Efesios 6:10-18
Hola a todos. Hace algunos meses había publicado una serie de reflexiones sobre la armadura de Dios, y había quedado pendiente hacer el cierre, la conclusión. Tal como había anticipado, el tema central de esta reflexión es un tema intenso, y a mi entender muy importante.
Me parece que el pasaje transmite una idea que es clave, y que como cristianos muchas veces olvidamos o dejamos guardado en el cajón, tal vez por miedo, tal vez por dudas, o por el motivo que sea. Dice el versículo 12 que "nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales". El texto habla por sí mismo, pero vamos a verlo un poco más de cerca.
Dice que "nuestra lucha no es contra seres humanos". Primer punto: dice que hay una lucha. Nosotros peleamos. Y podríamos decir bueno, por supuesto, de vez en cuando peleamos, nos enojamos con gente, y todo eso. Pero Pablo está yendo un poco más allá.
El ser humano está separado de Dios desde que nace. Ahora, tanto esta separación como la reunión con él al recibir a Cristo tienen lugar en un nivel de la vida que no llegamos a ver. Podríamos decir que es algo espiritual. O sea que existe un mundo espiritual, digamos, la parte invisible de la creación.
Este mundo espiritual es el que Pablo menciona como "regiones celestiales". Y es en este nivel donde ocurre la verdadera pelea, la única pelea que es verdaderamente válida, la única "buena batalla" (2 Timoteo 4:7). Entonces la pregunta sería, ¿contra quién peleamos?
Bueno, me parece que Pablo es muy claro. Tenemos ante todo un enemigo, uno que deberíamos aprender a reconocer y en el cual deberíamos creer, como cristianos, porque la propia palabra de Dios no deja dudas al respecto: el diablo.
Si prestamos atención, este espíritu está acechando al ser humano desde poco después de la creación del mundo. Génesis 3:1 habla de una "serpiente" que se le acercó a Eva para hablarle. No para decirle cualquier cosa, sino para hacerla dudar de la justicia y la provisión de Dios. ¡Nada menos! ¿Una serpiente? Tal vez, en su forma, pero sin duda era mucho más que una serpiente.
Podríamos pensar que los espíritus son, básicamente, formas de conciencia. Son, digamos, seres que están hechos pura y únicamente de mente, con todo lo que eso implica. La palabra "espíritu" en definitiva, tanto en el antiguo como en el nuevo testamento, tiene esta connotación. En el hombre, el espíritu es el lugar de los deseos y de las intenciones. Éstos seres que habitan el mundo invisible son, básicamente, deseos e intenciones con vida propia.
Entonces, no fue una simple serpiente la que intentó engañar a Eva, sino un espíritu. Y no cualquier espíritu, sino uno verdaderamente astuto, y sin duda con un objetivo claro: desviar al ser humano de su propósito. Evidentemente es un espíritu ambicioso el que hizo esto, y además poderoso, porque finalmente lo logra, a pesar de que el hombre, en aquel momento, era sin duda mucho más fuerte en conciencia que hoy, por su relación directa con Dios.
Éste espíritu es el diablo. Desde la creación del mundo tuvo la intención de destruirnos, de llevarnos a la ruina, apartándonos de Dios y de las intenciones que él tenía y tiene para nosotros. No podemos saber bien por qué nos detesta tanto, pero lo hace. Quiere vernos muertos, es decir, separados de Dios por toda la eternidad.
Para eso, sembró en nosotros la semilla de la desobediencia, lo que llamamos el "pecado original", que fue una acción concreta pero vino en definitiva como consecuencia de un pensamiento que se apartó de la obediencia a Dios. Donde Dios dijo "no hagas esto", primero pensamos "bueno, lo hago" y recién después lo hicimos. Desobediencia espiritual traducida en desobediencia material. Y así fue siempre desde ese momento hasta hoy. El diablo siembra pensamientos desobedientes en nosotros, que de por sí tenemos una mente rebelada contra Dios, y entonces nos lleva a realizar acciones desobedientes. Hoy, como siempre, quiere vernos separados de Dios.
¡Imagínense cuánto más quiere derribarnos a nosotros, que nos pusimos del lado de Dios! Quiere que nos equivoquemos, que hagamos las cosas mal, que no lleguemos a cumplir los propósitos de Dios. Quiere que abandonemos a Dios, que renunciemos a él, y por eso nos engaña con toda clase de mentiras. Por ejemplo, pensamientos como: "no soy suficientemente bueno para ser cristiano", "soy un desastre, Dios nunca me va a perdonar por estas cosas que hago", "¿cómo puede Dios perdonarme todas esas cosas que hice en mi pasado?", "si Dios realmente hubiera estado conmigo, esto no me hubiera pasado", y muchos más que seguramente ustedes mismos podrían tomar desde su propia experiencia.
Esto no son sólo pensamientos. Son espíritus que nos atacan. La biblia es clara al respecto. Cuando empecé a pensar en todo esto me dije a mí mismo "nah, dejá de fantasear". Pero después entendí que este tipo de pensamientos también forman parte del engaño del diablo. Para él es mucho mejor si no creemos que existe, porque de esa manera esconde su propia acción, y además genera muchas más dudas sobre Dios y sobre el plan que él tiene para nosotros. El diablo quiere que no veamos. Quiere que ignoremos.
Entonces, nuestra vida no se trata solamente de ir por ahí ayudando gente y hablando de Dios mientras soportamos algunos problemas. Como cristianos, tenemos que ver más allá y comprender que tenemos un montón de fuerzas peleando en nuestra contra y tratando de arrastrarnos. Estamos en una batalla permanente. Nuestra vida es un campo de batalla.
Del pasaje que leímos y el análisis que venimos haciendo podemos sacar en conclusión que tenemos básicamente tres enemigos.
Por un lado, la principal consecuencia del primer engaño del diablo: la mentalidad desobediente, o para usar el término bíblico, el pecado. Éste es un enemigo interno, y viendo la autonomía que Pablo le da especialmente en la carta a los Romanos, podríamos decir que es un espíritu también. El pecado vive en nosotros y quiere ayudar al diablo en sus planes de separarnos de Dios. Es, digamos, un espía enemigo en nuestro propio territorio.
Por otra parte, si aceptamos que cada una de las personas está en esta misma condición y por lo tanto invadida por este enemigo interno, tenemos un grupo entero que abarca a todos los seres humanos y que toman como grupo decisiones que desobedecen a Dios. De hecho, cada vez es más evidente. La biblia llama a este grupo "el mundo". Podríamos decir que es la sociedad en la que vivimos. Lo curioso de este enemigo es que es un enemigo mayormente inconsciente. La gente no se opone a nosotros ni se enfrenta entre sí de manera totalmente consciente. "El dios de este mundo ha cegado la mente de estos incrédulos", dice 2 Corintios 4:4, y Jesús mismo dijo que los que lo crucificaron no sabían lo que hacían. Actúan al servicio del diablo y de su plan sin saberlo, incluso sin poder ni siquiera sospecharlo, a veces desde lo individual, o a veces en general, formando una sociedad cada vez más alejada de Dios.
Y finalmente tenemos al gran artífice de toda esta guerra, el diablo. El enemigo que tenemos que enfrentar sin temor pero sin confiarnos en nuestra propia fuerza como seres humanos, porque es un enemigo invisible que pelea con armas invisibles. Un enemigo espiritual que pelea con armas espirituales.
Afortunadamente, los que seguimos a Cristo tenemos la capacidad de creer, y por lo tanto de "ver" lo invisible. Por supuesto, no podemos pretender que vamos a ver con los ojos a estos enemigos espirituales (aunque no descarto que hay gente que tiene cierta capacidad para esto), pero lo más importante es que, así como vemos a Dios de otra manera, también a estos espíritus los vemos de otra manera. Los percibimos, por más que sólo sea en forma de pensamientos. Y ésta es la clave para esta batalla.
Como no podemos hacer nada por nuestra cuenta contra ataques de ese tipo, Dios nos dejó una serie de herramientas para ayudarnos. Armas espirituales, para hacer frente a armas espirituales, y una armadura espiritual, para resistir ataques espirituales. Es importantísimo que cada día nos vistamos con esta armadura, porque la pelea va a tener lugar en cada momento de nuestro día, y muchas veces no nos vamos a dar cuenta. Es más fácil asegurarnos de estar siempre protegidos que tratar de ver cuándo nos están atacando.
Por eso, si la táctica del diablo es la mentira, necesitamos estar ajustados a la verdad. Si su arma es mostrarnos que somos injustos y llevarnos a hacer el mal, tenemos que aferrarnos a la justicia de Cristo. Si el mundo está esclavizado por el enemigo y nos ataca, nos defendemos proclamando el evangelio de la paz, y haciendo la paz. Si el diablo trata de avivar nuestro propio pecado con sus flechas encendidas, nos defendemos con nuestra confianza en Cristo y en su poder. A través de la fe, además, vemos lo invisible aunque el diablo se esfuerce por ocultarlo. Si quiere usar nuestra mente para sus fines y hacernos pensar de una manera contraria a Dios, nos mantenemos en los pensamientos de Cristo.
Ninguna de estas partes puede estar ausente en cada uno de nuestros días, porque el diablo está atento a cualquier hueco que pueda haber en la armadura, para atacar por ese lado. Sabe que si estamos adecuadamente protegidos con los recursos del Señor es muy poco lo que puede hacer contra nosotros. Por eso es tan importante, y Pablo insiste en esto, que nos pongamos toda la armadura de Dios.
Y finalmente, tenemos una poderosa arma para enfrentar a nuestros enemigos, a estos poderes, autoridades y potestades del mundo espiritual: la palabra de Dios. Por medio de ella, conociéndola, aplicándola y compartiéndola, podemos hacer retroceder a cada uno de esos espíritus, esos invasores de pensamientos, que quieren apartarnos del propósito de Dios por medio del engaño. Si conocemos cómo son las cosas, ¿quién va a poder engañarnos? Y si la palabra es la verdad, ¿qué soldado del ejército de la mentira va a poder permanecer en la posición que ya había ganado en nosotros?
Además, Pablo termina el pasaje poniendo el foco en otras dos herramientas que son la clave de esta batalla: la oración, nuestra única manera de intervenir de forma directa en el mundo espiritual; y la unidad como comunidad de creyentes, porque un ejército que se mantiene unido es mucho más difícil de doblegar.
En fin, espero que la extensión no haya sido un obstáculo. Como dije, la biblia es muy clara. No deja espacio para dudar de que existen todas estas fuerzas que no vemos y que intentan llevarnos lo más lejos posible de los planes que Dios tiene para nosotros. Creer o no creer depende de nosotros, como siempre. Si no creemos, no vemos, y por lo tanto vamos camino a la derrota. Si creemos, ya tenemos la victoria: "en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó" (Romanos 8:37).
Que Dios llene sus corazones con su Espíritu para que puedan creer en todo esto, y para que puedan permanecer firmes vestidos con la armadura de Dios y resistir todos los ataques enemigos, fortalecidos ustedes con el gran poder del Señor. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 26 de octubre de 2012
jueves, 11 de octubre de 2012
Dichosos serán ustedes - Conclusión
Mateo 5:3-12
Hola a todos. Como anticipé la semana pasada, hoy quiero hacer un cierre de esta serie de reflexiones sobre las bienaventuranzas, o como las vengo llamando, bendiciones de Dios. Cuando pensaba en un título para ponerle a la reflexión, me crucé con un detalle interesante, que me gustaría resaltar. Si pensamos en los versículos 11 y 12 como un cierre que Jesús le da al tema, podríamos decir que las bienaventuranzas terminan en el 10. Y si lo vemos de esta manera, la primera y la última de las actitudes traen la misma bendición: "el reino de los cielos les pertenece" (5:3,10). Esto me hace pensar en que todas estas actitudes y bendiciones forman una única cadena, que se va formando en nosotros a medida que tomamos esas actitudes.
Ahora bien, es importante preguntarnos qué significa que el reino de los cielos nos pertenezca. Creo que un poco lo planteé la vez pasada, y también en la reflexión sobre la primera de las bendiciones, pero para resumir la idea, me parece que lo que quiere decir esto es que el objetivo del Señor es establecer primero el reino en la tierra. Porque no dice que el reino de los cielos les pertenecerá, sino que les pertenece. Por lo tanto, empieza a tener efecto acá, ahora. Nosotros vendríamos a ser como embajadores en esta vida. Traemos en nosotros el sello del reino de Dios, ¡nada menos! 2 Corintios 5:20 coincide con esta idea: "así que somos embajadores de Cristo...". Ese pasaje igual merecería una reflexión aparte, pero ya habrá oportunidad.
Lo interesante es que aún así, no se queda en la tierra. Si acá somos embajadores, en el cielo no se nos considera embajadores. "...El reino de los cielos les pertenece"... ¡Allá se nos considera reyes! "Si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo" (Romanos 8:17). Esa, nada menos que esa, es la bendición maestra de Dios. No por nada abre y cierra la lista de las bendiciones que vienen sobre los que tienen la actitud que Dios espera. Es la obra maestra de Dios en nosotros.
Y es que no nos tenemos que equivocar: la obra no la hago yo. No es que me esfuerzo por tener estas actitudes y lo consigo, sino que primero es el Espíritu el que interviene en cada uno de nosotros, el Espíritu de Dios. Si intento por mí mismo, jamás lo voy a lograr. Tengo que estar atento, sí, cuidar y observar mi actitud, corregirla, pero principalmente estar en permanente oración, en contacto con el Espíritu, con Jesús, estar bien cerca de Dios para que mi mente esté siempre renovándose hacia la actitud que él quiere que yo tenga.
Ahora, ¿de qué manera produce esto Dios en nosotros? ¿Cómo se llega de ser enemigos de Dios, como dice Colosenses 1:21, a ser reyes en su propio reino? Bueno, es por esta cadena de actitudes, que va en orden, y empieza por reconocer nuestra condición de desobedientes y por lo tanto de espíritu pobre, quebrado, roto.
Cuando reflexionamos sobre eso, dijimos que los "pobres de espíritu" eran los que reconocían su miseria, su situación espiritual. Reconocían su necesidad de él. Dios responde a esta necesidad con compasión, porque en definitiva, la palabra "misericordia" tiene que ver con eso, con que Dios lleve en su corazón nuestra miseria. Y esto une esa primera actitud con la de los compasivos. Si recibí la compasión de Dios reconociendo de manera auténtica mi necesidad, eso me lleva necesariamente a tener compasión con los demás. Entienen la condición quebrada del otro antes de juzgar, responder o condenar. Este punto creo yo que es uno de los más difíciles, y donde más evidente es la acción del Señor. Es muy difícil tener esa actitud de compasión, en particular cuando es algo grave lo que nos hacen, y en particular cuando no conocemos al que nos lo hace, por ejemplo cuando nos roban, o situaciones similares. Lucas 7:47 dice "Por esto te digo: si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados".
Ahora bien, creo que reconocer mi miseria interior es un paso difícil, porque puede causarnos cierta amargura, cierto sufrimiento. Sin embargo, vimos que Dios bendice a los que lloran, porque les da un consuelo que, como dijimos, no solamente hace que vuelvan a estar bien, sino que los lleva a estar mejor que antes. Y es que este sufrimiento que viene por reconocer mi quebrantamiento interno hace que mi corazón se limpie, se limpie de mis ganas de hacer lo que yo quiera cuando quiera, se limpie de mi compromiso con el pecado, con la desobediencia a Dios. Seguimos fallando y desobedeciendo, pero ya no con indiferencia de lo que Dios piense, sino todo lo contrario: sufrimos al hacerlo, nos molesta, nos incomoda. Por eso, pasamos a tener un corazón limpio. Y cuando esto pasa, decíamos, vemos a Dios.
Y si vemos a Dios, cambiamos nuestra actitud hacia él, porque empezamos a descubrir su inmensidad, su presencia extraordinaria. Si nuestra desobediencia inicial, la que como humanos nos alejó de él, fue producto del orgullo, contemplar su presencia con un corazón arrepentido nos lleva a la humildad. La humildad, dijimos en esa reflexión, nos lleva a ser mansos, pacíficos. Tener paz adentro de nosotros, porque tenemos paz con Dios. La humildad implica ver a todos como al mismo nivel que nosotros, y no considerar mis asuntos más importantes que los de los demás. Eso me hace respetar a los demás, y trabajar por la paz. Ver al otro como un par es la causa de la unión, y la unión, como vimos, es el significado de la palabra "paz".
Finalmente, al reconocer que no soy tan grande por mí mismo y querer trabajar por la paz, estoy haciendo honor a mi condición de hijo de Dios. Él lo dio todo por la paz. Y si yo estoy dispuesto a hacer lo mismo, reconozco y demuestro que soy su hijo. La paz viene del amor, y el amor es la base sobre la que Dios me justifica. Es decir, me transfiere su propia justicia, la de su Hijo, Jesús, que es el único hombre justo que caminó sobre la tierra. Y cuando nuestro deseo es trabajar por la paz, empezamos a tener hambre y sed de justicia, esa justicia que Dios nos confiere. Empezamos a querer que alguien nos justifique, porque vemos que somos injustos. Y como dice Romanos 8:33, "Dios es el que justifica".
Ahora, eso me hace actuar de manera diferente. El participar de Jesús, como vimos en esa reflexión, es lo que nos da justicia, lo que satisface nuestra sed. Y eso nos lleva a tener la actitud de querer hacer siempre lo bueno. Por supuesto, ni bien empezamos, aparecen dificultades. Internas, a veces, obstáculos que están en nuestra propia cabeza, pero también muchas veces de nuestro entorno, que reacciona contra una manera de actuar que lo incomoda, que choca con la manera de actuar, de pensar y de vivir de aquellos que no comparten nuestra visión o nuestra fe. Esto nos puede llegar a traer problemas de verdad, incluyendo persecuciones. A veces esas persecuciones son simplemente exclusión, burla, o ese tipo de cosas. Otras veces es violencia física, y en algunos lugares puede incluso ser prisión o daños más graves.
Pero ante ese cuadro, Dios nos dice: "Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!" (Filipenses 4:4). Podríamos parafrasearlo y decir "alégrense siempre por hacer las cosas como el Señor les pide, pase lo que pase". Porque la recompensa es enorme en el cielo: ¡nos espera la gloria de Cristo! ¡Nosotros mismos convirtiéndonos en reyes junto con él! Y aún en esta vida, nos esperan nada menos que todas esas bendiciones que menciona el pasaje: seremos consolados, heredaremos la tierra, seremos saciados de justicia, seremos tratados con compasión, veremos a Dios y seremos llamados nada menos que "hijos de Dios".
De nuevo: "el reino de los cielos les pertenece". Con todo lo que eso significa.
Entonces, para terminar (y admito que se hizo largo), queda decir que hacer lo bueno no es un medio para lograr algo. Es vivir como reyes del cielo, o sea, es un fin en sí mismo. Hacer las cosas como Dios quiere, o tener esa actitud, trae una felicidad que no tiene comparación. No me lleva al paraíso: trae el paraíso a la tierra, o al menos un pedacito de él. Un disfrute celestial en esta vida terrenal.
Espero que la reflexión haya sido de mucha bendición para todos. Quiero cerrar esta reflexión con esta frase que me vino a la mente, como si fuera una bienaventuranza que las resume a todas:
Dichosos serán ustedes cuando hagan lo bueno y practiquen la justicia, porque disfrutarán de la felicidad del cielo aquí en la tierra. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hola a todos. Como anticipé la semana pasada, hoy quiero hacer un cierre de esta serie de reflexiones sobre las bienaventuranzas, o como las vengo llamando, bendiciones de Dios. Cuando pensaba en un título para ponerle a la reflexión, me crucé con un detalle interesante, que me gustaría resaltar. Si pensamos en los versículos 11 y 12 como un cierre que Jesús le da al tema, podríamos decir que las bienaventuranzas terminan en el 10. Y si lo vemos de esta manera, la primera y la última de las actitudes traen la misma bendición: "el reino de los cielos les pertenece" (5:3,10). Esto me hace pensar en que todas estas actitudes y bendiciones forman una única cadena, que se va formando en nosotros a medida que tomamos esas actitudes.
Ahora bien, es importante preguntarnos qué significa que el reino de los cielos nos pertenezca. Creo que un poco lo planteé la vez pasada, y también en la reflexión sobre la primera de las bendiciones, pero para resumir la idea, me parece que lo que quiere decir esto es que el objetivo del Señor es establecer primero el reino en la tierra. Porque no dice que el reino de los cielos les pertenecerá, sino que les pertenece. Por lo tanto, empieza a tener efecto acá, ahora. Nosotros vendríamos a ser como embajadores en esta vida. Traemos en nosotros el sello del reino de Dios, ¡nada menos! 2 Corintios 5:20 coincide con esta idea: "así que somos embajadores de Cristo...". Ese pasaje igual merecería una reflexión aparte, pero ya habrá oportunidad.
Lo interesante es que aún así, no se queda en la tierra. Si acá somos embajadores, en el cielo no se nos considera embajadores. "...El reino de los cielos les pertenece"... ¡Allá se nos considera reyes! "Si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo" (Romanos 8:17). Esa, nada menos que esa, es la bendición maestra de Dios. No por nada abre y cierra la lista de las bendiciones que vienen sobre los que tienen la actitud que Dios espera. Es la obra maestra de Dios en nosotros.
Y es que no nos tenemos que equivocar: la obra no la hago yo. No es que me esfuerzo por tener estas actitudes y lo consigo, sino que primero es el Espíritu el que interviene en cada uno de nosotros, el Espíritu de Dios. Si intento por mí mismo, jamás lo voy a lograr. Tengo que estar atento, sí, cuidar y observar mi actitud, corregirla, pero principalmente estar en permanente oración, en contacto con el Espíritu, con Jesús, estar bien cerca de Dios para que mi mente esté siempre renovándose hacia la actitud que él quiere que yo tenga.
Ahora, ¿de qué manera produce esto Dios en nosotros? ¿Cómo se llega de ser enemigos de Dios, como dice Colosenses 1:21, a ser reyes en su propio reino? Bueno, es por esta cadena de actitudes, que va en orden, y empieza por reconocer nuestra condición de desobedientes y por lo tanto de espíritu pobre, quebrado, roto.
Cuando reflexionamos sobre eso, dijimos que los "pobres de espíritu" eran los que reconocían su miseria, su situación espiritual. Reconocían su necesidad de él. Dios responde a esta necesidad con compasión, porque en definitiva, la palabra "misericordia" tiene que ver con eso, con que Dios lleve en su corazón nuestra miseria. Y esto une esa primera actitud con la de los compasivos. Si recibí la compasión de Dios reconociendo de manera auténtica mi necesidad, eso me lleva necesariamente a tener compasión con los demás. Entienen la condición quebrada del otro antes de juzgar, responder o condenar. Este punto creo yo que es uno de los más difíciles, y donde más evidente es la acción del Señor. Es muy difícil tener esa actitud de compasión, en particular cuando es algo grave lo que nos hacen, y en particular cuando no conocemos al que nos lo hace, por ejemplo cuando nos roban, o situaciones similares. Lucas 7:47 dice "Por esto te digo: si ella ha amado mucho, es que sus muchos pecados le han sido perdonados".
Ahora bien, creo que reconocer mi miseria interior es un paso difícil, porque puede causarnos cierta amargura, cierto sufrimiento. Sin embargo, vimos que Dios bendice a los que lloran, porque les da un consuelo que, como dijimos, no solamente hace que vuelvan a estar bien, sino que los lleva a estar mejor que antes. Y es que este sufrimiento que viene por reconocer mi quebrantamiento interno hace que mi corazón se limpie, se limpie de mis ganas de hacer lo que yo quiera cuando quiera, se limpie de mi compromiso con el pecado, con la desobediencia a Dios. Seguimos fallando y desobedeciendo, pero ya no con indiferencia de lo que Dios piense, sino todo lo contrario: sufrimos al hacerlo, nos molesta, nos incomoda. Por eso, pasamos a tener un corazón limpio. Y cuando esto pasa, decíamos, vemos a Dios.
Y si vemos a Dios, cambiamos nuestra actitud hacia él, porque empezamos a descubrir su inmensidad, su presencia extraordinaria. Si nuestra desobediencia inicial, la que como humanos nos alejó de él, fue producto del orgullo, contemplar su presencia con un corazón arrepentido nos lleva a la humildad. La humildad, dijimos en esa reflexión, nos lleva a ser mansos, pacíficos. Tener paz adentro de nosotros, porque tenemos paz con Dios. La humildad implica ver a todos como al mismo nivel que nosotros, y no considerar mis asuntos más importantes que los de los demás. Eso me hace respetar a los demás, y trabajar por la paz. Ver al otro como un par es la causa de la unión, y la unión, como vimos, es el significado de la palabra "paz".
Finalmente, al reconocer que no soy tan grande por mí mismo y querer trabajar por la paz, estoy haciendo honor a mi condición de hijo de Dios. Él lo dio todo por la paz. Y si yo estoy dispuesto a hacer lo mismo, reconozco y demuestro que soy su hijo. La paz viene del amor, y el amor es la base sobre la que Dios me justifica. Es decir, me transfiere su propia justicia, la de su Hijo, Jesús, que es el único hombre justo que caminó sobre la tierra. Y cuando nuestro deseo es trabajar por la paz, empezamos a tener hambre y sed de justicia, esa justicia que Dios nos confiere. Empezamos a querer que alguien nos justifique, porque vemos que somos injustos. Y como dice Romanos 8:33, "Dios es el que justifica".
Ahora, eso me hace actuar de manera diferente. El participar de Jesús, como vimos en esa reflexión, es lo que nos da justicia, lo que satisface nuestra sed. Y eso nos lleva a tener la actitud de querer hacer siempre lo bueno. Por supuesto, ni bien empezamos, aparecen dificultades. Internas, a veces, obstáculos que están en nuestra propia cabeza, pero también muchas veces de nuestro entorno, que reacciona contra una manera de actuar que lo incomoda, que choca con la manera de actuar, de pensar y de vivir de aquellos que no comparten nuestra visión o nuestra fe. Esto nos puede llegar a traer problemas de verdad, incluyendo persecuciones. A veces esas persecuciones son simplemente exclusión, burla, o ese tipo de cosas. Otras veces es violencia física, y en algunos lugares puede incluso ser prisión o daños más graves.
Pero ante ese cuadro, Dios nos dice: "Alégrense siempre en el Señor. Insisto: ¡Alégrense!" (Filipenses 4:4). Podríamos parafrasearlo y decir "alégrense siempre por hacer las cosas como el Señor les pide, pase lo que pase". Porque la recompensa es enorme en el cielo: ¡nos espera la gloria de Cristo! ¡Nosotros mismos convirtiéndonos en reyes junto con él! Y aún en esta vida, nos esperan nada menos que todas esas bendiciones que menciona el pasaje: seremos consolados, heredaremos la tierra, seremos saciados de justicia, seremos tratados con compasión, veremos a Dios y seremos llamados nada menos que "hijos de Dios".
De nuevo: "el reino de los cielos les pertenece". Con todo lo que eso significa.
Entonces, para terminar (y admito que se hizo largo), queda decir que hacer lo bueno no es un medio para lograr algo. Es vivir como reyes del cielo, o sea, es un fin en sí mismo. Hacer las cosas como Dios quiere, o tener esa actitud, trae una felicidad que no tiene comparación. No me lleva al paraíso: trae el paraíso a la tierra, o al menos un pedacito de él. Un disfrute celestial en esta vida terrenal.
Espero que la reflexión haya sido de mucha bendición para todos. Quiero cerrar esta reflexión con esta frase que me vino a la mente, como si fuera una bienaventuranza que las resume a todas:
Dichosos serán ustedes cuando hagan lo bueno y practiquen la justicia, porque disfrutarán de la felicidad del cielo aquí en la tierra. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 5 de octubre de 2012
Dichosos 8 - Los perseguidos por causa de la justicia
Mateo 5:10-12
Hola a todos. Con esta reflexión estamos cerrando la serie sobre las bienaventuranzas. En realidad quedaría por hacer un repaso de todo el pasaje entero, una conclusión general, pero ésta es la última de las bienaventuranzas del pasaje.
Pienso que Jesús quería insistir puntualmente en este punto, porque de todas las bendiciones que viene marcando, ésta es la más larga. Me resulta interesante que diga directamente "los perseguidos por causa de la justicia", y "cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias". No dice "si los persiguen", ni "si los insultan", sino "cuando". Jesús está dando por sentado que necesariamente la gente, en algunos momentos, nos va a maltratar por causa de la justicia.
La justicia, habíamos hablado en otra de las reflexiones, es la rectitud. Es hacer las cosas de la manera que Dios quiere que las hagamos. Esto implica necesariamente seguir los pasos de Jesús, caminar en nuestra vida a su lado. Uno podría preguntarse, ¿por qué eso es un problema para la gente?
Bueno, pienso que hay varios motivos, pero tal vez el más importante sea que no estamos acostumbrados a los métodos de Dios para vivir. La manera de vivir que él plantea choca con la inmoralidad con la que todos nos criamos, venimos a este mundo, y que enfrentamos diariamente dentro de nosotros. La sociedad propone un modelo de comportamiento y de pensamiento que se aleja cada vez más del que Dios tiene en mente. Por eso, cuando hacemos las cosas con justicia, es decir, buscando la guía del Espíritu Santo, estamos entrando en el terreno de la contracultura, estamos girando en dirección opuesta a la corriente.
La corriente trata de arrastrar aquello que se mueve en dirección opuesta. Es ahí donde la gente puede chocar con nosotros. Estamos muy acostumbrados a relativizar las cosas, por ejemplo. Creemos que está mal mentir, pero si es necesario para proteger nuestros intereses personales, hacemos la excepción. Si hay que hacer trampa, lo mismo. Si hay que sacar a alguien del medio, lo mismo. Pero Dios nos propone que seamos diferentes. "Cuando ustedes digan 'sí', que sea realmente sí; y cuando digan 'no', que sea no" (Mateo 5:37). Para Dios no hay excepciones. Si mentir está mal, está mal siempre. Por eso, a las personas puede resultarles incómodo a veces que nos esforcemos por actuar con tanta rectitud, especialmente si sienten que perjudica sus propios intereses.
Pero Dios tiene algo especial reservado para nosotros. Otra versión del pasaje dice "Dios bendice a los que son maltratados por practicar la justicia". Nos espera un premio muy grande cuando vivimos aplicando los valores de Dios. A veces pensamos que este premio es sólo en la otra fase de nuestra vida, cuando vayamos con el Señor. Sin embargo, pienso que estamos perdiendo de vista que la voluntad de Dios es que vivamos según sus parámetros. Y cuando hacemos la voluntad de Dios, abrimos las puertas a todas las bendiciones que él tiene preparadas para nosotros en esta vida.
Por eso, es importante entender que ser perseguidos, insultados o maltratados por obedecer las normas de Dios es una consecuencia inevitable y a la vez una buena señal. Significa que la diferencia es evidente. Cuando hacemos esto estamos glorificando a Dios. 1 Pedro 3:14 dice "¡Dichosos si sufren por causa de la justicia! «No teman lo que ellos temen, ni se dejen asustar.» Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes". Dios nos llama a vivir diferente. No a hacer la diferencia, sino a ser la diferencia.
No podemos enfocarnos en agradar a las personas. Si buscamos quedar bien con todos, vamos a encontrarnos con que las exigencias son altas y que muchas veces sus caminos son contrarios a los de Dios. Nuestro foco tiene que estar en honrar a Dios y hacerle caso a él. Donde el mundo nos rechaza, nos recibe Dios. En él podemos encontrar refugio cuando las cosas se ponen difíciles, cuando somos agredidos de alguna manera por ser distintos. El profeta Isaías dice claramente "No teman lo que ellos temen, ni se dejen asustar" (Isaías 8:12). Cuando se nos plantea un punto de quiebre, una situación donde tenemos que optar si responder según parámetros sociales o según el modelo de Dios, él nos desafía a ser valientes y actuar con justicia, sin miedo.
Después de todo, tenemos un defensor todopoderoso en el cielo, que no está lejos, sino cerca, velando y cuidando de nosotros. No nos va a dejar solos cuando esto pase. Dice el pasaje de Isaías "no teman lo que ellos temen". Si esas personas le temerían a la opinión de los demás, nosotros no. Si le temerían a no conseguir lo que se proponen por hacer las cosas bien, nosotros no. No lo miremos desde el punto de vista de ellos, sino desde la mentalidad del Espíritu. Dios es soberano. Las cosas son como él quiere.
Finalmente, dice el pasaje de Mateo que "así también persiguieron a los profetas que los precedieron a ustedes" (5:12). Nosotros, en este punto, también somos profetas. "Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes", decía Pedro. Tenemos un mensaje, y es un mensaje de transformación, un mensaje que a mucha gente puede parecerle una locura, pero aparte pone en evidencia el costado quebrado y malo del ser humano, porque plantear una restauración implica reconocer que necesitamos ser restaurados, o sea, que algo anda mal. Y nadie se alegra cuando descubren o ponen de manifiesto su costado oscuro. Es uno de los principales motivos por los que los líderes religiosos judíos quisieron crucificar a Jesús.
Sin embargo, Jesús tuvo claro que ésa era su misión, y no estaba dispuesto a renunciar a ella por miedo a los hombres. Los profetas vivieron algo similar. Jesús nos propone caminar en ese mismo camino, y dice "alégrense y llénense de júbilo". ¡Claro! Porque estamos participando del reino de Dios junto con él mismo, y con todos los profetas. Y recordemos que el reino de Dios, el cielo, el paraíso, no es la vida después de la muerte. Es un estado espiritual acá, ahora, en esta vida. Es la felicidad máxima que puede alcanzarse en este mundo.
Y en este punto, creo que se nos plantea una pregunta muy fuerte y desafiante. El reino de los cielos, nada menos que eso, "les pertenece" a los que son perseguidos por obedecer a Dios. Ellos demuestran ser verdaderos hijos del Rey porque no se apartan de su camino ante la presión de las personas. Esa es la gran bendición, la verdadera dicha que viene sobre los que son perseguidos. La pregunta, y me la hago yo mismo, porque éste es uno de los puntos que generalmente más me cuesta, es: ¿estoy dispuesto a ir tras la justicia a toda costa, es decir, cueste lo que cueste? ¿Estoy dispuesto a jugarme todo por el reino de Dios?
Que el Dios de la justicia y de toda bendición los llene de valentía para que puedan permanecer firmes cuando las personas los maltraten por seguirlo a él, y experimenten así la enorme felicidad de ser poseedores del reino de Dios. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hola a todos. Con esta reflexión estamos cerrando la serie sobre las bienaventuranzas. En realidad quedaría por hacer un repaso de todo el pasaje entero, una conclusión general, pero ésta es la última de las bienaventuranzas del pasaje.
Pienso que Jesús quería insistir puntualmente en este punto, porque de todas las bendiciones que viene marcando, ésta es la más larga. Me resulta interesante que diga directamente "los perseguidos por causa de la justicia", y "cuando por mi causa la gente los insulte, los persiga y levante contra ustedes toda clase de calumnias". No dice "si los persiguen", ni "si los insultan", sino "cuando". Jesús está dando por sentado que necesariamente la gente, en algunos momentos, nos va a maltratar por causa de la justicia.
La justicia, habíamos hablado en otra de las reflexiones, es la rectitud. Es hacer las cosas de la manera que Dios quiere que las hagamos. Esto implica necesariamente seguir los pasos de Jesús, caminar en nuestra vida a su lado. Uno podría preguntarse, ¿por qué eso es un problema para la gente?
Bueno, pienso que hay varios motivos, pero tal vez el más importante sea que no estamos acostumbrados a los métodos de Dios para vivir. La manera de vivir que él plantea choca con la inmoralidad con la que todos nos criamos, venimos a este mundo, y que enfrentamos diariamente dentro de nosotros. La sociedad propone un modelo de comportamiento y de pensamiento que se aleja cada vez más del que Dios tiene en mente. Por eso, cuando hacemos las cosas con justicia, es decir, buscando la guía del Espíritu Santo, estamos entrando en el terreno de la contracultura, estamos girando en dirección opuesta a la corriente.
La corriente trata de arrastrar aquello que se mueve en dirección opuesta. Es ahí donde la gente puede chocar con nosotros. Estamos muy acostumbrados a relativizar las cosas, por ejemplo. Creemos que está mal mentir, pero si es necesario para proteger nuestros intereses personales, hacemos la excepción. Si hay que hacer trampa, lo mismo. Si hay que sacar a alguien del medio, lo mismo. Pero Dios nos propone que seamos diferentes. "Cuando ustedes digan 'sí', que sea realmente sí; y cuando digan 'no', que sea no" (Mateo 5:37). Para Dios no hay excepciones. Si mentir está mal, está mal siempre. Por eso, a las personas puede resultarles incómodo a veces que nos esforcemos por actuar con tanta rectitud, especialmente si sienten que perjudica sus propios intereses.
Pero Dios tiene algo especial reservado para nosotros. Otra versión del pasaje dice "Dios bendice a los que son maltratados por practicar la justicia". Nos espera un premio muy grande cuando vivimos aplicando los valores de Dios. A veces pensamos que este premio es sólo en la otra fase de nuestra vida, cuando vayamos con el Señor. Sin embargo, pienso que estamos perdiendo de vista que la voluntad de Dios es que vivamos según sus parámetros. Y cuando hacemos la voluntad de Dios, abrimos las puertas a todas las bendiciones que él tiene preparadas para nosotros en esta vida.
Por eso, es importante entender que ser perseguidos, insultados o maltratados por obedecer las normas de Dios es una consecuencia inevitable y a la vez una buena señal. Significa que la diferencia es evidente. Cuando hacemos esto estamos glorificando a Dios. 1 Pedro 3:14 dice "¡Dichosos si sufren por causa de la justicia! «No teman lo que ellos temen, ni se dejen asustar.» Más bien, honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes". Dios nos llama a vivir diferente. No a hacer la diferencia, sino a ser la diferencia.
No podemos enfocarnos en agradar a las personas. Si buscamos quedar bien con todos, vamos a encontrarnos con que las exigencias son altas y que muchas veces sus caminos son contrarios a los de Dios. Nuestro foco tiene que estar en honrar a Dios y hacerle caso a él. Donde el mundo nos rechaza, nos recibe Dios. En él podemos encontrar refugio cuando las cosas se ponen difíciles, cuando somos agredidos de alguna manera por ser distintos. El profeta Isaías dice claramente "No teman lo que ellos temen, ni se dejen asustar" (Isaías 8:12). Cuando se nos plantea un punto de quiebre, una situación donde tenemos que optar si responder según parámetros sociales o según el modelo de Dios, él nos desafía a ser valientes y actuar con justicia, sin miedo.
Después de todo, tenemos un defensor todopoderoso en el cielo, que no está lejos, sino cerca, velando y cuidando de nosotros. No nos va a dejar solos cuando esto pase. Dice el pasaje de Isaías "no teman lo que ellos temen". Si esas personas le temerían a la opinión de los demás, nosotros no. Si le temerían a no conseguir lo que se proponen por hacer las cosas bien, nosotros no. No lo miremos desde el punto de vista de ellos, sino desde la mentalidad del Espíritu. Dios es soberano. Las cosas son como él quiere.
Finalmente, dice el pasaje de Mateo que "así también persiguieron a los profetas que los precedieron a ustedes" (5:12). Nosotros, en este punto, también somos profetas. "Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes", decía Pedro. Tenemos un mensaje, y es un mensaje de transformación, un mensaje que a mucha gente puede parecerle una locura, pero aparte pone en evidencia el costado quebrado y malo del ser humano, porque plantear una restauración implica reconocer que necesitamos ser restaurados, o sea, que algo anda mal. Y nadie se alegra cuando descubren o ponen de manifiesto su costado oscuro. Es uno de los principales motivos por los que los líderes religiosos judíos quisieron crucificar a Jesús.
Sin embargo, Jesús tuvo claro que ésa era su misión, y no estaba dispuesto a renunciar a ella por miedo a los hombres. Los profetas vivieron algo similar. Jesús nos propone caminar en ese mismo camino, y dice "alégrense y llénense de júbilo". ¡Claro! Porque estamos participando del reino de Dios junto con él mismo, y con todos los profetas. Y recordemos que el reino de Dios, el cielo, el paraíso, no es la vida después de la muerte. Es un estado espiritual acá, ahora, en esta vida. Es la felicidad máxima que puede alcanzarse en este mundo.
Y en este punto, creo que se nos plantea una pregunta muy fuerte y desafiante. El reino de los cielos, nada menos que eso, "les pertenece" a los que son perseguidos por obedecer a Dios. Ellos demuestran ser verdaderos hijos del Rey porque no se apartan de su camino ante la presión de las personas. Esa es la gran bendición, la verdadera dicha que viene sobre los que son perseguidos. La pregunta, y me la hago yo mismo, porque éste es uno de los puntos que generalmente más me cuesta, es: ¿estoy dispuesto a ir tras la justicia a toda costa, es decir, cueste lo que cueste? ¿Estoy dispuesto a jugarme todo por el reino de Dios?
Que el Dios de la justicia y de toda bendición los llene de valentía para que puedan permanecer firmes cuando las personas los maltraten por seguirlo a él, y experimenten así la enorme felicidad de ser poseedores del reino de Dios. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
martes, 11 de septiembre de 2012
Dichosos 7 - Los que trabajan por la paz
Mateo 5:9
Hola a todos. Ya estamos llegando al final de las publicaciones sobre las bienaventuranzas. Hoy nos toca reflexionar sobre "los que trabajan por la paz". La versión Reina-Valera revisada habla de "pacificadores", y algunas versiones dicen "los que procuran" o "los que se esfuerzan para que haya" paz. Buscando un poco sobre el texto original griego, aparentemente la expresión para hablar de estas personas sería algo así como "los que ponen toda su atención y hacen todo lo que esté a su alcance para que haya unión entre las personas".
Dicho de esta manera, la perspectiva de este pasaje puede cambiar bastante. La paz es de por sí una de las bendiciones de Dios, es parte del fruto del Espíritu, que la Palabra describe en Gálatas 5:22-23. Es Dios mismo el que me lleva a trabajar por la paz, por la unión entre las personas. ¿De qué manera? Bueno, en primer lugar porque él mismo hace las paces conmigo. Recibir a Jesús en nuestro corazón nos une con Dios, es decir, nos trae paz con él.
Es a partir de esta paz que verdaderamente podemos desear desde lo profundo de nuestro ser, y sin motivo o expectativa aparente más que el hecho en sí mismo, buscar la paz no solamente con los demás, sino entre los demás. El que tiene paz en su interior, inevitablemente trae paz hacia afuera. Contagia esa paz.
Eso implica que la paz de Dios trae paz no solamente con los demás, sino también conmigo mismo. De hecho, si no estoy en paz conmigo, no puedo esperar estar en paz con los demás, o traerles paz. Ahora bien, si la paz es unión entre las personas, no estar en paz conmigo mismo sería no tener unión conmigo mismo, ¿es eso posible?
Bueno, sí. No sé a cuántos les habrá pasado, pero asumo que al menos a la mayoría de ustedes, que sienten que una parte de ustedes quiere hacer algo y otra parte quiere hacer lo contrario, o que el pensamiento se divide en dos en su mente entre pensar que algo está bien o está mal, o es correcto o incorrecto. En muchos casos esa cuestión se resuelve, me pongo de acuerdo conmigo mismo y llevo a cabo una acción de las dos. Pero en otros casos me crea un conflicto interno. Tal vez termina causando que no haga ninguna de las dos, o que haga una pero me quede preocupado, ansioso o temeroso de no haber hecho la otra. En fin, esto puede llevarme a tener problemas conmigo mismo. Si la acción nos llevó por un camino que nos lastimó, es como si una de las dos partes de mí mismo le dijera a la otra "¿Viste? ¡Te lo dije! Ahora por tu culpa pasó esto". Curioso, como si no fueran en definitiva la misma persona pero dividida.
Lo mismo pasa con las personas. Desde la mirada de Dios, somos por así decirlo una misma persona. Somos un mismo cuerpo, podríamos decir, somos el cuerpo de la humanidad. Sin embargo, a veces pensamos que la culpa de las cosas que nos pasan como sociedad, o incluso como humanidad, es culpa de individuos: los políticos, los científicos, los terroristas, los empresarios, y así podríamos seguir. Sin embargo, ¿no será que todos somos responsables por los problemas del "todo"?
La paz, entonces, es esta fuerza que reconcilia, une a las personas. Y es además la fuerza que restaura, que cierra heridas, une las dos partes de una cicatriz, podríamos decir. Hay muchas maneras de traer paz. Perdonar es una, por ejemplo. Mediar en un conflicto es otra. Y podríamos poner más ejemplos, seguramente a ustedes se les ocurrirán (son bienvenidos a comentarlos). Pero lo central es que no hay paz conmigo o con los demás si no hay primero paz con Dios, porque la paz misma es una bendición de Dios.
Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante, él respondió "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente" (Mateo 22:37) y "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (22:39). Amar nos lleva necesariamente a traer paz. Amar a Dios nos da paz con él. Amar a mi projimo me da paz con él. Amarme a mí mismo me da paz conmigo. Podríamos expandir estos mandamientos diciendo: concentra todo tu corazón, todo tu ser y toda tu mente en tener paz con Dios siempre, y trabaja por la paz con las personas que te rodean así como por la paz contigo mismo.
En todo esto pareciera que hay como dos momentos de la paz. Uno es el que tiene que ver conmigo: mi paz con Dios, mi paz conmigo mismo, mi paz con los demás. Otro es el de los demás: paz de otros con Dios, paz de otros consigo mismos, paz de otros con los demás. Dios nos da la capacidad de trabajar por la paz en todos los niveles. ¡Tenemos un enorme trabajo para hacer!
Queda por decir que el que trabaja por la paz, trabaja por la felicidad. Dios no sólo bendice al que hace esto, sino a los que reciben esta paz, porque como ya dije, la paz es en sí misma una bendición de Dios. En todo caso, al llevarnos a trabajar por la paz, Dios nos lleva a bendecir las vidas de otros. Por eso dice el texto que los que trabajan por la paz "serán llamados hijos de Dios". Es Dios mismo, por un lado, el que nos llama "hijos", primero porque lo reconocemos como nuestro padre, pero además porque reconoce en nosotros su misma esencia, su misma característica: esforzarnos por la paz.
Pero también debería ser nuestro rasgo distintivo como sus hijos, ya que si lo somos es porque recibimos primero su paz, o sea, hicimos las paces con él. Así, es mucho más probable que otros nos reconozcan como hijos de Dios, o vean esa diferencia en nosotros, cuando trabajamos por la paz. En fin, la paz es el verdadero medio para anunciar la buena noticia a los demás, la buena noticia de la salvación, de la reconciliación de Dios con el mundo. 2 Corintios 5:20 dice "Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: 'En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios'".
Que el Dios de paz los restaure en su interior para que puedan estar preparados para llevar la paz a todos lados donde vayan, y tengan la bendición de ser llamados hijos de Dios. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hola a todos. Ya estamos llegando al final de las publicaciones sobre las bienaventuranzas. Hoy nos toca reflexionar sobre "los que trabajan por la paz". La versión Reina-Valera revisada habla de "pacificadores", y algunas versiones dicen "los que procuran" o "los que se esfuerzan para que haya" paz. Buscando un poco sobre el texto original griego, aparentemente la expresión para hablar de estas personas sería algo así como "los que ponen toda su atención y hacen todo lo que esté a su alcance para que haya unión entre las personas".
Dicho de esta manera, la perspectiva de este pasaje puede cambiar bastante. La paz es de por sí una de las bendiciones de Dios, es parte del fruto del Espíritu, que la Palabra describe en Gálatas 5:22-23. Es Dios mismo el que me lleva a trabajar por la paz, por la unión entre las personas. ¿De qué manera? Bueno, en primer lugar porque él mismo hace las paces conmigo. Recibir a Jesús en nuestro corazón nos une con Dios, es decir, nos trae paz con él.
Es a partir de esta paz que verdaderamente podemos desear desde lo profundo de nuestro ser, y sin motivo o expectativa aparente más que el hecho en sí mismo, buscar la paz no solamente con los demás, sino entre los demás. El que tiene paz en su interior, inevitablemente trae paz hacia afuera. Contagia esa paz.
Eso implica que la paz de Dios trae paz no solamente con los demás, sino también conmigo mismo. De hecho, si no estoy en paz conmigo, no puedo esperar estar en paz con los demás, o traerles paz. Ahora bien, si la paz es unión entre las personas, no estar en paz conmigo mismo sería no tener unión conmigo mismo, ¿es eso posible?
Bueno, sí. No sé a cuántos les habrá pasado, pero asumo que al menos a la mayoría de ustedes, que sienten que una parte de ustedes quiere hacer algo y otra parte quiere hacer lo contrario, o que el pensamiento se divide en dos en su mente entre pensar que algo está bien o está mal, o es correcto o incorrecto. En muchos casos esa cuestión se resuelve, me pongo de acuerdo conmigo mismo y llevo a cabo una acción de las dos. Pero en otros casos me crea un conflicto interno. Tal vez termina causando que no haga ninguna de las dos, o que haga una pero me quede preocupado, ansioso o temeroso de no haber hecho la otra. En fin, esto puede llevarme a tener problemas conmigo mismo. Si la acción nos llevó por un camino que nos lastimó, es como si una de las dos partes de mí mismo le dijera a la otra "¿Viste? ¡Te lo dije! Ahora por tu culpa pasó esto". Curioso, como si no fueran en definitiva la misma persona pero dividida.
Lo mismo pasa con las personas. Desde la mirada de Dios, somos por así decirlo una misma persona. Somos un mismo cuerpo, podríamos decir, somos el cuerpo de la humanidad. Sin embargo, a veces pensamos que la culpa de las cosas que nos pasan como sociedad, o incluso como humanidad, es culpa de individuos: los políticos, los científicos, los terroristas, los empresarios, y así podríamos seguir. Sin embargo, ¿no será que todos somos responsables por los problemas del "todo"?
La paz, entonces, es esta fuerza que reconcilia, une a las personas. Y es además la fuerza que restaura, que cierra heridas, une las dos partes de una cicatriz, podríamos decir. Hay muchas maneras de traer paz. Perdonar es una, por ejemplo. Mediar en un conflicto es otra. Y podríamos poner más ejemplos, seguramente a ustedes se les ocurrirán (son bienvenidos a comentarlos). Pero lo central es que no hay paz conmigo o con los demás si no hay primero paz con Dios, porque la paz misma es una bendición de Dios.
Cuando le preguntaron a Jesús cuál era el mandamiento más importante, él respondió "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente" (Mateo 22:37) y "Ama a tu prójimo como a ti mismo" (22:39). Amar nos lleva necesariamente a traer paz. Amar a Dios nos da paz con él. Amar a mi projimo me da paz con él. Amarme a mí mismo me da paz conmigo. Podríamos expandir estos mandamientos diciendo: concentra todo tu corazón, todo tu ser y toda tu mente en tener paz con Dios siempre, y trabaja por la paz con las personas que te rodean así como por la paz contigo mismo.
En todo esto pareciera que hay como dos momentos de la paz. Uno es el que tiene que ver conmigo: mi paz con Dios, mi paz conmigo mismo, mi paz con los demás. Otro es el de los demás: paz de otros con Dios, paz de otros consigo mismos, paz de otros con los demás. Dios nos da la capacidad de trabajar por la paz en todos los niveles. ¡Tenemos un enorme trabajo para hacer!
Queda por decir que el que trabaja por la paz, trabaja por la felicidad. Dios no sólo bendice al que hace esto, sino a los que reciben esta paz, porque como ya dije, la paz es en sí misma una bendición de Dios. En todo caso, al llevarnos a trabajar por la paz, Dios nos lleva a bendecir las vidas de otros. Por eso dice el texto que los que trabajan por la paz "serán llamados hijos de Dios". Es Dios mismo, por un lado, el que nos llama "hijos", primero porque lo reconocemos como nuestro padre, pero además porque reconoce en nosotros su misma esencia, su misma característica: esforzarnos por la paz.
Pero también debería ser nuestro rasgo distintivo como sus hijos, ya que si lo somos es porque recibimos primero su paz, o sea, hicimos las paces con él. Así, es mucho más probable que otros nos reconozcan como hijos de Dios, o vean esa diferencia en nosotros, cuando trabajamos por la paz. En fin, la paz es el verdadero medio para anunciar la buena noticia a los demás, la buena noticia de la salvación, de la reconciliación de Dios con el mundo. 2 Corintios 5:20 dice "Así que somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: 'En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios'".
Que el Dios de paz los restaure en su interior para que puedan estar preparados para llevar la paz a todos lados donde vayan, y tengan la bendición de ser llamados hijos de Dios. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 6 de septiembre de 2012
Dichosos 6 - Los de corazón limpio
Hola a todos. Esta vez volví a publicar más rápido, y espero poder volver a hacerlo con la próxima reflexión. Reflexionar sobre un pasaje versículo por versículo tiene la dificultad de que si no es continua la publicación se puede perder el hilo. Pero bueno, para evitar eso quiero simplemente insistir en que donde algunas versiones hablan de "bienaventuranza" o "dicha" otras dicen "Dios bendice a los...", y en la primera reflexión un poco agrupé las tres ideas en una, por eso el título de esta serie es "dichosos" y no "bienaventuranzas". Había dicho que esta "dicha" es justamente la bendición de Dios, que me permite disfrutar de una felicidad profunda, que está por debajo de las circunstancias, el "gozo" del que hablan otros pasajes, una paz y un bienestar que permanece aunque en la superficie pueda haber tristeza, enojo, o lo que sea, y que es la fuente del cambio de actitud, porque es una dicha, un gozo que proviene del Espíritu de Dios habitando adentro mío.
Mateo 5:8
Esta vez nos toca reflexionar sobre la bendición de Dios a los de corazón limpio. La mayoría de las versiones, al menos las que revisé, coinciden en la traducción casi totalmente, variando solamente en la expresión para "dichosos" o en la palabra para "limpio", donde también aparece puro.
A lo largo de toda la Biblia vemos un tema que es constante, y es el de la desobediencia del hombre, y su corrupción, que es la consecuencia directa. Jesús mismo dijo que él vino a buscar a los enfermos. En realidad, todos estaríamos en ese sentido enfermos. ¿Enfermos de qué? De suciedad del corazón, de esa falla que es consecuencia de la desobediencia.
Pero entonces, ¿a quienes bendice Dios? Si todos estamos sucios en el corazón, nadie tiene corazón limpio. ¿Será que se refiere a los creyentes? ¿Seríamos nosotros los de corazón limpio?
Bueno, la respuesta es, digamos, que no. Dice Romanos 3:9, hablando sobre la situación de la humanidad, que "no hay un solo justo, ni siquiera uno". No dice "no hay ningún justo que no sea cristiano", ni dice "no hay un solo justo entre la gente no cristiana". Ya habíamos visto esto en la reflexión sobre "los pobres de espíritu", y también aparece en los demás versículos implicitamente, y en toda la Escritura.
Ahora bien, la pureza o limpieza del corazón tiene, entonces, evidentemente otro sentido para Dios. No se trata de una blancura absoluta, de una perfección total. Se trata, entiendo, de la actitud. Porque si mi corazón no está limpio, tengo que limpiarlo. Y como mi ser entero está sucio desde el momento de mi nacimiento, mi corazón vuelve a ensuciarse todo el tiempo. No olvidemos que además existen seres espirituales dedicados a tiempo completo a ensuciarnos. Por todo esto, tener el corazón limpio requiere una lavada permanente. Y eso es actitud: estar atento para seguir siempre un determinado curso de acción frente a la misma circunstancia. Si tengo el corazón sucio, lo limpio.
Habría que preguntarse entonces, ¿cómo limpio mi corazón? En primer lugar es importante saber que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento el corazón no es otra cosa que la mente. Es el lugar de mi pensamiento, de mis intenciones, mis deseos, mi personalidad, mis emociones, en fin, todo lo que soy, todo lo que me define como persona. Mi corazón sería, en resumen, mi ser, y mi ser sería mi mente.
Por eso, un corazón limpio equivale a una mente limpia, en el sentido amplio: deseos limpios, intenciones limpias, emociones limpias, etc. El de corazón limpio o puro sería entonces el que pone su mente, sus fuerzas, sus deseos y todo lo que él o ella es, en aquello que está limpio, o sea, en lo que viene de Dios. Podríamos decir que es por lo tanto el que aparta sus pensamientos, actitudes y actos de las cosas que desagradan o no le interesan a Dios.
Hay cosas que son malas. Herir voluntariamente a otros es claramente desagradable a Dios. El engaño, la mentira, la traición desagradan a Dios. Hay otras cosas que a simple vista no parecieran ser malas, pero en definitiva son vanas, no le interesan a Dios y por lo tanto nos desvían de lo que Dios quiere para nosotros. Para mantener una mente limpia, de nuevo, tengo que enfocarme en aquello que Dios activamente quiere para mí. "Ama al Señor con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Deuteronomio 6:5). Podríamos parafrasearlo de esta manera: "pon todo lo que eres al servicio de Dios".
La clave, entonces está en volver hacia atrás. Es decir, no es que se pueda volver para atrás en la práctica. Pero cuando pienso algo que sé que es desagradable a Dios, tengo que frenarlo, dejarlo ahí. Cambiar de pensamiento, cambiar de mente. Esto es lo que llamamos "arrepentimiento". Es cambiar de actitud, sea que haya hecho o haya pensado algo que Dios no quiere de mí. Es apartarme de mi suciedad, de mi maldad, no convivir con ella. Arrepentirme limpia mi mente, vacía al menos esa suciedad visible que se manifestó en una idea o en una acción. Es el comienzo de "los de corazón limpio".
La bendición de Dios sobre los de corazón limpio es la más grande que se me pudiera llegar a ocurrir: ¡ver a Dios! No puedo imaginar un disfrute, una felicidad, una bendición mayor que estar cara a cara con el que ES en sí mismo disfrute. No olvidemos que de eso se trata el cielo, el paraíso. La palabra "Eden" significa eso: disfrute. Y estos, los de corazón limpio, los que renuevan su mente a la luz de la Palabra y el Espíritu de Dios y están dispuestos a cambiar y dejar atrás su suciedad, son los que van a subir un día al monte del Señor y van a estar ante su trono, disfrutando de la mayor felicidad jamás imaginada.
No quiero descuidar igual que la bendición es también para este mundo, para esta vida. Romanos 12:2 dice "...sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta". Comprobar cuál es la voluntad de Dios. Verificar, descubrir de manera práctica. Si limpiamos permanentemente nuestro corazón recibimos la bendición de vivir la vida con la óptica que Dios nos transmite, que es la que nos permite apreciar todas las cosas que vivimos desde su perspectiva y por lo tanto vivir nuestras vidas con una felicidad profunda, llevar adelante una vida agradable sin importar cuáles puedan ser las circunstancias, o incluso independientemente de cuál sea nuestro estado de ánimo. Por eso dice el pasaje de hoy que los de corazón limpio "verán a Dios". No sólo lo verán en el futuro, al llegar ante su presencia, sino antes, en esta vida, verán su obrar y reconocerán su mano. Ésta es también una bendición enorme.
Son, entonces, los que tienen actitud de arrepentimiento y de cambio los que llegan a descubrir a Dios y ver su obrar, y lo reconocen en esta vida. No se trata de ser perfecto, sino de ser perfeccionado. No se trata de ser limpio en el sentido absoluto, sino de ser permanentemente limpiado. Por eso es mucho más una actitud que una acción en sí. Es renovar mi mente todo el tiempo, lavarla en el agua de la Palabra de Dios y el Espíritu, la mente de Cristo transferida a nosotros sólo por aceptar nuestra condición y reconocer que necesitamos de Dios. Recibir a Cristo es recibir su mente, y recibir la mente de Cristo es el principio de la pureza del corazón.
Que el Dios de toda pureza llene sus mentes de su Palabra y sus pensamientos, para que puedan tener una mente limpia, una actitud de arrepentimiento, cambio y renovación, y puedan ver a Dios en cada momento de sus vidas, y para siempre. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Mateo 5:8
Esta vez nos toca reflexionar sobre la bendición de Dios a los de corazón limpio. La mayoría de las versiones, al menos las que revisé, coinciden en la traducción casi totalmente, variando solamente en la expresión para "dichosos" o en la palabra para "limpio", donde también aparece puro.
A lo largo de toda la Biblia vemos un tema que es constante, y es el de la desobediencia del hombre, y su corrupción, que es la consecuencia directa. Jesús mismo dijo que él vino a buscar a los enfermos. En realidad, todos estaríamos en ese sentido enfermos. ¿Enfermos de qué? De suciedad del corazón, de esa falla que es consecuencia de la desobediencia.
Pero entonces, ¿a quienes bendice Dios? Si todos estamos sucios en el corazón, nadie tiene corazón limpio. ¿Será que se refiere a los creyentes? ¿Seríamos nosotros los de corazón limpio?
Bueno, la respuesta es, digamos, que no. Dice Romanos 3:9, hablando sobre la situación de la humanidad, que "no hay un solo justo, ni siquiera uno". No dice "no hay ningún justo que no sea cristiano", ni dice "no hay un solo justo entre la gente no cristiana". Ya habíamos visto esto en la reflexión sobre "los pobres de espíritu", y también aparece en los demás versículos implicitamente, y en toda la Escritura.
Ahora bien, la pureza o limpieza del corazón tiene, entonces, evidentemente otro sentido para Dios. No se trata de una blancura absoluta, de una perfección total. Se trata, entiendo, de la actitud. Porque si mi corazón no está limpio, tengo que limpiarlo. Y como mi ser entero está sucio desde el momento de mi nacimiento, mi corazón vuelve a ensuciarse todo el tiempo. No olvidemos que además existen seres espirituales dedicados a tiempo completo a ensuciarnos. Por todo esto, tener el corazón limpio requiere una lavada permanente. Y eso es actitud: estar atento para seguir siempre un determinado curso de acción frente a la misma circunstancia. Si tengo el corazón sucio, lo limpio.
Habría que preguntarse entonces, ¿cómo limpio mi corazón? En primer lugar es importante saber que tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento el corazón no es otra cosa que la mente. Es el lugar de mi pensamiento, de mis intenciones, mis deseos, mi personalidad, mis emociones, en fin, todo lo que soy, todo lo que me define como persona. Mi corazón sería, en resumen, mi ser, y mi ser sería mi mente.
Por eso, un corazón limpio equivale a una mente limpia, en el sentido amplio: deseos limpios, intenciones limpias, emociones limpias, etc. El de corazón limpio o puro sería entonces el que pone su mente, sus fuerzas, sus deseos y todo lo que él o ella es, en aquello que está limpio, o sea, en lo que viene de Dios. Podríamos decir que es por lo tanto el que aparta sus pensamientos, actitudes y actos de las cosas que desagradan o no le interesan a Dios.
Hay cosas que son malas. Herir voluntariamente a otros es claramente desagradable a Dios. El engaño, la mentira, la traición desagradan a Dios. Hay otras cosas que a simple vista no parecieran ser malas, pero en definitiva son vanas, no le interesan a Dios y por lo tanto nos desvían de lo que Dios quiere para nosotros. Para mantener una mente limpia, de nuevo, tengo que enfocarme en aquello que Dios activamente quiere para mí. "Ama al Señor con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Deuteronomio 6:5). Podríamos parafrasearlo de esta manera: "pon todo lo que eres al servicio de Dios".
La clave, entonces está en volver hacia atrás. Es decir, no es que se pueda volver para atrás en la práctica. Pero cuando pienso algo que sé que es desagradable a Dios, tengo que frenarlo, dejarlo ahí. Cambiar de pensamiento, cambiar de mente. Esto es lo que llamamos "arrepentimiento". Es cambiar de actitud, sea que haya hecho o haya pensado algo que Dios no quiere de mí. Es apartarme de mi suciedad, de mi maldad, no convivir con ella. Arrepentirme limpia mi mente, vacía al menos esa suciedad visible que se manifestó en una idea o en una acción. Es el comienzo de "los de corazón limpio".
La bendición de Dios sobre los de corazón limpio es la más grande que se me pudiera llegar a ocurrir: ¡ver a Dios! No puedo imaginar un disfrute, una felicidad, una bendición mayor que estar cara a cara con el que ES en sí mismo disfrute. No olvidemos que de eso se trata el cielo, el paraíso. La palabra "Eden" significa eso: disfrute. Y estos, los de corazón limpio, los que renuevan su mente a la luz de la Palabra y el Espíritu de Dios y están dispuestos a cambiar y dejar atrás su suciedad, son los que van a subir un día al monte del Señor y van a estar ante su trono, disfrutando de la mayor felicidad jamás imaginada.
No quiero descuidar igual que la bendición es también para este mundo, para esta vida. Romanos 12:2 dice "...sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta". Comprobar cuál es la voluntad de Dios. Verificar, descubrir de manera práctica. Si limpiamos permanentemente nuestro corazón recibimos la bendición de vivir la vida con la óptica que Dios nos transmite, que es la que nos permite apreciar todas las cosas que vivimos desde su perspectiva y por lo tanto vivir nuestras vidas con una felicidad profunda, llevar adelante una vida agradable sin importar cuáles puedan ser las circunstancias, o incluso independientemente de cuál sea nuestro estado de ánimo. Por eso dice el pasaje de hoy que los de corazón limpio "verán a Dios". No sólo lo verán en el futuro, al llegar ante su presencia, sino antes, en esta vida, verán su obrar y reconocerán su mano. Ésta es también una bendición enorme.
Son, entonces, los que tienen actitud de arrepentimiento y de cambio los que llegan a descubrir a Dios y ver su obrar, y lo reconocen en esta vida. No se trata de ser perfecto, sino de ser perfeccionado. No se trata de ser limpio en el sentido absoluto, sino de ser permanentemente limpiado. Por eso es mucho más una actitud que una acción en sí. Es renovar mi mente todo el tiempo, lavarla en el agua de la Palabra de Dios y el Espíritu, la mente de Cristo transferida a nosotros sólo por aceptar nuestra condición y reconocer que necesitamos de Dios. Recibir a Cristo es recibir su mente, y recibir la mente de Cristo es el principio de la pureza del corazón.
Que el Dios de toda pureza llene sus mentes de su Palabra y sus pensamientos, para que puedan tener una mente limpia, una actitud de arrepentimiento, cambio y renovación, y puedan ver a Dios en cada momento de sus vidas, y para siempre. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Dichosos 5 - Los compasivos
Mateo 5:7
Hola a todos. Después de un largo rato vuelvo al blog para seguir publicando la serie sobre las bienaventuranzas, o bendiciones de Dios. Probablemente al final de la serie haga una última reflexión a modo de resumen y de conclusión de todo el pasaje.
Por ahora nos toca la quinta de las bendiciones de Dios nombradas por Jesús en el contexto del llamado sermón del monte: la que corresponde a los compasivos. Ésta es una palabra llena de contenido. En el original griego, la palabra está asociada con la compasión y con la misericordia, dos cosas que a mi entender van de la mano, y que tienen mucho alcance.
La compasión puede pensarse como la capacidad de sentir en carne propia la necesidad del otro. Esto no quiere decir necesariamente vivir lo que el otro vive, sino involucrarme en su necesidad. Tal vez nunca pasé por lo que pasa la otra persona pero experimento una profunda pena o tristeza por comprender lo que significaría estar en esa situación. O tal vez nunca tuve una necesidad como la que tiene el otro, pero puedo sentirme conmovido por entender lo que significa para el otro tener esa necesidad.
Por este lado, la compasión se acerca a la empatía. Poder ponerme en el lugar del otro con todo lo que eso implica. Empatizar es mucho más que solamente entender qué siente el otro, tiene que ver con experimentar lo que el otro experimenta sólo por haberme puesto en su lugar. Creo que Jesús tenía esta capacidad desarrollada al máximo, y creo que es una de las características más básicas de la compasión, al menos en una escala pequeña.
Pero compasión no es sólo ni principalmente empatía. Es también, y en un sentido más importante, misericordia. Ésta palabra creo que es tan conocida y tiene tanta significación cultural agregada que hasta puede haber quedado tapada la magnitud de su significado, pero su raíz tiene que ver con identificarse con la miseria de otra persona. Ahora bien, la miseria no es necesariamente algo externo, una condición mala o pobre de la vida material. Miseria tiene que ver en gran medida con la vida en general, y la misericordia se refiere especialmente a la condición de la vida espiritual, al interior de la persona.
Misericordia tiene que ver entonces con identificarse, comprender e involucrarse siempre con la necesidad y la situación interior de los demás, el estado en el que están. Los compasivos o misericordiosos serían entonces los que viven de esta manera, atentos y abiertos a los problemas, las cargas y las condiciones de la vida de los demás.
Ahora, esto tiene un punto muy profundo que a veces pienso que puede olvidarse. Tener misericordia es solidarizarme con la miseria de los demás siempre. Incluso, y especialmente cuando nos tratan mal, o nos hacen cosas que no nos gustan, o actúan con injusticia o maldad. Todos tenemos miseria dentro nuestro, y reconocer esto es el primer paso para ser compasivo. No es que no pueda comprender que la otra persona sea miserable en su interior, porque a fin de cuentas, yo mismo soy miserable en mi interior. Basta con pensar ejemplos de mi vida en los que reacciono mal, o injustamente, o hago cosas sin pensar en las consecuencias para la otra persona, o pienso sólo en mi mismo. Eso ya es miseria.
Existe un solo remedio para la miseria del hombre: el perdón de Dios. Cuando hago algo malo contra alguien, le pido perdón. Eso implica haber primero reconocido que mi comportamiento estuvo mal. Lo mismo pasa con Dios. Pero con él la situación es más compleja, porque no es solamente pedirle perdón por cosas. Mi propio interior está mal, está corrompido. Esto es así siempre, para cada persona. No hay excepciones. Por eso, es totalmente necesario para sobreponerme a mi miseria que Dios me cambie, me transforme desde adentro. Eso es el perdón de Dios. Él mismo viene adentro de mí y me perdona desde mi interior, descartando mi miseria, ignorándola.
Esto mismo es lo que a mi entender Dios espera que yo haga con el resto. Si alguna actitud o comportamiento del otro refleja su miseria interior, su "parte mala", entonces tengo que "meterme" dentro de la otra persona y tratar de entender cómo es que terminó haciendo eso. Y lo comprenda o no, tengo que tener presente que Dios mismo tuvo compasión de mí, pensó en mi miseria no como una ofensa sino como una enfermedad, una situación mala por la cual entristecerse desde mi lugar. Esto es la compasión.
Por lo tanto, si tengo dificultad para tolerar a los demás o para perdonarlos o mirarlos con bondad a pesar de lo malo que puedan hacerme, es porque tal vez no esté experimentando con plenitud el amor y el perdón de Dios. Tal vez hay algunas cosas malas dentro de mí que no reconocí o de las que no siento que tenga que arrepentirme (generalmente esto pasa porque la sociedad nos ha convencido de que en ciertos casos una determinada cosa es correcta aunque generalmente se la vea como mala, por ejemplo las "mentiras blancas", o cosas así). Éste sería un buen momento para reflexionar al respecto y pedirle perdón a Dios desde mi corazón.
Y la compasión, y por ende el perdón, son en sí mismas bendiciones. Dios me regaló su misericordia como parte de su amor, y el amor es la propia fuerza que impulsó la creación, por lo tanto es un pedazo de ese paraíso de inmensa felicidad del que hablaba en la primera reflexión de la serie. El perdón trae felicidad, de hecho. Por un lado, cura las heridas generadas por la situación que es perdonada, tanto las mías como las del otro. No es un favor al otro, es un remedio para los dos (o la cantidad que sean). Además, genera unidad. Para perdonar a otro me tengo que acercar e involucrarme afectivamente con esa persona, porque tengo que solidarizarme con la miseria de su interior. Esto me une con el otro. Por otra parte ablanda mi corazón y me hace una mejor persona. Perdonar es un acto de humildad, porque digo "no voy a esperar a que la otra persona venga a pedirme perdón o a querer arreglar las cosas, como si fuera la única que hace las cosas mal, sino que voy a ir yo aunque esta vez no creo que haya hecho nada malo". Y finalmente, me libera de una carga negativa que si la mantengo en mi mente me lleva a actuar mal yo mismo, y me lastima lentamente. Perdonar es una cara más de ser libre.
Tengo la certeza de que si ignoro la compasión y me fijo siempre en la miseria del otro sin identificarme y pienso solamente en cómo esa miseria me perjudica a mí, voy a empezar lentamente a desconfiar del amor y el perdón de Dios, y tal vez me olvide de él o deje de tenerlo presente, entonces voy a empezar a tener problemas conmigo mismo. Porque ignorar la miseria del otro es fácil, está fuera de mí. Pero no puedo ignorar mi miseria, y si no recuerdo que Dios mismo descarta mi miseria y me perdona, tal vez empiece a tener dificultades para perdonarme yo mismo por las cosas que veo que hago, pienso o siento mal.
En fin, la compasión es una de las características más importantes que como cristianos tenemos que desarrollar. Si me cuesta, es un punto que tengo que trabajar, pero no dejarlo pasar. Porque todas las personas tenemos la condición de "miserables" en el sentido de que hay miserias y necesidades profundas adentro nuestro. Dios, dice el pasaje, bendice a los compasivos mostrándoles su compasión. No es que no tenga compasión de los que NO son compasivos, pero quien no es compasivo, como ya vimos, pierde de vista la compasión de Dios. Jesús dio el primer paso, enseñándome la misericordia. Puedo seguir su ejemplo o no hacerlo. Pero si no lo hago, me pierdo la mayor de las bendiciones de Dios: el efecto de su amor y su perdón en mi mente, y en toda mi vida. Este efecto no es otro que la felicidad propia de Dios, de su casa, del paraíso. Si no estoy dispuesto a ver al otro como un par que atraviesa las mismas miserias, necesidades, problemas y maldades que yo, me pierdo de disfrutar una porción del cielo acá, en la tierra, en esta vida. Y le niego parte de esa posibilidad a los demás.
Que el Dios de toda misericordia y compasión los inunde con su amor hasta desbordar, para que puedan vivir una vida de compasión y disfrutar y compartir con cada persona que se cruce en sus caminos el pedazo de cielo que Dios nos regala a través de su perdón. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hola a todos. Después de un largo rato vuelvo al blog para seguir publicando la serie sobre las bienaventuranzas, o bendiciones de Dios. Probablemente al final de la serie haga una última reflexión a modo de resumen y de conclusión de todo el pasaje.
Por ahora nos toca la quinta de las bendiciones de Dios nombradas por Jesús en el contexto del llamado sermón del monte: la que corresponde a los compasivos. Ésta es una palabra llena de contenido. En el original griego, la palabra está asociada con la compasión y con la misericordia, dos cosas que a mi entender van de la mano, y que tienen mucho alcance.
La compasión puede pensarse como la capacidad de sentir en carne propia la necesidad del otro. Esto no quiere decir necesariamente vivir lo que el otro vive, sino involucrarme en su necesidad. Tal vez nunca pasé por lo que pasa la otra persona pero experimento una profunda pena o tristeza por comprender lo que significaría estar en esa situación. O tal vez nunca tuve una necesidad como la que tiene el otro, pero puedo sentirme conmovido por entender lo que significa para el otro tener esa necesidad.
Por este lado, la compasión se acerca a la empatía. Poder ponerme en el lugar del otro con todo lo que eso implica. Empatizar es mucho más que solamente entender qué siente el otro, tiene que ver con experimentar lo que el otro experimenta sólo por haberme puesto en su lugar. Creo que Jesús tenía esta capacidad desarrollada al máximo, y creo que es una de las características más básicas de la compasión, al menos en una escala pequeña.
Pero compasión no es sólo ni principalmente empatía. Es también, y en un sentido más importante, misericordia. Ésta palabra creo que es tan conocida y tiene tanta significación cultural agregada que hasta puede haber quedado tapada la magnitud de su significado, pero su raíz tiene que ver con identificarse con la miseria de otra persona. Ahora bien, la miseria no es necesariamente algo externo, una condición mala o pobre de la vida material. Miseria tiene que ver en gran medida con la vida en general, y la misericordia se refiere especialmente a la condición de la vida espiritual, al interior de la persona.
Misericordia tiene que ver entonces con identificarse, comprender e involucrarse siempre con la necesidad y la situación interior de los demás, el estado en el que están. Los compasivos o misericordiosos serían entonces los que viven de esta manera, atentos y abiertos a los problemas, las cargas y las condiciones de la vida de los demás.
Ahora, esto tiene un punto muy profundo que a veces pienso que puede olvidarse. Tener misericordia es solidarizarme con la miseria de los demás siempre. Incluso, y especialmente cuando nos tratan mal, o nos hacen cosas que no nos gustan, o actúan con injusticia o maldad. Todos tenemos miseria dentro nuestro, y reconocer esto es el primer paso para ser compasivo. No es que no pueda comprender que la otra persona sea miserable en su interior, porque a fin de cuentas, yo mismo soy miserable en mi interior. Basta con pensar ejemplos de mi vida en los que reacciono mal, o injustamente, o hago cosas sin pensar en las consecuencias para la otra persona, o pienso sólo en mi mismo. Eso ya es miseria.
Existe un solo remedio para la miseria del hombre: el perdón de Dios. Cuando hago algo malo contra alguien, le pido perdón. Eso implica haber primero reconocido que mi comportamiento estuvo mal. Lo mismo pasa con Dios. Pero con él la situación es más compleja, porque no es solamente pedirle perdón por cosas. Mi propio interior está mal, está corrompido. Esto es así siempre, para cada persona. No hay excepciones. Por eso, es totalmente necesario para sobreponerme a mi miseria que Dios me cambie, me transforme desde adentro. Eso es el perdón de Dios. Él mismo viene adentro de mí y me perdona desde mi interior, descartando mi miseria, ignorándola.
Esto mismo es lo que a mi entender Dios espera que yo haga con el resto. Si alguna actitud o comportamiento del otro refleja su miseria interior, su "parte mala", entonces tengo que "meterme" dentro de la otra persona y tratar de entender cómo es que terminó haciendo eso. Y lo comprenda o no, tengo que tener presente que Dios mismo tuvo compasión de mí, pensó en mi miseria no como una ofensa sino como una enfermedad, una situación mala por la cual entristecerse desde mi lugar. Esto es la compasión.
Por lo tanto, si tengo dificultad para tolerar a los demás o para perdonarlos o mirarlos con bondad a pesar de lo malo que puedan hacerme, es porque tal vez no esté experimentando con plenitud el amor y el perdón de Dios. Tal vez hay algunas cosas malas dentro de mí que no reconocí o de las que no siento que tenga que arrepentirme (generalmente esto pasa porque la sociedad nos ha convencido de que en ciertos casos una determinada cosa es correcta aunque generalmente se la vea como mala, por ejemplo las "mentiras blancas", o cosas así). Éste sería un buen momento para reflexionar al respecto y pedirle perdón a Dios desde mi corazón.
Y la compasión, y por ende el perdón, son en sí mismas bendiciones. Dios me regaló su misericordia como parte de su amor, y el amor es la propia fuerza que impulsó la creación, por lo tanto es un pedazo de ese paraíso de inmensa felicidad del que hablaba en la primera reflexión de la serie. El perdón trae felicidad, de hecho. Por un lado, cura las heridas generadas por la situación que es perdonada, tanto las mías como las del otro. No es un favor al otro, es un remedio para los dos (o la cantidad que sean). Además, genera unidad. Para perdonar a otro me tengo que acercar e involucrarme afectivamente con esa persona, porque tengo que solidarizarme con la miseria de su interior. Esto me une con el otro. Por otra parte ablanda mi corazón y me hace una mejor persona. Perdonar es un acto de humildad, porque digo "no voy a esperar a que la otra persona venga a pedirme perdón o a querer arreglar las cosas, como si fuera la única que hace las cosas mal, sino que voy a ir yo aunque esta vez no creo que haya hecho nada malo". Y finalmente, me libera de una carga negativa que si la mantengo en mi mente me lleva a actuar mal yo mismo, y me lastima lentamente. Perdonar es una cara más de ser libre.
Tengo la certeza de que si ignoro la compasión y me fijo siempre en la miseria del otro sin identificarme y pienso solamente en cómo esa miseria me perjudica a mí, voy a empezar lentamente a desconfiar del amor y el perdón de Dios, y tal vez me olvide de él o deje de tenerlo presente, entonces voy a empezar a tener problemas conmigo mismo. Porque ignorar la miseria del otro es fácil, está fuera de mí. Pero no puedo ignorar mi miseria, y si no recuerdo que Dios mismo descarta mi miseria y me perdona, tal vez empiece a tener dificultades para perdonarme yo mismo por las cosas que veo que hago, pienso o siento mal.
En fin, la compasión es una de las características más importantes que como cristianos tenemos que desarrollar. Si me cuesta, es un punto que tengo que trabajar, pero no dejarlo pasar. Porque todas las personas tenemos la condición de "miserables" en el sentido de que hay miserias y necesidades profundas adentro nuestro. Dios, dice el pasaje, bendice a los compasivos mostrándoles su compasión. No es que no tenga compasión de los que NO son compasivos, pero quien no es compasivo, como ya vimos, pierde de vista la compasión de Dios. Jesús dio el primer paso, enseñándome la misericordia. Puedo seguir su ejemplo o no hacerlo. Pero si no lo hago, me pierdo la mayor de las bendiciones de Dios: el efecto de su amor y su perdón en mi mente, y en toda mi vida. Este efecto no es otro que la felicidad propia de Dios, de su casa, del paraíso. Si no estoy dispuesto a ver al otro como un par que atraviesa las mismas miserias, necesidades, problemas y maldades que yo, me pierdo de disfrutar una porción del cielo acá, en la tierra, en esta vida. Y le niego parte de esa posibilidad a los demás.
Que el Dios de toda misericordia y compasión los inunde con su amor hasta desbordar, para que puedan vivir una vida de compasión y disfrutar y compartir con cada persona que se cruce en sus caminos el pedazo de cielo que Dios nos regala a través de su perdón. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 3 de agosto de 2012
Dichosos 4 - Hambre y sed de justicia
Mateo 5:6; Isaías 55:1-2
Hola a todos. Seguimos con esta serie de reflexiones acerca de las bienaventuranzas, o bendiciones de Dios. El tema de esta reflexión puede que resulte significativo para muchos, así como lo fue (y es) para mí, porque creo que nuestra vida gira mucho en torno a encontrar y hacer justicia.
De hecho, creo que casi cualquier persona normal tiene "hambre y sed de justicia". Dice la palabra que los que experimentan esto, "serán saciados". A pesar de eso vivimos en situaciones injustas, bajo condiciones injustas. La primera reacción que esto nos provoca suele ser tomar las riendas de la justicia en nuestra mano y encargarnos de esos asuntos que nos molestan y nos indignan.
Sin embargo, la biblia nos plantea una perspectiva que, a mi modo de ver, es difícil de adoptar como propia, y va contra todo lo que suponemos. Creo que la raíz del problema, y lo dije en otra reflexión, es lo que entendemos por justicia. Pero por respetar la relativa brevedad de la reflexión voy a limitarme a asumir que entendemos por "justicia" que las cosas sean como deben ser, de la manera correcta, con todo lo ambiguo que esa definición puede tener.
Si aceptamos la verdad contenida en la biblia, Dios estableció un orden para todas las cosas, determinó lo que TIENE que ser y lo que NO TIENE que ser. Nosotros mismos, al volvernos contra Dios, nos volvimos contra esa determinación de lo correcto y lo incorrecto y continuamente tratamos de establecer por nosotros mismos qué es y qué no es válido, bueno, correcto. Es, digamos, el principio de la autojustificación.
Ahora bien, según el pasaje de Mateo, no parece que esto sea malo. La traducción en lenguaje actual dice que "Dios bendice a los que desean la justicia". Lo que importa es que se haga justicia, no importa cómo. Ahora bien, esta manera de pensar nos puede llevar a la falacia de hacer justicia de manera injusta. Por ejemplo, ¿quién nos hizo creer que la retribución tiene que ser acorde a lo que una persona hace, bien o mal? ¿Quién nos hizo creer que los buenos van al cielo y los malos no? ¿Quién nos hizo creer en que a una causa corresponde necesariamente un efecto correcto? Si estudio mucho voy a aprobar seguro. Si trabajo mucho voy a ganar mucho. Si me hacen mal, tengo que hacer mal. Si hago las cosas bien, voy al cielo seguro.
Dios jamás dijo que eso fuera la justicia. Es verdad, "El Señor es justo, y ama la justicia; el hombre honrado contemplará su rostro" (Salmo 11:7). Pero eso no quiere decir que ser "justo", ser "honrado" tenga que ver con nuestra acción. La biblia lo dice de manera extremadamente clara: "No hay un solo justo, ni siquiera uno" (Romanos 3:10). Nadie puede argumentar "yo soy justo", porque basta con examinarse un poco para descubrir fallas, errores. Justo implica correcto en todo momento, y para los estándares de Dios eso es totalmente imposible para un humano. Pero entonces, ¿quién "contemplará su rostro"?
Bueno, dice Romanos 8:33 que "Dios es el que justifica". ¿Cómo? A través de la obra de Jesús. Él, el único justo que caminó sobre la tierra después de la caída, el gran regalo de Dios, es el único capaz de hacernos quedar como justos delante de Dios aún sin que lo seamos realmente. ¿Eso quiere decir que puedo haber sido la peor persona del mundo (desde el punto de vista humano) y aún así ser justificado sólo por creer en Jesús? Sí. Por supuesto, creer de verdad en Jesús implica necesariamente un cambio de conciencia que nos hace querer dejar de hacer lo malo que hacíamos y empezar a hacer lo bueno con todos. No nos sale del todo, siempre fallamos en algo, descuidamos algún aspecto. Pero ese cambio de conciencia caracteriza a los que Dios justifica, o sea, caracteriza a los justos.
Entonces, empezamos a acercarnos a una nueva definición de justicia, una que realmente me asombró cuando la descubrí. Ser justo no se trata tanto de buenas obras, sino de un cambio de conciencia. ¿Hacia qué dirección? Hacia Dios. ¿Cómo? A través de Jesús.
Creo que el pasaje de Isaías es muy claro respecto de esto. "¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no satisface? Escúchenme bien, y comerán lo que es bueno, y se deleitarán en manjares deliciosos" (55:2). Está más que claro que no está hablando específicamente de comida. Nadie va a comer sólo con escuchar. Es cierto, Dios favorece a los que lo buscan y lo escuchan en todo sentido, incluso materialmente. Pero principalmente está hablando, pienso, de ese hambre y sed de justicia de las que habla Jesús en el pasaje de Mateo. Nadie puede comprar la verdadera justicia con dinero, ni trabajar por ella. No importa qué tan duro trabaje, el cambio de conciencia no viene por trabajar duro o por comprar algo que nos lo transmite. Sólo viene por escuchar bien la palabra de Dios, por creer en las cosas que dice, en lo que nos cuenta, y encontrar a aquél a quién la palabra nos lleva: a Jesús. Es sólo por conocerlo a él y dejarnos envolver por él que encontramos justicia.
Esto es comer del bien. "Si no comen la carne del Hijo del hombre ni beben su sangre, no tienen realmente vida. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna" (Juan 6:53-54). Otra vez, nadie va a ir a buscar el cuerpo de Jesús (no lo encontraría, además) para comer su carne. Comer de Jesús es participar de él, dejarlo entrar en mi interior, llenarme, saciarme de él. "Se deleitarán en manjares deliciosos", dice Isaías.
El deleite de mi corazón, la satisfacción de mi hambre y sed de justicia, está entonces en la justicia que Dios puede conferirme a través de su Hijo. Él es mi justicia. Y Dios bendice a los que buscan la verdadera justicia, es decir, la que viene por buscar a Dios, porque sacia esa búsqueda. "El que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre" (Lucas 11:10).
Que el Dios de justicia llene sus mentes y corazones de la nueva conciencia que nos hace desear el bien, y que los guíe cada vez más hacia él, dándoles la sabiduría de buscar a Dios en todo para que en todo sean ustedes justos, y puedan satisfacer su sed de justicia. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hola a todos. Seguimos con esta serie de reflexiones acerca de las bienaventuranzas, o bendiciones de Dios. El tema de esta reflexión puede que resulte significativo para muchos, así como lo fue (y es) para mí, porque creo que nuestra vida gira mucho en torno a encontrar y hacer justicia.
De hecho, creo que casi cualquier persona normal tiene "hambre y sed de justicia". Dice la palabra que los que experimentan esto, "serán saciados". A pesar de eso vivimos en situaciones injustas, bajo condiciones injustas. La primera reacción que esto nos provoca suele ser tomar las riendas de la justicia en nuestra mano y encargarnos de esos asuntos que nos molestan y nos indignan.
Sin embargo, la biblia nos plantea una perspectiva que, a mi modo de ver, es difícil de adoptar como propia, y va contra todo lo que suponemos. Creo que la raíz del problema, y lo dije en otra reflexión, es lo que entendemos por justicia. Pero por respetar la relativa brevedad de la reflexión voy a limitarme a asumir que entendemos por "justicia" que las cosas sean como deben ser, de la manera correcta, con todo lo ambiguo que esa definición puede tener.
Si aceptamos la verdad contenida en la biblia, Dios estableció un orden para todas las cosas, determinó lo que TIENE que ser y lo que NO TIENE que ser. Nosotros mismos, al volvernos contra Dios, nos volvimos contra esa determinación de lo correcto y lo incorrecto y continuamente tratamos de establecer por nosotros mismos qué es y qué no es válido, bueno, correcto. Es, digamos, el principio de la autojustificación.
Ahora bien, según el pasaje de Mateo, no parece que esto sea malo. La traducción en lenguaje actual dice que "Dios bendice a los que desean la justicia". Lo que importa es que se haga justicia, no importa cómo. Ahora bien, esta manera de pensar nos puede llevar a la falacia de hacer justicia de manera injusta. Por ejemplo, ¿quién nos hizo creer que la retribución tiene que ser acorde a lo que una persona hace, bien o mal? ¿Quién nos hizo creer que los buenos van al cielo y los malos no? ¿Quién nos hizo creer en que a una causa corresponde necesariamente un efecto correcto? Si estudio mucho voy a aprobar seguro. Si trabajo mucho voy a ganar mucho. Si me hacen mal, tengo que hacer mal. Si hago las cosas bien, voy al cielo seguro.
Dios jamás dijo que eso fuera la justicia. Es verdad, "El Señor es justo, y ama la justicia; el hombre honrado contemplará su rostro" (Salmo 11:7). Pero eso no quiere decir que ser "justo", ser "honrado" tenga que ver con nuestra acción. La biblia lo dice de manera extremadamente clara: "No hay un solo justo, ni siquiera uno" (Romanos 3:10). Nadie puede argumentar "yo soy justo", porque basta con examinarse un poco para descubrir fallas, errores. Justo implica correcto en todo momento, y para los estándares de Dios eso es totalmente imposible para un humano. Pero entonces, ¿quién "contemplará su rostro"?
Bueno, dice Romanos 8:33 que "Dios es el que justifica". ¿Cómo? A través de la obra de Jesús. Él, el único justo que caminó sobre la tierra después de la caída, el gran regalo de Dios, es el único capaz de hacernos quedar como justos delante de Dios aún sin que lo seamos realmente. ¿Eso quiere decir que puedo haber sido la peor persona del mundo (desde el punto de vista humano) y aún así ser justificado sólo por creer en Jesús? Sí. Por supuesto, creer de verdad en Jesús implica necesariamente un cambio de conciencia que nos hace querer dejar de hacer lo malo que hacíamos y empezar a hacer lo bueno con todos. No nos sale del todo, siempre fallamos en algo, descuidamos algún aspecto. Pero ese cambio de conciencia caracteriza a los que Dios justifica, o sea, caracteriza a los justos.
Entonces, empezamos a acercarnos a una nueva definición de justicia, una que realmente me asombró cuando la descubrí. Ser justo no se trata tanto de buenas obras, sino de un cambio de conciencia. ¿Hacia qué dirección? Hacia Dios. ¿Cómo? A través de Jesús.
Creo que el pasaje de Isaías es muy claro respecto de esto. "¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no satisface? Escúchenme bien, y comerán lo que es bueno, y se deleitarán en manjares deliciosos" (55:2). Está más que claro que no está hablando específicamente de comida. Nadie va a comer sólo con escuchar. Es cierto, Dios favorece a los que lo buscan y lo escuchan en todo sentido, incluso materialmente. Pero principalmente está hablando, pienso, de ese hambre y sed de justicia de las que habla Jesús en el pasaje de Mateo. Nadie puede comprar la verdadera justicia con dinero, ni trabajar por ella. No importa qué tan duro trabaje, el cambio de conciencia no viene por trabajar duro o por comprar algo que nos lo transmite. Sólo viene por escuchar bien la palabra de Dios, por creer en las cosas que dice, en lo que nos cuenta, y encontrar a aquél a quién la palabra nos lleva: a Jesús. Es sólo por conocerlo a él y dejarnos envolver por él que encontramos justicia.
Esto es comer del bien. "Si no comen la carne del Hijo del hombre ni beben su sangre, no tienen realmente vida. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna" (Juan 6:53-54). Otra vez, nadie va a ir a buscar el cuerpo de Jesús (no lo encontraría, además) para comer su carne. Comer de Jesús es participar de él, dejarlo entrar en mi interior, llenarme, saciarme de él. "Se deleitarán en manjares deliciosos", dice Isaías.
El deleite de mi corazón, la satisfacción de mi hambre y sed de justicia, está entonces en la justicia que Dios puede conferirme a través de su Hijo. Él es mi justicia. Y Dios bendice a los que buscan la verdadera justicia, es decir, la que viene por buscar a Dios, porque sacia esa búsqueda. "El que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre" (Lucas 11:10).
Que el Dios de justicia llene sus mentes y corazones de la nueva conciencia que nos hace desear el bien, y que los guíe cada vez más hacia él, dándoles la sabiduría de buscar a Dios en todo para que en todo sean ustedes justos, y puedan satisfacer su sed de justicia. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
jueves, 26 de julio de 2012
Dichosos 3 - Los humildes
Mateo 5:5
Hola a todos. Después de varias semanas finalmente encontré un momento para publicar la siguiente reflexión acerca de las bienaventuranzas. Habíamos visto ya dos de ellas, que hacían referencia a los pobres de espíritu y a los que lloran. Nos toca entonces ver la tercera, sobre los humildes.
Como habíamos visto antes, ser "bienaventurado" equivale a ser bendecido por Dios. Dice el texto que "Dios bendice a los humildes" (Traducción al Lenguaje Actual). Ahora bien, ¿quiénes son los humildes? ¿A quiénes se refiere este pasaje?
La mayoría de las versiones usan en este pasaje el mismo término, "humildes". Sin embargo, algunas usan la palabra "mansos". Es interesante que la palabra griega que usa sirve al mismo tiempo para decir "moderado", "gentil".
En fin, ser humildes es, de algún modo, lo que normalmente entendemos por humilde, o sea lo contrario de orgulloso. Pero es más: es ser pacífico, por un lado, y ser moderado, medido, por el otro.
De hecho, ser orgulloso es no ser moderado. Es valorarse desmedidamente, darse uno más importancia de la que tiene. En la biblia encontramos muchas veces la palabra usada como sinónimo de altivo. Está claro que esta actitud es la que Dios justamente MENOS quiere de nosotros. Es, de hecho, la actitud que alejó al hombre de Dios. Pensó que valía más que lo que Dios había establecido, que su voluntad valía más que la de Dios.
Un cambio de actitud en este punto, entonces, bastaría para acercarnos a Dios. Así es, de hecho, y ya lo vimos en la primera reflexión de la serie. Se trata, básicamente, de no creer que soy tan bueno como para estar en posición de enojarme con los demás, o pelearme con otros. Quiero decir, sí, hay cosas que pueden ofenderme, y puedo enojarme, pero tengo que cultivar una actitud tan humilde que mi enojo termine siendo bien pasajero, que me haga recordar que yo también soy falible y que si yo puedo hacer las cosas mal, el otro también, y por lo tanto no tengo derecho a enojarme. Eso, idealmente, tendría que bastar para reconciliarme o perdonar a esa persona, si cultivo una actitud verdaderamente humilde.
Romanos 12:3 dice: "Nadie tenga un concepto de sí mismo más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado". Por supuesto, es importante valorarme a mí mismo, pero sólo hasta un punto. Y el punto es la medida de mi fe: si tengo una fe tan grande que puedo pensar muy bien de mí mismo sin volverme orgulloso y desmerecer a otros, y sin tratar a los demás como inferiores a mí, entonces no hay problema. La realidad es que, siendo sinceros con nosotros mismos, es difícil que alguien pueda considerarse demasiado bueno en sí mismo. Yo era totalmente contrario a Dios, y Dios mismo me perdonó a un precio muy alto. Y aunque ahora estoy de su lado, sigo fallando y me sigue perdonando. Creo que su ejemplo de humildad, el perdonarme aunque él SÍ sea muy superior a mí, es el que deberíamos aspirar a tener.
Por otro lado, ser humilde es ser manso, pacífico. La actitud humilde implica no sacarme de mis casillas, ni por algo que me hicieron, ni al hablar de algún tema, ni nada. Es responder a cada uno con paciencia, con calma. Es tratar bien a todos sin importar las circunstancias. Esto, por supuesto, es igual de difícil que lo anterior, o más. Especialmente cuando hablamos de temas particularmente controvertidos, por ejemplo, la fe. Pero si una discusión me lleva a subir el tono, debería preguntarme si no estoy considerándome el que más sabe entre todos los que están discutiendo. Si no es así, ¿por qué querría tratar de imponerme sobre los demás? "No se crean los únicos que saben", dice Romanos 12:16. Aunque yo esté muy seguro, el otro puede tener razón, y seguramente tiene al menos algo para enseñarme a mí.
Finalmente, el pasaje dice que los humildes, los moderados, los pacíficos, "recibirán la tierra como herencia". No solamente es una señal de que ellos conocen a Dios, sino que las puertas se les abren. Dios les abre las puertas a los humildes. Las puertas de las diferentes metas y objetivos que ellos se proponen. La actitud humilde no se enfada ante las circunstancias, sino que confía en que Dios tiene un plan. Si Dios abre puertas, es una bendición. Si las cierra, es también una bendición, para ser buscada en otro lado. Pero el humilde busca siempre las cosas por las buenas, nunca forzando, nunca corrompiendo, nunca engañando. Porque esos medios son siempre maneras de imponer mi propia voluntad, y la verdad es que nunca terminan bien, de acuerdo a los parámetros de Dios. Dios no bendice a los que fuerzan las circunstancias, sino a los que se dejan llevar por él.
Por eso, se cumplen en los humildes todas las promesas del Señor. En cambio, en los orgullosos o desmedidos, no se cumplen siempre, porque ellos mismos son un obstáculo. O mejor dicho, se cumple sobre todo una promesa: "Todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido" (Lucas 14:11). El que quiere llegar alto y lejos por sí mismo, se queda en el camino. Pero al que es paciente, moderado en sí mismo, es Dios mismo el que lo enaltece, lo lleva alto, lo lleva lejos.
En fin, espero que esta reflexión haya sido de bendición. Por supuesto, la clave está en la actitud. No piensen que por enojarse fallaron en este punto. Lo importante es cuál es mi actitud al enojarme, y si al hacerlo considero, por ejemplo, el hecho de que yo mismo estoy en falta ante Dios de manera permanente, lo cual me hace no tener derecho a no perdonar. Dios ve el corazón. Si mi actitud esta bien, la práctica se va a corregir sola, o mejor dicho, por la acción del Espíritu de Dios en cada uno de nosotros.
Que el Dios de paz les de sabiduría siempre, para que puedan tener la actitud correcta frente a los demás, la actitud humilde que nos abre las puertas a los hermosos planes que Dios tiene para nosotros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hola a todos. Después de varias semanas finalmente encontré un momento para publicar la siguiente reflexión acerca de las bienaventuranzas. Habíamos visto ya dos de ellas, que hacían referencia a los pobres de espíritu y a los que lloran. Nos toca entonces ver la tercera, sobre los humildes.
Como habíamos visto antes, ser "bienaventurado" equivale a ser bendecido por Dios. Dice el texto que "Dios bendice a los humildes" (Traducción al Lenguaje Actual). Ahora bien, ¿quiénes son los humildes? ¿A quiénes se refiere este pasaje?
La mayoría de las versiones usan en este pasaje el mismo término, "humildes". Sin embargo, algunas usan la palabra "mansos". Es interesante que la palabra griega que usa sirve al mismo tiempo para decir "moderado", "gentil".
En fin, ser humildes es, de algún modo, lo que normalmente entendemos por humilde, o sea lo contrario de orgulloso. Pero es más: es ser pacífico, por un lado, y ser moderado, medido, por el otro.
De hecho, ser orgulloso es no ser moderado. Es valorarse desmedidamente, darse uno más importancia de la que tiene. En la biblia encontramos muchas veces la palabra usada como sinónimo de altivo. Está claro que esta actitud es la que Dios justamente MENOS quiere de nosotros. Es, de hecho, la actitud que alejó al hombre de Dios. Pensó que valía más que lo que Dios había establecido, que su voluntad valía más que la de Dios.
Un cambio de actitud en este punto, entonces, bastaría para acercarnos a Dios. Así es, de hecho, y ya lo vimos en la primera reflexión de la serie. Se trata, básicamente, de no creer que soy tan bueno como para estar en posición de enojarme con los demás, o pelearme con otros. Quiero decir, sí, hay cosas que pueden ofenderme, y puedo enojarme, pero tengo que cultivar una actitud tan humilde que mi enojo termine siendo bien pasajero, que me haga recordar que yo también soy falible y que si yo puedo hacer las cosas mal, el otro también, y por lo tanto no tengo derecho a enojarme. Eso, idealmente, tendría que bastar para reconciliarme o perdonar a esa persona, si cultivo una actitud verdaderamente humilde.
Romanos 12:3 dice: "Nadie tenga un concepto de sí mismo más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado". Por supuesto, es importante valorarme a mí mismo, pero sólo hasta un punto. Y el punto es la medida de mi fe: si tengo una fe tan grande que puedo pensar muy bien de mí mismo sin volverme orgulloso y desmerecer a otros, y sin tratar a los demás como inferiores a mí, entonces no hay problema. La realidad es que, siendo sinceros con nosotros mismos, es difícil que alguien pueda considerarse demasiado bueno en sí mismo. Yo era totalmente contrario a Dios, y Dios mismo me perdonó a un precio muy alto. Y aunque ahora estoy de su lado, sigo fallando y me sigue perdonando. Creo que su ejemplo de humildad, el perdonarme aunque él SÍ sea muy superior a mí, es el que deberíamos aspirar a tener.
Por otro lado, ser humilde es ser manso, pacífico. La actitud humilde implica no sacarme de mis casillas, ni por algo que me hicieron, ni al hablar de algún tema, ni nada. Es responder a cada uno con paciencia, con calma. Es tratar bien a todos sin importar las circunstancias. Esto, por supuesto, es igual de difícil que lo anterior, o más. Especialmente cuando hablamos de temas particularmente controvertidos, por ejemplo, la fe. Pero si una discusión me lleva a subir el tono, debería preguntarme si no estoy considerándome el que más sabe entre todos los que están discutiendo. Si no es así, ¿por qué querría tratar de imponerme sobre los demás? "No se crean los únicos que saben", dice Romanos 12:16. Aunque yo esté muy seguro, el otro puede tener razón, y seguramente tiene al menos algo para enseñarme a mí.
Finalmente, el pasaje dice que los humildes, los moderados, los pacíficos, "recibirán la tierra como herencia". No solamente es una señal de que ellos conocen a Dios, sino que las puertas se les abren. Dios les abre las puertas a los humildes. Las puertas de las diferentes metas y objetivos que ellos se proponen. La actitud humilde no se enfada ante las circunstancias, sino que confía en que Dios tiene un plan. Si Dios abre puertas, es una bendición. Si las cierra, es también una bendición, para ser buscada en otro lado. Pero el humilde busca siempre las cosas por las buenas, nunca forzando, nunca corrompiendo, nunca engañando. Porque esos medios son siempre maneras de imponer mi propia voluntad, y la verdad es que nunca terminan bien, de acuerdo a los parámetros de Dios. Dios no bendice a los que fuerzan las circunstancias, sino a los que se dejan llevar por él.
Por eso, se cumplen en los humildes todas las promesas del Señor. En cambio, en los orgullosos o desmedidos, no se cumplen siempre, porque ellos mismos son un obstáculo. O mejor dicho, se cumple sobre todo una promesa: "Todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido" (Lucas 14:11). El que quiere llegar alto y lejos por sí mismo, se queda en el camino. Pero al que es paciente, moderado en sí mismo, es Dios mismo el que lo enaltece, lo lleva alto, lo lleva lejos.
En fin, espero que esta reflexión haya sido de bendición. Por supuesto, la clave está en la actitud. No piensen que por enojarse fallaron en este punto. Lo importante es cuál es mi actitud al enojarme, y si al hacerlo considero, por ejemplo, el hecho de que yo mismo estoy en falta ante Dios de manera permanente, lo cual me hace no tener derecho a no perdonar. Dios ve el corazón. Si mi actitud esta bien, la práctica se va a corregir sola, o mejor dicho, por la acción del Espíritu de Dios en cada uno de nosotros.
Que el Dios de paz les de sabiduría siempre, para que puedan tener la actitud correcta frente a los demás, la actitud humilde que nos abre las puertas a los hermosos planes que Dios tiene para nosotros. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 22 de junio de 2012
Dichosos 2 - Los que lloran
Mateo 5:4
Hola a todos. La vez pasada publiqué una introducción a esta serie de reflexiones sobre las bienaventuranzas, y hablaba sobre lo que implica pertenecer al reino de los cielos. Vuelvo un poco sobre esto para recordar que se trata ni más ni menos que de una pequeña porción de paraíso metida adentro de cada uno de nosotros. Es como vivir en un cielo en pequeña escala, disfrutando de esa misma alegría, de esa misma bendición. De hecho, había mencionado que la expresión "bienaventurados" aparece en algunas versiones como "Dios bendice a".
En esta reflexión nos toca hablar sobre la segunda de las bienaventuranzas. El pasaje dice "Dichosos los que lloran, porque serán consolados". Creo que este pasaje esconde un secreto impresionante. Cuando hice esta reflexión me paré a pensar en la frase "porque serán consolados". Y de repente, pensé en esto: nadie es consolado si no sufre. Parece obvio, pero esconde también un tesoro muy grande.
Ser consolado podría parecer una actitud simplemente de compasión. De hecho, el consuelo que uno de nosotros puede brindarle por ejemplo a un amigo, es un acto de compasión. Pero hay una diferencia fundamental entre nuestro consuelo y el que brinda Dios, una diferencia evidente pero que por ser tan visible puede pasar desapercibida su importancia: Dios es el que nos crea y nos transforma cada vez más hacia una versión mejorada de nosotros mismos. ¡Es ni más ni menos que el creador del universo!
Esto, no nos habla nada más de quién es Dios, sino de lo que implica su intervención adentro de nosotros. Que Dios nos consuele es más que simplemente volver a estar bien. Es pasar a estar mejor que antes. Dios no solamente nos devuelve el buen ánimo después del sufrimiento, sino que, de varias maneras, nos lleva más lejos que donde estábamos antes de pasar por ese sufrimiento. ¡Ser consolados por el Dios del universo es una bendición en sí mismo!
Pero es importante ver que dice el pasaje "Dichosos los que LLORAN". Creo que, como todo en la Palabra de Dios, esto hay que entenderlo más adentro que la palabra misma. Llorar implica reconocer mi sufrimiento, mi situación. Generalmente, cuando pensamos que llorar es malo, lo que hacemos es esquivar nuestra situación para que no nos haga llorar, para que no nos haga mal.
Pienso que esto es un error. Llorar no es signo de debilidad, sino de valentía. Si llorar implica reconocer mi sufrimiento, o sea, enfrentar mi situación, es un acto de valentía. A veces puedo reconocer mi sufrimiento y no llorar, y es perfectamente válido. Creo que lo que este pasaje nos está diciendo es algo así: a los que se animan a reconocer y enfrentar su sufrimiento, sea por una situación externa o por una interna, Dios los bendice, porque al consolarlos los lleva a un estado de bienestar mayor que el que esa persona tenía antes. Pero aquél que no se anima a hacerlo, no admite que necesita ser consolado, y por lo tanto no recibe consuelo, y entonces se queda en su situación, sin poder seguir creciendo mientras no acepte su situación.
Esto puede pasar cuando pasa algo afuera de mí, como cuando alguien que quiero mucho me lastima, o cuando algo no me gusta de mí mismo. Yo puedo aceptar que, aunque no me guste, eso está ahí, o no hacerlo. Si no lo aceptó, lo escondo y por lo tanto queda ahí, en su lugar. Si lo acepto, sufro, pero al ser consolado por Dios recibo la bendición de crecer y estar incluso mejor que antes.
En fin, espero que esta reflexión les sea de bendición. En lo personal, cuando la hice me ayudó a entender que por debajo del sufrimiento o del llanto que pueda haber en mi vida, estoy bien. Como si a pesar del dolor, por debajo de él estuviera feliz. Es una sensación rara y difícil de explicar, pero real. Y creo que eso es lo que importa.
Que el Dios de toda consolación los llene de valentía para que cada uno pueda aceptar su situación aunque eso le haga llorar, para que el consuelo de Dios los lleve mucho más adelante que donde estaban antes. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Hola a todos. La vez pasada publiqué una introducción a esta serie de reflexiones sobre las bienaventuranzas, y hablaba sobre lo que implica pertenecer al reino de los cielos. Vuelvo un poco sobre esto para recordar que se trata ni más ni menos que de una pequeña porción de paraíso metida adentro de cada uno de nosotros. Es como vivir en un cielo en pequeña escala, disfrutando de esa misma alegría, de esa misma bendición. De hecho, había mencionado que la expresión "bienaventurados" aparece en algunas versiones como "Dios bendice a".
En esta reflexión nos toca hablar sobre la segunda de las bienaventuranzas. El pasaje dice "Dichosos los que lloran, porque serán consolados". Creo que este pasaje esconde un secreto impresionante. Cuando hice esta reflexión me paré a pensar en la frase "porque serán consolados". Y de repente, pensé en esto: nadie es consolado si no sufre. Parece obvio, pero esconde también un tesoro muy grande.
Ser consolado podría parecer una actitud simplemente de compasión. De hecho, el consuelo que uno de nosotros puede brindarle por ejemplo a un amigo, es un acto de compasión. Pero hay una diferencia fundamental entre nuestro consuelo y el que brinda Dios, una diferencia evidente pero que por ser tan visible puede pasar desapercibida su importancia: Dios es el que nos crea y nos transforma cada vez más hacia una versión mejorada de nosotros mismos. ¡Es ni más ni menos que el creador del universo!
Esto, no nos habla nada más de quién es Dios, sino de lo que implica su intervención adentro de nosotros. Que Dios nos consuele es más que simplemente volver a estar bien. Es pasar a estar mejor que antes. Dios no solamente nos devuelve el buen ánimo después del sufrimiento, sino que, de varias maneras, nos lleva más lejos que donde estábamos antes de pasar por ese sufrimiento. ¡Ser consolados por el Dios del universo es una bendición en sí mismo!
Pero es importante ver que dice el pasaje "Dichosos los que LLORAN". Creo que, como todo en la Palabra de Dios, esto hay que entenderlo más adentro que la palabra misma. Llorar implica reconocer mi sufrimiento, mi situación. Generalmente, cuando pensamos que llorar es malo, lo que hacemos es esquivar nuestra situación para que no nos haga llorar, para que no nos haga mal.
Pienso que esto es un error. Llorar no es signo de debilidad, sino de valentía. Si llorar implica reconocer mi sufrimiento, o sea, enfrentar mi situación, es un acto de valentía. A veces puedo reconocer mi sufrimiento y no llorar, y es perfectamente válido. Creo que lo que este pasaje nos está diciendo es algo así: a los que se animan a reconocer y enfrentar su sufrimiento, sea por una situación externa o por una interna, Dios los bendice, porque al consolarlos los lleva a un estado de bienestar mayor que el que esa persona tenía antes. Pero aquél que no se anima a hacerlo, no admite que necesita ser consolado, y por lo tanto no recibe consuelo, y entonces se queda en su situación, sin poder seguir creciendo mientras no acepte su situación.
Esto puede pasar cuando pasa algo afuera de mí, como cuando alguien que quiero mucho me lastima, o cuando algo no me gusta de mí mismo. Yo puedo aceptar que, aunque no me guste, eso está ahí, o no hacerlo. Si no lo aceptó, lo escondo y por lo tanto queda ahí, en su lugar. Si lo acepto, sufro, pero al ser consolado por Dios recibo la bendición de crecer y estar incluso mejor que antes.
En fin, espero que esta reflexión les sea de bendición. En lo personal, cuando la hice me ayudó a entender que por debajo del sufrimiento o del llanto que pueda haber en mi vida, estoy bien. Como si a pesar del dolor, por debajo de él estuviera feliz. Es una sensación rara y difícil de explicar, pero real. Y creo que eso es lo que importa.
Que el Dios de toda consolación los llene de valentía para que cada uno pueda aceptar su situación aunque eso le haga llorar, para que el consuelo de Dios los lleve mucho más adelante que donde estaban antes. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
viernes, 8 de junio de 2012
Dichosos 1 - Los pobres en espíritu
Hola a todos. Después de un receso vuelvo a publicar. Queda pendiente la conclusión sobre el tema de la Armadura de Dios, una conclusión que además siento que va a ser bastante comprometida e intensa, para mí, por lo menos, en primer lugar porque no la tengo hecha de antemano, y en segundo lugar porque sé que tiene el punto central en una cuestión que me resulta difícil de aplicar, y tal vez es por eso que estoy tardando en publicarla. Pero bueno, quería compartir con ustedes otra serie de reflexiones que estuve haciendo hace poco.
Estas reflexiones están basadas en el pasaje de Mateo 5, cuando habla de las llamadas "bienaventuranzas". Me tomé un tiempo para reflexionar punto por punto en estas bendiciones de Dios, y llegué a encontrar cosas muy profundas que no había pensado antes, ya desde la primera. En fin, no les adelanto más, prefiero empezar directamente.
Mateo 5:1-3
Este pasaje siempre me costó entenderlo a fondo. Siempre tuve una idea vaga del significado general, pero hasta este momento nunca había pensado en profundidad qué implicaba ser "pobre en espíritu". ¿Humildad? ¿Quebrantamiento? ¿Confesión? Bueno, creo que es un poco de las tres.
Antes que nada resalto la importancia de comparar diferentes traducciones de la Biblia para interpretar un pasaje. Realmente, muchas de las cosas que descubrí sobre este versículo tienen que ver con eso. En la Traducción en Lenguaje Actual, la palabra que conocemos como "bienaventurados" aparece como "Dios bendice a", y en la Nueva Versión Internacional como "dichosos". En otras versiones aparece como "felices". Creo que lo importante de todo esto es que se trata de una felicidad profunda, un gozo, un deleite, un disfrute, que viene directamente de Dios. Él mismo lo pone en nuestros corazones a través de su Espíritu cuando tenemos las actitudes que describen estos versículos. Es una felicidad que tiene carácter de bendición, un disfrute sagrado, santo. Es tan poderoso que incluso no se puede romper con tristezas o amarguras. Pasamos por situaciones difíciles o feas, y nos entristecemos, o nos lastimamos, o nos enojamos, pero eso nunca llega a echar raíz en nosotros porque en la base, en los cimientos de nuestro corazón está este disfrute sagrado que viene de Dios.
Esto no es solamente un concepto. Esto es algo real y concreto. Es algo que Dios efectivamente nos da. Todos podemos experimentarlo si tenemos la actitud correcta frente a la vida. Y creo que este pasaje de las "bienaventuranzas" o, como me gusta llamarlo desde que hice esta reflexión, las "bendiciones de Dios", nos enseña precisamente sobre qué actitud tenemos que tener.
En este versículo en particular, la Biblia habla sobre ser "pobres en espíritu". Otras versiones dicen "los que confían totalmente en Dios", y otras "los de espíritu pobre". Pienso que la más clara y completa es en este sentido la Nueva Traducción Viviente, que dice "Dios bendice a los que son pobres en espíritu y se dan cuenta de la necesidad que tienen de él". Creo que esa es la clave. Dios nos invita a reconocer nuestra situación espiritual. Como personas creadas para ser parecidas a Dios, somos incompletos sin él. Como ya dije en alguna otra reflexión, sin Dios no hay vida. Podemos caminar, hacer cosas, relacionarnos con la gente, pero no estamos vivos. Todas esas cosas que hagamos no van a dar frutos duraderos ni van a llenarnos de verdad, sino que solamente van a darnos una felicidad temporal y superficial.
Por eso, reconocer esto es FUNDAMENTAL. Debería llevarnos directamente a tener una actitud, y este es para mí el punto central, de desconfianza en el poder de mi propio espíritu y confianza plena en Dios. ¿Cómo es esto? ¿Significa que no tengo que valorar mis capacidades, mi potencial, mi persona? No, para nada significa eso, sino que tengo que entender que por sí sólo, mi espíritu funciona mal, y me lleva a hacer las cosas mal. Fui creado por Dios mismo, y eso me hace absolutamente valioso, pero por la corrupción que trae haber sido separado de Dios, funciono mal. Por eso, aunque me pueda amar a mí mismo, y TENGA que hacerlo, porque es totalmente necesario, no puedo fiarme de mí mismo para vivir mi vida. Tengo que reconocer que yo necesariamente VOY a hacer las cosas mal, no en el sentido de no lograr mis objetivos, sino en el sentido de que mis propios objetivos van a estar mal, incluso aunque yo no me de cuenta.
Por eso, la mayor felicidad y la mayor bendición vienen cuando en vez de poner mi confianza en mi capacidad o en mi poder, de cambiar, de lograr lo que me propongo, de hacer las cosas bien, y de todo lo que sea, pongo esa confianza y esperanza en Dios. No puedo crecer en la fe si confío en mi manera de pensar, en mis motivos y en mi capacidad antes que en el poder de Dios. Puedo usar todo mi tiempo para estudiar para mis exámenes, o puedo separar parte de ese tiempo para estar con Dios y crecer espiritualmente. Puedo dedicarle todos los ratos libres a mis amigos o puedo dedicar algunos de esos momentos libres a Dios. En la práctica, el resultado de cualquiera de las dos cosas va a depender de Dios. Si me olvido de eso, me pierdo de un montón de bendiciones que Dios tiene para mí.
En cualquier caso, la primera bendición que viene como consecuencia de reconocer mi situación espiritual, de entender que no soy un ser completo sin Dios, es justamente que Dios nos incluye en su reino. No sólo esto, la Biblia dice claramente que "el reino de los cielos les pertenece". Cuanto más confío en Dios para todo, más grande es mi parte en el reino de Dios. Esto me parece curioso. Nos acostumbramos muchas veces a pensar que si hacemos muchas cosas buenas somos mejores ante los ojos de Dios. Este pasaje me parece que me está mostrando otra lógica. No es el "hacer cosas buenas" lo que nos hace mejores para Dios, sino confiar cada vez más en él.
Ahora, formar parte del reino de Dios parece algo simbólico, pero no lo es. Implica muchísimas cosas para la vida en este mundo, y por supuesto para la vida en el mundo que viene después. Podría publicar centenares de reflexiones sobre esas ventajas, pero basta con leer la propia palabra de Dios. Esta llena de descripciones de cómo nuestra vida se vuelve absolutamente más disfrutable cuando formamos parte del reino de Dios. Para resumir lo que significa, digo algo que pensé cuando hice por primera vez esta reflexión: es ni más ni menos que disfrutar del cielo mientras vivimos en el mundo. ¡Es el paraíso en la tierra! Y vuelvo a la idea del principio: no hay vida sin Dios, y la vida con Dios es un disfrute en lo más íntimo de nosotros incluso cuando alrededor nuestro, o incluso dentro nuestro, las cosas están mal. Es Dios sosteniéndome aunque todo alrededor se complique. Vale la pena ser pobre en espíritu.
Que el Dios que reina en los cielos y en la tierra nos llene de sabiduría para que podamos permanentemente reconocer que no somos nada sin él, y podamos disfrutar siempre de la felicidad del cielo mientras vivimos en esta vida y en esta tierra. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
Estas reflexiones están basadas en el pasaje de Mateo 5, cuando habla de las llamadas "bienaventuranzas". Me tomé un tiempo para reflexionar punto por punto en estas bendiciones de Dios, y llegué a encontrar cosas muy profundas que no había pensado antes, ya desde la primera. En fin, no les adelanto más, prefiero empezar directamente.
Mateo 5:1-3
Este pasaje siempre me costó entenderlo a fondo. Siempre tuve una idea vaga del significado general, pero hasta este momento nunca había pensado en profundidad qué implicaba ser "pobre en espíritu". ¿Humildad? ¿Quebrantamiento? ¿Confesión? Bueno, creo que es un poco de las tres.
Antes que nada resalto la importancia de comparar diferentes traducciones de la Biblia para interpretar un pasaje. Realmente, muchas de las cosas que descubrí sobre este versículo tienen que ver con eso. En la Traducción en Lenguaje Actual, la palabra que conocemos como "bienaventurados" aparece como "Dios bendice a", y en la Nueva Versión Internacional como "dichosos". En otras versiones aparece como "felices". Creo que lo importante de todo esto es que se trata de una felicidad profunda, un gozo, un deleite, un disfrute, que viene directamente de Dios. Él mismo lo pone en nuestros corazones a través de su Espíritu cuando tenemos las actitudes que describen estos versículos. Es una felicidad que tiene carácter de bendición, un disfrute sagrado, santo. Es tan poderoso que incluso no se puede romper con tristezas o amarguras. Pasamos por situaciones difíciles o feas, y nos entristecemos, o nos lastimamos, o nos enojamos, pero eso nunca llega a echar raíz en nosotros porque en la base, en los cimientos de nuestro corazón está este disfrute sagrado que viene de Dios.
Esto no es solamente un concepto. Esto es algo real y concreto. Es algo que Dios efectivamente nos da. Todos podemos experimentarlo si tenemos la actitud correcta frente a la vida. Y creo que este pasaje de las "bienaventuranzas" o, como me gusta llamarlo desde que hice esta reflexión, las "bendiciones de Dios", nos enseña precisamente sobre qué actitud tenemos que tener.
En este versículo en particular, la Biblia habla sobre ser "pobres en espíritu". Otras versiones dicen "los que confían totalmente en Dios", y otras "los de espíritu pobre". Pienso que la más clara y completa es en este sentido la Nueva Traducción Viviente, que dice "Dios bendice a los que son pobres en espíritu y se dan cuenta de la necesidad que tienen de él". Creo que esa es la clave. Dios nos invita a reconocer nuestra situación espiritual. Como personas creadas para ser parecidas a Dios, somos incompletos sin él. Como ya dije en alguna otra reflexión, sin Dios no hay vida. Podemos caminar, hacer cosas, relacionarnos con la gente, pero no estamos vivos. Todas esas cosas que hagamos no van a dar frutos duraderos ni van a llenarnos de verdad, sino que solamente van a darnos una felicidad temporal y superficial.
Por eso, reconocer esto es FUNDAMENTAL. Debería llevarnos directamente a tener una actitud, y este es para mí el punto central, de desconfianza en el poder de mi propio espíritu y confianza plena en Dios. ¿Cómo es esto? ¿Significa que no tengo que valorar mis capacidades, mi potencial, mi persona? No, para nada significa eso, sino que tengo que entender que por sí sólo, mi espíritu funciona mal, y me lleva a hacer las cosas mal. Fui creado por Dios mismo, y eso me hace absolutamente valioso, pero por la corrupción que trae haber sido separado de Dios, funciono mal. Por eso, aunque me pueda amar a mí mismo, y TENGA que hacerlo, porque es totalmente necesario, no puedo fiarme de mí mismo para vivir mi vida. Tengo que reconocer que yo necesariamente VOY a hacer las cosas mal, no en el sentido de no lograr mis objetivos, sino en el sentido de que mis propios objetivos van a estar mal, incluso aunque yo no me de cuenta.
Por eso, la mayor felicidad y la mayor bendición vienen cuando en vez de poner mi confianza en mi capacidad o en mi poder, de cambiar, de lograr lo que me propongo, de hacer las cosas bien, y de todo lo que sea, pongo esa confianza y esperanza en Dios. No puedo crecer en la fe si confío en mi manera de pensar, en mis motivos y en mi capacidad antes que en el poder de Dios. Puedo usar todo mi tiempo para estudiar para mis exámenes, o puedo separar parte de ese tiempo para estar con Dios y crecer espiritualmente. Puedo dedicarle todos los ratos libres a mis amigos o puedo dedicar algunos de esos momentos libres a Dios. En la práctica, el resultado de cualquiera de las dos cosas va a depender de Dios. Si me olvido de eso, me pierdo de un montón de bendiciones que Dios tiene para mí.
En cualquier caso, la primera bendición que viene como consecuencia de reconocer mi situación espiritual, de entender que no soy un ser completo sin Dios, es justamente que Dios nos incluye en su reino. No sólo esto, la Biblia dice claramente que "el reino de los cielos les pertenece". Cuanto más confío en Dios para todo, más grande es mi parte en el reino de Dios. Esto me parece curioso. Nos acostumbramos muchas veces a pensar que si hacemos muchas cosas buenas somos mejores ante los ojos de Dios. Este pasaje me parece que me está mostrando otra lógica. No es el "hacer cosas buenas" lo que nos hace mejores para Dios, sino confiar cada vez más en él.
Ahora, formar parte del reino de Dios parece algo simbólico, pero no lo es. Implica muchísimas cosas para la vida en este mundo, y por supuesto para la vida en el mundo que viene después. Podría publicar centenares de reflexiones sobre esas ventajas, pero basta con leer la propia palabra de Dios. Esta llena de descripciones de cómo nuestra vida se vuelve absolutamente más disfrutable cuando formamos parte del reino de Dios. Para resumir lo que significa, digo algo que pensé cuando hice por primera vez esta reflexión: es ni más ni menos que disfrutar del cielo mientras vivimos en el mundo. ¡Es el paraíso en la tierra! Y vuelvo a la idea del principio: no hay vida sin Dios, y la vida con Dios es un disfrute en lo más íntimo de nosotros incluso cuando alrededor nuestro, o incluso dentro nuestro, las cosas están mal. Es Dios sosteniéndome aunque todo alrededor se complique. Vale la pena ser pobre en espíritu.
Que el Dios que reina en los cielos y en la tierra nos llene de sabiduría para que podamos permanentemente reconocer que no somos nada sin él, y podamos disfrutar siempre de la felicidad del cielo mientras vivimos en esta vida y en esta tierra. ¡AMÉN!
Hasta que volvamos a encontrarnos.
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