viernes, 24 de diciembre de 2010

Obras completas - El regalo de Dios

¡Hola a todos! Como habrán visto, hace mucho que no publico nada. Desde que terminé la publicación sobre Romanos (y me quedó pendiente el gran resumen, que tal vez algún día lo publique). Quería aprovechar esta oportunidad, esta fecha tan especial, para publicar una reflexión sobre la profundidad del regalo que Dios nos hizo en Jesús.

Textos: Salmo 40:6-8; Hebreos 10:8-10; Filipenses 2:6-11

El evangelio de Juan nos dice que "tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:16). Este pasaje, muy citado y muy conocido, dice en realidad muchísimo más de lo que a simple vista parecería. Verdaderamente, Dios nos ama muchísimo, porque el regalo que nos hizo en Jesús es el más grande que alguien podría habernos hecho jamás. Es en esto en lo que quiero profundizar.

El nacimiento de Jesús, por obvio que parezca, da origen a su vida en este mundo. Ahora bien, pienso que la vida de Jesús es un aspecto de su obra que muchas veces descuidamos, porque estamos mucho más pendientes de su muerte y resurrección, muy importantes también, pero que no hubieran sido eficaces si la vida de Jesús no hubiera tenido las características que tuvo.

Lo cual nos lleva a preguntarnos, ¿cómo fue la vida de Jesús? Podríamos hablar horas sobre eso, y necesitaría centenares de publicaciones en el blog para analizarla. Pero hay un rasgo que es fundamental: Jesús llevó una vida de obediencia perfecta. Eso es lo que dice el Salmo 40, después de todo. Para eso vino Jesús, para hacer la voluntad del Padre. El pasaje de Filipenses dice que "se hizo obediente hasta la muerte", y que tomó la naturaleza de siervo. Básicamente, renunció a su propia condición de Dios.

¿Qué implica esto? ¿Qué cosas son propias de la condición de Dios? Bueno, hay por lo menos cuatro: ser servido como Dios, ser enaltecido como Dios, ser honrado como Dios, y ser amado como Dios. Jesús, al venir a este mundo, renunció a estas cosas. Él mismo dijo que había venido para servir, en vez de para ser servido (Marcos 10:45). Lavó los pies de sus discípulos como si fuera el esclavo de ellos. En vez de enaltecido fue humillado permanentemente, desde su nacimiento y en el resto de su vida, hasta el momento en que fue apresado y crucificado (Lucas 2:7; Marcos 14:65). En lugar de ser honrado como a Dios, fue rechazado por los hombres, aunque él mismo se hizo igual a ellos (Juan 1:10,11). Fue rechazado aún por su propio pueblo, los judíos, a quienes había venido a liberar (Mateo 27:21-23). Y en cuanto a ser amado, no solamente renunció a ser amado, sino que se resignó a ser odiado y despreciado (Juan 15:20-25).

En fin, renunció a su condición de Dios, y se hizo siervo de los hombres, obedeciendo a Dios en todo, siempre. Tanto que aceptó el destino que Dios había reservado para él: morir en el lugar de nosotros, que por desobedecer a Dios merecíamos la muerte. En definitiva, Dios no puede tolerar el pecado, porque el es justo y santo. El pecado, es decir, la injusticia del hombre, es completamente contrario a su naturaleza. Pero para poder recibir al hombre, Dios envió a Jesús a pagar el precio de la desobediencia... ¡pero resulta que Jesús era completamente obediente! Precisamente por obediencia hacia el Padre, dejó que lo llevaran a la muerte.

Y todo esto no es menor. Dice el pasaje de Hebreos que solamente por eso su muerte sirvió para perdonar los pecados de toda la humanidad. De toda la humanidad, ayer, hoy y mañana. Si no hubiera sido por su vida de obediencia, su muerte no habría podido justificar a los hombres ante Dios. Pero al obedecer en todo, su justicia pudo ser transferida a nosotros al cargar él con nuestra condena. Y dice el pasaje de Filipenses que por esto mismo es válida su resurrección. Porque fue "por eso" que "Dios lo exaltó hasta lo sumo" (Filipenses 2:9).

En fin, quiero desearles a todos una hermosa navidad, y que puedan reflexionar sobre lo que implica que Jesús haya nacido: vino a este mundo para obedecer hasta el fin. Su nacimiento abre la puerta de su vida, la vida que nos trae la justificación a nosotros, que sin él hubiéramos estado condenados a morir.

Que Dios llene sus corazones de paz y de amor en esta navidad, y que puedan comprender en la mayor profundidad posible el enorme regalo que nos hizo en Jesús, cuyo nacimiento celebramos. ¡AMÉN!

jueves, 9 de septiembre de 2010

Romanos 16 - el amor aplicado

Texto: Romanos 16:1-24

Hola a todos. Finalmente llegamos al capítulo 16 de la carta a los romanos. Después del amplio recorrido que hicimos por los temas de esta carta, deberíamos encontrar en este capítulo un desenlace lógico. Sin embargo, como ya nos había pasado con los anteriores dos capítulos, parecería que en este hay poco que encontrar. Pero mirando con atención, es posible que notemos que hay más de lo que parece a simple vista.

Cuando volví a leer este capítulo para publicar esta reflexión me pareció adecuado llamarlo "el capítulo de los saludos". Verdaderamente es eso. Un capítulo entero dedicado a saludar a la iglesia de Roma. Creo que eso ya puede decirnos muchas cosas. En primer lugar, me llama la atención que Pablo dirija un saludo tan extensivo a una iglesia que nunca había visitado. Es evidente que aquellos a los que saluda los conoce de algún otro lado. En la mayoría de los casos dice de dónde o cómo los conoció. Pero aún así, no olvidemos que la carta está dirigida a toda la iglesia de Roma, y de hecho, el texto dice "saluden", o sea, les está pidiendo a aquellos que no conoce que manden saludos a los que sí conoce. Y aprovecha para contar algo de cada uno de los que conoce.

Esto no es poca cosa. Implica mucho, de hecho. Pablo, a aquellos que conocía, los conocía muy bien, lo suficiente como para poder resumir en pocas palabras alguna característica importante. Por otro lado, el hecho de que haga esto, o incluso que les envíe saludos por medio de personas a quien no conocía, de algún modo los anima y confronta a relacionarse con ellos. Y hablándoles bien de ellos los predisponía y a su vez los ayudaba a conocerlos un poco más antes de que se acercaran personalmente.

Creo que tenemos mucho para aprender de Pablo en esto. En primer lugar, cabría preguntarnos: ¿qué tan bien conocemos a nuestros hermanos, especialmente aquellos a quienes consideramos conocer? Deberíamos conocerlos lo suficiente para poder mencionar una característica positiva o acciones concretas que esa persona hizo en favor nuestro o en servicio de Cristo. ¿Qué estoy haciendo para fomentar la relación y la unidad entre mis hermanos? Hablar bien de uno en frente de otro es un buen principio para causar ese efecto. Cuando le damos una buena impresión de alguien a otra persona podemos generarle deseos de conocerla. Por otro lado, no se trata de inventar cualidades, sino de conocer bien a la persona de la cual vamos a hablar bien. Por último, Pablo estaba hablando con gente que no conocía, y hablándoles en profundidad, y saludándolos, y animándolos. ¿Qué estamos haciendo al respecto? ¿Necesitamos conocer a alguien para acercarnos, hablar, alentar, escuchar, cuidar o ayudar?

En definitiva, esto es aplicar el amor del que viene hablando desde el capítulo 12. Evidentemente, Pablo había sido hospitalario el el corazón con sus hermanos y amigos, les había hecho un lugar especial a cada uno, y por eso mismo los conocía bien. Manda saludos además en nombre de todas las iglesias, fomentando el ecumenismo, y al decirles que se saluden unos a otros no les está diciendo otra cosa que "reúnanse y pasen tiempo juntos". Además les está indicando la importancia que tiene mostrar a los hermanos el amor que por ellos sentimos, de tal manera que ellos sepan, sepan y no simplemente piensen, que los amamos. De esta manera, "el amor debe ser sincero", como decía en 12:9, y a la vez el saludo es en ese sentido una práctica muy importante. Recomienda además a Febe, diaconisa, es decir autoridad en la iglesia de Cencreas. Los anima a recibirla dignamente y ayudarla en todo lo que necesite. En otras palabras, los desafía a respetar su autoridad y amarla como tal y por supuesto, como hermana en Cristo.

En todo, Pablo está alentando la unidad entre iglesias. Si prestamos atención, manda saludos a numerosas iglesias locales de la ciudad de Roma, poniéndolos de algún modo en obligación de relacionarse entre sí. Y va un poco más allá cuando dice "que se cuiden de los que causan divisiones y dificultades" (16:17). Pone énfasis en esto, haciendo una pausa en sus saludos y diciendo que aquellos que hacen tales cosas no sirven a Cristo. Y aprovecha ahí para animarlos y alentarlos a permanecer firmes, diciendo una frase que me resultó muy fuerte: "muy pronto el Dios de paz aplastará a Satanás bajo los pies de ustedes" (16:20). Podríamos entender que les dice "permanezcan unidos y muy pronto ganarán la guerra contra el mal". Y esto debería también desafiarnos a nosotros.

Entonces, para terminar, quisiera recopilar estos tres puntos importantes del capítulo. El primero, la importancia de relacionarnos en profundidad con nuestros hermanos, conociéndolos personalmente y desarrollando relaciones no sólo con ellos, sino también entre ellos. El segundo, la importancia de reunirnos y pasar tiempo juntos como iglesia y como familia, demostrándonos nuestro afecto y aplicando el amor. Y el tercero, la importancia de que la iglesia permanezca unida a pesar de las diferencias teológicas o rituales que puedan existir. La unidad ecuménica por encima de las distinciones de confesión o denominación. Me parecieron centrales los versículos del 16 al 20. Creo que resumen de algún modo estos tres puntos.

Que el Dios de amor los impulse a amar a sus hermanos, que también son mis hermanos, y que produzca en cada uno de nosotros el deseo de demostrarnos ese amor mutuamente, reunirnos, conocernos más y permanecer unidos, para ganar la guerra contra el mal. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

lunes, 28 de junio de 2010

Romanos 15 - reunirse en familia

Texto: Romanos 15:22-33

Bueno, claramente tardé bastante en volver a publicar. Aprovecho para contarles que pasé por un tiempo de distancia con el Señor, aunque siempre sin perderlo de vista y siempre sin dejar de amarlo y de buscar todas las formas posibles para estar cerca de él otra vez. Y bueno acá estoy, recién llegado de nuevo a casa.

El capítulo 15 de Romanos, como recordarán, había decidido dividirlo en dos partes. En esta segunda parte, encontrar algo de profundidad parecería a simple vista más difícil que en la primera. Sin embargo, aprendí muchas cosas sorprendentes a medida que leía lo que Pablo comparte con los romanos sobre su interés en ir a verlos.

Cuando leía, me resultó muy interesante que Pablo quisiera ir a visitar a la iglesia de Roma, por varios motivos. En primer lugar, el viaje iba a ser largo y complicado. Viajar en esos tiempos no era nada fácil, y además era muy peligroso. Sumado a esto, Pablo tenía que ir en primer lugar, de Corinto (desde donde escribía la carta) hasta Jerusalén, donde los cristianos no eran bienvenidos, y después volver para el oeste hasta Roma. Como ya dije, un viaje muy largo y muy difícil. Sin embargo, consideraba que era muy importante. Ya en el capítulo 1 veíamos uno de los motivos por los que esto era así (1:11-13). Pablo quería poder animarlos y que pudieran edificarse mutuamente. Para esto último podríamos pensar que verse era requisito indispensable. Ahora bien, para animarlos, después de semejante carta, ¿no era suficiente?

Evidentemente, el contacto directo era muy importante para Pablo, y seguramente debería serlo para nosotros también. No alcanza con el teléfono, la carta, el mail, internet... El contacto visual y físico es fundamental en una relación entre personas, y la iglesia no es otra cosa que eso, una red de relaciones entre personas que se articula alrededor de Dios. Por eso, Pablo quería ir a visitarlos, pasar tiempo con ellos, saber de ellos de manera directa. No solamente eso, sino que estaba dispuesto a entregarse a todos los peligros que implicaba semejante viaje, semejante anhelo. De hecho, anhelar algo es más que desearlo. Es tenerlo como prioridad. Incluso podríamos afirmar que de no mediar su responsabilidad ministerial en Corinto, hubiera ido inmediatamente.

Por otro lado, Pablo dice que quiere descansar con ellos. Seguramente su ministerio era muy desgastante. Estaba permanentemente expuesto a peligros y viajaba mucho. Todo eso le quitaba fuerzas. Evidentemente, reunirse con sus hermanos le servía a modo de descanso. Es bueno pensar esto, sobre todo si logramos asociarlo con lo que habíamos visto en el capítulo 12 sobre la hospitalidad (12:13). Lo bueno de ser una comunidad es que podemos fortalecernos mutuamente, y para eso es necesario reunirnos. ¿Cuántas veces asistir al culto los domingos puede recargarnos de fuerzas en una semana cansadora?

Y por supuesto, reunirnos con nuestros hermanos nos da la oportunidad de saber lo que están viviendo, contenerlos, apoyarlos y alentarlos. Al visitarlos estamos llevando ni más ni menos que la bendición de Cristo, como Pablo mismo observa (15:29). A veces, una abrazo es mejor que cien palabras de aliento, y para eso es necesario estar en el mismo lugar que la otra persona. Por otro lado, no pude dejar a un costado, al leer el texto, que Pablo iba a ir primero a Jerusalén a llevar la ofrenda de Macedonia y Acaya, lo cual me hizo pensar que otro punto importante de reunirnos con nuestros hermanos es que puede ser la oportunidad de ayudarlos, en este caso materialmente, pero podríamos pensarlo en cuanto a ministerios, actividades de servicio social, etc. De hecho, Pablo podría haber enviado a alguien a llevar la ofrenda, por ejemplo Timoteo, en quien él confiaba ampliamente. Sin embargo, prefirió ir él mismo.

Finalmente, Pablo alienta a los romanos a que oren por él, para que pueda llevar a cabo todo ese viaje y visitarlos por fin. Probablemente quería lograr que entendieran la importancia de orar los unos por los otros, pero al mismo tiempo es posible que quisiera que estuvieran bien predispuestos, no solamente a recibirlo, sino también a visitarse mutuamente. Sabemos que orar no es un favor hacia Dios, sino una utilidad para nosotros mismos. Al orar nos alineamos con la voluntad de Dios, y por lo tanto nos predisponemos a llevarla a cabo. Orando por Pablo, los romanos estarían atentos a la importancia de la reunión de la iglesia, y los efectos de esto podrían verse a largo plazo. Por supuesto que además, el poder de Dios se manifiesta en nuestras oraciones, y eso ya es suficiente motivo para orar unos por otros.

Me resulta interesante que a lo largo de toda la carta Pablo escriba muchas bendiciones. En definitiva, el Nuevo Testamento deja muy claro que una bendición es una de las más grandes muestras posibles de amor, especialmente entre hermanos. De hecho, es muchas veces contrapuesta a los insultos, que serían muestra de odio. Pero sobre este tema voy a volver más adelante. En fin, espero que esta reflexión haya sido de bendición para ustedes, y que puedan ser renovados por este pasaje como lo estoy siendo yo al publicarlo. Me parecieron centrales los versículos del 7 al 12, que resumen y agrupan de algún modo las principales ideas del capítulo y las encadena lógicamente.

Que el Espíritu de Dios llene sus corazones y los anime a reunirse, para compartirse sus respectivos dones espirituales y para alentarse y ayudarse mutuamente. "El Dios de paz sea con todos ustedes" (15:33). ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

sábado, 26 de junio de 2010

Romanos 15 - el amor sacrificial

Texto: Romanos 15:1-21

Hola a todos. Una vez más pasó bastante tiempo desde la última publicación a ésta, pero finalmente estoy listo para publicar otra vez. Ya nos acercamos al último capítulo de la carta a los romanos, y la intensidad de los temas a simple vista pareciera ir disminuyendo. Sin embargo, al igual que me pasó con el capítulo 14, en esta reflexión me llevé mucho más de lo que esperaba y de lo que había extraído la primera vez que leí Romanos. Como habrán notado, no tomé el capítulo entero, porque como ya pasó en publicaciones anteriores me pareció que iba a ser una reflexión demasiado larga y diversa. Así que decidí dividir la reflexión en dos publicaciones. Esto no me había pasado la primera vez, por lo que es evidente que esta vez pude sacar muchísimas más conclusiones sobre este capítulo que la primera.

Me resulta muy llamativo que este capítulo pareciera hablar de muchas cosas totalmente diferentes. Sin embargo, prestando más atención, me di cuenta de que en realidad todo gira en torno a esta idea inicial: el desafío de pensar en los que nos rodean antes que en nosotros mismos. Ahora, pensar en los demás antes que en nosotros tiene muchas implicancias. En primer lugar, significa dar sin esperar recibir. De hecho, Pablo lo aclara. Dice el texto que "cada uno debe agradar al prójimo para su bien, con el fin de edificarlo" (15:2). No para que nos reconozca como buenos, como importantes o para que nos haga también lo que nos agrada, sino para que sea edificado. Podemos decir que somos llamados a seguir el ejemplo de Cristo también en esto. Como dice el pasaje, Jesús no se agradó a sí mismo, y de hecho dio su vida para salvar a muchos, y estuvo dispuesto a ser insultado y maltratado aún voluntariamente para edificar a otros. Entonces, si es necesario que seamos pisoteados con tal de edificar a otros, es nuestra responsabilidad. Esa es la clave del amor sacrificial, con el que Cristo nos amó y nos ama. Porque el sacrificio de Jesús no fue tanto su muerte, sino todo lo que padeció en vida para poder enseñarnos y edificarnos.

Por otro lado, no tenemos que preocuparnos por nada. Aún cuando algunos puedan maltratarnos, tenemos nuestro apoyo en la Palabra de Dios. De hecho, cuando el pasaje habla de las Escrituras, dice que "todo lo que se escribió en el pasado se escribió para enseñarnos, a fin de que, alentados por las Escrituras, perseveremos en mantener nuestra esperanza" (15:4). Por lo tanto, siempre vamos a encontrar en ellas todo el apoyo que necesitamos.

En seguida, Pablo da una exhortación a los romanos, y me pareció realmente pertinente, porque precisamente va al hecho de perseverar en la armonía, que es consecuencia directa de ser sacrificial hacia los demás. De hecho, si pensamos primero en nosotros mismos, rompemos la armonía con los demás. ¿No es el egoísmo una de las principales causas de conflicto entre las personas?

Y después pasa a alentarnos a que nos aceptemos mutuamente, como Cristo nos aceptó. Y es que si somos seguidores de Cristo, tenemos que dar el ejemplo para que el resto del mundo vea lo que es realmente bueno. Si nosotros que somos hijos de Dios no vivimos en armonía entre nosotros, ¿quién más puede vivir en armonía con su prójimo? En cambio, si vivimos en unidad y nos amamos, el mundo va a ver que eso es posible y que eso es bueno. Y también va a ver la importancia que tiene, para poder vivir en armonía con el resto, el hecho de poder aceptar a los demás, con sus fortalezas y debilidades, con su forma de pensar, con su trasfondo cultural, con su origen, etc. Así, es nuestra responsabilidad como hijos de Dios estar abiertos a todos, a cualquier persona. Y cuando digo cualquier persona, me refiero verdaderamente a cualquiera. Aún al que consideremos que está demasiado lejos de Dios, sea por el motivo que sea. Cerrarnos es negarle la posibilidad de conocer a Dios y por lo tanto de ser edificado.

En definitiva, el amor sacrificial es parte íntegra y hasta diría que fundamental de nuestra misión como seguidores de Jesús. Es necesario que amemos de esta manera para que en todo alabemos a Dios, y mostremos así su amor. Para que otros se acerquen y puedan ser una ofrenda aceptable a él. Nuestra vida entera tiene que ser proclamar el evangelio, y el evangelio es el amor de Dios. Y el amor de Dios es sacrificial. Y no se trata de hacer el bien por obligación, sino de buscar a Dios y acercarnos a él hasta que amar a los demás nos salga naturalmente, por el mero hecho de hacerles sentir bien. De esta manera lo haríamos con ganas y buena disposición. Y además, seríamos pacientes. Porque a veces no nos acordamos que el cambio en una persona suele ser gradual. Si bien tenemos que ser firmes y claros en lo que respecta a la obediencia a Dios, es importante que podamos ser pacientes, compasivos y abiertos en todo momento con aquellos que no lo conocen, para que no se desanimen y para que no se sientan incómodos.

Y por último, como nuestra misión es dar la buena noticia "a todas las naciones", como dice el pasaje, esto implica hacerlo en todas partes. Por eso, la forma más práctica es amar. Si amamos a todos, estamos predicando el evangelio de Dios a todos, en cada ámbito en el que nos movemos. Cada uno tiene esta responsabilidad. Así, vivir en armonía con los demás es también dejar a cada uno cumplir su parte. No podemos esperar acercar a todos a Dios, porque a cada cual le tocó su parte en esa misión, y Dios sabe a quién enviar para cada persona. Y sabe a quién pone en manos de cada uno de sus hijos y por qué.

En fin, creo que este punto es uno bastante claro donde el capítulo cambia de enfoque y pasa a una aplicación práctica, y por eso me parece un buen punto para dividir la reflexión. La próxima publicación va a ser la continuación de este capítulo, pero espero que esta primera parte haya sido de bendición para cada uno de ustedes. Como exhortación les dejo una de las que Pablo usa en este capítulo.

"Que el Dios que infunde aliento y perseverancia les conceda vivir juntos en armonía, conforme al ejemplo de Cristo Jesús, para que con un solo corazón y a una sola voz glorifiquen al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo" (15:5-6). ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

jueves, 10 de junio de 2010

Romanos 14 - la unidad de los cristianos

Texto: Romanos 14

Hola a todos. Si el capítulo anterior de Romanos me resultó altamente revelador, y encontré un sentido que no le había encontrado la primera vez, con este capítulo me pasó todavía más. La primera vez que hice esta reflexión me había costado sacar jugo de este capítulo, y había quedado tan sólo en que no tenía que juzgar a mis hermanos. Esta vez, mi mente fue mucho más allá.

Lo primero que me llama la atención de este capítulo es cuánto insiste con el tema de la comida. Mientras lo leía pensaba, ¿tan importante es el tema de la comida para Pablo? ¿Tanto discutían los cristianos de aquel entonces por la comida, que Pablo tenía que reprenderlos de esa manera? Pero entonces vino a mi mente otra idea. Tal vez es solamente un ejemplo. Tal vez cuando Pablo habla de la comida no se refiere estríctamente a eso, sino a cualquier otra cosa por la que los cristianos discutimos entre nosotros. Vinieron a mi mente automáticamente dos cosas: las disgresiones teológicas y las diferencias de tradición. ¿No son estos dos puntos de quiebre básicos entre las diferentes iglesias?

Cuando pensé en esto, la reflexión tomó inmediatamente otro sentido. El texto nos está reprendiendo también a nosotros, cristianos de hoy. ¿Por qué criticamos o juzgamos a nuestros hermanos de otras iglesias por sus diferencias en la tradición? Lo hacemos como si la tradición fuera más que una simple forma de vivir nuestra fe. ¿Y por qué nos dejamos llevar por disgresiones acerca de temas teológicos al punto de distanciarnos de nuestros hermanos? Como si la teología fuera algo más que la simple manera en la que concebimos la fe. Al fin y al cabo, todas los cristianos alabamos al mismo Dios y creemos en el mismo Jesús, y mora en nosotros el mismo Espíritu Santo. En todo caso, cada uno tiene que saber si su conducta honra a Dios. Como dice el texto, todos vamos a tener que rendir cuentas cuando estemos ante Dios, y eso es lo que cuenta.

Es interesante que Pablo tenga que aclararnos y recordarnos que Cristo murió y resucitó para ser Señor de todos. Así, todo el que cree vive para Dios, y si muere también muere para Dios. Entonces, mientras todo lo que hagamos sea para él, estamos unidos por una misma fe, porque todos pertenecemos a Dios. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a nuestros hermanos o a sus tradiciones, o a sus cuerpos teológicos? Basta con estar seguros y tranquilos en nuestra conciencia de que lo que hacemos en nuestras iglesias lo hacemos para Dios.

De hecho, Pablo lo dice muy claramente. Cada uno tiene que estar firme en su propia opinión, para que todo lo haga con convicción. Sea lo que sea que practiquemos o sostengamos, la clave está en que sea con convicción. Por eso, cada uno tiene que buscar su lugar en la congregación con la que se sienta más a gusto y cómodo, identificado con sus tradiciones o con su teología. Y hacerlo todo con convicción, no por el simple hecho de ser parte de esa congregación. El texto agrega incluso algo muy fuerte, y es que todo lo que se practica sin convicción es pecado, porque es la conciencia la que determina qué es lo bueno y qué es lo malo. Si hacemos las cosas convencidos de lo que hacemos, y nuestra fe no nos acusa en nuestra conciencia, entonces estamos haciendo lo correcto.

Y es fundamental que podamos tener el suficiente amor por nuestros hermanos para no poner en duda sus tradiciones o su teología. Podemos compartir nuestra forma de pensar o nuestra forma de vivir con otros, mostrárselas, o lo que sea, pero no podemos pensar que la nuestra es más correcta que la de ellos, porque de ninguna manera esto puede ser cierto, o al menos no nos corresponde a nosotros decidirlo. Si discutimos con alguien acerca de estas cosas lo ponemos en riesgo, porque nunca podemos saber qué tan firme está en las bases de la fe. Así, juzgando a nuestros hermanos por estas pequeñeces le estamos poniendo un obstáculo, y lo mismo si lo queremos forzar a vivir o concebir la fe de la misma manera que nosotros.

Por eso, y tal vez esta sea la conclusión a la que llegué después de reflexionar durante un tiempo, lo más importante a lo que tenemos que aspirar es a todo aquello que contribuya a la unidad de los cristianos de todas las iglesias. Nos unen las mismas bases en la fe, como decía antes. El mismo Padre, el mismo Cristo que murió y resucitó por todos, el mismo Espíritu que nos volvió a la vida. Nosotros, como iglesia, somos el templo en el que habita el Espíritu de Dios, y por lo tanto es nuestra responsabilidad que ese templo crezca y esté bien edificado y sólido. Por eso, necesitamos velar por al paz entre los cristianos. Y como Jesús mismo dijo en su oración por los creyentes, "permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste" (Juan 17:23).

De hecho, ¿quién puede creer nuestro mensaje de paz y de amor si nosotros mismos no promovemos la paz y el amor entre nosotros? Creo que todo el capítulo está perfectamente sintetizado en los versículos del 16 al 19, y quiero resaltar este último, "esforcémonos por promover todo lo que conduzca a la paz y a la mutua edificación" (14:19). Si hay algo que me quedó claro y que Dios me dijo por medio de esta reflexión, fue eso. Espero que esta reflexión haya sido de bendición para sus vidas

Que la paz de Dios llene sus corazones para que puedan tener limpias sus conciencias y las cuentas claras con él, y que su amor los impulse para que puedan fomentar la unidad y la comunión con todos sus hermanos en todas las iglesias, para la gloria de un mismo Padre, del mismo Cristo resucitado y del mismo Espíritu de Dios. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 2 de junio de 2010

Romanos 13 - el amor a Dios

Texto: Romanos 13

Hola a todos. Pasó bastante tiempo desde la última vez que publiqué, pero eso es porque estuve muy atareado. Me resulta muy interesante cómo ahora que estoy repasando los capítulos de Romanos para publicar las reflexiones encuentro cosas que no había pensado la primera vez que lo leí. Por ejemplo, nunca había podido asociar este capítulo con el anterior. En ese momento pensé que tal vez era una especie de punto y aparte. Pero no, esta vez descubrí que este capítulo tiene mucho que ver con el amor, sólo que hacia Dios.

En el capítulo 12 vimos que el amor es tal vez la clave para vivir como Dios quiere que vivamos. Ahora bien, el desafío que Pablo deja planteado es tal que siempre es posible amar más a alguien. Sin mencionar que Dios nos amó, decíamos, con un amor totalmente sacrificial por medio de Jesús, lo cual nos pone en una deuda muy grande. Me encanta esa expresión que Pablo usa en este capítulo, cuando dice "no tengan deudas pendientes con nadie, a no ser la de amarse unos a otros". Habla de amarse unos a otros como una deuda. Y es que es una deuda. Se lo debemos a Dios. Y como dijo Jesús mismo, "les aseguro que todo lo que hicieron por uno de mis hermanos, aun por el más pequeño, lo hicieron por mí"(Mateo 25:40). O sea que hay una sola manera de devolverle directamente a Dios ese amor: amando a los demás. Podemos amar mucho a Dios, pero si eso no se refleja en amor hacia los demás, es posible que no hayamos entendido la esencia de amar a Dios.

Ahora bien, amar a Dios tiene otras tantas implicancias. Si aceptamos que tenemos para con él una enorme deuda de amor, tal vez más grande de lo que podemos llegar a pagar con nuestro amor, es fácil pensar que tenemos que ponerlo a él en primer lugar, por sobre todas las cosas. Por supuesto que entonces, cuando eso ocurre, se manifiesta un amor hacia todo lo que Dios creó. Eso incluye plantas, animales, clima, personas. Ahora bien, si hablamos del amor a las personas, este amor tiene que ser hacia todas las personas. A veces pensamos que una persona es "mala" y que por ese motivo tenemos el derecho de no amarla. Esto es un error. No solamente no tenemos ese derecho, sino que tenemos la obligación de amarla. A veces amamos mucho a nuestros hermanos cristianos, pero Jesús mismo dijo que "si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa recibirán?" (Mateo 5:46). Tenemos que amar a todos: cristianos, no cristianos, críticos del cristianismo, y las categorías siguen. Gente que nos ofende, nos insulta, nos roba, nos lastima. Obviamente, no es fácil. Pero sí necesario.

Y de la misma manera, tenemos que amar a nuestras autoridades. No siempre estamos de acuerdo con las decisiones que toman, o incluso pensamos que ponen en riesgo a toda una sociedad entera. Y muchas veces lo pensamos con fundamentos. Pero aún así, no tenemos el derecho a no amarlos. No olvidemos que Jesús murió por todos, incluyendo a ellos. Por supuesto, amar a las autoridades implica amar la ley que estas autoridades o las pasadas establecieron. Es interesante porque la mayoría de las leyes de los países, al menos en occidente, responde a valores morales cristianos, o aún más, universales. Sin embargo la gente se empecina en no cumplirlas o buscar la manera de evadirlas. Pero pensemos, ¿no deberíamos cumplirlas? Si no podemos cumplir leyes terrenales, ¿cómo vamos a cumplir las espirituales? Pablo nos anima a no tener deudas con nadie, y entonces dice algo que siempre me gustó mucho: "si deben impuestos, paguen los impuestos; si deben contribuciones, paguen las contribuciones; al que deban respeto, muéstrenle respeto; al que deban honor, ríndanle honor" (13:7). Se desprende lógicamente de "denle al césar lo que es del césar, y a Dios lo que es de Dios" (Lucas 20:25).

En definitiva, no es otra cosa que ser luz. Así como cumplimos con la ley divina, tenemos que cumplir con la ley terrenal, para que todos sepan que servimos al Dios de la justicia. Jesús nos llamó a ser modelos a seguir en una sociedad que relativiza todo, y eso es lo que de algún modo Pablo reproduce en este capítulo. Es interesante ese versículo que dice "hagan todo esto estando conscientes del tiempo en que vivimos" (13:11). Creo que esto también tiene muchas implicancias.

En primer lugar, nos desafía a saber comprender, a tener conciencia del momento en el que vivimos histórica y socialmente. Estar "ubicados" en nuestro tiempo. Conocer las necesidades de nuestra sociedad, sus maneras, sus caminos, sus reclamos, en resumen conocer bien nuestra sociedad. Como Pablo mismo dice, "despertar del sueño". A veces la vida pasa por delante de nosotros como si estuvieramos dormidos y no la viéramos. Lo mismo con las personas que están a nuestro alrededor. La consigna es, por lo tanto, despertar, y empezar a comprender a las personas y al mundo que hay a nuestro alrededor.

Por otro lado, nos desafía justamente a ser luz. Alumbrar el camino delante de otros con esa luz que Jesús nos trajo. Para eso tenemos que tener un cuerpo limpio, o al menos que no ponga en riesgo nuestra sanidad, tener una mente (y por lo tanto una conciencia) limpia, y tener paz en nuestro espíritu. Si estas tres cosas se dan, estamos viviendo en la luz. Sino, evidentemente tenemos algo que ajustar.

Por último, nos desafía a dejar de lado todo lo que llama las "obras de la oscuridad", porque la noche está llegando a su fin y el día está cerca. Por supuesto que esto hace referencia al regreso de Jesús. No creo que haga falta repetir cuáles son estas "obras de la oscuridad", porque el capítulo 1 las menciona muy claramente. En definitiva, todo aquello que atenta contra nuestra sanidad física, mental o espiritual, o contra la de otros, en la medida que sea, atenta contra Dios y es por lo tanto obra de la oscuridad. No importa su justificación mundana o moral. Generalmente son parte de los deseos de nuestro cuerpo o mente, y por eso mismo son negativas para nosotros. No olvidemos que nuestro cuerpo y nuestra mente eran originalmente pecadores por naturaleza. Por eso mismo dice Pablo que debemos revestirnos del Señor, y por lo tanto de la nueva naturaleza.

En fin, creo que es un capítulo muy desafiante. Muchos cristianos perdemos de vista la importancia de obedecer a nuestros gobernantes, o autoridades de cualquier tipo. No importa qué tan injusto sea con nosotros o los demás, es nuestro deber amarlo. Por supuesto que también es nuestro deber hacer lo posible para que la injusticia que practica cambie, pero eso bajo ningún concepto puede implicar ser injustos nosotros mismos ante los ojos de Dios. De lo contrario, estamos fallando. Me parecieron centrales los versículos del 11 al 14, que de algún modo resumen todo lo que Pablo dijo en los anteriores. Espero que esta reflexión haya sido de gran bendición para todos ustedes.

Que el Dios de la justicia los bendiga, y les de sabiduría para que, conscientes del tiempo en el cual viven, puedan vivir como en la luz del día, saldando todas las deudas que tengan de cualquier tipo, y especialmente la de amor, que tiene que ser saldada permanentemente. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

martes, 11 de mayo de 2010

Romanos 12 - el amor verdadero

Texto: Romanos 12

Hola a todos. No solamente tardé menos tiempo en publicar esta reflexión que en publicar la anterior, sino que la profundidad de ésta me dejó tan impactado que la tenía lista desde el principio de la semana. Es increíble lo revelador que es este capítulo, tanto que une los dos hilos argumentales anteriores en una exposición sublime, sobre uno de los temas más importantes de la carta, de toda la teología paulina y hasta diría que de todo el cristianismo. Hay muchos pasajes en la Biblia que hablan sobre el amor. El más conocido supongo que es 1 Corintios 13:4-7. Pero creo que aún más claro y completo es el desarrollo que hace Pablo en este capítulo.

Esta reflexión podría estar relacionada con docenas de pasajes más de los que voy a ir citando, tanto de las cartas como de los evangelios, pero por cuestiones de espacio prefiero limitarme a los verdaderamente relevantes. El texto empieza por hacer un repaso corto y disimulado de los dos arcos argumentales anteriores. Si leemos en profundidad los primeros dos versículos vamos a encontrarnos con cosas que ya vimos en las reflexiones pasadas.

En primer lugar, quiero resaltar que somos llamados a entregarnos a Dios como sacrificios vivos, santos y agradables a él. Efesios 5:1-6 nos orienta un poco sobre cómo es ser un sacrificio vivo y agradable a Dios, diciéndonos básicamente que para eso es necesario amar. Para amar, por supuesto, experimentamos primero el amor de Dios. Como dijimos en las reflexiones sobre los capítulos 6 al 8, nosotros fuimos comprados por precio, la muerte de Cristo, y por lo tanto nuestro cuerpo le pertenece a Dios. Vivimos bajo obediencia eterna para hacer su voluntad, y esto no solamente con el cuerpo sino también con la mente. Por eso Pablo dice "así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios" (12:2). Nuestra mente está en sintonía con la de Dios, y eso nos ayuda a identificar mejor sus caminos. Nos dice además algo que no nos resulta nuevo, que la voluntad de Dios es "buena, agradable y perfecta". Es lo que ya decía en 8:28, "Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman".

En cuanto a ser santos, ya el capítulo 1 hablaba de eso, y habíamos dicho que ser santos quiere decir apartarnos para Dios. Como fuimos analizando en las reflexiones sobre los primeros 8 capítulos, Dios mismo nos aparta para sí, por medio de la muerte y resurrección de Jesús y por la obra de su Espíritu en nosotros. De esta manera, por su misericordia dice Pablo, aunque después de todo lo que fuimos reflexionando podríamos decir que por su gracia, nos apartó del mundo y nos convirtió en parte de su pueblo, como vimos en la reflexión anterior. Pablo va incluso más allá, e introduce una metáfora que resulta muy enriquecedora: más que un pueblo, somos un cuerpo. Cristo es la cabeza, como dice Efesios 4:15, y a él estamos todos unidos. Cada miembro de este cuerpo tiene una función, de la misma forma en que en el cuerpo humano, cada órgano tiene una función específica. Por eso Dios nos da a cada uno diferentes dones. Podríamos hablar muchísimo sobre los dones, pero basta con descubrir qué dice este capítulo acerca de ellos.

Me resultó interesante cómo, a diferencia de otras cartas en las que Pablo habla de los dones, en este pasaje hace referencia a dones que parecerían ser cotidianos, poco espectaculares. No habla de sanar enfermos, no habla de resucitar a los muertos, no habla del don de leguas. Habla de cosas mucho más sutiles: prestar un servicio, enseñar, animar a otros, socorrer a los necesitados, dirigir y mostrar compasión. Solamente un don sobresale de entre esos, y es el de profecía. Y esto no es algo menor, porque de algún modo Pablo está poniendo a todos esos dones que parecieran ser menores al mismo nivel que el de profecía, que es claramente un don de Dios. Entonces, ¿qué es un don? Según este pasaje podríamos pensar que un don no es otra cosa que una capacidad espiritual. Y es por eso que dice Pablo que tenemos que usarlos en proporción con nuestra fe, porque son espirituales. Son capacidades que Dios nos da para edificar a otros espiritualmente. Todo aquello que nos sirve para este propósito, por pequeño e insignificante que pudiera parecer, es un don. Y el texto aclara que tenemos que usarlos al máximo de nuestro potencial.

Ahora bien, ¿cómo es que está unido este cuerpo? ¿Cuáles son los ligamentos? La respuesta es evidente. Como ya vimos, Dios nos unió a sí mismo de manera inseparable por medio del amor que manifestó en Cristo Jesús. Del mismo modo, el cuerpo permanece unido internamente por medio del amor. Colosenses 3:14 dice que "el amor es el vínculo perfecto". Otras versiones dicen "el vínculo de la perfección". Proverbios 10:12 dice que "el amor cubre todas las faltas". Podemos pensar que cuando amamos reflejamos, como nunca, la perfección de Dios. Y si es perfecto, no se rompe. Por lo tanto, y por provenir de Dios, el amor es eterno.

Y si el amor es lo que mantiene unido al cuerpo, es fundamental, como dice el texto, que el amor sea sincero. No alcanza con que simpaticemos con nuestros hermanos. Es necesario que verdaderamente los amemos. Se necesita amor verdadero. Como el amor con el que Cristo nos ama a nosotros. De hecho, nuestro modelo de amor no es otro que el de Cristo, que hasta entregó su vida por nosotros. Pablo pasa entonces a describir el amor verdadero, y lo hace de una manera impecable.

En primer lugar, el amor no es solamente espiritual. El amor verdadero se refleja en nuestras actitudes. Pablo usa la palabra "diligente", es decir que el que ama se mueve por aquél a quien ama. El amor es activo. Por eso el texto nos habla de ayudar a nuestros hermanos. Nos habla de practicar la hospitalidad. Podríamos pensar incluso no solamente en la hospitalidad física, sino también en una hospitalidad espiritual. Amar es dejar que las demás personas entren en nuestro corazón, que vengan a vivir en nuestras vidas. Implica comprometerse con esa persona al punto de que pasa a ser importante para nosotros.

En segundo lugar, el amor verdadero implica desear el bien de los demás, y como es diligente, el que ama busca activamente el bien de los demás. Y esto es así no sólo para las personas que también nos aman a nosotros. Aún a nuestros enemigos, a los que nos odian o nos desean el mal, tenemos que desearles el bien. "Bendigan a quienes los persigan; bendigan y no maldigan" (12:14). Y aún más, tenemos que ser también diligentes con ellos. Procurarles el bien, ayudarlos, porque el amor verdadero persigue el bien, va tras él, actúa.

En tercer lugar, el amor verdadero nos lleva a ser humildes, reconociendo nuestros propios errores antes de cuestionar los errores de otros. Por eso, Pablo dice "vivan en paz con todos" (12:18). Porque el que se examina a sí mismo ignora los errores de los demás y los ama sin importar esos errores. Por eso, pagar con la misma moneda es señal de no habernos examinado a nosotros mismos. ¿Quiénes somos nosotros, seres falibles, para vengarnos de otros? ¡Como si fueramos perfectos! Sólo nos aproximamos a la perfección cuando amamos de verdad, y el amor verdadero excluye la venganza porque favorece la paz.

Y por último, el amor verdadero es empático. Pablo nos alienta a alegrarnos con los que están alegres y a llorar con los que lloran. Esto implica poder ponernos en el lugar de los demás, pero no solamente entendiendo con nuestra mente la situación que atraviesa cada uno, sino aún más, comprometiéndonos de corazón con su vivencia. Ser capaces de experimentar lo que la otra persona siente, hacer propio ese sentimiento para poder comprender verdaderamente en profundidad qué es lo que le pasa. Eso es parte del amor verdadero.

Me sacude verdaderamente el último versículo del capítulo: "no te dejes vencer por el mal; al contrario, vence al mal con el bien". Es muy interesante que Pablo deje ahí de hablar en plural y hable en singular. Y es que está dirigiéndose en particular a cada persona que recibe ese mensaje. Eso pone en evidencia la importancia de esa afirmación. Y es que si el amor es contrario al mal, amar es vencer. Y así como el amor de Dios venció al pecado y a la muerte, nuestro amor puede vencer al mal. Y quiero repetirlo: amar es vencer.

Me parecieron centrales los versículos del 9 al 12, que de algún modo resumen la esencia del amor verdadero. Espero que esta reflexión les haya significado tan reveladora como a mí, y que les haya sido de gran bendición. Nunca olviden que amar es vencer, y que por lo tanto el amor es lo único que puede cambiar el mundo.

Que el Dios de amor, que venció a la muerte y al pecado por medio de Cristo y de su Espíritu Santo, librándonos para siempre, los llene con su amor verdadero para que puedan vencer al mal con el bien. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

domingo, 9 de mayo de 2010

Romanos: el pueblo de Dios

Texto: Romanos 9:30-32, 10:13-17, 11:17-24, 33-36; 1 Pedro 2:9-10

Hola a todos. Como ya les había adelantado, esta reflexión va a ser una recapitulación del hilo argumental que Pablo mantiene a lo largo de los capítulos 9, 10 y 11 de su carta a los romanos. Los textos seleccionados para esta reflexión no son azarosos, sino que son los que consideré centrales de cada capítulo. La excepción es el pasaje de 1 Pedro, el cual está directamente relacionado con el tema de la reflexión. Voy a dejarles los vínculos de las reflexiones correspondientes a estos tres capítulos por si quieren refrescar la memoria

Romanos 9 - descendientes de Abraham 9:30-32
Romanos 10 - creer y confiar 10:13-17
Romanos 11 - el Israel espiritual 11:17-24

Me gustaría que nos detuviéramos un momento en la obra de Jesús, y miráramos de cerca a la luz de los textos. Jesús cambió la historia y la dividió en un antes y un después. Si bien esto es así para todo el mundo, especialmente lo es para el pueblo de Dios. Pero, ¿Quiénes son "el pueblo de Dios"?

Leyendo estos capítulos de Romanos podemos sacar varias conclusiones con respecto a esto. En primer lugar, sabemos que Dios eligió al pueblo hebreo a través del llamado de Abraham. Cuando vimos su caso, en el capítulo 4, Pablo decía que Abraham fue elegido por medio de su fe en las promesas de Dios. El pacto que Dios hizo con él fue el siguiente: "Te he confirmado como padre de una multitud de naciones. Te haré tan fecundo que de ti saldrán reyes y naciones. Estableceré mi pacto contigo y con tu descendencia, como pacto perpetuo, por todas las generaciones. Yo seré tu Dios, y el Dios de tus descendientes" (Génesis 17:5-7). Así, Dios ya dejaba entrever cuál era la parte que le tocaba a Israel, el pueblo elegido. Él sería Dios de Israel, es decir que ellos le rendirían adoración y obediencia. A cambio, Dios multiplicaría su descendencia y expandiría el pueblo por todo el mundo. Podríamos reformularlo, entonces, y decir que el pacto de Dios con Abraham fue "si ustedes me adoran, y me obedecen, yo los voy a multiplicar y expandir por todo el mundo".

Ahora bien, también sabemos que Dios llamó a los gentiles, es decir, a los que no eran hebreos y por lo tanto no habían oído hablar de él, ni lo adoraban, ni lo obedecían. Lo hizo por medio de Jesús, ya que él mismo predicaba no para los judíos, sino para todos los que vivían en la región. Además, uno de sus discípulos, Pablo, fue precisamente enviado a predicar el evangelio a los gentiles más allá de las fronteras de Judá. Así, Dios no solamente eligió al pueblo hebreo, sino también a los gentiles. Pero entonces, ¿el pueblo elegido por Dios no sería toda la humanidad? En cierta manera, sí. Cuando Dios llama a los gentiles, básicamente completa el plan de redención del que hablaban los capítulos del 1 al 8 para todo el resto de la humanidad. Lo curioso es que, al mismo tiempo que muchos gentiles se acercaban a Dios por medio de la fe en Jesús, el propio pueblo hebreo lo rechazó, ignorando totalmente las profecías que habían sido cumplidas desde el momento de su nacimiento. Israel, el pueblo que Dios había elegido, le dio la espalda. Pero, ¿es eso posible? ¿Dios no los había elegido acaso?

La respuesta es que Dios había elegido a su pueblo, les había dado la ley, los profetas, los ritos, la tradición, aún la propia fe. Pero todo eso, y esto se pone en evidencia a lo largo de todo el Antiguo Testamento, tenía por único objetivo que reconocieran a Jesús, a quién él enviaba para completar la obra. Ya les había sido anunciado desde tiempos de Moisés, y sin embargo, ellos no lo reconocieron. Se cerraron en sus propios razonamientos, en su propia doctrina, en sus propias tradiciones, y no identificaron el mensaje de Dios encarnado en Jesús. Por supuesto, algunos israelitas sí lo hicieron, pero los que no lo hicieron se perdieron. ¿Y acaso no forman parte del pueblo que Dios eligió? ¿Cómo pueden haberse perdido?

Pero Dios tenía un plan. Es acá donde entra en juego el texto del final del capítulo 11. El plan de Dios era claro, y es evidente que lo tenía pensado desde el principio. Dios conocía perfectamente a su pueblo, y sabían qué tanto se aferraban a sus tradiciones. Sabía perfectamente que si despertaba el celo de Israel con otras naciones, estos lo buscarían nuevamente. Entonces, decidió llamar a los gentiles. Así, los israelitas, por ver las bendiciones de los gentiles, volverían a Dios. Por eso Dios decidió llamarlos recién a partir de la venida de Jesús, para que al tratar de buscar los hebreos las causas de la adopción de los gentiles como hijos, la búsqueda los condujera a Jesús.

De esta manera, la elección no se hizo por medio de la descendencia natural. Dios le había dicho a Abraham que iba a multiplicar su descendencia y que la expandiría por el mundo. Es claro entonces que no se refería a su descendencia biológica, sino a los hijos de su fe. Aquellos que hicieran suyas las promesas en las que Abraham había creído y el compromiso que él había hecho con Dios. La señal de este compromiso fue la circuncisión, pero como Pablo dice en varias de sus cartas, lo importante no es la circuncisión física, del mismo modo que lo importante no era la descendencia física. La circuncisión es espiritual, porque solamente es válida si se hace por la fe. El capítulo 9 explicaba que el pueblo de Israel no encontró la justificación porque aunque cumplían la ley, no lo hacían con fe. Era una religiosidad vacía de contenido. Así, la descendencia de Abraham es también, como el compromiso, espiritual. Todos aquellos que compartieron la fe con Abraham, el primer patriarca, fueron herederos y descendientes de él.

De la misma manera, Jesús llamó a los de su tiempo y fundó su iglesia, a través de Pedro. Por supuesto que la historia del pueblo no terminó allí, sino que Pedro, al creer en Jesús, no hizo otra cosa que tomar como propia la fe de Abraham. Al fin y al cabo, Jesús es la Palabra de Dios, por lo tanto el és la ley, y es además Dios. Al recibirlo a él, estamos poniendo nuestra fe en Dios, y en la ley. De esta manera, al ser bautizados no hacemos otra cosa que circuncidar nuestro espíritu, sellar el pacto con Dios. Y Pedro dio continuidad a su iglesia, predicando el evangelio que Jesús lo había enviado a predicar. Y si Pedro había sido incluido por la fe entre los descendientes de Abraham, lo serían todos aquellos que compartieran la fe con Pedro, incluyendo los demás apóstoles, y todos los cristianos de todos los tiempos.

Ahora bien, entre la iglesia que fundó Pedro, descripta en el libro de los Hechos, y la iglesia de nuestros tiempos existen varias diferencias. Pero podríamos resumirlas todas en esta comparación: del mismo modo que el pueblo hebreo se alejó de Dios y se quedó con una religiosidad vacía de contenido, así lo hizo la iglesia. Se aplicaría entonces el texto de 9:31-32, "En cambio Israel, que iba en busca de una ley que le diera justicia, no ha alcanzado esa justicia. ¿Por qué no? Porque no la buscaron mediante la fe sino mediante las obras, como si fuera posible alcanzarla así".

Pero de la misma manera en que muchos israelitas si creyeron, y su fe se les contó por justicia, muchos miembros de la iglesia creyeron verdaderamente en Jesús, y por lo tanto fueron justificados. Y todos ellos son los que conforman la verdadera iglesia espiritual, la iglesia universal, que reúne a todos los cristianos de todas las épocas, desde el inicio. Y cuando hablo de cristianos me refiero a estos, que realmente creyeron.

Finalmente, queda por decir que el pueblo de Dios lo conforman entonces tanto los hebreos que fueron justificados por la fe, como la iglesia universal. Estos son los que conforman el "Israel" con el que Dios estableció su pacto. El Israel espiritual, que fue elegido por Dios, y cuya elección sigue manifestándose día tras día a medida que más personas se suman al pueblo al tomar como propia la fe de Abraham y de Pedro. Y a su vez, el pueblo hebreo está siendo llamado desde los tiempos de Cristo, para que se revelen por fin los hijos de Dios entre los que aún siguen negando a Jesús.

La historia del pueblo de Dios no termina aún. El libro de los Hechos tiene un capítulo inconcluso, que es el nuestro. Dios sigue revelándose al mundo y manifestándose por medio de su pueblo, es decir, su iglesia. Conocemos el final de esta historia: Cristo va a volver para llevar a su pueblo a la nueva creación. ¿Cuándo? "Nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre" (Marcos 13:32). Pero mientras tanto, Dios nos dejó una misión. Jesús dijo "vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes" (Mateo 28:19-20). Esos somos. Como Pedro dice en el texto que cité, somos "linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo que pertenece a Dios, para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable". Esos somos y para eso estamos.

Espero que esta reflexión haya sido de gran bendición para sus vidas. Quiero concluir con esta idea: Dios hizo un pacto con su pueblo, multiplicando su descendencia por medio de la fe, y expandiéndo esa misma fe, por medio de su iglesia, por el mundo. Nuestra parte del pacto es rendirle adoración y obediencia, y la única forma de lograrlo, como ya vimos en los capítulos del 1 al 8, es uniéndonos a Cristo. Así, todos los que estamos en Cristo, formamos parte de su iglesia. No importa su trasfondo, no importa su cultura, no importa su confesión o su denominación.

Que el Dios de Abraham, de Pedro y de todos los que creyeron, creen y creerán en su Palabra les de paz y les recuerde permanentemente quiénes son y para qué fueron escogidos. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.

sábado, 17 de abril de 2010

Romanos 11 - el Israel espiritual

Texto: Romanos 11

Hola a todos. Estamos llegando al final de la carta a los romanos. El capítulo 11 de algún modo cierra otra línea argumental, relacionada con el pueblo de Israel. Es muy probable que en la próxima publicación haga un repaso por estos últimos tres capítulos para que podamos tener bien presente en qué consiste este hilo argumental. Por lo pronto, este capítulo me encanta. Retomando la analogía del pueblo judío con la iglesia de hoy, no puedo evitar conmoverme ante la misericordia que Dios tuvo conmigo. No me crié en una familia cristiana y sin embargo Dios vino a buscarme. Tuvo misericordia de mí.

Pero al pensar en eso tampoco puedo evitar preguntarme, ¿qué pasó con la iglesia de Cristo? Miro lo que las Escrituras dicen sobre la iglesia primitiva (en el libro de los Hechos) y pienso, ¿dónde está la iglesia que Jesús fundó? El evangelio de Mateo cuenta que Jesús le dijo a Pedro "Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia" (Mateo 16:18). Sin embargo, también resulta evidente que la iglesia de hoy está como dormida. Entonces, ¿qué pasó? ¿No fue Jesús mismo el que instituyó la iglesia? ¿O es que, como se pregunta Pablo respecto a Israel, Dios rechazó a su pueblo?

Sin embargo, sabemos algo. Los decretos de Dios son irrevocables. Dios no pudo nunca haber rechazado a su pueblo. El capítulo 11 habla de que Dios escogió un remanente de entre el pueblo de Israel, es decir, seleccionó una parte. Aquellos que vivieron por la fe y no por las obras, aquellos que vivieron bajo la gracia y no bajo la ley, esos son los que Dios eligió de entre Israel. Y, ¿acaso no puede haber hecho lo mismo con la iglesia? Es que pensar en una analogía entre Israel y la iglesia no es descabellado: ambos fueron llamados por Dios en forma directa, Israel por medio de Abraham y la iglesia por medio de Pedro. Y ambos forman parte del pueblo de Israel. Porque como Pablo da a entender, su pueblo es un pueblo espiritual, y está formado por todos los que creen. Los que buscaban ser salvos por las obras no lo lograron, pero los que fueron justificados por la fe forman parte de Israel, del verdadero Israel.

Un detalle muy interesante para resaltar me pareció el hecho de que Dios endureció los corazones de aquellos que vivían por la ley pero sin fe, para que los gentiles encontraran la salvación. Si seguimos con la analogía podríamos pensar que lo mismo pasó con la iglesia de Cristo. Cuando se desvió del camino de la fe y buscó la justificación por obras, Dios endureció sus corazones, pero la caída de ellos fue para salvación de aquellos que no provenían de la tradición cristiana. Los "gentiles" de la era cristiana. Por causa de la religiosidad vacía de la iglesia, los demás empezaron a buscar una fe verdadera. Dios levantó diferentes personas para que trajeran a la iglesia nuevamente a la verdadera fe, y entonces los "gentiles" empezaron a acercarse, viendo la fuerza de esta nueva iglesia.

Así, muchos "gentiles" hallaron salvación. Pero Pablo afirma que además, la salvación de los gentiles va a tener como consecuencia la salvación de los judíos. Usa una metáfora muy gráfica para explicarlo, y creo que también en este caso podemos pensar en la iglesia. Si los que no tenían una tradición cristiana fueron injertados en ella, del mismo modo van a volver a formar parte de la iglesia los que teniendo la tradición recuperen la fe. De hecho, podemos decir que las ramas originales son más fáciles de injertar. Así, la verdadera iglesia va a estar (y está, de hecho) conformada por todos aquellos que permanecen en la gracia, sean de tradición cristiana, judía, musulmana o lo que sea. Todos los que creen en la resurrección de Cristo forman parte de su iglesia, la que él mismo creó a través de Pedro.

Y queda por agregar, que nosotros, cristianos de todos los tiempos, que no teníamos la ley éramos por naturaleza desobedientes, pero por la desobediencia de Israel Dios tuvo misericordia de nosotros, y por esa misma misericordia va a apiadarse de Israel. Del mismo modo tuvo misericordia con los que no eran cristianos por tradición, y va a tener misericordia de aquellos cristianos tradicionales que no tenían fe. Después de todo, como dice Pablo, las dádivas de Dios son irrevocables. ¿Cómo podría Dios rechazar a un pueblo que él mismo eligió o a una iglesia que él mismo creó? Me encanta el final de este capítulo, donde Pablo alaba la sabiduría de Dios. Pero ese va a ser el tema central de la próxima reflexión.

Bueno, espero que esta reflexión haya sido de gran bendición para todos. No olvidemos que la iglesia es de Cristo, y por lo tanto nosotros no tenemos derecho a juzgar quién es verdaderamente cristiano y quién no. Sólo Dios conoce los corazones y sólo él puede saber quién vive por la fe y quién por la tradición. Y no olvidemos que no importa la confesión, no importa la denominación. Todo el que vive por la fe forma parte del pueblo de Dios, y por lo tanto de la iglesia de Cristo. Me parecen centrales los versículos del 17 al 24, en los que Pablo escribe la metáfora del olivo silvestre y el olivo cultivado. Creo que resume perfectamente la situación de Israel así como la de la iglesia de hoy.

Que el Dios de Israel, que envió a Cristo para conformar una iglesia de judíos y gentiles por igual, los llene del gozo que proviene de la fe, por haber alcanzado la salvación y pertenecer a su pueblo para siempre.

Hasta que volvamos a encontrarnos.

miércoles, 7 de abril de 2010

Romanos 10 - creer y confiar

Texto: Romanos 10

Hola a todos. Después del pequeño interludio de semana Santa, el cual espero que haya sido de bendición para todos, voy a seguir publicando la reflexión sobre la Carta a los Romanos. Es curioso porque este capítulo 10 tiene mucho que ver con lo que recordamos en semana Santa, en especial porque nos habla de cuál fue la actitud del pueblo de Israel hacia Jesús y las consecuencias que esto tuvo. Es irónico que el pueblo esperaba su liberación, y cuando ésta llegó no supo reconocerla. Como Jesús mismo dijo al contemplar Jerusalén desde el monte de los Olivos, "no reconociste el tiempo en que Dios vino a salvarte" (Lucas 19:44).

A veces pensamos que los israelitas fueron culpables de la muerte de Jesús, y en algún grado eso es cierto. Pero, ¿pensamos en que a ellos les debemos, como iglesia, al menos la mitad de lo que somos? Ya de por sí, el cánon del Antiguo Testamento fue establecido por el pueblo judío, de modo que si creemos que las Escrituras son inspiradas por Dios, eso se debe a que los sacerdotes israelitas así lo juzgaron. Por otra parte, Jesús mismo dijo que no venía a abolir la ley, sino a cumplirla. Y esa ley es la misma que los judíos proclamaban, y proclaman aún, como la ley de Dios. Y por otro lado, ¿no podemos pensar que hoy mismo estamos en la situación que vivía el pueblo de Israel en aquél entonces? ¿Qué estamos haciendo con la misión que se nos encomendó? En aquél entonces se les había dicho que esperaran al Mesías. A nosotros se nos pidió otra cosa, pero la situación es la misma. Jesús nos dijo: "vayan y hagan descípulos de todas las naciones" (Mateo 28:19). ¿Qué estamos haciendo para llevar la misión adelante?

Después de todo lo que Pablo viene diciendo en la carta podríamos pensar que la iglesia de Cristo está dormida. Pero como va a decir en el capítulo 12, ya es hora de que despertemos de nuestro sueño. Nuestras iglesias están llenas de cristianos que confiesan a Jesús pero no creen en él, y por lo tanto llevan una doble vida, o bien de cristianos que creen en Cristo en su corazón pero no lo confiesan con su boca, y por lo tanto no cumplen la misión que les fue encomendada. Y antes de juzgar o criticar a mis hermanos miro a mi interior, hago una introspección, y me pregunto, ¿Qué hay de mí? ¿Creo en el corazón que Jesús es el Señor? ¿Lo confieso con mi boca? Porque como Pablo indica en su carta, con el corazón creemos para ser justificados, porque la justicia viene por la fe. Pero con la boca se confiesa que Jesús es el Señor para ser salvos. Porque "todo el que invoque el nombre del Señor escapará con vida" (Joel 2:32).

Ahora bien, la justificación viene antes que la salvación, y por lo tanto el creer antes que el confesar. Si confesamos sin creer, no confesamos sino que mentimos. Afirmamos algo que ni siquiera creemos. ¿Y qué es creer? Somos justificados por la fe. ¿Fe en qué? Para ser justificados, como vimos en los primeros capítulos de Romanos, tenemos que creer en que Cristo fue levantado de entre los muertos. Ya vimos la profundidad de ese hecho, y nosotros creemos si realmente somos testigos de que así fue. Si experimentamos en nuestra vida que Cristo resucitado haya venido a nosotros, a llamarnos y luego a enviarnos. Porque si no nos envía, ¿cómo podemos predicar? Y si no predicamos, ¿cómo van a oir? Y si no oyen, ¿cómo van a creer? Y por supuesto, si no creen, no van a invocar el nombre del Señor.

Entonces, como dice Pablo, la fe viene por el oir. ¿Oir qué? La Palabra de Dios. Y la Palabra de Dios es la palabra de Cristo, por supuesto, como dice Pablo. Ese es el mensaje que predicamos. Si no oyen la palabra, ¿cómo van a creer? Pero Pablo dice además que en realidad sí oyeron. ¿De hecho, quién no oyó hablar de Dios? Entonces, el problema no fue no oir, sino no aceptar. Como cita Pablo, "¿Quién ha creído nuestro anuncio?" (Isaías 53:1).

Pero creo que lo más impactante de todo esto es que constantemente el texto se refiere al pueblo de Israel, no a los incrédulos. Con lo cual nos confronta a nosotros como pueblo de Dios. ¿De verdad creemos en Cristo? ¿Hasta qué punto somos verdaderamente testigos de su resurrección? Tal vez estemos en condiciones de decir sí, por supuesto que creemos en su resurrección y lo confesamos con nuestros labios. Pero que no nos pase lo que le pasó al pueblo de Israel, que por ser un pueblo desobediente y rebelde, Dios los irritó con un pueblo insensato. Ellos creían que por sus tradiciones y leyes podían acercarse a Dios, pero como vimos, eso no es así, porque nadie es justificado por ley. Por eso Dios dejó que los que no lo buscaban por ese medio, es decir, los gentiles, lo encontraran, y los que procuraban ser justificados por ese medio no lo encontraron. Por eso hoy mucha gente que ni siquiera tiene una familia cristiana se acerca a Dios y muchos hijos de cristianos se alejan. ¿No será que en verdad estamos practicando religión pero estamos vacíos de relación con Dios? Tal vez sea necesario examinarnos a nosotros mismos más de cerca para encontrar la respuesta.

Espero que esta reflexión haya sido de gran bendición para todos. La verdad es que leer este capítulo me desafió profundamente, y espero que todos hayan podido sentir ese poderoso confrontamiento. Me parecieron centrales los versículos del 13 al 17, que de algún modo resumen este desafío. Dios nos está llamando a dejar de lado el cristianismo dormido y relajado, y emprender nuestra verdadera misión, la de proclamar el mensaje de Cristo hasta los confines de la tierra.

Que el Dios que levantó a Cristo de entre los muertos y nos envió a anunciar esa maravillosa noticia les de el valor y la iniciativa para proclamar su nombre, y la sabiduría de creer verdaderamente en esta resurrección. ¡AMÉN!

Hasta que volvamos a encontrarnos.