas inesperadas, demostrando su propio poder. Si mi servicio pone en evidencia el poder de Dios y no el mío, entonces mi servicio es válido. Por eso Pablo dice que prefiere jactarse de sus debilidades y sufrimientos, para que sea evidente que su tesoro, la gloria de Dios, viene en una vasija de barro, frágil y que si no se rompe en el camino es porque Dios la protege y sostiene. Esa debería ser mi actitud, porque entonces voy a querer servir hasta en las condiciones más adversas, y porque así voy a ser cuidadoso de los demás creyentes, que también son débiles y frágiles, y atraviesan dificultades cuando intentan crecer y servir. No es fácil vivir con los parámetros de Dios en medio de una sociedad que empuja por moldearnos con otros criterios que son a veces muy diferentes, y que nos "castiga", implícita o explícitamente, si no nos amoldamos.
Entonces, el nivel de entrega a Cristo y las consecuencias que tiene en mi vida son una medida de mi ministerio, de mi servicio. O sea que no hay motivo de orgullo o jactancia que no sea Cristo o mis propias aflicciones y debilidades. Es importante, como hace Pablo, reconocer también cuáles son mis fortalezas, para no desmerecer mi propio trabajo, porque aún para Dios es importante. Pero es crucial entender que Dios sabe todo, y si yo quiero parecer más capaz o fuerte de lo que realmente soy, es con Dios con quien no tengo las cuentas claras. Porque todos fallamos y todos tropezamos, y si me considero más capaz que otro estoy ignorando esto. Este es el principio de la humildad. Estoy en igualdad de condiciones que los demás creyentes, y si llegué a determinada posición de servicio o logré determinadas cosas, es sólo por el poder de Dios. De hecho, cuanto más alta la posición, no se espera menos trabajo por mi parte, sino el mismo o incluso más que cualquier otro. Si Dios me puso en una situación donde tengo oficialmente a muchas personas a cargo, también va a pedirme cuentas por todas esas personas más adelante. Si soy un verdadero servidor de Cristo, mi entrega va a ser absoluta en cualquier caso, sea un sacerdote ordenado, un líder de jóvenes, o la persona que acomoda las sillas.
En ese sentido, termino con esta idea, para ejemplificar lo que quise decir con esto último de la humildad: si alguno es sacerdote, no es más que el que acomoda las sillas, y si hay muchas sillas para acomodar, un sacerdote comprendió el sentido del servicio si se ofrece a sí mismo para acomodar las sillas. Si hay que limpiar, un líder de jóvenes se acredita como servidor si está dispuesto a limpiar. Esto es, no se enorgullecen de su posición dentro de la comunidad, sino que sirven en lo que sea necesario en cada momento, no como quien cree que es demasiado bueno para rebajarse a esa tarea, sino como quien entiende que Jesús, "siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo" (Filipenses 2:6-7). Y Marcos 10:43-45 dice que "el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos. Porque ni aún el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos". Entonces, nuestra actitud como ministros de Cristo tiene que ser, justamente, como la de nuestro gran ministro y servidor, que es Cristo mismo.
Que el Dios de gloria, que nos conduce a servir con entrega y nos sostiene para que lo hagamos, nos contagie su celo, su sinceridad y su humildad para que en todo seamos como Cristo, y así nos acreditemos como ministros, no según los parámetros humanos, sino los criterios divinos. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Texto: 2 Corintios 11
Ya habíamos visto que algunos cuestionaban a Pablo como ministro, como líder de la iglesia, como maestro. Lo hacían, según él, a partir de parámetros humanos, y en este pasaje se ve con más claridad. Argumentaban, aparentemente, que no era suficientemente bueno, que no tenía suficiente capacidad de oratoria, o tal vez que no estaba capacitado para enseñar, para corregir, para reprender, y que no tenía derecho a hacerlo. Pero también aplicaban parámetros humanos para justificarse o recomendarse a sí mismos, considerándose ellos mismos como buenos maestros, mejores que Pablo.
Es interesante la manera de responder de Pablo. Ya habíamos visto también que él no responde a estas acusaciones con argumentos, sino con su testimonio. Habla desde la experiencia, y de la experiencia, no tanto de razones. En este capítulo, sin embargo, toma los propios argumentos contra él y los revierte. "Si ustedes son buenos, sepan que yo soy igual que ustedes en todo", podríamos expresar. Todo aquello de lo que estos maestros se jactaban se cumplía también en Pablo.
Pero lo que Pablo destaca de todo esto no son los requisitos humanos, sino justamente la entrega. Si en algo se enorgullece, no es en quién es él socialmente (según su origen familiar, su posición social, etc.), sino en lo que tuvo que dejar en el camino de ser un servidor de Dios. De hecho, la palabra que suele traducirse como "ministro" tiene este significado tanto en hebreo como en griego, el de "servidor". Y el servicio está asociado aquí con las circunstancias que tuvo en contra y a pesar de las cuales siguió perseverando con tal de entregarse a estas comunidades al 110%. Voy a volver sobre esta idea en la próxima publicación, pero quiero quedarme con esta idea del servidor de Cristo.
Esto es, entonces un ministro. Una persona que, contra toda circunstancia adversa, está dispuesta a entregarse por los demás. Por supuesto, esto se aplica hacia cualquier persona, pero en particular, este capítulo sirve para pensar cuáles son las características de un servidor de Cristo hacia el resto de la iglesia, es decir, la comunidad que crece en Cristo. Y me parece que el papel del servidor, es decir, el ministro, es fundamental.
Primero, ¿quiénes son los ministros? Bueno, más allá de la estructura de cada iglesia, tenemos que entender que desde el punto de vista de Dios, todos somos ministros. "Ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable" (1 Pedro 2:9). Cada creyente es un sacerdote, desde el punto de vista de que todos somos responsables por el mensaje de Cristo, por el servicio a los demás y por la administración de todo lo que pertenece a Dios, toda la obra de sus manos. Digo esto porque es fácil caer en la falacia de que sólo las autoridades de la iglesia tienen la responsabilidad de enseñarle a otros, de leer y conocer la palabra de Dios, de trabajar por la iglesia.
Pero no es así, la biblia no nos muestra eso. Cada creyente es un sacerdote, aunque esté bajo autoridad de un sacerdote ordenado como tal. Lo mismo todo creyente es un maestro, aunque a su vez esté bajo la guía espiritual de otro maestro. Todo creyente es un teólogo, aunque sea instruido en la palabra por otros teólogos. Y finalmente digo que todo creyente es un ministro de Cristo, porque todos somos servidores y tenemos la responsabilidad de trabajar por nuestra comunidad de fe.
Ahora, ¿a qué me refiero con "trabajar por nuestra comunidad de fe"? Bueno, el objetivo es edificar a la iglesia, lograr que todos los que comparten comunidad con nosotros crezcan en el conocimiento de Dios. Ya había hablado de esto en el capítulo 2 y en el 7, pero ahora voy a tratar de precisar cómo pasa esto. Había dicho que las comunidades cristianas son comunidades vivas, que crecen en santidad, es decir, en parecerse a la comunidad ideal, la que Dios mismo soñó al crear a la humanidad. Y esto se lleva a cabo justamente a través de la acción de los ministros, los servidores, es decir, todos los creyentes.
En primer lugar, un ministro de Cristo tiene celo por aquellos que ministra. ¿Qué quiere decir que tenga celo? Es una preocupación, o mejor, una ocupación continua de que los que nos rodean conozcan al Señor y crezcan en la vida que él nos propone. Que crezcan en entrega y en santidad. Todo creyente debería estar preparado siempre para transmitir lo que ya aprendió en su caminar con Dios, sin miedo y sin vergüenza, porque es la práctica la que nos acredita. Haber experimentado el amor de Dios me permite hablar de él. Experimentar el poder de Dios me permite hablar de él. Lo mismo experimentar la precisión de la palabra de Dios, o cualquier otra cosa que hayamos aprendido por la vida misma. Un ministro de Cristo observa y cuida a sus hermanos en la fe, está atento a sus necesidades y a su manera de vivir, para aportarle lo que esté a su alcance y para corregirlo cuando esté yendo por un camino que lo aleja de la imagen de Cristo. Reprender es responsabilidad y privilegio de todo creyente.
Por supuesto, siempre, como veíamos en el capítulo 2, desde la humildad de alguien que está en la misma posición frente a Dios, y con el motivo de que la persona crezca, no para que viva como a mí me parece que tiene que vivir. El propósito de esto lo deja claro Pablo: "el celo que siento por ustedes proviene de Dios, pues los tengo prometidos a un solo esposo, que es Cristo, para presentárselos como una virgen pura" (11:2). Ésta es una imagen fuerte, pero quiero quedarme con esta idea: una virgen pura. La expresión se puede traducir también como "limpia", sin mancha. Y esto ocurre sólo a través de la fe, como ya vimos. Entonces, un ministro de Cristo trabaja para fortalecer la fe de otros, desde la palabra y desde el ejemplo.
Otra característica del ministro de Cristo es que va de frente, siempre con la verdad, como lo hace Pablo en este capítulo. Denuncia lo malo con naturalidad, con amor, con suavidad y con humildad. Pero sobre todo, con firmeza, sin dudar. Tiene grabados en sus mentes los parámetros de Cristo, y no está dispuesto a negociarlos. Dice las cosas como son. Por supuesto que cuidar de los demás creyentes implica tratar de no herirlos con las palabras, de respetar su espacio personal y su experiencia de vida, de ser comprensivo y compasivo. Pero no por eso menos sincero. Si algo está mal, y estoy seguro de eso, no puedo callarme, por lo menos no si la persona que lo practica es un creyente. Tal vez la persona ya sabe que está mal, y está luchando con eso, pero tal vez no. O tal vez no se lo plantea, o no se puso a pensar que está mal. Por eso es fundamental que, desde el amor y el respeto, hablemos con esa persona y tratemos de mostrarle qué es lo que está mal y por qué.
Y esto está ligado totalmente a otra característica: un ministro de Cristo es humilde, es decir, no se endurece ni se gloría según su propia capacidad. Si tengo conocimiento teológico, no es eso lo que me acredita como un buen servidor. Tampoco pertenecer a una familia cristiana muy conocida, o a una iglesia que trabaja mucho, o lo que sea. Es el servicio el que me acredita, no porque yo sea capaz de servir mucho y bien, sino porque a pesar de mis debilidades, Dios me usa de formas inesperadas, demostrando su propio poder. Si mi servicio pone en evidencia el poder de Dios y no el mío, entonces mi servicio es válido. Por eso Pablo dice que prefiere jactarse de sus debilidades y sufrimientos, para que sea evidente que su tesoro, la gloria de Dios, viene en una vasija de barro, frágil y que si no se rompe en el camino es porque Dios la protege y sostiene. Esa debería ser mi actitud, porque entonces voy a querer servir hasta en las condiciones más adversas, y porque así voy a ser cuidadoso de los demás creyentes, que también son débiles y frágiles, y atraviesan dificultades cuando intentan crecer y servir. No es fácil vivir con los parámetros de Dios en medio de una sociedad que empuja por moldearnos con otros criterios que son a veces muy diferentes, y que nos "castiga", implícita o explícitamente, si no nos amoldamos.
Entonces, el nivel de entrega a Cristo y las consecuencias que tiene en mi vida son una medida de mi ministerio, de mi servicio. O sea que no hay motivo de orgullo o jactancia que no sea Cristo o mis propias aflicciones y debilidades. Es importante, como hace Pablo, reconocer también cuáles son mis fortalezas, para no desmerecer mi propio trabajo, porque aún para Dios es importante. Pero es crucial entender que Dios sabe todo, y si yo quiero parecer más capaz o fuerte de lo que realmente soy, es con Dios con quien no tengo las cuentas claras. Porque todos fallamos y todos tropezamos, y si me considero más capaz que otro estoy ignorando esto. Este es el principio de la humildad. Estoy en igualdad de condiciones que los demás creyentes, y si llegué a determinada posición de servicio o logré determinadas cosas, es sólo por el poder de Dios. De hecho, cuanto más alta la posición, no se espera menos trabajo por mi parte, sino el mismo o incluso más que cualquier otro. Si Dios me puso en una situación donde tengo oficialmente a muchas personas a cargo, también va a pedirme cuentas por todas esas personas más adelante. Si soy un verdadero servidor de Cristo, mi entrega va a ser absoluta en cualquier caso, sea un sacerdote ordenado, un líder de jóvenes, o la persona que acomoda las sillas.
En ese sentido, termino con esta idea, para ejemplificar lo que quise decir con esto último de la humildad: si alguno es sacerdote, no es más que el que acomoda las sillas, y si hay muchas sillas para acomodar, un sacerdote comprendió el sentido del servicio si se ofrece a sí mismo para acomodar las sillas. Si hay que limpiar, un líder de jóvenes se acredita como servidor si está dispuesto a limpiar. Esto es, no se enorgullecen de su posición dentro de la comunidad, sino que sirven en lo que sea necesario en cada momento, no como quien cree que es demasiado bueno para rebajarse a esa tarea, sino como quien entiende que Jesús, "siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo" (Filipenses 2:6-7). Y Marcos 10:43-45 dice que "el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de todos. Porque ni aún el Hijo del hombre vino para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos". Entonces, nuestra actitud como ministros de Cristo tiene que ser, justamente, como la de nuestro gran ministro y servidor, que es Cristo mismo.
Que el Dios de gloria, que nos conduce a servir con entrega y nos sostiene para que lo hagamos, nos contagie su celo, su sinceridad y su humildad para que en todo seamos como Cristo, y así nos acreditemos como ministros, no según los parámetros humanos, sino los criterios divinos. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
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