viernes, 3 de agosto de 2012

Dichosos 4 - Hambre y sed de justicia

Mateo 5:6; Isaías 55:1-2

Hola a todos. Seguimos con esta serie de reflexiones acerca de las bienaventuranzas, o bendiciones de Dios. El tema de esta reflexión puede que resulte significativo para muchos, así como lo fue (y es) para mí, porque creo que nuestra vida gira mucho en torno a encontrar y hacer justicia.

De hecho, creo que casi cualquier persona normal tiene "hambre y sed de justicia". Dice la palabra que los que experimentan esto, "serán saciados". A pesar de eso vivimos en situaciones injustas, bajo condiciones injustas. La primera reacción que esto nos provoca suele ser tomar las riendas de la justicia en nuestra mano y encargarnos de esos asuntos que nos molestan y nos indignan.

Sin embargo, la biblia nos plantea una perspectiva que, a mi modo de ver, es difícil de adoptar como propia, y va contra todo lo que suponemos. Creo que la raíz del problema, y lo dije en otra reflexión, es lo que entendemos por justicia. Pero por respetar la relativa brevedad de la reflexión voy a limitarme a asumir que entendemos por "justicia" que las cosas sean como deben ser, de la manera correcta, con todo lo ambiguo que esa definición puede tener.

Si aceptamos la verdad contenida en la biblia, Dios estableció un orden para todas las cosas, determinó lo que TIENE que ser y lo que NO TIENE que ser. Nosotros mismos, al volvernos contra Dios, nos volvimos contra esa determinación de lo correcto y lo incorrecto y continuamente tratamos de establecer por nosotros mismos qué es y qué no es válido, bueno, correcto. Es, digamos, el principio de la autojustificación.

Ahora bien, según el pasaje de Mateo, no parece que esto sea malo. La traducción en lenguaje actual dice que "Dios bendice a los que desean la justicia". Lo que importa es que se haga justicia, no importa cómo. Ahora bien, esta manera de pensar nos puede llevar a la falacia de hacer justicia de manera injusta. Por ejemplo, ¿quién nos hizo creer que la retribución tiene que ser acorde a lo que una persona hace, bien o mal? ¿Quién nos hizo creer que los buenos van al cielo y los malos no? ¿Quién nos hizo creer en que a una causa corresponde necesariamente un efecto correcto? Si estudio mucho voy a aprobar seguro. Si trabajo mucho voy a ganar mucho. Si me hacen mal, tengo que hacer mal. Si hago las cosas bien, voy al cielo seguro.

Dios jamás dijo que eso fuera la justicia. Es verdad, "El Señor es justo, y ama la justicia; el hombre honrado contemplará su rostro" (Salmo 11:7). Pero eso no quiere decir que ser "justo", ser "honrado" tenga que ver con nuestra acción. La biblia lo dice de manera extremadamente clara: "No hay un solo justo, ni siquiera uno" (Romanos 3:10). Nadie puede argumentar "yo soy justo", porque basta con examinarse un poco para descubrir fallas, errores. Justo implica correcto en todo momento, y para los estándares de Dios eso es totalmente imposible para un humano. Pero entonces, ¿quién "contemplará su rostro"?

Bueno, dice Romanos 8:33 que "Dios es el que justifica". ¿Cómo? A través de la obra de Jesús. Él, el único justo que caminó sobre la tierra después de la caída, el gran regalo de Dios, es el único capaz de hacernos quedar como justos delante de Dios aún sin que lo seamos realmente. ¿Eso quiere decir que puedo haber sido la peor persona del mundo (desde el punto de vista humano) y aún así ser justificado sólo por creer en Jesús? Sí. Por supuesto, creer de verdad en Jesús implica necesariamente un cambio de conciencia que nos hace querer dejar de hacer lo malo que hacíamos y empezar a hacer lo bueno con todos. No nos sale del todo, siempre fallamos en algo, descuidamos algún aspecto. Pero ese cambio de conciencia caracteriza a los que Dios justifica, o sea, caracteriza a los justos.

Entonces, empezamos a acercarnos a una nueva definición de justicia, una que realmente me asombró cuando la descubrí. Ser justo no se trata tanto de buenas obras, sino de un cambio de conciencia. ¿Hacia qué dirección? Hacia Dios. ¿Cómo? A través de Jesús.

Creo que el pasaje de Isaías es muy claro respecto de esto. "¿Por qué gastan dinero en lo que no es pan, y su salario en lo que no satisface? Escúchenme bien, y comerán lo que es bueno, y se deleitarán en manjares deliciosos" (55:2). Está más que claro que no está hablando específicamente de comida. Nadie va a comer sólo con escuchar. Es cierto, Dios favorece a los que lo buscan y lo escuchan en todo sentido, incluso materialmente. Pero principalmente está hablando, pienso, de ese hambre y sed de justicia de las que habla Jesús en el pasaje de Mateo. Nadie puede comprar la verdadera justicia con dinero, ni trabajar por ella. No importa qué tan duro trabaje, el cambio de conciencia no viene por trabajar duro o por comprar algo que nos lo transmite. Sólo viene por escuchar bien la palabra de Dios, por creer en las cosas que dice, en lo que nos cuenta, y encontrar a aquél a quién la palabra nos lleva: a Jesús. Es sólo por conocerlo a él y dejarnos envolver por él que encontramos justicia.

Esto es comer del bien. "Si no comen la carne del Hijo del hombre ni beben su sangre, no tienen realmente vida. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna" (Juan 6:53-54). Otra vez, nadie va a ir a buscar el cuerpo de Jesús (no lo encontraría, además) para comer su carne. Comer de Jesús es participar de él, dejarlo entrar en mi interior, llenarme, saciarme de él. "Se deleitarán en manjares deliciosos", dice Isaías.

El deleite de mi corazón, la satisfacción de mi hambre y sed de justicia, está entonces en la justicia que Dios puede conferirme a través de su Hijo. Él es mi justicia. Y Dios bendice a los que buscan la verdadera justicia, es decir, la que viene por buscar a Dios, porque sacia esa búsqueda. "El que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre" (Lucas 11:10).

Que el Dios de justicia llene sus mentes y corazones de la nueva conciencia que nos hace desear el bien, y que los guíe cada vez más hacia él, dándoles la sabiduría de buscar a Dios en todo para que en todo sean ustedes justos, y puedan satisfacer su sed de justicia. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

jueves, 26 de julio de 2012

Dichosos 3 - Los humildes

Mateo 5:5

Hola a todos. Después de varias semanas finalmente encontré un momento para publicar la siguiente reflexión acerca de las bienaventuranzas. Habíamos visto ya dos de ellas, que hacían referencia a los pobres de espíritu y a los que lloran. Nos toca entonces ver la tercera, sobre los humildes.

Como habíamos visto antes, ser "bienaventurado" equivale a ser bendecido por Dios. Dice el texto que "Dios bendice a los humildes" (Traducción al Lenguaje Actual). Ahora bien, ¿quiénes son los humildes? ¿A quiénes se refiere este pasaje?

La mayoría de las versiones usan en este pasaje el mismo término, "humildes". Sin embargo, algunas usan la palabra "mansos". Es interesante que la palabra griega que usa sirve al mismo tiempo para decir "moderado", "gentil".

En fin, ser humildes es, de algún modo, lo que normalmente entendemos por humilde, o sea lo contrario de orgulloso. Pero es más: es ser pacífico, por un lado, y ser moderado, medido, por el otro.

De hecho, ser orgulloso es no ser moderado. Es valorarse desmedidamente, darse uno más importancia de la que tiene. En la biblia encontramos muchas veces la palabra usada como sinónimo de altivo. Está claro que esta actitud es la que Dios justamente MENOS quiere de nosotros. Es, de hecho, la actitud que alejó al hombre de Dios. Pensó que valía más que lo que Dios había establecido, que su voluntad valía más que la de Dios.

Un cambio de actitud en este punto, entonces, bastaría para acercarnos a Dios. Así es, de hecho, y ya lo vimos en la primera reflexión de la serie. Se trata, básicamente, de no creer que soy tan bueno como para estar en posición de enojarme con los demás, o pelearme con otros. Quiero decir, sí, hay cosas que pueden ofenderme, y puedo enojarme, pero tengo que cultivar una actitud tan humilde que mi enojo termine siendo bien pasajero, que me haga recordar que yo también soy falible y que si yo puedo hacer las cosas mal, el otro también, y por lo tanto no tengo derecho a enojarme. Eso, idealmente, tendría que bastar para reconciliarme o perdonar a esa persona, si cultivo una actitud verdaderamente humilde.

Romanos 12:3 dice: "Nadie tenga un concepto de sí mismo más alto que el que debe tener, sino más bien piense de sí mismo con moderación, según la medida de fe que Dios le haya dado". Por supuesto, es importante valorarme a mí mismo, pero sólo hasta un punto. Y el punto es la medida de mi fe: si tengo una fe tan grande que puedo pensar muy bien de mí mismo sin volverme orgulloso y desmerecer a otros, y sin tratar a los demás como inferiores a mí, entonces no hay problema. La realidad es que, siendo sinceros con nosotros mismos, es difícil que alguien pueda considerarse demasiado bueno en sí mismo. Yo era totalmente contrario a Dios, y Dios mismo me perdonó a un precio muy alto. Y aunque ahora estoy de su lado, sigo fallando y me sigue perdonando. Creo que su ejemplo de humildad, el perdonarme aunque él SÍ sea muy superior a mí, es el que deberíamos aspirar a tener.

Por otro lado, ser humilde es ser manso, pacífico. La actitud humilde implica no sacarme de mis casillas, ni por algo que me hicieron, ni al hablar de algún tema, ni nada. Es responder a cada uno con paciencia, con calma. Es tratar bien a todos sin importar las circunstancias. Esto, por supuesto, es igual de difícil que lo anterior, o más. Especialmente cuando hablamos de temas particularmente controvertidos, por ejemplo, la fe. Pero si una discusión me lleva a subir el tono, debería preguntarme si no estoy considerándome el que más sabe entre todos los que están discutiendo. Si no es así, ¿por qué querría tratar de imponerme sobre los demás? "No se crean los únicos que saben", dice Romanos 12:16. Aunque yo esté muy seguro, el otro puede tener razón, y seguramente tiene al menos algo para enseñarme a mí.

Finalmente, el pasaje dice que los humildes, los moderados, los pacíficos, "recibirán la tierra como herencia". No solamente es una señal de que ellos conocen a Dios, sino que las puertas se les abren. Dios les abre las puertas a los humildes. Las puertas de las diferentes metas y objetivos que ellos se proponen. La actitud humilde no se enfada ante las circunstancias, sino que confía en que Dios tiene un plan. Si Dios abre puertas, es una bendición. Si las cierra, es también una bendición, para ser buscada en otro lado. Pero el humilde busca siempre las cosas por las buenas, nunca forzando, nunca corrompiendo, nunca engañando. Porque esos medios son siempre maneras de imponer mi propia voluntad, y la verdad es que nunca terminan bien, de acuerdo a los parámetros de Dios. Dios no bendice a los que fuerzan las circunstancias, sino a los que se dejan llevar por él.

Por eso, se cumplen en los humildes todas las promesas del Señor. En cambio, en los orgullosos o desmedidos, no se cumplen siempre, porque ellos mismos son un obstáculo. O mejor dicho, se cumple sobre todo una promesa: "Todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido" (Lucas 14:11). El que quiere llegar alto y lejos por sí mismo, se queda en el camino. Pero al que es paciente, moderado en sí mismo, es Dios mismo el que lo enaltece, lo lleva alto, lo lleva lejos.

En fin, espero que esta reflexión haya sido de bendición. Por supuesto, la clave está en la actitud. No piensen que por enojarse fallaron en este punto. Lo importante es cuál es mi actitud al enojarme, y si al hacerlo considero, por ejemplo, el hecho de que yo mismo estoy en falta ante Dios de manera permanente, lo cual me hace no tener derecho a no perdonar. Dios ve el corazón. Si mi actitud esta bien, la práctica se va a corregir sola, o mejor dicho, por la acción del Espíritu de Dios en cada uno de nosotros.

Que el Dios de paz les de sabiduría siempre, para que puedan tener la actitud correcta frente a los demás, la actitud humilde que nos abre las puertas a los hermosos planes que Dios tiene para nosotros. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

viernes, 22 de junio de 2012

Dichosos 2 - Los que lloran

Mateo 5:4

Hola a todos. La vez pasada publiqué una introducción a esta serie de reflexiones sobre las bienaventuranzas, y hablaba sobre lo que implica pertenecer al reino de los cielos. Vuelvo un poco sobre esto para recordar que se trata ni más ni menos que de una pequeña porción de paraíso metida adentro de cada uno de nosotros. Es como vivir en un cielo en pequeña escala, disfrutando de esa misma alegría, de esa misma bendición. De hecho, había mencionado que la expresión "bienaventurados" aparece en algunas versiones como "Dios bendice a".

En esta reflexión nos toca hablar sobre la segunda de las bienaventuranzas. El pasaje dice "Dichosos los que lloran, porque serán consolados". Creo que este pasaje esconde un secreto impresionante. Cuando hice esta reflexión me paré a pensar en la frase "porque serán consolados". Y de repente, pensé en esto: nadie es consolado si no sufre. Parece obvio, pero esconde también un tesoro muy grande.

Ser consolado podría parecer una actitud simplemente de compasión. De hecho, el consuelo que uno de nosotros puede brindarle por ejemplo a un amigo, es un acto de compasión. Pero hay una diferencia fundamental entre nuestro consuelo y el que brinda Dios, una diferencia evidente pero que por ser tan visible puede pasar desapercibida su importancia: Dios es el que nos crea y nos transforma cada vez más hacia una versión mejorada de nosotros mismos. ¡Es ni más ni menos que el creador del universo!

Esto, no nos habla nada más de quién es Dios, sino de lo que implica su intervención adentro de nosotros. Que Dios nos consuele es más que simplemente volver a estar bien. Es pasar a estar mejor que antes. Dios no solamente nos devuelve el buen ánimo después del sufrimiento, sino que, de varias maneras, nos lleva más lejos que donde estábamos antes de pasar por ese sufrimiento. ¡Ser consolados por el Dios del universo es una bendición en sí mismo!

Pero es importante ver que dice el pasaje "Dichosos los que LLORAN". Creo que, como todo en la Palabra de Dios, esto hay que entenderlo más adentro que la palabra misma. Llorar implica reconocer mi sufrimiento, mi situación. Generalmente, cuando pensamos que llorar es malo, lo que hacemos es esquivar nuestra situación para que no nos haga llorar, para que no nos haga mal.

Pienso que esto es un error. Llorar no es signo de debilidad, sino de valentía. Si llorar implica reconocer mi sufrimiento, o sea, enfrentar mi situación, es un acto de valentía. A veces puedo reconocer mi sufrimiento y no llorar, y es perfectamente válido. Creo que lo que este pasaje nos está diciendo es algo así: a los que se animan a reconocer y enfrentar su sufrimiento, sea por una situación externa o por una interna, Dios los bendice, porque al consolarlos los lleva a un estado de bienestar mayor que el que esa persona tenía antes. Pero aquél que no se anima a hacerlo, no admite que necesita ser consolado, y por lo tanto no recibe consuelo, y entonces se queda en su situación, sin poder seguir creciendo mientras no acepte su situación.

Esto puede pasar cuando pasa algo afuera de mí, como cuando alguien que quiero mucho me lastima, o cuando algo no me gusta de mí mismo. Yo puedo aceptar que, aunque no me guste, eso está ahí, o no hacerlo. Si no lo aceptó, lo escondo y por lo tanto queda ahí, en su lugar. Si lo acepto, sufro, pero al ser consolado por Dios recibo la bendición de crecer y estar incluso mejor que antes.

En fin, espero que esta reflexión les sea de bendición. En lo personal, cuando la hice me ayudó a entender que por debajo del sufrimiento o del llanto que pueda haber en mi vida, estoy bien. Como si a pesar del dolor, por debajo de él estuviera feliz. Es una sensación rara y difícil de explicar, pero real. Y creo que eso es lo que importa.

Que el Dios de toda consolación los llene de valentía para que cada uno pueda aceptar su situación aunque eso le haga llorar, para que el consuelo de Dios los lleve mucho más adelante que donde estaban antes. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

viernes, 8 de junio de 2012

Dichosos 1 - Los pobres en espíritu

Hola a todos. Después de un receso vuelvo a publicar. Queda pendiente la conclusión sobre el tema de la Armadura de Dios, una conclusión que además siento que va a ser bastante comprometida e intensa, para mí, por lo menos, en primer lugar porque no la tengo hecha de antemano, y en segundo lugar porque sé que tiene el punto central en una cuestión que me resulta difícil de aplicar, y tal vez es por eso que estoy tardando en publicarla. Pero bueno, quería compartir con ustedes otra serie de reflexiones que estuve haciendo hace poco.

Estas reflexiones están basadas en el pasaje de Mateo 5, cuando habla de las llamadas "bienaventuranzas". Me tomé un tiempo para reflexionar punto por punto en estas bendiciones de Dios, y llegué a encontrar cosas muy profundas que no había pensado antes, ya desde la primera. En fin, no les adelanto más, prefiero empezar directamente.

Mateo 5:1-3

Este pasaje siempre me costó entenderlo a fondo. Siempre tuve una idea vaga del significado general, pero hasta este momento nunca había pensado en profundidad qué implicaba ser "pobre en espíritu". ¿Humildad? ¿Quebrantamiento? ¿Confesión? Bueno, creo que es un poco de las tres.

Antes que nada resalto la importancia de comparar diferentes traducciones de la Biblia para interpretar un pasaje. Realmente, muchas de las cosas que descubrí sobre este versículo tienen que ver con eso. En la Traducción en Lenguaje Actual, la palabra que conocemos como "bienaventurados" aparece como "Dios bendice a", y en la Nueva Versión Internacional como "dichosos". En otras versiones aparece como "felices". Creo que lo importante de todo esto es que se trata de una felicidad profunda, un gozo, un deleite, un disfrute, que viene directamente de Dios. Él mismo lo pone en nuestros corazones a través de su Espíritu cuando tenemos las actitudes que describen estos versículos. Es una felicidad que tiene carácter de bendición, un disfrute sagrado, santo. Es tan poderoso que incluso no se puede romper con tristezas o amarguras. Pasamos por situaciones difíciles o feas, y nos entristecemos, o nos lastimamos, o nos enojamos, pero eso nunca llega a echar raíz en nosotros porque en la base, en los cimientos de nuestro corazón está este disfrute sagrado que viene de Dios.

Esto no es solamente un concepto. Esto es algo real y concreto. Es algo que Dios efectivamente nos da. Todos podemos experimentarlo si tenemos la actitud correcta frente a la vida. Y creo que este pasaje de las "bienaventuranzas" o, como me gusta llamarlo desde que hice esta reflexión, las "bendiciones de Dios", nos enseña precisamente sobre qué actitud tenemos que tener.

En este versículo en particular, la Biblia habla sobre ser "pobres en espíritu". Otras versiones dicen "los que confían totalmente en Dios", y otras "los de espíritu pobre". Pienso que la más clara y completa es en este sentido la Nueva Traducción Viviente, que dice "Dios bendice a los que son pobres en espíritu y se dan cuenta de la necesidad que tienen de él". Creo que esa es la clave. Dios nos invita a reconocer nuestra situación espiritual. Como personas creadas para ser parecidas a Dios, somos incompletos sin él. Como ya dije en alguna otra reflexión, sin Dios no hay vida. Podemos caminar, hacer cosas, relacionarnos con la gente, pero no estamos vivos. Todas esas cosas que hagamos no van a dar frutos duraderos ni van a llenarnos de verdad, sino que solamente van a darnos una felicidad temporal y superficial.

Por eso, reconocer esto es FUNDAMENTAL. Debería llevarnos directamente a tener una actitud, y este es para mí el punto central, de desconfianza en el poder de mi propio espíritu y confianza plena en Dios. ¿Cómo es esto? ¿Significa que no tengo que valorar mis capacidades, mi potencial, mi persona? No, para nada significa eso, sino que tengo que entender que por sí sólo, mi espíritu funciona mal, y me lleva a hacer las cosas mal. Fui creado por Dios mismo, y eso me hace absolutamente valioso, pero por la corrupción que trae haber sido separado de Dios, funciono mal. Por eso, aunque me pueda amar a mí mismo, y TENGA que hacerlo, porque es totalmente necesario, no puedo fiarme de mí mismo para vivir mi vida. Tengo que reconocer que yo necesariamente VOY a hacer las cosas mal, no en el sentido de no lograr mis objetivos, sino en el sentido de que mis propios objetivos van a estar mal, incluso aunque yo no me de cuenta.

Por eso, la mayor felicidad y la mayor bendición vienen cuando en vez de poner mi confianza en mi capacidad o en mi poder, de cambiar, de lograr lo que me propongo, de hacer las cosas bien, y de todo lo que sea, pongo esa confianza y esperanza en Dios. No puedo crecer en la fe si confío en mi manera de pensar, en mis motivos y en mi capacidad antes que en el poder de Dios. Puedo usar todo mi tiempo para estudiar para mis exámenes, o puedo separar parte de ese tiempo para estar con Dios y crecer espiritualmente. Puedo dedicarle todos los ratos libres a mis amigos o puedo dedicar algunos de esos momentos libres a Dios. En la práctica, el resultado de cualquiera de las dos cosas va a depender de Dios. Si me olvido de eso, me pierdo de un montón de bendiciones que Dios tiene para mí.

En cualquier caso, la primera bendición que viene como consecuencia de reconocer mi situación espiritual, de entender que no soy un ser completo sin Dios, es justamente que Dios nos incluye en su reino. No sólo esto, la Biblia dice claramente que "el reino de los cielos les pertenece". Cuanto más confío en Dios para todo, más grande es mi parte en el reino de Dios. Esto me parece curioso. Nos acostumbramos muchas veces a pensar que si hacemos muchas cosas buenas somos mejores ante los ojos de Dios. Este pasaje me parece que me está mostrando otra lógica. No es el "hacer cosas buenas" lo que nos hace mejores para Dios, sino confiar cada vez más en él.

Ahora, formar parte del reino de Dios parece algo simbólico, pero no lo es. Implica muchísimas cosas para la vida en este mundo, y por supuesto para la vida en el mundo que viene después. Podría publicar centenares de reflexiones sobre esas ventajas, pero basta con leer la propia palabra de Dios. Esta llena de descripciones de cómo nuestra vida se vuelve absolutamente más disfrutable cuando formamos parte del reino de Dios. Para resumir lo que significa, digo algo que pensé cuando hice por primera vez esta reflexión: es ni más ni menos que disfrutar del cielo mientras vivimos en el mundo. ¡Es el paraíso en la tierra! Y vuelvo a la idea del principio: no hay vida sin Dios, y la vida con Dios es un disfrute en lo más íntimo de nosotros incluso cuando alrededor nuestro, o incluso dentro nuestro, las cosas están mal. Es Dios sosteniéndome aunque todo alrededor se complique. Vale la pena ser pobre en espíritu.

Que el Dios que reina en los cielos y en la tierra nos llene de sabiduría para que podamos permanentemente reconocer que no somos nada sin él, y podamos disfrutar siempre de la felicidad del cielo mientras vivimos en esta vida y en esta tierra. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

sábado, 3 de marzo de 2012

Armadura de Dios - La espada del Espíritu

Hola a todos. Llegamos al final de esta serie de publicaciones sobre la armadura de Dios. Hasta ahora, todo lo que vimos fue de algún modo el aspecto defensivo de esta armadura. Hoy nos toca finalmente la parte ofensiva, aquella con la que ganamos terreno sobre nuestro enemigo en nuestra propia vida.

"...y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios." (Efesios 6:17)
La palabra de Dios es como una espada, es un arma en contra del pecado, de la oscuridad y del tentador. Junto con la oración, es uno de los recursos más agresivos que tenemos como servidores del Señor. Ahora bien, ¿cómo agresivo? ¿No dijimos en un momento que anunciábamos la paz?

Bien, en este punto quiero hacer un pequeño comentario. Nosotros tenemos, por así decirlo, dos instancias de existencia. Una es material, una es espiritual. No quiero meterme demasiado en este tema, pero esto es muy claro en las Escrituras. Dice por ejemplo Pablo que "nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que gobiernan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales" (Efesios 6:12). En numerosas ocasiones Pablo hace referencia a esta lucha que como cristianos sostenemos permanentemente. Éste es un punto muy importante a tener en cuenta si queremos comprender del todo la utilidad de esta armadura de la que estuvimos hablando.

En fin, vivimos en un permanente campo de batalla donde fuerzas que no vemos quieren hacernos tropezar, fallar y desviarnos de nuestro propósito. Había hablado brevemente de eso en la reflexión sobre la resistencia, sobre todo en cuanto a lo del propósito. El diablo es en definitiva quien encabeza estas fuerzas, y tiene en nosotros un espía, que es el pecado con el que de algún modo convivimos diariamente. Un agente enemigo en nuestro territorio.

Ahora bien, hasta ahora vimos cómo estar bien protegidos contra los ataques que podamos recibir. Pero estar protegidos no alcanza. Necesitamos avanzar, ganar terreno sobre aquellas regiones de nuestra vida en las que el enemigo fue ganando terreno, y para eso también tenemos un recurso en este equipo de soldado: la espada del Espíritu.

HEBREOS 4:12
La palabra de Dios tiene digamos una doble función. Por un lado es defensiva, y por otro lado ofensiva. Nos sirve para defendernos, porque conocer la palabra nos ayuda a resistir al pecado, a bloquear sus ataques, como cuando en el desierto, Jesús apeló a las Escrituras para defenderse contra las tentaciones del diablo. Por otro lado, nos sirve para atacar, porque mediante la palabra hacemos retroceder el pecado que habita en nosotros, y rompemos ataduras, tanto nuestras como de otros.

Dice el pasaje que la palabra es viva. Eso es un gran privilegio para nosotros. No tenemos un arma común, inerte, la cual depende de nuestra habilidad de esgrimirla, sino que tiene vida propia, y ella misma actúa en nosotros en nuestra defensa. Nosotros conocemos bien a esta palabra viva, porque Jesús mismo la encarnó. Basta con leer Juan 1:1-5 para saber esto. Y más adelante, Juan 1:14 dice "y el Verbo de hizo hombre y habitó entre nosotros". Tenemos una espada, entonces, que no es otra cosa que el poder del propio Jesús, una espada que brilla en medio de la oscuridad, y que trae vida y paz a aquellos que son liberados por ella.

Por otro lado, esta palabra es poderosa. Si leemos 2 Timoteo 3:16-17 encontramos que tiene poder "para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia". Tiene el poder para enseñarnos a vivir una vida distinta, menos influida por el pecado que habita en nosotros. Para reprendernos, o reprender a otros, cuando andamos por caminos equivocados. Para corregir nuestro andar cuando no nos damos cuenta de que estamos siguiendo a nuestra vieja naturaleza desobediente. Y finalmente, para capacitarnos para hacer el bien, para instruirnos en ser justos y obedientes a Dios.

Dice el pasaje de Hebreos que la palabra de Dios penetra hasta lo más profundo de nuestro ser. Es realmente muy cortante. Esto podemos sentirlo por ejemplo cuando un determinado pasaje nos habla de manera muy personal y nos sensibiliza, a veces hasta las lágrimas. La espada corta aquellas cosas en nuestra vida que están en oscuridad, y eso puede doler a veces. También juzga nuestras intenciones y nuestros pensamientos, los perfora y los deja al descubierto, y va rompiendo aquello que es producto de la influencia que recibimos, ya sea del exterior, es decir del mundo que nos rodea, o los que brotan de nuestro interior y no provienen de Dios.

Ahora bien, que esta espada sea viva no quiere decir que no tenga que blandirla de todos modos. Si tengo una espada enfundada no puedo atacar ni defenderme con ella. Y blandir la espada es en este caso no solamente leer y conocer la palabra, sino usarla, ponerla en práctica. Si yo conozco la palabra de Dios y la conservo como un lindo relato, o una verdad absoluta, pero no la aplico en mi vida, o no hago ese paso de tratar de bajarla a un nivel cotidiano, no voy a poder utilizar todo ese poder que tiene. Al leer y practicar la palabra, en cambio, estoy atacando al pecado que habita en mí, así como desafiando a las circunstancias que me rodean. Estoy enfrentando a esos enemigos espirituales que permanentemente tratan de derribarme, de mil maneras.

Por eso, la palabra de Dios tiene el poder para cambiar vidas, ¡y hasta sociedades enteras si estas se vuelven a las Escrituras! Es lo que pasó en la sociedad hebrea en la época del rey Josías, como cuenta 2 Reyes 22. Los israelitas redescubrieron el libro de la ley, y descubrieron que habían vivido en escasez y bajo circunstancias cada vez más difíciles como consecuencia de no escuchar al Señor. Josías ordenó que todo lo que decía ese libro debía ser cumplido desde entonces, y al menos por un tiempo, mientras los israelitas obedecieron, se produjo un gran cambio en esta sociedad.

Deuteronomio 30:11-14 -- Quiero decir, para ir terminando, que obedecer la palabra de Dios no está fuera de nuestro alcance. Todo lo contrario, está muy cerca. Nosotros sabemos que alguien bajó para traerla incluso más cerca de lo que la tenían los hebreos en la época en que se les dijeron estas palabras. Cristo mismo la alcanzó a nosotros, encarnándola él mismo. Depende de nosotros esgrimir esta espada o no hacerlo. El resultado puede ser totalmente transformador, en cada circunstancia, en cada momento.

·La palabra VIVA nos habla hoy, personalmente, a pesar de haber sido escrita siglos atrás.
·La palabra PODEROSA nos transforma y nos ayuda a enfrentar toda circunstancia.
·La palabra CORTANTE nos libera de nuestras ataduras, y libera a otros.
·La palabra PENETRANTE nos muestra al Señor, e introduce su esencia y su poder bien adentro de nosotros.

Hebreos 4:12 -- "La palabra de Dios es viva y poderosa, más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón."

Que el Dios que nos dejó su palabra escrita para defendernos y armarnos para el combate espiritual les de fuerzas y sabiduría para aplicar sus enseñanzas, para que puedan enfrentar siempre a los enemigos externos e internos en las regiones espirituales, y permanecer firmes, siempre avanzando en el propósito que Dios tiene para cada uno de ustedes. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

lunes, 27 de febrero de 2012

Armadura de Dios - El casco de la salvación

Hola a todos. Estamos llegando al final de esta serie de reflexiones. Probablemente todavía parece que todas las publicaciones fueron simplemente reflexiones sueltas, pero es importante tener en cuenta que todo este pasaje de la armadura de Dios está hablando de una sola cosa, y tiene que ver con cómo resistir los ataques del tentador, que es lo que había planteado en la reflexión sobre la resistencia. Pasemos al tema de hoy.

"Tomen el casco de la salvación..." (Efesios 6:17)
La salvación a veces parece algo difícil de entender. Es como una idea vaga que se nos escapa, un poco como pasaba con la fe. Tal vez la pregunta podría ser, ¿de qué somos salvados? La respuesta a esto es bastante directa, al menos en las Escrituras. Somos salvados del pecado y de la muerte. Ahora bien, ¿qué implica esto en la vida cotidiana? ¿De qué nos protege el casco de la salvación?

Pienso que la mente y la voluntad, es decir, los deseos de cada uno, están entre los más grandes misterios del hombre. A simple vista pareciera que son cosas parecidas, o van de la mano. Sin embargo es probable que nuestras propias vidas nos demuestren lo contrario. ¿Cuantas veces deseamos poderosamente hacer algo que sabemos que esta mal, o que va en contra de nuestra manera de pensar? Ahí, nuestra voluntad va en contra de nuestra mente.

En fin, pero creo que hay básicamente tres cosas de las que nuestra mente necesita ser protegida si queremos resistir las ofertas del tentador. Por supuesto, la tentación es una de ellas, pero hay tres cosas que están implícitas en la idea de salvación. Por un lado, las acusaciones y la culpa. No olvidemos que el mismo diablo es llamado en la palabra "el ángel acusador". Esa voz en la cabeza que pareciera gritarnos "¡culpable, culpable!" cada vez que fallamos es algo que nos daña, que no nos deja avanzar, que nos impide ver bien. Romanos 8:33 dice "¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica". Ya vimos que por nuestra fe en Cristo y nuestro arrepentimiento, Dios nos declara inocentes de todo cargo, aún si verdaderamente somos culpables. Podemos haber hecho algo mal, pero Dios no nos condena, sino todo lo contrario, nos perdona, nos limpia y nos restaura.

Otra cosa que afecta nuestra mente de vez en cuando son las dudas. Dudas no necesariamente sobre Dios mismo, o en nuestra fe, sino sobre nuestra salvación. Dudas sobre si realmente estamos salvados. Esto es algo que muchas veces está relacionado con lo anterior, con el hecho de ver cómo a pesar de haber creído en Cristo seguimos haciendo las cosas mal. Tal vez sea precisamente por esto que la Biblia insiste tanto en que la salvación se obtiene por medio de la fe y no por nuestras obras. Para que no pensemos que depende de nuestras acciones si seguimos estando salvados o no. Por supuesto, creer en Cristo implica querer hacer las cosas a su manera, y por eso es normal sentirnos mal cuando le fallamos. Pero eso no nos quita la salvación. Dice la palabra que fuimos salvados por el sacrificio de Cristo, que se ofreció "una vez y para siempre" (Hebreos 7:27).

Sin embargo, pensando en el tema de la resistencia, la cosa más importante con la que el casco tiene que protegernos es contra la mentalidad del pecado. Quiero volver sobre un concepto clave del que hablé cuando publiqué la reflexión sobre Romanos 1. Cuando hablo del pecado estoy hablando de la actitud desobediente que por naturaleza tenemos hacia Dios. Digo esto porque es una palabra que normalmente tiene a ser malinterpretada, pero este es el sentido más básico que a mi entender tiene la palabra "pecado". Dicho esto, vuelvo sobre esta idea.

ROMANOS 8:5,6; 1 CORINTIOS 2:10-16
El pasaje de Romanos habla de dos tipos de mentalidad. Una es la del pecado, que nos lleva a enfocarnos en aquello que desagrada a Dios. La otra es la del Espíritu, que nos lleva a la obediencia. Estas dos maneras de pensar son diametralmente opuestas, van en sentido contrario, y sin embargo parecieran coexistir en nuestras mentes. Sin embargo, no lo hacen pacíficamente. Nuestra mente, digamos, es un campo de batalla permanente entre estas dos fuerzas, entre estas dos mentalidades. Nosotros apoyamos a uno u otro bando cuando enfocamos nuestra mente en los deseos de una u otra mentalidad.

Por eso, ponernos el casco de la salvación quiere decir renovar nuestra mente. Romanos 12:2 dice "No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente". Cuanto más nos alejamos de la manera de pensar que teníamos antes de llegar al Señor, más fácil nos va a ser vivir de la manera que él nos ofrece. Una mente renovada por el Espíritu de Dios es una mente que se enfoca cada vez más en sus deseos, y por lo tanto menos en los de nuestra naturaleza desobediente. Se trata básicamente de sacar esas cosas viejas que quedaron en el sótano de nuestras vidas, y las cuales traemos para arriba cada tanto. Cambiar nuestra manera de pensar implica también cambiar nuestros parámetros, es decir, cómo y bajo qué medidas analizamos el mundo que nos rodea. Son éstas las cosas que es más fácil que cambiemos nosotros mismos. Dejar de medir las cosas según los parámetros del "mundo actual" es una manera directa de empezar a alejarnos de nuestra antigua manera de vivir.

Es, en definitiva, dejar de fijar la mente en los deseos de nuestra naturaleza de pecado, levar anclas y navegar hacia las aguas del Espíritu. Si vienen a mi mente cosas que van contra el Espíritu de Dios, no me tengo que enfocar en ellas sino rechazarlas, y enfocar mi mente en los deseos del Espíritu.

Ahora bien, ¿cuáles son los deseos del Espíritu? El pasaje de 1 Corintios dice que el Espíritu escudriña todo, hasta las profundidades de Dios. La mentalidad del Espíritu, entonces, consiste en mirar a Dios y buscar más conocimiento sobre él, un conocimiento cada vez más profundo y personal. El pasaje dice que "tenemos la mente de Cristo" (2:16). El Espíritu de Dios, entonces, no es otra cosa que Cristo mismo habitando en nuestra vida, en nuestra mente. Conocer los deseos de Cristo nos haría saber cuáles son los deseos del Espíritu.

No quiero detenerme mucho en esto por una cuestión de espacio, pero si analizamos la vida de Cristo en la tierra, podemos ver que tanto su mensaje como sus acciones siempre tienen tres temas básicos: la verdad, el amor y la alabanza. La verdad entendida por un lado como aquello que Dios considera justo y bueno, y también como la sinceridad y honestidad. El amor hacia Dios, hacia las personas y hacia nosotros mismos, un amor verdadero y completo, que nos lleve a la acción y al servicio. La alabanza como actitud de gratitud y admiración hacia Dios, manifestada en oración, reflexión y celebración.

Llenar nuestras vidas de estas cosas, entonces, es enfocarnos en la mentalidad del Espíritu. Tenemos que revestirnos de la mente de Cristo, de su manera de pensar, para pensar en las cosas del Espíritu. A veces va a ser más fácil, otras más difícil, pero de eso se trata ponernos el casco de la salvación. Y no olvidemos lo que decía el pasaje de Romanos 8:6, "la mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz". La muerte es un estado. Si nuestra mente está anclada en el pecado, en nuestra vieja naturaleza, vamos a vivir de una manera pobre y vacía, pero si nos enfocamos en el Espíritu vamos a poder experimentar la alegría y la paz de la vida plena que nos ofrece Cristo.

1 Corintios 2:16 - "Nosotros por nuestra parte tenemos la mente de Cristo."

Que Dios, que entregó a su hijo Jesús por nuestra salvación una vez y para siempre, renueve sus mentes cada vez más, para que puedan disfrutar de la vida que proviene de la mentalidad del Espíritu. ¡AMÉN!

viernes, 24 de febrero de 2012

Armadura de Dios - El escudo de la fe

Hola a todos. El tema de esta reflexión se presta para hablar durante horas, y aún así creo que quedarían muchísimas cosas por decir. Voy a tratar de ir al punto en el que se asocia con el pasaje de la armadura de Dios. En cualquier caso, espero que les resulte útil.

"Además de todo esto, tomen el escudo de la fe, con el cual pueden apagar todas las flechas encendidas del maligno" (Efesios 6:16)
En muchas ocasiones, la fe puede ser nuestra única protección posible. No tenemos que olvidar que en nuestra vida espiritual estamos cotidianamente peleando con cosas que no vemos. Y para defendernos de algo que no vemos, tenemos que aferrarnos a lo que nos une con lo espiritual: la fe.

Ahora bien, la fe es algo que a veces suena muy abstracto y con un significado difícil de precisar. En términos generales, podemos decir que tener fe en algo es tener confianza en eso, pero en la práctica es mucho más. Es apoyarnos en eso. Es confiar en eso y dejarnos influir por eso. Somos llenos de aquello en lo que tenemos fe.

HEBREOS 11:1-29
Este pasaje bastante largo me parece uno de los pasajes más reveladores de toda la Escritura. La fe es algo central para cualquiera que quiera seguir a Dios, y me parece que estas palabras están llenas de pistas sobre de qué se trata la fe. Dicho de manera resumida, creo que la fe es nuestra verdadera vista. La palabra dice que lo que se ve fue hecho a partir de lo que no se ve. Eso quiere decir que, en orden de importancia, lo que no se ve va primero. Lo que se ve es solamente un reflejo de lo que no se ve. Dios es invisible, y nosotros, aún hechos a su imagen, somos visibles. Interactuamos con aquello que está creado en el mismo orden que nosotros, en el de lo visible, a través de los ojos.

Entonces, la fe es el ojo para interactuar con aquello que no vemos. Es muy interesante la definición con la que comienza este pasaje. Dice que "La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve" (11:1). Otra versión dice "la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve". Tener fe es entonces dar por hecho aquello que todavía no veo, es decir, lo que viene, lo que espero. Tener una confianza tal en que las cosas van a pasar de esa manera que ni siquiera lo dudo. Por supuesto, esto es difícil y hasta diría que no depende de nosotros. Aunque para lograr esa confianza tenemos que despojarnos de los presupuestos de lo visible y eso sí depende en gran medida de nosotros. Pero se trata de tener por seguro, justamente, dar por garantizado, aquello que esperamos.

Por otra parte, tener fe es dar por cierto aquello que no vemos pero que dentro nuestro sabemos. Es casi como saberlo "a ciencia cierta". Estar convencido de que aunque no lo vea, es cierto. Existe esta expresión que dice "tener una fe ciega". Bueno, justamente la fe es lo que nos da vista. Cuanto más ciegos somos a lo visible, más perceptivos somos a lo invisible. Por eso, el gran entrenamiento de la fe parecería ser dejarnos llevar cada vez menos por aquello que vemos, y guiarnos por lo que no vemos.

Esto, por supuesto, también es difícil. Lo que no vemos se nos escurre con más facilidad. Ahí es donde de alguna manera interviene nuestra acción directa. La fe tiene una parte consciente y otra no tan consciente. La parte consciente es aquella que, cuando viene un momento difícil o cuando no vemos las cosas con claridad, nos hace decir "No importa, sé que esto es de tal manera, aunque ahora no lo vea". La parte inconsciente es la que vamos trabajando cuando practicamos la consciente, y es la que nos hace estar cada vez más atentos a lo que no vemos.

Por ejemplo, en las relaciones entre personas, lo visible es lo que se dice y lo que se hace. Pero detrás de eso hay cosas invisibles para nosotros. El pasado de una persona, inmediato o lejano, es invisible para nosotros. Sus sentimientos son invisibles. Sus pensamientos y creencias son invisibles. Su estado de ánimo, aunque se refleja, es invisible. Su espíritu es invisible, sus motivaciones, su esencia. Todas estas son cosas que se nos escapan. Pero a medida que practicamos la parte consciente de nuestra fe, se nos escapan menos. Nos vamos volviendo capaces de ver un poco más a través de lo visible en la persona, y vamos sin darnos cuenta prestando más atención a esas cosas que no vemos.

Lo mismo pasa al comprender nuestra realidad, y el mundo que nos rodea. Si filtramos todo a través de la fe, vamos entendiendo las cosas de una manera distinta y más completa. La fe es la herramienta para abrir nuestra mente a la verdad.

Es por eso que es nuestra fe la que va a protegernos como un escudo. Si nos anclamos en lo invisible a través de la fe, nos aferramos al único que puede defendernos de aquello a lo que nos enfrentamos. Y haciendo esto no solamente estamos poniendo nuestra esperanza, nuestra garantía, nuestro apoyo en él, y en su palabra, y en todo lo que conocemos de él, sino además estamos alejándonos de lo visible. Si hay un camino rápido, es el que vemos. Si hay un camino fácil, es el que vemos. Pero el que no vemos es el mejor camino, sea rápido o lento, sea fácil o difícil. Por regla general, pareciera que lo fácil y rápido siempre son la peor opción.

Por eso, es nuestra fe la que nos va a servir de protección contra las situaciones difíciles que vivamos, anclando nuestra mirada en lo invisible, que está detrás, pasando esa situación. Nos va a hacer ver a través de ella. Y va a ser la fe la que nos va a proteger de las tentaciones, de esas ofertas del diablo de las que hablaba en la introducción sobre la resistencia. La fe es lo único que puede salvarnos, siempre.

Dice Romanos 8:24 que "la esperanza que se ve, ya no es esperanza. ¿Quién espera lo que ya tiene?". Por eso, en la esperanza, que no es otra cosa que la capacidad de esperar con confianza, mostramos la constancia de nuestra fe en Dios. A veces tal vez sea por eso que Dios permite que atravesemos momentos de gran dificultad. Para que nosotros mismos podamos salir fortalecidos en nuestra fe a través de la esperanza. No tenemos que olvidar que Dios planeó todo para que nuestra vida sea óptima, como dice la palabra: "sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman" (Romanos 8:28).

Bueno, espero que haya sido de gran bendición para ustedes esta reflexión. Mi recomendación es que ahora lean otra vez el pasaje de Hebreos, y tal vez encuentren todavía más profundidad en él que la primera vez. Está lleno de ejemplos que me hacen pensar en todas estas cuestiones sobre lo visible y lo invisible, y me tomaría otras tres publicaciones como mínimo explorarlas todas. Tal vez algún día lo haga. Lo importante es que ustedes puedan hacerlo por ustedes mismos según la palabra. Y confiemos, porque la fe es la llave de la victoria en toda nuestra vida.

Hebreos 11:1 - "La fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve"

Que el Dios invisible, creador de todas las cosas, los ayude a vivir cada vez más por fe, con total garantía en la esperanza, y total certeza en lo que no se ve, para que puedan resistir en todo momento y en toda situación. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

martes, 21 de febrero de 2012

Armadura de Dios - El calzado del evangelio

Hola a todos. El tema de esta reflexión es un tema muy explorado en general, pero la primera vez que la hice descubrí cosas que no me había planteado antes. Espero que también sea de bendición para ustedes. Recuerden que de todo esto lo que más importa es lo que dice la palabra de Dios, no tanto lo que diga yo.

"... y calzados con la disposición de proclamar el evangelio de la paz" (Efesios 6:15).
Pienso que estamos acostumbrados a escuchar y leer que nuestra misión es anunciar las buenas noticias de Jesús. Ahora, llegado a este punto me pregunto, ¿cuáles son esas buenas noticias?

El versículo de Efesios nos da un indicio inicial. "Proclamar el evangelio de la paz", dice la palabra. Paz entre Dios y los hombres, en definitiva, pero también, y como consecuencia de ella, paz entre los hombres. Esto es a mi entender lo que Pablo llama "ministerio de la reconciliación". Después voy a volver sobre eso.

COLOSENSES 1:21-23
Este pasaje siempre me resulto muy revelador. Dice la palabra que cuando estábamos alejados de Dios éramos sus enemigos, a causa de nuestro pecado, es decir, de nuestra desobediencia. Nosotros queríamos exactamente lo contrario a aquello que Dios quería, y eso nos hacía estar enemistados con él.

Es precisamente esa enemistad la que Jesús vino a romper. Al morir por cada una de nuestras ofensas contra Dios, él pagó por ellas, haciendo que nada más se interponga entre Dios y nosotros. Por eso, al confiar en Jesús, en su obra, tenemos paz con Dios. Estamos aceptando que era necesario que alguien pagara por eso, y que Jesús lo hizo. Por lo tanto, estamos tomando el perdón de Dios por medio de la obra de Cristo y recibiendo su declaración de paz.

Esa es, entonces, la buena noticia: que mediante la muerte de Cristo, Dios sacó la enemistad del medio. Antes éramos sus enemigos por nuestra actitud desobediente y malas acciones, pero recibir y creer el evangelio trae un progresivo cambio de actitud y conducta.

2 CORINTIOS 5:17-21
Esta es la buena noticia. Que tenemos una segunda oportunidad de ser amigos de Dios, y ser restaurados. Ser enemigos de Dios va arruinando lentamente nuestras vidas, mientras el pecado va ganando más y más poder sobre nosotros. Pero un solo paso de fe rompe esa cadena y empieza un nuevo proceso, uno de liberación y restauración. Solamente un paso: confiar en Cristo, en su obra. En que Dios lo trató como debería haberme tratado a mí, con tal de que yo pueda ser justificado y liberado de la opresión. "No tomándoles en cuenta sus pecados", dice el texto. Se olvida de ellos. Los deja atrás.

A eso se refiere Pablo con el "ministerio de la reconciliación". Se nos encargó que le avisemos al mundo que Dios quiere hacer las paces. No quiere que el hombre siga luchando contra él, y contra los demás hombres. Quiere la paz, de una vez y para siempre. Nuestra tarea, si queremos ponernos el calzado del evangelio de la paz, es amigar al mundo con Dios. Como dice el pasaje, "somos embajadores de Cristo" (5:20). Nuestra oferta es la paz con Dios a cambio de un arrepentimiento genuino. Es la oferta de Cristo.

Colosenses 4:5,6 - Tenemos que estar siempre preparados para anunciar esta buena noticia de la paz, atentos a las oportunidades que tengamos. Encarnar el mensaje, comportarnos sabiamente, dice el texto. Nuestra vida entera tiene que estar enfocada en este objetivo. En anunciar la paz de Dios al mundo.

En definitiva, si enfocamos correctamente el mensaje, la gente va a recibirnos con brazos abiertos. Dice Isaías 52:7, "¡Qué hermosos son, sobre los montes, los pies del que trae buenas nuevas; del que proclama la paz, del que anuncia buenas noticias, del que proclama la salvación, del que dice a Sion: 'Tu Dios reina'!"

En fin, nuestra misión es reconciliar al mundo con Dios. Para esto, tenemos que anunciar esta buena noticia de la paz y la redención, la chance de empezar de nuevo. Pero es necesario encarnar este mensaje. Si proclamamos la paz, tiene que ser en paz. Si anunciamos el amor, tiene que ser con amor. Si ofrecemos la chance de empezar de nuevo, tenemos que saber perdonar y dar nuevas oportunidades. Dios lo hizo conmigo, y si quiero ser justo y sincero, tengo que hacerlo con los demás.

2 Corintios 5:20 - "Somos embajadores de Cristo, como si Dios los exhortara a ustedes por medio de nosotros: 'En nombre de Cristo les rogamos que se reconcilien con Dios'."

Que el Dios de paz los vista con el calzado del evangelio, para que puedan anunciar con eficacia y con alegría el mensaje de la reconciliación, llevando al mundo a la paz de Dios. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

martes, 14 de febrero de 2012

Armadura de Dios - La coraza de justicia

¡Hola a todos! Hacía mucho que no publicaba tan seguido, creo. Pero mi idea es que en lo posible no se pierda el hilo de la serie, así que voy a tratar de mantener el ritmo. Hoy nos toca la segunda "pieza" de la armadura. Como dije en la publicación pasada, insisto en que puede ser útil memorizar el pasaje de Efesios así como el versículo central de la reflexión. Cuando hice por primera vez esta reflexión, lo hice, y fue bastante útil.

"... protegidos por la coraza de justicia..." (Efesios 6:14)
Cuando pienso en esta frase, lo primero que me pregunto es, ¿qué es la justicia? Pienso que esta palabra tiene distintos significados según el contexto. La justicia es, digamos, lo que está bien. También puede ser la retribución equitativa, incluyendo un mal y su castigo. La justicia puede ser la declaración verdadera de la condición de alguien, o un juicio de valor acertado sobre una persona, por ejemplo, diciendo si es inocente, si es culpable, declarando que es honrado, que es mentiroso, y cosas por el estilo.

En cualquier caso, la justicia, en su máximo exponente, es la opinión que Dios tiene sobre algo o alguien. Dios es justo, y es el que justifica, es decir, el que imparte la verdadera justicia. Si es lo que está bien, Dios es el que lo determina. Si es una retribución, Dios es el que la hace de manera absolutamente acertada. Si es una declaración, Dios es el único dueño de la verdad. Si es un juicio de valor, Dios es el único juez absolutamente infalible.

La palabra de Dios dice que nos mantengamos protegidos por la coraza de justicia. Es interesante que nos llame a mantenernos protegidos. Pienso que podemos llegar a pensar que es algo que Dios tiene que hacer, vestirnos de justicia. Sin embargo, no llama a nosotros a mantenernos. Creo que somos nosotros los que tenemos que decidir si vamos a quedarnos bajo la protección de la justicia de Dios, o sacarnos la coraza y quedar expuestos con nuestra propia justicia.

Eso puede ser un gran error. Romanos 3:10 dice que "no hay un solo justo, ni siquiera uno". Eso quiere decir que si me saco la coraza de la justicia de Dios, quedo totalmente expuesto a la injusticia, de los demás pero sobre todo a la mía. A veces tenemos la tendencia de usar nuestro propio juicio para discernir las cosas, y diría que "a veces" en este caso es solamente una forma de decir. Pero la verdadera justicia viene de Dios.

También corremos el riesgo de dejarnos arrastrar por la sensación de culpa frente a las cosas que hacemos mal, o incluso cosas en las que no tenemos ninguna responsabilidad pero por algún motivo nos sentimos culpables.

FILIPENSES 3:7-11
Ahora bien, ¿cómo nos mantenemos protegidos por la coraza de la justicia de Dios? Pienso que este pasaje nos da una clave bastante fundamental. "Todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo". Todo lo
que pensaba que me convertía en alguien importante, en alguien bueno, en alguien sabio, en alguien respetable, es basura. Lo que me importa es la aprobación de Dios. Pienso que esa es la idea general de este pasaje. Es algo muy difícil incluso de empezar a hacer, pero pienso que de eso se trata. No quiero mi propia justicia, dice Pablo, sino la de Dios, que viene por la fe. No por la confianza en mí mismo, y en mi capacidad para el bien, sino por la confianza en el Dios que puede restaurarme, levantarme cuando caigo, perdonarme cuando fallo y justificarme, declararme justo. Porque como vimos en las reflexiones sobre Romanos, eso es lo que pasa cuando creemos. Dios, a pesar de nuestras equivocaciones, más o menos graves, nos declara inocentes por medio de nuestra fe. Y esa justicia es la que nos protege, la que nos defiende, impide que la injusticia de afuera o incluso la de adentro nos dañe. Impide incluso que nuestra propia injusticia dañe a otros.

Por supuesto, esto no es un absoluto ni una constante. Seguimos siendo falibles, no importa cuánto tratemos de confiar en Dios. Pero la justicia es también una conducta, y su base está en la actitud de la fe en Dios. Es algo que el mundo no puede darnos, porque a rasgos generales, nos enseña a ser injustos: pensar en nosotros mismos, vivir la vida como se nos ocurra, hacer lo que nos parezca.

Pero la justicia está directamente relacionada con la obediencia. La coraza de la justicia de Dios protege nuestro corazón para Cristo, y requiere de nosotros una obediencia agradable a Dios. Una obediencia que no mira el temor, ni la culpa, sino el amor, hacia Dios y hacia los demás. El amor a Dios nos lleva al deseo de obediencia, y esa es la justicia que Dios espera de nosotros. Juan 14:23 dice "El que me ama, obedecerá mi palabra, y mi Padre lo amará, y haremos nuestra vivienda en él.". De eso de trata la justicia: del Espíritu de Cristo, es decir, Dios mismo, viviendo en nosotros. Y nosotros, de esa manera, vivimos por y para él.

Para cerrar esta reflexión, quiero hacer un último comentario. No dejemos que nadie nos engañe: no importa lo que hagamos, o dejemos de hacer. Somos justos, porque Dios nos declara justos por medio de nuestra fe en Cristo. No cabe ninguna condena para nosotros mientras caminemos en el arrepentimiento, la humildad, y el amor. Esto no viene de nosotros, sino de Dios, como regalo. Sin embargo, ya que somos libres, usemos esta libertad para obedecer a Dios de corazón, y vivir la vida que él nos propone, una vida absolutamente plena.

Filipenses 3:9 - "No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe."

Que Dios, de quien procede la verdadera justicia, los llene de firmeza para mantenerse protegidos por la coraza de su justicia, que recibimos por medio de la fe en Cristo. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

jueves, 9 de febrero de 2012

Armadura de Dios - El cinturón de la verdad

Hola a todos. Hace algunos meses había empezado a publicar una serie de reflexiones, de las que publiqué solamente la primera, referidas a nuestra lucha espiritual. En el medio me pareció oportuno comentar mi experiencia de encuentro con Dios, y ahora mi idea es poder seguir con esta serie. La última vez había hablado acerca de la necesidad de rechazar las ofertas que nos hace el tentador, y había dejado como cierre un pasaje en el que se hablaba sobre la armadura de Dios. Precisamente de eso se trata esta serie.

En la publicación anterior había planteado la importancia de llenar nuestras mentes de Jesús. Cuando hacía esta reflexión por primera vez, me pareció que una buena manera de ayudar a que esto pase es memorizar ciertos versículos que consideremos centrales sobre algún tema en particular. Así que en esta serie, en cada publicación, voy a dejar como cierre un versículo que me haya parecido centro de la reflexión. Y la idea es además que, paso a paso, vayamos analizando y memorizando el pasaje sobre la armadura de Dios, y que cada día, al despertar, podamos recordárnoslo a nosotros mismos para empezar el día, digamos, vestidos de Cristo.

Bueno, escribo acá el pasaje entero: "Manténganse firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad, protegidos por la coraza de justicia, y calzados con la disposición de proclamar el evangelio de la paz. Además de todo esto, tomen el escudo de la fe, con el cual pueden apagar todas las flechas encendidas del maligno. Tomen el casco de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios." (Efesios 6:14-17)

"Mantenganse firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad..." (Efesios 6:14)
Esta es la primera frase del pasaje de la armadura de Dios. Ahora bien, ¿qué es el cinturón de la verdad? La verdad, hasta donde sabemos, es la enseñanza de Cristo. La palabra nos anima a armarnos con esta enseñanza, pero no solamente armarnos, dice "ceñirnos", ajustarnos la enseñanza de Cristo a nuestro ser. Mirar siempre, permanentemente, a Jesús, pegarnos a él.

JUAN 8:31,32

Una pregunta que me hice al reflexionar sobre esto fue, ¿cómo hago para ceñirme a Jesús? Este pasaje me dio una respuesta absolutamente directa. Dice el versículo 31, "si permanecen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos". Conocer las enseñanzas de Jesús requiere leer la palabra, informarnos, saber qué dijo, pero no es suficiente con leerlo, ni siquiera con entenderlo. Es necesario aplicarlo y mantenerse en ese camino. Permanecer fieles a eso que aprendimos. La manera de ser discípulo de Jesús es seguir sus enseñanzas. Esto implica perseverar, no dejarnos arrastrar por la tentación, de lo que sea, es decir ignorar las ofertas del tentador

Por supuesto, esto está entre esas cosas que es más fácil decir que hacer. Pero el incentivo es muy grande. El versículo 32 continúa la frase: "...y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres". Hay ciertas cosas en las que caemos con frecuencia, volviendo una y otra vez al mismo punto, cometiendo el mismo error. Cada vez que me pasa esto, siento que estoy atado, encadenado por estas cosas. Siento como si fuera un ser capaz de volar, pero con el cuerpo envuelto en ataduras. La palabra dice que si seguimos con constancia las enseñanzas de Jesús, sólo así vamos a conocer la verdad, es decir, la vamos a conocer en profundidad, y es este conocimiento profundo el único que nos puede hacer libres. Libres de esta sensación, libres para volar a pesar de nuestras ataduras, libres para llevar adelante los propósitos de nuestras vidas a pesar de los obstáculos.

Libres, en definitiva, del pecado. Romanos 8:2 dice "la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte" como consecuencia de estar unido a Cristo. Podríamos decir, como consecuencia de estar ceñido a Cristo, a su enseñanza, a la verdad.


En definitiva, el diablo es el padre de la mentira, por lo tanto la verdad es lo opuesto a él, a su naturaleza. La verdad es el medio para contrarrestar sus mentiras y por lo tanto su poder. Por eso es importante también hablar la verdad. Proclamar las buenas noticias y transmitir las enseñanzas de Jesús son la mejor manera de ayudar y proteger a otros del tentador. Donde hay verdad no puede entrar el poder del diablo.

Y esto incluye ser una persona verdadera. Por eso hay que ajustarse a la verdad, ceñirse con ella. Tenemos que ser verdaderos en todo. Si hablamos mentira, damos paso al tentador. Lo mismo si ocultamos algo por temor a que se sepa. Lo que oculto es parte de la mentira. La verdad es la luz, y todo lo que es verdadero puede salir a la luz. Lo que no puede saberse, es parte de la mentira.

En fin, tenemos que estar siempre preparados para ser verdaderos, sinceros. Tenemos a nuestro favor que la parte más importante de la verdad nos fue revelada en Jesús y sus enseñanzas. Si miramos a él y nos enfocamos en él permanentemente, vamos a estar ceñidos a la verdad. Esto no es fácil ni se logra de un día a la mañana, es algo de todos los días. Pero el incentivo es muy grande: nos espera la libertad, la verdadera libertad.

Juan 8:32 - "Y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres."

Que el Dios de la verdad los llene de luz en su interior, para que puedan vivir y caminar ceñidos con el cinturón de la verdad. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.